sábado, 31 de enero de 2026

EL ASALTO

Marcela Iglesias

 

Aquel sábado por la noche, mis hijos mayores estaban de fiesta, mi esposo dormía en el cuarto y mi hija menor y yo alistábamos los materiales en el estudio porque íbamos a hacer manualidades.

Estábamos distraídas en nuestro quehacer cuando escuché que la puerta de calle se abrió. “No es hora de que los chicos regresen” pensé yo así que me levanté y salí a ver. Era mi esposo subiéndose al carro para salir.

—Hey, Luis, ¿qué haces? —le dije—, ¿para dónde vas a estas horas?

—Es que mamá necesita que vaya de urgencia. Me acaba de llamar —respondió él, visiblemente nervioso.

—¿Cómo te llamó si está sin teléfono? —contesté sorprendida.

—Lo hizo desde un teléfono público —me dijo; comenzaba a ponerse de mal humor

—¿Y por qué te vas así, sin despedirte ni decir nada? Esto es demasiado extraño, tú nunca actúas así —estaba diciéndole yo, cuando me interrumpió bruscamente.

—Mira, no me hagas perder el tiempo. Justo por eso quería irme sin decirte nada, porque comienzas con tu preguntas y tus cosas. Ya me voy. Te aviso cuando llegue donde mi mamá. —Se subió al vehículo y arrancó.

Me quedé pensando. Desde hacía un par de meses, Luis había comenzado a actuar raro. Coincidentemente, su mamá había perdido su celular. Ella vivía muy lejos, al otro lado de la ciudad y no la visitábamos con frecuencia porque tenía una mala relación con mis hijos y con mi esposo. Pero las últimas semanas, a Luis le había nacido un cariño extraño por su mamá y con la excusa de que no tenía como comunicarse la visitaba con frecuencia, pero solo, aduciendo que no podía obligar a los hijos a querer a su abuela.

Como a las diez de la noche sentí algo extraño. Como una desazón, una intranquilidad. Justo en ese momento mi hija menor me dijo:

—Espero que no estén asaltando a mi papi.

—Hijita, Dios no quiera, ¿qué comentarios son esos? —le contesté yo—. Mejor vamos a dormir.

A las doce de la noche me despertó el timbre del celular. Era mi hijo mayor que me estaba llamando para que le dijera al papá que si los podía recoger de la fiesta a la una de la mañana. Pensó que se había quedado dormido con el teléfono prendido porque no le contestaba las llamadas ni los mensajes, pero estaba en línea. Le dije que había dicho que iba donde su mamá y que yo intentaría comunicarme con él.

Efectivamente, mandé muchos mensajes, que le llegaban porque aparecía en línea. Marqué muchas veces, pero nunca contestó ninguna llamada. A mí esto ya me estaba pareciendo extraño. Llamé a mi hijo para que regresara con su hermano en un taxi porque no había señales del papá. Esperé a que mis hijos regresaran, aseguré las puertas y me quedé sentada en la sala, pensando acerca de lo que estaba pasando en nuestro matrimonio. Nunca fuimos un matrimonio modelo, pero creía que éramos tan felices como podía ser una pareja normal. Debe ser una etapa, pensé.

Amaneció y comencé a quedarme dormida, pero un mensaje en el celular a las siete de la mañana, me sacó del letargo.

“Mercedes: me asaltaron. Se llevaron el carro, mis documentos, los celulares y me dejaron botado en las afueras de la ciudad. Logré llegar a la casa de mi mamá hace unos minutos. Te estoy escribiendo desde un cybercafé. Estoy muy golpeado. No quiero que me vean así. Me voy a quedar en la casa de mi mamá por un par de días. No se preocupen. No vengan a verme tampoco. Estoy bien. Por favor bloquea las tarjetas y las cuentas, ya hice la denuncia del asalto”.

Estaba tan conmocionada que en ese momento no reparé en que él había puesto “los celulares”. Él sólo tenía un celular, hasta donde yo sabía.

Me pasé más de la mitad de la mañana bloqueando las tarjetas y las cuentas. De algunas de ellas ya se habían extraído los fondos, pero de otras no habían hecho uso todavía.

Di de comer a mis hijos y decidí hacer caso omiso de las instrucciones dadas por Luis y me dirigí a la casa de mi suegra, yo sola. Sea cual fuera la verdad, preferí que mis hijos no se enteraran.

El viaje en transporte público se me hizo larguísimo. Mi mente estaba a mil. A medida que me acercaba mi ritmo cardíaco aumentaba. Cuando estuve en la puerta de la casa de mi suegra, mi corazón amenazaba con salirse de mi pecho.

Timbré. Salió a abrirme mi suegra, totalmente agobiada.

—Mijita, qué bueno que vino. Este terco no se ha dejado atender —y me abrazó mientras decía eso.

Por el tono de su voz y el comentario me imaginé que Luis debía estar muy mal. Cuando entré al cuarto él, en vez de alegrarse al verme, me insultó con los peores epítetos que pudo. Luego de la lluvia de insultos me gritó que me había dado instrucciones claras de no llegar porque no quería que lo viéramos así, en ese estado tan lamentable. Yo hice un gran esfuerzo para no llorar, tanto por la manera en que me había tratado como por lo que estaba viendo. Realmente estaba muy maltratado. Tenía los ojos hinchados y uno de ellos se había puesto negro. Le habían partido la boca y roto algunos dientes. Tenía sangre coagulada en algunas partes de la cabeza. Hice acopio de todo mi valor y me acerqué a la cama. Me senté a su lado suavemente y le acaricié la mejilla. Luego le pedí que se incorporara y con la mayor delicadeza que pude le quite la camisa llena de sangre. Tenía moretones y cortaduras por todo el pecho y la espalda. Lo ayudé a levantarse y lo guié a la ducha. Le pedí a mi suegra que trajera una silla y lo senté ahí, bajo el chorro de agua tibia. Lo lavé con toda mi ternura, procurando no hacerle más daño del que ya le habían hecho. En un momento dado, apoyó su cabeza en mi y me pidió perdón. Asumí en ese instante que se refería a los insultos y los gritos recibidos antes.

Cuando ya estuvo limpio y seco, lo vestí. Llamé un taxi y lo llevé al hospital. Tenía dos costillas rotas y lo dejaron internado para observación porque tenía una contusión.

Al día siguiente, lunes, pedí vacaciones adelantadas en mi trabajo para poder atenderlo en casa. Fui a la empresa telefónica a recuperar su línea y compré a crédito un teléfono para él y otro para mi suegra. No sé por qué no lo habíamos hecho antes.

Me llamaron del hospital para decirme que lo iban a dar de alta pero que le recomendaban permanecer dos semanas de reposo en casa por las fracturas en las costillas.

Esas dos semanas pasaron rapidísimo. Fueron idílicas. Pasar tiempo juntos nos hizo mucho bien. Parecía ser que haberse sentido al borde de la muerte lo había hecho reflexionar sobre las prioridades en la vida. Nuestros hijos y yo estábamos muy felices de que siguiera con nosotros. Del vehículo no había señales, pero realmente no estábamos preocupados. Íbamos a hacer uso del seguro para que nos repusieran el auto.

 

Fue pasando el tiempo. Ya habían pasado seis meses desde el asalto. Las cosas habían vuelto a una normalidad relativa, pero todavía se sentía bastante armonía. Habían ascendido a Luis en el trabajo y tenía que viajar con frecuencia fuera de la ciudad a supervisar unas sucursales. Las cosas con su mamá también se habían suavizado y la veíamos con más frecuencia.

Otra vez sábado. Luis estaba fuera de la ciudad y los chicos y yo fuimos a visitar a mi suegra.

—Mijita, sáqueme de una duda —me dijo mi suegra mientras preparábamos la merienda—, ¿qué andaba haciendo mijito tan noche en la calle el día que le asaltaron?

No me sorprendió tanto la pregunta porque mi suegra solía olvidar las cosas.

—Venía a verla a usted suegra, usted lo llamó porque tenía urgencia de verlo como toda esa temporada desde que se le arruinó el celular —le contesté yo.

—¿Verme? Sí, puede ser, ya sabe que yo me olvido de las cosas, mijita. Pero desde que se me llevó el teléfono para llevarlo a componer no se había aparecido hasta la madrugada del asalto. ¡Qué raro! —terminó.

No quise seguir con la conversación porque no quería regresar a mis pensamientos acerca de esa temporada, pero algo se quedó dando vueltas en mi cabeza.

A los pocos minutos llamó él, desde el hotel, para saludarnos. Mi hija menor había estado escuchando la conversación con mi suegra y no dudo que ella se acordaba lo que él había dicho esa noche, la del asalto.

—¿Por qué haces llamada en vez de hacer video llamada? —le dijo de buenas a primeras—. Quiero ver el hotel.

Mi esposo se puso nervioso, le dijo que no sabía cómo se hacía el cambio, que iba terminar la llamada para volver a llamar con video. Se demoró muchos minutos. Luego mandó un mensaje de que no había buena señal, que estaba muy cansado y que ya nos veríamos al día siguiente.

Contrario a lo que había pasado en los anteriores regresos que todo era alegría y felicidad, en este regreso los hijos se portaron bastante indiferentes y yo fingí una tranquilidad que no tenía. Un pensamiento disruptivo se había instalado en mi mente.

Luis, aparentemente, estaba tranquilo. Pensé que iba a volver a los comportamientos extraños, pero no lo hizo.

Una mañana dijo que se quedaría en la casa haciendo teletrabajo y no fue a la oficina. En mi trabajo nos avisaron que una compañera había presentado influenza y nos mandaron a todos a hacernos la prueba. El que diera positivo debía ausentarse del trabajo. Desafortunadamente di positivo y regresé a la casa, medicada. No le avisé a Luis para que no se negara a hacerse las pruebas. Cuando llegué, no estaba, pero había dejado su computadora abierta. No sé qué me pasó, yo siempre fui respetuosa. Entré a sus chats. Empecé a revisar sus conversaciones, nada que me llamara la atención, estaba a punto de levantarme cuando llegó un mensaje de que le decía “miamor” y que le estaba mandando la ubicación de un hotel en la próxima ciudad a la que le tocaba ir de supervisión. Revisé el perfil. No parecía ser una mujer. En ese chat no había nada más. Apunté el número y lo guardé en mi celular. Me costó mucho aparentar calma. Dejé todo como estaba y me fui a acostar. Mi cabeza daba vueltas. Me estaba engañando, tenía otra mujer. Yo ya lo sospechaba, pero no quería ver.

Cuando regresó, fingí estar dormida. No quería hablar con él, no quería verlo. Finalmente, el sueño me venció. En la tarde, le pedí que se fueran al laboratorio a hacerse la prueba de influenza. Accedió de mala gana.

Su computadora seguía abierta. Los mensajes de la supuesta amante habían sido borrados. Estaba en línea y me atreví a escribirle “mi mujer se ha enterado, ¿qué pasa si esta vez no quiero ir?” Largos minutos pasaron hasta que envió su respuesta: “usted sabrá, papito, ¿se acuerda lo que le pasó la última vez que no quiso ir?”.

Marcela Iglesias nació en San Salvador el 12 de marzo de 1972. Por causa de la guerra civil desatada en su país emigró a Ecuador, donde reside desde 1988. Profesora de matemáticas desde los 13 años, siempre tuvo el deseo de escribir. Ahora se considera una escritora en construcción.

EL SECRETO DE LA PUERTA PLATEADA

Tomislav Takac

Cuatro figuras sombrías avanzaban lentamente por el castillo abandonado, dejando huellas en la gruesa capa de polvo sobre el suelo de piedra, intacto desde hacía siglos.

El líder del grupo caminaba al frente: un valiente caballero, el poeta Lurien, de cabello rubio y rizado y un fino bigote. Tenía voz de ángel. Vestía una armadura plateada, con protecciones para las rodillas y las pantorrillas. Bajo la armadura llevaba una túnica nueva, de un hermoso verde oliva, tejida con hilos de plata y oro. La vaina vacía de su espada estaba adornada con piedras semipreciosas y ornamentos de bronce y plata con forma de aves canoras y estrellas, que colgaban de su cinturón. En la mano derecha sostenía con destreza una espada de acero de alta calidad, recubierta de plata. En la cabeza llevaba un sombrero curioso, adornado con las plumas de un ave muy colorida. Era un regalo de su querida Merlisa, la única mujer del grupo, que caminaba con cautela justo detrás de Lurien.

—¡Lurien, querido! ¿Cuánto tiempo más vamos a vagar por esta ruina helada? —dijo Merlisa, visiblemente aburrida.

—No te preocupes, palomita mía. Siempre estás a salvo conmigo, ¡aunque aparezca algún monstruo!

—¿De verdad crees que ese palillo plateado puede hacer algo? —dijo Derdon, el tercer miembro del grupo, un mago de ochenta y dos años.

Aunque a primera vista pudiera parecerlo, no era el más viejo. Ese título pertenecía al cuarto y último integrante: Anton, el gólem. Tenía el aspecto de un joven de unos veinte años, pero contaba con varios siglos de existencia; ni él mismo conocía su edad exacta. Sus extraños ojos púrpura, inhumanos, y su piel de arcilla –similar al tacto humano, pero dura como el acero– lo delataban.

—¿Dudas de mi destreza con la espada, anciano? —le dijo Lurien a Derdon.

—¿Dudar? ¡Ja! ¡Niego que la tengas en absoluto, maldito troll engreído! ¿Y dónde está esa condenada puerta? ¿La encontraremos antes de que estire la pata?

—Si no fueras un viejo débil, te retaría a duelo por haber mancillado mi honor frente a esta hermosa dama, cuya belleza no tiene parangón en todo el continente —dijo Lurien, furioso.

—¿En el continente? —se preguntó Merlisa—. Lurien, querido, ¿no me dijiste hace dos días, mientras yacíamos en la cama viendo el amanecer, que yo era la mujer más bella del mundo?

—¡Oh, cómo pude olvidarlo! Por supuesto que lo eres, amada mía. ¡Ni siquiera las diosas del cielo pueden compararse contigo! —se justificó Lurien.

Derdon comenzó a reír, lo que irritó tanto a Lurien como a su amada.

—¿De qué te ríes, viejo necio? ¿Qué tiene tanta gracia? —se ofendió Merlisa.

Anton observaba en silencio, aunque con evidente interés.

—Bueno… no diría que seas la más bella —dijo el mago—. No me malinterpretes: eres muy hermosa. Pero hay muchas más bellas todavía, como la princesa élfica Erlirla, la de cabellos plateados.

—¡¿Cómo puedes decir que esa mocosa es más hermosa que yo?! ¡¿Más hermosa que yo?! —Merlisa intentó agarrar al mago por la barbilla y patearlo en la entrepierna, pero su amado la detuvo, tomándola suavemente de los brazos y calmándola con un beso en la mejilla.

Ella se tranquilizó un poco, pero el viejo mago volvió a burlarse, sacándole la lengua como un niño.

—¡Por los dioses, Derdon! ¿Cuántos años tienes: ochenta u ocho? No te comportas como alguien de tu edad. ¡Discúlpate con la joven! —intentó mediar Lurien.

—¿Disculparme? ¿Con ella? ¡Ja! ¿Y qué decías de mi edad? ¿Debería quejarme todo el tiempo de mis achaques o soltar peroratas llenas de sabiduría solo porque entré en la novena década? ¡No soy estúpido! Me estoy muriendo, jovencito. ¡Busquemos esa maldita puerta! Espero que sea la entrada a un enorme tesoro lleno de oro; de lo contrario, estaré muy decepcionado y furioso por haberme traído a esta ruina polvorienta a escuchar el cacareo de tu palomita: “¡tráeme esto, cómprame aquello!”. ¿Crees que me casé una sola vez en la vida por casualidad? ¡Para conservar al menos un resto de sentido común!

—Eres una cabra testaruda y chauvinista —replicó Lurien—. Pero un trato es un trato. Encontremos la puerta, abrimos el cofre del tesoro, lo dividimos en partes iguales y cada cual sigue su camino. Me fastidias, pero cumpliré el acuerdo. ¿Está bien?

—Está bien… ejem, ¿y dónde está exactamente esa puerta y qué fue lo que te dijo ese medio elfo borracho? —preguntó Derdon, suspicaz.

—En el nivel más bajo de Ulder Zur, cuyas ruinas estamos recorriendo ahora —explicó Lurien.

—¿Y por qué no la puso en un lugar más accesible? ¿En el segundo piso, por ejemplo? ¿O en la planta baja? —gruñó Derdon.

—¿Querías que construyeran el castillo a tu gusto? Ya basta de estorbar con tus quejas… ¡Ahí está! ¡Al fondo del pasillo!

Todos vieron de pronto la puerta plateada del tesoro. Era imposible no advertirla: medía más de tres metros de alto y más de un metro de ancho. Además, era lo único que no había sucumbido al paso del tiempo: no tenía ni una mancha de óxido, solo una fina capa de polvo.

El pasillo que conducía a la puerta estaba decorado con pinturas casi podridas en marcos dorados y restos de banderas y tapices antaño hermosos. Pero la decoración más aterradora estaba en el suelo: docenas de esqueletos con armaduras y túnicas ya deshechas o corroídas. Algunos se abrazaban en la muerte; otros se habían atravesado mutuamente con espadas.

El grupo intentó ignorar la escena, mientras un sudor helado les recorría la espalda. Anton, por supuesto, no sentía miedo, pero sí tristeza: aquellas personas habían llegado hasta la puerta y, en lugar de cooperar, se habían peleado por tonterías.

Lurien se acercó y examinó la puerta con atención. No tenía adornos. Solo una manija redonda, sin cerradura ni ojo de llave, y una inscripción en un idioma que desconocía.

—Derdon, no puedo leer esto. ¿Sabes qué dice?

—Ah… sí. Dialecto élfico antiguo, de las estribaciones de las Montañas Grises. Pocos lo conocen. Veamos… dice: “Ningún hombre puede… abrir esta puerta”.

Merlisa sonrió con malicia.

—¿Ningún hombre? ¡Perfecto! Adelante, querido. Además, estás protegido por el medallón del Bosque de Bronce. Nadie puede hacerte daño.

Lurien tomó la manija antes de que el mago pudiera reaccionar, le sonrió a Merlisa… y al instante siguiente la puerta se activó, reduciéndolo a un montón de cenizas y huesos. El medallón se derritió como manteca sobre hierro al rojo vivo. La espada conservó su forma, pero la plata se desprendió de ella.

El grupo quedó atónito. Merlisa fue la primera en hablar:

—¡No! ¡Mi querido Luri! Bueno… siempre me queda Arlin.

—¿Arlin? ¿Quién es…? —murmuró Derdon—. ¿No te da pena esta criatura?

—Un poco… pero nada que una o dos toneladas de oro no curen. Ahora apártate, viejo. Tú mismo leíste la inscripción: esta puerta necesita el toque de una mujer. Los hombres no sirven para nada.

Justo antes de que tomara la manija, Anton leyó la inscripción por curiosidad… y notó el error en la traducción. Pero ya era tarde.

—¡Espere, señorita, la traducción no es…!

Merlisa no escuchó. Al instante siguiente se convirtió en cenizas, huesos calcinados y joyas medio derretidas.

—¿Qué quieres decir con que no era correcta? ¿Y por qué no la detuviste? —preguntó Derdon.

—La traducción era correcta, salvo por una palabra —dijo Anton—. No dice “varón”, sino “humano”. “Ningún ser humano puede abrir esta puerta”. Ni hombre ni mujer. Ese es el sentido exacto.

—Las mujeres son difíciles de entender —concluyó sabiamente el mago—. ¿Y ahora cómo la abrimos?

—Lo intentaré yo —dijo Anton—. Soy un gólem.

Tomó la manija. Nada ocurrió. Tras un gran esfuerzo, logró abrir la puerta.

Dentro no había oro ni joyas. Solo una vela púrpura ardiendo desde hacía siglos y una mesa con un pergamino.

Anton lo leyó:

“Querido ladrón o aventurero: felicidades por comprender el mensaje de la puerta. Eso demuestra que eres una persona instruida. El tesoro que buscas se encuentra en otro castillo. Mucha suerte en tu búsqueda”.

Ambos rieron largamente.

—Enterremos a esos dos necios —dijo Derdon al fin—. Fueron nuestros compañeros.

Y así lo hicieron, antes de marcharse hacia la taberna, mientras el sol se ponía tras Ulder Zur.

Tomislav Takač nació en 1988 en la ciudad de Subotica, Serbia. Desde pequeño, le fascinó todo lo extraño y con el tiempo se convirtió en una especie de enciclopedia andante. Empezó a escribir novelas y relatos hace cinco años y no ha parado desde entonces. Actualmente trabaja en una fábrica de calcetines para mujer.

 

LAMIA

Vladimir Koultyguine

 

Empezamos por el rostro. Esa es la parte que más interesa. El resto ni siquiera es necesario. El diseño de la nariz, la arquitectura de las orejas con todo lo intrincado del oído: todo eso debe tratarse con la mayor precisión posible, con perjuicio lamentable de otras partes no menos importantes del organismo. Muchos jóvenes diseñadores tienen la costumbre de jactarse de la capacidad recién adquirida de saber diseñar rostros con rasgos variados, después de tanto practicar con las manos y los pies. Aquí sucede lo contrario: siempre se empieza por la cara, y pocos son los que saben algo –o casi nada– de las piernas, por ejemplo.

El rostro es lo que se ve, dicen. El rostro es lo que ve, decimos.

Aquella tarde el trabajo había ido bien. Mejor de lo normal. La segunda encomienda. Andrés, en la mesa con sus lápices, miraba fijamente el cráneo frente a él, con el cerebro aun pulsando. Iván, delante del ordenador, comparaba cálculos y modelaba previsiones. Y yo pensaba qué escalpelo elegir para hacer los primeros cortes.

Abajo, en el pasillo, esperaba Yannick. El pobrecito siempre había creído que era chófer de una empresa de material médico. Pues, en cierto sentido, así era…

Fue el primero en morir, junto con una anciana que, al abrir la puerta de su apartamento, lanzó una mirada a los cuatro hombres enmascarados y por eso recibió una de las primeras balas. Pero el cuerpo que vimos primero fue el de Yannick: los canallas se escudaron detrás de él al entrar en la sala. Yo me salvé por el simple y estúpido hecho de estar sentado en el cuarto de baño. Después de matar al resto, se marcharon corriendo. Oí el silbido de los neumáticos, presumiblemente de su coche, una furgoneta, supongo. No se habían tomado el trabajo de averiguar cuántos éramos. Tuve que recomponer fuerzas apresuradamente para salir antes de que me vieran. Luego, en casa, cambiarme de ropa y marcharme definitivamente, llevando solo lo indispensable.

Fue recién en el tren, rumbo a ninguna parte, cuando tomé conciencia del miedo.

 

Diario de Román Lorongo 10.09.20**

Hace una semana me trasladé a este barrio de Moscú, no muy lejos del centro (para quien disfruta caminar), y bastante cerca de un parque que se transforma en bosque. Un lugar perfecto para correr de madrugada. Las grandes carreteras, plaga universal de esta ciudad, apenas se oyen aquí. Y hay un sitio –solo un punto, un cuadrado de tres metros por tres en medio de un claro, cercado por tres robles– donde ni siquiera llega un sonido externo. Lo comprobé: estuve en cada punto del bosque y siempre se oían ruidos de la gran ciudad. Al final encontré mi lugar de meditación.

Desde el principio hubo obras. Un vecino me dijo que habían empezado el año pasado, pero no veo a nadie trabajando. Más que un barrio dormitorio, es un cantero de obras. Obras de dormitorio, diría. Muy bien. Llevo meses sin dormir bien. Que se hagan obras en este dormitorio que es el mío.

 

Notas de Andrés Jomirovsky

Durante un año vino a la consulta un paciente poco común. Inicialmente llegó quejándose de una sensación “extraña” debajo de la rodilla. No podía indicar el lugar preciso: decía que la sensación “viajaba”, describiendo un círculo bajo la rodilla, a veces descendiendo hasta el tobillo. La percibía sobre todo en la parte delantera, aunque a veces también hormigueaba una zona de la pantorrilla. La palpación resultó inútil; los exámenes de rutina tampoco aportaron información relevante. Decía que no le dolía, que era solo un simple hormigueo, pero llevaba ya mes y medio y no cesaba. Destacaba –lo repetía en cada visita– que tampoco desaparecía por la noche.

No estaría escribiendo esto ahora si no fuera por la desaparición súbita del paciente, que no acudió a la última cita programada la semana pasada y cortó todo contacto. La clínica no logró localizarlo para cobrar la consulta no realizada. Y yo tengo una sensación extraña… no tan extraña como la suya, supongo: la impresión de que su desaparición encierra una importancia que no consigo identificar.

Con el tiempo empecé a sospechar que quizá todo fuera una simulación. No me parecía algo “mental”: en la cabeza lo tenía todo en orden, sin brotes ni confusiones. A veces comentaba lo extraño que debía parecer su caso; recordó incluso el ejemplo clásico de los insectos en la caja de fósforos, asegurándome que no pretendía presentarse con un delirio de parasitosis. (He tenido experiencias así).

Lo que hacíamos eran ejercicios físicos para la pierna. Al principio sugerí que se trataba de una pérdida de sensibilidad; debía ser así, al menos en parte. No había cambios de coloración ni otras alteraciones visibles. Tratamos la sensibilidad, los nervios. Pensaba, al verlo esforzarse sin resultado, que realmente tenía problemas, el pobre.

Nunca supe a qué se dedicaba. Al preguntarle, obtenía respuestas ambiguas, ni afirmativas ni negativas. Algo me llamó la atención: en algunas ocasiones, después de decir algo, lo repetía de inmediato de forma más simple. Como si hablara para alguien incapaz de comprender un lenguaje más sofisticado o profesional, que era el suyo y el mío. ¿Sería profesor universitario o de escuela? ¿Química o matemáticas? “Y ahora veamos los enlaces covalentes del carbono desde el punto de vista del álgebra booleana”. ¿Tiene sentido lo que acabo de escribir?

 

Diario de Egor Svigomierski 20.09.20**

Llegué a casa alrededor de las nueve y media. Apenas recuerdo el resto del día; este maldito trabajo me quita las ganas de pensar. En las últimas dos horas estuve furioso. ¡Los documentos! ¡Las firmas! Y para colmo, Serguéi encontró un error en los cálculos: los revisábamos todos y resulta que el cerdo tenía un problema con el monitor, una línea de píxeles que le parecía un número añadido.

Esto de llevar un diario ya empieza mal. El psicólogo es buena gente, pero no sé si es posible arreglarlo todo solo hablando y tomando notas.

Emoción del día: frustración, furia, vacío.

Vale. Tengo que intentarlo.

 

21.09.20**

No he dormido nada. El dolor en la rodilla. No. Me. Deja. Dormir. Pensé que ya lo había superado, pero el médico insiste con sus comprimidos ¡y nada! Ni siquiera me dijo qué es. Esos médicos, con sus palabrotas de alto voltaje.

Una mujer me sonrió. Por primera vez en años, pude hablar sin freno con el otro sexo.

 

23.10.20**

Mis sueños empiezan a inquietarme. No los recuerdo, pero al despertar siento que no he sido yo. Y por la noche, al ir al baño, con las luces encendidas como en el sueño, capto imágenes que no pueden estar ahí. NO PUEDEN ESTAR.

 

7.1.20**

NO PUEDE SER. Y por la noche, la fiesta. Un brillo. Una superficie, ¿cómo describirla? Lama. Todo lama. Un círculo de lama. ¡No, círculo no! Un… un no-sé-qué hexaedro de lama. Y yo –no en el centro, no– en la periferia, con esa ansia de volver al fondo. Y ese fondo… ¡tan de estiércol!

 

15.1.20**

He obtenido lo que esperaba: un aumento de sueldo.

El dolor de la rodilla persiste, pero no he vuelto al médico. Debí hacerlo. No tengo fuerzas.

 

Notas de Andrés Jomirovsky 20.10.20*

No vi nada de eso antes de aquello.

 

Nota encontrada en el suelo del hospital n.º **

Lo he visto. ¡Lo he visto! ¿Qué hará que pueda desverlo?

 

Diario de Román Lorongo 10.09.20**

Preguntan si es todo o nada. No sé por qué, pero preguntan en portugués. Tudo es todo. Tienen una palabra esencial para el todo. Todo, tudo.

¿Y aquel rostro que fabricábamos?

 

Notas de Andrés Jomirovsky

Hay algo que no me deja en paz. Si aquel hombre, Egor, experimenta movimientos espontáneos sin darse cuenta y dice que le duele, ¿por qué no he podido detectar la fuente del dolor?

Han pasado algunos meses. Terapia, ejercicio, todo eso. El dolor se vuelve más profundo, dice, y parece sinceramente incapaz de localizarlo. A veces en la rótula, a veces debajo de la rodilla, y en los últimos días llega hasta la pelvis. Y esos movimientos… cuando habla, sacude bruscamente la pierna izquierda; al caminar, parece querer arrodillarse sobre ella. Prescribí un examen neurológico. Espero que aparezca.

Apareció. Después del examen.

Creo que es hora de contratar a un detective privado. No lo haré, claro. Pero el caso me interesa tanto que –Hipócrates me perdone– voy a seguirlo yo mismo.

 

Notas de Román Lorongo 23.12.20**

En los últimos días, un hombre me persigue. Me resulta conocido, pero no logro recordarlo. Lo vi en algún lugar, eso es seguro… ¿Será uno de aquellos sicarios?

A veces no recuerdo cómo ni dónde me acosté. Trato de no beber demasiado –eso ayuda–, pero la resaca se acumula. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy?

Ahora me doy cuenta de algo que hice. Tal vez no haya manera de revertirlo. No hay vuelta atrás. Sabes –me hablo a mí mismo, creo–: he tenido y sigo teniendo este sueño: un gran hoyo en la tierra, todo deshecho, todo en ruinas, armaduras colgando. No se ve el fondo, pero no puedo llamarlo abismo. ¿Ese abismo soy yo? Y de pronto voy en el tranvía, bordeando el hoyo, y la próxima parada es ***. Recuerdo el nombre, pero no lo escribiré aquí, por miedo a que puedan descubrirme. El tranvía se detiene y todos me miran. No me ven; no pueden verme, no pueden ver: ¡no tienen ojos! Y si me muevo un micrómetro, se lanzarán sobre mí. Lo veo con extrema claridad. Y estamos al borde del abismo –de mi abismo– de mí-abismo.

Hoy me han encontrado.

 

Notas de Román Lorongo

Lo acompañé hasta su casa. No me hizo caso… hasta el momento en que… No puedo describirlo. Ni siquiera podía imaginar que sería tan fácil.

 

Notas de Andrés Jomirovsky

¿Qué quiere de mí este médico loco? Me persigue desde hace semanas… Mejor leer un poco antes de dormir. Pero, carajo, no me deja en paz. ¿Y si todavía está ahí? ¡Está! Ni siquiera se esconde. ¡Qué cabrón! Tengo que cambiar de médi…

 

Y así debía terminar. Solo teníamos un ejemplo.

Pues… para quien lo lea, hay esperanza. El prototipo se quebró. Yo me quebré. No supieron evitar el uso de armas. Con mis últimas fuerzas escribo este mensaje. No importa dónde ni cómo lo encuentres. Lo esencial es que el prototipo se quiebre. Si no hay nadie…

La lamia me ha roído el hueso. Uno solo. Y con eso me rendí. Ella, probablemente, ha escapado. Sin llegar al rostro que habíamos construido. Sin llegar a la primera parte que hicimos para ella.

Vladimir Koultyguine nació en 1987 en Moscú. Es periodista, conforme a su diploma universitario, pero trabaja también como traductor de varios idiomas como español, portugués, francés, inglés y polaco. En 2010, terminó la facultad de Periodismo de la Universidad de Moscú; en 2011, estudió en la Universidad de São Paulo, Brasil, y en 2013, defendió la tesis de Ph.D. en Moscú sobre el modernismo brasileño, con traducciones. Le encantan los pequeños y grandes misterios de este mundo, los que nos aguardan. O no. Y esto, cree, es una de las principales misiones de la literatura: buscar y resolver o revelar misterios. Actualmente reside en Gdansk, Polonia.

 

viernes, 30 de enero de 2026

LOS SIETE DURMIENTES

Rosana Aldonate

 

                                                              … vi… a Averroes, que el gran comentario hizo. Dante Alighieri

La Divina Comedia

 

Los siete camaradas subieron al avión que los conduciría al destino prefijado. Escapaban del terrorismo de estado imperante en el país natal cuyo gobierno consideraba peligrosa a la juventud y era intolerante con las ideas que los jóvenes profesaban por considerarlas atentatorias contra la civilización occidental y cristiana, de la que los gobernantes se erigían en guardianes. Huían de la amenaza que pesaba sobre sus cuerpos y sus vidas.

Cercanos a la aeronave percibieron la escalerilla como el acceso a un reducto protector, a un verdadero refugio. Ocuparon sus asientos, precintaron el cinturón de seguridad alrededor del cuerpo como quienes se sujetan a la seguridad aniquilada en el país que dejaban y dispuestos a la libertad también allí cercenada.

Despegaron en el avión que se internó en las nubes con hipnóticas alitas blancas. Conciliaron rápidamente el sueño ausente en las anteriores vigilias expectantes y prolongadas. El reposo se les fue animando de imágenes múltiples y caleidoscópicas, reconfigurándose en ficciones más organizadas.

Tuvieron un sueño en común en el que los siete partían en busca de palabras, de dos palabras que en el sueño se graficaban como dos gigantescos paréntesis que incluían puntos suspensivos en su interior, mientras el séptimo punto caía fuera del paréntesis. Saltaron de los puntos a un piso denso, resbaladizo; patinaron hasta chocar contra una muralla en la que estaban dibujados los dos grandes paréntesis de nada. Los puntos se habían borrado. ¿Por la lluvia? Continuaron caminando adosados al muro por varios kilómetros, sofocados por el calor y el cemento. La muralla desapareció dentro de los paréntesis. Avanzaron entonces junto a las marcas semicirculares. Mareados, cruzaron la línea e ingresaron a un cuento. El desconocimiento de las dos palabras continuaba. Obtuvieron un salvoconducto para asomarse al inicio y al final del relato, previo a lo cual tuvieron que inventar un aparato necesario para encontrar lo que buscaban. Se toparon con una directa indicación para los lectores “si desean conocer cuál es el aparato que inventaron los siete durmientes leer la nota al pie de página que refiere al segundo significado en el diccionario de la palabra busca (*)”. En el dispositivo creado recibieron un guarismo al que descifraron como el número de la página a la cual dirigirse.

 En la carilla indicada se encontraron con un asterisco que especificaba: *si quieren saber cuáles son las dos palabras que desconocen los siete durmientes por favor remitirse al cuento “La busca de Averroes” de Borges. Gozando del permiso recibido y haciendo uso de su invento pudieron volver desde el desarrollo del cuento a la página de inicio donde estaban planteadas por Averroes las dos palabras que les faltaban.

Se sorprendieron de no despertar una vez provistos de ambas palabras, lo que implicaba que no habían llegado aún al ombligo del sueño.

Un nuevo número apareció en la pantalla del artificio. Saltearon una, dos y tres páginas del relato hasta llegar a la cifra apuntada en el visor. Fueron espectadores y a la vez actores de lo que allí acontecía: escenas de una obra de teatro titulada “Los siete durmientes de Éfeso”. Siete durmientes como ellos pero de Éfeso, no de Argentina, se retiraban a una caverna, oraban, dormían con los ojos abiertos, despertaban trescientos nueve años después, entregaban al vendedor una moneda.

Esa moneda fue para el vendedor la prueba suficiente de que los siete durmientes de Éfeso venían de otra época, y la cruz que vieron los siete durmientes en la cúspide de una iglesia de Éfeso fue para los siete cristianos la demostración de que no estaban en su tiempo, en el que se perseguía a los cristianos. Como dijo un filósofo francés, resultó una ironía que los siete durmientes de Éfeso despertaran tan tarde cuando el cristianismo estaba impuesto y ya no había ningún escéptico por convencer.

Nuestros siete durmientes en cambio pensaron que al contrario de los durmientes de Éfeso que debieron esconderse en la caverna de la persecución del emperador pagano, ellos escapaban de quienes se arrogaban ser custodios de la civilización justamente cristiana y pensaron también si, cuando despertaran, estarían a tiempo de incidir en las circunstancias o si sería demasiado tarde.

Ingresaron a un campo silencioso de amapolas y valerianas que rodeaba la entrada de una caverna oscura. Para pasar debieron dejar en la boca de la gruta su invento y las dos palabras que habían recuperado en el cuento “La busca de Averroes”. La oscuridad reinante era total, no podían hacer otra cosa que sentarse en cualquier sitio próximo.

Una brisa perfumada nutrida de imperceptible polen se inmiscuía del exterior espesando la negritud interior e incitándolos al sueño. No era posible sustraerse a esa natural inducción hipnótica. Se dejaron ir dócilmente porque siempre se puede despertar por obra de un ruido o de algún real. Antes de llegar al sueño profundo advirtieron con cierta inquietud que se trataba de un sueño dentro del sueño y que la caverna, absolutamente oscura, estaba custodiada por un tal Morfeo cuya principal tarea es evitar que los ruidos despierten al durmiente. Les quedaría entonces como único recurso encontrar el real para despertar del dormir fatídico, pero inmediatamente cayeron en la cuenta de que lo real es imposible de representar. En ese último borde lúcido conciliaron el sueño de manera profunda. Allí donde ya no se sueña

(*) Busca: mensáfono, aparato portátil que sirve para recibir mensajes a distancia.

Rosana Aldonate es licenciada en psicología de la UNT, Magister en Administración y Gerenciamiento en Salud de la Universidad Favaloro y Magister en Clínica Psicoanalítica. Actualmente se desempeña como psicoanalista y perito judicial. Ha publicado, entre otras obras, Por todo lo durante (poesía, 2003), El cuartito del otro lado (relatos, 2008), “El enigma de camarones” (cuento largo, 2012) y La nota y el énfasis (relatos breves y microrrelatos, 2025). Participó además en diversas publicaciones colectivas como Letrarte (2010) y Aturucuto2 (2011). Escribe en Revista Avatares (de psicoanálisis) del CID Tucumán, en Revista Link! (Cultural) de Tucumán. Escribió en Revista del Colegio de Psicólogos de Tucumán, en Revista Enlaces (de la Orientación Lacaniana) Buenos Aires y en los blogs Rebussuber y Litur-a-tulia (Madrid).

 

EN LAS GARRAS DEL DIABLO

Peyman Ardeshiry

 

El anciano vivía solo en el bosque. Los habitantes de la aldea, situada junto al arroyo, no tenían buena opinión de él: algunos lo consideraban irreligioso y blasfemo; otros, aliado del Diablo; y otros más, relacionado con espíritus y genios. En realidad, esta creencia no carecía por completo de fundamento.

El anciano no participaba en ninguna ceremonia religiosa; mejor dicho, sentía aversión por ellas. Tampoco tenía buena relación con las personas creyentes y devotas, y se rumoraba que era un borracho empedernido que se entregaba a la bebida en su pequeña cabaña del bosque.

En más de una ocasión, personas que habían ido al bosque a recoger leña aseguraban haber visto sucesos extraños relacionados con el anciano.

Una vez, un joven campesino que atravesaba el bosque oyó voces de varias personas que provenían del interior de la cabaña del anciano. Conociendo el carácter solitario del viejo, la curiosidad lo llevó a acercarse, pero al mirar por la ventana no vio a nadie más que al anciano.

La mayor enemistad del viejo era con Mirza. Ambos tenían aproximadamente la misma edad. Mirza era un anciano piadoso: si alguien moría en la aldea, él lavaba el cuerpo del difunto y luego, junto a la tumba, recitaba oraciones. Así como los aldeanos sentían odio hacia el anciano solitario del bosque, profesaban un profundo respeto y afecto por Mirza. Su pureza, su rectitud y su fe en Dios atraían a la gente.

Muchos años atrás, cuando Mirza y el anciano aún eran jóvenes, había surgido una disputa entre ellos, y Mirza había expulsado al anciano de la aldea por su irreligiosidad, su libertinaje y su burla de los rituales religiosos. De ese modo, el anciano fue repudiado y comenzó a vivir en una cabaña de madera en medio del bosque.

Los años pasaron uno tras otro hasta que finalmente se cerró el libro de la vida del anciano. La noticia de su muerte no causó la menor tristeza entre los aldeanos. Solo Mirza decidió enterrarlo en el pequeño cementerio del pueblo, como a cualquier otro siervo de Dios.

Mirza fue solo al bosque y, con el caballo que lo acompañaba, llevó el cuerpo del anciano a la aldea. Lo condujo a una habitación cercana al cementerio, utilizada para lavar a los muertos. Colocó el cuerpo sobre una piedra y luego trajo dos baldes de agua del río. Lavó el cadáver y lo envolvió con unas telas blancas que llevaba en las alforjas del caballo.

Ningún aldeano acudió al entierro del anciano. En realidad, estaban contentos de que un individuo irreligioso y de naturaleza diabólica hubiera desaparecido de entre ellos.

Mientras Mirza lavaba el cuerpo, nubes negras cubrieron el cielo y comenzó a llover. Sabía que después del entierro no podría rezar por el alma del muerto bajo una lluvia tan intensa, por lo que decidió recitar algunas oraciones allí mismo, en la pequeña habitación donde había lavado el cuerpo, para aliviar al menos parte de los muchos pecados del anciano.

Se sentó junto a la pared y comenzó a rezar, mientras el cuerpo inerte del anciano yacía frente a él.

Mientras oraba, sintió que algo cambiaba y se movía en el ángulo de su visión. Levantó un poco la mirada y presenció el acontecimiento más aterrador de toda su vida: las manos y el cuerpo del anciano, envueltos en el sudario blanco, se movían.

El terror paralizó a Mirza. Las manos del muerto apartaron parcialmente el sudario, el cuerpo se incorporó a medias e intentó levantarse. No había tiempo para dudar. Mirza se levantó y huyó con todas sus fuerzas, mientras el cadáver también se ponía en pie y, con movimientos extraños y descoordinados de sus miembros casi rígidos, lo perseguía.
Mientras corría bajo la lluvia, Mirza miró hacia atrás con desesperación y vio al muerto siguiéndolo a poca distancia. Solo Dios sabía cómo aquel cuerpo había logrado levantarse y correr con tal velocidad.

Al ver al muerto tan cerca, sin darse cuenta de lo que hacía, Mirza le arrojó con fuerza el libro sagrado que llevaba en la mano. Era un pecado grave, pero el miedo no le permitía pensar con claridad.

En cuanto el libro tocó el cuerpo del muerto, toda su agitación cesó y cayó nuevamente inerte al suelo.

Mirza se detuvo. Se acercó con cautela al cadáver y entonces comprendió que había cometido un gran pecado al lanzar el libro sagrado; aun así, no podía negar que aquel libro había destruido la fuerza demoníaca del muerto. Empapado por la lluvia, recogió el Corán y, tras asegurarse de que el cuerpo permanecía inmóvil, regresó a la aldea.

Cuando los aldeanos se enteraron de lo ocurrido, expresaron opiniones casi idénticas.

—Los que movían el cuerpo eran espíritus demoníacos.

—El alma impura del anciano no podía soportar que Mirza rezara sobre él; incluso después de muerto se oponía a la religión.

—Era un siervo del Diablo. Mejor que haya muerto.

En lo que todos coincidieron fue en que el cadáver no debía ser enterrado en el cementerio del pueblo, junto a las demás tumbas, pues podría causar problemas. Mirza también estuvo de acuerdo. Por eso, varios hombres de la aldea, bajo la intensa lluvia, cargaron el cuerpo y se dirigieron al bosque.

Una vez más, Mirza fue el primero en actuar y colocó el cadáver sobre el caballo. Los demás hombres temían tocar aquel cuerpo funesto.

Enterraron al anciano en el bosque, cerca de su cabaña, y regresaron al pueblo. La lluvia había cesado y la luz dorada del sol se abría paso entre las nubes.

 

Mirza fue al río a llenar su odre. Antes de sumergirlo en el agua, vio reflejada junto a su propia imagen la sombra de otra persona. Giró la cabeza y vio a un joven de unos veinticinco años, de aspecto pulcro. Su rostro le era desconocido.

—¿Eres forastero? —le preguntó.

—Sí y no. He venido a ver a mi padre; mejor dicho, he venido a rezar sobre la tumba de mi padre.

—¿Quién es tu padre? —preguntó Mirza, sorprendido.

—El anciano que vivía solo en el bosque.

Mirza observó con mayor atención el rostro del joven.

—Pero hasta donde sabemos —argumentó—, ese anciano no tenía esposa ni hijos.

—Ah, ustedes no lo saben. Mi padre fue a la ciudad en su juventud y se casó. Yo fui el fruto de ese matrimonio. Mi madre nunca aceptó vivir en la aldea, por eso mi padre la dejó y regresó a su tierra natal. Ella murió un año después de mi nacimiento y desde entonces vivo con su única hermana.

—Es una historia extraña. ¿Cómo te enteraste de la muerte de tu padre?

—Siempre recibía noticias suyas de lejos. Cuando los aldeanos venían a la ciudad a vender sus productos, me informaban sobre la aldea.

—Durante años no visitaste a tu padre. ¿Por qué regresaste ahora?

—¿Acaso está mal rezar?

—No…

—Entonces debemos ir al bosque, ¿verdad?

—¿Sabes que tu padre fue enterrado en el bosque?

—Sí, me enteré de todo.

—¿De todo?…

—Sí… Ah, ya entiendo a qué se refiere. No me importan las cosas que la gente decía de mi padre.

—Muy bien, ven conmigo y vayamos al bosque.

Caminaron juntos. Al cabo de un tiempo, la cabaña apareció a lo lejos.

—La tumba de tu padre está cerca de la cabaña —dijo Mirza señalando la cabaña de madera—, junto a ese arbusto de frambuesas.

Luego se volvió para despedirse del joven, pero con gran sorpresa vio que había cambiado de forma y adoptado un aspecto monstruoso. El joven soltó una carcajada repugnante. La espalda de Mirza se estremeció.

—¿Qué imbécil, aparte de ti, creería que el anciano tenía un hijo? —dijo el joven—. Pobre de ti, fuiste engañado. El Diablo tiene mil y un rostros. —Mirza intentó huir, pero el joven lo sujetó con una fuerza demoníaca, y agregó—: Desdichado. Mi poder no se compara con el tuyo, viejo débil. Olvídate de escapar.

Mirza comprendió que aquella criatura diabólica podía matarlo con facilidad, así que permaneció inmóvil.

El joven lanzó otra carcajada y empujó al anciano hacia adelante. Caminaron hasta llegar junto a la cabaña.

El joven tomó una pala que estaba apoyada allí y se la dio a Mirza, empujándolo hacia la tumba del anciano.

—Cava la tumba —le ordenó con voz extraña. Mirza comenzó a cavar, cavó y cavó hasta abrir un pozo profundo, pero no había rastro alguno del cadáver. Al ver la expresión atónita de Mirza, el joven soltó una risa estruendosa—. Maldito anciano… El Diablo tiene mil y un rostros —dijo—. Dime, ¿te gustaría ocupar su lugar en la tumba? —Mirza se sintió invadido por el pánico. Presentía que algo terrible estaba a punto de ocurrir. El joven continuó—: Para mí sería muy fácil enterrarte aquí, pero… veamos, quizá pueda darte una oportunidad. Parece que hace años abandonaste los deseos carnales, ¿no es así? —Mirza guardó silencio. El joven prosiguió—: Tal vez puedas comenzar una nueva vida. Entonces verás que una vida entregada a los deseos también es muy placentera. Dime, ¿eliges la muerte o una vida nueva?

Mirza volvió a callar. El pensamiento de la muerte le hacía temblar la espalda. Quizá, a pesar de su vejez, aún podía vivir muchos años. Esa idea encendió una esperanza falsa en su corazón. Dejó caer la pala y se acercó al joven, que sonreía con malicia…

Desde aquel día, el anciano comenzó a vivir en la cabaña del bosque. Los aldeanos decían que había perdido la razón y se había vuelto irreligioso e incrédulo.

Peiman Ardeshiry nació y vive en la ciudad de Shiraz, Irán. Ha publicado más de treinta libros en su país, tanto para adultos como infantiles, abordando los más diversos géneros. Los títulos de algunas de sus obras (traducidas fonéticamente), son: Madar, Gozhpasht parseh, Npamsar etesh, Afsaneh cpehei parsi, Hadeseh dar Porspolis y Esh dokhtar Ler.


JULES

Anamaria Borlan



 

En una velada parisina del siglo XIX, Jules Verne y Alfred de Musset discutían sobre el futuro, la literatura y los límites de la imaginación.

 —¡Jules, mon ami! ¡Amigo! ¿Por qué precisamente Onze-sans-femme? Once sin mujer. ¡Qué nombre tan estúpido para un grupo de escritores!

—¡Justamente por eso! —murmuró Jules Verne, mojando la punta de la pluma en el tintero.

—¿Qué pasa, no te gustan las mujeres?

—Cállate, tengo que escribir.

—Pero si amaste a Caroline, luego a Rose Hermine… ¡y te casaste con Honorine!

—¡Cállate, he dicho! —gritó Jules, levantándose de golpe y volcando la tinta sobre la hoja a medio escribir—. ¡Mira lo que has hecho! ¡Fuera! ¡Vete! ¡No quiero verte nunca más!

—Amigo mío —sonrió Alfred de Musset, con sorna—. Sabes mejor que nadie que me gusta meditar sobre la condición de la creación artística y que siento una abierta aversión por la mediocridad de la burguesía. De la cual tú también formas parte.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada en especial. Te admiro por tu ingenio. Esa imaginación que crea una visión fantástica basada en ideas delirantes, ideas que no se harán realidad jamás.

—¿Cómo dices?

—Tomemos un ejemplo negativo: tu personaje Robur. ¿Cómo crees que un aeróstato, un aparato más pesado que el aire, va a elevarse del suelo y volar sobre continentes y océanos? ¿Ese Albatros, tan embarazosamente bautizado como un ave marina?

—¡El globo aerostático también es más pesado que el aire y aun así vuela!

—Arrastrado por el viento y las corrientes. O ese sumergible, ¿cómo lo llamaste?

—Nautilus.

—Exacto. ¿Cómo van a funcionar ambos con electricidad? ¿Sumergir en las profundidades del océano un aparato de hierro que se mueva y avance por medios eléctricos? ¿O hacer volar un vehículo tripulado, también con electricidad? ¡Eso no ocurrirá jamás!

—Las calles de París ya están iluminadas con arco eléctrico.

—Eso es completamente distinto. En las casas usamos lámparas de aceite o de sebo.

—No por mucho tiempo.

—¿Ves, amigo Jules? Yo me quedo en mi mal du siècle, y esa es precisamente la razón por la que no me gusta la burguesía. Es demasiado progresista en su manera de pensar.

—¿Y qué tiene eso de malo?

Durante la conversación, Jules Verne, con la pipa en la comisura de los labios, sacudió la hoja mojada por la tinta derramada, trajo un trapo y limpió lo mejor que pudo la mesa. Se detuvo un instante y dibujó con el dedo una forma cualquiera, luego trazó algunas líneas y círculos, como si estuviera construyendo algo concreto, concentrado, pensativo. Al final lanzó el trapo a un rincón y apartó la hoja para que se secara, mientras su invitado seguía hablando.

—Y volviendo a tu Robur, ¿cómo crees que algún día se doblarán, o incluso se romperán, las leyes divinas porque un vehículo tenga, como tú escribes, motor, nade en aguas profundas y vuele por el aire? ¡No puede existir ninguna máquina que pierda peso mientras aumenta su velocidad o que llegue a volverse invisible! ¡Eso es un desafío directo a Dios!

Jules se volvió lentamente –le dolía la pierna desde que su sobrino Gaspar le había disparado por accidente en la pantorrilla– hacia Alfred, que exhalaba una arrogancia maliciosa.

—Querido amigo —respondió Jules en voz baja—, ¿por qué te ensañas conmigo y con lo que escribo? Como tú mismo has dicho, mi imaginación vuela con las máquinas de Robur, con el proyectil Columbia desde la Tierra hasta la Luna y aun alrededor de la Luna; he viajado junto a un cuarteto de violinistas en una isla propulsada por dos hélices; he participado en aventuras durante cinco semanas en globo; hacia el centro de la Tierra; por ríos y continentes lejanos, lugares maravillosos y fantásticos; he estado en Canadá, en el Amazonas, en África y Australia, en América, en las Indias y en China; he dado la vuelta al mundo y vivido acontecimientos extraordinarios, en las profundidades de la tierra y de los océanos, en el castillo de los Cárpatos de Transilvania y en el azul Danubio, sin haber abandonado en realidad esta mesa de trabajo. He utilizado todos los medios de locomoción que se me han ocurrido, por tierra, mar, océano, ríos y aire. Volar es más interesante y mucho más rápido que cualquier otro medio de transporte. Con todo lo que escribo y todas las imágenes que cruzan mi mente, me permito la libertad, tanto física como –sobre todo– financiera, de desplazarme y admirar todas las bellezas de la creación de Dios, en la Tierra y, más aún, más allá de ella.

Alfred de Musset se levantó y, con un gesto brusco, se acomodó los faldones del chaleco, como un tic, luego dio dos pasos enormes y abrazó espontáneamente al anciano Jules.

—¡Eres un poeta, amigo!

—He escrito infinidad de poemas e incluso letras para canciones —replicó Verne—. Ahora, por favor, suelta los brazos si no quieres que muera asfixiado por ti en este mismo instante, y ve, te ruego, a tus asuntos.

De Musset se separó y dio un paso atrás.

—Querido amigo…

—Eso suena mal.

—No, espera. No es malo. Te agradezco todas las historias imaginadas que escribes. Que yo y muchos otros no estemos de acuerdo con tus inventos, sueños y fantasías es otra cuestión. Cada cual escribe según la fuerza de su corazón. Lo cierto es que eres un buen prosista. No el mejor, pero te esfuerzas…

Jules Verne, liberado del abrazo de su combativo amigo, permaneció de pie, observando con cierta diversión cómo el visitante salía de la habitación aun hablando. La puerta se cerró tras él, pero su voz seguía oyéndose, refunfuñando mientras bajaba la escalera hacia la planta baja. A través de la cortina de la ventana, Jules lo vio subir al carruaje tirado por dos caballos, que partió con un trote resonante sobre el empedrado de la calle.

Al quedarse solo, el escritor levantó la hoja sobre la que se había derramado la tinta, ya casi seca, y la colocó sobre el escritorio. Contempló un rato el dibujo involuntario, descubriendo en las manchas una imagen interesante. Sus pensamientos ya se deslizaban hacia el futuro: sabía qué escribiría en su próxima novela.

—Selene —susurró, y luego, en voz alta—: Selene, ¿dónde te has escondido?

—¡Querido terrícola! —resonó una voz encantadora, que parecía venir de todas partes y de ninguna, flotando ligera como un hilo de niebla.

De la huella dejada sobre la superficie de la mesa, una forma incierta comenzó a tomar contornos, como un sueño que parecía hacerse realidad; el perfil se transformaba y se realzaba en vagas curvas sinuosas. Con cada instante y cada respiración entrecortada de Jules, poco a poco la figura se metamorfoseaba, y los contornos finos se aclaraban cada vez más, como si una brisa primaveral desgarrara un velo oscuro. La presencia, aún invisible, surgió lentamente, llenando la habitación de una luz misteriosa y suave, trayendo consigo un aire de magia y ensoñación.

Finalmente, para asombro y deleite del escritor, comprendió que ante él se encarnaba algo de una belleza excepcional. Sonriendo de placer, observó cómo la imagen se materializaba, adoptando el aspecto de una diosa, la personificación de la Luna, llegada en un carro de plata, directamente desde la oscuridad del cielo.

Era la diosa griega de la Luna. A quien conocía muy bien.

Un brazo de luz se extendió hacia Jules y una mano delicada, de dedos transparentes, brillando con reflejos nacarados en la penumbra del estudio, acarició con ternura su barba encanecida por el tiempo.

—¡Selene! —suspiró Jules, cerrando los ojos de placer—. Bienvenida. ¿Adónde vamos hoy?

—Hoy vamos más allá de la Luna. Más lejos. Más allá del rojo Marte y aun de la Nebulosa de Orión, hacia otros planetas.

Jules se sentó en la silla, lanzó una breve mirada al reloj con calendario colgado en la pared –su más reciente invención de modernidad absoluta–, sacó con cuidado una hoja del cajón del escritorio, acercó un nuevo tintero lleno de tinta y aguardó el momento de verter sobre la blancura de la página las letras, las palabras, las frases y las páginas de su nueva novela.

Tras regresar del periplo en el que la diosa Selene lo había llevado a navegar, esta vez no por mares ni océanos, sino más allá de la redondez de la Tierra, hacia otros mundos listos para ser explorados, sentía cómo el eco de la aventura aún vibraba vivo en su alma. Su mirada quedó fija en la hoja en blanco, y su imaginación estaba intensamente estimulada por el espectáculo celeste del que acababa de ser testigo y con el que había regresado a la Tierra.

Una sonrisa iluminaba su rostro al recordar el brazo de luz de Selene, la diosa que lo había guiado más allá de fronteras desconocidas, a través de los misterios del universo. La aventura de la que acababa de volver no se parecía a nada vivido antes. Cada instante junto a la diosa de la Luna le abría nuevos horizontes, y Jules se sentía preparado para trasladar al papel las impresiones y revelaciones adquiridas.

Mojó la afilada punta de la pluma de ganso en la tinta fresca.

Como si el propio viento cósmico llevara sus pensamientos, las palabras se alineaban en la página con la facilidad de un sueño hecho realidad. Tras unos momentos de reflexión, comenzó a escribir.

París se transformaba, bajo la pluma bien afilada de Jules, en un símbolo de la promoción de lo nuevo, donde cada calle, edificio y medio de transporte reflejaba la aspiración al progreso y a una modernidad aún no percibida ni comprendida. Cada rincón de la ciudad parecía palpitar con energía creadora, resultado directo de la inspiración obtenida en su viaje más allá de las fronteras de la Tierra, hacia otros planetas, junto a la diosa de la Luna.

Las calles de París, antaño flanqueadas por edificios de aire nostálgico, se elevaban ahora en su descripción hacia el cielo en forma de rascacielos, verdaderos monumentos de la ambición humana. Los medios de transporte superaban los límites de lo convencional: trenes de alta velocidad cruzaban la metrópoli como flechas de plata, y una red de comunicación global, que décadas después sería llamada internet, unía a las personas de un modo completamente nuevo.

La vida urbana se imaginaba nuevamente y se reinventaba en cada página, con detalles bordados desde el deseo incansable de explorar, de modelar y de abrir caminos hacia lo desconocido.

Bajo esta visión, París se transfiguraba en una metáfora del futuro: un mundo donde las fronteras entre sueño y realidad se desdibujaban, y el espíritu innovador de sus habitantes convertía cada día en una aventura de descubrimiento.

Jules puso el punto final tras la última palabra de la novela, sintiendo en el alma esa calma particular de haber concluido el largo viaje, colmado de revelaciones. Su mirada se detuvo un instante sobre el montón de páginas cubiertas de líneas, donde cada palabra, frase y párrafo llevaba la huella de la imaginación nacida de su aventura cósmica.

Quedaba escribir el título. Pensó en su amigo de polémicas, Alfred de Musset. Sonrió levemente, con una complicidad silenciosa, como si compartiera con él tanto los desafíos de la creación como la alegría de la obra terminada. Esperaba de su parte críticas y desaprobación, como de costumbre. Con un gesto decidido, escribió en la hoja en blanco el título que le resonaba desde hacía tiempo, resumiendo la esencia de toda la historia. Agradeció en silencio a Selene, y caligrafió:

«París y el Mundo en el siglo XX», 1860.

Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

EL GRAN TRUEQUE