Pragya Gautam
La acción de este
relato se desarrolla en un pueblo enclavado entre las aisladas y brumosas colinas
de Himachal Pradesh, en la India. Yo estaba sentada con la señora Liza en su
cabaña, oculta entre antiguos cedros deodar. La anciana debía rondar los
ochenta años, pero sus ojos agudos conservaban aún el brillo de una mente
lúcida. Era una científica jubilada y vivía sola en ese lugar, a cientos de
kilómetros de su tierra natal.
Mis ojos se posaron en su rostro
sereno. Mientras la escuchaba, observaba con atención cada una de sus
expresiones faciales.
—… Así que sí, como te relataba,
solía hacer muchos viajes de ese tipo por mi trabajo en aquellos años… Tenía
entonces treinta años, era una mujer joven y entusiasta, completamente
entregada a mi labor… Estaba ganando reconocimiento internacional como
astrobióloga… —dijo, y se detuvo un instante. Su rostro reflejaba la gloria de
su pasado—. Lo que te voy a narrar ocurrió cuando fui invitada al sur de
Arizona. Allí se encontraron restos en un desierto aislado, cerca de un pueblo.
Aquellos desechos sospechosos fueron enviados al laboratorio. Tras
inspeccionarlos y recoger muestras, fui por la tarde a reunirme con los
aldeanos. Fue allí donde lo conocí por primera vez…
Mientras hablaba, comenzó a limpiar
sus gruesas gafas, y luego se sumió en pensamientos profundos. Sus ojos, de un azul
claro, parecían buscar algo muy lejos. Aquellos instantes intensos realzaban su
brillo, ocultando su verdadera edad. Apartó suavemente uno o dos mechones
dorados de su corto cabello cortado estilo bob. Mi mirada viajó de su
rostro a la bandeja antigua y a las dos encantadoras tazas de café que estaban sobre
la mesa. Cada taza tenía un nombre escrito: una decía Liza y la otra Royce.
—El café se está enfriando, señora
Liza… —dije para sacarla de su ensimismamiento.
—Oh, lo siento… por favor, bébelo…
—dijo, y tomó la taza que tenía escrito “Liza”.
Yo dudé en tomar la otra taza. La
dejé de nuevo en la bandeja y luego bebí mi café de un solo trago; a esas
alturas ya no podía decir que estuviera caliente. Ella seguía bebiendo despacio
y, con cada sorbo, parecía hundirse más en sus pensamientos. No pude evitar
observar la habitación.
Detrás de ella, en una pared marrón
chocolate, colgaban varios cuadros grandes. A mi derecha había ventanas
cubiertas con cortinas blancas y vaporosas. La brisa suave que entraba por una
ventana abierta apartó ligeramente la tela. Era el inicio de la primavera. Los
geranios de rojo intenso del jardín esparcían un aroma embriagador en la
habitación con cada ráfaga, haciendo el aire más fresco.
Su rostro redondo adoptó, por un
momento, la expresión versátil de una adolescente. Un rubor encantador le subía
de las mejillas a las orejas, sus labios se curvaron en una sonrisa inocente y
las finas arrugas de la edad alrededor de la boca parecieron borrarse de golpe.
Al posar la mirada en mí, continuó hablando.
—¡Qué personalidad tan carismática
tenía! Al principio no le presté atención. Era por la naturaleza de mi trabajo…
no se me permitía compartir información con otras personas. Luego ocurrió como
Dios quiso… llamémoslo coincidencia… se cruzó conmigo en distintos lugares… No
sé qué me impulsó a revelarle todo sobre mi investigación… Tenía algo que
atraía. Incluso le conté cosas que no debían haberse contado… Solíamos tener
discusiones largas… insistía en que declarara errónea mi investigación… Sin
duda discutíamos, era una guerra de palabras… pero me gustaba… Tengo muchas
fotos de aquellos días… ¿te gustaría verlas? —preguntó, emocionada, sosteniendo
la taza con ambas manos.
—Sí, claro… y después se casó con
él, ¿verdad? —pregunté.
—Él no quería casarse, pero cuando
insistí y lo presioné, aceptó. Pero apenas unos días después… —se detuvo, sin
terminar.
—He oído que también tuvieron un
hijo… —dije. Al oír eso, los ojos brillantes de la señora Liza se volvieron
sombríos y se llenaron de lágrimas. Sentí de inmediato mi metida de pata. Me
levanté, algo desanimada—. ¿Quería mostrarme algo, señora Liza? —intenté
cambiar su ánimo.
Ella dejó la taza en la bandeja y
se puso de pie.
—Ven conmigo, por favor… —dijo,
avanzando.
La seguí: crucé el pasillo y entré
en el estudio. Era una habitación espectacular, decorada con piezas artísticas.
Me indicó que me sentara en una silla cercana y comenzó a sacar cosas de un
armario. Tenía una colección de objetos raros que quería enseñarme. Colocó con
cuidado un álbum pesado sobre la mesa y sacó algunas fotografías. Eran imágenes
de cosas que se habían encontrado entre aquellos restos en el sur de Arizona.
Empezó a hablar de ellas con entusiasmo. Ya no parecía melancólica.
Pero yo, sinceramente, no tenía
interés en esas cosas: en aquellas fotos nada se veía entero ni sólido. Eran
solo desechos; además, algunas imágenes se habían vuelto borrosas con el
tiempo.
En una fotografía aparecía un
fragmento cuadrado pequeño. A ella se le iluminaron los ojos al verlo.
—Esta pieza se encontró allí mismo.
La envié para análisis de ADN… —dijo.
En otra fotografía aparecía un
hombre apuesto.
—¿Es Royce? —pregunté, impulsada
por la curiosidad.
—Oh, no, no… Este es el doctor
Mike… un astrofísico. Esos restos se estaban examinando bajo su supervisión… Y
este sí es Royce… —extendió el brazo para mostrarme otra imagen.
—Vaya… impresionante… —dije,
cambiando de expresión.
Medía casi dos metros. Era un
hombre llamativo, de presencia firme. Sus rasgos sugerían que provenía de
Oriente Medio. La foto estaba tomada cuando miraba la puesta de sol, de pie
junto a un lago. En otra imagen, los dos estaban sentados en una mesa de café,
absortos el uno en el otro.
—Su rostro… quiero decir, él… —me
interrumpí.
—¿Verdad que era apuesto? Como te
decía: lo conocí cuando fui a visitar el lugar donde se hallaron esos restos.
—¿Qué hacía él allí? —mi curiosidad
no tenía límites. Ahora la historia me interesaba de verdad.
—Parecía ansioso y caminaba de un
lado a otro. Cuando me vio, se acercó por iniciativa propia. Me quedé atónita
al verlo. Su rostro mostraba que no pertenecía a ese lugar… pensé que era un
turista… —se detuvo un momento. Y luego me contó la historia—. Era un atardecer
agradable. El clima en el sur de Arizona era como el de aquí ahora. La
primavera acababa de estallar, cubriendo todo con mantos de flores intensamente
coloridas. En el desierto florecían los cactus, los carrasquillos y el
incienso. El entorno resultaba embriagador. —Hizo otra pausa y continuó—. Después
de trabajar todo el día en un laboratorio cerrado, yo estaba agotada. Por la
tarde fui sola a visitar el sitio. Quería hablar con la gente local para saber
más sobre el incidente. Mientras conversaba con los aldeanos, él se acercó a
paso rápido. Parecía un poco desaliñado. Me llamó la atención al instante. Se
me olvidó todo: me quedé mirándolo unos segundos. Se detuvo a cierta distancia
y escuchó nuestra conversación con mucha atención. Al rato se acercó a mí.
—Hola, soy Royce… Llevo aquí unos
días… —se presentó.
—Ah… bueno… ¿podrías decirme qué
fue lo que notaste allí? —pregunté de inmediato.
—Sí. Yo estaba caminando cerca de
ese lugar… oí una explosión a cierta distancia y luego se incendió… pronto se
reunió la gente del pueblo… y entonces… entonces me fui. ¿Tienes idea de qué
pasó? —me preguntó, describiendo la escena.
—Todavía no… algunos dicen que algo
cayó del cielo…
—¿De verdad? No lo creo… ¿tú
también estás de viaje?
—No, no… Soy investigadora… Me
llamo Liza. Vine a visitar el instituto de investigación de aquí por mi
trabajo… y pensé en pasar por aquí a mirar…
Mi presentación fue breve e
insuficiente.
—Es un placer conocerla, señora
Liza… Oí que la gente del instituto se llevó el objeto que causó el incendio…
—dijo.
—Sí, es cierto. Los aldeanos
dijeron que cuando vieron aquello, estaba en llamas. Ellos apagaron el fuego…
En fin… por suerte se salvaron algunas cosas… Ah… ¿qué te pasó en la mano?
—pregunté al ver la venda en su mano derecha.
—Nada grave… solo una herida leve…
Me pasó al correr para alejarme del área de la explosión… me apuré y me choqué
con un cactus —explicó.
—¡Dios mío! Espero que no sea un
corte profundo… —se me escapó.
—No se preocupe… es poca cosa…
¿puedo saber algo de esos restos? —preguntó.
—Se está investigando… los
resultados tardarán… pero es confidencial —dejé claro.
—Le agradecería mucho si me ayuda
con eso… —sus ojos rezumaban esperanza.
—Lo siento, tengo restricciones…
—repetí.
Royce se desanimó al oírme. Estuvo
un rato con nosotros, con los aldeanos y conmigo. Luego llegó un coche del
instituto para recogerme.
Durante la investigación de las
cosas halladas entre los restos, vi un bloque cuadrado grande, liviano, hecho
probablemente de algo como fibra. Era lo único que no se había quemado por
completo. Una parte seguía sin chamuscarse. Esa zona estaba cubierta por una
sustancia pegajosa. Al analizarla, descubrimos que eran partículas de sangre y
de carne. Yo me entusiasmó muchísimo. Mi viaje iba a ser un éxito. Envié esa
muestra al laboratorio para que la examinaran. Dos días después recibí el
informe. El equipo del doctor Mike y yo estábamos emocionados. El reporte
bastaba para volver el asunto sensacional en todas partes. Era momento de hacer
un estudio exhaustivo…
Me lo encontré otra vez en un café
el día antes de que yo me fuera. Estaba con el doctor Mike y otros compañeros.
Royce se acercó con gesto amable. Le presenté a Mike. También le pidió a Mike
que le mostrara esos restos. Mike, astutamente, desvió el tema y empezó a
hablar de asuntos relacionados con otros países. El pobre Royce no entendía
nada…
Yo le dije que salía a la mañana
siguiente. Él se veía molesto y me contó que también se iría en uno o dos días.
A la mañana siguiente tomé el vuelo
hacia Ginebra. Me quedé allí una semana, cargada de recuerdos: el césped verde
del Departamento de Astrobiología en la Universidad del Sur de Arizona, mi
trabajo en el instituto hasta medianoche, discusiones detalladas durante horas
con café sobre “vida en el espacio”, paseos por senderos floridos con Mike y
otros colegas, una visita al Observatorio Nacional de Kitt Peak, los resultados
sensacionales de las muestras… Todo era estimulante y emocionante.
Y, además, había otra cosa: un
recuerdo agradable, un rostro encantador que no se apartaba de mi vista, algo
que me hacía doler el corazón de vez en cuando… sus ojos curiosos e inocentes,
su deseo de saber sobre aquellos restos… y mi reticencia.
Volví a concentrarme en el trabajo
en un instituto de Ginebra y casi lo olvidé. Continué con la investigación de
las muestras. Se realizó el mapeo y la secuenciación del genoma completo. Los
resultados indicaron que esos genomas pertenecían a un ser humano. Pero
quedamos atónitos al descubrir que el cromosoma “Y” había desaparecido por
completo de la célula.
—Tres meses después
—continuó Liza—, yo estaba en la India, ese país famoso por su conocimiento, su
antigua historia científica y su patrimonio arqueológico. Supe de una
biblioteca y un museo en Himachal que podían aportar material esencial para mis
intereses e investigación. Allí me lo encontré otra vez, en la biblioteca. Ese
encuentro inesperado me llenó de alegría. Me alojé un mes en una cabaña
cercana. Él vivía con un yogui del Himalaya en un ashram, un monasterio.
Desde entonces, se volvió rutina vernos a diario en la biblioteca.
No entendía por qué estaba tan
empeñado en probar que las antiguas escrituras eran imaginarias o fantasiosas.
Y… no sé… en esas largas discusiones, terminé revelándole los resultados de las
muestras…
—Liza, ¿por qué crees que otras
civilizaciones evolucionadas están en contacto con la Tierra? —preguntó.
—Antes no lo creíamos, y nuestros
proyectos se limitaban a buscar microorganismos en cuerpos celestes… Pero
después de recibir los resultados de las muestras halladas entre los restos del
sur de Arizona… cambiamos nuestra percepción… —Me arrepentí de haber hablado
sin freno.
—¿Qué era exactamente lo que
encontraron en esos restos? Te lo pregunté muchas veces… y nunca me lo dijiste
—aprovechó.
—Está bien… hoy lo sabrás. Puedes
refutar lo que dicen los libros… puedes negar las hipótesis… pero no puedes
negar la evidencia: la muestra que encontramos allí. No puedes negar los
resultados de las pruebas… Obtuvimos de esos restos partículas de sangre
idénticas a las de un ser humano desarrollado. —Por fin lo satisfice.
—Ah… así que era eso… Pero ¿cómo
puedes afirmar que todo lo que cae del cielo está relacionado con una
civilización espacial lejana?
—Tienes razón… podría ser una nave
de la Tierra, o algo distinto… Pero los científicos del sur de Arizona vieron
algo sospechoso. Yo ya había trabajado antes con Mike como especialista… por
eso me llamó de inmediato… y los resultados fueron realmente impactantes. Ese
ADN era de criaturas humanoides, pero algunos genes eran extraños. Suponemos
que están más avanzados en la evolución que nosotros. Mi investigación lo
demostrará con el tiempo.
Por fin le revelé todo sobre mi
trabajo. Me escuchó con paciencia, pero no respondió de manera concreta.
Seguimos viéndonos cerca de un mes. Esta vez yo quería pedirle su número de
contacto, pero se fue sin avisarme. Incluso fui al ashram donde se
alojaba y le pregunté al yogui, pero tampoco supo decirme nada. Me sentí triste
y deprimida. No podía olvidarlo ni un instante. Su presencia majestuosa y sus
ojos profundos me hacían confiar en él más allá de las discusiones que
sosteníamos.
Pasó aproximadamente un año.
Terminé mi investigación: realicé un estudio amplio y detallado de las
proteínas y enzimas codificadas por esos genes peculiares, mediante métodos in
vitro y en algunos organismos pequeños.
Entonces volví al sur de Arizona
por invitación de Mike.
El doctor Mike, que lideraba la
investigación, el doctor Irwin, que era coautor, y yo nos reunimos después de
unos dieciséis meses. El propósito principal era discutir en detalle los
resultados.
Nos sentamos otra vez, al
atardecer, en el césped del Departamento de Astrología. El resto del personal
ya se había marchado. Podíamos hablar sin interrupciones.
—¿Sabes, Liza, de qué estaba hecho
el segmento del cual obtuvimos las muestras de ADN? —preguntó Mike.
—¡Sin duda era una sustancia
inusual! Tengo muchas ganas de saberlo —respondí.
—Es un material artificial hecho
con materia orgánica. Es extremadamente liviano, resistente, tolera el calor y
también es resistente al agua.
—Con razón se salvó del fuego…
¿podría compararse con nanomateriales?
—Desde luego. Pero todavía no hemos
sido capaces de fabricar algo mejor.
—Pero… ¿por qué el resto se quemó?
—Tienes razón… queda mucho por
explorar. Si era una parte externa de una nave, entonces el resto también cayó
en algún punto… que no logramos encontrar…
—Exacto, Mike. Hay muchos eslabones
perdidos para cerrar esta investigación… Nosotros ya hicimos un estudio amplio
de las proteínas codificadas por ese ADN; te envié los resultados por correo…
—Sí, los revisé… Ese genoma tenía
solo un cromosoma, el X… no había cromosoma Y… pero todos los genes que
normalmente están en el Y también estaban presentes en otros cromosomas… Es
decir: era completamente masculino aun sin cromosoma Y. Sus genes indican una
capacidad increíble para ver y distinguir colores… una memoria asombrosa… y una
densidad ósea e inmunidad extraordinarias…
—Exacto… Según la teoría de la
evolución, con el tiempo los seres humanos perderán el cromosoma Y. En
realidad, el Y proviene del deterioro del X. Gradualmente desaparecerá por
completo. Ese hombre no pertenece a otra especie: es un hombre del futuro… —planteé
mi idea.
—Pero entonces… ¿de dónde vino ese
Hombre del Futuro? Nosotros solo teníamos las muestras de ADN y el fragmento
que las contenía. El resto de la evidencia se volvió cenizas…
—Mike, por favor reabra la
investigación… quizá queden restos enterrados bajo la arena, en algún lugar del
desierto…
—Mmm… Liza, estoy de acuerdo. Lo
intentaremos —prometió.
Me quedé allí unos días más.
Diseñamos un plan para nuevos experimentos. Tras terminar esa tarea, me fui a
visitar zonas remotas del sur de Arizona.
Rodeada de colinas rojas y
naranjas, Sedona me cautivó. Es un lugar espiritual. Allí se señalan ciertos
puntos como sitios de alta energía. Quise quedarme unos días para
experimentarlo. Y allí… volví a encontrarme con él. Parecía que su presencia me
atraía.
Ahora quería saberlo todo sobre
Royce. Una vez me dijo que originalmente era de “Ashia”, pero que ahora era
ciudadano allí. Había estado involucrado en muchos negocios y ahora viajaba.
Me impresionaron su personalidad y
su sabiduría. Yo veía en él a un compañero de vida.
En ese lugar espiritual, Sedona, le
propuse casamiento. Él dudó un poco. Dijo que le gustaba vivir como un errante.
Reveló que tenía propósitos importantes en la vida. Yo acepté todas sus
condiciones.
Nos casamos en la India, según
rituales védicos. Luego vivimos aquí. La India se convirtió en nuestro hogar
definitivo. Yo empecé a trabajar en un instituto como profesora invitada. Royce
abrió un Centro de Estudios y Yoga aquí, gastando todos sus ahorros. Los meses
siguientes fueron los más hermosos de mi vida. Este fue nuestro pequeño hogar
en este lugar tranquilo y bendito del valle del Himalaya. El centro de Royce
quedaba algo lejos de aquí.
Yo estaba embarazada. Se lo conté a
Royce… No sé… pero quizá no le alegró la noticia… tal vez no quería sentirse
atado. Quería ser libre de responsabilidades. Un día se fue… y nunca regresó.
Caí en depresión. Sufrí
hipertensión. Ningún medicamento lograba mejorarme. Aun así di a luz a un bebé
precioso, pero los médicos no pudieron salvarlo… Poco después de nacer, empezó
a enfermar…
Cuando le hicieron ciertas pruebas,
descubrimos que él tampoco tenía cromosoma Y…
Liza terminó su
historia. Vi cómo su rostro palidecía al decir la última frase. Un escalofrío recorrió
todo mi cuerpo, congelándome la sangre.
¿Quién era Royce? ¿Un hombre
llegado de un futuro distante? Probablemente él mismo destruyó aquellos restos.
Quizá no quería que nadie investigara y descubriera el secreto…
Tal vez por eso se lastimó la mano…
En realidad, no era el final de la
historia de Liza. Ahora era nuestra misión explorar los eslabones perdidos de
la investigación que Liza y el doctor Mike habían realizado años atrás.
Pragya
Gautam es profesora de ciencias de la vida, comunicadora científica y autora de
Kota, Rajastán, India. Ha participado activamente en la redacción y
comunicación científica durante casi una década. Más de 50 de sus artículos
científicos se han publicado en revistas de prestigio. También ha realizado
importantes contribuciones a la literatura infantil. Sus relatos de ciencia
ficción se han traducido al maratí, panyabí, bengalí y urdu. Dos de sus relatos
de ciencia ficción se publicaron en la revista alemana Inter Nova, y su obra
también ha aparecido en la prestigiosa revista Zero Gravity, ganadora del
Premio Hugo. Entre sus libros publicados pueden mencionarse las colecciones y
novelas de ciencia ficción Aloukik aur Anya Kahaniyan, Dharti Chhodne ke Baad, Kuntala
and Other Stories, Antariksh ki Sair, Bhavishya Purush y Titliyon ki Rochak Duniya.

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