Claudio Noguerol
I
Claudio es un jefe cruel pero
justificable. Eso pienso cuando por fin me abandonan sobre el suelo con los
labios partidos y la nariz rota, la primera noche, mientras él aparece al fondo
del callejón.
El Panzón Iñaki y sus esbirros se
detienen a beber vino barato a unos cincuenta metros de mí. Se van sin pagar, y
no me ven. Mejor. Cruzan la cortina de seguridad que divide a la ciudad en dos.
Se internan en la zona legal. Entonces Claudio me dice que si está claro. Le
digo que no. Me maldice, estira un brazo y yo me aferro a su mano cerrada,
consiguiendo levantarme. Voy tras él, que se desfigura en la penumbra. Los ojos
me duelen. También al cabeza. Estoy ligeramente mareado. Las paredes hieden a
humedad y a orina. Antes de entrar en el bar, le oigo decir que aquí todo
hombre verdadero debe sentir el gusto de su propia sangre. Más tarde, pasado de
cerveza, Claudio cuenta pésimos chistes, y no contento con eso, toma la viola y
comienza a cantar. Anuncia cada tema con una larga historia, ufanándose de
haber compuesto esta pieza con Eduardo Abel Giménez, esa otra con Alberto
Muñoz, y aquella sobre un poema de Juan L. Ortiz. Su vozarrón, naturalmente
desafinado, quemado por la bebida, hace temblar al luz de las velas. Amanece, o
eso me parece, y llego a la conclusión de que tener esperanzas de alcanzar al
libertad por este camino es como apostar a una yegua manca. Pierdo el sentido.
Duermo. O canto. Una mujer morena me da de comer en la boca: un guiso refrito y
gomoso con carne dulce y dura, es mi bondadosa ración de bienvenida a este lado
de la ciudad.
II
Es nuevamente de noche cuando
vuelvo a estar lúcido. ¿Cuántos días después? No sé. Hace un calor de los mil
demonios. Un muchacho albino enciende los faroles, vertiendo aceite en ellos.
Claudio ordena que me den otra habitación, ropas y enseres. Está sentado en un
banquito al lado de mi cama. Se levanta, se estira, como quien ha estado mucho
tiempo en la misma posición sin moverse; me mira con piedad y vuelve a decir si
ahora está claro. Muevo la cabeza afirmativamente –recién entonces tomo
conciencia de la segunda paliza de la que fui objeto– y él resopla
aparentemente satisfecho. Lo desmiente al hablar: me dice que soy un problema,
que nunca voy a estar a salvo del Panzón Iñaki, que el tipo es muy jodido,
vengativo y mal llevado, que no entiende que alguien que estuvo en su banda –así
haya sido un solo día, como en mi caso– se las tome, y menos para pasarse a la
banda de Claudio. Y que ahora seguro que está preparando algo gordo contra
nosotros, que espera que yo sepa luchar por mi vida. Hay que aceptarlo: el
Panzón Iñaki atacará a Claudio. No le queda más remedio que hacerlo, cuestión
de honor.
III
Las necesidades domésticas son
atendidas por una tal Carola. Buena mujer: limpia las piezas y el patio, lava
las ropas y cocina frituras; parece ser que no conoce otro método de cocción.
Veo el mar. Desde la ventana de mi
pieza, en el segundo piso, veo el mar. Los días de aire limpio, parece más azul
También veo algunos campanarios y torres altísimas, si miro hacia la zona
legal. Recuerdo entonces vagamente mis días allí, y me parecen algo muy lejano,
como una historia prestada o leída en algún libro de ficciones. Poco a poco
esas memorias se van perdiendo, como una escritura se desvanece del papel al
roce del agua. Y a veces sacude mi corazón una extraña impresión de muerte
anunciada. Para no quedarme quieto, para borrar esa horrible sensación, salgo a
robar pequeñeces: flores de los jardines, que le regalo a Carola, o alguna
comida que no sea frita.
El revólver que me dieron fue de un
tal Ferreira o Ferrero que fue sorprendido unos días antes de mi llegada, al
amanecer, por una patrulla punitiva de los Legales. Dicen que agonizó cinco días
junto a una alcantarilla y que finalmente murió ahogado por una fuerte
tormenta. Yo creo que no, que se lo fueron comiendo las ratas, es lo lógico.
IV
Charlie-S me advierte que lo que
hago no es bien visto por la gente de Claudio, que no les gusta que mate a los
gatos, y que tuve suerte de no haber liquidado a ninguno de los criados por la
madre de Claudio, Angélica. La vieja, una suerte de súper madonna para
el poblado, es una fanática. Cuentan que hasta liquidó al marido porque un día,
por hacerle una broma, le regaló un perro salchicha. Cosa extraña: el perro
todavía vive, ignorado por ella. Pero volviendo a Charlie-S: parece que se
siente mal por lo que me dice, la cuestión es que al día siguiente se aparece
en mi pieza con un par de fusiles para cazar perros de agua. Lo primero que
hacemos es liquidar a Cristóbal (el perro salchicha de Angélica). Desde
entonces hasta hoy nos cargamos con dieciséis animales. Los gatos son nuestros
aliados: más de una vez son ellos los que nos señalan al próxima víctima, a la
que, una vez herida, atacan con no fingida valentía, hasta destrozarla
totalmente. En más de una ocasión tuve que disuadir a Charlie-S de que no
matara a Angélica. En realidad no sé por qué quería liquidarla, ni tampoco qué se
lo impedía: tal vez nos hacía recordar a nuestras respectivas madres
Carola sigue con sus frituras,
candidateándonos para el trasplante de hígado. Pero es lo único que tenemos. Y
eso mientras nos va bien en los asaltos, porque en el caso contrario, abandona
la cocina por una semana. Entonces que cada uno se las arregle como pueda: ella
toca el piano y canta baladas como "One fine day". "Sacred heart of stone" "Goat Annie" o
"It's gonna work out fine". No sé cómo no se le acalambran los dedos y la garganta.
V
Claudio nos llama a reunión en El
Predio. Tiene una costura reciente, roja y tierna, en el brazo izquierdo. Nadie
pone en duda la información que trasmite; la sabe y eso es suficiente: el Panzón
Iñaki está preparando una caza de fugitivos de la zona legal. No termino de
salir de mi asombro, que veo el despliegue activo de los hombres: se levantan
barricadas, se reparten armas, se disponen grupos de defensa y ataque. Hay que
tener los ojos bien abiertos, nos dice, pero me mira directamente a mí. Por
primera vez me siento seriamente comprometido con esta gente. Creo entenderlos.
Apenas cae la noche, Charlie-S, Feldman, Angélica y yo vamos hasta el
Anfiteatro y nos traemos al mitad de los bancos que hay allí. Con ellos
reforzamos la barricada, atrancamos las puertas y ventanas de la casa.
Excitada por la inminencia de la
acción, Carola prepara una nueva fritada: mariscos y papas. ¡Vaya hembra!
El combate contra el Panzón Iñaki y
sus esbirros resulta interminable. Charlie-S cae estúpidamente cuando ve a un tal
Nazareno, antiguo compañero suyo, en la zona legal, al frente de uno de los
grupos atacantes. Quedó paralizado por la sorpresa, al descubierto, y eso fue
suficiente: tres balazos en la cara. Una verdadera pena: era experto en temas
de cine. También perdemos a Pietro Di Cé. El cobarde, viéndose rodeado, pidió la
rendición o pasarse al bando del Panzón. Este lo hubiera aceptado de buen
grado: cualquier carroña es útil a sus propósitos, pero Claudio creyó oportuno
recordarle a Pietro que al ética es algo tangible y que se debe tanto en las
buenas como en las malas. La tangibilidad de la ética le llegó a Pietro en
forma de cuchillo Lo único que lamentó Claudio es haber perdido el cuchillo,
que es con el que cortaba el repollo para las ensaladas.
Perdimos a otros cuatro que no
conocía muy bien, por lo que omito hablar de ellos. Pero la victoria fue
nuestra. Los fugitivos de la zona legal seguimos aquí. Un filipino que escapó de
un barco carguero detenido en el puerto de l ciudad, estaba conmovido hasta las
lágrimas. Claudio lo abrazó, le acariciaba al cabeza. Los llantos se les
confundían. “Iñaki está perdido”, cantaban. Todos nos tomamos las manos, y
contagiados de ese clima, festejamos hasta la madrugada. Carola repartió
empanadas y luego cantó, apoyándose esta vez con un mini-moog primero y con una
guitarra acústica después. La última canción de al noche, recuerdo, me
impresionó sobremanera: se llamaba simplemente “One”.
VI
Otra ocasión inolvidable: el cumpleaños
de Turiya, la hindú. Para festejarlo, preparamos el salón principal de la Casa.
Parecía una boite de los años setenta. Música enganchada, luces
danzantes, efectos de laser y helio. Y por supuesto, el concierto de Carola.
Feldman recitó unas poesías conmovedores: una de ellas era una égloga para Charlie-S.
Otra estaba dedicada a Turiya, y resaltaba su perfume y su virtud. Otro detalle
digno de destacar es que la casi totalidad de la comida corrió por cuente de
Angélica, lo que nos dio un respiro en nuestra dieta grasienta. El bajón fue
cuando Claudio quiso cantar y recitar sus poesías. Creo que lo aplaudimos para
que se callara. Y creo que se dio por aludido, ya que fue breve, y como para
compensarnos del mal momento, nos convidó con champagne y helado de durazno.
Pero también es cierto que hubo un momento en que se me acercó y me dijo que
ese era su regalo para Turiya: entonces supe que cumplía ciento ochenta años.
VII
Al atardecer del día siguiente,
Henry y Feldman, que no estaban totalmente repuestos de la bacanal de la noche
anterior, cayeron torpemente en una emboscada tendida por los esbirros del Panzón
Iñaki, que para esto estaban borrachos. Los vi caer sobre mis indefensos
compañeros y reventarles las cabezas a garrotazos. Fue terriblemente cruel ver
eso y no poder hacer nada. Haber querido actuar hubiera sido mi perdición: no
me habían visto, pero tampoco podía salir de entre las sombras que me
amparaban. Esperé que terminaran con su macabro festín, que incluyó el reparto
de las ropas y pertenencias de mis amigos y el desmembramiento de sus cuerpos.
Cuando emprendieron al retirada, ataqué. Tuve la suerte de que no advirtieran
lo que pasaba hasta que dos de ellos hubieron caído. Para entonces había
mejorado mi posición, y siempre con las sombras como aliadas, seguí delante con
mi ataque, que se definió con una desbandada general cuando cayó el cabecilla:
nada menos que el Nazareno. Tras asegurarme de que nadie pudiera dispararme, me
acerqué hasta el cadáver aún caliente del esbirro. Con una de sus manos
apretaba la cabeza de Feldman. Respetuosamente se la arranqué, aunque algunos
pelos quedaron adheridos a los dedos del Nazareno. Miré por última vez el
rostro de mi compañero, le saqué los lentes Lennon que tanto le admiraba y que
estaban intactos y arrojé la cabeza en la alcantarilla más cercana. Esa noche
no comí.
VIII
Por la mañana me juego. Realizo ese
deseo postergado durante tanto tiempo: cruzo la frontera y entro a la zona legal.
Parece otro mundo. ¿No lo es, en realidad? Todo tan limpio, la gente tan cándida
–burguesa y burócrata, buena gente–, el cielo es más azul, perdido entre los
edificios de cien pisos promedio. Llego al área peatonal del Centro y me confundo
con tos transeúntes. Ellos no lo saben, pero son mis cómplices, mis múltiples
aliados. ¿Qué harían si lo supieran? ¿Seguirían de mi lado o me entregarían
atado de pies y manos al Inquisidor? Me lleno los pulmones de aire húmedo,
huelo todos los aromas del mercado y me cago de risa cuando paso frente a la
Plaza de las Hogueras: veo anunciado un doble programa para esta noche. Tal vez
venga a verlo. Uno siempre tiene esta sangre fría necesaria para distanciarse
de aquello que está a punto de tocarlo, de aquello que puede ser el anuncio de
su propia muerte, de su propio fracaso, de su propio fin. ¿Por qué no somos
capaces de medir los riesgos a cada instante? Nada me previno o me hizo pensar
que el Panzón Iñaki me ha hecho seguir por su secuaz dilecto: el Godo, un
flaquito que patina en las erres, dicen que porque es eunuco: no lo creo, puede
tratarse de una dislalia natural o por algún antecedente alienígena. La
cuestión es que estamos solos entre la gente. Los dos lo sabemos. Una sonrisa
idiota le arquea la cara serosa. Con voz de idénticas características –idiota y
serosa–, me pregunta por qué carajo me meto en la "política interna"
de Downtown. Le contesto que no sé, que no me cuestiono esas boludeces, que
estoy allí por una circunstancia, que nada de Downtown me interesa realmente,
salvo la acogida que tuve cuando huía de la zona legal y el acoso actual por
parte de su banda. Dicho esto, me retiro, dándole un fuerte empujón cuando paso
a su lado.
Todo sucede tan rápido que no lo
puedo creer. La dimensión del tiempo se acelera o no sé qué, pero no puedo
aprehender los hechos que se suceden a tan vertiginosa velocidad. La multitud
nos rodea, nos separa, gritan, nos golpean. nos escupen, nos desnudan, nos
tajean y nos arrancan mechones de pelo, allí, en pleno mediodía de la ciudad.
Finalmente nos atan a sendos palos, en medio de la Plaza de las Hogueras. El
sol ataca con mayor ferocidad aún que la población. No sé si es alucinación o
lucidez: entreveo –mis párpados pesan demasiado como para levantarlos del todo,
y si así fuera, no resistiría la luz intensa contra el blanco de las baldosas–
dos figuras conocidas: Claudio y el Panzón Iñaki dialogan amablemente detrás de
los verdugos, allí, en segundo plano, también están Carola y Angélica, y hasta
donde puedo vislumbrar, el resto de las dos bandas, perfectamente camuflados
entre los ciudadanos legales. Comentan la necesidad de recurrir a este trámite –supongo
que se refieren a la ignominiosa entrega de la que fuimos objeto el Godo y yo–
y la morbosidad de la gente, que hace lo mismo que ellos, pero con un
refinamiento absurdo y curioso que les sirve como total amparo legal para
cometer el mismo crimen.
Sé que todo estuvo preparado desde
un principio. Que tanto uno como otro caudillo se están sacando de encima a un
par de clavos remachados, mufas o pesados. Por mi parte, ahora libero a Claudio
de mi mirada desaprobadora cuando quiera cantar o recitar sus poemas. Tengo la
boca reseca, hinchada y ardiente por los chorros de transpiración que llegan a
través del partido labio superior. Siento náuseas. Creo que voy a perder el
sentido. Algo húmedo en mis piernas, repentinamente. Alcanzo a oler la aspereza
del kerosene, pero no pierdo del todo la conciencia. Es más, pareciera que con
el calor del fuego ascendiendo y quemando, los sentidos se afinan. Veo por última
vez esos rostros y descubro que siempre me parecieron inquietantes, enigmáticos.
Así y todo, reconozco que Claudio
es el jefe cruel pero justificable, y el Panzón Iñaki, el enemigo ideal en un
lugar tan notable como Downtown.
Claudio Noguerol nació en 1956 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, Argentina. Afincado en Rosario desde hace décadas, es un artista multidisciplinar que propone un viaje muy personal por distintas formas de ver y hacer arte desde su óptica protagonista: músico, fotógrafo, pintor, poeta y escritor, Noguerol deja su impronta en imágenes propias y joyas prestadas desde la paleta de su ordenador, obras que evidencian una visión pletórica, oscura, vibrante, serena, según el caso.

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