miércoles, 18 de febrero de 2026

DOWNTOWN

Claudio Noguerol

 

I

Claudio es un jefe cruel pero justificable. Eso pienso cuando por fin me abandonan sobre el suelo con los labios partidos y la nariz rota, la primera noche, mientras él aparece al fondo del callejón.

El Panzón Iñaki y sus esbirros se detienen a beber vino barato a unos cincuenta metros de mí. Se van sin pagar, y no me ven. Mejor. Cruzan la cortina de seguridad que divide a la ciudad en dos. Se internan en la zona legal. Entonces Claudio me dice que si está claro. Le digo que no. Me maldice, estira un brazo y yo me aferro a su mano cerrada, consiguiendo levantarme. Voy tras él, que se desfigura en la penumbra. Los ojos me duelen. También al cabeza. Estoy ligeramente mareado. Las paredes hieden a humedad y a orina. Antes de entrar en el bar, le oigo decir que aquí todo hombre verdadero debe sentir el gusto de su propia sangre. Más tarde, pasado de cerveza, Claudio cuenta pésimos chistes, y no contento con eso, toma la viola y comienza a cantar. Anuncia cada tema con una larga historia, ufanándose de haber compuesto esta pieza con Eduardo Abel Giménez, esa otra con Alberto Muñoz, y aquella sobre un poema de Juan L. Ortiz. Su vozarrón, naturalmente desafinado, quemado por la bebida, hace temblar al luz de las velas. Amanece, o eso me parece, y llego a la conclusión de que tener esperanzas de alcanzar al libertad por este camino es como apostar a una yegua manca. Pierdo el sentido. Duermo. O canto. Una mujer morena me da de comer en la boca: un guiso refrito y gomoso con carne dulce y dura, es mi bondadosa ración de bienvenida a este lado de la ciudad.

 

II

Es nuevamente de noche cuando vuelvo a estar lúcido. ¿Cuántos días después? No sé. Hace un calor de los mil demonios. Un muchacho albino enciende los faroles, vertiendo aceite en ellos. Claudio ordena que me den otra habitación, ropas y enseres. Está sentado en un banquito al lado de mi cama. Se levanta, se estira, como quien ha estado mucho tiempo en la misma posición sin moverse; me mira con piedad y vuelve a decir si ahora está claro. Muevo la cabeza afirmativamente –recién entonces tomo conciencia de la segunda paliza de la que fui objeto– y él resopla aparentemente satisfecho. Lo desmiente al hablar: me dice que soy un problema, que nunca voy a estar a salvo del Panzón Iñaki, que el tipo es muy jodido, vengativo y mal llevado, que no entiende que alguien que estuvo en su banda –así haya sido un solo día, como en mi caso– se las tome, y menos para pasarse a la banda de Claudio. Y que ahora seguro que está preparando algo gordo contra nosotros, que espera que yo sepa luchar por mi vida. Hay que aceptarlo: el Panzón Iñaki atacará a Claudio. No le queda más remedio que hacerlo, cuestión de honor.

 

III

Las necesidades domésticas son atendidas por una tal Carola. Buena mujer: limpia las piezas y el patio, lava las ropas y cocina frituras; parece ser que no conoce otro método de cocción.

Veo el mar. Desde la ventana de mi pieza, en el segundo piso, veo el mar. Los días de aire limpio, parece más azul También veo algunos campanarios y torres altísimas, si miro hacia la zona legal. Recuerdo entonces vagamente mis días allí, y me parecen algo muy lejano, como una historia prestada o leída en algún libro de ficciones. Poco a poco esas memorias se van perdiendo, como una escritura se desvanece del papel al roce del agua. Y a veces sacude mi corazón una extraña impresión de muerte anunciada. Para no quedarme quieto, para borrar esa horrible sensación, salgo a robar pequeñeces: flores de los jardines, que le regalo a Carola, o alguna comida que no sea frita.

El revólver que me dieron fue de un tal Ferreira o Ferrero que fue sorprendido unos días antes de mi llegada, al amanecer, por una patrulla punitiva de los Legales. Dicen que agonizó cinco días junto a una alcantarilla y que finalmente murió ahogado por una fuerte tormenta. Yo creo que no, que se lo fueron comiendo las ratas, es lo lógico.

 

IV

Charlie-S me advierte que lo que hago no es bien visto por la gente de Claudio, que no les gusta que mate a los gatos, y que tuve suerte de no haber liquidado a ninguno de los criados por la madre de Claudio, Angélica. La vieja, una suerte de súper madonna para el poblado, es una fanática. Cuentan que hasta liquidó al marido porque un día, por hacerle una broma, le regaló un perro salchicha. Cosa extraña: el perro todavía vive, ignorado por ella. Pero volviendo a Charlie-S: parece que se siente mal por lo que me dice, la cuestión es que al día siguiente se aparece en mi pieza con un par de fusiles para cazar perros de agua. Lo primero que hacemos es liquidar a Cristóbal (el perro salchicha de Angélica). Desde entonces hasta hoy nos cargamos con dieciséis animales. Los gatos son nuestros aliados: más de una vez son ellos los que nos señalan al próxima víctima, a la que, una vez herida, atacan con no fingida valentía, hasta destrozarla totalmente. En más de una ocasión tuve que disuadir a Charlie-S de que no matara a Angélica. En realidad no sé por qué quería liquidarla, ni tampoco qué se lo impedía: tal vez nos hacía recordar a nuestras respectivas madres

Carola sigue con sus frituras, candidateándonos para el trasplante de hígado. Pero es lo único que tenemos. Y eso mientras nos va bien en los asaltos, porque en el caso contrario, abandona la cocina por una semana. Entonces que cada uno se las arregle como pueda: ella toca el piano y canta baladas como "One fine day". "Sacred heart of stone" "Goat Annie" o "It's gonna work out fine". No sé cómo no se le acalambran los dedos y la garganta.

 

V

Claudio nos llama a reunión en El Predio. Tiene una costura reciente, roja y tierna, en el brazo izquierdo. Nadie pone en duda la información que trasmite; la sabe y eso es suficiente: el Panzón Iñaki está preparando una caza de fugitivos de la zona legal. No termino de salir de mi asombro, que veo el despliegue activo de los hombres: se levantan barricadas, se reparten armas, se disponen grupos de defensa y ataque. Hay que tener los ojos bien abiertos, nos dice, pero me mira directamente a mí. Por primera vez me siento seriamente comprometido con esta gente. Creo entenderlos. Apenas cae la noche, Charlie-S, Feldman, Angélica y yo vamos hasta el Anfiteatro y nos traemos al mitad de los bancos que hay allí. Con ellos reforzamos la barricada, atrancamos las puertas y ventanas de la casa.

Excitada por la inminencia de la acción, Carola prepara una nueva fritada: mariscos y papas. ¡Vaya hembra!

El combate contra el Panzón Iñaki y sus esbirros resulta interminable. Charlie-S cae estúpidamente cuando ve a un tal Nazareno, antiguo compañero suyo, en la zona legal, al frente de uno de los grupos atacantes. Quedó paralizado por la sorpresa, al descubierto, y eso fue suficiente: tres balazos en la cara. Una verdadera pena: era experto en temas de cine. También perdemos a Pietro Di Cé. El cobarde, viéndose rodeado, pidió la rendición o pasarse al bando del Panzón. Este lo hubiera aceptado de buen grado: cualquier carroña es útil a sus propósitos, pero Claudio creyó oportuno recordarle a Pietro que al ética es algo tangible y que se debe tanto en las buenas como en las malas. La tangibilidad de la ética le llegó a Pietro en forma de cuchillo Lo único que lamentó Claudio es haber perdido el cuchillo, que es con el que cortaba el repollo para las ensaladas.

Perdimos a otros cuatro que no conocía muy bien, por lo que omito hablar de ellos. Pero la victoria fue nuestra. Los fugitivos de la zona legal seguimos aquí. Un filipino que escapó de un barco carguero detenido en el puerto de l ciudad, estaba conmovido hasta las lágrimas. Claudio lo abrazó, le acariciaba al cabeza. Los llantos se les confundían. “Iñaki está perdido”, cantaban. Todos nos tomamos las manos, y contagiados de ese clima, festejamos hasta la madrugada. Carola repartió empanadas y luego cantó, apoyándose esta vez con un mini-moog primero y con una guitarra acústica después. La última canción de al noche, recuerdo, me impresionó sobremanera: se llamaba simplemente “One”.

 

VI

Otra ocasión inolvidable: el cumpleaños de Turiya, la hindú. Para festejarlo, preparamos el salón principal de la Casa. Parecía una boite de los años setenta. Música enganchada, luces danzantes, efectos de laser y helio. Y por supuesto, el concierto de Carola. Feldman recitó unas poesías conmovedores: una de ellas era una égloga para Charlie-S. Otra estaba dedicada a Turiya, y resaltaba su perfume y su virtud. Otro detalle digno de destacar es que la casi totalidad de la comida corrió por cuente de Angélica, lo que nos dio un respiro en nuestra dieta grasienta. El bajón fue cuando Claudio quiso cantar y recitar sus poesías. Creo que lo aplaudimos para que se callara. Y creo que se dio por aludido, ya que fue breve, y como para compensarnos del mal momento, nos convidó con champagne y helado de durazno. Pero también es cierto que hubo un momento en que se me acercó y me dijo que ese era su regalo para Turiya: entonces supe que cumplía ciento ochenta años.

 

VII

Al atardecer del día siguiente, Henry y Feldman, que no estaban totalmente repuestos de la bacanal de la noche anterior, cayeron torpemente en una emboscada tendida por los esbirros del Panzón Iñaki, que para esto estaban borrachos. Los vi caer sobre mis indefensos compañeros y reventarles las cabezas a garrotazos. Fue terriblemente cruel ver eso y no poder hacer nada. Haber querido actuar hubiera sido mi perdición: no me habían visto, pero tampoco podía salir de entre las sombras que me amparaban. Esperé que terminaran con su macabro festín, que incluyó el reparto de las ropas y pertenencias de mis amigos y el desmembramiento de sus cuerpos. Cuando emprendieron al retirada, ataqué. Tuve la suerte de que no advirtieran lo que pasaba hasta que dos de ellos hubieron caído. Para entonces había mejorado mi posición, y siempre con las sombras como aliadas, seguí delante con mi ataque, que se definió con una desbandada general cuando cayó el cabecilla: nada menos que el Nazareno. Tras asegurarme de que nadie pudiera dispararme, me acerqué hasta el cadáver aún caliente del esbirro. Con una de sus manos apretaba la cabeza de Feldman. Respetuosamente se la arranqué, aunque algunos pelos quedaron adheridos a los dedos del Nazareno. Miré por última vez el rostro de mi compañero, le saqué los lentes Lennon que tanto le admiraba y que estaban intactos y arrojé la cabeza en la alcantarilla más cercana. Esa noche no comí.

 

VIII

Por la mañana me juego. Realizo ese deseo postergado durante tanto tiempo: cruzo la frontera y entro a la zona legal. Parece otro mundo. ¿No lo es, en realidad? Todo tan limpio, la gente tan cándida –burguesa y burócrata, buena gente–, el cielo es más azul, perdido entre los edificios de cien pisos promedio. Llego al área peatonal del Centro y me confundo con tos transeúntes. Ellos no lo saben, pero son mis cómplices, mis múltiples aliados. ¿Qué harían si lo supieran? ¿Seguirían de mi lado o me entregarían atado de pies y manos al Inquisidor? Me lleno los pulmones de aire húmedo, huelo todos los aromas del mercado y me cago de risa cuando paso frente a la Plaza de las Hogueras: veo anunciado un doble programa para esta noche. Tal vez venga a verlo. Uno siempre tiene esta sangre fría necesaria para distanciarse de aquello que está a punto de tocarlo, de aquello que puede ser el anuncio de su propia muerte, de su propio fracaso, de su propio fin. ¿Por qué no somos capaces de medir los riesgos a cada instante? Nada me previno o me hizo pensar que el Panzón Iñaki me ha hecho seguir por su secuaz dilecto: el Godo, un flaquito que patina en las erres, dicen que porque es eunuco: no lo creo, puede tratarse de una dislalia natural o por algún antecedente alienígena. La cuestión es que estamos solos entre la gente. Los dos lo sabemos. Una sonrisa idiota le arquea la cara serosa. Con voz de idénticas características –idiota y serosa–, me pregunta por qué carajo me meto en la "política interna" de Downtown. Le contesto que no sé, que no me cuestiono esas boludeces, que estoy allí por una circunstancia, que nada de Downtown me interesa realmente, salvo la acogida que tuve cuando huía de la zona legal y el acoso actual por parte de su banda. Dicho esto, me retiro, dándole un fuerte empujón cuando paso a su lado.

Todo sucede tan rápido que no lo puedo creer. La dimensión del tiempo se acelera o no sé qué, pero no puedo aprehender los hechos que se suceden a tan vertiginosa velocidad. La multitud nos rodea, nos separa, gritan, nos golpean. nos escupen, nos desnudan, nos tajean y nos arrancan mechones de pelo, allí, en pleno mediodía de la ciudad. Finalmente nos atan a sendos palos, en medio de la Plaza de las Hogueras. El sol ataca con mayor ferocidad aún que la población. No sé si es alucinación o lucidez: entreveo –mis párpados pesan demasiado como para levantarlos del todo, y si así fuera, no resistiría la luz intensa contra el blanco de las baldosas– dos figuras conocidas: Claudio y el Panzón Iñaki dialogan amablemente detrás de los verdugos, allí, en segundo plano, también están Carola y Angélica, y hasta donde puedo vislumbrar, el resto de las dos bandas, perfectamente camuflados entre los ciudadanos legales. Comentan la necesidad de recurrir a este trámite –supongo que se refieren a la ignominiosa entrega de la que fuimos objeto el Godo y yo– y la morbosidad de la gente, que hace lo mismo que ellos, pero con un refinamiento absurdo y curioso que les sirve como total amparo legal para cometer el mismo crimen.

Sé que todo estuvo preparado desde un principio. Que tanto uno como otro caudillo se están sacando de encima a un par de clavos remachados, mufas o pesados. Por mi parte, ahora libero a Claudio de mi mirada desaprobadora cuando quiera cantar o recitar sus poemas. Tengo la boca reseca, hinchada y ardiente por los chorros de transpiración que llegan a través del partido labio superior. Siento náuseas. Creo que voy a perder el sentido. Algo húmedo en mis piernas, repentinamente. Alcanzo a oler la aspereza del kerosene, pero no pierdo del todo la conciencia. Es más, pareciera que con el calor del fuego ascendiendo y quemando, los sentidos se afinan. Veo por última vez esos rostros y descubro que siempre me parecieron inquietantes, enigmáticos.

Así y todo, reconozco que Claudio es el jefe cruel pero justificable, y el Panzón Iñaki, el enemigo ideal en un lugar tan notable como Downtown.

Claudio Noguerol nació en 1956 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, Argentina. Afincado en Rosario desde hace décadas, es un artista multidisciplinar que propone un viaje muy personal por distintas formas de ver y hacer arte desde su óptica protagonista: músico, fotógrafo, pintor, poeta y escritor, Noguerol deja su impronta en imágenes propias y joyas prestadas desde la paleta de su ordenador, obras que evidencian una visión pletórica, oscura, vibrante, serena, según el caso.


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