Carlos Eduardo Sánchez
“Mis señores, yo no estoy hecho de piedra.
Sólo soy un hombre y un hombre es el más frágil de
los monumentos”
(Gary Jennings, libro Azteca)
Lo recuerdo como
si hubiera sido ayer, fue el 29 de abril de 2027. Hasta ese día por vergüenza me
había negado a hacerlo, pero la cotidiana y machacadora perorata de María pudo
más que mi bochorno: “no podemos seguir con esta situación”, “soy una mujer
joven y no puedo vivir continuamente insatisfecha”, “lo que más deseo en el mundo es ser madre”, “si
no es con vos será con el primero que se me cruce en la calle”, repetía estos y
otros reclamos humillantes. Y así, como la gota horada la piedra, su obstinación
hizo quebrar mi resistencia.
Con
la esperanza de no ser visto por algún conocido, esa mañana fui muy temprano al
hospital a inyectarme la nueva medicina rusa contra la disfunción sexual
masculina: Putin Plus. Ya, de
entrada, el nombre del producto me inquietaba; a esto se sumaba que no podía sacarme
de la cabeza las distintas versiones que corrían de él: se rumoreaba que en la inyección
se inoculaba un chip; que producía extrañísimos efectos secundarios, y muchas
otras alarmantes sospechas.
En
el lugar me atendió una enfermera mal gestada quien me hizo pasar a una pequeña
sala. Por cómo me miraba, intuí su pensamiento: “es una vergüenza que un hombre
tan joven necesite esta droga”. Pero, bueno, mientras tuve el problema, estas especulaciones persecutorias siempre me acosaron;
no sé si eran sólo ideas mías. La cuestión es que cerró la puerta y sin muchas
vueltas me hizo bajar los pantalones (el medicamento se inyecta en la ingle). Después
me ordenó que me quedara acostado un momento en una camilla por si me causaba
algún efecto no deseado. Se fue y como a la media hora volvió, en ese
transcurso sentí un calor muy intenso en todo el cuerpo; estaba empapado de
transpiración.
Apenas
me vio, dijo sonriendo:
—Veo que el pinchazo ya dio su primer fruto.
Avergonzado,
me levanté como pude; la inyección ya había ocasionado en mí un efecto de
endurecimiento y volumen; era muy visible.
De
pie, me sorprendí de que la enfermera, que antes me había provocado rechazo,
ahora me parecía muy atractiva y sexy. Incitado por un nuevo instinto le guiñé
un ojo y la miré provocador; pero la mujer, que debía manejar a diario situaciones
parecidas, me sacó de patitas a la calle.
Cuando
volví a casa, mi esposa no estaba; la esperé impaciente. Llegó cerca del
mediodía; apenas abrió la puerta, la arrastré hacia nuestro dormitorio para
demostrarle lo que había desatado en mí el fármaco ruso. No salimos del cuarto
hasta el día siguiente. Es difícil describir la alegría reflejada en el rostro
de María.
En
la madrugada del primero de mayo, como si tuviese un receptor de radio en mi
cabeza, escuché en directo el discurso de Vladimir Putin a su pueblo en la
Plaza Roja. Por alguna razón extraña no me sorprendió este síntoma insólito. Tampoco
me pareció extravagante entender a la perfección el idioma ruso. Estaba tan entusiasmado
con los resultados del remedio que no me importaron estas secuelas mínimas; supuse
que era una estrategia propagandística que por cierto las consideré muy válidas.
Los
alcances del medicamento en mi cuerpo eran extraordinarios; me sentía un toro.
Cada vez que lo deseaba, mi miembro lograba una rigidez granítica; superaba
cualquier prueba a la que lo sometía una María embelesada. Podía, por ejemplo, soportar
cargas pesadísimas sin inmutarse. Ella lo hizo pasar por diferentes pruebas. Llegó,
en una oportunidad, a subirse y pararse sobre él. Maravillados vimos como mi
órgano pudo soportar su peso a la perfección.
A
la distancia pienso que quizás esos días fueron los más felices de nuestro
matrimonio. No podíamos imaginar lo que nos deparaba el futuro.
Como
era de esperar, al poco tiempo ella quedó encinta, fue una gran alegría; lo anhelábamos
desde siempre. Con la primera ecografía, felices nos enteramos de que
esperábamos mellizos. Debo reconocer que el embarazo fue muy duro para mí
porque mi nueva voracidad sexual no podía ser satisfecha por María. Aunque ella,
pobre, se llevaba la peor parte; de forma extraña, sin haber engordado
demasiado, duplicó su peso normal lo que la obligó a estar en cama casi todos
los meses de gestación.
El
día del parto los médicos no me permitieron entrar al quirófano porque, según se
justificaron, “había algunas pequeñas complicaciones”. No tuve más remedio que aguardar
en una sala de espera. Después de un tiempo interminable escuché el llanto de
un bebé que me emocionó hasta las lágrimas. Al rato salió del quirófano una
enfermera con mi niño en brazos, me dijo que acababa de ser padre de un
varoncito sano y fuerte.
Era
un bebote bello, rozagante, que parecía mirarme desde unos ojos enormes.
Cuando
le pregunté por el otro bebé, mientras huía de la sala, me contestó:
—Ya vendrá el doctor a darle más detalles del parto.
Un
poco después apareció el médico obstetra. Con gestos muy teatrales me expresó que
había sobrevivido sólo uno de los mellizos y que, por suerte, María estaba en
perfectas condiciones de salud. Expuso que este parto había sido un caso muy
especial y me pidió paciencia para conocer lo sucedido con el otro bebé, porque
era preferible que los científicos estudien en profundidad el fenómeno (recuerdo que usó esa palabra),
antes de darme mayor información. Me adelantó, misterioso, que en sus muchos
años de carrera nunca había visto algo parecido y agregó, con evidentes
intenciones de cambiar de tema:
—Señor Valdez, ahora disfrute de su hijo, él es un
pequeño roble, sano y muy vivaz.
Ese
día llegó Tirso a nuestras vidas. El nombre lo eligió María porque así se llama
el niño de un cuento de su escritora preferida, Silvina Ocampo.
La
alegría de tener a Tirso nos permitió soportar la pérdida de su melliza (sí, era
una nena).
Casi
una semana después del parto nos citaron de la morgue del hospital para darnos
el cuerpo de nuestra hija.
Cuando
llegamos al lugar nos esperaba toda una comitiva de médicos.
Nos
hicieron pasar a una sala enorme y muy fría. Allí, sobre una mesa de acero
inoxidable y cubierta con una sábana blanca, estaba la hermanita de Tirso.
El
director del hospital nos expresó que, según investigaron, a nivel
internacional no tenían referencia científica de un hecho semejante.
No
entendíamos nada hasta que nos llevaron a ver el cuerpo. Debajo de esa sábana
había un bebé perfecto; parecía esculpido en mármol blanco.
Otro
médico dijo que nunca antes se había observado un proceso de petrificación de
tal magnitud en un organismo. Expresó que todas las ecografías indicaban que
cada centímetro del pequeño cuerpo se había transformado, literalmente, en una
roca.
Ignoramos
el pedido de catedráticos de biología y de otras ciencias de diferentes partes del
mundo para quedarse con el cuerpo y nos llevamos nuestra hija a su hogar. En el
patio de atrás de casa improvisamos un pequeño altar donde colocamos a la niña
de piedra; la llamamos Venus.
Por
suerte Tirso iluminaba con alegría nuestra existencia. Era un niño muy despierto
y sus mohines hacían la delicia de toda la familia.
Al
mes siguiente del parto, María, para nuestra sorpresa, quedó embarazada de
nuevo. Por desgracia, a los siete meses tuvo un aborto espontáneo. Como en el caso
de la melliza de Tirso, esta criatura también vino al mundo como una pequeña
estatua. En esta oportunidad fue un varoncito que llamamos David y fue a ocupar
un lugar al lado de Venus.
Para
esa época empecé a sospechar que esta extraña situación era causa de haberme
inyectado Putin Plus. Intenté
investigar sobre la droga pero en la web no pude encontrar algo al respecto.
Poco tiempo después, orientado por un amigo conocedor de la cultura rusa, en el
buscador Yandex de ese país encontré información.
Al
contrario de mis presunciones, el nombre Putin de la medicina rusa no está
referido al jefe de estado de esa nación, sino al escultor Nicolay Putin, un
pariente lejano del mandatario, famoso por su obra escultórica, pero mucho más
conocido por poseer un apetito carnal insaciable sustentado por una legendaria
potencia sexual. Antes de su fallecimiento, científicos estudiaron con
minuciosidad el cuerpo y el contexto social de Nicolay; éste se había prestado
gustoso por el bien de la ciencia y de la felicidad de los hombres de su patria.
Los estudiosos advirtieron que el artista a diario aspiraba, mientras trabajaba
y sin saberlo, el polvillo de un mármol que hacía traer de Siberia.
Descubrieron que la inhalación de estas ínfimas partículas daba al cuerpo y a
la mente del artista capacidades únicas. Con este increíble hallazgo y tecnología
de última generación, desarrollaron la sustancia contra la impotencia que tanto
éxito tiene en el mundo. Aunque es un secreto muy bien guardado, parece ser que
Putin Plus contiene nanopartículas del
mármol que solamente se halla en lugares recónditos de la Siberia oriental.
Todo
lo que averigüé en esa oportunidad, no hacía más que confirmar mi sospecha: era
este producto el causante de la anormal circunstancia que estábamos viviendo.
Los
embarazos incompletos de María se sucedían uno tras otro, más allá de los
cuidados que teníamos en nuestras relaciones, incluso en una total abstinencia.
A los siete meses teníamos un nuevo bebé estatua que pasaba a formar parte de
nuestra prole petrificada.
Cuando
Tirso, nuestro único hijo de carne y hueso, cumplió siete años recibimos la
visita de tres personas de la embajada rusa. Nos dijeron que se habían
anoticiado de nuestro caso y nos ofrecieron colaborar con la crianza y
educación de Tirso y con el mantenimiento de nuestra descendencia de piedra. Propusieron
otorgarle a toda la familia la nacionalidad rusa para facilitar los trámites
burocráticos. Aceptamos encantados porque nos venía muy bien el aporte.
A
partir de ese día nuestra vida cambió radicalmente. Lo primero que hicieron los
rusos fue inyectarle un antídoto a María
para impedir embarazos no deseados. Nos compraron una nueva casa, enorme, en
las afueras de la ciudad, donde tuvimos lugar para acomodar a los once niños-estatua
nacidos hasta ese momento.
Tirso
creció con muy buena educación; tiene gran facilidad para los idiomas y una sensibilidad
especial para el arte. Desde adolescente tuvo un gran apetito y potencia sexual
y, para colmo, mucho éxito con las chicas; a varias dejó embarazadas. Como le
había sucedido a su madre, las gestaciones de estas muchachas nunca superaron
los siete meses, produciéndose el alumbramiento de bebés estatuas de los que nadie
quería hacerse cargo. Esos pequeños nietos de piedra pasaron a ser parte de
nuestra multitudinaria familia.
Él,
desde muy joven, se transformó en un reconocido escultor. A los quince años ya
había expuesto en galerías de arte de Moscú, San Petersburgo y otras ciudades
importantes de Europa y América. Yo, que ya me había acostumbrado a escuchar
las noticias rusas a través del receptor en mi cabeza, sentía mucho orgullo
cuando lo nombraban.
Hoy
es un joven exitoso en todos los aspectos de la vida y, en la actualidad, muy
famoso. Gracias a sus dotes físicas, recibió una propuesta de productores de Bolywood
para hacer cine porno en Bombay; obviamente, él aceptó con mucho entusiasmo.
En
el único país donde están prohibidas sus películas es en Estados Unidos porque
sospechan que es un agente encubierto de la nueva KGB que envía mensajes
subliminales en sus filmes para propagar ideas comunistas. No me consta, pero
como es un chico muy inquieto, no me sorprendería que sea cierto.
María
y yo cobramos una renta que nos otorgó el gobierno ruso y, a pesar de que hace
tiempo estamos separados, juntos hemos realizado exhibiciones de nuestra prole
de piedra. Gracias a esta actividad pudimos viajar por distintos lugares del
mundo.
Nuestro
matrimonio se terminó no por falta de amor; al menos de mi lado, fue todo lo contrario,
pero hace ya algunos años ella me pidió que me fuera de casa porque no podía sostener
mis exigencias amorosas. Sin darme opción me dijo que me daba libertad para que
yo pudiera satisfacer mis necesidades y que, por favor, la dejara en paz.
Aunque
ya soy un hombre bastante mayor, Putin
Plus todavía tiene efectos notorios en mí, no tan sólo en el órgano para el
que fue diseñado, sino también en el resto de mi cuerpo y mi mente.
Hoy tomo conciencia de que mi existencia tendrá
el inexorable porvenir que se determinó cuando me inyecté esta pócima bendita y
perversa a la vez. Desde aquel lejano día vienen sucediendo en mí ínfimas transformaciones que, ahora acumuladas,
se manifiestan con una terca pesadez en todo el organismo. Esta creciente carga
está haciendo que mi existencia sea cada día menos soportable.
Hasta
llego a sentir cierto alivio cuando me doy cuenta de que el momento de mi aliento
final está cada vez más cerca. Claro, aunque (vaya paradoja) también me desvela
una chocante sensación: saber que, cuando llegue ese desenlace, parte de mis
restos no se degradará como se degrada la carne muerta, sino que se mantendrá
inmutable para la eternidad. Perdurará como una vulgar piedra y no como el
órgano sensible que alguna vez fue.
Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”. Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

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