domingo, 22 de febrero de 2026

ASÍ HABLABA PAPÁ

Saša Robnik

 

Estoy muerto.

En realidad, todavía no; primero voy a dejar por escrito lo que ocurrió. Quiero que se sepa que tenía cuarenta y tres años cuando escribí estas líneas, y que nunca serví en el ejército ni besé a una muchacha. Si papá pudiera verme ahora, y siento que me observa desde algún rincón, me diría algo así:

—Đuro, hijo, idiota de tu padre. No esperaba nada más inteligente de ti. Naciste tonto y como tonto has terminado.

Y luego me daría un golpe detrás de la oreja.

Pero verán, mi padre ya no está. Ya dio todos los golpes que tenía que dar. A mi madre no la recuerdo; papá me contó, cuando aún caminaba por esta tierra, que murió en un refugio subterráneo al traerme al mundo.

Cada mañana me sacudía hasta que despertaba y luego íbamos a alimentar a las vacas y a los caballos. Guardaba silencio, bebía mucha agua y no decía una palabra. Yo sabía que le dolía la cabeza, y también sabía por qué.

Después enganchábamos a Paša y nos dirigíamos al campo. Allí recién empezaba a hablar; maldecía el trigo, las papas y, sobre todo, la tierra estéril. A veces, tras la jornada, montábamos a caballo y vagábamos junto al arroyo buscando un sitio para pescar. Eso me encantaba. Esperaba ansioso que dijera, mientras mirábamos los flotadores y los caballos pastaban:

—Đuro, hijo, ahora te contaré cómo era el mundo antes de que aquellos idiotas del verano del sesenta y dos pusieran los misiles en Cuba…

Así comenzaban siempre las historias que me gustaba escuchar, historias sobre el mundo antes de esta ruina y las maravillas que había en él. Pero más que nada me gustaban las reuniones del distrito, aunque cada año acudía menos gente y, desde luego, menos muchachas.

Una vez, camino a la feria en el carro lleno de trigo y papas, le dije:

—Papá, quiero casarme.

Detuvo el tiro, me miró fijamente, me dio un golpe detrás de la oreja y respondió:

—Đuro, hijo, supe que eras un idiota desde que naciste. No habrá boda. Y punto. Olvídalo.

Bebió de la botella, se limpió la boca y arreó a Paša.

—Pero papá, ya es hora, y nos vendría bien ayuda en la casa…

—¡Ninguna!

Callé y empecé a trazar un plan. Papá me decía que, si la cosa apretaba, apoyara la escalera detrás de la yegua, pero que tuviera cuidado de que Paša no me viera. Luego se reía hasta toser y atragantarse.

En la feria saludamos a la gente, descargamos la mercancía y levantamos la tienda. Los cazadores traían carne seca y los vagabundos toda clase de objetos de las ciudades quemadas. El carro se llenaba de herramientas, provisiones y botellas de aguardiente. Papá regateaba bien, excepto cuando se trataba de aguardiente: en eso era muy flexible.

Cuando vendimos todo el trigo y las papas y aseguramos la carga, papá fue a conversar con los hombres y yo busqué a Ana. La vi entre las muchachas; ella también me vio. Nos habíamos mirado ya el otoño anterior, cuando llevó maíz con su padre hasta nuestro carro. La llevé lejos del fuego para que la gente no nos observara. Tragué saliva y le pregunté:

—Ana, ¿quieres ser mi esposa?

Bajó la mirada, sonrojada, y respondió en voz baja:

—Sí.

Justo cuando iba a besarla de alegría, apareció papá y comenzó a gritarme que dejara esas tonterías. Recibí el golpe más fuerte de mi vida detrás de la oreja; vi luces y me zumbaban los oídos.

La gente se rio y Ana, asustada, huyó.

De regreso a casa, papá me explicó, según él, algunas cosas:

—Đuro, hijo, eres muy tonto. ¿De tantos libros que lees por la noche no aprendiste que las muchachas son estériles y están envenenadas como el mundo entero? Y si por casualidad tuvieras un hijo, no sería bueno: tendría tres ojos, tres brazos y brillaría de noche.

Y empezó a reír y a carraspear.

Ya en casa, mientras pelaba papas junto a la estufa, le pregunté qué importaba que todo estuviera contaminado, que no tendríamos hijos, y si la única utilidad de una mujer era parir. Porque hay que vivir, y si ya se ha de llevar una vida miserable, al menos es más llevadera con una esposa que alivie los días duros y caliente las noches frías.

Así se lo dije.

Se bebió el vaso y lo golpeó contra la mesa:

—Đuro, hijo, no sudes tu cerebro raquítico filosofando. Trae leña, el fuego se apaga.

Cuando iba a salir a la noche, se me ocurrió algo que podría ablandarlo:

—Papá, ¿acaso no te casaste con mi madre para que la vida fuera hermosa, para vivir en amor y armonía?

No vi cómo primero palideció y luego enrojeció de furia. Salió tras de mí, tomó una pala y me golpeó en la espalda mientras cargaba la leña, gritando:

—¡Nunca vuelvas a mencionarla, asesino! ¡Nunca más!

La oscuridad me nubló la mente y una rabia terrible me llenó el corazón. Tomé el hacha, le partí la cabeza y lo corté en pedazos. Lo metí en dos sacos y lo enterré.

Ha pasado un mes. Desde entonces, papá se sienta junto a la estufa y me observa en silencio, transparente. Está conmigo en el campo, en el establo, en el taller y hasta en el retrete. Está donde estoy yo, sin decir nada, y yo tampoco pregunto. A veces cierro los ojos y desaparece, pero al día siguiente vuelve.

Leí sobre eso en psicología. Desenterré la tumba para enfrentar mis visiones y comprobar que no hubiera escapado ni resucitado. No lo había hecho.

Ayer monté a Paša y fui a pedir la mano de Ana. Con ella estaría mejor y papá desaparecería cuando llevara esposa a casa.

Delante de su propiedad, él estaba en medio del camino y levantó la mano. Detuve el caballo. Por primera vez desde que lo maté y despedacé, me habló:

—Đuro, hijo tonto. Me mataste por una muchacha desdentada, calva y coja que mañana puede morir por el veneno en la sangre. Sabía que estabas loco, pero no tanto.

En lugar del golpe, sentí un aliento helado en la nuca. Giré a Paša y regresé a casa, porque supe que papá siempre estaría a mi lado, trajera esposa o no. Ya estaba allí, sentado junto a la estufa, con los dedos entrelazados bajo la barbilla, mirándome.

Alimenté al ganado, cené e intenté ignorarlo. Lamento haberlo matado en un arrebato. Lamento no haber besado nunca a una muchacha. Y lamento el destino del ganado, que morirá sin nosotros. Tal vez alguien pase y lo acoja.

Eso es todo.

La cuerda se balancea en la corriente de aire y papá se ríe con su carraspeo. Solo beberé un poco de agua más y luego iré hacia el establo.

Saša Robnik nació en Sarajevo en 1969 y creció en Alemania, donde se enamoró de la prosa de género: ficción especulativa y fantasía. Desde los quince años, vivió en Sarajevo hasta 1994, cuando se instaló en Novi Sad, donde aún reside. En 2010, la editorial IP Tardis publicó su colección de relatos fantásticos Anđeli na kocki šećera, que entrelaza motivos urbanos y folclóricos. Sus obras están representadas en las revistas Znak Sagite, UBIQ, Balkanski književni glasnik y Omaja, así como en las colecciones Zbirka V – fantasticne priče iz ravnice, Nešto diše u mojoj torti, la colección de Istrakon, Apokalipsa laži, y en la colección digital Izvršenje pravde, traducida a varios idiomas. Su nuevo libro, Fantazam mastila i hartije, una novela fantástica con elementos de metaficción, se encuentra actualmente en proceso de impresión.

 

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