Saša Robnik
Estoy muerto.
En realidad, todavía no; primero
voy a dejar por escrito lo que ocurrió. Quiero que se sepa que tenía cuarenta y
tres años cuando escribí estas líneas, y que nunca serví en el ejército ni besé
a una muchacha. Si papá pudiera verme ahora, y siento que me observa desde
algún rincón, me diría algo así:
—Đuro, hijo, idiota de tu padre. No
esperaba nada más inteligente de ti. Naciste tonto y como tonto has terminado.
Y luego me daría un golpe detrás de
la oreja.
Pero verán, mi padre ya no está. Ya
dio todos los golpes que tenía que dar. A mi madre no la recuerdo; papá me
contó, cuando aún caminaba por esta tierra, que murió en un refugio subterráneo
al traerme al mundo.
Cada mañana me sacudía hasta que
despertaba y luego íbamos a alimentar a las vacas y a los caballos. Guardaba
silencio, bebía mucha agua y no decía una palabra. Yo sabía que le dolía la
cabeza, y también sabía por qué.
Después enganchábamos a Paša y nos
dirigíamos al campo. Allí recién empezaba a hablar; maldecía el trigo, las
papas y, sobre todo, la tierra estéril. A veces, tras la jornada, montábamos a
caballo y vagábamos junto al arroyo buscando un sitio para pescar. Eso me
encantaba. Esperaba ansioso que dijera, mientras mirábamos los flotadores y los
caballos pastaban:
—Đuro, hijo, ahora te contaré cómo
era el mundo antes de que aquellos idiotas del verano del sesenta y dos
pusieran los misiles en Cuba…
Así comenzaban siempre las
historias que me gustaba escuchar, historias sobre el mundo antes de esta ruina
y las maravillas que había en él. Pero más que nada me gustaban las reuniones
del distrito, aunque cada año acudía menos gente y, desde luego, menos
muchachas.
Una vez, camino a la feria en el
carro lleno de trigo y papas, le dije:
—Papá, quiero casarme.
Detuvo el tiro, me miró fijamente,
me dio un golpe detrás de la oreja y respondió:
—Đuro, hijo, supe que eras un
idiota desde que naciste. No habrá boda. Y punto. Olvídalo.
Bebió de la botella, se limpió la
boca y arreó a Paša.
—Pero papá, ya es hora, y nos
vendría bien ayuda en la casa…
—¡Ninguna!
Callé y empecé a trazar un plan.
Papá me decía que, si la cosa apretaba, apoyara la escalera detrás de la yegua,
pero que tuviera cuidado de que Paša no me viera. Luego se reía hasta toser y
atragantarse.
En la feria saludamos a la gente,
descargamos la mercancía y levantamos la tienda. Los cazadores traían carne
seca y los vagabundos toda clase de objetos de las ciudades quemadas. El carro
se llenaba de herramientas, provisiones y botellas de aguardiente. Papá
regateaba bien, excepto cuando se trataba de aguardiente: en eso era muy
flexible.
Cuando vendimos todo el trigo y las
papas y aseguramos la carga, papá fue a conversar con los hombres y yo busqué a
Ana. La vi entre las muchachas; ella también me vio. Nos habíamos mirado ya el
otoño anterior, cuando llevó maíz con su padre hasta nuestro carro. La llevé
lejos del fuego para que la gente no nos observara. Tragué saliva y le
pregunté:
—Ana, ¿quieres ser mi esposa?
Bajó la mirada, sonrojada, y
respondió en voz baja:
—Sí.
Justo cuando iba a besarla de
alegría, apareció papá y comenzó a gritarme que dejara esas tonterías. Recibí
el golpe más fuerte de mi vida detrás de la oreja; vi luces y me zumbaban los
oídos.
La gente se rio y Ana, asustada,
huyó.
De regreso a casa, papá me explicó,
según él, algunas cosas:
—Đuro, hijo, eres muy tonto. ¿De
tantos libros que lees por la noche no aprendiste que las muchachas son
estériles y están envenenadas como el mundo entero? Y si por casualidad
tuvieras un hijo, no sería bueno: tendría tres ojos, tres brazos y brillaría de
noche.
Y empezó a reír y a carraspear.
Ya en casa, mientras pelaba papas
junto a la estufa, le pregunté qué importaba que todo estuviera contaminado,
que no tendríamos hijos, y si la única utilidad de una mujer era parir. Porque
hay que vivir, y si ya se ha de llevar una vida miserable, al menos es más
llevadera con una esposa que alivie los días duros y caliente las noches frías.
Así se lo dije.
Se bebió el vaso y lo golpeó contra
la mesa:
—Đuro, hijo, no sudes tu cerebro
raquítico filosofando. Trae leña, el fuego se apaga.
Cuando iba a salir a la noche, se
me ocurrió algo que podría ablandarlo:
—Papá, ¿acaso no te casaste con mi
madre para que la vida fuera hermosa, para vivir en amor y armonía?
No vi cómo primero palideció y
luego enrojeció de furia. Salió tras de mí, tomó una pala y me golpeó en la
espalda mientras cargaba la leña, gritando:
—¡Nunca vuelvas a mencionarla,
asesino! ¡Nunca más!
La oscuridad me nubló la mente y
una rabia terrible me llenó el corazón. Tomé el hacha, le partí la cabeza y lo
corté en pedazos. Lo metí en dos sacos y lo enterré.
Ha pasado un mes. Desde entonces,
papá se sienta junto a la estufa y me observa en silencio, transparente. Está
conmigo en el campo, en el establo, en el taller y hasta en el retrete. Está
donde estoy yo, sin decir nada, y yo tampoco pregunto. A veces cierro los ojos
y desaparece, pero al día siguiente vuelve.
Leí sobre eso en psicología.
Desenterré la tumba para enfrentar mis visiones y comprobar que no hubiera
escapado ni resucitado. No lo había hecho.
Ayer monté a Paša y fui a pedir la
mano de Ana. Con ella estaría mejor y papá desaparecería cuando llevara esposa
a casa.
Delante de su propiedad, él estaba
en medio del camino y levantó la mano. Detuve el caballo. Por primera vez desde
que lo maté y despedacé, me habló:
—Đuro, hijo tonto. Me mataste por
una muchacha desdentada, calva y coja que mañana puede morir por el veneno en
la sangre. Sabía que estabas loco, pero no tanto.
En lugar del golpe, sentí un
aliento helado en la nuca. Giré a Paša y regresé a casa, porque supe que papá
siempre estaría a mi lado, trajera esposa o no. Ya estaba allí, sentado junto a
la estufa, con los dedos entrelazados bajo la barbilla, mirándome.
Alimenté al ganado, cené e intenté
ignorarlo. Lamento haberlo matado en un arrebato. Lamento no haber besado nunca
a una muchacha. Y lamento el destino del ganado, que morirá sin nosotros. Tal
vez alguien pase y lo acoja.
Eso es todo.
La cuerda se balancea en la
corriente de aire y papá se ríe con su carraspeo. Solo beberé un poco de agua
más y luego iré hacia el establo.
Saša Robnik
nació en Sarajevo en 1969 y creció en Alemania, donde se enamoró de la prosa de
género: ficción especulativa y fantasía. Desde los quince años, vivió en
Sarajevo hasta 1994, cuando se instaló en Novi Sad, donde aún reside. En 2010,
la editorial IP Tardis publicó su colección de relatos fantásticos Anđeli na kocki šećera, que entrelaza
motivos urbanos y folclóricos. Sus obras están representadas en las revistas Znak
Sagite, UBIQ, Balkanski književni glasnik y Omaja, así como
en las colecciones Zbirka V – fantasticne priče iz ravnice, Nešto
diše u mojoj torti, la colección de Istrakon, Apokalipsa laži, y en la colección digital Izvršenje pravde,
traducida a varios idiomas. Su nuevo libro, Fantazam
mastila i hartije, una novela fantástica con elementos de metaficción, se
encuentra actualmente en proceso de impresión.

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