miércoles, 7 de enero de 2026

AMANTES GÓTICOS

Sven Klöpping

 


un backflash para todos los sobre-futurizados

 

Agarro a Cassandra del brazo, la saco con suavidad del metro y me lanzo con ella bajo la lluvia torrencial, hacia el techo protector de hojas, lo único que queda en este planeta de mierda.

A lo lejos, los rascacielos centellean como luciérnagas gigantes, petrificadas en forma de columnas, aferrándose unas a otras como si hubiera alimento suficiente para todas en su centro. No presto mayor atención a la situación desesperadamente segura en la que nos encontramos, en la que en realidad se encuentra todo el mundo que todavía cree en algo distinto a los tecnocuentos de hadas con insectos gigantes que hilan hilos metálicos, o que simplemente escucha las estupideces habituales que los “gurús de escena”, metafísicos de los black knights, inventan para darle un poco de variedad a su pobre y castigado rebaño gótico, dentro de una inexistente atmósfera apocalíptico–romántica…

No, maldita sea: Cassandra y yo sabemos perfectamente que, de este lado de nuestro sistema estelar, existen otras realities a las que podemos huir cuando nos sentimos solos en medio de los cinco billones de insectos empresariales de ahí afuera. Y estamos en el mejor camino hacia allí: estamos prácticamente frente a la entrada de la capilla, el checkpoint; dejamos que revisen nuestras tarjetas de identidad, todo en orden, y ya estamos dentro.

Ante nosotros yace el pasado… nuestro futuro. Ahora toca gothic dreaming durante exactamente dos horas y media, el tiempo que se nos permite permanecer dentro de los viejos muros.

Apenas los gigantescos portones de rejas oxidadas se abren, revelan algo por lo que daría mi vida en cualquier momento: piedras cubiertas de hiedra, colocadas del lado del más allá.

Lápidas.

Monumentos antiquísimos, curtidos por las tormentas, que brotan del suelo por todas partes, como si quisieran decirnos que ellos no pueden pudrirse, a diferencia de los cuerpos que custodian. No hay forma de vencerlos, ni las mareas intergalácticas ni el turismo los destruyen, jamás. Seguirán alzando sus cuerpos graciosamente cincelados hacia la nada negra –al cielo, al universo–, y desde hace milenios nos preguntamos qué nos espera allí arriba, qué nos aguarda cuando hayamos dejado atrás nuestra insignificante vida de hormigas como una vieja ruina carcomida cuyas murallas jamás volveremos a atravesar.

Ahí están. Y estamos fascinados.

Esto no es como esa maldita virtual world de brainwatch ltd. en la que te enchufan si no podés pagar un vuelo real life hasta acá. Este lugar es actuality: vida real que nos abre los brazos. Y lo primero que hacemos al dejar atrás los poderosos portones de entrada es callar.

Nada.

Ni un sonido. Solo el lejano –lamentablemente virtual– ulular de una lechuza y el ruido rasposo de ratones de campo en el polvo, que parecen enterrarse junto con el resto del deterioro reptante del cementerio. Ya medio dinosaurios ellos mismos, vegetando a la sombra de la confianza civilizatoria a la que también alguna vez pertenecieron, hace miles de años, cuando las torres posbabilónicas todavía tenían que inclinarse regularmente ante un diminuto huracán. Aun así –o justamente por eso–, todo este cuadro gótico que se nos ofrece resulta jodidamente real.

A veces los sonidos se distorsionan un poco, porque la mayoría fue programada solo para los turistas esporádicos que se pierden por aquí una o dos veces al mes. Pero eso no importa, susurra Cassandra. A lo sumo, cuando fallan del todo, nos reímos a carcajadas, porque los señores cutter y producer de este primitivo mundo onírico acústico vuelven a no dar pie con bola con sus special effects… Les faltan las herramientas de programación más nuevas; viven un poco atrasados acá, esta gente. O mejor dicho: detrás de los rascacielos.

Silencio.

Un silencio susurrante, siseante, cruje entre las placas de pizarra carcomidas del predio. Y entonces la tormenta virtual cae sobre mí.

Virtual experience… presented by brainwatch.

De golpe me siento tan distinto, tan transformado, como si un espíritu ajeno hubiera tomado posesión de mi cuerpo y ahora guiara mis piernas de forma siniestra por el cementerio. Mis pasos gritan como brujas quemadas en medio del silencio angustiado de quienes en realidad deberían saberlo mejor. Ya escucho el chisporroteo del fuego, cómo lame mis dedos y segundos después mordisquea la piel de los tobillos, devora la carne ennegrecida. Quiero gritar, gritar antes de perecer en este silencio atroz, y recién entonces noto que estoy parado sobre una hoguera, con millones de rostros mirándome como una unánime locura colectiva. Quiero salir de aquí, maldita visión, quiero salir. Este viaje infernal me está volviendo loco, como si llevara cuatro horas sin tomar pastillas. Me cubro el rostro con las manos, aunque sé que tampoco ellas podrán salvarme…

Let’s talk about death, baby.

No, no. Nada de eso.

La visión se desvanece y me doy cuenta de que simplemente olvidé apagar el maldito guía turístico virtual, mientras Cassandra y yo solo caminábamos de la mano por las avenidas nocturnas del cementerio, dejándonos inspirar por el silencio que se disuelve a nuestro alrededor en arroyos casi imperceptibles, y por las piedras antiquísimas que dan nuevos impulsos a nuestros flujos de datos castigados por la civilización.

¡Por fin silencio!

Silencio incontrolado.

Pero sé muy bien que, apenas emerjamos de esta experiencia, nos recibirá el estridente mundo plástico con sus brazos demasiado abiertos, mientras aquí dentro, detrás de los muros que nos encierran en una soledad absoluta, podemos movernos libres como cuerpos sutiles empapados en plasma, en su viaje molecular sobre la superficie apenas existente del lago Ontario, hace tiempo seco, proyectado sobre la superficie terrestre.

¡Por fin libres!

Libres como una catarata.

Después de quince minutos y treinta nanosegundos, Cassandra dice Nostradamus, y lo dice en serio. Su comentario basta para describir la escena mágica y frágil cuyo testigo y origen son nuestros propios ojos.

Luego intentamos descifrar las inscripciones arcaicas de algunas piedras… pero, lamentablemente, el francés nunca fue nuestro fuerte.

Solo ante una de las pintorescas plataformas de granito hacemos una pausa más larga…

Allí nos dejamos caer sobre la hierba ondulante y nos hundimos en el remolino fluido de la más noble intimidad. Volvemos a desplegar la botella molecular de vino tinto que contrabandeamos a escondidas por el checkpoint, nos divertimos, saboreamos las gotas chispeantes en la lengua, sentimos cómo se despliegan, cómo nos desplegamos nosotros, cómo nos desvestimos lentamente. Disfrutamos el vino, escuchamos el silencio, nos escuchamos mutuamente en una rítmica extática. Parecen pasar eternidades hasta que, de pronto, nos invade el deseo de reproducirnos de manera natural, y el recuerdo de una cercanía largamente añorada y de una atemporalidad infinita nos alcanza hasta que ya no se puede seguir…

Después, con un cigarrillo crepitante, reflexionamos sobre que el furor tecnológico general también tiene sus lados positivos: por ejemplo, las nuevas botellas moleculares de vino tinto, que en este distrito atrasado todavía no deben conocer; si no, los guardianes ya nos habrían cacheado en la entrada con sondas moleculares.

Una o dos horas más se nos permite inhalar esta magnificencia divina. Nos dejamos embriagar tranquilamente por el sonido real y tranquilizador de hojas crujientes sobre senderos de grava, gastados desde hace siglos, pero que recorremos como si fueran tocados por seres humanos por primera vez.

Desde una de las transport stations, que cada doscientos o trescientos metros fueron clavadas como bloques de cemento de manera tan discreta como inevitable dentro de la atmósfera histórica del cementerio, finalmente me dejo beam-ear hacia la salida y desaparezco en fracciones de segundo de vuelta en la patria de mi tiempo. Me sumerjo otra vez en la nube del consenso general de control universal de la vida, que se extiende molesta y profundamente egocéntrica sobre toda la Tierra luciérnaga, como vapor venenoso en un pequeño frasco lleno de orina luminosa de hormigas…

Y mientras vuelvo a sentarme en mi home office de diseño reciente, siguiendo con aburrimiento monótono el negocio bursátil mundial a través de cinco hologramas implantados en mi placenta, comprando y vendiendo simultáneamente con cinco manos virtuales, por suerte siempre hay algo en mi trasfondo mental que, con sus microscópicos tentáculos de impulsos cerebrales, golpea mi sistema neuronal como un buen espíritu y me recuerda que este mundo no puede serlo todo, y que el único mercado de valores verdadero se encuentra en el más allá, donde cinco mil manos votan al mismo tiempo sobre el bien y el mal, compran y venden, dan vida y…

Cassandra suele quedarse un poco más en el cementerio. Planta algunas flores y observa cómo las coloridas corolas se abren paso hacia la luz natural del sol sobre la tumba de nuestros cuerpos destrozados, que ya se habían descompuesto bajo tierra mucho antes de que alguien decidiera reproducirlos para una nueva vida.

Sven Klöpping es un escritor alemán de ciencia ficción y poesía nacido en Herdecke, Westfalia, Alemania, en 1979. Ha publicado sus relatos de ciencia ficción en inglés en varias revistas de ficción como Fantastic Metropolis, Internova y Planet Magazine. En Internova, es coeditor. En Alemania, su ficción se publica en importantes fanzines de ciencia ficción como Nova, c't or phantastisch. En 2001, publicó una colección de relatos de ciencia ficción titulada MegaFusion (ambientada en una ciudad que abarca casi todo el planeta. Una segunda recopilación de relatos en alemán se publicó en noviembre de 2010. 

 

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