Sven Klöpping
un backflash para todos los
sobre-futurizados
Agarro a Cassandra
del brazo, la saco con suavidad del metro y me lanzo con ella bajo la lluvia torrencial,
hacia el techo protector de hojas, lo único que queda en este planeta de
mierda.
A lo lejos, los rascacielos
centellean como luciérnagas gigantes, petrificadas en forma de columnas,
aferrándose unas a otras como si hubiera alimento suficiente para todas en su
centro. No presto mayor atención a la situación desesperadamente segura en la
que nos encontramos, en la que en realidad se encuentra todo el mundo que
todavía cree en algo distinto a los tecnocuentos de hadas con insectos gigantes
que hilan hilos metálicos, o que simplemente escucha las estupideces habituales
que los “gurús de escena”, metafísicos de los black knights, inventan
para darle un poco de variedad a su pobre y castigado rebaño gótico, dentro de
una inexistente atmósfera apocalíptico–romántica…
No, maldita sea: Cassandra y yo
sabemos perfectamente que, de este lado de nuestro sistema estelar, existen
otras realities a las que podemos huir cuando nos sentimos solos en
medio de los cinco billones de insectos empresariales de ahí afuera. Y estamos
en el mejor camino hacia allí: estamos prácticamente frente a la entrada de la
capilla, el checkpoint; dejamos que revisen nuestras tarjetas de
identidad, todo en orden, y ya estamos dentro.
Ante nosotros yace el pasado… nuestro
futuro. Ahora toca gothic dreaming durante exactamente dos horas y
media, el tiempo que se nos permite permanecer dentro de los viejos muros.
Apenas los gigantescos portones de
rejas oxidadas se abren, revelan algo por lo que daría mi vida en cualquier
momento: piedras cubiertas de hiedra, colocadas del lado del más allá.
Lápidas.
Monumentos antiquísimos, curtidos
por las tormentas, que brotan del suelo por todas partes, como si quisieran
decirnos que ellos no pueden pudrirse, a diferencia de los cuerpos que
custodian. No hay forma de vencerlos, ni las mareas intergalácticas ni el
turismo los destruyen, jamás. Seguirán alzando sus cuerpos graciosamente
cincelados hacia la nada negra –al cielo, al universo–, y desde hace milenios nos
preguntamos qué nos espera allí arriba, qué nos aguarda cuando hayamos dejado
atrás nuestra insignificante vida de hormigas como una vieja ruina carcomida
cuyas murallas jamás volveremos a atravesar.
Ahí están. Y estamos fascinados.
Esto no es como esa maldita virtual
world de brainwatch ltd. en la que te enchufan si no podés pagar un
vuelo real life hasta acá. Este lugar es actuality: vida real que
nos abre los brazos. Y lo primero que hacemos al dejar atrás los poderosos
portones de entrada es callar.
Nada.
Ni un sonido. Solo el lejano –lamentablemente
virtual– ulular de una lechuza y el ruido rasposo de ratones de campo en el
polvo, que parecen enterrarse junto con el resto del deterioro reptante del
cementerio. Ya medio dinosaurios ellos mismos, vegetando a la sombra de la
confianza civilizatoria a la que también alguna vez pertenecieron, hace miles
de años, cuando las torres posbabilónicas todavía tenían que inclinarse
regularmente ante un diminuto huracán. Aun así –o justamente por eso–, todo
este cuadro gótico que se nos ofrece resulta jodidamente real.
A veces los sonidos se distorsionan
un poco, porque la mayoría fue programada solo para los turistas esporádicos
que se pierden por aquí una o dos veces al mes. Pero eso no importa, susurra
Cassandra. A lo sumo, cuando fallan del todo, nos reímos a carcajadas, porque
los señores cutter y producer de este primitivo mundo onírico
acústico vuelven a no dar pie con bola con sus special effects… Les
faltan las herramientas de programación más nuevas; viven un poco atrasados
acá, esta gente. O mejor dicho: detrás de los rascacielos.
Silencio.
Un silencio susurrante, siseante,
cruje entre las placas de pizarra carcomidas del predio. Y entonces la tormenta
virtual cae sobre mí.
Virtual experience… presented by
brainwatch.
De golpe me siento tan distinto,
tan transformado, como si un espíritu ajeno hubiera tomado posesión de mi
cuerpo y ahora guiara mis piernas de forma siniestra por el cementerio. Mis
pasos gritan como brujas quemadas en medio del silencio angustiado de quienes
en realidad deberían saberlo mejor. Ya escucho el chisporroteo del fuego, cómo
lame mis dedos y segundos después mordisquea la piel de los tobillos, devora la
carne ennegrecida. Quiero gritar, gritar antes de perecer en este silencio
atroz, y recién entonces noto que estoy parado sobre una hoguera, con millones
de rostros mirándome como una unánime locura colectiva. Quiero salir de aquí,
maldita visión, quiero salir. Este viaje infernal me está volviendo loco, como
si llevara cuatro horas sin tomar pastillas. Me cubro el rostro con las manos,
aunque sé que tampoco ellas podrán salvarme…
Let’s talk about death, baby.
No, no. Nada de eso.
La visión se desvanece y me doy
cuenta de que simplemente olvidé apagar el maldito guía turístico virtual,
mientras Cassandra y yo solo caminábamos de la mano por las avenidas nocturnas
del cementerio, dejándonos inspirar por el silencio que se disuelve a nuestro
alrededor en arroyos casi imperceptibles, y por las piedras antiquísimas que
dan nuevos impulsos a nuestros flujos de datos castigados por la civilización.
¡Por fin silencio!
Silencio incontrolado.
Pero sé muy bien que, apenas
emerjamos de esta experiencia, nos recibirá el estridente mundo plástico con
sus brazos demasiado abiertos, mientras aquí dentro, detrás de los muros que
nos encierran en una soledad absoluta, podemos movernos libres como cuerpos
sutiles empapados en plasma, en su viaje molecular sobre la superficie apenas
existente del lago Ontario, hace tiempo seco, proyectado sobre la superficie
terrestre.
¡Por fin libres!
Libres como una catarata.
Después de quince minutos y treinta
nanosegundos, Cassandra dice Nostradamus, y lo dice en serio. Su
comentario basta para describir la escena mágica y frágil cuyo testigo y origen
son nuestros propios ojos.
Luego intentamos descifrar las
inscripciones arcaicas de algunas piedras… pero, lamentablemente, el francés
nunca fue nuestro fuerte.
Solo ante una de las pintorescas
plataformas de granito hacemos una pausa más larga…
Allí nos dejamos caer sobre la
hierba ondulante y nos hundimos en el remolino fluido de la más noble
intimidad. Volvemos a desplegar la botella molecular de vino tinto que
contrabandeamos a escondidas por el checkpoint, nos divertimos,
saboreamos las gotas chispeantes en la lengua, sentimos cómo se despliegan,
cómo nos desplegamos nosotros, cómo nos desvestimos lentamente. Disfrutamos el
vino, escuchamos el silencio, nos escuchamos mutuamente en una rítmica
extática. Parecen pasar eternidades hasta que, de pronto, nos invade el deseo
de reproducirnos de manera natural, y el recuerdo de una cercanía largamente
añorada y de una atemporalidad infinita nos alcanza hasta que ya no se puede
seguir…
Después, con un cigarrillo
crepitante, reflexionamos sobre que el furor tecnológico general también tiene
sus lados positivos: por ejemplo, las nuevas botellas moleculares de vino
tinto, que en este distrito atrasado todavía no deben conocer; si no, los guardianes
ya nos habrían cacheado en la entrada con sondas moleculares.
Una o dos horas más se nos permite
inhalar esta magnificencia divina. Nos dejamos embriagar tranquilamente por el
sonido real y tranquilizador de hojas crujientes sobre senderos de grava,
gastados desde hace siglos, pero que recorremos como si fueran tocados por
seres humanos por primera vez.
Desde una de las transport
stations, que cada doscientos o trescientos metros fueron clavadas como
bloques de cemento de manera tan discreta como inevitable dentro de la
atmósfera histórica del cementerio, finalmente me dejo beam-ear hacia la
salida y desaparezco en fracciones de segundo de vuelta en la patria de mi
tiempo. Me sumerjo otra vez en la nube del consenso general de control
universal de la vida, que se extiende molesta y profundamente egocéntrica sobre
toda la Tierra luciérnaga, como vapor venenoso en un pequeño frasco lleno de
orina luminosa de hormigas…
Y mientras vuelvo a sentarme en mi home
office de diseño reciente, siguiendo con aburrimiento monótono el negocio
bursátil mundial a través de cinco hologramas implantados en mi placenta,
comprando y vendiendo simultáneamente con cinco manos virtuales, por suerte
siempre hay algo en mi trasfondo mental que, con sus microscópicos tentáculos
de impulsos cerebrales, golpea mi sistema neuronal como un buen espíritu y me
recuerda que este mundo no puede serlo todo, y que el único mercado de valores
verdadero se encuentra en el más allá, donde cinco mil manos votan al mismo
tiempo sobre el bien y el mal, compran y venden, dan vida y…
Cassandra suele quedarse un poco
más en el cementerio. Planta algunas flores y observa cómo las coloridas
corolas se abren paso hacia la luz natural del sol sobre la tumba de nuestros
cuerpos destrozados, que ya se habían descompuesto bajo tierra mucho antes de
que alguien decidiera reproducirlos para una nueva vida.
Sven Klöpping es un escritor alemán
de ciencia ficción y poesía nacido en Herdecke, Westfalia, Alemania, en 1979.
Ha publicado sus relatos de ciencia ficción en inglés en varias revistas de
ficción como Fantastic Metropolis, Internova y Planet Magazine.
En Internova, es coeditor. En Alemania, su ficción se publica en
importantes fanzines de ciencia ficción como Nova, c't or
phantastisch. En 2001, publicó una colección de relatos de ciencia ficción
titulada MegaFusion (ambientada en una ciudad que abarca casi todo el
planeta. Una segunda recopilación de relatos en alemán se publicó en noviembre
de 2010.

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