lunes, 16 de febrero de 2026

UN INTRUSO

Pragya Gautam

 

La acción de este relato se desarrolla en un pueblo enclavado entre las aisladas y brumosas colinas de Himachal Pradesh, en la India. Yo estaba sentada con la señora Liza en su cabaña, oculta entre antiguos cedros deodar. La anciana debía rondar los ochenta años, pero sus ojos agudos conservaban aún el brillo de una mente lúcida. Era una científica jubilada y vivía sola en ese lugar, a cientos de kilómetros de su tierra natal.

Mis ojos se posaron en su rostro sereno. Mientras la escuchaba, observaba con atención cada una de sus expresiones faciales.

—… Así que sí, como te relataba, solía hacer muchos viajes de ese tipo por mi trabajo en aquellos años… Tenía entonces treinta años, era una mujer joven y entusiasta, completamente entregada a mi labor… Estaba ganando reconocimiento internacional como astrobióloga… —dijo, y se detuvo un instante. Su rostro reflejaba la gloria de su pasado—. Lo que te voy a narrar ocurrió cuando fui invitada al sur de Arizona. Allí se encontraron restos en un desierto aislado, cerca de un pueblo. Aquellos desechos sospechosos fueron enviados al laboratorio. Tras inspeccionarlos y recoger muestras, fui por la tarde a reunirme con los aldeanos. Fue allí donde lo conocí por primera vez…

Mientras hablaba, comenzó a limpiar sus gruesas gafas, y luego se sumió en pensamientos profundos. Sus ojos, de un azul claro, parecían buscar algo muy lejos. Aquellos instantes intensos realzaban su brillo, ocultando su verdadera edad. Apartó suavemente uno o dos mechones dorados de su corto cabello cortado estilo bob. Mi mirada viajó de su rostro a la bandeja antigua y a las dos encantadoras tazas de café que estaban sobre la mesa. Cada taza tenía un nombre escrito: una decía Liza y la otra Royce.

—El café se está enfriando, señora Liza… —dije para sacarla de su ensimismamiento.

—Oh, lo siento… por favor, bébelo… —dijo, y tomó la taza que tenía escrito “Liza”.

Yo dudé en tomar la otra taza. La dejé de nuevo en la bandeja y luego bebí mi café de un solo trago; a esas alturas ya no podía decir que estuviera caliente. Ella seguía bebiendo despacio y, con cada sorbo, parecía hundirse más en sus pensamientos. No pude evitar observar la habitación.

Detrás de ella, en una pared marrón chocolate, colgaban varios cuadros grandes. A mi derecha había ventanas cubiertas con cortinas blancas y vaporosas. La brisa suave que entraba por una ventana abierta apartó ligeramente la tela. Era el inicio de la primavera. Los geranios de rojo intenso del jardín esparcían un aroma embriagador en la habitación con cada ráfaga, haciendo el aire más fresco.

Su rostro redondo adoptó, por un momento, la expresión versátil de una adolescente. Un rubor encantador le subía de las mejillas a las orejas, sus labios se curvaron en una sonrisa inocente y las finas arrugas de la edad alrededor de la boca parecieron borrarse de golpe. Al posar la mirada en mí, continuó hablando.

—¡Qué personalidad tan carismática tenía! Al principio no le presté atención. Era por la naturaleza de mi trabajo… no se me permitía compartir información con otras personas. Luego ocurrió como Dios quiso… llamémoslo coincidencia… se cruzó conmigo en distintos lugares… No sé qué me impulsó a revelarle todo sobre mi investigación… Tenía algo que atraía. Incluso le conté cosas que no debían haberse contado… Solíamos tener discusiones largas… insistía en que declarara errónea mi investigación… Sin duda discutíamos, era una guerra de palabras… pero me gustaba… Tengo muchas fotos de aquellos días… ¿te gustaría verlas? —preguntó, emocionada, sosteniendo la taza con ambas manos.

—Sí, claro… y después se casó con él, ¿verdad? —pregunté.

—Él no quería casarse, pero cuando insistí y lo presioné, aceptó. Pero apenas unos días después… —se detuvo, sin terminar.

—He oído que también tuvieron un hijo… —dije. Al oír eso, los ojos brillantes de la señora Liza se volvieron sombríos y se llenaron de lágrimas. Sentí de inmediato mi metida de pata. Me levanté, algo desanimada—. ¿Quería mostrarme algo, señora Liza? —intenté cambiar su ánimo.

Ella dejó la taza en la bandeja y se puso de pie.

—Ven conmigo, por favor… —dijo, avanzando.

La seguí: crucé el pasillo y entré en el estudio. Era una habitación espectacular, decorada con piezas artísticas. Me indicó que me sentara en una silla cercana y comenzó a sacar cosas de un armario. Tenía una colección de objetos raros que quería enseñarme. Colocó con cuidado un álbum pesado sobre la mesa y sacó algunas fotografías. Eran imágenes de cosas que se habían encontrado entre aquellos restos en el sur de Arizona. Empezó a hablar de ellas con entusiasmo. Ya no parecía melancólica.

Pero yo, sinceramente, no tenía interés en esas cosas: en aquellas fotos nada se veía entero ni sólido. Eran solo desechos; además, algunas imágenes se habían vuelto borrosas con el tiempo.

En una fotografía aparecía un fragmento cuadrado pequeño. A ella se le iluminaron los ojos al verlo.

—Esta pieza se encontró allí mismo. La envié para análisis de ADN… —dijo.

En otra fotografía aparecía un hombre apuesto.

—¿Es Royce? —pregunté, impulsada por la curiosidad.

—Oh, no, no… Este es el doctor Mike… un astrofísico. Esos restos se estaban examinando bajo su supervisión… Y este sí es Royce… —extendió el brazo para mostrarme otra imagen.

—Vaya… impresionante… —dije, cambiando de expresión.

Medía casi dos metros. Era un hombre llamativo, de presencia firme. Sus rasgos sugerían que provenía de Oriente Medio. La foto estaba tomada cuando miraba la puesta de sol, de pie junto a un lago. En otra imagen, los dos estaban sentados en una mesa de café, absortos el uno en el otro.

—Su rostro… quiero decir, él… —me interrumpí.

—¿Verdad que era apuesto? Como te decía: lo conocí cuando fui a visitar el lugar donde se hallaron esos restos.

—¿Qué hacía él allí? —mi curiosidad no tenía límites. Ahora la historia me interesaba de verdad.

—Parecía ansioso y caminaba de un lado a otro. Cuando me vio, se acercó por iniciativa propia. Me quedé atónita al verlo. Su rostro mostraba que no pertenecía a ese lugar… pensé que era un turista… —se detuvo un momento. Y luego me contó la historia—. Era un atardecer agradable. El clima en el sur de Arizona era como el de aquí ahora. La primavera acababa de estallar, cubriendo todo con mantos de flores intensamente coloridas. En el desierto florecían los cactus, los carrasquillos y el incienso. El entorno resultaba embriagador. —Hizo otra pausa y continuó—. Después de trabajar todo el día en un laboratorio cerrado, yo estaba agotada. Por la tarde fui sola a visitar el sitio. Quería hablar con la gente local para saber más sobre el incidente. Mientras conversaba con los aldeanos, él se acercó a paso rápido. Parecía un poco desaliñado. Me llamó la atención al instante. Se me olvidó todo: me quedé mirándolo unos segundos. Se detuvo a cierta distancia y escuchó nuestra conversación con mucha atención. Al rato se acercó a mí.

—Hola, soy Royce… Llevo aquí unos días… —se presentó.

—Ah… bueno… ¿podrías decirme qué fue lo que notaste allí? —pregunté de inmediato.

—Sí. Yo estaba caminando cerca de ese lugar… oí una explosión a cierta distancia y luego se incendió… pronto se reunió la gente del pueblo… y entonces… entonces me fui. ¿Tienes idea de qué pasó? —me preguntó, describiendo la escena.

—Todavía no… algunos dicen que algo cayó del cielo…

—¿De verdad? No lo creo… ¿tú también estás de viaje?

—No, no… Soy investigadora… Me llamo Liza. Vine a visitar el instituto de investigación de aquí por mi trabajo… y pensé en pasar por aquí a mirar…

Mi presentación fue breve e insuficiente.

—Es un placer conocerla, señora Liza… Oí que la gente del instituto se llevó el objeto que causó el incendio… —dijo.

—Sí, es cierto. Los aldeanos dijeron que cuando vieron aquello, estaba en llamas. Ellos apagaron el fuego… En fin… por suerte se salvaron algunas cosas… Ah… ¿qué te pasó en la mano? —pregunté al ver la venda en su mano derecha.

—Nada grave… solo una herida leve… Me pasó al correr para alejarme del área de la explosión… me apuré y me choqué con un cactus —explicó.

—¡Dios mío! Espero que no sea un corte profundo… —se me escapó.

—No se preocupe… es poca cosa… ¿puedo saber algo de esos restos? —preguntó.

—Se está investigando… los resultados tardarán… pero es confidencial —dejé claro.

—Le agradecería mucho si me ayuda con eso… —sus ojos rezumaban esperanza.

—Lo siento, tengo restricciones… —repetí.

Royce se desanimó al oírme. Estuvo un rato con nosotros, con los aldeanos y conmigo. Luego llegó un coche del instituto para recogerme.

Durante la investigación de las cosas halladas entre los restos, vi un bloque cuadrado grande, liviano, hecho probablemente de algo como fibra. Era lo único que no se había quemado por completo. Una parte seguía sin chamuscarse. Esa zona estaba cubierta por una sustancia pegajosa. Al analizarla, descubrimos que eran partículas de sangre y de carne. Yo me entusiasmó muchísimo. Mi viaje iba a ser un éxito. Envié esa muestra al laboratorio para que la examinaran. Dos días después recibí el informe. El equipo del doctor Mike y yo estábamos emocionados. El reporte bastaba para volver el asunto sensacional en todas partes. Era momento de hacer un estudio exhaustivo…

Me lo encontré otra vez en un café el día antes de que yo me fuera. Estaba con el doctor Mike y otros compañeros. Royce se acercó con gesto amable. Le presenté a Mike. También le pidió a Mike que le mostrara esos restos. Mike, astutamente, desvió el tema y empezó a hablar de asuntos relacionados con otros países. El pobre Royce no entendía nada…

Yo le dije que salía a la mañana siguiente. Él se veía molesto y me contó que también se iría en uno o dos días.

A la mañana siguiente tomé el vuelo hacia Ginebra. Me quedé allí una semana, cargada de recuerdos: el césped verde del Departamento de Astrobiología en la Universidad del Sur de Arizona, mi trabajo en el instituto hasta medianoche, discusiones detalladas durante horas con café sobre “vida en el espacio”, paseos por senderos floridos con Mike y otros colegas, una visita al Observatorio Nacional de Kitt Peak, los resultados sensacionales de las muestras… Todo era estimulante y emocionante.

Y, además, había otra cosa: un recuerdo agradable, un rostro encantador que no se apartaba de mi vista, algo que me hacía doler el corazón de vez en cuando… sus ojos curiosos e inocentes, su deseo de saber sobre aquellos restos… y mi reticencia.

Volví a concentrarme en el trabajo en un instituto de Ginebra y casi lo olvidé. Continué con la investigación de las muestras. Se realizó el mapeo y la secuenciación del genoma completo. Los resultados indicaron que esos genomas pertenecían a un ser humano. Pero quedamos atónitos al descubrir que el cromosoma “Y” había desaparecido por completo de la célula.

 

—Tres meses después —continuó Liza—, yo estaba en la India, ese país famoso por su conocimiento, su antigua historia científica y su patrimonio arqueológico. Supe de una biblioteca y un museo en Himachal que podían aportar material esencial para mis intereses e investigación. Allí me lo encontré otra vez, en la biblioteca. Ese encuentro inesperado me llenó de alegría. Me alojé un mes en una cabaña cercana. Él vivía con un yogui del Himalaya en un ashram, un monasterio. Desde entonces, se volvió rutina vernos a diario en la biblioteca.

No entendía por qué estaba tan empeñado en probar que las antiguas escrituras eran imaginarias o fantasiosas. Y… no sé… en esas largas discusiones, terminé revelándole los resultados de las muestras…

—Liza, ¿por qué crees que otras civilizaciones evolucionadas están en contacto con la Tierra? —preguntó.

—Antes no lo creíamos, y nuestros proyectos se limitaban a buscar microorganismos en cuerpos celestes… Pero después de recibir los resultados de las muestras halladas entre los restos del sur de Arizona… cambiamos nuestra percepción… —Me arrepentí de haber hablado sin freno.

—¿Qué era exactamente lo que encontraron en esos restos? Te lo pregunté muchas veces… y nunca me lo dijiste —aprovechó.

—Está bien… hoy lo sabrás. Puedes refutar lo que dicen los libros… puedes negar las hipótesis… pero no puedes negar la evidencia: la muestra que encontramos allí. No puedes negar los resultados de las pruebas… Obtuvimos de esos restos partículas de sangre idénticas a las de un ser humano desarrollado. —Por fin lo satisfice.

—Ah… así que era eso… Pero ¿cómo puedes afirmar que todo lo que cae del cielo está relacionado con una civilización espacial lejana?

—Tienes razón… podría ser una nave de la Tierra, o algo distinto… Pero los científicos del sur de Arizona vieron algo sospechoso. Yo ya había trabajado antes con Mike como especialista… por eso me llamó de inmediato… y los resultados fueron realmente impactantes. Ese ADN era de criaturas humanoides, pero algunos genes eran extraños. Suponemos que están más avanzados en la evolución que nosotros. Mi investigación lo demostrará con el tiempo.

Por fin le revelé todo sobre mi trabajo. Me escuchó con paciencia, pero no respondió de manera concreta. Seguimos viéndonos cerca de un mes. Esta vez yo quería pedirle su número de contacto, pero se fue sin avisarme. Incluso fui al ashram donde se alojaba y le pregunté al yogui, pero tampoco supo decirme nada. Me sentí triste y deprimida. No podía olvidarlo ni un instante. Su presencia majestuosa y sus ojos profundos me hacían confiar en él más allá de las discusiones que sosteníamos.

Pasó aproximadamente un año. Terminé mi investigación: realicé un estudio amplio y detallado de las proteínas y enzimas codificadas por esos genes peculiares, mediante métodos in vitro y en algunos organismos pequeños.

Entonces volví al sur de Arizona por invitación de Mike.

El doctor Mike, que lideraba la investigación, el doctor Irwin, que era coautor, y yo nos reunimos después de unos dieciséis meses. El propósito principal era discutir en detalle los resultados.

Nos sentamos otra vez, al atardecer, en el césped del Departamento de Astrología. El resto del personal ya se había marchado. Podíamos hablar sin interrupciones.

—¿Sabes, Liza, de qué estaba hecho el segmento del cual obtuvimos las muestras de ADN? —preguntó Mike.

—¡Sin duda era una sustancia inusual! Tengo muchas ganas de saberlo —respondí.

—Es un material artificial hecho con materia orgánica. Es extremadamente liviano, resistente, tolera el calor y también es resistente al agua.

—Con razón se salvó del fuego… ¿podría compararse con nanomateriales?

—Desde luego. Pero todavía no hemos sido capaces de fabricar algo mejor.

—Pero… ¿por qué el resto se quemó?

—Tienes razón… queda mucho por explorar. Si era una parte externa de una nave, entonces el resto también cayó en algún punto… que no logramos encontrar…

—Exacto, Mike. Hay muchos eslabones perdidos para cerrar esta investigación… Nosotros ya hicimos un estudio amplio de las proteínas codificadas por ese ADN; te envié los resultados por correo…

—Sí, los revisé… Ese genoma tenía solo un cromosoma, el X… no había cromosoma Y… pero todos los genes que normalmente están en el Y también estaban presentes en otros cromosomas… Es decir: era completamente masculino aun sin cromosoma Y. Sus genes indican una capacidad increíble para ver y distinguir colores… una memoria asombrosa… y una densidad ósea e inmunidad extraordinarias…

—Exacto… Según la teoría de la evolución, con el tiempo los seres humanos perderán el cromosoma Y. En realidad, el Y proviene del deterioro del X. Gradualmente desaparecerá por completo. Ese hombre no pertenece a otra especie: es un hombre del futuro… —planteé mi idea.

—Pero entonces… ¿de dónde vino ese Hombre del Futuro? Nosotros solo teníamos las muestras de ADN y el fragmento que las contenía. El resto de la evidencia se volvió cenizas…

—Mike, por favor reabra la investigación… quizá queden restos enterrados bajo la arena, en algún lugar del desierto…

—Mmm… Liza, estoy de acuerdo. Lo intentaremos —prometió.

Me quedé allí unos días más. Diseñamos un plan para nuevos experimentos. Tras terminar esa tarea, me fui a visitar zonas remotas del sur de Arizona.

Rodeada de colinas rojas y naranjas, Sedona me cautivó. Es un lugar espiritual. Allí se señalan ciertos puntos como sitios de alta energía. Quise quedarme unos días para experimentarlo. Y allí… volví a encontrarme con él. Parecía que su presencia me atraía.

Ahora quería saberlo todo sobre Royce. Una vez me dijo que originalmente era de “Ashia”, pero que ahora era ciudadano allí. Había estado involucrado en muchos negocios y ahora viajaba.

Me impresionaron su personalidad y su sabiduría. Yo veía en él a un compañero de vida.

En ese lugar espiritual, Sedona, le propuse casamiento. Él dudó un poco. Dijo que le gustaba vivir como un errante. Reveló que tenía propósitos importantes en la vida. Yo acepté todas sus condiciones.

Nos casamos en la India, según rituales védicos. Luego vivimos aquí. La India se convirtió en nuestro hogar definitivo. Yo empecé a trabajar en un instituto como profesora invitada. Royce abrió un Centro de Estudios y Yoga aquí, gastando todos sus ahorros. Los meses siguientes fueron los más hermosos de mi vida. Este fue nuestro pequeño hogar en este lugar tranquilo y bendito del valle del Himalaya. El centro de Royce quedaba algo lejos de aquí.

Yo estaba embarazada. Se lo conté a Royce… No sé… pero quizá no le alegró la noticia… tal vez no quería sentirse atado. Quería ser libre de responsabilidades. Un día se fue… y nunca regresó.

Caí en depresión. Sufrí hipertensión. Ningún medicamento lograba mejorarme. Aun así di a luz a un bebé precioso, pero los médicos no pudieron salvarlo… Poco después de nacer, empezó a enfermar…

Cuando le hicieron ciertas pruebas, descubrimos que él tampoco tenía cromosoma Y…

 

Liza terminó su historia. Vi cómo su rostro palidecía al decir la última frase. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, congelándome la sangre.

¿Quién era Royce? ¿Un hombre llegado de un futuro distante? Probablemente él mismo destruyó aquellos restos. Quizá no quería que nadie investigara y descubriera el secreto…

Tal vez por eso se lastimó la mano…

En realidad, no era el final de la historia de Liza. Ahora era nuestra misión explorar los eslabones perdidos de la investigación que Liza y el doctor Mike habían realizado años atrás.

Pragya Gautam es profesora de ciencias de la vida, comunicadora científica y autora de Kota, Rajastán, India. Ha participado activamente en la redacción y comunicación científica durante casi una década. Más de 50 de sus artículos científicos se han publicado en revistas de prestigio. También ha realizado importantes contribuciones a la literatura infantil. Sus relatos de ciencia ficción se han traducido al maratí, panyabí, bengalí y urdu. Dos de sus relatos de ciencia ficción se publicaron en la revista alemana Inter Nova, y su obra también ha aparecido en la prestigiosa revista Zero Gravity, ganadora del Premio Hugo. Entre sus libros publicados pueden mencionarse las colecciones y novelas de ciencia ficción Aloukik aur Anya Kahaniyan, Dharti Chhodne ke Baad, Kuntala and Other Stories, Antariksh ki Sair, Bhavishya Purush y Titliyon ki Rochak Duniya.

PRESENTES DE LOS MAGOS

Anatoly Belilovsky

 

Gregor Samsa, una mañana, despertó de sueños inquietos para descubrirse transformado en una cucaracha gigante. La metamorfosis lo asustó de un modo casual y momentáneo, como podría serlo despertar en una habitación de hotel desconocida, como la oscuridad en la que había despertado. Flexionó sus miembros; su crisálida se fracturó con chasquidos, y la luz del sol matinal inundó sus ojos compuestos. Intentó parpadear, pero, aunque no lograba sentir los párpados cerrarse, sus ojos se ajustaron a la luz mucho más rápido de lo que los antiguos habrían podido; en un instante, toda la habitación quedó enfocada con nitidez.

No necesitó inclinar la cabeza para ver cada fragmento de quitina caer girando hasta el suelo, brillando bajo la luz del sol. Vio cada grano de polvo en los rayos inclinados, cada flor en el papel tapiz, cada arruga en su cama.

La puerta se abrió. La hija de Samsa asomó la cabeza en el cuarto.

—¡Hola, papá! —gritó, y desapareció.

Él oyó con claridad sus pasos, y nuevas armonías en su timbre. Intentó memorizar su rostro tal como lo veía ahora, y su voz.

Luego registró olores: el aroma familiar de su esposa antes que cualquier otro; después, el olor del café oscuro y fuerte, cargado de azúcar, que emanaba de la cocina. Hubo un tintineo, pasos más lentos y pesados; la puerta crujió y se abrió por completo.

La esposa de Samsa cruzó la puerta con el café, sosteniendo con ambas manos un cuenco medio lleno. Lo llevó lentamente y lo depositó frente a él, en el suelo; luego se sentó en la cama. Por un momento, Samsa orientó la parte más densa de sus ojos hacia ella. Vio nuevas arrugas, ojos enrojecidos, lágrimas secas. Giró y sumergió su probóscide en el café, sacándolo de foco, pero no de vista.

—Sé que no puedes hablar —dijo ella. Miró hacia abajo, se alisó el cabello hacia atrás y volvió a mirarlo—. Hablaré por los dos. Tú dirás: “Es solo por un mes, ya lo sabes”. —Ella aspiró por la nariz—. Y yo pensaré: un mes entero. Imaginaré los tubos, los túneles y los peligros, y tú me dirás que ahora eres un profesional altamente entrenado y… —Intentó acariciar su caparazón; sus manos temblaban, y por un momento sus dedos tamborilearon sobre el tórax inflexible. La mano retrocedió—. Es la idea de que estés bajo tierra —dijo ella—. Y, sinceramente, de que no estés aquí. Ojalá no tuvieras que hacer esto. Siempre te preocupaste por mí cuando volaba, y yo siempre decía que soy la mejor piloto en el cielo. Siempre estaba atenta a todo, siempre sabía lo que todos hacían. —Apretó los labios—. Excepto tú. —Sus manos vagaron como si buscaran algo familiar: instrumentos, controles de propulsión, empuñaduras; cualquier cosa—. ¿Por qué no…? Oh, demonios, sé por qué no me lo dijiste. Querías terminar de pagar la casa antes de diciembre, para que yo no tuviera que tomar el vuelo a Saturno. Yo tampoco te dije que renuncié. Quería que fuera una sorpresa, que nunca más volviéramos a estar separados tanto tiempo. Y tú hiciste lo mismo. A los dos nos encantan las sorpresas. ¿Recuerdas cómo te propuse matrimonio?

Gregor lo recordó. Un suborbital fletado a París. Veinte minutos de trayecto balístico deberían haber sido tiempo suficiente, pensó ella: propondría, él aceptaría, y luego harían el amor en gravedad cero. Excepto por los diecinueve minutos y tres cuartos de náuseas espaciales de él. Finalmente lo lograron en la Suite Real del Hotel George V, pero él nunca se libró de la sensación de que ella se había decepcionado. Deberías verlos sin peso, había dicho ella con pesar, palpándose los pechos mientras se vestía a la mañana siguiente.

—Y tú me dirás que este cuerpo es prácticamente indestructible, que ni siquiera necesita respirar o comer —continuó ella, con la voz quebrada—, y que la remuneración por el mantenimiento del reactor es excelente. —Se detuvo para enjugar una lágrima—. Mejor que cualquier trabajo de oficina que yo pudiera conseguir. No es fácil encontrar trabajo para una exespacial con una familia que alimentar —concluyó en un susurro.

Debería haber dicho algo, pensó Samsa, anoche. Debería haberla besado.

Un golpe en la puerta. La esposa de Samsa sonrió.

—La criaste bien. Siempre llamar primero cuando tus padres están juntos en el dormitorio. —Se levantó—. Sé lo que dirías si pudieras —dijo ella—. Dirías que me amas y que haces esto por nosotros. Y yo diría que también te amo. Y que te extrañaré. Mucho. No pensaré en nada más todo el tiempo.

Sí que lo harás, pensó Samsa. Pensarás en volar de un modo en que nunca pensaste antes, del mismo modo que yo nunca pensé en el aire hasta que dejé de respirar.

Se dirigió a la cocina con la marcha insípida de una espacial, pero, aunque siempre había sido torpe bajo la gravedad, por primera vez Samsa pensó en un dicho largamente olvidado: “…como si caminara sobre hojas tan afiladas que la sangre inevitablemente acabaría brotando”.

Se detuvo en la entrada con una mano en el marco de la puerta y se volvió para mirarlo. Él podía verla perfectamente sin mover la cabeza, pero parecía correcto levantarla. Ella volvió a flotar hacia el foco total: piel porosa, mejillas flácidas; pero también podía verla entera. Era tan hermosa.

—Me alegra que hayamos tenido esta conversación —dijo ella, esbozando una sonrisa—. Que tengas un buen día de trabajo, querido.

Samsa asintió. Era lo mínimo que podía hacer. Y lo máximo.

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

FUE DURA LA VIDA DEL SEÑOR VALDEZ

Carlos Eduardo Sánchez 


  
                           

 “Mis señores, yo no estoy hecho de piedra. 

Sólo soy un hombre y un hombre es el más frágil de los monumentos” 

                                                                                                (Gary Jennings, libro Azteca)

 

Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, fue el 29 de abril de 2027. Hasta ese día por vergüenza me había negado a hacerlo, pero la cotidiana y machacadora perorata de María pudo más que mi bochorno: “no podemos seguir con esta situación”, “soy una mujer joven y no puedo vivir continuamente  insatisfecha”,  “lo que más deseo en el mundo es ser madre”, “si no es con vos será con el primero que se me cruce en la calle”, repetía estos y otros reclamos humillantes. Y así, como la gota horada la piedra, su obstinación hizo quebrar mi resistencia.

Con la esperanza de no ser visto por algún conocido, esa mañana fui muy temprano al hospital a inyectarme la nueva medicina rusa contra la disfunción sexual masculina: Putin Plus. Ya, de entrada, el nombre del producto me inquietaba; a esto se sumaba que no podía sacarme de la cabeza las distintas versiones que corrían de él: se rumoreaba que en la inyección se inoculaba un chip; que producía extrañísimos efectos secundarios, y muchas otras alarmantes sospechas.

En el lugar me atendió una enfermera mal gestada quien me hizo pasar a una pequeña sala. Por cómo me miraba, intuí su pensamiento: “es una vergüenza que un hombre tan joven necesite esta droga”. Pero, bueno, mientras tuve el problema, estas especulaciones persecutorias siempre me acosaron; no sé si eran sólo ideas mías. La cuestión es que cerró la puerta y sin muchas vueltas me hizo bajar los pantalones (el medicamento se inyecta en la ingle). Después me ordenó que me quedara acostado un momento en una camilla por si me causaba algún efecto no deseado. Se fue y como a la media hora volvió, en ese transcurso sentí un calor muy intenso en todo el cuerpo; estaba empapado de transpiración.

Apenas me vio, dijo sonriendo:

Veo que el pinchazo ya dio su primer fruto.

Avergonzado, me levanté como pude; la inyección ya había ocasionado en mí un efecto de endurecimiento y volumen; era muy visible.

De pie, me sorprendí de que la enfermera, que antes me había provocado rechazo, ahora me parecía muy atractiva y sexy. Incitado por un nuevo instinto le guiñé un ojo y la miré provocador; pero la mujer, que debía manejar a diario situaciones parecidas, me sacó de patitas a la calle.

Cuando volví a casa, mi esposa no estaba; la esperé impaciente. Llegó cerca del mediodía; apenas abrió la puerta, la arrastré hacia nuestro dormitorio para demostrarle lo que había desatado en mí el fármaco ruso. No salimos del cuarto hasta el día siguiente. Es difícil describir la alegría reflejada en el rostro de María.

En la madrugada del primero de mayo, como si tuviese un receptor de radio en mi cabeza, escuché en directo el discurso de Vladimir Putin a su pueblo en la Plaza Roja. Por alguna razón extraña no me sorprendió este síntoma insólito. Tampoco me pareció extravagante entender a la perfección el idioma ruso. Estaba tan entusiasmado con los resultados del remedio que no me importaron estas secuelas mínimas; supuse que era una estrategia propagandística que por cierto las consideré muy válidas.

Los alcances del medicamento en mi cuerpo eran extraordinarios; me sentía un toro. Cada vez que lo deseaba, mi miembro lograba una rigidez granítica; superaba cualquier prueba a la que lo sometía una María embelesada. Podía, por ejemplo, soportar cargas pesadísimas sin inmutarse. Ella lo hizo pasar por diferentes pruebas. Llegó, en una oportunidad, a subirse y pararse sobre él. Maravillados vimos como mi órgano pudo soportar su peso a la perfección.

A la distancia pienso que quizás esos días fueron los más felices de nuestro matrimonio. No podíamos imaginar lo que nos deparaba el futuro.

Como era de esperar, al poco tiempo ella quedó encinta, fue una gran alegría; lo anhelábamos desde siempre. Con la primera ecografía, felices nos enteramos de que esperábamos mellizos. Debo reconocer que el embarazo fue muy duro para mí porque mi nueva voracidad sexual no podía ser satisfecha por María. Aunque ella, pobre, se llevaba la peor parte; de forma extraña, sin haber engordado demasiado, duplicó su peso normal lo que la obligó a estar en cama casi todos los meses de gestación.

El día del parto los médicos no me permitieron entrar al quirófano porque, según se justificaron, “había algunas pequeñas complicaciones”. No tuve más remedio que aguardar en una sala de espera. Después de un tiempo interminable escuché el llanto de un bebé que me emocionó hasta las lágrimas. Al rato salió del quirófano una enfermera con mi niño en brazos, me dijo que acababa de ser padre de un varoncito sano y fuerte.

Era un bebote bello, rozagante, que parecía mirarme desde unos ojos enormes.

Cuando le pregunté por el otro bebé, mientras huía de la sala, me contestó:

Ya vendrá el doctor a darle más detalles del parto.

Un poco después apareció el médico obstetra. Con gestos muy teatrales me expresó que había sobrevivido sólo uno de los mellizos y que, por suerte, María estaba en perfectas condiciones de salud. Expuso que este parto había sido un caso muy especial y me pidió paciencia para conocer lo sucedido con el otro bebé, porque era preferible que los científicos estudien en profundidad el fenómeno (recuerdo que usó esa palabra), antes de darme mayor información. Me adelantó, misterioso, que en sus muchos años de carrera nunca había visto algo parecido y agregó, con evidentes intenciones de cambiar de tema:

Señor Valdez, ahora disfrute de su hijo, él es un pequeño roble, sano y muy vivaz.

Ese día llegó Tirso a nuestras vidas. El nombre lo eligió María porque así se llama el niño de un cuento de su escritora preferida, Silvina Ocampo.

La alegría de tener a Tirso nos permitió soportar la pérdida de su melliza (sí, era una nena).

Casi una semana después del parto nos citaron de la morgue del hospital para darnos el cuerpo de nuestra hija.

Cuando llegamos al lugar nos esperaba toda una comitiva de médicos.

Nos hicieron pasar a una sala enorme y muy fría. Allí, sobre una mesa de acero inoxidable y cubierta con una sábana blanca, estaba la hermanita de Tirso.

El director del hospital nos expresó que, según investigaron, a nivel internacional no tenían referencia científica de un hecho semejante.

No entendíamos nada hasta que nos llevaron a ver el cuerpo. Debajo de esa sábana había un bebé perfecto; parecía esculpido en mármol blanco.

Otro médico dijo que nunca antes se había observado un proceso de petrificación de tal magnitud en un organismo. Expresó que todas las ecografías indicaban que cada centímetro del pequeño cuerpo se había transformado, literalmente, en una roca.

Ignoramos el pedido de catedráticos de biología y de otras ciencias de diferentes partes del mundo para quedarse con el cuerpo y nos llevamos nuestra hija a su hogar. En el patio de atrás de casa improvisamos un pequeño altar donde colocamos a la niña de piedra; la llamamos Venus.

Por suerte Tirso iluminaba con alegría nuestra existencia. Era un niño muy despierto y sus mohines hacían la delicia de toda la familia.

Al mes siguiente del parto, María, para nuestra sorpresa, quedó embarazada de nuevo. Por desgracia, a los siete meses tuvo un aborto espontáneo. Como en el caso de la melliza de Tirso, esta criatura también vino al mundo como una pequeña estatua. En esta oportunidad fue un varoncito que llamamos David y fue a ocupar un lugar al lado de Venus.

Para esa época empecé a sospechar que esta extraña situación era causa de haberme inyectado Putin Plus. Intenté investigar sobre la droga pero en la web no pude encontrar algo al respecto. Poco tiempo después, orientado por un amigo conocedor de la cultura rusa, en el buscador Yandex de ese país encontré información.

Al contrario de mis presunciones, el nombre Putin de la medicina rusa no está referido al jefe de estado de esa nación, sino al escultor Nicolay Putin, un pariente lejano del mandatario, famoso por su obra escultórica, pero mucho más conocido por poseer un apetito carnal insaciable sustentado por una legendaria potencia sexual. Antes de su fallecimiento, científicos estudiaron con minuciosidad el cuerpo y el contexto social de Nicolay; éste se había prestado gustoso por el bien de la ciencia y de la felicidad de los hombres de su patria. Los estudiosos advirtieron que el artista a diario aspiraba, mientras trabajaba y sin saberlo, el polvillo de un mármol que hacía traer de Siberia. Descubrieron que la inhalación de estas ínfimas partículas daba al cuerpo y a la mente del artista capacidades únicas. Con este increíble hallazgo y tecnología de última generación, desarrollaron la sustancia contra la impotencia que tanto éxito tiene en el mundo. Aunque es un secreto muy bien guardado, parece ser que Putin Plus contiene nanopartículas del mármol que solamente se halla en lugares recónditos de la Siberia oriental.

Todo lo que averigüé en esa oportunidad, no hacía más que confirmar mi sospecha: era este producto el causante de la anormal circunstancia que estábamos viviendo.

Los embarazos incompletos de María se sucedían uno tras otro, más allá de los cuidados que teníamos en nuestras relaciones, incluso en una total abstinencia. A los siete meses teníamos un nuevo bebé estatua que pasaba a formar parte de nuestra prole petrificada.

Cuando Tirso, nuestro único hijo de carne y hueso, cumplió siete años recibimos la visita de tres personas de la embajada rusa. Nos dijeron que se habían anoticiado de nuestro caso y nos ofrecieron colaborar con la crianza y educación de Tirso y con el mantenimiento de nuestra descendencia de piedra. Propusieron otorgarle a toda la familia la nacionalidad rusa para facilitar los trámites burocráticos. Aceptamos encantados porque nos venía muy bien el aporte.

A partir de ese día nuestra vida cambió radicalmente. Lo primero que hicieron los rusos  fue inyectarle un antídoto a María para impedir embarazos no deseados. Nos compraron una nueva casa, enorme, en las afueras de la ciudad, donde tuvimos lugar para acomodar a los once niños-estatua nacidos hasta ese momento.

Tirso creció con muy buena educación; tiene gran facilidad para los idiomas y una sensibilidad especial para el arte. Desde adolescente tuvo un gran apetito y potencia sexual y, para colmo, mucho éxito con las chicas; a varias dejó embarazadas. Como le había sucedido a su madre, las gestaciones de estas muchachas nunca superaron los siete meses, produciéndose el alumbramiento de bebés estatuas de los que nadie quería hacerse cargo. Esos pequeños nietos de piedra pasaron a ser parte de nuestra multitudinaria familia.

Él, desde muy joven, se transformó en un reconocido escultor. A los quince años ya había expuesto en galerías de arte de Moscú, San Petersburgo y otras ciudades importantes de Europa y América. Yo, que ya me había acostumbrado a escuchar las noticias rusas a través del receptor en mi cabeza, sentía mucho orgullo cuando lo nombraban.

Hoy es un joven exitoso en todos los aspectos de la vida y, en la actualidad, muy famoso. Gracias a sus dotes físicas, recibió una propuesta de productores de Bolywood para hacer cine porno en Bombay; obviamente, él aceptó con mucho entusiasmo.

En el único país donde están prohibidas sus películas es en Estados Unidos porque sospechan que es un agente encubierto de la nueva KGB que envía mensajes subliminales en sus filmes para propagar ideas comunistas. No me consta, pero como es un chico muy inquieto, no me sorprendería que sea cierto.

María y yo cobramos una renta que nos otorgó el gobierno ruso y, a pesar de que hace tiempo estamos separados, juntos hemos realizado exhibiciones de nuestra prole de piedra. Gracias a esta actividad pudimos viajar por distintos lugares del mundo.

Nuestro matrimonio se terminó no por falta de amor;  al menos de mi lado, fue todo lo contrario, pero hace ya algunos años ella me pidió que me fuera de casa porque no podía sostener mis exigencias amorosas. Sin darme opción me dijo que me daba libertad para que yo pudiera satisfacer mis necesidades y que, por favor, la dejara en paz.

Aunque ya soy un hombre bastante mayor, Putin Plus todavía tiene efectos notorios en mí, no tan sólo en el órgano para el que fue diseñado, sino también en el resto de mi cuerpo y mi mente.

Hoy  tomo conciencia de que mi existencia tendrá el inexorable porvenir que se determinó cuando me inyecté esta pócima bendita y perversa a la vez. Desde aquel lejano día vienen sucediendo en mí  ínfimas transformaciones que, ahora acumuladas, se manifiestan con una terca pesadez en todo el organismo. Esta creciente carga está haciendo que mi existencia sea cada día menos soportable.

Hasta llego a sentir cierto alivio cuando me doy cuenta de que el momento de mi aliento final está cada vez más cerca. Claro, aunque (vaya paradoja) también me desvela una chocante sensación: saber que, cuando llegue ese desenlace, parte de mis restos no se degradará como se degrada la carne muerta, sino que se mantendrá inmutable para la eternidad. Perdurará como una vulgar piedra y no como el órgano sensible que alguna vez fue.

Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”.  Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

                                                    

sábado, 14 de febrero de 2026

NOMBRES, APODOS Y FECHAS

Rogelio Ramos Signes

a mi hermana Lucía 

 

 La tía Karen se llamaba Juana Limosnera; Juana Limosnera Charinou, exactamente; pero sus amigas del Loteo Arco Iris le decían Karen, porque era una moda de entonces ponerse un seudónimo al estilo de las actrices del cine. Con el tiempo el “Karen” de la tía Karen se convirtió en Karen Chari, simplemente porque abundaban las Karen en Barrio Tejedor y en Villa Llíber y en el Loteo también.

Juana Limosnera Charinou había nacido el 12 de noviembre del año 42 al fondo de una carpintería que su familia alquilaba en las afueras de la ciudad. Sus padres eran chipriotas; y ella, al igual que sus tres hermanas mayores, argentina. Asistió a una escuela pública, como todos los niños de su barrio, y paralelamente trabajó como mandadera en la fábrica de dulce de leche de su tío Doro Claridepirgos. El dulce de leche Tío Doro era el dulce del barrio, por excelencia; así como las papas fritas Don Abel eran las papas fritas de la zona, sin otras que las igualaran.

Perpetua Charinou, hermana mayor de Juana Limosnera (o de Karen, o de Karen Chari, como se prefiera) había nacido el 6 de marzo, pero siempre festejaba su cumpleaños dos días antes del comienzo de las clases, cayera cuando cayera, ya fuese el mismo día, o a fines del mes anterior, o bastante entrado marzo.

Bartolomea Charinou, su otra hermana, era la artista plástica de la familia. Desde muy pequeña dibujaba con gran soltura y poseía el don natural de resolver con pocos trazos caricaturas verdaderamente imaginativas.

Exuperancia, la menor de las tres mayores, que por algún motivo desconocido (sugerencia de vecinos, discusión de último momento, o la casualidad que en ese punto viniese al caso) fue la única en ser anotada también con el apellido de la madre (Claridepirgos) pero a la española; es decir, al final; y fue también la primera en dejar la familia. Exuperancia Charinou Claridepirgos huyó con un gitano revendedor de colchones usados de pueblo en pueblo; y fue, también, la primera en regresar al seno familiar, a hacer un silencio total sobre esa etapa de su vida y, con el correr de los años, a hacerse cargo de los ancianos padres, sin vocación para ello pero también sin renuncias.

En la misma escuela a la que asistieron todas las hermanas, o en el mismo barrio (conocido como El Loteo) donde ellas crecieron, se gestaron los apodos que luego las cuatro mujeres usaron el resto de sus vidas. Perpetua sería Jani; Bartolomea, Gala; Exuperancia, Perla; y Juana Limosnera, Karen, ya se dijo, o Karen Chari, que también se dijo. Los apodos elegidos por sus compañeritas cada vez que una de las niñas fue ingresando a la escuela, o fue incorporándose a la vida social del barrio, desagradó a sus padres; pero ¿para qué negarlo? los nombres elegidos por ellos para bautizar a sus hijas nunca fueron del agrado de las niñas. Ellas hubiesen preferido llamarse Rosa, o Cecilia, o Stella Maris (muy en boga por entonces), o Graciela. ¡Pero no!

El paso bautismal de Bartolomea a Gala fue casi una necesidad para la segunda de las niñas Charinou; por un lado, porque en la escuela las maestras habían comenzado a decirle Segunda, sólo porque su hermana Perpetua ya tenía dos años de antigüedad en el establecimiento educativo, lo que la convertía en la primera; y por otro lado, porque el nombre Bartolomea había pasado a ser una broma despiadada, típica de la edad. Las otras alumnas (digamos las apodadas Dorothy o Greta o Marilyn) se encargaban de hacer circular la insidiosa pregunta: “¿Qué hace Segunda mientras Bartolo mea?”.

El 6 de marzo, con un almuerzo solemne y muy medido, la familia recordaba a santa Perpetua de Cartago, muerta involuntariamente a manos de un joven gladiador; inspiradora del nombre de la mayor de las hijas. A la noche otra era la historia. Perpetua Charinou (convertida en Jani) salía con sus amigos a dar vueltas en motocicleta por el parque, a beber cerveza negra y a escuchar discos de Elvis en la fonola del bar Babilonia.

El 24 de agosto (día de san Bartolomé), Bartolomea, sus hermanas, sus padres y su tío, repetían el sobrio rito del almuerzo en familia, en honor al apóstol despellejado en el siglo I por un salvaje rey pagano. A la noche, Bartolomea (es decir, Gala) posaba desnuda para su amigo Juan Carlos Sánchez que poco y nada sabía de pintura, pero que ponía mucho empeño en el uso del pincel y alentaba a su manera a la futura artista, retratándola año tras año. Si eso la convertía en Gala es una referencia que escapa a los datos que maneja este escriba.

El 12 de noviembre el almuerzo familiar era consagrado al patriarca de Alejandría san Juan Limosnero, prematuramente huérfano. Con una bendición a las apuradas y siempre con un libro bajo el brazo (que era parte del atuendo de los años 60) Karen Chari se despedía de cada uno de los comensales con un beso a la argentina (es decir, en la mejilla derecha) y desaparecía por quince horas. Por entonces, nadie sabía adónde iba; y hoy tampoco lo sabemos. Tal vez ese sea (aunque no lo creo) el motivo de este relato. Pero veamos por qué camino nos lleva la descomedida prosa.

Finalmente, el 30 de diciembre, cuando la cocina ya rebosaba  de comidas exquisitas a la espera de la gran fiesta del día siguiente, la familia Charinou, en sentido recogimiento, rezaba por el alma de san Exuperancio de Asís. Qué cosas hacía Exuperancia (alias Perla) llegada la noche, era otra de las tantas incógnitas de esta ligera biografía de familia. Mientras ella vivió con el gitano, todas son suposiciones al respecto; pero cuando volvió del exilio, su destino, por lo general, fue el dormitorio cerrado con llave y por voluntad propia.

Enemiga acérrima, por entonces, del santoral que había inspirado a sus padres en la elección de nombres decididamente a contramano con los gustos de la época (¿o de las épocas? ¿o de todas las épocas, sería la correcta manera de expresar?), Karen (ex Juana Limosnera Charinou) incendió, al descuido, la biblioteca parroquial y se inscribió como alumna en una academia de danzas modernas. Por sus condiciones naturales, por su imaginación, pero sobre todo por su empeño, en apenas seis meses se convirtió en la primera bailarina del grupo, en la cara visible de los afiches que empapelaban la ciudad promocionando actos culturales, y en “firme promesa” para el nuevo cine nacional. Protagonizó dos películas en quince días, dirigida por un cineasta belga enrolado en el cine de bajo presupuesto.

Un productor norteamericano (un irreverente de esos que a todo lo miden con el diámetro de un dólar), que abominaba de esas “películas baratas”, pretendió lanzarla al estrellato en el Gran País del Chicle e inventarle un seudónimo a partir del apodo que ya tenía Juana Limosnera. En pocas palabras: quiso que Karen Chari se convirtiera en Karen Milk. Y, casi al pasar, pretendió que le hicieran cirugía estética en la nariz, en el mentón y en el rasgado de los ojos, además de hacerse implantar grandes prótesis plásticas en los senos, para que estos concordaran con su nuevo apellido. Salvo por algunos detalles, aquel hombre tenía todo más o menos claro y se lo dijo, café de por medio: la primera película que haría con Karen Charik se titularía “Bébeme (pero no te indigestes)”, la segunda “Eso les pasa por golosos”; pero, antes de que lograra proponerle el título de la tercera película, debió salir corriendo en busca de un odontólogo con parte de sus dientes en la mano.

Famosa desde entonces, también, por su carácter enérgico y por su feminidad de bien, Juana Limosnera Charinou, alias Karen Chari la Pocas Pulgas, dio la vuelta al mundo con su nuevo espectáculo musical. “Stupid, go home” (tal cual el título) la llenó de aplausos, críticas favorables y dinero.

Así pasaron los años. Así el señor Charinou dejó la vieja carpintería y se asoció con su cuñado Doro Claridepirgos en la fábrica de dulce de leche por mucho tiempo. Así ambos transfirieron la fábrica a parientes más jóvenes y se jubilaron. Así cada uno puso en el país su cuota de esfuerzo, de alegría y de desazón; su cuota de vida. Así. Así. Así. Hasta que el 12 de noviembre de 1992, el mismo día que cumplía 50 años, Karen Chari (la consagrada y talentosa y envidiada y admirada Karen Chari) regresó al país, a la provincia, a la ciudad y al barrio que la habían visto nacer.

Apenas traspuso el umbral y abrió la puerta encontró a sus padres y a su tío Doro en torno a la mesa familiar, rezando una oración en honor al patriarca chipriota que hacía medio siglo le había dado su nombre a aquella deliciosa chiquilla. “Acá toy” dicen que dijo, haciéndose la gachona. Se dicen tantas cosas. Se habla de regresiones. Se complica lo simple. Lo cierto es que ninguno podía creerlo. Les costó reconocerse, pero se abrazaron y llenaron todo de una extraña algarabía, resuelta sin palabras en honor a la hija que, tras tantos y tantos años, volvía al hogar paterno para quedarse, para serenar su ánimo, para reubicarse en los viejos espacios abandonados, para gozar de los logros alcanzados en la distancia y también para “hacerse cargo de los viejos” como dicta la tradición. Hasta la propia Exuperancia, que vivía encerrada en su habitación desde el fracaso de su huída con aquel gitano, salió a ver qué pasaba. Envejecida y huraña dentro de sus casi 53 años se encontró con todo el éxito y con toda la seguridad de su hermanita menor abalanzándose sobre ella para abrazarla, para decirle “Perla. Perla. Perlita querida”, un apodo que pertenecía a viejos mundos: es decir, al pasado. Y lloraron y se besaron y la vida les recordó que todavía quedaba mucho camino por delante y que un gitano de mierda era sólo eso; un pobre ser humano que deshonraba a la comunidad húngara, y a la comunidad chipriota, y a la comunidad argentina, y (ya que estaban) a cada uno de los vecinos de aquel barrio de trabajadores llamado Loteo Arco Iris, aunque ya no fuera un loteo; pero, ya se sabe, que los nombres no siempre tienen relación con las cosas. Y ése, aunque no lo parezca, podría ser el motivo de este informe.

Hacia la noche, cuando los padres ya descansaban, Juana Limosnera y Exuperancia (es decir: la recién retornada Karen y la recuperada Perla) visitaron a su hermana Bartolomea, alias Gala, que se reponía de un largo festejo hispano-chipriota que había durado un mes y que había sido el corolario del casamiento de Gregoria, su única hija, con Celso Fernández, último contador de la fábrica de dulce de leche Tío Doro y actual gerente del establecimiento.

Una hora más tarde, Karen, Perla y Gala se dirigieron hacia un country privado, en las afueras, para encontrarse con Perpetua, la mayor de las cuatro hermanas, a la que (salvo una que otra amiga de la infancia) ya nadie le decía Jani. Perpetua había enviudado dos veces en el mismo día. Su primer marido había muerto en un accidente de aviación en el cual, por esas casualidades que le agregan encanto a las desgracias, también viajaba su segundo marido. Perpetua tenía cuatro hijas (dos de cada matrimonio) que vivían todas en diferentes países, había olvidado definitivamente su amor por las motocicletas y por la música de rock, y había logrado hacerse de una fortuna considerable produciendo papelería comercial: hojas membretadas, tarjetas en relieve, anotadores y otros artículos de oficina. ¿Quién no tuvo alguna vez una Agenda Perpetua? Fruto de la oportunidad, también, y del mandato inconsciente que imponen ciertos nombres, las agendas imaginadas por Perpetua Charinou crearon un estilo y un producto genérico, totalmente ajeno al transcurrir de los años. Porque, a decir verdad, con el apodo Jani (escrito Honey, o como fuera) ¿qué se podría haber hecho más allá de un cuadernito de 16 páginas?

A partir de aquel inolvidable 12 de noviembre la vida se convirtió en un acogedor remanso para el viejo matrimonio Charinou Claridepirgos, que pudo asistir a la plácida madurez de sus hijas (mujeres sin hombres, pero felices; aunque tal vez, felices por eso).

El 9 de julio, cuando el país se llenaba de escarapelas y de escenarios folclóricos desbordados de zambas y chacareras para festejar otro aniversario del histórico congreso, nació la primera bisnieta de los bisabuelos inmigrantes. Gregoria había dado a luz, mediante cesárea (como lo imponía la medicina comercial de entonces), una hermosísima niña de ojos absortos y cráneo soberbio. Los bisabuelos, como era de esperar, apelaron al santoral para averiguar qué nombre le había caído en suerte a la angelita, y también para saber a la protección de qué mártir habría que encomendarla.

Si todo seguía su curso normal (si los deshielos continuaban sucediendo en las altas cumbres y si los peces todavía nadaban bajo el agua) la niña tendría que llamarse Verónica, que era un nombre puesto a rodar nuevamente con bastante aceptación, alguien le bordaría una “ve corta” en cada ropita, la harían hincha del club Vélez Sársfield y le enseñarían a saludar elevando los dedos índice y mayor bien abiertos. En fin. “Y luego le diremos Pocha, o Cuqui, o Carucha, nunca Verónica, ironizó la tía Karen, Karen Chari, nunca Milk, nunca capricho del prepotente Norte. Pero esta vez no, queridos míos. Su santa no sufrió por ella, así que ella no sufrirá por Verónica. Se llamará como su madrina y su madrina será la tía Exuperancia, y nadie la llamará Perla y será muy feliz a pesar del nombre.”

Y como se produjo un silencio que nadie se atrevió a cortar con un rezongo, o con un argumento de esos con los pies sobre la tierra, quedó decidido que la pequeña se llamaría Exuperancia, como su tía-abuela, y que no le dirían Perla (ni Pinky, ni Chiche, ni Lala), y que no permitirían que alguien se riera de nombre tan antojadizo para una pequeña nacida en el día de santa Verónica (la monja del corazón herido), y que no tendría por qué aparecer un gitano en su vida a envolverla con palabras falsas, ni alguna de esas lacras. Y aunque en las altas montañas siguieron produciéndose los deshielos y los peces continuaron nadando bajo el agua, ni siquiera Celso Fernández (padre de la criatura y propietario de Dulces Tío Doro) se animó a decir “¡Me cacho en estos chipriotas!”. Esa vez la palabra no escrita fue la palabra escrita.

La niña de los ojos absortos creció, heredó Dulces Tío Doro (que con el tiempo pasaría a ser Exuperancia Lácteos) y comprendió que la enérgica tía Karen, la autora de “Stupid, go home”, tenía razón una vez más: “Los nombres no convierten una cerca en una fortaleza. Las fortalezas, si cumplen su cometido, terminarán mereciendo su propio nombre”. ¿A quién se le hubiese ocurrido ponerle un apodo al bondadoso pero enérgico tío Doro? ¿Quién hubiese comprado una amariconada Agenda Jani?

El tío Doro no llegaría a ver los carteles que en la ruta anunciaban los encantos de Exuperancia Lácteos; los bisabuelos Marto Tecuso Charinou y Fredesvinda Claridepirgos, sí los vieron, pero ya estaban tan viejos que tal vez no lograron interpretar esa prepotencia de los nuevos tiempos.

Dios no le dio hijos a la tía Karen. Le dio, sí, un nombre inmisericorde que no pudo defender (Juana Limosnera; justo a la enemiga natural de la limosna), le dio la valentía de valerse por sí misma, la suerte de hacerse respetar, el reconocimiento de lograr que la quisieran, el elogio de que algunos buscaran sus consejos. Lo demás es mera anécdota. Las fórmulas fijas no se repiten, si no el mundo ya habría volado en pedazos de puro aburrido. Fue el apodo Karen, también, lo que convirtió a la tía Juana Limosnera en un ser contradictorio y único. En el error de fábrica empezó a tomar forma su encanto. Repito “En el error de fábrica empezó a tomar forma su encanto.”

Desgraciadamente esta frase no entró en su lápida por más que lo intentamos.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016). 

ÁNGEL EN LLAMAS

Csaba Béla Varga

 

Planeta Marte, ciudad de Tharsis.

Henrik Tomsky salió de la penumbra y dejó que la costosa bata de seda china cayera sobre el frío suelo de mármol. Se detuvo junto a la mesita de vidrio dorado y se sirvió del frasco el líquido transparente y carísimo.

—¡Salud! —brindó con su reflejo.

A diferencia de la mayoría de sus compatriotas rusos, no se avergonzaba de la desnudez. Estaba orgulloso de su cuerpo. Hueso, carne, músculo, piel tensa y resistente. La naturaleza había sido generosa con él. Y lo más importante: ni un solo gramo de metal implantado. No necesitaba ciborguización ni implantes.

Inspiró hondo y luego se dejó caer de espaldas. Miró el techo, los ventiladores que giraban lentamente, y tomó la barra. Como siempre, entrenaba con el peso máximo.

Exhaló y con un solo movimiento levantó la barra del soporte. El acero brillante comenzó a descender lentamente hacia su pecho. Abajo se detuvo un instante, dejó que el metal frío se hundiera en la carne. Los discos aún parecían inusualmente grandes, pero eso se debía a la menor gravedad. Como de costumbre, entrenaba con una vez y media su peso terrestre. Cuando se pueda volver a bajar a ese planeta… no podía permitirse que algún patán de allá abajo lo humillara. Los ladrones legales, los grandes perros del hampa rusa, probablemente se ocultaban y entrenaban como animales en los búnkeres nucleares de Siberia. El encierro no era nada nuevo para ellos.

Se llevarían una sorpresa cuando se reencontraran. El aire liviano de Marte le había hecho bien al pequeño Henrik Tomsky. Hacía tiempo que ya no era “pequeño”. Todavía no era el Henrik, pero solo le faltaban unos pocos escalones para llegar a la cima.

Y hoy subiría uno más.

De pronto se cansó del entrenamiento. Volvió a colocar la barra y caminó hasta la ventana. Medido con estándares marcianos, el centro de Tharsis no era feo; comparado con Ekaterimburgo, resultaba francamente atractivo. Desde el piso 70 de la torre apodada La Niña, se veía hasta la cordillera de escoria amarillonegra. La primera vez que se descubrió soñando despierto mirando el desierto, se sorprendió bastante. Las colonizaciones avanzaban bien: en unos pocos años, desde los suburbios hasta las faldas de las montañas ondularía una estepa de pasto exuberante.

Cuando envejeciera, tendría allí una linda dacha. Si es que llegaba a envejecer. Los jefes de banda llegan jóvenes al paraíso. Aunque él era más cauteloso que todos. La dacha no estaría rodeada solo de abedules, sino también de un campo minado inteligente.

En pocos minutos saldría el sol. A esa hora todos dormían en la torre. Tal vez solo Pavel estuviera despierto, allá arriba en la azotea. No era de extrañar que el chico estuviera nervioso: hoy era el día más importante de su vida.

Tomsky sonrió con oscuridad.

—Cada minuto es un regalo para él —pensó.

Miró hacia los suburbios, donde tras el apagón nocturno comenzaban a encenderse las primeras luces del nuevo amanecer. Algún día todo eso sería suyo. Las casas, las calles y las personas. Sí, las personas. Volvió a sonreír, esta vez con amargura. Si los rusos fueran realmente tan fuertes como dice su fama, el mundo entero ya sería suyo. Convencer a los jefes de los famosos clanes de ladrones sin que murieran en el proceso había sido difícil. Demasiadas divisiones, demasiadas guerras internas, y la Compañía los había rechazado con arrogancia.

Ahora había orden. Y la Compañía debía saber que ese nuevo orden se debía únicamente a Henrik Tomsky.

La puerta del gimnasio se abrió sin hacer ruido. El olor a guiso de repollo quemado del pasillo se mezcló con el perfume caro que entraba. Su amante más reciente, la bella Yvette, apareció en la habitación.

Sus ojos grises evaluaron con frialdad profesional al hombre desnudo. Jugando con el tirante de su mono, se acercó lentamente.

—¿Entrenamos una serie juntos? —preguntó.

Puta, pensó Tomsky, pero no dijo nada. Estaba bastante apegado a la francesa. Yvette era la primera pareja estable no rusa que tenía. No se parecía en nada a las voluptuosas bellezas eslavas rubias; incluso llevaba el cabello corto.

Exótica, un manjar extranjero. No por nada la consideraban una francesa despiadada: a fuerza de trabajo se había abierto camino desde la nada hasta la cama de Henrik.

—Muy amable, pero ahora no. No puedo empezar un día tan importante cansado.

—¿Por qué sería importante hoy? Creí que solo llevabas al pequeño Pavel a la ciudad. Puedo ir yo también? Me prometiste llevarme a New Hessen.

—Te lo prometí, pero no ahora. Es un viaje estrictamente de negocios.

—¿Qué negocio hay en una exposición? ¿Te volviste marchante de arte?

—Eso no lo entenderías. La exposición es mucho más importante de lo que creés. La próxima vez te llevo para que compres lo que quieras. ¿Qué está haciendo Pavel?

—¿Y yo qué sé? —estalló ella—. ¡No vengo de verlo, hagas lo que hagas conmigo en tu cabeza!

De eso estoy seguro, pensó Tomsky. Era la primera vez que veía a su amante despierta antes del almuerzo. Yvette se había levantado solo para intentar una vez más colarse hasta New Hessen. Pavel ya no le interesaba en lo más mínimo. Tras aparecer Tomsky, seguramente también se había acostado con el pintor, pero pronto debió comprender quién era el que realmente subía a la cima.

 

Faltaban unos minutos para que el sol asomara sobre el desierto.

Pavel Surkin, pincel en mano, miraba por la ventana panorámica. Esperaba la llegada de los colores. Fobos y la noche le habían regalado la plata, el negro y el amarillo hueso; el sol tal vez le traería el rojo del fuego y el oro de la aureola. El cuadro estaba casi terminado. Un ícono, como los demás.

Desde la torre La Niña se abría una vista incomparable sobre la llanura de Tharsis. La pureza incandescente de la naturaleza no estaba contaminada por la suciedad de los habitantes de la ciudad que se agitaban como gusanos allá abajo. En Tharsis nunca había smog. Aunque las fábricas y las centrales térmicas improvisadas producían cantidades espantosas de humo, el viento matinal del desierto limpiaba el cielo rojo.

Henrik le había dado una habitación donde nada lo molestaba mientras pintaba. Ese cuadro era para Henrik. Se lo debía.

Sin Tomsky, Pavel ya estaría muerto. No conocía a sus padres; había sobrevivido con la pensión por invalidez de su abuela en la periferia de la ciudad industrial. No podía contar con sus maestros: para entonces, solo quedaban pedófilos y sádicos en la profesión docente, que ya no prometía nada bueno. Una vez, su profesor jefe le rompió dos dedos al descubrirlo dibujando bajo el pupitre en una clase de defensa nacional. Ni siquiera podía acercarse a la escuela privada de arte reservada para los hijos de funcionarios. La mayor parte del tiempo vagaba por las calles de Ekaterimburgo como un perro apaleado.

El jefe de la banda había notado su talento cuando aún estaba en la escuela. No permitió que lo maltrataran y se lo llevó con él a Marte. Aunque rara vez le hablaba, a veces se quedaba largos minutos observando sus cuadros en silencio. También había organizado la exposición de hoy.

El borde del disco solar apareció. Pavel tembló y comenzó a trabajar con los dientes apretados.

Con pinceladas rápidas y decididas emergió la mano blanca y luminosa del ángel. Entre las alas plateadas y negras que se elevaban, ya se insinuaban los rasgos inacabados del rostro, la boca abierta en un grito. El rojo de las llamas daba profundidad a la piel pálida, el reflejo de la aureola bañaba con un oro tenue los dedos que se aferraban a la nada.

El pintor se detuvo, bajó el pincel y dio un paso atrás. Con la cabeza ladeada, contempló la obra. Era exactamente como la había soñado. El ángel parecía a punto de salir del lienzo.

Porque entonces terminaría su sufrimiento.

 

Tomsky recibió al pope Gavrilo en su despacho.

El anciano sacerdote lanzó una mirada penetrante a los guardaespaldas, que abandonaron la sala en silencio a una seña de Tomsky.

—Padre Gavrilo, ¿a qué debo el honor de su visita tan temprano?

—Quiero hablar contigo de Pavel, hijo mío. Te lo llevás a New Hessen. Le organizas una exposición en la ciudad del pecado. ¡Lo arrojas al regazo de la ramera babilónica!

—Se trata solo de una exposición, nada más. Las obras de Pavel serán bien recibidas también en otras ciudades. Se hará famoso. Así los íconos llegarán incluso a los incrédulos. ¿Eso no es algo bueno?

—Pavel es un pintor ruso. La ciudad extranjera lo corromperá, matará su alma. Los mercaderes de Hessen solo lo destruirán. Es un muchacho sensible, delicado, cuyo lugar estaría en un monasterio.

El pope calló, y tras una breve pausa continuó casi en un susurro:

—Si hoy —Dios no lo permita— ocurriera algo, lo destrozaría por completo.

—¿Qué podría ocurrir? —el estómago de Tomsky se contrajo. Se inclinó hacia adelante con desconfianza, pero el rostro del sacerdote permaneció inescrutable.

—Henrik, hijo mío, has hecho mucho por Tharsis y también has apoyado generosamente a la Iglesia. Eres distinto de los demás jefes de bandas: tienes planes, buscas nuevos caminos. Pero sufres, porque la altiva señora de la pirámide también te considera solo un ladrón. ¿De qué no serías capaz para que se abran ante ti las puertas del directorio del gigante Dragunov?

—No entiendo de qué habla, padre. Pero si ya está aquí, no se vaya con las manos vacías. ¡Acepte este cheque para el monasterio!

El pope se levantó, guardó el cheque y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió una vez más.

—Pavel aún está trabajando en un cuadro para el monasterio. Me entristecería mucho que no pudiera terminarlo.

 

Tomsky estaba furioso.

—El viejo sabe algo, la competencia sospecha algo, ¡tal vez toda la ciudad ya sepa lo que planeamos! Si la contrainteligencia del consorcio Gauss recibe un soplo, estamos acabados.

—No va a pasar nada, jefe. Ha preparado todo a la perfección. Va a salir bien. Como siempre.

Tomsky logró calmarse un poco.

—Ahora ya sería tarde para bajarse. Muéstrame el marco. ¿No lo van a notar?

—Para nada. Es de plástico, igual que los demás. Solo que acá unas cuantas moléculas están unidas de otra manera. Cinco kilos del mejor explosivo.

El jefe de la banda tomó el marco vacío y lo sostuvo frente a la ventana. Miró al técnico con una sonrisa maligna.

—Solo falta un cuadro. ¡Traigan a Pavel! Se me ocurrió algo. Que traiga también el pincel y las pinturas. Voy a darles de comer a mis perros de pelea y después partimos hacia Hessen. Los espero en el vehículo.

 

Yvette cerró la puerta y corrió la pesada cortina. En una fortaleza corporativa habría necesitado al menos una docena de medidas de seguridad más, pero la banda de Henrik prácticamente no tenía contraespionaje. Se acercó a la mesa y sacó el conector. Pasó dos dedos por la sien y levantó la tapa plástica que cubría la interfaz. Estaba por tomar el cable cuando se detuvo.

En su último intento de conexión la habían expulsado de la Red primitiva de Marte. Ningún oficial debía conectarse hasta que se levantara la prohibición –decía la orden–, salvo que se tratara de algo vital. Se rumoreaba que algo había penetrado en el sistema. Algo que incluso el Centro temía.

¿Qué tan importante era el pequeño Pavel?

Ese era el problema: Tomsky estaba preparando algo y pensaba usar al pintor. Había negociado personalmente con el secretario del poderoso político-empresario Ahmed Omar, así que la empresa Dragunov también estaba involucrada. Fuera lo que fuera, el escenario sería Hessen. ¿Un ataque abierto contra el consorcio Fenrir? ¿O una purga dentro de Dragunov?

Los analistas del Centro habían vuelto a tener razón. Por esta información había valido la pena infiltrar a un oficial operativo en la aparentemente insignificante banda de Tharsis. Tomsky estaba creciendo. Ya había puesto los ojos en el mundo corporativo.

A partir de aquí, el asunto superaba la competencia de Yvette. Tenía que informar al Centro.

Dudó un instante, luego soltó el cable.

—Adiós, Pavel, querido muchacho estúpido. ¿De verdad pensaste que por ti iba a bajar al mundo virtual, entre los monstruos?

Se encogió de hombros y, negando con la cabeza, salió en busca de alguna computadora tradicional y segura.

 

—No te pongas nervioso —susurró Tomsky—. Toda esta gente vino a ver tus cuadros.

—Pero… ¿tantos? ¿Y este palacio…? Yo… yo creí que me darían una sala, tal vez dos.

—Eres un gran artista, Pavel, ¡el pintor más grande de Marte! Te lo mereces. Míralos bien: todos peces gordos. Vinieron por tus obras. Se mueren por estar acá.

—Yo… yo no quiero estar acá. Les tengo miedo… Son tantos, tan extraños. ¡Déjame estar con los cuadros!

—Claro, ve. Yo los recibo. ¿Encontraste tu cuadro del ángel, el que estaba a medio hacer? Los chicos ya llevaron tus cosas. Empieza a pintar, eso te va a tranquilizar. Vienen personas muy importantes; las voy a mandar a que vean cómo crea un verdadero artista. Puedes entretenerlos un rato.

 

Las personas importantes se acercaban cada vez más y Tomsky había desaparecido. Pavel, con la frente empapada de sudor, miró de reojo, pero no vio a ninguno de los muchachos conocidos de Tharsis.

No se atrevía a darse vuelta: habría quedado frente a la fila de extranjeros que parloteaban en un idioma incomprensible. Todos lo miraban.

El hombre importante llegó junto a ellos y la multitud se abrió con respeto.

El sudor le corría por la espalda; Pavel clavó la mirada en el pincel.

La novia del hombre importante –su vestido también llevaba el emblema de la poderosa GAUSS Technologies, y la envolvía una nube de perfume increíblemente fino, más delicado incluso que el que había olido en el cuerpo de Yvette durante aquella noche increíble– preguntó algo con ojos brillantes. Apareció una tarjeta de crédito. El hombre importante habló con tono condescendiente y apoyó la mano sobre el hombro del pintor.

Pavel ya no pudo soportarlo: gritando, retrocedió hasta la pared.

Al oír su alarido, el ángel descendió del cuadro y cubrió al muchacho con sus alas en llamas.

 

Ars longa, vita brevis —susurró Yvette.

—¿Cómo? —preguntó Tomsky sorprendido—. ¿Qué dijiste?

—Oh, es solo un dicho en la lengua de mi pequeño pueblo de montaña… Significa que la vida es breve, pero el arte es largo.

—¿Y eso de dónde te salió? ¿No estarás triste por Pavel?

—Vamos, querido, ¿cómo se te ocurre? ¡Yo estoy feliz de que a ti no te haya pasado nada!

Tomsky se movía nervioso dentro del traje elegante. Yvette se acercó y le acomodó la carísima corbata.

—No te preocupes, amor. Todo salió de la mejor manera posible.

—Lo sé, lo sé, pero aun así… Nunca antes hablé directamente con la gran señora Iko.

Caminaba inquieto de un lado a otro, sin apartar la vista del videoteléfono que había dejado en espera. Aunque había imaginado innumerables veces cómo sería el momento del ascenso, ahora sentía un poco de miedo. Incluso con un cargo alto, dentro de Dragunov seguiría siendo solo un empleado, no un jefe. El liderazgo y la independencia los había abandonado el día en que ofreció sus servicios a la empresa.

—¿Verdad que harías cualquier cosa con tal de entrar en Dragunov? —preguntó Yvette—. ¿Te gustaría ser un caballero de cuello blanco?

Lo abrazó y lo besó con una pasión que parecía auténtica. El Centro había respondido hacía poco.

Henrik Tomsky se había convertido en una persona indeseable.

Su eliminación ya estaba en marcha. Yvette pronto recibiría una nueva misión. En otra ciudad, en la cama de otro hombre. Cada uno hacía aquello para lo que mejor servía.

—Escuché en Novosty News lo grande que fue la explosión. Setenta y dos muertos, incontables heridos. El museo de New Hessen quedó en ruinas. Solo no entiendo para qué sirvió todo esto. ¿Qué ganaste con un museo en llamas?

—Del museo en sí, nada. Pero tengo dos motivos. Uno puede entenderlo incluso tú. ¿Pensaste que los cuadros de Pavel, los que quedaron intactos, de un día para otro valen diez veces más? No existe mejor publicidad que un suicidio romántico así.

—¿Suicidio? Yo creí…

—Sabes la verdad, pero la gente no. Y jamás la sabrá por la televisión. Los marchantes de arte se encargarán de que la leyenda se difunda. El público entendido espera que el artista tenga un final trágico. Eso le da un sabor picante a la compra. Como si no fuera solo una inversión financiera cuando adquieren un cuadro.

—¿Cuánto ganaste con la muerte de Pavel?

—¡Eh, detente! —estalló el hombre—. ¿Acaso crees que Pavel tenía que morir por el dinero sucio de los hessenianos?

—¿Y si no fue por eso, por qué?

—¿Viste quién estuvo conmigo esta mañana?

—Algún pez gordo de Dragunov. No me invitaste a almorzar. Se encerraron.

—Ese hombre era el secretario personal del gran señor Ahmed. ¿Sabes por qué vino? ¡Claro que no! —calló un instante y luego, con la boca pegada al oído de la mujer, continuó en voz baja—. Dragunov está satisfecho conmigo. Finalmente están dispuestos a hablar con el pequeño Henrik Tomsky. ¡Con el señor Tomsky, jefe de departamento!

—¿Pero por qué? —se sorprendió Yvette—. ¿Qué ganó la empresa con la explosión?

—En dinero, nada. En prestigio, muchísimo. Hace dos meses, Gauss capturó al jefe regional de Dragunov en Hessen. Lo torturaron y arrojaron el cadáver frente a la entrada de la oficina. La señora Iko estaba furiosa. Fue una bofetada pública para la empresa. Lo intentaron todo, pero no pudieron responder. Y eso daña mucho el prestigio de una corporación. El directorio ya pensaba en una guerra abierta, y entonces aparecí yo…

—¡El tipo muerto de Gauss y su puta! —exclamó la mujer—. En las noticias los mostraron un segundo, cuando los médicos de la empresa se los llevaban. ¿A él querías matar?

—Exacto. El objetivo era el señor Dickson.

—¿Pero por qué hacer explotar todo? ¿Por qué no lo mandaste a matar como siempre?

—Dickson era un pez gordo corporativo. No sé exactamente qué cargo tenía, pero estaba fuertemente custodiado. Inaccesible. Como una tortuga. Pero descubrí que su gallina snob se volvía loca por los íconos de nuestro pequeño Pavel. La ayudé a conseguir algunas piezas hermosas para abrirle el apetito. Luego contacté a Dragunov y les gustó la idea. Organicé la exposición, solo faltaba enviar las invitaciones. Y la mujer linda pero estúpida arrastró consigo a su pequeño amigo porque necesitaba la tarjeta de crédito de papá.

—Mis respetos, Henrik. Un plan diabólico. Digno de ti. Ahora solo dime qué va a pasar con este cuadro.

Ambos miraron la pintura que colgaba sobre la cama: San Jorge y el dragón. El caballero apenas estaba cubierto por la armadura; su espada rota yacía en la tierra devastada. Con la derecha aún apretaba con fuerza la garganta de la bestia, pero su brazo izquierdo colgaba inerte en el abrazo mortal del cuerpo escamoso de bronce. En su rostro se veía que, en su interior, ya había abandonado la lucha.

—Es hermoso, ¿no? —Tomsky se acercó al cuadro y acarició con ternura el cuerpo largo, brillante, musculoso y opresivo del reptil—. A veces creo que Pavel era un visionario.

—¿Visionario?

—Mirá bien este cuadro. Esto es el mañana. Mi mañana.

El teléfono emitió un tono discreto y se encendió. En la pantalla apareció el emblema de Dragunov.

—¿Señor Tomsky, jefe de departamento? —preguntó una secretaria invisible—. Le comunico con la directora.

Tomsky sonrió ampliamente, se irguió y se colocó frente a las lentes.

En el rostro de Yvette no se percibía ninguna emoción para las cámaras ocultas. Observaba en silencio a la figura demoníaca que temblaba de felicidad. Vivían en un mundo donde el secreto del éxito era la falta de escrúpulos y la crueldad.

Pero a los ángeles solitarios y débiles los esperaba el fuego del Infierno.

En ese momento decidió que, cuando llegara el día adecuado, se vengaría personalmente por Pavel.

¡A veces incluso el diablo debe temerles a las llamas!

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

 

CAZADOR DE LEVIATANES