miércoles, 18 de febrero de 2026

DOWNTOWN

Claudio Noguerol

 

I

Claudio es un jefe cruel pero justificable. Eso pienso cuando por fin me abandonan sobre el suelo con los labios partidos y la nariz rota, la primera noche, mientras él aparece al fondo del callejón.

El Panzón Iñaki y sus esbirros se detienen a beber vino barato a unos cincuenta metros de mí. Se van sin pagar, y no me ven. Mejor. Cruzan la cortina de seguridad que divide a la ciudad en dos. Se internan en la zona legal. Entonces Claudio me dice que si está claro. Le digo que no. Me maldice, estira un brazo y yo me aferro a su mano cerrada, consiguiendo levantarme. Voy tras él, que se desfigura en la penumbra. Los ojos me duelen. También al cabeza. Estoy ligeramente mareado. Las paredes hieden a humedad y a orina. Antes de entrar en el bar, le oigo decir que aquí todo hombre verdadero debe sentir el gusto de su propia sangre. Más tarde, pasado de cerveza, Claudio cuenta pésimos chistes, y no contento con eso, toma la viola y comienza a cantar. Anuncia cada tema con una larga historia, ufanándose de haber compuesto esta pieza con Eduardo Abel Giménez, esa otra con Alberto Muñoz, y aquella sobre un poema de Juan L. Ortiz. Su vozarrón, naturalmente desafinado, quemado por la bebida, hace temblar al luz de las velas. Amanece, o eso me parece, y llego a la conclusión de que tener esperanzas de alcanzar al libertad por este camino es como apostar a una yegua manca. Pierdo el sentido. Duermo. O canto. Una mujer morena me da de comer en la boca: un guiso refrito y gomoso con carne dulce y dura, es mi bondadosa ración de bienvenida a este lado de la ciudad.

 

II

Es nuevamente de noche cuando vuelvo a estar lúcido. ¿Cuántos días después? No sé. Hace un calor de los mil demonios. Un muchacho albino enciende los faroles, vertiendo aceite en ellos. Claudio ordena que me den otra habitación, ropas y enseres. Está sentado en un banquito al lado de mi cama. Se levanta, se estira, como quien ha estado mucho tiempo en la misma posición sin moverse; me mira con piedad y vuelve a decir si ahora está claro. Muevo la cabeza afirmativamente –recién entonces tomo conciencia de la segunda paliza de la que fui objeto– y él resopla aparentemente satisfecho. Lo desmiente al hablar: me dice que soy un problema, que nunca voy a estar a salvo del Panzón Iñaki, que el tipo es muy jodido, vengativo y mal llevado, que no entiende que alguien que estuvo en su banda –así haya sido un solo día, como en mi caso– se las tome, y menos para pasarse a la banda de Claudio. Y que ahora seguro que está preparando algo gordo contra nosotros, que espera que yo sepa luchar por mi vida. Hay que aceptarlo: el Panzón Iñaki atacará a Claudio. No le queda más remedio que hacerlo, cuestión de honor.

 

III

Las necesidades domésticas son atendidas por una tal Carola. Buena mujer: limpia las piezas y el patio, lava las ropas y cocina frituras; parece ser que no conoce otro método de cocción.

Veo el mar. Desde la ventana de mi pieza, en el segundo piso, veo el mar. Los días de aire limpio, parece más azul También veo algunos campanarios y torres altísimas, si miro hacia la zona legal. Recuerdo entonces vagamente mis días allí, y me parecen algo muy lejano, como una historia prestada o leída en algún libro de ficciones. Poco a poco esas memorias se van perdiendo, como una escritura se desvanece del papel al roce del agua. Y a veces sacude mi corazón una extraña impresión de muerte anunciada. Para no quedarme quieto, para borrar esa horrible sensación, salgo a robar pequeñeces: flores de los jardines, que le regalo a Carola, o alguna comida que no sea frita.

El revólver que me dieron fue de un tal Ferreira o Ferrero que fue sorprendido unos días antes de mi llegada, al amanecer, por una patrulla punitiva de los Legales. Dicen que agonizó cinco días junto a una alcantarilla y que finalmente murió ahogado por una fuerte tormenta. Yo creo que no, que se lo fueron comiendo las ratas, es lo lógico.

 

IV

Charlie-S me advierte que lo que hago no es bien visto por la gente de Claudio, que no les gusta que mate a los gatos, y que tuve suerte de no haber liquidado a ninguno de los criados por la madre de Claudio, Angélica. La vieja, una suerte de súper madonna para el poblado, es una fanática. Cuentan que hasta liquidó al marido porque un día, por hacerle una broma, le regaló un perro salchicha. Cosa extraña: el perro todavía vive, ignorado por ella. Pero volviendo a Charlie-S: parece que se siente mal por lo que me dice, la cuestión es que al día siguiente se aparece en mi pieza con un par de fusiles para cazar perros de agua. Lo primero que hacemos es liquidar a Cristóbal (el perro salchicha de Angélica). Desde entonces hasta hoy nos cargamos con dieciséis animales. Los gatos son nuestros aliados: más de una vez son ellos los que nos señalan al próxima víctima, a la que, una vez herida, atacan con no fingida valentía, hasta destrozarla totalmente. En más de una ocasión tuve que disuadir a Charlie-S de que no matara a Angélica. En realidad no sé por qué quería liquidarla, ni tampoco qué se lo impedía: tal vez nos hacía recordar a nuestras respectivas madres

Carola sigue con sus frituras, candidateándonos para el trasplante de hígado. Pero es lo único que tenemos. Y eso mientras nos va bien en los asaltos, porque en el caso contrario, abandona la cocina por una semana. Entonces que cada uno se las arregle como pueda: ella toca el piano y canta baladas como "One fine day". "Sacred heart of stone" "Goat Annie" o "It's gonna work out fine". No sé cómo no se le acalambran los dedos y la garganta.

 

V

Claudio nos llama a reunión en El Predio. Tiene una costura reciente, roja y tierna, en el brazo izquierdo. Nadie pone en duda la información que trasmite; la sabe y eso es suficiente: el Panzón Iñaki está preparando una caza de fugitivos de la zona legal. No termino de salir de mi asombro, que veo el despliegue activo de los hombres: se levantan barricadas, se reparten armas, se disponen grupos de defensa y ataque. Hay que tener los ojos bien abiertos, nos dice, pero me mira directamente a mí. Por primera vez me siento seriamente comprometido con esta gente. Creo entenderlos. Apenas cae la noche, Charlie-S, Feldman, Angélica y yo vamos hasta el Anfiteatro y nos traemos al mitad de los bancos que hay allí. Con ellos reforzamos la barricada, atrancamos las puertas y ventanas de la casa.

Excitada por la inminencia de la acción, Carola prepara una nueva fritada: mariscos y papas. ¡Vaya hembra!

El combate contra el Panzón Iñaki y sus esbirros resulta interminable. Charlie-S cae estúpidamente cuando ve a un tal Nazareno, antiguo compañero suyo, en la zona legal, al frente de uno de los grupos atacantes. Quedó paralizado por la sorpresa, al descubierto, y eso fue suficiente: tres balazos en la cara. Una verdadera pena: era experto en temas de cine. También perdemos a Pietro Di Cé. El cobarde, viéndose rodeado, pidió la rendición o pasarse al bando del Panzón. Este lo hubiera aceptado de buen grado: cualquier carroña es útil a sus propósitos, pero Claudio creyó oportuno recordarle a Pietro que al ética es algo tangible y que se debe tanto en las buenas como en las malas. La tangibilidad de la ética le llegó a Pietro en forma de cuchillo Lo único que lamentó Claudio es haber perdido el cuchillo, que es con el que cortaba el repollo para las ensaladas.

Perdimos a otros cuatro que no conocía muy bien, por lo que omito hablar de ellos. Pero la victoria fue nuestra. Los fugitivos de la zona legal seguimos aquí. Un filipino que escapó de un barco carguero detenido en el puerto de l ciudad, estaba conmovido hasta las lágrimas. Claudio lo abrazó, le acariciaba al cabeza. Los llantos se les confundían. “Iñaki está perdido”, cantaban. Todos nos tomamos las manos, y contagiados de ese clima, festejamos hasta la madrugada. Carola repartió empanadas y luego cantó, apoyándose esta vez con un mini-moog primero y con una guitarra acústica después. La última canción de al noche, recuerdo, me impresionó sobremanera: se llamaba simplemente “One”.

 

VI

Otra ocasión inolvidable: el cumpleaños de Turiya, la hindú. Para festejarlo, preparamos el salón principal de la Casa. Parecía una boite de los años setenta. Música enganchada, luces danzantes, efectos de laser y helio. Y por supuesto, el concierto de Carola. Feldman recitó unas poesías conmovedores: una de ellas era una égloga para Charlie-S. Otra estaba dedicada a Turiya, y resaltaba su perfume y su virtud. Otro detalle digno de destacar es que la casi totalidad de la comida corrió por cuente de Angélica, lo que nos dio un respiro en nuestra dieta grasienta. El bajón fue cuando Claudio quiso cantar y recitar sus poesías. Creo que lo aplaudimos para que se callara. Y creo que se dio por aludido, ya que fue breve, y como para compensarnos del mal momento, nos convidó con champagne y helado de durazno. Pero también es cierto que hubo un momento en que se me acercó y me dijo que ese era su regalo para Turiya: entonces supe que cumplía ciento ochenta años.

 

VII

Al atardecer del día siguiente, Henry y Feldman, que no estaban totalmente repuestos de la bacanal de la noche anterior, cayeron torpemente en una emboscada tendida por los esbirros del Panzón Iñaki, que para esto estaban borrachos. Los vi caer sobre mis indefensos compañeros y reventarles las cabezas a garrotazos. Fue terriblemente cruel ver eso y no poder hacer nada. Haber querido actuar hubiera sido mi perdición: no me habían visto, pero tampoco podía salir de entre las sombras que me amparaban. Esperé que terminaran con su macabro festín, que incluyó el reparto de las ropas y pertenencias de mis amigos y el desmembramiento de sus cuerpos. Cuando emprendieron al retirada, ataqué. Tuve la suerte de que no advirtieran lo que pasaba hasta que dos de ellos hubieron caído. Para entonces había mejorado mi posición, y siempre con las sombras como aliadas, seguí delante con mi ataque, que se definió con una desbandada general cuando cayó el cabecilla: nada menos que el Nazareno. Tras asegurarme de que nadie pudiera dispararme, me acerqué hasta el cadáver aún caliente del esbirro. Con una de sus manos apretaba la cabeza de Feldman. Respetuosamente se la arranqué, aunque algunos pelos quedaron adheridos a los dedos del Nazareno. Miré por última vez el rostro de mi compañero, le saqué los lentes Lennon que tanto le admiraba y que estaban intactos y arrojé la cabeza en la alcantarilla más cercana. Esa noche no comí.

 

VIII

Por la mañana me juego. Realizo ese deseo postergado durante tanto tiempo: cruzo la frontera y entro a la zona legal. Parece otro mundo. ¿No lo es, en realidad? Todo tan limpio, la gente tan cándida –burguesa y burócrata, buena gente–, el cielo es más azul, perdido entre los edificios de cien pisos promedio. Llego al área peatonal del Centro y me confundo con tos transeúntes. Ellos no lo saben, pero son mis cómplices, mis múltiples aliados. ¿Qué harían si lo supieran? ¿Seguirían de mi lado o me entregarían atado de pies y manos al Inquisidor? Me lleno los pulmones de aire húmedo, huelo todos los aromas del mercado y me cago de risa cuando paso frente a la Plaza de las Hogueras: veo anunciado un doble programa para esta noche. Tal vez venga a verlo. Uno siempre tiene esta sangre fría necesaria para distanciarse de aquello que está a punto de tocarlo, de aquello que puede ser el anuncio de su propia muerte, de su propio fracaso, de su propio fin. ¿Por qué no somos capaces de medir los riesgos a cada instante? Nada me previno o me hizo pensar que el Panzón Iñaki me ha hecho seguir por su secuaz dilecto: el Godo, un flaquito que patina en las erres, dicen que porque es eunuco: no lo creo, puede tratarse de una dislalia natural o por algún antecedente alienígena. La cuestión es que estamos solos entre la gente. Los dos lo sabemos. Una sonrisa idiota le arquea la cara serosa. Con voz de idénticas características –idiota y serosa–, me pregunta por qué carajo me meto en la "política interna" de Downtown. Le contesto que no sé, que no me cuestiono esas boludeces, que estoy allí por una circunstancia, que nada de Downtown me interesa realmente, salvo la acogida que tuve cuando huía de la zona legal y el acoso actual por parte de su banda. Dicho esto, me retiro, dándole un fuerte empujón cuando paso a su lado.

Todo sucede tan rápido que no lo puedo creer. La dimensión del tiempo se acelera o no sé qué, pero no puedo aprehender los hechos que se suceden a tan vertiginosa velocidad. La multitud nos rodea, nos separa, gritan, nos golpean. nos escupen, nos desnudan, nos tajean y nos arrancan mechones de pelo, allí, en pleno mediodía de la ciudad. Finalmente nos atan a sendos palos, en medio de la Plaza de las Hogueras. El sol ataca con mayor ferocidad aún que la población. No sé si es alucinación o lucidez: entreveo –mis párpados pesan demasiado como para levantarlos del todo, y si así fuera, no resistiría la luz intensa contra el blanco de las baldosas– dos figuras conocidas: Claudio y el Panzón Iñaki dialogan amablemente detrás de los verdugos, allí, en segundo plano, también están Carola y Angélica, y hasta donde puedo vislumbrar, el resto de las dos bandas, perfectamente camuflados entre los ciudadanos legales. Comentan la necesidad de recurrir a este trámite –supongo que se refieren a la ignominiosa entrega de la que fuimos objeto el Godo y yo– y la morbosidad de la gente, que hace lo mismo que ellos, pero con un refinamiento absurdo y curioso que les sirve como total amparo legal para cometer el mismo crimen.

Sé que todo estuvo preparado desde un principio. Que tanto uno como otro caudillo se están sacando de encima a un par de clavos remachados, mufas o pesados. Por mi parte, ahora libero a Claudio de mi mirada desaprobadora cuando quiera cantar o recitar sus poemas. Tengo la boca reseca, hinchada y ardiente por los chorros de transpiración que llegan a través del partido labio superior. Siento náuseas. Creo que voy a perder el sentido. Algo húmedo en mis piernas, repentinamente. Alcanzo a oler la aspereza del kerosene, pero no pierdo del todo la conciencia. Es más, pareciera que con el calor del fuego ascendiendo y quemando, los sentidos se afinan. Veo por última vez esos rostros y descubro que siempre me parecieron inquietantes, enigmáticos.

Así y todo, reconozco que Claudio es el jefe cruel pero justificable, y el Panzón Iñaki, el enemigo ideal en un lugar tan notable como Downtown.

Claudio Noguerol nació en 1956 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, Argentina. Afincado en Rosario desde hace décadas, es un artista multidisciplinar que propone un viaje muy personal por distintas formas de ver y hacer arte desde su óptica protagonista: músico, fotógrafo, pintor, poeta y escritor, Noguerol deja su impronta en imágenes propias y joyas prestadas desde la paleta de su ordenador, obras que evidencian una visión pletórica, oscura, vibrante, serena, según el caso.


EL BAILARÍN Y EL PERRO

Boris Mišić

 

Por un instante pensé que lo lograría. Alcancé el puente y, del otro lado del río, me aguardaba la seguridad. Cuatro de mis guardias ya habían llegado. A pesar de la distancia, reconocí sus rostros: Ark, Dani, Astor, Luk. Guerreros experimentados, curtidos en incontables batallas. Sus poderosos corceles negros nos llevarían con rapidez a la seguridad de la Pustara.

Me detuve, cuidando de no perder de vista a los tres asesinos del rey que se me acercaban lentamente. Los evaluaba por sus movimientos: en apariencia relajados, pero cautelosos, con un andar casi inaudible, como grandes felinos. Se distribuían en círculo, procurando que en ningún momento los tres estuvieran al alcance de mi espada. Sabían con quién se enfrentaban. No retrocedieron ni siquiera cuando vieron a los guardias.

Sentí el cambio incluso antes de sacar la espada de la vaina. Como si una gran sombra hubiera caído sobre el puente. Sobre el mundo. No sabía con certeza si el viento de la Pustara había llevado su olor hasta mis fosas nasales, o si simplemente nos habíamos sentido el uno al otro, como las bestias siempre se detectan entre sí. Mientras los hombres del rey me rodeaban, lancé una mirada furtiva al otro lado del puente.

El Perro había llegado.

Era una mole gigantesca, tan grande como un elefante, de piel negra y áspera, bajo la cual ondulaban innumerables músculos. Sus mandíbulas estaban erizadas de filas de dientes que perforaban y desgarraban la carne con mayor precisión que cualquier cuchillo o espada. El Perro tenía un solo ojo enorme, del que brotaba una pasión asesina y ancestral. Aquel ojo irradiaba inteligencia; en sus profundidades vi los corredores del tiempo. Sabía cuán antiguo era el Perro, sabía que había caminado solo por la Pustara bajo las estrellas frías, mucho antes de la aparición de los hombres.

Casi al mismo tiempo, como si nos leyéramos la mente, nos movimos, el Perro y yo.

Uno de los hombres del rey arremetió furioso contra mí. Retrocedí, aparentando ceder ante su ímpetu. Todo en el combate está en la mente. Brazos, piernas, espadas: son solo herramientas. La clave del éxito es la cabeza. Leer las intenciones del adversario; ocultar las propias.

Mientras retrocedía, el segundo asesino se me acercaba en silencio. Vi el destello de satisfacción en su rostro: estaba exactamente donde él quería que estuviera. Le leí el pensamiento en la cara; en uno o dos segundos me atravesaría con la espada.

De pronto me dejé caer en una media cuclillas. Sentí cómo la hoja silbaba sobre mi cabeza y rozaba mi cabello. Vi la decepción en el rostro del hombre, pero no tuvo tiempo para más: mi espada le cortó los tendones.

Me incorporé a tiempo para que otra hoja pasara zumbando junto a mi cabeza; atravesé el vientre del segundo asesino y cayó de rodillas. Al otro lado del puente también danzaban las espadas. No tenía nada que reprochar a mis guardias: eran magníficos. Pero justo cuando parecía que lo lograrían, el Perro, de manera casi mágica pese a su tamaño, esquivaba cada golpe. Ark levantó la espada apenas un instante tarde, y las mandíbulas se cerraron alrededor de su garganta. Vi a Dani bajar la espada; estaba convencido de que esta vez la hundiría en la cabeza o en el ojo del Perro. Maldito sea: mis amigos luchaban por su vida, y yo casi sentí pena por que aquella criatura majestuosa abandonara el mundo. La espada no alcanzó el objetivo. Una poderosa zarpa se abatió y tiñó de rojo el vientre de Dani.

Rematé al primero, ya sin piernas. El tercero intentó varias fintas que rechacé de manera rutinaria. Decidí acortar el combate y ayudar a los míos. El puente estaba lleno de irregularidades y salientes; durante siglos lo habían transitado incontables caravanas de mercaderes y aún más ejércitos. Pisé mal, aparenté flaquear. Los ojos del asesino brillaron con un fulgor victorioso. Murió de una forma rápida, casi indolora. Sus ojos conservaron la expresión de triunfo mientras, en menos de un segundo, pasaba al Baile y le cortaba el cuello y la garganta.

Me volví para correr hacia mis compañeros.

Demasiado tarde.

Luk yacía en un charco de sangre.

Astor lanzó un último ataque desesperado. El Perro lo esquivó con facilidad y descargó un zarpazo. Observé, hipnotizado, la cabeza de Astor volar hacia el agua, casi cien metros más abajo.

El Perro giró y en ese momento nuestras miradas se cruzaron.

«Tú eres el Bailarín», oí la voz antigua y profunda de la bestia en mi mente. «No eres un cobarde, como la mayoría de los bípedos. No duermes junto al fuego, en una cama caliente. Tu hogar está en una tienda, bajo las estrellas de la Pustara. Amas el olor de la sangre. Amas el miedo en el rostro de tus enemigos. No te despedazaré, mortal. No te arrancaré la cabeza. Un guerrero así merece respeto. Beberé tu sangre. Tu sangre me dará fuerza. Estoy cansado de la Pustara, mortal. Cansado de la soledad. La he olido. En las Tierras Verdes, a cientos de leguas de aquí, de donde tú vienes, en los sótanos del palacio del rey… allí retienen a mi hembra, mortal. Solo somos dos en este mundo. Me prometieron, mortal, que cuando te matara, mi hembra sería liberada. Juntos cazaremos lobos y manadas de bisontes en las Tierras Verdes. Juntos cazaremos hombres, Bailarín. Te recordaré mientras cazamos».

La voz resonó ahora en la mente del Perro.

«La Pustara es mi hogar. No amo las Tierras Verdes. No amo a los nobles viscosos, a las damas empolvadas y flácidas, sus intrigas y sus bailes. No amo las ciudades cuyas puertas y murallas me asfixian. Amo el olor de la arena y el frío de las noches del desierto. Amo el aroma de la libertad, el ardor de las tormentas de arena y la mirada de los antiguos dioses de piedra. Siento tu edad, Perro. Siento la red de la que has salido, la oscura perrera sin tiempo, perdida entre las estrellas. No confíes en el rey ni en sus hombres. No liberarán a tu hembra. No vayas a las Tierras Verdes. Allí habita el mal. Regresa a la Pustara. La Pustara es libertad, Perro. Primigenia, salvaje… antigua. Permite que bailemos juntos… permite que cacemos juntos. Somos uno: Hombre y Perro. Bailarín y Perro».

El silencio se prolongó durante una eternidad. El ojo gigantesco e inmóvil me atravesaba, penetraba en los corredores más profundos del alma; nada podía ocultársele. Veía todos mis miedos y toda mi fuerza. Esperaba la respuesta, y la respuesta era una sentencia. No tenía ilusiones. Si el Perro decidía que ya no merecía caminar bajo las estrellas, ni todas las artes del Baile podrían salvarme. Vi sombras jugar sobre sus músculos poderosos, sentí una estructura que se movía bajo su piel y supe que no era de este mundo, que había llegado desde lejanos universos. Alguna luz inconcebible.

O tal vez oscuridad.

El ojo se cerró por un instante y, cuando volvió a mirarme, supe que la sentencia estaba dictada. No sentí miedo. Muy al fondo de aquellos pozos oscuros vi la negrura infinita de la preexistencia, nebulosas lejanas y brazos galácticos, agujeros negros, cuásares, entramados informes e incoloros de innumerables dimensiones y mundos sellados tras ellos. Con alguna parte de su mente, el Perro aún corría por esas praderas cósmicas, y mientras sus patas surcaban la Pustara y las Tierras Verdes, mientras en sus fosas nasales se arremolinaban la arena y los poderosos aromas tropicales, supe que todo aquello era solo un sustituto, una estación pasajera rumbo a lo eterno y maravilloso… el lejano, celestial coto de caza.

Cerré los ojos. Si debía morir joven y en la plenitud de mis fuerzas, que fuera ahora, y que lo hiciera esta criatura sublime, este monstruo perfecto. Sonreí: la situación era un poco absurda; casi amaba a mi asesino.

Vamos, Perro. Hazlo.

El hombre del rey estaba muriendo. A medida que las entrañas se le derramaban, también se le escapaba la vida. Lo último que vio, habría jurado que lo vio… fue una visión prodigiosa, casi imposible. Un enorme perro negro de un solo ojo, tan grande como un elefante, llevaba sobre el lomo a un hombre conocido como el Bailarín. Vio una alegría inconmensurable en sus rostros, como si hubieran encontrado algo que llevaban siglos buscando.

La conciencia se le nublaba, todo giraba a su alrededor. No pudo discernir hacia dónde había corrido la extraña pareja, ¿en qué dirección?

¿Hacia las Tierras Verdes o hacia la Pustara?

Nunca conocería la respuesta.

Boris Mišić nació el 6 de mayo de 1974. Vive y trabaja en Novi Sad, Serbia, donde se graduó de la Facultad de Derecho. Sus relatos de fantasía, ciencia ficción y terror se han publicado en varias colecciones y revistas de Serbia y la región: Iron GateGuardians of the Golden Fleece 2, Something Breathes in my CakeShades of EvilShades of Time, Besan, Maksim, Omaja, UBIQ, Regia fantasticaVarios de sus relatos fueron traducidos al esloveno y publicados en la revista eslovena de ciencia ficción Supernova. También publicó tres colecciones independientes de relatos de fantasía y terror: Šatorica Fairy, Bells of Heaven y Heart of Dinara.

 

martes, 17 de febrero de 2026

SONATA PARA UN MUNDO NUEVO

Daniel Frini

 

La nave se deshizo al cruzar un campo de asteroides mientras viajaba a un treinta y tres por ciento de la velocidad de la luz. Antes, cuando la AI tuvo la certeza de que la desintegración era inevitable, ordenó a los automatismos que activaran las cápsulas de seguridad. Algunas se atomizaron, como la nave. Otras, pusieron dirección al planeta.

Cruzaron el límite de Kármán a una velocidad muy superior a la de seguridad, y no resistieron la fricción ni el calor consecuente. Se desguazaron en la atmósfera, en millones de pedazos. La mayoría de ellos no llegó a la superficie. Todas las cápsulas, menos una.

Sin embargo, su aterrizaje fue violento e incontrolado. El reactor se partió y, en milisegundos, un pulso en forma de radiaciones ionizantes y neutrónicas mató a quienes la ocupaban. A todos, menos a él.

Los gases neuronales lo sacaron del sueño de la animación suspendida. El caos, el ruido de las alarmas –infinitas–, el humo y el olor penetrante y ácido lo aturdieron. Necesitó varios minutos para sobreponerse y entender qué había pasado. El gusto metálico en su boca le indicó la rotura del reactor. Una mirada a su alrededor, le mostró que todos estaban muertos, y que ni siquiera habían dejado sus nichos. Una lectura rápida de los escáneres le mostró que no había nadie –ni nada– de su mundo, con vida, en una esfera de cuatro años luz de radio, centrada en su posición. Es decir, la nave había muerto. Y estaba solo.

Su situación le resultó clara, y esa comprensión lo golpeó, dejándolo sin aire. Los años de preparación, su entereza y su sangre fría le impidieron gritar. Gimió. Un nudo inconcebible le impedía tragar. Intentó llorar, pero las lágrimas se negaron: era el último habitante de su mundo.

No lo habían logrado.

 

Todos vieron aproximarse el apocalipsis, las señales fueron claras durante mucho tiempo, los cambios no podían presagiar nada distinto. Pero, por alguna razón inexplicable, quienes estaban en posición de encontrar e implementar una solución, no solo fueron incapaces de hacer algo por detener la debacle, mientras esto fue posible: tampoco lo intentaron. Peor aún, negaron el problema. Así pasaron años, décadas, siglos.

Mucho tiempo después, cuando todo estaba perdido, algunos gobernantes aventuraron explicaciones que, en realidad, no convencieron a nadie y, por supuesto, no aportaron nada que mostrase un mínimo resquicio para avistar un remedio. No quedaba otra cosa que salvar las sobras. Y la memoria. Pero tampoco aquí fueron capaces de consensuar una solución, y se perdieron los últimos e invaluables momentos de la civilización.

Al menos, ellos, su grupo, lo intentaron.

La idea no era, para nada, original. Construir diez naves a las que subirían todo lo que pudieran salvar de su mundo. Diez arcas. Diez backups.

Pero, ¿qué salvar? Esto implicó un cúmulo interminable de selecciones al azar, sin planificación ni proyecto; apenas con una vaga idea, un propósito indefinido, más centrado en las ganas de ganarle a la muerte que a un propósito concreto. Para ellos estaba claro que ya no había tiempo para otra cosa. ¿Qué dejar? ¿Qué llevar? ¿Qué condenar, no a la muerte, sino al olvido?

Tanta riqueza, vida, especies, historia, recuerdos. Tanta cultura. Un millón de años de cultura.

Además, ¿adónde ir? Decidieron que cada una de las diez naves viajaría a un planeta distante de los millones que, en miles de años, habían encontrado girando alrededor de estrellas lejanas; aquellos más cercanos al Planeta Madre ya habían sido visitados y resultaron ser inhabitables. Allí aparecía otra de las tantas y tan importantes cuestiones imposibles de contestar ahora: ¿por qué no se había preparado alguno de estos mundos para una eventualidad aún mucho menor que la de la extinción de la vida en el Planeta Madre? Tenían tecnología para hacer habitable otro mundo. ¿Entonces?

No había otra opción más que buscar en las estrellas alejadas; y apostar, porque no había forma de saber si lo que había ocurrido antes –la imposibilidad de encontrar un planeta capaz de ser habitado–, podía, con solo mirar desde los observatorios en órbita, revertirse. Era una apuesta de muerte.

Se comenzó por seleccionar mundos de entre los más estudiados en el pasado, y se descartaron aquellos que presentaron alguna duda. Se estudió otros que reemplazaran a los rechazados, en un proceso recurrente que arrojó, al fin, diez posibles objetivos; el más cercano, a unos mil doscientos años luz, y se los repartieron. A su nave se le asignó un pequeño mundo azul, a mitad de camino entre el centro y el borde de la galaxia, sujeto gravitacionalmente a una estrella pequeña –una enana blanca de tipo G–, a unos dos mil quinientos años luz de distancia. Para cuando llegasen, si llegaban, haría muchísimo tiempo que su mundo se habría transformado en inhabitable y, probablemente, habría desaparecido.

Preguntarse si podrían llegar no era vano. No sabían tan solo si podían alejarse del Planeta Madre. La única manera de llevar tamaña carga, era en naves con motores de  radiosótopos de positrones, pero de un tamaño tal que resultaban cinco veces más grandes que las más grandes jamás construidas. De esta manera, sería posible viajar a no más de  un cuarenta por ciento de la velocidad de la luz. Eso era lo máximo a lo que aspirar. Era necesario fabricarlas en el espacio, fuera del sistema, y cargarlas en un gran número de viajes, con naves convencionales de motores helicoidales.

Así se hizo.

Cuando las diez naves estuvieron cargadas y dispuestas, los tripulantes entraron en animación suspendida y la IA se hizo cargo de la ignición.

Él fue el designado para demorar su sueño y supervisar el comienzo del viaje. Aunque no podía ver las otras naves, sí detectó en los sensores, con horror, la inusual carga de antimateria que no podía significar más que la destrucción de, al menos, seis de las otras naves. También pudo ver, en las pantallas, cómo las tres restantes, giraron alocadas y comenzaron a caer hacia el centro del sistema, hacia la estrella. Su nave fue la única en sobrevivir y comenzó su viaje hacia el planeta asignado, lejano en espacio y en tiempo.

No quedaba otra cosa por hacer. Allá fueron.

 

Él era ingeniero y doctor en física nuclear, contaba con Grado III en experiencia de manejo de reactores de la clase W –uno de los únicos tres técnicos capaces de esto en su mundo– y era experto en armas de hidrógeno. Es más: él, como toda la tripulación, había sido mutado genéticamente para resistir 6500 rads de radiación ionizante. Sobreviviría a la exposición a los protones y partículas alfa de alta energía del espacio durante el larguísimo viaje; y a cualquier accidente. Y eso había ocurrido.

«¡Revisión!». Una voz proveniente de alguna parte de su cerebro lo devolvió a la realidad. Su templanza y su madurez mental lograron que se sobrepusiese al miedo. Reaccionó como su entrenamiento dictaba. De manera automática, verificó su estado y la existencia o no de heridas. Estaba en condiciones físicas aceptables. Controló su equipo, su exoesqueleto y sus armas. Todo bien. Verificó su comunicación con la cápsula de seguridad. Bien. Encendió los comandos de supervivencia. Funcionaban. Al menos, las baterías no habían perdido la carga. ¿Estado del reactor? Fugas de radioisótopos. Él resistiría.

¿Dónde estaba? Tecleó los comandos en la computadora. La pantalla se ilumino. Era el planeta correcto. ¿Y la estrella? No hacía mucho se había ocultado tras el horizonte. Estaba en el lado oscuro. Tocó, en la pantalla, el botón virtual «Comprobación y exploración». Era un mundo habitado. Y con un grado de civilización Tipo 0, pero a cien o doscientos años de alcanzar el Tipo 1. Hizo una mueca de disgusto; que, muy pronto, cambió por un gesto de esperanza. Quizá los nativos pudiesen ayudarlo.

 

Lo inundó un optimismo que era impensado hacía, apenas, segundos. Si lograba comunicarse con ellos, podría hablarles de su mundo.

No había nada orgánico para salvar, salvo su propio cuerpo. Pero, aun cuando esto era mejor que nada, él era sólo una minúscula muestra de la diversidad que alguna vez había conocido, aunque los discos rígidos que estaban en la cápsula contenían un back up de toda la información de la nave; de manera básica, una bitácora con todo el conocimiento de su civilización. Y, quizá, el grado de desarrollo de la ingeniería genética de los nativos podría reproducir el genoma de, aunque sea, una parte de las especies de su mundo; y, por supuesto, guardar y conocer toda su cultura.

Ahora, fue su esperanza la que lo golpeó. Su idioma no se perdería. Los idiomas de su mundo no se perderían. La música, el arte, la literatura, la geografía, los paisajes –los hermosos y queridos atardeceres de su sol–, las selvas, los desiertos, los hielos, la nieve, el mar, las arenas de las playas, las ciudades, la tecnología, las plantas, los animales. La historia, su historia, la historia de su civilización; los excelentes logros de culturas antiguas, los poemas grabados en tablillas de barro y las inmensas bibliotecas de pergaminos. Y, por supuesto, las guerras, las muertes, las plagas, la destrucción, la sobreexplotación, los asesinatos y genocidios, la esclavitud y la maldad. Y el ocaso –estúpido, idiota, y enajenado– de su mundo.

—Ellos podrían usar nuestra experiencia y evitar lo que nos destruyó a nosotros —se sorprendió hablando en voz alta, entusiasmado—. No solo podré conservar la memoria de mi civilización. ¡Lo que tengo para ofrecerles puede salvar su propio mundo!

Por supuesto –lo sabía–, los nativos tergiversarían la información, la utilizarían con parcialidad, se ocultarían material sensible unos a otros. Conocerían sus armas y su increíble poder. Se sorprenderían con la posibilidad de dominar el espaciotiempo, de viajar a las estrellas vecinas; de curar todas las enfermedades, y se disputarían el conocimiento; pero allí estaría él para prevenirlos y evitar estas desagradables situaciones.

Se convenció, por fin, de lo que era evidente. Los nativos iban a reconstruir el mundo perdido, su cultura y su gente. Pero, mucho más importante que eso, él iba a salvarlos de su propia aniquilación,

 

¿Era posible comunicarse con ellos, con los nativos?

En la pantalla, pulsó el botón virtual que indicaba «Información. Comunicación y lenguaje». La computadora indicó que escaneaba señales. La barra de estado avanzaba con lentitud exasperante. Luego, leyó en la pantalla: Información insuficiente para determinar el número de especies existentes. Estimación: 9x106 especies distintas. Arqueó los ojos en un gesto de sorpresa. Una especie dominante identificada. Cantidad estimada de individuos de esta especie en el planeta: 7x109. Proximidad de individuos de esta especie: Cuatro individuos, a dos mil metros. Características de los individuos: detectan radiación electromagnética por ojos, 380 a 750 nanómetros, muy reducida en el lado oscuro del planeta; detectan ondas de presión por oídos, 20 hertz a 20 kilohertz; detectan productos químicos por lengua y nariz; detectan temperatura y presión a través de cubierta externa. No detectan campos magnéticos. No detectan radioactividad. Identificación de conceptos matemáticos: sistemas predominantes, base diez, base dos y base sesenta; conocimiento de cero e infinito, conocimiento de números primos, conocimiento de números irracionales e imaginarios; conocimiento de números e, pi y phi. Identificación de conceptos físicos: conocimiento de la constante de Planck; conocimiento de la constante de gravitación; Conocimiento de la permitividad eléctrica en el vacío; conocimiento de la permeabilidad magnética en el vacío. Identificación de conceptos químicos: conocimiento de capa de valencia. Identificación de concepto de lenguaje en individuos: repetición de sonidos, identificada; ratio de entropía, calculado. Nivel de posibilidad de comunicación: bueno. Información de cod/decod descargada a dispositivo móvil. Información topográfica descargada a dispositivo móvil. Información de entorno descargada a dispositivo móvil.

«Cuánto por enseñarles», se dijo. Ubicó la vivienda de los nativos. No se detectaban problemas en el camino. Revisó, otra vez, su equipo. Emprendió la marcha. La más grande marcha. La que le daría sentido a su epopeya. La que salvaría la memoria de su mundo. La que salvaría a este nuevo mundo de sí mismo.

 

Se sorprendió con el tamaño de la vivienda. Los nativos debían ser enormes. Consultó con su dispositivo móvil. Presionó «Fisonomía» en la pantalla. Allí estaba la información. Si. Había dos que tenían unas cincuenta y cinco veces su tamaño. Los otros dos, eran unas treinta y siete veces más grandes.

La adrenalina lo inundaba. Ese era el momento. Entró a la vivienda.

 

La mujer se levantó para llevar los platos a la pileta de la cocina. La cena había estado bien. Su marido estaba satisfecho y le guiñó un ojo. A los niños les encantaba el pollo al horno.

Dio dos pasos y miró al piso.

—¡Puta madre! —dijo, y dio un fuerte pisotón que resonó en el comedor.

—¿Qué pasó? —la interrogó su esposo.

—Nada. Una cucaracha —contestó ella.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

 

PLASTER CASTER

Domenico Gallo

 

Conozco a Rachel Plastercaster en su elegante loft, en el último piso de un viejo edificio industrial de Nueva York.

—Esta era la sede de una empresa que fue asaltada durante las grandes huelgas del 19. Los obreros derrotaron a la milicia privada, los Pinkerton, creo, y entraron aquí durante una reunión del consejo de administración. Fue una auténtica carnicería. —Rachel me invita a sentarme en el archipiélago de sofás que ocupa el enorme espacio en el que nos encontramos—. Tengo cuarenta y siete años —continúa, riendo, mientras se sirve un vaso de vodka—. ¿No tenías curiosidad por saberlo?

—No sé si habría tenido el valor de preguntarlo —respondo, un poco intimidado por encontrarme frente a una de las groupies más famosas de la historia del rock. Mientras tanto, trago un sorbo demasiado generoso del licor que tengo en la mano.

—¿Dónde escribes? —me pregunta Rachel con alegría. Evidentemente el nombre de la revista que le repetí por teléfono no se le quedó grabado.

Le paso un ejemplar. A pesar de los años sigue siendo una mujer atractiva, rubia, alta, con dos ojos azules cansados y acuosos.

Pulp. Un bonito nombre —me dice amablemente mientras hojea la revista con rapidez—. ¿Tiene algo que ver con Tarantino? Yo lo conocí en una fiesta horrible allá por Orlando.

—Digamos que nos gustaba su recuperación de la cultura popular. —Rachel me observa con aburrimiento y sonríe—. ¿Cómo empezaste tu carrera de groupie? —pregunto de pronto, dando comienzo a la entrevista.

—Por casualidad —ríe y lanza Pulp sobre el cojín de un sofá—. Estaba en Chicago, en un concierto de Alice Cooper, y me puse a esperar al grupo fuera de los camerinos. Había un gentío gritando y empujando. Recuerdo que un gordo sudado se me pegó y no dejaba de meterme las manos entre los muslos. Entonces se abrió la puerta y un gorila nos preguntó, a mí y a un par de chicas que estábamos allí delante, si queríamos entrar. Naturalmente dije que sí. —Rachel vuelve a reír, mostrando una fila de dientes excepcionalmente blancos—. En diez minutos me encontré en una orgía.

—Háblame de Alice Cooper…

—Y quién lo vio… Aquellos eran solo los técnicos del grupo, pero me quedé con ellos, moviéndome de concierto en concierto, hasta que conocí a Cynthia. Fue en Buffalo, estaba detrás de Eric Clapton…

—¿Ya había empezado con los moldes?

—Claro, aunque no tenía muchos. No se le daba muy bien…

Rachel se levanta y me invita a seguirla.

—Ven, te muestro mi colección.

Me precede hasta un pequeño estudio. Detrás de dos puertas de cristal, los moldes están dispuestos con orden impecable, blancos o grises, como una colección de soldaditos o de relojes. Me acerco para leer las plaquitas colocadas con precisión delante de cada objeto.

—Eric Burdon, Ricky Fataar, Pete Townshend, Sterling Morrison, Mascara Snake, Noel Redding, Carl Palmer, Jimi Hendrix, Neil Young, Frank Zappa…

—También él —exclamo sorprendido al observar el molde del pene que reposa junto a decenas de otros—. Pensaba que Zappa…

—También Zappa, naturalmente.

Rachel abre la vitrina y empuña el trofeo con las manos. Produce una impresión particular ver a esta mujer sosteniendo una copia en yeso del pene de Frank Zappa.

—Cynthia no lo logró, pero yo fui más insistente.

Vuelve a reír, feliz por el regreso de aquellos recuerdos.

—¿Cómo lo hacían? —pregunto un poco incómodo.

—Al principio seguía a Cynthia Plastercaster, que fue quien tuvo la idea de los moldes. Abordábamos sin falsos pudores a las estrellas del rock; Cynthia preparaba el molde mientras otra del grupo, a menudo yo, nos encargábamos del pene de la víctima…

Rachel empuña el pene de Frank Zappa y se lo acerca a los labios.

—En fin, lo tomaba en la boca hasta que estaba lo suficientemente duro para el molde, luego Cynthia lo colocaba en una forma llena de alginato, un polvo usado para moldes dentales. Y listo.

Rachel me pone el molde de Zappa en la mano para sacar otro de la vitrina.

—Jimi Hendrix me volvía loca —dice poniéndome delante el pene de mi guitarrista favorito—. Estaba tan excitado que eyaculó dentro del molde…

—¿Y cuándo dejaron de hacerlo?

—Nunca.

Me sonríe mientras vuelve a guardar las reliquias.

—Me buscaron para hacer un molde de Kurt Cobain, pero la era del rock había terminado, al menos para mí.

Rachel abre una caja metálica.

—Sigo con otros sujetos que me interesan: performers, periodistas, algún recordista de atletismo, amigos, entrevistadores…

Se vuelve hacia mí y vuelve a reír.

Rachel cruza la habitación lentamente hasta el equipo de música. Comienzan los acordes de “New Age”, una vieja canción de los Velvet. La veo de espaldas mientras manipula una mesita, luego oigo el ruido de un grifo abierto. Rachel se desabrocha la camisa y la arroja sobre una silla de mimbre. Los pechos son pequeños, con las areolas oscuras. Un pequeño tatuaje azul, casi indistinguible, de forma indefinida.

—Siéntate aquí, Pulp.

Me hundo en un sofá mientras Rachel me quita los jeans.

—No eres como Zappa… ya estás casi listo.

Cerca de ella, en el suelo, hay un recipiente que contiene una pasta repugnante.

La música continúa mientras Rachel me lame el glande y me masturba con delicadeza.

—Bien, ahora te hago el molde.

—¿Y si se pone…?

Las palabras no me salen con facilidad.

—No te preocupes, soy una vieja plastercaster.

Rachel se quita los jeans y toma uno de sus penes de la vitrina. Se tumba a mi lado y me lo ofrece. Sin pensarlo, la penetro.

—¿De quién era este? —pregunto mientras voy y vengo y mi pene está prisionero del molde.

Rachel me besa.

—De uno de Afterhours —confiesa suspirando—. Pero no te diré de cuál.

Domenico Gallo (Génova, 10 de julio de 1959) es un escritor y traductor italiano. Ha ganado el Premio Italia en tres ocasiones. Dirige la colección Fantascienza e Società para Mimesis Edizioni y es uno de los aficionados más activos a la ciencia ficción italiana. En 1979, lanzó Crash, una publicación underground dedicada a la crítica de ciencia ficción (dos números). Posteriormente, junto con Bruno Valle, editó Intercom, el fanzine italiano de mayor trayectoria en la historia de la ciencia ficción (149 números), que posteriormente se convirtió en una revista digital. En la década de 1970, militó en Un'Ambigua Utopia, el colectivo marxista de estudios sobre lo imaginario.

 

LA ÚLTIMA ARENA SOBRE LA COLINA DEL VIENTO

Husein Kamel Sadoon

Viví dentro de un libro. Era una novela romántica escrita por un joven autor brasileño. Me sumergí tanto en la lectura que terminé entrando en uno de sus capítulos, donde dos amantes necesitaban inmortalizar sus encuentros en un parque público.

Sentí un mareo intenso; mis ojos parecieron volverse metálicos. El paso de la realidad al mundo de la novela fue denso, cargado de humo y vertiginoso. No me dio tiempo ni siquiera de arreglar mi cabello para el encuentro de los amantes, mientras ellos buscaban a alguien que documentara su sesión fotográfica conmemorativa.

Me deslicé entre los árboles como un conejo. No percibieron mi presencia. Me acerqué, hablé con ellos y acordamos realizar cuatro sesiones en distintos lugares del parque.

En la última sesión me volví audaz. Le indiqué al joven que la besara de una sola vez, con calma y en silencio. Ella se negó, temerosa de que algún conocido los viera en el parque y se arruinaran sus citas. Sin embargo, tras una breve conversación romántica, la joven cedió. Él se acercó y posó sus labios sobre los de ella, mientras yo permanecía cerca, observando desde detrás del lente, como si asistiera a una escena cinematográfica.

Cuando terminé, les di una fecha para recoger las fotografías y salí del libro rumbo a casa, hacia la mesa de lectura, con el deseo de conocer el destino de aquellos amantes que se perdieron de mi vista entre la multitud, como una hoja que cae de un árbol y el viento dispersa en el bosque.

Salí en busca de un autobús que me llevara a casa. Todos estaban repletos de pasajeros, lo que me obligó a dirigirme a la estación del tren. Cuando llegué, ya había partido. Quedé atrapado dentro de la novela sin haberlo previsto; todas las salidas estaban cerradas. Incluso el taxi me resultaba extraño y amenazante, hasta que terminé vendiendo mi cámara, después de revelar las fotos y entregarlas al guardia del parque.

La única solución que se me ocurrió fue avisar a mi familia. Llamé a mi hermano, quien me había advertido que no entrara a mi habitación durante la lectura y que cerrara la puerta detrás de mí. Pero había olvidado el título de la novela. Mi hermano Ahmed era un lector apasionado de libros religiosos; ¿cómo convencerlo de que estaba leyendo una novela romántica sobre dos amantes en Brasil? Pensé en extenderle la mano para que me sacara de allí, pero sabía que no sería fácil. Decidí arrastrarme hacia él cuando rompió la puerta de mi habitación y entró. Aun así, me sentía prisionero del mundo narrativo por haber olvidado el título del libro. No revisó mis cosas. Tal vez el título era “El amor en un parque público” o “La última arena sobre la colina del viento”. No me encontró ni el parque ni las arenas de Brasil. Y aquí sigo, esperando que los lectores me rescaten para regresar sano y salvo a casa.

 Traducción Abdul Hadi Sadoun

Husein Kamel Sadoon es un cuentista iraquí contemporáneo pertenece a la nueva generación de escritores de cuento en Irak posterior a 2003. Inició su trayectoria centrada en el relato corto, y su estilo se caracteriza por la experimentación artística y un lenguaje condensado de fuerte dimensión visual y simbólica. Ha publicado dos libros de relatos; Quien encontró la sandalia de Gandhi (2022) y El barrendero del Apocalipsis (2025). Es considerado una de las voces narrativas prometedoras que buscan renovar la forma y el contenido del cuento iraquí contemporáneo.

 

lunes, 16 de febrero de 2026

UN INTRUSO

Pragya Gautam

 

La acción de este relato se desarrolla en un pueblo enclavado entre las aisladas y brumosas colinas de Himachal Pradesh, en la India. Yo estaba sentada con la señora Liza en su cabaña, oculta entre antiguos cedros deodar. La anciana debía rondar los ochenta años, pero sus ojos agudos conservaban aún el brillo de una mente lúcida. Era una científica jubilada y vivía sola en ese lugar, a cientos de kilómetros de su tierra natal.

Mis ojos se posaron en su rostro sereno. Mientras la escuchaba, observaba con atención cada una de sus expresiones faciales.

—… Así que sí, como te relataba, solía hacer muchos viajes de ese tipo por mi trabajo en aquellos años… Tenía entonces treinta años, era una mujer joven y entusiasta, completamente entregada a mi labor… Estaba ganando reconocimiento internacional como astrobióloga… —dijo, y se detuvo un instante. Su rostro reflejaba la gloria de su pasado—. Lo que te voy a narrar ocurrió cuando fui invitada al sur de Arizona. Allí se encontraron restos en un desierto aislado, cerca de un pueblo. Aquellos desechos sospechosos fueron enviados al laboratorio. Tras inspeccionarlos y recoger muestras, fui por la tarde a reunirme con los aldeanos. Fue allí donde lo conocí por primera vez…

Mientras hablaba, comenzó a limpiar sus gruesas gafas, y luego se sumió en pensamientos profundos. Sus ojos, de un azul claro, parecían buscar algo muy lejos. Aquellos instantes intensos realzaban su brillo, ocultando su verdadera edad. Apartó suavemente uno o dos mechones dorados de su corto cabello cortado estilo bob. Mi mirada viajó de su rostro a la bandeja antigua y a las dos encantadoras tazas de café que estaban sobre la mesa. Cada taza tenía un nombre escrito: una decía Liza y la otra Royce.

—El café se está enfriando, señora Liza… —dije para sacarla de su ensimismamiento.

—Oh, lo siento… por favor, bébelo… —dijo, y tomó la taza que tenía escrito “Liza”.

Yo dudé en tomar la otra taza. La dejé de nuevo en la bandeja y luego bebí mi café de un solo trago; a esas alturas ya no podía decir que estuviera caliente. Ella seguía bebiendo despacio y, con cada sorbo, parecía hundirse más en sus pensamientos. No pude evitar observar la habitación.

Detrás de ella, en una pared marrón chocolate, colgaban varios cuadros grandes. A mi derecha había ventanas cubiertas con cortinas blancas y vaporosas. La brisa suave que entraba por una ventana abierta apartó ligeramente la tela. Era el inicio de la primavera. Los geranios de rojo intenso del jardín esparcían un aroma embriagador en la habitación con cada ráfaga, haciendo el aire más fresco.

Su rostro redondo adoptó, por un momento, la expresión versátil de una adolescente. Un rubor encantador le subía de las mejillas a las orejas, sus labios se curvaron en una sonrisa inocente y las finas arrugas de la edad alrededor de la boca parecieron borrarse de golpe. Al posar la mirada en mí, continuó hablando.

—¡Qué personalidad tan carismática tenía! Al principio no le presté atención. Era por la naturaleza de mi trabajo… no se me permitía compartir información con otras personas. Luego ocurrió como Dios quiso… llamémoslo coincidencia… se cruzó conmigo en distintos lugares… No sé qué me impulsó a revelarle todo sobre mi investigación… Tenía algo que atraía. Incluso le conté cosas que no debían haberse contado… Solíamos tener discusiones largas… insistía en que declarara errónea mi investigación… Sin duda discutíamos, era una guerra de palabras… pero me gustaba… Tengo muchas fotos de aquellos días… ¿te gustaría verlas? —preguntó, emocionada, sosteniendo la taza con ambas manos.

—Sí, claro… y después se casó con él, ¿verdad? —pregunté.

—Él no quería casarse, pero cuando insistí y lo presioné, aceptó. Pero apenas unos días después… —se detuvo, sin terminar.

—He oído que también tuvieron un hijo… —dije. Al oír eso, los ojos brillantes de la señora Liza se volvieron sombríos y se llenaron de lágrimas. Sentí de inmediato mi metida de pata. Me levanté, algo desanimada—. ¿Quería mostrarme algo, señora Liza? —intenté cambiar su ánimo.

Ella dejó la taza en la bandeja y se puso de pie.

—Ven conmigo, por favor… —dijo, avanzando.

La seguí: crucé el pasillo y entré en el estudio. Era una habitación espectacular, decorada con piezas artísticas. Me indicó que me sentara en una silla cercana y comenzó a sacar cosas de un armario. Tenía una colección de objetos raros que quería enseñarme. Colocó con cuidado un álbum pesado sobre la mesa y sacó algunas fotografías. Eran imágenes de cosas que se habían encontrado entre aquellos restos en el sur de Arizona. Empezó a hablar de ellas con entusiasmo. Ya no parecía melancólica.

Pero yo, sinceramente, no tenía interés en esas cosas: en aquellas fotos nada se veía entero ni sólido. Eran solo desechos; además, algunas imágenes se habían vuelto borrosas con el tiempo.

En una fotografía aparecía un fragmento cuadrado pequeño. A ella se le iluminaron los ojos al verlo.

—Esta pieza se encontró allí mismo. La envié para análisis de ADN… —dijo.

En otra fotografía aparecía un hombre apuesto.

—¿Es Royce? —pregunté, impulsada por la curiosidad.

—Oh, no, no… Este es el doctor Mike… un astrofísico. Esos restos se estaban examinando bajo su supervisión… Y este sí es Royce… —extendió el brazo para mostrarme otra imagen.

—Vaya… impresionante… —dije, cambiando de expresión.

Medía casi dos metros. Era un hombre llamativo, de presencia firme. Sus rasgos sugerían que provenía de Oriente Medio. La foto estaba tomada cuando miraba la puesta de sol, de pie junto a un lago. En otra imagen, los dos estaban sentados en una mesa de café, absortos el uno en el otro.

—Su rostro… quiero decir, él… —me interrumpí.

—¿Verdad que era apuesto? Como te decía: lo conocí cuando fui a visitar el lugar donde se hallaron esos restos.

—¿Qué hacía él allí? —mi curiosidad no tenía límites. Ahora la historia me interesaba de verdad.

—Parecía ansioso y caminaba de un lado a otro. Cuando me vio, se acercó por iniciativa propia. Me quedé atónita al verlo. Su rostro mostraba que no pertenecía a ese lugar… pensé que era un turista… —se detuvo un momento. Y luego me contó la historia—. Era un atardecer agradable. El clima en el sur de Arizona era como el de aquí ahora. La primavera acababa de estallar, cubriendo todo con mantos de flores intensamente coloridas. En el desierto florecían los cactus, los carrasquillos y el incienso. El entorno resultaba embriagador. —Hizo otra pausa y continuó—. Después de trabajar todo el día en un laboratorio cerrado, yo estaba agotada. Por la tarde fui sola a visitar el sitio. Quería hablar con la gente local para saber más sobre el incidente. Mientras conversaba con los aldeanos, él se acercó a paso rápido. Parecía un poco desaliñado. Me llamó la atención al instante. Se me olvidó todo: me quedé mirándolo unos segundos. Se detuvo a cierta distancia y escuchó nuestra conversación con mucha atención. Al rato se acercó a mí.

—Hola, soy Royce… Llevo aquí unos días… —se presentó.

—Ah… bueno… ¿podrías decirme qué fue lo que notaste allí? —pregunté de inmediato.

—Sí. Yo estaba caminando cerca de ese lugar… oí una explosión a cierta distancia y luego se incendió… pronto se reunió la gente del pueblo… y entonces… entonces me fui. ¿Tienes idea de qué pasó? —me preguntó, describiendo la escena.

—Todavía no… algunos dicen que algo cayó del cielo…

—¿De verdad? No lo creo… ¿tú también estás de viaje?

—No, no… Soy investigadora… Me llamo Liza. Vine a visitar el instituto de investigación de aquí por mi trabajo… y pensé en pasar por aquí a mirar…

Mi presentación fue breve e insuficiente.

—Es un placer conocerla, señora Liza… Oí que la gente del instituto se llevó el objeto que causó el incendio… —dijo.

—Sí, es cierto. Los aldeanos dijeron que cuando vieron aquello, estaba en llamas. Ellos apagaron el fuego… En fin… por suerte se salvaron algunas cosas… Ah… ¿qué te pasó en la mano? —pregunté al ver la venda en su mano derecha.

—Nada grave… solo una herida leve… Me pasó al correr para alejarme del área de la explosión… me apuré y me choqué con un cactus —explicó.

—¡Dios mío! Espero que no sea un corte profundo… —se me escapó.

—No se preocupe… es poca cosa… ¿puedo saber algo de esos restos? —preguntó.

—Se está investigando… los resultados tardarán… pero es confidencial —dejé claro.

—Le agradecería mucho si me ayuda con eso… —sus ojos rezumaban esperanza.

—Lo siento, tengo restricciones… —repetí.

Royce se desanimó al oírme. Estuvo un rato con nosotros, con los aldeanos y conmigo. Luego llegó un coche del instituto para recogerme.

Durante la investigación de las cosas halladas entre los restos, vi un bloque cuadrado grande, liviano, hecho probablemente de algo como fibra. Era lo único que no se había quemado por completo. Una parte seguía sin chamuscarse. Esa zona estaba cubierta por una sustancia pegajosa. Al analizarla, descubrimos que eran partículas de sangre y de carne. Yo me entusiasmó muchísimo. Mi viaje iba a ser un éxito. Envié esa muestra al laboratorio para que la examinaran. Dos días después recibí el informe. El equipo del doctor Mike y yo estábamos emocionados. El reporte bastaba para volver el asunto sensacional en todas partes. Era momento de hacer un estudio exhaustivo…

Me lo encontré otra vez en un café el día antes de que yo me fuera. Estaba con el doctor Mike y otros compañeros. Royce se acercó con gesto amable. Le presenté a Mike. También le pidió a Mike que le mostrara esos restos. Mike, astutamente, desvió el tema y empezó a hablar de asuntos relacionados con otros países. El pobre Royce no entendía nada…

Yo le dije que salía a la mañana siguiente. Él se veía molesto y me contó que también se iría en uno o dos días.

A la mañana siguiente tomé el vuelo hacia Ginebra. Me quedé allí una semana, cargada de recuerdos: el césped verde del Departamento de Astrobiología en la Universidad del Sur de Arizona, mi trabajo en el instituto hasta medianoche, discusiones detalladas durante horas con café sobre “vida en el espacio”, paseos por senderos floridos con Mike y otros colegas, una visita al Observatorio Nacional de Kitt Peak, los resultados sensacionales de las muestras… Todo era estimulante y emocionante.

Y, además, había otra cosa: un recuerdo agradable, un rostro encantador que no se apartaba de mi vista, algo que me hacía doler el corazón de vez en cuando… sus ojos curiosos e inocentes, su deseo de saber sobre aquellos restos… y mi reticencia.

Volví a concentrarme en el trabajo en un instituto de Ginebra y casi lo olvidé. Continué con la investigación de las muestras. Se realizó el mapeo y la secuenciación del genoma completo. Los resultados indicaron que esos genomas pertenecían a un ser humano. Pero quedamos atónitos al descubrir que el cromosoma “Y” había desaparecido por completo de la célula.

 

—Tres meses después —continuó Liza—, yo estaba en la India, ese país famoso por su conocimiento, su antigua historia científica y su patrimonio arqueológico. Supe de una biblioteca y un museo en Himachal que podían aportar material esencial para mis intereses e investigación. Allí me lo encontré otra vez, en la biblioteca. Ese encuentro inesperado me llenó de alegría. Me alojé un mes en una cabaña cercana. Él vivía con un yogui del Himalaya en un ashram, un monasterio. Desde entonces, se volvió rutina vernos a diario en la biblioteca.

No entendía por qué estaba tan empeñado en probar que las antiguas escrituras eran imaginarias o fantasiosas. Y… no sé… en esas largas discusiones, terminé revelándole los resultados de las muestras…

—Liza, ¿por qué crees que otras civilizaciones evolucionadas están en contacto con la Tierra? —preguntó.

—Antes no lo creíamos, y nuestros proyectos se limitaban a buscar microorganismos en cuerpos celestes… Pero después de recibir los resultados de las muestras halladas entre los restos del sur de Arizona… cambiamos nuestra percepción… —Me arrepentí de haber hablado sin freno.

—¿Qué era exactamente lo que encontraron en esos restos? Te lo pregunté muchas veces… y nunca me lo dijiste —aprovechó.

—Está bien… hoy lo sabrás. Puedes refutar lo que dicen los libros… puedes negar las hipótesis… pero no puedes negar la evidencia: la muestra que encontramos allí. No puedes negar los resultados de las pruebas… Obtuvimos de esos restos partículas de sangre idénticas a las de un ser humano desarrollado. —Por fin lo satisfice.

—Ah… así que era eso… Pero ¿cómo puedes afirmar que todo lo que cae del cielo está relacionado con una civilización espacial lejana?

—Tienes razón… podría ser una nave de la Tierra, o algo distinto… Pero los científicos del sur de Arizona vieron algo sospechoso. Yo ya había trabajado antes con Mike como especialista… por eso me llamó de inmediato… y los resultados fueron realmente impactantes. Ese ADN era de criaturas humanoides, pero algunos genes eran extraños. Suponemos que están más avanzados en la evolución que nosotros. Mi investigación lo demostrará con el tiempo.

Por fin le revelé todo sobre mi trabajo. Me escuchó con paciencia, pero no respondió de manera concreta. Seguimos viéndonos cerca de un mes. Esta vez yo quería pedirle su número de contacto, pero se fue sin avisarme. Incluso fui al ashram donde se alojaba y le pregunté al yogui, pero tampoco supo decirme nada. Me sentí triste y deprimida. No podía olvidarlo ni un instante. Su presencia majestuosa y sus ojos profundos me hacían confiar en él más allá de las discusiones que sosteníamos.

Pasó aproximadamente un año. Terminé mi investigación: realicé un estudio amplio y detallado de las proteínas y enzimas codificadas por esos genes peculiares, mediante métodos in vitro y en algunos organismos pequeños.

Entonces volví al sur de Arizona por invitación de Mike.

El doctor Mike, que lideraba la investigación, el doctor Irwin, que era coautor, y yo nos reunimos después de unos dieciséis meses. El propósito principal era discutir en detalle los resultados.

Nos sentamos otra vez, al atardecer, en el césped del Departamento de Astrología. El resto del personal ya se había marchado. Podíamos hablar sin interrupciones.

—¿Sabes, Liza, de qué estaba hecho el segmento del cual obtuvimos las muestras de ADN? —preguntó Mike.

—¡Sin duda era una sustancia inusual! Tengo muchas ganas de saberlo —respondí.

—Es un material artificial hecho con materia orgánica. Es extremadamente liviano, resistente, tolera el calor y también es resistente al agua.

—Con razón se salvó del fuego… ¿podría compararse con nanomateriales?

—Desde luego. Pero todavía no hemos sido capaces de fabricar algo mejor.

—Pero… ¿por qué el resto se quemó?

—Tienes razón… queda mucho por explorar. Si era una parte externa de una nave, entonces el resto también cayó en algún punto… que no logramos encontrar…

—Exacto, Mike. Hay muchos eslabones perdidos para cerrar esta investigación… Nosotros ya hicimos un estudio amplio de las proteínas codificadas por ese ADN; te envié los resultados por correo…

—Sí, los revisé… Ese genoma tenía solo un cromosoma, el X… no había cromosoma Y… pero todos los genes que normalmente están en el Y también estaban presentes en otros cromosomas… Es decir: era completamente masculino aun sin cromosoma Y. Sus genes indican una capacidad increíble para ver y distinguir colores… una memoria asombrosa… y una densidad ósea e inmunidad extraordinarias…

—Exacto… Según la teoría de la evolución, con el tiempo los seres humanos perderán el cromosoma Y. En realidad, el Y proviene del deterioro del X. Gradualmente desaparecerá por completo. Ese hombre no pertenece a otra especie: es un hombre del futuro… —planteé mi idea.

—Pero entonces… ¿de dónde vino ese Hombre del Futuro? Nosotros solo teníamos las muestras de ADN y el fragmento que las contenía. El resto de la evidencia se volvió cenizas…

—Mike, por favor reabra la investigación… quizá queden restos enterrados bajo la arena, en algún lugar del desierto…

—Mmm… Liza, estoy de acuerdo. Lo intentaremos —prometió.

Me quedé allí unos días más. Diseñamos un plan para nuevos experimentos. Tras terminar esa tarea, me fui a visitar zonas remotas del sur de Arizona.

Rodeada de colinas rojas y naranjas, Sedona me cautivó. Es un lugar espiritual. Allí se señalan ciertos puntos como sitios de alta energía. Quise quedarme unos días para experimentarlo. Y allí… volví a encontrarme con él. Parecía que su presencia me atraía.

Ahora quería saberlo todo sobre Royce. Una vez me dijo que originalmente era de “Ashia”, pero que ahora era ciudadano allí. Había estado involucrado en muchos negocios y ahora viajaba.

Me impresionaron su personalidad y su sabiduría. Yo veía en él a un compañero de vida.

En ese lugar espiritual, Sedona, le propuse casamiento. Él dudó un poco. Dijo que le gustaba vivir como un errante. Reveló que tenía propósitos importantes en la vida. Yo acepté todas sus condiciones.

Nos casamos en la India, según rituales védicos. Luego vivimos aquí. La India se convirtió en nuestro hogar definitivo. Yo empecé a trabajar en un instituto como profesora invitada. Royce abrió un Centro de Estudios y Yoga aquí, gastando todos sus ahorros. Los meses siguientes fueron los más hermosos de mi vida. Este fue nuestro pequeño hogar en este lugar tranquilo y bendito del valle del Himalaya. El centro de Royce quedaba algo lejos de aquí.

Yo estaba embarazada. Se lo conté a Royce… No sé… pero quizá no le alegró la noticia… tal vez no quería sentirse atado. Quería ser libre de responsabilidades. Un día se fue… y nunca regresó.

Caí en depresión. Sufrí hipertensión. Ningún medicamento lograba mejorarme. Aun así di a luz a un bebé precioso, pero los médicos no pudieron salvarlo… Poco después de nacer, empezó a enfermar…

Cuando le hicieron ciertas pruebas, descubrimos que él tampoco tenía cromosoma Y…

 

Liza terminó su historia. Vi cómo su rostro palidecía al decir la última frase. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, congelándome la sangre.

¿Quién era Royce? ¿Un hombre llegado de un futuro distante? Probablemente él mismo destruyó aquellos restos. Quizá no quería que nadie investigara y descubriera el secreto…

Tal vez por eso se lastimó la mano…

En realidad, no era el final de la historia de Liza. Ahora era nuestra misión explorar los eslabones perdidos de la investigación que Liza y el doctor Mike habían realizado años atrás.

Pragya Gautam es profesora de ciencias de la vida, comunicadora científica y autora de Kota, Rajastán, India. Ha participado activamente en la redacción y comunicación científica durante casi una década. Más de 50 de sus artículos científicos se han publicado en revistas de prestigio. También ha realizado importantes contribuciones a la literatura infantil. Sus relatos de ciencia ficción se han traducido al maratí, panyabí, bengalí y urdu. Dos de sus relatos de ciencia ficción se publicaron en la revista alemana Inter Nova, y su obra también ha aparecido en la prestigiosa revista Zero Gravity, ganadora del Premio Hugo. Entre sus libros publicados pueden mencionarse las colecciones y novelas de ciencia ficción Aloukik aur Anya Kahaniyan, Dharti Chhodne ke Baad, Kuntala and Other Stories, Antariksh ki Sair, Bhavishya Purush y Titliyon ki Rochak Duniya.

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