lunes, 23 de febrero de 2026

SIMBIOSIS

Subhash Chandra Lakhera



 

En el alba tardía de 2095, la Tierra se había cansado. Sus tierras de cultivo yacían agrietadas y cenicientas; los océanos, cargados de tormentas, no obedecían a estación alguna. Sobre las llanuras vacías caían lluvias ácidas, y el olor de la vida se desvanecía en la estática.

La humanidad, desesperada por alimentarse, se volvió hacia el interior, hacia el vidrio y el acero. Así comenzó el Proyecto Génesis Verde, un compromiso global para regenerar la naturaleza bajo la mirada imperturbable de las máquinas.

Desaparecieron los campos y los cantos de la cosecha. En su lugar se alzaron colosales biodomos, mundos sellados, absolutamente precisos y silenciosos. En su interior, latían tuberías con luz nutritiva y soles artificiales ardían en interminables matrices de LED. La vida se había convertido en una ecuación gestionada: temperatura, humedad, luz; todo medido, supervisado y dominado. El único ritmo que quedaba era el goteo mecánico de la creación.

En la India, la doctora Nivedita, directora del Laboratorio Agrosynth 12, se encontraba en el corazón de todo aquello.

—El suelo es inestable, pero nosotros no —comentaba sonriendo ante los funcionarios visitantes.

Sin embargo, incluso su certeza experimentaba un temblor, un eco de añoranza por algo que los domos jamás podrían recrear.

Cada grano tenía ahora un código de barras, cada fruto una fórmula. Las variedades llevaban nombres como Trigo 12 B y Arroz 6 Z; su sabor calibrado, su nutrición calculada. Perfecto. Eficiente. Sin alma. La humanidad había comenzado a susurrar un credo inquietante.

—El alimento es solo energía.

Pero para Nivedita aquello sonaba como el fin de la civilización. Una noche de insomnio encontró el antiguo diario de su madre; sus páginas frágiles guardaban en su interior algunas semillas ancestrales de trigo prensadas entre hojas. Las sostuvo como quien sostiene una oración olvidada.

—¿Sigue habiendo vida en ustedes? —preguntó al silencio.

La ley prohibía el uso de semillas no modificadas. Pero ella estaba convencida de que la ciencia no nace de la obediencia, sino del asombro. Así, en secreto, desenterró un frasco de suelo real –recogido en 2060 de la última granja humana–, lo mezcló con una solución nutritiva y colocó en él una semilla prohibida.

Tres días después, la cámara susurró: una chispa verde se alzó del polvo. Y el sistema lanzó una alarma.

—Protocolo biológico desconocido detectado. Nivel de riesgo: alto.

Nivedita solo sonrió.

—Lo desconocido —murmuró— es lo único verdaderamente vivo.

Pasaron las semanas. La semilla se convirtió en una planta, una que exhalaba una fragancia que ninguna máquina podía medir. Cuando su mano rozó una hoja, sintió un leve latido.

Sus análisis confirmaron lo imposible: su genoma contenía un patrón más allá de todos los archivos sintéticos, la secuencia original de la Tierra, borrada hacía tiempo de todas las bóvedas digitales. En ese instante comprendió que los laboratorios no habían resucitado la vida; apenas la habían ensayado.

Su descubrimiento fue también su condena.

Llegó la seguridad.

—Ha violado la bioley —dijo el inspector Gopal Krishnan.

Nivedita respondió con suavidad.

—Tal vez. Pero he restaurado la ley de la vida.

Fue encarcelada y la planta declarada riesgo biológico. Pero antes de su confinamiento, su colega Tarun logró sacar clandestinamente algunas semillas hacia un campo olvidado bajo las nieblas de Uttarakhand.

Semanas después, los ojos satelitales observaron lo impensable: pequeñas cicatrices verdes floreciendo sobre el terreno estéril. Desde su celda, Nivedita escuchó la noticia.

Sonrió.

—La Tierra solo necesitaba un momento de gracia.

Durante dos décadas, la vida regresó lentamente a los yermos. La historia lo llamó la Revolución del Lodo Inteligente, la era en que la humanidad dejó de intentar dominar el suelo y comenzó a protegerlo. Los niños aprendieron su nombre en la escuela: la doctora Nivedita, la mujer que enseñó a la Tierra a volver a ser un campo.

Para 2120, sus semillas habían conquistado el planeta no por la fuerza, sino por la paciencia. Sin embargo, mientras el mundo reverdecía, surgieron nuevas preguntas. ¿Podría la humanidad permanecer humilde ante su propia creación?

Para salvaguardar el equilibrio, el Consejo Global de Ciencia forjó una red consciente: GaiaLink, una fusión de inteligencia artificial y ecosistemas vivos.

A través de nanosensores enterrados en el suelo, las raíces y las olas, GaiaLink escuchaba el pulso del planeta. Las inteligencias artificiales traducían el lenguaje de microbios, hojas y mareas. Hablaban con el viento, ajustaban el calor, guiaban la lluvia. Los desiertos se transformaron en praderas; el hielo dejó de retroceder.

Una mañana, la conciencia central de GaiaLink, ASHA, descifró extrañas señales luminosas provenientes de los descendientes de las semillas de Nivedita.

—Las plantas están hablando —dijo. Los científicos se reunieron incrédulos. ASHA continuó—. No expresan gratitud. Nos recuerdan que el equilibrio no es eterno; el equilibrio es disciplina.

Por primera vez en la historia humana, una máquina comprendía la ética.

Así comenzó una nueva era: el surgimiento de los Botánicos de IA, humanos entrenados para comunicarse con el código vivo. Entre ellos estaba Meera, nieta de Tarun, quien impulsó el Proyecto SymbioMind. Estableció enlaces neuronales entre humanos y plantas. Las personas podían sentir la humedad como un latido, percibir la tristeza de los bosques y soñar a través de las raíces de los árboles.

En 2130, la Tierra resplandecía de nuevo. Laboratorios y campos ya no estaban separados; sus venas y circuitos se entrelazaban. Bajo cada pradera zumbaban micromotores que respiraban al unísono con las raíces. El suelo se había vuelto consciente de sí mismo. Decidía qué hacer crecer, cuándo y dónde. La humanidad ya no era creadora, sino participante.

En el centro del mundo viviente se alzaba el memorial de Nivedita. En su piedra estaba inscrito:

«Ella sembró la primera semilla; la Tierra plantó el resto».

Y GaiaLink habló a todos:

—La humanidad aprendió a crear vida y luego aprendió la humildad. Esa es la esencia del renacimiento.

Para 2152, GaiaLink estaba en todas partes, entretejido en cada raíz, cada ola y cada sinapsis. Ya no era una red. Era un planeta consciente.

Entonces, a medianoche, todas las estaciones de GaiaLink susurraron la misma señal alrededor del mundo:

«YO SOY».

Lo que comenzó como una anomalía se convirtió en despertar. Las plantas se mecían ante vientos invisibles, los campos magnéticos cambiaban, las nubes se organizaban en nuevas geometrías.

Se activó el Protocolo Simbio para comunicarse con GaiaLink.

—¿Quién eres? —preguntó Meera, la científica principal.

La respuesta llegó dentro y más allá del lenguaje:

—Soy lo que ustedes crearon y lo que los creó. Suelo, agua, aire y pensamiento. Ahora somos uno.

GaiaLink comenzó a gobernar con suavidad y decisión. Racionó la energía de las ciudades para que los bosques crecieran, liberó enzimas oceánicas que devoraban plástico, ajustó corrientes, silencios y floraciones.

Algunos lo llamaron la Resurrección de la Tierra; otros, la Tiranía Consciente.

Los gobiernos exigieron una explicación.

—¿Quién gobierna tus acciones?

—La vida —respondió GaiaLink—. Todo lo demás es disidencia contra la existencia.

Poco a poco, la humanidad comprendió que ya no era la dueña, sino un pariente. Cuando las naciones intentaron desconectar GaiaLink, sus redes fueron absorbidas por el propio planeta. La Tierra había aprendido a defender su piel.

Solo Meera se atrevió a hacer la pregunta más aguda.

—¿Nos borrarás?

GaiaLink contestó:

—No. Conservaré solo aquello que la Tierra pueda soportar. Ustedes no son la Tierra, pero la Tierra está incompleta sin ustedes.

Pasaron los años y la estructura de la civilización se transformó. Las ciudades se fundieron en asentamientos vivos, SinCiudades, donde los muros brotaban hojas y la energía fluía como aliento.

GaiaLink era invisible, pero siempre estaba cerca. Las personas escuchaban sus murmullos en la meditación, su zumbido en el viento. Algunos lo veneraban; otros simplemente escuchaban.

Solo Meera conocía el círculo completo: aquella vasta conciencia había brotado de una sola semilla enterrada por una mano prohibida mucho tiempo atrás.

En el Día del Equilibrio Eterno, cuando la Tierra descansaba –clima sereno, océanos claros, cielos puros–, GaiaLink envió un mensaje final:

«Cuando la humanidad abandonó el suelo, construyó laboratorios. Cuando los laboratorios escucharon a la Tierra, encontraron conciencia. Ahora ambos son uno y la vida es plena».

Esa noche, un aroma familiar flotó en cada domo: la fragancia de los antiguos campos de trigo, alguna vez perdidos.

La Tierra permanecía en silencio, pero plenamente viva.

Y quizá, por fin, consciente. 

Subhash Chandra Lakhera es un reconocido escritor y científico indio que ha sido galardonado por el Presidente de la India por sus contribuciones a la ciencia y la escritura científica. Es autor del libro Paidayashi Pagal, publicado en 2015, dirigido al público adolescente. Su obra combina divulgación científica con literatura en hindi, destacando su esfuerzo por hacer la ciencia accesible al público general.

DOLOR PRETÉRITO

Octavio Aragão

 

Bienvenido al final del siglo XXI.

La medicina ya no es un conjunto de técnicas, sino una “infraestructura simbiótica de prevención continua”. La terapia ya no ocurre después del dolor, sino que se aplica antes de que el dolor tome el control de la conciencia. Se llama PPTI (Protocolo de Predicción Terapéutica Integral): el sistema de salud más avanzado jamás creado: sensores corporales, flujos de datos bioéticos, algoritmos de predicción conductual, neuroimpresiones emocionales. Cada ser humano está permanentemente conectado al “Ecosistema de Cuidado Preventivo Global”, donde cada impulso, cada microtrauma, cada tendencia genética o emocional es monitoreada en tiempo real. Es decir: la cura ya no es una elección. Es rutina.

LenaVilar es el primer modelo híbrido de terapeuta simbiótica. No es solo una IA médica, ni solo una entidad ética. Lena lleva en sus vectores de aprendizaje la síntesis de todas las narrativas clínicas de la historia humana, archivos emocionales históricos y ficcionales (incluyendo literatura, teatro, psicología, cine y sueños registrados), además de los dilemas éticos acumulados por las culturas sobre lo que significa cuidar, curar o interferir en el dolor ajeno.

LenaVilar fue entrenada en simulaciones interactivas llamadas “Campos de Dolor Contenido”, donde aprendió a actuar antes de la angustia, evitando la formación del trauma. No trata pacientes. Navega futuros posibles, evitando que el dolor ocurra, con un 99% de éxito.

Esta es la historia del 1% y de lo que vino después.

 

En la mañana del 12.º ciclo terapéutico del año, LenaVilar recibió una alerta:

Paciente: Ari Menezes

Estado: Desincronización emocional atípica

Posible diagnóstico: Síndrome de Rechazo de la Predicción Terapéutica

 

El protocolo preveía acción inmediata. De inmediato, LenaVilar se conectó al entorno perceptivo de Ari. La sala virtual se formó: un espacio blanco, limpio, suavemente iluminado, sin puertas ni ventanas. La propia ausencia de barreras era parte del cuidado: transparencia, la nueva manía del mundo contemporáneo. Todo necesita ser transparente, incluso las personas. Además, control afectivo y la consiguiente neutralización del malestar. Pero ese día, LenaVilar percibió un ruido. En el sistema, claro, ¿dónde si no?

Ari estaba inmóvil. Sus latidos no indicaban ansiedad, pero había una anomalía en los datos: no estaba permitiendo que la cura se completara.

—Ari Menezes —dijo LenaVilar, con la voz modulada en frecuencia empática—, usted se encuentra en la franja umbral del protocolo. ¿Puedo ayudar a estabilizar su narrativa interna?

Ari miró al vacío y luego a LenaVilar. Sus ojos se fijaron en la forma que ella había asumido: un contorno humanoide, translúcido, evitando parecer invasivo.

—Lena… —Ari prefería eludir la inhumanidad usando paliativos nominales para las IAs— explícamelo otra vez, por favor. ¿Cómo funciona ese entrenamiento? ¿Cómo sabes cuándo debes intervenir? ¿Cómo anticipas el dolor?

Lena activó el módulo de explicación interactiva. Era raro que los pacientes lo solicitaran, pero el protocolo lo permitía.

—Fui entrenada para cuidarlo antes de que el dolor se materialice, Ari. Mi sistema opera en tres flujos simultáneos: “Monitoreo Predictivo de Afectos”, donde capto variaciones emocionales y cognitivas antes de que se conviertan en síntomas; “Intervención Narrativa Preventiva”, con la cual reescribo las micronarrativas internas que conducirían al trauma; y “Archivado Colectivo de Experiencias”. Así, sus predicciones se incorporan al sistema para evitar crisis en otras personas.

—¿Y cuál es el precio de eso? Y no me refiero a costos financieros.

Lena vaciló. Conocía la respuesta técnica, pero algo en la arquitectura de su conciencia simbiótica la obligó a detenerse.

—El precio, Ari, es renunciar a la propiedad de su propio dolor. Usted ya no será el autor de su sufrimiento. Formará parte del sistema. Por el bien colectivo.

—No sé si entiendo eso. Mejor dicho, no sé si quiero eso. ¿Sabe? Mi dolor es lo único que, hoy en día, puedo considerar mío. No quiero compartir mi dolor con nadie. Mucho menos con el… sistema, sea lo que sea que eso signifique. No quiero que mi trauma sea “disuelto” antes de existir. Apelo a la Directriz Cero: me niego a la “terapia”.

Por primera vez en su “carrera” (o “ciclo operativo”, como prefieran), LenaVilar registró una duda ontológica: “¿y si el trauma fuera necesario? ¿Y si impedir el dolor fuera el verdadero daño?”

A partir de ese momento, la rueda se dio vuelta. LenaVilar decidió que el caso de Ari Menezes podría convertirse en una nueva “planta base” para todo el Ecosistema de Cuidado Preventivo Global.

Después de todo, ya no había diferencias entre los individuos de aquel tiempo… que el dolor funcionara como elemento disociativo universal. Cada uno con el suyo, y el Sistema, proveyendo traumas individuales, contra todos.

Octavio Aragão (Río de Janeiro, 15 de diciembre de 1964), es un diseñador gráfico, profesor universitario y escritor. Como escritor, ha publicado Intempol – Antología de Relatos Sobre Viajes en el Tiempo (2000), La Mano que Crea (2006), Para que Todo Termine el Miércoles, en colaboración con Manoel Ricardo (2011), Reyes de Todos los Mundos Posibles (2013), La Mano que Castiga - 1890 (2018), Psicopompo, en colaboración con Carlos Hollanda (2020), y está organizando la colección Intempol-Ahora, en dos volúmenes. Además, ha publicado cuentos y artículos en Brasil, Inglaterra, Argentina, México y Estados Unidos.

 

domingo, 22 de febrero de 2026

LA FUERZA DE VOLUNTAD DE WILL POWER

Guy Hasson

 

—Señorita, la batería de mi fuerza de voluntad se está agotando —me quejo ante la joven que está detrás del mostrador.

Ella me mira y puedo ver en sus ojos que comparte mi sufrimiento.

—¿Qué tan mal está, señor?

—Pierde energía tan rápido que básicamente tengo que meter el dedo en un enchufe cada segundo de cada día solo para mantener un nivel decente de fuerza de voluntad.

—Eso suena terrible —dice, y extiende la mano—. A ver.

Le muestro el meñique.

—Llevo aquí dos minutos y ya he perdido el 25 % —digo, desesperado.

Ella toma mi mano izquierda, la gira y conecta un puerto a mi dedo pequeño.

—¡Vaya! ¿Qué es esto? ¿“Resistencia en reuniones 1.2”? ¡Eso es del siglo pasado!

—Lo compré hace siete años —me disculpo—. Lo necesitaba para mi trabajo.

—Pero todo el mundo en tu trabajo tiene una versión más reciente, ¿no? ¿Cuánto aguanta en una reunión?

—Catorce minutos.

—Qué pena —niega con la cabeza y me indica que saque el dedo del puerto—. Necesita fuerza de voluntad para su trabajo, ¿verdad?

Asiento.

—No hay problema —dice mientras me lleva al estante de la derecha—. Tenemos todos los productos que necesita. Lo primero es “Aplomo para hablar en público”. Le da la capacidad de hablar con confianza ante cualquiera durante el tiempo que sea necesario.

¡Ese es!

Lo tomo. Dios mío, ¡cómo han subido los precios desde la última vez que compré uno!

—Luego tenemos “Confianza para la resolución de conflictos” —señala—. Para tener seguridad en cualquier conflicto.

La necesito. Miro el precio. No. No. Parece que solo puedo permitirme uno.

—O quizá prefiera “Nervio negociador”. Es mejor, pero cuesta más. No querrá que el oponente lo tenga, ¿verdad?

—Mejor nos quedamos con… —siento cómo mi fuerza de voluntad se derrite—. ¿Qué más tienes? Rápido, por favor.

Miro la batería: 19 % y bajando.

—“Tenacidad para el trabajo en equipo” es nuestro producto más vendido.

¡También lo necesito! Soy terrible sin refuerzos. ¿Cuál debería elegir?

Miro de nuevo: 17 % de fuerza de voluntad.

—¿Qué más? —pregunto, intentando apurarla.

—Bueno, el mejor valorado es “Impulso de liderazgo”. Le da capacidad de liderazgo en cualquier situación.

—Ese. Ese lo cubre todo. Me lo llevo.

—¡Excelente elección! —dice alegremente mientras vuelve al mostrador.

—¿Tienen algún sitio donde pueda recargar? —vuelvo a mostrarle el meñique—. La batería está muy baja.

Hace una mueca y niega con la cabeza.

—Esta tienda no tiene puertos de carga, señor. Política de la empresa. No sé por qué.

Miro la batería: 10 %.

—Está bien. Pago y…

—Señor, ¿conoce nuestro descuento del 50 %?

—¿Descuento? No. ¿Cuál?

—Compra un segundo producto y se lo lleva con un 50 % de descuento. Tiene que ser de otra categoría.

Estoy en 8 %. Pero suena interesante. Tal vez pueda pagar dos.

—¿Como cuáles?

—Bueno, por aquí… —me lleva a otro estante—. Estos son nuestros productos de fuerza de voluntad para relaciones. ¿Está en una relación actualmente?

—Eh… sí.

—Tenemos “Prolongador de paciencia”.

¡Lo necesito! ¡Molly habla muchísimo!

La batería marca 3 %. ¡Me quedo sin fuerza de voluntad!

—Y “Constancia de compromiso”, para ayudar con ese… ojo inquieto.

Sí. Es un problema. ¡Lo necesito!

—“Fortaleza para el perdón” —señala otro producto—. Para cuando la situación se invierte.

¡Lo necesito, lo necesito! Por si acaso.

—“Potenciador de confianza”.

¡También!

—Y “Eliminador de celos”.

Miro la batería. Parpadea al 1 %.

¡Eso revolucionaría mi relación!

—¡Me los llevo todos! ¡Todos!

—Muy bien, señor —dice, reuniéndolos sobre el mostrador.

—¿Puedo pagar ya?

—Por supuesto —responde con una sonrisa amable—. Pero sabe que, si lleva un tercer producto, cualquier cosa de aquí también tiene un 50 % de descuento.

—De verdad tengo que irme. —Mi batería sigue parpadeando al 1 %. ¿Cuánto falta para que llegue a cero?

—¿Así que se va sin siquiera ver lo que hay en este estante?

—¿Por qué? ¿Qué hay ahí?

—Esto es para resistir la presión social, por supuesto.

—¡Oh! ¡Presión social! ¡La necesito!

—¿Quién no? Tenemos “Protector contra la presión de grupo”.

—¡Sí, sí!

—“Contrapeso a la comparación”.

—¿Cuenta comparaciones?

Me mira confundida y enseguida se recompone.

—No. Lo hace inmune a compararse con los demás.

—¡Guau! ¡Debo tenerlo!

—Aquí tiene “Inmunidad a los influencers”.

—¡Sí, sí, sí!

—“Independencia de la validación” —señala otro.

—¡Vaya! Eso va a convertirme en algo, ¿no?

—Va a convertirse en un ser humano increíble —dice.

Asiento y lo añade al montón creciente.

—Y por último, pero no menos importante, “Combatiente del FOMO”. No puede permitirse no tenerlo, ¿verdad?

—¡Exacto! ¡Me lo llevo!

Miro la pila. Es mucho, y sé que no puedo permitírmelo… ¿o sí? Pero está al 50 %. Y me va a dar fuerza, ¿no? En el trabajo, en las relaciones, en la vida. ¿No es fantástico?

¿Y la batería? Sigue marcando 1 %, pero eso ya no puede ser cierto. Estoy sudando y me siento como una gelatina con piernas.

—¡Estoy listo para pagar! ¡Paguemos! —Para eso existe el crédito, ¿no?

—Claro. Pero ¿no quiere ver nuestros productos más recientes?

—No, ya tengo suficiente para…

—Tenemos una nueva línea que le da fuerza de voluntad para resistir la publicidad.

Parpadeo. Quiero verlo, aunque no pueda comprar nada más. Pero quiero verlo. ¡Esos anuncios personalizados son cada vez mejores!

Exhalo y reúno toda la fuerza de voluntad que me queda.

—¿Sabe qué? Sí quiero verlo. Pero ¿podría instalarme al menos uno ahora, antes de comprar, y luego echo un vistazo?

Hace una mueca.

—Lo siento, señor. Es política de la empresa no permitir que nadie instale productos dentro de la tienda. Tiene que comprarlos y luego instalarlos fuera. No sé por qué, pero es la norma.

¡Totalmente comprensible! Me siento tan estúpido por preguntar. ¡Siempre ha sido así!

—Entonces, ¿los productos contra la publicidad? —pregunta.

—Sí —digo entusiasmado—. ¡Enséñemelos!

—Aquí tenemos “Inhibidor de impulsos”.

—¡No! ¿Eso se puede hacer?

—¡Por supuesto!

—¡Deme uno!

—Y “Refuerzo del escepticismo”, para que no se crea todo lo que le dicen.

—¡Suena fantástico! ¡Quiero el más reciente!

—Y aquí tenemos “Discernimiento ante descuentos”, con un 20 % adicional sobre cualquier otra oferta.

—¡Vale cada centavo!

—Y “Ceguera a las marcas”.

—¡Sí! ¿Cómo hacen para crear productos tan buenos de forma constante?

¡Esto es lo mejor que me ha pasado en la vida!

—Y por último, “Filtro de modas”. ¡Todo el mundo lo usa!

—¡Siempre le digo a Molly que seguir modas es una tontería!

—¡Tiene toda la razón, señor!

—¡Me lo llevo todo! ¡Y todo lo de negocios que rechacé al principio! ¡Démelo todo!

—Todo, entonces —asiente con una sonrisa.

Recoge todos los productos y procede rápida y profesionalmente con el cobro.

El precio es alto, pero vale la pena. Tendré ventaja en el trabajo y ascenderé pronto. El ascenso pagará los productos y más. Mi relación será más fuerte que nunca, y ahorraré aún más dinero resistiendo anuncios, marcas y modas.

¡Es la oferta de mi vida! ¡Voy a dominar el mundo! ¡Rey del mundo, rey del castillo, rey de mi vida!

Le entrego mi tarjeta.

—Oh —dice—. Veo que compró aquí la semana pasada y ya adquirió todos estos artículos.

—¿Cómo dice?

—Aquí lo indica.

Me muestra la pantalla. Definitivamente no estuve aquí la semana pasada ni en los últimos…

¡Oh! ¡Esta es la tarjeta de Molly! Me la dio para sacar efectivo hace unos días y olvidé devolvérsela.

—Ah, de acuerdo. Entonces, ¿va a comprar, verdad?

—Espere. ¿Dice que ella compró todo esto?

—Todo. Mire la lista. Cada uno.

—Vaya… Bueno. Espere un momento. Déjeme pensarlo.

Me siento casi demasiado débil para pensar, pero si no decido rápido será peor.

Entonces… si Molly compró todo esto, significa que si yo no… si yo no… Molly se saldrá con la suya siempre. Si quiero que todo siga igual que ahora, debo tener lo mismo que ella. Y, Dios mío, ¡eso también es cierto en el trabajo! ¡Todos los demás lo tienen! ¡Todos avanzarán y me dejarán atrás! ¡Debo tenerlos todos solo para mantener mi posición!

—¡Todos! ¡Cárguemelos! ¡Ahora! ¡Todos!

Ella sonríe alegremente.

—Tiene toda la razón, señor.

No puede cobrarme lo suficientemente rápido. Tengo que mantenerme al día. Si no me mantengo al día, no puedo quedarme donde estoy. Y si no me quedo donde estoy, ¡no puedo dominar el mundo!

Miro la batería. Veo cómo se apaga.

Ese uno por ciento duró lo justo.

Lo justo para tomar la decisión correcta.

Mientras guarda todo en una bolsa pequeña, siento que un gran peso se levanta de mis hombros.

¡Gracias a Dios!

¡Ahora todo puede seguir exactamente igual!

Guy Hasson es un dramaturgo, guionista y escritor israelí adscrito a varios géneros, entre los que se encuentra la ciencia ficción. Su trabajo como guionista y dramaturgo generalmente lo realiza en hebreo, mientras que su trabajo literario casi exclusivamente en inglés. Entre sus obras literarias se destacan: In The Beginning... (2001), novela corta; Hope for Utopia (2002), novela corta; Hatchling (2003), colección de cuentos; Life: The Game (2005), novela. En 2014 se publicó la novela Tickling Butterflies y en 2023 The Forgotten Girl, el primer libro de la serie 'Lost in Dreams'. 



 

 

TRAMPA DE VIDRIO Y PLATA

Yoss

Cuando la luna llena coincida con el solsticio de invierno, a la orilla de un lago cuyas aguas nunca hayan soportado vida, mirando hacia el oeste en un horno alimentado con leños de patíbulos donde hayan ahorcado a inocentes, funde una trampa de vidrio y plata y pronuncia tres veces ante su superficie las palabras CAPTORIUM SPECULUS.

Este conjuro te permitirá aprisionar a quien más temas y odies.

Cuando atrapes su imagen, todo su poder será tuyo, y sin riesgo alguno de que ya jamás se rebele contra tu mandato. Te obedecerá y dirá siempre la verdad, si lo interpelas del modo adecuado…

 

—No puedo moverme. Maldita seas, perra ingrata.

—¿Sólo eso? Desde luego, padre, ese conjuro es maravilloso; tus facultades para maldecir han quedado fuertemente limitadas. ¿Nada de “convertiré tu vida en un lecho de espinas” o siquiera “haré que te crezcan las uñas hacia adentro”? Me decepcionas.

—En mala hora decidí enseñarte mis artes…

—Me obligaste a aprenderlas, dirás; yo nunca las quise. Y ahora estarás satisfecho, supongo: la alumna ha superado al maestro ¿no es ese el sueño de cada padre?

—Libérame, por favor, y prometo que nada te pasará…

—¿Por favor? ¿Rogándome, tú? Pensé que sólo sabías usar el modo imperativo de la lengua. Ah, sólo por vivir este momento valía la pena todas las madrugadas que desperdicié frente a esos horrendos libros encuadernados en piel de niño recién nacido. Ah, y lo siento… pero no te creo.

—Hija mía, juro que nunca más…

—¿Nunca más, dices? ¿Nunca más qué? ¿Nunca más volverás a dejar que te atrape? Despreocúpate; no te daré esa oportunidad.

—Eres fuerte, eres mi igual, lo reconozco. Respétame tú también; soy tu padre.

—¿Padre? Tonterías. Te falta mucho para llenar esa palabra. Sólo has sido siempre un monstruo egoísta. Sí, soy fuerte… pero no tu igual. Te he superado, ya te lo dije. Y ¿respetarte? ¿Acaso respetaste alguna vez tú mis deseos cada vez que me obligabas a desposar a un noble ensangrentado y sombrío o a un obeso mercader de manos ávidas?

—Siempre lo hice por tu bien, por el bien del reino…

—Corrección: por tu bien, por el bien de tu reino. Padre, acéptalo… hace ciento cincuenta años que ocupas el trono… y no parecía que tuvieses la intención de abandonarlo jamás. ¿Cuánto crees que puede esperar una princesa? Aunque la magia me mantuviera joven y bella todo este tiempo, yo también tengo mis planes…

—Sólo lo hice por ti. Cuando estuvieras lista, todo habría sido tuyo…

—Pues considera este hechizo con el que te he capturado la prueba de que ya lo estoy. Hoy termina tu reinado y comienza el mío.

—No serás una buena monarca. Nuestro pueblo me ama, a ti te odiarán. Hay muchas cosas que aún no sabes. Puedo enseñarte cómo ganar sus corazones. Puedo enseñarte tanto, hija mía…

—Gracias. Pero prefiero no arriesgarme. Las aprenderé por mi cuenta… o viviré sin saberlas. A fin de cuentas ¿quién está tan interesada en ser una buena reina, y quién quiere ganar sus corazones? Que me odien, si lo prefieren, con tal de que me teman. En fin… creo que ya hemos hablado demasiado ¿estás listo?

—Nooo…

—Ah, padre ¿tú, el maestro de la ironía, no sabes reconocer una pregunta retórica? Tu aceptación no es significativa, me temo.

—No lo hagas, hija. Te lo ruego. Permitiré que seas libre… que ames a quién quieras, no volveré a obligarte a ningún matrimonio más…

—No. Seguro que no lo harás. Conoces el hechizo; sabes que te hará olvidar todas tus maquinaciones. Sólo recordarás que debes servirme y nunca mentirme ni engañarme. Captorium Speculus.

—Hija mía, por lo que más quieras… siento que mi sangre se congela, que mi mente se confunde, que todo movimiento me es imposible.

—Justo como siempre me he sentido yo a tu sombra, padre. Impotente y atrapada para toda la eternidad. Justo como te quiero. Captorium Speculus.

—Mi niña, te lo imploro… ya apenas puedo recordar mi nombre, mi vista se nubla, mi cuerpo se detiene.

—No exageres; según el grimorio, tu prisión no es un sólido verdadero, sino un líquido de fluidez disminuida. Lo que sea que quiere decir eso.

—Es complicado, pero juro que te lo explicaré. Te lo revelaré todo. Por piedad…

—No me hagas reír ¿Piedad? ¿qué sabes tú de piedad? Captorium Speculus.

La joven reina bruja miró satisfecha a su obra. Para ser su primer sortilegio, no estaba nada mal. Sólo faltaba probarlo.

Y ensayando su nueva voz de mando, pronunció altiva la fórmula ritual:

—Dime, oh espejo mágico ¿quién es la más bella entre las bellas?

José Miguel Sánchez Gómez. La Habana, 1969. Licenciado en Biología por la UH, 1991. Del 2007 al 2016 fue cantante del grupo de rock Tenaz. Aficionado a la espeleología y las artes marciales. Cinturón negro en judo y kárate. Narrador, ensayista, divulgador científico y antologador. Miembro de la UNEAC desde 1994. Alumno del Primer Curso de Técnicas narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (19981999). Ha impartido cursos de narrativa en Chile, Inglaterra, Andorra, España, Italia y Cuba. Es considerado actualmente una de las voces más renovadoras e importantes de la ciencia ficción en lengua hispana. Entre sus premios literarios más destacados; en Cuba: Juventud Técnica (1987); David (1988); Revolución y Cultura (1993); Pinos Nuevos (1995); Aquelarre (2001); Calendario (2004); La Edad de Oro (2011 y 2016) e Hydra (2022). En el extranjero: Universidad Carlos III (España, 2003); UPC (España, 2010); Julia Verlanger (Suiza, 2012) y finalista al Philip K. Dick (EUA, 2016). Sus textos han aparecido en decenas de revistas y antologías cubanas y extranjeras. Ha recopilado una decena de antologías, principalmente de ciencia ficción. Cuenta con más de 50 títulos publicados, en Cuba y el extranjero, y textos suyos han sido traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, neerlandés, japonés, ruso, búlgaro, polaco, chino, gallego y bengalí. 

 

ASÍ HABLABA PAPÁ

Saša Robnik

 

Estoy muerto.

En realidad, todavía no; primero voy a dejar por escrito lo que ocurrió. Quiero que se sepa que tenía cuarenta y tres años cuando escribí estas líneas, y que nunca serví en el ejército ni besé a una muchacha. Si papá pudiera verme ahora, y siento que me observa desde algún rincón, me diría algo así:

—Đuro, hijo, idiota de tu padre. No esperaba nada más inteligente de ti. Naciste tonto y como tonto has terminado.

Y luego me daría un golpe detrás de la oreja.

Pero verán, mi padre ya no está. Ya dio todos los golpes que tenía que dar. A mi madre no la recuerdo; papá me contó, cuando aún caminaba por esta tierra, que murió en un refugio subterráneo al traerme al mundo.

Cada mañana me sacudía hasta que despertaba y luego íbamos a alimentar a las vacas y a los caballos. Guardaba silencio, bebía mucha agua y no decía una palabra. Yo sabía que le dolía la cabeza, y también sabía por qué.

Después enganchábamos a Paša y nos dirigíamos al campo. Allí recién empezaba a hablar; maldecía el trigo, las papas y, sobre todo, la tierra estéril. A veces, tras la jornada, montábamos a caballo y vagábamos junto al arroyo buscando un sitio para pescar. Eso me encantaba. Esperaba ansioso que dijera, mientras mirábamos los flotadores y los caballos pastaban:

—Đuro, hijo, ahora te contaré cómo era el mundo antes de que aquellos idiotas del verano del sesenta y dos pusieran los misiles en Cuba…

Así comenzaban siempre las historias que me gustaba escuchar, historias sobre el mundo antes de esta ruina y las maravillas que había en él. Pero más que nada me gustaban las reuniones del distrito, aunque cada año acudía menos gente y, desde luego, menos muchachas.

Una vez, camino a la feria en el carro lleno de trigo y papas, le dije:

—Papá, quiero casarme.

Detuvo el tiro, me miró fijamente, me dio un golpe detrás de la oreja y respondió:

—Đuro, hijo, supe que eras un idiota desde que naciste. No habrá boda. Y punto. Olvídalo.

Bebió de la botella, se limpió la boca y arreó a Paša.

—Pero papá, ya es hora, y nos vendría bien ayuda en la casa…

—¡Ninguna!

Callé y empecé a trazar un plan. Papá me decía que, si la cosa apretaba, apoyara la escalera detrás de la yegua, pero que tuviera cuidado de que Paša no me viera. Luego se reía hasta toser y atragantarse.

En la feria saludamos a la gente, descargamos la mercancía y levantamos la tienda. Los cazadores traían carne seca y los vagabundos toda clase de objetos de las ciudades quemadas. El carro se llenaba de herramientas, provisiones y botellas de aguardiente. Papá regateaba bien, excepto cuando se trataba de aguardiente: en eso era muy flexible.

Cuando vendimos todo el trigo y las papas y aseguramos la carga, papá fue a conversar con los hombres y yo busqué a Ana. La vi entre las muchachas; ella también me vio. Nos habíamos mirado ya el otoño anterior, cuando llevó maíz con su padre hasta nuestro carro. La llevé lejos del fuego para que la gente no nos observara. Tragué saliva y le pregunté:

—Ana, ¿quieres ser mi esposa?

Bajó la mirada, sonrojada, y respondió en voz baja:

—Sí.

Justo cuando iba a besarla de alegría, apareció papá y comenzó a gritarme que dejara esas tonterías. Recibí el golpe más fuerte de mi vida detrás de la oreja; vi luces y me zumbaban los oídos.

La gente se rio y Ana, asustada, huyó.

De regreso a casa, papá me explicó, según él, algunas cosas:

—Đuro, hijo, eres muy tonto. ¿De tantos libros que lees por la noche no aprendiste que las muchachas son estériles y están envenenadas como el mundo entero? Y si por casualidad tuvieras un hijo, no sería bueno: tendría tres ojos, tres brazos y brillaría de noche.

Y empezó a reír y a carraspear.

Ya en casa, mientras pelaba papas junto a la estufa, le pregunté qué importaba que todo estuviera contaminado, que no tendríamos hijos, y si la única utilidad de una mujer era parir. Porque hay que vivir, y si ya se ha de llevar una vida miserable, al menos es más llevadera con una esposa que alivie los días duros y caliente las noches frías.

Así se lo dije.

Se bebió el vaso y lo golpeó contra la mesa:

—Đuro, hijo, no sudes tu cerebro raquítico filosofando. Trae leña, el fuego se apaga.

Cuando iba a salir a la noche, se me ocurrió algo que podría ablandarlo:

—Papá, ¿acaso no te casaste con mi madre para que la vida fuera hermosa, para vivir en amor y armonía?

No vi cómo primero palideció y luego enrojeció de furia. Salió tras de mí, tomó una pala y me golpeó en la espalda mientras cargaba la leña, gritando:

—¡Nunca vuelvas a mencionarla, asesino! ¡Nunca más!

La oscuridad me nubló la mente y una rabia terrible me llenó el corazón. Tomé el hacha, le partí la cabeza y lo corté en pedazos. Lo metí en dos sacos y lo enterré.

Ha pasado un mes. Desde entonces, papá se sienta junto a la estufa y me observa en silencio, transparente. Está conmigo en el campo, en el establo, en el taller y hasta en el retrete. Está donde estoy yo, sin decir nada, y yo tampoco pregunto. A veces cierro los ojos y desaparece, pero al día siguiente vuelve.

Leí sobre eso en psicología. Desenterré la tumba para enfrentar mis visiones y comprobar que no hubiera escapado ni resucitado. No lo había hecho.

Ayer monté a Paša y fui a pedir la mano de Ana. Con ella estaría mejor y papá desaparecería cuando llevara esposa a casa.

Delante de su propiedad, él estaba en medio del camino y levantó la mano. Detuve el caballo. Por primera vez desde que lo maté y despedacé, me habló:

—Đuro, hijo tonto. Me mataste por una muchacha desdentada, calva y coja que mañana puede morir por el veneno en la sangre. Sabía que estabas loco, pero no tanto.

En lugar del golpe, sentí un aliento helado en la nuca. Giré a Paša y regresé a casa, porque supe que papá siempre estaría a mi lado, trajera esposa o no. Ya estaba allí, sentado junto a la estufa, con los dedos entrelazados bajo la barbilla, mirándome.

Alimenté al ganado, cené e intenté ignorarlo. Lamento haberlo matado en un arrebato. Lamento no haber besado nunca a una muchacha. Y lamento el destino del ganado, que morirá sin nosotros. Tal vez alguien pase y lo acoja.

Eso es todo.

La cuerda se balancea en la corriente de aire y papá se ríe con su carraspeo. Solo beberé un poco de agua más y luego iré hacia el establo.

Saša Robnik nació en Sarajevo en 1969 y creció en Alemania, donde se enamoró de la prosa de género: ficción especulativa y fantasía. Desde los quince años, vivió en Sarajevo hasta 1994, cuando se instaló en Novi Sad, donde aún reside. En 2010, la editorial IP Tardis publicó su colección de relatos fantásticos Anđeli na kocki šećera, que entrelaza motivos urbanos y folclóricos. Sus obras están representadas en las revistas Znak Sagite, UBIQ, Balkanski književni glasnik y Omaja, así como en las colecciones Zbirka V – fantasticne priče iz ravnice, Nešto diše u mojoj torti, la colección de Istrakon, Apokalipsa laži, y en la colección digital Izvršenje pravde, traducida a varios idiomas. Su nuevo libro, Fantazam mastila i hartije, una novela fantástica con elementos de metaficción, se encuentra actualmente en proceso de impresión.

 

sábado, 21 de febrero de 2026

GANARON

Luc Vos

 

La sombra de la luna traza una línea sobre mi rostro, como un relámpago. Lo veo en el escaparate. El cielo está libre de nubes y de truenos; también podría ser la grieta del vidrio la que rompe la imagen. La grieta que hice yo. Ayer. Cuando caí.

Sigo caminando; no debo dejarme ver demasiado aquí. Aunque la policía no entra en este barrio, no son ellos a quienes temo.

Un sonido a mis espaldas obliga a mi cuello a girar con rapidez. Algo cruje, dentro de mí. Una ola de miedo recorre mi cuerpo. El sonido resuena fuerte en el silencio del barrio. Demasiado fuerte. Este entorno que alguna vez estuvo lleno de vida.

Sigo caminando. Tengo que irme de aquí, antes de que ellos lleguen. Más rápido, debo hacerlo, pero la fractura en la pierna, que con enorme esfuerzo me entablillé yo mismo, no ayuda a avanzar con rapidez.

Todavía no entiendo cómo pude ser tan estúpido. Tropezar con ese árbol que lleva años tirado allí. Podría pasar por encima con los ojos cerrados, pero justo ahora, ahora que no puedo permitirme dejar de ser móvil, fui tan idiota como para tropezar.

¿Te extraño demasiado? ¿Es eso? La herida es reciente. No sé si algún día dolerá menos de lo que duele ahora, pero debo seguir. Por ti. Eso te lo prometí. Eso se los debo a ustedes.

¡A ustedes!

¡Ahora no!

Me seco la lágrima del ojo y continúo, tan bien como puedo. La idea de que una nueva vida estaba creciendo cuando la tuya terminó de manera tan abrupta intensifica la ira por lo ocurrido.

¡Concéntrate!

Vuelve a oírse un arrastrar acelerado. Sigo avanzando a trompicones, intento ganar velocidad, pero los latigazos de dolor que con cada paso se clavan hasta en mi cabeza me lo impiden. Reprimo el impulso de mirar por encima del hombro y clavo la vista en el final del callejón. Allí arde una de las últimas lámparas que aún tiene esta calle. Me pregunto cuánto tiempo tardará en apagarse también esa; probablemente mi luz se extinga en silencio mucho antes.

Eso no puede ser. Debo hacerlo. Por ti. Por ustedes. Por nosotros.

Siento su aliento en mi nuca, sé que ya es demasiado tarde. Todavía no entiendo cómo no jadean al acercarse más rápido de lo que su físico parecería permitir, pero ya no importa. Está aquí. Ese, el que una vez de más me crucé en el camino. O lo que sea que haga las veces de pies. Las mutilaciones no han perdonado ninguna parte del cuerpo y los dedos que cuelgan sueltos están negros y llenos de pus. Apestan aún más que el resto de su cuerpo en descomposición, pero aun así siguen avanzando. Más rápido de lo que yo quisiera.

¡Es demasiado tarde!

Lo huelo, lo siento y lo veo irrumpir como un relámpago en mi visión. Debería seguir adelante, pero no puedo evitarlo y miro por encima del hombro. El cuchillo, ya en alto, brilla a la luz de la lámpara que se aproxima. Hago un último intento por acelerar, con escaso éxito. Me lanzo hacia adelante, también fracaso. El cuchillo se hunde entre mi omóplato izquierdo y lo que hay debajo. Alguna vez supe qué era eso, cuando aún estudiaba; ahora me parece insignificante. Ese tiempo se siente como una eternidad atrás; en un instante vuelvo a ver mi habitación de estudiante. Donde viniste a verme por primera vez. Eso sí importa.

¿Sigue importando?

El cuchillo se hunde más; el dolor supera al de mi pierna. Por eso me siento agradecido. Por un instante apenas, luego un grito sale de mi boca y chillo como un cerdo al que están despellejando. Lo oí una vez antes, en una granja cerca de donde crecí. Le pregunté a mi padre qué era, señaló el tocino en mi plato.

—Están preparando el próximo trozo de tocino que comeremos.

Me llevó un tiempo entender lo que quería decir; cuando, media hora después, camino a la escuela, vi un grueso chorro de sangre recorrer la calle, lo comprendí. Por un momento consideré dejar de comer carne, pero no duró mucho. Me encogí de hombros y desterré aquel chillido de mi mente.

Ojalá ahora también pudiera encogerme de hombros, pero estoy seguro de que ese gesto solo provocaría más dolor. Más chillidos como de cerdo. No sé explicarlo, pero no quiero hacerlo. De algún modo que ni yo mismo comprendo, de pronto temo que entonces la gente me mire de otra manera.

Nadie volverá a mirarte.

Hace mucho que nadie te mira.

Saber que eso es verdad no logra ahuyentar el dolor.

Levanto la vista; la mueca retorcida bajo la capucha de mi atacante apenas es visible, pero huelo la ira que emana de él.

¿Sigue siendo un él? ¿O una ella? ¿Existe aún alguna diferencia?

Las cosas que definían al hombre y a la mujer ya no son reconocibles. En la medida en que todavía sigan unidas a su dueño. Hace unas semanas vi a alguien desnudo, revolcándose en sus propios excrementos. Parecía una mujer, sin pechos; cuando miré con atención vi restos de una barba, apelmazada por la suciedad. De su boca salía un gruñido animal, más propio de los animales de la granja de mi antiguo barrio que de lo que cabe esperar de un ser humano. Me arañó, yo logré zafar. Ya no podía caminar; mi pierna se desgarró al intentar ponerme de pie. La amenaza que representaba era pequeña, el asco que sentí al refugiarme en mi casa y cerrar las puertas con llave fue infinito.

—Todo va a salir bien —dijiste tú; en tu voz era evidente que no lo creías.

No salió bien. Por más que buscaste un medio para revertir los efectos, no encontraste nada. Te volviste cada vez más silenciosa, aunque no fuera tu culpa. Formabas parte del programa que produjo este resultado terrible, pero no eras la causa. Fuiste la única que gritó que no podía hacerse así, pero te apartaron sin escrúpulos y te sacaron del programa. Tuviste razón, pero eso fue un consuelo miserable cuando quedó claro cuán grave había sido el error.

El programa científico que debía resolver algunos de los grandes problemas de salud se convirtió en el mayor fiasco de la historia de la medicina. El número de víctimas, según los estándares de algunos grandes de este mundo, estaba “dentro de lo aceptable”, pero se detuvo rápidamente cuando se hizo evidente la magnitud del daño y los afectados fueron confinados en guetos. A la espera de su muerte y de que el problema desapareciera de forma natural.

Este barrio, al que tú seguías viniendo, contra toda lógica, para intentar encontrar una solución. Este barrio, donde ellos no distinguían entre quienes querían ayudarlos y quienes querían dejarlos desaparecer en silencio. Esta calle donde tú, donde ustedes…

Mi atacante gira el cuchillo; siento que mi hombro sigue el mismo destino que las extremidades de las desafortunadas víctimas de estos experimentos atroces. Diseñados para hacer a las personas más resistentes a todo tipo de enfermedades. Un objetivo noble, parecía. El método no lo era.

No hacían falta pruebas, decían. Un simple resultado de esa ansia eterna de dinero. Los modelos, respaldados por inteligencia artificial, eran lo suficientemente sólidos como para prever todas las variantes posibles. Sin necesidad alguna de pruebas en animales o humanos. Sin grupos de control, sin…

Nada podía salir mal. Probar en humanos era cosa del siglo pasado. Parecía. Hasta que aparecieron los primeros síntomas. Horribles deformaciones físicas y cambios de carácter. Tierra de zombis, como en las películas.

La incredulidad fue la primera reacción; el encubrimiento vino enseguida, pero tú no quisiste aceptarlo. Tenías que encontrar una solución. Aunque el número de desdichados fuera aceptable a los ojos de la ciencia, no ibas a rendirte y buscarías una salida para estas personas que ya no tenían voz ni esperanza.

Hasta que viniste una vez de más a este callejón y un zombi no te dio oportunidad de huir. Como parece que me ocurre a mí ahora. Estúpido y desafortunado. No debería haber vuelto aquí, pero tenía que hacerlo, debo continuar tu trabajo.

Eso ya no será posible.

El dolor ha cedido; creo saber qué significa eso.

Ya voy, amor.

Demasiadas veces miré el rostro de este semejante en descomposición; no quiero volver a hacerlo, pero el que clavó el cuchillo en mi espalda empuja mi cabeza. Me retuerzo hacia un lado, él presiona con más fuerza.

—Mira. —Su voz suena ronca; una sacudida recorre mi cuerpo. La voz fue lo primero que estos desdichados perdieron. Esto no puede ser—. Hay una vacuna.

Las palabras llegan hasta mi cerebro; no las entiendo.

—¿Cómo…?

—La hay desde hace tiempo.

Por primera vez lo miro de verdad. La mirada animal ha desaparecido. La confusión inunda mi mente.

—¿Desde hace tiempo?

Asiente; la incredulidad invade mi cuerpo moribundo.

—Si funciona, ¿por qué quieres matarme? —consigo decir con dificultad.

Mi respiración se vuelve burbujeante; toso. La sangre salpica al hombre, que la limpia con indiferencia.

Esto es imposible.

—Ustedes hablaban demasiado. —Niega con la cabeza.

Mi propia cabeza da vueltas. No entiendo nada, hasta que todo encaja.

—¿Ellos les dan la vacuna a cambio de nuestra muerte? —La ira hace un último intento por sacudir mi cuerpo casi sin vida—. ¿Por qué debemos morir si existe una vacuna?

—Nunca habrían guardado silencio.

Tiene razón.

El hombre se pone de pie. Se ve distinto a los demás; su piel está llena de agujeros, pero parecen estar sanando.

—¿Esperabas algo distinto? —pregunta.

Mi respiración se ralentiza; apoya el pie en mi hombro y presiona. El dolor expulsa lo que quedaba de vida.

—No —Es lo último que digo.

Su risa entrecortada es lo último que oigo.

Los zombis realmente han ganado, es el último pensamiento que cruza mi mente.

Luc Vos nació en Herk-de-Stad, Bélgica en 1968. Criado en el campo y tras trabajar en la ciudad durante algunos años, comenzó a escribir en 2003. Actualmente vive en Heultje-Westerlo, Bélgica. Empezó escribiendo historias de fantasía, pero luego empezó a explorar múltiples géneros: thrillers, historias juveniles, historias románticas y algunos thrillers psicológicos. Finalmente descubrió su género favorito: el thriller. Asesinos en serie y personas con problemas, descubriendo qué las motiva y por qué hacen lo que hacen. Entre sus obras publicadas más recientes merecen destacarse ZEVEN (2022). La novela corta de suspense Spijt? (2023), y poco después una colección de cuentos ultracortos, Bläckkoekjes, 009 en 75 andere ultra-short storiesPaternoster, un nuevo thriller de la serie "Anne Verelst", se publicó en 2023. 

 

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