martes, 3 de marzo de 2026

EL DESEO DEL PASADO

Simonetta Olivo

 

—Mamá, apóyate aquí, que si no te resbalas.

Mi madre camina con pasos lentos, cortos, concentrada como una gimnasta en las olimpiadas. La oigo jadear. El calor de agosto nos asalta y pega la ropa a la piel: la suya, pálida, tensa, seca, por momentos invadida por manchas de la edad; la mía, apenas dorada, con arrugas incipientes y alguna flacidez vergonzosa escondida bajo el pareo.

—¿Has traído la crema solar?

—Sí, mamá.

—¿Y la fruta?

—También. ¿No hace un sol precioso hoy?

—Demasiado calor. Este es el último año que vengo.

Siempre dice lo mismo, cada verano, desde que papá ya no está: este es el último año que vengo. Pero luego en agosto regresa. A estas alturas, pienso que quizá apuesta por una partida suya que se adelante al verano siguiente.

El socorrista nos espera cada mañana, la sombrilla ya abierta, para ayudarme a acomodar a mamá en la tumbona sin que ninguna de las dos se rompa. Ya ni siquiera puede leer los periódicos, así que desde esa posición no le queda más que mirar hasta donde alcanza la vista y contarme sus historias, siempre las mismas.

—Cuando era pequeña, en verano ayudaba a mi padre en la tienda: a despachar el pan, a hacer las cuentas, a limpiar el suelo. ¡No existían las vacaciones! Conocimos a algún veraneante: venía al pueblo vecino al nuestro a tomar el aire. Pero eran ricos y pensaban todo distinto que nosotros. Vi el mar por primera vez a los nueve años, cuando me enviaron a una colonia porque la abuela Irma se estaba muriendo y no había tiempo para ocuparse de los niños. ¡Las maestras de la colonia eran realmente malas! Y nunca había nada decente para comer. La primera vez que me fui de vacaciones me llevó tu padre: tú todavía no habías nacido. Nos quemamos tanto que no podíamos dormir, pero me gustaba mucho comer pescado en la pensión… ¿cómo se llamaba? Da Irene, pensión Da Irene.

Los recuerdos de mamá nacen unos dentro de otros y se multiplican como burbujas de jabón, desordenados y evanescentes. Es como si no pudiera quedarse en una imagen más que unos segundos, porque el flujo de la memoria la arrastra enseguida a otro lugar, como a una náufraga a merced de las corrientes. Normalmente la escucho un poco, asiento, finjo no haber oído nunca esa historia, pero dentro de un tiempo ya calculado sé que debo cortar y cambiar de tono, antes de que empiece a llorar como una niña.

—Voy a darme un baño.

—¿No estará movida el agua?

—No, mamá.

—Sal pronto, que no se te pongan los labios azules.

¡Esa historia de los labios azules! Cuando era niña me había convencido: a esa señal empezaba un desmayo y había que salir deprisa del agua, antes de morir ahogada. Quizá entonces se lo inventó para que regresara a la sombrilla, pero es evidente que en algún momento empezó a creerlo, y el hecho de que yo tenga casi cincuenta años no hace menos urgente su advertencia.

Preocuparse por mi supervivencia siempre ha sido su manera de llenar la ausencia de una relación explícitamente amorosa. Mi madre nunca ha sido afectuosa, ni conmigo ni con nadie. Su cuerpo anguloso no me provoca más que una sensación de extrañeza y un incómodo deseo de mantenerlo a distancia. Es algo desconocido: cuesta creer que me haya llevado dentro.

Mis hijas me enseñaron, a pesar mío, a ser distinta de ella: me abrazaron, me besaron, mamaron de mí, se instalaron en mi cama, me pidieron las buenas noches, que les repitiera mi amor cada día, cada mañana; hicieron de su vínculo palabras y gestos que aprendí como una lengua extranjera. Así me sentí con todo el derecho de recordarles, a veces enfadada, a veces en broma, que habían salido de mi vientre. De todo lo que aprendí sobre los cuerpos como madre, más que como hija, ese fue el hecho más desconcertante y definitivo. Así como no se puede volver al útero, tampoco es posible retroceder desde la experiencia de haber tenido otro cuerpo dentro del propio. A veces me pregunto cómo fue posible, para mi madre, ponerme tan lejos después de haberme tenido dentro.

La arena húmeda primero me hace cosquillas en los pies, luego los hunde un poco en el encuentro con el mar. La humedad distorsiona la luz, que tiembla y se oscurece mientras me vuelvo hacia la sombrilla para saludar a mamá.

Inclinada hacia delante en el esfuerzo por verme, parece una niña sin gafas: se ha vuelto tan pequeña en los últimos años, desde que murió papá... Al mirarla ahora, cualquier pensamiento sobre su incapacidad de mostrarme amor me parece tonto y cruel. Ojalá hubiera hecho por ella lo que mis hijas hicieron por mí. Pero es tarde. Yo también he envejecido.

El agua está apenas fresca. El alivio se vuelve una pequeña descarga cuando llega al vientre, pero enseguida pasa: me pongo la máscara y me sumerjo. Me gusta nadar con los ojos abiertos. Sobre todo, amo el silencio del mar. Al principio, cuando se está cerca de la orilla, quedan sonidos lejanos y amortiguados, pero ya no se entienden las conversaciones en la superficie; es como una lengua que de pronto se vuelve ajena. Poco a poco algún golpe, luego, mar adentro, solo el agua. De vez en cuando salgo a respirar. Los bancos de peces son siempre una sorpresa; a veces me dan miedo, como si pudieran engullirme y apretarme.

Es allí, lejos de todo, donde me siento verdaderamente yo, fuera de cualquier papel o impostura que haya asumido en mi vida, sin deseo ni deber, inmersa en un presente perfecto y silencioso. El tiempo tiene otra duración y el cuerpo ya no es un estorbo pesado y deteriorado.

Cuando era niña imaginaba quedarme en el fondo del mar por alguna magia indefinida; era una persona especial que podía vivir bajo el agua, sin hablar, con el cabello extendido alrededor del rostro como una corona; era como un delfín, más que eso: me convertía en un ser distinto, que no pertenecía ni a un mundo ni al otro, con enormes poderes que fingiría no poseer una vez en tierra firme.

Imagino que esta idea, la de ser especiales, atraviesa la mente de muchos niños, alimentándola a veces.

Recuerdo con nitidez las veces que llevaba un dibujo a mamá pensando que era realmente bonito. Ella apenas apartaba la vista de la revista o del televisor y asentía con una sonrisa fingida.

—Bonito.

Nada más.

Después intenté mostrar otras cosas: excelentes notas, novios que pudiera aprobar, un cuerpo delgado. Pero nada atrajo realmente su mirada hacia mí. Ni siquiera los cortes en los brazos, el vómito de alcohol, los cigarrillos bien visibles. Tras un breve paréntesis de adolescencia desesperada, volví a llevarle un bonito dibujo de mí: el concurso, la cátedra, un marido, dos hijas.

 

Salir del mar es como un despertar: el sol calienta e ilumina las gotas de agua sobre mi cuerpo, que resbalan despacio desde el cabello, por los labios, por los brazos, volviéndose aire fresco, respiración. Las piernas avanzan con dificultad, como si tuvieran que reencontrar una dimensión y un ritmo perdidos hace tiempo, pero no olvidados. Los ruidos regresan todos juntos: los golpes de los balones en el agua, el bullicio de los niños, el hombre que grita:

—¡Coooco, coooco! ¡Coooco bonito!

A las voces se suma la de mamá, que me llama y agita el brazo desde la orilla, de pie. Con el bañador amarillo y el amplio sombrero de paja parece una estrella de revista.

Ha ocurrido algo: mamá es distinta, parece más joven. Quizá porque ahora trabaja de dependienta en Upim; se nota que estaba cansada de quedarse en casa. Sin embargo, sigue insistiendo con la historia de los labios azules. Me miro las yemas de los dedos: mala señal, están llenas de marcas. Me lo dirá.

Después del baño, siempre llega el melocotón. No logro imaginar nada más delicioso. En la boca aún queda el sabor salado del mar y la pulpa es más dulce que un helado, con el jugo que moja las mejillas y las manos para caer luego en la arena y dejar pequeñísimos agujeros más oscuros, que se secan y desaparecen en un instante.

—¿Puedo ir a jugar?

—No, quédate un rato bajo la sombrilla, que el sol pega fuerte.

—¿Puedo ir al bar a escuchar la gramola?

Mamá levanta la vista del crucigrama.

—Ahora lee un poco.

Esta historia de leer empezó este año. Dice que sirve para la cultura, para la universidad, que no debo ser dependienta como ella. Pero no sé qué es la universidad, y trabajar en Upim me gustaría: podría ir a mirar siempre los juguetes del piso de arriba y volverme guapa como las compañeras de mamá, con tacones y permanente.

El libro huele bien, a nuevo; lo compramos en los puestos de la plaza, costaba poco. Se titula Kim y habla de aventuras. Me tumbo boca abajo sobre la toalla. La arena es suave, se adapta a mi cuerpo, es mejor que una cama, solo que se mete en las páginas, las invade, y cuanto más soplas más llega, así que espero a que mamá y papá se vayan a pasear para ocupar la tumbona, donde la arena, sin embargo, se vuelve áspera entre el plástico y la piel.

Regresan con un bollo relleno que como en pequeños mordiscos para que dure más: a las mejillas pegajosas del melocotón se añade el azúcar glas.

—Ve a lavarte la cara, que no se te puede mirar —dice mamá.

Me pongo de pie como un soldadito.

—¿Y después puedo ir al bar a escuchar la gramola?

Mamá se ajusta el sujetador del bañador, le pasa la crema a papá y me mira por debajo de las gafas oscuras.

—¿No te parece que gastas demasiadas moneditas?

—Vamos, déjala. Toma, te doy yo las cien liras.

Antes de que cambien de idea ya estoy corriendo por la pasarela, que quema bajo los pies.

El bar es un carrusel de granizados de colores que giran, carteles de helados y tazas de capuchino que chocan en su recorrido. El olor a crema de coco de las señoras es más fuerte cerca del mostrador, donde se agolpan con las espaldas rojas marcadas de blanco por el bañador. Releo todos los títulos de las canciones, el de arriba y el de abajo de cada botón. ¡No sé cuál elegir! Pero otra niña avanza con su moneda en la mano y la idea de que me quite el turno acelera mi decisión.

Canto toda la canción, que sé de memoria, en voz baja, apoyada en la gramola, mirando de reojo a los niños que toman helado. Me pregunto si este verano tendré algún amigo. El año pasado había una niña que venía a nuestra sombrilla; incluso trajo su toalla. Fue extraño: siempre estábamos solo nosotros, yo, papá y mamá, excepto cuando venían en Navidad los tíos y primos de la Toscana. Con mi amiga del mar construí una pista para canicas, así que mamá se convenció de comprármelas por la noche en el pueblo. Aún las tengo todas, y la más bonita tiene cuatro colores dentro.

Cuando regreso a la sombrilla es casi mediodía; cuesta estar al sol, nos apretamos en la sombra, que se ha vuelto pequeña y caliente.

—¿Esta tarde vamos en el pedal?

Lo pido desde el año pasado; me gustaría muchísimo.

—Ya veremos. Ahora ve a mojarte un poco más, que hace calor.

Mamá responde siempre lo mismo a todo: ya veremos. ¡Si pudiera decidir yo! Si pudiera… Mientras entro en el mar paso junto al pedal y oigo el agua golpear contra él. Me vuelvo hacia la sombrilla: nadie me mira. Me acerco, toco las barras de hierro, lo sacudo un poco. Por un instante pienso que podría al menos sentarme encima, solo un momento, sin que nadie se dé cuenta. Pero el corazón me late fuerte en la garganta y me detiene.

Corro hacia el agua hasta que me llega a las caderas, luego vuelvo a mirar el pedal. ¡Cuánto me gustaría subir! En ese instante me parece que nunca he deseado nada con tanta intensidad.

No sé por qué, pero me dan ganas de llorar.

Con la boca abierta tomo todo el aire que puedo y me sumerjo bajo el agua.

 

Cuando salgo del mar, el sol quema la piel.

Mamá insiste en que le traiga un polo de menta.

—¿Sabes? Cuando yo era niña los polos no existían. La abuela hacía sirope de saúco y en verano vertía un poco sobre hielo. Luego llegaron los helados, pero solo a las ciudades. Cuando fui a la secundaria había un heladero cerca de la estación de autobuses. Tenían dos sabores, fresa y limón. En verano, para refrescarnos, íbamos a bañarnos al río, todos los chicos del pueblo juntos, y competíamos para ver quién se atrevía a meterse bajo la cascada. La primera vez que me fui de vacaciones me llevó tu padre: tú todavía no habías nacido. Nos quemamos tanto que no podíamos dormir, pero me gustaba mucho comer pescado en la pensión… ¿cómo se llamaba?

—Da Irene. Todavía existe, ¿sabes?

Veo que ante esa noticia su mirada se pierde. Mamá parece quedarse inmóvil, desconcertada de que algo del pasado siga existiendo.

—¡Mira que el polo te está goteando en la mano!

Sin pensarlo, saco un pañuelo del bolso y le limpio la mano. Se ríe; ese contacto la incomoda.

—¡Dios mío! Mira lo que he hecho…

Le paso el pañuelo para que lo haga ella misma.

—No importa, mamá. De verdad.

Me vuelvo hacia el mar.

En un instante, todas las imágenes se suman y se multiplican: las mías, las suyas, las nuestras.

Las de papá.

El socorrista arrastra un pedal hasta la orilla. Siento su olor, la consistencia del hierro, el ruido del mar al pasar por debajo.

El deseo del pasado me arrolla, como una ola.

Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital,  2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.

 

ESPOSO DIGITAL

Kalpna Kulshreshtha

(Publicado el 6 de octubre de 2014 en el diario Dainik Jagran con el título “Juego terrible”)

 

En la ardiente tarde del mes de junio, vestido con mi toga negra, estaba sentado en el sillón de mi oficina. Frente a mí se encontraba la señora Satya Tiwari, sosteniendo un vaso de mango shake frío entre sus manos. Sobre la gran mesa de madera de sisam que nos separaba se acumulaban, de manera desordenada, la computadora, el teléfono y los expedientes. El aire acondicionado, alimentado por energía solar, había enfriado suficientemente la habitación.

En el hermoso rostro de la señora Tiwari se reflejaba la tristeza. Su sari blanco, su frente sin el punto rojo y la raya del cabello vacía me inquietaban.

—No fue una muerte normal, señor abogado —decía ella.

—Pero el informe de la autopsia deja claro, señora, que su esposo, el profesor Abhishek Tiwari, murió de un ataque cardíaco —intenté explicarle.

—Hace apenas un mes se había hecho un chequeo completo. Estaba perfectamente sano. Sin embargo, unos días antes de su muerte comenzó a mostrarse muy preocupado. Sentía que algo funesto iba a ocurrir. Usted es un abogado reconocido en la ciudad, señor Omkar Nath. Quiero que investigue este caso —dijo la señora Tiwari con la voz entrecortada.

—Está bien. Veré qué puede hacerse —asentí con la cabeza, inflándome de orgullo en silencio. Había llegado a mí por medio de un familiar, así que de todos modos no podía negarme.

Después de que se marchó, aflojé mi corbata y me recosté con las piernas estiradas. Mi asistente personal, Ruby, estaba preparando café frío. En realidad, era un androide con apariencia humana. A petición especial mía, la empresa le había dado la apariencia de la célebre actriz de antaño Priyanka Chopra.

—Nadie en el mundo prepara café mejor que tú, cariño. Dan ganas de besarte las manos —la provoqué deliberadamente.

—Por supuesto, señor abogado —respondió Ruby, extendiendo las manos.

En cuanto las toqué, una fuerte descarga eléctrica me devolvió a la realidad. La programación que le había hecho la empresa era realmente formidable.

—El micrófono que llevo incorporado está conectado directamente al teléfono inteligente de su esposa, señor —dijo Ruby con una sonrisa.

Oh… así que todo era obra de mi mujer, que sentía celos de Ruby. Me limité a suspirar profundamente.

Reanimado por el café, me puse a trabajar. Registré el caso en mi computadora con el nombre clave “Operación Muerte”. Era un asunto de alto perfil. La “Universal Bioinformatics Company”, donde trabajaba el profesor Abhishek Tiwari, no era una empresa cualquiera. Numerosas figuras influyentes poseían acciones allí. Debía investigar con suma cautela.

Habían pasado aproximadamente diez días. Lo que había descubierto comenzaba a inquietarme. Algo extraño había ocurrido con la prestigiosa empresa, conocida como UBC, y fundada en años recientes. La compañía había contratado a destacados expertos en informática y biología con paquetes salariales extraordinarios. Sin embargo, al poco tiempo, la mayoría de los empleados había muerto de causas aparentemente naturales o accidentales. Algunos empezaron a considerar a UBC una empresa maldita. Otros afirmaban que se trataba de una conspiración de compañías rivales. En las investigaciones realizadas hasta el momento no había surgido nada sospechoso.

De pronto, una paloma revoloteó contra la ventana de mi oficina. En este mundo electrónico era casi imposible mantener algo en secreto, por lo que en este caso había recurrido a un método de comunicación no electrónico, tan antiguo como los siglos. Tomé la paloma y desaté la carta atada a su pata.

“Dicen que el trabajo de la empresa se realiza mediante un método 3D. Pero aquí hay algo que no encaja. Reúnase mañana en UBC City. —Milind.”

Quedé pensativo. Aquella carta confirmaba las sospechas de mi clienta. Era de mi asistente Milind, a quien había infiltrado diez días antes en UBC como empleado de oficina. Con gran dificultad y usando mis contactos, había logrado colocarle allí. Sin duda había encontrado una pista importante.

Horas más tarde, mi aerocoche de alta velocidad aterrizaba en el estacionamiento aéreo de UBC City. Bajé en el ascensor y me senté en la recepción, observando a la recepcionista Kangana, cuya sonrisa permanente revelaba que, al igual que Ruby, era un androide. A mi alrededor había grandes vitrinas de cristal donde se exhibían los productos de la empresa: animales bioelectrónicos como ratones, mangostas, gatos y mariposas, todos con neurochips implantados. Podían ser controlados mediante un control remoto o un teléfono inteligente para que realizaran cualquier tarea deseada. En vez de entrenar a sus mascotas, muchas personas preferían este método para manejarlas a su antojo. Pulsé un botón del control expuesto y la mangosta comenzó a girar en círculos.

Me presenté como un cliente adinerado interesado en convertir a mi perro chihuahua en un animal controlado a distancia. La empresa ofrecía también otros productos: sistemas capaces de alertar a una mujer embarazada si surgía alguna anomalía en el feto; computadoras con inteligencia artificial que podían diseñar el ADN de un bebé con características deseadas.

El empleado que me trajo el café deslizó discretamente algo en mi bolsillo. Era Milind. Me mantuve alerta. Tras recopilar información general, regresé. Ya en el coche, saqué el papel.

“Lo que he descubierto es tan terrible que cuesta creerlo. Esta gente… Para atraparlos en flagrancia habrá que organizar una redada en el laboratorio secreto de UBC con la célula especial de ciberdelitos.” Debajo había un mapa.

Me puse en acción de inmediato. Informé a las autoridades administrativas superiores sobre la gravedad de la situación. Se activaron sin demora. Era esencial elegir el momento y el lugar adecuados y trazar una estrategia precisa. Todo el operativo, con el nombre clave “Operación Muerte”, comenzó a prepararse con absoluta discreción.

Cinco días después, los medios impresos, electrónicos y las redes sociales difundían repentinamente la noticia de una “super intervención quirúrgica”. La “Operación Muerte” había sido un éxito. En una conferencia de prensa celebrada en un lugar secreto de Nueva Delhi, los criminales estaban sentados con la cabeza baja ante periodistas selectos y altos funcionarios.

—¿Cuál era su plan? —preguntó un periodista.

—Habíamos dominado la técnica de transformar organismos normales en criaturas bioelectrónicas —explicó el señor Rajat director técnico de la empresa—. Luego nuestro equipo técnico empezó a experimentar con seres humanos. Durante esos experimentos pensamos: ¿por qué no intentar digitalizar el cerebro humano? Escanear las neuronas y sus conexiones, junto con los recuerdos. Después crear una copia digital exacta en la computadora cuántica desarrollada por la empresa. Gracias a nuestros empleados talentosos, lo logramos.

En la sala reinó el silencio.

—Desarrollamos un software que permitía que la forma digital del cerebro funcionara exactamente como un cerebro vivo real. Era tan avanzado que reaccionaba al placer, al dolor, a las emociones y sensaciones. Podía ser controlado y dirigido a voluntad. Incluso se podían introducir o borrar recuerdos.

Todos estaban atónitos.

—En cierto modo, conseguimos esclavizar el cerebro humano. Decidimos utilizarlo para beneficio de la empresa. ¿Qué sentido tenía contratar expertos por millones cuando podíamos obtener el mismo trabajo gratuitamente? Para el mundo, todos ellos están muertos. Pero en nuestras computadoras siguen presentes, investigando y desarrollando nuevos productos. La mayoría de nuestros productos actuales son obra de estos “trabajadores digitales muertos” —declaró con frialdad el fundador de UBC, el señor Samuel Dayal.

—¿Y qué relación tenía eso con sus muertes? Después de copiar el cerebro podrían haberlos despedido —insistieron los periodistas.

—Había un obstáculo técnico. No era posible crear la copia digital mientras el cerebro recibía sangre y oxígeno. Por eso, mediante ciertos métodos especiales, les provocábamos muertes que parecían naturales. Les mostraré un ejemplo.

Encendió la computadora. En la pantalla apareció el rostro sonriente del profesor Abhishek Tiwari.

—Buenos días. ¿Cómo está? —preguntó Samuel.

—Bien. Aunque anoche me acosté tarde. Estuve revisando el diseño del biocomputador. Hay mucha gente aquí. ¿Es una reunión de la empresa? No me informaron —respondió el profesor con tono de queja.

—Nuestro software escanea esta escena y envía señales a su cerebro digital. Él cree estar presente aquí. No sabe que ha muerto porque hemos borrado el recuerdo de su muerte. Al fin y al cabo, la existencia del cuerpo es experimentada por el cerebro. La conciencia, las emociones, las sensaciones… todo es obra del cerebro.

Samuel introdujo un comando. De inmediato, el profesor se llevó la mano a la cabeza.

—Disculpe. Me ha empezado un fuerte dolor de cabeza. Me iré a casa a tomar un medicamento y descansar.

El dolor se reflejaba claramente en sus ojos humedecidos.

¿Qué clase de ilusión era aquella? ¿Qué red de engaño habían tejido? ¿Qué clase de creadores eran esos, capaces de hacer que el ser humano olvidara la diferencia entre vida y muerte?

El espantoso juego de UBC había quedado al descubierto. Los culpables fueron arrestados y la empresa, sellada.

Tres días después, en mi oficina, mientras tomaba café preparado por Ruby y le relataba toda la historia para que la registrara, apareció la señora Tiwari. Llevaba una gran marca roja en la frente, la raya del cabello llena de sindur, un sari de Banaras de colores vivos y brazaletes en las muñecas. Sonreía radiante.

—Gracias a su sospecha, se salvaron muchas vidas. De lo contrario, este terrible juego habría continuado —le dije mientras preparaba café para ella.

—Quiero agradecerle, señor abogado. Gracias a usted he recuperado a mi esposo —sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Qué está diciendo? Él está muerto… —me sobresalté.

—No. Ese es su punto de vista. Yo no lo veo así. El cuerpo es perecedero; puede dañarse por enfermedad o accidente. Ayer me reuní con él. Lo recuerda todo: nuestros años juntos, cada momento compartido, nuestros recuerdos felices. —Desde el punto de vista legal y médico, se considera muerto a quien tiene muerte cerebral. Pero su cerebro funciona perfectamente. Según esa definición, ¿no está vivo? Si él mismo se considera vivo, ¿cómo puedo aceptarlo como muerto?

Las lágrimas corrían por sus mejillas.

—Hasta donde entiendo, señora, ahora todo el software de UBC será destruido. Esa vida en la computadora no es real, sino virtual; es una ilusión —dije suavemente.

—Eso nunca ocurrirá. Aunque no tenga cuerpo, sigue siendo mi esposo. Además, en su forma digital será inmortal. Yo sigo siendo una esposa cuyo marido vive. Savitri le devolvió la vida a su esposo enfrentándose a Yama. Yo también estoy dispuesta a luchar legalmente hasta mi último aliento para recuperarlo. Tendrá que ayudarme. ¿Lo hará? Por favor.

Juntó las manos frente a mí.

¿Qué era todo aquello? ¡Qué extraño es el corazón humano! No sabía qué responder. La miré atentamente. Un resplandor singular brillaba en su rostro, como la llama de una lámpara, dispuesto a devorar cualquier duda.

Entonces comprendí lo que debía hacer.

Kalpana Kulshrestha nació el 11 de mayo de 1966 en Aligarh, Uttar Pradesh. Es Licenciada en Educación, estudios que coronó con una Maestría. Publicó cinco libros de ciencia ficción. Fue la primera mujer escritora de ciencia ficción en hindi. Su artículo de investigación, "Elementos esenciales de la ciencia ficción infantil", se publicó en la prestigiosa revista india Scientific Temper en 2020. Numerosos cuentos científicos infantiles se incluyeron en libros de texto y se tradujeron a otros idiomas. Recibió los premios Vigyan Kathashree, C.V. Raman Technical Writing Award y Jagpati Chaturvedi Children's Science Writing Award, otorgados por Uttar Pradesh Hindi Sansthan. El número de enero-marzo de 2017 de la revista digital Vigyan Katha se publicó como un número especial dedicado a Kalpana Kulshrestha. Actualmente se dedica a la docencia y la escritura.

 

DONDE HABITAN LAS ALMAS DE LOS MUERTOS

Daniel Frini

 

 ¿Lograremos exterminar los indios?

 Por los salvajes de América

siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar.

 Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande.

Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño,

 que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado.

 

Domingo Faustino Sarmiento,

Presidente de la República Argentina entre 1868 y 1874

 

Temprano en la mañana, Teneri jugaba en la tierra guadalosa y santa del Aguará. Detrás de él, bajo un toldo —un techo de pieles, carandilla y cardón, que cerraba el espacio entre dos talas— su madre colgaba las pertenencias usadas durante la noche, mientras amamantaba al último de sus hijos.

Al oriente, el cielo era triste y una neblina desdibujaba al inmenso Impenetrable.

Los toldos dispersos trazaban un gran círculo alrededor de un claro muy amplio; bajo urundays, algarrobos y quebrachos; entre chañares y ucles.

Sobre una loma baja, en el centro del descampado, un rancho hacía de templo en el que habitaban Kasogonagá, el dueño de las tormentas; el Jesús que había llegado con los franciscanos y Pedro, karashe de los kom de la Reducción.

Al pie de la loma, un espacio abierto servía de pista en la que los mayores habían pasado la noche bailándole al trueno, para  que trajera a los dioses de nuevo a la Tierra y les devolviera la vida a los indios mal muertos por los blancos.

Eran más de mil y los había, también, de otros parajes, algunos mocovíes e, incluso, criollos correntinos y santiagueños. Estaban allí para rogar que Tata Dios llevase a buen término la huelga de los dueños de la Tierra.

 

La l’toxoyeq hablaba en komleq; no en la castilla. Su voz apenas se oía. No tenía edad y parecía sin carne entre su piel y los huesos. Estaba sentada en un viejo sillón forrado con cueros, bajo las ramas de un quebracho, y rodeada por el grupo de antropólogos. La tarde caía. Hacía frío y una gran fogata desdibujaba las sombras del día y pintaba carmines en las caras de todos. La vieja agitaba su mano afirmando sus dichos. Las cámaras grababan, mientras el lenguaraz traducía:

«…todo el Gualamba era nuestro. El monte era nuestra casa y nos daba la miel de las meliponas; la carne de pecaríes y guazunchos, los cueros de la iguana, la madera de los árboles, y las medicinas para nuestros males.

Cuando vino el hombre blanco nos hizo la guerra. Mucho peleamos, pero los naroqshe ocuparon las tierras y mucho nos mataron.»

 

Con el alba, hombres y mujeres volvieron a sus toldos después de una noche de rezos y bailes. Las voces se apagaron de a poco. A Teneri le pareció escuchar el ruido de un motor. No le dio importancia y siguió jugando. Sin embargo, el motor volvió a sonar más cercano. Las visitas de vehículos no eran raras, pero siempre eran un acontecimiento; y el monte las avisaba algunas leguas antes.

El sonido era distinto. Parecía venir del norte, desaparecía, y luego sonaba del lado del sol. Teneri se incorporó y levantó su cabeza, tratando de adivinar el rumbo. Algunos adultos hicieron lo mismo.

—¡Allá! —gritó alguien —¡Avión viene!

 

«Los kom nunca tuvimos policía ni jueces. Los blancos trajeron jueces, policías, soldados y abogados. Nos fueron a buscar al monte y dijeron que ahora eran de ellos las tierras que siempre habían sido nuestras, y que teníamos que irnos a las Reducciones.  Nos llevaron a pie durante muchos días, arriados como vacas. Si uno se cansaba, un soldado sacaba el sable y le cortaba los garrones. Y ahí quedaba uno nomás, vivo y desgarronado en medio del monte. Las osamentas deben de estar ahí, todavía».

 

El biplano llegó desde el sur. Pasó rápido y bajo, realizó un giro muy amplio y enfiló otra vez hacia el campamento haciendo un saludo con sus alas. Niños y adultos respondieron agitando sus manos.

El avión volvió por tercera vez. Desde tierra vieron que el segundo tripulante traía, ahora, algo en sus manos; y lo arrojó al pasar sobre los toldos.

Las bombas incendiarias estallaron en el monte y el fuego comenzó a devorarlo todo.

Desde las carpas, niños, mujeres, hombres y ancianos, algunos en llamas, corrieron al descampado uniéndose al espanto de los otros. Entonces, comenzó la metralla.

 

«Nos trajeron a vivir acá. Hicieron leyes que nos obligaban a quedarnos encerrados en la Reducción, como en un corral. Nomás nos venían a buscar para ir al algodón, a hachar el quebracho o a cuidar vacas de los gringos. Después nos traían de vuelta. En el mientras tanto, nuestros hijos se quedaban acá, separados de nosotros.

De no ser para eso, de la Reducción no nos dejaban salir. Si alguno se salía, lo consideraban fugado y le aplicaban la ley de vagancia. Lo mismo al que agarraban mariscando en el monte. Cada tanto se veía un kom ahorcado de los quebrachos, con las orejas cortadas, porque lo acusaban, como ser, de robar una vaca. Me recuerdo que el comisario de Quitilipi ordenó que le cortaran un pie a un indio que cruzó un campo recién sembrado». 

 

En la hora siguiente, policías y estancieros que habían rodeado el campamento durante la madrugada, dispararon sus Mausers y Winches. El avión siguió sobrevolando, mientras el acompañante tiraba sobre los que huían hacia el monte.

Cuando se acabaron las municiones, el comisario ordenó a degüello; sin perdonar, por las dudas, ni a muertos ni a heridos. Algunos indios trataron de oponerse con sus machetes; pero era un gesto inútil contra una tropa embotada de caña paraguaya, la promesa de una paga suculenta por cada par de orejas, y un asado para toda la milicada, al terminar la jornada.

—¡Entréguense y les perdonamos la vida! —gritaba el comisario.

Los pocos sobrevivientes, aterrorizados, se rindieron.

Los sentaron y los ataron con alambres de púas. A Pedro y a algunos líderes de otras comunidades, aún vivos y delante de los demás, los caparon a machetazos y los empalaron.

 

«Nos decían vagos, ladrones, borrachos y sucios. En el juzgado de paz había un cepo que siempre tenía manchas de sangre, gastado, liso y brilloso de tanto indio castigado. El Juez decía que servía para ablandar y para advertir al indio de que debía dejar su independencia y su dignidad en la puerta, porque en el juzgado tenía que obedecer y callar.

Una vez el comisario vino a la Reducción. Buscaba a un indio que había carneado un animal de un estanciero. Lo ataron a un algarrobo y lo castigaron cincuenta veces con un teyuruguay de cuero crudo. Después, el comisario dijo «¡Estírenlo bien con los maniadores! ¡Ni aunque grite no le aflojen, vamos a ver al malo!». Más tarde se lo llevaron y lo tuvieron como dos meses en un calabozo de vara y media de largo por una de ancho, sin darle ni cobija para descansar del castigo. Yo nunca pensé atar a un árbol a una persona blanca, por muy malo que el haya sido con nosotros.»

 

Después, las tropas degollaron a los prisioneros. Con furia, desencajados. Festejaban cuando las embarazadas, los niños que ni siquiera caminaban y los ancianos centenarios trataban de tomar aire, con las gargantas abiertas.  A todos les cortaron las orejas; testículos y penes a los hombres, y los pechos a las mujeres. El comisario se llevó estos trofeos para exhibirlos en Quitilipi, en muestra de su guapeza.

A treinta huelguistas  los obligaron a tirar los cuerpos, algunos con vida, en el pozo de agua de la Reducción. Cuando se llenó, les hicieron cavar tres fosas grandes y tirar más cuerpos. Al final, ni siquiera esto fue suficiente. Entonces, los obligaron a amontonar cadáveres en varias piras y rociarlos con kerosén. Luego de degollar a éstos treinta y tirarlos en las piras, los policías las encendieron. Los ancianos dicen que los fuegos se vieron durante varios días.

 

«Nos dejaban cultivar alguito de algodón. Muy poco nos pagaban por eso y por el trabajo en el obraje.  Y no nos daban plata, sólo mercadería para la olla donde todos comían. Vivíamos muchos en poco lugar. La vinchuca ya daba vueltas por nuestros toldos. Cuando llovía, ni comida nos traían. Éramos esclavos de la lluvia y a veces de sed moríamos.

Una vez, el gobernador Centeno mandó a decir que nos iban a pagar menos todavía. Pedro y los ancianos se le quejaron, pero él nunca hizo nada. Nuestros hombres querían dejar la Reducción y volver al monte, o irse a otras provincias donde pagaban más, pero prohibieron que salgamos de ahí, como no fuera para ir a los obrajes de los criollos».

 

Algunos se internaron en el monte, desesperados. Corrían, se caían y se arrastraban entre cadáveres y estampidos de las armas. Estuvieron huyendo durante días, sin comer y sin agua. Tres meses estuvieron cazándolos. A los que encontraban, los trataban igual que a los de la Reducción; pero a las jóvenes, ahora con más tiempo, las violaban todos los integrantes de las partidas de caza, las degollaban luego y las dejaban para alimento de los carroñeros.

A unos cuarenta niños pequeños, vivos de milagro, los entregaron a los colonos, como mitaí, para trabajar en sus campos a cambio de comida y alguna ropa.

Sólo unos diez de los mil, lograron cruzar el cerco y perderse entre los habitantes de otras Reducciones, obligándose a olvidar para sobrevivir en tierras que ya no les eran propias.

 

«Entonces, empezó la huelga del veinticuatro. Estuvimos muchos días sin ir a trabajar. Los gringos se quejaron al gobernador, y nos acusaban de que les quemábamos los sembrados, robábamos hacienda y carneábamos los animales. Mucho nos amenazaron, pero Pedro decía que la Serpiente Arcoíris nos protegería de las armas de los naroshque, si bailábamos con él.

Toda la noche bailamos, pero al otro día el gobernador Centeno nos mandó la muerte.»

 

En medio de la matanza, Teneri apeló al silencio. Una bala de Mauser le reventó la pierna cuando empezaron a tirar. Se mordió los labios para no llorar cuando su madre, aún con su otro niño en brazos, logró tomarlo de los pelos y arrastrarlo unos cien metros monte adentro, en medio de la balacera. Las espinas le marcaron toda la piel. A él, a su madre y a su hermano los mató el hombre que disparaba desde el avión.

Hace dos o tres años, un arado que horadaba la tierra, ahora dedicada a la soja, dejó su cráneo al descubierto. Nadie se dio cuenta.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

 

 

 

 

 

lunes, 2 de marzo de 2026

LA PRIMERA COPIA

Marc Bailly

 

Copia n.º 01 — Residencia Los Tilos.


Aquel día, el tiempo habló en voz baja.

El pueblo es de esos que se atraviesan sin detenerse… salvo cuando la niebla te cierra el camino como una mano apoyada en el hombro, suavemente. Una iglesia con el campanario un poco inclinado, dos cafés –uno que ya “no abre realmente”–, una panadería que huele a mantequilla incluso cuando está cerrada, y al final de una calle en pendiente, la residencia.

La llaman “Los Tilos”. Evidentemente. Siempre hay tilos en alguna parte, aunque no se los vea. Aquí están detrás del edificio, y en invierno parecen viejos paraguas dados vuelta por el viento.

Vengo una vez al mes. Hago retratos. Escucho. Tomo notas. Formulo preguntas sencillas, de esas que hacen emerger lo esencial: las manos, los olores, las voces, las cosas que no se dijeron a tiempo. Trabajo en blanco y negro, porque el color, a veces, distrae. Y también porque el blanco y negro no miente… solo elige dónde decir la verdad.

En la recepción me hacen una seña.

—Llega en buen momento —me dice Sandrine, la animadora, mientras me tiende una ficha—. Hoy es Élise. Habitación 12. Lo está esperando. Y… cómo decirlo… tiene ideas.

Aquí todos tienen ideas. Sonrío mientras ajusto la correa de mi bolso.

—Mientras no quiera que la fotografíe en paracaídas…

—No, no —responde Sandrine—. Lo suyo es más bien… lo contrario. —Lo dice riendo en voz baja, y luego baja el tono—. Es adorable. Pero… tiene lagunas, ¿sabe? Y fulguraciones. Cosas muy precisas, en medio de lo borroso. Sorprende.

Sorprende, sí. Es un poco el principio del tiempo: borra a lo grande y deja intacto un detalle, como una piedrecita en el zapato.

Subo la escalera que siempre cruje en el tercer peldaño –como si quisiera que lo notaran– y llamo a la puerta de la habitación 12.

—Adelante.

La voz es nítida. Demasiado nítida para una habitación donde el aire huele a infusión y ropa limpia.

Élise está sentada junto a la ventana. Silueta pequeña y erguida, moño sencillo, cárdigan gris. Tiene un rostro que pudo haber sido dulce, pero cuya dulzura se fortaleció con los años. Una dulzura que aprendió a apretar los dientes.

En la mesa de noche: un vaso de agua, un libro cerrado y una caja de pañuelos ya utilizada.

Me mira, y su mirada me produce el efecto de un destello: ilumina sin avisar.

—Usted es el fotógrafo.

No es una pregunta.

—Sí. Bueno… un fotógrafo. Vengo a hacer retratos y una pequeña entrevista, si está de acuerdo.

—Estoy de acuerdo —dice—. Pero no quiero mi rostro.

Parpadeo.

—¿Perdón?

Señala sus manos, apoyadas sobre las rodillas.

—Mi rostro lo conozco. Miente. Finge que todo está bien. Mis manos, en cambio, no saben mentir.

Me siento frente a ella con cuidado, como si el instante pudiera arrugarse.

—Podemos hacer un retrato de sus manos, por supuesto. Y… también uno donde su rostro esté presente, pero sean sus manos las que cuenten.

Suspira. No con tristeza. Con lucidez.

—Lo vi en el pasillo la última vez. Con el señor Georges. Le preguntó “qué es lo que más extraña”. Él respondió “mis zapatos”. Y todos rieron. —Hace una pausa—. Pero después, cuando dejó de grabar… dijo: “mis zapatos son para caminar afuera”. —Me mira fijamente—. Usted también lo escuchó. —Asiento. Lo escuché. Todavía lo escucho—. Entonces —dice— usted entiende.

Saco mi pequeña grabadora. No la coloco todavía. Le dejo la elección.

—¿Qué le gustaría que conserváramos de usted, Élise?

Se inclina levemente, y su mirada se vuelve lejana.

—Las mañanas. Las mañanas en que todavía creemos que podemos empezar de nuevo.

Anoto mentalmente: las mañanas. El hilo está ahí.

Coloco la grabadora.

—¿Empezamos?

Asiente.

Fotografío primero sus manos, como ella desea. Son finas, pero no frágiles. Las venas dibujan un mapa de ríos. Los dedos se mantienen juntos con una especie de disciplina silenciosa. En el anular izquierdo, un anillo sencillo, algo gastado.

—Lo lleva desde hace mucho tiempo, ese anillo.

—Cincuenta y dos años —dice. Luego añade, como si hablara con alguien ausente—. Y un día, dejó de tener que pedírmelo.

No comento nada. Dejo que el silencio se llene solo.

—¿Estaba casada con alguien… muy discreto? —intento.

Ríe. Una chispa auténtica.

—¿Discreto? No. Era… silencioso. Es diferente. El discreto elige. El silencioso… a menudo es porque no sabe cómo decir.

Veo la película desplegarse en sus ojos, aunque aún no la cuente.

Tomo algunas fotos: sus manos apoyadas en el brazo del sillón, sosteniendo una taza, rozando el tejido del cárdigan. Luego encuadro un retrato de perfil, la luz de la ventana delineando su frente, sus manos en primer plano.

—¿Quiere que le lea algo? —pregunta de pronto.

—Si quiere.

Toma el libro de la mesa de noche. Apenas le tiemblan los dedos. Es un viejo volumen de tapas gastadas.

—Lo releí esta noche —dice—. Es una frase… no me dejó dormir. —Abre, busca, y lee sin vacilar—: “No envejecemos, nos alejamos.” —Cierra el libro como quien cierra una caja—. ¿Le dice algo? —me pregunta.

Respondo con cautela.

—Sí. Pero… a veces uno se aleja solo para ver mejor.

Me mira con escepticismo.

—Es usted amable. Pero hace imágenes. Sabe muy bien que hay cosas que salen del encuadre y no regresan.

Eso es cierto.

Seguimos con la entrevista. Me habla de la panadería del pueblo, de un perro que tuvo de niña, del ruido de las ollas cuando su madre lavaba los platos “como si expulsara la rabia a golpes de plato”. —Y de pronto, sin transición, se detiene. Su mirada se fija—. Puede apagar eso? —dice, señalando la grabadora.

La apago.

Se inclina hacia mí, como para confiar un secreto a alguien que quizá no lo merece… pero está allí.

—Tengo una caja azul.

El tono es extraño. No nostálgico. No divertido. Preciso.

—¿Una caja azul?

—Sí. Está en alguna parte de esta casa. Me dijeron que lo habían “reunido todo” cuando llegué. Mis cosas, mis papeles… Pero esa caja… ya no la veo. —Aprieta ligeramente las manos, como si intentara impedir que algo se deslizara—. Es una tontería —dice—. Pero dentro de la caja… está mi mañana.

Pronuncia “mi mañana” como si fuera un nombre propio.

Siento un leve estremecimiento en el estómago. No miedo. Más bien… responsabilidad.

—¿Recuerda qué hay dentro?

Cierra los ojos.

—Una carta. Y una fotografía. Y… algo que no debería estar ahí. —Los abre. Su mirada ya no bromea—. No me queda mucho tiempo, ¿sabe?

Pienso: si lo dice así, es porque lo siente. Y detesto ese momento en que hay que fingir que no se oye.

—Élise… ¿quiere que la busque?

Su rostro se relaja. Apenas.

—Usted vino para conservar. Entonces conserve también eso.

Vuelvo a encender la grabadora, pero no registro lo que acaba de decir. No pertenece a la cinta. Pertenece a la habitación.

Termino la sesión con suavidad. Antes de irme, le muestro dos imágenes en la pantalla de la cámara.

Mira largo rato aquella en que sus manos están en primer plano, iluminadas por la ventana.

—Ahí está —dice—. Esa soy yo.

 

Bajo al pequeño cuarto donde puedo imprimir. Una habitación al fondo del pasillo, con una mesa, una impresora fotográfica y olor a papel caliente. Me gusta ese momento: el paso de lo digital a lo real. La foto se convierte en objeto. Adquiere peso. Se transforma en algo que puede guardarse en un cajón, reencontrarse diez años después… o perderse para siempre.

Lanzo la impresión: copia 13x18, blanco y negro, contraste suave.

Mientras sale, pienso en la caja azul. Seguramente sea un recuerdo banal. Una carta de amor, una foto de boda, una entrada de cine.

Nada “fantástico”. Nada espectacular. Solo esas cosas que se vuelven inmensas cuando todo lo demás se ha encogido.

La copia se desliza, aún tibia. La coloco sobre la mesa, con la imagen hacia arriba. Magnífica. Sus manos parecen casi vivas.

La dejo secar unos minutos. Luego la doy vuelta para escribir su nombre, la fecha y una pequeña nota… siempre lo hago, para que la copia no se convierta en algo anónimo, en un fantasma de papel.

Tomo mi marcador negro.

Y me detengo.

Ya hay algo escrito al dorso.

No es mi letra. Tampoco la de Sandrine.

Son letras finas, como trazadas por una mano que esperó mucho antes de atreverse.

“Busca la caja azul. AURORA.”

Me quedo inmóvil, con el marcador en alto, como un idiota congelado en una foto fallida.

El corazón da un pequeño traspié. Solo uno.

Doy vuelta la copia. La imagen es normal. Sin señal alguna. La vuelvo a girar: el mensaje está allí, perfectamente seco, como si siempre hubiera existido.

Podría contarme una historia racional: un error, una broma, una mancha de tinta.

Pero conozco la tinta. Conozco el papel. Y conozco, sobre todo, esa sensación… la de un detalle que no debería estar ahí.

Miro alrededor. Nadie.

En el pasillo, una silla cruje. Una voz llama: “¿Señora?”.

El mundo continúa. Como si nada.

Subo con la foto dentro de un sobre. Llamo a la habitación 12.

—Adelante.

Élise sigue junto a la ventana, pero la luz ha cambiado: es más pálida, más inclinada. La tarde empieza a cansarse.

Me acerco y le entrego el sobre.

—Aquí está su copia.

La toma con delicadeza infinita. Saca la foto, la mira… y, naturalmente, la da vuelta.

Contengo el aliento.

Entrecierra los ojos.

—Ah —dice simplemente.

Como si no fuera la primera vez que una fotografía le habla.

—¿Usted… ve lo que está escrito? —pregunto, con la garganta algo seca.

Asiente.

—Sí. —Levanta la mirada hacia mí—. Usted también lo ve, entonces.

No respondo de inmediato. Me siento como un niño sorprendido creyendo en algo.

—Yo… sí.

Acaricia el mensaje con la yema del dedo, sin frotarlo, como si temiera borrarlo.

—Aurora —murmura. Respira, y sonríe —una sonrisa mínima, cansada, pero verdadera—. Es curioso. Él nunca escribe mucho.

—¿Él?

No responde directamente.

—¿Va a buscarla? —pregunta.

Pienso en Sandrine, en el depósito, en las cajas de mudanza, en las etiquetas “Élise – habitación 12 – varios”.

—Sí —digo—. Voy a buscarla.

Asiente, satisfecha, como si por fin hubiera pronunciado la frase correcta.

—Entonces no vino aquí en vano.

Bajo. Encuentro a Sandrine en la sala común.

—Sandrine… las pertenencias de los residentes, cuando llegan, ¿dónde las guardan?

—En el pequeño depósito detrás de la lavandería. ¿Por qué?

Miento a medias, que es la mejor mentira.

—Élise busca una caja azul. Un recuerdo.

Sandrine sonríe con ternura.

—Oh… sí. Habla mucho de eso. Ya revisamos, pero…

La interrumpo con suavidad.

—¿Puedo intentar? Tengo algo de tiempo.

Duda un segundo. Luego me da la llave.

El depósito huele a detergente y cartón húmedo. Estanterías, cajas, bolsas.

Rebusco sin método al principio, luego me obligo a ser riguroso: etiquetas, nombres, números de habitación.

Encuentro “Élise, ropa de invierno”, “Élise, libros”, “Élise, fotos”. Pienso: por supuesto.

Saco la caja “fotos”. Dentro: álbumes, sobres, postales.

Y al fondo, encajada bajo un viejo suéter, una caja de metal azul claro, con un pequeño cierre. El corazón repite el mismo traspié. La abro.

Dentro: una carta doblada, amarillenta, con letra antigua. Una fotografía: un hombre frente a una panadería, joven, serio, las manos cubiertas de harina. Y… un tercer objeto.

Una pequeña pulsera de plástico, también azul, con una fecha impresa.

Una fecha reciente. Demasiado reciente para un recuerdo de juventud.

Y una nota, escrita con marcador sobre una etiqueta pegada:

“AURORA — NO PERDER.”

Me quedo allí, en el depósito, con la caja abierta, como si hubiera metido la mano en un cajón que no me pertenece.

No sé qué sostengo. Solo sé que no es “nada”.

Cierro la caja. La apoyo contra mi vientre, como un objeto frágil.

Cuando subo hacia la habitación 12, pienso algo muy simple, muy humano y absurdo:

Soy fotógrafo. Quería conservar rostros. Y termino encontrando una mañana encerrada en una caja.

Llamo.

—Adelante.

Élise no me mira enseguida. Fija la ventana, como si esperara algo afuera.

Coloco la caja azul sobre la mesa, entre los dos.

La mira largo rato. Luego posa las manos sobre ella. Esta vez, le tiemblan.

—La encontró —dice.

No es una pregunta. Es una constatación. Como si hubiera sabido desde el principio que la encontraría. O que la caja me encontraría a mí.

Levanta la vista.

—Ahora… tengo que decirle qué hay dentro. —Inspira. Y entiendo, por la manera en que toma aire, que lo que va a decir no es solo para ella—. ¿Tiene un bolígrafo? —pregunta.

Le entrego el mío.

Lo toma y escribe en un pequeño papel, lentamente, con una concentración casi infantil. Luego me lo tiende. En el papel, una sola palabra:

AURORA.

Y debajo, más pequeño:

“Mañana por la mañana. Antes de que olvidemos.”

Me mira, y su rostro –ese que, según ella, miente– no miente en absoluto.

—¿Volverá mañana? —dice.

No quiero decir que sí. Porque decir que sí es aceptar que hay algo que hacer.

Y que importa.

Entonces hago lo que hago cuando disparo una foto: me comprometo.

—Sí —digo—. Mañana por la mañana.

Y afuera, detrás de los tilos sin hojas, la niebla empieza ya a preparar la noche, como si quisiera ocultar el pueblo antes del amanecer.

Creía que fotografiaba rostros.

Fotografío umbrales.

Marc Bailly (Bélgica) es fotógrafo y escritor. Autor de la colección *Le Noël qui répare* (fantasía con un toque ecológico), también produce videoentrevistas con artistas y escritores. Combina un enfoque documental, emoción y un toque de lo siniestro. Es el fundador de *PHENIX*, la revista de lo Imaginario, y presidente de los Premios Bob Morane y Masterton.

EL DESEO DEL PASADO