viernes, 6 de febrero de 2026

¡ESE ROJO!

Veronika Santo

¡Ese rojo!

Nunca en mi vida había visto un color así, el color del fuego, el color del corazón. Tenía exactamente nueve años el día en que mi padre me llevó a esta excursión, poco después de la muerte de mi madre.

Antes de entrar en la Casa de los Misterios, antes de ahogarme en ese mar de rojo que me marcaría para toda la vida, mi padre y yo caminamos durante horas por Pompeya.

Me explicó que hacía mucho tiempo la ciudad había sido cubierta por la ceniza de un volcán, que un polvo gris había sepultado casas, personas, animales y plantas.

Tan fascinado como estaba, me sentía también incómodo. Giraba confundido hacia uno y otro lado en aquella ciudad muerta de muros blancos que, en un instante, cuando menos lo esperaba, había sido cubierta de ceniza. De vez en cuando miraba en dirección al volcán que se alzaba sobre la ciudad. Era comienzos del cuarto mes, la primavera era inusualmente fría y las laderas del Vesubio todavía estaban cubiertas de nieve. Pensaba que la ciudad misma era prueba de que no se podía confiar en el volcán. Esperaba ver en cualquier momento lenguas rojas de lava derritiendo la nieve y precipitándose hacia nosotros.

Parecía que yo era el único que albergaba esas sospechas. Increíblemente, la gente a nuestro alrededor paseaba, levantaba los teléfonos móviles para fotografiar el Vesubio y luego le daba la espalda con total calma.

Le contaré a la clase que vi un volcán de verdad, les diré que de repente la cima empezó a humear y que el fuego tiñó el cielo. Volví a mirarlo a escondidas. No pasaba nada, lo cual no significaba que no pudiera pasar. Había que vigilarlo. Incluso podía añadir que vi un dragón. En realidad, era perfectamente posible que de la lava del cráter salieran también dragones.

—Sucede —dijo papá—. La vida sigue, sigue, y de repente, cuando menos lo esperas, se detiene.

Su voz era amarga, melancólica. Si hasta entonces me sentía incómodo, ahora sentí cómo se me encogía el estómago. Sabía que pensaba en mamá, aunque intentábamos no hablar más de ella. Mamá estaba muerta y había que olvidarlo. Él lo repetía constantemente, pero entonces ¿por qué me había traído justo aquí, a una ciudad tumba sobre la cual aún se cernía impune su asesino?

Y entonces…

—Vivieron y se fueron —continuó con el mismo tono—. Cuando personas y cosas desaparecen en el tiempo no hay que olvidarlas, pero tampoco aferrarse demasiado a su recuerdo.

¡Eres tú el que no me deja olvidar, tú, tú!, quise gritar, pero como siempre en esas ocasiones, no dije nada.

De repente su voz se me volvió insoportable. Igual que la atención obsesiva que me dispensaba. Desde que murió mamá vigilaba cada uno de mis movimientos. Llamaba a la escuela para asegurarse a qué hora terminaba la última clase, y ante el menor signo de enfermedad me arrastraba en pánico de médico en médico. Empecé a odiar a mi padre y quizás aquí, en Pompeya, más que nunca. Me sentía atrapado, quería huir: de que mamá ya no estuviera, huir de él, pero aún más de mí mismo. Daba vueltas casi en pánico, buscando algo, algo.

Qué exactamente, no lo sabía.

Y de repente ese “algo” apareció. Como si la ciudad hubiera respondido a mis llamados de auxilio.

A la Casa de los Misterios se entraba por una veranda desde la cual se podía ver casi todo el golfo de Nápoles. El mar chispeaba, brillaba, inspiraba reverencia; así que nos detuvimos unos instantes para contemplarlo, por fin en silencio, mientras yo rezaba en mi interior para que al menos por un rato me dejara en paz. Apenas nos alejamos de la terraza, volvió a bombardearme con explicaciones, esta vez sobre la disposición de las habitaciones de la Casa de los Misterios. Podría haberme interesado, pero incluso eso me resultaba excesivo.

Atravesamos cuatro salas que conducían al peristilo con dieciséis columnas (las conté obstinadamente, porque no quería prestar más atención a mi padre).

Y entonces, de pronto, nos encontramos frente a los muros pintados de aquella casa. Creo que al principio ni siquiera entendí lo que representaban. Lo que me atrajo fue el color, ese rojo increíblemente profundo en el que me ahogué, que me envolvió como si quisiera protegerme, como si quisiera devolverme al mundo. Solo después de unos momentos mi mirada se detuvo en una de las pinturas murales.

—Deja eso —respondió mi padre con cierta incomodidad—, esa manera de pintar pertenece al pasado.

Yo era solo un niño y creo que ese rojo pompeyano, el color del fondo sobre el cual la joven vestida de amarillo me miraba, respondió a mi llamado interno de auxilio. Cómo, no lo sé. Solo sé que me quedé inmóvil, hechizado, con la boca entreabierta, mirando lo que tenía delante.

La joven estaba sentada en una silla blanca, quizá de piedra, y una mujer a su lado le peinaba el cabello. Un niño desnudo con alas sostenía un espejo. Tenía cuerpo de niño, pero rostro de adulto. La imagen estaba algo dañada por el tiempo o tal vez inacabada.

Mi padre, por supuesto, notó mi mirada y dijo que se trataba de Puto, el dios del amor: entre los pueblos paganos no había ángeles. Esta vez sí lo escuché. Quería saber quién era Puto, pero parecía que él no sabía más. Justo cuando por fin quería aprender algo, no supo responderme.

Agucé el oído. Desde el patio llegaba la voz de un guía que explicaba a un grupo de visitantes la técnica pictórica de la encáustica. Entendí por lo que decía que gracias a ella los colores de aquellos muros habían permanecido casi intactos durante los últimos dos mil años.

—Yo también pintaré así cuando sea grande —dije en voz alta sin apartar la vista de la pintura.

Recuerdo que después de bastante tiempo me volví hacia la puerta abierta que daba al patio. Allí había sombra, allí luz veraniega; el sol se reflejaba en las columnas de mármol del patio interior. Había algo en esa luz que separaba aquel mundo de este, y aunque era solo un niño, ya sabía dónde estaba mi lugar.

Mi lugar estaba junto a ese rojo.

Más tarde busqué la palabra encáustica en la enciclopedia: era de origen griego y significaba “poner al fuego”. El pigmento se derretía en cera caliente, la pintura se aplicaba con herramientas especiales sobre la superficie y luego se calentaba para unificar el dibujo. Se requería gran habilidad para manejar fuego, cera y colores, y se consideraba que quedaban muy pocas personas que conocieran la técnica exacta.

Pronto comprendí que en realidad ya no la conocía nadie. Sí, había quienes se presentaban como expertos, pero no utilizaban las herramientas correctas, no conocían los pigmentos antiguos ni sabían elegir la cera adecuada.

Desde entonces, todos los días agregué algo a mi conocimiento de la encáustica, aunque, no sé por qué, nunca hablé de ello con mi padre. Dediqué mucho tiempo al rojo y supe que no era un color sino un pigmento, producido a partir del polvo triturado del mineral cinabrio.

Un día –yo ya tenía dieciséis años– me sorprendió frente a una tabla de madera en la que practicaba la aplicación de colores con mis entonces primitivos instrumentos.

—¿Por qué? —preguntó mirando lo que hacía. El dolor en su voz me hirió, me enfureció.

—¿Por qué te molesta? —le respondí desafiante.

—Porque tienes que vivir en el tiempo que te tocó —contestó.

Pero eres tú el que nunca lo logró, quise decirle. Lo que me llevaba a la ira era presentir que él relacionaba mi interés por la encáustica con el deseo de revivir el pasado; tal vez incluso pensaba que era un intento inconsciente de revivir a mi madre. Proyectaba sus errores en mí, los veía en mí.

¿Cómo podía explicarle ese rojo que se había vuelto la linfa de mi vida? Que el tiempo es fluido como el pigmento que se derrite en la cera al fuego, y que yo quiero, quiero fluir con él. Que era él, y no yo, quien cavaba constantemente en el pasado. Y que, maldita sea, ya era hora de que me dejara en paz.

A los diecisiete años tuve mi primera relación sexual. Se llamaba Irena, era bajita, algo rellenita y tenía unos pechos bonitos. Recuerdo que sudé mucho. Para ella también era la primera vez y quería que fuera cuidadoso. Yo tenía prisa, quería saber lo antes posible cómo era; además, ella era cálida, blanda y, en general, no creo que haya salido muy bien. Pero en el momento en que eyaculé, mal y apresuradamente, ante mis ojos apareció por un instante ese rojo profundo que yo, torpe y a mi manera, intentaba alcanzar en el lienzo.

No era exactamente lo mismo. Quizá era más pálido, quizá diferente, ¿peor, mejor?

Empecé a cambiar de chicas, experimentando, buscando. No tenía prisa: ningún verdadero artista puede permitirse ese lujo. La prisa es superficialidad e incomprensión. Quería explorar bien el mundo de los cuerpos femeninos suaves, su geometría, curvas y sombras. El arrebato que sabía liberarme y lanzarme a la órbita, hacia el rojo.

Nunca me enamoré; no podía ni lo pretendía. Como ya dije, mi trato con las chicas era una búsqueda del camino hacia el rojo. ¿Podían llevarme allí o no?

No podía ocultarle las chicas a mi padre; me miraba con desconfianza, pero no decía nada. Probablemente pensaba que yo era sexualmente inquieto, y nada más. Al mismo tiempo pintaba, en secreto. Como antes, cuidaba que mi padre no descubriera lo que realmente hacía. Me satisfacía de algún modo que no supiera a qué me dedicaba, qué quería, qué buscaba.

Aún no lograba obtener el color deseado. Sabía volar hacia la órbita, pero no alcanzarla. Poco a poco se me hizo claro que mi vida erótica no me llevaría muy lejos en la búsqueda del rojo pompeyano. Con las chicas estaba bien, pero no era suficiente. En cuanto a la pintura, tenía intuición, pero no técnica.

Además, ¿qué eran todas esas chicas comparadas con aquella de vestido amarillo que había visto en el fresco de Pompeya? Ese era el problema: ella era una diosa; estas eran solo chicas de carne y hueso. Poco a poco me fui saturando de sus cuerpos rosados y redondeados que pasaban por mi cama.

Yo buscaba otra cosa. Si hubiera tenido que expresar con palabras qué era exactamente esa otra cosa, no habría sabido decirlo. El rojo pompeyano: ese era el objetivo de mi búsqueda. ¿Adónde debía conducirme ese rojo pompeyano? Si de verdad lograba obtenerlo, ¿qué consecuencias tendría para mi vida? No tenía respuestas a esas preguntas, pero sí tenía deseo. El guante del desafío arrojado a los dioses. Sacaba a la luz algo que debía haber quedado olvidado. En lo más profundo sabía que en el momento en que lo consiguiera, algo sucedería. Solo que no sabía qué.

Tras terminar la escuela secundaria de artes plásticas, le pedí a mi padre que completara mis finanzas para ir a Nueva York y ampliar horizontes con visitas a los museos de allí. Omití decirle que en realidad iba al Museo Metropolitano a ver la única vasija antigua del mundo en la que estaban descritas con precisión las herramientas utilizadas en la encáustica. La vasija no estaba expuesta al público porque figuraba en la lista de obras en litigio por su restitución al país de origen. Por un momento pensé que mi viaje había sido en vano y pedí ayuda a uno de mis profesores. Recuerdo que olvidé la diferencia horaria y lo llamé a las cuatro de la madrugada de nuestro horario. En lugar de mandarme al demonio, a la mañana siguiente llamó a nuestro cónsul en Nueva York, presentándome como uno de sus mejores alumnos.

Logré obtener un permiso especial para ver la vasija.

Pasaron varios años hasta que conseguí fabricar las herramientas, obtener y perfeccionar los pigmentos. Aprendí que la cera pura debía fundirse primero en el mar y que incluso el gran Leonardo da Vinci fracasó en su intento de pintar con color, fuego, cera y mar. El fresco que representaba la batalla de Anghiari se le derritió ante los ojos.

Mientras tanto terminé también la Academia de Bellas Artes y me mudé lejos de mi padre.

Por fin logré escapar de su atención excesiva, aunque no de sus miedos. Todavía solía llamarme a cualquier hora del día o de la noche para preguntarme si había comido, si tenía suficiente dinero, si veía a alguien en ese momento. Después de todas aquellas chicas con las que había salido años atrás, desde hacía un tiempo prefería estar solo.

Todos esos años me enseñaron a esperar, a tener paciencia. Probablemente porque ahora estaba tan cerca del objetivo.

Parecía que lo tenía todo: por fin podía empezar a pintar de verdad con la técnica de la encáustica. Y hacía tiempo que sabía qué: una copia de la imagen que alguna vez, para mi noveno cumpleaños, había visto en Pompeya. Fondo rojo y tres figuras: la joven, la mujer que le peinaba el cabello y Puto, el dios alado del amor, con rostro de adulto y cuerpo de niño.

¿Pero quién observaba todo eso? Tenía que haber alguien más. Sonreí: ¿quién pintaba?

Me estremecí ante esa idea, pero ¿acaso después de tantos años no tenía derecho a la audacia? La pintura pompeyana estaba algo dañada; yo haría otra igual, pero nueva, fresca, como en el momento en que fue creada.

Fijé el día y la hora en que me sentaría a comenzar el cuadro. Habían pasado exactamente quince años desde que estuve en Pompeya con mi padre.

La noche anterior casi no dormí de la excitación; me había preparado para esto desde mi noveno cumpleaños. Me removía inquieto; en realidad hubiera querido saltar de la cama y empezar a pintar de inmediato, pero no quería arruinar lo que había planeado durante años.

A la mañana siguiente me duché, me lavé el cabello, me puse la mejor camisa de mi guardarropa. También me preparé un café fuerte. Las manos me temblaban un poco, pero sabía que eso cesaría en cuanto me sentara y empezara a pintar. Nunca había tenido problemas de concentración.

Di un sorbo al café caliente. Estaba bueno, amargo.

Encendí el pequeño hornillo a gas en el que calentaría los colores, la cera y las herramientas. Desde tiempos primigenios el fuego crea y destruye: ¿sería ahora mi amigo o mi enemigo?

Mis movimientos eran precisos, medidos.

Afuera era un cálido día de primavera. Recordé que ese mismo día, quince años atrás, el Vesubio tenía una corona de nieve y yo pensaba que en cualquier momento podría empezar a escupir fuego. Todo empieza y termina con el fuego, pensé.

Mezclé los colores, suspiré y comencé a trabajar sobre la base.

El tiempo pasó y ni siquiera noté cuándo cayó la noche. Al día siguiente ocurrió lo mismo, en una especie de fiebre, en un semisueño del que solo emergía la imagen. En algún momento de la tarde sonó el teléfono.

—No contestas desde hace días —dijo mi padre con voz triste—. ¿Está todo bien?

No podía permitirle que ahora lo arruinara todo. Ahora que por fin lo lograría, lo sentía; ahora que por fin tocaría ese rojo.

Le dije que no se preocupara, que estaba trabajando en un cuadro y que había perdido la noción del tiempo.

Volví ansioso al fuego y a los colores. La imagen que surgía no era una copia: era esa imagen. ¡Era ese rojo!

Pensé que había logrado devolver al mundo la técnica de pintar con fuego; pensé que era el único pintor en el mundo que había dominado la antigua técnica utilizada por egipcios, griegos y romanos.

Había vencido al tiempo, vencido al olvido, entrado en la propia trama del mundo.

En un momento miré por la ventana: el sol primaveral debilitaba la llama de gas y luego la fortalecía de nuevo, como si la incitara. Creo que ya estaba muy cansado, porque de pronto me pareció que la pared frente a mí era roja. Como si estuviera cayendo en algo cálido, algo intensamente rojo. ¿No era eso lo único que siempre había deseado? Solo que de repente tuve miedo.

La silla bajo mí se volvió fría, como de piedra. Me acomodé mejor, la toqué con la mano, miré: era solo una silla de cocina común. Pasé la mano con pánico por mis ojos.

Cuando la retiré, la joven estaba frente a mí: su cabello castaño caía suavemente sobre el hombro que la mujer de vestido púrpura a su lado acomodaba. Mi diosa me sonreía, claro, porque yo era quien la había pintado. La miré con incredulidad y luego me volví hacia la base en la que trabajaba. Mi mano se detuvo: ¿había dibujado todo eso yo? No había duda: me había convertido en un verdadero maestro; dentro de unos dos mil años la gente se maravillaría ante esta pintura.

Solo un par de movimientos más y el cuadro estaría terminado; podría darme vuelta e irme. ¿Pero dónde?

De repente, en la calle se oyó un murmullo que iba creciendo lentamente, como una marea amenazante. La joven, asustada, se puso de pie de un salto; su vestido amarillo ondeó, el cabello se le desparramó sobre los hombros.

Luego un grito, luego otro, el ruido de pasos, gente que huía por la calle. A la mujer a su lado se le cayó el peine de la mano.

Yo permanecí inmóvil, la mano aún detenida a mitad del gesto. Sabía lo que estaba ocurriendo allá afuera, en las blancas laderas del volcán.

Ni siquiera el pequeño Puto se movía; solo me miraba fijamente. Seguía sosteniendo el espejo plateado y parecía alguien que lo sabe todo. En el espejo se sucedían imágenes; más que verlas, las intuía. Sabía que a través del espejo fluía toda mi vida. Y que pronto me hundiría de verdad en ese rojo: era el final que había anhelado desde mis nueve años.

Creí haberle robado al mundo antiguo la técnica de la pintura, pero en lugar de eso, fue él quien me tomó a mí.

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosquePasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

 

jueves, 5 de febrero de 2026

UNA VISITA AL MUSEO

Luís Filipe Silva

 

Pasa, yo te guío. Hace tiempo que no recibimos visitas. ¡Vaya, qué grupo tan animado son, y tantos! La mayoría de los días, cierro las puertas al anochecer sin ver a nadie. Al amanecer, sí, día tras día. Más de dos siglos, casi tres. Solía decir que a la gente ya no le importaba, pero la realidad puede ser que ya no quede nadie. ¿Cómo voy a saberlo? No, si me voy podría considerarse un incumplimiento de contrato. No me arriesgaré. Bueno, el castigo sería el despido inmediato de mi ser. Ah, sí, una bala en el corazón, casi literalmente, pero no del todo, porque será un fuerte golpe en mi chip. Estoy lleno de ellos, ¿no es así contigo también?

Así que, este es el salón. Perdón por todo el polvo. Los demonios llevan en huelga desde el Día del Juicio, y es demasiado trabajo para mí solo. Ja, ¿te gusta mi metáfora, verdad? Es de películas muy antiguas, de algún tipo de franquicia. Un poco demasiado drama pero aun así muy divertido. También había un libro, supongo. De todas formas, puedes esperar aquí un rato mientras enciendo todo esto. No tardará. Solo cuidado con los bichos. Pueden ser bastante desagradables. ¡Uno de los grandes incluso puede morderle la cabeza al bebé!

Ah, bueno, eso está mejor, ¿no? Por aquí. No interactúes con el loro, diga lo que diga. Vale, así que este es el pasillo principal. Es solo de ida. Una vez dentro, no puedes volver atrás, tendrás que recorrer todas las habitaciones. Así que, si necesitas pensar esto...

¡Perfecto! Eres de mi tipo. O lo serás, al final de esto. Ja, es broma. Ahora, solo necesito que firmes aquí, y aquí... Quédate quieto. Tranquilo, solo fue un pinchazo para recoger un poco de sangre. Sí, todo bien. Puedes entrar.

Bueno, porque nos enorgullece seleccionar solo a los mejores clientes.

Estás entrando ahora en el Museo de la Guerra Definitiva. La que superaba a todas las demás, y que evitaba futuras guerras. La primera sala nos muestra...

¡Dios mío! ¿Qué le pasó? Ah, el loro. Te advertí que no jugaras con él. Es un arma biológica viva de esa época. Cálmate, niña. Puedes quedarte en el salón mientras tus padres y hermanos realizan la visita. Aquí tienes algo para los ojos. Lamentablemente, el saco ha sido comprometido. Es un efecto secundario del veneno. Probablemente nunca recuperarás la vista, pero al menos estás viva.

No, no puedes volver. Eso es lo que dije. Tienes que seguir moviéndote hasta encontrar la salida.

Es justo, señora. Ninguno de los que vivieron esta horrible guerra pudo salir, ¿verdad? ¿Qué tipo de experiencia real estaríamos proporcionando si la permitiéramos? Sigue moviéndote, llegarás una estación médica tarde o temprano. No, darse prisa no sirve de nada, porque las habitaciones siguen moviéndose. Bueno, en una guerra nunca sabes qué pasará después. ¡Experiencia real, señora!

¿Dónde iba? Oh, sí, la primera habitación. Ah, ya sé lo que es esto. Cada una de las jaulas de la izquierda tienen un hombre perro. Podían atacar por su cuenta o unirse en manadas, de ahí su nombre. Todos los equipos los usaron en algún momento, pero solo la facción Rosa los cultivó desde su nacimiento. Básicamente son músculos robustos con colmillos y garras, y un cerebro humano reducido a funciones básicas. Hubo países llenos de ellos. Puedes ver algunas de sus presas en las jaulas opuestas. Finalmente, las primeras víctimas desarrollaron su propio armamento, pero como podrías imaginar, esos bebés podían saquear y devastar una sola aldea en pocas horas.

Ah, sí, están vivos, todos. Se mantienen en estasis en los tiempos de desactivación. Y tenemos un pasillo que une ambas zonas, cortado por un divisor endeble. Mira cómo los hombres perros se golpean contra ella, observa el verdadero terror de esos aldeanos. Nos enorgullece mostrarles la verdadera Historia en acción.

Esta es la sección de armas, una docena de habitaciones llenas de los principales dispositivos terrestres, acuáticos y aéreos. Se ha puesto mucho cuidado aquí para ser lo más preciso posible. Por favor, no interactúes con ellos ni hagas movimientos bruscos, algunos de los mecanismos desencadenantes pueden seguir activos. No podemos saberlo con certeza porque sus creadores han sido exterminados. Hay vídeos de ellos en acción, que puedes ver. Te esperaré al final del pasillo.

Hola de nuevo, te has tomado tu tiempo. Ah, veo que algunos no lo habéis conseguido. Sí, las abejas son sensibles al sonido, hay una advertencia en la pared. Después de todo, diezmaron ese archipiélago. Bastante cruel, de hecho, especialmente si no tienen veneno.

No, lo siento, no puedes salir. Porque es toda la experiencia de la guerra, ¿sabes? Nos enorgullece ser precisos. ¿No crees que la gente estaba cansada de la guerra, que quería salir? Por supuesto que lo hicieron, pero no pudieron, así que ¿qué tipo de museo seríamos entonces?

Ahora, ahora, no hace falta que me amenaces. No puedo hacer nada cuando el espectáculo ha empezado. Soy prescindible como cualquier otro guía. De hecho, puedes decir que ahora mismo soy tu mejor amigo.

Oh, presta atención. Los módulos son libres para recorrer cada sección tras un tiempo. Como hacían en el pasado. Ay, ay, está sufriendo mucho, la toxina la va a devorar por dentro. Mejor acabar con su sufrimiento.

¡Esas eran las decisiones que la gente tenía que enfrentar! ¿No lo sabías? ¿No te enseñan la historia de la Tierra en las colonias exteriores? ¿Pensabas que podías mirar desde lejos y disfrutar del hecho de que nos mataríamos? Bueno, en ese caso este museo será una experiencia muy humilde.

Por cierto, si fuera tú, volvería a buscar a tus compañeros muertos. Mira, esta siguiente parte simula el asedio de Australia, también conocido como los Meses del Hambre, y he notado que no has traído ningún tentempié...

Luís Filipe Silva es el autor de O Futuro à Janela, ganador del Premio Caminho de Ciencia Ficción en 1991; Cidade da Carne, Vinganças (Caminho 1993 - publicado posteriormente por Épica en un solo volumen en 2013, A GalxMente), Terrarium Redux (2016 con João Barreiros). Traductor y antólogo ("Os Anos de Ouro da Pulp Fiction Portuguesa", Saída de Emergência, 2011), ensayista (entrada sobre Portugal en la Enciclopedia de Ciencia Ficción). Blog: tecnofantasia.com / Instagram: luisfilipesilva.autor.

 

CORRECCIÓN

Silvio Sosio

 

A un millón de kilómetros del objetivo, el sistema inició el procedimiento de restablecimiento del soporte vital.

Cuando la presión del aire alcanzó los 1013 milibares y la temperatura interna de la cabina los 297 kelvin, el subsistema criogénico inició el procedimiento de reanimación. La bañera se calentó cuasiestáticamente hasta que el cuerpo alcanzó los 283 kelvin; luego comenzó el delicado procedimiento de sustitución del líquido conservante especial por sangre, previamente calentada. Cuando el cuerpo llegó a los 309 kelvin, la bañera se abrió y se encendieron las luces.

A cuatrocientos cincuenta mil kilómetros del objetivo, una descarga eléctrica reactivó el latido cardíaco. Casi al mismo tiempo se hincharon las bombas y se forzó la reanudación de la respiración.

El hombre tosió e inhaló el aire con violencia, como si se estuviera asfixiando.
En los primeros instantes, las pupilas se agitaron desesperadamente, como si no entendiera dónde estaba. El ritmo cardíaco, aunque estabilizado con ayuda de sustancias químicas, era más rápido de lo normal, pero al cabo de un minuto se normalizó.
Pocos instantes después, la respiración se estabilizó y el hombre se incorporó para sentarse. Con calma, respiró unos minutos más sin moverse. Miró a su alrededor. La cabina era poco más grande que la bañera criogénica en la que se encontraba: no más de tres metros cúbicos. Los indicadores luminosos no señalaban ninguna anomalía.

A doscientos cincuenta mil kilómetros del objetivo, el hombre se quitó las cuatro agujas de las vías de los brazos y las piernas y desabrochó las correas que lo mantenían anclado a la bañera. Intentó moverse; se detuvo un instante y volvió a intentarlo. Recuperaba con rapidez la plena funcionalidad física.

Aferrándose a un asidero del techo, se puso de pie y empezó a hacer algunos movimientos para comprobar la respuesta de los músculos. Estaba desnudo: de un compartimento sacó algunas prendas de algodón liviano y se las puso.

A cincuenta mil kilómetros del objetivo, el hombre se acercó al puesto de control y se aseguró con una correa a la sillita. Con manos expertas activó los sistemas de verificación y revisó los resultados. Todo funcionaba perfectamente: la posición en el espacio era la correcta y el objetivo estaba donde tenía que estar.

Por primera vez desde que había despertado, el hombre alzó por fin la vista hacia las pantallas que mostraban el espacio alrededor de la nave. Tardó unos instantes en orientarse y finalmente logró identificar el Sol. A una distancia de ciento veintinueve unidades astronómicas, ya no era más brillante que cualquiera de los millones de estrellas que resplandecían en la pantalla.

A diez mil kilómetros del objetivo, el hombre se levantó y se acercó al voluminoso traje espacial, fijado a la mampara detrás de él. Con gestos expertos comprobó su estado. Con una lenta voltereta, posible gracias a la ausencia de gravedad, metió las piernas en el traje sin despegarlo de la pared. Luego pasó a introducir los brazos en las mangas gruesas. Con más dificultad, teniendo que trabajar ahora con las manos dentro de los grandes guantes, cerró cuidadosamente el traje y, por fin, liberó los enganches que lo sujetaban a la pared y quedó flotando. De un compartimento extrajo el casco y se lo colocó, fijándolo al traje.

Durante unos minutos verificó que los datos de presión, temperatura y oxígeno fueran correctos y que todos los sistemas del traje estuvieran plenamente operativos. Después abrió la válvula para despresurizar la cabina.

Entonces se detuvo a esperar.

A diez kilómetros del objetivo, el sistema de navegación desactivó los cohetes de frenado e inició la maniobra de aproximación de precisión. El hombre controló la operación desde un pequeño monitor, listo para intervenir. No fue necesario.

A cincuenta metros del objetivo, el hombre bajó la palanca para abrir la escotilla exterior y, con un pequeño impulso, se lanzó al vacío.

El espacio fuera de la nave estaba atestado de estrellas. Sin el filtro de la atmósfera y sin la luz del Sol en las inmediaciones, el número de estrellas visibles era mucho mayor de lo que el hombre hubiera experimentado jamás. Permaneció inmóvil unos segundos, quizá para recuperar el equilibrio emocional. Luego empezó a accionar los pequeños propulsores del traje para acercarse al objetivo.

El objetivo era un cuerpo cilíndrico de aproximadamente un metro cúbico de volumen, al que estaba fijada una antena parabólica de 2,74 metros de diámetro, apuntando hacia el Sol, y dos brazos de unos tres metros que contenían los sistemas científicos, dispuestos con unos 120 grados entre sí. El tercer brazo, más delgado y que se extendía unos seis metros, alojaba un pequeño magnetómetro.

El hombre se acercó al objeto equilibrando su velocidad y dirección para no alejarse de él. El objeto parecía completamente inactivo. La energía de los generadores nucleares se había agotado hacía ya muchos años.

Con impulsos pequeños y medidos de los propulsores, el hombre rodeó el objeto, colocándose del lado correcto, y por fin encontró lo que buscaba.

En un lado del objeto había fijada una placa metálica rectangular de oro anodizado. En la placa estaban dibujados, a la derecha, dos seres humanos: un hombre y una mujer. El hombre tenía una mano levantada en un gesto de saludo. En la parte superior izquierda, dos círculos unidos por un trazo horizontal ilustraban la transición hiperfina del espín del hidrógeno atómico y, debajo, había un diagrama que representaba la posición del Sol con respecto a las estrellas más brillantes del sector galáctico.

En la parte inferior de la placa había un esquema gráfico que describía el Sistema Solar.

El hombre movió la mano cubierta por el pesado guante y abrió un compartimento en la parte delantera del traje. Con movimientos prudentes extrajo la contribución a la misión de la Agencia Espacial Rusa: un lápiz grueso.

Con gestos cautelosos acercó el lápiz a la placa y trazó una X sobre el puntito más a la derecha en la representación del sistema solar. Y habló:

—Según lo establecido por la Unión Astronómica Internacional el 24 de agosto de 2006, Plutón ya no puede considerarse un planeta. Ahora esta placa está corregida.

Volvió a guardar el lápiz en el compartimento y accionó los propulsores para regresar a su nave. La Pioneer 10 estaba lista. Ahora lo esperaban otros treinta y dos años de viaje en animación suspendida para llegar a la Pioneer 11.

 Silvio Sosio nació en Milán, Italia, el 5 de octubre de 1963. Es un periodista, editor y antólogo. Su actividad en el campo de la ciencia ficción comenzó en la década de 1980 con el fanzine La spada spezzata (ganador del Premio de la European Science Fiction Society al mejor fanzine europeo de ciencia ficción en 1986). En 1994 fundó, junto con Luigi Pachì, la revista en línea Delos Science Fiction. En 1996 fundó el portal Fantascienza.com. Entre 1999 y 2020 ganó diez veces el Premio Italia. Desde 1993 se dedica a la difusión de la ciencia ficción por vía telemática, primero en el mundo de las BBS con la conferencia dedicada al fantástico Fantatalk en la red OneNet (que sobrevivió hasta 2003 en la Rete Civica Milanese). Además de su actividad periodística, Silvio Sosio también ha escrito algunos relatos, uno de los cuales, “Ketama”, ganó el premio Courmayeur en 1996 y se publicó en Italia y Francia, mientras que otros se han publicado en Urania.

 

GRAN DIOS PERRO

Cristian Mitelman

 

Súbitamente los ladridos empezaron a eso de las ocho, cuando el cielo de verano ya empieza a enrojecer y la luz se recorta sobre los árboles que se han ennegrecido y parecen sombras errantes que han caído sobre un sitio desconocido. Todos los ladridos del mundo, pensó el viejo Irfan mientras miraba el modo en que los colores de las botellas de licor se resolvían en un tono ocre. Desde hacía cuarenta años, Irfan atendía el boliche de la familia. Los otros hermanos se habían ido: solo él había persistido en el pueblo y ya no sabía si en aquello había un acto de lealtad a los mayores o una solapada forma de fracaso.

Irfan miró hacia la ruta y supo que los perros estaban entre el monte y los campos de los Arasary, aunque nunca habían bajado al pueblo como decían algunos. Él los hubiera visto llegar. Desde hacía dos meses que los perros empezaban a aullar de un modo feroz y luego venían ráfagas de ladridos que terminaban pasada la medianoche y a veces podían seguir unas horas más. La vez anterior el incordio había llegado hasta el alba.

Por eso, aquella noche creyó enloquecer y pensó que los dos hermanos Asdrúbal tenían algo de razón en eso: daban ganas de liquidar a los cimarrones. Aunque para los Asdrúbal se trataba de otra cosa. Según ellos, los perros eran una estrategia que usaba el viejo Arasary para quedarse con esas tierras de mierda que a él no le servían para nada, tal como decía el mayor de los Asdrúbal, y lo decía mientras tomaba la caña y miraba con odio las baldosas del boliche, ese viejo de mierda, repetía para ganar la condescendencia de quien estuviera escuchándolo, porque cuando bebía, a Nicanor Asdrúbal se le daba por mirar fijo a cualquier contertulio y lo hacía con ese rencor que le venía de antes, de cuando encontraron a la hermana muerta en una de las parcelas del viejo Arasary, y desde entonces había decretado que ese viejo roñoso, dueño de vaya a saber qué brujería, había hechizado a los perros para que mataran a la hermana, y en eso su juicio era inapelable. Pero estaba equivocado, tan equivocado que hasta el juez de instrucción de Mercedes se lo había dicho, le había dicho que se dejara de joder, que lo de su hermana no eran mordidas de perro, sino que el cuerpo muerto había sido encontrado cerca del cañaveral y que las ratas lo habían devorado a lo largo de dos o tres días. Así le había dicho el juez, y hasta le explicó con ese tono de hombre amparado en la ciencia y el poder que los pasos de la joven no habían apuntado al campo de Arasary, sino que lo habían bordeado porque quería ir a otra parte, que para eso estaban la ciencia y los peritos. Claro que el señor juez podía permitirse aquel lujo porque no vivía en el pueblo, sino en la ciudad. Y además era sobrino del intendente y el intendente era íntimo del gobernador. El gobernador estaba harto de esos pueblitos de mierda que sólo le reportaban tres o cuatro votos que se podía comprar con facilidad y que sólo eran una absurda marejada de problemas que no se terminaba de resolver, aunque pasara el tiempo y pasaran las generaciones.

Los dos hermanos Asdrúbal querían liquidar a todos esos perros porque eran un peligro. Lo cierto es que hasta entonces nadie había sido atacado por aquella jauría sufriente que empezaba su coro al atardecer. Además, ni siquiera tenían la juvenil prepotencia de las jaurías. Por el contrario, había algo de extraña timidez en aquellas bestias más parecidas a fantasmas que a animales.

Pero poco antes del amanecer los aullidos fueron convirtiéndose en gruñidos que el viento fue desparramando hasta llegar a ese momento de silencio que le permitió al viejo Irfan dormitar un momento. Luego se levantó y el sueño extrañamente se le fue: el cuerpo responde a las noches en vela con una precisión que no esperamos.

Ese mismo día supo que el perro de los Anselmi había estado todo el día mirando un muro viejo que lindaba con la vieja propiedad de unos ingleses que se habían ido del pueblo. Había algo en la mirada de aquella bestia que parecía estar escudriñando una especie de texto sagrado cuyo lenguaje secreto sólo él lograba entender.

Ellos saben, le dijo el viejo Irfan a Anselmi: hay algo que los ha alertado. Estos perros nos miran a nosotros y lanzan sus lamentos. Y enseguida le dijo que esa noche había sentido deseos de matarlos a todos, pero que apenas el día empezaba su engranaje aquel deseo se le iba.

Nadie en el pueblo se explicaba aquel cambio. Las actitudes iban desde el silencio hostil, las miradas fijas en un punto, los sonidos plañideros o esa violencia fantasmal que venía de los cimarrones invisibles. Ya nadie sabía qué carajo hacer.

Y entonces pasó lo del ovejero de Arasary. Entró rengueando en el bar y se quedó allí, debajo de una de las mesas. Irfan tendió la mano a la cabeza del animal y entonces supo que algo había pasado. Lo entendió de un modo natural, una especie de tristeza que un rato después logró traducir en palabras: “el viejo Arasary se está muriendo ahí, en ese casco medio destartalado en el que vive; está solo, tiene fiebre, una cuchara se la ha caído de la mano. Las hormigas recorren esa cuchara y se van quedando pegadas: un hervidero de hormigas late debajo de los tablones. El viejo tiene sed”.

Cerró el café y llevó varias botellas de agua mineral a la camioneta roja. Las cargó lentamente y cuando apareció Gómez le dijo que debía ausentarse por unas horas, que era una urgencia. Subió al perro, al que tuvo que levantar porque ya era viejo y arrastraba un problema en la cadera.

Pensó que Gómez debería tomarse la caña en el otro café y una absurda culpa lo arremetió. Se consoló pensando que no podía estar en todas partes.

La camioneta pegó un rodeo y entró en el camino de tierra. La polvareda caliente tejió un pequeño remolino en el aire y luego se desvaneció. No iba a tardar demasiado: a lo sumo en una hora iba a estar de vuelta si no pasaba nada raro. Enseguida pensó que si el viejo estaba muerto iba a tener que dar parte a la policía y ahí sí el asunto se complicaría. ¿Cómo explicar eso que era una corazonada, pero que tenía algo más que un mero pálpito, algo que a él le pareció brotado del mismo cerebro del viejo animal que estaba a su lado y que miraba el camino con la cansada tristeza de algo que parecía inevitable?

Al entrar en la cañada la camioneta empezó a patinar, hasta sentía el viboreo de las chapas y esa forma indócil en que el volante parece responder a una lógica distinta de la propia mano. Se sintió aliviado al salir y al retomar la senda apisonada vio a lo lejos la enorme antena que habían instalado meses atrás. Allá arriba, sobre el ensamble de los metales, el radar (o lo que fuera) parecía un enorme ojo que buscaba una verdad que estaba más allá de la tierra.

Lo sorprendió el ladrido del perro. Había algo metálico en el sonido que salía de su garganta. Irfan al principio lo miró con temor. Es cierto, era un animal viejo, pero conservaba todavía esa fiereza de los viejos mastines que habían sido domesticados con esa mezcla de astucia y palos que el viejo Arasary dominaba mejor que nadie. Los ojos apuntaban fijos hacia la gran antena y entonces Irfan miró también y vio el movimiento de varios cuerpos lejanos. Detuvo el motor como si estuviera haciéndole caso al perro que iba con él. Supo que de allí provenían los aullidos que durante la noche le habían impedido el sueño. No eran muchos: cinco o seis. Y en el centro había uno que no era ni más grande ni más pequeño. No tenía nada en especial, pero los otros lo rondaban como custodios que hacían guardia en la entrada de un templo. Se acercó despacio hasta ellos. La jauría lo miró al principio con indiferencia y apenas escuchó un gruñido una vez que estuvo demasiado cerca. Si bien era una advertencia no agresiva, supo con claridad que ese primer colmillo que asomaba le estaba diciendo que él no podía franquear el umbral. A su compañero lo dejaron llegar sin ninguna muestra de hostilidad. La renguera lo hacía avanzar de un modo desprolijo entre los pozos, pero aquel cuerpo se incorporó entre los otros cuerpos y entonces el viejo Irfan sintió que esta vez debía ir solo a la casa del viejo. Antes de volver a la pick up el sonido de un llanto lo sacudió. Echado en la tierra, el animal de Arasary lanzó una mezcla de ladrido y lamento. Era para él y era para su dueño.

“Me voy antes de que el viejo se muera de sed”, se dijo. Y enseguida pensó que aquellas palabras que se habían formado en su mente no provenían de él. Tuvo la sensación de alguien se las había dictado al oído.

Cuando llegó, lo encontró tirado en el camastro. Los ojos enrojecidos cruzados por leves estrías amarillas; la piel que ya empezaba a apergaminarse en la comisura de los labios.

Irfan tomó una de las botellas que había llevado y buscó que Arasary bebiese. El agua resbalaba; le costó desentumecerle la lengua.

Le preguntó tres veces qué le había pasado, pero el viejo ya estaba en la fase final de la agonía, cuando todo está mezclado y la mente empieza a disolverse en un fárrago de imágenes sin tiempo antes de fundirse en el vacío absoluto.

“La alberca”, fue lo último que llegó a decir Arasary. El cuerpo se le tensó por última vez, acaso como si hubiese estado esperando aquel momento para irse, como si no pudiera morir sin decir algo que era la clave de su vida y de su muerte.

A Irfan le llegó a la piel la sensación de algo mustio. Fue entonces hasta la pequeña plantación del viejo. Tenía razón; la alberca languidecía en un agua pantanosa. No podía ser: él conocía la escorrentía que bañaba a la plantación. Fue remontando hacia el norte y vio las piedras que habían echado para menguar los cursos de agua. Era un trabajo hecho con tiempo y planificación.

“Lo llevaron a la muerte”, pensó Irfan, “fue un combate desigual que habrá durado mucho más de lo que sé. Lástima que el viejo era de pocas palabras”.

Al regresar pasó junto a la antena. Quiso llevarse al perro, pero ya no estaba ahí. Los otros animales iban y venían alrededor del cuerpo del que seguía allí, en el centro, acurrucado en una especie de visión extática.

Esa noche comenzaron otra vez los ladridos y a pesar de todo se fue adormeciendo en los aullidos, en las corridas, y a medida que se hundía en el sueño iba oliendo la escena cerca de la gran antena, porque era algo que tenía un olor salvaje, a miedo, y vio las armas y oyó como detonaciones los primeros disparos; eran varios hombres los que disparaban, los que iban deshaciéndose de aquella jauría, y aunque todos tenían ese olor a hierro y a sangre coagulada los que más apestaban eran los Asdrúbal, que no se cansaban de disparar a las cabezas de los animales enloquecidos. Cuando el último disparo perforó el cráneo del que estaba en el centro todo acabó abruptamente. Se despertó en medio del silencio que ahora empezaba a reinar de un modo insidioso.

Tres o cuatro días después supo que habían encontrado al viejo muerto. El cuerpo ya estaba a medio descomponer, carcomido por las hormigas.

Después de los exhortos de rigor se confirmó que aquellas tierras no tenían herederos. Pasaron a manos del Estado y luego las remataron a un precio lamentable.

Los Asdrúbal no tardaron en recuperar la alberca.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  

 

miércoles, 4 de febrero de 2026

EL PECIO

Iván Bojtor

 

¿Cómo me encontró? Ya veo. El nombre del barco me delató. Lo sé, fue una mala idea bautizarlo Argos III. Pero, ¿sabe?, son nostalgias de viejo. A esta edad uno ya se aferra a paisajes, ciudades, nombres. ¡Sujétese! Arranco el motor, salimos de la bahía y luego, ya mar adentro, lejos de la costa, nos detenemos y se lo cuento todo. ¿Nos vio alguien? ¿Lo sabe? Por aquí no quieren a los periodistas fisgones. ¿Quién se lo contó? ¿Torre? ¿Antes de morir se jactó de haber encontrado el Argos? Debí imaginarlo. Así que va a escribirlo. Bien. Puede que tenga razón. Ahora, después de tantos años, yo también me arrepiento de no haberlo hecho público, pero entonces esa nos pareció la única salida posible. ¿Qué podríamos haber dicho? ¿Y quién nos habría creído? Al fin y al cabo, solo Torre y yo conocíamos todos los detalles del asunto. Tal vez Papadakis sospechó algo, pero aceptó –o fingió aceptar– nuestras explicaciones.

¡Lo sé! Digo que lo sé. ¡Sí! Podría haber sido una sensación mundial. La idea fue mía, el dinero para la investigación lo puso Torre, y el barco de exploración, Papadakis. Yo iba tras el dinero; Torre, que ya tenía suficiente, buscaba la fama; y Papadakis soñaba con una flota propia. No salió nada de eso. A nosotros dos solo nos quedaron el silencio y el remordimiento; a Papadakis, esa vieja barcaza oxidada.

¡No me estoy lamentando! Si ahora saliera ante el mundo y lo contara todo, se burlarían de mí, me tomarían por loco. No podría probar nada. Torre ya murió. Papadakis finge no recordar nada. Calla porque tiene miedo. ¿Por qué? Piénselo. Qué cosa tan jodida sería que a los ochenta y tantos años lo metieran en la cárcel.

¿Que cómo lo encontramos?

Yo estaba seguro de que estaba allí, porque varios habían mencionado esa tradición. Y las tradiciones son cosas testarudas: pueden durar siglos.

Sobre la destrucción del barco escribieron lo siguiente. Lea.

Que Jasón murió junto con el Argos, ya sea porque una de las vigas podridas del barco le cayó encima (¡ridículo!), o por un hechizo de Medea. En cuanto a cuál fue ese hechizo, los relatos no se ponen de acuerdo. Cada historia dice algo distinto. Algunos afirman que lo durmió con una pócima venenosa; otros, que le prometió rejuvenecerlo mediante una transfusión de sangre, pero que tras desangrarlo lo dejó morir en el barco; y hay incluso una versión según la cual congeló el aire en el Argos, sumiendo a Jasón en un sueño profundo. En las tres variantes, Medea hunde el barco en algún lugar cerca de Corinto.

¿Y ahora por qué pone esa cara? Exactamente la misma que puso Torre cuando se lo mostré por primera vez. ¡Claro que solo le mostré eso! No iba a jugar todas mis cartas de entrada. Lo primero es la desconfianza. Pero Torre resultó ser un buen tipo. Papadakis respondió a nuestro anuncio. Hubo unos veinte candidatos más, pero lo elegimos a él. ¿Sabe por qué? No, no fue por el dinero. No era el más barato. Fue por el nombre de su barco. Por cábala. Ese destartalado barco a motor se llamaba Argos. ¿Bueno, no? Con el Argos buscamos al Argos. ¿Empiezo desde el principio? De acuerdo.

En todos los libros se dice que el barco con el que Jasón y sus compañeros partieron en busca del vellocino de oro recibió su nombre por su rapidez, y que era una nave de remos hecha de madera. ¡Y una mierda!

La palabra argo tiene otro significado: brillante. Así llamaban también a la plata. Entonces, ¿cómo era ese barco? Brillante, plateado, de color plata. ¿Usted cree que eso se logra con madera? ¡De ninguna manera! Era de metal. Cuando la gente lo veía, ni siquiera sabía que era un barco: creían que se trataba de algún monstruo. Y si en aquella época, cerca de Corinto, hundieron un barco de metal… bueno, algo tenía que haber quedado.

Los arqueólogos y los buscadores de tesoros siempre se centraron en los restos de barcos de madera. En esa zona, durante la guerra, se hundieron varios barcos que atravesaban el canal de Corinto. Los pescadores sabían perfectamente dónde estaban, pero a nadie le importaban: todo lo que podía sacarse ya había sido desmontado y robado.
¿Y si el Argos se escondía allí, en ese cementerio de chatarra?

Claro que con eso no terminé de convencer a Torre. Empezó a entusiasmarse de verdad cuando le hablé del santuario de Dodona.¿La relación entre el Argos y Dodona? ¡El mástil! Todos los autores que escribieron sobre el Argos destacaron que el mástil incorporado al barco podía hablar, respondía a las preguntas que le hacían, advertía cuando se acercaba una gran tormenta y, a veces, incluso indicaba el rumbo. También escribieron que ese mástil provenía de Dodona.

Le dije a Torre que, en mi opinión, se trataba de una antena de radio. Y él, que se había hecho rico vendiendo todo tipo de aparatos eléctricos, empezó a pensarlo seriamente. Cuando además le mostré mis dibujos del santuario de Dodona, mordió el anzuelo y abrió la cartera.

Aunque los autores antiguos no entendían nada de aquello, describieron con bastante precisión muchos detalles técnicos, cada uno a su manera. Yo solo tuve que encajar las piezas. Las excavaciones arqueológicas demostraron que el santuario de Dodona no era un gran templo, sino apenas una pequeña capilla. Las descripciones antiguas mencionaban dos columnas: sobre una había una estatua de un muchacho que sostenía en la mano derecha un látigo trenzado de alambre; sobre la otra, una especie de recipiente metálico. Cuando soplaba la brisa o el viento, el látigo golpeaba el recipiente de bronce, que emitía un sonido. Algunos creían que los sacerdotes interpretaban los oráculos a partir de ese sonido; otros, que lo hacían por el tintineo de los numerosos objetos metálicos colgados del roble sagrado; e incluso se decía que eran los trípodes de bronce que rodeaban el árbol los que sonaban. Pero todo eso es una tontería.

Como se demostró después, aquel dispositivo funcionaba. Lo reconstruimos. ¿Electricidad estática? ¡Ni hablar! Es gracioso que lo diga, porque Torre pensó lo mismo al principio. Habría sido demasiado simple.

También había una “fuente sagrada” que brotaba de una cueva. Decían que solo manaba agua de manera periódica, por la mañana, únicamente por la mañana. Es fácil darse cuenta de que, si siempre se secaba al mediodía, no era la naturaleza la que la regulaba, sino algún mecanismo. Una pequeña central hidroeléctrica generaba electricidad hasta que se cargaban las baterías disponibles. Y esas baterías no podían ser otras que los misteriosos trípodes, los artilugios de tres patas cuya cadena formaba la valla del santuario. Los objetos metálicos colocados sobre las columnas y fijados al roble sagrado funcionaban como antenas. Algo muy parecido se había instalado también en el Argos. Y además, trípodes de bronce. ¿Para qué demonios querría alguien pesados trípodes de bronce en un barco de madera?

¿Por qué me mira así? Funcionaba. Le digo que funcionaba. Lo construimos. Es cierto que a escala reducida. Ojalá no lo hubiéramos hecho, porque…

En fin. En algún momento de marzo, después de las tormentas primaverales, comenzamos la búsqueda. Escaneamos toda la costa con radar, pero solo volvimos a identificar restos ya conocidos. Papadakis sugirió que el nivel del mar había subido en los últimos tres mil años y que, además, había corrientes submarinas, por lo que lo que buscábamos podía estar incluso un kilómetro más adentro. Tenía razón. Al día siguiente lo encontramos.

¿Y bien? No parecía un barco. Se asemejaba más a un depósito de petróleo o, mejor aún, a un submarino partido por la mitad. Al ver la imagen del radar, Papadakis primero soltó una risa forzada y luego empezó a asustarnos diciendo que allí dentro podría haber incluso algún tipo de veneno peligroso. (Él debía saber bien lo que ocurría por las noches en la bahía en aquellos tiempos).

¡Era el Argos! Claro que lo era, aunque eso solo se confirmó más tarde.

Bajamos unas diez veces, nadamos a su alrededor, lo palpamos, lo golpeamos, pero entonces todavía no encontramos nada que indicara una entrada. Era como si todo hubiese sido fundido de una sola pieza.

Papadakis estaba muy preocupado y trajo todo tipo de aparatos: un contador de radiación, un detector rápido para gases de combate y no sé cuántas cosas más. De dónde las había conseguido, preferimos no preguntarlo.

Al día siguiente (esa noche casi no dormimos de la excitación) encontramos pequeños orificios azulados en el costado del pecio. Estaban alineados con regularidad, lo que nos llevó a pensar que antaño había allí remaches de cobre que mantenían unidas las planchas de hierro, pero que el agua salada se los había comido hacía mucho tiempo.

—¿Lo ve? ¡Se lo dije! Solo es un maldito tanque —rio aliviado Papadakis cuando le contamos lo que habíamos visto.

Ya estaba anocheciendo, pero Torre y yo decidimos bajar una vez más. Por más que Papadakis suplicó.

—Chicos, esto es una locura. Dejémoslo para mañana. —No le hicimos caso.

Torre encontró la entrada. No estaba en la cubierta, arriba, sino en el costado, apenas sobresalía del lodo. Por un instante creyó ver la luz de mi linterna a lo lejos, pero al acercarse descubrió un pequeño punto luminoso de color verde. La luz venía de dentro, del interior del barco; era tan débil que de día quizá ni la habríamos notado. Lo raspó con el cuchillo y…

Era como una claraboya de camarote. Más tarde encontramos un fragmento: estaba tallada en cristal de roca. Yo vi la luz desde lejos y nadé hacia allí. Torre la palpó hasta que esa lente transparente simplemente se salió de su sitio; el anclaje debía de haberse soltado con el agua salada a lo largo de los siglos.

Aquella especie de cámara de esclusa por la que entramos era en realidad solo una bolsa de aire. Un mecanismo increíblemente simple, pero que aún funcionaba. Con las aletas de buceo, a duras penas logramos trepar por unos troncos de madera podrida que sobresalían de la pared metálica. Tres se rompieron bajo mi peso. Luego avanzamos por un túnel estrecho, envueltos en esa luz verde fosforescente y fantasmal que emanaba de las paredes, y pensé que, después de todo, deberíamos haber traído el maldito contador de radiación. Pero ya daba igual: había que llegar hasta el final, pasara lo que pasara, después de haber invertido tanto tiempo y dinero en aquello.

Al principio creí que era la presión arterial lo que me hacía zumbar los oídos, pero por los gestos de Torre –no nos atrevimos a quitarnos los respiradores– entendí que él también lo oía. A medida que avanzábamos, ese ruido sordo se hacía cada vez más fuerte.

Mirándolo ahora en retrospectiva, el lugar por el que entramos debió de ser una especie de conducto de mantenimiento, no la entrada principal. Tras unos ocho metros, el pasaje giró a la derecha y de pronto nos detuvimos: una maraña de cables y tubitos finos, como una telaraña, bloqueaba el camino.

Torre iba delante. Se lanzó, doblando y apartando los cables, intentando pasar por debajo, pero sin querer rompió varios. ¿Qué podía hacer yo? Lo seguí.

Ya casi habíamos atravesado aquella jungla de cables cuando la pared del conducto se resquebrajó con un fuerte crujido y el agua fangosa irrumpió de golpe. A Torre lo arrastró hacia atrás; a mí me aplastó contra la pared y apenas podía respirar. Todo el armatoste crujía y se deshacía. No veía ni mi propia nariz. En aquella masa negra, la linterna no servía de nada. Manoteaba, palpaba a ciegas, apartaba objetos que flotaban hacia mí, y también algo blando que me golpeó unas tres veces y que creí que era un pez grande. De algún modo logré salir por la abertura por la que habíamos entrado.

Torre ya estaba afuera, esperándome.

Al día siguiente, cuando regresamos, toda la estructura se había derrumbado. Por más que levantamos planchas con el cabrestante del barco, no encontramos nada debajo que pudiera confirmar mi teoría.

Salvo, claro, aquellos pequeños objetos dorados que al principio, por su forma, creí que eran cilindros de sellos. Pero entonces aún no sabíamos qué eran.

No, no eran de oro. Al verlos, incluso a Papadakis se le iluminaron los ojos, pero cuando tomó uno en la mano y lo palpó, la capa dorada se desprendió, y quiso arrojarlo al agua.

—¡Esto no es más que una maldita piedra!

Torre los examinó con una lupa y descubrió finísimas estrías. Me miró y…

¿Voy al grano?

¿Qué? ¡Vamos, no me venga con ese cuento de los ovnis! ¿Que lo dejaron aquí los extraterrestres? Ya le dije que reconstruimos todo el sistema. Todos los materiales que usamos ya se conocían en aquella época. Era tecnología terrestre, aunque solo unos pocos la dominaban. En mi opinión, cada templo, cada lugar sagrado tenía sus pequeños secretos. Incluso los sacerdotes se los ocultaban entre sí. Toda la literatura de la Antigüedad está llena de referencias a rituales y misterios que aún hoy desconocemos. Algunos, claro, estaban destinados a las masas. Ahí tiene, por ejemplo, Eleusis: cientos de miles de personas fueron iniciadas y, sin embargo, no sabemos nada. Guardaron silencio. Todos callaron, incluso quienes más tarde abrazaron el cristianismo. Y ese conocimiento secreto se fue perdiendo poco a poco. ¡Pero nosotros lo encontramos! Y bien encontrado.

Escuche esto. Aquí y allá chisporrotea, pero se entiende.

¿Y bien, qué le parece? ¿Suena como una grabación de gramófono? Claro que sí, porque lo es, o al menos se hizo con un método muy similar. Ese era el secreto de aquellos cilindros. Cuando por fin logramos reproducirlos, solo este quedó intacto; los demás, por desgracia, los arruinamos.

¿Quiere que lo traduzca?

¿Sabe qué? Mejor leo lo que conseguimos extraer.

Sigo vivo. Creo que sigo vivo. Y todavía estoy aquí.

“Anaku sem dartra inoba menting.” ¿Hay alguien ahí? ¡Dodona, responde! ¿Hay alguien? Mientras dormía, Medea me conectó al morfator y me dejó aquí. ¡Libérenme!
Estoy débil, no puedo levantarme. Ni siquiera puedo moverme. “Anaku sem dartra inoba menting.”

¿Qué es ese texto sin sentido? No tengo ni idea de lo que significa. Debe de ser algún tipo de señal de llamada. Cuando construimos la réplica del dispositivo de Dodona, también oímos exactamente eso. Solo eso. Se transmitía continuamente, como si todavía existiera un emisor en algún lugar. No pudimos responder: aún no estábamos preparados. Torre propuso usar el viejo método de triangulación de radio para localizar el origen de la señal, pero cuando reunimos todo el equipo necesario, se apagó.

Luego un barco pesquero sacó del agua aquel cadáver. Creyeron que debía de ser algún actor, porque llevaba un atuendo antiguo, como los de la Antigüedad.

Borramos todas las huellas, rompimos y destruimos todo y salimos corriendo. A Torre incluso se le pasó por la cabeza comprarle el Argos a Papadakis por buen dinero y hundirlo también, pero el griego no quiso saber nada: estaba apegado a su barcaza.

Eso es todo.

¿Todavía no lo entiende? Era ese pobre desgraciado de Jasón. Llevaba miles de años pudriéndose allí. Medea lo había hibernado o conservado de algún modo. Nosotros lo matamos cuando arrancamos los cables que lo mantenían con vida.

Lo mire como lo mire, fue un asesinato. Pero que quede entre nosotros dos.

¿Y ahora por qué me mira así? ¿Esa historia sensacional ya es suya? ¿Va a escribirla? No lo hará. Sabe que aquí el asesinato no prescribe. ¡Levante las manos! ¡Despacio! Digo: ¡despacio!

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

YO SOY LA ESPERANZA