sábado, 7 de febrero de 2026

VIVIR CUESTA ARRIBA

Franco Ricciardiello

 

Te pego porque te amo. Porque te amo demasiado, y no tolero que hayas dejado de amarme. Te pego porque no soporto haber dejado yo de amarte. Te pego porque tú todavía me amas, mientras que yo amo a otra. Te pego porque todos te aman, y en cambio nadie puede soportarme a mí; porque tienes éxito en el trabajo, mientras a mí me han despedido. Porque en el trabajo todos la toman conmigo. Te pego porque antes eras tan hermosa y ahora estás gorda, ácida, envejecida. Te pego porque sigues siendo hermosa como el primer día, y porque sabes que los hombres lo saben.

Te pego porque nos conocimos en una noche de nieve y la luna se asomó entre las nubes, mientras que ahora llueve ácido todas las noches.

Te pego porque los niños te adoran, mientras que de mí tienen miedo. Te pego porque en la escuela todos me pegaban, y a ti, que estabas en mi misma clase, te cortejaban. Te pego porque llevo una vida de mierda, el trabajo me destroza la espalda y nuestros hijos me detestan y el dinero nunca alcanza. Te pego porque qué vida de mierda es la tuya, el trabajo precario y los hijos y la hernia de disco, mientras mira cómo se mantienen jóvenes las esposas de mis colegas.

Te pego porque tienes depresión, y dices que estás deprimida porque te pego. Te pego porque eres tan estúpidamente alegre que me dan ganas de borrarte esa sonrisa que tienes siempre para todos. Te pego porque si yo fuera tú jamás aceptaría ser golpeada por mi hombre, pero por suerte la mujer eres tú. Te pego porque eres estúpida, y la prueba es que me amas a pesar de todo esto, porque estás convencida de que yo te amo, porque te oí decirles a tus amigas que no te pegaría si no me importaras.

Te pego porque todos mis amigos del club golpean a sus esposas. Te pego y me avergüenzo, porque ninguno de mis colegas jamás soñaría con golpear a su mujer, pero ellos no se casaron contigo. Te pego porque después de una noche entera en la vereda, con lo que trajiste a casa no pago ni una ronda a mis amigos. Te pego y no deberías quejarte: si no me importaras, ¿por qué habría de pegarte? Te pego porque me acuesto con tu hermana y nunca te diste cuenta. Te pego porque te diste cuenta pero finges que no pasa nada. Te pego porque me acuesto con tu hermana y con todas tus amigas y a ti no te importa, e incluso vas diciendo por ahí que solo te amo a ti.

Te pego porque papá me pegaba a mí y a mis hermanos, le pegaba a mamá, que me pegaba a mí, que le pegaba a mi hermano. Te pego porque después, cuando te acompaño a la guardia, le dices al médico que te caíste por las escaleras, y te desprecio por eso. Te pego porque ante el juez no confirmaste que te había pegado, y entendí que jamás tendrás el coraje de denunciarme.

Te pego porque tu padre dijo que si lo hacía otra vez me mataba, pero desde ese día tú no le confesaste nunca más que sigo pegándote. Te pego porque tu padre lo sabe y finge que no pasa nada, y estoy convencido de que en el fondo piensa que te está bien, siempre fuiste una hija difícil. Te pego porque si tú fueras el marido y yo la esposa, serías tú quien me pegaría. Te pego porque cuando los vecinos llamaron a la policía, descubrí que también los agentes golpean a sus esposas.

Te pego porque la vida apesta. Porque ese colega tuyo querría acostarse contigo. Porque descubrí que no eras virgen. Porque ese hombre en el tren te miraba las piernas. Porque ya no se me para cuando me acuesto contigo. Porque tengo que demostrar que soy un hombre, ya que descubrí que me atraen los hombres. Porque te traje aquí desde el Tercer Mundo y deberías agradecérmelo. Porque mi jefe te mira dentro del escote. Porque ¿esta es la hora de volver de la cena con tu jefe de oficina? Porque ¡basta de salir con esa puta de tu prima! Porque con tu prima salí yo y tú lo descubriste y dijiste que es solo una puta. Porque tu prima dijo que la violé y tú querías denunciarme.

Te pego porque sé que en el fondo te gusta. Porque los golpes, al fin y al cabo, son una señal de atención, dado que la mayoría de las veces me limito a ignorarte. Te pego porque me gusta pegarte, me gusta el olor de tu miedo, el sonido de tu sollozo. Porque se lo confesaste a tu madre y ella no tiene el valor de decírselo a tu padre, y me gusta ver sufrir a tu madre y entender cuánto me odia. Porque la Biblia también lo admite. Porque no soy un maricón como tu ex. Porque este es un mundo difícil. Porque cuando bebo no respondo de mí. Porque fuera de estos muros nunca se sabrá nada. Porque te estafaron y ni siquiera eres capaz de conseguirme algo decente. Porque me da náuseas mi vida políticamente correcta. Porque en el fondo de todo hombre hay algo inconfesable, y por desgracia su mujer lo sabe. Porque evidentemente todavía necesito demostrarte quién manda en casa. Porque toda mujer sabe de qué es culpable. Porque quieres contarle a mi esposa que tú y yo llevamos años acostándonos. Porque la noche es negra y el mar es azul. Porque a ese gimnasio ya no tienes que ir más. Porque también lo escribe el Profeta. Porque ¡carajo!, te dije que no. Porque entre estas paredes de esta prisión el guardia soy yo. Porque los trapos sucios se lavan en casa, y a mí me gusta lavarlos con energía. Porque entre marido y mujer no es violencia sino dialéctica conyugal, y si dicen lo contrario son maricones, lesbianas y feministas.

Te pego y deberías estar contenta: cuando deje de hacerlo será solo porque estaré convencido de que ya no me queda más que matarte.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

LOS MENSAJES DEL PASILLO

Abrahan David Zaracho A.

 

Los ojos cansados de los observadores vieron acercarse a Jaima a la puerta del negocio, pasar frente a la promotora, recibir el panfleto, bosquejar una sonrisa, deslizar la mirada sobre el escote de la muchacha y proseguir por la calle como si el producto inducido jamás hubiese figurado en su mente y ni siquiera dentro del panfleto.

—Es inútil señor.

—Ya van más de cuatro años.

Ese fue el comentario de los observadores, y los técnicos de apoyo giraron hacia la figura que reposaba tras las sombras del cubículo superior en la sala de investigaciones.

—Confirmen la detención. Creo que ya es hora de que veamos cual es la raíz de su problema.

En poco más de diez minutos un vehículo de recolección lo interceptó antes de que lograse cruzar la avenida. Lo tomaron desprevenido, como toda su vida. La maniobra del chofer lo asustó. El gas que le arrojaron lo desvaneció.

La celda que se le asignó estaba tapizada de espejos. Allí se despertaron al unísono sus infinitas imágenes como en una caja de clonación gráfica.

—Hemos hecho los estudios preliminares. Los electroencefalogramas denuncian una actividad levemente irregular. Pero nada que sea determinante.

El psiquiatra guardaba silencio.

El oficial superior se acercó al monitor número ocho.

—Veo que despierta. ¿Tienen listo el gabinete psicológico?

—Sí, señor.

—Llámenme cuando los especialistas puedan hacer un primer informe de la situación.

Uno de los espejos emitió un fino silbido. Partes del infinito, que esta pared reflejaba, fueron remplazados por un oscuro rectángulo vertical del cual se desprendieron un par de siluetas marciales. Esta vez su desesperación fue notoria. El pánico había hecho mella en su ignorancia. Lo levantaron por los brazos y lo arrastraron hasta el pasillo. Cuando su resistencia cansó a los guardias, apoyaron las armas sobre las costillas y él se resignó a caminar escoltado hasta una sección dos pisos por debajo de donde lo habían alojado. Salió, con la misma compañía tétrica, a un pasillo mejor iluminado. Un escuadrón de barbudos, de amplias frentes y escasas cabelleras, asumió su custodia. Mientras el taconeo de los milicianos aún resonaba sobre las pulcras dependencias, fue conducido con más respeto hacia el interior de una sala confortable.

—El informe psicológico está sobre su mesa, señor.

—Llamen a los médicos y a los psicólogos. Quiero una reunión en veinte minutos en la sala de conferencias.

—Sí, señor.

Media hora después terminaba de llegar el último psicólogo. Los médicos ya tenían sus proyecciones en el panel de exhibiciones.

—Doctor Amnis, nos honra con su presencia.

—Lo lamento, señor...

—Lamenta que nos honre su presencia? ¿Puedo considerar eso como un insulto?

—No, señor, por favor...

—Entonces es usted quien se insulta?

—No, señor, tuve que rever mi grabación.

El coronel hizo un gesto al médico y fijó su mirada en el recién llegado.

—¿Grabaciones de qué? Se supone que debe estar trabajando en este anormal y no estar viendo grabaciones de ningún tipo, ¿o usted realizó grabaciones de vídeo de esta sección?

—No, señor. No tengo autorización para realizarlas. Pero tengo grabaciones sonoras. Usted sabe...

—Grabaciones que no pueden ser vistas sino oídas.

Una suerte de risa burlona recorrió la sala. Los interlocutores por su parte mantuvieron silencio.

—Debo insistir en que me permita explicarle algo...

—Si es “la razón por la cual nuestro sujeto no responde a las estimulaciones subliminales” pues bien, nuestra audición queda a su disposición.

—No exactamente.

—¡¿Entonces por qué se obstina en perturbar?!

—He visto lo que el sujeto ignora.

Todos los presentes se inclinaron a escuchar al doctor Amnis.

—Y eso es...

—Todo lo que el mensaje subliminal nos obliga a ver.

—Ignora el mensaje. Eso es lo que hace. ¡Y eso es lo que sabemos! ¡Queremos conocer el porqué de esa ignorancia!

—No, señor. No ignora el mensaje. He visto y luego, en la grabación, volví a escuchar que el sujeto no ignora el mensaje. Ese es el problema. El sujeto conoce el mensaje en su totalidad. Lo puede identificar. No importa la velocidad o la frecuencia en la cual se transmita el mensaje, el sujeto siempre lo percibe de forma consciente. Fíjese que muchas veces durante la conversación utilizó las muletillas de los mensajes subliminales más importantes que maneja la red estatal, e inclusive, identifica otro centenar de los que son difundidos por las corporaciones privadas. Es más, creo que es capaz de identificar hasta los mensajes subliminales de los cuales somos víctimas.

—¿Nosotros, víctimas?

—Bien, yo. No sé ustedes. Pero yo acepto la posibilidad de que, durante gran parte de mi vida, esté decidiendo en virtud de mensajes subliminales. De hecho no me crea grandes conflictos. Pero, a nuestro amigo, estos mensajes no lo condicionan. ¿Entienden? No es un defecto. Es un don...

—Y es su teoría.

—Puedo demostrarla si me dan tiempo y recursos.

—¿Cómo cuáles?

—Ah, bien... Me imaginé que lo preguntarían... Esta es la lista

 

Nuevamente, el zumbido tras el mismo espejo y, luego, el mismo rectángulo quebrando la armonía glacial del mundo refractario. Esta vez no se resistió. Temía por las próximas pruebas, pero sabía que no se librarían de él en forma instantánea. Este último pensamiento lo empapó en sudor frío. Pensó que tal vez llegaba el momento de los test con electroshock. Seguramente era la hora de ver a los psiquiatras. Quizás ahora probarían con barbitúricos. Quizás con agujas. Muchas cosas parecían casi virtuales, pero sus cuatro custodios eran reales. Sus pasos eran reales. Su severidad era tangible. El pasillo era tan concreto como la celda de los espejos. Tras estos espejos seguro estaban los monitores. Tras los monitores debería estar el grupo taciturno de científicos. Tal vez los mismos que estuvieron en esa larga sesión. Inclusive el tipo inquisitivo. Ese de la barba enrulada. Parecía que le quería arrancar el hígado... Quiso retroceder. Lo empujaron. Nuevamente desenfundaron y retomó el paso normal.

Lo llevaron a una sala de espera. Como un consultorio médico. Inclusive había varios tipos sentados con caras algo indiferentes. Miró una revista, a la recepcionista detrás del mostrador. Luego la puerta se cerró a sus espaldas. La puerta era marrón. Los mensajes de las revista y de los cuadros, así como el que se dejaba escuchar, en medio de la música melódica que ambientaba el lugar, se referían a una puerta azul. Miró un poco tras el mostrador. Detrás de la recepcionista recién encontró la puerta azul. A la derecha de la puerta azul no había ninguna pared. Tampoco había un letrero que dijese “Salida” sobre la puerta azul.

Pasó por entre el espacio dejado por las sillas de los demás pacientes, y se aproximó a la recepcionista. Esta lo miró de reojo y le señaló la puerta azul. Él golpeó la puerta y algunas miradas se levantaron a contemplarlo. Esperó un rato y, como la respuesta fue nula, decidió pasar por el espacio que estaba al costado derecho de la puerta azul... entonces brotó la histeria.

Se dio vuelta, y contempló cómo inclusive la recepcionista se agarraba de los pelos. Un par de jóvenes intentaron repetir su movimiento y no pudieron. Golpearon la pared una y otra vez. Mejor dicho, golpearon el aire como si allí hubiese una pared. Cuando intentaron abrir la puerta, él lanzó una carcajada leve e irónica. El mensaje también les decía que la puerta estaba trabada.

De entre las sombras, detrás del espacio por el cual había salido, apareció otro grupo de milicianos. Fue nuevamente escoltado hasta el mismo pasillo donde se hallaba su celda.

—No, no lo lleven a su celda.

—Lo lamento doctor Amnis, son órdenes del coronel.

—Pero ¡si la experiencia fue exitosa!

—Lo sigue considerando peligroso. Dice que continúa siendo una anormalidad y que el problema será ahora un asunto de los psiquiatras.

—¿Es por si existen otras paredes falsas, de las cuales no somos conscientes? ¿Es por eso, coronel? —dijo Amnis levantando la vista hacia los monitores

—A mi oficina, doctor Amnis. —La orden se extendió por las paredes.

El prisionero arqueó las cejas y se encogió de hombros. El psicólogo corrió como una bestia hacia la oficina del coronel.

—Señor me niego a continuar tomando parte en este crimen. Se trata de un prodigio.

—Se trata de un hombre cuya conducta es indeterminable.

—Es un sujeto libre.

—Esos sujetos libres hundieron a la humanidad en la barbarie, de la cual la estamos sacando con muchísimos esfuerzos.

—Esa es la doctrina del gobierno. Pero yo creo...

—Usted no tiene por qué creer. Es un psicólogo del estado. Tiene la obligación de saber y de informar todo lo que descubra que ignoramos y en lo que a este tema se refiere ha hecho un buen trabajo. Conténtese con no recibir sanción alguna.

—¿No quiere escuchar lo que este hombre tiene que revelarle?

—¿Sobre qué?

—Sobre aquello que solamente existe en nuestras mentes gracias a los mensajes subliminales. Piense en cuantas paredes falsas, como la que creamos en esa sala, deben existir en este mundo. Piense en la cantidad de cosas y productos que ni siquiera consumimos.

—En ese caso, es probable que este hombre me revele, inclusive, que los manjares que como y de lo que bebo ni siquiera existen. Y que sacio mi hambre gracias a la ficción inducida a mis sentidos. ¿Le parece a usted que tal conocimiento me sería grato o útil?

—Sí, señor.

Un timbre y luego un gesto severo a los guardias que ingresaron a la oficina

—Retiren al doctor de las instalaciones. Será pasado a otra planta en cuanto consiga comunicarme con mis superiores.

—Señor...

—¡Retírenlo!

En la sala de monitores los cuatro observadores se detuvieron frente a las pantallas cinco y siete. Era la hora de recambio y los que ingresaban recibían el resumen de las grabaciones hechas por quieres se retiraban.

—Esto no está bien.

—Si nos escuchan recibiremos el mismo trato que Amnis.

—Lo que has dicho en voz alta hace que tengamos que precipitarnos. Si hay alguien vigilándonos la información ya debe estar llegando a nuestros superiores.

—Yo quiero saber lo que él puede ver distinto a lo que nosotros vemos.

—Yo también.

Los otros dos observadores también consintieron y al mismo tiempo se reubicaron sobre los paneles de control.

—¡El coronel ordena la presentación de todos los efectivos en la sala de conferencias en menos quince y contando! ¡Sin excepciones! ¡Prioridad uno!

La orden fue transmitida en todas las instalaciones. Inclusive los efectivos puestos frente a la celda principal se vieron obligados a obedecer.

Las compuertas fueron cerradas, de tal modo que tan sólo quedo la vía liberada desde la sala de observaciones hasta la celda espejada. Pero el coronel también escuchó el mensaje.

—Demonios. Yo no dije nada.

Los milicianos más próximos al coronel formaron un pelotón y corrieron tras él por entre los pasillos que llevaban a la sala de observación.

Los códigos de las compuertas fueron digitados y estas fueron abiertas.

El cuarteto despavorido comenzó a improvisar sobre los comandos. Un zumbido surgió desde atrás del espejo que el prisionero ya había individualizado como puerta. La misma franja negra reemplazó a los mismos reflejos pero esta vez no ingresó ningún miliciano para arrastrarlo hacia ningún laboratorio. El tiempo pasó en medio de numerosas sirenas y un sonido cada vez más intenso de los borceguíes latiendo en algún remoto punto del edificio. El pelotón marchaba de forma audible hacia la puerta de acceso de la celda.

De hecho, la marcha del coronel se había dirigido al punto intermedio entre la celda y la cabina de observación. Había seleccionado un grupo de soldados para que luego se quedasen a vigilar al prisionero. Jaime abandonó su celda hexagonal y se encontró con el pasillo truncado por las compuertas. Una serie de códigos y una de las compuertas se abrió. Las luces se encendieron y las sirenas también. El pánico ahogó los movimientos de Jaime hasta que éste descubrió el mismo mensaje que antes había percibido en las transmisiones de los discursos presidenciales. El sistema más complejo y fascinante de mensajes subliminales le dio la certeza de que estaba frente a su salvación.

—¡Sí, señor! —gritaron al unísono seis milicianos y se lanzaron ordenadamente, en dos filas de a tres, en dirección a Jaime; quien corrió en dirección a ellos y se arrojó por el espacio que dejaban entre sus filas. Fue detenido por la masa compacta que venía atrás de ellos. Pero estos soldados habían devenido en estatuas insensibles luego de que él hubo cruzado, como un espectro, por el interior de la furiosa figura del coronel. La pausa se extendió hasta el expectante cuarteto que había originado el conflicto. Solamente uno de los soldados atinó a capturar a Jaime pero, más que nada, había intentado comprobar que aquel hombre que había detenido existía de verdad. Ninguno de los presentes estaba preparado para el fenómeno. El coronel llegó a gesticular una serie de órdenes, e inclusive golpeó el rostro de uno de sus hombres. Jaime solamente pudo ver a un soldado dar un cabeceo en el aire, y luego vio como brotaba sangre desde la comisuras de su boca. Se arrojó frente al soldado y caminó delante de él una y otra vez... Sin saberlo con precisión, estaba traspasando una y otra vez al coronel. Ante los demás ojos, era un fenómeno casi fantasmagórico.

Para los observadores que habían presenciado la totalidad de los experimentos y el desarrollo de la investigación, esto era la revelación decisiva. Liberaron el gas somnífero a lo largo de todo el pasillo y se colocaron las máscaras. Descendieron hacia el pasillo y de entre los cuerpos tumbados sacaron a Jaime. Podría decirse que vieron al coronel desenfundar y apuntarles con su arma reglamentaria. Podría decirse también que vieron como este les disparaba. Pero es mejor afirmar que no creyeron en sus sentidos, ni en sus heridas y ni siquiera creyeron que, a poco más de unos pasos, existía una compuerta, o una pared, o siquiera cercos, o alambrados que les impidiesen salir de las instalaciones militares llevándose a cuestas a su Mesías.

Abrahan David Zaracho Ávalos. (Corrientes, Argentina 1979). Abogado y narrador. Sus principales publicaciones se encuentran en los libros Ozinix edición unipersonal del año 2001; Anuario de la SADE Seccional Corrientes Capital, 2002/2003; Narradores Correntinos y Valencianos, Corrientes Capital, 2005; Especial Philp K. Dick , Homenaje de Libro Andrómeda, España 2005; Antología del Círculo de Escritores del MERCOSUR, Paso de los Libres, Corrientes, 2006 y Todo el país en un libro, Desde la Gente, 2014. Sus cuentos y ensayos sobre Ciencia Ficción y Literatura Fantástica también se pueden encontrar en los principales sitios electrónicos hispanos del género y en los catálogos de la Asociación Española de Fantasía, Terror y Ciencia Ficción. Es integrante activo de la SADE Seccional Corrientes, del Círculo de Escritores del MERCOSUR y del grupo Nueva Literatura Correntina.

viernes, 6 de febrero de 2026

LA NAVE

Hernán Bortondello

 

Hacía tanto que viajaba en ella que no recordaba su aspecto exterior ni cuándo se la habían asignado. El habitáculo principal medía aproximadamente cuatro por siete metros. Solo dos pequeños compartimientos se le anexaban: el de sanidad y el de alimentación. En una especie de litera ubicada en la parte posterior, yacía con los ojos abiertos el único tripulante, tratando de hallar una razón valedera para abandonar el lecho. Últimamente no se le ocurría ninguna y únicamente su viejo sentido del deber lo empujaba a levantarse mañana tras mañana. Mas ponerse en pie no era el único problema; también debía escuchar un audio para rememorar qué tareas incluía la rutina diaria. Las tinieblas invadían cada vez más territorios de su memoria.

Pero el olvido no era una consecuencia de los largos años atravesando el tiempo y el espacio. Por el contrario, era su traumático presente el que erosionaba su psique. A la permanencia definitiva en aquel planeta, del que ya nunca remontaría vuelo, se sumaba  la imposibilidad personal de salir a la superficie, respirar su atmósfera, interactuar con la fauna y la flora e intentar vincularse con los habitantes de la civilización nativa. Es que, inexplicablemente, en él se había desarrollado una fobia por todo lo que tenía que ver con ese mundo.

Sin embargo, penetrando en lo más profundo de su mente y espíritu, se podía descubrir la verdadera razón de su decadencia. Una que nada tenía que ver con la soledad y la certeza de que moriría sin ninguna compañía. No, el oculto y fatal motivo radicaba en el hecho de que ya no podría huir de la culpa que lo atormentaba. Sus frecuentes viajes espaciales le habían brindado la ilusión de que la dejaba atrás junto a la convicción de que jamás sería perdonado.

Otra vez el reloj marcó las 15:00, hora de su tierra natal. Levantando los dedos del teclado, suspendió los registros en la bitácora que, dadas las circunstancias, se había convertido en un diario personal. Acopiando fuerzas, se incorporó del asiento frente al pequeño tablero y con paso cansino fue hacia el dispensador de café. Tras servirse una taza, se acercó a la ventana principal, único contacto con el inalcanzable exterior, y jaló el control para retirar la pantalla de protección solar. Ésta, lentamente, se fue plegando hasta ocultarse casi en el techo de lo que ahora no era más que un barco varado. Así, de abajo hacia arriba, volvió a revelarse una tierra ajena. El bombardeo de estímulos visuales siempre lo atontaba un poco al principio, y para asimilarlo bebía un trago muy caliente. Sus ojos demoraban unos segundos en acostumbrarse a la luz de aquella gigantesca estrella y recién entonces podía escrutar el paisaje. Con los años, había aprendido a identificar, y hasta cierto punto comprender, muchos aspectos de él y de la vida que lo habitaba. Pese a ello, ésta última le provocaba un extraño rechazo. En particular, le desagradaba la audacia de unas pequeñas criaturas aladas que caían desde el cielo como flechas. Cubiertas de algo parecido a un pelaje, ora colorido, ora grisáceo, aterrizaban sobre lo que consideraba algún tipo de formaciones botánicas y entre cuyas encrucijadas ramificaciones, cubiertas de un verdor que les era común, las desfachatadas alimañas se cortejaban, hacían el amor o entablaban feroces peleas territoriales. Es cierto que no podían verlo, pero esos ágiles bichos lo sobresaltaban. Detectaba perfidia en sus redondos ojillos cuando se acercaban y golpeteaban con agudos picos el marco exterior del cristal espejado, alimentándose con los insectoides que anidaban en él. Pero, a pesar de la aversión que les tenía a los que bautizara como animalejos, se preocupaba de filmar sus distintas especies y tomar detalladas notas sobre sus hábitos y conductas.

Estos seres eran los que con más frecuencia observaba, pero no eran los únicos. Existían, entre otros, unos cuadrúpedos aparentemente más evolucionados, que si bien eran de muy variadas formas, tamaños y pelajes, él deducía que derivaban de un tronco común. Por algún motivo los más pequeños le resultaban especialmente simpáticos. Los de mayor talla, mucho más amenazadores, solían ser acompañados por lo que definía como entidades biológicas miméticas y que, creía, estaban dotadas de un sentido poderoso y desconocido. No podía explicarse de otra manera cómo habían sabido de él, sin siquiera observarlo, y luego imitar a la perfección la forma humana. Le intrigaba sobremanera descubrir cómo lograban inferir la existencia del sexo femenino y masculino, replicando sus diferencias y teniendo especial cuidado en no repetir rostros y conformaciones físicas. Desconocía, también, como eran capaces de determinar los límites de su campo visual, ya que, con seguridad, ellos cambiaban su apariencia original un segundo antes y un segundo después de aparecer ante él. No le cabían dudas de que eran intelectual y socialmente avanzados. Esto le resultaba obvio al analizar sus conductas. Si bien por lo general sólo los veía deambular, de tanto en tanto se detenían y conversaban. Asombrosamente, sus maneras y gestos eran idénticos  a los del homo sapiens. Ergo, se decía, la habilidad de imitación a un nivel tan complejo sólo podía ser desarrollada por una inteligencia muy evolucionada.

Aquella tarde en particular apenas había visto a dos miméticos masculinos. Simulaban ser individuos adultos e iban muy relajados, casi hombro con hombro, hablando de algo  seguramente gracioso dadas sus amplias sonrisas. Después, sólo unos pocos animalejos posándose y levantando vuelo, pero nada más.

Mucho tiempo atrás, se había impuesto un horario de vigilancia y relevamiento que terminaba a las 18:00. Habiendo ya pasado dicha hora, estaba por bajar la pantalla solar y activar la iluminación artificial. Fue en ese momento cuando un mimético femenino apareció de repente frente a él y le dio el susto de su vida. Con las palmas apoyadas contra el grueso vidrio templado, daba la impresión de estar mirándolo. Pero eso es imposible, pensó, ¡esta criatura no puede verme, sólo se refleja a sí misma!, exclamó con voz cascada, como para convencerse.

Aquella entidad imitaba el aspecto de una jovencita de unos dieciséis años, cabello negro muy largo y facciones exquisitas. Entonces, el terror lo paralizó, resultándole imposible hacer otra cosa que no fuera observar aquel rostro. Los ojos de la extraña, negros también, le resultaban muy familiares. Muy, pero muy familiares, atinó a decirse. Cómo si un rayo hubiese iluminado su mente, supo que aquella cara era la que lo había visitado por años en un sueño recurrente, uno que lo torturaba y que inevitablemente lo hacía despertar sudoroso y agitado.

¡Es ella! ¡Dios, es ella!, quiso aullar, pero la angustia le cerró la garganta y sólo pudo exhalar un sonido ahogado e ininteligible como un estertor. Sintiendo un horrible mareo, creyó que la consciencia se le estaba licuando y que empezaba a girar alrededor de la imagen imposible, enmarcándola. Finalmente, luego de un tiempo que no pudo precisar y habiendo alcanzado el clímax de la desesperación, comenzó a invadirlo una especie de relajación fruto del agotamiento nervioso. Los latidos del corazón fueron normalizándosele, y su vista, que se le nublara por el estrés, pudo volver a enfocar gradualmente a la muchacha. Era una locura, pero no tenía dudas: se trataba de Érica, su único amor; la novia que, siendo demasiado joven e inmaduro, abandonara con un bebé en el vientre.

Ahora ella estaba allí y le estaba gritando algo que no podía escuchar, pero su expresión era de súplica y sobre sus mejillas encendidas se deslizaban unas lágrimas que lo hicieron olvidarse de todo: la precaución por una atmósfera desconocida, la fobia incomprensible a lo externo, la soledad falsamente asumida y el temor a la muerte.

¡Érica!, y esta vez sí pudo rugir su nombre mientras se abalanzaba a la compuerta de aire. Atropelladamente, abrió la primera puerta, cruzó la esclusa y, sin pensarlo siquiera, hizo lo mismo con la segunda. En su inconsciencia, no se había puesto el traje protector. Ahora estaba afuera…

—¡Abuelo! ¡Me vas a matar de un susto! ¿Por qué no me contestabas las llamadas? —le recriminó ella, llorando y fuera de sí.

Atontado, como si le hubiesen asestado un golpe en la cabeza, el viejo no supo qué contestar.

—¡Tonto y más tonto! ¡Acá te traigo la vianda! ¿Otra vez te olvidaste de cargar la batería del celular? ¿Acaso no querés alimentarte? ­­—Patricia, angustiada y casi sin aliento, era fiel calco de su abuela Érica.

Agachando la cabeza como un niño en falta, se quitó de la entrada para dejar pasar a su nieta, que como una tromba se dirigió a la cocina.

Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus  relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

 

 

LA CRISIS DEL SECTOR TURÍSTICO

Simonetta Olivo

 

Cuando el sacerdote pronunció la esperada frase, “el novio puede besar a la novia”, los invitados aplaudieron, los niños desviaron la mirada, las damas de honor se balancearon sobre los tacones. Más tarde, en el brindis, el marido observó complacido a la esposa deslizarse de un invitado a otro repartiendo recuerdos y sonrisas; él se prestó a las bromas de los amigos, que aludían a la inminente noche de amor, en la ficción de que fuera la primera. Ella se dejó alzar en el umbral del apartamento donde ya vivían; el novio bromeó sobre el peso que tuvo que sostener. Consumaron lo que el estado de embriaguez les permitió.

Al día siguiente, al amanecer, embarcaron bajo un cielo poblado de globos y música de orquesta. Otros como ellos repetían el saludo de ocasión, con el brazo del hombre sobre el hombro de la mujer y la misma sonrisa multiplicada a lo largo de todo el crucero.

Eran dos desconocidos perfectamente felices: nunca se habían mirado tan a fondo a sí mismos como para poder siquiera imaginar qué significa amar.

El primer día de viaje el esposo vomitó durante horas y la esposa le hizo compañía, sentada en la cama del camarote, las manos entrelazadas bajo el mentón y el pijama rosa comprado para la ocasión.

El segundo día salieron a divertirse: había que apiñarse en el buffet, jugar al minigolf, pasear por la cubierta al atardecer, pero sobre todo siempre había un camarero dispuesto a ofrecer un generoso cóctel, de modo que no pasara una sola hora en la que no estuvieran al menos algo achispados.

Por la noche ella se ponía su vestido dorado y de lamé, y todo el tiempo comprobaba en el espejo del salón que el pliegue del peinado no perdiera forma. Él se aburría un poco, pero el lujo del barco le daba la sensación de ser rico, y eso le bastaba.

Desembarcaron para visitar la primera ciudad durante seis horas. Los guiaba una mujer corpulenta de mediana edad, vestida con un traje sastre color burdeos: agitaba su banderita como si fuera un estandarte y los conducía a penetrar en la multitud de turistas, como bancos de peces que se encuentran y se cruzan. Las ruedas de valijas sobre el asfalto peatonal y el olor a McDonald’s se multiplicaban, siempre idénticos, en cada calle que los llevaba al destino obligatorio: la catedral, el parque, la calle de las compras, la larga fila para acceder al museo, con todas las guías de traje color burdeos disputándose el espacio entre sus protegidos y la boletería. Carteles multilingües aconsejaban no desnudarse en los lugares de culto, no escupir en el suelo, recordar la propina. La esposa seguía a la guía como si fuera la comandante de la infantería, y la visita una guerra santa. El reparto de los sándwiches envueltos a bordo entusiasmó al esposo, como suele ocurrirles a los niños de excursión escolar. Compraron láminas y adornos de Swarovski para el mobiliario de su nueva vida. Antes de volver a subir al barco pidieron a la guía que les sacara una foto con la ciudad de fondo, conscientes de que jamás regresarían; se besaron en el momento del disparo y luego, sin nostalgia, observaron cómo la costa se alejaba y desaparecía, con las pantorrillas hinchadas y un gran deseo de mojito.

En los días siguientes se dedicaron a los bailes en grupo y a la vida social. En la cena charlaban con la pareja asignada frente a ellos; entre ambos había una diferencia de edad que saltaba a la vista: ella rondaba los veinte, alta, voluptuosa, con los labios siempre brillantes y el cabello apenas ondulado en los largos; él, de la mitad de su estatura, al menos sesenta años, con un impulso irrefrenable por alardear de sus bienes, incluida la esposa. Los hombres hablaban entre ellos de relojes; las mujeres, de cocina.

Después de tres días de navegación, la esposa le preguntó al esposo cuándo estaba previsto el próximo desembarco. Él se preocupó: en efecto, haciendo memoria, ya deberían haber visto al menos otras dos ciudades asomadas a ese mar. Atribuyeron el retraso a algún mal tiempo en la costa y volvieron a brindar a la luz de la luna, como cada noche, como todas las parejas asomadas a ese lado del barco, con el brazo del hombre sobre el hombro de la mujer.

Durante dos días el barco no se movió. Entre los pasajeros circulaba una vena de irritación y ansiedad, pues no había un motivo aparente ni explicación para ese estancamiento. Los esposos se lo tomaron con filosofía y se dedicaron al minigolf. La esposa acababa de apuntar al tobogán de la última pista cuando la voz del capitán cayó sobre todos los pasajeros, anunciando la rápida propagación, en tierra firme, de un virus resistente a los tratamientos. También en el barco se habían registrado dos casos, en aislamiento. Se invitaba a los pasajeros a lavarse frecuentemente las manos, a desechar los pañuelos usados en bolsas de un solo uso, a estornudar en el pliegue del brazo. Los esposos terminaron la partida, bromearon con los comensales sobre el asunto de los estornudos, brindaron en la cubierta a la luz de la luna, pero esta vez con menos compañía, pues muchos, tras el anuncio, se habían retirado a sus camarotes.

Al día siguiente se cruzaron con la joven de los labios brillantes. Elegantísima como de costumbre, delataba su malestar con la palidez y con la ausencia de él. La esposa notó el cabello sucio. No se saludaron.

En el barco circulaban noticias sobre el estado de la situación: que en tierra firme el contagio sumaba nuevas víctimas cada hora y que al menos una veintena de metrópolis habían sido puestas en cuarentena. Se decía que la muerte podía llegar por paro cardíaco, o por asfixia, tarde o temprano, para todos o para unos pocos. Los rumores resbalaban por los pisos brillantes del barco, se difundían, se agrandaban y se encogían, mientras los pasajeros se replegaban cada vez más en los camarotes.

Los esposos no renunciaron al minigolf. La esposa escribió un poema sobre el viento y se lo leyó al esposo.

A la mañana siguiente los esposos notaron que la cubierta estaba casi desierta. El capitán invitaba a la calma, a aprovechar el buffet y a mantener al menos un metro de distancia entre un pasajero y otro. La cena fue un velatorio: los bailes fueron cancelados y los amigos de mesa no se presentaron. La esposa le contó al esposo su cuento favorito de la infancia, y él le habló de cómo por la noche temía la soledad.

Al día siguiente avistaron tierra y prepararon la valija. Los oficiales médicos, parecidos a astronautas con trajes anticontaminación, midieron la temperatura corporal de cada uno, expulsando de la fila a los febriles. Aglomerados en la cubierta principal, los esposos vieron acercarse la costa, pero cuando el perfil de la ciudad se volvió más definido, el barco se detuvo. La esposa apretó con fuerza la mano del esposo.

La voz del capitán envolvió a los pasajeros. Las autoridades locales no habían concedido el atraque del barco ni estaban dispuestas a enviar ayuda para los enfermos. El capitán concluyó: “Señoras y señores, ya no somos turistas”. Ante esas palabras, muchos se arrojaron al mar y comenzaron a nadar: pero la costa estaba demasiado lejos.

Esa noche los esposos permanecieron sobrios y, por primera vez en muchos años, discutieron, para luego buscarse en la oscuridad. No se llamaron “querido” ni “querida”, sino por su nombre.

A la mañana siguiente, acompañados por el viento, jugaron a perseguirse, como niños.

Pasó un tiempo que nadie sabía ya contar. El barco se transformó en un navío fantasma; a los pasajeros se les concedía una hora diaria al aire libre, y se recomendaba mantener una distancia de al menos dos metros entre unos y otros.

Luego el capitán dejó de hablar.

El crucero flotaba inmóvil, como un juguete roto y abandonado.

Cuando las autoridades permitieron a los sobrevivientes desembarcar, los esposos se escondieron.

Su casa era el mar.

Incluido en la antologia personal de la autora, L'ultima estate del mondo (Delos Digital, 2025)

Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital,  2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.





 

¡ESE ROJO!

Veronika Santo

¡Ese rojo!

Nunca en mi vida había visto un color así, el color del fuego, el color del corazón. Tenía exactamente nueve años el día en que mi padre me llevó a esta excursión, poco después de la muerte de mi madre.

Antes de entrar en la Casa de los Misterios, antes de ahogarme en ese mar de rojo que me marcaría para toda la vida, mi padre y yo caminamos durante horas por Pompeya.

Me explicó que hacía mucho tiempo la ciudad había sido cubierta por la ceniza de un volcán, que un polvo gris había sepultado casas, personas, animales y plantas.

Tan fascinado como estaba, me sentía también incómodo. Giraba confundido hacia uno y otro lado en aquella ciudad muerta de muros blancos que, en un instante, cuando menos lo esperaba, había sido cubierta de ceniza. De vez en cuando miraba en dirección al volcán que se alzaba sobre la ciudad. Era comienzos del cuarto mes, la primavera era inusualmente fría y las laderas del Vesubio todavía estaban cubiertas de nieve. Pensaba que la ciudad misma era prueba de que no se podía confiar en el volcán. Esperaba ver en cualquier momento lenguas rojas de lava derritiendo la nieve y precipitándose hacia nosotros.

Parecía que yo era el único que albergaba esas sospechas. Increíblemente, la gente a nuestro alrededor paseaba, levantaba los teléfonos móviles para fotografiar el Vesubio y luego le daba la espalda con total calma.

Le contaré a la clase que vi un volcán de verdad, les diré que de repente la cima empezó a humear y que el fuego tiñó el cielo. Volví a mirarlo a escondidas. No pasaba nada, lo cual no significaba que no pudiera pasar. Había que vigilarlo. Incluso podía añadir que vi un dragón. En realidad, era perfectamente posible que de la lava del cráter salieran también dragones.

—Sucede —dijo papá—. La vida sigue, sigue, y de repente, cuando menos lo esperas, se detiene.

Su voz era amarga, melancólica. Si hasta entonces me sentía incómodo, ahora sentí cómo se me encogía el estómago. Sabía que pensaba en mamá, aunque intentábamos no hablar más de ella. Mamá estaba muerta y había que olvidarlo. Él lo repetía constantemente, pero entonces ¿por qué me había traído justo aquí, a una ciudad tumba sobre la cual aún se cernía impune su asesino?

Y entonces…

—Vivieron y se fueron —continuó con el mismo tono—. Cuando personas y cosas desaparecen en el tiempo no hay que olvidarlas, pero tampoco aferrarse demasiado a su recuerdo.

¡Eres tú el que no me deja olvidar, tú, tú!, quise gritar, pero como siempre en esas ocasiones, no dije nada.

De repente su voz se me volvió insoportable. Igual que la atención obsesiva que me dispensaba. Desde que murió mamá vigilaba cada uno de mis movimientos. Llamaba a la escuela para asegurarse a qué hora terminaba la última clase, y ante el menor signo de enfermedad me arrastraba en pánico de médico en médico. Empecé a odiar a mi padre y quizás aquí, en Pompeya, más que nunca. Me sentía atrapado, quería huir: de que mamá ya no estuviera, huir de él, pero aún más de mí mismo. Daba vueltas casi en pánico, buscando algo, algo.

Qué exactamente, no lo sabía.

Y de repente ese “algo” apareció. Como si la ciudad hubiera respondido a mis llamados de auxilio.

A la Casa de los Misterios se entraba por una veranda desde la cual se podía ver casi todo el golfo de Nápoles. El mar chispeaba, brillaba, inspiraba reverencia; así que nos detuvimos unos instantes para contemplarlo, por fin en silencio, mientras yo rezaba en mi interior para que al menos por un rato me dejara en paz. Apenas nos alejamos de la terraza, volvió a bombardearme con explicaciones, esta vez sobre la disposición de las habitaciones de la Casa de los Misterios. Podría haberme interesado, pero incluso eso me resultaba excesivo.

Atravesamos cuatro salas que conducían al peristilo con dieciséis columnas (las conté obstinadamente, porque no quería prestar más atención a mi padre).

Y entonces, de pronto, nos encontramos frente a los muros pintados de aquella casa. Creo que al principio ni siquiera entendí lo que representaban. Lo que me atrajo fue el color, ese rojo increíblemente profundo en el que me ahogué, que me envolvió como si quisiera protegerme, como si quisiera devolverme al mundo. Solo después de unos momentos mi mirada se detuvo en una de las pinturas murales.

—Deja eso —respondió mi padre con cierta incomodidad—, esa manera de pintar pertenece al pasado.

Yo era solo un niño y creo que ese rojo pompeyano, el color del fondo sobre el cual la joven vestida de amarillo me miraba, respondió a mi llamado interno de auxilio. Cómo, no lo sé. Solo sé que me quedé inmóvil, hechizado, con la boca entreabierta, mirando lo que tenía delante.

La joven estaba sentada en una silla blanca, quizá de piedra, y una mujer a su lado le peinaba el cabello. Un niño desnudo con alas sostenía un espejo. Tenía cuerpo de niño, pero rostro de adulto. La imagen estaba algo dañada por el tiempo o tal vez inacabada.

Mi padre, por supuesto, notó mi mirada y dijo que se trataba de Puto, el dios del amor: entre los pueblos paganos no había ángeles. Esta vez sí lo escuché. Quería saber quién era Puto, pero parecía que él no sabía más. Justo cuando por fin quería aprender algo, no supo responderme.

Agucé el oído. Desde el patio llegaba la voz de un guía que explicaba a un grupo de visitantes la técnica pictórica de la encáustica. Entendí por lo que decía que gracias a ella los colores de aquellos muros habían permanecido casi intactos durante los últimos dos mil años.

—Yo también pintaré así cuando sea grande —dije en voz alta sin apartar la vista de la pintura.

Recuerdo que después de bastante tiempo me volví hacia la puerta abierta que daba al patio. Allí había sombra, allí luz veraniega; el sol se reflejaba en las columnas de mármol del patio interior. Había algo en esa luz que separaba aquel mundo de este, y aunque era solo un niño, ya sabía dónde estaba mi lugar.

Mi lugar estaba junto a ese rojo.

Más tarde busqué la palabra encáustica en la enciclopedia: era de origen griego y significaba “poner al fuego”. El pigmento se derretía en cera caliente, la pintura se aplicaba con herramientas especiales sobre la superficie y luego se calentaba para unificar el dibujo. Se requería gran habilidad para manejar fuego, cera y colores, y se consideraba que quedaban muy pocas personas que conocieran la técnica exacta.

Pronto comprendí que en realidad ya no la conocía nadie. Sí, había quienes se presentaban como expertos, pero no utilizaban las herramientas correctas, no conocían los pigmentos antiguos ni sabían elegir la cera adecuada.

Desde entonces, todos los días agregué algo a mi conocimiento de la encáustica, aunque, no sé por qué, nunca hablé de ello con mi padre. Dediqué mucho tiempo al rojo y supe que no era un color sino un pigmento, producido a partir del polvo triturado del mineral cinabrio.

Un día –yo ya tenía dieciséis años– me sorprendió frente a una tabla de madera en la que practicaba la aplicación de colores con mis entonces primitivos instrumentos.

—¿Por qué? —preguntó mirando lo que hacía. El dolor en su voz me hirió, me enfureció.

—¿Por qué te molesta? —le respondí desafiante.

—Porque tienes que vivir en el tiempo que te tocó —contestó.

Pero eres tú el que nunca lo logró, quise decirle. Lo que me llevaba a la ira era presentir que él relacionaba mi interés por la encáustica con el deseo de revivir el pasado; tal vez incluso pensaba que era un intento inconsciente de revivir a mi madre. Proyectaba sus errores en mí, los veía en mí.

¿Cómo podía explicarle ese rojo que se había vuelto la linfa de mi vida? Que el tiempo es fluido como el pigmento que se derrite en la cera al fuego, y que yo quiero, quiero fluir con él. Que era él, y no yo, quien cavaba constantemente en el pasado. Y que, maldita sea, ya era hora de que me dejara en paz.

A los diecisiete años tuve mi primera relación sexual. Se llamaba Irena, era bajita, algo rellenita y tenía unos pechos bonitos. Recuerdo que sudé mucho. Para ella también era la primera vez y quería que fuera cuidadoso. Yo tenía prisa, quería saber lo antes posible cómo era; además, ella era cálida, blanda y, en general, no creo que haya salido muy bien. Pero en el momento en que eyaculé, mal y apresuradamente, ante mis ojos apareció por un instante ese rojo profundo que yo, torpe y a mi manera, intentaba alcanzar en el lienzo.

No era exactamente lo mismo. Quizá era más pálido, quizá diferente, ¿peor, mejor?

Empecé a cambiar de chicas, experimentando, buscando. No tenía prisa: ningún verdadero artista puede permitirse ese lujo. La prisa es superficialidad e incomprensión. Quería explorar bien el mundo de los cuerpos femeninos suaves, su geometría, curvas y sombras. El arrebato que sabía liberarme y lanzarme a la órbita, hacia el rojo.

Nunca me enamoré; no podía ni lo pretendía. Como ya dije, mi trato con las chicas era una búsqueda del camino hacia el rojo. ¿Podían llevarme allí o no?

No podía ocultarle las chicas a mi padre; me miraba con desconfianza, pero no decía nada. Probablemente pensaba que yo era sexualmente inquieto, y nada más. Al mismo tiempo pintaba, en secreto. Como antes, cuidaba que mi padre no descubriera lo que realmente hacía. Me satisfacía de algún modo que no supiera a qué me dedicaba, qué quería, qué buscaba.

Aún no lograba obtener el color deseado. Sabía volar hacia la órbita, pero no alcanzarla. Poco a poco se me hizo claro que mi vida erótica no me llevaría muy lejos en la búsqueda del rojo pompeyano. Con las chicas estaba bien, pero no era suficiente. En cuanto a la pintura, tenía intuición, pero no técnica.

Además, ¿qué eran todas esas chicas comparadas con aquella de vestido amarillo que había visto en el fresco de Pompeya? Ese era el problema: ella era una diosa; estas eran solo chicas de carne y hueso. Poco a poco me fui saturando de sus cuerpos rosados y redondeados que pasaban por mi cama.

Yo buscaba otra cosa. Si hubiera tenido que expresar con palabras qué era exactamente esa otra cosa, no habría sabido decirlo. El rojo pompeyano: ese era el objetivo de mi búsqueda. ¿Adónde debía conducirme ese rojo pompeyano? Si de verdad lograba obtenerlo, ¿qué consecuencias tendría para mi vida? No tenía respuestas a esas preguntas, pero sí tenía deseo. El guante del desafío arrojado a los dioses. Sacaba a la luz algo que debía haber quedado olvidado. En lo más profundo sabía que en el momento en que lo consiguiera, algo sucedería. Solo que no sabía qué.

Tras terminar la escuela secundaria de artes plásticas, le pedí a mi padre que completara mis finanzas para ir a Nueva York y ampliar horizontes con visitas a los museos de allí. Omití decirle que en realidad iba al Museo Metropolitano a ver la única vasija antigua del mundo en la que estaban descritas con precisión las herramientas utilizadas en la encáustica. La vasija no estaba expuesta al público porque figuraba en la lista de obras en litigio por su restitución al país de origen. Por un momento pensé que mi viaje había sido en vano y pedí ayuda a uno de mis profesores. Recuerdo que olvidé la diferencia horaria y lo llamé a las cuatro de la madrugada de nuestro horario. En lugar de mandarme al demonio, a la mañana siguiente llamó a nuestro cónsul en Nueva York, presentándome como uno de sus mejores alumnos.

Logré obtener un permiso especial para ver la vasija.

Pasaron varios años hasta que conseguí fabricar las herramientas, obtener y perfeccionar los pigmentos. Aprendí que la cera pura debía fundirse primero en el mar y que incluso el gran Leonardo da Vinci fracasó en su intento de pintar con color, fuego, cera y mar. El fresco que representaba la batalla de Anghiari se le derritió ante los ojos.

Mientras tanto terminé también la Academia de Bellas Artes y me mudé lejos de mi padre.

Por fin logré escapar de su atención excesiva, aunque no de sus miedos. Todavía solía llamarme a cualquier hora del día o de la noche para preguntarme si había comido, si tenía suficiente dinero, si veía a alguien en ese momento. Después de todas aquellas chicas con las que había salido años atrás, desde hacía un tiempo prefería estar solo.

Todos esos años me enseñaron a esperar, a tener paciencia. Probablemente porque ahora estaba tan cerca del objetivo.

Parecía que lo tenía todo: por fin podía empezar a pintar de verdad con la técnica de la encáustica. Y hacía tiempo que sabía qué: una copia de la imagen que alguna vez, para mi noveno cumpleaños, había visto en Pompeya. Fondo rojo y tres figuras: la joven, la mujer que le peinaba el cabello y Puto, el dios alado del amor, con rostro de adulto y cuerpo de niño.

¿Pero quién observaba todo eso? Tenía que haber alguien más. Sonreí: ¿quién pintaba?

Me estremecí ante esa idea, pero ¿acaso después de tantos años no tenía derecho a la audacia? La pintura pompeyana estaba algo dañada; yo haría otra igual, pero nueva, fresca, como en el momento en que fue creada.

Fijé el día y la hora en que me sentaría a comenzar el cuadro. Habían pasado exactamente quince años desde que estuve en Pompeya con mi padre.

La noche anterior casi no dormí de la excitación; me había preparado para esto desde mi noveno cumpleaños. Me removía inquieto; en realidad hubiera querido saltar de la cama y empezar a pintar de inmediato, pero no quería arruinar lo que había planeado durante años.

A la mañana siguiente me duché, me lavé el cabello, me puse la mejor camisa de mi guardarropa. También me preparé un café fuerte. Las manos me temblaban un poco, pero sabía que eso cesaría en cuanto me sentara y empezara a pintar. Nunca había tenido problemas de concentración.

Di un sorbo al café caliente. Estaba bueno, amargo.

Encendí el pequeño hornillo a gas en el que calentaría los colores, la cera y las herramientas. Desde tiempos primigenios el fuego crea y destruye: ¿sería ahora mi amigo o mi enemigo?

Mis movimientos eran precisos, medidos.

Afuera era un cálido día de primavera. Recordé que ese mismo día, quince años atrás, el Vesubio tenía una corona de nieve y yo pensaba que en cualquier momento podría empezar a escupir fuego. Todo empieza y termina con el fuego, pensé.

Mezclé los colores, suspiré y comencé a trabajar sobre la base.

El tiempo pasó y ni siquiera noté cuándo cayó la noche. Al día siguiente ocurrió lo mismo, en una especie de fiebre, en un semisueño del que solo emergía la imagen. En algún momento de la tarde sonó el teléfono.

—No contestas desde hace días —dijo mi padre con voz triste—. ¿Está todo bien?

No podía permitirle que ahora lo arruinara todo. Ahora que por fin lo lograría, lo sentía; ahora que por fin tocaría ese rojo.

Le dije que no se preocupara, que estaba trabajando en un cuadro y que había perdido la noción del tiempo.

Volví ansioso al fuego y a los colores. La imagen que surgía no era una copia: era esa imagen. ¡Era ese rojo!

Pensé que había logrado devolver al mundo la técnica de pintar con fuego; pensé que era el único pintor en el mundo que había dominado la antigua técnica utilizada por egipcios, griegos y romanos.

Había vencido al tiempo, vencido al olvido, entrado en la propia trama del mundo.

En un momento miré por la ventana: el sol primaveral debilitaba la llama de gas y luego la fortalecía de nuevo, como si la incitara. Creo que ya estaba muy cansado, porque de pronto me pareció que la pared frente a mí era roja. Como si estuviera cayendo en algo cálido, algo intensamente rojo. ¿No era eso lo único que siempre había deseado? Solo que de repente tuve miedo.

La silla bajo mí se volvió fría, como de piedra. Me acomodé mejor, la toqué con la mano, miré: era solo una silla de cocina común. Pasé la mano con pánico por mis ojos.

Cuando la retiré, la joven estaba frente a mí: su cabello castaño caía suavemente sobre el hombro que la mujer de vestido púrpura a su lado acomodaba. Mi diosa me sonreía, claro, porque yo era quien la había pintado. La miré con incredulidad y luego me volví hacia la base en la que trabajaba. Mi mano se detuvo: ¿había dibujado todo eso yo? No había duda: me había convertido en un verdadero maestro; dentro de unos dos mil años la gente se maravillaría ante esta pintura.

Solo un par de movimientos más y el cuadro estaría terminado; podría darme vuelta e irme. ¿Pero dónde?

De repente, en la calle se oyó un murmullo que iba creciendo lentamente, como una marea amenazante. La joven, asustada, se puso de pie de un salto; su vestido amarillo ondeó, el cabello se le desparramó sobre los hombros.

Luego un grito, luego otro, el ruido de pasos, gente que huía por la calle. A la mujer a su lado se le cayó el peine de la mano.

Yo permanecí inmóvil, la mano aún detenida a mitad del gesto. Sabía lo que estaba ocurriendo allá afuera, en las blancas laderas del volcán.

Ni siquiera el pequeño Puto se movía; solo me miraba fijamente. Seguía sosteniendo el espejo plateado y parecía alguien que lo sabe todo. En el espejo se sucedían imágenes; más que verlas, las intuía. Sabía que a través del espejo fluía toda mi vida. Y que pronto me hundiría de verdad en ese rojo: era el final que había anhelado desde mis nueve años.

Creí haberle robado al mundo antiguo la técnica de la pintura, pero en lugar de eso, fue él quien me tomó a mí.

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosquePasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

 

YO SOY LA ESPERANZA