Achim Stößer
Lilla, la pequeña
sirena, era distinta. Exteriormente se parecía a todas las sirenas: tenía el
aspecto de una muchacha humana, con largo cabello ondulante, aunque –como
adaptación hidrodinámica al desplazamiento bajo el agua– con pechos casi
juveniles y, por supuesto, con una… no, no con una cola escamosa de pez, eso
son malos rumores. Las sirenas son mamíferos –¿para qué si no los pechos?–, no
peces, y por ello, de la cintura hacia abajo no se parecen a un feo arenque,
sino que poseen la piel más maravillosa y lisa, de un gris antracita, que se
extiende sobre las piernas transformadas en una aleta caudal.
Sin embargo, cuando Lilla alcanzó
la edad adulta, el día de su decimoquinto cumpleaños, y se le permitió por
primera vez –como a todas las sirenas de esa edad– visitar el reino situado
sobre el mar, la idea la asustó, al igual que a sus hermanas. Pero cuando lo
vio: la espuma blanca hirviendo, las playas doradas, las palmeras verdes y –¡qué
esplendor!– el sol poniente que transformaba el mar y el cielo en fuego rojo,
como lava incandescente, entonces vibró en su interior una cuerda cuyo sonido
nadie podía oír salvo ella misma.
Y mientras sus hermanas solo
ocasionalmente cabalgaban las olas de noche y cantaban hermosas canciones para
burlarse de los marineros, sumergiéndose en cuanto estos se acercaban y dejando
únicamente crestas de espuma sobre el agua, Lilla se sentía atraída una y otra
vez hacia la tierra.
Una noche, mientras nadaba medio
dormida cerca de la costa, sintió de pronto un contacto y lanzó un pequeño
grito de sobresalto. Extraño: también el ser que la había tocado gritó de
miedo, pero no podía tratarse de una sirena, ya que ninguna salvo ella se
atrevía a acercarse tanto a la playa.
Mientras flotaba inmóvil en el
agua, las nubes que habían cubierto la luna se apartaron y Lilla vio un rostro:
un rostro humano. Corrió las membranas nictitantes que le permitían ver bajo el
agua igual que en el aire sobre sus ojos y se sumergió. Entonces distinguió
frente a sí dos piernas que se agitaban torpemente en el agua para mantener a
flote el cuerpo del que surgían. Lilla volvió a emerger. Nunca antes había
estado tan cerca de un ser humano vivo, aunque los había observado a menudo
desde lejos, pero no sintió miedo. Nadando, las dos criaturas –tan parecidas y,
sin embargo, tan distintas– se rodearon mutuamente. Finalmente, la sirena dijo
con su voz más clara:
—Me llamo Lilla.
El humano la miró sorprendido y
respondió:
—Mi nombre es Manal.
Y aunque no hablaban la misma
lengua, se entendieron al instante.
Mediante gestos, Manal pidió que
nadaran hacia aguas menos profundas, pues a los humanos no les resulta tan
fácil como a las sirenas mantenerse a flote. Lilla lo sabía, ya que había visto
más de un esqueleto pálido de marinero ahogado en el lodo del fondo marino.
El amanecer ya despuntaba cuando se
separaron, Manal subiendo a tierra y Lilla nadando mar adentro; pero no quedó
en aquel primer encuentro, pronto comenzaron a verse cada noche a la misma
hora.
Todas las sirenas poseen tesoros
que han encontrado o rescatado de barcos hundidos: cofres llenos de oro, plata
y piedras preciosas, ánforas que antaño contuvieron grano o miel, aros de
material flexible, algunos de los cuales no se hunden sino que ascienden hacia
la luz, toda clase de vasijas y fragmentos de cerámica de colores, grandes
toneles que repiquetean alegremente cuando conchas atadas a algas marinas
chocan contra ellos con la corriente. Pero Lilla poseía quizá el más bello de
todos: una estatua de mármol blanco de tamaño natural. A veces, cuando
aguardaba la noche con anhelo, acariciaba con ternura la piel de piedra, pues
la figura le recordaba demasiado a Manal. La estatua llevaba una túnica larga y
ondulante que ocultaba las piernas, de modo que solo los pies calzados con
sandalias delataban que había sido modelada a partir de un ser humano, y así
también se asemejaba un poco a los habitantes del mar. Las liebres de mar
habían fijado sus cordones de huevos en el rostro de la estatua, de modo que
parecía que llorara. Y también Lilla lloraba una secreción aceitosa de sus
profundas glándulas nictitantes.
Una noche, cuando Lilla y Manal
yacían nuevamente en los bajíos cercanos a la orilla, acariciándose y
susurrándose suaves ternuras –ambos habían aprendido ya a comprender la lengua
ajena, aunque les costaba formar los extraños sonidos–, Manal enmudeció de
repente, se levantó de un salto, corrió hacia aguas más profundas, cayó de
rodillas y gritó desesperado:
—¡Ay, nunca podremos ser uno;
quiero arrojarme a las olas para que estemos juntos por toda la eternidad!
—¡No! —gritó Lilla, que con unos
cuantos golpes vigorosos de su aleta caudal alcanzó a Manal. Era la más sensata
de los dos—. Yo solo necesito tomar aire dos veces por hora en la superficie,
pero tú te ahogarías miserablemente. Espera, iré a pedir consejo a la bruja del
mar, ella nos ayudará.
Y con eso desapareció entre las
olas.
La bruja del mar estaba paseando
por su jardín, donde crecían las mayores anémonas marinas que la pequeña sirena
había visto jamás. Una de ellas parecía haber atrapado un pequeño pez blanco y
negro, con cara y aletas amarillas. Antes de que Lilla pudiera decir nada, la
bruja habló:
—Te estaba esperando.
Lo cual bien podía ser cierto y no
sorprendió demasiado a Lilla, pues las brujas marinas saben muchas cosas que
permanecen ocultas a otros. Junto a la bruja, inmóvil a la altura de la cadera,
se hallaba un tiburón tigre de cinco metros de largo que miraba fijamente a la
sirena; aquello era sumamente extraño, pues como los tiburones no tienen vejiga
natatoria, deben mantenerse siempre en movimiento para no hundirse hasta el
fondo.
—Sígueme —ordenó la bruja del mar.
Juntas nadaron a través de un sifón
hacia la cueva intensamente iluminada de la bruja. Al hacerlo, el tiburón rozó
la espalda de Lilla; sus escamas se sentían ásperas como papel de lija. El aire
de la cueva olía pesado y viciado, pero una luz brillante revelaba la verdadera
tonalidad roja de la rosa que Lilla llevaba en el cabello, regalo de Manal, un
color que bajo el agua –donde todo aparece azul y verde– no podía percibirse.
—Siempre fuiste una niña peculiar
—dijo la bruja del mar—, pero puedo ayudarte. —Rio con sorna. Como todas las
brujas, no era realmente malvada, solo amargada—. Pero debes saber una cosa: si
no eliges a un tritón como pareja, la máxima dicha de una hembra te será negada
para siempre. Nunca podrás dar vida a un hijo, pues humanos y sirenas son
demasiado distintos. ¿Aún quieres que te ayude?
—Sí —susurró Lilla con el corazón
palpitante.
Entonces la bruja encendió una
hierba embriagadora cuyo humo acre pronto llenó la cueva. Lilla perdió el
conocimiento.
Cuando despertó, sintió dolor en
las piernas. ¡En las piernas! En verdad, se había convertido en la viva imagen
de un ser humano.
Dos de sus hermanas la sostenían,
manteniéndola en la superficie como a un recién nacido para que no se ahogara.
Y cuando por fin pisó tierra, insegura, con las rodillas blandas, pero con
rodillas, y todas las sirenas le decían adiós con la mano, exultó por dentro;
recordó la advertencia de la bruja del mar y rio, rio en voz alta, pues el ser
humano al que amaba era Manal Al Fadani, una joven árabe.
Achim Stößer nació en diciembre de 1963. Estudió informática en la Universidad de Karlsruhe, donde posteriormente trabajó durante varios años como asistente de investigación, centrándose en arte digital y animación, y también ejerció como profesor en la Universidad de Artes y Diseño de Karlsruhe.Desde 1988, ha publicado en antologías y revistas, incluyendo varios volúmenes de la serie antológica "International Science Fiction Stories" de Wolfgang Jeschke. Su colección de relatos, "Virulent Realities", fue publicada en 1997 por dot-Verlag. En 1998, fundó la iniciativa por los derechos de los animales Maqi. Por ello, el antiespecismo (y, por ende, el veganismo), el antiteísmo, el antirracismo, el antisexismo y el antifascismo, entre otros, son temas centrales en sus relatos y viñetas. Sitio web: https://achim-stoesser.de.

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