lunes, 19 de enero de 2026

LA PEQUEÑA SIRENA

Achim Stößer

 

Lilla, la pequeña sirena, era distinta. Exteriormente se parecía a todas las sirenas: tenía el aspecto de una muchacha humana, con largo cabello ondulante, aunque –como adaptación hidrodinámica al desplazamiento bajo el agua– con pechos casi juveniles y, por supuesto, con una… no, no con una cola escamosa de pez, eso son malos rumores. Las sirenas son mamíferos –¿para qué si no los pechos?–, no peces, y por ello, de la cintura hacia abajo no se parecen a un feo arenque, sino que poseen la piel más maravillosa y lisa, de un gris antracita, que se extiende sobre las piernas transformadas en una aleta caudal.

Sin embargo, cuando Lilla alcanzó la edad adulta, el día de su decimoquinto cumpleaños, y se le permitió por primera vez –como a todas las sirenas de esa edad– visitar el reino situado sobre el mar, la idea la asustó, al igual que a sus hermanas. Pero cuando lo vio: la espuma blanca hirviendo, las playas doradas, las palmeras verdes y –¡qué esplendor!– el sol poniente que transformaba el mar y el cielo en fuego rojo, como lava incandescente, entonces vibró en su interior una cuerda cuyo sonido nadie podía oír salvo ella misma.

Y mientras sus hermanas solo ocasionalmente cabalgaban las olas de noche y cantaban hermosas canciones para burlarse de los marineros, sumergiéndose en cuanto estos se acercaban y dejando únicamente crestas de espuma sobre el agua, Lilla se sentía atraída una y otra vez hacia la tierra.

Una noche, mientras nadaba medio dormida cerca de la costa, sintió de pronto un contacto y lanzó un pequeño grito de sobresalto. Extraño: también el ser que la había tocado gritó de miedo, pero no podía tratarse de una sirena, ya que ninguna salvo ella se atrevía a acercarse tanto a la playa.

Mientras flotaba inmóvil en el agua, las nubes que habían cubierto la luna se apartaron y Lilla vio un rostro: un rostro humano. Corrió las membranas nictitantes que le permitían ver bajo el agua igual que en el aire sobre sus ojos y se sumergió. Entonces distinguió frente a sí dos piernas que se agitaban torpemente en el agua para mantener a flote el cuerpo del que surgían. Lilla volvió a emerger. Nunca antes había estado tan cerca de un ser humano vivo, aunque los había observado a menudo desde lejos, pero no sintió miedo. Nadando, las dos criaturas –tan parecidas y, sin embargo, tan distintas– se rodearon mutuamente. Finalmente, la sirena dijo con su voz más clara:

—Me llamo Lilla.

El humano la miró sorprendido y respondió:

—Mi nombre es Manal.

Y aunque no hablaban la misma lengua, se entendieron al instante.

Mediante gestos, Manal pidió que nadaran hacia aguas menos profundas, pues a los humanos no les resulta tan fácil como a las sirenas mantenerse a flote. Lilla lo sabía, ya que había visto más de un esqueleto pálido de marinero ahogado en el lodo del fondo marino.

El amanecer ya despuntaba cuando se separaron, Manal subiendo a tierra y Lilla nadando mar adentro; pero no quedó en aquel primer encuentro, pronto comenzaron a verse cada noche a la misma hora.

Todas las sirenas poseen tesoros que han encontrado o rescatado de barcos hundidos: cofres llenos de oro, plata y piedras preciosas, ánforas que antaño contuvieron grano o miel, aros de material flexible, algunos de los cuales no se hunden sino que ascienden hacia la luz, toda clase de vasijas y fragmentos de cerámica de colores, grandes toneles que repiquetean alegremente cuando conchas atadas a algas marinas chocan contra ellos con la corriente. Pero Lilla poseía quizá el más bello de todos: una estatua de mármol blanco de tamaño natural. A veces, cuando aguardaba la noche con anhelo, acariciaba con ternura la piel de piedra, pues la figura le recordaba demasiado a Manal. La estatua llevaba una túnica larga y ondulante que ocultaba las piernas, de modo que solo los pies calzados con sandalias delataban que había sido modelada a partir de un ser humano, y así también se asemejaba un poco a los habitantes del mar. Las liebres de mar habían fijado sus cordones de huevos en el rostro de la estatua, de modo que parecía que llorara. Y también Lilla lloraba una secreción aceitosa de sus profundas glándulas nictitantes.

Una noche, cuando Lilla y Manal yacían nuevamente en los bajíos cercanos a la orilla, acariciándose y susurrándose suaves ternuras –ambos habían aprendido ya a comprender la lengua ajena, aunque les costaba formar los extraños sonidos–, Manal enmudeció de repente, se levantó de un salto, corrió hacia aguas más profundas, cayó de rodillas y gritó desesperado:

—¡Ay, nunca podremos ser uno; quiero arrojarme a las olas para que estemos juntos por toda la eternidad!

—¡No! —gritó Lilla, que con unos cuantos golpes vigorosos de su aleta caudal alcanzó a Manal. Era la más sensata de los dos—. Yo solo necesito tomar aire dos veces por hora en la superficie, pero tú te ahogarías miserablemente. Espera, iré a pedir consejo a la bruja del mar, ella nos ayudará.

Y con eso desapareció entre las olas.

La bruja del mar estaba paseando por su jardín, donde crecían las mayores anémonas marinas que la pequeña sirena había visto jamás. Una de ellas parecía haber atrapado un pequeño pez blanco y negro, con cara y aletas amarillas. Antes de que Lilla pudiera decir nada, la bruja habló:

—Te estaba esperando.

Lo cual bien podía ser cierto y no sorprendió demasiado a Lilla, pues las brujas marinas saben muchas cosas que permanecen ocultas a otros. Junto a la bruja, inmóvil a la altura de la cadera, se hallaba un tiburón tigre de cinco metros de largo que miraba fijamente a la sirena; aquello era sumamente extraño, pues como los tiburones no tienen vejiga natatoria, deben mantenerse siempre en movimiento para no hundirse hasta el fondo.

—Sígueme —ordenó la bruja del mar.

Juntas nadaron a través de un sifón hacia la cueva intensamente iluminada de la bruja. Al hacerlo, el tiburón rozó la espalda de Lilla; sus escamas se sentían ásperas como papel de lija. El aire de la cueva olía pesado y viciado, pero una luz brillante revelaba la verdadera tonalidad roja de la rosa que Lilla llevaba en el cabello, regalo de Manal, un color que bajo el agua –donde todo aparece azul y verde– no podía percibirse.

—Siempre fuiste una niña peculiar —dijo la bruja del mar—, pero puedo ayudarte. —Rio con sorna. Como todas las brujas, no era realmente malvada, solo amargada—. Pero debes saber una cosa: si no eliges a un tritón como pareja, la máxima dicha de una hembra te será negada para siempre. Nunca podrás dar vida a un hijo, pues humanos y sirenas son demasiado distintos. ¿Aún quieres que te ayude?

—Sí —susurró Lilla con el corazón palpitante.

Entonces la bruja encendió una hierba embriagadora cuyo humo acre pronto llenó la cueva. Lilla perdió el conocimiento.

Cuando despertó, sintió dolor en las piernas. ¡En las piernas! En verdad, se había convertido en la viva imagen de un ser humano.

Dos de sus hermanas la sostenían, manteniéndola en la superficie como a un recién nacido para que no se ahogara. Y cuando por fin pisó tierra, insegura, con las rodillas blandas, pero con rodillas, y todas las sirenas le decían adiós con la mano, exultó por dentro; recordó la advertencia de la bruja del mar y rio, rio en voz alta, pues el ser humano al que amaba era Manal Al Fadani, una joven árabe.

Achim Stößer nació en diciembre de 1963. Estudió informática en la Universidad de Karlsruhe, donde posteriormente trabajó durante varios años como asistente de investigación, centrándose en arte digital y animación, y también ejerció como profesor en la Universidad de Artes y Diseño de Karlsruhe.Desde 1988, ha publicado en antologías y revistas, incluyendo varios volúmenes de la serie antológica "International Science Fiction Stories" de Wolfgang Jeschke. Su colección de relatos, "Virulent Realities", fue publicada en 1997 por dot-Verlag. En 1998, fundó la iniciativa por los derechos de los animales Maqi. Por ello, el antiespecismo (y, por ende, el veganismo), el antiteísmo, el antirracismo, el antisexismo y el antifascismo, entre otros, son temas centrales en sus relatos y viñetas. Sitio web: https://achim-stoesser.de.

 

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