sábado, 21 de febrero de 2026

GANARON

Luc Vos

 

La sombra de la luna traza una línea sobre mi rostro, como un relámpago. Lo veo en el escaparate. El cielo está libre de nubes y de truenos; también podría ser la grieta del vidrio la que rompe la imagen. La grieta que hice yo. Ayer. Cuando caí.

Sigo caminando; no debo dejarme ver demasiado aquí. Aunque la policía no entra en este barrio, no son ellos a quienes temo.

Un sonido a mis espaldas obliga a mi cuello a girar con rapidez. Algo cruje, dentro de mí. Una ola de miedo recorre mi cuerpo. El sonido resuena fuerte en el silencio del barrio. Demasiado fuerte. Este entorno que alguna vez estuvo lleno de vida.

Sigo caminando. Tengo que irme de aquí, antes de que ellos lleguen. Más rápido, debo hacerlo, pero la fractura en la pierna, que con enorme esfuerzo me entablillé yo mismo, no ayuda a avanzar con rapidez.

Todavía no entiendo cómo pude ser tan estúpido. Tropezar con ese árbol que lleva años tirado allí. Podría pasar por encima con los ojos cerrados, pero justo ahora, ahora que no puedo permitirme dejar de ser móvil, fui tan idiota como para tropezar.

¿Te extraño demasiado? ¿Es eso? La herida es reciente. No sé si algún día dolerá menos de lo que duele ahora, pero debo seguir. Por ti. Eso te lo prometí. Eso se los debo a ustedes.

¡A ustedes!

¡Ahora no!

Me seco la lágrima del ojo y continúo, tan bien como puedo. La idea de que una nueva vida estaba creciendo cuando la tuya terminó de manera tan abrupta intensifica la ira por lo ocurrido.

¡Concéntrate!

Vuelve a oírse un arrastrar acelerado. Sigo avanzando a trompicones, intento ganar velocidad, pero los latigazos de dolor que con cada paso se clavan hasta en mi cabeza me lo impiden. Reprimo el impulso de mirar por encima del hombro y clavo la vista en el final del callejón. Allí arde una de las últimas lámparas que aún tiene esta calle. Me pregunto cuánto tiempo tardará en apagarse también esa; probablemente mi luz se extinga en silencio mucho antes.

Eso no puede ser. Debo hacerlo. Por ti. Por ustedes. Por nosotros.

Siento su aliento en mi nuca, sé que ya es demasiado tarde. Todavía no entiendo cómo no jadean al acercarse más rápido de lo que su físico parecería permitir, pero ya no importa. Está aquí. Ese, el que una vez de más me crucé en el camino. O lo que sea que haga las veces de pies. Las mutilaciones no han perdonado ninguna parte del cuerpo y los dedos que cuelgan sueltos están negros y llenos de pus. Apestan aún más que el resto de su cuerpo en descomposición, pero aun así siguen avanzando. Más rápido de lo que yo quisiera.

¡Es demasiado tarde!

Lo huelo, lo siento y lo veo irrumpir como un relámpago en mi visión. Debería seguir adelante, pero no puedo evitarlo y miro por encima del hombro. El cuchillo, ya en alto, brilla a la luz de la lámpara que se aproxima. Hago un último intento por acelerar, con escaso éxito. Me lanzo hacia adelante, también fracaso. El cuchillo se hunde entre mi omóplato izquierdo y lo que hay debajo. Alguna vez supe qué era eso, cuando aún estudiaba; ahora me parece insignificante. Ese tiempo se siente como una eternidad atrás; en un instante vuelvo a ver mi habitación de estudiante. Donde viniste a verme por primera vez. Eso sí importa.

¿Sigue importando?

El cuchillo se hunde más; el dolor supera al de mi pierna. Por eso me siento agradecido. Por un instante apenas, luego un grito sale de mi boca y chillo como un cerdo al que están despellejando. Lo oí una vez antes, en una granja cerca de donde crecí. Le pregunté a mi padre qué era, señaló el tocino en mi plato.

—Están preparando el próximo trozo de tocino que comeremos.

Me llevó un tiempo entender lo que quería decir; cuando, media hora después, camino a la escuela, vi un grueso chorro de sangre recorrer la calle, lo comprendí. Por un momento consideré dejar de comer carne, pero no duró mucho. Me encogí de hombros y desterré aquel chillido de mi mente.

Ojalá ahora también pudiera encogerme de hombros, pero estoy seguro de que ese gesto solo provocaría más dolor. Más chillidos como de cerdo. No sé explicarlo, pero no quiero hacerlo. De algún modo que ni yo mismo comprendo, de pronto temo que entonces la gente me mire de otra manera.

Nadie volverá a mirarte.

Hace mucho que nadie te mira.

Saber que eso es verdad no logra ahuyentar el dolor.

Levanto la vista; la mueca retorcida bajo la capucha de mi atacante apenas es visible, pero huelo la ira que emana de él.

¿Sigue siendo un él? ¿O una ella? ¿Existe aún alguna diferencia?

Las cosas que definían al hombre y a la mujer ya no son reconocibles. En la medida en que todavía sigan unidas a su dueño. Hace unas semanas vi a alguien desnudo, revolcándose en sus propios excrementos. Parecía una mujer, sin pechos; cuando miré con atención vi restos de una barba, apelmazada por la suciedad. De su boca salía un gruñido animal, más propio de los animales de la granja de mi antiguo barrio que de lo que cabe esperar de un ser humano. Me arañó, yo logré zafar. Ya no podía caminar; mi pierna se desgarró al intentar ponerme de pie. La amenaza que representaba era pequeña, el asco que sentí al refugiarme en mi casa y cerrar las puertas con llave fue infinito.

—Todo va a salir bien —dijiste tú; en tu voz era evidente que no lo creías.

No salió bien. Por más que buscaste un medio para revertir los efectos, no encontraste nada. Te volviste cada vez más silenciosa, aunque no fuera tu culpa. Formabas parte del programa que produjo este resultado terrible, pero no eras la causa. Fuiste la única que gritó que no podía hacerse así, pero te apartaron sin escrúpulos y te sacaron del programa. Tuviste razón, pero eso fue un consuelo miserable cuando quedó claro cuán grave había sido el error.

El programa científico que debía resolver algunos de los grandes problemas de salud se convirtió en el mayor fiasco de la historia de la medicina. El número de víctimas, según los estándares de algunos grandes de este mundo, estaba “dentro de lo aceptable”, pero se detuvo rápidamente cuando se hizo evidente la magnitud del daño y los afectados fueron confinados en guetos. A la espera de su muerte y de que el problema desapareciera de forma natural.

Este barrio, al que tú seguías viniendo, contra toda lógica, para intentar encontrar una solución. Este barrio, donde ellos no distinguían entre quienes querían ayudarlos y quienes querían dejarlos desaparecer en silencio. Esta calle donde tú, donde ustedes…

Mi atacante gira el cuchillo; siento que mi hombro sigue el mismo destino que las extremidades de las desafortunadas víctimas de estos experimentos atroces. Diseñados para hacer a las personas más resistentes a todo tipo de enfermedades. Un objetivo noble, parecía. El método no lo era.

No hacían falta pruebas, decían. Un simple resultado de esa ansia eterna de dinero. Los modelos, respaldados por inteligencia artificial, eran lo suficientemente sólidos como para prever todas las variantes posibles. Sin necesidad alguna de pruebas en animales o humanos. Sin grupos de control, sin…

Nada podía salir mal. Probar en humanos era cosa del siglo pasado. Parecía. Hasta que aparecieron los primeros síntomas. Horribles deformaciones físicas y cambios de carácter. Tierra de zombis, como en las películas.

La incredulidad fue la primera reacción; el encubrimiento vino enseguida, pero tú no quisiste aceptarlo. Tenías que encontrar una solución. Aunque el número de desdichados fuera aceptable a los ojos de la ciencia, no ibas a rendirte y buscarías una salida para estas personas que ya no tenían voz ni esperanza.

Hasta que viniste una vez de más a este callejón y un zombi no te dio oportunidad de huir. Como parece que me ocurre a mí ahora. Estúpido y desafortunado. No debería haber vuelto aquí, pero tenía que hacerlo, debo continuar tu trabajo.

Eso ya no será posible.

El dolor ha cedido; creo saber qué significa eso.

Ya voy, amor.

Demasiadas veces miré el rostro de este semejante en descomposición; no quiero volver a hacerlo, pero el que clavó el cuchillo en mi espalda empuja mi cabeza. Me retuerzo hacia un lado, él presiona con más fuerza.

—Mira. —Su voz suena ronca; una sacudida recorre mi cuerpo. La voz fue lo primero que estos desdichados perdieron. Esto no puede ser—. Hay una vacuna.

Las palabras llegan hasta mi cerebro; no las entiendo.

—¿Cómo…?

—La hay desde hace tiempo.

Por primera vez lo miro de verdad. La mirada animal ha desaparecido. La confusión inunda mi mente.

—¿Desde hace tiempo?

Asiente; la incredulidad invade mi cuerpo moribundo.

—Si funciona, ¿por qué quieres matarme? —consigo decir con dificultad.

Mi respiración se vuelve burbujeante; toso. La sangre salpica al hombre, que la limpia con indiferencia.

Esto es imposible.

—Ustedes hablaban demasiado. —Niega con la cabeza.

Mi propia cabeza da vueltas. No entiendo nada, hasta que todo encaja.

—¿Ellos les dan la vacuna a cambio de nuestra muerte? —La ira hace un último intento por sacudir mi cuerpo casi sin vida—. ¿Por qué debemos morir si existe una vacuna?

—Nunca habrían guardado silencio.

Tiene razón.

El hombre se pone de pie. Se ve distinto a los demás; su piel está llena de agujeros, pero parecen estar sanando.

—¿Esperabas algo distinto? —pregunta.

Mi respiración se ralentiza; apoya el pie en mi hombro y presiona. El dolor expulsa lo que quedaba de vida.

—No —Es lo último que digo.

Su risa entrecortada es lo último que oigo.

Los zombis realmente han ganado, es el último pensamiento que cruza mi mente.

Luc Vos nació en Herk-de-Stad, Bélgica en 1968. Criado en el campo y tras trabajar en la ciudad durante algunos años, comenzó a escribir en 2003. Actualmente vive en Heultje-Westerlo, Bélgica. Empezó escribiendo historias de fantasía, pero luego empezó a explorar múltiples géneros: thrillers, historias juveniles, historias románticas y algunos thrillers psicológicos. Finalmente descubrió su género favorito: el thriller. Asesinos en serie y personas con problemas, descubriendo qué las motiva y por qué hacen lo que hacen. Entre sus obras publicadas más recientes merecen destacarse ZEVEN (2022). La novela corta de suspense Spijt? (2023), y poco después una colección de cuentos ultracortos, Bläckkoekjes, 009 en 75 andere ultra-short storiesPaternoster, un nuevo thriller de la serie "Anne Verelst", se publicó en 2023. 

 

EN LA BOLSA NEGRA

Hayder al-Muhsin


 

Ahora estoy sentado en un café en Alejandría, cerca de la estación de Ramleh. Es media mañana y el lugar nada en una penumbra gris, porque la luz de la ventana apenas logra iluminarlo. El camarero se acercó y me sonrió como si me conociera, mientras limpiaba la mesa con un trapo. El dibujo que había sobre la superficie desapareció; una abstracción o un arrebato visual de líneas y curvas en colores apagados y pardos, fruto del polvo, la humedad y las marcas del vaso de agua y el plato, junto con las migas de pastel o pan… lo que rezuma de los actos humanos sobre la mesa en la que alguien se sienta por un tiempo. También estaban las huellas de las patas de las moscas sobre restos pegajosos, y sus largos besos allí. Poco a poco comenzó a formarse una nueva imagen, esta vez propia, como la imagen borrada perteneciera al cliente que ocupaba la mesa antes que yo.

Nada sucede dentro del café y, por tanto, los presentes no tienen nada que hacer salvo mirar fijamente el vacío e intentar hacerlo hablar. Como vienen a diario y ocupan los mismos asientos, parecen ya parte del mobiliario. De vez en cuando se nota que están atentos a lo que ocurre a su alrededor: sus miradas se detienen en una mancha de humedad en la pared y observan cómo cambia de forma y empieza a parecerse a un avión, a un gato o a la cabeza de un toro con cuernos; luego regresan a la inmovilidad que impone sus leyes en el lugar.

La mayoría de los que están sentados en el café parecen tristes porque no han realizado el trabajo que aman, o porque viven contra la corriente impetuosa de la vida, que hace imposible alcanzar lo deseado. Cada día trae una nueva convicción y un nuevo entusiasmo, y las palabras de la noche las borra la mañana. Por eso el alma humana difiere entre el ayer y el mañana, y cada vez que uno se mira en el espejo de sí mismo se ve distinto. En un momento temprano o tardío de la vida, se descubre que la felicidad absoluta es inalcanzable, y también la desgracia absoluta. El hombre que está sentado en la mesa cercana fuma un narguile; su rostro está hundido en arrugas y, con su carácter, su temperamento y el tipo de ideas que tiene, todo eso acabará plasmado, cuando se marche del café, en un cuadro que (nadie) dibujará sobre la superficie de su mesa, donde aparecerán las expresiones errantes que ahora asoman en su rostro, como manchas imprecisas.

El camarero me trajo una taza de té “koshari”, como lo llaman en Egipto, junto con un vaso de agua. Aunque el día apenas comienza, algunos dormitan en sus sillas, especialmente los mayores, por el aburrimiento y porque la conversación se repite una y otra vez. Uno de ellos se echa una siesta de unos minutos y, al volver en sí, descubre –así lo indican sus ojos– que está en un lugar nuevo y extraño; necesita unos segundos para recordarlo y comprenderlo.

El café vacío bulle con un silencio insoportable, y cada mueble tiene su propio sonido. Apenas entra el primer cliente, se anula el estado de vacío y soledad del lugar. Los sonidos crecen con el paso del tiempo, y el bullicio alcanza su punto máximo a las diez; entonces el lugar se convierte en un mundo encantado, difícil de describir, que permite sentir lo infinito, algo que los presentes no perciben ni desean percibir, porque hacerlo significaría que su encanto se desvanece. El ruido se eleva y se vuelve sinónimo de un silencio profundo y sordo; así se encuentran los opuestos, y ese es uno de los secretos de los cafés. La reunión y la aglomeración conducen a una placentera sensación de soledad interior, y el alboroto significa calma y serenidad. Oímos la charla de los clientes, de distintos niveles educativos, pero lo que los une es el predominio de la sencillez, la espontaneidad y la trivialidad en sus actos y palabras; esa es una condición esencial en los cafés frecuentados por “el pueblo”. También está el puro estrépito de las tazas de té y agua y de los platos, y el diálogo de las cucharillas con ellos. El techo tiene también su propio tono en esa conversación afectuosa, que comparte con el canto de las paredes, los crujidos del suelo y los gemidos de ventanas y puertas. De ello concluimos que los elementos del mobiliario del café son seres vivos, mientras que sus clientes están hechos de materia inerte; otra oposición más, aunque se unifican en que todos emiten sonidos propios.

Para sentirme feliz necesito tomar mi dosis diaria de literatura. El título del cuento es “Una velada de amor”, del argentino Ricardo Piglia. A dos solterones los une la aversión hacia las mujeres, “porque son la fuente principal de la perdición”. Uno de ellos, llamado Wagner, es un periodista que envejeció rápidamente sin que disminuyera su admiración por las hazañas del Tercer Reich, y “su corazón ardía con fidelidad eterna al Führer”. Su amigo se llama Bardo y se le parece mucho en carácter, salvo que es más joven. El periodista estaba “descalzo y vestía un pijama azul celeste”. El color alude aquí a la afeminación o a la total incapacidad de tratar con mujeres; ambas cosas casi se confunden.

En la habitación contigua vive una mujer que, al caer la noche, llega con un hombre para hacerle el amor. Para aumentar el tormento de los dos solterones, el narrador hace que la mujer practique un agujero en la pared entre las dos habitaciones, desde donde puede mirar a los ojos de los viejos mientras la espían cuando hace el amor con el hombre en el suelo. La verdadera inteligencia se manifiesta en la acción, y también la estupidez:

—¿Viste? —dijo Wagner, con la voz deformada por el humo—. Nos estaba mirando.

—Siempre viene con un hombre distinto —dijo Bardo.

—Pero no es una prostituta.

—No. Está casada; vi el anillo de boda en su mano. Disfruta.

—A nuestra costa. Sabe que estamos aquí…

—¿Eso crees?

—Estoy seguro. Conozco a ese tipo de mujeres.

—Pensará que somos dos viejos desviados.

Pero la habitación de la mujer se parece mucho al café donde estoy ahora, bebiendo despacio mi segunda taza de té, cuando todavía es media mañana. “La luz amarillenta desciende de la pequeña y única lámpara e ilumina las paredes manchadas de humedad, y la mesa frente a la ventana con cortinas semejantes a tela de araña”. La lámpara está también en el café, y su luz es escasa; la pared, la mesa, la ventana y la cortina… todo en el cuento coincide con la realidad que vivo. “Wagner se acercó a la puerta y luego se arrodilló ante el ojo de la cerradura. Vio a la mujer apoyarse con las manos en el suelo y recostarse hacia atrás, desnuda”. Luego llega Bardo y comparte con su amigo su extraño ritual: “Vio la ventana y el respaldo de la silla. La tentación de los cuerpos desnudos apareció en medio de la luz, como si hubiera metido la cabeza en la bolsa negra de un fotógrafo”.

Levanté la vista del libro y sentí que los acontecimientos del cuento pasaban a través de mí. Ahora mismo estoy espiando los rostros de quienes están sentados conmigo de la misma manera, y sus rasgos se graban en mi corazón con un mecanismo parecido al que dibuja la pintura abstracta sobre la superficie de la mesa; todo esto ocurre mediante el arte. El alma humana es una cítara silenciosa que (nadie) toca de manera misteriosa y compleja para liberarla de sus dolores y preocupaciones. También hay un hilo fino en el interior de los presentes en el café que se desata cuando las miradas se cruzan, y entonces quedan desnudos, compartiendo un secreto profundo que revela el lenguaje silencioso del alma, o su canción, que otros pueden oír y analizar; ese es el secreto de la felicidad y del éxtasis infinito. En ese momento, el joven sentado cerca de la puerta apartó el rostro de mí, por un impulso instintivo inmediato, expresando su incomodidad porque yo había leído en lo profundo de su alma detalles de una vida más corrupta y nauseabunda que lo que hizo la mujer del cuento.

Saqué la cabeza de la bolsa negra y me puse a pensar, mientras contemplaba un sofá vacío al lado opuesto. ¿Habrá sido la razón del cierre de los cafés durante el ayuno de Ramadán que los transeúntes pudieran ver tambalear su ayuno al prolongar la mirada en las “pinturas” –que, como mínimo, no indican bien ni virtud– que se manifiestan en los rostros de los clientes del café? Es una conclusión en la que la proporción de acierto se equilibra con la ambigüedad, y eso es mejor que ser completamente acertado.

Volví a meter la cabeza en la bolsa y empecé a observar lo que pasaba por la mente de la mujer treintañera que fuma narguile y sostiene su móvil. ¿Puedo formarme una imagen clara de sus secretos, sus sueños y sus pensamientos? Debe de estar pasando una nube por el sol ahora mismo, porque el café se oscureció de repente y (nadie) subió el volumen de la radio. Miré mi reloj: a las once me marcharé del café, porque es la hora en que la batería del alma merece recargarse caminando al menos media hora. Me parece absurdo decir que los clientes del café también me espiaron y, con dulce esmero, grabaron en su interior mi imagen, que se parece más a mí que la que aparece en el espejo.


Haider Al-Muhsin es un cuentista y escritor iraquí contemporáneo que combina en su obra la sensibilidad humana con una mirada reflexiva sobre la realidad. Escribe cuento corto y ensayo cultural, y sus textos se distinguen por una tendencia analítica que explora la psicología humana. En sus obras aborda los detalles de la vida cotidiana, revelando sus dimensiones simbólicas y sociales con un lenguaje conciso y transparente. En 2019 publicó el libro de cuentos Un día lento, que recibió atención crítica en la prensa cultural árabe. Es considerado una de las voces narrativas que fusionan el realismo con la reflexión filosófica en el panorama literario iraquí contemporáneo.

 

DORA

Rafael Martínez Liriano


 

A Dora le llamó la atención el movimiento del dedo meñique de su mano izquierda, un movimiento casi imperceptible. Como un latido. No es que hubiera perdido el control de su dedo; aún podía moverlo a voluntad. Podía tomar su taza de café sin problemas y escribir en la computadora. Sin embargo, cuando su mano estaba en reposo y su cerebro dejaba libres sus extremidades, el movimiento hacía acto de presencia. Ella culpó al estrés y no le dio mayor importancia al asunto. 

Esa tarde, al salir del trabajo, un extraño sentimiento empezó a molestarla: un miedo inexplicable se apoderó de ella. Se sentía observada y perseguida por algo o alguien mientras caminaba por la calle. Miró disimuladamente alrededor, buscando el origen de su miedo, pero solo encontró un mar de caras inexpresivas que no le decían nada. 

Pensó en vano que aquel sentimiento desaparecería al llegar a casa, y así fue por unas horas, mientras estuvo en compañía de su madre. No obstante, cuando le tocó ir a dormir, no pudo evitar mirar por la ventana, explorando la calle en busca de algo fuera de lo común en alguna esquina o callejón, pero su búsqueda fue inútil. Luego trató de alejar aquel temor llenando su mente con asuntos de su vida diaria; todo pensamiento era bueno para alcanzar el sueño. Al principio le costó, pero lentamente consiguió relajarse lo suficiente y quedarse dormida. Mas aquella incertidumbre la siguió hasta su sueño. 

 Dora se encontró a sí misma en un lugar desconocido, en compañía de otras chicas, jugando en un inmenso jardín lleno de bellas flores y grandes árboles. Al lado se alzaba el vetusto edificio de una mansión que ella tampoco reconocía. Dora, en su sueño, podía verse a sí misma desde dos perspectivas distintas: por un lado, se veía jugar en el jardín, feliz y despreocupada; al mismo tiempo, se veía oculta entre los árboles, observando a su igual. Sin embargo, eso no parecía ser algo extraño para ella: verse a sí misma en dos lugares a la vez. Mientras la Dora que jugaba parecía ser feliz en aquel lugar, en la otra se notaba un profundo resentimiento hacia sí misma, una especie de dolor. 

La Dora feliz y juguetona, persiguiendo una mariposa de colores, se alejó de sus compañeras y fue a parar a un lugar apartado, cosa que aprovechó su contraparte para acercarse en silencio. Una vez allí, se preparó para atacar. Dora miraba la escena sin poder hacer nada, mientras sus sentimientos se dividían entre las dos partes que ahora estaban en conflicto: por un lado, deseaba proteger a la Dora feliz; pero al mismo tiempo, la invadía una rabia desmedida y deseos de hacerle daño. 

Dora vio cómo su versión resentida tomó por sorpresa a la otra, la tiró al suelo sin dificultad, la golpeó salvajemente y le arrancó el dedo meñique de la mano izquierda con los dientes. Su parte feliz aullaba de dolor, mientras la otra masticaba el dedo y lo tragaba, dejando ver una sonrisa sádica con los labios ensangrentados. Luego continuó devorando a su víctima entre gritos de dolor. 

Dora despertó aterrorizada en la oscuridad. Miró a todos lados hasta que la luz de la ventana le ayudó a ubicarse. Respirando profundo, logró calmar su agitación y se dejó caer en la cama de nuevo. El teléfono marcaba las tres y media de la mañana; difícilmente podría volver a dormir. Se quedó mirando al techo, tratando de borrar la sensación que aquel sueño le había dejado. Todo a su alrededor estaba en silencio, excepto por el sonido de uno que otro auto a lo lejos. De repente, empezó a escuchar un sonido lejano: pasos que se acercaban lentamente. El caminante avanzaba lento por la acera de enfrente. Dora siguió el sonido de los pasos hasta que se detuvo al otro lado de la calle, justo frente a su casa. Ella esperó hasta escuchar el sonido de una puerta al abrirse en algún lado, el tintineo de unas llaves. Pero nada rompía aquel silencio que ahora la perturbaba. Miró de nuevo el teléfono: las cuatro y diez. Y ningún sonido del caminante. Quienquiera que fuera aquella persona, ya tenía cuarenta minutos parada frente a su casa. Debía ser un borracho que se quedó dormido en el farol, se dijo. Pero esta explicación no le dio el sosiego que necesitaba. Su intranquilidad se enfocó ahora en la incógnita de aquel caminante: ¿quién era y por qué se había detenido justo frente a su casa? El silencio le taladraba la cabeza, destrozando su calma. Por fin, decidió mirar hacia afuera y acabar con aquel tormento. En silencio, se levantó de la cama y, a gatas, se dirigió a la ventana; esta forma de moverse le daba seguridad, ya que estaba convencida de que no era vista desde fuera. Lentamente, se asomó a la ventana hasta poder observar la acera de enfrente. Debajo de un farol, bajo una luz moribunda, halló al caminante recostado del poste, con la cabeza baja. Dora miró la figura que permanecía inmóvil, tratando de encontrar algún detalle que pudiera reconocer. Entonces, la figura levantó la vista, cruzando su mirada con la suya. Dora dejó salir un grito de espanto al reconocer al caminante. 

 

La madre de Dora la halló en el suelo de su cuarto, inconsciente y agarrando su brazo izquierdo con fuerza. 

 

Dora despertó en el hospital, nerviosa por el susto de la noche anterior, con su madre al lado tratando de calmarla y de saber qué le había sucedido. La chica la miró con tristeza mientras levantaba su brazo izquierdo para que su madre lo viera. 

—Pasa que Carla  está matándome desde adentro —dijo Dora, manteniendo su brazo tembloroso en alto—. Carla está viva dentro de mí y quiere recuperar lo que le quité. 

—¿Tienes alguna enfermedad? —preguntó la madre, asustada. 

—¡Nooo!... No sé... —La pobre chica sacudió su cabeza, confundida—. No estoy muriendo, no físicamente, pero Carla está tomando control de mí cuerpo. Estuvo anoche en mi sueño y después frente a la casa… Tengo miedo, mamá. 

La chica abrazó a su madre buscando protección. 

 —No entiendo lo que dices, mi amor, tu hermana Carla murió al nacer y tú no le quitaste nada. Su muerte se debió a complicaciones de mi embarazo; deja ya de culparte. Si tu hermana estuviera viva se sentiría muy triste al verte así. —La madre de Dora empezó a llorar, incapaz de entender y dar alivio al sufrimiento de su hija. 

 

En los días siguientes, Dora pasó por una infinidad de exámenes y entrevistas con médicos que dieron una variedad de opiniones acerca de su padecimiento. Al final, la enviaron a casa con una montaña de pastillas para tomar. Ella las ingería sabiendo que serían inútiles, pero no quería dar más problemas a su madre. Volvió al trabajo y trató de llevar una vida normal. Sin embargo, aquella sensación de peligro permanecía; su miedo a los espacios abiertos y a la cercanía de las personas se hacía cada vez más insoportable. 

 Una noche tuvo otro sueño, un poco diferente: de nuevo soñó que estaba en el jardín, pero esta vez las chicas que en el anterior sueño jugaban alegres ahora estaban tiradas, inmóviles en la hierba, mientras un anciano con una gran barba y un delantal ensangrentado tomaba a las chicas por los pies y las arrastraba a algún lugar dentro del bosque. Dora sintió miedo de que el anciano hiciera lo mismo con ella, a pesar de que estaba de pie. Entró en la mansión para alejarse del anciano. En la puerta encontró a una mujer vestida de blanco; Dora pensó que la mujer debía ser una enfermera por el color de la ropa. Cuando se acercó a ella para informarle lo que el anciano hacía con las chicas en el patio, vio que la mujer no tenía nariz ni boca, y dos líneas de sangre bajaban por su rostro pálido, manchando el vestido hasta caer al piso. Dora quiso preguntar la razón del llanto, pero decidió no molestarla. De pronto, la mujer la tomó de la mano, llevándola por un pasillo. Ella preguntó a dónde iban.

—Te esperan para tu juicio —dijo la mujer, a pesar de no tener labios. El pasillo terminaba en un par de grandes puertas de metal que se abrieron ante ellas para darles paso a un gran salón. El salón era inmenso, con enormes ventanales que dejaban entrar la luz de la tarde. En un lado, Dora contó seis filas de asientos en donde estaban sentadas unas estatuas de piedra; frente a ellos estaba el estrado de los jueces, tan elevado que ella no podía ver sus rostros. 

—Ella robó —se escuchó en la sala. —Dora buscó a la persona que había hablado, pero no la encontró—. Ella me robó —repitió la voz. De nuevo, Dora buscó el origen de la voz, y esta vez tuvo éxito: al otro lado de la sala, junto a uno de los ventanales, había una cama sin sábanas ni almohadas; en ella yacía el cuerpo de una mujer con el brazo levantado. 

La mujer en la cama tenía el cuerpo desfigurado por terribles heridas. A pesar de ello, Dora reconoció a su otro yo, que en el sueño anterior jugaba feliz hasta que fue atacada por su igual malvada. La chica de la cama no dejaba de acusar a Dora de haberle robado: 

—Ella me robó —repetía—. Me robó todo lo que soy, excepto por mi brazo, que he recuperado. 

Dora quiso defenderse de aquellas acusaciones, aclarar que no había sido ella quien la atacó; pero cuando intentó hablar, se dio cuenta de que su boca había desaparecido. Vio cómo la chica de la cama reía descaradamente. 

—Queda condenada al olvido —dijo una voz que venía de lo alto del estrado. Sin poder defenderse de las acusaciones, Dora intentó escapar de aquel lugar, pero se vio rodeada por las estatuas de piedra que ahora se movían para impedirle escapar. En poco tiempo, fue arropada por un mar de manos que desgarraban su carne y la ahogaban hasta morir. 

 

Dora despertó llena de miedo por el sueño que acababa de tener, y fue peor su angustia cuando trató de quitarse la sábana de encima y notó que no tenía movimiento alguno en el brazo izquierdo. Aquel hallazgo terminó por condenarla a una eterna locura. 

 Aquella mañana, la madre de Dora la halló en el baño, inconsciente por la hemorragia, junto a un charco de sangre y su brazo izquierdo en el lavamanos, aún con espasmos. Dora despertó en los brazos de su madre.

—Ya nada me persigue, mamá —dijo—; por fin puedo dormir tranquila. 

Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9. 

     

 

  

viernes, 20 de febrero de 2026

LA CIUDAD, OBSTRUIDA

Finn Audenaert

 

Cuando la enfermedad estalla de manera inesperada, no hay lugar para contemplaciones. Primero caen los niños, su llanto en agonía, coda de la existencia de todos. Cadáveres de párvulos llenan las calles que gimen, donde hasta hace poco jugaban. Las madres se plantan horrorizadas frente a las ventanas, se arrancan el cabello. Los padres, con el rostro como un paño descolorido, aferran a sus amadas por la espalda. Brazos tensos que deben salvar o, al menos, retener. Todo se sella herméticamente, como la vez anterior. El duelo. Solo. Puede. Vivirse. A. Distancia. ¡Oh, el horror ha regresado! Pronto zumba y pulula sobre los cuerpos sin alma: moscas, ratas, cucarachas. Groningen se paraliza.

La muerte escarlata avanza alegremente por el lodazal de sangre y pinta las fachadas con patrones de gotas. El noble señor Escarlatina ha aterrizado por novena vez. Se intentó ahogarlo en aguas turbias, asarlo en la hoguera, arrancarle el alma con cuerdas ásperas. Con esfuerzo se lo diseccionó y, finalmente, se lo diagnosticó fuera de existencia. Pero no hay un “finalmente”, no con el noble señor. Se ha fracasado; la nobleza es y seguirá siendo inasible. Groningen es su ciudad, y todos lo sabrán en las pocas horas que restan antes de que devore a quienes se atrevieron a desafiarlo. Que primero lloren a su descendencia muerta.

Cuando cae la noche, vuelve a extender sus garras. Un bramido llena la plaza Damsterplein, aplasta toda novedad. Lo que no se reconoce no cuenta. Carros relucientes, herméticamente cerrados. Luces intermitentes verdes y rojas –¡rojas!– y líneas blancas rectas. Groningen se disfraza una y otra vez. Inútil… Lo intempestivo arrasa sin miramientos. Sus uñas raspan el vidrio. Tintineo, cuerpos torpes caen en el charco que no deja de expandirse. La sangre ya les llega a las rodillas, y el noble señor mide ahora varios metros de altura.

En la Papengang, detrás de un muro donde las salpicaduras escarlata del señor se funden sin fisuras en patrones más caprichosos, un niño está arrodillado. Cabello largo y negro, hombros frágiles, rostro pálido. Una niña se quedó enferma en casa durante el Día Nacional del Juego al Aire Libre. Una tos persistente. Myra había insistido.

—Mamá, mis amiguitos.

Un breve silencio.

—Luego —había dicho la madre.

¿Luego? Myra sabía que no se refería a hoy. Porque la niña, al igual que el noble señor, conoce la verdad impía: quien ha alcanzado los años de la sabiduría miente. ¡Miente!

Y sin embargo. Sobre su hombro izquierdo, se apoya la mano temblorosa de la madre. A la derecha, la pesada garra del padre. Los papás siempre son un poco bestias.

—Reza —susurran—. La leyenda dice que el último niño nos salvará.

Eso Myra nunca lo oyó en un libro de cuentos.

Reza, pero no sabe a quién.

—¡Invocá a Groningen misma! —grita su madre, fuera de sí.

Pero si la ciudad sufre, ¿cómo podría ayudar?

—La sangre, siempre la sangre —gruñe su padre—, siglo tras siglo.

Su voz es aún más grave de lo habitual. San-gre.

Myra tose desde hace años. Ganglios enfermos. Hospital adentro, hospital afuera. A veces se pregunta si algún día será mamá. En una llovizna persistente, durante una de esas estancias interminables en el Hospital Martini, miraba desde un tercer piso más allá de las tristes plantas de interior. En el estacionamiento latía, marcaba el ritmo, vivía: el Sistema Circulatorio. Qué simples los colores, azul y rojo. Qué claras las esquinas rectas. Horas enteras se quedaba mirándolo.

San-gre. La voz de su padre es brutalmente ahogada por el engendro de afuera.

—¡Venganza!

¿Cómo pueden sonidos tan ásperos ser nobles?

—Sálvanos.

Su plegaria comienza sobria.

—Hazlo por mamá, papá y Mientje, mi canario. Yo quie…

—Apúrate, niña —jadea la madre.

Myra traga saliva, un olor rancio invade la sala. Una presencia antiquísima desciende sobre ella, pone las palabras en su boca. ¿Groningen misma?

—Sistema Circulatorio, guardián de los enfermos, arráncate del asfalto. Allí aguarda aquel que nunca se sacia.

La tierra tiembla. Algo se libera, lejos y a la vez cerca.

Por docenas, los súbditos renuentes desaparecen en su boca abierta. El noble señor se llena, merodeando por la ciudad. Cuando se lanza sobre los sintecho, flotando en el mar rojo del parque Pioenpark, choca contra una estructura extraña, hierro que quiebra la superficie espumosa y no deja de crecer. El azul se extiende hacia la izquierda, el rojo –otra vez su color– hacia la derecha.

Myra lo ve ocurrir detrás de sus ojos. Siente la lucha bajo su piel. El Sistema Circulatorio cruje; el sonido es delicioso, y aprieta al ahora flácido señor. El estruendo de su danza mortal llega hasta la sala. Un golpe sordo. Luego: nada.

Myra abre los ojos, mira a sus padres.

—Ha terminado —dice—. El señor ha sido sometido. Por ahora.

Un latido regular resuena.

—La ciudad ha sido desobstruida. El Sistema Circulatorio regresa a su lugar fijo, donde velará para siempre.

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

EL BROMISTA

Julio R. Estefan

 

A Hugo no lo veía desde el segundo año de la facultad. Fue el año que se ganó el mote de “el bromista” por la ocurrencia que tuvo en la clase de Física II. La cosa fue así: el profesor de aquella asignatura era sordo, nos lo había dicho claramente el primer día de clases, “No voy a contestar preguntas durante mi exposición, porque no escucho nada”. Después supimos por su esposa, quien daba las clases de Análisis Matemático, que era tan terco que se negaba a usar el audífono que le habían recetado.

En fin, aquel día de agosto, Hugo llegó al anfiteatro con una novedad: la famosa caja de la risa de Tato Bores. Era un artefacto sencillo, con un disco de plástico y un mini tocadiscos que funcionaba con una pila doble A y un pequeño interruptor. Era similar a la cajita que traían en esa época las muñecas parlantes, pero en la caja de Tato Bores, lo que se había grabado era una carcajada sonora y contagiosa que al oírla te hacía reír aunque no lo quisieras. El cómico de los monólogos la había hecho famosa en su programa, accionándola ante la respuesta o exposición de los políticos de turno, con evidente sarcasmo.

Hugo, nadie sabía cómo la había obtenido, tenía la primera que veíamos de cerca. Las cosas, como a veces sucede, se acomodaron a favor del bromista. El profesor acostumbraba copiar en el pizarrón las deducciones matemáticas que llevaba desarrolladas en su carpeta de folios. Por una incierta coincidencia, un auxiliar lo había llamado fuera del anfiteatro, en medio de la clase, y Hugo supo que esa era su oportunidad. Bajó a zancadas desde la última fila, tomó la carpeta del profesor y le arrancó una hoja, la que seguía a la que estaba copiando hasta ese momento. Con la misma celeridad volvió a su asiento y esperó como si nada. Nadie sabía, ni siquiera los amigos más cercanos de Hugo, lo que éste tramaba. El profesor volvió a la pizarra, tomó su carpeta y continuó copiando el desarrollo interrumpido. En un instante, notó que algo andaba mal. Se alejó del pizarrón y miró lo que había escrito. Miró los apuntes. Borró algunas ecuaciones y volvió a copiar de sus escritos. Otra vez se detuvo. No lograba descubrir el error. En ese preciso momento, Hugo accionó la caja de la risa y ésta comenzó a resonar en el anfiteatro. Por supuesto, todos los estudiantes fuimos contagiándonos con aquella risa que poco a poco se multiplicaba y resonaba en el recinto.

El profesor se puso aún más nervioso. Miró al auditorio y solicitó silencio. “¿Qué les pasa? ¡Cállense! ¡No voy a continuar en estas condiciones!”. Finalmente, tomó sus cosas y salió del anfiteatro con un gesto de disgusto y el rostro encendido de vergüenza.

Hugo se doblaba de la risa, y nosotros también, aun cuando a algunos, después, nos remordiera la conciencia. Esa fue la última semana que vimos a Hugo en la facultad. No volvió y perdí todo contacto con él, hasta hoy que apareció ante mí, caminado displicente por la diagonal de la plaza Independencia. Me detuve en seco junto a la estatua de la Libertad de Lola Mora. Sospecho que me reconoció, pero hizo como que no me había visto. Tuve que llamarlo un par de veces para lograr que se detuviera y se acercara a saludarme.

Lo invité a tomar una café pero se rehusó. “Voy con el tiempo justo”, me dijo. Y sin embargo, nos quedamos ahí parados conversando al menos una hora. Me contó un poco de todo; que había estado casado unos tres años; que no tuvieron hijos; que el matrimonio no era para él. “Siempre fui muy loco”, dijo; y se acordó de aquella vez con la caja de la risa. Sacó el tema de repente y me contó que después de aquella broma decidió no volver a la facultad. “No era lo mío”. Sentí la obligación de preguntarle cómo se le había ocurrido semejante picardía. Sonrió y me confesó:

“Al viejo de Física lo tenía entre ceja y ceja desde el comienzo del año. Para mí, se hacía el sordo para no responder nuestras preguntas en clases. Pero me fue bien. Ustedes me pusieron el apodo y yo lo tomé como una premonición. Por aquellos días había leído un cuento muy bueno, de un tal Frederick o Fredric Brown. Un cuento que narraba las aventuras de un viajante de comercio que se pasaba haciendo bromas con los artefactos que su compañía fabricaba. La cosa no terminó bien en el cuento, pero a mí me sirvió de inspiración. Decidí dedicarme a eso, al negocio de los artículos para hacer bromas. Alquilé un local en el centro, en Ayacucho y Crisóstomo Álvarez, ‘Birlibirloque’ se llamaba el negocio. Allí vendía trucos de magia y chascos. Muchos magos profesionales y amateurs eran mis clientes. Y también gente que quería gastarle una broma a algún pariente o amigo. Estaba, por ejemplo, el famoso ‘picapica’, un artículo que se vendía para sorprender a los recién casados. Se ponía el polvo entre las sábanas y cuando se acostaban comenzaban a sentir picazón en todo el cuerpo, ¡una joda bárbara! O los metales que al soltarlos sobre el piso sonaban como platos o cristalería rota. ¡Asustaban a las amas de casa, anfitrionas de alguna cena pituca! Con la magia me iba muy bien. Traía trucos desde Buenos Aires y algunos importados de España o de Estados Unidos; pero otros, los ideaba yo mismo. Recuerdo uno que tuvo mucho éxito. Era una moneda que desaparecía en las manos del espectador o sobre una mesa; y lo hice basándome en la ley de elasticidad de Hooke (para algo tenía que servirme mi año de ingeniería) y en un dibujo animado de nuestra infancia: Don gato y su pandilla. La moneda estaba atada con cinta transparente a una goma elástica, sujeta con una traba para la ropa en el interior de la manga del saco del mago. Sólo era cuestión de soltar la moneda en el momento preciso y ¡zas! desaparecía ante los ojos incrédulos de los espectadores.

“El negocio anduvo bien hasta el 2001, ya sabes, vino el corralito, perdí mis pocos ahorros y los costos del alquiler, los impuestos y los servicios se fueron por las nubes. No puede aguantarlo”.

Hizo una pausa y vi que, disimuladamente, tragaba saliva. Se le hizo un nudo en la garganta y casi se le escapa una lágrima. Me miró a los ojos y me dijo: “Pero ahora ando bien, de alguna manera sigo en mi rubro. Ya no vendo bromas ni magia, pero los hago para el público, cada vez que me contratan para una fiesta, un casamiento o una despedida de soltero. Uso siempre un disfraz”, me dijo y metió la mano en el bolso que llevaba; sacó una máscara y me la enseñó. Era una muy buena versión del Guasón, el de la película con Joaquín Phoenix y Robert de Niro; la de 2019.

Después, nos abrazamos para despedirnos. Cada uno siguió su camino, en la misma dirección, pero en sentido contrario.

Julio Ricardo Estefan nació en 1963, en Monte Buey, Marcos Juárez, provincia de Córdoba. Vivió en Aguilares, provincia de Tucumán, y desde 1981, está radicado en San Miguel de Tucumán. Es Profesor en Física y Especialista en Educación Superior y TIC. Durante 2008 publicó sus trabajos en la revista Ñ (Buenos Aires), La Buhardilla de Papel (Rosario) y en los blogs de literatura: Químicamente impuroBreves no tan brevesRáfagas y parpadeosPoesía de TucumánAlpialdelapalabraPoetas Siglo XXI Antología mundial, entre otros. Participó en las antologías: Monoambientes (2008), Velas al viento (2010), Fervor de Tucumán (2010), Brevedades (2013), El mundo de papel (2014), Grageas 3 (2014) y Cien páginas de amor (2015). Publicó La excepción a la regla (2009), Juegos de Superhéroes (2010), La señal inválida (2011) y La torre de papel (2013). Algunos de sus poemas han sido publicados en diversas antologías, entre ellas: Reñidero (2012) y Antología Federal de Poesía (2017). Es editor de La aguja de Buffon ediciones y miembro fundador de la Asociación Literaria “Dr. David Lagmanovich”.

YO SOY LA ESPERANZA