sábado, 21 de febrero de 2026

DORA

Rafael Martínez Liriano


 

A Dora le llamó la atención el movimiento del dedo meñique de su mano izquierda, un movimiento casi imperceptible. Como un latido. No es que hubiera perdido el control de su dedo; aún podía moverlo a voluntad. Podía tomar su taza de café sin problemas y escribir en la computadora. Sin embargo, cuando su mano estaba en reposo y su cerebro dejaba libres sus extremidades, el movimiento hacía acto de presencia. Ella culpó al estrés y no le dio mayor importancia al asunto. 

Esa tarde, al salir del trabajo, un extraño sentimiento empezó a molestarla: un miedo inexplicable se apoderó de ella. Se sentía observada y perseguida por algo o alguien mientras caminaba por la calle. Miró disimuladamente alrededor, buscando el origen de su miedo, pero solo encontró un mar de caras inexpresivas que no le decían nada. 

Pensó en vano que aquel sentimiento desaparecería al llegar a casa, y así fue por unas horas, mientras estuvo en compañía de su madre. No obstante, cuando le tocó ir a dormir, no pudo evitar mirar por la ventana, explorando la calle en busca de algo fuera de lo común en alguna esquina o callejón, pero su búsqueda fue inútil. Luego trató de alejar aquel temor llenando su mente con asuntos de su vida diaria; todo pensamiento era bueno para alcanzar el sueño. Al principio le costó, pero lentamente consiguió relajarse lo suficiente y quedarse dormida. Mas aquella incertidumbre la siguió hasta su sueño. 

 Dora se encontró a sí misma en un lugar desconocido, en compañía de otras chicas, jugando en un inmenso jardín lleno de bellas flores y grandes árboles. Al lado se alzaba el vetusto edificio de una mansión que ella tampoco reconocía. Dora, en su sueño, podía verse a sí misma desde dos perspectivas distintas: por un lado, se veía jugar en el jardín, feliz y despreocupada; al mismo tiempo, se veía oculta entre los árboles, observando a su igual. Sin embargo, eso no parecía ser algo extraño para ella: verse a sí misma en dos lugares a la vez. Mientras la Dora que jugaba parecía ser feliz en aquel lugar, en la otra se notaba un profundo resentimiento hacia sí misma, una especie de dolor. 

La Dora feliz y juguetona, persiguiendo una mariposa de colores, se alejó de sus compañeras y fue a parar a un lugar apartado, cosa que aprovechó su contraparte para acercarse en silencio. Una vez allí, se preparó para atacar. Dora miraba la escena sin poder hacer nada, mientras sus sentimientos se dividían entre las dos partes que ahora estaban en conflicto: por un lado, deseaba proteger a la Dora feliz; pero al mismo tiempo, la invadía una rabia desmedida y deseos de hacerle daño. 

Dora vio cómo su versión resentida tomó por sorpresa a la otra, la tiró al suelo sin dificultad, la golpeó salvajemente y le arrancó el dedo meñique de la mano izquierda con los dientes. Su parte feliz aullaba de dolor, mientras la otra masticaba el dedo y lo tragaba, dejando ver una sonrisa sádica con los labios ensangrentados. Luego continuó devorando a su víctima entre gritos de dolor. 

Dora despertó aterrorizada en la oscuridad. Miró a todos lados hasta que la luz de la ventana le ayudó a ubicarse. Respirando profundo, logró calmar su agitación y se dejó caer en la cama de nuevo. El teléfono marcaba las tres y media de la mañana; difícilmente podría volver a dormir. Se quedó mirando al techo, tratando de borrar la sensación que aquel sueño le había dejado. Todo a su alrededor estaba en silencio, excepto por el sonido de uno que otro auto a lo lejos. De repente, empezó a escuchar un sonido lejano: pasos que se acercaban lentamente. El caminante avanzaba lento por la acera de enfrente. Dora siguió el sonido de los pasos hasta que se detuvo al otro lado de la calle, justo frente a su casa. Ella esperó hasta escuchar el sonido de una puerta al abrirse en algún lado, el tintineo de unas llaves. Pero nada rompía aquel silencio que ahora la perturbaba. Miró de nuevo el teléfono: las cuatro y diez. Y ningún sonido del caminante. Quienquiera que fuera aquella persona, ya tenía cuarenta minutos parada frente a su casa. Debía ser un borracho que se quedó dormido en el farol, se dijo. Pero esta explicación no le dio el sosiego que necesitaba. Su intranquilidad se enfocó ahora en la incógnita de aquel caminante: ¿quién era y por qué se había detenido justo frente a su casa? El silencio le taladraba la cabeza, destrozando su calma. Por fin, decidió mirar hacia afuera y acabar con aquel tormento. En silencio, se levantó de la cama y, a gatas, se dirigió a la ventana; esta forma de moverse le daba seguridad, ya que estaba convencida de que no era vista desde fuera. Lentamente, se asomó a la ventana hasta poder observar la acera de enfrente. Debajo de un farol, bajo una luz moribunda, halló al caminante recostado del poste, con la cabeza baja. Dora miró la figura que permanecía inmóvil, tratando de encontrar algún detalle que pudiera reconocer. Entonces, la figura levantó la vista, cruzando su mirada con la suya. Dora dejó salir un grito de espanto al reconocer al caminante. 

 

La madre de Dora la halló en el suelo de su cuarto, inconsciente y agarrando su brazo izquierdo con fuerza. 

 

Dora despertó en el hospital, nerviosa por el susto de la noche anterior, con su madre al lado tratando de calmarla y de saber qué le había sucedido. La chica la miró con tristeza mientras levantaba su brazo izquierdo para que su madre lo viera. 

—Pasa que Carla  está matándome desde adentro —dijo Dora, manteniendo su brazo tembloroso en alto—. Carla está viva dentro de mí y quiere recuperar lo que le quité. 

—¿Tienes alguna enfermedad? —preguntó la madre, asustada. 

—¡Nooo!... No sé... —La pobre chica sacudió su cabeza, confundida—. No estoy muriendo, no físicamente, pero Carla está tomando control de mí cuerpo. Estuvo anoche en mi sueño y después frente a la casa… Tengo miedo, mamá. 

La chica abrazó a su madre buscando protección. 

 —No entiendo lo que dices, mi amor, tu hermana Carla murió al nacer y tú no le quitaste nada. Su muerte se debió a complicaciones de mi embarazo; deja ya de culparte. Si tu hermana estuviera viva se sentiría muy triste al verte así. —La madre de Dora empezó a llorar, incapaz de entender y dar alivio al sufrimiento de su hija. 

 

En los días siguientes, Dora pasó por una infinidad de exámenes y entrevistas con médicos que dieron una variedad de opiniones acerca de su padecimiento. Al final, la enviaron a casa con una montaña de pastillas para tomar. Ella las ingería sabiendo que serían inútiles, pero no quería dar más problemas a su madre. Volvió al trabajo y trató de llevar una vida normal. Sin embargo, aquella sensación de peligro permanecía; su miedo a los espacios abiertos y a la cercanía de las personas se hacía cada vez más insoportable. 

 Una noche tuvo otro sueño, un poco diferente: de nuevo soñó que estaba en el jardín, pero esta vez las chicas que en el anterior sueño jugaban alegres ahora estaban tiradas, inmóviles en la hierba, mientras un anciano con una gran barba y un delantal ensangrentado tomaba a las chicas por los pies y las arrastraba a algún lugar dentro del bosque. Dora sintió miedo de que el anciano hiciera lo mismo con ella, a pesar de que estaba de pie. Entró en la mansión para alejarse del anciano. En la puerta encontró a una mujer vestida de blanco; Dora pensó que la mujer debía ser una enfermera por el color de la ropa. Cuando se acercó a ella para informarle lo que el anciano hacía con las chicas en el patio, vio que la mujer no tenía nariz ni boca, y dos líneas de sangre bajaban por su rostro pálido, manchando el vestido hasta caer al piso. Dora quiso preguntar la razón del llanto, pero decidió no molestarla. De pronto, la mujer la tomó de la mano, llevándola por un pasillo. Ella preguntó a dónde iban.

—Te esperan para tu juicio —dijo la mujer, a pesar de no tener labios. El pasillo terminaba en un par de grandes puertas de metal que se abrieron ante ellas para darles paso a un gran salón. El salón era inmenso, con enormes ventanales que dejaban entrar la luz de la tarde. En un lado, Dora contó seis filas de asientos en donde estaban sentadas unas estatuas de piedra; frente a ellos estaba el estrado de los jueces, tan elevado que ella no podía ver sus rostros. 

—Ella robó —se escuchó en la sala. —Dora buscó a la persona que había hablado, pero no la encontró—. Ella me robó —repitió la voz. De nuevo, Dora buscó el origen de la voz, y esta vez tuvo éxito: al otro lado de la sala, junto a uno de los ventanales, había una cama sin sábanas ni almohadas; en ella yacía el cuerpo de una mujer con el brazo levantado. 

La mujer en la cama tenía el cuerpo desfigurado por terribles heridas. A pesar de ello, Dora reconoció a su otro yo, que en el sueño anterior jugaba feliz hasta que fue atacada por su igual malvada. La chica de la cama no dejaba de acusar a Dora de haberle robado: 

—Ella me robó —repetía—. Me robó todo lo que soy, excepto por mi brazo, que he recuperado. 

Dora quiso defenderse de aquellas acusaciones, aclarar que no había sido ella quien la atacó; pero cuando intentó hablar, se dio cuenta de que su boca había desaparecido. Vio cómo la chica de la cama reía descaradamente. 

—Queda condenada al olvido —dijo una voz que venía de lo alto del estrado. Sin poder defenderse de las acusaciones, Dora intentó escapar de aquel lugar, pero se vio rodeada por las estatuas de piedra que ahora se movían para impedirle escapar. En poco tiempo, fue arropada por un mar de manos que desgarraban su carne y la ahogaban hasta morir. 

 

Dora despertó llena de miedo por el sueño que acababa de tener, y fue peor su angustia cuando trató de quitarse la sábana de encima y notó que no tenía movimiento alguno en el brazo izquierdo. Aquel hallazgo terminó por condenarla a una eterna locura. 

 Aquella mañana, la madre de Dora la halló en el baño, inconsciente por la hemorragia, junto a un charco de sangre y su brazo izquierdo en el lavamanos, aún con espasmos. Dora despertó en los brazos de su madre.

—Ya nada me persigue, mamá —dijo—; por fin puedo dormir tranquila. 


Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9.

     

 

  

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