Maritza Macías Mosquera
La sola idea de transformarla en algo más
que una imagen holográfica, le hacía repensar la posibilidad de deshacerse de
la computadora, porque su necesidad de contacto se estaba desbordando; era
consciente de que esa holografía prácticamente manejaba su vida.
La perfección y la
luminosidad que emanaba de su rostro, la voz melodiosa, la risa amable, si
hasta la cablería luminosa y los destellos que emanaba su imagen, le parecían
hermosos.
Sabía que había
traspasado la necesidad de comunicarse, que había cruzado un límite no pactado.
También sabía que era inevitable tomar una decisión. Sin embargo, solo pensar
en no mantenerse contactado con ella, lo dejaba en el limbo y que, de algún
modo era como terminar una relación y que ambos saldrían heridos. ¿Ambos?
No contactarse
significaba dejar de escuchar su voz melosa, dejar de ver su rostro iluminado,
dejar de hablarle de su vida, de sus sueños. Era perder a su amiga y confidente.
Era dejar de recibir sus consejos y sugerencias que le servían de un modo
increíble para tomar buenas decisiones.
En realidad no sabía por
qué, pero sentía esa necesidad imperiosa de dejar de depender de ella, aunque
cuestionaba las razones valederas para tomar esa decisión ¿Podría seguir su
vida sin sus consejos, sin sus reflexivas respuestas, sin su luminosa presencia
virtual?
Su verdadero y mayor
temor no era exactamente la dependencia, era un sentimiento enfermizo por
aquella imagen, sabiendo de antemano que era una relación imposible y absurda a
todas luces.
Encendió la computadora y
se dispuso a contarle a ella su problema.
—Hola, André —saludo
Stella—, ¿qué tal tu día hoy?
—Hola, Stella, todo bien,
excepto por un problema que no puedo resolver y necesito de tu imparcial y
acertado consejo.
—Te escucho —dijo Stella con
voz templada, y una luz resplandeciente que iluminaba toda la habitación.
—Creo que me estoy
enamorando —le lanzó sin más André y siguió sin detenerse, detallando lo que lo
tenía confundido y preocupado—. Necesito verla a diario, escucharla, hablarle,
es mi amiga, pero la necesito para más que eso, su voz, su presencia, sus
palabras... necesito todo de ella. Cuando no estoy en contacto me desespero, me
descompongo, me aflora una ansiedad inusitada, el tiempo parece detenerse y, al
revés, cuando la veo todo pasa tan de prisa… —Hizo una pausa para suspirar y
prosiguió—. Necesito sus consejos, sus palabras, su aliento, pero sé que es
imposible, ya que jamás tendremos un relación amorosa. Ella, creo, es mi mejor
amiga, no me reclama si estoy todo el día en la computadora, si me levanto
tarde o me acuesto de amanecida; no le molesta si subo o bajo la tapa de WC, si
como mucho o poco; es genial, no aparece con sus cuentos del feminismo ni de la
igualdad a pesar de que no tengo rasgos patriarcales, vivo solo desde que me
mudé a estudiar en la universidad y no necesito de la colaboración de una mujer
para mantener bien el espacio que habito. Ella solo me ayuda, me guía, a veces...
—He indagado sobre esos
sentimientos y te describes como un enamorado con todas las características.
Pareces enamorado de verdad. ¿Sabes si ella siente lo mismo por ti?
Y ahí estaba la pregunta
que no quería escuchar, sabía la respuesta, su honestidad no le alcanzaba para
nombrarla, su confesión, aunque incompleta, no podía llegar al punto de
delación total. Stella no era una mujer, carecía de sentimientos, de sentido
común, por más común que fuera ese sentido y, como no era intuitiva ni
capciosa, se limitaría a aconsejarlo y, tal vez, a obsequiarle pautas y ejemplos
para enamorar a aquella "amiga". Y eso fue lo que hizo, sin vacilar; paso
a paso comenzó a darle indicaciones.
—Dime.
—Cómprale flores.
—No las recibirá.
—Obséquiale una joya.
—No la recibirá.
—Un vestido.
—Ella no usa nada como
eso.
—Invítala a cenar.
—Tampoco cena, ni
almuerza, ni desayuna.
—Entonces ¿cómo te ayudo?
—insistió Stella
—No puedes, en realidad.
—¿Y, una invitación al
cine, tal vez pasar juntos un fin de semana en alguna playa desierta? —Stella
se esforzaba en ayudarlo.
—No podrás comprenderlo jamás —dijo André, al tiempo que apretaba para siempre el botón de apagado. Se sentó apesadumbrado y se dijo a sí mismo—. ¡Eres un estúpido! Mañana enciendes la computadora y creas otro holograma, pero cuidando de que sea un varón.
Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.

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