Boris Glikman
Allí estaban…
tiradas sobre la vereda frente a un edificio de departamentos mientras
regresaba a casa después del trabajo… esperando que el viento las llevara a su
nuevo hogar.
Debo admitir que me sentí como un
ladrón al leerlas… robando las sensaciones de otra persona… experimentando algo
que no me pertenecía. Después de todo, un diario se supone que es un
recordatorio de los pensamientos y sentimientos más íntimos de alguien.
Pero simplemente no pude dejar de
leer.
Había algo en esas páginas que me
atraía con una fuerza inexplicable. Brillaban a través de la gris monotonía de
mi vida como un solitario rayo dorado que atraviesa nubes amenazantes.
Los huecos en el relato que sigue
se deben a que solo encontré fragmentos del diario. Aun así, quiero compartir
mi hallazgo con ustedes, para que también puedan experimentar lo que yo sentí
al leer estas palabras:
20 de enero de
19--:
Hoy me ocurrió algo muy peculiar
mientras daba mi paseo habitual por la playa. El acontecimiento fue tan
inesperado y perturbador que ni siquiera los dioses del destino lo habrían
previsto.
Para poder transmitir con precisión
los pensamientos que comenzaron a cruzar mi mente, permítanme describir primero
la escena que se desarrollaba ante mí.
Estaba sentado en un viejo banco de
madera, cerca de un quiosco de un amarillo chillón, recuperando el aliento y
descansando las piernas. El clima era ominoso. En el oeste, el sol exhalaba sus
últimos suspiros, y el rojo de su cuerpo se mezclaba de forma incongruente con
el azul negruzco del océano.
Con frecuencia había observado cómo
otros paseantes, en particular parejas que caminaban tomadas de la mano,
quedaban cautivados por la belleza del atardecer y, deteniéndose por completo,
contemplaban cómo el fuego del sol era extinguido por las aguas frías mientras
se susurraban dulces palabras al oído. Sin embargo, a mí el espectáculo siempre
me había dejado indiferente.
Muy a menudo los sueños de la
juventud se desploman en un abismo excavado por metas no realizadas y
ambiciones incumplidas. Algunos crecen y descubren sus talentos; otros, sus
mediocridades. Se me ocurrió que toda mi vida hasta el momento presente había sido
una lucha contra la ordinariez y la trivialidad.
Y sentí miedo. Miedo, porque
percibía una mediocridad gris e implacable invadiendo mi propio ser. Allí
estaba, penetrándome desde todos los ángulos, inundando las grietas expuestas
de mis pobres defensas.
Las suaves hojas de los árboles
jóvenes cercanos… la luna creciente en el cielo que se oscurecía… todo seguía
viéndose igual, pero con una certeza despiadada que nunca antes había
experimentado, supe y sentí que había sido cambiado de manera irreversible por
esta revelación, y que algo profundo en mi interior se había roto sin remedio.
Mientras otras personas de mi edad
esperaban con ilusión socializar, vivir aventuras románticas, terminar la
escuela y encaminarse hacia futuros brillantes, yo ahora debía enfrentar una
lucha titánica contra un enemigo implacable del que no podía huir; un enemigo
sin escondite posible; un enemigo que conocía todas mis debilidades y cada una
de mis estrategias de defensa, y que no se conformaría hasta aplastarme contra
el suelo y pulverizarme en mil pedazos.
Más aún, debía enfrentar a mis
padres y contarles lo que me había sucedido, pues nunca antes había sentido una
infelicidad tan intensa y persistente.
Mi padre estaría allí, mirando las
noticias de la noche como de costumbre. Sin duda ni siquiera me miraría, solo
emitiría un gruñido grave de significado indescifrable cuando le diera la
noticia. Mi madre casi con seguridad se pondría roja. Entraría en histeria. Sí,
eso haría.
11 de febrero de
19--:
Ahora que lo peor ha sucedido,
puedo soltar un gran suspiro de alivio, pues ya no tengo nada que temer. Solo
quienes han visto realizados sus peores terrores pueden haber probado esta
embriagadora sensación de libertad que experimento ahora.
En cierto modo, me alegra estar
pasando por esto. Porque solo a través del sufrimiento puro y sin adulterar, no
contaminado siquiera por una gota de esperanza, puede revelarse la estructura
interior subyacente de la Vida y hacerse visibles los nervios de la Existencia.
26 de febrero de
19--:
He encontrado una forma de
recuperar mi identidad y restaurar mi autoestima. Descubriré el significado de
las formaciones de nubes en el cielo. Miraré el cielo durante todo el día y
dibujaré las formas, tamaños y posiciones cambiantes de cada nube en el gran
cuaderno de bocetos que compré recientemente en el supermercado. Luego volveré
a casa y analizaré los dibujos. A partir de ese análisis formularé leyes
fundamentales que me permitirán predecir el tamaño, la forma, la posición y el
movimiento de las nubes en los días, semanas, meses y años venideros.
Soy como una pelota de goma: cuanto
más fuerte me golpean, más alto reboto.
15 de marzo de
19--:
¡Desastre devastador! Ayer, durante
todo el día, las nubes siguieron exactamente los patrones que había predicho
para ellas. Y entonces, justo cuando estaba a punto de recoger mis cosas y
volver a casa, satisfecho y orgulloso, tuvo que aparecer esa pequeña nubecilla
blanca y esponjosa en la esquina inferior derecha del cielo, mirando hacia el
mar. Mis leyes nunca habían anticipado la llegada de una nube de ese tamaño y
forma en ese momento y lugar. Ahora, por culpa de esa nube estúpida y diminuta,
tengo que empezar de nuevo con la formulación de las Leyes Cardinales del
Tamaño, la Forma, la Posición y el Movimiento de las Nubes en el Cielo.
17 de abril de
19--:
Ayer pasé la mayor parte del tiempo
en la cama. No tenía ganas de levantarme. Me quedé allí, analizando el pasado,
tratando de comprender la concatenación de acontecimientos que me llevaron a mi
estado actual, intentando determinar el momento exacto en que todo empezó a ir
mal para mí.
Supongo que mi tragedia fue haber
descubierto demasiado joven la presencia de un impulso divino en mi alma. Con
la absorción desmedida en mí mismo propia de mis años tempranos, mi atención no
podía apartarse del resplandor que emanaba de mi mente. Contemplaba,
sobrecogido e impotente, el paisaje maravilloso de mi mundo interior, y la
realidad perdía para mí toda su realidad. Solía preguntarme cómo podía la gente
preocuparse por los grises y vacíos acontecimientos externos cuando el mundo de
la mente era tan fascinante, tan cautivador, tan irresistible.
Podía perderme durante horas en mis
contemplaciones, mirando mi reflejo, tratando de comprender el poder
inexplicable y misterioso que emanaba de los ojos detrás del espejo y me
mantenía bajo su dominio ineludible. ¿Qué intentaban decirme esos ojos?
Nunca logré adaptarme a la infancia
ni a la adolescencia. Nunca supe cómo ser joven.
28 de abril de
19--:
Hoy fui al centro de la ciudad solo
para al menos ver gente normal realizando actividades normales y experimentar
algún tipo de contacto humano, por fugaz o insignificante que fuera. Incluso
palabras triviales como “Perdón”, cuando alguien choca contigo por casualidad,
serían como maná enviado desde el cielo, pues constituyen un reconocimiento de
tu realidad. En cambio, aprendí que no hay soledad más dolorosa que la que se
siente en medio de una multitud.
Solo en el océano de la humanidad,
olas de personas pasando sin cesar a tu alrededor, una masa gris y amorfa cuyas
características individuales no se distinguen. ¿Quiénes son estos seres que se
apresuran a tu lado? ¿Por qué son? ¿Para qué viven? ¿Hacia dónde se dirigen?
¿Cuáles son sus aspiraciones, sueños, esperanzas, miedos, ansiedades? No tengo
forma de saberlo.
Rostros extraños y desconocidos que
nunca has visto antes y que nunca volverás a ver; no tienen tiempo para ti y tú
no tienes tiempo para ellos. Tu existencia es tan insignificante, desconocida y
carente de sentido para ellos como la de ellos lo es para ti.
Ahora comprendo que estoy destinado
a estar solo para siempre, pues todos nos cruzamos solo por un instante y luego
continuamos por caminos divergentes. Lo máximo a lo que puedo aspirar es a un
contacto fugaz y sin sentido con otro ser.
Si La balada del viejo marinero
era “Agua, agua por todas partes, pero ni una gota para beber”, entonces La
balada del viajero moderno debe ser sin duda: “Gente, gente por todas
partes, pero ni un alma con quien hablar”.
20 de mayo de
19--:
Hoy mi vida brilló ante mí en todas
sus múltiples facetas, en todas sus innumerables permutaciones, pero me quedé
allí, atónito, abrumado por la infinita variedad de opciones que se me
ofrecían. No sabía qué hacer, no podía extender la mano y aferrarme siquiera a
una sola posibilidad.
12 de junio de
19--:
Durante todo el día no pude dejar
de pensar en una pesadilla recurrente que tenía de niño: verme obligado a
presenciar el espectáculo extraño e inhumano de números que aumentaban uno a
uno. Sin cesar crecían y crecían hasta proporciones cada vez más horrendas,
acercándose más y más al abismo boquiabierto donde aquella monstruosidad, el
Diablo del Infinito, reinaba en lo alto de su trono de fuego. Nunca llegaban
realmente hasta él, pero siempre estaban a la vista de su sonrisa burlona, de
su lengua bífida centelleando, atormentándote con las más viles maldiciones,
seguro de que un simple mortal finito como tú jamás podría abarcar su cuerpo.
Sin duda, jamás había existido una abominación más vil que ese mal inefable,
completamente indiferente y desdeñoso ante la obsesión de la humanidad con el
tiempo y la finitud.
¡Cómo me aterrorizaban esos números!
En este mundo estaba condenado a seguir para siempre su marcha despiadada e
inexorable, como una columna infinita de hormigas negras y brillantes:
inflexibles, implacables, sin fin, sin piedad.
¿No había escapatoria de este
tormento? Un millón uno; un millón dos; un millón tres; sesenta y siete
millones cuatro mil cinco; sesenta y siete millones cuatro mil seis… que
alguien, por favor, detenga esto. Pero, ay, este mundo no tenía la gracia salvadora
de la muerte que nos espera a todos en la vida física.
Y el Diablo del Infinito sonreía
con su mueca burlona, observando la procesión y mi sufrimiento desde lo alto de
su trono de fuego, sabiendo perfectamente cuán inalcanzable era en toda su
gloria.
31 de agosto de
19--:
Los pálidos brotes de la duda han
florecido ahora en las brillantes flores de la desesperación.

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