miércoles, 1 de mayo de 2024

LA POSADA DEL VIAJERO

 Gastón Caglia


 

La vida del viajante de comercio, al contrario de lo que la gente cree, es bastante tediosa y, en algunos sentidos, más pesada que la de un empleado de comercio común y corriente. No niego que tiene sus ventajas. Estar muchos días fuera de mi casa, ausentarme sin paradero, rodar por rutas polvorientas en busca de aventuras puede parecer más que suficiente para justificar la labor. Sin embargo, todo ello se acaba con rapidez cuando los dolores de cintura y riñones de tanto conducir, la mala calidad de los hoteles que se visitan para ahorrar costos y el no estar asentado en ningún lado, comienzan a pasar facturas.

Cierta noche de invierno, mientras me encontraba en mi acostumbrado viaje por los pueblos levantando pedidos, mi coche, un formidable Torino 380W, comenzó a toser y en cuestión de segundos el motor se detuvo. Pensé que era una basura en el carburador, así que descendí del coche y me concentré en revisar el motor. A los pocos minutos ya estaba convencido de que mis precarios conocimientos de mecánica ligera no solventarían el desperfecto.

A pesar de ello, la suerte parecía estar de mi lado, ya que cuando el motor se detuvo, con la inercia que traía, pude estacionarlo en un descanso de esos que hay en las rutas cada tanto. Si quedaba sobre la banquina corría riesgo de ser arrollado por algún camionero desaprensivo o con sueño.

De inmediato, una densa neblina comenzó a extenderse por el campo y la ruta, envolviendo el aire en un espectral espectáculo. Un minuto antes podía contemplar el cielo en todo su esplendor y momentos después apenas alcanzaba a ver mis manos.

Cuando terminé de corroborar que el auto no iba a volver a arrancar comencé a observar lo poco del entorno que me permitía la niebla mientras me secaba el sudor de la frente con el pañuelo; estaba un poco desorientado en la noche cerrada. Pese a ello, justo frente a mí, observé que se encontraba una edificación, la “Posada del Viajero”, si correspondía hacer caso al prolijo cartel pintado a pincel en el frente. Un tenue foco en el centro y arriba del mismo rompía el poder de la densa niebla que había borrado hasta el horizonte.

Nunca en mi vida, y eso que llevo años haciendo esta ruta del interior de Santa Fe, reparé en esa posada, aunque eso seguramente se debía a que la mayoría de las veces recorría este trecho de ruta en horarios nocturnos y la de ese día, como dije, era una noche cerrada como pocas, sin estrellas o luna que iluminaran el lugar, solo veía las letras blancas del cartel.

Una inquietud visceral se apoderó de mí. La noche quería hacerme suya y, por cuestiones que no puedo explicar, mi corazón comenzó a latir con inusitada rapidez. El vello de mis brazos se erizó y la piel de gallina le hizo coro.

Regresé con premura al interior del coche a buscar el mapa del Automóvil Club Argentino, pero no lo encontré. Mientras revisaba la gaveta y los documentos desparramados en el asiento a mi derecha pude observar un par de luces encendidas en el interior de la posada, señal que estaba funcionando o que por lo menos alguien moraba en el lugar. Como la idea de pasar la noche en el auto no me entusiasmaba demasiado, descendí luego de guardar en mi pequeño maletín los papeles del mismo y algunos documentos, remitos y esas cosas, me dirigí al establecimiento.

La puerta estaba cerrada así que golpeé un par de veces con los puños, ya que no había timbre. El estado de nerviosismo me impidió advertir la vieja aldaba de bronce frente a mí. Un león dorado sostenía entre sus dientes una pesada argolla que así y golpeé contra la puerta. Al no responder nadie a mis golpes pude comprobar que la puerta estaba sin llave, por lo que en un acto de arrojo tomé el picaporte e ingresé con parsimonia para no alertar a sus ocupantes.

—Buenas noches —dije para anunciarme y no asustar a quien se encontrara en la estancia. Al cabo de un largo minuto un anciano encorvado por el paso de los años, arrastrando los pies con evidente muestras de dolor, se presentó en el lugar.

—Sepa disculpar, mi estimado visitante —dijo en un tono quedo, quizás con tanta neblina en su mente como afuera—. No suelo recibir visitas a estas horas de la noche y me encontraba preparando la cama para ir a dormir.

—Necesito, si está dentro de sus posibilidades, una cama para pasar la noche —formulé sin aguardar a que el viejo completara su perorata.

El anciano alzó la vista y me miró, inquisitivo.

—Por supuesto que tengo una pieza; hace tiempo que las tengo sin alquilar, así que sí, tengo una habitación para usted. —Se expresó con un dejo de orgullo y siguió—: Si me da un minuto le diré a mi esposa que prepare la pieza, hay que ventilar el cuarto y cambiar sábanas. Usted comprenderá.

—Faltaba más señor, aguardo aquí, si no es molestia…

—No será molestia si me acompaña una copa de jerez para calentar el cuerpo mientras mi esposa prepara el cuarto. De hecho, me llamo Clemente López Martínez, ¿y usted? —dijo mientras juntaba las temblorosas y huesudas manos.

—Jaime Aguirre. Viajante de comercio —murmuré lacónico.

—¡Acompáñeme! —Sacó una añeja botella de un cajón oculto y sirvió el espeso líquido en dos pequeños vasos—, a su salud propuso, al tiempo que apuraba de un trago el contenido del vaso. Como no soy de beber, tomé el brebaje de a pequeños sorbos, pero la calidez reinante y la sensación de haber encontrado cobijo relajaron mis nervios, que se habían vuelto a exaltar segundos antes al prestar atención a las sucias y cadavéricas manos del anciano. Largas uñas negras, presumiblemente con tierra y profundos arañazos o marcas surcaban además el dorso de las mismas. Todo eso creí percibir a la tenue luz que solo alcanzaba a iluminar los vasos y poco más, así que perdí de vista las vacilantes manos al instante.

—Suele pasar muy poca gente por estos caminos —dijo el anciano.

—Cuanto menos transito esta ruta una vez al mes —respondí dando un respingo—, y esta es la primera vez que veo esta posada.

El posadero hizo silencio, como si meditara algo en la telaraña de su nublada y marchita mente.

—Recuerdo una historia que me contó el último visitante que tuve por acá —dijo luego de unos segundos—, o quizá fue otro anterior, ya no lo recuerdo, pero qué más da, voy a contársela. —El hecho de que hubiera encontrado el hilo de su historia en su mente le provocó un cambio en el rictus, pareció cobrar vida, su espalda se enderezó y sus ojos cobraron un brillo inusitado. Tal vez el calor del alcohol lo revivió y le ganó un par de metros a la Muerte que acecharía muy cerca. Sin otra cosa que hacer, me senté en un viejo sillón mientras el viejo hacía lo propio en otro—. Verá —dijo el anciano iniciando su relato—, hace un tiempo un visitante me contó esta historia por demás extraña. Sepa usted que no voy a agregar nada a lo que originalmente narró; le ruego no sospeche de mí. Esto, entiendo, ocurrió hace muchos años, y es algo a lo que en el siglo pasado se temía mucho; habrá oído hablar de esas historias de ultratumba. Esta es una de ellas, dijo mientras reía y se ahogaba entre toses y carraspeos. Hizo una pausa para tomar aire y siguió con su historia sin que aguardara a observar si estaba atento a lo que decía—. Este hombre me contó que a un conocido lo habían enterrado vivo. Resulta que era afecto a las mujeres, prostitutas, bah, y eso su esposa no se lo perdonó. Bueno, comprenderá que las mujeres hacen la vista gorda por un tiempo hasta que la cosa se pone muy escandalosa o se contagia de alguna de esas enfermedades, usted me entiende —murmuró el viejo con no disimulada vergüenza del tema al que hacía referencia. Tomó nuevamente aire y prosiguió—. Lo cierto es que la esposa de ese sujeto, arpía como pocas pero muy inteligente, le dio por donde más le podía doler, por la bebida. En una de las tantas calavereadas de este hombre, la despechada aprovechó para hacerse de un poderoso veneno y se lo volcó entero, supongo que todo el frasco, no lo sé, no es mi historia. Lo cierto es que se lo echó completo en la botella de whisky. El hombre cada vez que regresaba de una juerga bebía sin saberlo el néctar de la muerte. Así, día a día. Sin embargo, este hombre no murió en ese momento. Un día fue dado por muerto cuando en verdad estaba narcotizado, en estado de catalepsia, o algo por el estilo. Es así que cuando años después, por estas cosas administrativas de los cementerios hubo que remodelar o hacer espacio para nuevos nichos, desenterraron el féretro de este hombre, junto a otros, se entiende. Al abrir el cajón lo que encontraron fue la tapa toda arañada, inclusive había tierra dentro del féretro. El finado había roto el cajón con sus manos pero en la desesperación finalmente pereció. Horrible final. Bueno su cuarto está listo. ¿Desea otra copita?

—Gracias —bebí de un tirón la medida de jerez, me incorporé del sillón y caminé hacia donde me indicó. Cabe aclarar que esas historias de ultratumba ya no me hacen mella.

Seguí escaleras arriba siguiendo los tambaleantes pasos del anciano. El cuarto era una de esas piezas antiguas con una cama pequeña, una mesita de luz desvencijada y un ropero de madera maciza con una ornamentación arabesca un tanto extraña, pero que sin dudas había conocido mejores épocas. Reinaba una atmósfera sofocante, como si la neblina hubiera invadido la posada, cosa que es obvio no había ocurrido. Recién en ese momento, cuando la puerta se cerró detrás de mí fue cuando me percaté de lo afectado que me hallaba por la horrible muerte hallada por el personaje del cuento, aunque sin dudas todo era producto de la imaginación del posadero.

Apoyé mi ropa sobre una silla y me acosté tapado hasta la cabeza; el frío reinante no opacaba, sin embargo, el rico aroma de las sábanas y frazadas limpias, lo que contrastaba con el olor a encierro y humedad de la estrecha habitación. Al cabo de unos minutos debo haberme dormitado pues en algún momento de la noche desperté con una sensación de ahogo, sin fuerzas para respirar y como si un peso invencible se apoyara en mi pecho. Como pude salí de la cama y me dirigí hacia la ventana. La noche cerrada solo brindaba esa maldita neblina que reinaba en lontananza. Eso no sirvió más que para ampliar o magnificar mi ataque de ansiedad. El cuarto parecía latir, como si al contraerse las paredes y luego al ensancharse y encogerse nuevamente tuviera vida propia. Un poder asfixiante se apoderó de mí y fue tan fuerte que me paralizó. Intenté gritar, pero no lo logré. Luego caí rendido en la cama. O eso creí.

Por la mañana, cuando el sol ya iluminaba el cielo descubrí que me encontraba en mi coche. Intenté desperezarme pero era tal el dolor en mis articulaciones y en todos los músculos que solo pude acomodarme en el asiento. Al lograr hacer crujir mi columna pude tomar una mejor conciencia de que me encontraba en el mullido asiento de mi Torino. Eso me provocó algunas dudas. Mi mente todavía adormecida me estaba jugando una mala pasada.

Al contemplar por la ventanilla la ruta y el campo, sobre el descanso, pude apreciar una vieja casa en estado de abandono. De su frente colgada de una de sus esquinas y a punto de caer, un oxidado cartel que, no sé si por los rayos del sol o por el deterioro sufrido no era posible leer. Mi mente se negó a creer que pasé la noche en esa casa derruida. De inmediato probé darle arranque al coche y este respondió al instante. Puse primera y me alejé del lugar ingresando a la ruta sin mirar atrás.


Gastón Caglia es abogado, mediador y profesor de ajedrez. Ejerce como funcionario del Poder Judicial de la provincia de Santa Fe. Tiene 48 años, y vive en la localidad de Reconquista, provincia de Santa Fe. Escribe cuentos y relatos de ficción en general y ciencia ficción y terror en particular, bajo el pseudónimo de “Felipe Bochatay”. Ha publicado en algunas antologías de cuentos en formato papel y también en medios electrónicos latinoamericanos como en “Anapoyesis”, o “Narrativa”, entre otras. Asimismo escribe ensayos de sociología, literatura y ciencia ficción en su blog o en medios digitales y  podcast. Formó parte del comité científico de “Iberoamérica Social”.


JULIA

 Claudia Isabel Lonfat

 

Julia Parisi vivía con sus padres en una coqueta casita en un barrio de clase media del noreste de la provincia de Buenos Aires. Algunos llamaban al lugar “La pequeña Italia”, ya que el italiano era el segundo idioma, y se podía escuchar en una variedad de dialectos; al punto que ni siquiera se entendían entre ellos.

Julia llevaba una vida cuidada y tranquila como cualquier otra chica de su edad, al menos en apariencia. Cursaba su último año del comercial, y estaba a meses de recibirse de perito mercantil. No pudo viajar a Bariloche con sus compañeras para festejar el egreso debido a esa extraña fiebre que se había apoderado de sus tardes y no la abandonaba hasta la mañana siguiente. El médico de la familia dijo que era por el crecimiento, algo pasajero, y como Julia se había estirado hasta pasar el metro setenta, les pareció lógico.

La fiebre volvía cada tanto, y la dejaba sin fuerzas; entonces le medicaban vitaminas, reposo, analgésicos, antibióticos, como si fueran golosinas; pastillas de diversos colores y sabores fueron poblando su mesita de luz. Era primavera cuando un vómito de sangre espesa y oscura interrumpió la pálida calma de la siesta familiar, aunque el invierno parecía no querer irse y el gris de una neblina pegajosa cubría hasta las almas.

Conrado, el padre de Julia, escuchó el grito ahogado de su hija, interrumpido en la garganta por la urgencia de otro vómito sanguinolento. La vio desplomarse con su camisón rosado, salpicado de manchas rojas y coágulos oscuros. El miedo lo dejó estaqueado dentro de los límites de la baldosa donde lo detuvo el espanto, como si estuviera jugando con Julia a la rayuela o a la mancha inmóvil. La madre y el hermano, corrían nerviosos de un lado para otro, buscando cosas que se hacían liquidas en la memoria. Lloraban o se agarraban de los pelos, pero no se animaban a mirar lo que había salido del cuerpo de Julia.

Conrado reaccionó y la tomó en sus brazos. Salió de la casa en pantuflas, vestido con un viejo piyama de franela celeste a rayas. Apenas podía ver por dónde andaba. Se dio cuenta de lo frágil y liviano que era el cuerpo de Julia, cuando tuvo la sensación de cargar solo su camisón rosado, y hasta se escuchó a si mismo decir, sin detenerse en reflexiones, como si fuera un fantasma, ¿dónde está tu cuerpo, hija?

Encendió el auto y se marchó, dejando tras de sí al resto de su familia, que la neblina se encargó de borrar. Condujo directo al hospital. Allí, Julia fue rápidamente atendida, estabilizada con suero y oxígeno. Las placas mostraron la tuberculosis pulmonar, con el lado izquierdo afectado. No hacía falta ser médico para notar cierta ausencia, justo donde señalaba el médico. Ahora correspondía completar con un esputo y análisis de sangre.

Julia debía quedar internada, hasta que los bichos que le devoraban el pulmón sucumbieran a la medicación.

 Conrado consiguió que le dieran una habitación cuya cama daba a unos ventanales hermosos y muy iluminados. Una enfermera le contó que antiguamente ese sector era para los ricos, que tenía hasta música funcional, más otros lujos, como una capilla propia con su cura, que daba misa semanal y luego pasaba por cada habitación para dejar sus bendiciones y escuchar a los enfermos. Bastaba con seguir por el pasillo y doblar a la izquierda para encontrarse con imágenes de algunas vírgenes y santos, varias hileras de asientos y un hermoso altar adornado con flores de tela.

Los días eran interminables. Al principio, madre, padre y hermano, rodeaban su cama. Hablaban pavadas y chismes sin parar, o inventaban cosas graciosas para sacar esa tristeza tatuada en los ojos de Julia. Pero la tristeza de la joven era infinita, traspasaba la piel, los músculos, las arterias. Viajaba por su sangre donde todo estaba corrompido y olía a muerte.

Con el correr de los meses, las visitas diarias se fueron espaciando, hasta que empezaron a ser semanales. Julia fue cambiando imperceptiblemente, perdiendo sus características hasta quedar irreconocible. Los tratamientos no funcionaban. Su piel era cada vez más transparente y etérea. Ella miraba todo a su alrededor, no estaba desconectada de su entorno, veía la muerte rondar, sabía que estaba en la última estación de su recorrido; ahí donde los condenados ya no pueden volver, y en su cabeza tenía la forma de una pequeña isla con paredes altas; tan altas que no se podía ver nada más.

Un día, la parca se llevaba a alguien que alguna vez había sido fuerte, pero que de a poco se había ido deshilachando como un trapo viejo, hasta deshacerse entre las manos, y concluir en ínfimas hebras volátiles. Otro día, le tocaba a un niño; un ser que no conoció otro color que el gris ni otra condición que el dolor y la ausencia de aire. Entonces el miedo le subía por los pies para estallarle en el pecho. Tanto, que la electricidad le sacudía hasta las entrañas. Una fuerza desconocida la invadía, y los olores intensos del día la hacían danzar y reír. El miedo se esfumaba.




Julia, con esa energía nueva, era capaz de todo. Bajó corriendo las escaleras directo al parque trasero del edificio. Siguió corriendo entre los árboles. Se detuvo y abrazó uno, lo olió. Luego rozó lo áspero de su corteza, con la misma suavidad con que acariciaría la mejilla de un niño. Y fue de un árbol a otro, como si tuviera nariz de perfumista. Después rodó por el pastó, y vio que muchas personas surgidas de quién sabe dónde, que la miraban sonrientes; ella les devolvió la sonrisa. Parecían de otras épocas, de otras vidas.

Corrió o levitó por todos los pasillos del hospital. Vio dolor, pero también esperanza. Percibió el miedo mediante el olfato, como los perros. Se le agudizaron todos los sentidos y se dejó ir, como un pájaro más.


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3Cuentos de terrorPrimera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves.

HECHIZO DE TRES LUNAS

 Oscar De Los Ríos

 

Recién recibido en la academia de policía, Hank el pulpo humanoide, caminaba de noche por la ciudad realizando la tercera ronda consecutiva. Su función era la utópica y para nada reconfortante tarea de mantener en orden las calles. La noche era clara y las tres lunas del planeta tierra brillaban en el firmamento, coronado de estrellas. Perdido en absurdas teorías sobre cómo se habría partido la luna en tres pedazos, casi chocó de frente con un ser de dos metros treinta de altura (el apenas alcanza el metro cincuenta), que se bamboleaba por la vereda gritando.

―¡Cerebros… cerebros! ―con voz de ultratumba, mientras el aire se impregnaba de un exquisito hedor a podredumbre.

Hank quedó paralizado. Sus tentáculos parecían atornillados al plástico que recubría la calle. Al fin logró moverse apenas lo suficiente para sacar el arma de rayos adormecedores, cuando una voz ordenó.

―¡Corten! ¡Corten! ―mientras una multitud corría gritando espantada—. ¿Se da cuenta de lo que ha hecho? ―El director se dirigió a Hank saliendo de un sector en penumbras, al tiempo que la multitud se dispersaba, tan rápido como habían llegado.

Más tranquilo, ahora tenía a un ser humano y no un zombie espeluznante en frente, Hank le dijo:

―Debería arrestarlos, a usted y al engendro ese, por perturbar la noche de la ciudad. ¿Qué creen que están haciendo?

―Un momentito: ¿a quién llama engendro? ¿Acaso no me reconoce? ―El zombie mostró su cara más feroz congelando los tres corazones de Hank.

―Tranquilo, Leonard ―dijo el director—, es apenas un pulpo humanoide que sacaron a pasear para que la película se retrase. ¿Quién le pagó?

En ese momento, a Hank le cayó la ficha; el zombi era Leonard Chtzrog, llegado del espacio exterior para hacer la remake en holograma quintusensorial de algunas películas de terror del siglo anterior. En estos hologramas la gente interactúa dentro la película, por eso contrataron un zombi real.

―Los que filman El Hombre Lobo ―le contestó Hank con sarcasmo―. Debo retrasarlos hasta que salga la luna llena.

Leonard levantó su único ojo sin pestañas hacia las tres lunas que brillaban en el cielo, y rio mostrando una larga hilera de dientes afilados. Luego dijo:

―Es gracioso el pulpi. Deberíamos contratarlo como guionista.

―Bien, menos charla y muéstrenme los permisos ―les ordenó Hank recobrando el aplomo. Y al tiempo que los apuntaba con la pistola de rayos, palpó de armas al director con sus tentáculos terminados en pequeñas manos humanas. Cuando fue el turno del zombie se sintió atraído y, extendiendo el brazo hectocotilo, revisó sus zonas íntimas. Sus tres corazones latieron desbocados, y chasqueó los labios entrecerrando los ojos.

 ―¡Ah, pulpito vicioso! Sorprendido o excitado ―le dijo el grandote tirándole un beso con sus manos de seis dedos sin uñas.

―Ambas ―le contestó Hank recobrando el ánimo―. No sabía que sos travesti.

Por primera vez se atrevió a tutearlo.

―Está equivocado, mi pervertido amigo. ¡Hermafrodita! ―Trató de ser sensual al decirlo y sonrió de una forma que hizo titilar las luces de la calle.

―Bueno, basta de cháchara, que tenemos una película que hologramar ―dijo el director malhumorado―. Ya vio los permisos, ahora retírese.

Nadie podría decir si fue un flechazo o más bien que flashearon, lo único cierto es que, desde que se encontraron durante el rodaje de Zombie, la amenaza del espacio exterior, hubo una atracción fatal entre ellos.

La separación, a partir de esa misma noche en que se encontraron, fue inevitable: pertenecían a mundos deferentes. Leonard siguió con la filmación y Hank continuó con la tediosa rutina de rondas.

Pasaron dos años antes de que se estrenara la película de Leonard. A estas alturas Hank se había transformado en su fan número uno mientras lloraba en los rincones un amor imposible.

Por esa misma época lo trasladaron al escuadrón antibombas, debido a que era el único que podía manejar la antigua consola de desarme manual, de tres teclados con pantalla ultra 10K transparente, que permite ser colocada delante de un explosivo y escanearlo, buscando la forma de lograr la desconexión en menos de un minuto.

 Este acontecimiento levantó un poco el ánimo del pulpo humanoide. Cuando no tenían una bomba para desarmar, la consola le permitía conectarse a la súper red y vivir una experiencia holográfica trisensorial. La pantalla no daba para una experiencia quintusensorial (que permitía tener las mismas sensaciones que en un contacto físico), su procesador, anticuado y lento, dejaba las figuras estáticas si se lo exigía demasiado. Aun así, interactuar con Leonard de esta forma le servía para paliar la soledad.

 Muy pocas cosas alteraban la rutinaria vida de Hank, cuando se produjo el atentado en la casa del gobernador. Al pobre tipo lo habían atado a su sillón favorito con una bomba bajo el culo capaz de volar la habitación entera. Pedían un rescate de cien millones. Como era de esperar ,Hank fue llamado a la oficina del director… que estaba reunido con el presidente en persona, o mejor dicho en imagen. Entró sin llamar y, antes de que se desconectara, escuchó decir al presidente.

―El culo de ese gordo no vale ni un millón, además no podemos ceder, mande al pulpo a proceder con el desarme del artefacto.

―Tenemos entendido, señor presidente, que el detonador se dispara en menos de treinta segundos, y necesitamos al menos de un minuto―una gruesa gota de sudor perlo la frente del director al decir esto.

―No se preocupe, si falla invertiremos los cien millones en dotar a la consola de desarme con una neurona humana, y esto la hará cien veces más rápida. Al menos, eso me ha comunicado mi equipo de científicos.

Una vez que el presidente se desconectó, el director, muy serio, le preguntó a Hank.

―¿Qué te parece lo que escuchaste, pulpito.

―Que no es el culo del presidente el que está en el sillón.

Media hora más tarde se cruzaron en el comedor y, sin poder evitarlo, siguieron riendo.

La felicidad tiene caminos inesperados y otros pagan el precio. Para que Hank pudiera interactuar con el holograma quintusensorial de Leonard, el gordo debía volar por los aires.

 Y así sucedió. Luego de solemnes funerales por el gobernador, se procedió a la intervención quirúrgica. Lo que no pudieron prever fue la mutación que se operó en la consola, que al interactuar con la neurona femenina hizo eclosión. Eva nació al mundo. Hank estaba en ese momento crucial junto a ella acariciando suave y cariñoso el teclado. Eva se enamoró perdidamente de él. Una descarga eléctrica la recorrió, provocando en Hank un triple paro cardiaco. Por suerte una segunda descarga lo revivió. Fue así que comenzaron un romance casi perfecto; casi, porque Hank no podía olvidar a Leonard.

Ella lo bautizó Adán y ese mismo día se amaron en un holograma que representaba el Paraíso. La relación entre ambos era idílica. Eva decía tener recuerdos de la época en que era un simple mueble con una vida por nacer, y le describía la emoción que la embargaba al sentir sus ocho manos sobre el teclado. Adán le seguía el apunte contándole que la imaginaba como una mujer hermosa y sensual. A Eva le encanta que se refiera así a ella (aunque distara mucho de tener apariencia humana). Por otro lado, gracias a los hologramas quintusensoriales, hacían el amor de todas las formas posibles; hoy se metían en la piel de una pareja del siglo XV y, al otro día, hacían un casting porno. A esto hay que sumarle el éxito profesional: tenían el record absoluto de desarmes de artefactos explosivos del mundo.

Todo era color de rosa, y Hank (el pulpo humanoide se debatía entre dos personalidades: por un lado era Hank triste enamorado de Leonard y, por otro, era Adán feliz y cómodo con Eva), tenía un único sueño por cumplir. Si lograba plasmarlo ya nada se interpondría en la felicidad de Adán y Eva; la sombra de Leonard desaparecería para siempre. Una noche, mientras casualmente (Hank esperó a que Eva eligiera esa película, tenía terror de que sospechara algo. Ella era peligrosamente celosa), miraban Zombie, la amenaza del espacio exterior, Adán le propuso a Eva que entraran en el holograma y ella encarnara al zombie. Al principio Eva se resistió, le pareció asqueroso y repulsivo, pero Hank logró convencerla. Dentro del holograma, Eva (convertida en Leonard), lo amenazaba con comerle la cabeza y Hank excitado bufaba y pataleaba balanceando su miembro en busca del sexo de Leonard, cuando al intentar penetrarlo, se le puso blando como un flan. Lo intentaron varías veces más y siempre ocurría lo mismo. Por más quintusensorial que fuera el holograma, Hank no lograba sentir la misma atracción que experimentó aquella noche por Leonard. El programa había sido cargado por un humano y ¡mierda si sabía cómo se sentía el sexo de un zombie!

Desde ese momento no pudieron volver a tener relaciones y Eva lo atribuía a que Adán había quedado traumado.

―¡Ay pobrecito! ¡Qué horror habrás sentido por culpa de ese monstruo! ―le decía Eva―. No te preocupes pronto volveremos a ser una pareja normal.

Salvo por la falta de encuentros sexuales la relación entre ellos siguió igual hasta que, un mes más tarde, Leonard apareció por la delegación con una carta de recomendación del nuevo gobernador. Había movido influencias para que le permitieran estar en el desarme de una bomba. La excusa era ganar experiencia para el rodaje de su nueva película Terrorismo zombie; pero la verdadera razón de su arribo era otra: venía buscando al pulpito. Desde que se produjo el encuentro Leonard tampoco había podido olvidar a Hank, y arrastraba su pena por los estudios de grabación.

 Leonard entro a la delegación y el revuelo que produjo fue igual a una amenaza de bomba nuclear en la ciudad. Hank fue de los primeros en verlo y su impulso fue arrojarse sobre él y poseerlo en medio de la estación. Por suerte Leonard estaba rodeado de todo el personal firmando autógrafos y sacándose fotos. Luego de una hora lo llevaron a ver al director. Pasado el primer momento de arrebato, Hank, con la cabeza más fría y los tentáculos sobre la tierra, pudo poner las ideas en orden y esperar el momento en que Leonard se retirara para abordarlo fuera de la estación; Eva no podía siquiera sospechar el amor que él sentía hacia el zombi, esa atracción fatal que le hacía perder la cabeza.

Después de averiguar que Hank formaba parte de ese escuadrón y, sin poder ubicarlo, Leonard se retiró. Hank salió tras él y lo abordó en un callejón sin cámaras, pues sabía que Eva lo controlaba a través de todos los dispositivos de la ciudad.

―Leonard ―gritó Hank.

El zombie se detuvo como paralizado por un rayo adormecedor y Hank se paró frente a él.

―¡Ah! Al fin te encuentro pulpito vicioso ―sacando una enorme lengua Leonard le dio un lengüetazo que hizo hervir la sangre de Hank, y asomar su brazo hectocotilo, mientras un exquisito olor a podredumbre, segregado por el zombie al entrar en celo, invadía el lugar.

Hank quiso penetrar a Leonard en ese mismo instante y este lo rechazo arrojándolo con fuerza contra un montículo de basura.

―Ahora no es el momento, mi pequeño calentón. Estoy con mi periodo y, siquiera una gota de mi sangre te rozara, el miembro se te caería en pedazos agusanados.

―¿A qué viniste, entonces? —preguntó Hank, colérico.

―Tranquilo, amor ―dijo el grandote tratando en vano de sonar cariñoso―. He venido a buscarte para que nos escapemos juntos a la finca que tengo cerca del mar y entonces ahí dar rienda suelta a nuestra pasión.

Justo en ese momento sonó el móvil y Hank tomó la videollamada, quitando a Leonard del ojo de la cámara.

―Adán, amor, ¿adónde fuiste? Aquí todo es un caos. Estuvo ese horrible zombie de la película.

―Salí a tomar aire, no pude soportar verlo, querida. No podía respirar debido al asqueroso hedor que lo acompaña.

―Si querés volver ya se fue.

―Ahora voy ―y cortó besando la pantalla del móvil.

―¡¿Quién era esa?! ―preguntó Leonard poniéndose rojo de celos.

―Es mi pareja. ¿Y qué? Aparecés de la nada después de dos años y esperas que yo me rinda en tus brazos.

Un sonido inarticulado, como gárgaras de ácido, salió de la boca del zombie.

―Yo me ocuparé de ella.

―¡No. No harás nada ¡o nunca me volverás a ver!

―La quieres. Ya lo veo.

―Sí, pero a ti te amo y nos iremos juntos. Solo dame una semana.

―Está bien, es el tiempo que tengo para aprender a desarmar una bomba. Y tú me enseñarás. De paso conoceré a esa tal Eva, sé que trabajan juntos, lo leí en el portal de los Guinnes.

Al encontrarse de nuevo con Eva, Hank se mostró cariñoso y atento, debía mantenerla feliz hasta su partida. Era lo menos que podía hacer por ella.

 Lo que no sabía era que, a pesar de haberlo ocultado del lente, Eva poseía un gran angular que puso a Leonard en el centro del foco. No le dijo nada; primero averiguaría que había entre ellos. Para lograr su cometido entró en todos los portales de la superred donde se lo mencionara a Leonard y fue así que, en el Facebook de Julián Ortiz, el camarógrafo de Zombie, la amenaza del espacio exterior, encontró la filmación del primer encuentro entre Hank y Leonard. No le bastó con verlo, sino que entro en la escena y descubrió la inconmensurable pasión que consumía a Hank por Leonard. En ese mismo instante supo que lo había perdido para siempre. Solo le quedaba una cosa por hacer.

Pasaron un par de días de gran tranquilidad, en los cuales Adán hizo sentir a Eva dueña del Paraíso. En la mañana del tercero se presentó Leonard. Luego de una nueva ronda de autógrafos y selfies, se encontró con Hank y con Eva. Eva había hecho lo imposible para que este encuentro no se diera, pero a pesar de su amenaza de apagarse y no volver a trabajar en el desarme de una bomba, la llevaron igual al laboratorio de prácticas.

Un dispositivo sencillo de desarme manual estaba sobre una mesa, en el medio del salón; procedieron a desactivarlo. Como era de rigor, Hank colocó el artefacto explosivo detrás de la pantalla transparente de Eva y, luego de algunas manipulaciones que dejaron al descubierto el corazón de la bomba, Eva comentó como al descuido que debían dejar que el invitado cortara el cable de anulación del disparo remoto.

Leonard agradeció el gesto con una reverencia y cortó el cable rojo a indicación de Hank. La explosión hizo estremecer las paredes de la habitación, cubriéndolas con los restos de Hank y Leonard; mientras un líquido viscoso se escurría por un resto de la pantalla transparente de Eva.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Los cuentos "El reloj" y "Todos los cuentos, un mismo final", han sido publicado en entregas anteriores del blog MICROFICCIONES Y CUENTOS.

EL PIANO

  

Roberto Spinelli

 

Otra vez, como ayer, como la semana pasada, la melodía vuelve. Al principio fue apenas un susurro lejano, pero a partir de ese momento, se repite con insistencia, más clara y más intensa. Hoy me encuentra tratando de terminar el maldito balance, con el escritorio convertido en un caos de papeles. Cuando pienso que es el último, que falta nada para la jubilación y terminar con todos estos años anodinos de oficina, regresa, me invade, y entonces ya es imposible concentrarme en el trabajo. La reconocí de inmediato, a pesar de que habían pasado más de cincuenta años. Los primeros acordes del concierto de Grieg me sorprendieron cerrando cuentas. Y junto a ellos, la imagen de Blanca sentada al piano, después de la clase.

—¿Quieren quedarse chicos? —No necesitábamos responderle, era el momento más esperado, esos conciertos se habían convertido en una especie de adicción y ella era feliz obsequiándonos aquellos minutos. Blanca no era la típica profesora de pueblo. Según decía mi madre, había estudiado en el Colón y no recuerdo por causa de qué asunto familiar volvió de Buenos Aires. Por lo que fuera, tuvimos la suerte de gozar de emociones que ahora regresan, mientras sigo inútilmente tratando de sumar, buscando entre papeles. En el rincón de la sala, sentados en el sillón, Lucía y yo compartíamos esos instantes de vibración, muy cerca uno del otro, los martes y viernes por la tarde. Junto a la música revivo el olor de su pelo, la forma de sus trenzas renegridas y sus ojos, siempre de par en par, verdes, oscuros. A veces sucedía que Blanca no tenía tiempo después de la clase y nos despedía, siempre sonriente, hasta el martes o viernes, y nos íbamos un poco defraudados, como si nos faltara algo; pero esos días conseguían que esperáramos con más ansiedad la clase siguiente. Habíamos recalado en ese pueblito de la provincia de Entre Ríos, al igual que en tantos otros, debido al trabajo de mi padre, y como siempre, luego de un año volvimos a mudarnos, esta vez al sur de la provincia de La Pampa. Ese fue el final de mis estudios de piano, de los conciertos personales de Blanca y de la compañía de Lucía.

—Tiene un oído excelente y le apasiona la música, trate de que siga estudiando, señora. Mamá asintió.

—Ojalá podamos, en verdad nadie debería morirse sin aprender a tocar el piano.

Después salimos de la casona de Blanca y cruzamos el parque en silencio. Sentí el aroma del césped y los eucaliptus por última vez, había que hacer los preparativos para la mudanza. Cambiamos tantas veces de casa que no había tiempo para extrañar, tenía que habituarme a lo nuevo, otra escuela, otros compañeros, otras costumbres. Varios años después llegamos a la gran ciudad, la facultad, un noviazgo, un matrimonio que naufragó sin hijos, y a partir de ahí una tristeza constante en segundo plano, estos días iguales de inventarios y balances y ahora la inminente jubilación, y no entiendo por qué, por qué ahora, con el recuerdo de Blanca, Lucía, Grieg y el piano. No descubro la diferencia, hay un par de cuentas que no me cierran y apilo más papeles. De repente dudo de mi intención de encontrarla, me pregunto si tiene algún sentido este esfuerzo. Es lo mismo, me digo. Blanca me sonríe desde el piano, sabe que está tocando la parte que más me conmueve, acerco la mano a la de Lucía, nos tomamos las manos como en un pacto secreto. Cómo podía imaginar aquel niño que tantos años después todo irrumpiría tan real, tan nítido como si lo estuviera viviendo otra vez. Me doy por vencido, no va a cambiar nada terminar este balance. La música entra en una espiral infinita de emociones. Y de pronto puedo entender, está todo tan claro, es tan fuerte el llamado. La idea se hace nítida. La observo en paz. Si salgo ahora, llegaré al pueblo antes de la noche, no debería ser muy diferente, seguro que encuentro la casa de Blanca. Voy a hacerlo, me repito, mientras ordeno papeles, guardo apurado carpetas y facturas en el escritorio. No puedo evitar una lágrima, ¿cuánto hace que no lloro, desde que murió mamá? Lloraba de niño con la música, también, ahora que entiendo todo. Entonces Lucía me aprieta la mano con más fuerza, la música me aturde, nace de todas partes, del piano, de Lucía, de mí. Estoy dentro de una ola gigantesca de sensaciones, sin mi tristeza, al fin donde siempre quise estar. 


Tal cual lo recordaba, tres cuadras a la izquierda de la ruta, doblo una a la derecha, en la calle cortada; tiene que ser acá. El parque, los eucaliptus; camino con dificultad en el yuyal, no es el césped que recordaba pero no importa, allá está la casa. Del revoque blanco no quedan restos, las puertas desaparecieron y en su lugar hay unas aberturas informes por donde la maleza fue ganando terreno. Aparto plantas y flores silvestres y entro. El antiguo piso de madera está carcomido y lleno de baches, faltan la mayoría de las tablas. En el techo hay un tremendo agujero por donde se filtran los últimos rayos de luz de este viernes y allá en el fondo de la gran sala, iluminado por el sol que agoniza, como si el tiempo no hubiera pasado, el piano. Brillante, sin rastros de polvo, un duende de otro mundo, rodeado de ruinas. El tiempo nos hace lo mismo a las personas y a las casas, pienso, pero no a los pianos. No puede con los pianos. Me siento en el taburete, incrédulo miro el revólver en mi mano derecha. Lo dejo sobre el piano y toco, toco el concierto de Grieg. Mis dedos se deslizan por el teclado sin necesidad, el piano me responde aunque ni lo rozo, hace exactamente lo que siento, soy el piano. Con el último acorde, me pongo de pie y giro hacia mi público, intuía que ella comenzaría a aplaudir, satisfecha, con la misma sonrisa de mis recuerdos.

—Ricardo, te esperaba, siempre supe que lo tuyo era la música, fue hermoso.

—Gracias, Blanca, me siento tan bien, al fin me siento bien. —Solo faltaba algo para que todo aquello fuera perfecto—. Decime, por favor, ¿y Lucía? —Siguió sonriendo

—Es cierto, ustedes eran el uno para el otro. Mirá, Ricardo, todavía no es su momento, pero podés esperarla aquí, ella también va a venir.


Roberto Spinelli nació en Ayacucho, provincia de Buenos Aires, el 11 de febrero de 1954. Al igual que sus seis hermanos menores, el lugar de nacimiento fue fruto del azar, ya que cada año, se mudaban a un pueblo diferente, debido al trabajo de su padre en el Instituto Geográfico. Radicado en La Plata, no hace mucho tiempo comenzó a incursionar en el mundo del microrrelato. Sus cuentos han sido publicados en varias revistas digitales y antologías. Su primer libro, 60 comprimidos, nos muestra pequeñas ventanas por las que podemos asomarnos a un mundo de viajes y pueblos extraños, azares y destinos. En cada uno nos cede la oportunidad de cerrar la historia y completar el paisaje con nuestras propias experiencias y recuerdos.

 

 

 

YO, ESTÓLIDO CREYENTE

Carlos Enrique Saldívar

 

En las curvas de mi alma nace una respuesta; esta es indolora porque no es mía, sino ajena, una encantadora broma de suave exaltación recalcitrante, proveniente de preclaros escritores extinguidos que manipulaban mi cuerpo sin poder hacer yo nada al respecto.

Los escritores son los hijos de los dioses, su misión en la vida es contar lo que ocurre en el mundo de los hombres, no solo a los seres humanos, sino también a aquellos de otras galaxias. Al final solamente esto quedará: el testimonio de una civilización perdida que en un día de fuego será destruida por su propia torpeza.

Creo que nuestra existencia es pasajera, así que, ¿por qué no pensar que la inmensidad del mundo lo es también? Hay armas, odios, traiciones, el mundo es un lugar horrible, yo lo sé, de hecho los momentos más hermosos de mi vida los pasé en soledad, creando universos sublimes e imperecederos, en los cuales me perdía. Dios es testigo que quería hacerlo siempre para ya no volver, pero siempre terminaba despertando y lloraba a cántaros al sentirme tan solitario en esta inmensidad de desértico terreno urbano.

Me hubiera gustado nacer en un lugar menos violento, menos oscuro, pero heme aquí, un jovencito abandonado en la heredad del cielo y el infierno, rechazado por Dios, su padre, y por el demonio, un atractivo desconocido.

Mis manos tienen una misión y esta es: cuidar del firmamento, cantando con mi voz a las estrellas y al espíritu de los seres que habitan en cada una de ellas. Creo en muchas cosas; en mi patetismo y tontería, por ejemplo. Creo en casi todo, pero si hay algo en lo que no creo es en mí mismo, y he ahí el dilema más grande de todos, porque cuando pueda conocerme en un nivel absoluto podré quererme, adorarme. Por el momento, dedico mi vida (que es lo que hago mientras existo) y mi existencia (que soy yo mismo en cuerpo y esencia) a contarle a las criaturas del universo pleno aquello que acontece en mi planeta, un lavadero donde los dioses destilan sus lagrimas, un inodoro donde los demonios depositan sus inmundicias.

Esto es en lo que creo: mi planeta, la redondez de esta esférica pelota de cartón con la que juego al ajedrez de mis pensamientos y casi siempre pierdo. ¿Qué es lo que hago? ¿Cuál es mi drama?, me pregunto a veces, mas no puedo responder esas interrogantes, ya que soy una hormiga gigante que no es capaz de soportar el peso de sus propias esperanzas.

Hay otras cosas en las que creo y son: las sombras de aquellas mujeres que amé, amo, amaré y que quizá nunca llegue a amar, pero las tengo dibujadas en bocetos dentro de mi carne, quilotras de hielo, amantes náufragas que despiertan contentas en las islas de mi creatividad. Creo en la pureza, en la armonía, en la fuerza ordenadora del universo (que es el hogar de Dios). Creo en quintaesenciar el vacío, en construir hogares para los animales inferiores, en cultivar plantas parlantes que reciten dulces poemas en los oídos de los hombres. Creo en la historia, en los tiempos del verbo, en el universo expansivo, en la infinidad. Creo en todos los pronombres (excepto el yo), en todos los sustantivos, hermosos adjetivos, adictivas canciones, en los sabrosos frutos de las mujeres, en el tierno fucilar del sol al amanecer, y creo también en el anochecer, distante fugitivo que nos impulsa al descanso, el cual nos lleva a tener sueños, fantasías tan sensibleras como esta que acabo de procrear, en la cual creo firmemente, ya que negarla sería igual que negarme a mí mismo que (muy a mi pesar) soy un contador de historias. O un aura: un hijo de todos los dioses. 

Dicen que la vida pasa ante nuestros ojos antes de morir. En mi caso, cuando mi fuente de poder dejó de llevar energía a mi cerebro positrónico por una ráfaga de disparos que me convirtieron en chatarra, miré lo que acabo de narrar. No lo he vivido, siempre fui un robot de batalla, pero me hubiera encantado experimentar al menos una de esas palabras, salvo las que dicen que trabajaron en mi cuerpo metálico. Sólo me quedan veinte segundos de batería. Pude grabar este testimonio, en parte imaginativo, por si alguien lo encuentra entre los restos de la confrontación. No me tomarán en serio. Eso sí, habrán de deleitarse con mi primera y única ficción: poema, égloga. Un sueño dormido ya realizado. Me voy satisfecho.


Carlos Enrique Saldívar (Lima, Perú, 1982). Es codirector de la revista virtual El Muqui. Es administrador de la revista Babelicus. Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010), El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019) y El viaje positrónico (en colaboración, 2022). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018, 2021, 2022), Muestra de literatura peruana (2018), Constelación: muestra de cuentos peruanos de ciencia ficción (2021) y Vislumbra: muestra de cuentos peruanos de fantasía (2021). Gestor de la antología Unicornios decapitados (2023, Lektu).

LA PASTILLA QUE BRILLABA COMO UNA LUCIÉRNAGA

Gustavo Borga

 


Ayer a las cuatro de la mañana me pararon dos policías.

—Viejo, ¿qué haces a esta hora?

—Salgo del trabajo.

—¿Dónde trabajás?

—En el ferrocarril.

—A ver, mostrame el permiso.

—Mirame. Tengo puesta la ropa de laburo. ¿Para qué querés que te lo muestre?

—Vos mostrame.

Le mostré el papel donde dice que yo, Gustavo Borga, trabajo en una empresa de carga y que me encuentro exceptuado de la medida de aislamiento por el Coronavirus etcétera, etcétera, etcétera...

—¿Qué edad tenés?

—Cincuenta y nueve

—Mostrame el documento.

Se lo mostré. Miró el documento un rato y después me miró a mí.

—¿Qué llevas en la mochila?

—Nada, boludeces, un libro.

—Mostrame.

Abrí la mochila y se la mostré.

—Tirátodo al suelo.

—¿Para qué?

—Hacé lo que te digo.

Di vuelta la mochila y todo lo que había cayó al suelo.

Los milicos se arrodillaron.

—¿Estas pastillas para qué son?

—Para la gastritis.

—¿Y estas?

—Para la tensión.

—¿Y estas?

—Para la artritis

—¿Y estas?

—Para el colesterol

—¿Y estas?

—Para la diabetes.

—Viejo, o estás muy enfermo o sos un falopero hijo de puta.

Me encogí de hombros.

Agarró el libro y leyó en vos alta:

—Philip K Dick. Cuentos completos. Tomo 5.

—Ese sí que tomaba pastillas. Más que yo, seguro.

—Bueno, te vamos a meter adentro. Vamos a analizar que pastillas son. Subí al patrullero.

—Tengo una pastilla más.

—¿Una pastilla? ¿Dónde?

Saqué un frasco de vidrio muy pequeño del bolsillo de la camisa. La pastilla adentro brillaba como una luciérnaga. Lo abrí y me la tomé. Mis pies se despegaron del suelo. Abrí los brazos. Comencé a volar. Alto, muy alto. Cada vez más alto. Rápidamente llegué al espacio exterior. Miré mi planeta.

Una mancha enorme y negra lo estaba cubriendo todo.

 

Gustavo Borga nació el 7 de diciembre de 1960 en Villa Nueva, provincia de Córdoba. Publicó los siguientes libros: Patitos degollados (Edición de autor, 2002), Hermoso niño rubio (Xión Ediciones, 2006), Poesía reunida (Ediciones llantodemudo, 2008), Para vos NO (Editorial llantodemudo, 2010), Un puntito negro (Editorial Cartografía, 2013), Como un corazón (Borde Perdido Editora, 2016), Pozo de luz (Eduvim, 2018). La patilla que brillaba como luciérnaga (Borde Perdido Editora, 2021), Alitas de pollo congeladas (Mascarón de proa, 2022) Tiene una obra de teatro inédita: Los superhéroes no cortan yuyos. Es ferroviario.

 

 

LAS RATAS EN CIUDAD DE MÉXICO

  

Jorge Etcheverry



(Según Sergio Chávez)

 

Siempre le he tenido miedo a las ratas. Pero un momento. No exactamente miedo. Más bien me provocan inquietud. Los animales tienen su propia manera de ser. A nosotros, los humanos, nos gustaría pensar que son unos animales estúpidos, pero si usted se pone a caminar por una de esas calles en la noche, cuando no anda casi nadie, va a sentir de repente que algo le pasa corriendo junto a la pierna: Zzzzzmmmm. Luego otra. Entonces, con la luz del poste de alumbrado o la primera luz del alba (a veces me toca trabajar toda la noche), usted va a ver un movimiento en la calle. Luego se va a dar cuenta de que todos esos puntos más oscuros que el pavimento que se mueven son ratas. Salen de las bocas del alcantarillado y de las grietas en las paredes y van de acá para allá en oleadas, sin motivo, por las calles. Usted se apura para llegar a su casa o donde sea que tiene que ir, casi corriendo, porque ha pasado más de una vez, en esa ciudad contaminada, con tantos millones de personas, que algún borracho que estaba acurrucado durmiendo en la calle haya sido devorado por las ratas. No es raro por ejemplo en Chile, que una que otra guagua en las poblaciones sea mordida o incluso comida por las ratas ya mencionadas, pero no es nada si se compara con lo que pasa en la Ciudad de México. También me contaron unos amigos chilenos que los perros salvajes que viven en el desierto han ocasionado la desaparición de más de un conductor de camión, y es seguro que usted me va a preguntar y entonces porqué se ponen a dormir en el suelo en lugar de en la cabina. ¡Qué sé yo! ¡No me pregunte a mí! Pero como he dicho las cosas en Ciudad de México son incluso peores. La mayoría de la gente parece que ni siquiera sabe y se ríe o se ofende si uno le llega a preguntar. Los mexicanos simplemente se encogen de hombros, ignoran todo el asunto, así como algunas otras cosas mucho más graves que pasan y que todos sabemos. En aquella época yo trabajaba como cuidador en una gasolinera que quedaba cerca del centro. Siempre andaba con mi rifle 22 y tan pronto como veía un movimiento en la calle, de esos animales a los que me refiero, hacía la puntería y disparaba. Era una manera de mantenerme despierto. Entonces colgaba los cuerpos de las ratas de un alambre, como la ropa que se pone a secar. Cuando llegaba la gente del turno de día había que verle la cara, sobre todo a los nuevos. Mataba una o dos a por hora, lo que quiere decir entre ocho y dieciséis ratas por noche. Con el tiempo me obsesioné. Podía ver en la noche o en los rincones oscuros esos ojitos pequeños, rojos, que me miraban con odio, y sabía que me seguían, que me miraban. Se dice que hay dieciséis ratas por cada ser humano pero si tomamos en cuenta el tamaño de las ratas, eso no representa mucho volumen.

 

Una noche me acuerdo que estaba mirando medio distraído un restaurante que había al otro lado de la calle, cuando me di cuenta de que al irse no habían cerrado bien la puerta, la habían dejado abierta como unos veinte centímetros. Ése era el restaurante en que desayunaba la gente del turno de día antes de empezar a trabajar. A veces yo comía ahí también después de terminar mi turno. Crucé la calle apurado después de cerrar bien la puerta de mi cabina de guardia y de sacar del bolsillo mi encendedor. Tan pronto como llegué al boliche me metí como pude para adentro con bastante dificultad, eso que estaba bastante más delgado que ahora. Apenas entré sentí formas rápidas que me pasaban por encima de los zapatos, me rozaban las piernas, se me puso la carne de gallina y oí una cantidad de pasitos, roces y rasguños casi inaudibles. Me aterroricé y anduve a tropezones varios segundos, tratando de encontrar el interruptor de la luz. Cuando la prendí pude ver todo tipo de formas pequeñas que escapaban. Salían hasta de dentro del refrigerador, de las bolsas plásticas con la comida. Cómo se las habían arreglado para meterse ahí no se va a saber nunca. Me bajaban y me subían escalofríos por la espalda y sentía las piernas como de lana. Cuando don Eusebio, el dueño, vino abrir su restaurante y le dije lo que había pasado, parece que no me creyó. Ni siquiera me dejó terminar lo que le estaba diciendo.

—Los muchachos dejan siempre dejan todo tan desordenado —me dijo, y me daba unas palmaditas en el hombro. Le dije que las ratas se habían metido hasta en el refrigerador—. ¿Cómo se va a meter una rata adentro de un refrigerador cerrado? —me preguntó. Y me empezó a embromar, me dijo—: parece que se está pasando la mano con el tequila, búscate una mujer, los tipos jóvenes se vuelven locos sin una mujer. Pero al rato cuando llegaron sus empleados, noté que cortaban con cuidado los pedazos de jamón, de pan y de queso donde había marcas de dientes de las ratas.

—Usted no puede usar esta comida, don Eusebio. La gente se puede enfermar —le dije, pero siguieron hablando entre ellos, como si yo no estuviera.

—Para mañana no me van a dejar otra vez este desorden, niños —les dijo don Eusebio, medio en broma y riéndose. “Seguro patrón”, los fulanos le contestaron, medio riéndose de mí. No iban a botar toda esa comida por unas cuantas ratas. Pero pueden pasar las cosas más increíbles y si alguien se va a beneficiar con eso, nadie levanta un dedo. Después los tipos del restaurante me embromaban, pero ellos y yo sabíamos la verdad.

 

Por ese entonces se encontraba a muchos perros vagos heridos, muertos o mutilados cerca del mercado. En la Ciudad de México los perros van y vienen como se les da la gana y pelean y en general arman escándalo, pero la gente decía que esas no eran las peleas corrientes de perros. No señor. Y de pura casualidad yo andaba caminando esa mañana por el mercado cuando se derrumbó una pared vieja y apareció una especie de cueva. Inmediatamente se juntó mucha gente a mirar y todos los perros que andaban cerca corrieron para allá. Un joven, seguramente uno de los vendedores ambulantes, prendió su encendedor y estaba a punto de meter la cabeza por el agujero cuando echó para atrás la cabeza gritando:

—¡Madre de Dios! —Una rata enorme, o un animal que parecía una rata enorme, salió del hoyo, saltó sobre un cajón de madera que había tirado por ahí y se estuvo un rato, los pelos erizados, los ojitos rojos brillantes de miedo y rabia. Los perros no dejaban tranquilo al animal y una mujer que estaba parada al frente no podía parar de gritar y apuntaba al animal con el dedo que le temblaba. Como usted debe saber, a la Ciudad de México la construyeron encima de una ciudad antigua de los indios. Por eso es que hay siempre buena ocasión para descubrir cuevas. Más de una vez se han encontrado tesoros arqueológicos, incluso huesos del dinosaurio. Pero le puedo decir con absoluta seguridad que ese animal no era una rata. Era demasiado grande. Incluso esas ratas grandes de río que hay en El Salvador son pequeñas, casi enanas, si las comparamos con esta bestia. Hay muchas cuevas y ruinas antiguas debajo de la ciudad. Una vez se derrumbó una sección entera de la carretera y se tragó varios coches. La arena porosa llenó casi inmediatamente el agujero y ni con excavación ni sonido se encontró nunca a ninguno de esos coches ni a la gente que había adentro. Pero volvamos a la rata. Los funcionarios del museo nacional pusieron al animal en una jaula y lo tuvieron en exhibición por un tiempo. En los diarios se dijo que el animal era definitivamente un cierto tipo de roedor, pero todos podían ver que no se trataba de una rata, sino de un nuevo (o viejo) tipo de animal. Y de repente, la rata o lo que fuera, ya no estuvo más en exhibición. A nadie le interesaba hablar más de eso y hasta la gente del mercado parece que se olvidó de lo que había pasado. Pero así es como es la gente por allá, siempre pretende que no ha pasado nada, que no pasa nada, que las cosas están bien. Y no había porqué esperar otra cosa ahora. Si me cree o no me cree es cosa suya.


Jorge Etcheverry Arcaya es un poeta, editor, editor y traductor nacido en Chile. Vive en Canadá. En Chile fue miembro de los colectivos de poesía Grupo América y Escuela de Santiago. Sus textos han sido publicados en varios países, incluyendo poesía, crítica, ficción literaria, ensayo y ciencia ficción. Sus últimos libros son Clorodiaxepóxido (Chile 2017), Canadografía: antología de prosa hispanocanadiense (Chile 2017), Los herederos (2018), Samarkanda (Canadá 2019), Outsiders (2020). Recientemente ha contribuido a las antologías Wurlitzer. Cantantes en la memoria de la poesía chilena (Chile 2018), Antología de la poesía chilena de la última década (Chile 2018), Antología mundial: la papa, seguridad alimentaria (Bolivia 2019), y Anthologie de la poésie chilienne, 26 poètes d 'aujourd'hui (Francia 2021). Entre sus últimas publicaciones en revistas se cuentan textos en La Pluma del Ganso (México 2018) y Entre Paréntesis (Chile 2022).

EN CASA AJENA (OCHO)