miércoles, 10 de diciembre de 2025

FLUSH

Francesco Verso

 

Cuando lo probé por primera vez no sabía qué esperar. Desaparecer, quizá morir y luego regresar, pero ¿adónde y sobre todo desde qué? Nadie sabía nada. O mejor dicho, nadie hablaba del asunto sin perderse en refunfuños y balbuceos. Entre ellos, estaban los que juraban haber sobrevivido a la experiencia más terrorífica de su vida y, por la cara que ponían, la exhibían como prueba definitiva: se habían vuelto más fuertes porque todavía estaban vivos.

¿Por qué, entonces, quería hacerlo? ¿Por qué someterme a un suplicio semejante?

Miro la hora, luego el cartel del local y me digo: Simon, ¿seguro que vale la pena?

 

La música trance hace pulsar la sangre en las venas a 150 rpm. Rebota afuera, a lo largo de las paredes descascaradas del callejón, que rezuma humedad y pintura flúorescente. Unos tipos sospechosos permanecen en la sombra negociando. Lo siento: todo conspira para distraerme. Mi ropa es improbable: pantalones beige de cuando pesaba 95 kilos, una camisa celeste que no sabía que tenía y unas sandalias marrones viejas, de viajero empedernido. Apago el móvil para que ninguna app urbana demasiado invasiva me pesque.

El lugar de la cita, la Madriguera del Ruido Blanco, no es un sitio donde uno quiera llamar la atención. Es un club en las afueras, frecuentado por fanáticos de los volúmenes ensordecedores, ese tipo de estruendo que te distrae y puede hacerte cambiar de idea cada tres minutos. Incluso menos, si vas acompañado por alguien que te haga de caja de resonancia. Quizá por eso me decidí: meterme en el “pozo” y colarme en la Madriguera del Ruido. No distinto de los que han caído antes y que, reincidentes, volverían a hacerlo. Desde afuera, la Madriguera parece peor que un agujero cavado en la tierra. La entrada es una plancha de metal inclinada, montada sobre gruesos goznes que se hunden en la piedra. Luego se baja por un túnel iluminado con llamitas. El aire es desplazado tanto por las vibraciones sonoras como por enormes conductos de ventilación.

Una caverna polvorienta funciona como pista de baile y alrededor de las paredes hay tablas clavadas y lacadas en rojo. Miro a mi alrededor: en un cubículo reservado para VIP, hundido en un asiento raído de VIRGIN AIRLINES, hay un vietnamita de piel aceitunada con un chándal paramilitar. Me acerco, le hago una seña con la cabeza y él me regala una sonrisa torcida y una dentadura de orfebrería.

Mi contacto, Charlie Cuatro Dedos, hizo un buen trabajo de intermediación: quizá le pidió a su chiquita brasileña que le hiciera una lap-a-samba al tipo; quizá ella fue lo bastante hábil como para hacerle olvidar un día miserable. El hecho es que él acepta reunirse conmigo. Levanta una mano larga y huesuda y me hace señas de que lo siga.

—Al baño. En un minuto. Entro yo primero.

No dice nada más. ¿Hay un modo correcto de hacerlo? ¿Precauciones? ¿Cosas que evitar?

He comido un lumpia y bebido dos cervezas. Tal vez debería esperar. O tal vez dudo porque no estoy convencido. A mi pesar, me dejé sugestionar por las voces que circulan sobre el aire que me atraviesa la cabeza, los agujeros negros de comprensión y los torbellinos de extrañamiento. Voces absurdas que hablan de vacíos de alma hiperbáricos y pensamientos-espejo de memorias ajenas. Cajas mentales dentro de otras cajas. Ilusiones tan desagradables y molestas que te hacen perder la orientación y la lucidez. Mierda, ¿pero cuántas versiones existen de lo mismo?

De acuerdo, es algo subjetivo, algo que cada uno vive por sí y para sí, pero debe existir un denominador común, algo asociable al Flush.

El Flush o Succión es el nombre de batalla de la experiencia en cuestión: Silenciador, en cambio, es el nombre con que las autoridades de medio planeta lo han prohibido.

Solo me queda descubrir el motivo de ese nombre.

Inspiro y me encamino hacia el símbolo parpadeante del baño.

Para llegar tengo que esquivar a los que se divierten al ritmo de un redoble intercalado con estampidos de cañón. Si los llamamos “esquizofónicos”, por algo será…

 

En mi vida jamás he esnifado basura dura. Espinas de skunk y pasteles de maría, algún vapor de pegamento y, como mucho, unas dosis subliminales. Nunca toqué coca, hero, mescalina, anfetaminas o LSD. Me gusta el contacto con la naturaleza, por así decirlo. Y sin embargo para el Flush estoy dispuesto a romper esta regla. Sea lo que sea, esa experiencia circularía dentro de mí, fluiría por las venas o por cualquier otro órgano donde pudiera propagarse.

Confiado e inconsciente, cruzo el umbral del baño, después de haber salido indemne del tratamiento acústico de la pista de baile. Los oídos me zumban y parece que escupen desde los tímpanos picos de melodías sobrantes. En el baño de hombres me sorprende el ruido torrencial de un par de grifos abiertos, de los que sale un líquido espeso y verdoso. Una sustancia que desde pequeños nos enseñaron a usar con cautela: el fluido verdoso, con un vago olor a menta (nadie sabe describir su sabor sin terminar en un lavado gástrico), se debe al agente químico encargado de exterminar cualquier sustancia nociva. Si lo llamamos “higiene preventiva”, por algo será…

Agazapado detrás de la puerta como un felino al acecho, Ho Chi Minh se apresura a colgar afuera un cartel que dice AVERIADO para luego cerrarnos dentro. Quizá tengo dos minutos antes de que se desate el caos en busca de un urinario libre.

—¿Eres Simon?

—Sí, el amigo de Cuatro Dedos.

Voy a sacar un documento pero él me detiene.

—Me basta tu palabra. Total, antes tengo que ver los euros.

—Espera, quiero probarlo. ¿Cómo sé que no me estás encajando una basura de baja frecuencia?

El tipo frunce las cejas y me dedica una expresión de chacal, dejándome en claro cómo son las cosas. Si suelto semejante disparate solo puede significar una cosa: que es mi primera vez. Así que me trata de toxicómano, de esquizofónico cualquiera, el típico glotón de novedades audiosérgicas con las que colocarse.

—Tienes que confiar, amigo. No puedo hacer que lo pruebes.

Callo. El misterio del Flush me atrapó desde el comienzo. No me queda más que abrir la mano y darle el pago. Precio de mercado. Ho Chi Minh no negocia, estira un brazo y me quita los créditos. Luego sonríe burlón y abre la otra mano en forma de cuenco.

—Que te diviertas, y agua en la boca. Si te pillan, traga. Son biodegradables. A prueba de análisis de heces. Para incriminarte, tienen que abrirte el estómago en menos de media hora.

Otra sonrisa de jade y luego salta sobre el lavabo y se mete por la rendija de la ventana superior. Nunca sale por la misma puerta por donde entra. Antes de desaparecer en el callejón, silba.

—Amigo, quita el cartel si no quieres que primero rompan la puerta y luego a ti.

Me quedo allí, paralizado y dudando de haberme desprendido de tantos euros para nada. Bajo la mirada a la palma de la mano y veo lo que he comprado por una cifra equivalente a dos meses de alquiler.

¿Un par de malditos auriculares? ¿Dos miserables tapones para los oídos?

No lo puedo creer. ¿Tienen el descaro de elevar estos trucos baratos al rango de droga sintética?

Los hago saltar en la mano, intentando encontrar un sentido más profundo a esos objetos, cuando unos golpes tremendos contra la puerta me despiertan de la hipnosis de la estafa.

Meto los auriculares en el bolsillo y salgo corriendo y esquivando a dos energúmenos cuya vejiga atascada es la causa de mi salvación. Sus insultos no me habrían herido demasiado. Recorro de nuevo el túnel, ahora en subida.

Jadeo.

El humo me nubla la vista y destroza el olfato; el estruendo de los decibelios explosivos tritura el resto de mis sensaciones. Sacudo la cabeza buscando un apoyo. Aunque sea el brazo de alguien que me guíe afuera. Me tambaleo, rebotando de hombro en hombro. Choco con desconocidos que se burlan de mí y se ofenden por la molestia que les causo. Si supieran cuánta me causan ellos…

Cuento los giros, miro las paredes, busco señales para orientarme. El aire tiembla y se infla con los retumbos de un bajo que atraviesa la carne, irrumpe en los tímpanos y es absorbido –y solo parcialmente amortiguado– por mi esqueleto.

Distingo unos neones de emergencia en la distancia. Deben indicar la superficie.

Mi vista se duplica y de las orejas me corre un hilo de sangre tibia. Parece incandescente como la frecuencia del sonido. Agarro la baranda, donde muchos caen cada noche. Siento su sudor seco, sus angustias deslizándose bajo mi palma.

Fuera de la Madriguera recupero el aliento. Entre los sonidos apagados del callejón, los ojos enceguecidos y los oídos aturdidos, estoy tentado de probar el Flush ahí mismo, de pie.

Veo a dos tipos armados con alaridos contundentes y a un grupo de tres sílfides protegidas por un halo de música defensiva. Desisto; no quiero que me ataquen con algún ruido malévolo. Pero pensándolo bien, ¿qué podría pasarme tan terrible si esa cosa, unos simples tapones para los oídos, está en la lista negra de drogas?

Recuerdo a Ho Chi Minh. En este momento, debe estar bebiendo un trago a mi salud. Con los auriculares en el bolsillo, me echo a caminar, apresurado y furtivo. Doblo en la Cristóbal Colón, cuyos efectos Doppler, emitidos por los neumáticos de los bólidos, si bien no me molestan tanto, me inquietan: llevo tecnología ilegal y cualquiera podría bajar de un coche y obligarme a una requisa audiométrica.

La acera –en el tramo de autopista donde inauguraron un HyperStore 24x7– rebosa de noctámbulos, jóvenes y no tan jóvenes, mareados por la charla fácil, y One-Man-Sounds, versificadores de voz seductora que se divierten vendiendo insultos improvisados y frases de éxito para ligar, intercambiables según la ocasión.

Me duelen los oídos cuando no llevo mis Sennheiser acolchados para aislar sonidos con otros sonidos. Y como idiota las dejé en casa. Porque sonido mata sonido: si lo llamamos “terapia de bajo contenido de satisfacción”, por algo será…

 

Busco un lugar aislado, un parque, un garaje, cualquier sitio abandonado donde la agresión del ruido me conceda una tregua, aunque sea momentánea, del remolino que me tapa los oídos. En el fondo, todos queremos escapar. Unos en la tele, otros comprando, otros en el estadio y otros en la discoteca. Y ninguno querría estar en otro lado en ese momento.

La reclusión de quien está inmerso en una huida aparente no es más que la admisión de una escapadita. Prisiones dentro de otras prisiones. Ruidos dentro de otros ruidos. Con un solo efecto peor a largo plazo.

Quien huye de verdad no vuelve. Quien huye de verdad no hace zapping a otro canal, ni busca una tienda alternativa. Quien huye de verdad no cambia de partido, ni se inscribe en otro club. Quien huye no busca algo: ya lo encontró.

Mi barrera antisonora, compuesta de dos puntas con forma de lóbulos de oreja, ya no oscila. Es mi modo de zahorí para encontrar el punto X, aquel en que los ruidos no me alcancen ni me atrapen en una red de distracciones.

Donde estoy ahora no hace falta hacer escándalo para escucharse.

El susurro del viento entre las ramas exige apenas una fracción de mi atención. En compensación, el ser humano más cercano está a cien metros. Una distancia suficiente como para tranquilizarme y hacerme sacar los auriculares del bolsillo.

Me recuesto en un banco junto a un sendero arbolado. En pleno control del espectro sonoro de los alrededores, observo mis compras del día: color rosa “epidérmico camuflado”, forma de cono alargado y recubiertos de un material esponjoso que no conozco. No son plástico, corcho ni goma. ¿Quién sabe cómo se mezclan las moléculas de los objetos que nos rodean?

Cuanto más los miro, más me abstraigo, invadido por una mezcla de rabia por el precio prohibitivo y curiosidad por un objeto que, en teoría, promete devolverme una experiencia única.

Los sacudo y agito.

Los foros que revisé antes de decidirme no mencionaban ningún consejo ni truco. Quizás no existan. Quizás sea solo instinto. Entonces, me di cuenta de algo obvio: objetos tan simples no pueden transmitir una experiencia tan compleja. Tanto es así que separo los auriculares, los levanto y los mantengo firmes a la altura de los ojos. Observo cómo los conos se apuntan entre sí. Estoy en el medio, manteniendo el circuito abierto.

Entonces sucede algo. Entiendo el misterio, pero no me atrevo a lanzarme.

Lento como un monje preparando té, acerco los auriculares a mis oídos. Giro a la derecha, luego a la izquierda. No entiendo si soy yo quien se coloca entre ellos o ellos los que interactúan a través de mí.

Al unísono acerco las manos y dejo que la consistencia ambigua del material se incruste en mis canales auditivos y se adapte a la forma de mis tímpanos. Es una sensación táctil enrarecida, que se siente incluso en la oscuridad de mi oído.

Tras juntar suavemente los dos extremos, no me doy cuenta de que me he hundido. Frunzo el ceño al percibir la presencia de otra realidad, la del silencio absoluto. Siguiendo mi estado de ánimo, entorno los ojos. El silencio asociado a la oscuridad profunda es algo que se ingiere en dosis diminutas. Infinitesimales.

Si históricamente el colocón siempre ha estado ligado a cualquier distorsión, a una deformación a gusto de la realidad, entonces he empezado a drogarme bien. Es como un cambio de presión en un avión, una sensación de succión que primero te estira y luego te comprime.

Absurda, aunque cierta, es la sensación de aire filtrándose por la cabeza, un espacio vacío y sideral en lugar del cerebro.

La ausencia de percepción auditiva, en contraste con el ruido que ruge por doquier, actúa desde dentro, sutilmente: el silencio absoluto es un torbellino capaz de abrir profundos abismos en su interior, destrozando toda sensación de seguridad e ilusión de autocontrol.

Sobre todo, el silencio, con el paso del tiempo, no disminuye, sino que se acumula. Primero, alerta y consciente de dónde estoy, imagino cómo dosis crecientes de Flush me llevan a lugares desconocidos, recovecos internos que normalmente permanecen inaccesibles a la conciencia bombardeada por sonidos. Luego, lentamente, me invade el pánico…

La mente al vacío, libre incluso de la más mínima vacilación y desatención, esa de la que hablan y murmuran los usuarios más experimentados en sitios dedicados al fenómeno, se mete en mi cabeza. Los miedos más oscuros y los deseos más inconfesables se condensan en una visión tan irreal como fantasiosa. Visiones de mis exparejas, como cirros, se acumulan bajo densas nubes de miedo y angustia. Entretanto, destellos nítidos desencadenan recuerdos fragmentados.

En el silencio de la realidad apagada, lo que toma forma es inmanejable, no se puede modular en absoluto.

La oficina donde trabajo como especialista de IT ya no es el “open-space” ensordecedor donde la privacidad es violada deliberadamente, sino que se parece a una colmena habitada por zánganos que representan el papel de víctimas frente a reinas del negocio al borde de la histeria horaria.

Mi Elisa se transfigura en un pilar de ébano procaz, una columna de escenas pornográficas, tomadas y arrojadas sobre carne desde el receptáculo de mi kamasutra personal.

Quizá el sueño sea el comparativo más cercano a lo que estoy viviendo. Un filamento onírico, lúcido y borroso, un desvarío virulento durante el cual los conceptos con los que mido mi identidad se retraen, asustados por la presencia abrumadora de un evento tan único y raro.

Por anatomía, historia y cultura, y en tanto seres humanos, estamos todos ligados a la comunicación física, escrita y verbal. Sin embargo, cuando el pánico mudo toma el control y el silencio persiste dentro de nosotros durante un tiempo suficientemente largo, es la consciencia la que se enciende.

Ni siquiera el latido acelerado pero constante del corazón me consuela. Poseo una existencia más allá de la fluctuación mental, pero aun así estoy en caída libre.

Con un esfuerzo de voluntad abro los ojos y ¡sorpresa! Un mundo igualmente mudo me muestra su rostro enmudecido.

Las hojas susurran entre las ramas, los pájaros cruzan el cielo en bandadas ordenadas y los grillos saltan entre la hierba, empujados por el aliento del viento. Todo es quieto, silencioso, sin remedio.

Tendido un velo sobre el sonido de la realidad, un pliegue de verdad me golpea en la cara. ¿Cuánta parte del cerebro está sometida por los ruidos? ¿Cuánta parte de nosotros se pierde atendiendo a los sonidos?

No querría ser sordo, sobre todo porque una prótesis auditiva restituye plenamente el placer del oído, efectos especiales incluidos, pero entiendo por qué el Flush es ilegal.

La monotonía de la ausencia de sonido es un interruptor para colocarse y al mismo tiempo una prueba para demostrarse a uno mismo que se puede escuchar, además de sobrevivir. Dos hechos que, si se separan, pueden ser acusados de degradar el espíritu y propagar prácticas contrarias a la seguridad personal, pero que, si se unen en un solo y único evento, refuerzan la capacidad de enfocarse y liberan del yugo de la distracción.

Queda el riesgo de PVS (Estado Vegetativo Permanente) y de la incomunicabilidad del silencio, por la cual cada uno es una isla en un océano de emociones fluidas, quebradizas y tan maleables como para rechazar la palabra. Y aun así, incluso estos impedimentos pueden superarse ante la difusión del ritual compartido del Flush: ya se ven por ahí las primeras bandas de silenciados avanzando absortos en la contemplación de una existencia más elevada, inmunes a la captura de vitrinas brillantes, himnos al consumo y el diluvio de señales subliminalmente sublimes.

Veo a algunos que gesticulan, moviendo las manos en complejas maniobras gramaticales de LSD, el Lenguaje de los Signos Desonorizado, y se agitan en una mímica propia, inaccesible para los demás.

Despojado de todo revestimiento sonoro, me levanto y vago por senderos enmudecidos y locuaces en un otroverso. En un lenguaje carente de toda cacofonía, comunican formas más intensas de sentido, un sentido renovado en el germen. Es una premonición.

Es el enfoque por debajo del umbral de audibilidad.

Lo que sorprende es sentirse desintonizado.

Francesco Verso es un escritor italiano de ciencia ficción y traductor de ciencia ficción del inglés al italiano. Nacido en Bolonia, Italia, vive y trabaja en Roma. Comenzó a escribir en 1996, primero poemas y luego la novela Antidoti umani , que fue nominada al Premio Urania 2004. En 2009 ganó el Premio Urania con la novela Il fabbricante di sorrisi. En 2010, terminó su tercera novela, Lívido, que en 2012 ganó el Premio Odissea y también el Premio Cassiopea en 2014, tras lo cual recibió el Premio Italia a la mejor novela italiana de ciencia ficción. Ese mismo año, la editorial australiana Xoum adquirió los derechos australianos de la novela y se publicó en inglés con el título Livid. En 2015 ganó su segundo Premio Urania con su novela Bloodbusters exequo Sandro Battisti por la novela L'impero restaurato. En 2018 ganó un Premio Italia como mejor editor por la serie de libros publicados en Future Fiction y en 2019 recibió en la Convención Refesticon en Montenegro el Premio Dragón de Oro (Zlatni Zmaj) por logros en el desarrollo de la literatura de ciencia ficción.

GUERREROS DE SOMBRA

Mile Kostov



 

La luna llena reptaba sobre las colinas dentadas como un pálido dron de vigilancia, su luz fría siguiendo cada movimiento allí abajo.

Marko se sintió expuesto bajo ella.

Un blanco.

Sus pasos vacilaron y luego aceleraron en un ritmo nervioso mientras se apretaba contra las paredes mojadas, intentando fundirse con las sombras.

La noche estaba mal, demasiado quieta, demasiado observadora.

Las farolas parpadeantes proyectaban círculos estrechos de luz moribunda sobre el asfalto húmedo por la lluvia, cada reflejo temblando como si le advirtiera que diera media vuelta.

Luego las luces empezaron a apagarse. Una. Un latido. Otra. Y otra.

Un apagón progresivo devoró la calle, bombilla por bombilla, avanzando con la certeza depredadora de algo que se acercaba.

La respiración de Marko se tensó. El frío en su piel se profundizó hasta convertirse en algo vivo.

Se metió en un pequeño hueco. Pegó la espalda a la piedra. Intentó no respirar.

Un roce. Suave. Cerca. El susurro de una tela. Una presencia.

Tres siluetas se desprendieron de la oscuridad: una delante, una a la izquierda, una a la derecha. Humanas en contorno. Inhumanas en quietud.

Sin rostro, solo vacíos con forma de hombres.

Marko se congeló.

El aire se espesó, comprimiéndose a su alrededor. Las figuras se deslizaron hacia él. La última farola murió.

Un auto rojo irrumpió en la calle, neumáticos chillando. Derrapó de costado, bloqueando el paso. La puerta del acompañante se abrió de golpe.

—¡Muévete! —ordenó una voz de mujer. Firme, cortante.

Marko siguió pegado a la pared, los músculos paralizados.

Las sombras se abalanzaron sobre él.

Se lanzó hacia adelante. Cayó sobre el asiento. El auto arrancó de inmediato. La puerta se cerró, golpeándole la pierna.

 

Detrás de ellos, las siluetas se detuvieron… luego se disolvieron mientras las farolas volvían a encenderse.

Marko se desplomó, con los pulmones ardiendo.

Cuando volvió la cabeza, la vio. El reconocimiento lo atravesó como un chispazo. Una chica que había visto correr junto al Vardar. Sudadera con capucha. Sonrisa rápida. Un instante que se había quedado con él sin permiso.

Ahora se veía distinta, más afilada, enfocada, eléctrica.

—Teuta —dijo ella.

—Eres… la chica del parque.

Ella no contestó.

El auto redujo la velocidad. Se detuvo frente a su edificio.

—Descansa —dijo—. Mañana cambia todo.

Él bajó, vacilante.

—¿Te gustaría…?

—No.

La puerta se cerró con una firmeza definitiva. Las luces traseras del auto se perdieron entre las sombras de la noche.

Marko abrió la puerta de su departamento y se quedó helado.

Caos. Cajones arrancados. Papeles desparramados. Ropa destripada del armario. Los cables del escritorio colgando como venas seccionadas. Su computadora… desaparecida.

El pulso se le disparó. Bajó corriendo las escaleras, cerrando con llave detrás de sí.

Cuando llegó al escondite del profesor Mihailov, apenas podía sostenerse en pie. Se tambaleó hacia adentro.

El santuario estaba destrozado.

Estantes volcados. Manuscritos dispersos. Toda una vida de investigación hecha trizas.

Abrió el cajón del escritorio. Vacío. Se dejó caer en un sillón rojo y marcó.

PROFESOR.

Sin señal. Otra vez. Lo mismo.

Tragó saliva y llamó a emergencias.

—Ha habido un allanamiento… y robo…

Su visión se nubló. Blanco. Negro. Rojo…

 

El crepúsculo sangraba sobre el horizonte, extendiendo un púrpura manchado sobre las colinas lejanas.

Marko se agazapó detrás de una roca, respiración tenue, mirando un claro iluminado por un fuego antinatural.

Dos hechiceros se enfrentaban. Uno con túnicas rojas como metal fundido. Otro de negro, aferrando un bastón de pastor con nudillos blancos como hueso. Antiguos. Míticos. Vivos por error.

El hechicero rojo atacó primero; un pilar de fuego estalló hacia arriba, desgarrando el cielo. El mago negro alzó un escudo brillante y luego lanzó un enjambre de chispas como estrellas. Se arremolinaron hacia afuera en una constelación letal. La capa roja se retorció, absorbiéndolas, devorando la luz.

Marko se estremeció. Y un dolor brutal explotó en su pierna.

Perros –enormes, salvajes– saltaron desde los arbustos. Uno le mordió el muslo; lo desgarró. Marko lanzó un grito.

Un fogonazo cegador estalló desde el bastón del mago negro. Los perros salieron despedidos, arrastrados por la tierra.

—¡Corre! —gritó.

Marko giró sobre sí mismo.

La hoja de un cuchillo se hundió en la espalda del mago.

El hechicero rojo sonrió mientras el negro caía. La capucha se deslizó: era el profesor Mihailov.

—¡Profesor! —gritó Marko.

—No confíes… en nadie… —jadeó Mihailov. Empujó su bastón hacia Marko. La madera cayó a medio camino.

Ambos extendieron la mano. La de Marko lo alcanzó primero.

Una explosión de fuego le golpeó la espalda. El dolor detonó en su columna. Se arrastró por la tierra, alejándose del infierno. Un perro le mordió la pantorrilla. Tiró de él hacia atrás. Se cubrió la cara.

El mundo se apagó.

Justo antes de que la oscuridad lo engullera, la voz del profesor –desencarnada, helada– cortó el vacío.

—Marko… te encontraron.

Un golpe violento lo despertó.

Marko se incorporó bruscamente en su sillón. El sudor se le aferraba a la piel como escarcha. Otro golpe… más fuerte todavía.

Abrió un poco la puerta. Teuta lo empujó hacia adentro, casi derribándolo.

 

—Fuera. Ahora. ¿Otra salida?

—¿Qué?

Unos pasos retumbaron por la escalera. Teuta no esperó. Abrió el armario y lo empujó dentro, metiéndose después. Sus cuerpos quedaron apretados. La respiración cálida de la mujer contra la mejilla de él. Su perfume cortando el pánico.

La puerta de su departamento estalló al abrirse.

Por la rendija, Marko vio a dos policías. Botas triturando vidrio roto. Cajones tirados. Almohadones volcados. Uno salió al pasillo. El otro se acercó al armario.

Teuta se tensó. Rígida. Silenciosa. Armada.

La mano del oficial tocó el picaporte. La pistolera en su cinturón hizo clic. El picaporte empezó a girar.

—Déjalo —anunció el otro oficial—. No está aquí.

Un silencio tenso. La mano se retiró. Las botas se alejaron.

Los pulmones de Marko por fin se expandieron.

—¿Por qué esconderse? —susurró—. Yo los llamé. Era la policía.

—La policía no puede protegerte.

—¿De quién?

—Silencio.

Cuando la calle estuvo suficientemente concurrida, salieron y se mezclaron con la gente.

Entraron en un café elegante, casi vacío. Teuta eligió el rincón más apartado. En una pantalla gigante pasaban un desfile de modas. Marko apartó la vista.

—¿No te gusta? —preguntó Teuta.

—Contigo me alcanza.

Una pequeña sonrisa. Desvanecida al instante.

—Así que escribes ciencia ficción —dijo ella—. ¿Por qué?

—Para investigar la verdad… la verdad antigua. Oculta —respondió Marko—. ¿Cómo sabes tanto sobre mí? —preguntó—. No solo me buscaste en internet.

—Te observo.

—¿Por qué?

—Para mantenerte vivo.

—¿Quién me persigue?

—Responde primero. —Sus ojos se clavaron en los de él. Sin parpadear—. ¿En qué trabajaban tú y el profesor?

Marko exhaló.

—Religiones ocultas.

—¿Cuáles?

—Los antiguos ilirios.

—¿Porque son locales?

—Porque eran poderosos.

Ella se recostó.

—Quizá demasiado poderosos.

El camarero se acercó a Teuta. Ella hizo el pedido.

Entonces se abrió la puerta. Entraron tres hombres, anchos, silenciosos, sincronizados. Una mujer se levantó y tomó distancia de la pareja. Los hombres formaron una jaula alrededor de la salida.

Teuta se levantó.

—Ahora vuelvo. —Fue al baño.

Marko observó a los recién llegados. Sus posturas. Depredadores.

Se movió hacia la puerta. La chaqueta de uno se movió; seguramente iba a sacar algo.

Marko empujó al camarero. Una cerveza explotó sobre la mesa. Los hombres retrocedieron por instinto. Marko salió corriendo a la calle.

Arriba, Teuta tecleaba rápido.

Peligro. Necesito refuerzos.

Refuerzos ocupados. Estás sola.

Un fuerte golpe en la puerta del baño que se abrió de par en par.

Teuta no alcanzó a gritar.

 

Marko corría por la calle mojada. Los pasos de sus perseguidores tronaban detrás.

Un auto dobló la esquina derrapando, luces altas cegándolo. Resbaló, chocó contra una baranda.

Dos gigantes lo arrastraron al asiento trasero. Vendas en los ojos. Oscuridad.

—Causaste problemas —gruñó una voz.

 

Le arrancaron la venda.

Una sala de cemento. Una mesa metálica. Luz dura. Los manuscritos del profesor desplegados como evidencia.

—Habla —ordenó alguien.

—¿Sobre qué?

Un puñetazo le aplastó la espalda.

—¿Qué dice el mensaje?

—¿Dónde está el profesor? —disparó Marko.

Otro golpe.

Entró un nuevo hombre, alto, elegante, una fría autoridad irradiaba de él.

—¡Habla! Di lo que sabes.

Antes de que Marko pudiera responder resonó un grito ahogado.

Arrastraron a Teuta. Muñecas atadas. Cabello enmarañado. Ojos ardiendo.

Algo en Marko hizo clic.

—Egipto no fue la primera civilización —dijo—. Antes que ellos hubo colonizadores. Alienígenas. —Un estremecimiento recorrió la sala—. Los ilirios defendieron este mundo —continuó—. Su guerra no fue terrenal. —El individuo elegante se inclinó hacia él—. Fue cósmica.

—Y su dios? —siseó el hombre.

—La Serpiente. —Marko señaló algo detrás de él—. Serpiente.

Las luces parpadearon. Luego temblaron violentamente. Una silueta masiva se deslizó por el piso. Estalló el caos. Hubo disparos. Humo. Gritos. Explotaron granadas de humo. Unas sombras silenciosas irrumpieron en la sala, ejecutando a los secuestradores con precisión quirúrgica. Unas aAlarmas rojas pulsaron en lo alto. Una sombra atrapó a Teuta.

Marko se zambulló…

Lo agarraron manos invisibles, arrastrándolo hacia la oscuridad. El grito ahogado de ella lo siguió mientras todo colapsaba.

 

Se despertó con el golpeteo de las palas del rotor sobre él. Agua azul abajo. Una montaña se alzaba al frente.

—Biokovo —dijo una voz.

El profesor Mihailov.

Marko exhaló con alivio crudo. Teuta yacía a su lado, apenas consciente.

—Leíste el mensaje —dijo Mihailov.

 

El helicóptero descendió sobre un llano de piedra rodeado de monolitos imponentes.

—El Observatorio Ilirio —dijo el profesor—. Un santuario construido por una orden antigua.

Marko observó la precisión de la alineación cósmica esculpida en piedra.

—¿Qué pasó?

—La verdad —dijo Mihailov—. Egipto e Iliria lucharon a través de sistemas estelares. Los guerreros ilirios sobrevivieron. Ocultos. Protegiendo a la humanidad.

Marko frunció el ceño.

—El rescate… demasiado fácil. Como si alguien quisiera que nos capturaran.

La expresión de Teuta se endureció. Fría. Triunfante.

—Correcto —dijo—. Era una trampa. Ahora conocen tu ubicación. Sus fuerzas vienen en camino. Ríndete y vive.

Los ojos de Mihailov se volvieron puro acero.

—Te lo advertí. No confíes en nadie.

—¿En mi sueño? —susurró Marko.

—Sueño. Visión. Memoria —dijo Mihailov—. La verdad permanece. Especialmente cuando posee un rostro hermoso… y toma prestado el nombre de una reina iliria.

Teuta se tensó.

Dos aeronaves rugieron sobre ellos. Varios soldados descendieron en rápel, la capturaron. Su confianza se hizo pedazos.

—Táctica egipcia —dijo Mihailov—. Un señuelo. Pero el verdadero localizador no era ella.

Se volvió hacia los soldados.

—Bórrenles la memoria. Envíenlos a casa. Que recuerden que se aman.

Marko sintió la mano de Teuta deslizarse lejos de la suya.

—Algunos secretos deben permanecer enterrados —dijo Mihailov, desapareciendo entre las piedras, cargando con la última verdad de la orden guerrera iliria.

Mile Kostov nació en Veles y vive en Skopie, ambas ciudades de Macedonia del Norte. Se dice de él que escribe desde lo desconocido; se rumorea que sus historias no son imaginadas, sino descubiertas: extraídas de mitos olvidados, historias codificadas y secretos enterrados bajo las ruinas de los castillos de los Balcanes. Sus novelas vibran con civilizaciones antiguas, tecnologías perdidas y fuerzas que se niegan a permanecer ocultas. Los lectores insisten en que hay un patrón que conecta sus obras. Kostov no lo confirma. Solo dice: «Algunas sombras son más antiguas que la memoria». Y sigue escribiendo.

UN LOCO PLAN

Marcela Iglesias

 

—Centenares, tal vez millares de vidas, se podrían encauzar por el buen camino; multitud de familias se podrían salvar de la miseria, del vicio, de la corrupción, de la muerte, de los hospitales para enfermedades venéreas... todo con el dinero de esa mujer. Si uno la matase y se apoderara de su dinero para destinarlo al bien de la humanidad, ¿no crees que el crimen, el pequeño crimen, quedaría ampliamente compensado por los millares de buenas acciones del criminal? A cambio de una sola vida, miles de seres salvados de la corrupción. Por una sola muerte, cien vidas. Es una cuestión puramente aritmética.

—Pues, puramente aritmética no es. ¿Has pensado que con toda la tecnología actual te pueden capturar icso fapto?

—Hable bien, por favor. Hable bien. ¿Cuántas veces le he dicho?

—Ay, no te distraigas. Y no me hables de usted, me pones nervioso. Entendiste perfectamente lo que quise decir, ¿no es cierto?

—Sí, está claro. No es cuestión de matar por matar. Pero es que me…

—Sí, yo sé, te enoja que esa mujer disponga de tanto dinero y no lo use de forma inconsciente.

—Otra vez, una parte de ese dinero podría servir para culturizarte. ¡Qué manera de hablar, por Dios!

—Mírenlo, prospecto de asesino hablando de Dios.

—Y ¿de qué otra forma se te ocurre qué podríamos llegar a todo ese dinero sin matarla?

—Mal no te ves, yo creo que podrías enamorarla y…

—¡Estás loco!

—¡Piénsalo! De lo que he sabido, la vieja ha estado muy sola desde que se le murió el marido. Y en realidad no es tan vieja. Debe tener unos cuarenta y cinco años. En su casa tiene picsina, la otra vez la sacaron en un programa de esos de chismosas que ve mi mamá.

—Picsina, picsina. ¡Piscina! Además, ¿esa información de qué me serviría a mí?

—Tú eres el inteligente, dizqué. Piensa para qué te puede servir esa información. Ya me cansas con tus filosofadas que solo se quedan en planes. Por eso eres tan amargado. Ahí te dejo el reto.  Y me voy, mi mamá me mandó por empanadas calientes y estas ya se enfriaron. Ahora me tuestan.

Luciano se despidió, dejando a Simón pensativo, en la puerta de su pieza. Vivían en una de esas casas viejas construidas alrededor de un patio. Los dueños la habían remodelado para convertir cada pieza en un pequeño departamento independiente, que alquilaban por un módico precio.

Simón había crecido en una barriada industrial. De niño había sido un estudiante muy prometedor, curioso e incisivo. Por sus cualidades había conseguido ganarse el cariño y el respeto de sus maestros. Al graduarse de bachillerato, con los más altos honores, le habían conseguido una beca en la universidad más prestigiosa de la ciudad. Dio la mala suerte que su madre falleciera en esa misma época, teniendo Simón que quedarse al cargo de sus hermanos menores. Simón declinó la beca pero obtuvo trabajo de conserje en la biblioteca de la universidad. Todo el conocimiento que ahora tenía Simón lo había obtenido de esos libros. Cada minuto que sus labores le dejaban libre, los había dedicado a leer. Así habían pasado ya diez años. Simón estaba cerca de cumplir los treinta. Sus hermanos habían crecido y como ya no lo necesitaban, se habían alejado de él. Debido a que había tenido que recurrir muchas veces a la caridad pública para atender las insuficiencias familiares, se había convertido en un resentido social. Su situación precaria y múltiples ocupaciones como jefe de familia no le habían permitido hacer muchas amistades y solo conversaba con Luciano, su joven vecino que lo desquiciaba con su manera de hablar pero a quién apreciaba porque lo había visto crecer y quería ofrecerle la oportunidad de aprender que sus hermanos habían despreciado.

Desde el día de la última charla con Luciano, no habían vuelto a detenerse a conversar. El muchacho siempre pasaba apurado o corriendo pero no perdía la ocasión de hacerle acuerdo del reto que le había puesto. Desde lejos le gritaba “galán” o “amargado” y Simón le contestaba con el puño alzado.

Mientras trabajaba, trataba de no recordar la conversación acerca de la mujer adinerada, pero cualquier cosa lo llevaba a ese pensamiento. Como el día aquel que ordenando los periódicos, había visto en la portada de la sección social una foto de la susodicha señora, en la inauguración de un SPA. O cuando al salir a botar la basura en el depósito universitario, aquel camión de mantenimiento de piscinas había pasado y el conductor se había dirigido a él para pedirle indicaciones del campus.  O cuando llegó a visitarlos la antigua directora de la biblioteca y le había dicho que se veía muy bien ahora de adulto.

Y esta última observación lo estaba obsesionando. ¿De verdad era un hombre atractivo? ¿Su aspecto físico le podría ayudar a conquistar a la mentada señora? Él no tenía nada de experiencia. Se había dedicado a sus hermanos en cuerpo y alma. Algo tenía que cambiar si quería aceptar el reto que le habían puesto. Decidió hacer los cambios, tomara el tiempo que tomase.

Aprovechando su trabajo, comenzó a frecuentar la sección de cuidado personal. Aprendió a cortarse el cabello, se hizo tratamientos faciales, trabajó en su musculatura y mejoró su aspecto en general. La transformación externa, fue llevando lentamente a una transformación interna. Llegó a los libros de superación personal. Cayó en la cuenta de que el dinero que destinaba a sus hermanos, ahora lo podía destinar a sí mismo y empezó a comer mejor. Aprovechando los servicios dentales para el personal universitario, que no había utilizado nunca porque se sentía injusto utilizando algo para él que no le podía dar a sus hermanos, se hizo componer la dentadura que tenía muy maltratada por los años de penurias. Ya no le daba vergüenza sonreír.

El cambio no pasó desapercibido por las personas que rodeaban a Simón. Las bibliotecarias jóvenes, que antes lo rehuían, conversaban con él. Los profesores lo saludaban con respeto. Los estudiantes le sonreían.

Esa transformación no fue tan evidente para sus vecinos, pues en la casa seguía siendo taciturno y malhumorado. Hasta ese día que Luciano pasó con su hermana mayor, mientras el limpiaba la entrada de su pieza.

Hey! Simón, ¡‘tas fachito! —comentó un emocionado Luciano.

—No cambias, no cambias, ¿qué es eso de ‘tas fachito?

—Tú tampoco, ¡amargado!

—¿Qué es esa forma de dirigirte al vecino, Luciano —lo reprendió la hermana—. Disculpe vecino, a veces el muchacho es muy impertinente.

—No se preocupe vecina, ya estoy acostumbrado a sus bromas.

Y luego de decir eso, sonrió. A la hermana de Luciano le pareció que toda la casa se había iluminado.

Para Luciano no pasó desapercibido el rubor en la cara de su hermana y al entrar a su pieza le dijo que no se fijara en él porque era buena gente pero tenía ideas locas.

Cada tarde, la hermana de Luciano, salía recoger la ropa tendida esperando volver a encontrarse con Simón. Cada tarde, Simón barría el patio comunal esperando encontrarse con la hermana de Luciano. Solo se sonreían, pero para Simón era más que suficiente.

Una tarde, pasados un par de meses, Simón regresaba en el transporte público hacia su vivienda luego de una jornada corta en la biblioteca. Los habían dejado salir antes porque al día siguiente era festivo. Al llegar a la estación, reparó que por la otra puerta se había bajado la hermana de Luciano cargando un gran bulto de compras. Apurado se acercó a socorrerla, evitando un desparramado accidente.

—Vecina, permítame, le ayudo.

—Ay, muchas gracias, esto está pesado. ¡Qué gusto verlo! ¿Siempre regresa a esta hora? Porque no lo había visto antes por aquí.

—No, suelo llegar más tarde. Hoy nos dieron la tarde libre porque mañana es asueto.

—Ay, vecino, usted es tan culto. Me llama la atención la forma en que habla. ¿Usted cree que yo podría llegar a ser así de culta?

—Es muy fácil, vecina. Solo tiene que leer. Si quiere yo le puedo conseguir libros de la biblioteca. Los empleados tenemos código y nos permiten sacar los libros como si fuéramos estudiantes universitarios.

—¿Usted haría eso por mí?  Yo no soy muy buena estudiando, pero seguro que si me ayuda, puedo aprender bastante.

Simón sintió que se le derretía el corazón. Había encontrado lo que esperó toda su vida: encontrar con quien compartir su pasión por el conocimiento.

—Claro que sí, vecina. Usted dígame con qué empezamos y yo con gusto se lo traigo.

—Ya no me diga vecina, me llamo Beatriz.

—Mucho gusto, Beatriz. Yo me llamo Simón.

—Mucho gusto, Simón.

Cerraron la conversación con un apretón de manos, Simón dejó las compras en la puerta de la pieza de Beatriz y Luciano y se retiró esperanzado a su propia habitación.

Ilusionado, Simón buscaba en la biblioteca los mejores libros para estudiar los temas que Beatriz le solicitaba y luego, en la tarde, se reunían en el patio de la vecindad a estudiar. A la vista de todos, porque Simón, habiendo leído el Manual de Carreño para aprender modales, no quería que su vecina fuera juzgada por la comunidad.

Luciano estaba molesto y ya no se acercaba a Simón. Se sentía preocupado porque todavía tenía miedo de sus ideas locas y creía que su hermana corría cierto peligro. Sin embargo, viendo el cambio en Beatriz y su ilusión por aprender y progresar, se armó de valor para hablar con Simón.

—¿Qué intenciones tienes con mi hermana? ¿Todo tu cambio no fue debido a que querías conquistar a la ricachona para hacerte dueño de su pasta y luego eliminarla?

—No niego que esa idea loca me tentó por un rato, pero luego de haber trabajado en mí pude darme cuenta de que estaba equivocado. Sigo pensando que es una injusticia que solo ciertas personas tengan acceso a la riqueza monetaria, pero conocí una riqueza mayor: poder compartir el conocimiento. Y eso, gracias a tu hermana. En realidad, gracias a ti. Si no me hubieras puesto ese reto hace un año, todo esto que estoy viviendo ahora sería imposible. Ahora me doy cuenta de que con mi amargura y resentimiento alejé a mis hermanos, incluso a ti.

—No te creo. ¿Y lo que hablabas del crimen y matarla y no sé qué? Eres un piscópata.

Psicópata, Luciano, psicópata.

—Ya te vas a distraer otra vez. ¡Las intenciones con mi hermana te estoy diciendo!

—¡Las mejores! He averiguado y en la universidad me permiten acceder a un descuento por ser empleado, para mí y para mi esposa.

—¿Quién es tu esposa? ¿Mi hermana es tu moza?

—Luciano, te estoy diciendo que me quiero casar con tu hermana.

—Ah, explícate pues. Luego dices que el que habla mal soy yo.

Luego de soltar una sonora carcajada, Simón pasó un brazo atrás de la espalda de Luciano y lentamente le fue contando los planes que tenía para pedir la mano de su hermana.

Simón habló con tanta convicción que Luciano, por primera vez desde que lo conocía, se quedó callado. Caminaban por el patio, y aunque la tarde caía, una luz suave parecía acompañarlos. Al llegar a la puerta de la pieza de Luciano, este se detuvo.

—Entonces… ¿ya no quieres hacerte rico de golpe? —preguntó en voz baja, como si temiera despertar al Simón de antes.

Simón sonrió, pero esta vez sin burla ni amargura.

—Luciano… al principio pensé que necesitaba dinero para corregir las injusticias del mundo, o para corregirme a mí mismo. Pero ahora me doy cuenta de que lo que necesitaba era una oportunidad. No para robar, ni para enamorar a nadie por interés. Una oportunidad de ser visto… de ser alguien distinto a lo que la vida me hizo creer que era.

Luciano lo miró con desconfianza, aunque ya no tan firme como antes.

—¿Y entonces para qué necesitabas toda esa plata?

—Para nada —respondió Simón, encogiéndose de hombros—. El loco plan solo sirvió para darme el empujón que necesitaba. Querías que conquistara a la ricachona y terminaste haciéndome conquistarme a mí mismo. Y gracias a eso, encontré algo que ni sabía que buscaba.

En ese momento, la puerta se abrió. Beatriz, con un cuaderno en la mano y un lápiz detrás de la oreja, se quedó sorprendida al verlos.

—Ay, Simón, justo iba a buscarlo —dijo—. ¿Le parece si hoy seguimos con lo de los adjetivos calificativos? Tengo unas dudas que no pude resolver…

—Claro, Beatriz —respondió Simón, y la mirada que intercambiaron no dejó espacio para dudas.

Luciano observó la escena con el ceño fruncido. Luego chasqueó la lengua, derrotado.

—Bueno… —dijo—. Si al final la única vieja rica que terminaste enamorando… es la riqueza de la lectura.

Simón soltó una carcajada sincera, y hasta Beatriz rio sin entender del todo el chiste.

Luciano los señaló con el dedo, amenazante, aunque solo en apariencia:

—Pero eso sí: si lastimas a mi hermana, ahí sí que vas a ver lo que es un crimen aritmético.

Simón, todavía riendo, levantó las manos.

—Ni en mil vidas cometería ese error.

Y mientras los tres entraban al pequeño cuarto para continuar la lección, Simón sintió que por fin, después de años de oscuridad, su vida comenzaba a encauzarse.
No por un asesinato que nunca ocurriría, sino gracias a un plan que, aunque había empezado loco, lo había llevado –inesperadamente– al único destino que siempre había deseado: un futuro posible.

Marcela Iglesias nació en San Salvador el 12 de marzo de 1972. Por causa de la guerra civil desatada en su país emigró a Ecuador, donde reside desde 1988. Profesora de matemáticas desde los 13 años, siempre tuvo el deseo de escribir. Ahora se considera una escritora en construcción.

 

martes, 9 de diciembre de 2025

MARTINGALA

Sergio Gaut vel Hartman

Estaba cansado de ser zurdo y aunque sabía que aún logrando escribir con la mano derecha no probaría nada —tal vez que era un viejo obstinado—, lo entusiasmó el desafío.

Encontró un talonario en desuso y un bolígrafo en el cajón del escritorio. Mientras pensaba qué escribir empuñó el bolígrafo con la mano izquierda; un gesto automático. Lo cambió a la otra mano y se sintió raro: llevaba más de medio siglo escribiendo con la izquierda; probablemente era el zurdo más viejo del mundo, ya que en su época de escolar los maestros eran muy rígidos en lo referente a ese asunto y solían castigar a los que no se corregían. Pero ese no era el punto. ¿Qué escribir?

"Prueba número uno". Subrayó. Hasta subrayar le costaba un gran esfuerzo. "Dextrógiro, por oposición a levógiro, indica una particularidad de la luz polarizada". Observó el resultado: no estaba mal. Lo más difícil había sido inducir a los músculos no entrenados para que efectuaran los giros y espirales que exige la escritura. Habitualmente usaba la derecha para cortar, aferrarse, sostener, rascarse; todos movimientos simples y toscos.

Dominar la técnica de la escritura con la mano inhábil, escribió, involucra a la voluntad del individuo considerada como un conjunto, como una masa homogénea, la misma que se requiere para modificar cualquier otro rasgo de la personalidad, eliminar un vicio, superar una frustración. También subrayó las tres últimas palabras.

En realidad el contenido era lo de menos; escribía para ejercitarse. Sin embargo la intención escondida había salido a la luz: superar una frustración. Ser zurdo lo hacía infeliz; en el pasado había sentido envidia de los otros chicos, aunque se empecinara en ocultarlo. La escritura automática con la mano derecha había desnudado la verdad en el segundo párrafo. También reparó en otras tres palabras, modestas, casi invisibles, forzadas no por uno, sino por muchos deseos insatisfechos: "modificar cualquier rasgo". ¿Se podía modificar tan básico algo con sólo desearlo? Eso era pura fantasía. Había comprobado que podía transformar la torpeza de la mano derecha en una cierta destreza, pero no había más que eso. La paradoja lo hizo sonreír: su mano izquierda era diestra, ¿se volvería siniestra la derecha porque la obligaba a un esfuerzo inusual?

Observó las palabras, satisfecho. Había ganado en soltura y, aunque la caligrafía era claramente diferente, pronto no podría distinguirse al zurdo del diestro. Era tentador explorar otras áreas, especialmente las negativas. Haría una lista de las cosas que merecían ser cambiadas.

Escribió "cambiar" en la parte superior de una hoja en blanco, y al hacerlo notó que acertaba el punto de la i como un experto. Subrayó. Puso "personalidad" debajo de la palabra  subrayada. Escribió "trabajo". Eso caía de maduro, como consecuencia natural de lo anterior. Si cambia mi personalidad no resistiré tres horas en esa cueva de ratas. "Sexualidad". Para un hombre de edad, solitario y tímido, que jamás ha vivido en pareja, ese asunto merecía un cambio radical. "Hijos". Se detuvo. Era una exageración. El mecanismo puede ser el mismo para cambiar la mano, el carácter, el trabajo, soledad por compañía. Pero algunas cosas, la Luna, el premio Nobel, quedan fuera del alcance del aficionado. Descartado. ¿Descartado? No se animó a tachar lo escrito; escribió abajo. Televisor. Heladera. ¿No se estaría equivocando?

Sacudió la mano; la estaba sometiendo a un esfuerzo despiadado. Leyó lo que había escrito. Por primera vez le pareció una rotunda estupidez, aunque el objetivo primario se estuviera cumpliendo satisfactoriamente. Las últimas palabras mostraban una caligrafía sutil, elegante; nadie que conocía era capaz de producir una letra tan bella con la mano inhábil.

—¿Un mate, querido? —La voz, que venía de la cocina, lo arrancó violentamente de sus cavilaciones. ¿Un mate? ¡Quién! ¿Quién era? ¿Quién había hablado? Vivía solo, desde siempre. Un solterón en una gran casa vacía.

—No —contestó con voz trémula, inseguro. Nunca había tomado mate. ¿Quién era esa mujer?

—¿Café, entonces? —La voz sonó más cerca. —¿Té?

—Café, bueno —dijo tragando con dificultad.

La mujer quedó en silencio, aunque era evidente que manejaba los enseres de cocina con la familiaridad de quien lo ha hecho durante años. ¿Años? ¿De dónde había salido? ¿Era posible que los rasgos de la escritura, al nadar contra la corriente, fueran capaces de invocar fuerzas desconocidas, produciendo cambios verdaderos? Debía haber una buena explicación alternativa, algo relacionado con bloqueos o amnesia.

—Está servido, ¿te lo llevo yo?

Tenía que ver a esa criatura fabricada con palabras. ¿Cómo sería? ¿Joven? Un premio excesivo. No lograría llevársela a la cama. O sí, y haría un papelón.

—Voy —dijo sin convicción. La ansiedad lo mataba, y la mano volvía a dolerle.

—¿Dos de azúcar, como siempre? —dijo la mujer cuando él entró a la cocina, sin mirarlo. Debía tener poco más de treinta años; era morena y limpia, tal vez una sirvienta con la que se había terminado juntando por falta de agallas para conseguir algo mejor. Era linda; y cuando lo miró por primera vez a los ojos notó que los de ella eran verdes y grandes, hermosos ojos.

Se despertó a las cinco y media. La mujer, contra todos los pronósticos, no se había desvanecido durante la noche. ¿Quién lo hubiera imaginado? Le dolía cada hueso, cada músculo del cuerpo, y la mano, como si cambiar la realidad demandara un esfuerzo físico análogo al que requiere el acto sexual.

En silencio, para no despertarla, se sentó ante el escritorio y sacó el talonario del cajón. Ahí estaba, intacto, lo que había escrito la noche anterior. ¿Y si lo borraba? ¿Desaparecería la mujer sin dejar más huellas que un hormigueo en los testículos? No se atrevía a correr el riesgo.

La persistencia de la alucinación, escribió, se apoya en las perturbaciones que padece el sujeto y no en cualidades intrínsecas de lo alucinado. Cuanto más creíble sea la alucinación, más profundo será el trauma que la provoca.

¡Santo Dios, estoy loco! ¿Cómo puedo tomarme esto en serio? No obstante, era lo mejor que le podía haber pasado, ya que actuaba como si no lo estuviera.

El fenómeno se oficializaba al fijarlo en el papel, al ser sustentado mediante una teoría. Releyó lo escrito y advirtió que, por primera vez, el contenido se imponía a las palabras. Quizás estaba sumido en una anomalía temporal. En ese caso los cambios durarían lo que tarda en volver una pelota de goma que rebota contra el frontón. ¡Ahí estaba la clave! La entropía se disponía a rebobinarse; durante un período indeterminado la lucha entre el orden y el caos dejaba una cantidad de fenómenos atípicos a la deriva, y en ese lapso todo era posible.

—¿Por qué te levantaste? —dijo la mujer, soñolienta—. Es muy temprano.

Escribió apresuradamente. Cambiar esta sexualidad de viejo...

—¿Te pasa algo? —insistió la mujer.

—Nada, un momento, ya voy. —Lo asustó la posibilidad de perder el control de los cambios, ya que ignoraba cuánto duraría la anomalía, pero la urgencia del deseo lo dominaba. Desde cierto punto de vista estaba conforme con lo obtenido aunque no lograra un sólo cambio más. El ímpetu con que abrazó a la mujer despejó sus últimas dudas.

—No te reconozco —observó la mujer. Él rió en silencio. Soy otro, sí. Le acarició el cuello y olió su perfume natural. Trató de no pensar en la pelota de goma, a punto de abandonar el frontón para iniciar el camino del rebote. Aunque bien mirado: si la entropía había gastado millones de años para llegar hasta ese punto, no veía razones opuestas a su deseo de adherirse a la pared como una lapa.

—Me pasaría el día metido en la cama, con vos —dijo finalmente.

—Pero estás pensando en otra cosa; ¿en qué?

—Es un secreto.

—No deberíamos tener secretos.

—Esto sí. No te metas. –Una pizca de su ordinaria aspereza asomó en las palabras. No estaba dispuesto a dejarse manejar por la mujer, o por los cambios mismos, aunque lo hubiera logrado él, con su propio esfuerzo.

Aceptó quedarse unos minutos más, pero se escapó en cuanto pudo. Se le habían ocurrido nuevos cambios; tenía que modificar la realidad mientras fuera posible. Lo acosaban fantasías de poder; una nueva sensualidad lo tomaba por asalto.

Cambiar, escribió, la inclemencia de los poderosos, la enfermedad por salud; eliminar la hipocresía, incrementar el amor. Lamentablemente no podía verificar el resultado de esos cambios, pero no tenía derecho a detenerse.

Cambiar sueños desmoronados por sueños realizados...

—¿Qué te pasa? —dijo la mujer, sobresaltándolo.

—Estoy mal, y seguiré mal hasta que me digas cómo apareciste. Ayer no existías.

—¿De qué estás hablando? Hace más de veinte años que estamos casados.

—¡Imposible! —Las líneas que por un momento permanecieron cruzadas habían empezado a separarse. No coincidían las edades, la casa se modificaba ante sus ojos, como en los sueños. Pero mientras se sueña es real, sólo deja de serlo al despertar. Encontró algo interesante, al vuelo. —¿Tenemos hijos? —preguntó.

—Claro que tenemos, pero no viven con nosotros. ¿A qué viene esa pregunta? No es posible que los hayas olvidado. —Estaba asustada.

—¿Dónde trabajo? ¿Soy un empleado de mala muerte o un genio? —La mujer no contestó. —¿Te das cuenta que nada encaja? ¿Con qué mano escribo?

—Con la derecha —dijo la mujer.

—¿Siempre escribí con la derecha? ¿No soy zurdo?

—Que yo sepa, no. –Ahora estaba muy asustada.

—Tal vez fui zurdo hasta hace unas horas. Soñé una vida en la que era un viejo solterón, amargado y gris; escribía con la mano izquierda.

—Con intentar escribir con la izquierda... no vas a poder.

—¡No! Podrían ocurrir cosas que no deseo. Quiero quedarme solo por un rato; necesito pensar.

La mujer se fue. No tardó en escuchar los sonidos indicadores de que había empezado a preparar la comida.

Cambiar el humor, escribió. ¿No logré cambiar la personalidad? Era peligroso. A un cambio como ese seguirían otros, menos deseados. Tachó cambiar el humor; seguiría siendo agrio. La mujer, desde la cocina, protestó.

—¿Qué dijiste?

—Que termines con esas listas idiotas y vengas a estar conmigo.

—¡Estuviste revisando los cajones!

—¿Por qué no? ¿Soy la sirvienta acaso?

Cambiar a esta bruja insufrible, escribió, por una dulce soledad. Se detuvo; olió, escuchó, observó. El bolígrafo, suspendido entre el índice y el mayor bailaba una danza tribal. Se levantó bruscamente.

Recorrió la casa de punta a punta. Ni rastros de la mujer. Le estaba tomando la mano. ¡La mano! Sin embargo, volvió a sentir el temor de que los cambios se anularan al restablecerse el equilibrio termodinámico. ¿Y si la pelota quedaba pegada a la pared? Eso podía perjudicarlo a él.

Busquemos, escribió, una manera de estabilizar los cambios, solidificarlos. La realidad se comporta negociando acuerdos, contrayendo compromisos con los hechos. Lo real es si existe un documento que lo pruebe. Son los papeles, y no el aliento, la saliva, las heces, los que demuestran que existieron Newton y Torquemada, Goethe y Parménides, Cleopatra y mi abuelo. Hoy por hoy, ¿es más real Swift que Gulliver, Shakespeare que Hamlet?

Pasó revista a la realidad que había creado con la mano derecha y la encontró satisfactoria. Tal vez fuera posible crear otra con la mano izquierda, pero no arriesgaría el pozo jugando a ciegas. Le restaba coronar la secuencia con un lance tan perfecto como invisible al ojo del profano.

Inspiró y exhaló. Podía ser la última vez que lo hacía, conjeturó. No le preocupaba.

Cambiar, escribió, mi discutible condición de ser humano vivo, consciente de sí mismo, por la más firme y definitiva, de personaje de ficción en un relato que tal vez alguien, algún día, llegue a leer.

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia y dirigió la revista Parsec. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novelas cortas Otro caminoCarne verdadera y Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. En las últimas semanas ha sido finalista en varios concursos literarios, aunque no ganó ninguno de ellos. 


EL DESEO DEL PASADO