miércoles, 10 de diciembre de 2025

UN LOCO PLAN

Marcela Iglesias

 

—Centenares, tal vez millares de vidas, se podrían encauzar por el buen camino; multitud de familias se podrían salvar de la miseria, del vicio, de la corrupción, de la muerte, de los hospitales para enfermedades venéreas... todo con el dinero de esa mujer. Si uno la matase y se apoderara de su dinero para destinarlo al bien de la humanidad, ¿no crees que el crimen, el pequeño crimen, quedaría ampliamente compensado por los millares de buenas acciones del criminal? A cambio de una sola vida, miles de seres salvados de la corrupción. Por una sola muerte, cien vidas. Es una cuestión puramente aritmética.

—Pues, puramente aritmética no es. ¿Has pensado que con toda la tecnología actual te pueden capturar icso fapto?

—Hable bien, por favor. Hable bien. ¿Cuántas veces le he dicho?

—Ay, no te distraigas. Y no me hables de usted, me pones nervioso. Entendiste perfectamente lo que quise decir, ¿no es cierto?

—Sí, está claro. No es cuestión de matar por matar. Pero es que me…

—Sí, yo sé, te enoja que esa mujer disponga de tanto dinero y no lo use de forma inconsciente.

—Otra vez, una parte de ese dinero podría servir para culturizarte. ¡Qué manera de hablar, por Dios!

—Mírenlo, prospecto de asesino hablando de Dios.

—Y ¿de qué otra forma se te ocurre qué podríamos llegar a todo ese dinero sin matarla?

—Mal no te ves, yo creo que podrías enamorarla y…

—¡Estás loco!

—¡Piénsalo! De lo que he sabido, la vieja ha estado muy sola desde que se le murió el marido. Y en realidad no es tan vieja. Debe tener unos cuarenta y cinco años. En su casa tiene picsina, la otra vez la sacaron en un programa de esos de chismosas que ve mi mamá.

—Picsina, picsina. ¡Piscina! Además, ¿esa información de qué me serviría a mí?

—Tú eres el inteligente, dizqué. Piensa para qué te puede servir esa información. Ya me cansas con tus filosofadas que solo se quedan en planes. Por eso eres tan amargado. Ahí te dejo el reto.  Y me voy, mi mamá me mandó por empanadas calientes y estas ya se enfriaron. Ahora me tuestan.

Luciano se despidió, dejando a Simón pensativo, en la puerta de su pieza. Vivían en una de esas casas viejas construidas alrededor de un patio. Los dueños la habían remodelado para convertir cada pieza en un pequeño departamento independiente, que alquilaban por un módico precio.

Simón había crecido en una barriada industrial. De niño había sido un estudiante muy prometedor, curioso e incisivo. Por sus cualidades había conseguido ganarse el cariño y el respeto de sus maestros. Al graduarse de bachillerato, con los más altos honores, le habían conseguido una beca en la universidad más prestigiosa de la ciudad. Dio la mala suerte que su madre falleciera en esa misma época, teniendo Simón que quedarse al cargo de sus hermanos menores. Simón declinó la beca pero obtuvo trabajo de conserje en la biblioteca de la universidad. Todo el conocimiento que ahora tenía Simón lo había obtenido de esos libros. Cada minuto que sus labores le dejaban libre, los había dedicado a leer. Así habían pasado ya diez años. Simón estaba cerca de cumplir los treinta. Sus hermanos habían crecido y como ya no lo necesitaban, se habían alejado de él. Debido a que había tenido que recurrir muchas veces a la caridad pública para atender las insuficiencias familiares, se había convertido en un resentido social. Su situación precaria y múltiples ocupaciones como jefe de familia no le habían permitido hacer muchas amistades y solo conversaba con Luciano, su joven vecino que lo desquiciaba con su manera de hablar pero a quién apreciaba porque lo había visto crecer y quería ofrecerle la oportunidad de aprender que sus hermanos habían despreciado.

Desde el día de la última charla con Luciano, no habían vuelto a detenerse a conversar. El muchacho siempre pasaba apurado o corriendo pero no perdía la ocasión de hacerle acuerdo del reto que le había puesto. Desde lejos le gritaba “galán” o “amargado” y Simón le contestaba con el puño alzado.

Mientras trabajaba, trataba de no recordar la conversación acerca de la mujer adinerada, pero cualquier cosa lo llevaba a ese pensamiento. Como el día aquel que ordenando los periódicos, había visto en la portada de la sección social una foto de la susodicha señora, en la inauguración de un SPA. O cuando al salir a botar la basura en el depósito universitario, aquel camión de mantenimiento de piscinas había pasado y el conductor se había dirigido a él para pedirle indicaciones del campus.  O cuando llegó a visitarlos la antigua directora de la biblioteca y le había dicho que se veía muy bien ahora de adulto.

Y esta última observación lo estaba obsesionando. ¿De verdad era un hombre atractivo? ¿Su aspecto físico le podría ayudar a conquistar a la mentada señora? Él no tenía nada de experiencia. Se había dedicado a sus hermanos en cuerpo y alma. Algo tenía que cambiar si quería aceptar el reto que le habían puesto. Decidió hacer los cambios, tomara el tiempo que tomase.

Aprovechando su trabajo, comenzó a frecuentar la sección de cuidado personal. Aprendió a cortarse el cabello, se hizo tratamientos faciales, trabajó en su musculatura y mejoró su aspecto en general. La transformación externa, fue llevando lentamente a una transformación interna. Llegó a los libros de superación personal. Cayó en la cuenta de que el dinero que destinaba a sus hermanos, ahora lo podía destinar a sí mismo y empezó a comer mejor. Aprovechando los servicios dentales para el personal universitario, que no había utilizado nunca porque se sentía injusto utilizando algo para él que no le podía dar a sus hermanos, se hizo componer la dentadura que tenía muy maltratada por los años de penurias. Ya no le daba vergüenza sonreír.

El cambio no pasó desapercibido por las personas que rodeaban a Simón. Las bibliotecarias jóvenes, que antes lo rehuían, conversaban con él. Los profesores lo saludaban con respeto. Los estudiantes le sonreían.

Esa transformación no fue tan evidente para sus vecinos, pues en la casa seguía siendo taciturno y malhumorado. Hasta ese día que Luciano pasó con su hermana mayor, mientras el limpiaba la entrada de su pieza.

Hey! Simón, ¡‘tas fachito! —comentó un emocionado Luciano.

—No cambias, no cambias, ¿qué es eso de ‘tas fachito?

—Tú tampoco, ¡amargado!

—¿Qué es esa forma de dirigirte al vecino, Luciano —lo reprendió la hermana—. Disculpe vecino, a veces el muchacho es muy impertinente.

—No se preocupe vecina, ya estoy acostumbrado a sus bromas.

Y luego de decir eso, sonrió. A la hermana de Luciano le pareció que toda la casa se había iluminado.

Para Luciano no pasó desapercibido el rubor en la cara de su hermana y al entrar a su pieza le dijo que no se fijara en él porque era buena gente pero tenía ideas locas.

Cada tarde, la hermana de Luciano, salía recoger la ropa tendida esperando volver a encontrarse con Simón. Cada tarde, Simón barría el patio comunal esperando encontrarse con la hermana de Luciano. Solo se sonreían, pero para Simón era más que suficiente.

Una tarde, pasados un par de meses, Simón regresaba en el transporte público hacia su vivienda luego de una jornada corta en la biblioteca. Los habían dejado salir antes porque al día siguiente era festivo. Al llegar a la estación, reparó que por la otra puerta se había bajado la hermana de Luciano cargando un gran bulto de compras. Apurado se acercó a socorrerla, evitando un desparramado accidente.

—Vecina, permítame, le ayudo.

—Ay, muchas gracias, esto está pesado. ¡Qué gusto verlo! ¿Siempre regresa a esta hora? Porque no lo había visto antes por aquí.

—No, suelo llegar más tarde. Hoy nos dieron la tarde libre porque mañana es asueto.

—Ay, vecino, usted es tan culto. Me llama la atención la forma en que habla. ¿Usted cree que yo podría llegar a ser así de culta?

—Es muy fácil, vecina. Solo tiene que leer. Si quiere yo le puedo conseguir libros de la biblioteca. Los empleados tenemos código y nos permiten sacar los libros como si fuéramos estudiantes universitarios.

—¿Usted haría eso por mí?  Yo no soy muy buena estudiando, pero seguro que si me ayuda, puedo aprender bastante.

Simón sintió que se le derretía el corazón. Había encontrado lo que esperó toda su vida: encontrar con quien compartir su pasión por el conocimiento.

—Claro que sí, vecina. Usted dígame con qué empezamos y yo con gusto se lo traigo.

—Ya no me diga vecina, me llamo Beatriz.

—Mucho gusto, Beatriz. Yo me llamo Simón.

—Mucho gusto, Simón.

Cerraron la conversación con un apretón de manos, Simón dejó las compras en la puerta de la pieza de Beatriz y Luciano y se retiró esperanzado a su propia habitación.

Ilusionado, Simón buscaba en la biblioteca los mejores libros para estudiar los temas que Beatriz le solicitaba y luego, en la tarde, se reunían en el patio de la vecindad a estudiar. A la vista de todos, porque Simón, habiendo leído el Manual de Carreño para aprender modales, no quería que su vecina fuera juzgada por la comunidad.

Luciano estaba molesto y ya no se acercaba a Simón. Se sentía preocupado porque todavía tenía miedo de sus ideas locas y creía que su hermana corría cierto peligro. Sin embargo, viendo el cambio en Beatriz y su ilusión por aprender y progresar, se armó de valor para hablar con Simón.

—¿Qué intenciones tienes con mi hermana? ¿Todo tu cambio no fue debido a que querías conquistar a la ricachona para hacerte dueño de su pasta y luego eliminarla?

—No niego que esa idea loca me tentó por un rato, pero luego de haber trabajado en mí pude darme cuenta de que estaba equivocado. Sigo pensando que es una injusticia que solo ciertas personas tengan acceso a la riqueza monetaria, pero conocí una riqueza mayor: poder compartir el conocimiento. Y eso, gracias a tu hermana. En realidad, gracias a ti. Si no me hubieras puesto ese reto hace un año, todo esto que estoy viviendo ahora sería imposible. Ahora me doy cuenta de que con mi amargura y resentimiento alejé a mis hermanos, incluso a ti.

—No te creo. ¿Y lo que hablabas del crimen y matarla y no sé qué? Eres un piscópata.

Psicópata, Luciano, psicópata.

—Ya te vas a distraer otra vez. ¡Las intenciones con mi hermana te estoy diciendo!

—¡Las mejores! He averiguado y en la universidad me permiten acceder a un descuento por ser empleado, para mí y para mi esposa.

—¿Quién es tu esposa? ¿Mi hermana es tu moza?

—Luciano, te estoy diciendo que me quiero casar con tu hermana.

—Ah, explícate pues. Luego dices que el que habla mal soy yo.

Luego de soltar una sonora carcajada, Simón pasó un brazo atrás de la espalda de Luciano y lentamente le fue contando los planes que tenía para pedir la mano de su hermana.

Simón habló con tanta convicción que Luciano, por primera vez desde que lo conocía, se quedó callado. Caminaban por el patio, y aunque la tarde caía, una luz suave parecía acompañarlos. Al llegar a la puerta de la pieza de Luciano, este se detuvo.

—Entonces… ¿ya no quieres hacerte rico de golpe? —preguntó en voz baja, como si temiera despertar al Simón de antes.

Simón sonrió, pero esta vez sin burla ni amargura.

—Luciano… al principio pensé que necesitaba dinero para corregir las injusticias del mundo, o para corregirme a mí mismo. Pero ahora me doy cuenta de que lo que necesitaba era una oportunidad. No para robar, ni para enamorar a nadie por interés. Una oportunidad de ser visto… de ser alguien distinto a lo que la vida me hizo creer que era.

Luciano lo miró con desconfianza, aunque ya no tan firme como antes.

—¿Y entonces para qué necesitabas toda esa plata?

—Para nada —respondió Simón, encogiéndose de hombros—. El loco plan solo sirvió para darme el empujón que necesitaba. Querías que conquistara a la ricachona y terminaste haciéndome conquistarme a mí mismo. Y gracias a eso, encontré algo que ni sabía que buscaba.

En ese momento, la puerta se abrió. Beatriz, con un cuaderno en la mano y un lápiz detrás de la oreja, se quedó sorprendida al verlos.

—Ay, Simón, justo iba a buscarlo —dijo—. ¿Le parece si hoy seguimos con lo de los adjetivos calificativos? Tengo unas dudas que no pude resolver…

—Claro, Beatriz —respondió Simón, y la mirada que intercambiaron no dejó espacio para dudas.

Luciano observó la escena con el ceño fruncido. Luego chasqueó la lengua, derrotado.

—Bueno… —dijo—. Si al final la única vieja rica que terminaste enamorando… es la riqueza de la lectura.

Simón soltó una carcajada sincera, y hasta Beatriz rio sin entender del todo el chiste.

Luciano los señaló con el dedo, amenazante, aunque solo en apariencia:

—Pero eso sí: si lastimas a mi hermana, ahí sí que vas a ver lo que es un crimen aritmético.

Simón, todavía riendo, levantó las manos.

—Ni en mil vidas cometería ese error.

Y mientras los tres entraban al pequeño cuarto para continuar la lección, Simón sintió que por fin, después de años de oscuridad, su vida comenzaba a encauzarse.
No por un asesinato que nunca ocurriría, sino gracias a un plan que, aunque había empezado loco, lo había llevado –inesperadamente– al único destino que siempre había deseado: un futuro posible.

Marcela Iglesias nació en San Salvador el 12 de marzo de 1972. Por causa de la guerra civil desatada en su país emigró a Ecuador, donde reside desde 1988. Profesora de matemáticas desde los 13 años, siempre tuvo el deseo de escribir. Ahora se considera una escritora en construcción.

 

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