Rhys Hughes
—Desde que me volví un anciano no
he podido tensar la cuerda de mi arco estando de pie. Es demasiado esfuerzo.
Tengo que sentarme y forzar el brazo hasta que siento que va a romperse.
Afrodita asintió a sus palabras.
Tuvo que inclinarse hacia adelante para poder oírlo con claridad, porque
mascullaba y murmuraba. Su voz era débil, un resuello o un croar. El sol
poniente tocaba el océano en el horizonte y una escalera de luz rojiza y dorada
ondulaba sobre pequeñas olas.
—¿Hasta que la cuerda vaya a
romperse, quieres decir?
—No, mi brazo enclenque.
Ambos habían envejecido, pero el
tiempo había corrido más lentamente para ella que para él. Él era ahora
realmente un viejo encorvado.
—Deberías tomártelo con más calma
—dijo ella.
—Pero eso es lo que hago.
—Entonces no tengo nada que
agregar.
—Cuando era un bebé alado, podía
zumbar por ahí, rodar y hacer tirabuzones, acercarme a mis objetivos desde
cualquier dirección, aunque desde arriba era lo mejor. Yo era como un mosquito
y mi flecha era mi probóscide.
—Esa comparación es poco ortodoxa
—dijo ella.
—Justo del tipo que prefiero.
Cupido se encogió de hombros y
luego gimió cuando sus hombros le dolieron por el esfuerzo. El sol se deslizó
por la curvatura del mundo y él suspiró. No se habían visto en muchos siglos,
se habían perdido. Era bueno estar otra vez en presencia del otro. Su alegría
superaba su vergüenza por sus alas encogidas, sus extremidades delgadas, sus
mejillas hundidas. Seguía siendo Cupido.
Afrodita intentó tranquilizarlo con
los ojos, olvidando que él siempre se negaría a mirarla directamente. Sus ojos
eran tan hermosos como siempre, solo las arrugas alrededor de esas joyas
brillantes daban alguna pista en su rostro de cuánto tiempo había pasado,
cuánta influencia habían perdido entre los seres humanos. Los cambios en la fe,
las dudas.
—Disparaba flechas desde mi punto
de vista elevado en un ángulo oblicuo —dijo Cupido—. Perforaban los corazones
de hombres y mujeres con gran fuerza, ayudadas por la gravedad, y el resultado
era amor máximo, el tipo de amor que ya no se ve hoy en día, realmente
apasionado y salvaje, tórrido y soñador. Esas flechas nunca podían extraerse y
permanecían en su lugar durante toda una vida.
Sin querer alentar su melancolía
pero intensamente curiosa, ella preguntó con las cejas arqueadas:
—¿Y ahora?
—Me siento en una silla, a veces
una con ruedas que puedo empujar, y mis flechas penetran los corazones desde
abajo, en un ángulo ascendente. Hay algo que no está bien en eso. Se pierde
potencia, se atenúa el deseo. Los amantes ya no se aplastan los labios como
antes.
—¿No arrojan la cautela al viento?
—No la arrojan a ningún lado, que
yo vea. Pero seguramente ya sabés todo esto por tus propias operaciones…
—Yo no tengo que dispararle flechas
a nadie.
Cupido cambió su escaso peso sobre
la losa de mármol que le servía de asiento y dijo:
—He hablado de mí durante más de
una hora. Me ves tal como soy. Pero me pregunto por ti. ¿Cómo te ha ido en los
últimos milenios? ¿Cómo enfrentaste los desafíos del tiempo? —Giró la cabeza
para examinar las columnas caídas y las losas rotas—. Recuerdo este templo
cuando estaba entero. Me paré aquí y tensé mi arco, puse una flecha y la
disparé en un arco altísimo hacia el mar, y cayó y golpeó al capitán de una
trirreme. Se enamoró del delfín que escoltaba su nave. Uno de mis mejores
tiros, creo. ¿Pero qué hay de ti? Cuéntame.
—Me ocurrió algo extraño una vez —dijo
Afrodita—. No estoy segura de que las consecuencias vayan a terminar alguna
vez.
—Eso suena intrigante. Por favor, dime
más.
Ella ajustó su collar.
—Tengo la capacidad de hacer que
las personas se enamoren de mí al instante. Basta una mirada. Por eso rara vez
aparezco en forma opaca en la superficie del mundo. Causa muchos problemas.
—Sí, los problemas te siguen como
un cachorrito.
—La elección no fue mía.
—Lo sé. Los mitos son crueles pero
para nosotros son reales. A veces dicen que tengo los ojos vendados cuando
disparo mis flechas, pero rara vez es así. Afirman que tengo dos tipos de
flechas, unas con punta de oro y otras con punta de plomo blando: las primeras
despiertan deseo en el objetivo, las segundas generan aversión. Pero solo usé
flechas de plomo una o dos veces, como experimento.
—Me diste una de tus puntas de
flecha doradas. ¿Recuerdas? La hice convertir en un collar. ¿Te gusta?
Ella abrió un poco su túnica para
revelar el destello.
—No lo recuerdo. Solo recuerdo las
cosas malas, las calumnias y mentiras. Me dieron alas patéticamente pequeñas en
pinturas y esculturas. Es cierto que ahora mis alas son diminutas, pero es
porque se han marchitado. Cuando era un bebé eran fuertes y vigorosas.
—La gente no sabe cómo es la
existencia para nosotros. Ni les importa. Pero déjame contarte el incidente
extraño.
—Te escucho. Mis oídos todavía
funcionan. Antes eran orejas muy lindas, ahora son grandes y monstruosas. Eso
no me importa. Me permiten escuchar. Creo que eso basta para un dios. —Afrodita
sonrió, tolerante ante su ingenio desvanecido—. Sigue —la apremió él.
Ella inclinó un poco la cabeza y
observó las estrellas que surgían mientras la oscuridad envolvía lentamente el
templo en ruinas.
—Aunque era plenamente consciente
de mi poder —dijo—, nunca supe cómo era en realidad. Nunca había visto mi
propio reflejo. Es cierto que nací en el mar y el mar refleja el cielo. ¿Acaso
no debería haberme ofrecido una imagen de mí misma? Pero siempre estaba agitado
cuando yo estaba en él. Todo lo que miraba se enamoraba de mí, y el océano está
lleno de criaturas. En un acceso repentino de amor, esos seres perturbaban el
agua. Peces, langostas, ballenas y sirenas azotaban el mar, demasiado excitados
para quedarse quietos. Nunca vi mi reflejo. Y tampoco me pareció importante no
haberlo visto.
—¿Pero entonces un día…?
—Sí, siempre es así, ¿no? Una
mañana desperté con un sueño fresco en mi mente. En el sueño yo estaba fuera de
mi propio cuerpo y lo miraba desde arriba. Ya despierta, me pregunté si me veía
en realidad como en mi sueño. Solo había una manera de averiguarlo.
—Con un espejo.
—Correcto. Pero no había espejos en
el lugar donde vivía. Tuve que emprender un largo viaje. Finalmente llegué al
palacio de una reina isleña y entré en su habitación mientras dormía. Había
lámparas de aceite ardiendo con llamas pálidas en la mesa junto a su cama, y un
espejo sobre esa mesa. El vidrio había sido inventado hacía poco. Aquel espejo
daba una imagen mucho más nítida que, supongo, los viejos espejos de bronce. Me
asomé a mí misma en la profundidad. Cuando mis ojos se encontraron con los ojos
de mi reflejo…
—Te enamoraste de ti misma. ¿Como
Narciso?
—De un modo total y desbordante.
—Tenía que ocurrir tarde o
temprano. Las ironías agudas siempre lo hacen —dijo Cupido, y pulsó la cuerda
tensa de su arco, produciendo una nota musical dulce solo porque había empezado
a decaer, a fermentar, aislada de una melodía joven y saludable. Un twang
como vino viejo. Afrodita dejó que la nota se extinguiera. Las estrellas
brillaban sin parpadear. Era una noche apacible—. Me enamoré de mí misma porque
los ojos de mi reflejo me obligaron a ello —continuó—. Y mi reflejo se enamoró
de mí cuando vio mis ojos. Ahora déjame aclarar un punto importante. He pensado
mucho en esto a lo largo de los años. Nuestras imágenes en el espejo son un
poco más jóvenes que nosotras. A la luz le lleva cierto tiempo viajar desde mi
cuerpo hasta la superficie del espejo y de vuelta a mis ojos.
—Eso es lo que dice la ciencia
moderna, sí.
—Lo creo. ¿Tú no?
Cupido se encogió de hombros.
—Solo creo lo que me resulta útil.
No tengo opinión sobre los rayos de luz. Por favor, continúa.
—Mi reflejo era pues más joven que
yo, así que su amor era más inocente, quizá más puro, pero ella era más
vulnerable. Esto es física y lógica, además de mis propios sentimientos.
—¿Materia? Ya hablás de materia y
pronto hablarás de energía. Eso muestra lo profundamente sumergida en la
ciencia que estás. Bueno, me alegra que hayas conseguido mantenerte al día.
—A veces pienso que disfrutas tu
senilidad.
—Es mi prerrogativa.
Ella sonrió otra vez, asintió y
dijo:
—Volviendo a mi relato. Tenía miedo
de herir a mi reflejo. Emocionalmente ella era más débil que yo. Aunque la
amaba, no quería una relación. Mencionaste a Narciso. Su ejemplo era uno que
quería evitar. Temía el solipsismo que resultaría de tener mi propio reflejo
como amante. Pero ella no tenía esos reparos. Era joven y etérea e intentaba
seguirme a todas partes, apareciendo en cada superficie brillante, con
expresión suplicante, los brazos extendidos, tratando de estrecharme contra su
ansioso pecho, los labios fruncidos para un beso.
—¿La alentaste? Eso habría sido
cruel.
Afrodita hizo una mueca.
—No, tu acusación es injusta. Yo
quería estabilidad en mi vida, me asustaban las posibles consecuencias de la
perturbación, el caos potencial, la amenaza a mis valores. Quería hacer lo
correcto, mi deber. Pero seguía pensando en ella. Era imposible no hacerlo.
Estaba enamorada y lo que temía pronto ocurrió. Dominó cada momento de mi
existencia. Ya no quería evitarla y buscaba deliberadamente superficies
brillantes para verla. Ella siempre estaba allí, siempre lista para mí, nunca
infiel.
—¿Un reflejo fiel incluso en
superficies deformadas?
—¿Qué importa? Nuestro amor era
fotónico, no platónico, y aunque hubiera distorsiones, por ejemplo en la
superficie convexa de una cuchara, ella era tan preciosa para mí como una
imagen perfecta. Ella me amaba y yo la amaba, y olvidábamos que éramos réplicas
una de la otra, casi idénticas en todo pero no del todo, pues nuestros rostros
estaban invertidos horizontalmente, su ojo izquierdo era mi ojo derecho, y ella
era una fracción ínfima de segundo más joven que yo. Despierta pensaba en ella
sin cesar y…
—¿Cuando dormías soñabas con ella?
—Por supuesto. Querido Cupido, tus
sabés lo que significa el amor, puedes imaginar lo que me pasó. Empecé a
descuidar todas mis obligaciones. Dejé de mirar a los mortales, dejé de hacer
que se enamoraran. Tenía la mente llena de mis propios asuntos, mis propios
sentimientos amorosos. El mundo sufrió. Había menos amor en él. Sabía que tu
todavía estabas ahí afuera, haciendo lo mejor posible.
—Pero no era suficiente. Se
requiere que ambos trabajemos, querida.
Afrodita asintió lentamente.
—Te dejé todo el trabajo. Estuvo
mal de mi parte. Pero aún tenía un sentido de responsabilidad bajo mi obsesión.
—¿Qué ocurrió después?
—No podía abandonar a mi reflejo.
Estaba profundamente enamorada de ella, pero tenía que liberar a Afrodita,
permitir que la diosa del amor siguiera prosperando en el cosmos y haciendo lo
que debía hacer. Tenía que idear un plan. Cavilé sobre este problema durante
mucho tiempo, ejercité mi mente durante semanas. Por fin la solución me llegó.
Consideré que nuestra imagen en un espejo es ligeramente más joven que nosotras
y comprendí que podía usar ese desfase temporal a mi favor. Creo que mi
solución fue ingeniosa. Déjame explicarla.
Cupido esperó, golpeando con los
dedos sus rodillas. Afrodita habló suavemente. La razón por la cual bajó la voz
en esta parte de la historia era un misterio incluso para ella. Quizá tenía
demasiado respeto por los sentimientos de su reflejo y no quería que la pequeña
doble imagen que aparecía en los ojos de Cupido cuando él la miraba se sintiera
utilizada, como nos pasa cuando hablan de nosotros en privado y luego nos
enteramos. Él la miraba pero nunca a los ojos; ella seguía siendo peligrosa en
ese aspecto.
—Organicé dos espejos grandes
enfrentados —dijo ella—, dejando entre ellos un hueco lo bastante amplio para
que yo pudiera pasar. Cuando me puse entre ellos y levanté una lámpara con una
llama brillante, vi no solo un reflejo sino muchos, de hecho un número
incontable. Había creado un túnel hacia el infinito. Cuando movía mi brazo con
la lámpara, los brazos reflejados también se movían. Cada reflejo era casi
idéntico, pero no del todo, y hablaré de esto en un momento. Primero quiero
decir que cada uno de esos reflejos encontró mis ojos y se enamoró de mí, y yo
me enamoré de todos ellos. Así que ahora tenía un harén de amantes, multitudes.
—Me parece que amplificaste el
problema en lugar de resolverlo —comentó Cupido con suavidad, y el chapoteo de
la marea sobre los guijarros allá abajo sonó como los suspiros que él planeaba
soltar pronto, vapor tibio desde la caverna de su boca floja. Ajustó otra vez
su posición.
—Pero hay un retraso temporal entre
la creación de todos esos reflejos —continuó Afrodita—. Ya lo mencionamos.
Cuanto más profundo el reflejo, más joven es. Yo me observaba a mí misma,
alejándome tanto en distancia como hacia atrás en el tiempo, y debido a que los
rayos de luz de mis ojos tenían que recorrer la distancia hasta los ojos de mi reflejo
para hacerla enamorarse de mí, y viceversa, sucedía que los reflejos más
lejanos aún no habían tenido la oportunidad de enamorarse. ¿Entiendes? Todavía
eran puros, libres de infatuación, igual que yo antes de entregar mi corazón. Y
entonces…
—Esperá. Déjame ver si entiendo.
Los rayos de luz salían de ti y golpeaban el espejo, creando tu reflejo. Luego
rebotaban desde los ojos de tu reflejo de vuelta a tus propios ojos y así te
enamorabas de la imagen en el espejo. ¿Correcto? —Afrodita asintió, y Cupido
siguió con su interpretación de los hechos—. Pero para que la imagen del espejo
se enamorara de ti, ahora los rayos debían rebotar desde tus ojos de vuelta a
los ojos de tu reflejo. ¿Esto significa que te enamoraste de ella dos veces más
rápido de lo que ella se enamoraba de ti? ¿Que cuanto más profundo el reflejo,
mayor el retraso entre tu enamorarte del reflejo y el reflejo enamorarse de ti?
—Perfectamente expresado. Por eso
los reflejos más profundos estaban prístinos, libres de las ataduras del amor
disruptivo.
—¿Y la imagen al final del pasillo
nunca miraría tus ojos porque estaba protegida en el infinito?
—Bueno, no es exactamente así.
Verás, el túnel no se extendía realmente hasta el infinito. Piénsalo. Cada vez
que los rayos de luz tocaban un espejo, algunos fotones eran absorbidos por el
vidrio. Al final no quedaban fotones y el túnel terminaba.
—¿Pero debía haber una Afrodita más
lejana?
—Sí. Así era.
—¿Y depositaste todas tus
esperanzas en ella?
—Correcto. Ella era la más pura, la
más verdadera de mis variantes, la menos contaminada por la dolencia agridulce
del amor. Era la que mejor podía reemplazarme, ahora que yo era relativamente
inútil. ¡Era mi sucesora! Una Afrodita más refinada de lo que yo jamás podría
ser.
—¿Tenías que liberarla de los
espejos?
—Ese era mi plan.
Cupido frunció el ceño.
—¿Rompiendo el vidrio?
—No, eso no habría funcionado. Creo
que no. Habría herido a los reflejos, pero seguirían atrapados en los
fragmentos, la mayoría aún enamorados, agonizando en cuerpo y aplastados en
espíritu. No podía ser tan cruel con ellos ni conmigo.
—Entonces no puedo imaginar qué
hiciste.
—Corrí hacia la parte trasera del
espejo que enfrentaba. Me quité el collar y usé la punta de flecha para cortar
una puerta en el marco. Vas a objetar que el oro es demasiado blando para
usarse como herramienta de corte. Pero la madera del marco era delgada y fácil
de trabajar. Había elegido los espejos con cuidado. Sabía lo que hacía. Hice la
puerta y la abrí.
—¿Y salió tu reflejo más lejano?
—Sí. Tuve cuidado de no mirarla a
los ojos. Mantuve la mirada baja. Le dije que se fuera, que saliera al mundo y
continuara la tarea de la diosa del amor. No necesitó más persuasión. Se fue, y
mi alivio fue inmenso. Afrodita regresaba al negocio: intacta, decidida y
competente. Me reemplazó.
Cupido quedó impresionado.
—Mencionaste que cada reflejo era
casi idéntico pero no del todo —dijo luego frotándose la frente—. ¿En qué
diferían? Prometiste explicarlo.
—Estaban borrosos hasta cierto
punto. Cuanto más profundo el reflejo, menos claro, porque los fotones eran
absorbidos en cada rebote. También eran más pequeños. Cuanto más lejos estaban,
más diminutos eran. Pude cortar tan rápido una puerta en la parte trasera del
espejo porque solo necesitaba una un poco más grande que una puertita para
gatos. Mi reflejo más remoto era extremadamente pequeño. De hecho, me llegaba a
la altura de la rodilla, no más.
—Un resultado notable de tu plan.
En algún lugar del mundo hay una Afrodita en miniatura corriendo por ahí y
haciendo que la gente se enamore. Una diosa diminuta y borrosa.
—Así es, más o menos.
—¿Sabés una cosa?
—Sé muchas cosas, mi ajado amigo.
—¿Pero sabes algo? Podrías haber
venido a mí con tu problema. Yo habría disparado una de mis flechas con punta
de plomo a tu corazón y habrías dejado de amar a tu reflejo. Originalmente usé
esas flechas como experimento, como dije antes, pero me quedan algunas. Te
habría cedido una. ¡Qué lástima!
—¿Dejar de amar a mi reflejo? Oh
no, no podría soportar ese pensamiento. Si eso sucediera, ella también dejaría
de amarme. Esa idea me resulta detestable. ¡Ser rechazada por el objeto de mi
deseo! Insoportable, amigo mío. Estoy atrapada en mi amor.
—Pero una vez que la flecha te
hiriera, ustedes dos dejarían de amarse, así que no sentirías rechazo.
—No entiendes. No puedo pensar de
ese modo estratégico ahora. Estoy enamorada de ella. Eso es todo lo que sé y
todo lo que quiero saber. No hay remedio. Solo sé feliz por nosotras. Bendícenos.
Cupido rio, pero su risa sonó más que
nada como un graznido.
—¿Un dios bendiciendo a una diosa?
—¿Por qué no? No puede hacer daño,
¿no?
—Si alguna vez te veo a lo lejos,
¿cómo sabré que eres tú y no tu variante en miniatura más cerca?
—Ah, el viejo problema de la
perspectiva y la paralaje.
Cupido carraspeó.
—Siempre me pregunté qué sucedería
si mirara a tus ojos, o si una de mis flechas, una de las doradas, golpeara tu
corazón. Deberíamos averiguarlo algún día, pero no ahora. Se está haciendo
tarde. Hora de encontrar el camino a casa y acurrucarme en mi cama.
—Un día, sí. Cuando las ruinas de
este templo estén arruinadas.
—¿Quién fue el que dijo que la
única manera de arruinar unas ruinas es usar las piedras rotas para construir
un edificio nuevo?
Afrodita no dijo nada. Miraba el
mar, aquel espejo de estrellas, y la línea del horizonte pareció vibrar para
ella como la cuerda pulsada de una lira. Produjo un zumbido emotivo que usó
como nota de referencia. Luego cantó en voz baja, la melodía era antiquísima,
mientras Cupido se ponía de pie con una mueca angustiada y avanzaba vacilante,
saliendo del círculo de columnas caídas hacia sombras más profundas.
Rhys Henry Hughes es un escritor de fantasía y ensayista galés nacido en 1966 en Cardiff. Ha cultivado diversas formas de ficción, desde relatos cortos hasta novelas. Entre muchas otras obras, ha publicado las siguientes novelas y colecciones de cuentos: Worming the Harpy and Other Bitter Pills (1995), The Smell of Telescopes (2000), Stories from a Lost Anthology (2002), A New Universal History of Infamy (2004) –Parodia y homenaje a Jorge Luis Borges–, Engelbrecht Again (2008), Twisthorn Bellow (2010), The Brothel Creeper (2011), The Abnormalities of Stringent Strange (2013), The Pilgrim's Regress (2014), Flash in the Pantheon (2014), Brutal Pantomimes (2016), Cloud Farming in Wales (2017), The Honeymoon Gorillas (2018), Crepuscularks and Phantomimes (2020), Weirdly Out West (2021), Utopia in Trouble (2021), Comfy Rascals (2022), The Senile Pagodas (2022), Adventures With Immortality (2023), The Wistful Wanderings of Perceval Pitthelm (2023).

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