SIMPLEMENTE ELLA
F. Scott Fitzgerald & Hernán Ernesto Bortondello
De pronto, fue plena y terriblemente consciente del público, como no lo era desde la primera vez que subió a un escenario. ¿La miraba maliciosamente aquella cara pálida de la primera fila? ¿Tenían un rictus de desagrado los labios de aquella chica? Y aquellos hombros, aquellos hombros que no paraban de moverse, ¿eran sus hombros? ¿Eran reales? ¡Pues no estaban hechos para aquello!
El contrabajo y dos chelos desembocaron en el acorde final. Se mantuvo un instante en equilibrio sobre las puntas de los pies, con todos los músculos en tensión, mirando con ojos jóvenes y apagados al público, una mirada, según diría después una chica, “curiosa, confundida”, y, luego, sin reverencias, salió corriendo del escenario. En el camerino, de prisa, se quitó un vestido y se puso otro, y en la calle tomó un taxi.
El departamento era acogedor, pequeño, con una fila de cuadros convencionales y estantes con libros de Kipling y O. Henry que un día le compró a un vendedor de ojos azules, y que leía de vez en cuando. Y había varias sillas que hacían juego, aunque ninguna era cómoda, y una lámpara con la pantalla rosa y pájaros negros estampados, y una atmósfera más bien sofocante, rosa por todas partes.
Había cosas bonitas: cosas bonitas que implacablemente se rechazaban entre sí, fruto de un gusto de segunda mano, impaciente, ejercido en los ratos perdidos. Lo peor de todo era un cuadro inmenso, con marco de roble de Passaic, un paisaje visto desde un tren. Se recordó colgándolo al poco tiempo de mudarse, pero poco después dejó de registrarlo como si se hubiese diluido en la pared. Sin embargo, esa noche se sintió extraña al redescubrirlo. Tanto como al haber bailado por primera vez desde la muerte de su madre: la mujer que a los seis años la llevó a una escuela de ballet decretando el fin de su infancia, la que por un cuarto de siglo nunca había dejado de acompañarla a sus presentaciones. Siempre en primera fila, como un espejo.
El primer traje de bailarina que lució de niña y el rosa que vistió a los dieciocho en su debut profesional, pertenecieron antes a su progenitora. ¿Piel compartida? ¡No! ¡Se la llevó toda con ella! ¿Y la suya? ¿Acaso tenía una? ¿Poseía una vida más allá del mandato materno? No, solo era una proyección, el avatar de una vieja artista. Aprender, danzar, practicar, practicar, practicar. No tienes tiempo, le decía, no puedes distraerte o no lo lograrás. Y Axel quedó atrás, y no hubo otro después, y ya no volvió a comprar un solo libro. Danza, danza, danza, le repetía su confidente, su mentora, la superiora del convento a la que había ofrecido sus votos. Danza…
Pero la carpa del circo había sido levantada y sólo quedaba un terreno baldío. Ya nada sentía como propio, ni siquiera le gustaba el rosado... El ring del teléfono la sobresaltó, más chirriante y antipático que nunca. ¿Qué te ha pasado, Daria? ¿Estás bien? El público te esperó de pie sin dejar de aplaudir por largos minutos... ¡Varsovia se enamoró de ti! ¿Daria Kaczmarek? ¿Me estás escuchando? ¡Daria!
La locomotora resopló por última vez y se detuvo. Finalmente había llegado a la estación de Cádiz, tras atravesar casi toda Europa. Por la ventanilla del camarote, la soleada campiña española logró entibiar su polaco corazón. Cerró los ojos sintiéndose en paz, y, al volver a abrirlos, el tren comenzaba a vaciarse. Es hora, se dijo inspirando profundamente. Tras descender, pisaría el andén extranjero como una recién nacida.
Lejos, muy lejos, volvía a sonar el teléfono, provocando ecos tétricos en la casita de muñecas.
FUGA HACIA ADELANTE
Stefan Zweig & Juan
Carlos Aguilar
Pero, afortunadamente, también quedaba lugar en su
minúsculo corazón, al lado del temor, para un ardiente orgullo del que podía
hacer alarde; pues al mismo tiempo el niño se sintió halagado porque los
ancianos, en cuya presencia ni la madre se atrevía a hablar, lo habían elegido
a él, precisamente al más pequeño de entre todos.
No sabía por qué ni para qué lo
llevaban los viejos, pero, a pesar de lo infantil que era su sentido, estaba
imbuido del pensamiento de que esta marcha a través de la noche debía
significar algo grandioso. Quería, por lo mismo, mostrarse digno, a todo trance,
de su elección, alargando una y otra vez sus pasos, venciendo valientemente al
corazón que golpeaba con excesiva fuerza contra su garganta.
Más el camino seguía demasiado largo.
El niño ya estaba cansado desde hacía mucho tiempo, y el terror volvió a
vencerlo cuando, a la lechosa luz de la luna, se alargaban de pronto sus
propias sombras en el camino, y después se derretían, y no se oían sino los
pasos, sus propios pasos, sobre las aplanadas y retumbantes piedras.
Y cuando, de pronto, ya entrada la
noche, algo voló con un breve silbido alrededor de la cabeza del niño, este
gritó al ver un murciélago negro y tomó temblando la mano del abuelo.
El alado nocturno se perdió en la
negrura, y el niño, aún aferrado al abuelo, sintió que algo cambiaba en el
aire.
—No temas a lo que no comprendes —le
dijo—. La noche esconde maravillas para quienes saben ver.
Ante ellos, una explanada donde se
alzaba un círculo de enormes piedras ancestrales, iluminadas por el pálido
nácar celeste que les confería un aura mística. Los ancianos se situaron
alrededor, formando un coro silencioso, mientras el viento susurraba entre las
rocas, como portador de secretos olvidados.
El niño miró hacia arriba y sintió
que su corazón latía al compás de un tambor invisible. Lejos de la aldea, las
estrellas parecían brillar con más intensidad, dibujando formas que jamás había
visto, pero que al mismo tiempo comenzaban a resultarle extrañamente
familiares.
—¿Ves las estrellas? —indicó el
abuelo—. Ellas cuentan historias que solo algunos pueden escuchar.
—¿Por qué yo?
—Porque tu espíritu es puro, y tu
corazón, valiente. Cierra los ojos y escucha —dijo el abuelo.
En la oscuridad tras sus párpados, el
niño percibió el susurro de palabras en algún lenguaje ya olvidado, historias
generacionales transportadas por una hermosa e irresistible melodía de notas
prolongadas y cadencia repetitiva.
Cuando por fin comprendió todo
aquello, una lágrima rodó por su mejilla, mezcla de emoción y responsabilidad.
Al abrir los ojos, vio que los ancianos lo observaban con reverencia.
—Eres nuestro futuro —dijeron al
unísono—. Conduce nuestra canción hacia adelante.
La noche había dejado de ser
intimidante; ahora era el lienzo sobre el cual pintaría su propio destino y el
de su tribu. Tomó aire, sintiendo que cada respiro lo conectaba con el latido
del mundo.
MARINOS
Anton Chejov & Laura Irene Ludueña
Un
rápido escalofrío recorrió mi cuerpo, de arriba abajo, como si desde un agujero
abierto en mi cabeza me cayese un chorro de agua helada hasta los pies. Me
hacían temblar el frío y otros motivos, que quiero relatar. A mi entender, el
ser humano es un espécimen repugnante; y, debo confesarlo, el marino suele ser
lo más repulsivo del mundo: mucho más que el peor de los animales, pues estos
tienen una justificación, ya que obran por instinto. Acaso yo esté equivocado,
pues no conozco la vida, pero creo que el marino tiene
muchos más motivos que nadie para odiarse a sí mismo. Un hombre que a cada
instante puede caerse del mástil y hundirse en las aguas para siempre, que solo
se acuerda de Dios cuando naufraga o cuando se precipita cabeza abajo, no
necesita nada ni se compadece de nada. Los marinos beben mucho y cometen mil
perversidades, porque no sabemos para qué hace falta la virtud en el mar. Pero
continuaré mi relato. Estábamos echando a suertes. Los libres de servicio
éramos veintidós, y únicamente a dos podía caberles la dicha de gozar de un
espectáculo extraordinario. El asunto consistía en que el «camarote nupcial»
llevaba pasajeros aquella noche; y en sus paredes había tan sólo dos agujeros.
Uno lo había abierto yo con un sacacorchos, agrandándolo después con una
pequeña lima y taponándolo con un taquito cuadrado; el otro lo hizo un
compañero con una navaja. Trabajando a ratos, nos costó más de una semana. Quizás
ni siquiera debería llamar semejante actividad un trabajo. En el mar, una vez
cumplidas las tareas asignadas, era mucho el tiempo que teníamos para tomar la
guitarra y entonar alguna canción o, mover el aire para producir ese sonido tan
especial de la armónica o tallar maravillas en trozos de madera… Cualquier cosa
era mejor que pensar que nuestra vida era finita y no sabíamos cuándo Poseidón
querría tomarla para jugar con ella. Pero sigo mi relato. Una moneda resolvió
quiénes serían los afortunados. Los otros marineros, resignados, miraban el
horizonte con una sonrisa amarga. No necesitaban espiar por ningún agujero para
entender lo que ocurriría. No eran las risas, ni el roce de las pieles dentro
del camarote lo que los inquietaba, sino la certeza de que aquel instante de
vida plena, era tan fugaz como una estrella y tan ilusorio como la calma del
mar en una noche sin tormentas. Aunque cuando el primer marinero retiró el ojo
del agujero y giró hacia los demás, su rostro estaba desencajado, pálido como
si hubiera visto algo que no pertenecía a este mundo. El segundo, incrédulo, se
apresuró a mirar y su jadeo heló la sangre de los que esperábamos.
—No hay nadie —dijo con voz quebrada.
Quise mirar por mí mismo, en el camarote nupcial sólo se reflejaban las estrellas en un espejo que antes no estaba allí. Cuando lo comprendimos, ya era tarde: el barco se inclinaba arrastrado por un remolino que ninguno había visto venir.
BOLETO A LA ILUSIÓN
Franz
Kafka & Graciela De Mary
Ese lunes,
cuando llegó el telegrama, me sumí en una especie de tensa felicidad. “Tu
presencia es conveniente”. Sin dudarlo, superando mis naturales limitaciones de
carácter, me dirigí a la agencia de viajes para comprar el boleto. El ómnibus
partía al otro día a las 7 de la mañana. La parada se ubicaba a la vera de la
avenida General Paz. No lo dudé, luego me ocuparía de la forma de llegar hasta
allí. Lo primero era pensar en el vestuario: elegante más no afectado;
sugerente pero cómodo. Como en mi ropero no había nada de eso, fui de compras.
La falta de talles no me amilanó y en lucha desigual dentro del probador,
conseguí introducirme en alguna prenda. Pude combinar un par de conjuntos
bastante decorosos. Armé mi bolso sin olvidar el rulero de la toca que acomodé
en el neceser junto con los cosméticos. Por supuesto que esa noche no pude
dormir. Cansada de dar vueltas, me levanté a las tres de la madrugada a tomar
un té de hierbas. A las cinco, ya estaba en la parada del colectivo que me
acercaría hasta Liniers, lugar desconocido para mí hasta entonces. No obstante
fue fácil identificarlo, dado que mis ocasionales compañeros de ruta, casi
todos obreros de la construcción, también bajaban ahí.
El viaje en micro fue delicioso, casi
bucólico. Al alejarme de la gran ciudad, los tonos de verde recreaban mis ojos
cansados y por la ventanilla abierta, sorbía en cada respiración el néctar del
pasto húmedo. Entonces me relajé y me permití soñar con el objetivo del viaje.
Mi gran amiga se encontraba pasando unos días en la chacra de un primo suyo. El
hombre había enviudado años atrás y tenía la intención de volver a casarse.
Ella le habló de mí y hasta le mostró una foto. Él se entusiasmó y le pidió que
me invitara. La foto tenía más de una década, cuestión que no le pareció
relevante a mi amiga.
El recibimiento del dueño de casa fue amable.
Luego, su desinterés se hizo ostensible. Obviamente, él no quería nada conmigo.
Lejos de deprimirme, disfruté de los paseos por el naranjal y de las cabalgatas
a campo traviesa hasta las barrancas del río Paraná.
El viernes por la mañana, decidí que mi visita
había terminado. Mi amiga estaba apenada porque él se había arrepentido. Fui
directo al grano y encaré al chacarero. Quería aclarar la situación sin
intermediarios. Le dije con firmeza:
—Por lo demás, ayer me explicó, aunque de un
modo fugaz, que a usted tampoco le podía importar mucho esa conversación, que
se le debía de haber ocurrido por casualidad y que reconocería pronto, sin
necesidad de aclaraciones, lo absurdo de la pretensión. Yo le respondí que
podía tener razón, pero que sería más ventajoso, para una clarificación
completa del asunto, hacerle llegar una respuesta. Yo me ofrecí a asumir esa
tarea y, después de dudar algo, mi amiga consintió en ello. Espero haber
trabajado también en su beneficio, pues la menor inseguridad en el asunto más
insignificante siempre resulta desagradable. Además, si se puede resolver
fácilmente, como en este caso, lo mejor es hacerlo en seguida. Es por esta circunstancia,
que me permito mandarlo al diablo sin el menor remordimiento y con el ferviente
deseo de una pronta llegada.
El hombre quedó boquiabierto. Mi amiga
también. Tomé el bolso y con gesto soberbio me dirigí a la tranquera, sin mirar
atrás. Nadie me llamó. Caminé hasta la ruta.
La decepción llegó puntual y me envolvió,
protectora, mientras esperaba el micro de regreso.
COMO UN RECUERDO
Y COMO UN PRESAGIO
Fedor
Dostoievski & Oscar De Los Ríos
Hoy es el
día que he elegido para retirarme de la vida activa, aunque no dejaré la congregación,
ya no seré su pastor. Sin embargo, ha sucedido un hecho que me lleva a
replantear mi decisión. Siento que Dios me ha vuelto a llamar, mi fe está
renovada. En la iglesia, junto al altar, han depositado un ataúd con el cuerpo
sin vida de un muchacho que murió congelado en el lago al romperse el hielo
bajo sus patines. Justo hoy que iba a celebrar mi última misa. ¡Oh, Dios!
Ha
sido para mí como un recuerdo y como un presagio. En la aurora de mi vida, yo
tenía un hermano que murió ante mis ojos apenas cumplió los diecisiete años.
Después, en el curso del tiempo, me fui convenciendo poco a poco de que este
hermano fue en mi destino como una indicación, como un decreto de la providencia,
pues estoy seguro de que sin él yo no habría sido religioso, no habría
emprendido esta preciosa ruta. Aquella primera revelación se produjo en mi
infancia, y ahora, en el término de mi carrera, me parece estar presenciando
una repetición de aquel hecho.
Nunca he
hablado con nadie sobre el hito que me llevó a abrazar la fe católica. Desde
muy pequeño he sentido la presencia de Dios en los momentos más difíciles que
me ha tocado atravesar. Esa mañana, al igual que hoy, el frío era cruel e intenso,
se metía bajo la piel, sin embargo, no había viento y solo se oía el roce
continuo de los patines deslizándose por el lago helado. Sasha era un patinador
tan experimentado como osado. Le gustaba patinar donde el hielo se adelgazaba
hasta adquirir el espesor de una capa de cebolla. Llegado a ese punto yo caía
de rodillas y oraba con fervor para que nada le ocurriese. Y Dios me concedía
una y otra vez la gracia de mantenerlo a salvo. Yo pensaba en lo sencillo que era
para él dispensar mi pedido y cuanto más difícil le sería negarse. Mi fe se
desgastaba como el hielo sobre el que patinaba Sasha. Fue entonces que una mañana el hielo se quebró y Sasha se
empezó a hundir. Cerca de él, de
rodillas, yo le pedía a Dios que lo salvara. Cuando solo se veía una mano agitándose
sobre ese mar blanco me acerqué, la tomé y la sostuve sin soltarla hasta que ceso
de sacudirse desesperada. Nunca sentí cómo en ese instante la presencia del creador,
y lo difícil que le fue no concederme el milagro de la salvación. Una voz me
decía “es el momento de ser fuerte y abrazar tu vocación”. Hoy lo sé, si Sasha
se hubiera salvado, yo no le hubiera dedicado mi vida al Señor.
Las lágrimas
rodaban por mi mejilla cuando el sacristán se me acercó y me dijo que todos me aguardaban,
para que oficiara el responso que guiará el alma del pobre adolescente que
murió en el lago. Abandoné la sacristía con la certeza de que ya nunca dejaría
de servir a Dios.
EL DIENTE DEL DIABLO
H. P. Lovecraft & Claudia Isabel Lonfat
El mapa lo había encontrado el abuelo de León, a quien llamaban León XII
como si se tratara de un rey, pero la explicación era más simple; todos los
primogénitos de su familia se llamaban León, de ahí que los fueran enumerando
para evitar confusiones, ya que la longevidad de sus ancestros hizo posible que
cinco generaciones, con el mismo nombre, se encontraron en algún festejo
familiar. Al parecer, el mapa estaba en un viejo y destartalado rancho frente a
la costa del Viejo Corsario; la última playa de la zona sur, que debido a su
historial de ahogados y desaparecidos, ya nadie quería visitar.
Dicen que tuvo su época de esplendor, cuando León
XII era chico, pero no tanto como para olvidar algunas historias, como la desaparición
de un barco de pesca que se llevo a los pescadores locales, y dejó una
población de viudas y huérfanos que no tardó en extinguirse. Los vándalos y el
tiempo, hicieron el resto
Durante su juventud, después de varias mudanzas que
lo alejaron de la costa sur, decidió volver. Se sorprendió de ese paisaje
desolado, donde solo un rancho parecía querer resistir los embates del tiempo,
y poco quedaba ya; apenas unas paredes y algo del techo.
Se quedó sumido en recuerdos, cuando un viento muy
fuerte lo volvió a la realidad, y al mismo tiempo lo hizo consciente de lo inhabitable
del lugar. La arena golpeaba las paredes y entraba por cada resquicio de la
destartalada estancia, formando montoncitos que se iban agrandando con rapidez.
De pronto escuchó un crujir sobre su cabeza e instintivamente se corrió. Una
viga podrida cayó a milímetros de donde estuvo parado, y junto con la viga, una
caja que se hizo añicos. En esa caja estaba el mapa.
León XII nunca intentó averiguar de qué se trataba,
simplemente le pareció cosa de chicos, y cuando el siguiente León tuvo edad
para cuidar sus juguetes, se lo dio.
Después fue todo vertiginoso: averiguar la data del
mapa, encontrar algunos delirantes como él que quisieran explorar ese extraño
mundo que prometía. Y los encontró, porque hay gente dispuesta a la aventura;
gente que practica deportes extremos, hace safaris, se droga, y también están aquellos
que no tienen nada que perder. Aunque parezca una locura, el boca a boca lo
conectó con un equipo de franceses que se dedicaban a buscar “tesoros”, o sea
historias que puedan atrapar el interés de la gente. Finalmente zarparon.
Ya en altamar, cada día era más baja la curva que
el sol describía en el cielo, y las brumas que se veían a proa se iban haciendo
más y más espesas. Y al cabo de dos semanas, el sol dejó en absoluto de salir,
y no contaron con más luz que una dudosa claridad grisácea y crepuscular que se
filtraba a través de una bóveda de nubes eternas durante el día, y una fría
fosforescencia sin estrellas que se desprendía de la cara inferior de aquellas
mismas nubes por la noche. Al vigésimo día avistaron un gran farallón
desgarrado, a lo lejos, que era el primer vestigio de tierra que divisaban. Algunos
intentaron llamar y comprobaron que estaban incomunicados y perdidos. Los
sofisticados equipos satelitales no funcionaban, como si hubieran entrado a
otra dimensión por un orificio de gusano. Aún así no se desalentaron. Fijaron
sus ojos en esa roca que, a medida que se aproximaban, se parecía más a un
enorme diente careado; “el diente del diablo”, murmuro alguien.
Afiebrados, en trance, sin apartar la vista del
diente, pasaron las horas, los días o los meses. León, tratando de buscar una
respuesta, vencido por la situación y casi al borde de la locura, levantó el
mapa hacia el diente, dejando que el sol invadiera su transparencia. Fue cuando
vio la marca de agua; el infinito o cinta de Moebius, y un grito final se
desató en su garganta.
Ellas
no levantaban sospechas, en definitiva eran mujeres. Habían quedado a merced de
los elementos; solas, desprotegidas, abandonadas en un territorio tan extenso
como árido, tan bello como estéril. Hacía ya tiempo que habían tenido lugar las
matanzas y fueron olvidadas. Los asesinos las olvidaron, las víctimas no habían
podido volver a dormir cerrando los dos ojos, entregándose por completo al
descanso. Eran familiares cercanos de los muertos, mayormente mujeres. Aunque
también asesinaron a muchas de ellas, las mujeres fueron, en general,
olvidadas. En ese olvido sucedió que comenzaron a tejer redes invisibles,
pequeñas insubordinaciones crecidas al amparo de largas noches de vigilia
esperando el amanecer y consolándose las unas a las otras. En cambio, los
criminales dormían a pierna suelta, seguían su vida en la ciudad como si esa
intervención dramática no hubiera tenido nada que ver con ellos. A veces les llegaban
algunas noticias distorsionadas por el chisme y ese viento enloquecedor que
soplaba con fuerza por aquellos parajes perdidos entre el mar, el desierto y la
cordillera. Las mujeres, llamémosles «las solitarias», también supieron acerca
de las leyendas que circulaban en la ciudad con relación a esas tierras. Ellas
solo intentaban reconstruir la historia, juntar las partes sueltas, pieza a
pieza, volver a armar lo que nunca debió haber sido desarmado. Pero los rumores
crecían y en la ciudad, algunos, empezaban a mostrar cierta preocupación que
descartaban enseguida, gracias a la certeza de haber hecho las cosas bien y a
fondo. Oían hablar mucho de diversas bandas de ladrones, mas gradualmente
fueron olvidándose de ellas atribuyéndolas a la imaginación popular, o a la
invención de algunos individuos cuyo interés consistía en excitar la
generosidad de aquellos a quienes fingían proteger de tales peligros. En
consecuencia, sin hacer caso de tales advertencias, en cierta ocasión viajaban
con muy poca escolta, cuyos componentes más debían servirles de guía que de
protección. Al penetrar en un estrecho desfiladero, en el fondo del cual se
hallaba el lecho de un torrente, lleno de grandes masas rocosas desprendidas de
los altos acantilados que lo flanqueaban, tuvieron motivos para arrepentirse de
su negligencia. O de su absoluta impunidad, que para el caso viene a jugar
el mismo papel. Aunque nunca pudieron arrepentirse. Las solitarias habían
llegado a perfeccionar tanto determinadas técnicas, que el resultado superaba
con creces las expectativas. Llevaban años juntando los huesos de sus muertos,
miles, diseminados por todo el desierto.
Aquí una tibia, aquí una mano, aquí un coxis casi entero. No les devolvían la
vida, claro, pero podían llorarlos más o menos enteros. Cuando el ejército pasó
masacrando y luego desarmó los cadáveres y esparció trozos por todo el territorio
para que nadie pudiera encontrarlos se olvidó de las mujeres. Se olvidaron de que
las mujeres eran capaces de reconstruir las ruinas de sus ancestros, de
reconstruir sus propias vidas después de las catástrofes. Por eso prefirieron
dar cabida a las leyendas de bandas de ladrones merodeando y asolando la zona. Era
más creíble que esa historia de mujeres solitarias encontrando los huesos de
sus hijos, de sus maridos, de sus hermanos. Para enterrarlos, solo eso. Para
enterrarlos como dios manda. Como podrían hacer ellos, los de la ciudad, los
parientes de los asesinos, con los suyos que habían caído en la emboscada. Se
los habían dejado inmejorablemente ordenados, de mayor a menor, en una hilera
perfecta. Limpios y prolijos, troceados pero juntitos. Unos al lado de los de
los otros. Así, ya no tendrían que ponerse a buscarlos, desesperados, por todo
aquel desierto.
EL ADIÓS DE LA REINA
DE LA MORFINA
Horacio
Quiroga & Facundo Martín Desimone
Sonrió
con la comisura de la boca. O más bien, habría que decir que esa motita,
vértice insignificante que transformaba sus labios en dólmenes antediluvianos,
se elevó levemente hacia arriba. Su piel, en otros tiempos adiamantada y
acechada por la neblina elemental como como si fuese la diosa de la luna, ahora
estaba pálida como la cera de una vela al amanecer, después de una noche
ardiente. Ella, precisamente ella que había sabido ser la reina de la morfina,
la amiga del mercurio, la amante de lady Godiva, la sombra del espectro de jade
donde se oculta el amuleto al caer la noche.
Un
cambio de estado. Un simple cambio de estado. Como si eso significara algo.
Como si las palabras, plumas de néctar y ambrosía o dardos de hielos eternos,
pudieran algo contra La Gran Señora, la última de todas las señoras. La reina
de todo, madre indiscutible del ser y del no-ser. Como si alguien (o
no-alguien, es igual) pudiera algo contra el paso de los años.
Tenía
treinta y siete años; era alta, con labios muy gruesos y encendidos, que
humedecía sin cesar. Sin ser grandes, los ojos lo parecían por estar un poco
hundidos y tener pestañas muy largas; pero eran admirables de sombra y fuego.
Se pintaba. Vestía, como la hija, con perfecto buen gusto, y era ésta, sin
duda, su mayor seducción. Debía de haber tenido, como mujer, profundo encanto;
ahora la histeria había trabajado mucho su cuerpo siendo, desde luego, enferma
del vientre. Cuando el latigazo de la morfina pasaba, sus ojos se empañaban, y
de la comisura de los labios, del párpado globoso, pendía una fina redecilla de
arrugas. Pero a pesar de ello, la misma histeria que le deshacía los nervios
era el alimento, un poco mágico, que sostenía su tonicidad.
Los
frascos estaban bien dispuestos. También los alambiques. Había probetas y tubos
de ensayo por doquier, dispuestos en azarosa forma (o así lo creyeron, aunque
nada cambiaría los rayos directivos del universo).
—Señora:
¿está segura? Mira que, una vez iniciado… ya no hay vuelta atrás, eh —Neith, su
mano derecha; hacía tantos años ya que ni valía la pena contarlos. Se dio
cuenta de que sus files esbirras la rodeaban como a un caracol de cristal. Se
acababa el tiempo. Volvió a elevar la comisura de la boca en la tercera
dimensión. El espacio crujió. Los astros temblaron.
—Estoy
segura. Vamos, vamos; apurando el trámite —dio unas fuertes palmadas que
revitalizaron el ambiente. Sus peonas volaron como avispas africanas
alborotadas, atendiendo a los últimos preparativos, encaramándose en las
máquinas que habrían de unirlas al goce de la eternidad.
Caminó
lento, como quien deja la constancia de su existencia en cada paso. Los
elementos cambiaban de espacio y de constitución física ante su figura. Llegó
al trono después de eones imparciales de luz. Alura, su joven hermana, la ayudó
a subir. Todo estaba preparado, los caballos en la línea de partida, el tren
vibrante, cargado de electricidad en el andén. Solo faltaba la última orden.
La
señora elevó el brazo, ese brazo que en otros tiempos y en otras historias
había sabido ser el brazo de Hera, de Nerón, de la reina del Amazonas, de
Alejandro, de los árabes sublimes, de la sacerdotisa suprema del Yucatán, de
una guerrera vikinga, de Gengis Khan, y lo bajo parsimoniosamente, captando la
esencia del gesto en el mismo acto.
El
primer rayo de luz-diamante pegó contra la Tierra. Los humanos, bichitos
ingenuos que somos, lo atribuimos a las armas nucleares y experimentos
científicos. Cuando el segundo pegó contra el sol, la mayoría entendimos.
La primera vez
que asistí a una de las Tertulias (les decíamos así aunque sabíamos que no eran
precisamente eso) quedé maravillado. El aire que se respiraba era por completo
diferente a lo que mostraban los medios. De hecho, aquella vez me devané los
sesos hasta el cansancio por comprender cómo podía ser que viéramos –televisores,
radios y periódicos de por medio– turbas de trogloditas gritando, insultando y
hasta golpeándose unos a otros. Muy por el contrario, en cada rincón del
recinto dominaba un clima de cordialidad y respeto que, lejos de ser excesivo,
alcanzaba para mantener la paz y la armonía durante toda la sesión.
Con el tiempo fui acostumbrándome, y hasta pude encontrar mi rol como
miembro activo. Bueno, «activo» es un decir. Yo no me permitía hablar nunca si no era para responder a una pregunta, y
aun entonces lo hacía con interior descontento, porque suponía para mí una
pérdida de tiempo en mi adelanto, pues me complacía infinitamente asistiendo
como humilde oyente a estas conversaciones, en que no se decía nada que no
fuese útil en el menor número posible de muy expresivas palabras; en que –como
ya he dicho– se guardaba la más extremada cortesía, sin el menor grado de
ceremonia; en que nadie hablaba sin propio gusto ni sin dárselo a sus
compañeros; en que no había interrupciones, cansancio, pasión, ni criterios
diferentes.
Quizás esta imagen de
concordia y amistad le hubieran valido a las Tertulias la pérdida más o menos
inmediata de aquella legitimidad de la que gozaban y de la que tanto se
jactaban sus miembros (bueno, yo también era miembro, así que incluso yo me
jactaba). Y ahí entraban los medios en juego, que eran los encargados de
mostrar a todo el mundo que había disputas, desavenencia, conflictos
prácticamente irresolubles, que justificaban los improperios a grito pelado,
los puñetazos a mano limpia.
Estaba claro que dicho trabajo
no era (no es) gratuito, y que de algún modo había que pagar tantas cámaras y
micrófonos, aunque no fuera lo único que pagar. ¿De dónde salían los fondos? De
los más pobres e indefensos, por supuesto. Ellos siempre se convertían en los
primeros perjudicados. Y, nuevamente, recurríamos a los medios para convencer a
la población de que aquellas medidas repercutían, a largo plazo, en una mejor
calidad de vida. ¡Mentiras, claro! Hoy lo digo sin temores, pero en aquel
entonces era difícil decirlo, es más, era difícil no creerlo. Porque, señores,
uno mismo, ahí adentro, tarde o temprano pierde noción del afuera.
¿Cómo fue que me expulsaron?
La verdad, ni yo mismo lo entiendo todavía. Es decir, comprendo el motivo, y la
responsabilidad es totalmente mía. Lo que no comprendo es por qué actué como
actué. Lo cierto es que, en una de las sesiones donde se definía la renovación
de pagos a los medios, levanté la mano y me opuse. Sí, así como suena: me
opuse. Yo, que casi no participaba, sin dudarlo un instante me manifesté en
contra. Se trataba de un nuevo aumento de los impuestos. ¡Santo Dios, qué
revuelo se armó! Todos los presentes quedaron boquiabiertos. ¿Cuánto tiempo
habría transcurrido desde la última muestra de disenso? El asunto es que esa
misma tarde ya me habían puesto de patitas en la calle. Y yo, aún perplejo, me
dirigí con lentitud a mi casa, y con desasosiego, claro, pero con la conciencia
tranquila, pues sabía que había obrado, aunque fuera por única vez, en favor de
los desamparados. Lamentablemente, esos desamparados a quienes defendí no iban
a opinar igual, pues aquella noche el noticiero de las doce me exponía como el
primero en votar a favor del proyecto de aumento. ¡Y qué entusiasmo expresaba
mi rostro!
EL
MONO
Ryūnosuke
Akutagawa & Gastón Caglia
Los
primeros proyectiles que cayeron sobre el palacio conmovieron la estructura de
las torres gemelas, que una a cada lado del castillo sostenían la estructura
real. El jeque árabe Shatranj, expectante desde su caballo azabache a la
retaguardia, sólo atinaba a acariciarse la barba en señal de aprobación. El
ingeniero contratado había rendido jugosos frutos con sus nuevas y misteriosas
armas impulsadas por el fuego y el olor del Diablo. Había surgido de la nada y
nadie de su palacio pudo recabar datos del mismo, sólo se hacía llamar Wolfgang
von Kempelen, el cristiano traidor.
Por otra parte el arquitecto real había
prometido mil años de materia impenetrable, sin embargo bastaron dos, solo dos
proyectiles, para poner en fuga a la familia real con su séquito fiel y
asustado. A alcanzamos a subir algunos cofres con joyas y oro a los carros
tirados por los corceles más rápidos del reino. Todo fue miedo y furia
contenida. De dos mandoblazos contuve a una avanzada de árabes que iban por mi
hermana, la princesa Mía. Sus gritos eran incomprensibles, no di curso a sus
ruegos. Huimos con mi padre.
Los soldados resistían desde lo alto con
una lluvia de flechas y aceite hirviendo pero pronto la cobardía fue más fuerte
que el ánimo de proteger a quienes ya no estaban. Las paredes se desmoronaban y
con ellas caían al vacío, hasta las huestes del enemigo que acechaba sobre los
escombros de la fortaleza algunos soldados presas del pánico. Morir por la
caída era una bendición.
Todo era caos y desesperación por huir,
pues es sabida la ferocidad de los perros infieles una vez que ingresan a las
ciudades cristianas. Las lágrimas empañaron mi visión. El espectáculo mostraba
con elocuencia los tormentos del infierno. Un estremecimiento nos sacudió a
todos. En ese momento, como si el viento hubiese renovado su intensidad, vimos
un remolino en las copas de los árboles agitados de pronto por una ráfaga o un
ruido extraño. Súbitamente, una bola negra se desprendió del techo y volando, o
corriendo, pero sin tocar el suelo, se arrojó contra el carruaje en llamas.
Saltó por entre las rejas ardientes a los hombros de la joven, quien lanzó un
agudo grito de desesperación, y su eco dolorido se prolongó como un lamento
detrás de la humareda. Una exclamación de espanto brotó de todas las gargantas:
era el mono, que había quedado atado en el palacio.
Las lágrimas brotaron como un manantial de
la montaña en primavera por mi joven amante, una sirvienta llegada del África,
negra como el ébano. Tal vez mi hermana pensó que era por el mono, el maldito
animal que fuera un presente imperial robado de las indias, según el cristiano
infiel von Kempelen, que intentando congraciarse con mi padre, había desplegado
planos y estructuras en miniaturas junto con presentes para la familia,
intentando ganarse el título de ingeniero real. Pero esa es otra historia.
Lo cierto es que en la fuga nunca cedí a
las súplicas de mi hermana, que imploraba por regresar a los brazos de su mono.
Por lo visto la decadencia moral de la familia real llevaba a preferir un
primate a los súbditos humanos que caían como moscas deseando la muerte antes
que el martirio al que los someterían los infieles.
Sin embargo, no era momento de desvaríos,
el poder bélico del jeque era apabullante. La inusitada fuerza del ataque
disolvió nuestras defensas y sólo dejaron de caer esas bolas negras del cielo
cuando el jeque se hizo con el primate. Cruel destino de un pueblo, perecer por
culpa de un mono sarnoso robado del palacio del maldito Shatranj.
WE KNOW, WE KNOW, WE KNOW
Roberto
Arlt & Daniel Frini
Subir desde
Balsaar hasta los Montes Oscuros, navegando por el inmenso Ka-faar, fue,
siempre, una aventura. El río, anchísimo, es eterno, viscoso y púrpura; y emana
vapores que azuzan la imaginación, nos hacen ver a seres extraordinarios o a
los monstruos más abyectos; nos permiten hablar con nuestros muertos o con
todos aquellos que no han sido. En la ciudad se cuidan de los vapores del río.
El buque lo navega desde antes del tiempo; y yo, marinero que no soporta
la visión de las aguas, purgo mi condena a bordo. Las ruedas enormes entran,
lentas, en la gelatina espesa del Ka-faar, que hace imposible y fatigosa la
tarea de los esclavos que las mueven, a fuerza de trancos interminables. Las
paletas levantan agua, peces, abominaciones y el perpetuo vaho rojizo.
Cada viaje es distinto. El paisaje cambia, los habitantes del río
cambian; y los pasajeros experimentan nuevas demencias, todas distintas, cada
cual más infame que la anterior.
Nunca me olvidaré de un caballero pelirrojo, comisionista de motores y
artefactos eléctricos: muñido de un hacha había despedazado, por completo, la
puerta de su camarote; cada tanto arrojaba un trozo de madera a las aguas y,
apoyado en la pasarela, se quedaba mirando cómo el trozo de madera acompañaba
al buque en su carrera circular. Otro, en el comedor, inmovilizado como un
sonámbulo frente a una brújula de bolsillo, seguía con ojos de enajenado el
lento rodar de la aguja magnética. Una mujer desmelenada como una furia, con el
vestido rasgado sobre el pecho permaneció ocho horas aferrada a un mástil, fija
la mirada en un espejo de plata redondo, pulimentado por la implacable claridad
que caía de los cielos. Luego se desplomó. Estaba muerta. Un grueso mercader de
la lejana Va-ha indicaba a sus sirvientes que, uno a uno, se arrojasen al río;
y se deleitaba viendo cómo los devoraban las sirenas. A cada grito de terror de
los pobres hombres, respondía con una risita nerviosa y un leve batir de
palmas; mientras miraba a los demás pasajeros, buscando algún cómplice. Cuando
no quedaron más sirvientes, una mujer barbada, nativa de Ha-la-hafa, lo levantó
como si fuese una roca, y lo arrojó a las aguas. Luego, se arrojó ella. Las
sirenas dejaron los esqueletos de ambos en la popa del barco.
Las sirenas del Ka-faar deleitan a los pasajeros con sus estruendosos
eructos que a nosotros, los tripulantes, ya nos tienen cansados y no nos dejan
dormir cuando no estamos de servicio. Algunos pasajeros dicen que estos
regüeldos son, en realidad, un sublime canto que les recuerda los hogares
lejanos, perdidos y las personas amadas. No lo sé. Un coronel que viajó, cierta
vez, desde Balsaar hasta Zacta, en las Montañas Bajas, dijo que le recordaban
los hermosos campos de batalla, el humo, el olor a pólvora, la muerte de cierto
soldado partido en dos por la metralla y el fusilamiento de cierto traidor,
luego de ser torturado. Lloraba con profunda emoción y nostalgia mientras las
sirenas eructaban. A la mañana siguiente, había desaparecido.
Algunas veces, desatamos a nuestro capitán que siempre viaja atado al
mascarón de proa y le permitimos que corra desnudo entre las Mujeres Santas de
Naar, que suelen viajar en los veranos, antes de que las aves de la isla Gaa
empiecen a arrojar sus huevos contra las piedras, solo para divertirnos, viendo
la cara de pena de las pobres viejas.
En Balsaar, en cambio, la vida es monótona y triste. En la ciudad se
cuidan de los vapores del río.
ENSEÑA
Honoré de Balzac & Luciano Lara
Estuvo recostado en el sillón por más de dos
horas, pensando, preso de una lucha consigo mismo. La casa estaba vacía.
Ahogado por la responsabilidad y el pánico, sintió un deseo irrefrenable de
salir corriendo y evitarse el momento más temido: asistir a la muerte de su
padre.
Se llenó de odio
contra él; si al menos le hubiese dejado un hermano no tendría que estar
pasando por semejante trance. Intentó pensar que ya no lo quería; no derramaría
una sola lágrima. Lo que más le angustiaba era tener que presenciar una escena
tan horrible. Encima, la tormenta, como si Dios la hubiese puesto ahí para
empeorar las cosas.
Luego de un par de
palabras de ánimo se puso de pie y se dirigió a la habitación. Primero, un
temblequeo en el pecho y un calor que le poseyó el cuerpo. Después tuvo frío,
cuando al acercarse al lecho un violento resplandor empujado por un golpe de
viento iluminó la cabeza de su padre: sus rasgos estaban descompuestos, la piel
pegada a los huesos tenía tintes verdosos que la blancura de la almohada sobre
la que reposaba el anciano hacía aún más horrible. Contraída por el dolor, la
boca entreabierta y desprovista de dientes dejaba pasar algunos suspiros cuya
lúgubre energía era sostenida por los aullidos de la tempestad. A pesar de
tales signos de destrucción brillaba en aquella cabeza un increíble carácter de
poder. Un espíritu superior que combatía a la muerte. Los ojos hundidos por la
enfermedad guardaban una singular fijeza.
Abandonó el cuarto de
repente. Se dejó caer sobre el sillón mientras un par de lágrimas le surcaban
el rostro. Con las manos temblorosas se sirvió un whisky doble, aquel que solía
tomar con su padre en las noches festivas. La imagen del viejo moribundo era
triste y horrorosa; de ser por él no habría querido pasar por tan terrible
momento.
Bebió un sorbo de
whisky y se echó hacia atrás, cerró los ojos. Afuera, la tormenta parecía
amainar; tanto que alcanzaba a escucharse la respiración del anciano al otro
lado de la puerta; sintió como la suya comenzaba a acompañarla. A ese ritmo fue
relajándose hasta que se quedó dormido.
―Luis, ¿qué haces?
¡Despierta de una vez!
―¿Padre? ―respondió
sorprendido― ¿Qué hace usted aquí?
―Esta es mi casa.
―Pero, usted está…
―Escúchame, Luis ―dijo
el viejo con voz ronca―; tengo que irme ahora. Sé que estás disgustado conmigo
porque no te di un hermano y piensas que no te he enseñado nada.
Él lo miró con
sorpresa; amagó a decir algo, pero el anciano lo interrumpió:
―Te he enseñado cuál
es el mejor whisky de toda la isla ―dijo sonriente―, pero además, hoy
aprenderás algo: el tiempo es limitado y finito; cada instante que pasa se
consume y no se puede recuperar.
―Pero, padre.
―No, Luis; ya no hay
tiempo, debo irme; recuerda lo que te dije.
Un flash de luz
iluminó repentinamente la sala; segundos después un trueno ensordecedor
sobresaltó a Luis. Abrió los ojos; la casa estaba en absoluto silencio. Escrutó
el lugar con la mirada; su progenitor no estaba ahí. Quizá nunca había estado.
Se levantó y caminó con premura hacia el lecho de su padre. El anciano seguía recostado en la misma posición, inmóvil. No se oía ni el más mínimo suspiro. Percibió un extraño aroma. Se acercó y le posó la mano sobre la frente; el frío de la muerte le contagió el cuerpo entero. Se dejó caer sobre las rodillas y mientras se tomaba el rostro; soltó un grito desgarrador. Hubiese deseado decirle cuánto lo amaba, pero no hubo tiempo; su padre ya no estaba ahí.
ENCALLADOS
Mary W. Shelley & Gabriela Vilardo
Supimos
que habíamos perdido el rumbo cuando una trajinera se acercaba para poder transportarnos
entre canales. Las luces de la visitada Isla de las Muñecas indicaban que la
tranquilidad buscada había terminado, pero no estábamos en condiciones de
elegir. Ya estábamos en zona de Xochimilcó. El hombre que venía por nosotros, apenas
tapaba parte de su cuerpo con un cuero, y sus cabellos llegaban hasta mitad de
espalda. No podíamos entendernos. Sólo
sabíamos que no queríamos ir a una isla que estaba abarrotada de muñecas para
que ahuyentaran el alma de la joven que había muerto ahogada en la región. Mis marineros,
aunque temblorosos y perdiendo toda valentía no dejaban de formular hipótesis.
De ninguna manera ese hombre vendría de esa isla, aunque llevara testimonio de
su procedencia. La mirada briosa y hasta demoníaca tenía una extraña coherencia
con sus ruidos guturales que alternaba con risas a mandíbula batiente. Con su estandarte
en la mano hacía suponer que nuestra vida quedaría en sus manos. No era ése nuestro
destino inicial ni era ése el hombre que debería rescatarnos de nuestro desvío.
Sus gestos adustos nos daban la certeza de que estaba fuera de toda
civilización y apto para cualquier crueldad. Era imposible imaginar que ese
salvaje acarreara turistas de todo el mundo hacia la isla. Algo arrojó a uno de
los míos antes de caer al agua y de que apareciera su fragilidad frente a nuestra
omisión. Y su estampa terminó en burbujas explotando sobre el agua.
A la mañana siguiente, tan pronto comenzó a amanecer, subí al puente donde encontré a mis marineros asomados a una de las bordas y hablando, según me pareció, con alguien que se hallaba en el exterior. Efectivamente, un vehículo muy parecido al que habíamos visto la víspera, se había detenido junto a nuestro costado. Flotando sobre un témpano, había derivado durante toda la noche hasta llegar a nosotros. Sólo uno de sus perros seguía viviendo, y en su interior viajaba un ser humano a quien mis hombres intentaban persuadir para que subiese a bordo. Al contrario que el viajero divisado la noche anterior, no era un ser salvaje, habitante de una isla inexplorada todavía, sino un europeo. Mis marineros hicieron un gran esfuerzo para, finalmente, arrastrarlo hasta cubierta y supieron que el hombre no podría ser persuadido de nada porque estaba muerto. La bruma espesa opacaba aún más la situación. El perro ladraba en el mismo idioma que ladran todos los perros, pero no pudimos saber cuál era la lengua de su dueño, aunque se sospechaba inglés o alemán a juzgar por sus rasgos que empezaban a cambiar por el paso del tiempo desde su reciente muerte. Tal vez polaco o suizo. Nadie pudo salvarlo de vaya a saber qué tempestad que no había estado a la vista; al menos nosotros no habíamos tenido señales de ella. Tal vez un viento huracanado de ésos que aparecen sin avisar y convierten a las embarcaciones en desechos por la violencia del oleaje. Vaya uno a saber. Se enfría el aire con la muerte de un hombre que ya no está aquí. Y el viaje debe seguir. Hacia adelante se vislumbra un horizonte inagotable. Y ese grito insistente que me saca de este adormecimiento ilusionado de realidad me hace saber que una patrulla llega por mí, que no fui elegido por el mar cuando devora. Por el rabillo del ojo alcanzo a ver un perro que mueve la cola y que custodia una muñeca con algas y lirios enredados entre sus cabellos, ahora más duros y salados, y un rasgado vestido verde de terciopelo.
Los autores depradados fueron:
F. Scott Fitzgerald
https://es.wikipedia.org/wiki/F._Scott_Fitzgerald
Stefan Zweig
https://es.wikipedia.org/wiki/Stefan_Zweig
Antón Chéjov
https://es.wikipedia.org/wiki/Ant%C3%B3n_Ch%C3%A9jov
Franz Kafka
https://es.wikipedia.org/wiki/Franz_Kafka
Fedor Dostoievski
https://es.wikipedia.org/wiki/Fi%C3%B3dor_Dostoyevski
H. P. Lovecraft
https://es.wikipedia.org/wiki/H._P._Lovecraft
John
William Polidori
https://es.wikipedia.org/wiki/John_William_Polidori
Horacio Quiroga
https://es.wikipedia.org/wiki/Horacio_Quiroga
Jonathan
Swift
https://es.wikipedia.org/wiki/Jonathan_Swift
Ryunosuke Akutagawa
https://es.wikipedia.org/wiki/Ry%C5%ABnosuke_Akutagawa
Roberto Arlt
https://es.wikipedia.org/wiki/Roberto_Arlt
Honoré de Balzac
https://es.wikipedia.org/wiki/Honor%C3%A9_de_Balzac
Mary
Shelley
https://es.wikipedia.org/wiki/Mary_Shelley
...y los depredadores (cuyas bigrafías podrán encontrar en numerosos cuentos de este blog):
Laura Irene Ludueña, Graciela De Mary, Gabriela Vilardo, Claudia Isabel Lonfat, Luz Darriba, Hernán Ernesto Bortondello, Juan Carlos Aguilar, Oscar De Los Ríos, Facundo Martín Desimone, Héctor García, Gastón Caglia, Daniel Frini y Luciano Lara.













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