jueves, 6 de febrero de 2025

TORNILLOS EN LA FERRETERÍA

Gastón Caglia

 

Despertó en una pieza diminuta, mal iluminada y fría. Un pitido incesante envolvía el ambiente. Tomó el teléfono celular del suelo pero de inmediato lo regresó al lugar en donde estaba. Su intención fue continuar durmiendo, pero una sensación poderosa se lo impidió, una alarma en su cerebro y su corazón lo paralizó dejándole la piel erizada por el terror. No recordaba que ese lugar fuera su casa y, sin estar del todo seguro de que estaba despierto, gritó.

—¡Germán! —Como nadie respondió insistió con más fuerza—. ¡Germán! —Pero nuevamente nadie acudió a su llamado—. Maldito seas Germán, nunca estás cuando más se te necesita, desgraciado. Seguro que se está emborrachando en el bar de la esquina a escondidas —murmuró.

De inmediato regresó a su primer pensamiento y el mismo pánico borroso de un minuto antes lo volvió a invadir de pies a cabeza pues, con Germán o sin él, no recordaba cómo había llegado a ese lugar. Se incorporó con suma torpeza. Sus pies descalzos tocaron las frías baldosas, tan porosas y sucias como añosas.

Al salir de la cama un televisor apagado apareció en su campo visual. Era uno de esos aparatos cuadrados, grandes y con los bordes redondeados. Dio un salto horrorizado. El reflejo de su imagen lo asustó; lo que se reflejaba en la negra pantalla no era él. Empero, consultó su reloj y otro terror, más materialista, lo acometió, nuevamente iba a llegar tarde al trabajo.

Las ropas, desordenadamente revueltas sobre una silla de paja con una pata chueca, le parecieron un tanto extrañas. Al vestirse comprobó que eran de su talla. Pese a ello, un sentimiento de extrañeza y malestar comenzó a manifestarse en todo su cuerpo, como cuando una persona se viste con ropas ajenas o peor, de un muerto. De la pared pendían un crucifijo torcido y un cuadro de unos niños harapientos y con vientres abultados que juguetean con una cantidad increíble de perros; una copia, sin duda. El ambiente de la pieza era todo así, decadente.

Se vistió presuroso prescindiendo de la ayuda de su criado.

—¿Cómo llegué acá, maldita sea? Debe haber sido una jugarreta de mi enemigo con la ayuda imprescindible de Germán. Pero a su debido tiempo todo caerá por su propio peso y, así y asá, verán lo que es bueno. Ya verán —concluyó con una sentencia inconducente.

Al recoger nuevamente el teléfono celular del piso advirtió que este había estado sonando por horas. Más de veinte llamadas en el buzón.

¡Estás despedido!

Quien carajo te creés que sos para no venir otra vez.

Ya elevé el pedido a la Superintendencia, ni te calientes en venir.

Se acabó el juego, Goliadkin. Sabemos lo que hiciste. Dejá de hacerte el loco. Te vimos, decía el último mensaje de texto.

Soltó el aparato sobre la cama, como si le quemara.

Pero antes de resolver esto hay problemas más urgentes que atender, se dijo.

 

La puerta de la ferretería se abrió y la campanilla colgada del marco emitió su característico sonido. Goliadkin se sobresaltó por el sonido estridente y agudo dando un respingo teatral mientras se llevaba las manos a los oídos. A su parecer ese sonido era intolerable para su voluble estado. Sin más se arrojó sobre el mostrador. A un costado, dos personas parecían debatir sobre las bondades de una canilla.

Goliadkin se inclinó acercándose al dependiente, no sin antes echar una mirada de soslayo a su alrededor para ver si los presentes no se estaban refiriéndose a él, pero para su sorpresa los dos desconocidos no cuchicheaban más que de cueritos, canillas y llaves. Sin embargo, una angustia creciente le oprimió la garganta.

—Buenas, necesito, usted sabe, así y asá, un tornillo, de los que se enroscan al revés. Si es un amigo podrá entender.

El dependiente, al escuchar los primeros desvaríos, volvió la vista hacia la tabla de promedios publicada en el diario.

—Yo sé que alguien que me odia, un enemigo de la república, y mío, me persigue adelantándose a todos los lugares a los que yo voy.

—Don, ¿qué es lo que quiere?, acá no tenemos eso —masculló el empleado de la ferretería ya sin paciencia y, sin sacarse el palillo de la boca para regresar al estudio concienzudo del diario.

—No pretenda usted que no sé fehacientemente que él ya ha estado acá —acometió en tono cómplice Goliadkin para luego concluir—: No deseo importunarlo, bueno, así y asá, usted comprenderá, debo retirarme, pero le dejo mi tarjeta de presentación por si aparece el tornillo que estoy necesitando, mi criado ha abandonado mi pieza y debo ocuparme de esos menesteres…

Sin embargo, se detuvo abruptamente en su incoherente y desenfrenado monólogo cuando, dominado por el terror, alcanzó a ver a su enemigo reflejado en la pantalla negra de un monitor de computadora desenchufado. Su corazón dio un vuelco, farfulló más incoherencias y se retiró dando un portazo. El empleado continuó con el estudio de los descensos sin percatarse del rostro desdibujado de quien acababa de marcharse. La tarjeta de presentación quedó sobre el mostrador entre folletos y papeles sueltos.

 

Iakov Petrovich Goliadkin. – Jefe de Sección

Área de Planificación – Provincia de ….

 

En la vereda abordó un taxi y se dirigió al edificio en que se encuentraba su departamento, el lugar del que había salido hacía tan solo una hora. Subió volando las escaleras.

Deben haber querido asustarme, pensó, mientras caminaba dando grandes zancadas por la pieza.

—Es sólo eso. Eso, es solo eso —murmuró mientras estudiaba con detenimiento los mensajes en su teléfono celular. Descubrió que misteriosamente no tenían remitente.

Bueno, reflexionemos, joven amigo, se dijo, las notificaciones no tienen remitente, eso es harto extraño.

Buscó en un abrigo que había quedado sobre la silla de paja. La situación comenzó a carcomerle la cabeza. Encontró un sobre cerrado pero lo dejó en el bolsillo.

—Debo ir a solucionar esto antes de leer la carta —reflexionó en voz alta—, sin duda acá estará la explicación a todo lo que está sucediendo.

Sin desearlo, se observó nuevamente en el televisor, y allí estaba. Con miedo volvió a mirar, pero esta vez de reojo. Esto no es una ilusión, se dijo. El otro ser no lo perdía de vista y lo seguía con la mirada desde la pantalla del televisor.

—¿Eres mi hermano menor? —alcanzó a murmurar mientras alzaba la mano en un vano intento por tapar de su visión la pantalla. Pese a eso, su doble comenzó a hablar, intentando entablar una conversación.

La imagen reflejada se inclinó hacia él haciendo una mueca, sin embargo en la copia era poco menos que la imitación de un mono, un burdo remedo del gesto de Goliadkin.

—No empieces con eso otra vez —murmuró Goliadkin.

—No empieces con esto otra vez —repitió la imagen en la pantalla.

Goliadkin, apremiado por lo estrambótico de la escena se vio obligado a huir mientras ese otro continuaba hablando. Sus palabras se perdieron en el aire cuando ganó las escaleras para abalanzarse sobre el acogedor bullicio de la calle…

 

Despertó en su pequeña pieza tan mal iluminada y fría como siempre. Un pitido incesante se dejaba escuchar envolviendo el ambiente. Tomó el teléfono celular pero de inmediato volvió a apoyarlo sobre la mesita de luz. Deseaba seguir durmiendo pero algo se lo impidió, una alarma se activó en su cerebro y su corazón se paralizó dejando su piel erizada por el terror. Sin estar del todo seguro de que estaba despierto, gritó.

—¡Germán!

—Dígame señor, ¿qué desea?

—Vísteme rápido, que estoy apurado —dijo mientras se ponía de pie y se vestía. Sus pies descalzos sintieron el frío gélido de las baldosas. Tembló con escalofríos. Germán había dado media vuelta y desaparecido de la escena.

Se miró en el televisor, y allí estaba. ¡Ah, claro!, chilló, y luego murmuró muy quedamente y abstraído, el otro. Su doble, la imagen reflejada, se inclinó hacia él con una mueca de burla.

—No empieces con eso otra vez —murmuró Goliadkin y bajó las escalaras corriendo, casi una huida teatral. Pero la imagen no desapareció ni se calló.

—¡Sabemos que no eres el verdadero Goliadkin! —oyó que gritaban desde su pieza.

Necesitaba huir. Pero al llegar al palier del edificio e intentar abrir la puerta se topó de frente con otro hombre. Vestía igual que él, y lo miraba con los mismos ojos asustados.

—¡Tú otra vez! —exclamó Goliadkin—. ¡Desde ahora y para siempre te declaro mi enemigo!

Permanecieron mirándose como dos boxeadores a punto de comenzar la contienda, paralizados y nerviosos, pero Goliadkin tomó raudamente la iniciativa y poniéndose de costado en el angosto pasillo se escabulló de su otro yo y corrió hacia la ferretería desesperado por desaparecer de los ojos de su copia. Llegó en un minuto al negocio.

Entró sin advertir el horrible tintineo de la campanilla en la puerta, recorrió los pasillos sin rumbo fijo, hasta que, sin saber bien por qué, su atención se fijó en un tornillo diminuto de una estantería. Sintió que lo necesitaba. Se estiró para tomarlo justo cuando una mano curtida, con dedos gruesos y callosos se posó sobre la suya.

—Yo lo vi primero —refunfuñó el empleado de la ferretería, un hombre robusto vestido con una camisa de trabajo gris arremangada. Los botones sin incrustar en los ojales dejaban a la vista su tupido pelaje en el pecho, lo que le confería un aspecto simiesco.

—No, no... es importante para mí —balbuceó Goliadkin, sujetando el tornillo con fuerza por la punta, pero sus manos eran más débiles y la posición del tornillo terminó por vencerlo. El empleado entornó los ojos, negó con la cabeza y tiró del objeto con fastidio.

El forcejeo torpe, que comenzó cuando Goliadkin intentó hacerse con total legitimidad del tornillo, hizo que el empleado, al quedarse sin oposición y con el tornillo en la mano, porque el otro lo soltó, cayera contra los estantes derribando algunas cajas de clavos y más tornillos de los que ambos podrían necesitar en varias vidas.

Goliadkin sintió que la situación se descontrolaba, que otra vez su realidad se deslizaba hacia un absurdo mucho más caótico. Pese a ello se abalanzó contra el hombre de camisa gris y, producto de lo sorpresivo del ataque, el tornillo cayó al suelo y rodó bajo un estante.

—¿Ve lo que ha logrado? Ahora ninguno lo tiene —se quejó el empleado, sacudiéndose la camisa con las manos grasientas. Goliadkin, más rápido de reflejos y con mejor físico para esos menesteres, se acuclilló para buscarlo con tanta mala suerte que al alzar la vista unos espejos a la venta en la pared reflejaron otra vez su rostro. O el de otro, y otro y otro, y no pudo evitar un grito ahogado. El mundo giró a sus pies.

Al huir de la ferretería, con las manos temblorosas y la sensación de haber escapado por poco de un desastre mayor, Goliadkin se dirigió al edificio en el que vivía. Cuando abrió la puerta del vestíbulo, sintió un escalofrío, dado que el empleado de la ferretería, el mismo con el que había forcejeado por el tornillo, estaba allí. Lo observó con una expresión inescrutable y asintiendo lentamente dijo:

—Nos volvemos a ver, vecino.

Goliadkin sintió que se le revolvía el estómago. Concluyó que nada en su vida era una coincidencia. Ganó las escaleras corriendo. Al entrar a su pieza cerró la puerta con dos vueltas de llave y colocó el pasador. Como si eso fuera poco se apoyó sobre la puerta haciendo fuerza hacia afuera. Sin embargo nadie tocó o intentó abrirla.

Esa noche, en su departamento, sintió que el sueño lo eludía. Se sentó en el borde de la cama con la sensación de que alguien lo observaba amparado por la zona de penumbras de la pieza.

—Esto es inaudito, lo debo elevar a las autoridades superiores, mi jefe de sección debe saber de todo este desaguisado, le explicaré todo, que así y asá todo tiene una explicación. Que no era yo, que es otro que, así y asá se apoderó de mis amigos…

Entonces lo vio. Su doble estaba allí, de pie en lo oscuro, con la espalda contra el ángulo de las paredes de la pieza y sonriendo con una calma inquietante.

—Es ahora —susurró la figura.

Antes de que pudiera reaccionar, su doble dio un paso hacia él. No hubo resistencia ni forcejeo; fue como si ambos cuerpos se disolvieran en una niebla invisible. Su identidad, su esencia, su yo, se esfumaron en un proceso silencioso e irreversible.

Cuando la penumbra se aclaró, un solo Goliadkin quedó en la habitación. Se levantó con una sensación extrañamente liviana, caminó hacia el espejo y sonrió. Algo en su reflejo se veía distinto. Más seguro, más firme. Se acomodó la chaqueta y salió de la habitación hacia su oficina; debía dar unas cuantas explicaciones.


Gastón Caglia es abogado, mediador y profesor de ajedrez. Ejerce como funcionario del Poder Judicial de la provincia de Santa Fe. Tiene 48 años, y vive en la localidad de Reconquista, provincia de Santa Fe. Escribe cuentos y relatos de ficción en general y ciencia ficción y terror en particular, bajo el pseudónimo de “Felipe Bochatay”. Ha publicado en algunas antologías de cuentos en formato papel y también en medios electrónicos latinoamericanos como en “Anapoyesis”, o “Narrativa”, entre otras. Asimismo escribe ensayos de sociología, literatura y ciencia ficción en su blog o en medios digitales y  podcast. Formó parte del comité científico de “Iberoamérica Social”.

miércoles, 5 de febrero de 2025

LOS ISLEÑOS

Alejandro Bentivoglio

 

La pequeña isla no se queda quieta. Flota sin rumbo. Es pedazos de los países que más o menos lograron sobrevivir. Algunos fueron saqueados por las reservas de agua. Otros invadidos para apoderarse del petróleo. Luego todo el asunto de la guerra entre las grandas potencias y el holocausto nuclear. Las bombas, eso fue un feo asunto. Los terremotos, pestes, el planeta sangrando como un efímero animal aullando en el espacio. Las hambrunas que siempre supimos que llegarían. En fin, lo que algunos llamarían el fin de las cosas.

Los que quedamos permanecemos en esta isla. Ya no tenemos nacionalidades, se fueron perdiendo con el tiempo. Pensar que se cumplen trescientos o cuatrocientos años de nuestra independencia de esos países que ya no existen es innecesario. Los libros de historia han quedado olvidados. Los próceres, las estatuas, las fechas se han extinguido junto con ese mundo que nunca dejaba de ser una desmemoriada mentira complejamente elaborada para contentar a las brujas de las sombras. Ahora solo queda este continente, que es, como dije, una isla que flota sin rumbo. Aunque quizás lo digo mal. Porque nuestra falta de rumbo es en realidad todos los rumbos.

El nombre de la isla cambia según a quién se le pregunte. Podría haberse llamado Latinoamérica. Pero preferimos dejar las palabras de lado. Solo pensar en el océano que expande, en el sol que nos ilumina cada día; en las risas de nuestros hijos, que juegan por allí, sin preocuparse por el futuro, porque esto es el futuro.

No sabemos cuántas veces hemos dado vueltas al planeta. No hay aquí timón ni mapas.

Tampoco hemos izado una bandera. Preferimos dejar que el tiempo haga sus propios entramados, que las mareas nos conduzcan donde quieran, que los siglos ahoguen sus gritos y sus desmanes.

Hablamos un mismo idioma y la deriva es nuestra hermandad. El vacío también es un lugar común y no tenemos por qué temerle.

Las montañas están con nosotros, también los valles y las personas que cantan y que caminan por esta isla que es todas las islas. La única que se ve en el horizonte, que también ahora llamamos nuestro.

Hijos de las aguas, nuestra casa es todas las casas, porque ahora somos todos los hombres que han sido alguna vez, habitamos el aire que persiste en el recuerdo y en lo por venir.

Tampoco esta narración dirá nada de nosotros, porque las historias son los pequeños detalles de los individuos y nosotros somos los isleños del desastre, los sobrevivientes y solo existe este nosotros que nos revela la magnitud de nuestros días.

Por eso tampoco debe ser tomada como una declaración de un escritor, de un cronista de la isla. Solo como las palabras de una tierra viva que sigue creciendo. Y que quiere hablar de amor a las estrellas y a los mares.

Y dejar este papel en una botella para que llegue a algún sitio. Quizás de vuelta a esta misma isla y nos sorprenda con un mensaje de quienes fuimos alguna vez, sabiendo que todo está viniendo, que todo se acerca.


Alejandro Bentivoglio nació en 1979 en Avellaneda. Cursó el Profesorado de Castellano, Literatura y Latín. Publicó es autor de trece libros de ficción, incluyendo la antología personal Transego, que recoge lo mejor de sus primeros diez libros y La Parca, bajo el seudónimo de Bjork Altman, escrito en colaboración con el escritor y músico Daniel Juárez Dion. Ha sido incluido en antologías y revistas físicas y virtuales de América y Europa y traducido al inglés, italiano y griego. También ha escrito crítica de cine, música y literatura y algunas novelas aún inéditas. Entre los sus muchas obras publicadas pueden mencionarse Revólver y otras historias del lado suave (2006), Dakota/Memorias de una muñeca inflable (2008), Paul está muerto (2011), Abcdefghijklmnñopqrstuvxyz (2011), Mágico histérico tour (2011), Vértigo verbal del suicida reincidente (2011), Ariadna superstar (2012), Todo lo que dejamos atrás (2012), Ultraficción (2015), Música para naufragios y otros eventos sociales (2015)Sus microficciones han sido incluidas en numerosas antologías de Argentina, Estados Unidos y España. Dice que sus intereses son la literatura, la música, el cine y el fast food.

 

DUAT

Lu Evans

 

Egipto. Hace cerca de nueve mil seiscientos años.

El joven constructor se secó el sudor que le corría por la frente con las manos callosas y levantó la cabeza. Sus ojos negros, brillantes como la obsidiana, admiraban la obra que ayudaba a construir.

En aquella época, los habitantes de África se dedicaban a la caza y la pesca, producían herramientas de piedra, realizaban rituales funerarios, y cultivaban cereales silvestres como el trigo y la cebada a lo largo del Nilo. Era una pre-sociedad incapaz de crear grandes monumentos.

Pero además de los habitantes primitivos, existía un grupo avanzado que anteriormente pobló la legendaria Atlántida y, con el hundimiento de la isla, fue salvado por los dioses y llevado a Egipto. Los habitantes de la Atlántida, cuya tecnología era hasta entonces desconocida para los habitantes de África, ayudaron a los egipcios a evolucionar, y los seres divinos adorados por los habitantes de la Atlántida fueron alabados por los egipcios con el mismo fervor.

Pero, volvamos al joven constructor y a lo que estaba haciendo en ese momento: su gente había excavado muchos metros alrededor de la piedra caliza y, partiendo de la base, habían comenzado a perfilar un ídolo. Todavía quedaba mucho trabajo por delante, pero supuso que completarían el cuerpo antes de que llegaran los vientos más fríos. La cabeza sería la última parte por hacer. Y después de eso…

Se estremeció ante el mero pensamiento de lo que vendría después.

Las mujeres caminaban de un lado a otro ofreciendo agua a los trabajadores. Una de ellas se acercó al joven. Era hermosa, con su piel oscura y suave, su voluminoso cabello recogido en muchas trenzas y grandes ojos negros que brillaban como si tuvieran estrellas.

Ella sonrió y le ofreció agua al joven, y él aceptó sonriendo también. Hacía calor y tenía los labios secos, al igual que la garganta. Le agradeció y le devolvió la calabaza cuando terminó de beber; sus dedos se tocaron por un momento, ella sonrió y, tímidamente, se volvió hacia la estatua, contemplando los contornos del inmenso cuerpo del león que tomaba forma en la piedra. Finalmente, sin decir una palabra, intercambió una mirada con él, bajó la cabeza y se alejó.

El jveno la siguió con ojos oscuros y tristes. La quería como compañera para compartir casa y tener hijos, pero eso no sucedería. No era que fuera feo. Al contrario, tenía rasgos perfectos, a pesar de la cicatriz que iba desde la frente hasta el pómulo, que se había hecho mientras esculpía el ídolo, cuando una astilla de piedra afilada le impactó en el rostro.

La cuestión era que los dioses habían decidido que él sería parte del grupo que construiría la cámara debajo de la esfinge, donde se guardaría el mayor de todos los tesoros: el conocimiento que el pueblo de la Atlántida había recibido de los dioses. Los trabajadores de ese proyecto se encerrarían allí y, como resultado, los que estaban afuera nunca conocerían la ubicación del tesoro dentro de los túneles.

A pesar del calor, un escalofrío lo sacudió al pensar que había atormentado su mente desde el día en que se enteró de su destino. Se imaginó dentro de la cámara, sumergido en la oscuridad, sin agua ni comida. Para él, no solamente sería el fin de él, sino el de su linaje. Su familia terminaría con él, al no tener hermanos ni primos. El deseo de los dioses se cumpliría, pero si esto servía de consuelo a los demás, a él sólo le provocaba rebelión y odio.

Algún tiempo después, los dioses ordenaron que la esfinge se escondiera bajo las arenas y luego se elevaron a los cielos, llevándose consigo a los habitantes de la Atlántida.

La esfinge permaneció cubierta durante largos milenios hasta que fue excavada por uno de los antiguos reyes egipcios, y luego cubierta nuevamente por la furia de los vientos y las arenas, y después descubierta nuevamente: un círculo constante e incansable de enterramiento y excavación.

 

Giza. Década de 1930.

Los hermanos Zaki y Ma'sum observaron con fascinación la criatura de piedra que acababan de liberar de la tumba de arena bajo la coordinación del famoso egiptólogo francés Émile Baraize. Cientos y cientos de trabajadores se dedicaron a la agotadora tarea durante mucho tiempo. Zaki y Ma'sum pensaron a menudo en darse por vencidos, ya que tenían la impresión de que toda la arena que quitaban era restituida por el incesante viento. Pero la necesidad de ganar dinero hizo que permanecieran hasta el final, y ahora la inmensa estatua era visible en todo su esplendor… aunque algo arruinada por el tiempo e incluso por las acciones del hombre.

La cabeza del león hacía tiempo que había sido modificada, dando paso a un rostro humano. El faraón Djedefré (hijo de Keops, el constructor de la pirámide más grande) tuvo la idea de utilizar la inmensa estatua para promocionarse como una deidad. Tenía delirios de grandeza y fue el primero en usar el título "El Hijo del Dios Sol", por lo que esculpieron la cabeza para que se pareciese a él. Pero Después de su muerte, su medio hermano Kefrén, constructor de la segunda pirámide más grande, heredó el trono y volvió a alterar la cabeza del ídolo para que tuviera sus rasgos, asumiendo para sí la fama de constructor de la inmensa estatua.

La nariz ya no existía. Dijeron que el culpable era un musulmán llamado Muhammad Sa'im al-Dahr, quien, en 1378, indignado al ver a los campesinos egipcios llevar ofrendas a la Gran Esfinge por una buena cosecha, le destrozó la nariz y por ese vandalismo fue ejecutado.

Tales actos de depredación habrían escandalizado y enfurecido a los dioses que ordenaron la construcción del ídolo si todavía hubieran caminado entre los mortales, pero hacía mucho que habían abandonado y olvidado a la gente de este mundo.

Sin conocer el origen sobrenatural de la esfinge, Zaki, quien durante su infancia había escuchado de su difunto bisabuelo la leyenda de túneles y cámaras ocultas debajo de la Esfinge, esperaba encontrar un tesoro y cambiar su vida.

El hermano menor, que era muy pequeño cuando murió su bisabuelo, no recordaba ninguna historia sobre pasillos escondidos debajo de la estatua. Pero recientemente había oído una conversación entre el señor Baraize y los dos trabajadores que habían encontrado un pasaje en el suelo detrás de la estatua. Para su total pesar, Ma'sum le había informado de la conversación escuchada a su hermano, quien ahora no podía quitarse de la cabeza la idea de bajar por ese pasaje antes de que se llenara y sellara para siempre. Ma'sum pensó que la idea no podría ser más desafortunada. Temía ser descubierto. Los ladrones de tumbas siempre acababan en la cárcel.

—Ma'sum, confía en mí. Nadie podrá condenarnos como ladrones de tumbas, porque la Esfinge no es una tumba. Además, mi plan es perfecto. ¡Nadie lo sabrá y seremos ricos! —respondió el otro—. ¿Alguna vez te he decepcionado?

El más joven resopló.

—Varias veces. ¿Quieres que haga una lista?

A pesar de los riesgos, Ma’sum se dejó llevar por la conversación de su hermano, quien siempre utilizaba las palabras adecuadas para convencerlo. Además, ambos eran jóvenes y estaban llenos de sueños. Querían un futuro mejor. Ya no tenían familia, estaban cansados ​​del trabajo físico que les hacía doler la espalda; además, el dinero que recibían por hacer su trabajo en la excavación apenas alcanzaba para comprar comida y pagar el alquiler de la pequeña habitación donde vivían. Y ahora que el trabajo en la Esfinge estaba casi terminado, temían no encontrar otro pronto.

En el silencio de la noche sin luna, Zaki y Ma'sum se escabulleron por las calles de El Cairo y llegaron a la esfinge. Recordando las historias que había escuchado de su bisabuelo sobre la ubicación de la entrada a la cámara y siguiendo la información dada por Ma'sum, quien había presenciado la conversación entre el egiptólogo y los trabajadores, Zaki comenzó a golpear las losas de piedra caliza en la parte posterior de la estatua con una pala hasta que oyó un sonido hueco.

—Hay un agujero justo debajo de esa losa. Debe estar aquí. Ven a ayudarme —explicó Zaki en voz baja.

Al retirar la losa suelta, encontraron escalones. Cada uno de ellos llevaba una bolsa con comida y agua, queroseno para las lámparas, algunas herramientas y bolsas vacías en las que guardarían el tesoro. Era una carga grande, pero los dos jóvenes, siendo cautelosos, pensaron que si tardaban más de lo previsto amanecería y tendrían que esperar hasta la noche siguiente para salir.

En las escaleras, mientras colocaban la placa de piedra caliza para disimular la invasión, sintieron que les picaban los dedos por tocar el tesoro y ya se imaginaban viviendo en Francia con todos los lujos que merecían. El plan era prometedor, pero, cuando encendieron las lámparas, lo que vieron fue un largo pasillo intercalado con varios otros.

—¡Un laberinto! — murmuró el más joven con voz desanimada. De repente, el sueño de vivir en Europa desapareció como humo llevado por el viento.

Zaki apretó los dientes. Esperaba encontrar una cámara. Túneles y más túneles en todas direcciones fue una sorpresa más que desafortunada. A pesar de este revés, no se rindió.

—Sigamos adelante.

—¿Estás loco, hermano? ¡Nos perderemos ahí dentro! —respondió Ma’sum con impaciencia, moviendo la mano en un amplio movimiento como si quisiera indicar todos los caminos al mismo tiempo.

—No seas dramático. Somos inteligentes y encontraremos el camino de regreso. Piénsalo, si nuestro bisabuelo tenía razón sobre el lugar escondido bajo la Esfinge, también tenía razón sobre la existencia del tesoro.

Ma'sum se quejó y refunfuñó, pero, como siempre, acabó cediendo, por lo que fue tras su hermano. Caminaban en línea recta, iluminando los pasillos transversales e intentando identificar alguna caja o jarrón con riquezas. Encontraron solamente huesos carcomidos por el tiempo.

—Probablemente, él no encontró la salida —comentó Zaki, sintiendo un escalofrío recorriendo su espalda.

—Si fuera eso, ¿dónde está la cabeza? —respondió Ma’sum, mirando a su alrededor, pero sin lograr localizar el cráneo. Estaba claro que el muerto había sido decapitado. Es más, el que perpetró el crimen se había llevado la cabeza de la víctima. ¿Por qué alguien cometería un acto tan nefasto? Ma'sum tuvo un mal augurio. —¡Vayámonos mientras sea posible!

—Tonterías… Este crimen ocurrió hace muchos años y el culpable ya no existe.

—Y el tesoro tampoco, imagino. Este crimen lo cometió alguien que no quería compartir nada, por lo que mató a su pareja y se fue con todo.

Zaki pensó por un momento. Su hermano, a pesar de su corta edad, era muy sabio.

—Quizás tengas razón, pero sólo podremos estar seguros de ello si no hay ningún tesoro. Un solo hombre no podía llevar todo el tesoro. Así que acabaremos encontrando más, sólo tenemos que buscarlo.

—Está bien, pero apurémonos y terminemos esta búsqueda. —Ma'sum levantó la lámpara y pasó junto al esqueleto, frotando su espalda contra la pared para no acercarse demasiado a los huesos, y mirando hacia atrás para asegurarse de saber por dónde regresar.

Sin embargo, cuando estás dentro de un laberinto, el miedo a perderse se convierte en una idea fija, y el cerebro trabaja en esa dirección, provocando que la persona se confunda. Poco después, ninguno de los dos tenía una idea clara de hacia dónde habían caminado y, peor aún, encontraron otro esqueleto. Al igual que el primero, este había perdido la cabeza. Al principio pensaron que habían caminado en círculos y regresado al lugar del primer esqueleto, pero Ma'sum se dio cuenta de que los huesos ocupaban una posición diferente, apoyados contra la pared, mientras que el otro muerto estaba tendido en medio del corredor. Dos asesinatos cometidos con el mismo estilo.

—Al parecer los ladrones no eran un dúo, sino un trío —reflexionó Zaki.

—O este lugar servía para sacrificios —aventuró el más joven.

—Es una posibilidad, hermano… ¿Pero así, simplemente tirado en el suelo? No hay altar ni ninguna evidencia de una ceremonia… Me parece muy extraño.

El otro sacudió la cabeza, aceptando que sería muy extraño hacer sacrificios sin ningún ritual, y los rituales siempre implican un escenario elaborado. Todo se volvía cada vez más aterrador y lo único que quería era irse. Ni siquiera le importaba vivir de forma miserable, ya estaba acostumbrado. Preferiría ser pobre que morir perdido ahí abajo.

—Hemos caminado mucho, Zaki, y no hemos encontrado más que polvo y huesos. Ya no tengo esperanzas de encontrar riquezas.

—Está bien —refunfuñó el hermano mayor, resignado—. Volvamos.

Ma'sum sonrió, aliviado, al ver que su hermano estaba mostrando sentido común. Dio unos pasos hasta llegar a otro pasillo y señaló a la derecha.

—Venimos de esa dirección.

Zaki no tuvo tiempo de responder ni unirse al otro. El muro se cerró frente a ellos, separándolos. El susto fue tan grande que casi se le cayó la lámpara. Se arrojó contra la pared que acababa de cerrarse, tratando de encontrar alguna palanca, intentando abrirla con la yema de los dedos.

—¡Ma'sum! ¡Ma'sum! —gritó fuera de control.

La pared era tan gruesa que no podía escuchar la voz del más joven, aunque lo sabía que su hermano estaría gritando del otro lado. Sacó el cuchillo de su funda y golpeó con el mango la superficie de piedra, tratando de establecer algún tipo de comunicación. Acercó la oreja y notó resonancia. Fue su hermano quien, en respuesta, golpeó la piedra, probablemente con algo metálico, y los golpes sonaron desesperados. Pasaron unos segundos y ya no escuchó ningún ruido.

Zaki sintió que las lágrimas rodaban por su rostro. En ese momento ya no quería riquezas, sólo a su hermano. Respiró hondo y trató de calmarse y pensar con más claridad. Concluyó que Ma'sum era demasiado inteligente y continuaría con el plan original de regresar a la salida. Por eso, Zaki decidió que él haría lo mismo, y se llenó de esperanza de que pronto se reuniría con su hermano, de quien nunca más se separaría.

Sus piernas no estaban muy firmes por el nerviosismo, pero no perdería el tiempo descansando. Regresó por el túnel, pasó directamente junto al esqueleto sin prestarle mucha atención, ya que tenía prisa, y tomó lo que pensó que era un pasillo paralelo, tratando de ir en la dirección que su hermano le había señalado. Pero a pesar de lo angustiado que estaba, ya no pensaba con claridad, de lo contrario no habría tomado un corredor diferente al que había venido. Lo único que hizo, cuando decidió pasar por otro pasaje porque pensaba que sólo un muro lo separaba de su hermano, fue complicar aún más la situación. No sólo se alejaba cada vez más, sino que en un momento sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Cayó en un pasillo oscuro, en un nivel debajo de él, sintiendo un dolor agudo en el tobillo y no pudo reprimir un grito de agonía. Se dejó caer de espaldas en el suelo, con los brazos abiertos, y se quedó allí jadeando y gimiendo hasta que logró controlar su respiración. Al mirar hacia arriba, vio que había caído desde una altura de más de tres metros. Milagrosamente, la lámpara estaba intacta, ya que había caído bajo un montón de arena. Ojalá él hubiera tenido la misma suerte, pero no, todo lo que podía sentir era el duro suelo de piedra caliza debajo de su cuerpo.

Le dolía tanto el tobillo que pensó que se lo había roto, pero al lograr mover el pie, se dio cuenta de que solo era un esguince, y se sintió más aliviado... pero no mucho, ya que pronto se dio cuenta de que ahora la situación se había vuelto aún más complicada. No solo había perdido a su hermano, sino que estaba atrapado en un nivel inferior del laberinto, es decir, cada vez más alejado de la salida, cada vez más alejado de Ma’sum. Y, coronando el infortunio, estaba herido y no podría llegar muy lejos.

El estado de ánimo de Zaki se fue volviendo cada vez más turbio. Era como si una nube negra hubiera caído sobre él y lo envolviera lentamente. Se sentó, doblando las piernas y abrazándose las rodillas, sin saber qué hacer.

Mientras sus ojos recorrían el nuevo entorno, reconoció otros huesos humanos allí. Estaban apartados, como si alguien hubiera desmembrado a la víctima, y no tenía la cabeza.

Tragó fuerte y se puso de pie, luchando contra el dolor en el tobillo que lo atormentaba. Probó su pie lastimado y vio que podía caminar, aunque con mucho sufrimiento. Tomó la lámpara y trató de decidir adónde ir. Ya no tenía sentido intentar reconocer la dirección correcta para salir. Lo único que no podía hacer era quedarse quieto.

Cojeando y gruñendo de dolor, se dirigió en dirección opuesta a los huesos. Tenía miedo de que ocurriera otra caída. Miró al suelo, tratando de distinguir cualquier señal que pudiera indicar una trampilla. Si volviera a caer, se lastimaría aún más y tal vez no podría volver a levantarse, y si la profundidad de una nueva caída fuera demasiado grande, seguramente moriría. También existía la posibilidad de otro tipo de trampas, como ser aplastado por paredes en movimiento o que alguna parte del techo cayera encima de él. Zaki había escuchado historias aterradoras de su bisabuelo sobre personas que habían entrado en tumbas y pirámides y nunca lograron salir. El anciano también había mencionado que debajo de la meseta de Giza había una inmensa red de túneles y cámaras. Zaki recordó de inmediato las palabras exactas susurradas por el anciano:

¡Duat! El inframundo de los antiguos egipcios.

Ahora vio el laberinto con otros ojos. Si al principio pensó que se trataba de unos pocos pasillos en una cámara no mucho más ancha que la Esfinge, ahora pensó que se había apresurado a juzgar. Este lugar podría ser mucho más grande. Incluso podría ser tan ancho como la meseta de Giza, extendiéndose bajo las grandes pirámides y tal vez rodeando tumbas no descubiertas, y dividido en varios pisos.

Pasaron las horas, Zaki ya había bebido más de la mitad el agua y devorado toda la carne seca que había traído en su bolso. Estaba completamente desorientado en el laberinto. Quería llorar, pero ni siquiera tenía fuerzas para hacerlo. De vez en cuando llamaba en voz alta a su hermano y la única respuesta era el eco de su propio grito.

Luego notó una rampa que subía y eso le dio un rayo de esperanza. Si regresaba al piso superior, estaría al mismo nivel que su hermano, si el otro no hubiera caído por una trampilla como él.

Subió la rampa y se encontró con otro esqueleto decapitado. Una vez más. Había dejado de contar, pero imaginaba que desde que entró en el maldito laberinto había visto más de veinte. Estaba rodeado de muerte y soledad. ¿Cuántos habrían sucumbido allí? ¿Y por qué no tenían cabeza? Tantas preguntas se arremolinaban en su mente.

—¡Zaki!

La voz de su hermano llegó a sus oídos como la música más hermosa. Levantó la vista y vio a Ma'sum saludando al final del pasillo con una amplia sonrisa iluminada por la lámpara. Y esta visión era más preciosa que la de un tesoro, que la de un oasis en medio del desierto cuando estás a punto de morir de sed.

Las lágrimas se mezclaron con el sudor que le salpicaba el rostro y empezó a correr arrastrando una pierna, pero sin siquiera prestar mucha atención al dolor insoportable en su tobillo. Lo único que quería era abrazar a su hermano con la fuerza de un oso, como solía hacer en cada cumpleaños de su pequeño, porque era el único regalo que podía darle. Y en cierto modo, aquello fue un aniversario, un renacimiento.

 —¡La salida, Zaki, está aquí mismo! —explicó Ma’sum con gran emoción, mientras indicaba la dirección.

De repente, una sombra se arrojó sobre el menor y él desapareció de la vista de Zaki, quien congeló sus movimientos. Un rugido y un grito de terror. Luego, el inquietante sonido de algo rompiéndose, siendo aplastado.

En medio del pasillo, con el corazón acelerado, Zaki llamó a su hermano, pero su voz era baja, casi un susurro.

No pudo evitar lo que haría a continuación. A pesar del miedo y de sentir un inmenso peligro impregnando el aire, necesitaba ver qué le había pasado al más joven.

Con pasos lentos, llegó al final del pasillo y miró hacia un lado. Vio a su hermano tirado en un charco rojo. Su cabeza ya no existía. Lo habían arrancado junto con el cuello.

Y alejándose por el pasillo, había un monstruo con cuerpo de león y alas de águila. La criatura quimérica se detuvo y miró hacia atrás. Sus ojos negros brillaban como obsidiana, y su rostro era humano y hermoso, con rasgos que serían perfectos si no fuera por una cicatriz que iba desde su frente hasta su pómulo.


Lu Evans es brasileña, licenciada en Periodismo y estudiante de Antropología en el Central New Mexico College/USA. Ha publicado dieciséis libros, algunos de los cuales han sido traducidos al inglés y al español. También es dramaturga, cuyos textos de teatro infantil y para adultos han sido representados y premiados en Brasil. Sus cuentos han aparecido en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es miembro del Centro de Literatura y Cine André Carneiro, de la Academia Internacional de Literatura Brasileña y de la Speculative Literature Foundation/USA, de la que es jurado en los concursos A.C. Bose y Diverse Worlds + Diverse Writers. Coordina el proyecto Fantastic Literature by Women/US y Fantastic Writers (con Rozz Messias). Algunas de sus colecciones incluyen autores de distintos países: América Fantástica, Fator Morus, Vozes Intergalácticas, O Último Dia do Futuro y Terra Mágica.

 

LA ODISEA DE TU VIDA

 Luis Saavedra

 

Nunca me siento cómodo en tu presencia. Sentarme en tu silla de visita es lo más cercano a sentirse un microbio bajo tu lente. Comienzo por cogerme las manos y a pensar en qué se te habrá ocurrido ahora a esa cabeza tuya. Pero sigues jugueteando con tu reloj y lo observas ociosamente. Finalmente dices:

—Mira, me lo compré el fin de semana. Era de los últimos que quedaban.

¿Me llamas para mostrarme tu nuevo juguetito? Son las cosas que me ponen nervioso. Como siempre ocurre en los ámbitos laborales, la relación entre un jefe y un subordinado se remite al saludo de la mañana, la pregunta sobre el fin de semana y el hasta-el-lunes del día viernes. Y, por supuesto, las reuniones de avance de los días miércoles, que son lo más parecido a esas sesiones de interrogación de los policiales negros que conozco. Es muy posible que salga con menos sangre de la que entré si no voy preparado.

—Te mide el ritmo cardíaco, la cantidad de kilómetros y las calorías. ¡Es la raja!

Desde el principio, finjo interés porque me parece una mierda. Pero mi rastrero ADN me obliga a adularte para matar el tiempo suficiente y evitar dar cabida a temas en los que no tengo la más mínima defensa; hablo de mi tiempo como trabajador de esta empresa. Tu rostro moreno y cuadrado se concentra en sacarle alguna función muy complicado al aparato, para que hable o cante o alguna cosa parecida. Yo me inclino en una señal calculada de apoyo y juntos miramos la pantalla de cristal líquido, que solamente el chino que lo armó puede descifrar completamente.

—Puta la weá complicada, estuve todo el fin de semana leyendo el manual, tiene como cien páginas.

—Es que debe ser para profesionales —retruco y sé que habla mi sistema límbico aprovechando todas las opciones para sobrevivir y dejarse caer en gracia. Lo odio, pero es un odio sin destino.

—Sí, poh, ahora que tengo la bicicleta, con la Ivana podemos hacer biking y trekking. —Tus delicadas manos de uñas manicuradas siguen atormentando al pobre reloj. Se me hace difícil verte arriba de una mountain bike pedaleando y sudando con la mirada en el suelo.

Declaro:

—Yo nunca uso reloj, desde que era chico que no uso. No me gusta la sensación de que me aprieta la muñeca.

Me miras un segundo entero con esos ojos tan profundamente negros, mientras el reloj comienza un pitido regular:

—Esto no es un reloj. Mira, ahí está el cardiómetro.

Marcos Mamani, llegaste a estudiar ingeniería industrial a Santiago en la Universidad Católica y nunca te sentiste distinto por tener origen aimara. Yo creo que parte de tu éxito en esta vida se debe a que nunca te acuerdas de ello porque en un ambiente en donde el dinero fluye, todos los hombres son iguales. No te has casado aunque llevas cuatro años conviviendo y no sientes pesar, te permite tener varias canas al aire al mismo tiempo. Bebes whisky después de la siete de la tarde y te inunda la ira cuando no tienes la razón. Te gusta tu status quo y siempre tenemos la clase de discusiones valóricas que nos separan por océanos. Hace un par de años nació Isabella, la niña de porcelana blanca que es tu hija, y sacó tus ojos intensamente negros.

—Aquí está el panel de control —dices triunfante y me hundo en una ensoñación salpicada de íconos grises de 8x8, mientras tu voz me arrulla. Veo el futuro, debería ser el mío, pero por designio divino solo puedo ver el tuyo. ¿Te preocupa que te lo cuente? Tranquilo, no lo vas a saber nunca porque me voy a la tumba con el recuerdo. Pero me debes una.

Tu hija Isabella será una chica chispeante y atractiva en trece años más y veintidós antes que se case. Siempre intentarás ocultar su fuerza vital a los lobos de tu misma especie, porque es el irónico karma de un depredador que se convierte de la noche a la mañana en pastor. Tu celo excesivo criará en ella a una chica fuerte y resiliente que siempre reclamará su libertad y a la que siempre se la negarás. No, no siempre. No puedes estar de patrullaje toda la vida y ella descubrirá su sexo con más intensidad que lo hiciste tú. También se divertirá llevándote a casa a los más perfectos hijos de puta para ver tu cara cobriza volverse púrpura. Al final moldearás una imagen involuntaria de ti mismo.

“Isabella”, se me escapa entre dientes y tú te detienes un rato y te iluminas. Siempre ha sido un gran tema para ti.

—Está super bien. El otro día la Ivana estaba pelando tomate y a ella le gustan mucho, y se acercó y la empezó a mirar y a decir “hum” todo el rato, pero la Ivana no la pescaba. Así que empezó a decir “qué rico tomatito” a cada rato hasta que la Ivana no aguantó más y le tuvo que dar un platito con tomate y se lo fue a comer al living.

Así es, siempre conseguirá lo que le plazca. No como la niña consentida que quieres que sea, sino por la vía de una vieja astucia de mujer que la misma Ivana arrastra en sus genes españoles. Además, ¿quién se podrá resistir a un par de ojos negros en un níveo rostro como el de ella? Hasta que el verano de 2030 levante la vista y vea por primera vez al Príncipe Negro.

Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, y detrás de cada gran mujer hay un gran pedazo de hombre. En Ibiza, Isabella encontrará la horma de su zapato en la figura del mulato de ojos verdes. Party boy y alemán de mezcla, el Príncipe Negro estará acostumbrado a una natural adoración femenina pasiva, pero Isabella no será pasiva y, sin embargo, será él quien la seduzca. Lo traerá de vuelta a Chile y te lo presentará y sabrás inmediatamente, como los lobos viejos frente a un nuevo macho alfa, que tu reinado está kaput. Se casará en el otoño de 2032 y tendrás que tragarte un apenas fingido sentimiento de devastación. El secreto deseo tuyo, de todos, es no volverte viejo.

—Viene con un cable para poder descargar tu ritmo cardíaco al PC.

—¿Y pa' qué te sirve esa weá?

—No sé, supongo que esperan que haga alguna estadística con eso.

Las estadísticas indican que el mundo se volverá una aldea global para el 2050 y el gen del pelo rubio se perderá en una marea de genes no caucásicos. El Príncipe Negro será un ejemplo de ello. Tomará a Isabella y se la llevará lejos de ti, a Amsterdam. Aquí es cuando desapareces de mi visión, pero no significa más que eso y no sé si mueres o es que simplemente el foco de la historia te deja de lado porque ya no importas.

Adolph nacerá en 2036 de la mano de una economía global ya tan intrincada que nadie se preocupará por entenderla. Adolph tendrá la piel suavemente chocolate y una nariz tan respingada que todos se preguntarán de qué parte de la familia viene. Por supuesto, tú también pondrás tu parte en el cóctel genético y esos ojos negros te corresponderán.

Será un niño tan callado y frío que asustará. Isabella nunca se podrá explicar bien la leve sensación de miedo que inspira Adolph, aunque habrá psicólogos y gente bien intencionada que le dirá que nació sin alma o que es un niño índigo. Y en realidad no habrá nada de qué preocuparse si solo será que el niño es como el agua estancada que acumula silencio y observa. Así será durante años para la familia en Amsterdam y el Príncipe Negro se convertirá en un digno hombre de trabajo llevando la empresa familiar: suplementos alimenticios para el tercer mundo, en base a fauna marina a granel. Pero Adoph, ah, Adolph, escribirá su primer libro a los diecisiete. Una gran sorpresa para ustedes, amarga por cierto.

—Ahora que hay más ciclovías, voy a empezar a venirme en bicicleta al trabajo —me dices.

—Bien —te digo. Pero ya sabes tú, me interesa un cuerno.

Sus libros serán ácidos recuerdos inventados de su familia. Aunque no tendrá un motivo para ser infeliz en su infancia, volverá una y otra vez a narrar desgracias y abusos a cada cual más truculentos. Afortunadamente no aparecerás en ninguna de sus novelas, pero Isabella se llevará la peor parte y se volverá una mujer angustiada e insegura. El Príncipe Negro, para entonces un sapo ventrudo sin fuerzas para nada más que sus negocios, se alejará de ella durante semanas, meses y luego para siempre. Adolph continuará su estela despiadada de escritor y se elevará hasta el culto describiendo a una Europa metida hasta las gónadas en una decadencia preapocalíptica. Alguna vez se le preguntará de dónde sale tanta mala leche y responderá que siempre odió Europa, que nunca se sintió cómodo entre tanta estúpida burguesía, empezando por sus padres. A los veinticinco decidirá que estudiar una inútil carrera en Arte no viene con él y se va de viaje por el mundo con nada más que doscientos euros. Esperará ver paisajes, naturaleza, espacio abierto. Una imagen vaga nacida de la esperanza de que la furia que siente por dentro, y que piensa que es un resabio de la vieja lucha de clases, se aplacará con la panorámica de sistemas ecológicos menos intrincados. Pero no quedará mucho a esas alturas y la temida sexta extinción masiva vendrá, se quedará, se enseñoreará y al fin será el pan nuestro de aquellos días.

Pero será igual de fascinante para él. Su cuarto libro se llamará Anticipos del Fin y hablará sobre la ausencia de Gaia y la revelación de que la fauna ahora es completamente humana, que los hombres han tomado las formas animales ausentes y se podrán encontrar mujeres-venado y hombres-pájaro. En Hong-Kong se enamorará de una prostituta de mirada infantil y silenciosa, será la mujer-sirena. Tendrán un camino largo y tortuoso hacia el amor, con alejamientos y recaídas hasta que Amy Chee Hwa se despierte un día con el sabor de la mierda en la boca y sabrá. Caminará hasta el lugar de Adolph y le gritará con todo el odio de su pequeño cuerpo que está embarazada. Josephus nacerá en 2070 y tendrá los profundos ojos negros que te unen a él. Adolph volverá a Amsterdam con el niño, solos.

—¿Tú nunca has tenido bicicleta, Luis?

—No, nunca me compraron una.

La mujer-sirena desaparece de mi visión, se hunde en el caos mundial de 2079, cuando una profunda crisis financiera azote a este planeta impávido y desgastado. Aún hoy se ve a simple vista que no alcanza para todos; hasta tú podrías verlo, si no estuvieras tan inmerso en el “reloj”. ¿Cuál es su huella de carbono? Las Guerras del Agua comenzarán en 2085 en Venezuela, se extenderán al Medio Oriente y luego a África y al Asia más empobrecida.

La historia de Josephus es la más convulsa que me toca ver. Un escritor se debe únicamente a su arte, es un axioma que se corrobora en el tiempo con obras maestras y vidas destruidas. Los mejores escritores muchas veces fueron también los peores seres humanos –narcisistas, obsesivos, egoístas– que solo provocaron dolor. Adolph no será cualquier padre sino el peor. Isabella aparecerá de nuevo como una madre incompleta con una nueva oportunidad, mientras Adolph siempre estará ausente de la casa de Amsterdam. Serán días calmos y tensos entre ella y el niño, pero se avenirán. Sin embargo, el Hado es unívoco y no habrá piedad para nadie. Isabella morirá de un infarto un año antes de las Guerras del Agua, ya solo quedarán el padre y el hijo.

Josephus tendrá la mirada infantil de su madre, la fuerza aprendida de Isabella y la furia de su padre. No es retraído, pero le conviene serlo y aprende a convivir de sobreviviente en su propia casa, a establecer vínculos emocionales pasajeros con extraños y sobrellevar rápido las pérdidas. Adolph no entiende a ese adolescente tan distinto que lleva la misma sangre y desearía controlarlo, pero el chico ya ha desarrollado autosuficiencia para escapar el mismo día que llega el descontrol a Europa. Dejará una nota a su padre en su residencia en París porque lo quiere a pesar de todo, siente admiración por ese padre tan inflexible e inalcanzable. Reunirá unas pocas cosas y una carta muy extensa que le dejará Isabella como parte de su herencia. Y luego saldrá a las calles llenas de autos eléctricos incendiándose, mientras las fumarolas negras de la ciudad alcanzan la cúspide de la Torre Eiffel. Cruzará la frontera hacia la Europa del Este, donde sabe que jamás lo encontrarán. Entre viajes en vagones de tren y marchas por frías carreteras, Josephus leerá la carta de la abuela y se enamorará de ese país tan lejano que es Chile; Isabella jamás retornó y te extraña, y extraña la geografía hecha de silencio de la vez que la llevaste a conocer a sus abuelos, en el Norte. Desde entonces, Josephus escapa buscando la forma de cruzar el Atlántico.

—Bueno, vayamos a lo nuestro, Luis. —Ah, se acaba la diversión.

Tú ni te imaginas el caos. Si te contara, me echarías de tu oficina de una patada en el culo. Europa al fin se caerá a pedazos, después de siglos de decadencia, pero los tiempos duros son siempre bien aprovechados por los hombres de puño despiadado. El niño de mirada infantil al fin evoluciona y no siente mucho cuando balea a dos muchachos albaneses por orden de su Hermandad. Pero será una noche larga y cansadora, y comete el error: deja a uno de ellos vivo, suponiendo que morirá desangrado. En 2089, volverá a huir siguiendo la línea de la costa mediterránea, y recordará Chile. No hay camino seguro y sus años de circo como asesino le asegurarán un rápido pasaje hacia Portugal, seguido de cerca por la Hermandad. Al llegar, ya estará sin recursos y desesperado, pero conocerá a Branca que lo esconderá durante dos meses antes de conseguir cupo en un buque albacorero, que zarpa desde la empobrecida Setúbal. En medio del Atlántico, Branca le dirá a Josephus que está embarazada. Él querrá que se llame Isabel, si es niña, y le entregará la carta junto con tres pepitas de oro. Le hablará de su sueño y luego se irá con tres hombres que ella no alcanza a ver. No volverá.

Isabel será abandonada, a pesar de sus hermosos ojos negros. Chile es de nuevo una dictadura, casi toda Latinoamérica lo es. Recuerden, en tiempos interesantes los horribles hombres tienen oportunidades de hacerlos más interesantes. Sobrevivirá en una pequeña misión cristiana en Antofagasta hasta que tenga diecinueve, cuando sea violada en medio de un levantamiento del pueblo ante la pobreza y el agotamiento. Se escabulle como puede de los escombros y de la ciudad, pero la carta arde junto a los cuerpos de cientos de seres humanos. Ciega al destino, llegará a Conchi Viejo, un pueblito muy perdido cerca de Calama, donde solo viven dos hermanos aimaras, una mujer y un hombre muy viejos. El hombre lanzará una bienvenida y la mujer levantará la mirada hacia el Oriente para luego decir: “Ahora estamos solos”. Eurasia acaba de volar producto de decenas de antiguas ojivas nucleares en manos de mafias locales. Para Isabel eso será un mero detalle, estará más preocupada por la persona que crece en su vientre.

—¿Comencemos? —dices y yo asiento con la cabeza. Me duele saber que la visión se esfuma de a poco, pero hay algo tranquilizador en el final. ¿Sabes que Mamani significa el creador en aimara?

En 2110, nacerá Naira, la de los ojos grandes; la Pachamama la recibirá de vuelta, después de más de cien años desde que tú te alejaras de ella y con ella iniciaremos un nuevo ciclo para este subcontinente que siempre ha estado solo. Esta vez no le deberemos nada a nadie.


Luis Saavedra Vargas nació en 1971 en Santiago de Chile. Siempre se interesó en lo fantástico por su estética de colores chillones y luminosos y sus monstruos siempre enfurecidos con buen gusto por las mujeres. Se le conoce mejor como editor del fanzine chileno Fobos y los Púlsares, los libros que recogieron los relatos ganadores del concurso del fanzine. Sin embargo tiene su faceta de escribir: su relato “Ol’fairies Bar” quedó finalista del concurso Domingo Santos 2005, en España, mientras que ha sido seleccionado para participar en antologías nacionales y extranjeras, y así también ha sido traducido al francés, italiano, inglés y, sorprendentemente, el árabe. Hoy forma parte del colectivo chileno de escritores fantásticos Poliedro, que lleva cinco colecciones de cuentos a la fecha y se prepara a sacar la sexta. 




EN CASA AJENA (OCHO)