El ermitaño
Laura Irene
Ludueña & Víctor Lowenstein
Había elegido practicar
una vida solitaria y ascética, sin contacto alguno con la sociedad. Le gustaba llamarse a sí mismo ermitaño
porque sabía que en griego significaba “del desierto” y no había mejor termino
para describir su vida. Solo en la montaña, sus días transcurrían medidos por
la claridad del sol, la búsqueda de las frutas y raíces comestibles que el
lugar ofrecía, el murmullo del viento y los rezos permanentes. Sus noches, por
el ritmo lento de los astros y la cadencia de sus propias oraciones.
Esa
madrugada, un destello de luz lo despertó. En la entrada de la cueva, una
figura que apenas parecía humana flotaba, como impidiéndole salir a buscar su
sustento. Conmovido, contuvo la respiración, esperando que algo ocurriera.
¿Acaso era Dios? ¿Un ángel? ¿O algo que los ojos mortales jamás habían
contemplado y que él tenía el privilegio de presenciar gracias a su ascetismo?
Aun así, una certeza lo atravesó como si fuera un relámpago silencioso que
desgarrara su piel y llegara hasta lo más hondo de su alma. Y en ese instante eterno,
supo que su vida tal como la conocía, había quedado atrás.
El
aire estaba cargado de algo que no podía nombrar, no era frío, pero tampoco
calor; no tenía un aroma definido, pero tampoco era inodoro; no tenía sonido, pero
se sentía como una vibración musical, rítmica, semejante al eco de un salmo que
nadie pronunciaba. Cada fibra de su cuerpo se esforzaba por reconocer lo
imposible ¿qué estaba pasando? Después de tanto tiempo, ¿qué venía a alterar el
pacífico silencio de su mundo?
El
destello de luz se desplazó hacia él con la suavidad de un susurro y por un
instante creyó escuchar palabras sin sonido, una especie de mensaje que
necesitaba ser descifrado. Cerró los ojos y al abrirlos de nuevo, la figura
seguía allí, aparentemente inmóvil, como esperando. Entonces, por un breve
instante, su mente captó un detalle que no podía explicar con palabras, la luz
parecía respirar y en cada exhalación lo envolvía como un manto. No era ni
amenaza ni consuelo, sino una revelación: lo que había buscado en años de silencio
ahora lo encontraba a él, de un modo imposible de comprender.
El ermitaño se puso de rodillas
instintivamente; no tanto bajo la necesidad de prosternarse ante una presencia
divina. Era su percepción, ampliada por el silencio de la noche y su propia
atención, que lo llevaba a forzar la vista hacia el destello que vibraba en la
entrada de su cueva. Fuera, un cielo estrellado extendía su penumbra celeste
sobre las rocas, arena y los montes circundantes. Frente a él, en el acceso a
su humilde morada el destello, que era bola de luz y llama informe, comenzó a
desplegar su verdadera fisonomía.
La figura humana se mostraba en todo su
flameante esplendor. No era un cuerpo. No tenía materia, era un ser de luz pura
ondulando en el aire como la llama de una vela. El ermitaño se estremeció ante
esa presencia ya formada… sus ojos se centraron en el rostro del ser, ángel o
genio alado, esperando reconocer en una mirada o movimiento de labios alguna
certeza con que identificar la presencia. Emocionado logró distinguir cómo su
boca se movía, los labios pronunciaban algo en voz muy baja mientras en su mente,
el ermitaño intentaba descifrar el mensaje.
En su cabeza pugnaban mil interrogantes. Por
una vida de reclusión voluntaria creía ser merecedor de aquella visita, de la
que anhelaba saberlo todo. El ermitaño formulaba preguntas que se atropellaban
en el umbral de la consciencia, sin percatarse que la entidad superior que
destellaba en la entrada de la cueva veía interrumpida su capacidad para
comunicarse. ¿Eres Dios? ¿Una deidad, un ángel? ¿Eres mi ángel de la guarda o
un espíritu errante del desierto? ¿Quién, o qué eres?
—Soy Shervs, mensajero celeste —dijo el ser, con
palabras que nadie pudo escuchar, por lo que su trascendente anuncio pasó
desapercibido para la bullente atención del hombre, perdida en una turba de
preguntas reiteradas. Pero lo que sí alcanzó a ver fue una gran llama separarse
en varias chispas individuales; cada chispa volverse cuerpo de luz y cada uno
con un rostro mirando a sus luminiscentes compañeros. Ciertamente hablaban
entre ellos, murmuraban. Por un instante se hizo una pausa en la mente del ermitaño,
durante la cual, claramente escuchó a uno de los seres decirle a los demás: “Es
inútil, hermanos, no tiene paz. No está preparado para nosotros” fue una frase
breve, rasante, pero lo suficientemente sentenciosa. Las figuras comenzaron a
difuminarse. Las llamas se apagaban, desvaneciendo su ser para siempre.
—No,
por favor no… —suplicó el ermitaño con los ojos llorosos y las manos unidas en
temblorosa súplica.
La entrada quedó vacía. Sólo se veía la
noche, se oía al viento ululante y la piel podía sentir esa brisa fresca de las
horas nocturnas del desierto. El ermitaño no sentía nada, más que un vacío
insoportable en su espíritu.
Nunca volvió a sentir una presencia similar,
ni experiencias de esa naturaleza. Por sus meditaciones creía saber de la
existencia de una “hermandad de la luz” seres que habitan el desierto
prodigando a veces la gracia de la sapiencia eterna a seres solitarios que
alcanzaran una perfecta paz espiritual. El ermitaño no contaba con no merecer
esa gracia.
Tuvo
todavía una larga vida de retiro para aceptarlo.
Nunca te vayas de mi lado
Eveline van Dienst & Luc Vos
Nunca supe qué
había en esa caja al fondo del sótano. Papá la llamaba "prohibida". Ahora
que se muda a una casa más pequeña, no tengo más remedio que revisar sus cosas.
La caja apesta y parece como si el
contenido ocupara menos de la mitad del volumen. El contenido se mueve; se oyen
golpes sordos.
La sacudo, el golpeteo vuelve a
sonar. Tengo las manos húmedas cuando levanto la tapa; se me llenan los ojos de
lágrimas al reconocer a Coco.
—Se fue —gruñó papá cuando pregunté
por él hace mucho tiempo—. Tienes que aprender a soltar. Deja de llorar.
Él no podía hacerlo.
Desconsiderados
Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldívar
—El chocolate está vencido —dijo Hanzel, chupando el picaporte de la casa
de la bruja.
—Y estos confites están durísimos —agregó Gretel.
—¡Claro, ustedes creen que es fácil mantener una casa
de chocolate en medio de un bosque! —intervino la bruja—. ¡Un bosque! ¿Saben la
cantidad de moscas, abejas y osos que tengo que espantar a escobazos? Ya tengo
los nervios a la miseria. Y con todos estos celulares con GPS no se pierden
tantos chicos como antes. El hambre que paso… Ustedes no tienen idea…
—¡Eso no nos importa! —gritó Hanzel.
—¡Exacto! ¡Si quiere atraernos, debe darnos dulces de
calidad! —añadió Gretel.
—¡Malditos mocosos! ¡Si quieren calidad, vayan a la
confitería!
—¡Adiós, vieja loca! —aullaron a coro los niños. Y se
fueron.
La bruja estaba asustada, se moría de hambre. Se dijo
que era muy penoso que su vida ya no fuese un cuento de hadas.
El cazador
Graciela De Mary &
Juan Alberto Miérez
—Déjese de joder con la escopeta don Miguel.
Mire que en cualquier momento lo visita El Petiso —comentó como al pasar el
viejo Cipriano, mientras cebaba unos amargos en la galería del rancho.
—¿Qué
petiso? ¡No me va a decir que usted cree en esas supersticiones, Cipriano? ¿El
Petiso? No me haga reír viejo y deme ese mate —respondió el hombre.
—Y bueno…
Si usté lo dice, así será —sentenció el anciano mirando a los ojos del cazador—.
Pero eso de andar matando animales por placer no es cosa buena, amigo. Qué sé
yo. Usté sabrá.
—¡No diga
macanas, viejo! Mañana al mediodía prepare la negra que comeremos de lo lindo.
¡Se lo digo: Donde pongo el ojo, pongo la bala! —rio Miguel con un guiño y un
golpe en la culata de la escopeta.
El monte
oscuro y húmedo se lo tragó en un santiamén. Los perros lo siguieron un trecho
para regresar mansos a los pies del viejo. Cipriano movió levemente la cabeza y
entró. Del brasero apenas quedaban unos tizones humeantes. La luz de la luna le
ponía crestas plateadas a la arboleda.
Cada
semana el empleado del Banco llegaba hasta el rancho del octogenario peón
dispuesto a practicar tiro ante cualquier animal que se le cruzara. Ahora tenía
en vista unos pecaríes que por las noches buscaban saciar la sed en la pequeña
laguna escondida en el corazón del espeso monte, uno de los pocos que se habían
salvado de la avidez sojera.
Esa noche, Miguel hizo lo posible para que los
perros no lo siguieran. No podía dejar ningún cabo suelto. Sus contactos del
Banco le habían pasado el dato: los inversionistas extranjeros sobornaron a los
funcionarios para hacer legal la tala del bosque. El único obstáculo serían los
pocos paisanos que aún quedaban. Había que jugar con sus cartas. Él se había
ganado la confianza del viejo Cipriano. Ahora abriría el juego por el lado de
sus creencias.
Llegó a la laguna sin dificultad. Vertió el
veneno y se sentó pero no para admirar el paisaje sino para calcular la
ganancia que le tocaría si por fin se concretaba el negocio. Tiró algunos
disparos al aire. Esperó. Luego salió corriendo hacia el rancho. En el
trayecto, las ramas le rasgaron la ropa y la piel. Llegó jadeando.
—¡Viejo,
viejo! ¡Déjeme pasar por Dios!
Cipriano se sobresaltó.
—¿Qué ha pasado hombre?
—Usted tenía razón. El Petiso…, me tuve que
defender, viejo
—¿Pero qué dice, m’hijo?
—No vuelvo más.
Al otro día, los pecaríes y algunos capuchinos
canela aparecieron muertos a orillas de la laguna. Miguel hizo correr la voz
sobre una aparición del Petiso y le echó la culpa de la desgracia. Los diarios
de la ciudad apoyaron la versión. Eso, más una serie de árboles que cayeron
fulminados convencieron a algunos vecinos que se fueron para la capital.
La llegada de la soja era cuestión de tiempo.
Solamente había que esperar que subiera el precio en el mercado de Chicago.
Descubrimiento
Myriam Goluboff & Suray Annys
El camino se volvía cada vez más escarpado, pero no sentía cansancio. La convicción de que iba a llegar era suficiente para no apurarse, así necesitara otra media vida. Había aprendido que la urgencia solo lleva a la torpeza, a la desgracia, al dolor y la contrariedad. Era una verdad que se decía a si mismo cuando sentía que su convicción flaqueaba y lo invadía una perturbadora e inevitable ansiedad.
En su mente, de forma permanente, se configuraba la imagen fantaseada de ese lugar casi inaccesible, que no tenía comunicación con el mundo, un lugar del que hablaban aquellos que habían logrado llegar y que años después, habían regresado a su lugar de origen. El mismo mundo con el que él pretendía poner distancia, siempre lejos de la perfección de la vida contemplativa, ajeno a la meditación que imaginaba y soñaba; un mundo pequeño y mezquino que lo había sumergido en el ruido y la lucha por el poder.
Su camino, en cambio, lo llevaba a la belleza, al silencio, a conectar con la esencia del universo. Ninguna pendiente, por más complicada que fuera de vencer, en su camino ascendente, lo podría apartar de la meta soñada.
Al atardecer juntaba pasto para hacer un camastro. Fijaba entre rocas su báculo y alguna que otra estaca que encontrara, e improvisaba con su capa un toldo para protegerse del rocío o la lluvia. Encendía un fuego pequeño, hervía agua y asaba castañas o lo que pudiera encontrar en su andar. Al acostarse se entregaba a cavilaciones recurrentes: no huía de la gente pero tampoco la quería ni la necesitaba… No expiaba pecado alguno, pues su paso anónimo y humilde a nadie hacia ningún mal ni bien… Pero algo habitaba en su interior, un anhelo, aunque no sabía bien de qué… un sin sentido que debía validarse al menos con el goce de estar vivo. Y entonces las castañas dulces se chamuscaban y sabían amargas y el agua se evaporaba, llenándose de visitantes indeseados mientras se enfriaba. Dormía y despertaba sin saber ya cuántas noches llevaba transitando por las grietas de la falla.
Esa noche algo lo despertó, un sobresalto le quito el sueño pero nada parecía moverse en su entorno. Hasta la brisa se percibía dormida. Tomo su cuchillo y reavivó el fuego. Encendió la antorcha y reviso lentamente el perímetro. Nada. Durmió otro rato, sentado, y antes de que clareara despertó por completo. Un cervatillo dormía a su lado. Respiraba irregularmente y se veía sangre en el anca derecha. Lo primero que sintió fue un temor natural… luego uno sobrenatural. Se calmó. Sus tripas se manifestaron y comenzó a salivar. Hacía tiempo no cazaba nada. Era fácil. Tenía hambre. El cervatillo se desperezó y se encogió en un reflejo de dolor. No pudo matarlo.
El cervatillo era frágil. Otra vez luchó entre el instinto de protección que le producía ese ser débil y herido y el de su estómago vacío. No podría seguir viaje por ese camino escarpado llevando el peso del animal. Tendría que quedarse allí, alimentándose mientras pudiera hacerlo. Y luego, sería lo mismo, otra vez los frutos que pudiera encontrar en los árboles y a veces algunos animales pequeños. Sintió una muerte no deseada y también inútil.
Convivió dos días en ese rincón de la montaña, cuidando la herida del animal y compartiendo sus hierbas. El tercer día, cuando amaneció, vio que la herida iba cerrándose y decidió seguir viaje, montaña arriba, hacia ese lugar de meditación donde quienes lograban llegar, se liberaban de todas las cargas de la vida y se conectaban con lo más profundo de su interior y del universo.
El camino era ya parte de esa experiencia: la soledad, el contacto íntimo con la naturaleza y lo principal, el silencio, ahora ese silencio inevitable, que luego sería un silencio voluntario y compartido en esa especie de atalaya, en lo alto de la montaña.
Sus piernas entumecidas se resentían en la escalada. Pasaron más días y más noches. El viento arreciaba. A mayor altura menos reparo. Las rocas se hacían más grandes y estriadas. Había menos bayas, hierbas y raíces que pudieran digerirse y quitar la pena. Sus cantimploras estaban casi vacías; lamer el rocío en las rocas era lo que le esperaba. Hacía al menos tres días que no encontraba una fuente de agua. Pero ya se vislumbraban las crestas de la cumbre y no flaquearía. Devoró insectos y en persecución de estos sintió algo. Parecía una vibración casi imperceptible. Creyó que tal vez fuera él mismo quien sentía debilidad en forma de ligero temblor. Quitando piedras tras una lagartija, una tarde lo sintió más intensamente. Se quedó con la cara pegada en la piedra caliente. Sintiendo. Era una frecuencia regular como el revoloteo de un abejorro que pasa cerca. Al anochecer, la temperatura bajó mucho. Buscó una piedra grande y plana como para acostarse. Envuelto en todas sus ropas sentía la fría dureza de la roca llegando a sus huesos.
Tiritaba, y cuando por fin parecía que entraba en calor y se adormilaba, lo sintió de nuevo. Un miedo supersticioso lo despabiló. Percibía su respiración. Escuchaba los latidos de su corazón. Su cuerpo inmóvil apenas conservaba calor. Pero lo sentía… el suelo ronroneaba. Como si la montaña estuviera viva. Como si oyera la respiración de un gigantesco animal.
Con sus últimas fuerzas se irguió y siguió escalando. Como sea, no podría dormirse. Llegó a la cúspide con la luna sobre él. En el centro de una fantástica y gigantesca meseta, los rayos blancos rutilaban sobre un lago. Aunque su sed lo impulsaba a correr y sumergirse, se detuvo porque en el centro del lago se veía nítida una criatura espeluznante. Solo asomaban de las aguas el cuello y la cabeza, del tamaño de un transatlántico. Se sintió desfallecer. Cayó de rodillas ahogando un sollozo.
—Bebe, hijo mío —le dijo el dragón—. Te estaba esperando.
Cráter
Finn Audenaert & Laura Scheepers
Hansje llevaba
pijamas de dinosaurios desde los tres años. Así lo preferían sus padres. Su
padre era un paleontólogo de renombre. Daba clases durante la mitad del año
académico en Missoula. El resto del tiempo realizaba investigaciones de campo,
en distintos lugares de Montana. Su madre cuidaba de Hansje en Delft; era hijo
único. Cuando el niño extrañaba a su padre, ella nombraba los dinosaurios de su
pijama.
—El plateosaurio. Ese es bueno. El
velociraptor. Ese es muy rápido. El liopleurodon. Ese nada. ¡Pronto también vas
a saber nadar! No hagas pucheros, cariño. Debes estar siempre alegre y amable.
El verano que viene papá vendrá una semanita a casa.
¿Oyó Hansje a su madre sollozar?
Tras una larga
jornada de trabajo, Hans se revuelve inquieto en la cama desde hace horas. Con
sus uñas largas se rasca con fuerza el cuero cabelludo. Primero desaparece su
malestar. Luego, la picazón. Poco a poco empieza a sentirse bien. Así que sigue
rascándose. Se incorpora. El sol naciente ilumina el dormitorio escasamente
amueblado; un primer rayo cae sobre el espejo frente a la cama.
Las manos de Hans se hunden cada
vez más en su cabellera, que sacude con violencia. Una nieve blanca cae sobre
sus hombros. En su cráneo se forman cráteres. Sus dedos no se detienen, siguen
excavando. Se vuelven brillantes y húmedos de sangre.
Entonces los glotones se topan con
un freno. Sienten fuerzas que se oponen.
Hans aspira el aire con brusquedad.
De los cráteres empiezan a salir lentamente criaturas. Parecen seres
prehistóricos. Escamosos. Con dientes relucientes. Los dedos de Hans quedan
suspendidos en el aire, indecisos.
Mira hipnotizado su reflejo en el
espejo. En poco tiempo hay un movimiento frenético sobre su cabeza. Las
criaturas devoran con toda calma sus cabellos grises. Matorrales resecos
desaparecen en sus fauces abiertas. Cuando Hans está casi calvo, descienden por
su cabeza en todas direcciones. Usan los últimos mechones rebeldes como cuerdas
de rappel. Un ejemplar aterriza torpemente sobre su nariz y da un gran mordisco
a su vello nasal.
Solo una vez Hans salió de Europa.
A los diecisiete años visitó las badlands de Montana. Hacía seis años que no
veía a su padre. Un intercambio de correos seco y distante acabó dando
resultado: Hans podía ayudar a los estudiantes de su padre en sus investigaciones
de campo. Durante las excavaciones se habían encontrado fósiles de dinosaurios
especialmente interesantes.
Tras un vuelo impresionante sobre
formaciones rocosas siempre cambiantes, un pequeño grupo de veinteañeros lo
esperaba en el lugar de aterrizaje. Su padre no…
Los estudiantes se protegían los
ojos del polvo rojo que levantaban las hélices del helicóptero. El calor era
asesino en el Parque Estatal Makoshika. Hans saludó brevemente a los presentes.
De inmediato empezaron a hablarle sin parar y señalaron con entusiasmo un
campamento de tiendas y varias casas rodantes. Sin dudarlo, Hans se dirigió a
la caravana más grande. La valija pesaba en su mano.
Abrió la puerta sin golpear, arrojó
el equipaje sobre una silla junto a la entrada y dejó que sus ojos se
acostumbraran a la penumbra. ¿Dónde estaba su padre?
Sobre el sofá cama frente a él se
retorcían dos cuerpos. Las pálidas nalgas de un hombre algo mayor subían y
bajaban rítmicamente. De vez en cuando su cráneo calvo asomaba sobre una
espalda peluda. Al cabo de un rato, por encima de su hombro izquierdo apareció
el rostro aterrorizado de una joven. El gesto de Hans se endureció de igual
manera. Dio un paso atrás y olvidó su valija.
Los días siguientes, el trabajo de
campo pasó ante Hans como en una neblina. Apenas hablaba con su padre. Durante
años había esperado ese encuentro, y ahora solo había incomodidad. El equipo
encontró un fémur y dos tibias de un edmontosaurio. No era un hallazgo menor.
Había una buena posibilidad de encontrar más huesos, pero la estadía de Hans
llegaba a su fin. Además, todo le importaba poco; en esas circunstancias, los
dinosaurios podían irse al diablo.
No podía sacarse de la cabeza la
imagen del cabello rubio y desordenado de Jackie, “también una estudiante de
intercambio”. Durante el largo vuelo de regreso a los Países Bajos pensó muchas
veces en ella, y a veces también en la visión de su padre desnudo al amanecer,
tendido entre fósiles a medio desempolvar en un terreno cercado no muy lejos
del campamento. Hans veía entonces los cráteres ante sí: algunos excavados en
el suelo, otros prolijamente distribuidos sobre la reluciente calva de su
padre. Todavía sentía el mango liso del martillito geológico en su mano.
En los meses siguientes, en un
Delft que le resultaba extraño, dudó si confiarle algo a su madre. Finalmente
decidió callar. Se preguntó hasta la muerte de ella si acaso no lo sabía.
Cuanto más tiempo transcurría, menos hablaba ella con él sobre su padre.
Recién ahora Hans
grita. En la vida cotidiana es más bien una persona tranquila. Si un cliente se
cuela en la fila de la panadería, asiente educadamente al hambriento. Si un
auto se le adelanta para ocupar un lugar de estacionamiento, saluda desde el
volante a la dama apurada. Y si parejas prolijamente vestidas vienen a
testimoniar su fe a su puerta, las escucha atentamente durante media hora. Un
hombre apacible, entonces, de los que lamentablemente nuestra sociedad carece
un poco.
Pero ahora… ¡dinosaurios del
cráneo! ¡Su indefensa nariz! Hay límites, incluso para Hans.
Manotea salvajemente contra la
alimaña. Las largas espinas erguidas de la bestia le pinchan la mano. La sangre
fluye de su nariz; el vello nasal ha sido arrancado de raíz por el dino, como
si fuera una cabra que pasta.
Con rapidez, otro dino se desliza
desde su hombro hasta su mano; el malhechor lame con avidez la sangre. La
pequeña lengua raspa con aspereza la herida abierta. Dos roen el vello de sus
brazos, y siente también algo mordisqueándole las cejas. Si no fueran tan
voraces, resultarían sumamente graciosos. Pero también son muchos. Demasiados…
Unos años después
de su madre, murió también su padre, sin que Hans volviera a verlo. Tras mucho
ir y venir de llamadas y correos con la universidad de Missoula y el equipo de
excavación, recibió un paquete, acompañado de una nota muy americana de cierta
Elena. Durante todo ese tiempo Hans había tenido en la cabeza a la rubia
Jackie, pero quizá las calientacamas de su padre también fueran proyectos de
intercambio.
Las fotos adjuntas mostraban a su
padre con la cabeza llena de cráteres y, aquí y allá en el cuerpo, donde la
ropa no lo cubría, también. El viejo había sobrevivido al horror de aquel
verano; esa había sido la intención. Después de todo, Hans no era un monstruo.
Lo demostraba cada día, incluso ahora.
Y bueno, los cráteres claramente no
habían impedido que su padre siguiera seduciendo mujeres después de la
intervención de Hans. En ese aspecto había tenido más éxito que su hijo.
Aunque después de su viaje a
Montana no volvió a mirar un pijama de dinosaurios, y aunque muy
conscientemente no se dedicó a la arqueología –prefirió convertirse en contador–,
Hans conservaba cierta debilidad por las piedras especiales y los fósiles. En
su dormitorio tenía, como único elemento decorativo, una vitrina donde guardaba
un valioso trozo de escandio, algunos amonites, huellas de patas y, por
diversión, incluso un coprolito: todas piezas encontradas durante sus
vacaciones de senderismo por Europa. A esa vitrina añadió los fósiles más
hermosos de la herencia de su padre. El resto lo tiró directamente al
contenedor.
Durante años los miró de vez en
cuando, sin hacer nada con ellos. Últimamente, sin embargo, empezó a sentir
otra vez el cosquilleo. Se sentaba a menudo frente a la vitrina y sacaba
fósiles, sobre todo los de su padre. Los más extraordinarios eran algunos bebés
de dinosaurio, cada uno aún dentro de su huevo. ¡Bebés! Hans no dejaba de
palparlos. No podía imaginar que fueran reales. ¿Acaso su padre no debería
haberlos entregado a un museo? Y sin embargo, sentía como si… vivieran.
¿Provenía el extraño calor que a veces sentía de los huevos, o simplemente de
las palmas de sus manos?
Una noche decidió sacar los huevos
de la vitrina y colocarlos sobre su mesa de luz, para poder mirarlos desde la
cama, a la luz tenue de la lámpara nocturna.
No mucho después, las cosas
empezaron a salir mal.
Hans casi pierde el
conocimiento. En un intento desesperado, se quita de encima la pesada manta y
deja colgar las piernas fuera de la cama. Se pone de pie con inseguridad y
sacude la cabeza. Suaves golpecitos suben desde el piso de madera. Las
criaturas, lamentablemente, no se desaniman. Emprenden con valentía el ataque
contra el vello de sus piernas, antes oculto.
Tiene mucho menos vello en las
piernas que en la cabeza y ya está más calvo que un bebé cuando siente una
mordida feroz en uno de los dedos del pie. Hans grita. En pánico, trastabilla
hacia la puerta. Va dejando tras de sí un rastro de pequeños trozos de carne
con uñas brillantes. Para su horror, no logra abrir la puerta del dormitorio.
Mientras presiona jadeando la
manija hacia abajo, las sombras caen sobre él. La luz temprana del sol
desaparece de forma ominosa tras los animales que crecen a toda velocidad. Los
intrusos engullen ruidosamente los pedazos de dedo. Un armario en la pared
cruje y se astilla. Algo perfora el techo. El yeso cae sobre la cabeza de Hans.
Empapado en sudor, se da vuelta y gimotea:
—¿Qué he hecho para merecer esto?
Una pata pesada se estrella contra
el hueco de su rodilla. Hans cae, y una auténtica horda de dinosaurios
reconocibles e irreconocibles –algunos ya tan grandes como caballos– se
abalanza sobre la comida fácilmente disponible.
Rosa Lía
Cuello & Facundo Martín Desimone
Cada noche, desde hace mucho tiempo,
se produce el mismo ritual. Mientras las sombras se asoman, el entusiasmo se
transforma en tedio. El sueño se resiste a llegar. Ser la única sobre la faz de
la Tierra la hace heroína de su propia soledad. Pensar que siempre repetía que
lo que más ansiaba era vivir sola.
¿Y ahora
qué? Los días se suceden con una rutina que ya no se cuestiona. No hay nadie.
Solo ruinas de una ciudad, de un mundo ¿Para qué recordarlo, si está a la
vista?
Ahora desea alguien
con quien hablar, ruidos, música, gente, algo que le recuerde que está viva. Un
ruido en la puerta la estremece ¿Será el viento? Se levanta de un salto y a
tientas se dirige a la entrada. Su mano tiembla cuando agarra el picaporte. Al
mismo tiempo empieza a sonar una música extraña, una melodía onírica que no
parece de este mundo.
Decide abrir
de un tirón, ¿para qué tanto suspenso después de años de nada? La figura que se
yergue en el umbral es de lo más hermoso que vio en su vida. Tiene el porte de
los griegos antiguos, los de los mitos. Envuelto en una túnica negra como la
noche sin estrellas y el corazón humano, le sonríe con la mitad de la boca,
como hace eones que nadie le sonríe. Lleva una lira recostada en su brazo.
—Vamos; ya
es hora. —Toma la mano que le tiende la figura ancestral, encendida de
temblores, sin entender, sin anteponer el filtro racional de siempre. La mano
del griego es suave como el terciopelo. Como la piel de aquel que ya no está.
—¿Adónde?
—dice, por decir algo, nomás (siempre el horror
vacui ahí presente, herencia fermentada de los egipcios), porque ya sale de
la casa a contemplar el cielo que explota en estrellas. El griego sonríe de
vuelta.
—¿Te suena
la frase “el día que el inframundo se congele”? —Señala un hueco en la tierra,
escaleras de piedra que descienden hacia el abismo, perfeccionadas en su
quietud por el frío y la nieve. Se pregunta desde cuándo está eso ahí. Tal vez
desde siempre y nunca lo notó, con lo colgada que es—; hay que salvar al mundo.
Solo vos podés hacerlo, Níobe.
Pero el
mundo como lo conocimos ya no existe. “¿De qué está hablando? ¿Por qué me llama
Níobe?”, se pregunta, mientras comienzan a descender.
El frío y la
oscuridad la golpean en la cara. Se estremece. Con la mano libre intenta buscar
un apoyo en lo que presume una pared. Está helada como su sonrisa.
—No tengas
miedo —le dice el griego—, no te va a pasar nada.
Siguen
bajando tan lentamente que le parece que el tiempo se ha detenido.
Solo la
tibieza de aquella mano la mantiene en movimiento. A medida que se adentran en
la oscuridad, imagina que van a llegar a otro mundo. Sus ojos se acostumbran a
la negrura. Logra vislumbrar que sus jeans y remera se han convertido en una
túnica. El griego le aprieta la mano.
De repente,
siente ganas de llorar y recuerda que alguna vez ha llorado hasta convertirse
en piedra, hasta sentir que sus entrañas se quebraban por dentro.
—Solo vos
podés romper las cadenas —le explica el griego, cuando terminan de bajar la
escalera. “¿Qué cadenas?”, piensa ella, pero no llega a preguntarlo. En el
medio de un espacio oscuro que parece tener toda la extensión del universo, un
hombre yace encadenado.
—Pero… yo no
tengo la fuerza necesaria; soy más bien débil. —El griego vuelve a sonreír.
—Vos sos más
fuerte que diez tigres. Solo que aún no recordás. Cuando lo hayas liberado, van
a tener que viajar en el tiempo. Y después… bueno, se van a dar cuenta.
—¿Viajar en
el tiempo? ¿Pero cómo…? —La mujer es un mar de dudas. Nunca estuvo tan
confundida en su vida.
—Dicen que
Prometeo le robó el fuego a Helios. Yo le robé esto a Cronos —revela el griego,
y extrae un extraño reloj bañado en platino que resplandece de luces verdes
como la aurora boreal—. Es tarde para Eurídice y para mí, pero ustedes aún
tienen posibilidades. El destino de la humanidad está en juego.
La mujer
toma el extraño reloj y ve su vida reflejada en él. Algo en su cuerpo vibra y
resuena con esa energía boreal. Algo que no logra explicarse con palabras y
razones.
—Tengo que
irme; el tiempo que me fue dado… ya no es. —El griego se vuelve traslúcido,
comienza a desvanecerse.
—¡No!
¡Esperá!
—Confío en
vos, Níobe; salvanos a todos —dice la voz sin cuerpo del griego, antes de
apagarse. La mujer traga saliva, se acerca a la figura encadenada con pasos
lentos. “¿Por qué me llama Níobe? ¿Y por qué la figura de ese hombre me resulta
tan familiar?”
Cierra los
ojos un instante y se ve niña, sentada sobre sus rodillas, riendo.
Al abrirlos
nota algo que moja sus mejillas. Se inclina sobre él y un llanto contenido por
siglos moja el pecho de este, justo arriba del corazón.
—Mi niña, Níobe,
¡viniste a salvarme! Cuánto has tardado.
—El tiempo
justo, padre, para que recapacitaras por tus errores y los de todos, el tiempo
de mi aprendizaje también; no debiste enojar a los dioses. No debiste usar a mi
hermano.
—Lo sé.
Sacame de acá —dice él, mientras hace un movimiento leve, suficiente para que
las cadenas emitan un chirrido.
Sin
pensarlo, Níobe toma una de las cadenas y eso hace que todas se disuelvan en el
aire. La figura de Tántalo comienza a desdibujarse.
—No te
vayas; no me dejes sola.
—Debo ir a
pedir perdón a tu hermano —contesta—. Vuelve al mundo, todo se arreglará.
Ella siente
que el lugar desaparece, el aire se hace más tibio y unos rayos solares
acarician su piel. A sus pies comienza a brotar el césped y un murmullo de
personas yendo a trabajar le hace ensayar una sonrisa.
La puerta
Claudia Isabel Lonfat & Patricio G. Bazán
Fue
durante este otoño, después de podar el jazminero, que entendí por qué Rita, mi
gata, desaparecía durante horas, incluso días, hasta que por fin se le ocurría
asomar por la ventana de la cocina, como si nada, mostrándome su indiferencia
acostumbrada. Rita olisqueaba en el surco recién hecho donde había puesto el
fertilizante. Se quedaba en la misma posición con la vista fija en el tallo
central del jazminero, y luego se echaba plácidamente a dormir en ese lugar. Al
observar el sueño impávido de Rita, que se prolongaba durante horas, empecé a
entender sus largas ausencias. Me arrimé para despertarla, sacudiéndola con
suavidad para evitarle el sobresalto. Su cuerpo estaba blando, relajado y
respiraba bien, pero no se despertaba. Su alma vagaba por otros lugares. De
alguna manera misteriosa, Rita descubrió lo que estaba enterrado debajo del
jazminero, y en su sueño intentaba comunicarse. Suena irracional, pero ¿y si
fuese cierto? El dolor y la ausencia hicieron que Rita encontrara una puerta
donde yo solo veía paredes. Conservo en la sala la única foto donde estamos
todos juntos: Ricardo, yo (con panza de siete meses), Rita y el Negrito. Hace
un año ya, y solo quedamos nosotras dos. Quedan pocas tardes de sol antes de
que llegue el invierno; por eso, siempre que puedo, me tiendo junto a ella a
dormir la siesta: yo también necesito abrir esa puerta mágica para poder soñar
con mi cachorro perdido.
Iván Bojtor
& Oscar De Los Ríos
Las crónicas de Orám afirman que
nadie sobrevivió a la destrucción de la ciudad de Hailkar. Eso no es verdad.
Ulk-Taban y yo logramos escapar a tiempo. También dicen que la ciudad fue
destruida por los dioses enfurecidos que la fundaron hace cientos de miles de
años. Tampoco eso es verdad.
En aquella aurora, las torres de la ciudad brillaban en la
luz púrpura del amanecer. No en vano, llamaban a Hailkar la ciudad de las diez
mil torres, porque siguiendo la antigua tradición, construían una cada cuatro
años. Con ello, indicaban a los dioses observadores, quizás en los cielos, que
aún cumplían las leyes que ellos otorgaron.
Estaba de pie en el balcón de una posada, mirando hacia el
este, inmerso en el fulgor púrpura y metálico. Esperaba el momento en que el
sol surgiría detrás de las cimas de la montaña Hairhan, y la ciudad recuperaría
todos los colores olvidados por la noche: los muros de plomo volverían a ser
gris oscuro, los pavimentos de las calles recuperarían su aspecto original, y
los espejos de metal pulidos en los techos de las altas y esbeltas torres
brillarían de nuevo plateados, para que nuestros antiguos dioses, desde lo
alto, pudieran deleitarse ese día también con su propia imagen reflejada.
Esperaba. ¿Quién sabe cuándo volveré a ver este espectáculo?
Pero el sol no apareció tras las montañas.
—Esta es una ciudad maldita —gruñó, apresurándome.
Ulk-Taban, el líder de nuestra caravana.
Las mulas se movían inquietas en el patio de la posada, los
camellos se veían nerviosos, un perro comenzó a aullar en tono lastimero. Ellos
también podían sentir que algo no estaba bien. Se escuchaba un ruido distante.
Desde la fortaleza, donde el goteo de los relojes de agua marcaba el tiempo,
los soldados se dirigían a relevar la guardia nocturna en las puertas y
murallas. Uno de esos grupos, tambaleándose en sus armaduras de plomo, pronto
llegó bajo el balcón. Vi con claridad que miraban repetidamente al cielo. En
lugar de aclarar, se oscurecía cada vez más, tanto que allá arriba algunas
estrellas comenzaron a parpadear. Desde el este, lenta, muy lentamente, una
nube negra ocultó las cimas de la cordillera Hairhan, y luego aparecieron esos
pájaros sorprendentemente grandes.
Por supuesto, su color era
púrpura oscuro, como lo que cubría aquella luz. Volaron sobre nosotros,
chillando intermitentemente de forma dolorosa, como si estuvieran llorando por alguna
razón desconocida para nosotros. ¿Cómo llegaron aquí? El mar está a doscientos
días de viaje a pie desde este lugar, y el camino para llegar pasa por un
páramo rocoso.
—¡Vayamos en busca del tesoro!
¡Hagamos lo que tengamos que hacer y volvamos a casa lo antes posible! —le dije
a Ulk-Taban.
Nuestras mulas ya se habían
alzado en la penumbra. Comprobé el contenido de todos los cofres y nos
dirigimos a la escalera que llevaba al recinto del tesoro. Traíamos el tributo
de Dírvet, la ciudad más grande de Tínia: sesenta y cuatro lingotes de plomo.
El tesorero, con cara de metal, los pesó largamente a la luz de una lámpara de
aceite, luego garabateó algo en el pergamino que colgaba de la pared y me
entregó un rollo, atado con alambre de plomo y sellado con cera: "¡Ordenes
del Señor!".
Ambos sabíamos lo que implicaban
esas palabras: exigían otro tributo a nuestra ciudad. Pero ya no pudimos
averiguar cuánto pretendían cobrar. Desde el recinto del tesoro nos dirigimos
hacia la Puerta Norte. Vi al tesorero salir corriendo detrás de nosotros; se
detuvo en el umbral y miró al cielo.
Bajo la luz púrpura y fantasmal, la ciudad, normalmente bulliciosa, parecía desierta, y el único sonido que rompía el silencio era el golpeteo de los cascos de las mulas. Podía leer en las caras de mis compañeros que lo mismo que pasaba por mi mente pasaba por la de ellos: Hailkar, es una ciudad maldita.
Cuando los santos vienen marchando
Hernán Bortondello & Itzel Alejandra Flores García
Mi celular comenzó
a sonar sobre la mesa de noche. Paula se revolvió en la cama refunfuñando algo
ininteligible. Era comprensible si escuchabas un ringtone con “Los santos
vienen marchando” a las tres de la madrugada, una canción que no recordaba haber elegido jamás. Como suelo pasar del sueño a la
vigilia de inmediato, me incorporé rápido, y tomando el teléfono, abandoné el
dormitorio. Atendí la llamada en plena oscuridad al tiempo que a tientas
encontraba el sofá del living. Para mi sorpresa era el director del taller
literario al que yo pertenecía, Sergio Gaut vel Hartman, un tipo muy ubicado al
que no concebía interrumpiendo el sueño de nadie y máxime a esas horas.
Agitado, fuera de su eje y con voz
entrecortada, me rogó que hasta que no volviera a llamar, ni mi familia ni yo
debíamos salir de la casa. Era vital, aclaró con desesperación. Pasó por mi
cabeza que era una inexplicable broma, pero Sergio no era así. Mi pausa para
contestarle lo hizo intuir que no lo estaba tomando en serio. Cambió entonces
su tono y hablándome lento y con aplomo aclaró que lo suyo no era un delirio,
que se trataba de algo muy grave, terriblemente grave, que si amaba la vida
como la concebía le hiciera caso. Pero además agregó algo en extremo
misterioso: si sufríamos un mareo no podíamos dejar de exclamar en voz alta y
firme: yo, soy yo…
Entonces, le creí, pero desde ese
instante no tuve paz. Eso del estoicismo nunca había sido lo mío. Me preocupaba
todo lo que no estuviera en mis manos y sobre todo hoy que un templado
personaje, como Sergio, me advertía de un peligro acechante. Me había soltado
la información sobre la terrible posibilidad, con muchas restricciones, y esto
lo volvía totalmente equisciente.
Regresé a la recámara y Paula
seguía durmiendo; miré desde la ventana para ver si advertía algo que me diera
algún indicio, sin embargo, todo estaba muy quieto. El sueño me venció en el
sofá que tengo junto al balcón.
“Oh, when the saints…” Desperté más
sobresaltado.
—¿Sergio?
Del otro lado, solo la canción de
Armstrong y un mareo. Paula salió de la habitación molesta y acerté a decirle:
yo, soy yo. Ella me dirigió una mueca y regresó a la cama. La seguí y me
percaté de que estaba puesto el altavoz, lo desactivé y en ese momento el tono
de ocupado me erizó la piel. No quería alarmarla, es más quería irme a su lado
y que siguieran avanzando las páginas sin que me diera cuenta.
El ringtone otra vez; decido apagar
por completo el celular. Al menos sería de día cuando Sergio llamara. Me acosté
al lado de Paula y me dormí.
—Hey, despierta. Tienes una
llamada. No sé por qué me marcan a mí.
Paula se notaba molesta, eran las
seis de la mañana y tomé su celular.
—¿Sergio?
—Los santos vienen marchando; no
hay salvación para nadie, Hernán. Es hora de terminar.
Otro mareo. Ningún alienígena esta
vez. Yo, soy yo en el fin.
Virilidad
Luciano Doti & Marcelo Sosa
Después
de recorrer varios kilómetros por un camino de ripio, llegamos a la tranquera
del establecimiento rural. Un poco más allá se alcanzaba a ver el casco,
rodeado de una frondosa arboleda. Junto a esa tranquera había un poste que
ostentaba en su punta superior el cráneo de un animal bovino. Ya en el
casco, fuimos recibidos por el capataz, y una de nuestras primeras preguntas
abordó el tema del cráneo.
—¿Esa cabeza es de toro o de vaca?
—De toro, es un símbolo de virilidad.
—¿Y hace falta promocionarla?
—pregunté medio en broma.
—Son cosas del patrón. Él no trata de
promocionar la virilidad, sino de atraerla; es un amuleto para que nunca falte
lo que representa.
Entramos a la vieja casona y para
nuestra sorpresa había más toros que en el palacio de Cnosos en Creta. En la
pared, estilizadas escenas taurinas, sobre las mesas ratoneras, toros de
maderas, en la biblioteca, tomos enteros sobre bóvidos, broncíneas esculturas
de toro por doquier y hasta en el sofá descansaba un tierno toro de peluche. La
cuestión es que luego de haber recorrido toda la estancia tuvimos el privilegio
de conocer al gurú de la virilidad. Nos pareció un tipo simpático y entrador, de esos con los que se
puede charlar de cualquier tema. Lo único que a mí me hizo ruido fue que al
agacharse a recoger una fusta se le bajó un poco el bombachón pampero para
dejar ver una cavadísima tanga rosada.
Pasión
transcendental
Débora
Mayol Parodi & Eri Echilley
Cuando
la estatua de Afrodita de Capua llegó al Museo Nacional de Bellas Artes, arrastré
a Pablo hasta la exposición. El misterio sobre esta obra siempre me llamó la
atención. Afrodita imponiéndose sobre la figura de Ares, me impactó.
Lo que sentí ese día me inspiro de tal
manera que estaba decidida: sería el tema para mi próxima exposición de arte.
Opté por pintar en óleo. Con la paleta de colores vivos recrearía la historia
de desencuentros y la pasión. Pensé en la imagen de una mujer derritiéndose de
amor representada por la abundancia del rojo bermellón, simbolizando la pasión
femenina y la sangre ardiente derramada. Pensaba también en qué lluevan los
colores hasta llegar a un gris de Payne.
Mientras era abducida por mis
pensamientos, súbitamente, se abrió la puerta. El taller tiene estas cosas.
Martina llegaba con su poesía lírica y me interrumpía en cualquier momento.
Martina, una bocana de aire fresco o un huracán, con su juventud y su alegría.
—¿Vos también fuiste a la exposición de
Afrodita? —me preguntó sin decir ni buen día.
—Sí, me acompañó Pablo. ¿Vos fuiste?
—Sí, fui con Ale.
—Ah, con la reina de la toxicidad —le respondieron
mi celos.
—¿Por Pablo lo decís? —me contestó
molesta.
—Qué chistosa.
—¿No sentiste nada raro? ¿No volviste con
más inspiración?
—Ahora que me lo decís, volví sobreexcitada
e inspirada, con ganas de pintar.
—Yo volví con muchas ganas de leer poesía lírica.
Mirá, esta es Safo. Se me ocurrió que podría explicar la estructura de la estrofa
sáfica en el taller.
Martina se fue a su clase. Mientras mi
pincel se deslizaba sensual sobre el lienzo, se escuchaba su voz recitando:
Que si te huye, tornará a tus brazos,
Y
más propicio te ofrecerá dones,
Y
cuando esquives el ardiente beso,
Querrá
besarte.
Ven,
pues, ¡Oh diosa! y mis anhelos cumple”.
Empecé
a sentir calor mientras la escuchaba. Cuando me quise acordar, la paleta de
claroscuros dominaba mi obra. Los cuerpos de Ares y Afrodita tenían expresiones
exacerbadas y en movimiento, dando la sensación de velocidad e incomodidad,
como si ambos quisiesen salir de la pintura.
Algo me quemaba, algo me abrasaba. Se me
cerraban los ojos, seguía escuchando a Martina.
Las aguas claras del río suspiraban,
inertes y estáticas. Las ninfas salían a la orilla y se entregaban a una danza
interminable. Casi etéreas, se movían al compás del universo. Safo se recostaba
abajo del árbol de la haya. Afrodita apoyaba la cabeza en su regazo y Ares espiaba
desde un rincón, minúsculo y envejecido. Ambas me miraban. Manos suaves acariciaban
mi piel. Cabellos dorados bailaban por la brisa cálida de un mediodía de
primavera. Safo observaba cómplice y Afrodita desnudaba sus miedos. Luego,
ambas posaron sus ojos en mí y vinieron a mi encuentro. De pronto, el agua del
río me tocó los pies y mi cuello se estremeció al sentir unos labios rozando mi
piel. Safo me susurraba. Afrodita ponía sus manos en mi cintura. Me quemaban. El
río rugía, igual que mis ganas. Me abrazaron. Sentí sus cuerpos y nos convertimos
en una las tres. Mientras, las ninfas danzaban sumergiéndose en las aguas. Ares
observa, desgarbado y desterrado al exilio. Las yemas de los dedos de ambas jugaban
con mi deseo más profundo, hasta que comencé a sentir las contracciones internas.
Sin mediar palabra, Ares se levantó lleno de furia y corrió hacía nosotras. Se aproximaba
una contienda inminente.
RING… RING… RING.
Mi celular estaba sonando, era Pablo.
¿Había alucinado? ¿Me había quedado dormida? ¿Sueño húmedo? No sabría decir.
Pablo quería verme, no respondí. Me envió
más de cuarenta mensajes, estaba desesperado. Martina entró sin pedir permiso,
me dijo que me escuchó gritar y se preocupó. No tenía idea de lo que había pasado,
pero algo se despertó en mí. Dejé que Martina me abrazara un rato. Descansé en
ella mi desconcierto. Sus manos amables acariciaron mi cara, la cercanía de su boca
a mi cuello revivía la memoria de mi cuerpo. Cuando me di cuenta, ya su boca se
había acercado a la mía. Le corrí la cara y salí corriendo.
Al salir, Pablo me esperaba. Me llevo a
casa, miramos unas películas y fingimos que todo estaba bien. Él roncaba,
mientras yo daba vueltas en la cama. No podía dejar de pensar en lo que sentí.
Me volvían a la mente, una y otra vez, las imágenes de Afrodita, Safo y Martina.
¿Por qué arde de nuevo el corazón inquieto? No tenía respuesta.
El tiempo pasó. La exposición en la
galería es un verdadero éxito, no solo por la venta de cuadros y el premio que
obtuve, sino, además, por la concurrencia. Algo especial provocan mis pinturas en
el público, dicen los críticos de arte. Quieren establecer una suerte de mito,
quizás es puro marketing.
Frente al cuadro de Afrodita y Safo, una mujer tropieza con un sujeto y le vuelca el vino, la mira, ella se sonroja, él le sonríe. Dos chicas se miran frente al cuadro, se besan en libertad. Siento unos dedos que se entrelazan con los míos. Martina apoya su cabeza sobre mi hombro. Sonreímos. La atmósfera nos invade. Siento agua en mis pies. Unas manos acarician mi cintura. Afrodita nos muestra el camino. Safo se acerca. Las yemas de los dedos de Martina me rozan. Está sucediendo de nuevo… vamos directo al paraíso.
La playa en blanco y
negro
Betina Goransky & Sergio Gaut vel
Hartman
Alina caminaba por la playa oscura entre destellos de luces que chispeaban
intermitentes en los edificios cercanos. No sentía miedo y la soledad apenas le
pesaba en el alma, tal vez porque esa soledad venía de afuera, era ajena a
ella. Estaba triste, sin embargo, y todavía no lograba determinar las razones
por las cuales se había embarcado en ese loco viaje, tan lejos de su hogar y
sus afectos. ¿Por qué sola? ¿Por qué a un país tan remoto? La distancia es un
ruido fuerte y seco, reflexionó. Giró la cabeza hacia la rambla y vio algunas
sombras difusas recortadas contra la luz de las farolas, caminando sin prisa,
en contraste con las ráfagas mecánicas de los automóviles que pasaban a toda
velocidad por la avenida. Antes de caminar hacia la orilla, apreció una vez más
la belleza de los edificios, pintados en todos los tonos pastel imaginable:
suaves amarillos, tenues verdes, azules sutiles y esfumados. Luego, sin
pensarlo de nuevo, dirigió sus pasos hacia el mar.
Salomón había iniciado la diaria rutina. Desde hacía quince años,
todo el tiempo vivido en la calle como vagabundo, se bañaba cuidadosamente cada
noche, usando una botella de agua mineral cortada al medio. Vagabundo, pero
también limpio, se dijo, con una sonrisa interior. Sin embargo, cuando levantó
la vista para elegir el punto de la pequeña cascada de agua dulce que venía
vaya a saber de dónde –nunca se lo había preguntado, solo era su ducha nocturna–,
y miró el pequeño túnel de donde provenía el agua que aliviaba su cuerpo, sintió
un dejo de felicidad al percibir algo extraño en el aire, un olor, un sabor
desconocido. Y no tardó en divisar a la muchacha que caminaba sin apuro al
encuentro del océano. Vaya, pensó Salomón, ¡cuánto hace que no estoy con una
mujer! Dejó que el agua corriera por su cuerpo, produciendo sensaciones
placenteras en la piel tersa y morena. A pesar de los sesenta y ocho años que
pesaban sobre él, los músculos seguían siendo duros y la energía no lo había
abandonado. Volvió a levantar la vista para comprobar si la mujer aún estaba en
la playa y la vio inmóvil, como hipnotizada frente a las orlas de espuma que
iban y venían, resistiendo el tirón de la marea. Parecía rodeada de luz blanca,
por lo que Salomón se refregó los ojos con los puños, ahora limpios, libres de
arena. Era cierto que había tomado demasiada cerveza, incapaz de resistir la
invitación de Xavier, pero no estaba viendo visiones, de todos modos. Se rascó
la cabeza, invitando a los recuerdos de otros tiempos, cuando él mismo era uno
de los capitanes de la arena que Amado retrató en su libro inmortal. ¿Qué más
daba si las cervezas habían sido cinco o seis? La muchacha era material,
corpórea, y no parecía temerle a la gran masa de agua que preparaba sus fauces
para tragarla. Arrojó el resto de agua de la media botella sobre su espalda y
suspiró.
Entretanto, Alina se deslizaba, tranquila, ajena a las miradas y
las reflexiones de Salomón. Sus pensamientos iban en otra dirección. ¿Por qué
vine a este lugar? Probablemente escuché una voz invisible que me llamaba. ¿Es
eso posible? ¿Acaso el mar me reclama? Varias veces en su corta vida había experimentado
visiones confusas, para las que no tenía explicación alguna, aunque la
perturbaban, a la vez que las sentía tan de ella. ¿Pertenecían a otra vida? ¿O
llegaban desde su futuro? Fuera lo uno o lo otro, siempre le dejaban un sabor a
rareza, un poco de angustia y también algo de alegría. Levantó la vista y dejó
de mirarse los pies, festoneados de espuma, y por primera vez vio al negro alto
que se confundía con las sombras. El hombre era apenas un encaje de brillos que
delataba el agua cayendo con desparpajo por su cuerpo, que se movía como
impulsado por un ritmo secreto. Alina lo vio compenetrado en su tarea y sonrió
interiormente. La mano alzada sobre la cabeza dejaba caer el líquido del
improvisado duchador, mientras que con la otra se masajeaba la piel. ¿Qué
pensará?, se preguntó la mujer. En ese mismo momento, el hombre alzó la vista y
por un instante las miradas se encontraron. La de él era potente, profunda, un
poco triste, quizá. La de ella fluctuaba entre la inquietud y el temor.
¿Quién es? Salomón se dejó deslumbrar por la luz emanada por el
vestido blanco que, cuando la ola se deshacía en millones de trazos de espuma,
se esfumaba en una nada inexplicable. ¿Acaso Iemanjá regresa a su hogar luego
de pasar una temporada en tierra firme? ¿O debo pensar que es una simple mortal
dispuesta a cometer un disparate? Dejó que esos dos pensamientos lucharan en su
mente y no oyó el penetrante sonido que venía del mar. Alina, en cambio, sí lo
oyó, miró hacia un costado y sonrió, como si el gesto sirviera de explicación y
excusa. ¿Es esto lo que quiero, lo que estaba buscando? Dio otro paso y las
olas se abrieron, invitándola a entrar.
Es la diosa, ¡sí!, pensó Salomón. Iemanjá regresa a sus dominios.
No debo sentir inquietud alguna. ¿Querrá Xavier invitarme otra cerveza? Oscuros
como la noche, una nueva riada de pensamientos ocupó la mente del viejo negro.
Y cuando volvió la vista hacia el lugar que un minuto antes ocupaba la
muchacha, solo vio el reflujo que arrastraba algunas latas, una corona de
algas, un puñado de basura y el vestigio lunar de un millón de sueños
incumplidos que él no supo o no quiso desentrañar.













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