viernes, 14 de noviembre de 2025

APUNTES PARA SALIR DEL LABERINTO

Armando Azeglio

 

Hacía semanas que lo único que veía eran las cuatro paredes acolchadas de esa habitación. Semanas que pensaba y leía de día. Soñaba y escribía de noche. Al final confundía las cuatro cosas. Soñar, leer, pensar y escribir eran parte de lo mismo: habitaba solo en mi cabeza. La habitación era solo la metáfora. Solía abrazarme las rodillas contra el pecho ensayando una suerte posición fetal, hasta que el frío ganaba mi cuerpo. Temblaba. A veces lloraba copiosamente. Me quedaba horas así, esperando una señal, una voz, algo que me dijera como tenía que continuar el texto que estaba escribiendo. Salir del bloqueo en el que me encontraba.

Recuerdo una vez (entre dormido) haber escuchado una suerte de alocución plural y gangosa:

Yo me encuentro en el cruce de todos los caminos, allí donde los hombres tienen que elegir. Soy como un camión de helados manejado por un heladero psicótico, los hombres se van subiendo porque les encanta esa golosina, comen hasta la saciedad y después no saben qué hacer con el empalago. Generalmente saltan a medida que avanzo… y yo los arrollo.

Cuando salí de ese trance (en cuatro patas y vociferando una lengua de duras consonantes) identifique una serie de pequeños párrafos caligrafiados en pequeñas bolitas de papel higiénico, seguramente por mí, a las que desarrugaba para leerlos, pero que me resultaban totalmente ajenos. Cito uno:

“Había escrito como un poseso, horas y horas dentro del inorgánico encierro del nosocomio. Las palabras empezaron a destellarle en la negrura de su caja craneal como relámpagos iluminantes en una oscuridad primordial de tinta china. Luego bajaron a su mano: semoviente, ajena, temblorosa en venas azules y pelos negros, como animada por una voluntad que no le pertenecía (¿Serían las famosas musas o las temidas parcas de los griegos las que producían esa automoción?).

A veces veía el fulgor de lo que suponía podían ser escamas de peces, o de algún otro ser que podía ostentarlas en la oblonga —y gigantesca— sinuosidad de sus lentos movimientos. A veces escuchaba el leve silbar de una brisa, a veces un bramido ronco, múltiple y omnímodo cuya procedencia era imposible de identificar. Oía voces que trataban dictarle frases en un lenguaje que se le antojaba alienígena: imposible de comprender, imposible de traducir, imposible de ser gesticulado por mortal alguno... ¿Esperanto? 

O este otro párrafo, encerrado entre paréntesis como para aclarar algo inaclarable, ya que aquello que pretendía dilucidar no estaba escrito en ningún lado. 

(Se repetía tres veces la cita sobre Jezabel y había un dibujo que representaba una montaña de estiércol. En la cima, un hombre desnudo, de rostro perruno, con cuernos, emitía un chorro de esperma de cuyas gotas emergían otros seres desnudos que se acoplaban con animales fantásticos en actitudes inverosímiles. Bajo la montaña de estiércol, Jezabel paría bestias. El texto que acompañaba el dibujo expresaba: “Su vientre es el infierno. Se reproduce con el fuego espermático que se genera en la mente. Después desciende para sacudir la carne, y su ley es la putrefacción… Seguía otra frase confusa, de la que solo era legible la última línea: “la bestia abolirá el deseo”...[1]

¿Qué me estaba pasando? ¿Qué pasaba con mi relato? ¿Qué con mi vida? ¿Qué tenían que ver estos párrafos con la narración de mi historia, admitiendo que existiera una? En ese momento irrumpió en la habitación un hombre vestido de blanco y me inyectó una sustancia viscosa. No entiendo por qué, pero no me pude resistir. Inmediatamente me quedé entredormido en ese camastro desordenado, había escrito casi todo el día. En un cierto punto, mi mente –en su espacio interior– dispersó luces y sombras por doquier, ora en un torso, ora en unas extremidades. Como resultado de esta suerte de danza lumínica, de jugueteo onírico de claroscuros, surgieron en caprichosos bajorrelieves formas musculares, volúmenes, ojos, órganos, crisálidas despiertas a la sinfonía del existir.

Un conjunto de huesos, al cabo de horas de sueño comenzó a tomar sentida forma surgiendo tímidamente. El parietal, el frontal, temporales y occipitales fueron los más difíciles de unir. Fémures, peronés, cúbitos y radios los menos laberínticos. Lo de los huesecillos del oído, tarea digna de relojeros.

Una curiosa abstracción de mi mano comenzó a enhebrar con tendones, nervios, venas y fibras musculares a su sistema óseo. Tensé con ansiedad la jaula de sus costillas a fin de darle solidez. Su corazón –pájaro cautivo– comenzó a gorjear la ignota canción de la vida. Sus sedosas vísceras se manifestaron húmedas y tibias al tacto, su turbulento cerebro ensayó un comenzar. El derrame de una gota de aquello que los orientales llaman “Ki” fue la responsable de la irrigación nerviosa. Pude valga el pleonasmo– verlo con mis propios ojos.

Recorrí el intrincado caos de sus fibras musculares enmarañadas, tensas; jamás pensé que pudieran dar vida un cuerpo tan armonioso, de volúmenes tan precisos, recorridos por inexorables torrentes de tinta.

Un rostro se recortó penumbroso en un quejido. Nacía en el vientre del lenguaje que me sostenía. Su lengua movió en el aire la balanza del sonido y su voz se produjo gutural y angustiosa. Emitió un gruñido bajo que se solidificó en el aire hasta transformarse en habla. Creo que dijo “mamá”.

Estaba naciendo.

Su forma se fue haciendo poco a poco fija, y su apariencia cobró la apariencia de las cosas que están vivas. Al principio parecía hecho de crespón o muselina.

Su cuerpo era apolíneo y joven, como el de los héroes de las tragedias griegas destinados a la gloria y la desaparición temprana. Era un hombre hermoso, como de unos treinta años de edad, de espesa cabellera negra y ondulada, de frente amplia e inteligente; ojos con mirada firme y penetrante, mejillas con reflejo azulino de barba recién afeitada.

Ni bien se manifestó, algo en mi interior me dijo que mis miedos me usaban para volverse palabra en este personaje. Pero que esta, mi palabra –con el tiempo– haría desaparecer mis miedos.

Iluminado por una especie de chorro de luz, asemejaba un ser extraño y anómalo, el servidor de un culto reverencial quizás... y ahí estaba yo embriagado ante el decreto maravilloso de mi propio espejismo.

Empezó a mirar el mundo y a gestar con sus ojos aquello que miraba.

Algo dentro de mí me dijo que pertenecería a esa clase de personas que conocen la naturaleza humana por experiencia directa, o por reminiscencia. Quiero decir, Enki –así decidí llamarlo– jamás escribiría un ensayo sobre psicología ni frecuentaría las aulas de ninguna facultad de antropología o de sociología, pero intuiría perfectamente el lenguaje de las miradas, de los gestos, de los cortes de pelo, de los ropajes, de los códigos y modos de las tribus urbanas.

Ni bien vi esos ojos supe que había estado en contacto con mucha gente, en muchos bares y piringundines, en muchos comités, en muchos lugares, situaciones, libros y lecturas distintas.

Supe que era en esos sitios, en el deambular de esos párrafos donde había aprendido a leer las voces de los distintos autores, la voz de la vida: en la mirada del cafishio, en los gestos de la prostituta, en las puteadas del taxista nervioso, en los personajes de sus viajes por distintas lecturas del mundo buscando… sabe dios qué.

En mi relato Enki haría pocas o ninguna citación de libros o de autores, al contrario, despreciaría –paradójicamente– las palabras. Sabría que entre las palabras y el mundo real hay un divorcio, una disgregación abismal.

Mi personaje en la novela habría llegado a un tipo de sabiduría toda suya y particular. Una sabiduría que se encuentra quizá en las antípodas de la erudición. Solo tendría que rememorarla. Enki solo debería recordar.

Al principio daba la impresión de padecer amnesia. Empezó a hablarme con dificultad y falta de dicción, pero al poco tiempo fue dueño de una elocuencia desusada. Era capaz de mantener una conversación torrencial durante horas sobre aquellos temas que –nada es casual– le habían quitado paz a mi alma durante años.

Me hablaba frecuentemente de una Mujer que, aseguraba, tenía que encontrar de alguna manera en algún lugar.

No recordaba muy bien quién era, pero decía estar seguro que en algún momento la memoria se le esclarecería y la certeza de la identidad le vendría.

Él sabía que su existencia inevitablemente se enlazaría con la de esa mujer, pero primero debía descubrir su misión en la vida. A mí no me gustaba mucho esa palabra: “misión”. Demasiado castrense. Además me sonaba a Mesías, a deber auto impuesto, a cosa ya escrita en un libro sagrado para ser cumplida fatal e inexorablemente.

A mí me gustaba creer en la profunda aleatoriedad del caos, en el disfrute y el placer de la anarquía, del “desorden magmal” en estado primigenio. “En el absurdo de aquello que no conduce a nada, que no tiene primeras ni segundas intenciones, sino pura y brutal existencia.”

No obstante todo fue ese el momento en que decidí convertirlo en el protagonista ilógico de lo que habría de ser “Apuntes para salir del laberinto”, un relato que estaba naciendo.

A veces Enki cambiaba de nombres, a veces de forma y venía a mí con seudónimos impronunciables. A veces Enki se salía del relato, se escapaba del argumento, deambulaba de aquí para allá en el cuarto de ese escondrijo donde hacía meses yo estaba recluido escribiendo. Si bien al principio fue algo novedoso y deseado, luego se convirtió –debo confesar– en una molestia. Cada vez que lo hacía arruinaba el texto o el pasaje que en ese momento lo contenía, o me distraía con sus acciones. En ciertos días y a ciertas horas del día una fuerza misteriosa, superior a sus fuerzas, parecía apoderarse de él, y entonces, aunque resistiéndose, se ponía a bailar tango durante horas y horas, hasta caer desvanecido. A veces entonaba con voz armoniosa, coplas, romanzas y trozos de óperas que yo nunca había escuchado antes; o dirigía larguísimos discursos en lenguas extranjeras a masas imaginarias; o canturreando, hablaba en verso acerca de los posibles finales de mi novela y de cierta batalla que en algún lugar debía librarse en alguno de los pasajes de este libro.

Un día nos dieron permiso para salir y nos dispusimos a hacer un viaje al campo en compañía del hombre de blanco. Enki, sin consultarme, se incluyó en la salida. Para ese entonces no me era necesario pensar en él para que apareciera. Realizaba varias acciones de las que suelen realizar los viajeros cuando están en vacaciones: vivía al aire libre, nadaba, escalaba y galopaba gran cantidad de kilómetros por día. La ilusión de su perfecta existencia llegó a persistir no solo en mí, sino en la gente que conformaba el grupo.

A veces, y sobre todo al atardecer, Enki empezó a improvisar largos soliloquios con los que metía en crisis a sus improvisados auditorios, que hasta ese momento, solo se habían limitado a vivir sus propios deslumbramientos. Como si estuviera solo en el mundo repetía entre obsesivo y autista:

—¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Cuál es el sentido de todo lo que me rodea? No sé, tengo la sensación que todo lo que lo que me rodea y rodeará de aquí en más, es una suerte de ensoñación, de utilería que rellena el esqueleto argumental de “algo” que osaré llamar “obra”. Siento que todo, se podría decir, carece de sustancia, de “firmeza existencial”.

¿Hacia dónde vamos? (Pausa histriónica).

—“El hombre, dada la crisis actual, ¿Persistirá como especie?”...

¿Cuál va a ser el final de esta “obra” y qué será de nosotros luego?

Y a modo de Hamlet pero con un mate en la mano repetía (y siempre repetía lo mismo):

“El mundo no existe sin el cuerpo, el cuerpo nunca existe sin la mente, la mente nunca existe sin conciencia, y la conciencia nunca existe sin la realidad pero, ¿qué es la realidad?

Generalmente cuando decía esto se abalanzaba sobre un sorprendido espectador, lo rozaba con su mano o con una eventual túnica (usada para dramatizar el asunto aún más, supongo) y le ofrecía el mate que había estado sorbiendo. La ilusión era perfecta.

A pesar que los temas tocados no eran los que se suponía que un “animador turístico” debía tocar (los reclusos ya lo confundían con esto) Enki empezó a tener cada vez más y más público. Inclusive entre el personal vestido de blanco.

Enki –fantasmal– no abandonaba sus largos soliloquios al atardecer. Trascurridos varios días dejé de desear su presencia y descubrí con desánimo que llevaba un tiempo igualmente largo, un año o más, disolver la creación de uno de estos personajes. A veces la tarea no tenía sentido, sobre todo si el relato que le había dado vida a tu personaje, justificaba la tuya. O al menos le daba sentido. Enki continuaba molestando.

Cierto día decidí que “Apuntes para salir del laberinto” se multiplicase en cientos de caballos, criados, mayordomos y salones cortesanos (para darle un toque clásico) en tiendas, edificios, autos, computadoras, tarjetas de crédito, sensuales solos de saxo, porciones de caviar (para darle un toque frívolo) y carrozas, fantasmas, castillos y vampiros (para darle un toque gótico). Era no solo por el mero gusto de experimentar todas las fantasmagóricas formas que el pensamiento pudiera generar, sino para engañar a Enki. Cada una de las cosas por mí soñadas contenía en su esencia un ejemplar de “Apuntes para salir del laberinto” y una descripción minuciosa de la mujer que él me había dicho que buscaba. Enki deambularía siendo incapaz de distinguir lo real de lo onírico. Interactuaría con alguna de las formas creadas por mi pensamiento y sería literalmente aspirado hacia el argumento de la “obra”, fundamentalmente por el deseo de encontrar a la mujer. Funcionó. Desapareció de mis vacaciones campestres como por arte de magia.

El problema ahora eran mis amigos, sobre todo “la gente de blanco”, que empezó a preguntar por él y a buscarlo por todos lados. Principalmente una de las enfermeras que resultaba particularmente insistente sobre el hecho de encontrarlo.

En una primera versión del original (debo admitir) una de las practicantes debía enamorarse de Enki y este debía corresponder. Pero había descartado esa posibilidad por considerarla banal y descontada.

Enki se enfureció, parecía endemoniado. Me dijo que la enfermera era la mujer que había estado esperando desde siempre. Lo llamé al silencio, a la subordinación absoluta a las exigencias argumentales de “Apuntes para salir del laberinto”. Se abalanzó sobre mí. Luchamos. Terminó inmovilizándome con el chaleco de fuerza que había en la habitación y –dejándome en la cama– se dispuso a corregir mi texto, mi narración. Mi “Apuntes para salir del laberinto”.

“Me sentí incompleto –garabateó apurado–, añoré la compañía de la mujer vestida de blanco, mi otra mitad. Pero para poseerla debía primero debía llegar a saber quién era realmente yo: “Enki de la tierra de los Annu”. Debía saberme personaje o ser real. Decidí tratar por vía negativa, a través de un ejercicio simple, pero brutal. Es decir si yo, Enki de los Annu, era el protagonista de esta historia, y la historia sin mí no hubiera podido continuar adelante, yo hubiera podido suicidarme, o morir varias veces, o desaparecer ahora mismo, que todo convergería en un caos. De lo contrario me desangraría desapareciendo. Cualquier cosa era preferible a no poseerla.

Enki tomó un hacha, una tabla de picar carne (que no sé de dónde sacó), asió su mano izquierda, y la cercenó. “Desenroscándola” de fibras, tendones y apartándola del cuerpo, la arrojó al piso casi con desdén y declaró entre grandilocuente y hemorrágico: “Yo no soy esta mano que pertenece al mundo de las palabras, al mundo de los nombres y las formas de esta novela: YO SOY EL AUTOR”. Siguió: “yo no soy este antebrazo que pertenece al mundo de los nombres y las formas de esta ficción llamada cuento, YO SOY EL AUTOR”. Y continuó así, hasta desaparecer o quedar reducido a solo una descripción de guiñapos sanguinolentos. Todo se tiño de colores ensimismados en el algodón negro de las sombras.

Abrí los ojos. Sondas, sueros, cánulas y agujas irrigaban mi cuerpo. O lo que quedaba de él. Un monitor contaba y graficaba mis pulsaciones con un sonido rítmico y alterno. Aclaré la mirada. Apareció la enfermera que le gustaba a Enki seguida de una tierna sonrisa.

 –Tranquilícese —me dijo—; ha perdido mucha sangre. —Y llevándose el índice sobre los labios me invitó al silencio. Furtiva, sacó un par de tijeras siniestras del bolsillo de su guardapolvo. En la penumbra, sus manos brillaban frías y magníficas.

 

Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en  Planificación Pública del  Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados  en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing  de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño. 



[1] “El Endemoniado Señor Rosetti” Juan Jacobo Bajarlìa 1977

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