Armando
Azeglio
Hacía semanas
que lo único que veía eran las cuatro paredes acolchadas de esa habitación. Semanas
que pensaba y leía de día. Soñaba y escribía de noche. Al final confundía las
cuatro cosas. Soñar, leer, pensar y escribir eran parte de lo mismo: habitaba
solo en mi cabeza. La habitación era solo la metáfora. Solía abrazarme las
rodillas contra el pecho ensayando una suerte posición fetal, hasta que el frío
ganaba mi cuerpo. Temblaba. A veces lloraba copiosamente. Me quedaba horas así,
esperando una señal, una voz, algo que me dijera como tenía que continuar el
texto que estaba escribiendo. Salir del bloqueo en el que me encontraba.
Recuerdo una vez (entre dormido) haber escuchado una suerte de
alocución plural y gangosa:
—Yo me encuentro en el cruce de
todos los caminos, allí donde los hombres tienen que elegir. Soy como un camión
de helados manejado por un heladero psicótico, los hombres se van subiendo
porque les encanta esa golosina, comen hasta la saciedad y después no saben qué
hacer con el empalago. Generalmente saltan a medida que avanzo… y yo los
arrollo.
Cuando
salí de ese trance (en cuatro patas y vociferando una lengua de duras
consonantes) identifique una serie de pequeños párrafos
caligrafiados en pequeñas bolitas de papel higiénico, seguramente por mí, a las
que desarrugaba para leerlos, pero que me resultaban totalmente ajenos. Cito
uno:
“Había escrito como un poseso, horas y horas dentro del inorgánico
encierro del nosocomio. Las palabras empezaron a destellarle en la negrura de
su caja craneal como relámpagos iluminantes en una oscuridad primordial de
tinta china. Luego bajaron a su mano: semoviente, ajena, temblorosa en venas
azules y pelos negros, como animada por una voluntad que no le pertenecía
(¿Serían las famosas musas o las temidas parcas de los griegos las que
producían esa automoción?).
A veces veía el fulgor de lo que suponía podían ser escamas de peces, o
de algún otro ser que podía ostentarlas en la oblonga —y gigantesca— sinuosidad
de sus lentos movimientos. A veces escuchaba el leve silbar de una brisa, a
veces un bramido ronco, múltiple y omnímodo cuya procedencia era imposible de
identificar. Oía voces que trataban dictarle frases en un lenguaje que se le
antojaba alienígena: imposible de comprender, imposible de traducir, imposible
de ser gesticulado por mortal alguno... ¿Esperanto?
O este otro párrafo, encerrado entre paréntesis como para aclarar algo
inaclarable, ya que aquello que pretendía dilucidar no estaba escrito en ningún
lado.
(Se repetía tres veces la cita sobre Jezabel y había un dibujo que
representaba una montaña de estiércol. En la cima, un hombre desnudo, de rostro
perruno, con cuernos, emitía un chorro de esperma de cuyas gotas emergían otros
seres desnudos que se acoplaban con animales fantásticos en actitudes
inverosímiles. Bajo la montaña de estiércol, Jezabel paría bestias. El texto
que acompañaba el dibujo expresaba: “Su vientre es el infierno. Se reproduce
con el fuego espermático que se genera en la mente. Después desciende para
sacudir la carne, y su ley es la putrefacción… Seguía otra frase confusa, de la
que solo era legible la última línea: “la bestia abolirá el deseo”...[1]
¿Qué me estaba pasando? ¿Qué pasaba con mi relato? ¿Qué con mi vida?
¿Qué tenían que ver estos párrafos con la narración de mi historia, admitiendo
que existiera una? En ese momento irrumpió en la habitación un hombre vestido
de blanco y me inyectó una sustancia viscosa. No entiendo por qué, pero no me
pude resistir. Inmediatamente me quedé entredormido en ese camastro desordenado,
había escrito casi todo el día. En un cierto punto, mi mente –en su espacio
interior– dispersó luces y sombras por doquier, ora en un torso, ora en
unas extremidades. Como resultado de esta suerte de danza lumínica, de jugueteo
onírico de claroscuros, surgieron en caprichosos bajorrelieves formas
musculares, volúmenes, ojos, órganos, crisálidas despiertas a la sinfonía del
existir.
Un conjunto de huesos, al cabo de horas de sueño comenzó a tomar
sentida forma surgiendo tímidamente. El parietal, el frontal, temporales y
occipitales fueron los más difíciles de unir. Fémures, peronés, cúbitos y
radios los menos laberínticos. Lo de los huesecillos del oído, tarea digna de
relojeros.
Una curiosa abstracción de mi mano comenzó a enhebrar con
tendones, nervios, venas y fibras musculares a su sistema óseo. Tensé con
ansiedad la jaula de sus costillas a fin de darle solidez. Su corazón –pájaro
cautivo– comenzó a gorjear la ignota canción de la vida. Sus sedosas
vísceras se manifestaron húmedas y tibias al tacto, su turbulento cerebro
ensayó un comenzar. El derrame de una gota de aquello que los orientales
llaman “Ki” fue la responsable de la irrigación nerviosa. Pude –valga el pleonasmo– verlo
con mis propios ojos.
Recorrí el intrincado caos de sus fibras musculares enmarañadas, tensas;
jamás pensé que pudieran dar vida un cuerpo tan armonioso, de volúmenes
tan precisos, recorridos por inexorables torrentes de tinta.
Un rostro se recortó penumbroso en un quejido. Nacía en el vientre
del lenguaje que me sostenía. Su lengua movió en el aire la balanza del sonido
y su voz se produjo gutural y angustiosa. Emitió un gruñido bajo que se
solidificó en el aire hasta transformarse en habla. Creo que dijo “mamá”.
Estaba naciendo.
Su forma se fue haciendo poco a poco fija, y su apariencia
cobró la apariencia de las cosas que están vivas. Al principio parecía
hecho de crespón o muselina.
Su cuerpo era apolíneo y
joven, como el de los héroes de las tragedias griegas destinados a la gloria y
la desaparición temprana. Era un hombre hermoso, como de unos treinta años de
edad, de espesa cabellera negra y ondulada, de frente amplia e inteligente;
ojos con mirada firme y penetrante, mejillas con reflejo azulino de barba
recién afeitada.
Ni bien se manifestó, algo en mi interior me dijo que mis miedos me
usaban para volverse palabra en este personaje. Pero que esta, mi palabra –con
el tiempo– haría desaparecer mis miedos.
Iluminado por una especie de chorro de luz, asemejaba un ser extraño y
anómalo, el servidor de un culto reverencial quizás... y ahí estaba yo
embriagado ante el decreto maravilloso de mi propio espejismo.
Empezó a mirar el mundo y a gestar con sus ojos aquello que miraba.
Algo dentro de mí me dijo que pertenecería a esa clase de personas que
conocen la naturaleza humana por experiencia directa, o por reminiscencia.
Quiero decir, Enki –así decidí llamarlo– jamás escribiría un ensayo sobre
psicología ni frecuentaría las aulas de ninguna facultad de antropología o de
sociología, pero intuiría perfectamente el lenguaje de las miradas, de los
gestos, de los cortes de pelo, de los ropajes, de los códigos y modos de las
tribus urbanas.
Ni bien vi esos ojos supe que había estado en contacto con mucha gente,
en muchos bares y piringundines, en muchos comités, en muchos lugares,
situaciones, libros y lecturas distintas.
Supe que era en esos sitios, en el deambular de esos párrafos donde
había aprendido a leer las voces de los distintos autores, la voz de la vida:
en la mirada del cafishio, en los
gestos de la prostituta, en las puteadas del taxista nervioso, en los
personajes de sus viajes por distintas lecturas del mundo buscando… sabe dios
qué.
En mi relato Enki haría pocas o ninguna citación de libros o de
autores, al contrario, despreciaría –paradójicamente– las palabras. Sabría que
entre las palabras y el mundo real hay un divorcio, una disgregación abismal.
Mi personaje en la novela habría llegado a un tipo de sabiduría toda
suya y particular. Una sabiduría que se encuentra quizá en las antípodas
de la erudición. Solo tendría que rememorarla. Enki solo debería recordar.
Al principio daba la impresión de padecer amnesia. Empezó a
hablarme con dificultad y falta de dicción, pero al poco tiempo fue dueño de
una elocuencia desusada. Era capaz de mantener una conversación torrencial
durante horas sobre aquellos temas que –nada es casual– le habían quitado paz a
mi alma durante años.
Me hablaba frecuentemente de una Mujer que, aseguraba, tenía que
encontrar de alguna manera en algún lugar.
No recordaba muy bien quién era, pero decía estar seguro que en algún
momento la memoria se le esclarecería y la certeza de la identidad le vendría.
Él sabía que su existencia inevitablemente se enlazaría con la de esa
mujer, pero primero debía descubrir su misión en la vida. A mí no me gustaba
mucho esa palabra: “misión”. Demasiado castrense. Además me sonaba a Mesías, a
deber auto impuesto, a cosa ya escrita en un libro sagrado para ser cumplida
fatal e inexorablemente.
A mí me gustaba creer en la profunda aleatoriedad del caos, en el
disfrute y el placer de la anarquía, del “desorden magmal” en estado
primigenio. “En el absurdo de aquello que no conduce a nada, que no tiene
primeras ni segundas intenciones, sino pura y brutal existencia.”
No obstante todo fue ese el momento en que decidí convertirlo en
el protagonista ilógico de lo que habría de ser “Apuntes para salir del
laberinto”, un relato que estaba naciendo.
A veces Enki cambiaba de nombres, a veces de forma y venía a
mí con seudónimos impronunciables. A veces Enki se salía del relato, se
escapaba del argumento, deambulaba de aquí para allá en el cuarto de ese
escondrijo donde hacía meses yo estaba recluido escribiendo. Si bien al
principio fue algo novedoso y deseado, luego se convirtió –debo confesar–
en una molestia. Cada vez que lo hacía arruinaba el texto o el pasaje que en
ese momento lo contenía, o me distraía con sus acciones. En ciertos días y a
ciertas horas del día una fuerza misteriosa, superior a sus fuerzas, parecía
apoderarse de él, y entonces, aunque resistiéndose, se ponía a bailar tango
durante horas y horas, hasta caer desvanecido. A veces entonaba con voz
armoniosa, coplas, romanzas y trozos de óperas que yo nunca había escuchado
antes; o dirigía larguísimos discursos en lenguas extranjeras a masas
imaginarias; o canturreando, hablaba en verso acerca de los posibles finales de
mi novela y de cierta batalla que en algún lugar debía librarse en alguno de
los pasajes de este libro.
Un día nos dieron permiso para salir y nos dispusimos a hacer un viaje
al campo en compañía del hombre de blanco. Enki, sin consultarme, se incluyó en
la salida. Para ese entonces no me era necesario pensar en él para que
apareciera. Realizaba varias acciones de las que suelen realizar los viajeros
cuando están en vacaciones: vivía al aire libre, nadaba, escalaba y galopaba
gran cantidad de kilómetros por día. La ilusión de su perfecta existencia
llegó a persistir no solo en mí, sino en la gente que conformaba el grupo.
A veces, y sobre todo al atardecer, Enki empezó a improvisar largos
soliloquios con los que metía en crisis a sus improvisados auditorios, que
hasta ese momento, solo se habían limitado a vivir sus propios
deslumbramientos. Como si estuviera solo en el mundo repetía entre obsesivo y
autista:
—¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Cuál es el sentido de
todo lo que me rodea? No sé, tengo la sensación que todo lo que lo que me rodea
y rodeará de aquí en más, es una suerte de ensoñación, de utilería
que rellena el esqueleto argumental de “algo” que osaré llamar
“obra”. Siento que todo, se podría decir, carece de sustancia, de “firmeza
existencial”.
¿Hacia dónde vamos? (Pausa histriónica).
—“El hombre, dada la crisis actual, ¿Persistirá como especie?”...
¿Cuál va a ser el final de esta “obra” y qué será de nosotros luego?
Y a modo de Hamlet pero con un mate en la mano repetía (y siempre
repetía lo mismo):
“El mundo no existe sin el cuerpo, el cuerpo nunca existe sin la mente,
la mente nunca existe sin conciencia, y la conciencia nunca existe sin la
realidad pero, ¿qué es la realidad?
Generalmente cuando decía esto se abalanzaba sobre un sorprendido
espectador, lo rozaba con su mano o con una eventual túnica (usada para
dramatizar el asunto aún más, supongo) y le ofrecía el mate que había estado
sorbiendo. La ilusión era perfecta.
A pesar que los temas tocados no eran los que se suponía que un
“animador turístico” debía tocar (los reclusos ya lo confundían con esto) Enki
empezó a tener cada vez más y más público. Inclusive entre el personal
vestido de blanco.
Enki –fantasmal– no abandonaba sus largos soliloquios al atardecer.
Trascurridos varios días dejé de desear su presencia y descubrí con
desánimo que llevaba un tiempo igualmente largo, un año o más, disolver la
creación de uno de estos personajes. A veces la tarea no tenía sentido, sobre
todo si el relato que le había dado vida a tu personaje, justificaba la tuya. O
al menos le daba sentido. Enki continuaba molestando.
Cierto día decidí que “Apuntes para salir del laberinto” se
multiplicase en cientos de caballos, criados, mayordomos y salones cortesanos
(para darle un toque clásico) en tiendas, edificios, autos, computadoras,
tarjetas de crédito, sensuales solos de saxo, porciones de caviar (para darle
un toque frívolo) y carrozas, fantasmas, castillos y vampiros (para darle un
toque gótico). Era no solo por el mero gusto de experimentar todas las
fantasmagóricas formas que el pensamiento pudiera generar, sino para engañar a Enki.
Cada una de las cosas por mí soñadas contenía en su esencia un ejemplar de
“Apuntes para salir del laberinto” y una descripción minuciosa de la mujer
que él me había dicho que buscaba. Enki deambularía siendo incapaz de
distinguir lo real de lo onírico. Interactuaría con alguna de las formas
creadas por mi pensamiento y sería literalmente aspirado hacia el argumento de
la “obra”, fundamentalmente por el deseo de encontrar a la mujer. Funcionó.
Desapareció de mis vacaciones campestres como por arte de magia.
El problema ahora eran mis amigos, sobre todo “la gente de blanco”, que
empezó a preguntar por él y a buscarlo por todos lados. Principalmente una de
las enfermeras que resultaba particularmente insistente sobre el hecho de
encontrarlo.
En una primera versión del original (debo admitir) una de las
practicantes debía enamorarse de Enki y este debía corresponder. Pero había
descartado esa posibilidad por considerarla banal y descontada.
Enki se enfureció, parecía endemoniado. Me dijo que la enfermera era la
mujer que había estado esperando desde siempre. Lo llamé al silencio, a la
subordinación absoluta a las exigencias argumentales de “Apuntes para salir del
laberinto”. Se abalanzó sobre mí. Luchamos. Terminó inmovilizándome con el
chaleco de fuerza que había en la habitación y –dejándome en la cama– se
dispuso a corregir mi texto, mi narración. Mi “Apuntes para salir del laberinto”.
“Me sentí incompleto –garabateó apurado–, añoré la compañía de la mujer
vestida de blanco, mi otra mitad. Pero para poseerla debía primero debía llegar
a saber quién era realmente yo: “Enki de la tierra de los Annu”. Debía saberme
personaje o ser real. Decidí tratar por vía negativa, a través de un ejercicio
simple, pero brutal. Es decir si yo, Enki de los Annu, era el protagonista de
esta historia, y la historia sin mí no hubiera podido continuar adelante, yo
hubiera podido suicidarme, o morir varias veces, o desaparecer ahora mismo, que
todo convergería en un caos. De lo contrario me desangraría desapareciendo.
Cualquier cosa era preferible a no poseerla.
Enki tomó un hacha, una tabla de picar carne (que no sé de dónde sacó),
asió su mano izquierda, y la cercenó. “Desenroscándola” de fibras,
tendones y apartándola del cuerpo, la arrojó al piso casi con desdén y
declaró entre grandilocuente y hemorrágico: “Yo no soy esta mano que
pertenece al mundo de las palabras, al mundo de los nombres y las formas de
esta novela: YO SOY EL AUTOR”. Siguió: “yo no soy este antebrazo que
pertenece al mundo de los nombres y las formas de esta ficción llamada cuento,
YO SOY EL AUTOR”. Y continuó así, hasta desaparecer o quedar reducido a solo
una descripción de guiñapos sanguinolentos. Todo se tiño de colores
ensimismados en el algodón negro de las sombras.
Abrí los ojos. Sondas, sueros, cánulas y agujas irrigaban mi cuerpo. O
lo que quedaba de él. Un monitor contaba y graficaba mis pulsaciones con un
sonido rítmico y alterno. Aclaré la mirada. Apareció la enfermera que le
gustaba a Enki seguida de una tierna sonrisa.
–Tranquilícese —me dijo—; ha
perdido mucha sangre. —Y llevándose el índice sobre los labios me invitó al
silencio. Furtiva, sacó un par de tijeras siniestras del bolsillo de su
guardapolvo. En la penumbra, sus manos brillaban frías y magníficas.
Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en Planificación Pública del Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño.

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