domingo, 9 de noviembre de 2025

NUESTRO SOL ERA UNA MÁQUINA DE FABRICAR SOMBRAS

Daniel Frini

 

Es la típica fotografía de último curso de la secundaria: una fila de cuatro mujeres de pie, atrás, y cinco sentadas en el frente, todas vestidas con camisa blanca y pollera azul, levantada y sujeta por el cinturón hasta parecerse a una minifalda. A la izquierda, de guardapolvo blanco impecable, también parada y algo separada del grupo, la profesora Cervetti, de geografía. Abajo, escrito con birome azul y límpida letra manuscrita, se puede leer «5to año “A”, Promoción XXVI, Colegio de la Inmaculada Concepción». Pero no es la fotografía oficial, siempre tan en foco, tan exacta. Esta es borrosa, como tomada con una cámara familiar. Los colores están velados por el tiempo transcurrido. Además, las fotografiadas, incluida Cervetti, se muestran al borde de la carcajada; parecen reaccionar a una humorada hecha por alguien ubicado atrás de la cámara. Todas, menos la joven que está sentada en el extremo derecho: obesa, rechoncha, se la adivina de baja estatura aunque está sentada; su cabello, lacio y negro, se ve descuidado; sus pies, que apenas rozan el piso, forman entre ellos un ángulo extraño; una de sus medias tres cuartos llega casi hasta la rodilla, la otra, caída, muestra una pierna fofa y manchada; tiene las manos cruzadas sobre su falda y crispadas, como suplicando; su rostro regordete es una mueca de angustia y sus ojos miran a sus manos. Es extraño, pero no cuesta imaginar que la broma por la que todas ríen la tiene a ella como blanco.

 

Mil novecientos noventa y ocho

 

…la fauna de la sabana africana está constituida principalmente dijo la joven obesa, y tragó saliva por leones, eh…, jirafas, eh…, cebras, babuinos, leopardos y ele…

¡Elefante! dijeron, a coro, las ocho compañeras restantes; y acompañaron las risotadas, festejo de una burla repetida, con una lluvia de tizas.

—¡Jovencitas! amonestó la Cervetti, sin convicción y sin disimular la sonrisa.

«No doy más» pensó la gorda. Solo eso. Giró su cabeza y miró a la ventana, límpida, brillante de sol, a no más de cinco metros de donde ella estaba y a cuatro pisos de altura. Como autómata, comenzó a correr, despatarrada, aumentando la risa de las otras; y saltó a través del vidrio. «Miren, puedo volar», pensó mientras recorría un aire cálido y salpicado de gotas de sangre y de piel cortada por los cristales. Abajo, las baldosas del patio se hicieron oscuridad. No tuvo registro del golpe, antes de que se le fuera la vida.

 

Dos mil ocho

 

¡Diez años, ya!

¡Cómo pasa el tiempo!

—Che, tendríamos que juntarnos más seguido.

—Y, viste cómo es: los chicos, los maridos…

—Dejate de pavadas.

—Miren. Traje la foto que les dije.

¡Mirá vos!

¡Qué jóvenes!

¡Qué ropa de mierda nos hacían usar!

¡Mirá los peinados!

¡Mirá la gorda, pobrecita! ¡Y la Cervetti!

¿Es cierto que la Cervetti desapareció?

Así dicen.

Fue a cobrar la jubilación al Banco y se esfumó. Me contaron que en el Banco dijeron que ahí nunca llegó.

Y, se habrá perdido. De geografía, que digamos, mucho no sabía…

¡Ja,ja! ¡Qué guacha que sos!

Una de ellas abrió su cartera, sacó un fibrón rojo, tomó la foto y dibujó dos equis; una sobre la gorda y otra sobre Cervetti.

¡Qué hija de puta!

¡Parece un cartón de bingo!

¡Ja,ja!

¡Ja,ja!

 

Dos mil dieciséis

 

En el equipo de música sonaba Sachmo, con la versión de «Heebie Jeebies», de 1926.

El hombre salió de la habitación al pasillo sombrío, sin cerrar la puerta. Sacudió sus brazos para desembarazarse de una humedad viscosa que salpicó las paredes descascaradas y sucias de otras humedades incontables. Entró a la «Sala de Operaciones», un cuartucho de tres por dos metros, con pretensiones de cocina-comedor. Allí estaban los otros dos: uno estirado sobre una silla, con la cabeza apoyada en el respaldo, los pies y las manos cruzados, los ojos cerrados y un cigarrillo a medio fumar en la comisura de los labios. El otro leía un diario de una semana atrás mientras dejaba enfriar un mate sobre la mesa.

El recién llegado fue hasta la pileta lavaplatos, abrió la canilla y metió sus brazos llenos de sangre bajo el chorro de agua. Los otros lo miraron.

—Se me fue —dijo el que se estaba lavando—. ¡Carajo!

—¿Dijo algo nuevo? —preguntó el del cigarrillo

—Na. Ya había cantado todo. Fue al pedo exprimirlo más.

—A mí se me fueron dos, hoy. Está medio fuerte el voltaje.

Los tres rieron.

—Yo soy un sentimental —siguió el primero—. No me gusta esa cosa moderna de la parrilla eléctrica. Prefiero derramar sangre….

—Sos un hijo de puta…

—Bueno —dijo el del mate—. Fin de la jornada. Ahora, a casa, con la familia…

—¿Hoy es el cumpleaños de tu nena? —lo interrogó el primero, mientras terminaba de secarse las manos con una camisa vieja y se desabrochaba el overol ensangrentado.

—No. Mañana es.

—¿Le compraste algo?

—No se me ocurre qué.

—Claro. Tiene de todo la princesa.

—Y sí, es la mimada.

—¿Pasamos por el barcito, no? —dijo el del cigarrillo, interrumpiendo a los otros.

—No puedo, tengo que llegar a casa temprano.

—Dale, pollerudo. Una cervecita, nomás.

—Bueh. Pero yo me voy enseguida.

 

Las luces de la calle estaban recién encendidas. La mujer bajó del colectivo y se quedó parada bajo la lluvia, intentando abrir su paraguas. Cuando lo logró, miró hacia ambos lados, indecisa. Hizo dos pasos hacia su izquierda y se detuvo. Volvió un paso atrás pero luego siguió caminando, despacio, hacia la dirección que había escogido primero, aunque mirando hacia todos lados. El hombre se resguardaba del agua en el umbral de una puerta, en la vereda del frente. Esperó unos segundos y cruzó la calle para seguir a la mujer que dobló en la esquina. Cuando el hombre llegó allí, ella había desaparecido. En el piso, el paraguas giraba llevado por el viento. Más allá estaba la fotografía de fin curso. La equis, hecha con tinta roja que se empezaba a diluir con el agua, tachaba el rostro de una jovencita a punto de reír, versión joven de la mujer que acababa de esfumarse.

 

En la pared del pequeño bar, el televisor mostraba, mudo, la imagen del Supremo Líder dirigiéndose a unos periodistas, a la salida de la Casa de Gobierno. Gesticulaba, como arengando a sus tropas.

Sentada en la barra, la mujer de unos veinte años miraba a la pantalla leyendo los labios, en un ejercicio que le había ayudado a sortear varios obstáculos. Más de lo mismo: «Salvar a la Patria de los invasores ideológicos, del terrorismo apátrida y construir un país nuevo para un hombre nuevo». Sonrió.

Los tres hombres entraron al bar. La mujer los siguió con la mirada, a través del espejo, hasta que se ubicaron en la mesa de siempre: al fondo, protegidos por dos paredes, los tres mirando hacia la puerta de entrada, dominando la escena; tal como todos los días, como los últimos cuarenta días en que la mujer repitió la rutina estudiándolos y haciendo que se acostumbrasen a ella. Sin que los hombres hicieran ninguna seña, el mozo les llevó una bandeja con tres porrones de cerveza. La mujer apuró la ginebra, bajó del taburete y se dirigió hacia la salida. No miró hacia atrás al pisar la vereda. Subió al auto que la esperaba.

—Están allí —dijo al conductor—. Todo va bien.

El auto arrancó, despacio.

Cinco minutos después, la explosión pulverizó la cuadra entera en la que se encontraba el pequeño bar.

 

Ya voy, hijo, ya voy.

El niño, de menos de un año, estaba sentado en su silla alta, a un costado de la mesa. La madre le alcanzó una mamadera con leche caliente.

Seis horas después llegó el padre del trabajo. El niño lloraba, aún sentado en su silla. En la casa no había nadie. En el piso, al lado de la mamadera caída, la fotografía escolar mostraba a nueve compañeras y una profesora. El rostro de la esposa, joven y sonriente, estaba tachado con una equis roja.

 

—¡Carajo! —gritó el coronel—¡Hijos de remilputas! ¡García estaba ahí! ¡Salvatierra estaba ahí! ¡Sosa estaba ahí! —miró a los integrantes de la custodia que estaban pálidos—. ¡Inútiles! ¿Cómo mierda no se dieron cuenta de que el bar estaba sembrado? ¡Fuera de mi vista! ¡Ahora!

Los hombres salieron de la oficina saludando de una manera grotesca y chocándose entre ellos.

El coronel apretó los puños sobre el escritorio. Las uñas le lastimaron las palmas de las manos.

—Benedetti —llamó en un tono bajo que no ocultaba la tensión de su voz. El edecán se acercó a él y se agachó hasta que su oído quedó a la altura de la boca del coronel, que se mantuvo rígido.

—¿Señor?

—Me los degrada a todos. Los quiero ver como soldados rasos.

—Sí, mi coronel —dijo el edecán. Se incorporó cuadrándose y se dirigió a la salida.

—¡Benedetti! —dijo nuevamente el jefe. El otro giró, mirándolo a los ojos con un gesto de interrogación.

—¿Mi coronel?

—Asegúrese que estos ineptos mueran en el primer enfrentamiento.

—¡Sí, mi coronel!

—Y quiero ese enfrentamiento esta misma noche.

—¡Sí, mi coronel! —e intentó girar, otra vez, para salir.

—¡Benedetti!!

—¿Sí, mi coronel?

—Encuéntreme a la reventada que hizo esto.

 

Ella dijo «Sayonara» y me pareció extraño porque es una de las palabras prohibidas, y ella lo sabía. Lo recuerdo bien. Al otro día yo empezaba mi decimotercer período de confinamiento civil. No le contesté. Nunca más supe de ella. Y sí, señor, me hablaron de la fotografía: ella y sus compañeras cuando estaban en el secundario. Dicen que tenía su cara marcada con una equis. No sé. Me dijeron. Nunca vi esa foto.

 

El sol de la tarde intentaba calentar los asientos de cemento de la plaza. El hombre de anteojos oscuros y pelo largo estaba sentado, casi envuelto en su sobretodo, con el cuello levantado y las manos en los bolsillos. A unos treinta metros otros dos hombres hablaban entre ellos, distendidos, mientras fumaban. Un cuarto hombre se acercó, llevando un labrador sujeto por una correa, y se sentó en el otro extremo del mismo banco donde estaba el de anteojos.

Unos quince minutos después llegó la joven. Se mostraba desorientada. Llevaba un mapa turístico en sus manos y miraba hacia todos lados, intentando ubicarse.

—Perdón —se dirigió al primer hombre—. Estoy buscando el Viejo Teatro. ¿Me puede indicar dónde está?

—A ver —respondió éste, estirando el brazo para tomar el mapa—. Permítame. ¿Qué busca?

La joven se sentó a su lado y señaló algo en la hoja.

—¿La siguieron? —preguntó el hombre.

—No. Tuve cuidado, capitán.

—Bien. Informe.

—No hubo inconvenientes. Todo salió según las órdenes.

—¿Alguien pudo identificarla?

—Es improbable. Cambié mi aspecto. Me teñí el pelo y esas cosas.

—Perfecto. Ahora tendrá que desaparecer por un tiempo. Ya sabe, por seguridad.

—Sí, capitán.

—El Comité Central está muy conforme con su desempeño.

—Gracias.

—Será condecorada y, seguramente, ascendida.

—No es necesario, capitán.

—Sí lo es. Por usted, y como ejemplo para los demás combatientes.

El hombre se levantó y se fue caminando despacio. Con intervalos de algunos minutos, se fueron, también, el hombre del perro y los otros dos.

La mujer quedó sola.

A unos cien metros, dentro de un taxi, alguien bajaba la cámara con teleobjetivo.

 

La filmación del cajero automático del banco no es muy clara. Marca la hora una y veintiséis de la noche. Se ve a la mujer que entra, introduce su tarjeta y digita la clave. Luego, hay un corte en la grabación, una especie de salto, que dura menos de un segundo. Cuando la imagen vuelve, la mujer ya no está y se ve una hoja de papel cayendo, en vaivén, que desaparece por la parte inferior de la pantalla.

Al día siguiente, el personal de limpieza encontró una fotografía en el piso del pequeño recinto de los cajeros: varias jóvenes en una foto escolar. Una de ellas con su rostro marcado en rojo.

 

La tarde se estaba transformando en noche, las luces de la calle ya estaban encendidas y, a pesar del frío, aún había movimiento de gente.

La joven caminaba por la vereda, del lado de la calle en el que estaban estacionados los autos. —«Nunca se sabe cuándo será necesario parapetarse», la habían instruido—. Al llegar a la altura de un utilitario, los dos muchachos aparecieron de improviso, jugando a la pelea, entre gritos y risas e impidiéndole el paso.

—Permiso —dijo la joven, tensa y sin mirarlos.

—No, preciosa—contestó uno de ellos—. Hasta acá llegaste.

El puñetazo en la boca del estómago la dejó sin aire y sin posibilidad de pedir auxilio.

 

Paró en el semáforo y le llamó la atención el descapotable deportivo que se estacionó a su lado. La mujer que lo manejaba era madura y hermosa. Recordaría, después, que pensó en la discordancia de esa mujer en ese auto. Dirigió su vista al cambio de luz, que pasó a verde, puso primera y arrancó, despacio. Se sobresaltó por el ruido del impacto del deportivo contra los autos estacionados. Notó que la mujer ya no estaba. Apenas logró estacionar, se bajó a ver en qué podía ayudar. No prestó atención a la fotografía que estaba en el asiento del acompañante.

 

—Está detenida, mi coronel —dijo el edecán, mientras entregaba una carpeta a su jefe.

El coronel la abrió, pasó unos papeles y se detuvo en la cara de una joven sonriente, al sol, en una plaza, junto con dos hombres y un perro. La foto era grumosa.

—¿Seguro?

—Sí, mi coronel.

—¿Quién la agarró?

—La gente de Cardona.

—Bien. ¿Dónde está ahora?

—La tienen en el Pozo del Sur.

—Perfecto, Benedetti, perfecto. Dígale al chofer que prepare mi auto. Vamos para allá.

 

El avión despegó a horario. La mujer sentada en el diecinueve efe, del lado de la ventanilla, se durmió enseguida. Estaba sola en su fila. Cuando, unos cuarenta minutos después, los auxiliares de a bordo llegaron hasta su asiento con el refrigerio, ella ya no estaba. Nunca volvieron a verla. Uno o dos días después, el encargado de limpieza encontró la fotografía. No le dio importancia y la arrojó a la basura.

 

El puño se estrelló en su rostro y su cuello se dobló hacia atrás cuando la espalda golpeó con el respaldo de la silla de metal, fijada con tornillos al piso. De su boca hinchada apenas escapó un gemido. Sus manos se crisparon y de las heridas de sus muñecas, que estaban atadas con alambre a los apoyabrazos, escapó un chorro de sangre que mojó las botamangas del pantalón del coronel, que dijo:

—Escúcheme, señorita. Si fuese por mí, simplemente la mataría. Después de lo que hizo, aún la muerte es una sanción escasa. Sin embargo, podría decirse que somos gente de negocios: nos interesan los resultados y no nos regodeamos en el castigo innecesario. Pero usted sabe: nuestro Supremo Líder tiene una reputación que mantener y, además, debemos dejar un mensaje para que todos entiendan que no deben imaginar, siquiera, hacer lo mismo. Por eso es que me veo obligado a hacer que la torturen. Y causarle el mayor daño posible antes de matarla. No es nada personal —y agregó, dirigiéndose al subordinado que estaba a su lado—. Proceda, sargento.

Otra vez el puño.

 

La mujer llegó a la guardia del hospital con dolores muy fuertes en la zona abdominal y el costado izquierdo de su espalda. Lloraba. El médico la revisó y ordenó que la internasen allí mismo, en observación, mientras le administraban suero y calmantes.

¿Se siente mejor? —dijo la enfermera.

No-o… ¿Qué…tengo?

Unas piedritas, chiquitas, en los riñones. No se preocupe, mamita: se van solas. Descanse. Vuelvo enseguida ¿eh?

Cuando regresó, la enfermera encontró la camilla vacía. La bajada de suero llegaba hasta el catéter apoyado en las sábanas. La aguja señalaba la cara de una mujer, tachada con una equis roja, en una fotografía, borrosa y vieja, de fin de curso.

 

—Era la hija de la doctora Arancibia, mi coronel.

—¿Qué Arancibia, Benedetti? ¿La jueza?

—Así es, mi coronel.

—Apa. Así que el Poder Judicial también juega en este partido.

—La doctora anda haciendo averiguaciones.

—¿Vio el cuerpo de la putita de su hija?

—Sí, mi coronel. Cardona cumplió su orden de dejarla donde todos pudieran verla.

—Un buen ejemplo, ¿no? —acotó el coronel, con una sonrisa—. Haga que levanten a Arancibia. La quiero para mí.

 

La mujer estaba desnuda, su cuerpo amoratado. Los grilletes en sus muñecas, sujetos con cadenas al techo, la mantenían de pie. La cabeza, ensangrentada, caía sobre su pecho. En el sótano estaban solo ella y el coronel.

—Qué pena, doctora, que no supiera educar a su hija —dijo mientras tomaba el pelo de la mujer, levantaba su cabeza y se preparaba para golpearla en la zona hepática, una vez más, con una manopla de acero.

Advirtió, quizá en la mirada sorprendida de la jueza —a pesar de sus ojos casi cerrados por los golpes— que, detrás de él, algo pasaba. Giró, rápido, y vio a una jovencita obesa, rechoncha, de baja estatura y piernas fofas; toda su piel pálida y tajeada.

—Ella me pertenece —dijo la aparición, mientras tomaba la cabeza del Coronel con ambas manos y la giraba ciento ochenta grados.

Siete u ocho horas después, Benedetti bajó al sótano. El coronel estaba tirado en el piso, muerto. Los grilletes colgaban del techo, vacíos.

Revisó todo el sótano, con parsimonia. No había forma de salir, más que por la puerta que siempre estuvo cerrada y custodiada («Déjenme solo», había dicho el coronel). Entre los papeles desparramados en la suciedad, encontró, sobre una pila de libros desordenados, la fotografía de unas muchachas posando con una profesora, típico retrato de fin de curso. Una equis roja tachaba el rostro de una jovencita; que era, también, la jueza.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

sábado, 8 de noviembre de 2025

EL AUTOR CORRIGE HASTA QUEDAR SATISFECHO

Sergio Gaut vel Hartman

Fyódor Dostoievski levantó la vista del papel. La lámpara chisporroteaba, el aire olía a tinta y a duda. Había escrito una frase, pero no estaba seguro de su eficacia.

“Se inclinó sobre el cadáver para examinarlo de cerca y observó que tenía el cráneo abierto. Iba a tocarlo con el dedo, pero cambió de opinión.”

Frunció el ceño. No, se dijo, esta vacilación es inadecuada. Tal vez otro tono, otra respiración.

“Se inclinó sobre el cadáver con un gesto fatigado, como quien se inclina sobre la miseria del alma. El cráneo, abierto como un libro roto, exhalaba un silencio que lo acusaba.”

Demasiado solemne. Movió la cabeza de un lado a otro, disgustado consigo mismo. ¿Por qué no puedo lograr algo más potente? ¿Cómo lo escribiría Émile Zola?

“Se inclinó sobre el cadáver, donde el aire se espesaba con el olor del hierro y la podredumbre. La masa encefálica palpitaba aún, un manjar tibio y triste de la condición humana.”

No, demasiado Zola. ¿Y si Baudelaire hubiera escrito prosa, sería algo como esto?

“Se inclinó sobre el cadáver con la languidez de un santo corrompido. La sangre era un rubí entibiado, y el cráneo, una copa donde reposaba el sueño último del pensamiento.”

Demasiado musical… y afeminado, o el modo en que un afeminado trataría de pasar por varonil. Definitivamente, no. Volvió a tomar la pluma.

“Se inclinó sobre el cadáver que era también su espejo. El cráneo se abría como una flor de medianoche, y de sus pétalos manaba un canto en el idioma de las neuronas.”

¿Breton? ¿Quién es Bretón? ¡Imposible! André Bretón aún no ha nacido. ¿Será esto una emanación del futuro? ¡Supercherías! Yo no creo en esas cosas.

Veamos algo más minimalista.

“Se inclinó. Cráneo abierto. Pensó en morder.”

Demasiado frío, demasiado sintético. No es mi estilo, en absoluto. Apoyó la frente sobre la mano. Quizá un tono más oscuro. Probemos.

“Se inclinó sobre el cadáver con el temblor reverente del profanador. La luna, cómplice, derramaba su luz sobre el cráneo hendiendo la carne muerta. En aquel hueco insondable creyó oír el eco de su propia culpa.”

No, demasiado Poe. Leí a Poe con interés, pero no tenemos nada que ver. Él era alcohólico y yo solo tengo pequeñas adicciones como el café, el tabaco, el juego y la epilepsia, si considero que la epilepsia es un vicio. No obstante, puedo buscar algo más seco y directo en esa zona. Veamos esto.

“Se inclinó sobre el cadáver con la precisión de un detective. Tomó nota del ángulo del golpe, del brillo húmedo del cerebro. Algo en esa escena le resultaba… delicioso.”

Demasiado irónico. No cuadra con mi estilo. ¿Y esto?

“Se inclinó sobre el cadáver y comprendió que aquel cuerpo, abierto como una pregunta, era el espejo de su propia inanidad. No era horror lo que sentía, sino hambre.”

Demasiado adelantado a mi tiempo. ¿Escribirán así los autores del futuro? ¡Qué porquería! ¿Será posible que no logre afinar mi escritura para describir como se debe el asesinato de la usurera?

“Se inclinó sobre el cadáver, pero antes miró a cámara. El cráneo abierto era una elipsis. El narrador, un asesino. El lector, cómplice.”

¿Y esto? ¿Me estaré volviendo loco? ¿Será el preludio de un nuevo ataque o es demasiado lúcido para mi mente atormentada por la culpa?

Encendió una vela. La llama oscilaba como una idea a punto de nacer. Tal vez debiera probar con un sesgo poético.

“Se inclinó sobre el cadáver como quien se asoma al pozo del alma. Del cráneo, flor pálida, brotaba un perfume de recuerdos. El aire tembló ante lo vivo que aún latía en lo muerto.”

Demasiado hermoso para un crimen. No me sirve. Podría intentar como lo hará Ionesco.

(En escena: un cadáver. Entra Dostoievski disfrazado de Rodión Románovich Raskólnikov.)

DOSTOIEVSKI: ¿Escribir o morder?

CADÁVER: Todos los escritores muerden algo.

(Oscuridad. Sonido húmedo.)

Demasiado teatral. Y absurdo, claro. ¿Soy un escritor absurdo? ¡Dios no lo quiera!

 

Probemos de este otro modo.

“Se inclinó sobre el cadáver y el cráneo se abrió solo, como una fruta madura. Dentro latía un pequeño ángel que recitaba sus pecados.”

Demasiado angelical. Ese no soy yo. ¿Será posible que esté naufragando en un simple párrafo? Sé que es crucial, pero no puede costarme tanto…

Suspiró. Había pasado por todas las formas, todas las máscaras.

El escritor, pensó, es un asesino que mata las versiones falsas de su historia hasta que queda solo el cadáver verdadero.

Entonces, con el pulso tranquilo, escribió la frase que ya no necesitaba estilo, porque era la suya, definitiva, inevitable:

“Se inclinó sobre el cadáver, acercó los labios al cráneo abierto y sintió un irresistible deseo de hincar los dientes en aquella masa gris.”

—¡Magnífico! —exclamó—. Y ya sé cómo se llamará mi novela: Raskólnikov, el zombie.


Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es un escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novela corta Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS.

LA SONRISA DE SALGARI

Laura Irene Ludueña

 Los cañones vomitaban fuego sobre la selva que caía a pique hacia el mar. El cielo estaba rajado por la pólvora y los gritos, y los tigres de Mompracem avanzaban como un vendaval de acero y sangre. Al frente, como un relámpago con turbante, Sandokán se abría paso con la cimitarra en alto.

Nadie vio al hombre que caminaba entre los cuerpos sin dejar huella. Elegante, con su traje de otros tiempos, el bigote bien cuidado y una mirada que no pertenecía a ese mundo, Emilio Salgari seguía el combate con una mezcla de asombro y tristeza. Sabía que no podía intervenir. Era un espectador, un náufrago en sus propios sueños. Reconocía cada grito, cada golpe, cada rostro. Él los había creado, y ahora lo arrastraban consigo hacia un lugar donde las ficciones cobran sus deudas. Cuando la batalla se perdió en el humo, el paisaje comenzó a deshacerse como un dibujo mojado. Todo se volvió oscuro y denso. Un trueno lejano sacudió el aire.

—Sandokán… ¿eres tú? ¿Viniste por mí? —preguntó con un hilo de voz.

El pirata dio un paso al frente. No había envejecido un solo día desde la primera vez que Salgari lo imaginó. La misma fiereza, la misma melancolía indomable en los ojos oscuros.

—Estás sufriendo, Emilio —dijo Sandokán, sin solemnidad ni piedad, como quien constata un hecho que no puede evitarse—. Y me preguntaba si querrías despedirte.

Salgari sonrió, aunque el gesto le costó.

—¿Cómo podría no hacerlo? Ustedes fueron mi vida. Más que Verona, más que Turín… más que mis propios huesos.

—No fuiste feliz —le respondió con una dureza que no era reproche, sino verdad desnuda—. Nos diste aventuras, mares, gloria pero tú mismo viviste encerrado. Nos hiciste libres, mientras tú te hundías.

El silencio se alargó. La tormenta afuera parecía haberse acercado; un trueno hizo temblar los vidrios de la casa del escritor.

—¿Y sin embargo…? —susurró Salgari.

—Y sin embargo nos diste alma —respondió el Tigre de la Malasia, bajando la voz por primera vez—. Yo he muerto cien veces, pero siempre vuelvo. Porque tú me soñaste tan fuerte que no puedo desaparecer. Hay niños en Java que aún me nombran. Hombres y mujeres que todavía sueñan con espadas y selvas gracias a ti.

Salgari cerró los ojos un instante, dejando que esas palabras lo envolvieran como una caricia inesperada.

—Duele, Sandokán. Duele no haber podido ser uno de ustedes.

El pirata acercó una silla y se sentó junto a Salgari. Sus ojos, feroces en la batalla, ahora eran los de un hijo ante el padre que muere.

—¿Y si pudieras? ¿Si esta vez no despertaras en Turín, sino en otro lugar?

—¿Dónde?

—En la isla. En Mompracem. Ese rincón que solo tú conoces, el que tan bien describiste una y otra vez; sé que nunca lo olvidaste.

Salgari respiró hondo, como si el aire ya le llegara de otro mundo, salado y húmedo.

—Llévame.

Sandokán extendió la mano, y aunque la carne de Salgari era débil y su piel estaba pálida como papel mojado, sus dedos se aferraron con firmeza a los del pirata. El mundo tembló. Ya no estaban en el estudio del escritor. Un viento cálido, cargado de sal y flores extrañas, le golpeó el rostro. Salgari estaba de pie, entero, con ropas ligeras, un kriss en el cinto, y el corazón latiendo con la fuerza de un joven corsario.

—Bienvenido a bordo —dijo Sandokán con una sonrisa feroz, mientras una tripulación de fantasmas rugía al verlo. Yáñez levantó su copa. Tremal-Naik agitaba el sable. Todo era como debía ser.

El mar rugía bajo la quilla del Praya del Rey, que surcaba las aguas verdes con una velocidad imposible. En la lejanía, un bergantín colonial huía, cargado de esclavos y marfil. La bandera británica ondeaba como una burla.

—¿Estás listo para una última cacería? —gritó Sandokán sobre el estruendo del viento.

—Más que nunca —dijo Salgari, con la voz que ya no tenía en la tierra.

Alcanzaron el navío en fuga y se lanzaron al abordaje. Fueron minutos o siglos. El fuego de los cañones, el choque de las espadas, la risa de Yáñez, el rugido del Tigre. Emilio luchaba como si su vida dependiera de ello, aunque ya no tuviera nada que perder. En un instante imposible, cruzó la mirada con una niña liberada de la bodega: sus ojos oscuros, enormes, le sonrieron con gratitud. Eso bastó. Y entonces, todo comenzó a disolverse. El fragor se apagó como una llama en el viento. El mar se volvió bruma. Las voces se deshicieron en ecos. De nuevo, el olor a papel viejo y desesperanza. Salgari volvía a estar en su casa, en su triste estudio. El sudor frío le corría por la frente, mientras la figura de Sandokán, de pie junto a él, era más tenue ahora.

—¿Fue real? —preguntó. Sandokán no respondió. Solo asintió, con una leve reverencia—. Gracias —susurró Salgari.

—Nos volveremos a ver. Donde el mar no tenga orillas —dijo el pirata, y su voz era ya parte del viento.

La sombra se desvaneció. Salgari cerró los ojos. Nadie oyó cuando se levantó de la silla. Nadie lo vio salir con paso firme, como quien tiene una cita impostergable.

Al amanecer, lo hallaron en el sendero, bajo los árboles del parque. El cuerpo vencido, pero el rostro en paz. Había llevado consigo un cuchillo, con el que se abrió el vientre según el rito japonés del seppuku. En el bolsillo había tres cartas: a sus hijos, a sus editores y a los directores de los periódicos de Turín. Y en su mano, una pluma rota.

Y aunque el cielo estaba nublado, alguien juraría haber olido sal en el aire. Porque en algún lugar del océano imaginado, una vela roja flameaba en lo alto. Y Sandokán, el Tigre de la Malasia, miraba al horizonte, esperando a su creador, que por fin se atrevía a embarcar.


Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022) y el ensayo Justicia social y resistencia conservadora: la ciudad de Rafaela en los años cuarenta. Su intensa actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo sus compañeros. Su labor está reflejada en este blog.


ANDATE AL INFIERNO

Rosa Lía Cuello 


“El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados.

Los actos de los hombres no merecen tanto”

Jorge L. Borges



Mi mujer me echó de casa. Cuando llegué abrió la puerta y me entregó un bolso, supuestamente con mi ropa, me quitó la llave del auto que yo hacía tintinear en la mano, dijo que se había cansado de aguantar mis salidas nocturnas y al grito de andate al infierno, cerró la puerta con un golpe.

Aunque hubiera querido protestar y contestarle, mi estado y la sorpresa no me lo permitieron. Me quedé parado ahí con el equipaje en la mano, sin saber qué hacer, ni adónde llevar mi osamenta. Comencé a caminar despacio, mis pasos me llevaron, no sé si a la derecha o a la izquierda, qué más da.

La calle estaba desierta y un vientito helado comenzó a soplar. Caminé sin rumbo fijo, me metí en cualquier callejón, yo que no salía si no era en auto y por las avenidas principales para llegar más rápido. De pronto, la salvación, una tenue lucecita iluminaba un pequeño cartel que decía: PENSIÓN.

Era una casa vieja y verdosa, con una inmensa puerta de madera pintada de color gris. Toqué timbre y esperé. Una gran sombra se aproximó murmurando, la cancel se abrió y una mujer de avanzada edad, en salto de cama, me gritó qué quería a esa hora.

Pedí disculpas, y pregunté por una habitación. Ella me miró de arriba abajo, casi libidinosa y luego de un instante de duda me dejó pasar.

Nombre, apellido, documento, pidió y yo obedecí mientras ella escribía unos garabatos en el libro de entrada. Abrió el cajón y me extendió un llavero, diciendo que era la única que tenía, que estaba todo lleno, pero quedaba esa porque nadie quería la habitación número trece, y yo tampoco si hubiera estado más fresco.

Vaya hasta el fondo, por acá, indicó, y me dejó solo en el estrecho pasillo mal iluminado. Avancé temeroso, no sé por qué; un ronquido me sobresaltó, más allá se oía un televisor. Llegué frente a la puerta pintada de gris con números en amarillo.

No se abrió en el primer intento, tuve que dejar el bolso, que hasta ese momento no había soltado, en el suelo, empujar un poco la puerta hacia mí, y entonces logré abrirla.

Le faltaba un poco de aceite, encendí la luz y varias cucarachas cruzaron la habitación.

Observé las paredes descascaradas y húmedas, la cama de dos plazas con su colcha beige, impecable, que contrastaba con el lugar. Una mesa de luz con un velador antiguo, el crucifijo de bolitas de madera colgado grotescamente, como si estuviera al revés sobre el respaldo de la cama y un gran y fastuoso espejo a la derecha, digno de algún salón de baile de otras épocas, con un marco dorado lleno de volutas, y algunos diablillos tallados, que me devolvió la imagen de un hombre cansado, con el cabello revuelto, una parte de la camisa fuera del pantalón y dos enormes ojeras que no reconocí.

Me tiré en la cama, y me dormí en el acto. Estaba muy cansado. Soñé con un hombre muy parecido a mí, que se paraba frente al espejo y ensayaba señas y muecas, a otra persona que parecía estar del otro lado, de repente, unos tentáculos verdosos lo envolvían y lo sumergían en el azogue, a la vez que el otro individuo salía de allí y se quedaba parado en la habitación respirando con dificultad pero feliz.

Desperté en la oscuridad bañado en transpiración, enredado en las sábanas, por más que intentaba no lograba soltarme, aun así pude pararme frente al cristal, a tiempo para ver la habitación y al hombre que, tomando mi bolso de la silla, salía despacio del cuarto y cerraba la puerta.

Y desde aquel día estoy acá, haciendo una y otra vez un balance de mi vida, y su correspondiente “mea culpa”, con este ser que por momentos se convierte en la dueña de la pensión, con su bata gastada, y por otros es ese monstruo de tentáculos verdosos que me besa, con unos labios carnosos y me aprieta hasta quitarme el aliento y la energía, pensando en la bruja de mi mujer y a la espera de un nuevo pasajero que me libere de este infierno.


Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online. 

EL PAPEL

Joyce Barker Bucat

 


Se reunieron, como siempre, en la casa de María. Esta vez fueron Josefa, Jorge y Juana. La reunión consistía en llevar un invento de ellos, u otra persona, y mostrarlo a los compañeros en una disertación, haciendo funcionar el objeto y contestando las preguntas de sus amigos. Ese día fue el turno de Josefa. Se paró en la mitad de la sala, abrió su cartera y sacó un teléfono móvil. Lo puso sobre la mesa y dijo que eso no era un celular.

Un año antes de la reunión, Josefa había enviado por correo, una pregunta a sus amigos: “¿Cuál es el nombre de la última película que vieron?”. No se preguntaba nada más.

El aparato comenzó a girar sobre la mesa. Después de un rato, salió una luz blanca; el aparato subió la velocidad del giro y la luz blanca se transformó en amarilla. Subió aún más la velocidad y la luz se transformó en azul, siendo esta de una intensidad tan aguda, que costaba mirarla fijamente, a diferencia de las dos anteriores. María mantuvo la vista, al igual que Josefa, y soportaron como se soporta un sabor extremadamente ácido. Jorge y Juana no pudieron mirar más.

“El papel está en la azotea, creo que en el tercer cajón de la izquierda”, pensó María, mientras subía la escalera con la única intención de encontrar un papel que contenía la información de “algo importante”, según ella, pero que no conocía. Al segundo piso iba muy poco, una vez al mes o menos, solo para limpiar y guardar cosas en desuso. María se sorprendió al ver que había otros muebles, puestos en lugares diversos y una cantidad excesiva de polvo, como si el lugar no se hubiera usado en décadas. Pero no estaba asustada, ni siquiera por las arañas enormes ubicadas cerca de donde ella se encontraba. Se acercó a una cajonera vieja que, junto a una mesa de trabajo, eran los únicos muebles que estaban donde mismo y que tampoco cambiaron su forma o color. Abrió el tercer cajón y sacó un papel doblado por la mitad. Lo guardó en el bolsillo del pantalón, que era otro cuando se inició la reunión, y se apresuró en salir de ahí y llevar el papel donde sus amigos, a la sala. Pero no pudo salir, alguien estaba parado en el umbral de la puerta, María sabía perfectamente quién era: Antón Chigurh de No country for old men de los hermanos Coen, la película que respondió en el mail, vestido de azul oscuro, con botas vaqueras y el pelo hasta los hombros. María le miró las manos, estaban desocupadas, no traía consigo el tubo de aire comprimido y eso la relajó un poco; solo estaba parado en la puerta, bloqueándole el paso.

Al cumplirse un minuto desde que el celular empezó a girar, Josefa hizo un gesto con sus manos y el aparato se apagó, la velocidad disminuyó y finalmente se detuvo por completo.

—¿Qué les pareció? —preguntó Josefa, expectante de las respuestas, porque creía que todo había sido un éxito. Jorge aplaudió y dijo:

 —Te compraré uno para regalárselo a mi hija; a los niños les encantan estas cosas —dijo riendo.

Juana lo miró e hizo un gesto como para irse, él asintió con la cabeza. María se paró frente a la puerta.

—Debí haber intuido que esto iba a pasar —dijo, desencantada por su reacción—. No eres el tipo de persona para estas experiencias, no te sabes concentrar; y tú, Juana, me has desilusionado también.

—¿Estas experiencias? ¿Cuáles? —respondió Jorge, tratando de mantener la sonrisa que ya empezaba a fingir. Hubo un silencio, Josefa miró a María y la notó algo extraña.

—Esperen —les pidió Josefa, pero la puerta de salida acababa de cerrarse por fuera.

—María, ¿estás bien? —preguntó sin respuesta—. ¡María! —Estaba con la miraba perdida, y había pasado un buen rato desde que el aparato fue apagado.

En la azotea, María estaba frente a Antón, que no se movía de la puerta.

—Hola, ¿cómo estás? —preguntó María. El hombre la miró sin responder, pero luego dijo:

—¿Cómo se llama este lugar?

—Estás en mi casa, en la azotea —respondió María. Hubo un largo silencio.

—¿Qué tienes en la mano? —preguntó Antón, súbitamente.

—Información relevante.

—¿Relevante por qué?

—No lo sé, solo sé que tengo que llevar esto donde mis amigos, van a necesitarlo.

—Quiero leerlo.

—Claro, lo veré contigo, yo también tengo curiosidad.

Antón se puso a su lado. María podía olerlo, tenía olor a vainilla.

—¿Qué perfume estás usando? —preguntó María, queriendo tener una conversación liviana con Antón que, a pesar de estar tranquilo y desarmado, la intimidaba profundamente.

—¿Por qué quieres saber eso? —dijo Antón, esta vez con algo de entonación en la pregunta, pero casi imperceptible.

—Porque quiero saber —dijo María.

—¿Por qué?

—Realmente no lo sé.

—¿Por qué?

—No sé —dijo ella, fingiendo no estar asustada.

—Dime por qué —insistió Antón tranquilamente.

—Te pregunté porque me gustó tu olor, hueles a vainilla —respondió, al fin.

—¿Por qué pensaste que a mí me iba a interesar si te gustó o no mi perfume? —volvió a preguntar Antón.

—No pensé en eso, es más, no debí preguntarte, lo siento —dijo sumisa.

—Lo sientes…

—Sí—contestó María, tratando de mostrarse impávida.

—Sientes haber preguntado.

—Sí —respondió temblando.

—No tengo puesto ningún perfume, es el olor de mi pelo cuando me lo corto.

—¡Ah!, ¿te lo cortaste hace poco? —dijo María, esforzándose en no decir algo que active el morbo de Anton.

—Ayer —respondió, inclinando levemente su cabeza hacia la izquierda.

María respiró hondo y se cruzó de brazos. Se tranquilizó, aunque sabía que estaba frente a un enfermo, un sicópata, alguien extremo e impávido y muy detallista. Y aunque quería preguntar por qué le salía olor a vainilla cuando se cortaba el pelo, prefirió no seguir.

—¿Te gusta mi corte de pelo? —preguntó pausado.

—No —dijo María, sorprendida por el interés que Antón tenía en saber eso. De pronto se escucharon gritos, y María reconoció la voz de Josefa, que corría por las escaleras.

—¡María! Hace más de media hora que estoy esperando a que regreses —criticó Josefa, entrando en la habitación—. Tuve que meterme en tu experiencia para encontrarte. Este es un caso extremo, la última de las tres veces que se hizo este experimento, un hombre no despertó más. Debí preguntar por películas que no contengan asesinatos: las experiencias pueden ser terribles. Ven conmigo, la reunión ya terminó y todos se fueron hace rato.

—Josefa, ¡qué mal educada! ¿No ves que estoy con alguien?

—Sí, lo veo perfectamente, es el personaje de No country for old men, el sicópata. Por eso estoy aquí, se suponía que ibas a bajar las escaleras y volverías a tu lugar, pero ¡nunca bajaste! —exclamó Josefa, un poco más calmada al encontrar a María aún consciente, pero sintiéndose culpable por haber expuesto a sus amigos a algo tan peligroso. En un caso anterior, un hombre había quedado en coma, por eso estaba absolutamente prohibido usar ese aparato, que ni siquiera alcanzó a tener un nombre. Josefa se esforzó en calmarse y continuó:

—Los personajes te ven como si fueras uno; no tienen consciencia de lo que son, pero tienen personalidad que, en este caso, es mejor no hacer la prueba. Debí ser más precavida contigo. Por suerte, los otros no pudieron concentrarse en la luz azul, eso sí que hubiera sido desastroso —terminó de hablar, agarrando con fuerza el brazo de María para volver a la sala. Estaban por sobre el margen de tiempo probado hasta ese minuto.

—Se llama Antón —contestó María, quitando bruscamente su brazo de la mano de Josefa.

Antón estaba parado entre las dos mujeres y casi no se movía. Luego de un rato, giró hacia María y le preguntó:

—¿Por qué sabes mi nombre?

—Porque te vi en una película.

—No he salido en ninguna película.

—María —interrumpió Josefa— ¡Es suficiente! Si sigues acá vas a perder la consciencia, y vivirás esto como tu única realidad —y mirando a Antón, continuó—. Les quitamos las armas al programarlos.

Antón caminó hacia la mesa donde María hizo manualidades alguna vez. Tomó un pequeño cuchillo de mango amarillo, muy filoso y comenzó a apuñalarse la cara, en distintos lugares.

—¡No! —gritó María intentando quitarle el cuchillo, pero no pudo, tenía una fuerza descomunal.

—¡Déjalo, y vámonos ahora! —exclamó Josefa.

—¡Se va a matar! —gritó, cortándose ella también, al tratar de frenarlo.

—Claro que no, él no existe, pero tus cortes son reales acá y dónde iremos también.

Los cortes que se propinaba Antón se cerraban inmediatamente, pero él los volvía a abrir.

—¡Para, aún nos falta leer el papel! —insistió María, pero Antón parecía no escucharla.

—¿Qué papel? —preguntó Josefa.

—Este, lo iba a leer con Antón y ¡mira lo que hiciste! —gritó enojada María; pero Josefa le quitó el papel de la mano y comenzó a leerlo. Empalideció súbitamente.

—¿Estás bien, Josefa?

—¿Por qué quieres saber? —respondió, mirando a María fijamente.

—Porque te noto extraña…

—Define extraña.

—¿Qué?

—Que definas esa palabra.

—¡No!

—¿Por qué no? Define extraña.

—Josefa, no sé qué decirte. ¡Para!

Antón seguía apuñalándose la cara, y Josefa insistía en lo mismo. María necesitaba descansar y bajar a la sala donde estaba el aparato. Pero bajar era imposible, la puerta de la habitación ahora estaba repleta de arañas, y supo que no iba a salir fácilmente de ahí. Se sentó en una silla y miró por la ventana. Afuera estaba oscuro, tanto, como si su casa estuviera dentro de una caja, y flotaban papeles pero solo uno resplandecía: "Ese es mi papel", suspiró.

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

 


EN CASA AJENA (OCHO)