Cristian Carstoiu
Se dice que, cuando
morimos, nuestras almas viajan hacia el Laberinto Estrecho, donde se decide su
destino eterno. Suena a fábula, destinada a mantenernos en el camino recto,
pero el hombre con ropas andrajosas que caminaba a mi lado por el bazar abarrotado
de Baia de Oțel juraba que era cierto.
—El Hostigador, él es quien
arrebaña las almas —me dijo con voz temblorosa—. Te azotará con relámpagos
hasta que corras tan rápido que tus pies apenas toquen el suelo.
El hombre, que se había negado a
decirme su nombre, me desgranaba la historia de su vida. De algún modo había
logrado escapar del ojo vigilante del Hostigador, para luego huir del
Laberinto. Al principio había parecido una conversación más, pero poco a poco
se convirtió en una súplica por su propia vida. Al final volvió a su tema
favorito, el Hostigador.
—Tiene un gran libro con todos los
nombres de los muertos —dijo—. No sé si el mío sigue allí después de que
escapé, pero de cualquier forma estoy huyendo. No quiero que note que mi nombre
falta y venga a buscarme.
Inesperadamente, el aire se cargó
de electricidad estática. A pesar del cielo despejado, se vio un relámpago. Y,
de pronto, el hombre desapareció de mi lado.
Así comenzó todo.
El bazar de Baia de Oțel nunca
duerme por completo. Incluso al amanecer, cuando el sol asoma detrás de las
torres altas y el aire huele a ozono, el mercado palpita de vida. La gente
viene aquí a intercambiar todo aquello que no puede comprarse en ningún otro
lugar: relojes de arena cuya contenido fluye hacia atrás, reliquias que
susurran himnos cuando las sostienes en la palma, jaulas de vidrio que
contienen relámpagos cautivos. La ciudad misma es una paradoja, construida
tanto sobre circuitos como sobre superstición. Los sacerdotes llevan máscaras
de cromo, los mendigos adivinan el futuro en códigos, y los callejones vibran
con plegarias disfrazadas de transmisiones.
Yo estaba allí solo para deambular.
Mi ocupación, si puede llamarse así, es recolectar historias. Escribo los mitos
olvidados de la ciudad, los rumores que se aferran a las torres como hiedra
salvaje. Pero nunca había oído una como la de aquel hombre.
Se me había acercado mientras yo observaba
el contenido de un puesto de insectos metálicos que tic-tacaban como relojes. La
voz del sujeto crujió como papel arrugado.
—Eres de los que escriben
historias, ¿verdad? —me preguntó, con los ojos clavados en la pluma que llevaba
sujeta a la muñeca.
—Escribo, es cierto —respondí—.
Pero no sobre fantasmas, por lo general.
Sonrió, mostrando los dientes
torcidos.
—¿Fantasmas? No, no. Soy carne. Al
menos eso creo.
Entonces comenzó a hablarme del
Laberinto.
Al principio pensé que estaba
borracho o aquejado por alguna fiebre. Sus ropas eran jirones remendados con
fibras que brillaban tenuemente, como si estuvieran vivas. Tenía la piel
pálida, como solo la he visto en quienes han permanecido demasiado tiempo en
los niveles inferiores, donde no penetra el sol. Sin embargo, cuando hablaba,
había en su voz una convicción cruda y temblorosa, pero indudablemente
auténtica.
—El Laberinto no es como dicen los
predicadores —susurró, acercándose hasta casi rozarme el oído—. Dicen que es
solo una prueba, un lugar donde el alma se demuestra a sí misma. Pero no es un
sitio de juicio, es solo un lugar de clasificación. El Hostigador no mira si
eres bueno o malo. Solo quiere que avances, que los corredores no se obstruyan.
—Rio entonces, sin alegría—. Lo he visto, ¿sabes? He visto el látigo en su
mano. Luz que corta. Empuja a los lentos hasta que arden.
—Entonces, ¿cómo escapaste? —le
pregunté.
Sus ojos se movían de izquierda a
derecha. El bazar estaba lleno de gente: comerciantes, peregrinos, mercenarios.
Sin embargo, nadie parecía notarlo. Pasaban junto a nosotros como si fuéramos
niebla.
—No fue por mérito mío —dijo—. El
Laberinto se agrietó por un instante, creo que la tormenta lo partió. Tal vez
el Hostigador parpadeó. Tal vez la corriente falló. Solo sé que corrí, y el
Laberinto se derrumbó detrás de mí como si nunca hubiera existido.
Se frotó las muñecas como si aún
sintiera el peso de cadenas invisibles.
—Desperté en los subterráneos
inferiores, junto a las tuberías. Nadie me vio salir. Habrán pensado que era
solo una rata de alcantarilla. Pero yo sé la verdad. No debería estar aquí.
El aire a nuestro alrededor vibraba
levemente, y sentí cómo el vello de mis brazos se erizaba. Una carga eléctrica,
como antes de una tormenta.
—Dices que el Hostigador tiene un
libro —dije, forzando una calma que no me pertenecía—. ¿Qué hay escrito en él?
—Nombres —susurró—. Cada nombre que
ha existido alguna vez. Probablemente también el tuyo. Los revisa cada
amanecer, marca quién ha cruzado al otro lado. Si falta un nombre, sale a
buscarlo. He visto lo que ocurre cuando encuentra a uno escondido. El Laberinto
crea un nuevo corredor, y el mundo pierde a una persona. —Se detuvo y se
humedeció los labios—. Por eso me muevo siempre. Nunca duermo en el mismo
lugar. Y tú, no te mires demasiado en los espejos. No dejes que el relámpago te
toque.
—¿Espejos? —pregunté, incrédulo.
—El Hostigador se mueve a través de
los reflejos. La luz es su puerta. ¿Has visto alguna vez tu rostro temblar en
el vidrio cuando no hay viento? Ese es el momento en el que él observa. —Su voz
descendió hasta convertirse en un susurro apenas audible—. A veces no espera a
que mueras como es debido. A veces simplemente…
Chasqueó los dedos y entre ellos
apareció una chispa azulada, viva.
Reí sin ganas.
—¿Cuentas esta historia a menudo?
—Nunca dos veces —respondió—. Nunca
a los mismos oídos.
El bullicio del bazar pareció
desvanecerse, sustituido por un zumbido de baja frecuencia. Los insectos
metálicos del puesto contiguo comenzaron a moverse al unísono, sus alas
vibrando como si un viento invisible los rozara. Sentí un sabor metálico en la boca.
—Quizá deberías descansar —le
dije—. Tienes mal aspecto.
Negó con violencia.
—No puedo. El descanso es el
momento en que te atrapa. —Luego me tomó del brazo. Su mano estaba fría,
anormalmente fría, como una moneda olvidada en la nieve. Sus ojos, antes
apagados, ahora brillaban con reflejos de tormenta—. Me crees, ¿verdad?
Quise responder que sí, aunque
fuera para tranquilizarlo, pero algo en mi garganta se negó a pronunciar la
palabra.
—Creo que tú lo crees.
Rio de nuevo, más bajo.
—Es suficiente.
Un niño pasó corriendo junto a
nosotros, persiguiendo un juguete flotante que se balanceaba como un globo de
vidrio vivo. El juguete golpeó la pierna del hombre y se rompió sin emitir
sonido alguno. El niño se detuvo, confundido. Su madre lo reprendió, tirando de
su mano, pero noté lo extraño: ninguno de los dos parecía ver al hombre en
absoluto.
Se volvió hacia mí, frunciendo el
ceño.
—¿Ves? No pueden. No hasta que el
Hostigador termine conmigo.
Quise preguntar más, pero el
zumbido en el aire se intensificó. En algún lugar sobre nosotros, las antenas
de las torres chisporroteaban con relámpagos débiles, aunque el cielo seguía
despejado. El olor a ozono se hizo más fuerte. La voz del hombre casi se
extinguió.
—Está cerca.
Giré la cabeza instintivamente,
examinando la multitud. Pero solo veía comerciantes pregonando sus mercancías,
telas relucientes y la pulsación lenta de las holo-lámparas.
—¿Quién está cerca? —pregunté.
No respondió. Comenzó a retroceder,
con los ojos fijos en el oeste, donde el cielo sobre las torres de la ciudad se
oscurecía con inusual rapidez. Las sombras se alargaron. Un silencio ominoso se
extendió por el bazar, el tipo de silencio que hace que incluso el más
incrédulo susurre una oración.
Entonces llegó el latigazo. Una
sola línea de relámpago cegador cortó el aire, sin que la siguiera trueno
alguno. Un olor agrio, como de caucho derretido y aire rancio, me llenó las
fosas nasales.
Cuando mi vista se aclaró, el
hombre había desaparecido.
Solo una leve marca de quemadura
quedó en el suelo donde había estado, encorvada en los bordes como papel
antiguo.
No podía dejarlo así. La historia
debería haber terminado con la desaparición de un loco. Sin embargo, sus
palabras se me habían adherido como hollín.
El Laberinto Estrecho. El
Hostigador. El libro de los nombres.
Durante dos días vagué por los
archivos en busca de alguna mención del Laberinto. No encontré nada. Ni en las
escrituras de los sacerdotes de vidrio, ni en los códices prohibidos de las
bibliotecas inferiores, ni en la red oscura donde los muertos intercambian
recuerdos como monedas. Y, sin embargo, dondequiera que mirara, algo cambiaba.
Los expedientes desaparecían de los estantes en el momento en que los tocaba.
Las luces parpadeaban cuando susurraba el nombre del Hostigador. Una vez, un
dron de mantenimiento se detuvo en el aire y me habló con una voz que no le
pertenecía.
—Corre más rápido —dijo, con el
tono de una radio interferida—. Está detrás.
Luego cayó, y su carcasa estalló en
chispas inofensivas.
Aquella noche la lluvia regresó,
pero parecía provenir no de las nubes, sino de las torres. Vapor condensado
brotaba de los altos tubos de hormigón, brillando mientras caía, como si el
cielo llorara luz. Toda la ciudad vibraba con una frecuencia profunda, de
duelo.
Salí de nuevo a las calles, incapaz
de descansar. Pensé que quizá el bazar me ofrecería respuestas, o tal vez solo
quería ver un lugar vivo para convencerme de que aún existía cierta normalidad.
Baia de Oțel es otro mundo por la noche. Los puestos están cerrados, las
pasarelas apenas iluminadas, y en el aire persiste débilmente el olor de
aceites aromáticos e incienso.
Algo me esperaba.
No puedo decir cómo lo supe. El
aire mismo parecía contener la respiración. La sensación de electricidad
estática regresó, más intensa, trepando por mi piel como escarcha. Los charcos
a mis pies comenzaron a agitarse, aunque no soplaba viento alguno. Miré mi
reflejo en uno de ellos: una figura temblorosa, coronada por un halo azul
pálido apenas visible.
Entonces una voz habló, no con
sonido, sino a través de la corriente que llenaba la calle. El aire olía a
metal.
—Has escrito su nombre.
Me quedé paralizado.
—¿Quién eres? —logré balbucear.
—Has escrito su nombre y, al
escribirlo, lo has recordado. Así se ensancha el Laberinto.
Una forma se delineó en la
oscuridad. Más alto que un hombre, su cuerpo estaba hecho de una red de luz
cambiante. En lugar de rostro tenía una superficie espejada en la que se
reflejaba un corredor interminable de muros pálidos que se extendían hasta el
infinito.
El Hostigador.
No huí. Una parte de mí, quizá la
parte insensata que se llama a sí misma el narrador, quería verlo.
La mano de la figura se alzó. Entre
sus dedos se enroscaba un filamento de relámpago, vivo y susurrante. No era un
arma, pero sabía que podía aniquilarme.
—Te llevaste a alguien que debía
pasar al otro lado —dije—. Solo tenía miedo. ¿Por qué me persigues ahora?
El rostro-espejo se inclinó,
contemplando. La luz que lo componía se intensificó hasta mostrar formas en
movimiento: personas corriendo en silencio por el Laberinto, en filas
interminables.
—El miedo ralentiza la corriente
—dijo la voz—. Y la demora trae degradación. El Laberinto debe fluir.
Tragué saliva.
—¿Y qué soy yo para ti?
—Has escuchado. —Se acercó. Los
reflejos en su superficie se multiplicaron hasta que vi mi propia imagen entre
los corredores—. Al narrarlo, entraste en el flujo. El Laberinto recuerda a los
narradores.
Sentí algo retorcerse en mi pecho,
como un hilo tensado alrededor del corazón. El zumbido de la ciudad creció
hasta convertirse en un estruendo.
—No pertenezco allí —respondí—.
Estoy vivo.
—Vivo… Una palabra para un trabajo
inconcluso.
El látigo de luz cruzó el aire una
vez, sin golpearme, solo trazando una línea en el suelo. El asfalto brilló rojo
y blanco donde fue tocado y luego se enfrió, formando un patrón de corredores
interconectados. La imagen del propio Laberinto.
—Camina —dijo.
—No quiero.
—Entonces correrás.
El mundo se estremeció como en una
convulsión. Los relámpagos estallaban rítmicamente desde las torres, como si
cosieran el cielo a la calle. El ruido no era trueno, sino voces: millones
hablando a la vez, demasiadas y demasiado rápido para comprenderlas. Caí de
rodillas, cubriéndome los oídos, pero el sonido estaba dentro de mí. A través
del resplandor que atravesaba mis párpados cerrados vi innumerables figuras
como el Hostigador, cada una reuniendo corrientes de luz en portales
invisibles.
En medio de la tormenta, sonó una
segunda voz, delgada y desesperada.
—¡No dejes que me lleve!
El hombre andrajoso estaba allí,
cojeando en una calle lateral, con ojos de demente. Sus ropas humeaban y su
cuerpo era semitransparente, como si solo una parte de él hubiera cruzado el
umbral.
—¡Huye! —me gritó—. ¡No puede
llevarnos a los dos si uno logra escapar!
El Hostigador se volvió hacia él.
El látigo se alzó, vivo con fuego blanco.
No sé por qué me moví. Quizá por
compasión, quizá por la necesidad de demostrar que aún poseía la capacidad de
elegir. Lo tomé del brazo y tiré de él hacia mí. Por un instante su carne se
sintió sólida, luego dejó de serlo. Mi mano atravesó humo. Sus ojos se
encontraron con los míos, llenos de una tristeza más profunda que cualquier
súplica.
—Demasiado lento —alcanzó a
susurrar.
El látigo de luz descendió. Un
destello efímero acompañado de un chasquido, y desapareció por completo. Ni
siquiera quedó ceniza. Solo un tenue olor a plástico quemado y ozono.
Luego la tormenta se replegó como
absorbida por el cielo y el silencio volvió.
—El flujo ha sido restablecido
—dijo la voz.
Me observó durante largo tiempo,
como si me pesara y midiera. Entonces el espejo de su rostro onduló, y en él vi
cómo se pasaba una página de un libro inmenso, con pergamino negro como hollín
y líneas de fuego blanco escribiendo nombres más rápido de lo que el ojo podía
seguir.
Una línea se detuvo a la mitad. Mi
nombre. Mitad escrito, mitad borrado.
—Tu lugar permanece incierto —dijo
el Hostigador—. Continúa caminando, narrador. Cuando te detengas, el Laberinto
te encontrará.
Y con eso se disolvió. La luz de su
cuerpo se apagó como niebla dispersada por el sol.
No sé cuánto tiempo permanecí allí,
en la calle vacía. Cuando me moví de nuevo, el amanecer ya cubría la ciudad con
luz de oro y cobre. La ciudad parecía más luminosa y, al mismo tiempo, más
frágil. La gente iba y venía con prisa, ignorando las marcas de quemadura que
dibujaban patrones laberínticos a sus pies.
Regresé a casa en silencio. Al
llegar al apartamento, encontré un trozo de papel bajo la puerta. Viejo,
quemado en los bordes, con textura de hojas secas. En él, con letras de luz que
se desvanecían mientras leía, estaba escrito mi nombre, mitad presente, mitad
desaparecido.
Lo levanté hacia la ventana, a la
luz. El papel comenzó a desmoronarse, convirtiéndose en un polvo fino que olía
a ozono. Observé cómo dejaba en mi palma una marca apenas visible, en forma de
laberinto.
Desde entonces intento escribir lo
ocurrido. Pero cada vez que lo hago las palabras se desvanecen. Los
dispositivos fallan. Las páginas se oscurecen. Sin embargo, la historia exige
ser contada, porque así mantengo el movimiento.
Por la noche, cuando el cielo
parpadea con relámpagos mudos, a veces distingo un reflejo que no me pertenece.
Me observa, paciente, eléctrico, esperando que me detenga demasiado tiempo.
Quizá el hombre tenía razón cuando
decía que el Hostigador guarda un libro con todos nuestros nombres y lo revisa
cada amanecer. Quizá el Laberinto Estrecho no sea un lugar de muerte, sino de
memoria, y nosotros, los que recordamos, seamos sus errantes.
No lo sé. Solo sé que esa vibración
grave nunca abandonó mis huesos y que, cuando camino por el bazar, los espejos
tiemblan a mi paso.
Si alguna vez encuentras un trozo
de papel con tu nombre, medio quemado y aún tibio, no lo pienses. Arrúgalo,
escóndelo, sigue caminando, porque en algún lugar, en el silencio entre el
relámpago y el trueno, algo cuenta los pasos que das. Y cuando te detengas, el
mundo hará lo mismo.
Cristian Carstoiu debutó en la literatura de ciencia ficción con una colección de cuentos titulado Noopali (2020), seguida de las novelas Discontinuum (2022), La extraña luz del eclipse (2023), El cielo de Sirio B (2024) y El hombre sin cara (2025). Cristian es médico y tuvo una exitosa carrera en el mundo editorial rumano antes de mudarse a Estados Unidos con su mujer y su hijo. Vive en Atlanta, Georgia, le encanta leer, especialmente ciencia ficción y thrillers, realizar actividades al aire libre (ciclismo y esquí), jugar a videojuegos con su hijo y tomar café espresso.




