lunes, 2 de marzo de 2026

EL LABERINTO ESTRECHO

Cristian Carstoiu

 

Se dice que, cuando morimos, nuestras almas viajan hacia el Laberinto Estrecho, donde se decide su destino eterno. Suena a fábula, destinada a mantenernos en el camino recto, pero el hombre con ropas andrajosas que caminaba a mi lado por el bazar abarrotado de Baia de Oțel juraba que era cierto.

—El Hostigador, él es quien arrebaña las almas —me dijo con voz temblorosa—. Te azotará con relámpagos hasta que corras tan rápido que tus pies apenas toquen el suelo.

El hombre, que se había negado a decirme su nombre, me desgranaba la historia de su vida. De algún modo había logrado escapar del ojo vigilante del Hostigador, para luego huir del Laberinto. Al principio había parecido una conversación más, pero poco a poco se convirtió en una súplica por su propia vida. Al final volvió a su tema favorito, el Hostigador.

—Tiene un gran libro con todos los nombres de los muertos —dijo—. No sé si el mío sigue allí después de que escapé, pero de cualquier forma estoy huyendo. No quiero que note que mi nombre falta y venga a buscarme.

Inesperadamente, el aire se cargó de electricidad estática. A pesar del cielo despejado, se vio un relámpago. Y, de pronto, el hombre desapareció de mi lado.

Así comenzó todo.

El bazar de Baia de Oțel nunca duerme por completo. Incluso al amanecer, cuando el sol asoma detrás de las torres altas y el aire huele a ozono, el mercado palpita de vida. La gente viene aquí a intercambiar todo aquello que no puede comprarse en ningún otro lugar: relojes de arena cuya contenido fluye hacia atrás, reliquias que susurran himnos cuando las sostienes en la palma, jaulas de vidrio que contienen relámpagos cautivos. La ciudad misma es una paradoja, construida tanto sobre circuitos como sobre superstición. Los sacerdotes llevan máscaras de cromo, los mendigos adivinan el futuro en códigos, y los callejones vibran con plegarias disfrazadas de transmisiones.

Yo estaba allí solo para deambular. Mi ocupación, si puede llamarse así, es recolectar historias. Escribo los mitos olvidados de la ciudad, los rumores que se aferran a las torres como hiedra salvaje. Pero nunca había oído una como la de aquel hombre.

Se me había acercado mientras yo observaba el contenido de un puesto de insectos metálicos que tic-tacaban como relojes. La voz del sujeto crujió como papel arrugado.

—Eres de los que escriben historias, ¿verdad? —me preguntó, con los ojos clavados en la pluma que llevaba sujeta a la muñeca.

—Escribo, es cierto —respondí—. Pero no sobre fantasmas, por lo general.

Sonrió, mostrando los dientes torcidos.

—¿Fantasmas? No, no. Soy carne. Al menos eso creo.

Entonces comenzó a hablarme del Laberinto.

Al principio pensé que estaba borracho o aquejado por alguna fiebre. Sus ropas eran jirones remendados con fibras que brillaban tenuemente, como si estuvieran vivas. Tenía la piel pálida, como solo la he visto en quienes han permanecido demasiado tiempo en los niveles inferiores, donde no penetra el sol. Sin embargo, cuando hablaba, había en su voz una convicción cruda y temblorosa, pero indudablemente auténtica.

—El Laberinto no es como dicen los predicadores —susurró, acercándose hasta casi rozarme el oído—. Dicen que es solo una prueba, un lugar donde el alma se demuestra a sí misma. Pero no es un sitio de juicio, es solo un lugar de clasificación. El Hostigador no mira si eres bueno o malo. Solo quiere que avances, que los corredores no se obstruyan. —Rio entonces, sin alegría—. Lo he visto, ¿sabes? He visto el látigo en su mano. Luz que corta. Empuja a los lentos hasta que arden.

—Entonces, ¿cómo escapaste? —le pregunté.

Sus ojos se movían de izquierda a derecha. El bazar estaba lleno de gente: comerciantes, peregrinos, mercenarios. Sin embargo, nadie parecía notarlo. Pasaban junto a nosotros como si fuéramos niebla.

—No fue por mérito mío —dijo—. El Laberinto se agrietó por un instante, creo que la tormenta lo partió. Tal vez el Hostigador parpadeó. Tal vez la corriente falló. Solo sé que corrí, y el Laberinto se derrumbó detrás de mí como si nunca hubiera existido.

Se frotó las muñecas como si aún sintiera el peso de cadenas invisibles.

—Desperté en los subterráneos inferiores, junto a las tuberías. Nadie me vio salir. Habrán pensado que era solo una rata de alcantarilla. Pero yo sé la verdad. No debería estar aquí.

El aire a nuestro alrededor vibraba levemente, y sentí cómo el vello de mis brazos se erizaba. Una carga eléctrica, como antes de una tormenta.

—Dices que el Hostigador tiene un libro —dije, forzando una calma que no me pertenecía—. ¿Qué hay escrito en él?

—Nombres —susurró—. Cada nombre que ha existido alguna vez. Probablemente también el tuyo. Los revisa cada amanecer, marca quién ha cruzado al otro lado. Si falta un nombre, sale a buscarlo. He visto lo que ocurre cuando encuentra a uno escondido. El Laberinto crea un nuevo corredor, y el mundo pierde a una persona. —Se detuvo y se humedeció los labios—. Por eso me muevo siempre. Nunca duermo en el mismo lugar. Y tú, no te mires demasiado en los espejos. No dejes que el relámpago te toque.

—¿Espejos? —pregunté, incrédulo.

—El Hostigador se mueve a través de los reflejos. La luz es su puerta. ¿Has visto alguna vez tu rostro temblar en el vidrio cuando no hay viento? Ese es el momento en el que él observa. —Su voz descendió hasta convertirse en un susurro apenas audible—. A veces no espera a que mueras como es debido. A veces simplemente…

Chasqueó los dedos y entre ellos apareció una chispa azulada, viva.

Reí sin ganas.

—¿Cuentas esta historia a menudo?

—Nunca dos veces —respondió—. Nunca a los mismos oídos.

El bullicio del bazar pareció desvanecerse, sustituido por un zumbido de baja frecuencia. Los insectos metálicos del puesto contiguo comenzaron a moverse al unísono, sus alas vibrando como si un viento invisible los rozara. Sentí un sabor metálico en la boca.

—Quizá deberías descansar —le dije—. Tienes mal aspecto.

Negó con violencia.

—No puedo. El descanso es el momento en que te atrapa. —Luego me tomó del brazo. Su mano estaba fría, anormalmente fría, como una moneda olvidada en la nieve. Sus ojos, antes apagados, ahora brillaban con reflejos de tormenta—. Me crees, ¿verdad?

Quise responder que sí, aunque fuera para tranquilizarlo, pero algo en mi garganta se negó a pronunciar la palabra.

—Creo que tú lo crees.

Rio de nuevo, más bajo.

—Es suficiente.

Un niño pasó corriendo junto a nosotros, persiguiendo un juguete flotante que se balanceaba como un globo de vidrio vivo. El juguete golpeó la pierna del hombre y se rompió sin emitir sonido alguno. El niño se detuvo, confundido. Su madre lo reprendió, tirando de su mano, pero noté lo extraño: ninguno de los dos parecía ver al hombre en absoluto.

Se volvió hacia mí, frunciendo el ceño.

—¿Ves? No pueden. No hasta que el Hostigador termine conmigo.

Quise preguntar más, pero el zumbido en el aire se intensificó. En algún lugar sobre nosotros, las antenas de las torres chisporroteaban con relámpagos débiles, aunque el cielo seguía despejado. El olor a ozono se hizo más fuerte. La voz del hombre casi se extinguió.

—Está cerca.

Giré la cabeza instintivamente, examinando la multitud. Pero solo veía comerciantes pregonando sus mercancías, telas relucientes y la pulsación lenta de las holo-lámparas.

—¿Quién está cerca? —pregunté.

No respondió. Comenzó a retroceder, con los ojos fijos en el oeste, donde el cielo sobre las torres de la ciudad se oscurecía con inusual rapidez. Las sombras se alargaron. Un silencio ominoso se extendió por el bazar, el tipo de silencio que hace que incluso el más incrédulo susurre una oración.

Entonces llegó el latigazo. Una sola línea de relámpago cegador cortó el aire, sin que la siguiera trueno alguno. Un olor agrio, como de caucho derretido y aire rancio, me llenó las fosas nasales.

Cuando mi vista se aclaró, el hombre había desaparecido.

Solo una leve marca de quemadura quedó en el suelo donde había estado, encorvada en los bordes como papel antiguo.

No podía dejarlo así. La historia debería haber terminado con la desaparición de un loco. Sin embargo, sus palabras se me habían adherido como hollín.

El Laberinto Estrecho. El Hostigador. El libro de los nombres.

Durante dos días vagué por los archivos en busca de alguna mención del Laberinto. No encontré nada. Ni en las escrituras de los sacerdotes de vidrio, ni en los códices prohibidos de las bibliotecas inferiores, ni en la red oscura donde los muertos intercambian recuerdos como monedas. Y, sin embargo, dondequiera que mirara, algo cambiaba. Los expedientes desaparecían de los estantes en el momento en que los tocaba. Las luces parpadeaban cuando susurraba el nombre del Hostigador. Una vez, un dron de mantenimiento se detuvo en el aire y me habló con una voz que no le pertenecía.

—Corre más rápido —dijo, con el tono de una radio interferida—. Está detrás.

Luego cayó, y su carcasa estalló en chispas inofensivas.

Aquella noche la lluvia regresó, pero parecía provenir no de las nubes, sino de las torres. Vapor condensado brotaba de los altos tubos de hormigón, brillando mientras caía, como si el cielo llorara luz. Toda la ciudad vibraba con una frecuencia profunda, de duelo.

Salí de nuevo a las calles, incapaz de descansar. Pensé que quizá el bazar me ofrecería respuestas, o tal vez solo quería ver un lugar vivo para convencerme de que aún existía cierta normalidad. Baia de Oțel es otro mundo por la noche. Los puestos están cerrados, las pasarelas apenas iluminadas, y en el aire persiste débilmente el olor de aceites aromáticos e incienso.

Algo me esperaba.

No puedo decir cómo lo supe. El aire mismo parecía contener la respiración. La sensación de electricidad estática regresó, más intensa, trepando por mi piel como escarcha. Los charcos a mis pies comenzaron a agitarse, aunque no soplaba viento alguno. Miré mi reflejo en uno de ellos: una figura temblorosa, coronada por un halo azul pálido apenas visible.

Entonces una voz habló, no con sonido, sino a través de la corriente que llenaba la calle. El aire olía a metal.

—Has escrito su nombre.

Me quedé paralizado.

—¿Quién eres? —logré balbucear.

—Has escrito su nombre y, al escribirlo, lo has recordado. Así se ensancha el Laberinto.

Una forma se delineó en la oscuridad. Más alto que un hombre, su cuerpo estaba hecho de una red de luz cambiante. En lugar de rostro tenía una superficie espejada en la que se reflejaba un corredor interminable de muros pálidos que se extendían hasta el infinito.

El Hostigador.

No huí. Una parte de mí, quizá la parte insensata que se llama a sí misma el narrador, quería verlo.

La mano de la figura se alzó. Entre sus dedos se enroscaba un filamento de relámpago, vivo y susurrante. No era un arma, pero sabía que podía aniquilarme.

—Te llevaste a alguien que debía pasar al otro lado —dije—. Solo tenía miedo. ¿Por qué me persigues ahora?

El rostro-espejo se inclinó, contemplando. La luz que lo componía se intensificó hasta mostrar formas en movimiento: personas corriendo en silencio por el Laberinto, en filas interminables.

—El miedo ralentiza la corriente —dijo la voz—. Y la demora trae degradación. El Laberinto debe fluir.

Tragué saliva.

—¿Y qué soy yo para ti?

—Has escuchado. —Se acercó. Los reflejos en su superficie se multiplicaron hasta que vi mi propia imagen entre los corredores—. Al narrarlo, entraste en el flujo. El Laberinto recuerda a los narradores.

Sentí algo retorcerse en mi pecho, como un hilo tensado alrededor del corazón. El zumbido de la ciudad creció hasta convertirse en un estruendo.

—No pertenezco allí —respondí—. Estoy vivo.

—Vivo… Una palabra para un trabajo inconcluso.

El látigo de luz cruzó el aire una vez, sin golpearme, solo trazando una línea en el suelo. El asfalto brilló rojo y blanco donde fue tocado y luego se enfrió, formando un patrón de corredores interconectados. La imagen del propio Laberinto.

—Camina —dijo.

—No quiero.

—Entonces correrás.

El mundo se estremeció como en una convulsión. Los relámpagos estallaban rítmicamente desde las torres, como si cosieran el cielo a la calle. El ruido no era trueno, sino voces: millones hablando a la vez, demasiadas y demasiado rápido para comprenderlas. Caí de rodillas, cubriéndome los oídos, pero el sonido estaba dentro de mí. A través del resplandor que atravesaba mis párpados cerrados vi innumerables figuras como el Hostigador, cada una reuniendo corrientes de luz en portales invisibles.

En medio de la tormenta, sonó una segunda voz, delgada y desesperada.

—¡No dejes que me lleve!

El hombre andrajoso estaba allí, cojeando en una calle lateral, con ojos de demente. Sus ropas humeaban y su cuerpo era semitransparente, como si solo una parte de él hubiera cruzado el umbral.

—¡Huye! —me gritó—. ¡No puede llevarnos a los dos si uno logra escapar!

El Hostigador se volvió hacia él. El látigo se alzó, vivo con fuego blanco.

No sé por qué me moví. Quizá por compasión, quizá por la necesidad de demostrar que aún poseía la capacidad de elegir. Lo tomé del brazo y tiré de él hacia mí. Por un instante su carne se sintió sólida, luego dejó de serlo. Mi mano atravesó humo. Sus ojos se encontraron con los míos, llenos de una tristeza más profunda que cualquier súplica.

—Demasiado lento —alcanzó a susurrar.

El látigo de luz descendió. Un destello efímero acompañado de un chasquido, y desapareció por completo. Ni siquiera quedó ceniza. Solo un tenue olor a plástico quemado y ozono.

Luego la tormenta se replegó como absorbida por el cielo y el silencio volvió.

—El flujo ha sido restablecido —dijo la voz.

Me observó durante largo tiempo, como si me pesara y midiera. Entonces el espejo de su rostro onduló, y en él vi cómo se pasaba una página de un libro inmenso, con pergamino negro como hollín y líneas de fuego blanco escribiendo nombres más rápido de lo que el ojo podía seguir.

Una línea se detuvo a la mitad. Mi nombre. Mitad escrito, mitad borrado.

—Tu lugar permanece incierto —dijo el Hostigador—. Continúa caminando, narrador. Cuando te detengas, el Laberinto te encontrará.

Y con eso se disolvió. La luz de su cuerpo se apagó como niebla dispersada por el sol.

No sé cuánto tiempo permanecí allí, en la calle vacía. Cuando me moví de nuevo, el amanecer ya cubría la ciudad con luz de oro y cobre. La ciudad parecía más luminosa y, al mismo tiempo, más frágil. La gente iba y venía con prisa, ignorando las marcas de quemadura que dibujaban patrones laberínticos a sus pies.

Regresé a casa en silencio. Al llegar al apartamento, encontré un trozo de papel bajo la puerta. Viejo, quemado en los bordes, con textura de hojas secas. En él, con letras de luz que se desvanecían mientras leía, estaba escrito mi nombre, mitad presente, mitad desaparecido.

Lo levanté hacia la ventana, a la luz. El papel comenzó a desmoronarse, convirtiéndose en un polvo fino que olía a ozono. Observé cómo dejaba en mi palma una marca apenas visible, en forma de laberinto.

Desde entonces intento escribir lo ocurrido. Pero cada vez que lo hago las palabras se desvanecen. Los dispositivos fallan. Las páginas se oscurecen. Sin embargo, la historia exige ser contada, porque así mantengo el movimiento.

Por la noche, cuando el cielo parpadea con relámpagos mudos, a veces distingo un reflejo que no me pertenece. Me observa, paciente, eléctrico, esperando que me detenga demasiado tiempo.

Quizá el hombre tenía razón cuando decía que el Hostigador guarda un libro con todos nuestros nombres y lo revisa cada amanecer. Quizá el Laberinto Estrecho no sea un lugar de muerte, sino de memoria, y nosotros, los que recordamos, seamos sus errantes.

No lo sé. Solo sé que esa vibración grave nunca abandonó mis huesos y que, cuando camino por el bazar, los espejos tiemblan a mi paso.

Si alguna vez encuentras un trozo de papel con tu nombre, medio quemado y aún tibio, no lo pienses. Arrúgalo, escóndelo, sigue caminando, porque en algún lugar, en el silencio entre el relámpago y el trueno, algo cuenta los pasos que das. Y cuando te detengas, el mundo hará lo mismo.

Cristian Carstoiu debutó en la literatura de ciencia ficción con una colección de cuentos titulado Noopali (2020), seguida de las novelas Discontinuum (2022), La extraña luz del eclipse (2023), El cielo de Sirio B (2024) y El hombre sin cara (2025). Cristian es médico y tuvo una exitosa carrera en el mundo editorial rumano antes de mudarse a Estados Unidos con su mujer y su hijo. Vive en Atlanta, Georgia, le encanta leer, especialmente ciencia ficción y thrillers, realizar actividades al aire libre (ciclismo y esquí), jugar a videojuegos con su hijo y tomar café espresso. 

 

POR CULPA DEL DOCTOR MOREAU

Fernando Sorrentino

1

Todo llega en esta vida: también llegó el momento en que Marina me dijo:

—Quiero que conozcas a mis padres.

 

2

De esto hará una década: sucedió una húmeda tarde de febrero, cerca de la estación Acassuso, a la sombra de unos eucaliptos mecidos por un viento que traía el olor de distantes lluvias. Sin embargo, hoy no puedo recordar el rostro de Marina.

Sé, sin duda alguna, que era hermosa: es cierto que yo estaba enamorado de ella. Pero insisto: era hermosa; no cabe discusión sobre este punto. ¿Qué más, qué más puedo recuperar de Marina? Era alta, era morena, era risueña, era irresponsable, era simple, ignorante e infinitamente querible. ¿Me recordará ahora con tanta pobreza como yo a ella? ¡Y pensar cuántas veces nos dijimos que estábamos hechos el uno para la otra!

 

3

Andábamos alrededor de los veinticinco años. En aquella época todo me salía bien. No conocía la desdicha y, si la había conocido alguna vez, ya estaba olvidada. Tenía una ingenua visión optimista del universo. Confiaba en la honestidad de los gobiernos, en los ascensos que obtendría en mi empleo, en la finalización de mis estudios, en la dignidad de los hombres. Vivía en el mejor de los mundos posibles.

Sin que los entorpecieran sino ligeros y previsibles obstáculos, todos mis proyectos se encarrilaban por el curso que yo les había asignado. Mi proyecto era casarme con Marina en un plazo no mayor de un año. Y no tenía el más pequeño motivo para dudar de que, en efecto, antes de un año me casaría con Marina.

Y, como todo llega en esta vida, también llegó el momento en que Marina me dijo:

—Quiero que conozcas a mis padres.


4

La señora Stella Maris, la madre, constituía una versión madura de Marina (que, en realidad, se llamaba, cacofónicamente, Marina Ondina). Calculé que así sería Marina dentro de dos décadas, cuando fuéramos, a nuestro turno, padres de una muchacha, que llevaría nombres de rima menos intensa: tal fue el objetivo de largo plazo que me formulé al saludarla. Queda entendido, pues, que la señora Stella Maris era una alta, morena, risueña y elegante dama de cuarenta y cinco años.

Pero el padre de Marina resultó el hombre más horrible que he logrado conocer. Se conformaba en una estatura reducida. Esto no es grave. Nadie debe inferir que era un enano: no era sino una persona de talla breve. Lo inadmisible era que la cabeza sola le usurpaba más de la mitad de su altura. ¡Y qué cabeza, Dios mío! El primer rasgo que me atrajo (o, más bien, me repelió) fue su color, un color impropio de una piel. Parecía un tornasol entre rosado y negro, con todos los matices intermedios, tan sensible a las luces, que me obligaba a parpadear cuando me encandilaba con sus resplandores. Al mismo tiempo, se advertía que esa piel era húmeda y era lícito suponerla –aunque no la toqué– viscosa. Cabello no tenía y barba tampoco, y era evidente que no los había tenido nunca: hasta tal punto la simple observación demostraba que ningún pelo podía germinar en aquella cabeza. La parte superior amenazaba con ser una rotunda esfera, pero se frustraba en un hemisferio perfecto, pues, a partir de lo que sería la línea del ecuador (más o menos a la altura de las inexistentes orejas), la cabeza se transformaba en una columna cilíndrica, hasta perderse, sin admitir la transición de un cuello, entre los pliegues de una especie de túnica amarilla, de tela de toalla, que lo cubría hasta los pies sin que pudiera encontrarse el ensanchamiento correspondiente a los hombros. Es decir, el padre de Marina conservaba el mismo diámetro desde la cúspide hasta los cimientos. Era un monolito con la cumbre redondeada, al que alguien hubiera envuelto hasta la mitad con un toallón amarillo. Unos pocos centímetros por sobre la toga se hallaba la boca, o sea una hendidura móvil y desdentada, flexible y córnea a la vez, que se contraía hasta desaparecer o se dilataba tanto, que, extendiéndose sus comisuras hasta la nuca, transmitía la sensación de que el señor Octavio fuera un degollado cuya cabeza, descansando sobre una mínima base no alcanzada por un verdugo negligente, podría venirse estrepitosamente al suelo con que sólo la más famélica de las moscas se posara sobre ella. Carecía de orejas y de nariz: esos lugares se mostraban tan lisos y pulidos como la calva; nada, ni una cicatriz, ni una arruga, ni una marquita. Los ojos eran dos: descomunales, redondos, sanguinolentos, sin cejas, sin pestañas, sin blancos, sin pupilas, sin movimiento, sin expresión.

 

5

—Octavio está a régimen —aclaró la señora Stella Maris al advertir que yo miraba la fuente destinada a su marido.

La señora Stella Maris, Marina y yo comíamos alimentos –digamos– corrientes. La fuente del señor Octavio, en cambio, se nos mostraba como una suerte de antología de la fauna marítima. El brusco hedor de pescadería prorrumpió en mis narices hasta lo profundo, hasta los ojos, haciéndome lagrimear. Fuente tras fuente de peces, moluscos y crustáceos sin cocinar eran agotadas rápida y vorazmente por mi futuro suegro. A ojo calculé que había ingerido no menos de cinco kilos de aquellos animalejos multicolores. Creí distinguir calamares, camarones, ostras, cangrejos, caracoles, medusas, mejillones, almejas, estrellas y erizos de mar, corales, esponjas, aguavivas, peces irreconocibles.

—Octavio está a régimen —ratificó la señora Stella Maris hacia el final de la comida—. ¿Vamos al living para tomar el café?

Le cedí el paso al señor Octavio y observé su modo de caminar. Lo hacía irregularmente, ora dando un paso muy veloz, ora otro lentísimo, sin que hubiera, por otra parte, esa alternancia de uno a uno que podría indicar una cojera corriente. Su andar recordaba el de un automóvil cuyas ruedas fueran: una, triangular; otra, oblonga; otra, redonda, y la cuarta, ovalada. La toga amarilla lo cubría por completo, con excepción de la cabeza: es decir, cubría la mitad inferior de su altura. Las manos estaban envueltas en las mangas, que terminaban en un nudo. El ruedo de la toga era generoso y se arrastraba por el suelo a manera de vestido de novia.

La señora Stella Maris depositó una bandeja con pocillos de café sobre una labrada mesita octogonal, flanqueada por dos sillones. En uno nos sentamos Marina y yo; frente a nosotros, mesa por medio, el señor Octavio y su esposa. Pude entonces observar otro detalle, que, durante la cena, me había pasado inadvertido. Cuando el señor Octavio hablaba, en la sección del cilindro cubierta por la túnica se producían unos movimientos reflejos, como si invisibles brazos acompañasen con ademanes las partes más salientes del discurso. Daba la idea de que el cuerpo del señor Octavio se hallase en ebullición: tan violentas y frecuentes eran las burbujas amarillas que formaba la toga.

 

El señor Octavio era locuaz, con una irrefrenable tendencia a monopolizar la conversación. Hablaba y hablaba y hablaba. Yo ni lo oía. Pensaba: "¿Pero es posible que este hombre monstruoso haya engendrado a Marina, a mi encantadora, bella y angelical Marina?". De repente, pensé que, en su juventud, la señora Stella Maris le había sido infiel a su marido y que Marina era fruto de esos amores ilícitos. En seguida, llevado de este pensamiento, me encontré lanzándole a la señora Stella Maris cómplices miradas de solidaridad –por suerte, no las advirtió–, como dándole a entender que yo había descubierto su secreto, pero que no la delataría. Al contrario, al contrario: aprobaba sin reservas su hazaña, aprobaba todo, menos que ese gárrulo vestiglo parlante fuera el padre de mi Marina.

Una pregunta dirigida a mí me volvió a la realidad. La conversación había decaído en el tema de las enfermedades. La señora Stella Maris se lanzó con entusiasmo a desarrollar este asunto, en el que se sentía cómoda.

—Estás como el pez en el agua —acotó el señor Octavio.

Ella sonrió con orgullo y siguió adelante. Tenía, en este aspecto, un magnífico currículum: operaciones, fracturas, infartos, afecciones hepáticas, trastornos nerviosos... Yo, como soy tímido, había guardado hasta entonces un silencio excesivo. Marina me instó con una mirada a intervenir en la plática. Con humildad, aduje ciertos accesos de asma que me hostigaban de tanto en tanto.

—Para el asma —dijo el señor Octavio, con su voz llena de burbujas—, nada mejor que el mar. El mar es mucho mejor que cualquiera de esas porquerías que recetan los médicos, salvo, por supuesto, el aceite de hígado de bacalao.

—Por favor, Octavio —le reconvino su esposa—, no digas eso, que una vez en Mar del Plata me agarré un resfrío que me duró como dos meses.

—¿Ves? —sentenció el señor Octavio—. El pez por la boca muere. Recordá que ese famoso resfrío lo pescaste aquí, a pocos kilómetros de Buenos Aires, cuando íbamos hacia Mar del Plata, no en Mar del Plata. No hay como el mar para la salud.

—Claro, claro —dijeron, dijimos, profusamente—; el clima marítimo, el yodo, la arena...

—Nada mejor que el mar —repitió el señor Octavio, con un tono de autoridad irrefutable—. Ocho días en el mar y ¡adiós asma! Si te he visto, no me acuerdo.

 

—Sí, papá, sí —concedió Marina—. A vos te gusta el mar porque sos de Acuario, pero hay gente que no congenia con... Yo, por ejemplo, aunque soy de Piscis...

—Y —dijo la señora Stella Maris— yo soy de Cáncer, y tampoco me gusta demasiado el mar...

—A mí —confesó Marina— el mar me pone nerviosa.

—Al contrario —repuso el señor Octavio—. Todo es cuestión de adaptar el organismo. Una vez que te acostumbrás, vas a ver cómo el mar te calma los nervios.

—Hablando de nervios —interrumpió la señora Stella Maris—, el susto que nos pegamos en el avión, cuando veníamos de Río de Janeiro...

—Yo te lo había advertido —el principio rector de la conducta del señor Octavio era el de oponerse a cuanto allí se dijera—. Te dije: viajá en barco. El barco es seguro, es cómodo, es barato, se siente el olor del mar, se ven los peces... Aunque el avión tarde mucho menos, no se lo puede comparar.

La energía con que pronunció estas palabras causó cierta impresión, por lo que sobrevinieron unos instantes de silencio. Yo no me sentía capaz de reanudar la conversación. En realidad, no me sentía capaz de nada. El aspecto monstruoso del señor Octavio –aunque atenuado por cierta paradójica simpatía que emanaba de sus imperativas opiniones–, su voz acuosa, el olor de su dieta marítima eran fuertes argumentos que me impelían a retirarme. Sentía la transpiración en la frente y el ahogo en el cuello de la camisa; mis piernas, sin que las pudiera gobernar, se mecían incesantemente. Estaba desasosegado y hasta diría que enfermo. Sólo quería irme a casa. Una inquietante sensación proveniente de mi estómago me hacía vacilar entre el vómito y la diarrea nerviosa.

Pero aquel terceto verborrágico era incontenible. La señora Stella Maris y Marina, aunque siempre encontraban la inapelable refutación del señor Octavio, no parecían fastidiadas. Se veía que ése era el modo habitual en que transcurrían sus charlas: el señor Octavio, digno y calmo, destruía todos los argumentos de su esposa y de su hija; ellas admitían esta situación con naturalidad.

De nuevo advertí que se requería mi opinión. El debate giraba en torno de cuál sería el mejor lugar para que Marina y yo pasáramos nuestra luna de miel. Marina sugería débil y simultáneamente el campo, las sierras de Córdoba, las provincias del norte; el señor Octavio patrocinaba con tenacidad a Mar del Plata.

—Es más sano —dijo—, más natural. Hay mar, hay sal, hay yodo, hay arena, hay caracoles... No hay nada mejor que el mar...

 

Yo estaba desfalleciente. Creí entender que Marina argumentaba en favor de un lugar tranquilo, con pocos turistas...

—¿Querés un lugar tranquilo? —el señor Octavio era invencible—. Ahí tenés San Clemente, Santa Clara del Mar, Santa Teresita... ¡Lugares tranquilos hay a patadas en la costa atlántica!

Haciendo un gran esfuerzo, me puse de pie y anuncié tenuemente que me retiraría.

—¿Tan temprano? —preguntó el señor Octavio, mirando el reloj—. Faltan todavía ocho minutos para la medianoche.

La recriminación que emanaba de estas palabras volvió a arrojarme en el sofá. ¡Qué personalidad poderosa tenía aquel hombre tan horrible!

Con pálida alegría, contemplé la posibilidad de que una botella de whisky, recién llegada en brazos de la señora Stella Maris, me reanimara en parte. De un solo trago vacié mi vaso.

—En mis tiempos —decía el señor Octavio—, cuando yo era joven, íbamos a bailar por los cafetines del puerto de Bahía Blanca...

Me distraje un instante tratando de imaginar al señor Octavio como bailarín.

—...a veces bailábamos toda la noche, hasta el amanecer. En cambio, la muchachada de ahora, a las ocho de la noche ya está en la camita, con su frazadita y su bolsita de agüita calentita... ¡Ja, ja, ja! Si parecen nenitos del jardín de infantes...

El soliloquio del señor Octavio, agravado en su fase final por esa serie de diminutivos injuriosos, había adquirido los inconfundibles tintes de un ataque personal. Me puse de pie, resuelto a retirarme de viva fuerza, si fuese necesario. Por fortuna, no fue menester apelar a la violencia. El señor Octavio recobró sus maneras afables y, después de tenderme la anudada manga de su toalla amarilla, dijo, con el aire confortable de quien se apresta a rubricar una jornada perfecta:

—Bueno... —y se restregó las manos—, ahora a la cama, con un buen libro...

Asentí con amplitud. Quería salir de aquella casa. De permanecer allí un segundo más, creo que hubiera caído desmayado.

—Te acompaño hasta la vereda —dijo Marina.


6

Entre la casa y la vereda estaba el jardín: me golpeó como una bendición la fragancia vegetal de pinos y abetos. Respiré con hondura, procurando que el aire puro expulsara los últimos vestigios de la hediondez de pescadería. Me pareció resucitar: al instante se evaporaron las sensaciones estomacales que me habían hostigado.

—¿Viste, pobre papá? —dijo Marina.

—Sí —contesté vagamente, sin saber qué agregar.

—Él está mucho mejor —continuó Marina, tomándome de la cintura, como quien se apresta a hacer una confidencia—. Hasta hace un año no lo podíamos sacar de la pileta. Día y noche en la pileta. Ahora, por lo menos, come en la mesa y duerme en la cama. Ya es un progreso, ¿no?

Dijo tantas cosas y yo sólo reparé en una, la menos importante:

—¿Tienen pileta de natación en la casa?

—Claro, ¿nunca te lo dije? En el jardín del fondo. Ahora no te la puedo mostrar porque la está usando papá. Todas las noches se da un chapuzón, antes de acostarse. Así digiere mejor.

Formulé una pregunta imbécil:

—¿No se le corta la digestión?

—Al contrario: necesita agua salada. Eso sí, cuando está en el agua, se pone muy agresivo y no reconoce a nadie. Ni a nosotras nos reconoce. Cuando vuelve a tierra, ya viste qué bueno y simpático es...

Abrumado, sin saber qué hacer, miré el reloj. Marina esperaba algo de mí.

—¿Y los vecinos? —pregunté—. ¿No se quejan?

—¿Por qué se van a quejar? Ruido no hay ninguno. Papá más silencioso no puede ser. Ni siquiera se zambulle. Llega al borde de la pileta y se deja resbalar así: shhhh...

Su mano se deslizó flojamente por mi rostro. Asustado, di un salto hacia atrás. Marina quiso reconfortarme con una anécdota jocosa:

—Una noche estaba semisumergido, junto al borde de la pileta. El perrito del vecino del fondo pasó el cerco de ligustrina y se acercó a olerlo. Entonces papá sacó algunos de sus brazos y... ¡shak!

Y, con una sonrisa juguetona, Marina simuló estrangularme. Ni siquiera me rozó: sólo hizo la mímica de extender a la vez los brazos y las piernas hacia mí. En esta demostración, sus miembros parecían haber adquirido singular plasticidad y fuerza. Si antes yo había dado un salto hacia atrás, ahora volé literalmente unos tres metros. Marina se echó a reír, divertida con mi desproporcionada reacción. Marina reía, reía, reía. Me pareció que su boca se dilataba hasta la nuca, que la cabeza se hacía redonda y se agrandaba, que desaparecían la nariz y las orejas, que perdía su soberbio cabello prieto, que su piel se tornasolaba en negro y en rosado... Para no caer, me apoyé en un árbol.

—¡Che! ¿Qué te pasa? —Marina me sacudió del brazo y yo volví en mis cabales.

Allí estaba la misma adorable Marina de siempre. La Marina alta, morena, risueña, irresponsable, simple, ignorante e infinitamente querible.

—No es nada —dije, resoplando—. Me siento un poco mal.

Para concluir de reanimarme, Marina dijo:

—¿Querés venir a nadar, mañana a la mañana? Total, es domingo. Te traés la malla y listo.

Prometí concurrir, a eso de las diez. Me despedí de Marina como siempre: con un beso.

—Hasta mañana —dije.

 

7

Pero no volví.

Con súbita lucidez, antes de que el tren llegase a La Lucila, supe todo lo que debía hacer. En los siguientes quince días fui un torbellino de actividad febril y arreglé casi todos mis asuntos pendientes. No atendí el teléfono y logré cambiar de domicilio y de empleo. Como suelen decir las crónicas policiales, dejé de presentarme en los lugares que solía frecuentar. Al cabo de un tiempo, conseguí radicarme de manera definitiva en Santa Rosa, provincia de La Pampa: la ciudad goza de un clima muy seco y está ubicada equidistantemente lejos, tanto del océano Atlántico como del Pacífico.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La NaciónClarínLa OpiniónLa PrensaLetras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

 

domingo, 1 de marzo de 2026

EL ÁRBOL DE LA FAMILIA

Laura Irene Ludueña

 

Vivíamos en una casa de campo, cuando papá se fue de viaje y no regresó. Cada vez que preguntaba por él, mamá se ponía triste, así que dejé de hacerlo, aunque nunca dejé de pensarlo. Lo extrañaba. Cuando estaba en casa, solía revolverme el pelo y darme un beso en la cabeza antes de salir, como si ese gesto alcanzara para mostrarme su amor. Tiempo después fuimos a vivir con la abuela Carmen, en el pueblo. Era una casa vieja, con un patio enorme y las baldosas rojas gastadas por los años. En el centro había un árbol con una hamaca que —según mamá— había sido su refugio cuando era chica. Pero lo que más me intrigaba era un pequeño retoño que asomaba entre dos baldosas, como si intentara alcanzar al más viejo.

Un día decidí dibujar un árbol en la pared de la piecita, con permiso de la abuela. Tenía una caja de tizas viejas, de colores rotos. Con el rosa marqué el tronco; con el celeste, las ramas; con el verde, unas hojas torcidas. En cada una escribí un nombre: mamá, yo, Tomás, Julia, mi primo Leo y el bebé de la tía Julia que estaba por llegar. Pero pronto aparecieron las dudas: ¿dónde debía poner el nombre de mi papá? ¿Y el de la abuela, que vivía lejos? Decidí dejar que esas hojas flotaran en el aire, como esperando que el árbol lo resolviera.

Una noche el viento sopló tan fuerte que abrió la ventana de la piecita y entró agua. Al día siguiente, parte del dibujo había desaparecido, borrado por la lluvia. Me puse muy triste. Ese dibujo de tiza era mi secreto. Cada vez que algo me alteraba –una discusión, un silencio largo, una pregunta sobre papá– me refugiaba en la piecita y pensaba en cómo completarlo. Fue entonces cuando decidí pintarlo, para que nada pudiera borrarlo. Le conté a la abuela y me prometió que, ni bien cobrara, me regalaría todo lo que necesitara para “desarrollar mi arte”.

A los pocos días apareció con una bolsa llena de tarritos de colores con nombres hermosos: rojo bermellón, celeste cielo, blanco tiza, rosa antiguo, verde esmeralda, ocre dorado, marrón tierra y un azul profundo al que llamaban medianoche. Sentí que, con esos colores, mi árbol podría vivir para siempre. Esa misma tarde lo pinté y dibujé varias hojas encima de la que llevaba el nombre de la abuela Carmen.

Me fui a dormir feliz y soñé con mi árbol. Las hojas nuevas ya no estaban vacías: una decía Elena y la otra Rufina. Cuando me levanté, lo primero que hice fue preguntarle a la abuela si esos nombres significaban algo para ella. Recuerdo que me miró largo rato y luego su rostro pareció iluminarse al decir:

—Tu bisabuela se llamaba Elena. Crio sola a sus hijos en un rancho de adobe. Nadie la ayudó, pero ella plantó un duraznero que todavía da frutos.

—¿Y Rufina?

—Rufina fue su hermana. La que nunca se casó, pero cuidó a todos los demás.

A partir de ese día empecé a buscar historias viejas, como quien sigue raíces bajo tierra. Descubrí que mi familia siempre había sido un bosque revuelto: madres solas, segundas oportunidades, amores que no entraban en los retratos. Me gustaba pensar que cada uno de nosotros era una rama que se atrevía a crecer hacia otro lado. Mientras tanto, el pequeño retoño del patio había roto las baldosas y crecido, algo inclinado, pero fuerte y sano.

—Como crecen ustedes —decía la abuela con una sonrisa dulce, refiriéndose a mi hermano y a todos sus nietos.

Lo más lindo era que, en cada acontecimiento importante, pintaba nuevas hojas en el árbol de la piecita. Sentía que ese árbol llevaba la memoria de todas nuestras vidas. A veces me quedaba mirando las hojas sin nombre que había dibujado alguna vez y me preguntaba ¿serán los nombres de los que vinieron antes o de los que vendrán después?

Hoy ya no están ni la abuela ni mamá, pero la tía Julia todavía vive allí. Me gusta ver que conserva en la piecita el dibujo de mi niñez y en el patio los dos árboles que lo inspiraron. ¡Son tan parecidos y tan diferentes! Creo que las familias son así: no se parecen al tronco, sino a las raíces invisibles que se buscan bajo la tierra. Y, aunque nadie elija hacia dónde crecer, todas las ramas terminan buscando el sol.

 Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022) y el ensayo Justicia social y resistencia conservadora: la ciudad de Rafaela en los años cuarenta. Su intensa actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo sus compañeros. Su labor está reflejada en este blog.

EPÍLOGO

Southeast Jones

 

—¡Es medianoche! —anunció Georges—. ¡Les deseo a todos un buen y alegre fin del mundo!

—¿Cuántos llevamos? —se burló Prune—. ¿Diez, quince?

—Unos veinte —respondí—. Llevamos haciendo nuestra fiestecita casi treinta años, ¿recuerdas la primera?

—¡2012, la profecía maya! —intervino Nicky.

—¡Eso! Todavía estamos esperando —se carcajeó Georges—. Ya no recuerdo bien quién tuvo esa idea descabellada; ¡se armó un revuelo enorme con esas famosas predicciones! Éramos muchos más en esa época.

—Quince o dieciséis, creo; ¡una barbacoa monstruosa! Cada uno de los que estábamos presentes había traído sus botellas, hacíamos tanto escándalo que la policía intervino cuatro… no, cinco veces.

—Y al final acabaron rodando debajo de la mesa con la mayoría de nosotros —dijo Prune, vaciando su vaso—; también hay que decir que cargamos bien el ponche. Entornó la nariz:

—Por cierto, este está un poco demasiado suave. ¿Dijiste unos veinte?

—Sí. Entre los anuncios de catástrofes mayores, las caídas de asteroides, los supervolcanes y todas esas profecías más o menos religiosas, no debo de estar muy lejos de la cuenta. Aun así, me asusté de verdad durante la crisis con Corea del Norte; si China no se hubiera echado atrás en el último momento, seguramente ya no estaríamos aquí bromeando.

—Sí, fuerte —retomó Prune, pinchando una aceituna—, nadie estaba tranquilo; hubo una ola tremenda de suicidios. ¿Soy la única a la que se le pasó por la cabeza?

Pasó un ángel. Recuerdo que habíamos tocado el tema, pero ella era la única que había preparado un cóctel de medicamentos “por si acaso”. Cuando, hacia las cuatro de la madrugada, supimos que los norcoreanos habían destruido sus misiles, se echó a llorar. Yo también estuve tentado; quizá a los ojos de algunos podríamos pasar por cobardes, pero cualquiera que haya visto los documentales sobre los supervivientes del holocausto nuclear de Hiroshima y Nagasaki tiene que admitir que es mejor morir de inmediato que agonizar lentamente, consumido por la radiación. ¡Seis misiles de cabezas múltiples! Sentí un escalofrío retrospectivo y levanté la mano con timidez. Prune no dijo nada, Nicky me miró con los ojos muy abiertos, como si no lo creyera, mientras Georges nos llenaba los vasos con una cara imposible.

—¿Fue esa la única vez que lo creímos, hasta el punto de cometer lo irreparable? —retomé.

—En el treinta, tal vez —murmuró Georges—, cuando lograron crear el primer agujero negro; también hubo un buen pánico, ¡hicieron falta casi diez horas para que se evaporara!

—Supuestamente todo estaba bajo control, sí, claro. Igual evacuaron la zona alrededor del LHC en un radio de ciento cincuenta kilómetros. A veces me pregunto cuántas veces, en realidad, nos hemos salvado por los pelos. Prune, tú que eres periodista, ¿qué dices?

—Digo que, sin duda, seríamos los últimos en enterarnos, y que si hubiera siquiera una mínima posibilidad de que algunos sobrevivieran, pueden estar seguros de que nosotros no estaríamos entre ellos. Esta conversación me aburre, se está poniendo lúgubre. ¿Y si volvemos a nuestras tonterías?

—Si quisiéramos —insistí—, podríamos reunirnos varias veces al año; no pasan tres meses sin que algún imbécil anuncie el fin del mundo, pero bueno, ¡hay que elegir! Hoy les propongo un Armagedón, con regreso de Cristo y todo el asunto, y también un enjambre de micrometeoritos en el que se escondería una roca muy, muy grande… elijan, ¡las apuestas están abiertas! Ahora, no sé ustedes, pero yo tengo hambre.

Pasamos a la mesa y Georges sirvió; el tono era ahora más ligero. Un poco achispada, Nicky picoteaba; aun así, nos ayudó a acabar con tres botellas de rosado: ¡ya dormiremos mañana! La lotería nos había convertido en gente acomodada y todos habíamos dejado de trabajar cinco años antes; al fin y al cabo, estábamos casi jubilados. La vida era bella; casi cada día era un día de fiesta y pensábamos aprovechar cada uno de ellos. Por supuesto, nadie creía que el fin del mundo fuera hoy, y aun si lo fuera, ¿no era más agradable pasar las últimas horas entre amigos?

Prune y Georges, Nicky y yo: era lo mismo; nos habíamos casado el mismo día y habíamos sido testigos el uno del otro. De todos modos, una amistad de casi cuarenta años impone respeto. Nos reuníamos tan a menudo que podían habernos tomado por familia. 2012 había sido la primera vez; el mundo siguió girando, no siempre muy derecho, pero ahí estábamos todavía, juntos, en lo bueno y en lo malo. Siempre pensé que no sería Dios, ni la naturaleza, ni siquiera un asteroide cercano a la Tierra lo que causaría nuestra desaparición, sino el hombre y su locura. No importaba el medio: el fuego nuclear, la guerra bacteriológica o, más probablemente, la destrucción de nuestro entorno. La máquina estaba en marcha y nada podría detenerla. Solo teníamos un deseo: no estar ya aquí cuando ocurriera.

—¿Entonces ya elegiste?

—¿Perdón? Discúlpame, Georges, estaba pensando —dije sonriendo—. Me inclinaría por los meteoros. ¿Y ustedes?

—Igual todos. Encendí la estufa, empieza a refrescar. Prune hizo vino caliente, ¿quieres?

—Preferiría café si queda; si no, servirá. ¿Dónde están las chicas?

Me señaló las tumbonas con la cabeza y sonreí: Nicky dormitaba, mientras Prune tarareaba con los ojos cerrados, escuchando sus eternas canciones de amor en su MP6. Instalamos el telescopio; el cielo estaba despejado: si tenía que pasar algo, no debíamos perdérnoslo. Nos acomodamos y brindamos con nuestras tazas de vino caliente. Las paredes de la estufa brillaban débilmente; estábamos a gusto. Nicky dormía ya a pierna suelta; aproveché para aceptar el puro que me ofrecía Georges, porque ella no soportaba que yo fumara.

La noche estaba tranquila: ni rastro de una estrella fugaz. ¿Dónde estaba ese maldito enjambre? Para matar el aburrimiento tomé algunas fotos de la Luna. Hacia las cuatro de la mañana empecé a pensar en despertar a todos –Georges y Prune habían terminado por dormitar– cuando algo cambió. Fue muy sutil: flotaba en el aire como un perfume de rosas. Luego llegó la música, una melodía de acentos hermosos y trágicos, que parecía venir de todas partes y de ninguna a la vez, y que iba en aumento. Me estremecí: al olor de rosas se le acababa de sumar un aroma punzante que me hizo fruncir la nariz; solo necesité unos segundos para identificarlo: era olor a ozono.

Tuve un presentimiento desagradable: iba a ocurrir algo. Aún dudaba en despertar a los demás por algo que quizá no fuera más que un efecto de mi imaginación nublada por el alcohol. Prune abrió los ojos de pronto y decidió por mí. Nadie decía nada; estábamos divididos entre el miedo y la incredulidad. La música –indudablemente la de una gran orquesta– era ahora lo bastante potente como para haber despertado a otras personas. Se encendían luces en la mayoría de las casas de nuestros pocos vecinos; algunos ya estaban en sus jardines.

Algo cruzó de repente el cielo y se detuvo bruscamente en mitad de su trayectoria; me lancé hacia el telescopio. Aparecieron otros objetos, desfilando en filas apretadas y regulares, demasiado regulares para que el fenómeno pudiera calificarse de natural. El extraño desfile duró casi dos horas y se detuvo tan bruscamente como había empezado. Las cosas del cielo parecían gigantescas. ¿Naves espaciales? La música era ensordecedora, y el olor a rosas estaba ya en el límite de lo soportable. Me pareció oír también risas y fragmentos de conversaciones, y esas palabras que no comprendía resonaban en mi cabeza, cargadas de una amenaza terrible e indecible.

De pronto se hizo el silencio y el cielo se entreabrió, mientras unas manos inmensas empezaban a recoger los árboles, las casas y los coches, y a nuestro alrededor el mundo se desvanecía. Nos quedamos allí, paralizados de estupor, mientras los utileros desmontaban el decorado y diez mil millones de voces aullaban de terror.

Southeast Jones es el seudónimo literario del escritor Paul Demoulin. Nació en Lieja, Bélgica en 1957. En 2003, ganó el Premio del Jurado y el Premio de los Lectores en el concurso de novela policíaca convocado por el municipio de Seraing en el marco del «Año Simenon» con «Jour gras», un relato humorístico sobre el canibalismo rural. Actualmente es vicepresidente de la asociación «Les Artistes Fous Associés», así como coantólogo y miembro del comité editorial de Éditions des Artistes Fous. Ha publicado, entre otras obras, Rétrocession (2008), Émancipation, Clic, Contrat (2012), Jonas, Notre-Dame des opossums  (2013), Grand Veille (2013), Denis Noodle et le sexe (2014), Jour gras (2014), Trip (2014), Il sera une fois... (2016), Un coup vite fait! (2022) y Chairs (2022).

SERPIENTE

Adnadin Jašarević

 

—Si matas una serpiente en tu casa, has matado tu suerte. Cada casa tiene su serpiente protectora, y cada hombre tiene también su serpiente homónima. Por eso no hay que matar serpientes, para no matar sin querer la tuya y, con ella, tu suerte… —murmura la abuela Vida. Hace rodar las palabras por su boca desdentada como piedras en un arroyo.

El fuego en el hogar chisporrotea junto a sus pies y, al alzarse ella, agitando los brazos, proyecta sombras extrañas y danzantes por la choza, como si siguieran el ritmo de su relato. A su alrededor, al alcance de la mano, los niños se han sentado; de vez en cuando levantan las manos hacia los ojos, como asustados, o se tapan los oídos… Pero no huyen: la atracción mágica del horror es irresistible…

Mi Gala está tendida en el lecho. Su respiración suave apenas se oye… Así es ella por lo general… Demasiado callada… Una mujer casi invisible… A veces me parece que solo yo la noto, nadie más.

Escucho su respiración, como un viento leve de primavera, que se mezcla con la historia de la abuela Vida. Y afilo la espada. El áspero sonido del metal, como debe de ser la voz en la muerte, se cuela entre las sílabas, entre dos alientos, como si se dispusiera a partir en dos a la gran serpiente del cuento, como si estuviera a punto de cortar para siempre el tenue hilo de la suerte.

—¡Algunas se transforman en dragones, vuelan sobre la aldea y escupen fuego! —grita la abuela, y los niños chillan de miedo—. Las dragonas son malignas, criaturas del invierno… Odian a los hombres, sobre todo…

La espada silba contra la piedra de afilar. Miro afuera, a través de los párpados entreabiertos: la nieve cae como si quisiera enterrarnos por encima de los techos… Un temblor recorre a Svebor. Morana gobierna el mundo allá afuera, fuera de ese pequeño círculo de calor junto al hogar. Pálida, se inclina sobre colinas y campos cubiertos de ventisqueros y hielo. Es cierto: la muerte es blanca. Dondequiera que pisa, todo lo que toca o mira muere.

—El dragón es una serpiente terrible: en lagos o abismos acecha a los hombres y los devora. Si cae en tierra firme, se hace pedazos; si cae en el agua, permanece vivo. La cabeza del dragón es de serpiente, y puede tener siete. Sus dientes son más grandes que los de un rastrillo, sus patas como las de un oso y sus alas de águila, solo que mucho más grandes y sin plumas. Es más largo que una casa y tan fuerte que puede mover montañas. Las mujeres pueden tener hijos con un dragón. Duerme con los ojos abiertos, y solo lo mata la planta de valeriana.

En el filo de la espada brillan las llamas como si cobraran vida, bailan, giran en círculo… Se agrupan en signos extraños y se dispersan: letras incomprensibles, en una lengua desconocida, como si quisieran decirle algo. Sonríe. No debe contárselo a la abuela Vida. Ella diría que son las Parcas hablándole. No se calmaría hasta recitar los versos del destino… Pero Svebor solo cree en el destino que forja con su espada; no necesita esas profecías de vieja.

Toc. Toc.

La abuela calla. Ni una palabra.

Toc. Toc.

Algún visitante que pide entrar en la habitación…

Toc. Toc.

Un visitante tardío que quizá busca refugio.

Los niños se aferran a las faldas de la abuela.

Ya no llaman. Afuera, solo hay silencio.

Cuando reúno algo de valor, avanzo hacia la puerta con la espada por delante. ¿Podría ser un extranjero? ¿Un viajero perdido o un espíritu helado del invierno?

Tres golpes sordos sacuden la puerta: se alza como si fuera a saltar hacia nosotros, dentro de la choza…

—¡No abras! —grita la abuela—. ¡Nos congelará el alma!

¡Vieja! Levanto el cerrojo. Empujo la puerta con el pie, y se abre de par en par: al suelo de la choza rueda un bulto de trapos. Detrás, el aliento de Morana, la mordedura helada…

—¡Mátalo! ¡Mátalo! ¡Mata al demonio! —chilla la vieja desdentada.

Cierro la puerta. Pateo el bulto en el suelo, y este gime con una voz aguda de mujer.

—No me golpees, Svebor…

—¿Quién eres? Habla —la pincho ligeramente con la punta de la espada.

—¡Ah! ¡No! Soy Zorana, de Pribjegi —su voz se deshiela, alta, nerviosa…

—¿Ah, sí? ¿Y qué haces tan lejos? Con este tiempo ni los perros vagan…

—Los de Pribjegi son bestias. Allí crece la prole no deseada —grazna la anciana, ominosa como un cuervo.

—Yo… estoy helada… —un rostro sucio asoma entre los trapos.

La arrastro hasta el fuego, tomándola por el cuello como a un cachorro. Es ligera, piel y huesos. La abuela se ha retirado a las sombras, murmurando un conjuro. Y la mujer –Zorana, dijo– se frota los pies junto a las llamas, con dedos diminutos como patas de araña. Los niños la miran con curiosidad, sin miedo.

Le doy hidromiel en un cuenco. Y ella bebe a tragos de los que ni los hombres se avergonzarían.

—¿Mejor?
—Hace calor en tu casa, señor.

—Esta tierra no tiene señor, mujer. ¡Di para qué has venido!

—Yo… Mi Dabiša se fue a la tierra salvaje.

—A la Tierra Desierta…

—Así es…

—¿Esta noche?

—Sí, señor… De repente se levantó del lecho caliente, con los ojos vidriosos, y se fue…
—¿Así sin más?

—Sí, de pronto… Camina descalzo por la nieve como si el frío no le afectara…

—¿Por qué no lo detuviste?

—Lo intenté. Lo agarré de los brazos, de las piernas… Grité… Pero él ni una palabra, ni una mirada…

—¿Y así se fue?

—Se fue, señor…

—¿Y por qué viniste a mí?

—No hay hombres en Pribjegi. Todos se han escondido, nadie que te lleve al hogar para calentarte…

—Así son todos ustedes, mujer.

—Como dices, señor.

Así… La mujer baja la cabeza. Evita su mirada. Tiembla… No le importa Dabiša. Nariz rota… Sombras azules en el rostro… No tiene futuro en Pribjegi… Huyó antes de que la chusma descubriera que la choza estaba sin dueño. Sabe bien lo que le harían. Probablemente peor de lo que puede imaginar…

—¿Quién es, Svebor…? —Gala levanta la cabeza, aún pesada de sueño… Flota fuera de las sombras, como si fuera solo una cabeza sin cuerpo… Sus ojos oscuros como carbones y profundos como la noche…

—Nadie, mujer, nadie —no miente, porque esa miserable no era nadie…

—Ah, bien… —dice soñolienta… La cabeza se balancea y se retira, como hundiéndose en olas oscuras.

No le importa Pribjegi. Ojalá todos se perdieran en la Tierra Desierta. Pero los suyos también se van. Hace diez amaneceres, Živan. Días después, su amigo Ostoja… Dos dedos… Solo falta uno más. Svebor levanta el índice. Lo mira como preguntándose quién será el que complete la cuenta.

—Tú, Nadie… Puedes dormir aquí, junto al hogar…

—Gracias, señor…

La mujer se acuesta en las cenizas, encogida como una perra.

Svebor envía a los niños con su madre, al amplio lecho. Miran aún con curiosidad por encima del costado de Gala hasta que les amenaza con el dedo. La abuela se ha dormido sentada en el taburete, apoyada en la pared, roncando… Entonces, cuando siente que todos respiran demasiado profundamente para estar despiertos, se levanta hacia la despensa… Un trozo de pan, queso y carne… Deja el cuenco junto a la cabeza de la mujer. Come, come como si la hubieran tenido hambrienta durante años…

Echa un leño al fuego para avivarlo.

Luego toma la espada. El chirrido del metal y la piedra de afilar se mezcla con los ronquidos de los durmientes…

 

La noche se ha retirado a sus refugios secretos y profundos… Desde el lomo del caballo negro, Svebor contempla el paisaje pálido y sin caminos.

La Tierra Desierta.

En ella nada crece, nada vivo camina.

Y sin embargo… como hechizados, sus compañeros encontraron el camino hasta aquí donde no hay camino alguno.

—Dime, mujer, ¿hasta dónde seguiste a tu marido?

—No mucho más allá… —murmura la mujer, montada en un pequeño caballo de montaña.

Svebor le ha atado las riendas a los antebrazos. De otro modo, quién sabe… incluso el dócil Rudan la habría tirado al suelo… Nunca había montado.

—¿A dónde fue?

—A esa cima solitaria… —señala con la mano una colina que se alza sobre la llanura como un dedo amenazador.

—¿Allí?

—Miré atrás varias veces, señor. Fue allí…

—Bien… Vete si quieres… —dice y espolea el caballo.

Claro que ella regresó hacia Bornik… No se volvió. ¿Quién esperaría que esa desdichada buscara a su marido perdido…? No en la Tierra Desierta.

Conduce el caballo al trote hacia el Dedo. Por este camino fueron, entonces… El último, Ostoja… La locura lo tomó a plena luz del día, en la plaza.

Aquella fría mañana bebía hidromiel y se quejaba de que Radivoj la rebajaba con agua. El viejo comerciante no se dejó perturbar, aunque todos los presentes se burlaban de Ostoja. Decían que era el más ruidoso, el más fuerte, que bebía a tragos de los que pocos podían presumir… Cuando de pronto enmudeció. Se quedó rígido. Sus ojos fijos en la lejanía, ciegos para los cercanos… Aunque le hablaban, no respondía, como si estuviera sordo. Permaneció así hasta que el sol tocó el tejado de la casa de Dažbog. Inmóvil como el ídolo de nuestro dios tallado en el marco de la puerta. Así lo encontré. Estaba a punto de ordenar que lo llevaran a casa cuando Ostoja despertó, dio un paso, luego otro, al principio inseguro, y después, envalentonado, bajó corriendo por la colina. Lo llamamos en vano; pasó entre nosotros como entre desconocidos.

Confundido, pensé que Ostoja había enloquecido o que alguien le había lanzado un hechizo. Lo seguí y le hice tropezar. Siete hombres hicieron falta para sujetarlo, tanto se resistía, incluso arrastrándose a cuatro patas hacia donde fuera que iba. Tal vez al mismo lugar que Živan. Su madre dijo que se había comportado de forma extraña la noche anterior, igual que Ostoja hoy, recordó Svebor. Y él se fue a la Tierra Desierta.

Ordené que lo ataran en la casa de Dažbog.

Era terrible ver el rostro del amigo transformarse ante los ojos: la boca encogida aullando en silencio, los ojos en blanco, negros como plumas de cuervo. En la penumbra del templo parecía algo incorrecto. Ni la gracia de Dios ni la del hombre estaban con él… El sudor le corría por las mejillas, la barba, el cuello… Y los músculos tensos, de modo que las ligaduras se le clavaban formando una red roja de dolor. Nadie supo qué lo llamaba, porque nadie oía ese llamado salvo él… Lo dejé al anochecer bajo guardia, cuando vi que no quería ni agua ni comida ni hidromiel. Nada más podía hacer.

Pero ahora tendrá que hacerlo: aquel dedo de piedra se alza sobre él, cada vez más alto, cada vez más amenazante… Como si quisiera caer desde el cielo sobre el jinete y empujarlo bajo la nieve y la tierra helada. Svebor sacude la cabeza, tratando de alejar los pensamientos sombríos.

Espolea el caballo, porque el sol desciende.

Morana se acerca en silencio, como un cazador… Con su mordedura helada perfora la vena… Congela el corazón… Arranca el alma del vientre con dedos que son cuchillas… Es tan silenciosa… Pero así debe ser… Nada bajo el cielo es más silencioso que la muerte…

Un punto negro en el desierto blanco, extendido hasta el fin del mundo…

Creerías que es un ave si volara por el cielo…

Llega al Dedo desde el este, y hacia él, desde el oeste, avanza una larga sombra oscura…

 

Svebor deja el caballo atrás. La pendiente se ha conjurado contra él: no le deja pasar.

Trepa cuesta arriba, a veces a cuatro patas, buscando apoyo en la ladera helada con los dedos ensangrentados; otras veces corre, salta, para librarse de las llanuras temblorosas que amenazan con deslizarse en avalancha… Ahora está seguro de que va hacia donde debe. Como si una voz interior misteriosa le dijera: ven… le indica por dónde ir… dónde están los pasos ocultos en ese desierto… Es una voz agradable, cálida, y la sigue con gusto: en una voz así, que recuerda a un lecho blando, no se duda…

A veces le parece ver a su Gala mirándolo en silencio a los ojos, con esos ojos como lagos de montaña, profundos, oscuros, intactos… Y en la sombra de esa visión se desliza una melodía suave, como el crepitar de las llamas, el crujido de una rama quemada por dentro, el rumor del humo en la chimenea…

Svebor escala la pendiente helada lleno de la fuerza de la melodía…

Nada puede detenerlo: ni las oendientes congeladas, ni los ventisqueros infranqueables y los precipicios, ni el frío que congela la sangre. Sube hasta la roca desnuda, hasta el mismo Dedo. Una piedra tan fría que ni la nieve ni el hielo se adhieren a ella. Avanza por la base palpando en busca de un paso, sabiendo que debe de estar allí, abierto solo para los elegidos…

La voz mueve los labios de su Gala y le dice que él es ese, el elegido.

Él sabe que lo es.

Se hunde hasta las rodillas en la nieve, pero no se detiene. No desfallece. Paso a paso, ayudándose con las manos… Y entonces todo se derrumba; hundido hasta el cuello en la nieve, en un torbellino blanco desaparece… Blanco. Oscuridad.

Oscuridad.

Blanco.

Abre los ojos hacia un techo alto envuelto en sombras.

Parpadea.

Mueve brazos y piernas, dedos: no se ha roto nada. Está tumbado sobre un montón de nieve que se ha desplomado con él en la cueva; Svebor comprende que ese alud lo salvó. Se sienta. Mira alrededor con cuidado. Está en el centro de un pequeño círculo de luz, y alrededor la oscuridad se ahonda tanto que no ve nada que le indique el camino.

Y la música suave que suena como el fuego en el hogar ha vuelto. Llama.

Llama irresistiblemente, como una madre que atrae al niño con pasteles de miel, o una mujer, con las piernas alzadas, que invita al marido a la cama.

Por eso Svebor se levanta, aunque dolorido, y entra en la oscuridad con la mano derecha extendida y la espada desenvainada.

Avanza tambaleándose por un túnel estrecho, húmedo, tan oscuro que no debería ver nada, pero de algún modo, por magia, por voluntad divina, ve todo el tiempo los ojos de Gala, oscuros como el cielo del atardecer…

Ya no sabe adónde va ni por qué… Pero debe seguir adelante, porque la melodía, suave y aguda al mismo tiempo, como su espada, así lo ordena.

El fuego canta en su cabeza. El fuego en los ojos de Gala. Y siente el calor… un calor que ningún herrero ha encendido… Lo alcanza; oleadas de calor lo envuelven, allí adelante, hacia donde lo llevan sus pies…

No está seguro de si es ilusión o realidad esa luz que crece, paso a paso…

Una luz atrayente como un abrazo.

El abrazo de Gala…

La tenue melodía se fortalece… crece… los chasquidos de las llamas cantan más fuerte, se avivan…

Ven…

¡Voy! ¡Voy!

Svebor irrumpe desde el corredor en… no ve adónde, porque la luz lo ciega… Como el alba tras una larga oscuridad…

Parpadea…

La voz suave rueda sobre un chirrido como de espada en la piedra…

Aprieta la empuñadura. La espada… ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? ¿Dónde?

Svebor, por fin viniste a mí…

—Yo… ¿quién es? —empieza a distinguir reflejos rojizos y dorados a su alrededor.

Donde te ha traído tu deseo, Svebor…

—¡Deja los enigmas! —responde con dureza—. ¿Qué lugar es este? —da un paso. El crujido bajo el pie, tan parecido al sonido de huesos que se rompen, le envía un escalofrío por la espalda.

El lugar no importa, ni dónde ni cuándo… Yo le doy sentido… Yo y tu deseo…

Su vista se aclara lo suficiente para ver cómo los destellos dorados y púrpuras juegan en las escamas de un dragón tendido. Está estirado como en reposo; solo la cabeza, en el largo cuello, se mece sobre los hombros, hacia él.

Podría decir que yo soy tu deseo final… el cumplimiento de tu propósito… Ven a mí… querido…

Confundido, mira fijamente los dos ojos ardientes, ojos de serpiente, tan parecidos a los de Gala… Y esa voz es como la suya, suave como muslos en la oscuridad, plena como pechos maduros…

Ven… Te he esperado tanto… demasiado…

—Gala… —susurra…

Silencio… El dragón tiembla… gira la cabeza… las alas se alzan y caen… otra vez…

Como si los rasgos del cráneo de serpiente se mezclaran con los del rostro de su mujer… le parece… como si fuera el mismo rostro… ¡Imposible!

—¿Gala? ¿Qué sucede? —da un paso más con la punta de la espada al frente… y otro más—. ¿Quién eres?

La melodía que golpeaba suavemente su sien se enfurece y empieza a martillear como para romperlo por dentro.

¡Soy Gala, maldito hombre! ¡Gala! ¡Gala! ¡Maldito! ¿De dónde has sacado mi nombre?

La cueva tiembla; casi pierde el equilibrio. El sudor le corre desde la cabeza por la espalda en ríos. Da un paso adelante, hasta el vientre expuesto de la bestia.

…no hay que matar serpientes, para no matar sin querer la tuya y, con ella, tu suerte…

Svebor empuja la espada… entre las escamas… La sangre negra fluye siseando…

…cada hombre tiene su serpiente homónima…

—Gala… —murmura… empuja la espada más hondo…

Por eso no hay que matar serpientes, para no matar sin querer la tuya y, con ella, tu suerte…

La dragona lo mira a los ojos. Esos grandes ojos mágicos son los ojos de Gala… llenos de angustia, de silencio, de resignación o de miedo…

Soy… Gala… Mátame, hombre… Maldito…

La espada penetra hasta la empuñadura; la sangre negra le cubre la mano…

Mátanos, Svebor… Mátanos… Mata a tu Gala… Nunca tendrás suerte… nun… ca… tú… ooooooo…

El largo cuello se extiende… la cabeza se sacude, espuma… la cola azota la cueva intentando alcanzarlo…

—¿Gala?

Silencio…

Mudez…

Ni una palabra más…

Nunca más…

Solo eso y nada más…

 Adnadin Jašarević nació en Zenica, Bosnia, el 9 de marzo de 1967. Se graduó en periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Sarajevo. Trabajó como periodista en el diario Oslobođenje, en NTV ZETEL y en RTV Zenica, donde fue editor de programas documentales y culturales. Desde 2007 es director del Museo de la Ciudad de Zenica. Fundó en 1994, en Zenica, la primera escuela de cómic de Bosnia y Herzegovina. Es editor de la colección Tragovima bosanskog kraljevstva (Tras las huellas del reino bosnio), una recopilación anual regional de relatos fantásticos, y desde 2006 organiza el festival de literatura fantástica del mismo nombre. También es fundador y editor del primer y único almanaque bosnioherzegovino dedicado a la épica y la ciencia ficción, Prometej (Prometeo), publicado entre 2000 y 2007. Ha publicado veinte libros, entre ellos la primera novela de fantasía épica de Bosnia y Herzegovina. Entre sus obras anteriores se encuentran libros para niños y jóvenes, las colecciones de relatos U dvorani ogledala (En el salón de los espejos), Tamoiza, y la novela Nedovršeni svijet (El mundo inacabado). También se dedica a la ilustración de libros.

EL DESEO DEL PASADO