viernes, 13 de marzo de 2026

PERDIDO

Robert Gion

 

—¿Te has perdido, hijo?

El hombre parpadeó nervioso y miró hacia la derecha, de donde había llegado la voz, pero no vio a nadie. Solo cuando distinguió el crujido de unas ramas quebradas y unos pasos que siseaban a su espalda, se volvió y vio, apoyada con una mano en el tronco de un abeto, a una anciana vestida con ropas sucias, hechas solo de remiendos, que le sonreía mostrando los muñones rotos de sus dientes.

Acababa de llegar al borde de un claro rodeado de abetos gigantescos, con los troncos resquebrajados, llenos de resina. Sobre la tierra había empezado a flotar una niebla fina, hecha de hebras transparentes, que parecía brotar de algún lugar entre las raíces de los árboles. No reconocía nada a su alrededor. Por más que lo intentaba, no lograba orientarse. Y eso que había hecho esa ruta decenas de veces. ¿Qué demonios…?

—No lo sé —rio él, incómodo, y se volvió por completo hacia la anciana, con la mochila de pronto muy pesada sobre los hombros—, eso parece. Me detuve un kilómetro más abajo para tomar unas fotos y después… creo… creo que me desvié, de algún modo, del sendero. Es extraño… aunque no entiendo cómo pudo pasar.

La anciana se acercó; se separó del tronco del abeto. Llevaba una ropa muy extraña; en realidad, no era la ropa; lo que lo desconcertaba era la forma en que se la había puesto, porque llevaba simplemente varias blusas y suéteres echados encima, uno sobre otro, y las piernas cubiertas por una serie de faldas de todos los colores; sobre toda esa mezcla se extendía un largo chaleco de lana, también hecho solo de remiendos, tan grande y deshilachado que lo arrastraba por el suelo. Aquí y allá, entre la tela mugrienta de la ropa, se veían bultos puntiagudos, como si la anciana se hubiera metido por dentro ramas y leña menuda. ¿Estaba loca? Dio unos pasos más y luego soltó una risita: un sonido quebrado, seco, como una rama al partirse.

—No te preocupes, hijo, muchos turistas se pierden en esta zona del bosque. Pero creo que yo podría ayudarte, seguro que podría —graznó, mientras pisaba con fuerza sobre la alfombra de hojas húmedas.

—¿De verdad? ¿Usted?… ¿Vive por aquí cerca? Se lo agradecería.

Será de algún monasterio, pensó el hombre. Pero ¿hay algún monasterio por aquí?

—Sí, sí, sé exactamente lo que hay que hacer, ji, ji. Solo ten un poco de confianza. Yo te pondré en el camino recto. Mira, si vas en esa dirección…

La anciana alzó el brazo.

El hombre fijó involuntariamente la vista en él… y en ese instante los dedos de la vieja se alargaron de golpe, crujieron nudosos, ramificados, y se transformaron en dos ramas afiladas que recorrieron en una fracción de segundo la distancia que los separaba. Penetraron con un chasquido en la gruesa chaqueta del turista. Se oyó un jadeo; el hombre bajó los ojos y miró el chorro rojo que brotaba de su pecho, luego la sangre le estalló también por la boca y cayó flojo de rodillas. El peso de la mochila lo arrastró enseguida al suelo. Se desplomó de lado, boqueando, con los ojos desorbitados, mientras las piernas le temblaban, sacudidas por espasmos. La vieja alargó otro dedo y una nueva rama nudosa le perforó la garganta. El estertor cesó, y la niebla cubrió durante varios instantes el cuerpo derrumbado con hebras suaves, curiosas.

En el silencio que siguió se oyó el grito de una lechuza.

La anciana retiró los dedos, soltó una risita y se acercó más. Bajo la piel, con cada movimiento, sus huesos crujían como árboles azotados por la tormenta en un bosque. Se inclinó y, con un solo dedo, le dio la vuelta con asco y facilidad al cadáver del que borbotaba la sangre, dejándolo boca arriba.

—Ji, ji, hijo, cómo te has perdido, perdido —chilló—. Perdido de verdad. Pero la madre vela, vela todo el tiempo. Mmm, mmm, mmm…

La uña de uno de sus dedos creció, curvada como una hoz, y con ella rasgó la chaqueta del turista desde el pecho hasta el cinturón del pantalón.

—Mmm, mmm, hijo, ¡qué flaco estás! Mírate. Decepcionante.

Pinchó con la uña. Carne blanca, flácida.

—Ji, ji. Flácida. Mira tú, hasta llevabas un cuchillo; me pregunto para qué te servía. ¿Dónde están los valientes de otros tiempos, con sus espadas y sus caballos? Al menos intentaban resistirse, luchar. ¡Y mira ahora qué desdichados pasan por aquí! Flácido, flácido, flácido. Unos inútiles, vejigas de carne blanda… puaj, ji, ji, ji. Pero es mejor que nada, mejor, ¿verdad?, ji, ji…

Sin dejar de reír entre dientes, rasgó el resto de la ropa, la apartó del cuerpo cubierto de sangre y la dejó en un montón al lado; luego, con la misma facilidad, se echó el cadáver al hombro y se internó lentamente entre los árboles, cantando:

 

La madre siempre vela

Siempre está despierta

Con el pelo al viento

Cabellera de bosque

Como zarza de moras


Ji, ji.

Los viejos abetos temblaban a su llegada, murmuraban con chirridos roncos, mientras la resina les corría a chorros por la corteza; luego se inclinaban y honraban su paso. La niebla se volvía cada vez más espesa. Al poco rato, la anciana llegó a otro claro, y allí se dirigió riendo hacia un roble gigantesco que se alzaba junto a un borde, cubierto también de nudos y muñones. Hizo una señal con los dedos-garras-ramas; detrás de unas grietas crujió algo y un hueco se abrió, húmedo, en el tronco lleno de cicatrices del árbol.

Con el muerto al hombro, la anciana entró y avanzó hacia una oscuridad total, mientras el hueco se cerraba crujiendo a su espalda y la niebla quedaba afuera, de guardia, envuelta con fuerza alrededor del claro; enseguida llegó a una estancia amplia, alta, iluminada con fuerza por varias lámparas colgadas del techo, en la que flotaban hilos fosforescentes de niebla. Toda la pared de la derecha estaba cubierta de estantes donde se apretaban toda clase de recipientes y frascos. En un rincón, colgado sobre un fuego suave de leños, hervía un caldero con brebajes. La vieja se acercó a una sólida mesa de madera que ocupaba todo el centro de la habitación y arrojó allí el cadáver, boca arriba. Aún seguía manando sangre de las heridas del pecho, y el abdomen y los muslos, enrojecidos por gruesos regueros, brillaban de forma extraña bajo la luz de las lámparas que vibraban levemente en el techo. La anciana se limpió las palmas en las faldas, enderezó la espalda que crujió como un tronco golpeado por un hacha; luego suspiró y miró a su alrededor, satisfecha, sin dejar de reír por lo bajo.

—Ya llegué, ya llegué, ji, ji, ji, la mamita está en casa —graznó—. ¿Cómo están mis linditos, cómo están?

En la pared opuesta a la de los estantes ocupados por frascos se alineaban tres jaulas de madera con resistentes barrotes de roble, nacidos directamente de las raíces del árbol en cuyo interior estaba la vivienda de la vieja. Dos de ellas estaban vacías, pero desde la tercera miraban, aterrorizados, dos niños de unos nueve o diez años, un niño y una niña, rubios, con los ojos enrojecidos de tanto llorar. La anciana arrastró los pies hasta la jaula, y los dos niños se abrazaron, horrorizados. Estaban tan asustados que ya ni fuerzas tenían para gritar.

La vieja aspiró por la nariz el olor del brebaje que flotaba por toda la estancia, volvió a crujirse la espalda y luego estiró un dedo lleno de diminutas oquedades y con él palpó la mejilla lisa del niño.

—Mmm, mmm, hijo mío, siguen siendo unos enclenques —escupió, irritada—. Tienen que comer mejor, ponerse gordos y hermosos para la abuela, ¿oyen? Tienen que comerse todo lo que les doy, que hay bastante y habrá más. Porque así, ni para una muela me alcanzan, ji, ji. Cómanse todo, todo, porque, miren, ahora mismo les he traído carnecita fresca y buena, buena, justo buena para sus barriguitas.

Volvió a tocar una vez la mejilla del niño, luego se dirigió hacia el hogar donde hervía el caldero. Colgados cerca, de pequeñas ramitas clavadas en la pared, había toda clase de cuchillos, hachas y segures, además de una horca y una azuela. La anciana escogió un hacha de mango curvo, la sopesó entre sus dedos-ramas y después se encaminó hacia el cadáver tendido sobre la mesa.

—Ahora la abuela les va a preparar una comidita estupenda, niños. Para que se pongan gordos, lustrosos, llenos de grasa, hinchados y jugosos.

Lanzó el hacha hacia delante y, de un solo golpe, le cercenó uno de los brazos al hombre.

—Ojos de fantasma, si los ves te consumen… —murmuró con una mueca sonriente.

Luego, con movimientos lentos y poderosos, se puso a cortar en trozos el cadáver que había sobre la mesa, en pedacitos pequeños, pequeños, justo buenos para tragar, mientras el fuego crujía, la estancia rechinaba y todo el roble se mecía, reía entre dientes y murmuraba al mismo tiempo que ella.

Robert Gion nació en 1978 en Tecuci y pasó su juventud viajando por Europa. Vivió un tiempo en Chipre y luego en Grecia. Apasionado de la literatura de terror, es un gran admirador de Serge Brussolo, Graham Masterton y Stephen King. Ha publicado relatos y cuentos en las revistas Gazeta SF, Helion online, Galaxia 42, CSF, Utopiqa, Artzone SF, Ficțiuni.ro y Revista de Suspans. Fue incluido en la Antología de Ficción Policial y de Misterio Rumana (publicada por Paralela 45) y en las antología CSF de 2019, 2020, 2021, 2022, 2023". Debutó con su propio volumen en la colección de relatos Elisa, que recibió el Premio Antares al mejor debut en una novela de ciencia ficción, fantasía y humanidades de 2020. Su segundo volumen de relatos, La oscuridad del mañana, se publicó en noviembre de 2022. El tercero, La segunda F de la felicidad, publicado en octubre de 2023, recibió el Premio Romcon en la categoría de volumen de prosa corta. En septiembre de 2024 se publicó la novela de terror Monstruos en la orilla.

 

ENTRIPADO

Rolando José Di Lorenzo

 

Caminando tranquilo como era su costumbre, iba el Negro Arduzzo por las calles de su pueblo, casi sin darse cuenta, envuelto en sus sueños y fantasías. Necochea, en ese tiempo, era un lugar con construcciones humildes y fuertes; capaces de resistir vientos que no eran tan intensos y de mantener calientes a las familias, en los duros inviernos. Sobre la avenida Alsina, la principal, se mostraban orgullosos unos pocos edificios de departamentos que nunca fueron necesarios, si se tiene en cuenta tanta tierra libre para crecer a su alrededor. También en la zona de playa se comenzaban a construir más edificios. Al pueblo le pasaba lo mismo que a sus habitantes, crecer siempre había sido un problema. Se iba poniendo el sol, algunas farolas ya estaban encendidas, aunque con escasa luz, en opinión del Negro, posiblemente por la vejez. Quizás así no se mostraban tantos detalles feos y todo parecía más agradable, porque al sol de la mañana dejaba mucho que desear. Pero era su lugar, eran sus calles. Estaba lindo para caminar, así que continuó tranquilo. Las manos en los bolsillos y el tranco habitual. ¿Hacia dónde ir?, pensó; dejaría que los pasos lo llevaran, como de costumbre. Podía terminar en la ribera del río Quequén, o en la playa, todo estaba bien, aunque ya se estaba haciendo tarde. De repente, se cruzó con un viejo conocido del barrio, Juancito, que ya hacía tiempo que era Juan, uno de los chicos de aquel viejo vecindario, bastante menor que él. Era hijo del ingeniero Pacheco, un destacado vecino del que tenía buenos recuerdos, aunque ahora hacía mucho que no lo veía.

—Hola muchacho, tanto tiempo sin verte —dijo el Negro. Juancito se detuvo y se le iluminó la cara en cuanto lo reconoció.

 —Hola ¿qué tal?, cierto, cuánto tiempo ¿no? —dijo el muchacho. En ese momento, el Negro vio en el joven una expresión de alegría, o satisfacción, que le resultó extraña, no era para tanto el encuentro.

—¿Cómo está la familia? —siguió hablando el Negro. Y en ese momento recordó que la madre de Juan había muerto hacía rato, aunque seguramente el ingeniero seguía vivo.

—Bien, o más o menos. No sé, el viejo está enfermo. —Juan se tomó unos segundos antes de continuar—. En realidad está en las diez de últimas, pero no tiene usted una idea de lo bien que me viene.

—¿Sí? Decime. —Ahora tenía sentido la expresión que notó de entrada; algo estaba pasando con el muchacho.

—Hay algo que me tiene muy intrigado y preocupado —le largó Juan de inmediato—. Papá, desde hace unos días, me está preguntando por usted y es más, me dice que tendría que verlo. Hablar unas palabras y que para él sería muy importante, casi necesario. Pero no quiere largar prenda, a mí no me dice nada más. ¿Usted tiene idea de qué puede ser? —El Negro se quedó de una pieza; rápidamente pasaron por su cabeza recuerdos de la relación con esa familia y no encontraba nada que lo pudiera preocupar al ingeniero a tal extremo. Muchos años atrás habían vivido cerca, a media cuadra y la relación había sido normal. El charlaba mucho con la señora y con Juancito, que por entonces era un nene. Con el ingeniero hablaba menos, solo porque era un hombre muy serio y callado. En el barrio decían que era antipático, que el título y la plata se le habían subido a la cabeza y muchos más etcéteras. Pero solo eso.

—Juancito —dijo el Negro—, si querés lo voy a visitar, no tengo problemas, al contrario, tengo buenos recuerdos de tu padre y si puedo hacer algo... Pero no tengo ni idea sobre que me quiere hablar, hace tanto tiempo que no nos vemos.

—Ahora, cuando vaya a la casa del viejo, le digo que nos encontramos y le pregunto si sigue con esa necesidad de hablar con usted.

 Pasaron los días, pasaron días iguales a otros iguales y como sucede casi siempre, el Negro con su trabajo, su familia y los problemas que se sumaban, hicieron que se fuera olvidando de la charla mantenida con Juancito. Solo de vez en cuando lo recordaba y cuando esto sucedía se preocupaba aún más, aunque no le sacaba el sueño.

 Todo siguió su curso, hasta que un día sonó el teléfono y presintió al instante que lo llamaban por el tema del ingeniero Pacheco y así fue. Juancito le pedía que los visitara. Su padre solo quería hablar un ratito y le aclaró el muchacho, que aunque quisiera no podía ya hablar mucho más, estaba muy mal y como él lo había pedido, se quería quedar en su casa, hasta el momento final.

Ya era imposible evitar el asunto, por lo tanto, se encaminó hacia la casa del hombre enfermo. Cuando llegó a ella y aunque no estaba muy decidido, tocó el timbre. En ese momento se sintió mal, incómodo, no sabía por qué; como si algo serio se le estuviera por venir encima. Lo hizo sonar dos o tres veces y de repente la puerta se abrió. Entonces sintió hasta un poquito de miedo. La cara que lo estaba mirando interrogante, no era la del muchacho, sino la de una señora desconocida, con cara agria y uniforme blanco, lo que lo molestó más aún.

—Buenas tardes, soy Arduzzo —se presentó medio cortado—; tengo que ver al ingeniero, según me lo pidió su hijo. —La mujer lo miró con desconfianza y luego de unos segundos le indicó que pasara. En realidad ella sabía que él vendría y que el señor lo estaba esperando. Entonces la mujer, con voz fuerte y segura, le dijo que la charla no podía durar más de cinco o diez minutos. El hombre estaba muy mal, se agitaba mucho y se quedaba sin aire y si esto pasaba, había que darle más oxígeno, y siguió y siguió con el tema. En realidad como al Negro no le importaba mucho, lo oyó como un murmullo molesto. Mientras, miraba la casa tratando de recordar algo de otros tiempos, porque alguna vez había estado allí. La mujer seguía hablando.

—No sé por qué el señor tiene tanta necesidad de hablar con usted — le estaba diciendo cuando volvió a oírla—. En fin pase por aquí. —El Negro la siguió en silencio, presintiendo algo malo, pero a lo que sea habrá que ponerle el pecho, pensó.

La habitación, en contra de todo lo que había pensado, estaba totalmente iluminada. Las persianas abiertas y las cortinas corridas, dejaban ver el jardín que estaba al lado del cuarto. La cama del ingeniero estaba vacía y como recién hecha. Miró a su alrededor y casi detrás suyo estaba el hombre sentado en un gran sillón. Tan grande era el sillón o tan disminuido estaba él, que se veía casi ridículo. Chiquito, envejecido, con la cabeza casi colgando. Cerca de él un gran tubo de oxígeno con la manguera y la máscara preparadas y esperándolo. ¡Que lo parió, la vida lo hizo mierda!, se dijo para si el Negro. Sintió terror, un frío le corrió por la espalda, y estaba seguro de que no era por el pobre hombre, que se moría allí mismo, sino porque algún día, alguien lo podría ver a él así. El hombre se dio cuenta enseguida de que había entrado y tratando de ponerse derecho y digno de ser mirado, le ofreció una triste sonrisa. Era lo mejor que podía hacer en ese momento. Esto alivió a Arduzzo y lo ayudó a relajarse. Luego de mirarlo unos segundos, tomó aire y el hombre le indicó una silla que estaba al lado de su sillón.

—Arduzzo, gracias por venir. —Tardó unos largos segundos en decir todo esto—. Espero que no le haya molestado mucho. —Mientras hablaba, el ingeniero trataba de tomar aire por donde fuera posible, pero siguió con el tema—: Yo más que nadie conozco mi situación, no me queda mucho y trato de arreglar todas las cosas pendientes. —La voz se le apagaba a cada segundo, tomaba bocanadas de aire y seguía—. Pero me queda el tema más grave por aclarar, por eso lo dejé para el final. —Los ojos del pobre tipo se enrojecían, el Negro no sabía si era por la emoción o por el esfuerzo que estaba haciendo y continuó—. Le voy a hacer una sola pregunta y espero que teniendo en cuenta, que se la hago en mis últimos momentos, me la responda con total franqueza, desde su corazón. —Tomó más aire y por unos segundos no pudo hablar más, lo miraba ansioso, siguió tomando aire y el Negro ya emocionado por ver tamaño esfuerzo y con el suspenso que Pacheco le estaba dando al momento, no se aguantaba más. Entonces dijo—: Esto no lo debe saber nadie más que nosotros dos —continúo luego de un rato.

—Tómese su tiempo, ingeniero Y le aseguro que solo le diré la verdad y que esto muere conmigo —le respondió el Negro emocionado y a punto de largar un lagrimón. La pregunta fue cortante, directa.

—¿Alguna vez tuvo algo que ver con mi mujer? —En ese momento, la voz se le enronqueció más todavía y aún así, retumbó como un golpe en los oídos del Negro. Sus ojos dejaban correr algunas lágrimas, le temblaban las manos, todo él temblaba. El Negro se quedó helado con la pregunta. Frío como el tubo de oxígeno que tenía al lado. Abrió los ojos asombrado y con todo el énfasis que pudo le dijo:

—¡¡¡Noooooooo!!! No, ingeniero. ¡No me diga que estuvo cuarenta años con este entripado! No, señor, ¡nunca pasó nada! ¡Ni cerca! Por favor.

La cara del hombre moribundo se fue relajando. Se reclinó en el respaldo de su sillón, aflojando las manos que habían estado crispadas. Tomó aire con más fuerza, se le aclaró la vista y fue dejando caer la cabeza.

—Gracias, gracias —dijo con una voz tan exigua que era ya un susurro.

 Arduzzo se dio cuenta de que era hora de irse. Se levantó de la silla, con timidez puso la mano en el hombro descarnado del hombre y suavemente lo palmeo. No le salieron palabras. El ingeniero levantó la cabeza, lo miró agradecido y con la misma sonrisa con que lo recibió lo despidió.

 La mujer que lo había recibido, cerró la puerta a sus espaldas. El sol, le dio de golpe en los ojos llorosos. ¿Cuánto hacía que no lloraba? ¿Desde que era un chico?, pensó asombrado. No, seguro que alguna otra vez lloré, aunque contadas con los dedos de una mano. Lo vivido ese momento, lo había tocado a fondo. Caminaba y pensaba: El pobre tipo se creyó que aquellas charlas inocentes con su mujer, habían escondido algo más. ¿Cómo se puede esperar cuarenta años para aclarar eso, por su mujer, o por el mismo? Siguió pensando en todo lo sucedido y lo hizo hasta la noche, cuando lo venció el sueño

 A la mañana siguiente, mientras se preparaba el mate, el Negro escuchó por la radio que el ingeniero Pacheco había fallecido.

Rolando José Di Lorenzo nació en Necochea, ciudad en la que donde vive actualmente, el 10 de noviembre de l945. Está casado, tiene dos hijas y cinco nietos. Está jubilado. Intervino en varias antologías y editó un libro de cuentos: El martillo de José.

 

jueves, 12 de marzo de 2026

SE DESCONOCE EL PARADERO DE JOSÉ SARAMAGO

Jorge Candeias

 

Ha desaparecido de su casa, en la isla española de Lanzarote, Canarias, el escritor portugués José Saramago. El laureado con el premio Nobel habría sido visto por última vez por un repartidor de una tienda local, que habría ido a entregarle provisiones a su casa al comienzo de la tarde de anteayer, día 21. La esposa del escritor se encuentra de viaje y no se la espera en Lanzarote hasta dentro de una semana. Según informaciones de la editorial, Saramago se preparaba para publicar el octavo volumen de los Cuadernos de Lanzarote. La policía no ofrece ninguna explicación sobre el caso y la casa del escritor se encuentra inaccesible para los medios de comunicación.

Sin embargo, hemos podido averiguar que la desaparición, denunciada a la policía española por algunos amigos que tenían una cita concertada con el escritor en Haría, pequeña localidad del norte de la isla de Lanzarote, presenta aspectos misteriosos e incluso insólitos. En efecto, aunque no hay señales de robo ni de violencia, han desaparecido varios objetos personales, entre ellos ropa, la computadora que el escritor utiliza para escribir y otros objetos predilectos de Saramago, como si se hubiera preparado para un largo viaje. Para aumentar el misterio, se encontró sobre la mesa de trabajo del escritor un breve manuscrito fantástico, al que hemos tenido acceso y que transcribimos a continuación.

 

¿De qué vale una vida sin misterios? Me descubro jugando insistentemente con ese pensamiento mientras otra parte de mi cerebro revive mi salida de esta Tierra que me acoge como un útero desde hace tantos años que ya se han vuelto difíciles de contar. Tal vez, porque mi vida no tiene misterios para mí, la dediqué a inventárselos a los demás y, si ese fuera el caso, ¿qué haré yo con los años que me quedan? O mejor, ¿qué podré hacer con ellos, ahora que esta vieja vida que es la mía se ha vestido con un manto de misterio que ni otra vida igual a esta me permitiría desentrañar?

Los críticos de lo que escribo dicen que soy demasiado intrincado, que pierdo la objetividad de lo que quiero decir en las muchas palabras con que lo digo y en los rodeos, retrocesos y giros con que llevo mis frases a su destino. Tal vez sea así, aunque a mí todo me parece claro. Pero si es así, ¿será este texto incomprendido? ¿Tendré que forzarme a un estilo periodístico para que no confundan lo que quiero decir con lo que no quiero? Ya he perdido la costumbre del estilo periodístico, si es que alguna vez la tuve, pero quizá tenga que intentarlo, al menos. Porque lo que tengo que decir es demasiado importante como para que no me comprendan; será incluso lo más importante que alguna vez haya dicho o diré, o quizá la única cosa verdaderamente importante que dejaré a mis semejantes.

Pienso que todo habrá comenzado cuando quise dirigir la mirada del mundo hacia sus desheredados, aprovechando los cinco minutos de fama que el Nobel me dio. De algún modo que ni siquiera me atrevo a intentar comprender, mis palabras habrán llegado más lejos de lo que jamás podría haber supuesto. O al menos eso pienso, porque no se me dijo nada directamente; solo me fueron mostradas maravillas y terrores y se me hizo una petición silenciosa para que sacara de ellos mis propias conclusiones.

Sea como fuere, el hecho es que hace unos seis meses, tiempo contado a través de los ciclos de sueño y vigilia que atravesé, o ayer, si he de creer en la fecha que marca el calendario que tengo delante, fui llevado por unos seres que me parece haber visto ya en sueños, míos o de algún otro soñador, a un objeto casi abstracto, tan extraña era su forma, o su falta de forma, que aquello no encajaba en nada que formara parte de la experiencia de los hombres. No tenía forma, por tanto, pero tampoco carecía de ella, porque parecía poseer alguna estructura lógica. Era algo construido con un propósito, no una balsa de piedras unidas por azar para ir a la deriva por las corrientes de aquello que le sirviera de soporte. En el interior reinaba la misma ambigüedad, y además de la ausencia de una forma con propósito evidente, aunque yo no pudiera saber cuál era ese propósito, había cosas bidimensionales, no exactamente pintura, quizá tampoco caligrafía, y nada que se pareciera a un manual que me ayudara a encuadrar todo aquello en un conjunto único y real.

Será innecesario decir que en ese punto empecé a dudar de mi cordura, y debo admitir que aún hoy, después de tanto tiempo y de tantas cosas –y no logro convencerme de que lo que estoy describiendo haya sucedido apenas ayer–, alguna duda sigue persistiendo en mi espíritu sobre su verdadero estado. Extraña manía esta de la mente de reflejarse sobre sí misma. Pero no puedo dejar que se disperse en filosofías que en este momento son espurias, ni puedo partir del principio de que he enloquecido. Ellos no me lo perdonarían, y quizá ni yo mismo me perdonaría.

Ni siquiera advertí que aquello se levantara del suelo, pero cuando mis captores –y los llamo captores a falta de un término mejor, pues no había violencia alguna y, en cambio, esos seres estaban envueltos en un aura de benignidad que no se mostraba, pero sí se veía– me llevaron a una sala –y me encuentro aquí una vez más con dificultades de lenguaje, porque aquello no era una sala de las que todos conocemos de nuestra vida cotidiana. Pero he decidido que debía sacrificar la realidad a la claridad siempre que la verdad no sufra con ello, y si nada se aparta de la verdad más profunda al llamar sala a lo que no lo es en la realidad objetiva de las cosas, sea entonces una sala– con vistas al exterior, pude ver una cosa redonda y azul frente a mí, una joya a la que los hombres de todos los pueblos llaman Tierra. Pero la vi como la había visto antes tantas veces en fotografías y pinturas, no como la vi toda mi vida, en fragmentos minúsculos, a ras del suelo. Me creerán sin duda si les digo que no puedo imaginar que hasta el año de mi muerte vuelva a ver algo que me impresione tanto…

Discúlpenme. Vinieron a llamarme, quieren partir. Me siento como un niño en una tienda de dulces, con sus padres ya en la puerta llamándolo. Quiero dejar este relato terminado, pero temo haberme perdido en divagaciones no fundamentales. Concluyamos brevemente, entonces, pues todo indica que más tarde tendré mucho tiempo para describir con mayor detalle todo aquello por lo que he pasado.

Después de salir de la Tierra, nos dirigimos a Marte. Lo sé porque aterrizamos –no aterrizamos exactamente, pero en fin… no hay tiempo para explicarlo mejor ni para buscar palabras más fieles– junto al lugar donde quedó abandonada aquella pequeña maravilla tecnológica que yo tanto critiqué por desviar recursos fundamentales en un mundo lleno de seres humanos muriendo de hambre. La reconocí, y reconocí el lugar, aquella llanura llena de piedras bajo un cielo color de rosa. Me mostraron ese planeta tal como es hoy, en el presente, y luego vi cómo será en el futuro y cómo fue en el pasado. Vi Marte repleto de hombres y de actividad, ciudades, primero dentro de cúpulas de vidrio y más tarde bajo un cielo azul tan semejante al de la Tierra que se me llenaron los ojos de lágrimas. Durante muchos días me mostraron el planeta, lugar por lugar, casi piedra por piedra, desde el presente hasta un futuro que se me presenta lejano y hacia atrás en el tiempo hasta el diluvio primigenio que comenzó a esculpir su rostro. Comprendí, o creí comprender, que todo se sumaba para llegar a ese punto del tiempo en que pies humanos surcaran por primera vez aquellas extrañas arenas, y cuando, después de haber visitado el pasado de Marte, hicimos una breve excursión por los planetas gigantes, creí entender Marte como un ejemplo, una muestra, una parábola parcial de un todo mucho mayor, porque el futuro de los planetas hijos del Sol se me presentaba repleto de hombres, hombres por todas partes, de Mercurio a Plutón, pasando por una miríada de cuerpos cuyos nombres propios o apellidos jamás conocí. Supuse que los hombres no se habrían quedado en el patio del Sol y que, en cambio, habrían partido hacia otras estrellas, para llamar suyos a otros lugares, bajo otros cielos pintados con constelaciones extrañas para ojos terrestres, aunque nada de eso me fue mostrado por mis cicerones.

Vi todo aquello con la mirada maravillada de un hombre que contempla desplegarse ante sí la historia del asedio al Universo entero, y en ese asedio están sus propios hijos en la primera línea de combate, y comprende que la insatisfacción que siente dentro de sí es la misma que los lleva a luchar, a luchar siempre, contra todas las dificultades, contra todos los imposibles, con la Voluntad como único combustible de una máquina voladora que jamás dejará de volar.

Después me trajeron de vuelta a Marte y me dieron a ver la evolución del planeta desde que por primera vez se reveló en su individualidad de planeta, único y diferente de todos los demás, hasta mi tiempo presente anterior, y digo anterior porque para entonces ya me sentía fuera del tiempo, un observador exterior, sin interferencia ni influencia sobre la realidad. Me dieron a ver en paralelo la evolución de mi propio mundo, ambos lado a lado, la Tierra como un hermano mayor de Marte, pero al mismo tiempo más joven, porque vivo. Vi en ella el nacimiento de la Vida, vi en ella el surgimiento del Hombre, sus primeras alegrías y tristezas y Marte vacío, las primeras injusticias, las primeras desigualdades y Marte vacío, el nacimiento, apogeo y muerte de los grandes imperios de la Antigüedad y Marte vacío, las edades de las Tinieblas y de las Luces, y Marte vacío, las primeras máquinas y Marte vacío, las grandes guerras y Marte vacío, finalmente el presente y Marte vacío. Y Marte vacío. En el lugar donde la nave estadounidense debería haberse quedado oxidándose no había nada, y en mi Tierra las cosas tampoco eran ya exactamente como yo las conocía.

¿Será posible que haya estado tan equivocado? ¿Será posible que el hambre y el sufrimiento sean condiciones necesarias para la supervivencia de los hombres? No puedo aceptarlo de ninguna manera. Pero lo que vi fue un mundo entero concentrando sus recursos y su atención en acabar con el hambre, la miseria y la indignidad humana, y muriendo por ello. Lo que vi fue una especie que olvidó el Espacio y que por eso no aprendió una serie de técnicas ni descubrió un vasto conjunto de leyes naturales necesarias para su viabilidad, una especie que solo advirtió la contaminación cuando ya era demasiado tarde, una especie que nunca desarrolló mecanismos eficaces de control ecológico porque no disponía de un punto de observación exterior a la biosfera que la ayudara a calibrar el grado de acierto de sus intentos de corregir los desequilibrios que iba produciendo. Y después vi la derrota total, el regreso del hambre y de la miseria, el regreso de la enfermedad, el regreso de la guerra y finalmente vi la muerte.

¡Qué contraste! ¡Y qué paradoja! Así como con todo lo malo que existe en el mundo que somos el Hombre prospera, con todo lo bueno que existe en el mundo que deberíamos ser, el Hombre muere.

No es posible que solo pueda ser así, de una manera o de otra, en blanco o negro. Tiene que existir un camino intermedio, un tercer camino, que pueda compatibilizar la supervivencia con la dignidad humana, un camino que no deje un sabor amargo en la boca de los hombres que lo sigan. Pero para poder tener esperanza de ser capaz de encontrar ese camino necesito saber más, y por eso partiré de nuevo dentro de unos minutos. Mis compañeros, que mientras tanto se han convertido verdaderamente en compañeros, compañeros de descubrimiento y de exploración, me esperan, aparentemente pacientes, mientras yo, sentado aquí en este ambiente familiar, divago sobre el destino del Hombre. Tengan un poco más de paciencia, que ya casi he terminado.

Y he llegado al punto en que tendré que decir claramente lo que he dejado entrever en las líneas anteriores: estoy profundamente arrepentido de las palabras que pronuncié condenando los esfuerzos científicos. Si encuentran en sus sentimientos un lugar para el perdón, se los agradezco, pero no podré censurarlos si en mi memorial quedo descrito como un ciego propagador de la ceguera. Sin embargo, no reniego de una vida de lucha por la dignidad humana. Pienso que se pueden y se deben resolver todos los problemas al mismo tiempo. Es para saber cómo hacerlo que parto de nuevo. Por eso, amigos míos, no lamenten ni lloren mi ausencia, porque estaré luchando por ustedes y, en consecuencia, por mí mismo.

Pilar, un beso de quien te amó siempre. Yo sé que comprendes. Espero estar de vuelta pronto, probablemente en un tiempo mucho más breve para ustedes que para mí. Espero regresar más sabio y con algunas respuestas en lugar de lo que hasta ahora son solo preguntas. Hasta entonces, quédense todos con mis mejores deseos. Y no dejen de esforzarse, por el futuro.

 

Este texto se encuentra actualmente en manos de especialistas para determinar su autenticidad. No obstante, una fuente de la Facultad de Letras de la Universidad de Coímbra dijo a nuestra redacción que, según un análisis preliminar, el texto parece ser una falsificación no demasiado perfecta, dado que el estilo fraseológico no corresponde enteramente al del escritor. Queda la pregunta: ¿quién podría intentar evitar sospechas de secuestro con un texto de tales características?

Ninguna de las personalidades consultadas hasta el cierre de esta edición mostró la menor apertura a la hipótesis de que el texto relate hechos verídicos.

Jorge Candeias, nacido en el Algarve, al sur de Portugal, lleva demasiado tiempo traduciendo y solo escribe cuando le apetece y tiene una historia que contar, algo que últimamente casi nunca ha sucedido. A pesar de ello, de vez en cuando publica algunas cosas antiguas, incluso en inglés y, como pueden ver, en español. Su último libro, lleno de historias de ratas, se autopublicó en 2022 e incluye relatos de algunos amigos. Nadie lo ha leído, lo cual es perfectamente lógico.

 

 

EL ESCONDITE DE LA SEÑORA SCOTT

Andrea Tillmanns

 

—Cuidado, ese es un fa sostenido, no un fa —dijo Luisa, señalando la partitura—. Era lo mismo en “Amazing Grace”, ¿recuerdas?

—Oh, apenas se puede ver esa pequeña cruz delante de la nota, ni siquiera con gafas de lectura —respondió Christine, llevándose de nuevo el saxofón a los labios—. Pero si tú lo dices…

Antes de que pudiera intentar el estribillo otra vez, llamaron a la puerta. Christine suspiró.

—Probablemente sean otra vez los Miller, del otro lado del pasillo —murmuró, entregándole el saxofón a su profesora de música y saliendo al recibidor—. Sus hijos corren por el apartamento todo el día y, cuando yo quiero tocar un poco de música, vienen enseguida a quejarse… simplemente no entienden las melodías hermosas.

Luisa sonrió. Desde que Christine había empezado las clases de música, poco menos de un año atrás, la jubilada estaba firmemente convencida de que un saxofón solo podía producir sonidos hermosos. No podía entender por qué sus vecinos seguían viendo las cosas de otra manera, ni siquiera con la mejor voluntad del mundo.

Pero esta vez nadie venía a quejarse de su versión algo poco convencional de “Greensleeves”. En cambio, cuando regresó al salón, Christine traía consigo a una anciana en camisón.

—Ahora siéntese aquí, en el sillón, señora Scott. Le traeré una manta y luego podrá contarme su historia…

—¡No quiero una manta, quiero mi dinero! —protestó la señora Scott, apartando la mano de Christine—. ¿Has visto mi dinero? He buscado por todas partes, pero ya no está en mi escondite…

—¿Ha revisado la vieja máquina de coser? —preguntó Christine, empujando suavemente a la anciana hacia el sillón y colocando sobre sus piernas una manta de lana del sofá antes de quitarse rápidamente su cárdigan y ponérselo sobre los hombros—. ¿O en el horno? La última vez estaba escondido allí.

—Yo nunca lo puse allí, no, no —replicó la anciana, mirando a su alrededor con inquietud—. ¡Allí, allí en el jarrón, mira allí! —señaló el gran jarrón de pie en una esquina del salón.

Christine suspiró en voz baja.

—La pobre mujer está bastante senil ahora —le susurró a Luisa al pasar junto a ella—. Pero su hija no quiere llevarla a una residencia…

—Si ya ni siquiera puede vestirse sola —murmuró a su vez Luisa—, quizá no sería lo peor… ¿quién la cuida?

—Su hija… la mayor parte del tiempo, al menos —respondió Christine.

Inclinó el jarrón de suelo para que la señora Scott pudiera mirar dentro y metió la mano antes de negar con la cabeza.

—Hoy no, al parecer, aunque… Le prepararé algo de comer en un momento. Luisa, ¿te parece bien si dejamos la clase por hoy?

—Hasta que termine la lección puedo ayudarla a buscar —decidió Luisa sin pensarlo mucho. Al fin y al cabo, le estaban pagando por su tiempo allí—. Mientras tanto puedes prepararle algo de comer.

A juzgar por lo delgada que estaba la anciana, aquello era sin duda una buena idea.

Dejó el saxofón sobre la mesa y acercó su silla al sillón donde la señora Scott seguía mirando a su alrededor.

—Señora Scott —dijo, tomando la mano delgada y helada de la anciana, que entonces sí miró a Luisa—. Soy una especie de detective; tal vez pueda ayudarla a buscar.

No mencionó que su anterior trabajo detectivesco había consistido en tropezar casi por casualidad con un caso de asesinato y luego resolverlo también casi por casualidad. En cualquier caso, buscar billetes cuyo escondite había sido olvidado le parecía mucho más agradable que tratar literalmente con un asesino.

—Entonces ven conmigo —dijo la señora Scott, poniéndose de pie, metiendo un brazo en el cárdigan de Christine y tirando de Luisa hacia la puerta con la otra mano.

—¡Christine, vamos arriba! —llamó Luisa a su alumna de música, que estaba rebuscando en el refrigerador de la cocina.

—¡Ahora voy! —respondió ella.

En realidad, la señora Scott simplemente había dejado abierta la puerta de su apartamento en el segundo piso cuando bajó al de Christine. Solo entonces Luisa se dio cuenta de que la anciana ni siquiera llevaba calcetines; sus pies debían de estar tan fríos como sus manos dentro de aquellas finas pantuflas.

—Pero necesito el dinero, ¡urgentemente! —murmuró mientras abría la puerta y arrastraba a Luisa al interior del apartamento con un firme agarre—. Tú lo entiendes, Sophia, ¿verdad?

—Sí, claro —respondió Luisa. ¿Sophia sería la hija de la anciana?

—Eres la única que siempre ha sido buena conmigo… —continuó la señora Scott—. Mira esto: el dinero estaba aquí, ¡y ahora ha desaparecido! —La llevó hasta la chimenea y levantó un leño—. Ahí, ¿ves? ¡Se ha ido, lo han robado!

—¿Quién podría haberlo tomado? —preguntó Luisa, agachándose para mirar también bajo el leño.

Para su sorpresa, no era de madera en absoluto: evidentemente era falso, con leños artificiales delante de una llama simulada. Lo cual sin duda era más sensato que una chimenea real para una anciana tan olvidadiza.

Por supuesto, la señora Scott probablemente había extraviado su dinero en algún sitio, o su hija lo había llevado al banco hacía tiempo para evitar precisamente eso. Y sin embargo…

Había una gruesa capa de polvo sobre los leños y sobre todo el suelo de la chimenea; era evidente que nadie la había limpiado desde hacía mucho tiempo. Solo bajo el leño central, el que la señora Scott acababa de levantar, había una zona rectangular completamente libre de polvo.

Luisa frunció el ceño, pensativa.

¿Podría haber algo de verdad en la historia de la anciana, después de todo? Al menos algo había estado allí no hacía mucho.

Cuando sonó el timbre, abrió rápidamente la puerta y dejó entrar a Christine, que había traído un sándwich y un plato de ensalada de judías.

—Bien, señora Scott, primero coma algo y luego buscaremos su dinero juntas, ¿de acuerdo? —sugirió.

La anciana aceptó. Christine le trajo un vaso de agua de la cocina y luego ambas se sentaron con ella a la mesa del salón.

—¿Quién podría haber tomado su dinero? —preguntó Luisa.

—Lilly, esa arpía —respondió de inmediato la señora Scott.

—Lilly murió hace tres años —comentó Christine en voz baja—. Un ataque al corazón, con poco más de setenta.

—Entonces fue August. Siempre se gasta todo su dinero —propuso la señora Scott, imperturbable.

—August es su hijo; vive en Europa desde hace treinta años —explicó Christine, encogiéndose de hombros con gesto apologético.

—Había algo en la chimenea que ya no está —insistió Luisa, volviéndose otra vez hacia la señora Scott—. ¿En quién más puede pensar?

—Pero eso tú lo sabes, Sophia —respondió ella con reproche, y luego se comió la mitad del sándwich antes de continuar—. Marianne, esa desordenada, necesita todo el dinero para su marido inútil, y por eso no quiere que me vaya a vivir contigo.

Confundida, Luisa miró a su alumna de música.

—¿Quiénes son Marianne y Sophia? —susurró.

—Marianne es la única que siempre te cuida aquí —respondió Christine en tono normal, dirigiéndose a la anciana—. ¿No es así? Tu hija viene a visitarte todos los días. Vi su coche estacionado fuera de la casa otra vez esta misma mañana.

Luego se volvió hacia Luisa.

—Y Sophia… es Sophia Berg, una vieja amiga de la señora Scott. Vivía a dos calles de aquí y ahora está en la residencia de ancianos Santa Elisabeth. La pobre mujer se rompió la cadera hace dos o tres años y desde entonces ya no puede caminar bien, y no tiene hijos que puedan cuidarla.

Luisa se recostó en la silla y observó pensativa a la señora Scott.

¿Por qué la anciana no estaba vestida si su hija había estado allí por la mañana?

Sin dudarlo, sacó su teléfono del bolsillo y buscó en internet el número de la residencia de ancianos del lago de deportes acuáticos.

—Hola, me llamo Luisa Williams —dijo cuando respondió la central—. ¿Podría comunicarme con la señora Sophia Berg?

—Lo hiciste muy bien —dijo la señora Scott, asintiendo agradecida a Christine—. ¿Podrás cocinar eso otra vez mañana al mediodía?

Christine sonrió.

—Veré si puedo encontrarle algún postre —dijo, y desapareció en la cocina.

Poco después regresó, negando con la cabeza.

—El refrigerador está casi vacío —murmuró, desconcertada—. ¿Cuándo fue la última vez que su hija le hizo las compras?

Luisa salió rápidamente al pasillo cuando la señora Berg respondió al teléfono, para poder hablar con ella con tranquilidad.

Cuando volvió al salón unos minutos más tarde, se sentó a la mesa con las dos mujeres mayores y suspiró en voz baja.

—Bueno, Sophia Berg me contó algo interesante —dijo—. Curiosamente, está completamente convencida de que la señora Scott realmente quiere mudarse a su residencia de ancianos y que solo su hija se lo impide porque teme heredar menos más adelante.

Miró pensativa a Christine y luego volvió a tomar su teléfono móvil.

—Incluso a riesgo de hacer algo terriblemente estúpido y acusar a una persona completamente inocente, voy a llamar a la policía.

No tardaron mucho en descubrir el dinero robado aquella misma mañana en la casa de la hija de la señora Scott, quien quedó demasiado atónita ante la aparición de los policías uniformados como para negar el robo. Había descubierto el escondite unas semanas antes y, ahora que su marido se había quedado otra vez sin trabajo y los préstamos de la casa y del coche resultaban cada vez más difíciles de pagar, ya no había podido resistirse.

Luisa no dijo nada al respecto, ni tampoco mencionó que la anciana señora Scott había comido dos bananas y una gran barra de chocolate aquella misma tarde y parecía realmente satisfecha por primera vez.

No pasó mucho tiempo antes de que la señora Scott pudiera mudarse a la residencia de ancianos, a solo unas habitaciones de distancia de su amiga Sophia Berg.

Cuando Luisa se encontró con ella por casualidad unas semanas más tarde en el lago de deportes acuáticos, empujando una silla de ruedas con una anciana bien arreglada, al principio pensó que la señora Scott le guiñaba un ojo en un momento de reconocimiento.

Pero también podría haber sido por el sol, que brillaba fuerte y claro aquel día, anunciando el comienzo de la primavera.

Andrea Tillmanns nació en Grevenbroich, Alemania, en 1972 y actualmente vive en Westfalia Oriental, cerca de Bielefeld. Su trabajo habitual es como física; estudió y obtuvo su doctorado en la Universidad RWTH de Aquisgrán. Actualmente trabaja a tiempo completo como profesora de física y tecnología de medición en la Universidad de Ciencias Aplicadas y Artes de Bielefeld, donde su trabajo se centra, entre otras cosas, en las propiedades físicas de los textiles. Lleva muchos años escribiendo poesía, cuentos y novelas de diversos géneros. Sus poemas y relatos se han publicado en The World of Myth, Hawthorn & Ash, SciFanSat y otras revistas y antologías. También ha publicado más de veinte libros en alemán. Pueden encontrar más información sobre la autora y sus textos en su sitio web: www.andreatillmanns.de.

 

VEINTISIETE INTENTOS DE APROXIMACIÓN A JUBIPÉN ITSARA (EL GAMULANO)

Rogelio Ramos Signes

 

1. Cansado de vivir de sus defectos, Jubipén Itsara (El Gamulano), una tarde en que ladraba a las ruedas de un camión, optó por ser normal.

 

2. Alicia, y no Gladys ni Estela, fue quien descubrió la metamorfosis de Jubipen Itsara (El Gamulano) a pesar de cuanta cosa diversa pueda escucharse por ahí.

 

3. Desde niño Jubipén Itsara gustaba discutir a sus vecinas, conspirar con sus compañeros de manualidades, e inventar frases célebres. De allí lo de Gamulano.

 

4. Huérfano e insigne desde el primer día de su vida, Jubipén rondó las talabarterías buscando su propia identidad, pero sólo contrajo el vicio de los verdugos misericordiosos: el silencio.

 

5. Buscando su propia identidad fue que Jubipén dio con un alquimista liberal y un latinista retirado. De allí lo de Itsara.

 

6. Si a cada Jubipén (es tradición) corresponde un Itsara; a cada Jubipén Itsara corresponde una Iracema Snif, con quien se casó a la medianoche de un 31 de diciembre, saludados por las bombas, cornetas y petardos de todo el país; tal vez de todo el mundo.

 

7. La vida del matrimonio Itsara fue un martirio, si también se entiende por martirio la sucesión de los días pendiendo de una cruz (pasatiempo que practicaron), con las manos agujereadas, una corona de espinas y todo eso. “Hoy por ti, mañana por mí” fue el lema del matrimonio, mientras se flagelaban mutuamente según cayeran los dados sobre un plato odiosamente cóncavo.

 

8. La joven Snif, esposa de Jubipén Itsara desde un 31 de diciembre a la medianoche, nació de mujer mulata y de granado alemán. Por eso aullaron los coyotes. Por eso menguó la luna y perdió brevas la higuera. De allí Iracema.

 

9. Iracema Scherwitz, esposa de Jubipén y madre de un talento menor nacido hacia la primavera, adquirió el llanto como única forma de expresión. Por eso Snif.

 

10. Jubipén Itsara (El Gamulano) fue hombre de hogar, hasta donde el hogar se lo permitió, y ciudadano de cada bar que acertó a inaugurar en su camino.

 

11. Cuentan que Jubipén era diestro para las tareas manuales, parco para los besos y un tanto distraído.

 

12. De la primera distracción surgió Caifás, un talento menor nacido hacia la primavera. Se dice (sólo se dice, porque no hay archivos) que los primeros días del crío fueron un tormento.

 

13. Hacia la primavera, y en el espacio que va del 14 al 15 de noviembre, Alicia Estrázulas de Varela y Cross redescubrió al Gamulano, pero ya era tarde.

 

14. Sobrecogido por los espacios interiores de su infancia, Jubipén Itsara abandonó los vicios del destete; fijación oral a la que hizo añicos una noche de cigarrillos, gomas de mascar y alguna ginebra.

 

15. Temeroso de todo lo que no fuese natural, Jubipén Itsara fundó el Club de Enemigos de Jubipén Itsara, secundado por un descendiente directo de Rousseau y el más serio biografista de Lao Tsé.

 

16. En la Universidad Taoísta de su barrio, exactamente, fue que Jubipén instaló un quiosco de emparedados y gaseosas. El "Tao-Te-Ching" (que así se llamaba) le dejó pérdidas cuatro semanas antes de inaugurado y un peligroso indicio de reumatismo articular.

 

17. Distanciado a muerte de los naturalistas del Club de Enemigos de Jubipén Itsara, y a la vez escapando a los acreedores del "Tao-Te-Ching Nourishing Kiosk", conoció a Blonda Cruz, la mujer vegetal de pájaros en la cabeza.

 

18. Iracema Snif y Blonda Cruz inspiraron a Guay Descartes la novela éxito del último verano.

 

19. "Hombre perro, mujer llanto, niña olivo" fue llevada al cine por los franceses, a la televisión por una cooperativa de California, y al video por un ejecutivo de Madrid.

 

20. Libro condensado en Colombia, prendedor en Buenos Aires, historieta en México y remera estampada en Alabama, la novela de Guay Descartes dio la vuelta al mundo en menos de ochenta días.

 

21. Como toda historia que pierde intimidad, la historia del Gamulano fue una guía telefónica. ¡Una tortura!

 

22. Pobre, desnutrido y prematuramente avejentado, Jubipén Itsara fue a la vida lo que un príncipe ruso en el exilio fue a París: suspiros y destellos.

 

23. Alicia, y no Gladys ni Estela, sino Alicia Estrázulas de Varela y Cross murió de amor por lo imposible, por el tiempo y “por un hombre pobre, desnutrido y prematuramente avejentado, como un príncipe ruso en el exilio”. Jubipén. Jubipén Itsara. Jubipén Itsara (El Gamulano) fue el peor de los verdugos: la mató con la indiferencia.

 

24. Caifás Itsara, un talento menor nacido en primavera, ingresó al ambiente de la gente linda de la mano de su madre y en brazos de su padrastro Lucas, un cantante belga que vendía bien en aquella temporada.

 

25.  Loco y triste de locura y tristeza elementales, Jubipén reflejó su desgracia en un viejo espejo durante los 29 primeros días de un mes que no fue febrero.

 

26. Imaginando desenlaces felices para un radioteatro que auguraba truculencias, fue que Itsara, sin saberlo, ingresó al bovarysmo.

 

27. Una tarde en que miraba fornicar despreocupadamente a dos hormigas, Jubipén Itsara (El Gamulano) cansado de ser normal, optó por ladrar a las ruedas de un camión.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016). 

 

miércoles, 11 de marzo de 2026

CIERRE

Swara Mokashi

 

—Por favor, pase —dijo Nandan, abriendo la puerta para recibir a Eddy.

Eddy, que medía casi seis pies, entró. Lini, que estaba sentada en una silla, se puso de pie en cuanto lo vio. Tal vez Eddy pudiera hacer algo. Ahora las esperanzas de ambos estaban centradas en él.

—¿Dónde está Vishi? —preguntó Eddy con una sonrisa.

—¿Dónde va a estar? —respondió Nandan, irritado—. Está adentro. No quiere escuchar a nadie.

—Eddy, ahora tendrás que convencerlo tú. Se le ha metido una idea extraña en la cabeza —dijo Lini.

—Muéstrame el mensaje —dijo Eddy mientras se sentaba.

Lini abrió un cajón y le entregó un sobre. Dentro había un pequeño dispositivo. Eddy lo sacó.

—¿El PIN? —preguntó.

—No sirve de nada —respondió Nandan—. Mi suegro lo aprobó y envió la respuesta ese mismo día.

—Pero ¿por qué tanta prisa? —preguntó Eddy—. Que haya llegado la carta no significa que haya que decir que sí de inmediato. Se puede discutir, tenemos un mes para pensarlo. Hay muchas opciones. Existe la criónica para preservar el cuerpo, el mapeo cerebral para conservar el cerebro. Si él acepta, los patrocinadores harán fila.

—¿Crees que no lo sabe? —dijo Nandan—. Yo también se lo pregunté. Me dijo que ya había tomado su decisión, que no valía la pena perder tiempo. ¿No lo conoces acaso?

—Escucha —dijo Lini—, en cuanto nos lo dijo salimos para aquí y te avisamos. Todavía podemos retirar la respuesta. He averiguado que se puede cambiar durante tres días. Habla con él.

—Eres su favorito —añadió Nandan—. Tal vez puedas convencerlo. Es nuestro profesor. ¿Cuánto ha hecho por nosotros? Y en estos tiempos, ¿ciento uno es una edad para aceptar la eutanasia? Todavía tiene mucho que enseñar. Y su cerebro… acabar con todo de golpe… no, no puedo aceptarlo.

Nandan se levantó y salió de la habitación.

Vishwanath Pendharkar descansaba en su cuarto. En el marco digital frente a él había puesto fotografías muy antiguas: de su infancia en la escuela, con amigos, en excursiones, luego de la universidad, después de su boda, fotografías familiares, de la universidad, homenajes, con estudiantes… miles de imágenes aparecían una tras otra, pulsando las cuerdas de la memoria.

Apareció una fotografía de su esposa y presionó el control remoto para detenerla. Sin darse cuenta, su mirada se dirigió al ordenador que tenía delante. Había conservado su existencia dentro de él después de su muerte física. En aquel momento le había resultado insoportable vivir sin ella. Tras su muerte hablaba con esa existencia preservada, conversaba con ella cada día.

Sin embargo, en los últimos veinte años no habían hablado ni una sola vez.

No existía la posibilidad de que ella se enfadara… aun así… Antes de irme, pensó, debería hablar con ella una vez más. No por ella, quizá por mi propia tranquilidad.

Puso en marcha el ordenador, pero luego decidió que hablaría con calma por la noche y encendió la televisión.

Las noticias de siempre: la explosión demográfica, la escasez de productos esenciales, el racionamiento de nuevos nacimientos, protestas de jóvenes que exigían reducir la edad mínima para la eutanasia, robots con inteligencia artificial que quitaban el trabajo a los humanos… y muchas cosas más.

Cansado, apagó el televisor.

Llamaron a la puerta y su alumno favorito, Eddy, entró en la habitación. Al verlo, Vishwanath sonrió.

—Adelante, Eddy. ¡Cuántos años sin verte! ¿Cómo estás? Siéntate.

—¿Estaba hablando con la señora? —preguntó Eddy señalando el ordenador—. ¿No lo interrumpí?

—No, no. ¿A qué se debe esta visita tan repentina? Ah… Nandan te habrá llamado, ¿verdad? Está muy enfadado conmigo.

—Sí, pero no solo él. También recibí un mensaje de Lini, y además un par de llamadas de la universidad.

—Vaya… parece que mucha gente se ha sorprendido.

—Claro que sí, profesor Vishi. Todos esperaban que solicitara una extensión, y según el procedimiento seguramente se la habrían concedido. Pero usted directamente…

—Pero todo mi trabajo está bien registrado —respondió Vishwanath—. He formado estudiantes brillantes, como tú, que podrán continuar con él. Entonces ¿para qué pedir una extensión? ¿Y por qué tendría que sorprender a alguien? Ya cumplí cien años. ¿Qué hay de nuevo en eso? Para ser sincero, ya no tengo el entusiasmo ni la energía de antes. ¿No debería dejar espacio a la próxima generación? Además, ya llegó la carta. Legalmente puedo despedirme de este mundo. Tengo ciento un años.

—Pero ¿por qué tanta prisa?

—¿Prisa? ¿No ves las noticias todos los días? ¿Por qué debería ocupar el lugar de una vida nueva?

—Pero usted es diferente, profesor. No es una persona común. ¿Por qué aplicarse las mismas reglas que a los demás? Presentaré una apelación y estoy seguro de que la aceptarán. Usted es un gran científico… todavía puede aportar mucho.

—No, Eddy. No sería correcto hacer una excepción. Las mismas reglas que se aplican a todos se aplican también a mí. No soy especial. No voy a sentar un precedente incorrecto. Ya he comunicado mi decisión, después de pensarlo bien.

—Profesor, entonces… al menos déjenos conservar su cerebro. ¿Por qué se niega a eso? Necesitamos su existencia, su consejo, durante muchos años más. Conseguiré patrocinadores. Solo diga que sí.

—No, Eddy. Tampoco le veo mucho sentido a eso.

—Pero cuando ocurrió lo de la señora…

—Sí… fue una decisión tomada en un momento de emoción. Y causó más sufrimiento que otra cosa, Eddy.

—Profesor… piense al menos en Lini. Ella es como su hija. ¿No ha pensado en el golpe que esto significará para ella?

—Precisamente he pensado en ella —respondió Vishwanath con una voz algo apagada—. Mi esposa, Vishakha, murió repentinamente en un accidente. Fue un golpe terrible. No pude soportarlo. Además, en aquel momento tenía todos los medios a mi disposición. Actué rápidamente y congelé su cerebro. Luego descifré todos los recuerdos almacenados en él y los transferí a este ordenador, conservando de algún modo su existencia. Estaba muy feliz. Había hecho inmortal a mi esposa … pero esa felicidad no duró mucho. —Vishwanath guardó silencio un momento. Se quedó mirando el rostro de su esposa en la fotografía detenida en el marco digital. Luego apagó el marco y continuó—: Los antiguos decían: “Cuando el aliento abandona el cuerpo, queda libre de todas las ataduras”. Pero en este caso, aunque su cuerpo se había ido, ella seguía conmigo. Al principio me alegraba de haberla devuelto a la vida. Pero poco a poco empecé a notar sus limitaciones.

—¿Qué limitaciones? —preguntó Eddy—. ¿Acaso no sigue hablando con ella?

—No… Un ser humano no es solo un cerebro, Eddy. Es un conjunto. Su existencia física también es importante. Somos seres humanos. Para expresarnos necesitamos muchos medios, no solo palabras: el tacto, los ojos, los gestos… Al final, una máquina es una máquina y un ser humano es un ser humano. Por mi propio egoísmo atrapé a mi Vishakha en una máquina y no la dejé liberarse. Y así yo también quedé atrapado… en su existencia.

—Profesor, está siendo demasiado emocional.

—Precisamente porque tenemos emociones somos humanos, Eddy. De lo contrario, la diferencia entre una ameba unicelular y un ser humano sería solo el número de células. La gente siempre ha dicho que no hay verdad más eterna que la muerte. Hoy pretendemos haberla vencido, pero en realidad no ganamos.

—¿Qué quiere decir?

—Cuando alguien muere en una familia, los que vienen a consolar dicen: “Olvida lo que ya pasó, mira a los que siguen contigo y enfrenta la vida”. ¿Pero qué hice yo? Intenté mantener conmigo a mi esposa muerta. Y además sin su consentimiento. Con el tiempo comprendí que, aunque su cerebro existiera, ¿de qué le servía? No tenía libertad para tomar ninguna decisión sobre sí misma. En cierto sentido la dejé inválida. Y mi propia situación era extraña. No podía olvidarla y seguir adelante, pero tampoco podía vivir plenamente con ella. Sufrí mucho. Entonces comprendí algo: por dolorosa que sea, la muerte ofrece algo muy importante, un cierre.

—Profesor…

—Esa fue la última vez que hablé con ella. Le pedí perdón y le hice una promesa. Desde ese día no hemos vuelto a hablar. Entonces decidí, Eddy, no dejar cabos sueltos. Hay que hacer un nudo y cerrar el asunto.

—Profesor…

—Mientras este cuerpo me pertenezca, tomaré todas las decisiones sobre él. Y sí, le prometí a Vishakha que antes de irme también la liberaría. Por eso no habrá mapeo cerebral. Muerte completa y absoluta. Y esta es mi decisión final —dijo Vishwanath con firmeza—. Nosotros nos retiramos ahora, dejando las riendas a los jóvenes como ustedes.

—¿Y Lini? ¿Qué hay de ella?

—Lini tendrá que enfrentarse a la muerte de sus padres. Y eso será lo mejor para ella. Créeme.

—¡No, papá!

Lini, que había estado escuchando detrás de la puerta, entró corriendo en la habitación. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se sentó junto a Vishwanath y tomó su mano entre las suyas. Él permanecía tranquilo y la acariciaba suavemente.

—Lini, ya eres adulta. Deja esa obstinación. Acepto esto por mi propia voluntad. Y también es lo mejor para ti. En realidad tú misma sabes lo extraña que es una existencia entre el ser y el no ser. Esta noche hablaré con Vishakha y también la liberaré. Cometí un error al retenerla así. El dolor adicional que tendrás que soportar porque ambos partiremos al mismo tiempo es culpa mía. Si puedes, perdóname. Pero estoy seguro de que algún día comprenderás mi decisión. Debemos vivir la vida plenamente… y morir también de la misma manera: plenamente.

Swara Mokashi nació en Thane una ciudad en el estado indio de Maharashtra, y vive en Pune, en el mismo estado. Se licenció en psicología y le interesan las artes y la literatura. La mayoría de sus relatos de ciencia ficción se publicaron en revistas maratíes y también en una antología. Actualmente trabaja como escritora independiente para teatro, televisión y cine, donde recibió su primer reconocimiento estatal como mejor dramaturga en 2024.

 

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