Swara Mokashi
—Por favor, pase
—dijo Nandan, abriendo la puerta para recibir a Eddy.
Eddy, que medía casi seis pies,
entró. Lini, que estaba sentada en una silla, se puso de pie en cuanto lo vio.
Tal vez Eddy pudiera hacer algo. Ahora las esperanzas de ambos estaban centradas
en él.
—¿Dónde está Vishi? —preguntó Eddy
con una sonrisa.
—¿Dónde va a estar? —respondió
Nandan, irritado—. Está adentro. No quiere escuchar a nadie.
—Eddy, ahora tendrás que
convencerlo tú. Se le ha metido una idea extraña en la cabeza —dijo Lini.
—Muéstrame el mensaje —dijo Eddy
mientras se sentaba.
Lini abrió un cajón y le entregó un
sobre. Dentro había un pequeño dispositivo. Eddy lo sacó.
—¿El PIN? —preguntó.
—No sirve de nada —respondió
Nandan—. Mi suegro lo aprobó y envió la respuesta ese mismo día.
—Pero ¿por qué tanta prisa?
—preguntó Eddy—. Que haya llegado la carta no significa que haya que decir que
sí de inmediato. Se puede discutir, tenemos un mes para pensarlo. Hay muchas
opciones. Existe la criónica para preservar el cuerpo, el mapeo cerebral para
conservar el cerebro. Si él acepta, los patrocinadores harán fila.
—¿Crees que no lo sabe? —dijo
Nandan—. Yo también se lo pregunté. Me dijo que ya había tomado su decisión,
que no valía la pena perder tiempo. ¿No lo conoces acaso?
—Escucha —dijo Lini—, en cuanto nos
lo dijo salimos para aquí y te avisamos. Todavía podemos retirar la respuesta.
He averiguado que se puede cambiar durante tres días. Habla con él.
—Eres su favorito —añadió Nandan—.
Tal vez puedas convencerlo. Es nuestro profesor. ¿Cuánto ha hecho por nosotros?
Y en estos tiempos, ¿ciento uno es una edad para aceptar la eutanasia? Todavía
tiene mucho que enseñar. Y su cerebro… acabar con todo de golpe… no, no puedo
aceptarlo.
Nandan se levantó y salió de la
habitación.
Vishwanath Pendharkar descansaba en
su cuarto. En el marco digital frente a él había puesto fotografías muy
antiguas: de su infancia en la escuela, con amigos, en excursiones, luego de la
universidad, después de su boda, fotografías familiares, de la universidad,
homenajes, con estudiantes… miles de imágenes aparecían una tras otra, pulsando
las cuerdas de la memoria.
Apareció una fotografía de su
esposa y presionó el control remoto para detenerla. Sin darse cuenta, su mirada
se dirigió al ordenador que tenía delante. Había conservado su existencia
dentro de él después de su muerte física. En aquel momento le había resultado
insoportable vivir sin ella. Tras su muerte hablaba con esa existencia
preservada, conversaba con ella cada día.
Sin embargo, en los últimos veinte
años no habían hablado ni una sola vez.
No existía la posibilidad de que
ella se enfadara… aun así… Antes de irme, pensó, debería hablar con ella una
vez más. No por ella, quizá por mi propia tranquilidad.
Puso en marcha el ordenador, pero
luego decidió que hablaría con calma por la noche y encendió la televisión.
Las noticias de siempre: la
explosión demográfica, la escasez de productos esenciales, el racionamiento de
nuevos nacimientos, protestas de jóvenes que exigían reducir la edad mínima
para la eutanasia, robots con inteligencia artificial que quitaban el trabajo a
los humanos… y muchas cosas más.
Cansado, apagó el televisor.
Llamaron a la puerta y su alumno
favorito, Eddy, entró en la habitación. Al verlo, Vishwanath sonrió.
—Adelante, Eddy. ¡Cuántos años sin
verte! ¿Cómo estás? Siéntate.
—¿Estaba hablando con la señora?
—preguntó Eddy señalando el ordenador—. ¿No lo interrumpí?
—No, no. ¿A qué se debe esta visita
tan repentina? Ah… Nandan te habrá llamado, ¿verdad? Está muy enfadado conmigo.
—Sí, pero no solo él. También
recibí un mensaje de Lini, y además un par de llamadas de la universidad.
—Vaya… parece que mucha gente se ha
sorprendido.
—Claro que sí, profesor Vishi.
Todos esperaban que solicitara una extensión, y según el procedimiento
seguramente se la habrían concedido. Pero usted directamente…
—Pero todo mi trabajo está bien
registrado —respondió Vishwanath—. He formado estudiantes brillantes, como tú,
que podrán continuar con él. Entonces ¿para qué pedir una extensión? ¿Y por qué
tendría que sorprender a alguien? Ya cumplí cien años. ¿Qué hay de nuevo en
eso? Para ser sincero, ya no tengo el entusiasmo ni la energía de antes. ¿No
debería dejar espacio a la próxima generación? Además, ya llegó la carta.
Legalmente puedo despedirme de este mundo. Tengo ciento un años.
—Pero ¿por qué tanta prisa?
—¿Prisa? ¿No ves las noticias todos
los días? ¿Por qué debería ocupar el lugar de una vida nueva?
—Pero usted es diferente, profesor.
No es una persona común. ¿Por qué aplicarse las mismas reglas que a los demás?
Presentaré una apelación y estoy seguro de que la aceptarán. Usted es un gran
científico… todavía puede aportar mucho.
—No, Eddy. No sería correcto hacer
una excepción. Las mismas reglas que se aplican a todos se aplican también a
mí. No soy especial. No voy a sentar un precedente incorrecto. Ya he comunicado
mi decisión, después de pensarlo bien.
—Profesor, entonces… al menos
déjenos conservar su cerebro. ¿Por qué se niega a eso? Necesitamos su
existencia, su consejo, durante muchos años más. Conseguiré patrocinadores.
Solo diga que sí.
—No, Eddy. Tampoco le veo mucho
sentido a eso.
—Pero cuando ocurrió lo de la
señora…
—Sí… fue una decisión tomada en un
momento de emoción. Y causó más sufrimiento que otra cosa, Eddy.
—Profesor… piense al menos en Lini.
Ella es como su hija. ¿No ha pensado en el golpe que esto significará para
ella?
—Precisamente he pensado en ella
—respondió Vishwanath con una voz algo apagada—. Mi esposa, Vishakha, murió
repentinamente en un accidente. Fue un golpe terrible. No pude soportarlo.
Además, en aquel momento tenía todos los medios a mi disposición. Actué
rápidamente y congelé su cerebro. Luego descifré todos los recuerdos
almacenados en él y los transferí a este ordenador, conservando de algún modo
su existencia. Estaba muy feliz. Había hecho inmortal a mi esposa … pero esa
felicidad no duró mucho. —Vishwanath guardó silencio un momento. Se quedó
mirando el rostro de su esposa en la fotografía detenida en el marco digital.
Luego apagó el marco y continuó—: Los antiguos decían: “Cuando el aliento
abandona el cuerpo, queda libre de todas las ataduras”. Pero en este caso,
aunque su cuerpo se había ido, ella seguía conmigo. Al principio me alegraba de
haberla devuelto a la vida. Pero poco a poco empecé a notar sus limitaciones.
—¿Qué limitaciones? —preguntó
Eddy—. ¿Acaso no sigue hablando con ella?
—No… Un ser humano no es solo un
cerebro, Eddy. Es un conjunto. Su existencia física también es importante.
Somos seres humanos. Para expresarnos necesitamos muchos medios, no solo
palabras: el tacto, los ojos, los gestos… Al final, una máquina es una máquina
y un ser humano es un ser humano. Por mi propio egoísmo atrapé a mi Vishakha en
una máquina y no la dejé liberarse. Y así yo también quedé atrapado… en su
existencia.
—Profesor, está siendo demasiado
emocional.
—Precisamente porque tenemos
emociones somos humanos, Eddy. De lo contrario, la diferencia entre una ameba
unicelular y un ser humano sería solo el número de células. La gente siempre ha
dicho que no hay verdad más eterna que la muerte. Hoy pretendemos haberla
vencido, pero en realidad no ganamos.
—¿Qué quiere decir?
—Cuando alguien muere en una
familia, los que vienen a consolar dicen: “Olvida lo que ya pasó, mira a los
que siguen contigo y enfrenta la vida”. ¿Pero qué hice yo? Intenté mantener
conmigo a mi esposa muerta. Y además sin su consentimiento. Con el tiempo
comprendí que, aunque su cerebro existiera, ¿de qué le servía? No tenía
libertad para tomar ninguna decisión sobre sí misma. En cierto sentido la dejé
inválida. Y mi propia situación era extraña. No podía olvidarla y seguir
adelante, pero tampoco podía vivir plenamente con ella. Sufrí mucho. Entonces
comprendí algo: por dolorosa que sea, la muerte ofrece algo muy importante, un
cierre.
—Profesor…
—Esa fue la última vez que hablé
con ella. Le pedí perdón y le hice una promesa. Desde ese día no hemos vuelto a
hablar. Entonces decidí, Eddy, no dejar cabos sueltos. Hay que hacer un nudo y
cerrar el asunto.
—Profesor…
—Mientras este cuerpo me
pertenezca, tomaré todas las decisiones sobre él. Y sí, le prometí a Vishakha
que antes de irme también la liberaría. Por eso no habrá mapeo cerebral. Muerte
completa y absoluta. Y esta es mi decisión final —dijo Vishwanath con firmeza—.
Nosotros nos retiramos ahora, dejando las riendas a los jóvenes como ustedes.
—¿Y Lini? ¿Qué hay de ella?
—Lini tendrá que enfrentarse a la
muerte de sus padres. Y eso será lo mejor para ella. Créeme.
—¡No, papá!
Lini, que había estado escuchando
detrás de la puerta, entró corriendo en la habitación. Tenía los ojos llenos de
lágrimas. Se sentó junto a Vishwanath y tomó su mano entre las suyas. Él
permanecía tranquilo y la acariciaba suavemente.
—Lini, ya eres adulta. Deja esa
obstinación. Acepto esto por mi propia voluntad. Y también es lo mejor para ti.
En realidad tú misma sabes lo extraña que es una existencia entre el ser y el
no ser. Esta noche hablaré con Vishakha y también la liberaré. Cometí un error
al retenerla así. El dolor adicional que tendrás que soportar porque ambos
partiremos al mismo tiempo es culpa mía. Si puedes, perdóname. Pero estoy
seguro de que algún día comprenderás mi decisión. Debemos vivir la vida
plenamente… y morir también de la misma manera: plenamente.
Swara Mokashi nació en Thane una
ciudad en el estado indio de Maharashtra, y vive en Pune, en el mismo estado.
Se licenció en psicología y le interesan las artes y la literatura. La mayoría
de sus relatos de ciencia ficción se publicaron en revistas maratíes y también
en una antología. Actualmente trabaja como escritora independiente para teatro,
televisión y cine, donde recibió su primer reconocimiento estatal como mejor
dramaturga en 2024.

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