sábado, 8 de noviembre de 2025

CAMPAMENTO NOCTURNO

Carmina Shapiro

 

Dos horas después de arribados, el campamento ya había sido montado. Ele miraba a su alrededor meditativa. Todo el contingente había desplegado sus bolsas de dormir dejando un prudente espacio entre persona y persona para que el agua pudiera correr. Pudiera correr cuando cayera, claro. Y si efectivamente caía, claro. Hacía meses que no llovía. A ella le había tocado un puesto arriba de la lomada. Jora y Gé estaban abajo, cerca de las biocisternas subterráneas. Y Lambo estaba de guardia volante en el sector inclinado de los canales para asistir, con la larga experiencia que tenía, ante cualquier imprevisto. Ceuro, el hijo de Jora, estaba a alguna distancia de Lambo, nervioso pero animado para aprender del otro.

La cosa había empezado de a poco. Primero extendiéndose el período entre lluvia y lluvia, entre tormenta y tormenta. Luego, muy progresivamente, la humedad de ambiente había ido bajando y bajando. El caudaloso río de la zona también había bajado notoriamente su nivel. Por un tiempo las actividades comerciales fluviales se detuvieron, a la espera de que subiera el río. Esto pasaba cada tanto, sólo era cuestión de esperar, ya iba a subir. Siempre subía. Cuando la necesidad de los intercambios se hizo sentir y se comprendió que el río más que subir fluctuaba hacia la baja de su nivel, se comenzaron a implementar otros medios acuáticos para seguir comerciando. Esta fue la llamada de atención más sentida, se prendieron las alarmas de las y los políticos, investigadores y ambientalistas. Se comenzaron los diálogos con países vecinos para evaluar la situación en la región, incluso de países más lejanos se acercaron para estudiar lo que estaba ocurriendo. Primero se tomaron medidas de emergencia, camiones con tanques hidrantes abastecieron a las regiones que pasaban necesidad y se crearon protocolos de prioridades y buenos usos del agua. Pero la parca empezó a merodear el lugar, no había agua para suplir a todos los necesitados, e incluso si hubiera sido suficiente, no existía la infraestructura para dar abasto. Cuando un poco después finalmente se entendió que el problema era bastante más complejo y a largo plazo de lo que se había pensado, comenzaron los diseños de propuestas y las inversiones en investigación, para implementar los sistemas más complejos que permitieran sostener la vida silvestre y cuidar la poca humedad que todavía no se había evaporado. Las pérdidas fueron dolorosas.

Todas las explicaciones que se habían dado parecían insuficientes, ¿qué clase de fenómeno climático había convertido a una zona históricamente fértil y tediosamente húmeda en una pasa de uva de las más grandes que se hayan visto jamás? En efecto, las explicaciones mono-causales eran insuficientes. Se había utilizado el principio de los invernaderos para construir refugios protegidos para plantas y cultivos. Se buscaba que las instalaciones fueran lo más herméticas que la técnica permitía, de modo que el agua se evaporara lo menos posible. Se aplicaron las investigaciones más cuidadosas a generar vidrios especiales para poder crear grandes esferas en las que pudieran prosperar microclimas específicos y así preservar la vida animal. Lo mismo se hizo en relación al agua de mar: se buscaron todo tipo de estrategias y mecanismos para decantar la sal y otros minerales que podrían afectar la salud humana. Primero se prepararon muchísimos litros de agua potable y los espíritus se alegraron, era un alivio saber que era posible hacerlo y que las probabilidades de morir de sed eran mucho menores de lo esperado. Pero los sistemas en los que de hecho se guardaba el agua no estaban preparados para enfrentar una humedad ambiental de menos del 5% y el agua empezó a evaporarse imperceptiblemente, implacablemente, impotentemente. En tres días el volumen se había reducido a la mitad y el pánico, la preocupación y la indignación se apoderaron de los ánimos. Entonces se empezaron a investigar los métodos para guardar el agua potabilizada. En el curso de esos desarrollos, los y las investigadores se dieron cuenta de que se estaban invirtiendo recursos en quitar minerales del agua que sí ayudaban a algunas plantas y animales, minerales que luego eran adicionados en la producción de fertilizantes o suplementos dietarios. Así que se comenzó a estudiar y considerar las necesidades nutricionales desde un punto de vista más general, incluso intentando comprender qué dinámicas digestivas les permitían a esas plantas y animales procesar sustancias que al ser humano hacían tanto daño. Algunas de esas dinámicas pudieron ser replicadas para aprovechar mejor el agua de mar, pero en general se aceptó que una de las mejores maneras de conservar la humedad era en el interior de las plantas y de a poco el aspecto de las ciudades fue cambiando notoriamente. Todas las superficies que acumulaban calor -pavimentos, cementos, incluso edificios de vidrio- fueron cubiertas con plantas o con algunas de las nuevas tecnologías refractarias. Siempre que se pudo, se buscó evitar espacios de aire entre casas y edificaciones, ya que resultaban en mayor resecamiento y pérdida de humedad. Siguiendo esta lógica, se abandonaron y demolieron algunos edificios poco efectivos, se construyeron muros y techos que permitían aglomerar todas las construcciones de una manzana entera, y se redistribuyeron los espacios entre los diferentes grupos familiares. En las zonas donde era posible también se asentaron las mencionadas esferas de vidrio inteligente, generando otro tipo de agrupamientos humanos. Verdaderamente la cara de las ciudades cambió de manera considerable. Hasta el sonido de las ciudades se había transformado de manera radical. Si un año antes a esas mismas personas les hubieran dicho que el lugar donde vivían se iba a convertir en esto y que su vida iba a cambiar tanto, hubieran dicho que era una fantasía, imaginaciones futuristas, interesantes sí, pero imaginaciones al fin y al cabo, que tardarían años y años en tocar la realidad. ¡Ah, quién pudiera asir el devenir y estar seguro de cualquier cosa!

Los y las climatólogos habían estado elaborando los pronósticos con colaboración internacional, estudiando cuidadosamente las probabilidades de lluvia. Por fin habían subido hasta 50% y en los últimos días habían comenzado una escala ascendente, lenta pero sin pausa. El volumen del movimiento troposférico hacía pensar que caerían cerca de 200 mililitros en lo que durara la tormenta. Cuando tuvieron más certezas que dudas, pasaron el comunicado a los gobiernos e instituciones correspondientes, y todo se puso en marcha para recibir la lluvia con pasión y pavura. La locación había sido elegida hacía tiempo y se había mantenido desocupada en caso de que pudiera llegar a presentarse una alerta meteorológica. No sucedió pero siempre era mejor estar listos que desaprovechar una lluvia.

Cada integrante del contingente tenía a cargo un área de alrededor de tres metros cuadrados. La instalación del campamento se hacía cuando las probabilidades de precipitaciones pasaban el 70%, y se preparaban para quedarse hasta una semana allí a la espera de las condiciones óptimas. Ele ya había acomodado sus cosas en los pies de su bolsa de dormir impermeable. No les permitían llevar mucho, tenían que estar ligeros y con las manos libres. Nada de celulares, libros, revistas, ni juegos. El tiempo de espera debía pasarse con las y los compañeros, conversando, haciendo algún ejercicio tranquilo, repasando las acciones que tenían que realizar o bien en solitario. Tampoco podían alejarse del área asignada porque no había tantas personas disponibles. Toda la población estaba involucrada en este plan, era menester hacerse con la mayor cantidad de agua posible, en las casas nucleadas, en los campos, donde se pudiera. Este sitio estaba dedicado a nutrir las biocisternas de apoyo a los cultivos alimenticios.

Ele se había demorado en terminar de ubicarse y preparar todo. Se quedaba pensando y observando a sus compañeros y compañeras, sin darse cuenta de que se había detenido. Se sentía un aire ritual, expectante, entre emocionado y temeroso. Ceuro y Gé la saludaron de lejos. Ele salió de su ensimismamiento y les devolvió el saludo con una sonrisa. Pero su mirada se desvió a un punto detrás de ellos dos. Un poco más allá se estaban cavando unos embudos en las entradas de las biocisternas; el trabajo de canalización estaba comenzando. Ceuro y Gé se habían acercado hasta ella y, parados a su lado, miraban en la misma dirección. Luego Ceuro giró en redondo mirando el sitio en toda su extensión.

—No me imaginé que fuera a ser tan grande —dijo.

—Sigue el contorno geográfico de la lomada, el campamento mide exactamente lo que mide la lomada. ¿No parece tan grande desde la ciudad, cierto? —le contó Gé.

—Cierto.

—Eli, no te pusiste la máscara solar. ¿Estuviste así desde que salimos? ¿Dónde la metiste? —dijo Gé.

Ele la miró un momento como no entiendo lo que le decía—. ¡Ah, la máscara! —reaccionó tras un instante. Miró hacia abajo buscando, para darse cuenta de que la tenía agarrada con su mano derecha —. Acá está —dijo entre risas haciendo una mueca. No se suponía que estuvieran al aire libre sin ella. La arrugó entre sus dedos hasta que quedó finita como una coronita, se la puso en la cabeza y la extendió hasta el cuello del uniforme. Apenas colocada se sentía un poco incómoda, pero apenas se ponía a la temperatura del cuerpo, una se olvidaba que la llevaba puesta. Tres de los lugares más húmedos del cuerpo quedaban debidamente protegidos: tenía incorporadas unas pequeñas antiparras para los ojos, el espacio de la nariz funcionaba como un filtro y el sector de la boca se estiraba para poder hablar y se podía abrir para comer. Se hacían a medida para que funcionaran bien. Era una tela casi transparente, con un leve tono blanquecino, especialmente fabricada para filtrar los rayos UV y retener la humedad de la piel, pero sin sofocar los poros. Utilizada junto con el uniforme, reducía considerablemente los requerimientos de ingesta de agua. Ele nunca había entendido cómo lograban que estas telas inteligentes refrescaran la piel evitando las transpiraciones. ¿O era reutilizando las transpiraciones y exhalaciones? Ceuro le había explicado el funcionamiento una vez que lo había estudiado en la escuela, pero era una tecnología nanomolecular compleja. Algo de una reacción con los rayos UV era lo único que había sacado en limpio.

La miró de refilón a Gé. Sus cálidos ojos marrones brillaban con la emoción del momento.

—Estás contenta, ¿eh?

—Mmm… La verdad que la idea de ver llover me tiene las emociones a flor de piel… No creí que me iba a ilusionar tanto… —respondió Gé con voz vibrante—. El único problema es que así como me entusiasmo, me entristezco pensando en cómo estamos viviendo y que también puede salir todo mal… ¿Y si la lluvia fuera ácida?

—Ya sabemos qué hacer si es ácida, fue contemplado cuando armaron los procedimientos, pebeta. No te olvides del lema de nuestros tiempos: no anticipes la angustia ante tragedias que todavía no ocurrieron. —Trató de animarla Ele, y riendo ante la paradójica ironía agregó—: ¡Más vale angustiate con las que ya están aquí!

Ceuro y Gé se rieron también.

—¡Por suerte, no son todo angustias las que están aquí! —dijo Ceuro pasándole un brazo sobre los hombros a Ele y el otro a Gé, estrechándolas contra él.

—Bueno, bueno —lo apuró Gé, clavándole el codo en las costillas para que la soltara, algo dolida por el fuerte apretón—. Tenemos que volver a nuestros puestos, che.

Andiamo —aceptó Ceuro.

— ¿Nos vemos para comer? —preguntó Ele.

— ¡Sí!

— Sí.

Ya se alejaban loma abajo, cuando Gé se paró y miró para atrás dubitativa.

—¿Sabés? Me parece que… —su voz se disolvió en su respiración.

Ele la miró a los ojos y sostuvo la mirada. La expresión de Gé cambió.

—Después te digo —habló mientras se volvía a caminar con Ceuro.

—Ya sé —dijo Ele con una casi sonrisa dibujada en la comisura de sus labios, y la voz le salió tan suave que estuvo segura de que Gé no la había escuchado. Pero las palabras habían sido firmes. Y Gé las había escuchado, casi sonriendo en la comisura de sus labios también.

 

No tardó mucho en hacerse de noche. Se había establecido la costumbre de evitar las horas de mayor temperatura para no hacer un gasto de líquidos evitable, claro está, a menos que fuera una emergencia. Durante esas horas era mandatario realizar las actividades bajo techo y puertas adentro. Así que el contingente había iniciado el traslado y montaje pasadas las cinco de la tarde.

Cerca de las ocho, cuando ya todos habían podido instalarse, resueltas las dificultades que habían surgido, el guardia volante del sector de Ele les pidió a todos los que estaban en la parte alta de la lomada que se reunieran.

—Bueno equipo, llegó el momento que tanto hemos deseado. Tenemos la suerte de vivir esta experiencia bien de cerca. Disfrútenla, pero no se olviden de lo que tienen que hacer. Nuestra parte es fundamental para que todo marche bien allá abajo. Ejerciten su atención, no se pierdan un solo detalle de esta vivencia, en especial los más jóvenes, que pocas lluvias han visto en sus vidas, y hace rato que no se viene una tormenta como la que pronostican… —dijo Marton, perdiéndose en sus imaginaciones—. En fin, registren todo en sus memorias porque si todo sale bien, ¡este va a ser un día para la historia! Bueno, lo cierto es que si sale mal, también será para la historia… En cualquier caso, sabemos que algunas cosas no van a salir como las planeamos, para eso nos organizamos en equipos, y nosotros desde acá arriba vamos a poder ver todo el proceso. Acuérdense que esto lo hacemos entre todos. Apóyense y confíen los unos en los otros, y todo va a andar bien. Desesperen en solitario y nos vamos todos al tacho… Una última cosa antes de comer. Dejen sus picos y palas pegados a las cabeceras de sus bolsas de dormir. Tienen que estar a mano para cualquier apuro. El pico pónganlo abajo y la pala arriba así evitamos accidentes… Ahora sí, ¡disfruten de la comida!

Y cerró con un aplauso con voceríos de alegría. En otros sectores del campamento, otros grupos se hicieron eco de los vítores y el aire se cargó de una vívida energía. Ele se acercó a su puesto, sacó de los pies de la bolsa de dormir su pico y pala y los acomodó como había pedido Marton. Después agarró lo que sería su cena esa noche y le gritó a Ulár si quería comer con ella.

—¡Ahí voy! —le respondió Ulár, apurando sus movimientos para alistarse. Pronto se acercó y bajaron juntos a donde estaban los otros.

Encontraron al grupo sentado alrededor de un suave sol de noche. No acostumbraban usar linternas porque el cielo nocturno solía ser muy estrellado, sin grandes impedimentos visuales, pero esa noche era necesaria un poco de ayuda. Esa noche vieron más nubes que en las anteriores y sus corazones tremolaron de expectativa. Compartieron bocadillos, intercambiaron impresiones de las bienvenidas que habían dado los guardias volantes, conversaron sin rumbo fijo, rieron con rimas picarescas y chistes ingeniosos, observaron todo a su alrededor con cuidado y finalmente cerraron con un pequeño brindis a base de un cocktail miorelajante y renovador de manzanilla, potasio y magnesio. Así descansarían bien y estarían preparados para los esfuerzos que se avecinaban. Las bebidas alcohólicas no estaban prohibidas, pero para fabricar la mayoría de ellas se necesitaba agua potable, y luego causaban deshidrataciones leves –pero evitables– y mayor necesidad de ingesta de líquidos. Por lo que paulatinamente se había ido abandonando el consumo de alcohol mientras no mejoraran las circunstancias.

Ele dio las buenas noches y se fue a su puesto. Quería estar un rato sola, tranquila antes de dormir, tenía ganas de mirar el cielo e imaginar las profundidades del espacio interestelar. Una vez arriba, masticó una pastilla dental mientras se metía en su bolsa de dormir. Ele conocía la vida como había sido antes, había crecido en una cuenca pluvial donde el agua estaba por doquier. Y también había sido testigo de las crisis y de todo lo que había tenido que ser alterado para poder sobrevivir. Ése había sido uno de los grandes cambios cotidianos… El tradicional dentífrico requería bastante agua para su fabricación y uso, además de que el líquido de enjuague terminaba también en el agua, modificando las composiciones moleculares. Había sido necesario diseñar un producto que limpiara la boca efectivamente pero que pudiera ser tragado sin riesgos para la salud. Con las pastillas dentales, se recomendaba el uso complementario de un cepillo de dientes, pero no era requisito para que surtieran efecto. Sólo había que darles un tiempo para actuar antes de dejar que el reflejo de deglución se activara.

Sintiendo la atmósfera a su alrededor y divagando por viajes espaciales, se fue adormeciendo. Se despertó con un brazo enfriado y dormido porque le había quedado atrás de la cabeza. Se giró sobre su izquierda y quedó con la bajada de la loma frente a sí. Vio que unas pocas y tenues lucecitas todavía brillaban dispersas entre los diferentes sectores. Apenas algunas figuras oscuras se movían entre quienes dormían. Todas las noches habría algunos encargados de vigilar los informes meteorológicos y despertar al contingente si fuere necesario. Se sintió muy contenta de estar allí y se volvió a dormir plácidamente.

 

Todavía era noche cerrada cuando la despertó el toque sutil de una mano que palpaba el suelo. La mano encontró el pie que le había quedado fuera de la bolsa de dormir. No se asustó, ya sabía quién era. De algún modo, había estado esperando aquello. En seguida la mano subió por la pierna como si estuviera haciendo un estudio de anatomía: sí, ahí estaba la pantorrilla, entonces el resto del cuerpo estaría en esa dirección. Alguien dio una sancada sigilosa por encima de Ele y se escabulló al interior de su bolsa de dormir. A pesar de que Ele entraba dos veces en el ancho de la bolsa, el otro cuerpo se ubicó cerca de ella. Sin abrir los ojos, Ele sonrió ante la idea de que Gé se había acostado a su lado.

—¿Sabés? Me parece que... —empezó a susurrarle muy bajito cerca de su oído, repitiendo las mismas palabras que había empezado a decirle por la tarde. Ele podía sentir la tibieza de su aliento como una caricia. Gé se acercó todavía más —. Me parece que me enamoré de vos...

Sin cambiar de posición, Ele tanteó hacia atrás con la mano libre hasta encontrar la cadera de Gé. La atrajo hacia sí, haciendo que Gé le abarcara la espalda. Le tomó la mano, se la besó como si lo ilógico fuera imaginarse separadas, y se la guardó en el pecho como si el mundo hubiera recobrado su orden. Ya sé, pensó, antes de dormirse otra vez.

 

El amanecer ya no traía el canto de los pajaritos, que solamente podían vivir en las bioburbujas de vidrio. Pero el brillo del sol seguía siendo el mismo.

Gé se despertó para encontrar a Ele recostada de espalda con los ojos abiertos como platos. Miraba el cielo entre embobada y maravillada.

—Hola, pebeta —articuló medio aletargada.

Ele le indicó con la cabeza que mirara hacia arriba.

—¿Hace cuánto no vemos tantas nubes…?

Gé siguió su pregunta hacia el cielo. La visión era impresionante. La luz del sol se reflejaba en las nubes creando mil matices para las conocidas tonalidades del amanecer. El cielo tenía tal textura que casi podría haberlo tocado…

Cuando volvió a percibir el momento, miró a su lado para encontrarse con que Ele la miraba divertida. Seguramente había estado así un buen rato.

—Pero qué hacés… —dijo a la vez que le devolvía una sonrisa. Se miraron. Ele se acercó, le acarició los labios con los suyos y se volvió a alejar. El día había empezado bien.

Ambas notaron que alrededor empezaban a producirse movimientos de despertares. Gé habló en tono bajo y rápido.

—Mejor me vuelvo a mi puesto antes de que alguien se dé cuenta de que no estaba… —Giró boca abajo, apoyó codos y rodillas, inspeccionó en derredor de un vistazo, le dedicó a Ele una mirada cómplice y se fue ágil como un gato montés hasta su propia bolsa de dormir.

Ele se sentó. Se sacó la máscara, la espolvoreó cuidadosamente con el talco limpiador, y la dejó reposar. Sacó del estuche de higiene una pastilla dental y la microfibra imbuida de activos en seco para limpiarse la cara. Una vez aireadas cara y máscara, se la volvió a colocar. Olía limpia y fresquita. Hizo una inhalación grande y suspiró. La lluvia se intuía cercana. Se intuía cercana pero no podían saber cuándo ni con certeza si de hecho llegaría. Ahora empezaba la verdadera vigilia. Ahora empezaban los verdaderos nervios. Hoy iba a ser un día largo... Miró las caras de sus compañeros. Cruzó miradas con Ulár y Marton que ya se habían levantado e intercambiaban algunas palabras. Entendió que presentían lo mismo. Hoy la espera iba a ser tensa. Hoy iba a ser un día largo. Sí, hoy iba a ser un día muy largo.


Carmina Shapiro nació y vive en la ciudad de Rosario, Santa Fe, Argentina. Estudió Filosofía y dedica parte de su trabajo a la escritura académica. Después de varios años, volver a la escritura creativa y sin fines predeterminados es un bálsamo y un aliciente. En 2019 recibió una mención destacada en la segunda edición del Concurso de Relatos Filosóficos del Club de Escritura Fuentetaja con su relato “Ocupaciones inmundas”.

 

 

RESERVADOS DE BAR

Oscar De Los Ríos

 El bar oscila entre blanco y negro, sensación acentuada por el piso en damero. Sin embargo, no se parece a una postal antigua, su corte arquitectónico es más bien futurista.

Sentado a una mesa, cercana a la puerta de entrada, paseo la vista por el interior del local. Muchas mesas, pocas ocupadas, llenan el gran salón. En un principio mi atención en ellas descansa del trajín del día. Muy pronto pierdo el interés, nada inquietante sucede en este sector.

El día de hoy ha sido agobiante, rutinario…  y ya dudo que mejore. Giro lentamente la cabeza y descubro un espectáculo más atractivo, alineados unos tras otros se extienden, ocultos a las miradas indiscretas, los reservados. En ellos se desenvuelve normalmente el mundo de la intriga y de la trampa. Muchos cuernos han terminado de coronarse sobre los cojines, aterciopelados y acariciantes, de los cómplices sillones. Ocultos a la vista de los transeúntes por pesadas cortinas negras, y a los parroquianos del bar por finos biombos de bambú, en forma de paralelogramo con su borde superior cayendo de mayor a menor hacia las cortinas.

Rápidamente decido cambiar de lugar para observar con mayor comodidad el nuevo panorama. Mi accionar lo realizo en forma más lenta, a fin de no levantar sospechas. La gente tras los biombos es muy susceptible a todo movimiento que atente contra su intimidad. Me levanto despacio y me encamino hacia el baño de hombres, el recorrido realizado me permite observar cuidadosamente el interior de estos privados: dos de ellos, únicamente, están ocupados. Al regresar, me cambio de sitio a una mesa ubicada a escasos tres metros del reservado donde una pareja, ambos ya maduros, parecen discutir.

A pesar del cambio de lugar no es mucho lo que puedo observar, tampoco puedo escuchar algo de lo que hablan. Estas supuestas dificultades hacen aún más curiosa la situación.

El corte oblicuo de los biombos me permite atisbar una melena rubia y unos ojos azules, acuosos por su color y por las lágrimas que vierten. A su lado una mata rala de cabellos desteñidos, con profundas entradas, delatan la presencia de un hombre que aparenta ser mayor que la mujer. Un diálogo de cine mudo es lo único que me es permitido entrever. La mujer calla todo el tiempo, lo cual le permite un mayor lenguaje gestual: sus ojos se mueven inquietos, por la inclinación de la cabeza imagino que esta descansa en la mano izquierda y en los labios se esboza un reproche amargo. De pronto se vuelve hacia las cortinas negras, pareciendo distante y distraída. El hombre, por su parte, se aferra a un monólogo tratando de ser convincente mediante enérgicos cabeceos. Ella, saliendo de su ausencia, vuelve la faz consternada e, inclinando la cabeza, niega con vehemencia. No sé si ha dejado de llorar, ahora su rostro permanece oculto por la esterilla del biombo.

De pronto, el aire se carga de una energía tan densa que casi se puede palpar, y la situación cambia. Ella, levantando la cabeza, pronuncia algunas palabras duras, contundentes como un cros a la mandíbula. No sé cuáles son, pero su efecto es demoledor. El hombre deja caer su frente abatida y, un segundo después, la levanta tan alto que me deja ver sus ojos suplicantes.

Ella, levantándose con presteza, recoge el abrigo y trata de alejarse del lugar. Solo una mirada de asco dirige al hombre, que permanece sentado.

Con una reacción tardía él trata de detenerla, de abrazarla; ella se resiste, lo empuja, lo insulta... lo abofetea.

El insiste en contenerla. Ahora los parroquianos del bar comienzan a señalarlos; la mayoría se ríe de la escena, que sacude sus tristes vidas aburridas. Es una actitud lamentable, ajena al drama por mí presenciado. Deberían comenzar por preocuparse de sus problemas y tratar de no molestar; ser más discretos.

De repente todo cambia. En la mano de Ella aparece un arma. La situación grotesca se vuelve dramática. Ya nadie ríe, el miedo asoma a esos rostros alterados, algunos de los cuales han quedado a mitad de camino entre la risa y el terror. El tiempo parece romperse en ese instante...  fracturarse, repartiéndose de forma diferente a cada uno de los presentes.

El silencio, instaurado como único tirano de la presentida tragedia, es derrocado por el estampido violento del arma y el hombre cae como una marioneta a la que han cortado los hilos, sobre el duro piso de cerámicos, ahora rojos.

Con paso lento, mientras los demás corren hacia el hombre abatido, pues la mujer, ha arrojado el arma lejos de su alcance, abandono el bar.

A partir de hoy me encerraré por un mes en mi casa. No hablaré con nadie, no prenderé la radio ni la televisión, tampoco usaré el celular ni interactuaré en las redes sociales. No quiero recibir ninguna noticia que me rebele quiénes eran, ni por qué discutían. Los prefiero así: lejanos, extraños... 


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

EL HOMBRECITO DE LA HORCA

Víctor Lowenstein

 

Noté que algo empezaba a andar muy mal en cuanto me remangué los pantalones para cruzar el río. El siseo de unos juncos meciéndose en la brusquedad de un golpe de viento –y a esa hora del crepúsculo es suficiente una brisa para poner tensos los sentidos– trajo a mi nariz un aroma vegetal y animal a la vez. Algo entre almizcle y ámbar gris, con una fuerte pregnancia como de ruda medicinal. La sudoración de mi piel mezclada con las fragancias forestales me impresionaba vivamente; pero eso no explicaba la enervante aprensión al mirar mis brazos, de una palidez inconcebible. Mis manos lechosas, y por efecto del resplandor de una prematura luna, hallar en mis extremidades una similitud inquietante con el blanco de los brotes del cañaveral que me circundaba.

La visión del matorral próximo a la orilla me provocó angustiosas asociaciones de ideas. Las cañas se alzaban desde la tierra cual lanzas erectas acabadas en oblicuas puntas que señalaban al firmamento.

Lo más molesto, sin embargo, no era esta miríada de pensamientos sino la conciencia de saber que estas, mis aprensiones, eran producto de mi carácter supersticioso, de suponer inverosímil toda igual aprensión, y no obstante hallar imposible el librarme de este escarnecimiento en la parte física, como si en lugar de pensamientos o sensaciones fuesen las mías reacciones inevitables como tics nerviosos, inclusive independientes de toda visión, de cualquier pensamiento nefasto.

Luego de dados los primeros pasos, a contracorriente y con el fresco de las aguas en mis pantorrillas, volví a pensar en eso. Debía reflexionar, me sentía en la obligación de hacerlo.

Yo sufría miedos tontos, o que juzgaba como tontos, y deseaba dilucidar la causa. La luna brillaba en las alturas; la espesa noche vegetal reinaba a mi alrededor. Verdes juncos y exóticas madreselvas. Totoras, sauces, intrépidas hiedras. Un panal de abejas pendiendo hinchado de la rama de un arce se me antojó de pronto ominoso. Un nido abandonado que en la copa de un árbol fenecía me transmitió mudamente su agonía.

Todas estas señales de desasosiego se disparaban en mí desde remotas simas interiores, oscuridades de otra gran selva o bosque insondable en el territorio de mi alma torturada...

Pero ¿qué debía temer yo, en la simple noche del bosque? Raro era que se hubiese hecho de noche tan repentinamente, pasando apenas el meridiano del atardecer, y es que acaso vadeando el río y habiendo traspuesto la mitad de su curso ya todo estaba a oscuras y no había estrellas en el firmamento, donde la luna se cubría con nubes que se me antojaron también ominosas.

Una de mis zapatillas cayó al agua resbalando de mi mano y sentí otra vez ¡ay!, ese pulso ya horrendo de malos augurios. Cada maldito susurro entre las hojas, por nimio que fuese se me hacía señal de posibles desgracias.

El panal de abejas, vuelto a ver, tenía forma de testículos de hombre. No obstante la idea, por demás idiota me estremeció. Era ridículo, pero realmente tenía esa forma curvada y caída. Me avergoncé de mis asociaciones de ideas; pero al girar el cuello (llegaba a la otra orilla pues me había detenido súbitamente no sé por qué causa y miraba de reojo el panal de abejas) volvía a ver ese testículo, aquella glándula rugosa del color de la piel humana que hacía crujir la rama del árbol de la cual pendía. Parecía sostenida con perversa gracia, a la espera de desmembrarse y caer por el peso de la maldita colmena.

Procuré calmarme. Solo era yo, con mis miedos, en el bosque. Nada con forma humana iba a aparecer detrás de los matorrales. Ni siquiera los malditos cáñamos con sus brozas agitándose en el viento como extremidades de una multitud energúmena me impresionaba mucho más allá de mis sabidos terrores nocturnos. Ningún fantasma alteraría la inquietud natural de la noche y de sus sombras y sus criaturas. No confiaba, empero, estar libre de merodeadores, de asaltantes o de algún aparecido. ¡Ni siquiera de un fantasma del bosque! La moderna ciencia no nos salvaguarda de lo que aún no explican sus dictámenes. Por ello y por mi propia intuición atravesaba con cautela el último tramo del río. Desde allí se divisaban los granados; con sus frutos rojos y globosos colgando bajo ramas solitarias. Pervivían de emociones primarias. ¡No! Era mi alma la que se dejaba engatusar y era yo quien fantaseaba en la desangelada noche sin sueños. Pero ¿no era la granada una fruta prohibida? ¿No era la que había tentado a Perséfone en el Hades griego? Por unos momentos el negro cielo me pareció terroso como el techo de un mundo subterráneo; me dejé ahogar por fantasías del tártaro; la horripilante presunción de un infierno sobre esta tierra. Pero lo que el destino dispone los seres humanos lo deben padecer. Y lo que el destino tenía para mí dispuesto era una aciaga noche de desasosiegos. Imposible mensurar lo extenso de todo mi recorrido; lo interminable de aquellas horas en las que transité el espeso bosque nocturno camino a mi hogar. Las sentidas inquietudes de la noche; sus vulgares rumores me detuvieron en más de una ocasión, con una perplejidad refleja en los momentos en que me apoyaba en la corteza de un árbol para descubrirme luego, de rodillas sobre la hierba, que contemplaba el firmamento con embeleso, a la espera de lo que me tuviera reservada la providencia. Nadie en este universo es capaz de afirmar que la naturaleza de lo predecible rige todos los ámbitos y todos los tiempos; solo un necio se creería con el derecho a declarar que aquella noche, aquella vil y desconocida noche no pudo ser la última de las noches para mí; que pude sucumbir ante enemigos fabulosos o desfallecer exánime bajo la voluntad de mis propios demonios, o de mi propio Dios. En cualquier caso, sobrevivir a la negrura de mi pesadilla merece la sinceridad de un acto de contrición. ¿Será ese el milagro? Pero como en cualquier jornada en la que anochece, mi cuerpo reclamaba descanso y mi alma luchaba contra el sueño para sostenerlo. Mi cerebro ya no era capaz de pensar como horas atrás, en la mañana (¡tan lejana!) en tanto que mis párpados realizaban su función con evidente lentitud, un claro síntoma de fatiga. Al subir por la hondonada de tierra firme esperaba una vaga disipación de temores estigios a las puertas mismas de la ciudad, de la vida mundana; nada deseaba yo más que una cama limpia bajo un techo.

Con las zapatillas en una mano y el cuerpo goteando agua de río fui dejando atrás tierras silvestres para reingresar en la ciudad.

 

Las calles estaban desiertas a esa hora; no sé cuál era, alguna entre la noche y la madrugada creciente. Las luces encendidas aún iluminaban malamente una larga avenida transida por el mayor de los silencios; esa luz mortecina anidó en mi alma con la premura de un ave rapaz, bajo cuyas alas negras se dejaba entrever la misma lobreguez que llenaba cada espacio dado a mis ojos.

Caminé descalza sobre el asfalto sintiendo en las piernas la humedad de mis pantalones empapados. Aspiré fuertemente el aire nocturno que todavía olía a juncos y tierra mojada. Bajé los párpados y me concentré. Solo oía el zumbido de una luz de neón, por encima de mi cabeza. Dentro, las dudas esculpían formas abigarradas de verde luz ancestral. ¿Qué supervivencias, qué figuras humanas o qué clase de criaturas seducían remotos parajes de mi psiquis profunda evocando aquellos tubérculos de piel humana, aquellas aberraciones de carne vegetal? ¿Quién me aseguraba la verdad; quién me la negaba? O a un mejor decir, ¿acaso había un quién? Estaba en todo el derecho de pensar en la absoluta ausencia de un Dios o cualquier forma de sapiencia fuera de mi propio ser consciente, sacudido por las atroces pertinencias del miedo hacia todo y en todas sus formas posibles.

Y al llegar a casa la televisión estaba encendida. Lo noté al entrar al living precedida por el gran silencio de la noche. Al ingresar oí claramente la estática del aparato y los sonidos propios de alguna película entremezclados con voces. Allí, en el sofá vi a Rómulo, el amigo con quien vivo. Debo aclarar que Rómulo es un hombre que suele cambiar de apariencia con bastante asiduidad. Junto a él estaba un sujeto a quien yo no conocía; un corpulento y calvo anciano que conversaba con mi amigo en idioma alemán. Sin inquietarse por mi llegada apenas me dirigieron una mirada y siguieron comentando el film que estaban viendo; un viejo western con Charles Bronson haciendo de indio. Me sorprendió sobremanera descubrir a Rómulo dialogando fluidamente en alemán. Desconocía que mi amigo hablase algo más que un pobre castellano.

Pasé junto a ellos y con la misma indiferencia me encerré en el baño. Me senté al borde de la bañera deslumbrada por la agradable lumbre artificial que se reflejaba sobre los grandes azulejos blancos. Me gustaba ese baño. Todo era tan blanco ahí; tan silencioso durante las madrugadas que invitaba a quedarse simplemente mirando esos azulejos, sin pensar en nada. Empezaba a sentir ese cansancio en la espalda que sobreviene después de una larga caminata, de una transición desde la noche. Abrí los grifos, deseosa por darme una ducha tibia. Quité las ropas de mi cuerpo casi con asco sintiendo que despegaba de él cosas húmedas y sucias como algas u hojas podridas. Desnuda bajo la caricia del agua y entre brillos acuosos de azulejos blancos, tarareando una melodía aprendida en la niñez quedé mirando la blancura frente a mis ojos, obnubilada en mis sentidos por un deseo de dormir aparejada en la larga noche insomne atravesada a pie y nervios en las pasadas horas, que al momento se me hacían una sola pesadilla, soñada en un único instante terrible acabado de pasar y tras el cual, como entre nubes y bajo la poderosa iluminación eléctrica del baño, era exactamente como un mal sueño ya soñado que reclamaba otra vuelta a las sábanas, el urgente reparo de otro descanso, en una cama suave y bajo la protectora oscuridad.

Recuerdo haber palpado con los dedos las superficies blancas, resbalosas de agua en medio de la luminosidad que lastimaba mi vista fatigada y añorar de alguna manera la oscuridad del bosque; el mosaico tenue de claroscuros que bajaban por las enramadas invitando a las criaturas que lo habitan a pernoctar en sus muchas moradas. Dentro de los troncos huecos... en madrigueras bajo las colinas...

Cabeceó sobre los azulejos húmedos. Se estaba quedando dormida. Su brazo inseguro se estiró en busca de una toalla y oyó las voces, afuera. Ese maldito alemán hablaba a gritos descaradamente. La cerveza estaba haciéndoles efecto.

Zwei Seelen wohnen...

Ambos reían juntamente y ¿la engañaban sus oídos o también estaban entonando a coro una ramplona versión de Horst Wessel Lied a toda voz?

El estúpido de Rómulo no se detenía hasta beberse la última gota de cerveza. Solía ser generoso con los invitados y servía cada copa que veía vacía. No hablaba mucho ahora; se limitaba a responder: Ia, ia, tras lo cual se hizo un corto silencio. Luego rumores, bisbiseos y por lo bajo unas risas que no presagiaban nada agradable; el alemán vociferó algo que no pudo entender pero intercaló en la frase su nombre y tembló. Se reconoció a sí misma en aquel baño como si despertase de un sueño de siglos en el que inevitablemente volvía a ser la víctima. Ya era tarde para muchas cosas. Llena de horror se despabiló por completo y solo pensó en la toalla, en cubrirse para escapar de esos dos seres brutales cuyos pasos se aproximaban ya a la puerta del baño con evidentes intenciones de abusar de ella. In meiner Brust ! Ia ! a Jewish... ¡aj!

Estaba semidesnuda y se miró antes de animarse a salir. Esos pequeños pies descalzos no podían ser los suyos pero caminaban paso a paso desde el baño hacia el dormitorio. Las voces de Rómulo y el alemán intercambiaban risas allá en el living, donde la oprobiosa campanada del reloj de pared tañía el aire justo al caer las... doce de la noche. La doceava nota del bronce rompió lejana en el imperio de la medianoche. Allí afuera todo debía ser un paisaje de soledades dolientes hasta la lágrima. Se detuvo en mitad del pasillo. Tiritando... mojada... los oyó poniéndose de pie y cambiando palabras ininteligibles por sobre la estática del televisor y el sonido del viento, afuera; creyó entender que el alemán le pedía otra botella a Rómulo, quien con tanta bebida encima y pasadas las doce debía ser ya un vampiro o algo más monstruoso aún... los gritos del otro se lo confirmaron. La sobresaltaron sus voces cada vez más altas y el insulto desgargantado por un ataque histérico, seguido o respondido por una murmuración gutural. Y un silencio tremebundo... ICH WEISS NICHT!!!!! ARRRGGGHHH!!!!! Shhhhhh......

Corrí hacia el cuarto; temiendo que, quizás, me hubiesen visto por un instante al pasar a través del dintel de la puerta que proyectaba su sombra hasta la cocina; un relumbre de ojos rojos me siguió como un rayo. Fue inútil apresurarme hasta la cama y cubrirme debajo de las sábanas como niña asustada, como si no supiera lo que ocurriría y la forma en que los había seducido con la visión de mi cuerpo desnudo envuelto en la toalla húmeda...

Y en ese momento, un horror mayor se apoderó de mi mente y las interrogaciones más agudas estremecieron mi interior. Quien era yo, por ejemplo, era la pregunta que pugnaba por no hacerme mientras esos dos brutos se aproximaban a mi cuarto... y ya no recordaba quién era Rómulo; me esforzaba por ordenar las ideas que giraban a mi alrededor, pero tampoco estaba claro para mí quién realizaba este esfuerzo, arropada entre sábanas húmedas o quizá aún en el baño, apoyando mis manos temblorosas en los azulejos fríos.

Razonaba estas cosas, padeciendo esos horrores en mi carne; mi ser se estremecía por entero en la visión de ideas lúgubres y se descomponía en retortijones sin abandonar aquel estado de alucinada lucidez que surgía con cada espasmo de dolor, acerca de la vinculación intrínseca entre pensamientos y carne, renunciado el origen, sabiendo que bajo la misma piel y en toda la extensión de mi cuerpo éste mismo era quien pensaba, sufría y visionaba todo derramamiento de sangre; alarido agónico, desgarro visceral y multitud de tormentos pero ¿más allá de mí? En las afueras, en el bosque, una musiquilla delirante vuelve a sonar. Es el runrún de un golpe de viento entre las hojas, quebrantamientos cortos y ásperos de ramillas de arbustos violentadas por brisas nocturnas. No se escuchan los pasos de quien ande por ahí, los pies suelen hundirse en la broza húmeda sin hacer el menor ruido. Pero quien camina, como lo hacen el viento y los reptiles describiendo precisas rutas a través de enmarañadas cuestas, oye la voz del misterio en todas sus formas. La voz de los espíritus de la naturaleza entona himnos engañosos; el croar de la rana se funde con el último graznido del pájaro muerto.

Todo vuelve a ser reboño y descomposición. Lejos, bajo la tierra mora, lo que acabará por llegar a la superficie. No puede sentirse sino hasta que alcanza un cielo de humus. Pero el instante llega, fatal y lóbrego, cuando La Parca viene a reclamar lo que le pertenece desde siempre. El roer del gusano y el ladrido del cánido la conocen ya; solo la desoyen aquellos que caminan sin el temor a Dios palpitando en sus corazones; los paseantes nocturnos. Aquella noche ella retornó al bosque; la sangre manaba por entre sus piernas y reía como loca. Llorando una tristeza extraña por lo que había olvidado. Sin rencor hacia nadie. No le dolían los magullones; no le mortificaban las culpas; no gruñía de rabia. Atinó a responder el llamado de la noche. La voz de Pan entonando una sinfonía profana en las aflautadas gargantas del cañaveral cercano a la orilla de un río; y en las murmuraciones de éste, eran las arias de un rapsoda en la hora del duelo. El hombrecito de la horca, pálido niño, arrojó una soga desde la copa del árbol de mandrágoras donde vivía, para que ella pudiera subir a jugar con él. Y ella, sonriéndole, la anudó a su cuello... 


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

MARFIL. ELEFANTES. VIRGILIO

Cristian Mitelman

 

Desde hace días que duermo dos o tres horas. Luego la noche se convierte en esto, es una especie de ciénaga infinita que debo atravesar a costa de dolores de espalda y de esta molestia en el vientre que ha nacido después del último ataque de disentería que arrasó al grupo. Soy un sobreviviente. Lamento ser un sobreviviente. Cuando enterramos a Ethan Johnson sentí que una íntima envidia se derramaba en mi sangre al igual que la fiebre se me iba desparramando por el cuerpo. Y luego los dolores en la boca del estómago, el infierno vejatorio de no poder controlar las propias necesidades corporales. El hedor. Y es raro, porque el doctor Arnold tomó las mismas precauciones que otras veces para evitar los riegos de la disentería. Algo ha obrado aquí: no sé qué es. Desde hace meses la desgracia no ha dejado de rozarnos los talones. Es extraño, porque nadie en la expedición bebió aguas sospechosas. Alguien dijo que tal vez algún nativo nos haya envenenado. Al principio no quise dar fe a estas palabras porque, a diferencia de los alemanes, no hemos masacrado a ningún pueblo con la perfección rigorista del método prusiano. Pero ya no tengo confianza en nadie y el enemigo está en cualquier parte. La disentería no logró vencerme, aunque me dejó esta secuela insoportable: una especie de dolor reflejo que vuelve cada tanto, como una puñalada en el vientre (no, no es una puñalada, una puñalada es certera; esto es peor: es una mano que aprieta hasta quitarme la respiración, una mano que va hurgando mis intestinos hasta hacerme inclinar y quitarme el aliento).

Por eso envidié tanto al querido Ethan cuando aquella noche lo escuché lanzar un quejido sordo que sólo podía ser la entrada en la muerte. Un ser afincado en la vida no puede emitir aquel sonido. A la exasperación siguió un respirar hondo y luego la paz, la nada. Miraba como obnubilado un cuadrante del techo de paja por donde pasó, subrepticia, una rata pardusca.

No sé quiénes lo enterraron al otro día. Pensé que la tierra enseguida iba a devorar esas carnes y que los huesos quedarían ahí, perdidos para siempre en la intemporalidad de este reino subsahariano.

Yo estoy seguro de que todo esto empezó en cuando seguíamos las huellas de los elefantes sagrados. Marfil. Vivo de él: he matado cientos de elefantes a lo largo de las últimas dos décadas. He perfeccionado el arte de ultimar a estas maravillosas fieras. Admito que he aprendido varias cosas de ellas. Los elefantes tienen una memoria endiablada. Si logran escapar, recuerdan a la perfección quién es el que intentó cazarlos. Incluso conservan el recuerdo de si el cazador fue contra una de las crías. Seres inmensos y rencorosos. He aprendido a respetarlos por eso. Hace años sucedió un hecho curioso. Uno de mis conocidos, el viejo Trevor Bishop, murió destrozado por una de estas bestias. Nadie sabe cómo, pero en medio de la noche apareció un cuerpo brutal, una especie de descompensada máquina de guerra (el elefante se había salvado meses atrás de milagro, pero una de sus patas quedó lastimada) y se abalanzó sobre la improvisada choza de Bishop. ¿Cómo es que nadie se dio cuenta de que merodeaba el campamento? ¿Cómo no percibieron su andar quejumbroso; ese extraño latido que provocan en la tierra bestias primarias? Un nativo aseguró que el elefante parecía una sombra nacida del vacío. Y antes de morir eligió destrozar en el villorrio la morada de Bishop. Era una típica bestia de la sabana. Son más inteligentes; hay una rara astucia en sus desplazamientos. Se diría que saben despistar al hombre. Pero cuando uno aprende sus códigos, darles caza se convierte en una profesión metódica y bien remunerada. No entiendo cómo es que Bishop, con toda su experiencia, se dejó vencer por un rival que, a pesar de su inteligencia, termina siendo algo repetitivo en sus astucias. Después de su venganza, el animal se dejó matar de un modo indolente. Se diría que estaba buscando el fin. Porque lo otro que he aprendido es que son los únicos animales que tienen conciencia del tiempo y de la muerte. Cuando una pequeña manada pasa frente a los huesos descarnados de un antiguo compañero, hacen un extraño silencio y pasan sin hacer el menor ruido, como si la muerte fuera un lugar sagrado; un templo que no debe profanarse.

Yo dejé la cacería del elefante de sabana y me consagré a esos más pequeños que llaman sagrados. El cuerno rosado les eleva inmensamente su precio. Algunas casa de música de Alemania pagan cifras inverosímiles por este tipo de marfil. Aseguran que le dan a la sonoridad del piano una especie de sonido único, como sucede con el misterio de los Stradivarius.

No soy músico ni me interesan estos detalles. Si están dispuestos a pagar tantos marcos o tantas libras por el cuerno rosado, poco me importa que se destine el material para la creación de teclas especiales.

Los elefantes que yo extermino son animales más pequeños y huidizos que reciben una insospechada protección tribal. Cazarlos implica entrar en un infierno selvático donde reciben la ayuda de humanos cuyo proceso evolutivo se ha detenido hace milenios. Porque aquí ha pasado el tiempo, pero no ha pasado el espíritu de la Historia.

Ahora recuerdo aquella noche londinense en que me invitaron a un concierto de no sé qué intérprete ruso. A pesar de estar en mi verdadera patria, no me sentía feliz. De pronto sentí que era una especie de exiliado en las calles que había frecuentado tantas veces. Ni siquiera la visita a una de mis putas preferidas en el burdel que solía frecuentar cuando regresaba a la isla podía apartar esa molesta sensación opresiva en el pecho. Aquella noche estuve con amigos, bebimos champán, nos entregamos a todas las posibilidades de los sentidos. Después me ofrecieron, como una especie de coronación imperial, asistir a un concierto. Los rostros pasaban a mi lado con indiferencia; a todo dije que sí. Antes de entrar en el teatro (recuerdo que los carruajes se detenían formando varias hileras en las calles; recuerdo el frío que no mitigaban los guantes; recuerdo que deseaba volver al prostíbulo y quedarme dormido ahí, en medio de la confusión de los cuerpos) un hombre me habló.

—Van a interpretar a Rachmaninov —me dijo. Mi indiferencia era absoluta. Respondí una vaguedad—. Usted es en parte responsable del éxito de esta noche —continuó—. El piano del solista ha sido hecho completamente con el marfil que usted consigue. De alguna forma se ha convertido en un protector de la música. Ya comprobará la sonoridad del instrumento.

Sabía que esas palabras eran inútiles. Entiendo de armas; no de arpegios. Sé cómo cazar animales salvajes. Sé cómo matar nativos problemáticos. Conozco muchas rutas secretas de ese laberinto de pantanos y ciénagas que es África. Mi pulso no tiembla: cuando tuve que matar, maté sin dilaciones. Sé que por el percutor pasa, con sus argucias, la civilización. Soy, pues, un instrumento del Remington civilizatorio.

La música no me produjo nada hasta el momento en que el pianista comenzó una vigorosa secuencia que conservaba el espíritu de una lucha. De soslayo miré los rostros que me acompañaban: todos parecían estar en una mezcla de éxtasis concentrado. Yo, en cambio, comencé a experimentar una especie de vértigo imposible. Sabía que estaba allí, en una sala londinense de gran prestigio y que la ciudad me brindaba todas sus protecciones. Miré mis manos; temblaban. Era una nueva clase de frío que me corroía desde adentro. Pensé que había un tipo de influenza que estaba arrasando las costas atlánticas donde había estado meses atrás y que probablemente la hubiese contraído. Intenté calmarme pensando que a mi disposición se encontraban los mejores médicos y hospitales del mundo. Los golpes del piano me sacudían la frente. Cerré los ojos. La música de Rachmaninov era parte de una guerra que me rodeaba. Y yo era apenas un cuerpo a la deriva. “He sobrevivido muchas veces: también venceré a Rachmaninov.”

Una hora después estaba en un carruaje que me llevó a casa. Me fui a dormir sintiendo un molesto dolor de cabeza, pero afortunadamente no tuve pesadillas: caí en una especie de inmenso bloque de mármol negro sin vetas.

Al otro día me sentí mejor y me obligué a una extraña dieta de té mezclado con whisky. Los resultados fueron excelentes. Expurgué lo necesario; mi cuerpo volvió a su buena disposición de siempre. Antes de regresar al África me dediqué exclusivamente a las actividades que me eran placenteras: evité conciertos o reuniones con gente gravosa. El último día estuve en el club de Eton. Me reuní con antiguos camaradas y con el viejo profesor de latín Ernst Hopkins. A pesar de su avanzada edad, le permitían seguir enseñando en los cursos superiores. Se había convertido en una especie de caricatura de sí mismo: usaba ampulosamente el monóculo; recordaba cada uno de nuestros nombres y (admito el prodigio de su memoria única) recordaba nuestros fracasos en los exámenes y los dislates que cometíamos al presentar esas pavorosas traducciones que debíamos acometer en una hora. Apenas me vio ingresar en el club levantó su bastón y señalándome con aire de burla soltó unos versos:

Sunt geminae Somni portae, quarum altera fertur

cornea, qua ueris facilis datur exitus umbris,

altera candenti perfecta nitens elephanto,

sed falsa ad caelum mittunt insomnia Manes.

 

—El joven debió entregar el final del descenso a los infiernos cuando terminaba el segundo curso —dijo con tono acusador—. Su impericia, aunque haya sido una ofensa para Virgilio, resultó muy cómica para el tribunal examinador. Han pasado muchos años, espero que en la selva (tengo entendido que se dedica a la noble acción de llevar la cultura ad indomitos populos) sus latines hayan progresado.

—No sea tan optimista, profesor.

—No soy optimista. Nunca lo he sido. Mi edad me permite ser ridículo: es la única forma de soportar este mundo.

La cena, como era de esperar, giró en derredor de anécdotas que todos conocíamos de memoria y que a lo sumo agregaban algún detalle inexistente que todos aprobábamos para ser justificados.

Al otro día, antes de partir, pasé por la vieja librería de la Universidad y compré la Eneida según el texto establecido por Nupton.

Cuando el barco se alejó de la última grada, releí el pasaje que me había citado Hopkins y en un esfuerzo traduje: “Hay dos puertas gemelas del sueño, de las cuales una se dice que es cuerno, por la cual es la fácil salida para las imágenes ciertas. La otra es la que brilla con fulgente marfil, pero los Espíritus remiten al cielo las falsas visiones.”

Me llamó la atención que con los años conservara algo del Latín. Sentí que la memoria era una extraña ciudadela colmada de columnas y pórticos donde las viejas inscripciones distraen al viajero.

Luego volví al mundo de siempre: debía entregar una cantidad de marfil que exigía viajes más extenuantes; seguir el periplo de los elefantes; dar órdenes a los lugareños; organizar provisiones y recorridos.

El clima parecía más tenso que de costumbre. Uno de mis informantes me explicó que, en caso de seguir la ruta que me había propuesto, íbamos a matar a uno de los elefantes sagrados. Con las supersticiones de los idólatras no conviene objetar reparos: pueden ser una auténtica fuente de problemas si no se hace caso en alguna medida de sus pensamientos. Les prometí que no íbamos a tocar ningún animal que consideraran sagrado, fuera un ave, un cocodrilo, una pulga o un elefante. Pero sabía que les estaba mintiendo: las casas de música me exigían material y yo no podía permitirme el lujo de perdonar bestias protegidas vaya a saber por qué milenarias supersticiones.

Lo cierto es que después de dos semanas de marcha no habíamos encontrado nada, hecho que había alterado mis nervios. Pensé que esos malditos estarían llevándome por rutas equivocadas, lo cual era improbable porque había aprendido a conocer el terreno con más precisión que los burdeles británicos.

Durante el viaje, Rachmaninov y Virgilio parecían ocupar mi mente. Se mezclaban y se superponían formando cadencias imposibles. De noche me lanzaba a la lectura del Canto Sexto ayudándome con la traducción que aparecía en la página contigua. El concierto para piano aparecía en mi mente de un modo fragmentario: a veces creía escucharlo con facilidad; otras tantas sabía que estaba inventando una música absurda, fantasmagórica.

Antes de que los ríos comenzaran a bajar su curso aparecieron las huellas de los elefantes. De nuevo me aconsejaron que me abstuviera de tocar aquellos animales. Mandé al diablo a no sé qué jefezuelo y cuando sentí que se ponía agresivo lo acallé con un disparo perfecto entre las cejas. Aunque conozco los rudimentos de estos dialectos primarios, sé que antes de ultimarlo me maldijo. Son circunstancias inevitables.

Luego me dediqué a mi oficio con una especie de alegría inocente. Le estaba entregando al mundo la sustancia de los mejores pianos; las salas europeas iban a colmarse de arpegios nunca oídos. Pensé que el corazón de la música brotaba de mis disparos y que mi arte, mucho más cercano a la percusión, era una especie de anticipo de los mayores refinamientos.

Ahora los sonidos de la ciénaga se van filtrando por mis poros. Siento cada una de las reverberaciones del barro y el salto de las arañas sobre el insecto que se debate en la tela. La luna desgasta su brillo en las aguas barrosas. Ardo en fiebre. De una de las talegas extraigo el marfil. Intento que su frío atempere este ardor que calor innoble. Otra contracción del estómago. Fluyen mis intestinos en un líquido infamante. Estoy manchado y toco la pureza del marfil con mis manos que salpicadas de inmundicia. Algún día van a encontrar los restos de esta expedición. Espero que las temporadas de lluvia y lo posteriores veranos limpien mi carne y borren las marcas de mierda que he dejado en los trozos de cuerno. Espero que lleven el material a Alemania y que de una vez por todas las manos de los hermanos Bechstein pulan las piezas y ensamblen un piano cuyas notas se esparzan por los teatros de Europa y sigan más allá, en las tertulias, en los prostíbulos, en las reuniones de la cancillería. Ya no seré parte de las astucias y las falacias de ese sueño. Yo también soy una pieza más de ese piano que no es más que una vasta máquina cuya astucia todo lo devora. 

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

Y HABLANDO DE FUNES…

Gabriela Vilardo

 

Y hablando de Funes, Borges, enfrente, justo enfrente de mi casa, desde donde yo siempre observaba el mar, un hombre se apostó en esa orilla durante siete veranos, como si vigilara algo. Era su forma de existir si a eso se le podía llamar existir. Un hombre diferente a su mencionado “Funes, el memorioso”, el de su historia; pero muy cercano en la forma de enajenarse. Cuando supe de este hombre, me acordé de su Funes. Y pensé que éste era el mío, el que yo había conocido y por eso le cuento. Mi Funes, distinto del suyo, Borges. Y recuerdo también, como usted, su cara no taciturna ni aindiada; tampoco singularmente remota pero sí redonda, con ojos saltones que, a veces, parecían desaparecer bajo los párpados caídos y, en ocasiones, agrandarse demasiado como queriendo alcanzar algo; y la verdad es que el hombre algo quería alcanzar. Y sabe, Borges, yo a mi Funes lo recuerdo siempre parado ahí, en la orilla o entre los arbustos, caminando con la cabeza gacha y pala en mano. Diques de jardinero que se daba en su casa, la que lindaba con la mía, después me enteré. También mi Funes se paraba detrás de la reja como un prisionero, cuando no se le daba por apostarse frente al mar, y desde ahí mirar hacia mi ventana. Es muy perspicaz su pregunta: supongo que miraría otras ventanas también.

 Y aquella actividad, rol u oficio, como usted prefiera llamarlo, la de jardinero por elección, era lo que lo mataba, porque el pensamiento, mientras él podaba o acomodaba algún arbusto caído por acción de los vientos huracanados, sí, el pensamiento hacía de las suyas. Pero no como el de Funes, su Funes, Borges. No, todo lo contrario. Su Funes recordaba tantos detalles de todo lo que vivía que no podía hacer ningún tipo de abstracción. Su Funes, Borges, era capaz de saber, como usted dijo, “las formas de las nubes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez”, así contó usted, Borges. Su Funes se atormentaba con los detalles, con la nitidez de los detalles y con la abundancia de los detalles. No así mi Funes. No, su Funes se agobiaba recopilando recuerdos y cada segundo se convertía en una imagen nueva, por lo que yo entendí; y los tenía a todos en la conciencia intentando una infernal convivencia entre ellos. En cambio, a mi Funes, le pasaba todo lo contrario. Estaba trastornado con un solo recuerdo. Uno solo. Uno que atravesaba sus momentos de vigilia y de sueños. Uno que le impedía proyectar algo. Uno que opacaba la claridad de todos los detalles de las imágenes, productos de sus percepciones. Y en esa actividad, la de la jardinería, en la que sólo se escuchaba el canto de los pájaros, uno podía ver a Funes, mi Funes, mirando las plantas pero sin verlas porque entre las múltiples hojas y sus láminas, nervaduras, estípulas, pecíolos, ranuras, folíolos, ápices y márgenes que su Funes hubiese percibido, éste, mi Funes, veía una sola foto: la imagen de una mujer de cabello oscuro y ondulado.

 Mi primer recuerdo de ese hombre fue muy nítido. Lo vi ahí, con sus manos en los bolsillos y su campera de jean, mirando el mar. Su cabeza, protegida con una gorra. El hombre, frente al horizonte; y el horizonte, en donde el cielo y el agua se unen, invadiéndolo a la distancia y sumiéndolo en un único pensamiento. Lo sé, Borges. Lo sé. Una imagen recurrente.

 Mire, ¡qué curioso! y sé por qué le hablo de algo recurrente: vi el cartel de venta en la casa lindera con la mía durante muchos veranos, pero estaba a las claras que no aparecía comprador porque Funes, mi Funes volvía una y otra vez cada año. Era un hombre de familia que veraneaba solo. Diciembre por medio traía a su madre, a quien sentaba debajo de una higuera añeja, mientras él se acercaba a aquella mujer de cabello oscuro y ondulado cuya figura ocupaba todo su pensamiento. Dicen que la primera vez que la vio fue cuando ella estaba totalmente concentrada, con su cámara fotográfica, en el momento justo en que una gaviota había decidido, por decirlo de algún modo, apoyar sus patas en la arena. Sí, por supuesto que su Funes hubiese contabilizado treinta aleteos, al menos ocho o nueve movimientos de cabeza del animal, cuatro o cinco planeamientos intentando el aterrizaje, y estaríamos hablando de cuarenta y cuatro imágenes en menos de diez segundos en la cabeza de su Funes. Pero en la de mi Funes, ni siquiera se había dibujado la gaviota, que él mismo había espantado con su presencia, sino la figura de la mujer que apretaba el disparador de su máquina fotográfica en un intento fallido de congelar esa realidad. Dicen que cuando sus miradas se encontraron él había tomado una fotografía de ella pero sin cámara. La imagen de esa mujer de cabello oscuro, ondulado, que iba descalza con un vestido de bambula blanco y que llevaba una cámara fotográfica había quedado en la retina de mi Funes. Sí, la conservó por años. Dicen que la buscaba en cada rostro de cada lugar adonde llegaba. La veía en la camarera del bar, la veía en la enfermera de su madre, la veía entre las monjas de una procesión. La buscaba en la playa de estacionamiento, entre los árboles de un bosque, la descubría entre las nubes que oficiaban de espesa niebla en un cerro.

 La vio en París, en Londres, Barcelona. La buscó en Buenos Aires en las cantinas de la Boca, en las tanguerías de San Telmo, en las piernas de alguna bailarina, en una muestra de pinturas entre los espectadores. La buscó en un recital. La buscó en el cementerio, entre los vivos el día de los muertos. La buscó en las gigantografías de avenidas. La tenía ahí, en su cerebro como figura. El fondo era todo lo otro: botellas de licor, sueros y vendas, cirios y santos, señalizaciones viales, troncos añosos, precipicios y valles, la torre Eiffel, el Arco de Triunfo, Los Beatles y su “She loves you”, una tribuna, un bandoneón y un piano. Y las tumbas. Todo junto y desdibujado en grandes carteles de ciudades con una figura central: ella.

En Mar del Plata la solía tener frente a frente. Inventaba caminatas para detenerse y admirarla mientras ella pasaba su tiempo tomando fotos a la orilla del mar. Funes se le acercaba con el pretexto de conocer acerca de la técnica… que si la lejanía del objeto, que si el foco, que si el marco… Sí, había logrado un acercamiento.

 Y después, a su regreso, ya en Buenos Aires, la volvía a ver en el subte, la buscaba en las plazas y en las esquinas atestadas de gente. La descubría en una fotografía de un álbum viejo, la veía escuchando una canción en la tapa de un disco imaginario, hasta el próximo verano. Y ahí, en la playa, se le juntaban las dos. La de su retina y la real. Se hacían una. Sí, Borges, así como le cuento. El trastorno de un solo recuerdo se le había hecho una realidad concreta que supo tener junto a él en su cama. Créase o no, supo arrancarle admiración luego de confesarle su sentimiento. Obsesivo, por cierto. Lejos de rechazarlo ella se había sorprendido y lo había empezado a ver atractivo. Pero lo atractivo desapareció gradualmente conforme él le manifestaba su necesidad de poseerla. Y ella emprendió una elegante retirada que lo lastimó hasta desquiciarlo. Dicen que él escuchaba la música preferida de la mujer de vestido blanco, que se acostaba pensando en ella y se despertaba a medianoche con aquella imagen del deseo hecho realidad, y que lloraba al comprobar que la mujer ya no estaba... Dicen que sin abrir los ojos, la veía. Sí, Borges. Estoy segura. Y hablando de Funes, mi Funes, dicen que hubo intento de la mujer de conciliar emociones por lo cual él había recuperado chispa en la mirada, pero su deseo de posesión eterna fue recurrente y la retirada elegante de ella, también. Dicen que además de acostarse y despertarse con esa foto en su cabeza, se volvió taciturno, distraído; dejó de contestar a las preguntas con coherencia. Dicen que perdió a sus amigos y a sus conocidos más cercanos, que se volvió huraño y agresivo, y que miró a su madre desde lejos cuando la encontraron muerta debajo de la higuera. Sí, Borges estoy segura. Fíjese, una sola imagen, inamovible, puede afectar la salud de alguien, tal como lo opuesto, tal como le pasó a su Funes que recordaba múltiples y miles de detalles. Este Funes dinamitó su cerebro con aquel único pensamiento. Lo sé. Usted debería creerme. Ese hombre nunca me devolvió aquel vestido blanco de bambula. Perdón, Borges, si me disculpa, una gaviota ha decidido, por decirlo de algún modo, apoyar sus patas en la arena. La veo desde aquí. Una fotografía que siempre quise tomar.


Gabriela Vilardo es profesora en psicopedagogía, artista plástica y escritora. Nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, en 1964. Ejerció la docencia desde el año 1989 hasta el 2016. Dictó talleres de creatividad y de apoyo a docentes. Obtuvo reconocimientos nacionales e internacionales por sus cuentos y microrrelatos, algunos de los cuales formaron parte de antologías. Publicó tres novelas juveniles: El misterio de Don Anselmo (2005) Rosendo, un esclavo en la Revolución de Mayo (2010) y Del revés (2018) En el año 2015 publicó Ausente de mí, novela que escribió con Alejandra Guallart Becerra. En el año 2018 presentó la novela De entrecasa y en 2023 SISA (novela histórica).

 

EN CASA AJENA (OCHO)