sábado, 8 de noviembre de 2025

LA PARTIDA

Gastón Caglia

 

El siguiente relato obedece a la más pura realidad, aunque muchos, o todos los que quieran oír, lo nieguen con un rotundo no en sus rostros. No me demoro en preámbulos, las pesadillas comenzaron a sucederse la misma noche en que falleció ahorcado un ignoto y sufriente pariente. Un primo lejano de mi padre con el que gozaba de una muy lejana relación con él.

Su cadáver fue hallado dos o tres días después de muerto en la mísera pensión en que se alojaba en el centro de la ciudad. Allí pasaba sus días en un lento declinar producto de la crisis económica y de sus propios demonios. Sus humores putrefactos habían hinchado su cuerpo hasta lo indecible. Pendía de una viga que cruzaba el techo haciendo de él una continuación pero hacia debajo de la deteriorada estructura. Su cuerpo pendía inclinado hacia el piso de mosaicos cuadrados y tan desgastados por el paso del tiempo como la vida de este primo. Sus piernas estaban completamente deformadas, es que la gravedad hace que los líquidos del cuerpo, que ya no circulan, vayan hacia abajo, depositándose según la ley de la gravedad. No se asuste amigo lector, hasta acá llega esta breve descripción forense, lo que viene es peor.

La serie de acontecimientos que se desencadenaron bien tienen relación con este hecho que pocas líneas periodísticas ocupó. No estoy loco, si eso es lo que pretende concluir a esta altura. Aunque todos los locos dicen lo mismo, como los presos en la cárcel, que son todos inocentes. Una prueba de que mi raciocinio se mantiene intacto es esta idea: el suicidio de una persona puede ser catalogado como una eutanasia encubierta en razón de la miserable vida afectiva y laboral que lleva como mochila una persona y aunque otras también pueden ser las causas y muchos sociólogos han escrito sobre ello, éstas creo que fueron las que arrojaron a mi primo lejano al abismo.

 

Una vez a la semana, tal vez cada quince días, con la excusa de una visita informal, ocasional y sin previo aviso, se dejaba caer por nuestro hogar, la casa en la que vivía junto a mis padres y hermanos. Si bien nuestra posición económica no era holgada, por lo menos permitía siempre poner otro plato a la mesa. La cuestión es que sus visitas eran el preludio de la invitación forzada para quedarse a cenar.

Nosotros sencillamente lo sabíamos y nos dábamos el lujo de callarnos cada vez que se dejaba caer por nuestro domicilio. Lo recibíamos, porque más que un pariente lejano al que por ley no se le deben alimentos, cuestiones humanitarias, de conciencia y de salud para nuestros corazones y estómagos, así lo solicitaban. El olor a sucio por la falta de higiene personal era soportable, y en contadas ocasiones mi papá le regaló alguna camisa vieja.

Mientras mi madre preparaba la cena y mi padre se abocaba a la limpieza profunda de algún arma de fuego en la sala contigua, este visitante y yo departíamos hablando nimiedades y ocasionalmente para matar el tiempo jugábamos alguna partida de ajedrez.

Las piezas eran conducidas no con disimulado desgano por mi general. Por el bando contrario las piezas eran llevadas con un absoluto desconocimiento de las más básicas reglas de la guerra de los trebejos. De común una batalla entre un general indolente y otro torpe lleva a escaramuzas y chapucerías de tono cambiante. Así y todo normalmente las partidas nunca terminaban en jaque mate dado que las charlas, muy similares a monólogos por turnos, estiraban la refriega hasta lo indecible.

Así transcurrió un tiempo difícil de precisar, propio de los hechos intrascendentes...

 

Las visitas semanales se espaciaron con el tiempo y en algún momento cesaron aunque no dieron lugar a ningún asombro. Su ausencia no era en absoluto extrañada por mi familia dado la discontinua periodicidad con que nos visitaba. Así que las pesadillas comenzaron sin una razón mejor. El día en que nos anoticiamos del trágico deceso nada cambió en nuestra rutina, tan sólo un comentario de compromiso y el disgusto de mi padre de tener que visitarlo en el velorio, y algún papeleo en la Fiscalía Regional, después de todo, él era el único pariente directo de su primo.

Las pesadillas comenzaron como un juego recurrente que me dejaban apesadumbrado por horas, corría por el barro en una recta ruta de asfalto lleno de baches e inundada por olas de un río desbordado. Debía llegar a una montaña hecha de lodo, que no me permitía treparla de lo imponente que era.

Con el devenir de los días estas horrendas pesadillas, que me dejaban insomne y en un estado de gran agitación durante la vida diurna, sucedieron días en los que sufría agudos dolores de cabeza, insoportables jaquecas que prácticamente me cegaban, llegando al extremo de pensar en quitarme la vida o arrancarme los ojos con un destornillador con el fin de terminar con ese sufrimiento. Mis padres nada podían hacer al respecto y sólo velaban por mi salud poniendo paños fríos en mi frente. Un empecinado esfuerzo de mi parte y una tozuda resistencia a recibir al galeno de la familia ensombrecieron a mis padres en un mutismo hermético, todo transcurrió puertas adentro de la casa. Los vecinos, como es de suponer, nada supieron.

A esos días le sucedieron largas, prolongadas, casi eternas noches sin sueño durante las que me mantenía en un estado de aparente vigilia noctámbula y su posterior letargo diurno; la cuestión es que las fuertes jaquecas y ese estado insomne acentuaron mi mal humor y mi carácter huraño cercenando de cuajo lo poco de vida social que me quedaba para ese entonces.

La crisis económica del veinte se llevó mi negocio de antigüedades y con ello a mi prometida.

Al tiempo comencé a investigar con potentes drogas poniéndome como conejillo de indias, pero los resultados fueron adversos y no fructíferos. Los raptos de lucidez brindaron nuevos, fuertes y elaborados sufrimientos. Cuando el tiempo y la declinación de mis facultades se hizo evidente probé con especialistas médicos y pseudo médicos. Ni el reiki ni la homeopatía resultaron beneficiosos. Todos confluyeron en degradar más mi salud.

 

El último esfuerzo lo realicé arrastrándome hasta un manosanta de los barrios bajos, un médium que vive recluido a la sombra protectora de los ojos de las autoridades legales en una zona inaccesible para ellos. Había perdido veinte kilogramos y mi rostro se encontraba desfigurado por las recurrentes jaquecas y la falta de sueño. No tuve que golpear las manos para anunciarme, la vivienda, si a esa tapera se la puede llamar así; carecía de timbre o algo similar, las paredes del frente se encontraban con el ladrillo a la vista y mucho peor era el interior con muros a los que les dieron una mano de pintura hace miles de años. Grandes borrones de humedad remedaban las manchas de Rorschach. Al cruzar el umbral de la precaria casa, un descolorido personaje apareció en el dintel de la puerta interrumpiendo el paso. Me tomó de las manos y me introdujo en su santuario. Las velas negras y rojas emitían diversos y sofocantes olores agridulces y amarillos, los santos de dudosa procedencia miraban desde su pedestal hacia abajo en un ángulo en el que desde donde se los observara daban la impresión de que la mirada fija en uno. Detrás, estaban las desconchadas paredes como únicos testigos.

Você tem uma conta pendente com um defunto (Tiene una cuenta pendiente con un fallecido) dijo a modo de presentación.

De mis ojos inyectados de sangre a causa de las drogas y la debilidad mental brotaron palabras mudas que solo el gurú del más allá pudo comprender o traducir.

Você tem um item excepcional com um parente distante, ele está esperando por você (usted tiene una partida pendiente con un pariente lejano, él está aguardando por usted). Ele está esperando por um tempo até à data, você se lembra? (Él está aguardando desde un tiempo a la fecha, ¿usted se acuerda? prosiguió. Con un solo gesto mío el médium continuó: Yo, el pai Carlitos, te ordeno que recuerdes, hace mucho tiempo dejaron partidas suspendidas para futuro farfulló mitad en español, mitad en portuguésy nunca se terminó, voce recuerda?

Sus manos se posaron en mis sienes mientras la situación un tanto estranbótica para mi mente racional comenzaba a interrogarse cómo había dado mi cuerpo en llegar a esta situación y en ese lugar sin dudas dantesco.

Sus dedos índices operaron como circuitos conductores de electricidad poniendo en funcionamiento algunos sectores todavía no dañados de mi cerebro. La situación, si la hubiera presenciado desde fuera, diría que era propia de Nicolás Tesla y sus maravillas eléctricas moviendo fuerzas telúricas y dirigiéndolas hasta lo más recóndito de mi sesera.

La electricidad corrió por mis sienes de izquierda a derecha y, como recuerdo de un hecho vivido días atrás, vino a mi mente la partida de ajedrez que dejamos inconclusa en la casa de mis padres la última vez que nos habíamos enfrentado.

Recuerdo ahora que jugué muy mal, peor que de costumbre, y estando en posición muy delicada, casi comprometido mi rey por las fuerzas rivales, aduje que debía partir de inmediato a cumplir con un recado totalmente inexistente. Esa iba a ser mi primera derrota frente a mi primo. En definitiva, una excusa de último momento me salvó del oprobio.

—El tablero está allá —dijo el pai—. La partida debe continuar…

Intenté protestar aunque fue en vano, las palabras no brotaron de mis labios, simplemente mis pies se arrastraron a los tumbos hacia el cajón de manzanas que hacía las veces de mesa en donde se apoyaba un deslucido juego de ajedrez armado con piezas de distintos modelos de juegos, entre ellos un rey mocho y un alfil pintado evidentemente a mano. Los peones, fiel a su última condición dentro del juego no respetaban uniformidad ni de color ni de tamaño.

Ya sentado en el piso de tierra, sólo atiné a levantar la vista un instante a modo de súplica. Sublimes lágrimas rodaron por mis mejillas y mi mano izquierda se dirigió hacia el caballo cobarde en retirada. Como en la vida real éste también iría al matadero muy pronto.

Sei agora que apostar forte neste jogo, mas não em causa, uma ligeira suspeita me diz que há muita coisa em jogo (Yo se ahora que apostaron fuerte en esta partida, pero no sé de qué se trata, una leve sospecha me dice que hay mucho en juego); não é assim?

Entre tanto mi corcel retrocedía en busca de resguardo mientras mis peones se batían en titánicos y desiguales lances sin posibilidad de victoria. Ahora todo es más claro, como en la fría y despejada mañana invernal, un aire congelado ingresa a mis pulmones y se desperrama con mi sangre por todo el cuerpo, ahora recuerdo que la apuesta había quedado abierta, el vencedor podía pedir lo que quisiera. Nunca le dí importancia.

Estoy en el rancho jugando por mi vida y mi rey a punto de ser jaqueado. Ahora recuerdo...


Gastón Caglia es abogado, mediador y profesor de ajedrez. Ejerce como funcionario del Poder Judicial de la provincia de Santa Fe. Tiene 48 años, y vive en la localidad de Reconquista, provincia de Santa Fe. Escribe cuentos y relatos de ficción en general y ciencia ficción y terror en particular, bajo el pseudónimo de “Felipe Bochatay”. Ha publicado en algunas antologías de cuentos en formato papel y también en medios electrónicos latinoamericanos como en “Anapoyesis”, o “Narrativa”, entre otras. Asimismo escribe ensayos de sociología, literatura y ciencia ficción en su blog o en medios digitales y  podcast. Formó parte del comité científico de “Iberoamérica Social”.


 

EL AFINADOR TEMPORAL

João Ventura

 

Ya su padre, y el padre de su padre, y los demás antepasados que no había conocido se dedicaban a afinar el tiempo. No se sabe quién descubrió que el motor del tiempo eran los relojes, que para que el tiempo fluyera necesitaba un tic tac rítmico. En ausencia de relojes, todo permanecía estático, exactamente igual que el minuto anterior. En las casas, en todas las habitaciones había siempre un reloj que marcaba el tiempo segundo a segundo.

Cuando la comunidad quería honrar la memoria de algún ilustre ciudadano fallecido, retiraba todos los relojes de la casa donde había vivido, y el interior de la vivienda quedaba así paralizado en el tiempo. Estas casas se convertían en lugares de veneración, y los visitantes debían dejar sus relojes en la entrada para que el interior de la casa permaneciera inalterado durante siglos. El afinador apercibía el vacío de estos lugares con el tiempo suspendido, como si fueran agujeros en una trama bien tejida.

Hace años, uno de los habitantes del pueblo decidió marcharse. Durante mucho tiempo nadie tuvo noticias de él, hasta que un día regresó. Y contaba historias extraordinarias de lugares en los que el tiempo fluía sin necesidad de relojes que lo impulsaran. Donde la entropía aumentaba en todas partes, y no sólo donde había un reloj que la hacía crecer.

En general, la población reaccionó con incredulidad ante lo que decía. Especialmente las personas mayores, que no se privaron de expresar su escepticismo y su rechazo a ideas tan absurdas como ofensivas. Estaba programada una reunión ordinaria del Consejo Municipal, y comenzó a correr la voz de que se presentaría una propuesta para que aquel hombre, fuente de ideas subversivas, fuera desterrado de la ciudad. Alguien se lo dijo, y antes de que eso ocurriera, recogió su reducido equipaje y, en un amanecer todavía oscuro, se alejó por el camino por el que había llegado.

La ciudad volvió a su calma habitual. Incluso la desaparición, en los meses siguientes, de dos o tres jóvenes, sólo provocó algunos comentarios en voz baja. La versión más común de los hechos era que habrían dado crédito a aquellas absurdas noticias y se habrían ido en busca del lugar donde el tiempo fluía libremente.

El afinador, yendo de casa en casa en su continua tarea de mantener los relojes, se dio cuenta de los pequeños cambios en el comportamiento de sus conciudadanos. Pequeños detalles que pasarían desapercibidos para alguien menos observador.
Fue el ama de casa quien se detuvo, absorta, mirando al frente sin ver, hasta que el olor a sopa quemada la despertó de su letargo. O el molinero que se olvidó de poner el grano en la tolva y se quedó, pensativo, viendo cómo la muela giraba en vacío.

El día de su visita mensual al reloj de la torre, el afinador decidió verificar con sus propios ojos las descripciones que había escuchado. Esa noche, con el pueblo dormido, preparó una mochila con algo de ropa, comida y su caja de herramientas, cerró la puerta con llave y marchó por la carretera que salía del pueblo.

Mientras caminaba, se preguntó cómo avanzaba el tiempo en los campos cultivados. Quizás el ritmo día/noche era suficiente para empujarle, o el susurro del viento en las hojas tenía un componente regular inmerso en el ruido aparentemente caótico.

Tardó tres días en llegar a la ciudad más cercana, que era bastante más grande que la que había venido. Vagó lentamente por sus calles, buscando señales de mecanismos para empujar el tiempo, sin encontrarlas. Había relojes, por supuesto, pero parecían tener una función pasiva. Visitó un museo, un lugar que comprendió que estaba destinado a preservar el pasado, pero dentro del edificio el tiempo fluía como en todas partes.
Pasó por delante de un taller de relojería que tenía un cartel en la puerta que decía "Se busca aprendiz". Entró, habló con el propietario y acordó un salario (pequeño) y las demás condiciones.

Alquiló una habitación cercana y al día siguiente se puso a trabajar. El jefe no tardó en darse cuenta de que no había contratado a un simple aprendiz, por lo que no tardó en aumentar su salario. La forma casi intuitiva con la que detectaba los fallos y los reparaba rápidamente le hizo ganarse la simpatía de los clientes.

Pasaron unos años y su jefe, ya mayor y sin hijos, le propuso asociarse. Tiempo después, a su muerte, el propio afinador pasó a ser el propietario del negocio. Y los relojes de la gente del pueblo seguían pasando por sus manos para ser afinados o reparados. Dejó de pensar en los relojes como máquinas que impulsan el tiempo y empezó a verlos simplemente como objetos que medían el paso del tiempo.


A veces aún piensa en la ciudad donde nació y vivió parte de su vida. Imagina que, poco a poco, a medida que los relojes se paren por falta de mantenimiento, la ciudad se irá deteniendo más y más en el tiempo. Y que dentro de unos años será descubierta por los arqueólogos y su hallazgo ocupará grandes titulares en los periódicos: "¡Una ciudad donde el tiempo no corre!", lo que atraerá a físicos y filósofos, siempre interesados en discutir la naturaleza del tiempo.

Pero eso será un problema para la Academia, piensa el afinador. Sólo tiene que preocuparse de limpiar los mecanismos, lubricar las ruedas dentadas y, eventualmente, sustituir alguna pieza desgastada en los relojes que se le confían. Y eso es lo que seguirá haciendo mientras el río del tiempo siga llevándolo.


João Ventura es portugués, docente universitario, le gusta leer y escribir, es casado y tiene dos hijos. Como le gustan las palabras, creó en la blogosfera un espacio para ellas, que naturalmente se llama “Das palavras o espaço”, donde va colocando textos con cierta irregularidad. Vive en Lisboa.

LA CASA ENTRE LAS DUNAS

Lidia Nicolai

La playa está desierta y el viento arrecia. Ernesto Rodríguez sale del mar. Camina encorvado en dirección a los médanos friccionándose los brazos con las manos. De pronto se vuelve hacia el mar: intenta distinguir algo entre las olas. Sacude la cabeza contrariado, y sigue andando hacia los arbustos, en busca de su ropa. No bien se pone el jean, ve en lo alto del médano al muchachito que estaba buscando. Sin quitarle los ojos de encima, se calza las zapatillas, se abriga con el rompevientos y ajusta el reloj a su muñeca.

Sonriente, el chico baja hacia él rodeando los matorrales. Ahora que puede verlo con más detenimiento, Rodríguez le calcula unos doce años. Sin deliberación, sino llevado por el hábito de tantos años en la Policía –ahora está retirado–, observa y deduce. Y todo el aspecto del niño, desde el pelo enmarañado y el gesto sonriente a la campera y la malla que bailan sobre su contextura robusta, le hace pensar en un pequeño sinvergüenza. 

—¡Estás acá! — le grita por encima del ruido de las olas.

—Acá estoy, sí. ¿Dónde, si no?

—Te me fuiste de las manos. Pensé que…

—Nadé —dice el muchachito, y levanta los hombros en un gesto de suficiencia. La sonrisa es amplia; el tono, impertinente. De la nariz le baja un hilo de mocos, que se limpia con el brazo—. Conozco estas aguas mejor que nadie. 

—¿Y entonces…? —El hombre se da calor con las manos y arruga el ceño.

—Hice como que me ahogaba. Siempre hago eso. Me gusta ver qué hace la gente. Quién se arriesga y quién no. 

—¡Bien que me jodiste! Y ahora te hace gracia, ¿no? ––Rodríguez empieza a enojarse—. ¿Cómo te llamás?

—Gustavo, pero me dicen Tavo. Venga conmigo, mi mamá nos espera con algo caliente para tomar.

—Justamente con tus padres quiero hablar. No puede ser que hagas estas cosas. 

Y a Rodríguez –que habla con tono serio y sereno, aunque está furioso–, no se le escapa el hecho de que el muchachito no muestra la menor pesadumbre por lo que acaba de decirle. Al contrario, la amenaza parece haberlo animado: la sonrisa es más amplia, y el movimiento incesante del cuerpo permite imaginar un extraño estado de entusiasmo. ¿Sufrirá de algún retraso mental?

—Vamos, señor. —El tono es de exaltada insistencia—. Mi mamá nos espera con un té calentito. 

Rodríguez repara ahora en el “mamá nos espera”. ¿Acaso la madre tiene poderes adivinatorios y sabe que su hijo va a ir acompañado? 

Mira la hora, y decide seguirlo. Tavo ya sube el médano. Se alejan de la playa, entre las dunas, rodeando los arbustos cada vez más altos y abigarrados. El chico va dando saltitos y de vez en cuando echa miradas sonrientes hacia atrás, la nariz siempre goteándole. La furia del hombre se va espesando, y le cuesta no dejarla traslucir. No le encuentra sentido a la alegría de Tavo: ¿cómo puede ser que la amenaza de hablar con los padres no le importe? Rodríguez se dice que lo agarraría y le daría una buena paliza en esas nalgas morrudas que tiene. Reprime esos impulsos; sólo debe informar a los padres acerca del peligro que corre su hijo al hacerse el ahogado. 

—Usted está enojado conmigo, señor.

—Es que lo que hacés no es ningún chiste. Es algo muy jodido. Pusiste en peligro mi vida y la tuya. Para colmo, hoy es un día de bandera roja, con este viento. —Sólo por unos segundos, Tavo deja de moverse y sonreír; mira algo a unos metros por delante—. Y que te quede claro ––la voz de Rodríguez truena–– que voy a tu casa sólo para informarles a tus padres. 

Tavo se sorbe los mocos y se adentra en un matorral. Desaparece de la vista.

—¿Qué hacés? 

La respuesta llega opacada por el ramaje:

—Espéreme un minuto, que estoy agarrando un yuyo para mi mascota, que sufre de la panza.

Y sale del matorral con unas cuantas ramas de florcitas amarillentas, que estampa contra la nariz del hombre antes de que este atine a dar un paso atrás. 

—Tienen rico olor —dice Tavo riéndose; después las huele él. 

Siguen subiendo por la ladera de una duna hasta que el chico de pronto se detiene y señala una hondonada verde. 

—Ya llegamos a mi casa.

—¿Dónde está? No veo ninguna casa.

—Abajo.

El hombre camina hasta la parte más alta del médano, mira hacia abajo y distingue una casita con techo a dos aguas semioculta por arbustos altos. No imaginaba que hubiera construcciones entre las dunas; seguro que esta casa es ilegal, no paga ningún impuesto.

—¡Vamos ––apura el muchachito––, no se quede ahí parado!

Rodríguez casi no lo oye. Piensa: maldita suerte la mía. No hace ni un mes que trabajo en el hotel, y el primer día que se me ocurre caminar hasta el faro Querandí, ¡me vengo a encontrar con esto! Vacila. Debería respetar mi olfato, se dice, que nunca me ha fallado. Algo raro pasa con este chico: no me gusta, y no sólo por su facha. 

—Venga, no tenga miedo —Tavo insiste, irritante, los ojos muy abiertos––. Vamos, no podemos quedarnos acá arriba.

—No tengo miedo —ahora sí Rodríguez se cabrea y le vienen ganas de decir que es policía, pero se lo calla—. ¿Vos qué te creés, chiquilín? Cuidadito con lo que me decís.

Traga saliva. Tiene la boca avinagrada, aunque esta sensación apenas roza su conciencia. Y llevado por la furia, baja a pasos largos hacia la casa entre las dunas. 

Es del tipo de las prefabricadas, de madera, y se ve bastante ruinosa. Sobre el techo se acumulan ramas verdes que el hombre interpreta como un camuflaje; por eso cuesta distinguirla desde lo alto. 

Tavo abre la puerta y lo invita a entrar. Rodríguez barre con la mirada las inmediaciones: el mar ya no está a la vista, el faro Querandí emerge a la distancia a su izquierda. El reloj le indica que la caminata les ha llevado unos diez minutos.

El interior, en penumbras, obliga al visitante a detenerse unos segundos y a forzar la vista hacia adelante, donde ve luz tras una puerta entornada. 

El chico pega un grito:

—¡Llegué, ma! ––y tira a un costado el manojo de yuyos.

Rodríguez camina a tientas. Da tres o cuatro pasos y pisa algo metálico, que suena a hueco. Se detiene.

—¿Qué es esto?

Tavo le contesta que puede pisar tranquilo, que la chapa está firme, y corre adelante. De un puntapié abre del todo la puerta entornada y, con un gesto de la mano, lo invita a pasar. 

Rodríguez ve dos faroles encendidos –de esos viejos, de querosén– que cuelgan de las paredes, una cocina antigua a leña, un armario, una mesa y tres bancos de madera. Y no tarda en identificar un olor rancio a pescado frito. 

—Ma, ya llegué. ¡Hoy tuve suerte!

—¿Suerte? —pregunta Rodríguez.

No le contestan: la madre sale de atrás de una cortina que cuelga del techo, cortina que él acaba de descubrir. 

—Buen día, señora ––dice, tendiéndole la mano––. Me llamo Ernesto Rodríguez. Disculpe la intromisión, pero tengo que hablarle. 

La menuda mujer avanza con las manos extendidas, la mirada vigilante. Del escote del pulóver cuelgan unos anteojos, y su pollera se ve raída. 

El pensamiento del policía se ha detenido en los ojos de la mujer: su mirada le recuerda a alguien, no sabe a quién. Madre e hijo sonríen y miran de manera muy parecida. 

—Es una suerte, sí —explica ahora Tavo, acercándose a la cocina encendida a calentar sus manos––: la tengo cuando alguien me salva.

—Sí ––le dice la madre a Rodríguez—: ya sé, es una salvajada la que hace este hijo mío. Siempre fue muy travieso. No puedo evitarlo: soy viuda, y estoy sola con él. 

Rodríguez escucha las palabras de la madre, pero al que mira es a Tavo: clavados sus ojos en la mujer, el chico sonríe y mueve la cabeza asintiendo. Y la escena remata con una mirada de la madre al hijo: ¿ella busca su aprobación? El policía analiza esas miradas y descubre en ellas una extraña complicidad. Tan extraña como la incomodidad que le hace cambiar varias veces la pierna sobre la que apoya su peso.

––¿Todos los días hacés esto? —pregunta Rodríguez.

La madre lo invita a sentarse. El hombre se sienta en uno de los bancos que rodean la mesa. Ella le acerca una taza humeante, sosteniéndola con un trapo rejilla percudido.

—Cuando llueve, no —dice Tavo—: con lluvia nadie camina por la playa.

Rodríguez toma un sorbo de té, prestando atención a los saltitos ansiosos que da Tavo, y a la madre que, con gestos bruscos, le indica que se quede quieto.

—¿Hace mucho que viven acá? 

—Desde siempre —responde la mujer. 

—¿Los dos solos?

—Mi marido murió el año pasado, cuando un barco encalló en el banco de arena. Intentaba ayudar a la gente a llegar hasta la playa.

—Bueno, ayudar… —interrumpe Tavo, 

—Mi pésame. 

—No lo sienta usted, señor. Él no era bueno.

—¡Ma!

La madre le ordena a Tavo que se calle, se quede quieto y ponga a calentar más agua. 

—¿Y cómo se mantienen ustedes acá? ––quiere saber Rodríguez––. ¿De qué viven?

La madre va a hablar; el hijo, con la pava en la mano, se le adelanta. Rodríguez tiene la sensación de que quien dirige las cosas en esa casa no es la madre sino Tavo. Ya ha conocido casos similares entre delincuentes juveniles. 

—Mamá fabrica pan, y yo lo vendo. 

—Qué bien. Pero, ¿no sos demasiado joven para trabajar vos? ¿Y la escuela?

—Ya tengo trece —contesta con orgullo—. Terminé la primaria el año pasado.

—¿Puedo ayudarlos en algo? 

—Lo que más necesitamos… ––empieza a decir la madre. Un ruido, un retumbo desde el pasillo de la entrada hace temblar el piso. Rodríguez se sobresalta.

—¿Hay alguien más en la casa?

—No, señor —dice la mujer—, algo se ha caído. Voy a ver —sale, y cierra la puerta tras ella. Vuelve nos segundos después con un farol en la mano:

—Se cayó la lámpara. Debo haberla dejado mal apoyada.

Miente, piensa Rodríguez.

—Tengo que irme —dice.

Tavo apoya una de sus manos sobre el hombro del visitante. 

—Lo que más necesitamos es que nos visite ––sigue la mujer––. Estamos tan solos acá…

—Algún otro día puedo venir a conversar con ustedes —dice Rodríguez y se levanta del banco.

—¿Qué día? —el chico pregunta, da saltitos, aplaude y mira sonriendo a la madre; está contentísimo.

—El lunes es un buen día.

La mujer saca de un cajón una libreta. La abre, se calza los anteojos y dice:

—El lunes tenemos un invitado a almorzar. ¿Podría ser el martes?

—Perfecto. Ahora tengo que irme. Muchas gracias por el té, señora —y se dispone a salir.

—Lo acompaño —dice el muchachito dando un brinco y girando el cuerpo hacia la salida.

A Rodríguez le falta un poco el aire. Sigue a Tavo por el pasillo. La madre va detrás, con un farol. 

—¿Se siente bien? ––le pregunta el chico, sin abandonar su sonrisa.

—Nada más un poco mareado. Me levanté muy rápido. 

El piso vuelve a temblar. 

––Es mi mascota —dice Tavo, y se mueve más que nunca––. Vive en el pozo.

—Ah, tu mascota… 

—¿Quiere verla? 

Tavo levanta la chapa que Rodríguez había pisado al entrar. 

El visitante fuerza la vista: no alcanza a ver a la mascota. Sólo vislumbra una gran masa oscura que se desplaza viscosamente en el fondo del pozo, y huele algo parecido a la tierra en descomposición. El temblor se intensifica. Un chapoteo pasa a primer plano. A sus labios llegan unas gotas. “Agua salada”, piensa Rodríguez. Descubre que está muy al borde del pozo. Levanta el pie izquierdo para retroceder. Entonces, un suave y preciso empujón lo lanza a la profundidad. 


Lidia Nicolai nació en Buenos Aires el 3 de setiembre de 1951. Se formó en las escuelas y la universidad públicas de Argentina, obteniendo las licenciaturas en Física y en Psicología de la UBA. Escribe y pinta. Es autora de artículos científicos y de divulgación en Física y en Psicología. Fue docente de universidades públicas y privadas e investigadora de la CNEA y La UBA. Como escritora publicó cuentos en diversas antologías, recibió menciones y premios en concursos literarios nacionales y de España. Participó y participa en grupos literarios. Reside en Buenos Aires. Este cuento recibió el Primer Premio en el Concurso V Aniversario de la SADE, Delegación Bernal Quilmes, 2010.


IMPIEDAD

Hernán Bortondello

 —¡Dame la guita, viejo de mierda! —gritó el muchacho.

—¡No apuntés pibe! ¿Podés bajar el arma, por favor? —suplicó el carnicero.

—¡No bajo un carajo infeliz! ¡No te lo repito viejo, larga la mosca!

—No me hagas esto, mirá... —dijo el hombre atragantándose con saliva— si me llevás todo me arruinás, no me hagas...—no alcanzó a terminar la frase porque ya no tenía cara, se la había borrado el primero de tres balazos que lo empujaron contra la pared. Pesadamente se fue deslizando hasta el piso dejando un rayón de sangre sobre los azulejos blancos.

—¡Pelotudo! ¡Ves lo que ganaste idiota! —aullaba y manoteaba alocadamente el fajo de billetes grasientos que el muerto guardaba en una cajita de metal azul—. ¡Imbécil! ¡Jodé ahora si podés, boludo! —ya no podía gritar y las palabras roncas se le ahogaban entre jadeos, sintiendo que la cabeza le ardía a punto de explotar.

—¡Federico! ¡Dios del Cielo! —aulló una mujer gorda a su derecha, asomando casi enredada en la cortina de cintas plásticas que separaba el negocio de la casa de familia.

Sobresaltado, el mocoso giró como un muñeco eléctrico gatillando histérico, incluso después de vaciar el cargador del revólver Colt 38. La matrona, bañada en sangre, siguió caminando con los ojos desencajados. Uno, dos, tres, cuatro pasos alcanzó a dar y se derrumbó sobre el asesino, que atropellado por semejante humanidad perdió pie y cayó bajo el peso de su víctima.

—¡Ay! ¡Salí de encima, vieja asquerosa! —Fuera de sí, el asaltante pataleaba, empujando con sus flacos brazos el gran bulto tibio que lo asfixiaba. Finalmente, resbalando en la sangre, se incorporó a medias para volver a caer y luego levantarse preso de temblores casi epilépticos. Rebotando sobre sí mismo, sin decidir si huía saltando o corriendo, desapareció por el soleado agujero de la puerta.

Adentro, en la carnicería, el silencio era perfecto, como en un templo. Hasta las moscas zumbonas se habían acallado, posándose sobre lo que había en el piso.

 

—¡Dios, qué horror! ¿Viste lo que pasó en la carnicería de calle Francia? —Las hojas del periódico se estremecían en las cuidadas manos de la esposa del intendente.

—¡Obvio, Adriana! Esas cosas las sé antes que salgan publicadas. No quise contártelo porque es espantoso. ¡Pobre el gordo Toniollo y la señora! Lo que pasa, querida, es que no es fácil impedir esos actos de barbarie. Estos negritos salen hasta debajo de las baldosas y desaparecen en los rancheríos donde viven. Para colmos, cada día hay más armas en la calle. ¿Sabías que los narcos se las regalan a los pibes que trafican? ¡Así qué querés! —dijo él, exagerando el fastidio ya que todo le importaba tres carajos.

—¡Horacio, habrá alguna forma! Esta masacre ocurrió a cuatro cuadras de casa… ¡A cuatro cuadras de donde duermen nuestros hijos! Sabés muy bien que esto no lo podemos tolerar —sentenció clavándole esa mirada fanática que tanto temía su esposo.

­—A ver, mi amor… ¿Dije yo que no hay una forma? —se atajó dramáticamente el político—. Dije que no es fácil, no que no haya una forma. La hay, claro que la hay.

Tendré que hacer algo o me va a enloquecer con este tema, renegó para sus adentros. ¡Me tiene repodrido!

 

—No hagan ruido, pelotudos. Quintana, vos te llevás a los dos agentes. Eso sí, tranquilizálos un poco que son muy pendejos y están cagadísimos. Rodeen los ranchos de ahí enfrente y me cubren el lado izquierdo. Vos, Müller, con Ferrero se quedan acá conmigo con las itakas bien cargaditas. El resto se manda con los patrulleros por la cortadita, entran con el ariete y atropellan metiendo tiro a lo que se mueva. Y a lo que no, también. ¿Entendido?

—¡Sí, comisario! —respondieron a coro los policías, con las miradas inquietas.

—Y cuidado con la casa de Navajita, no vaya a ser que me revienten a quién no tienen que reventar. ¿Me explico?

—¡Sí, comisario! —repitieron.

¿Para qué hace la recomendación el viejo choto? pensó Müller. Todos sabemos que esa basura de Navajita es intocable. De rompe bolas nomás...

—¿Bueno, qué esperan? ¡Ahora, mierda! ¡Y no lo quiero a este herido, entendieron! —estaba furioso, no le gustaba generarse odios en esa barriada.

¡Es mi puto territorio, joder!, se quejó amargamente para sí mismo.

Esa noche, en la villa todo pareció estallar. Las frenadas de los coches celulares y las horribles sirenas que parecían gritar en el oído de cada uno. Gritos bestiales, crujidos de puertas destrozadas. Las situaciones dentro de las precarias viviendas se sucedían vertiginosamente:

—¡Negro, rápido! ¡Manoteá los fierros y salgamos cagando que somos boleta! —gritaba uno sin saber que el asunto no era para ellos.

—¡Chicos! ¡Todos debajo de las camas! Y no se muevan, por la Virgen Santísima. —Las madres hacían lo que podían.

—...que estás en los cielos, santificado sea... ­—apuraban una oración todos los demás.

 

Y en una de las raras casitas de ladrillo se desarrollaba un diálogo frenético.

—¡Te van a matar Mencho! ¡Dios mío, vienen a matarte!

—¡No grites, boluda! ¡Vení conmigo, hacéme caso!

—¡No! ¡Tengo miedo! ¡No quiero morir! —aullaba ella.

—¡No grités Lucía! ¡Te digo que dejés de gritar! ¡No grités! —dijo Mencho soltándole un feroz cachetazo que le cerró la boca.

Desmayada por el golpe y con el labio partido, cayó de espaldas sobre la cama desvencijada, con las piernas abiertas y el babydoll rojo mal acomodado, mostrando su pubis desnudo e indefenso. Él saltó en calzoncillos por el ventanuco con su inseparable Colt en mano. Corrió a ciegas por los laberínticos pasillos del ranchaje, flaco y ágil como perro mestizo.

El Gordo Quintana pateó la puertita de chapa y se cubrió a un lado de la abertura. Obedeciendo a la orden de su mirada, los dos novatos se zambulleron adentro disparando sus armas como dementes, locos de miedo. Dos balazos, al menos, recibió la muchacha desmayada. Ya no se iba a despertar nunca más y el babydoll seguía sin taparla.

—¡Mierda! —dijo agitado el Gordo—. ¡Qué desperdicio de pendeja!

Los tres se quedaron mirando a Lucía, pensando que por arrebatados se habían perdido una fiestita.

Parapetados tras la camioneta 4x4 del jefe, Ferrero y Müller, apuntaban por sobre el capot, con los índices crispados sobre los gatillos. Dos pasos atrás, el comisario apuraba un cigarrillo deseando que todo termine.

Esto es como cazar perdices, pensó Müller, recordando sus cacerías en el pueblo gringo donde nació. Ferrero, por su parte, no pensaba en nada. Era un morocho, sólido y casi sin cuello, que entrecerraba los ojos achinados para entrever en la oscuridad. El hijo de puta va a salir disparando como liebre, pero no se me va a escapar, siguió pensando torvamente.

Y la liebre salió nomás. Una sombra delgada corrió descalza como futbolista de potrero, atravesando el callejón en diagonal.

—¡A meter fierro que se escapa, carajo! —gritó Müller mientras el comisario apuntaba con una linterna de alto poder.

Las escopetas estallaron en sendos fogonazos escupiendo muerte. El Mencho Sosa huyó desesperado hacia la esquina opuesta a las llamaradas.

—Si alcanzo la esquina, si alcanzo la esquina... —repetía como un rosario. Y la alcanzó nomás, pero ayudado por varios impactos que le pegaron de lleno en la espalda. La fuerza de choque de los proyectiles lo hicieron volar hacia delante con los brazos abiertos, como un Cristo.  Agonizó con la cara hundida en el barrial de la calle, y mientras moría, tuvo tiempo para pensar algunas cosas más.

¿Por qué me vengo a acordar ahora de los viejos de la carnicería? Fue un día estaba dado vuelta por la falopa… ¡Qué al pedo los cociné! En el barrio se deben estar cagando de risa ahora y dirán. ¡Te tocó, Mencho! ¡Te tocó el turno a vos también! Pero… ¿y este rati que hace? ¡Ah, claro! Me viene a rematar... El idiota va a gastar una bala inútilmente, no sabe que ya estoy muerto y que ahora floto a tres metros de sus lomos. ¡Pero si yo mismo me veo ahí tirado! Ay, Lucía... Qué mala leche, Lucía, qué mala leche... ¡Justo cuando íbamos a estrenar la ropita hot que te había regalado!


Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus  relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.


 

LA NOCHE ETERNA

Rafael Martínez Liriano


 

—¿Hasta cuándo estaremos andando sin rumbo? —preguntó Ferreti.

—Hasta que el jefe diga lo contrario —respondió Barone secamente—. ¿Te molesta?

—No me molesta, es solo que… no sé… toda esta lluvia y la ciudad tan muerta en algunos lados y tan viva en otros. 

—¿Te volviste espiritual ahora?

—No es eso, simplemente es como si algo rondara en el ambiente, como si la ciudad supiera algo que sus habitantes no pueden identificar.

—Si te refieres a la chica, no te preocupes. No creo que su padre sea tan tonto, verás como ella estará en casa antes del amanecer. 

  Ferreti se mantuvo en silencio por un rato mientras las calles se sucedían en una secuencia infinita. Ferreti estaba preocupado, estaban cruzando una de las pocas líneas sagradas para la mafia, incluso si tenían éxito. Esto sentaría un muy mal precedente.

—Detente en esa gasolinera, debemos cargar combustible y comprar algo de comer —Barone señaló un gran letrero de neón de color violeta, comida y gas las veinticuatro horas. 

—El tanque está a la mitad —informó Ferreti—. Además, según tú, esto se resolverá pronto.

—Que esto se resuelva rápido no depende de mí, lo sabes bien. ¿Estás bien? —preguntó Barone—; desde hace rato te noto extraño, como si estuvieras molesto. Primero estabas con esa pose poética sobre la ciudad y sus sentimientos, y ahora pareciera que estás inquieto.

—No estoy inquieto, solo quiero que esto termine lo más pronto posible. —Ferreti sí estaba inquieto pero no podía demostrarlo, cualquier muestra de duda podía terminar muy mal para él.

—Pues a mí me parece que estás nervioso, y más vale que estés concentrado en esto… no tengo que recordarte lo que pasará si fallamos.

—¡Estoy bien!, ¿Crees que soy un novato al que puedes amenazar con darme unas palmadas? Al parecer has olvidado quién soy y de lo que soy capaz.

—El que parece haberlo olvidado eres tú, pero ya está bien de tonterías, ve a comprar algo de comer mientras yo pongo gasolina y miro si todo está bien con el paquete.

—No tardo —dijo Ferreti poniendo punto final a la discusión.

 Cuando regresó de la tienda, Ferreti traía dos sándwiches y tres refrescos. 

—¿Qué es eso? —preguntó Barone.

—Me pediste que trajera algo de comer —respondió Ferreti haciéndose el tonto.

—Veo dos sándwiches y tres refrescos. ¿Es que acaso tienes tanta sed? Porque yo no.

—Es para ella —dijo Ferreti en voz baja.

—A eso me refiero cuando digo que estás extraño.

—Solo es un jugo, la chica no ha comido nada desde las tres de la tarde más o menos.

—¿Y qué vas a hacer, le vas a dar a tomar el jugo acá en medio de la gente?

—Podemos dárselo en cualquier lugar apartado, solo será un momento.

—Sabes mejor que yo cuales son las órdenes: mantenernos conduciendo por la ciudad hasta nuevo aviso, solo podemos parar a cargar combustible como ahora. 

—Lo sé —concedió Ferreti que arrojó el vaso de jugo sobrante a basura y después subió al auto sin ocultar su descontento con los argumentos de Barone.

 

Las horas pasaban mientras el auto continuaba con su periplo infinito por las calles de una ciudad cada vez más solitaria, una ciudad que, como un animal gigantesco ignora las tragedias que se gestan en su interior.

Ferreti y Barone deambulaban en silencio. No se habían dirigido la palabra desde la discusión en la gasolinera. A Barone le preocupaba el comportamiento de Ferreti, sabía lo delicada que era la misión encomendada y temía que su compañero ya no tuviera el temple necesario para realizar el trabajo.

—Ferrand debió llamar hace rato —dijo Ferreti mirando su reloj—. Son las 3:09 am.

—Tienes razón, de seguro que el tonto de Almeida se hace el duro.

—¿Crees que se haga el duro aún tratándose de su hija? 

—Con estos jefes mafiosos uno nunca sabe —respondió Barone—. Ellos tienen sus prioridades y no siempre la familia está entre ellas. 

—¿Cómo que no? Si la familia no es una prioridad para ti, ¿entonces qué lo es? 

—Es una pregunta que me es indiferente en este momento, yo, a diferencia de Almeida, no tengo que elegir entre mi imperio mafioso y la vida de mi hija. —Barone respondía con cinismo a una pregunta que le parecía sin sentido.

La conversación fue interrumpida por la melodía genérica del teléfono. 

—Si… —dijo Barone; Ferreti lo miraba en silencio—. Entendido.

Barone cerró la llamada y continuó manejando. 

—¿Era Ferrand al teléfono?

—Si…

—¿¡Qué te dijo, carajo!? —Ferreri estaba fuera de sí, presa de la incertidumbre.

—Almeida no aceptó: le dijo a Ferrand que haga lo que quiera con la chica. Que él sabe cómo hacer más.

—¿Que…? —Ferreti no daba crédito a las palabras de su compañero.

—El hijo de puta de Almeida está usando a su hija como una pieza de ajedrez, puso a Ferrand en una posición comprometida: al negarse a negociar, Ferrand no tendrá otra opción que matar a la chica, ya que si no lo hace quedará como alguien débil ante todos. Pero si la mata entonces le dará a Almeida la excusa para iniciar la guerra en venganza por su hija. Todos apoyarán a un padre que ha perdido a su hija en manos de un desalmado.

—¿Qué haremos con la chica? —preguntó Ferreti con miedo.

—Matarla y desaparecer el cadáver, ¿qué más?

—Estas loco, no podemos hacer eso con esa niña.

—Sí podemos, esas son las órdenes, y no están sujetas a discusión. —Barone tomó un camino que los llevaría fuera de ciudad.

—Vamos al campo de maíz. —Ferreti reconocía la ruta, la habían recorrido muchas veces cuando tenían "basura" de la que deshacerse.

Ferreti se sintió invadido por el desasosiego, su corazón latía con fuerza y sudaba a chorros. Algo dentro suyo le decía que matar aquella chica era llegar demasiado lejos, incluso para un asesino como él. Pero ¿qué hacer? ¿Matar a su compañero para salvarla? Después irse lejos con la chica y esperar que Ferrand los halle y la mate de todos modos, esa pobre chica había tenido la mala suerte de nacer en medio de una familia mafiosa, y ahora debía pagar el precio de ese nacimiento. Era duro de aceptar pero la realidad era esa y no iba a cambiar. Pero… ¿debía ser el final? ¿No había manera de romper aquél veredicto de muerte? 

 

El auto se detuvo en lo profundo de un inmenso mar de maíz a las 3:35 pm, en un claro expresamente creado para enterrar a los elementos no deseados. 

—Vamos —dijo Barone mientras bajaba del auto.

Ferreti lo siguió con el arma oculta aún sin saber que hacer para detener lo que iba a suceder.

—Quiero decirte algo… —dijo Ferreti dubitativo. 

—Dime —respondió Barone, pero el sonido de tres disparos a quemarropa le hicieron callar a Ferreti mientras miraba como la chica de quince años dejaba de ser una persona con toda una vida por delante para ser solo un bulto emanante de sangre y culpas ajenas.

—Sé que tenías dudas con este asunto, así que te evite cualquier problema de indecisión. 

—¡¿Qué hiciste?! 

—Hice lo que nos ordenaron hacer.

—Ella no merecía esto —Ferreti cayó de rodillas fulminado por la visión del cadáver en el maletero del auto.

—No merecía esto, me dices, claro que no merecía esto pero las otras personas que hemos matado antes, tampoco lo merecían y eso no te detuvo. ¿Que tenía esta chica de especial, que merecía vivir más que los demás?

—Tu no entiendes —gesticuló Ferreti.

—Quien no entiende eres tú, ¿crees que por salvar a esta muchacha te ibas a redimir de todos tus pecados anteriores, que todas las personas que has matado de pronto cobrarán vida y regresarán con sus seres queridos? Entiende que hace mucho tiempo hiciste una elección, una de la que no hay marcha atrás. 

Ferreti descargó su pistola encima de Barone, disparó todas las balas, excepto una que guardó para sí. Ferreti puso el caño aún caliente en su boca dispuesto a terminar aquella noche que parecía eterna.

—No vas a escapar de mí tan fácilmente, tu cuerpo y alma son míos por la eternidad. 

Ferreti lanzó un grito de espanto al ver a su compañero de pie con una sonrisa descompuesta. 

Su grito se ahogó en un mar de oscuridad, en medio de una noche eterna.


Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9. 

EL AMOR IMPOSIBLE DE DIEGO MALASPINA

Chelo Torres

Desde la cubierta contemplaba el mar con ojos nostálgicos. Era el soldado de una batalla en la que las trincheras no protegían; por grandes que fuesen sus esfuerzos nunca iba a lograr su objetivo. 

Diego Malaspina era un marino que sufría una fuerte necesidad de surcar los mares y visitar tierras desconocidas, hasta que un día su barco naufragó. Despertó sobre las arenas blancas de una isla sin humanos, un paraje en el que solo unos cuantos animales lo miraban asustados desde sus escondrijos, pero Diego no les temía, poseía un espíritu guerrero. 

Estuvo buscando durante días los restos del barco, más no encontró ni rastro, tampoco de otros marineros, ni de cadáver alguno. Nada. No entendía cómo había llegado hasta la isla sin ser acompañado por algún otro objeto o persona. 

Al cabo de unos días decidió cesar la búsqueda, era hora de construir una cabaña por si azotaba alguna tormenta, ya que tampoco había encontrado cuevas ni refugios.

Cuando tuvo terminada la cabaña, recogió hojas para poder dormir más blando, estaba en su labor cuando se acercó a un acantilado, creyó que estaba soñando y se pellizcó fuerte, el dolor le confirmó que no se encontraba en estado onírico pero aquello no era creíble, las sirenas no existían, su mente le estaba jugando una mala pasada. Volvió a observar. Aquella criatura de cabellos cobrizos era muy hermosa, su piel pálida y tersa, y la cola emitía destellos al saltar sobre el agua. Diego no podía dejar de mirarla. De súbito, la sirena se percató de que Diego la observaba con la boca abierta, dio un salto y desapareció en el mar.

—¡Noooo! —gritó el marino—. ¡Por favor no te vayas!  

El silencio y la ausencia fueron su respuesta pero él no desistió, se sentó al borde del acantilado a esperar una nueva aparición de la sirena, de cualquier modo, no tenía prisa en realizar otras tareas. Su espera fue recompensada, una nueva aparición tuvo lugar, esta vez el encuentro se dio a voluntad de la sirena. Ella se sentía cómoda con la distancia, no había caminos que bajasen hasta el agua, no se formaba una cala de arena desde la que los humanos pudiesen acceder de forma fácil al agua. Solo una roca a plomo y una gran altura. Diego se conformaba con las condiciones; poder verla era su recompensa. Ella lo miró con timidez y él sintió que el corazón se le salía del pecho. Era tan hermosa. Intentó comunicarse con ella pero su expresión le indicó que no le entendía. La sirena cantó una bella melodía que embaucó al marino. Diego había escuchado leyendas en las que se relataban desapariciones de marinos, incluso de barcos enteros tras oír la canción de una sirena, pero él nunca las creyó, pensaba que eran puras patrañas, historias para asustar a los navegantes, más ahora no podía apartar su mirada y atención de aquella figura. Ya no le importaba que fuese su perdición, que incluso le costase la vida. Era lo único que le quedaba en aquel solitario paraje.


El viento empezó a soplar y el mar se volvió bravo, la sirena se quedó escuchando con cara de preocupación y desapareció. Esta vez Diego no intentó retenerla, sabía que algún asunto había reclamado su atención. Sintió frío y pensó que debía volver a un lugar más resguardado. Quizá se acercase una gran tormenta. No conocía el clima de la isla, ni cuan agresivas podían ser allí las borrascas. Retrocedió hasta la cabaña y se cobijó allí. En breve los truenos y relámpagos cubrieron la bóveda celeste. Diego no tenía miedo a las tormentas, de hecho había navegado muchas veces bajo ellas. 


Sus días transcurrieron igual, cuando el clima era tranquilo y soleado se desplazaba al acantilado y allí encontraba a la sirena, que le embelesaba con sus gritos y sus canciones; más al llegar la tormenta, la isla parecía una fiesta de demonios, se escondía en la cabaña esperando que los huracanes no se lo llevasen con ellos.


Aquel día, Diego se encontraba en el acantilado, esperando a que la sirena apareciese con uno de sus acrobáticos saltos, cuando una carabela asomó en el horizonte. Por un momento sintió euforia, por fin alguien venía a rescatarle, volvería a su casa, a ver a su familia y amigos, a comer platos elaborados, pero por otro lado, le invadió una profunda tristeza, ya no vería más a la sirena, aquel ser que le había robado el corazón. Tan siquiera podría contar su historia pues nadie le creería, incluso se burlarían de él si les explicaba que se había enamorado de una sirena. Para todos sus conocidos las sirenas no existían, luego pensarían que desvariaba. Si volvía a casa su corazón quedaría destrozado, la echaría de menos por el resto de sus días, pero si se quedaba, acabaría enloqueciendo sin nadie con quien hablar. La sirena seguía con sus gritos y canciones pero sin comunicarse. Nunca podrían tener una relación de pareja normal, ella no podía caminar ni él pasar muchas horas en el agua. No podrían tener hijos, ni un hogar en común. Tampoco podía despedirse, ella ya no se arriesgaría a salir y que la vieran desde el barco, más cuando subiera de nuevo a la superficie él ya no estaría.

Los del barco llegaron en un pequeño bote a la playa donde Diego había despertado; el barco se había desviado de su rumbo por casualidad, debido a unas corrientes, y no regresarían más, así que su decisión debía ser rápida, un “ahora o nunca”. Diego pensó que aquel amor era imposible, que no podía renunciar a toda su vida por aquella mirada de fuego y un cuerpo de efectos dorados. Y también era posible que no apareciera nunca más. Así que, cuando los marinos estuvieron preparados subió al bote, sin volver la vista atrás.

Chelo Torres vive en Beniarbeig, Comunidad Valenciana, España. Trabajó en el Instituto de Pedreguer (Alicante) impartiendo inglés a adolescentes de 12 a 14 años. Vive en una urbanización tranquila, con unas vistas estupendas, tanto al mar como a la montaña. Sus aficiones favoritas son: la literatura, preferentemente fantástica, la música, la fotografía y, desde hace algunos meses, navegar por Internet. Se considera una géminis de cabeza a los pies. A los 14 empezó a escribir poesía y cuentos, actividad que abandonó a medida que los estudios se complicaron. Hace unos cuatro años retomó la escritura, con inexperiencia pero con muchas ganas. Gracias a un taller de literatura fantástica impartido por León Arsenal aterrizó en ese mundo, prolongando la actividad del taller en un grupo de trabajo llamado Alicantefantastica. Poco después llegó al Taller7 y más tarde al Taller 9.


 

EN CASA AJENA (OCHO)