martes, 11 de noviembre de 2025

UN LUGAR COMO NUESTRO HOGAR

Ana Cristina Rodrigues

Siguió las instrucciones de la Bruja Buena.

Golpeó tres veces los talones.       apretados en los zapatos duqnq.  Q qqq qqq nqqqqqqñ. Q.   Q.  ros e incómodos, hechos con piedras preciosas. Escuchó, como un mantra, “no hay lugar como nuestro hogar”. Repitió las palabras en un susurro y abrió los ojos. Estaba exactamente en el mismo sitio de antes.

—¿Qué pasó? ¡Todavía no estoy en Kansas!

La única diferencia que logró percibir fue en las expresiones de quienes la rodeaban. Donde antes veía cariño y afecto, ahora había perplejidad y un toque de horror. El León, que se había estado jactando de su valentía, se escondía detrás del Hombre de Hojalata, que permanecía impasible. El Espantapájaros tenía cara de no entender nada.

Y la Bruja Buena la miraba mientras se rascaba la cabeza con la estrella en la punta de la varita.

—¿Por qué me miran así? ¿Qué ocurrió?

La Bruja Buena respiró hondo antes de responder.

—Estás… estás verde, ¡Dorothy!

El León soltó un largo gemido.

—¡No me mates, por favor! Tengo la piel mala y la carne dura...

Cansada y frustrada, Dorothy finalmente perdió la paciencia.

—¡Cállate! ¿Aún no te cansaste de quejarte? ¡Cielos! —Se volvió hacia Glinda, apuntando con un dedo que terminaba en una larga uña negra que no estaba allí antes—. ¿Qué me hiciste?

Glinda empezó a alejarse, caminando hacia atrás.

—Es que había un riesgo, un riesgo muy, pero muy pequeño, de que el hechizo de los zapatitos... bueno, los zapatitos consideraron que tu hogar ahora es... aquí.

Y en medio de una explosión brillante, Glinda simplemente desapareció, dejando a Dorothy aturdida, mirando a sus compañeros de viaje. Respiró hondo.

—Parece que ya no iremos a casa, Totó... —miró el cesto que aún tenía en el regazo—. ¿Totó?

Tiró del pañuelo, aún incómoda con sus largas uñas negras. Cuando el paño cayó al suelo, el contenido del cesto se reveló: era uno de los monos alados. El color del pelaje era el mismo del pequeño perrito, y la miraba con devoción a aquella que había sido Dorothy.

El grito que dio reverberó por toda la tierra de Oz.

Pasaron años, décadas, quizás incluso siglos. Dorothy cazó y mató a todas las brujas, buenas y malas, de todos los puntos cardinales. Ahora era solo la Bruja.

Miró por la ventana del palacio en la cima de la Ciudad Esmeralda y suspiró.

Aún extrañaba mucho su casa, aquel lugar sepia y sin interés. Era tan... desalentador tener que abrir los ojos cada día a aquel exceso de colores chillones. Intentó por todos los medios hacer que la ciudad fuera menos verde, los ladrillos menos amarillos, sin éxito alguno.

—Señora-majestad-su-brujencia... —Una voz la sacó de sus divagaciones.

—Habla, chatarra inmunda —se volvió hacia la figura oxidada y chirriante de su antiguo compañero de viaje. Caminó lentamente hasta su trono, pisando con fuerza la alfombra de piel de león. El idiota había decidido ser valiente justo cuando ella estaba a punto de matar a Glinda, la penúltima bruja. Retrasó el momento en el que se iba a completar su dominio por... muchos años.

—E-el-hombre-de-paja-llamó-encontró-algo-pidió-para-ir-allá.

La Bruja se irguió y golpeó los talones de los malditos zapatos de rubí. Desde que había llegado allí no había podido quitárselos. ¿Lo peor? Odiaba el rojo. Pero al menos eran una buena forma de transporte. Un golpe de talones y estaba en medio del campo de cerebros.

Era una plantación donde antes había un maizal, pero los largos tallos verdes habían sido sustituidos por estructuras metálicas con cerebros en sus cimas, los mejores de aquel extraño lugar. Las máquinas estaban todas conectadas a la cabeza del Espantapájaros.

El antiguo compañero de viaje de la niña de Kansas yacía inmóvil en medio del campo, con su cuerpo prácticamente desprovisto de paja. Los cuervos, muy abundantes en la región por las carnicerías de su gobernante, no le temían a aquella criatura patética.

Pasaba sus días inmóvil, pensando y pensando en una manera de sacarla de Dor, el nuevo nombre de Oz.

—¿Qué fue, inútil?

—La solución puede estar en un punto intermedio, entre viajes por planos diferentes y realidades alternativas. Si creas una realidad en la que tu historia sea influyente y alguien represente tu historia, podrías sustituir a esa persona en el momento exacto, sacándola del flujo temporal y ocupando su lugar.

Ya estaba acostumbrada al nuevo modo de hablar de aquella criatura. Se detuvo y pensó, sosteniendo su barbilla puntiaguda y arrugada.

—Sí, podría funcionar. Solo necesito hacer que alguien cree algo sobre mi historia que se convierta... en una obra de teatro o un espectáculo de circo. Escribe.

—¿Cómo, señora?

—Pon esta historia mía tan rara por escrito. Pero en el momento en que el hechizo de esos malditos zapatos –y golpeó los pies en el suelo, como la buena niña caprichosa que aún era, pese a los años– salga mal, tú serás el que cambie. Di que salió bien y que viví feliz para siempre.

—Señora, no puedo escribir —intentó levantar las mangas de la camisa, sin éxito.

La Bruja puso los ojos en blanco, fastidiada, y vio al Hombre de Hojalata allí, parado a su lado. Ya casi no servía para nada, de tan viejo y oxidado. Podía perfectamente quedarse allí y servir de máquina de escribir. Chasqueó los dedos y así fue. El Hombre de Hojalata quedó junto al Espantapájaros, un hilo de cobre entrando en su cabeza para transmitir los pensamientos de éste.

Pasó un tiempo más, no sabía cuánto, los días habían perdido su significado hacía mucho. Pero finalmente un mono alado vino a llamarla. No era Totó, que había vivido la vida normal de un perro-mono-alado, pero se le parecía; era el más parecido del grupo actual, y por eso su favorito.

Le entregó un cuadrado de papel y se sentó sobre la alfombra de león, ya bastante raída. La Bruja pensó si debía leerlo o no. Encogió los hombros y sacudió la cabeza. Inmediatamente el libro desapareció frente a ella.

Fue casi inmediato. Sintió un escalofrío, un estremecimiento, como si alguien pisara su tumba. Fue hacia el espejo que el Mago farsante había usado y chasqueó los dedos. Allí, frente a ella estaba... su historia. Sí, los escenarios eran falsos, el hombre de hojalata parecía más de cartón. Y máquinas extrañas rodeaban a las personas disfrazadas. Pero era su historia bien representada. Y en la escena exacta, la niña –si alguna vez fue tan joven– se preparaba para cerrar los ojos y golpear los pies.

—No hay mejor lugar que nuestro hogar.

Hacía calor bajo aquellas luces fuertes y su piel picaba. Abrió los ojos y vio que estaba en el escenario que había visto en el espejo. Miró hacia abajo y sus manos ya no estaban verdes... y el perrito estaba en la cesta. Iba a gritar, pero alguien se adelantó.

—¡Corte! Media hora de descanso y volvemos a intentarlo.

Una confusión a su alrededor, voces altas y risas, gente quitándose partes del disfraz mientras otros ajustaban los decorados.

—¿Qué... pero… Kansas?

Una mujer se le acercó, sosteniendo una toalla mojada.

—¿Qué Kansas, niña? La escena de Kansas se filmó al principio de la producción, ¿olvidaste? Ahora cierra los ojos que necesito retocarte el maquillaje, tu frente brilla demasiado con esta luz.

Ella no estaba en casa. Aquello no era Kansas. Todo era falso y vacío.

Sintió mucha, muchísima nostalgia de Oz y golpeó los zapatitos.

Y nada pasó.

Dorothy ya no tenía hogar.


Título original: Lugar como a nossa casa

Traducción: Sergio Gaut vel Hartman


Ana Cristina Rodrígues nació en São Sebastião do Rio de Janeiro, Brasil, en 1978. Es historiadora, una perfecta coartada para pasarse la vida leyendo y escribiendo. Profesionalmente ha publicado dos artículos: "Visões da morte na História dos Francos de Gregório de Tours" (2004) y "Os Votos do Faisão: ideais de cavalaria na corte borgonhesa do século XV" (2004). En materia de narrativa publicó en Sci Pulp, Scriptonauta, Blocos Online, Scarium e Inpempol. En materia de ficción literaria, publicó en Sci Pulp, Scriptonauta y Blocos Online. Dos de sus cuentos se tradujeron al castellano y se publicaron en Axxón.

LA ESPADA

Iván Bojtor

 

Sólo llevaba una armadura de cuero. Era uno de aquellos jefes bárbaros que veneraban a dioses bárbaros.

Había oído ya muchas historias, contradictorias entre sí, acerca de la construcción ciclópea de piedras toscas amontonadas al pie de un acantilado, del tamaño de una colina, a la que acababa de ingresar. Se decían mil cosas sobre ella: que en su interior moraba un dios gigantesco, o un monstruo; que allí se abría el descenso al inframundo; que en su interior se extendía un laberinto del cual jamás salía quien se aventuraba a entrar sin pensar… Y, por último, que al final de sus cámaras entrelazadas, en la última de todas, reposaba una espada maravillosa, capaz de volver invencible en la batalla a quien la poseyera.

El angosto corredor desembocaba en una vasta sala. A la luz de su antorcha distinguió una estatua colosal que llegaba hasta el techo: la figura de una divinidad. Entre las dos piernas de la imagen se abría una puerta, y delante de ella, un altar de piedra lleno de ceniza.

Sin saber qué ofrenda podía granjearle el favor del dios, arrojó sobre el altar un puñado de cebada, unas flores marchitas que había recogido el día anterior y, por si acaso, se pinchó el dedo con la punta del puñal, dejando caer tres gotas de sangre. Encendió el sacrificio con su antorcha, fijó la mirada en la puerta cerrada y esperó.

No vio –no podía verlo– que en un pequeño nicho tallado en la roca, a un lado del corredor por donde había entrado, se alzaba la estatua de un enano grotesco. Tampoco pudo ver cómo, mientras su ofrenda se consumía ante el gran ídolo, la boca del enano se curvaba en una mueca burlona.

Sobre el altar chisporrotearon aún algunos granos de cebada, y entonces la puerta se abrió.
El hedor lo golpeó apenas cruzó el umbral. En el suelo, por todas partes, yacían huesos, jirones de ropa, armas rotas y otras intactas. Avanzó hacia la puerta cerrada que se veía enfrente, pero un sonido irreconocible resonó a su espalda. No pensó, reaccionó: giró sobre sí mismo y blandió su hacha en el aire. Algo –una especie de lagarto escamoso y enorme– se deslizó junto a él y se tendió frente a la puerta. Detrás del monstruo, apoyada contra el muro, se alzaba una espada tan alta como un hombre. Habría jurado que antes no estaba allí.

¿Sería aquella la espada maravillosa de las leyendas, la que había venido a buscar?
Estaba seguro: si vencía al monstruo, el arma sería suya.

Mientras se acercaba, notó que la criatura giraba la cabeza a un lado y otro: comprendió que el brillo de la antorcha hería los ojos de la bestia, acostumbrada a la oscuridad. Con la antorcha en la izquierda y el hacha en la derecha, se abalanzó y descargó el golpe sobre su cráneo. El monstruo se estremeció unas veces y cayó de costado.

Vaciló.

¿Era todo? La victoria le pareció demasiado fácil. Pero no se detuvo a pensarlo.
Extendió la mano hacia la espada… y antes de tocarla, se disolvió en el aire, como una bruma.

Al instante, se abrió otra puerta detrás de él.

La siguiente cámara era más larga que la anterior; al entrar, no alcanzaba a ver su extremo.
Escarmentado por su encuentro con el lagarto, avanzó con más cautela. Llegó sin contratiempos a la puerta siguiente, ante la cual, sentado en un trono de piedra, descansaba un guerrero acorazado. En la hoja de la puerta pendía una espada, aunque no la misma que había visto desaparecer en la sala anterior.

El guerrero se estremeció como quien despierta de un sueño. Se incorporó con estrépito metálico y, empuñando su arma con ambas manos, avanzó hacia él.

Bastaron unos instantes para que el bárbaro comprendiera que, con su armadura ligera, era mucho más veloz.

El caballero descargó golpe tras golpe; él los esquivó todos. Finalmente, se colocó a su espalda y asestó el suyo. El guerrero cayó. Las piezas de la armadura rodaron por el suelo, vacías: no había nadie dentro.

Dudó antes de tocar la espada. Ya no se sorprendió cuando, al extender la mano, el arma se desvaneció ante sus ojos, y tampoco cuando la puerta volvió a abrirse por sí sola.

La cámara siguiente era aún más larga; parecía más bien un pasadizo ancho. A lo lejos titilaba una luz verde, que se fue intensificando mientras avanzaba. Podría haber arrojado su antorcha, ya consumida hasta el mango, pero no se atrevió. ¿Qué lo esperaba?

Lo que lo esperaba era una última puerta, y sobre ella, clavada en cruz, una espada resplandeciente de luz verdosa. De ella emanaba el resplandor que inundaba la sala.
Delante, sobre una alfombra, estaba sentado un niño.

El bárbaro se detuvo. Miró al niño, luego al arma.

¿También debo matar al niño?, pensó.

Durante un rato se miraron en silencio.

Luego el hombre se dio media vuelta y emprendió el camino de regreso.

La sonrisa del enano de piedra se borró, y su cabeza se inclinó levemente, como si hubiera empezado a reflexionar.

Cuando el bárbaro salió de la cámara, una luz cegadora lo envolvió, y cayó al vacío.

Al recobrar el sentido, se encontró tendido en un barranco, al aire libre. El edificio había desaparecido.
Se frotó los ojos, se incorporó, y vio a su lado una espada sobre la hierba.

Parecía una hoja común, sencilla.

La levantó, la probó, la blandió hacia un lado y otro.

Por accidente, pasó demasiado cerca de la roca: pero, en lugar de chocar o sacar chispas, la espada atravesó la piedra como si fuera manteca.

Así lo cuentan.

Quizá ocurrió de verdad, quizá no.

Las tradiciones más antiguas dicen que las armas de los dioses eran forjadas siempre por enanos deformes: Hefesto para Zeus, Ptah –representado a menudo como un pigmeo monstruoso– para Horus, Tvastar para Indra, y Regin, el enano que volvió a forjar la espada rota de Odín, la Gram.

Sí, en aquellos tiempos cada arma extraordinaria tenía su propio nombre.

Las sagas aseguran que también San Olaf, unificador de Noruega y propagador de la fe cristiana, tuvo una espada semejante.

Tal vez sea cierto, tal vez no.

Pero los anales coinciden en algo: Olaf jamás perdió una batalla.


Título original: A kard

Traducción: Sergio Gaut vel Hartman


Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

 

UNA MÁSCARA PARA ROBERTO

Luis Saavedra

 

Un día, al final de la tarde, llegaron los visitantes. Al principio fueron motas en la distancia de los cerros y luego insectos negros que se hacían más grandes hasta que se cruzaban con el primer campesino. Lo único que hacían era recorrer el pueblo y su única calle. Tres años habían pasado desde el primer verano y nadie podía explicárselo.

Vestían de gabardina, con las manos en los bolsillos y pantalones que llegaban hasta zapatos negros de horma angosta. Altos, más bien estilizados, se movían con un pie adelante del otro pero la gente nunca decía que caminaban, no hablaban y no demostraban interés en nada. Lo más inquietante en ellos eran las máscaras: gatos, perros, corderos, solamente animales, que dejaban al descubierto las pálidas orejas que parecían recubiertas de un plástico brillante. Al atardecer, todos se volvían a mirar el cielo, a un punto fijo en el espacio profundo.

Roberto era el hijo menor de los Castro y desde los once vivía en la casa de los abuelos. A las cuatro volvía de la escuela siguiendo el camino rural, se cambiaba de ropa y salía a jugar. La rutina se hacía agradable esos días porque venía la navidad y después las vacaciones de verano. Su abuela preparaba los mejores alfajores y su abuelo contaba las mejores historias. La más terrorífica fue aquella cuando el abuelo vio a su primer visitante, arrodillado sobre una oveja.

Entonces solo eran un rumor, un punto por debajo de las apariciones del cola’e flecha y la novia que llora en las noches de luna llena. Pero el viejo ya lo conocía y la gente como él es cautelosa con los rumores. Se detuvo en el límite del claro donde lo vio y no tuvo miedo porque era mediodía y más allá estaba el camino a Pueblo de las Arañas. Pero al ver la oveja muerta con la mirada opaca y la boca entreabierta de dientes amarillos, supo que estaba en el momento equivocado. Tenía el vellón del estómago negro de su propia sangre y la tierra estaba húmeda. El extraño había dejado los órganos internos alrededor de la oveja y se movía con curiosidad de uno a otro, las manos enguantadas teñidas del carmín intenso. Tomó el intestino pálido y lo observó como leyéndolo, y luego el hígado, acercándolo a su máscara hasta casi tocar el plástico. Luego vino lo más extraño: acercó sus manos a la cabeza ovina y el cadáver se sacudió como los perros cuando tienen sueños de muerte. El aire se llenó de malos humores y la intensidad de la luz se hizo débil. La oveja soltó un balido bajo e intenso que se metió en la nuca del viejo y reverberó en su pecho hasta helarle el corazón. El espacio palpitó, los árboles se contrajeron como garras cerrándose y la hierba que rodeaba al viejo fueron tensas cuerdas de guitarra. Duró solo hasta que el aire en los pulmones del animal se acabó y volvió a la paz de su muerte. Entonces el viejo escuchó al perro y su amo viniendo por el otro lado del claro. El visitante se irguió y luego buscó la mirada del viejo, que por primera vez reparó en la máscara que llevaba. El tigre de caricatura sonreía con una lengua roja y colmillos, donde estaban los ojos alcanzó a divisar algo parecido al brillo de la mirada de los gatos en la oscuridad. El visitante retrocedió y se perdió entre las sombras de la maleza sin siquiera agitarla, y justo después, el amo del perro encontró al viejo pálido y temblando. Era don Matías, también dueño de la oveja, que lo tranquilizó y le explicó que la habían matado por la noche una jauría de perros vagos del basural, al otro lado del pueblo.

Era la mejor historia, la que hacía que Roberto no durmiera en la noche, la que se contaban los chiquillos al final de las pichangas, cuando se sentaban al atardecer y la luz se moría de a poco. Roberto no esperaba que su abuelo le contara una mejor historia y le rogaba al Niño Jesús y la Virgen María jamás cruzarse con un visitante.

Hacía tanto calor que caminaba en forma automática y no se dio cuenta hasta que la insistente sensación en la nuca lo obligó a darse vuelta. No vio nada, pero algo le dijo que la maleza estaba muy quieta y los pájaros no volaban sino que huían. Roberto continuó otro rato por el camino árido que ondeaba en la distancia y se puso a pensar que el día siguiente le tocaba irse con los papás, a Santiago. Un niño en un viaje de dos horas se aburría, pero había encontrado la forma de seguir el ejemplo de su abuelo dibujando historias en un cuaderno con una portada de Ben10. Llevaba cinco cuentos en los que aparecían muertos, caballos del diablo, gente malvada que caía en grietas ígneas y heroínas que terminaban medio desnudas. Un cuento contaba la historia del Berto, que vivía en el campo porque sus papás no podían tener a todos sus hijos en la casa, y que prefería quedarse en Pueblo de las Arañas con los muertos, la gente malvada y las heroínas. Cuando pasó frente a la chacra del Negro Mañaña, lo vio arrancando lechugas y le gritó un saludo. El hombre traía desde chico el paladar escindido y nunca pudo pronunciar bien una frase sin intercalar eñes, por eso el apodo, por eso tampoco esa vez pudo entender lo que dijo ni por qué se puso tan serio. Solo cuando el Mañaña apuntó hacia un espacio detrás suyo y miró, entendió tanta seriedad.

La máscara era de una de las Urracas Parlanchinas y estaba como a veinte metros, vestía una polera de mangas largas que le cubrían las manos y pantalones negros que le cubrían los pies. Inclinó la cabeza hacia un lado, como si le preguntara algo, y luego se comió la distancia de una sola zancada quedando a un metro escaso del niño. Era muy alto y pensó en un arco que se curvaba sobre él hasta casi tapar el sol. Roberto no se movió, no podía, y solo se acordó de rezar mirando dentro de los agujeros negros de la máscara, donde debían estar los ojos. El Mañaña retrocedió un par de pasos, le gritó histéricamente al niño que iba a buscar a sus abuelos e inició una huida rodeando la casa. Podía escuchar la respiración del visitante y ver el cabello negro y liso pegado al cráneo, las orejas eran apéndices irreales de porcelana. La brisa paró por completo y el calor se volvió más intenso y hasta el sonido de la naturaleza hizo una pausa como una inhalación, como si esperara. Intentó un tímido hola que subió como acidez por su garganta y no alcanzó a salir. El visitante entonces fue levantando un brazo, dejando que la manga retrocediera hasta descubrir una mano blanca y esquelética llena de pequeñas arrugas que la cruzaban como una superficie lunar. El niño se puso a sollozar y a mover la cabeza, intentó huir pero el otro fue más rápido y lo aferró de un brazo con esa mano terrible y pétrea. El dolor le impidió zafarse y solo atinó a llorar más fuerte hasta que apareció la otra mano, en el centro de la palma tenía un espolón pequeño y azul que fue a clavarse con violencia en la palma del brazo secuestrado de Roberto. Un horror animal y doloroso sacudió el cuerpo del niño con espasmos y sonidos guturales que iban en intensidad. Las funciones cognitivas dejaron de darle sentido al mundo y vio tres fogonazos de luz intensa que previeron el colapso de la sinapsis. Un muro de ladrillo negro sepultó su cerebro.

Rojo, rojo intenso. Ultravioleta. Verde, amarillo. Una oleada de oscuridad que le lamió el rostro. Blanco violento arañó sus ojos. Colores pulsátiles que transmitían el frío del espacio entre átomos y el calor del centro de una estrella de neutrones. Fue apuñalado por un arco-iris que transmitía exaflops de datos y sobrecargaba su interfaz sensorial. El caos se transformó en un mundo de tonos azules, fríos y eléctricos, y volvió a haber cierta coherencia. Roberto despertó en el fondo del mar, aunque seguía al lado del visitante y reconocía la chacra y el viejo camino. Pero las cosas eran diferentes, como si alguien hubiera reconstruido todo, alguien que no conocía un árbol y seguía las instrucciones de un libro. Los detalles eran precisos: de alguna manera conocía todo a su alrededor en una mirada de 365 grados, de alguna manera podía sentir las fluctuaciones de energía trasponiendo la materia. Sabía que detrás de la casa estaba el Mañaña corriendo a una velocidad increíblemente lenta y que la Abuela estaba detenida con las manos hundidas en la masa del pan y que su Abuelo venía por el otro camino viejo. Y también veía los millones de enlaces entre esas tres personas y el resto y su entorno hasta llegar a la Gestalt planetaria. Luego estaba el visitante y, donde hubo máscara, ahora solo existía una singularidad de información que no soportaba “ver” directamente. Pero seguía atado a él en más de un sentido y su presencia se filtraba hasta su ser. Sin embargo, Roberto no entendía, pero tampoco tenía miedo porque no le importaba. Su experiencia era distante como si estuviera detrás de un cristal grueso, un pez mirando el acuario de enfrente.

La percepción se agitó como si fuera una cortina de agua interrumpida por una piedra y cambió de foco. Se disgregó y Roberto cayó entre los espacios moleculares hasta una planicie hecha de pelotas de ping-pong, bañada en una luz crepuscular. Arriba, el cielo era una bóveda que lo envolvía como en una ilustración medieval. En el horizonte había un evento difuso, que presentía inestable, caótico, y que recombinaba cada tanto las pelotas de ping-pong de la planicie, dejando escapar volutas microscópicamente gigantes de energía que se manifestaban en lenguas fantasmales y radiactivas de colores ultraterrenos, que vivían solo un par de violentos microsegundos. De alguna manera, sabía que acercarse significaba exponerse a una zona en la que las leyes físicas eran inmaduras o no-constantes o limítrofes o caprichosas. No logró fijar el concepto, pero la advertencia la presentía con cada pico de actividad: se erizaba involuntariamente como si su cerebro reptil lograra descifrar la falta de orden natural. Sin prisa, se alejó del evento hacia ninguna parte, pero las oleadas lo alcanzaban con mayor regularidad e intensidad estrellándose en su espalda, hasta que se encontró corriendo justo por delante de la onda recombinatoria que devoraba la planicie. Entonces, divisó los diamantes que irradiaban una luz lechosa y que se encontraban alineados uno al lado del otro como una frontera imaginaria. Apretó la carrera y cayó al otro lado, se dio vuelta y ahí estaban los diamantes conteniendo el caos. Estaba a salvo, la frontera era más bien un cerco que evitaba el avance. Alguien lo había puesto allí, alguien que sabía que existía ese error infinitesimal, potencialmente destructor.

Otra vez el foco saltó las escalas y viajó atravesando nubes cósmicas y soles chillones, dejó atrás la última definición de objeto luminoso hasta alcanzar una roca oscura. Antigua y degradada se había convertido en una ceniza etérea que bailaba en el borde del universo. Se internó por sus bóvedas laberínticas hasta encontrar ángeles con forma de mantarraya que lo acompañaron hasta una cámara central. También ellos eran extranjeros, también llegaron atraídos por una intuición que no sabían explicar. En la cámara, miles de auroras boreales circulares latían superpuestas en forma asíncrona, una luz tan pura pero cansada que solo era la sombra de algo glorioso. El fantasma de un púlsar. Un reflejo en un espejo empañado. Y otra vez su cerebro reptil se erizó, reconociendo el caos aterrador. Los ángeles se abrieron paso a través de los campos pulsátiles hasta comprender el mecanismo de relojería que realmente era y cayeron en la cuenta de que las cenizas pertenecieron a un primer ser: el creador falible cuyo único error yacía en un corazón devorador. Maravillados, descerrajaron la trampa y los pequeños cristales que formaban la frontera se esfumaron en una lluvia de lentejuelas. Roberto gritó una advertencia y luego la gloria del dragón fundió los exploradores y la roca negra.

Se alejó huyendo hasta dar con el espacio civilizado de los ángeles: un planeta hecho de sus cuerpos de mantarraya con una noosfera saturada de ideogramas aterrados. El dragón se acercaba al universo masticando enloquecido su margen y no sabían cómo detenerlo. Bandas de colores violentos recorrieron el planeta hasta alcanzar un acuerdo y millones de esferas ígneas saltaron al aire hacia todas las galaxias conocidas. Se unió a la estela de un grupo y como en una película que se acelera a cada segundo, atravesó el espacio de regreso al Sol, a la Tierra, América, Chile. Bajó por las faldas de los cerros y adquirió forma local y siguió al animal pequeño e incomprensible y se unió a él para preguntarle.

El visitanteroberto rompió su consistencia.

El shock lo atravesó con látigos eléctricos que flagelaron su córtex. Perdió el control total de su cuerpo azotándose contra el suelo, mientras volvía al mundo de origen. Fue acribillado por las imágenes del visitante retirando la mano pétrea-alejándose-perdiéndose. Cuando la abuela lo encontró y miró dentro de sus ojos y encontró un vacío intenso, ella supo, con toda esa carga de vieja crecida entre mito y campo, que no podía seguir en Pueblo de las Arañas. Lo arropó y miró fijamente al Mañaña durante un feroz segundo: “Aquí no pasó ná, ya sabís, o te las vai a ver conmigo si hablai”. El hombre se limitó a mover afirmativamente la cabeza, clavado por el horror religioso. A los papás les dijeron que fue el shock eléctrico de una línea de alta tensión y que el niño podía tener daño colateral más adelante, pero sobrevivió milagrosamente.

Roberto volvió a Santiago e ingresó en un internado. Nadie conoció su historia, nadie quería conocerla de boca de un pendejo hosco y expectante. Sobre todo en los atardeceres, se quedaba mudo y escuchaba, aunque reconocía que no sabía qué. A veces respondía que en sueños veía un dragón que no era un dragón, sino algo mucho más grande y que también había que temer más. O que soñaba que preguntaba a la gente una forma de crear una nueva corona de diamantes y, aunque todos huían de él, sabía que en alguna parte existía la respuesta. Cuando cumplió dieciocho, se compró una máscara del gato Tom y no volvió a la Institución, impulsado por una angustia quemante de no quedarse quieto, siempre hablando de diamantes.

Todos los veranos, los visitantes bajan al Pueblo de las Arañas, merodean dando tumbos en su caminar que no es caminar y, al final del día, se van, convirtiéndose en insectos negros y luego en motas en la distancia de los cerros.

Luis Saavedra Vargas nació en 1971 en Santiago de Chile. Siempre se interesó en lo fantástico por su estética de colores chillones y luminosos y sus monstruos siempre enfurecidos con buen gusto por las mujeres. Se le conoce mejor como editor del fanzine chileno Fobos y los Púlsares, los libros que recogieron los relatos ganadores del concurso del fanzine. Sin embargo tiene su faceta de escribir: su relato “Ol’fairies Bar” quedó finalista del concurso Domingo Santos 2005, en España, mientras que ha sido seleccionado para participar en antologías nacionales y extranjeras, y así también ha sido traducido al francés, italiano, inglés y, sorprendentemente, el árabe. Hoy forma parte del colectivo chileno de escritores fantásticos Poliedro, que lleva cinco colecciones de cuentos a la fecha y se prepara a sacar la sexta. 

LO INCONFESABLE

Hernán Bortondello

 

Luis, con sólo doce años, fue quién lo descubrió sentado en su silla de ruedas ante el escritorio. Ariel, su hermano mayor, parecía dormir con la mejilla izquierda descansando sobre los brazos cruzados. Recién al acercársele, descubrió sobresaltado que sus ojos, completamente abiertos, no parpadeaban. Estremeciéndose, sintió que esa mirada congelada lo atravesaba buscando a alguien en la distancia. Supo entonces, con absoluta certeza, que su amado modelo a seguir, su protector y confidente, estaba muerto. Y en el momento que comenzaba a preguntarse por qué, se percató de que delante de aquella querida cabeza, sobre el viejo tablero de roble en el que tres generaciones de Andrades habían estudiado medicina, yacía una jeringa vacía encima de un sobre blanco. El niño entendió con claridad lo que eso significaba. Estirando una mano temblorosa, retiró cuidadosamente la carta por debajo de la aguja asesina. Lleno de congoja, titubeó antes de extraer su contenido: leerlo perfeccionaría lo definitivo. Sin embargo, tomó aliento y lo hizo. A través de una niebla de lágrimas, recorrió las palabras escritas con una caligrafía cuidada; inequívoco símbolo de la firmeza de la decisión. No era una misiva, era una esquela fúnebre, un aviso de defunción impreso por anticipado. Allí, su hermano contaba que su gran amor, Julia, la joven enfermera que les presentara a sus padres dos años atrás, le había confesado haberse enlistado como voluntaria para atender a los heridos en Puerto Argentino y que partiría en dos días. Aquel acto secreto del que había sido excluido, la pronta lejanía física y el peligro mortal que correría la muchacha tras las líneas de combate, consiguieron hacerle perder la cabeza. Desesperado, fuera de sí, no pudo evitar gritarle con furia todo tipo de amargos reproches, y, a ellos, siguieron insultos tan hirientes que la muchacha decidió terminar con el noviazgo.

Pese a la ruptura, él creyó que podría remediarlo. Poseyendo estudios médicos avanzados, se enrolaría también como personal sanitario. Una vez en las islas no tardaría en ubicarla; sabía que obtendría su perdón y lograrían reconciliarse. Esperanzado, intentó llevar a cabo su plan, pero el ejército no lo admitió: la invalidez de sus piernas fue el obstáculo fatal, su condena. El texto transmitía fielmente toda la amarga impotencia que ensombrecía su vida. Para Ariel, que la última puerta se le cerrara en sus narices, había sido devastador. Enloqueció imaginando que su ángel, su razón de vivir, no volvería de aquel infierno.  No podría soportarlo, era el fin… Llegó entonces ese domingo fatal, a un mes de que Julia volara a la isla Soledad en un Hércules C-130 y a él se le muriera el corazón.

Las primeras luces de la mañana comenzaban a filtrarse por la ventana del dormitorio cuando se despertó. Sentándose en el borde de la cama fue más consciente que nunca de que ya nada latía en su pecho y que había llegado la hora de oficializarlo. La confesión concluía con una última frase en la que les pedía perdón a su familia y a Dios, explicándoles que no soportaría un día más temiendo recibir la noticia de que la habían asesinado. Luego nada más, sólo un estremecedor punto final.

A nadie extrañó que la tragedia despertara en Luis una apasionada vocación por la psicología, y que doce años más tarde se recibiera como profesional de esa disciplina. El tiempo siguió pasando, como es su costumbre, y al atardecer de un primaveral día del año dos mil trece, el licenciado Luis Andrade aprovechaba una hora muerta para reflexionar sobre uno de sus pacientes más enigmáticos.

Castañeda era un hombre cuya problemática, inicialmente, no le había parecido muy distinta a la de otros que fueron estigmatizados por los horrores de Malvinas. A lo largo de los años, unos cuantos de ellos habían traspasado la puerta de su consultorio buscando ayuda. Aún décadas después de finalizada aquella guerra desigual, el estrés postraumático seguía atormentando a muchos de sus compatriotas, y, aunque al psicólogo lo alentaba una gran vocación, sentía por estos casos un especial compromiso: el conflicto bélico en el remoto archipiélago austral se vinculaba estrechamente al drama que enlutó la vida de sus padres hasta el último instante de sus vidas. Solo él quedaba para mantener encendido el dolor, y ninguna de sus fórmulas profesionales había podido apagarlo.

David Castañeda había luchado como cabo primero en la sangrienta batalla del Monte Longdon, y por su desempeño allí fue condecorado con la medalla “La Nación Argentina al Herido en Combate”. Luego de que finalizaran las hostilidades, tras regresar al continente junto a sus camaradas, decidió retirarse del ejército ante el estupor de quienes cursaran con él la escuela militar. Conocedor de algunos oficios y siendo un tipo muy trabajador, no le faltó trabajo en el ámbito civil. Sin embargo, no duraba mucho en los empleos debido a su mal carácter. Lamentablemente, la secuela más negativa que le dejara la guerra no era la renguera de su pierna izquierda, sino su dificultad para controlar la ira.

Andrade no recordaba cuándo empezó a notar que David era un caso atípico. Quizás, pensó, fuese en aquella sesión, días previos al último año nuevo, en la que unos adolescentes hicieron estallar una bomba de estruendo en la calle. Luis, sobresaltado, dio un respingo en su silla, pero, extrañamente, la única reacción de Castañeda fue la de dirigir una mirada curiosa hacia la ventana. La mayoría de los excombatientes, incluso quienes no sufrían de estrés, hubiesen amagado un cuerpo a tierra como reflejo automático ante lo que bien podrían haber interpretado como la explosión de una granada. También había registrado, que, si bien el ex suboficial relataba los mismos horrores y experiencias vividas por otros soldados, carecía de la inconfundible mirada de los dos mil metros; ese síntoma postraumático caracterizado por una expresión ausente, como si se observara un horizonte más allá de las paredes. Muy por el contrario, la mirada de Castañeda era enfocada, intensa y parecía clavarse en los ojos del psicólogo como si quisiera transmitirle un mensaje que no podía, o no se atrevía, a expresar con palabras. Por un tiempo estos fueron los únicos apuntes destacados en la libreta del médico y, cuando comenzaba a perder las esperanzas de ahondar en su problemática, David empezó a evidenciar un cambio. En las últimas sesiones, Luis había descubierto en el veterano de guerra una apatía que iba in crescendo.  Paralelamente, su paciente le manifestaba que sus episodios de ira se estaban agravando. Tras preguntarle por qué pensaba que le ocurría eso, el paciente dirigió la vista hacia la alfombra bajo sus pies y pareció reflexionar por unos instantes. Luego, irguiéndose en el diván con expresión algo sorprendida, dijo creer que sus arrebatos eran en alguna medida conscientes. Andrade, tenaz como un sabueso, pidió entonces que le intentase explicar por qué buscaría perder el control. La respuesta se hizo esperar; el veterano, con la cabeza gacha otra vez, parecía explorar sus íntimas motivaciones. Finalmente, tras el largo silencio, alzó el rostro y respondió que quizás lo hacía para intentar sentir algo. Ante la mirada interrogativa del terapeuta, el hombre murmuró que cada vez le resultaba más insoportable su propia insensibilidad, revelando que pese a todas las horribles experiencias que le relatara, en realidad no experimentaba que lo hubiesen afectado en lo más mínimo. Sus recuerdos le parecían los de otro, y cada vez le eran más indiferentes. Luis, que tomaba notas del repentino aluvión de información, se dio cuenta que su paciente hablaba tan bajo que casi se tornaba inaudible. Entendiendo el inmenso esfuerzo espiritual que aquella persona había necesitado para penetrar su propio inconsciente, apresuró el fin de la sesión. Luego de despedir a Castañeda con un cálido apretón de manos, cerró la puerta de su consultorio y se dejó caer en el mismo sillón que acababa de ocupar su paciente. Se sentía una bestia; lo había forzado demasiado a enfrentar sus demonios. No volvería a hacer algo así jamás, se prometió.

Una semana después volvían a estar frente a frente. Aún no habían dicho más palabras que las del saludo inicial. Andrade aguardaba en silencio, tratando de no evidenciar ansiedad; no deseaba que su interlocutor se sintiese obligado a hablar antes de estar plenamente dispuesto para hacerlo. Pese a la presunta insensibilidad de la que le hablara en la sesión anterior el ex cabo primero, el psicólogo no pudo dejar de notar que ese día sus ojos transmitían todo lo contrario. Algo ardía en el fondo de ellos y a Luis se le hacía difícil enfrentar aquella mirada: ese fuego lo quemaba también a él. Finalmente, no tuvo más remedio que desviar la vista, simulando que consultaba la hora en su reloj pulsera. Fue entonces cuando reparó en que aquel cincuentón, anclado todavía en sus veinticinco años, estaba apretando tanto el puño derecho que los nudillos mostraban el blanco de los huesos. David Castañeda se dio cuenta que el terapista miraba su mano pero, sin dejar de observarlo, pareció apretarla aún más. Sorprendido, el terapeuta pudo ver filtrase sangre de entre los dedos del hombre. La imagen lo hipnotizó por unos segundos y solo pudo reaccionar cuando las oscuras gotas comenzaron a caer al piso. Abandonando su asiento, como impulsado por un resorte, se sentó al lado de David aferrándole el puño con ambas manos, y, tras gran esfuerzo, logró abrirle la garra. En el medio de la palma ensangrentada había una medalla de plata con el escudo argentino, la cinta celeste y blanca manchada de rojo, y el broche bien hundido en la carne. Castañeda, tapándose los ojos con la otra mano, rompió en un llanto ronco y las palabras brotaron de su boca, atropellándose unas a otras. Quebrado, al fin, dijo que esa condecoración era una burla. Que cuando los ingleses finalmente acabaron con la defensa argentina, el soldado Carlos Méndez y él, ya sin municiones, se habían ocultado entre unas rocas para no ser aniquilados. Que era de madrugada, todo estaba oscuro aún, y por sobre los ayes de dolor de los caídos de ambos bandos, se escuchaban cada vez más cerca conversaciones y órdenes de mando de las tropas inglesas, que avanzaban cuesta arriba para tomar la altura que habían ganado. Esporádicamente, sonaban breves ráfagas de armas automáticas. Que entonces el pibe Méndez entró en pánico. ¡Están rematando a los heridos los hijos de puta!, sollozó con voz ahogada y, loco de terror, lo había empujado a un lado para salir corriendo del escondite... Llegado a ese punto del relato, Castañeda pareció tomar aliento, como juntando fuerzas para lo que iba a decir. Haciendo un evidente acopio de valor, continúo su confesión con un énfasis que rozaba el delirio: ¿Que qué iba a hacer él? Que se espantó también, que no podía permitir que el mocoso delatara la posición, que le había pasado un brazo bajo el cuello para inmovilizarlo al tiempo que le tapaba la boca, y... Aquí Castañeda, agitado, consiguió frenar la verborragia que había escapado después de años de bloqueo mental. Luis aprovechó la pausa y se incorporó para ir hasta el dispensador. Llenó un vaso con agua fría y se apuró a entregárselo al hombre cuya consciencia acababa de hacer erupción. Éste, con su pecho aun subiendo y bajando, intercaló descansos entre trago y trago. Luego, con el vaso aún en la mano, prosiguió con una voz en la que se mezclaban el alivio y el agotamiento extremo. Admitió que su propio miedo a ser asesinado le impidió medir la fuerza con la que apretaba la garganta del conscripto, Desesperado por la falta de oxígeno, el muchacho alcanzó a tomar su bayoneta y apuñalarle varias veces el muslo derecho. Ciego de dolor y aterrorizado por ser descubierto, el cabo primero terminó estrangulando a Méndez. En ese preciso momento percibió el susurro de correajes y apagados ruidos metálicos. El enemigo los había alcanzado. Solo atinó a ocultarse bajo el cuerpo tibio del soldado, haciéndose un ovillo mientras le rogaba a la Virgen María que lo salvara. Escuchó entonces el sordo ruido, como de matraca, de un subfusil abriendo fuego, y los paf paf de las balas impactando en su escudo humano. Creyó a reconocer un sorry, boy, dicho por lo bajo, y, poco después, nada; los invasores los habían dejado atrás. Sin perder tiempo, huyo entre las últimas sombras; justo antes del delator amanecer. 

—La ironía más insoportable, licenciado, fue que más tarde me dieran esta medalla por heridas recibidas en combate… —cerró con amargura el veterano.

Terminada la sesión, David Castañeda se dirigió a la comisaría más cercana y confesó su crimen. Hasta el día de hoy, recibe tratamiento ambulatorio en el Hospital de Salud Mental “Evita” de Villa de Mayo, provincia de Buenos Aires. Pero durante los primeros tiempos, cuando su expaciente debió permanecer internado allí, el licenciado Andrade fue a verlo varias veces, De esas visitas que le hizo, jamás pudo olvidar la primera. En aquella oportunidad, le presentaron a la psiquiatra que atendía a David: la doctora Julia Varela. Al estrecharse las manos, se reconocieron con estupor. A ambos se les inundaron los ojos de lágrimas y de inmediato se estrecharon en un fuerte abrazo que les pareció eterno.

Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus  relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

GAME OVER

Lídia Fedina

 

Estaba allí, junto a la baranda del Puente de las Cadenas, admirando la vista del Castillo iluminado. Sentí un escalofrío. Había algo extraño en su postura… como si se preparara para hacer algo. De pronto se volvió hacia mí.

—¡Qué ciudad tan hermosa! —Lo dijo como si ya nos conociéramos—. Me alegra encontrar por fin a alguien que entiende lo que está pasando —continuó con la mayor naturalidad, acercándose un paso—. Somos pocos, ¿sabe? Y cada vez menos…

—¿Pocos? —pregunté, desconcertada.

—Claro. Antes todos lo sabían. Bueno, al menos los que tenían entendimiento. Usted sabe a qué me refiero…

¡Está loco!, pensé. Respiré hondo: la verdad, por difícil que sea de pronunciar, siempre es mejor que el completo desconcierto.

—No, no sé —le dije.

Me miró fijamente, luego soltó una carcajada.

—¡Ah, claro! Usted solo lo intuye. Precisamente de eso hablo: antes todos lo sabían. —Movió la cabeza, perdido por unos segundos en sus pensamientos. Me maldije por haber entablado conversación con un desequilibrado y estaba por marcharme cuando volvió a mirarme—. Es como un videojuego —dijo—. Pero al revés. Los videojuegos fueron copiados de esto. Podría decirse que todos juegan con esas copias, sobre todo en sus teléfonos inteligentes.

Asentí. Bien, eso al menos era comprensible: me había topado con un fanático enemigo de los smartphones.

—Perdón, pero yo… —Intenté irme, pero ya era tarde.

—Por favor, solo un minuto. Sé que lo entenderá. Lo recordará. ¡Por favor! —El miedo y la curiosidad se mezclaron en mí. ¿Recordaré…?—. Lo sabe —continuó—: Game over. Start a new game? En todos los idiomas significa “El juego ha terminado. ¿Iniciar una nueva partida?” Todos los juegos terminan así. Incluso si uno los interrumpe, siempre que salga de forma correcta, la máquina ofrece automáticamente un nuevo juego.

—Sí, claro —respondí—. No hay nada extraño en eso, sobre todo en los juegos de monedas…

—Exacto —sus ojos brillaron con un destello travieso—. Porque eso significa libertad. La libertad de elegir. Continuar o no. Repetir el mismo juego o elegir otro.

—O no jugar —añadí, porque desde mi adolescencia no jugaba ni en computadora ni en el móvil.

El desconocido se ensombreció.

—Hay que jugar. Todos juegan, aunque no lo sepan. —Al ver mi mirada escéptica, se apresuró a añadir—: No con máquinas, no me refiero a eso. Hablo de la vida. El mundo es un escenario y todos somos actores en el teatro de la vida —citó libremente Shakespeare. —El extraño sonrió—. Él sí lo sabía.

De pronto me harté de todo aquello. ¿Por qué tanto misterio? ¿Por qué me había puesto a hablar con él?

—¿Qué sabía? —pregunté con tono desafiante.

Él retrocedió.

—Perdón. Siempre olvido que usted también solo intuye la verdad. —Estaba por decirle que ya bastaba, pero levantó las manos en gesto conciliador—. Por favor, no se enoje. Le estoy realmente agradecido por haberme visto, por haberme hablado. Lo he intentado tantas veces, pero nunca logré transmitirlo… —hurgó en su bolsillo y sacó un pequeño aparato, como un teléfono móvil—. Esto. —No tuve tiempo de reaccionar antes de que sacara otro igual—. Este es mío. Pero el otro… Hace tiempo que busco a quién entregárselo. Es una especie de misión, de encargo, si quiere. Cuando lo acepté, no imaginé lo difícil que sería hallar a alguien: alguien aún consciente. Mire, tengo más de cuarenta años, y dejando de lado la infancia, llevo mucho tiempo viviendo aquí. Varias veces quise interrumpir el juego, pero siempre me detenía… no sé, la sensación de que debía quedarme hasta encontrar a alguien a quien pudiera ayudar. Alguien que aún recordara, o al menos tuviera la capacidad de hacerlo, aunque le faltara la herramienta. Así que me quedé. Pero ahora… quiero entregarlo. Quiero que lo acepte.

Antes de comprender lo que hacía, ya tenía el aparato en la mano. Lo tomé como si fuera lo más natural del mundo, aunque no entendía gran cosa de lo que me decía. En el fondo, un pensamiento brilló fugazmente.

—¿Usted no es humano?

Él estalló en carcajadas.

—¡Por Dios! No soy ningún superhéroe ni un extraterrestre. Soy tan humano como usted. Solo que yo aún juego conscientemente. La mayoría… ni siquiera sospecha que podría modificar las reglas del juego o salir. —Su voz se encendió con un entusiasmo febril—. ¿Entiende lo trágico que es? ¡Las personas creen que el destino las arrastra de horror en horror! Pero podrían reprogramar el juego en cualquier momento, o salir de él. ¡Tienen su destino en las manos! El destino solo existe para quienes ya no saben jugar. ¡Game over! ¿Lo entiende? Game over en cualquier momento, y puede comenzar un nuevo juego, ir al menú, cambiar los ajustes… ¡sería tan sencillo! Pero la mayoría ya no puede controlar su juego, porque ha olvidado la realidad. Su propia partida los devora: la creen absolutamente real. O no tienen los dispositivos adecuados. Por eso sufren enfermedades, desgracias, horrores de todo tipo. Terrible. Este aparato –me lo mostró– sirve para controlar. Es muy sencillo. Si el juego actual no le gusta… Perdón, veo que no lo entiende. Vida y juego son lo mismo, sinónimos. Creamos nuestra realidad, moldeamos nuestras circunstancias. ¡Eso es libertad ilimitada! Lo dicen todas las escrituras sagradas. Todo depende de nosotros; podemos hacer cualquier cosa, pero creemos que no podemos cambiar nuestro destino. Pensamos que la voluntad ajena nos empuja por un camino fijo. ¡No! No es así. El juego –la vida– puede reprogramarse o detenerse en cualquier momento y empezar otro. Siempre. Y si se termina uno, se inicia otro. Solo no se debe morir… Quien muere, queda fuera. Pero eso es otro asunto, parte de la existencia biológica. ¿Lo comprende ya? Es así de simple. Presiona el botón: Game over. ¿Termina el juego? Sí. Luego aparece el mensaje: Start a new game? ¿Iniciar nuevo juego? Sí, y se eligen los parámetros. ¿Está claro?

Sí, clarísimo: no tenía sentido alguno. ¿Qué quería de mí? ¿Matarme?

El miedo me recorrió la espalda como hielo. Miré alrededor: del lado de Pest se acercaba un grupo de turistas. No podía hacerme daño con tantos testigos. Suspire de alivio… aunque enseguida volvió la ansiedad. ¡Justo ahora se detienen a sacarse fotos!

—¿Se ha quedado sin palabras, verdad, señora? —preguntó con tono amable, aunque no por eso menos demente—. Me alegra tanto haber podido entregarle el control. —Me sonrió feliz, luego presionó unos botones en su dispositivo—. Ahora detendré mi juego. Ya era hora. Voy a salir. Luego empezaré otro, pero no en una civilización tecnológica. ¡Ya tuve bastante de objetos hostiles! ¡Siempre termino lleno de moretones!

Rio, y volvió a pulsar algo.

Listo, pensé, ahora explotará y nos volará a los dos. Un suicida, y yo tan estúpida que me puse a hablarle. ¡Me lo merezco! Los turistas seguían posando, así que ellos al menos se salvarían.

El extraño me guiñó un ojo.

—No lo olvide: cualquier cosa, en cualquier momento.

Estaba a un paso de la baranda. No sé cómo lo hizo, ni qué pasó, pero de pronto el agua me azotó el rostro. El Danubio se alzó y golpeó el puente mientras absorbía el cuerpo que caía… o al menos eso creí. Tal vez me lo contaron los rescatistas. Yo no vi nada. Amnesia, diagnosticaron. Pérdida de memoria a corto plazo. Pero no hubo ningún lapso. Los turistas seguían divertidos en la entrada del puente. El extraño me guiñó, pulsó algo en su aparato y… el espacio lo tragó. No el agua: el espacio. El agua solo salpicó, pero tan violentamente que acabé empapada. Imposible que el cuerpo humano causara tal ola. Nadie me creyó que estaba mojada por el Danubio. Los policías dijeron que era una ilusión, aunque no supieron explicar por qué tenía el cabello húmedo. Alguien debió arrojarme agua, quizá para reanimarme cuando me desmayé del shock.

Pero yo no me desmayé. Y él… no se suicidó. Eso es un hecho.

—No veo un motivo valedero para mantenerla ingresada —dijo al día siguiente el joven médico—. Pero si prefiere que la derivemos a psiquiatría, solo dígalo.

—No, gracias.

Ni siquiera quería entrar al hospital, pero las buenas almas me obligaron. Sufrió un trauma severo, repetían. Y tenían razón, en cierto modo: mis pensamientos estaban enredados.

—No es muy habladora —comentó el médico amablemente.

—No, la verdad —le sonreí débilmente—, pero estoy bien.

Asintió.

—Le prepararé el alta. Recoja sus cosas en la sala; las enfermeras la ayudarán.

Fui a la sala de enfermería por mi bolso. Lo tomé, esperé el informe, y me iría. La pesadilla había terminado.

¿Pesadilla? ¿Por qué lo decía? ¿Porque todos lo repetían?

Estaba segura: no encontrarían ningún cuerpo. Y no porque el río lo arrastrara lejos. No. El extraño simplemente salió del juego. Game over. Pasó a otro juego.

La enfermera me entregó el bolso y mi cárdigan y se marchó. En el bolsillo del tejido ligero pesaba algo: el “móvil” que me había dado. O algo que se le parecía. Bajo unos signos extraños se leía “Gamo”. Sin marca reconocible. Pequeña pantalla, pocos botones. El modelo más simple imaginable. Instintivamente presioné el botón Menú.

La pantalla se iluminó. Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Iniciar nuevo juego? Botón izquierdo: sí. Derecho: no. ¿Nuevo juego? ¡Para mí eso no es una pregunta! ¡Nunca juego! ¿Y si ahora sí…? ¿Y si inicio una nueva partida, o reprogramo la actual, cambio las condiciones de mi vida y así evito todos los problemas…? Entonces ¿también a mí me absorbería el espacio? ¿O de pronto aparecería en otra vida? Pero no es tan fácil salir: miles de hilos, que creemos irrompibles, nos atan aquí. ¿Qué pasaría con los demás participantes del juego, es decir, de mi vida? ¿Serán simples programas, accesorios? Si salgo, ¿desaparecerán, se transformarán? ¿O también son jugadores, y vamos modificando las partidas de los otros? Al fin y al cabo, éramos varios en el puente cuando el extraño desapareció –o, como dijo él, pasó a otro juego– y ni los turistas ni yo sufrimos daño… salvo que mis ideas quedaron hechas un nudo, y tambaleó toda mi noción de la realidad.

El extraño me había dicho que él todavía jugaba conscientemente. Y que yo podía recordar… ¿Iniciar nuevo juego? ¡De ninguna manera! Si elijo “no”, será “no”, y punto.

Presioné: NO

—¿Continuar partida anterior?

¡Esa no es mi partida! ¡Ni hablar de continuarla!

NO

—¿Iniciar nuevo juego?

¡Maldita sea! A alguna pregunta hay que responder “sí”… Pero ¿a cuál? Si no comienzo una nueva, continuaré la vieja…

¡No y no! ¡No juego, y se acabó! Nunca, jamás, en mi vida había hecho algo semejante, pero entonces… ¡Arrojé basura por la ventana! Desde el segundo piso del hospital lancé el “móvil”. Ojalá se haya hecho añicos. Y sin embargo, al deshacerme de él, en lugar de alivio sentí una punzada, un eco que latía dentro del cráneo. ¿Realmente no juego?

Desde entonces sueño a menudo que la diminuta pantalla parpadea ante mis ojos con la pregunta: ¿Iniciar nuevo juego? Sí – No.

Y ni siquiera en sueños me atrevo a decidir…


Título original: Game over

Traducción: Sergio Gaut vel Hartman


Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódjaVirokalipszisIdiótazásAz elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.


LA ESTRELLA DE JUGUETE

Joyce Barker Bukat


—¿Te acuerdas de Benito? Ayer lo vi.

—Ana, teníamos siete años, y mira en qué terminó eso: no dejaron que me juntara más contigo, y tus padres se pelearon con los míos. No te he visto en siglos y vienes con esto. Yo también lo vi varias veces, solo que no le conté a nadie. Tú hiciste exactamente lo contrario y bueno, para qué seguir. —María recordó el día en que le prohibieron verla, y a la semana siguiente se cambiaron de casa y de colegio. 

—Benito era bien callado, y a veces me daba la impresión de que no le caía muy bien, pero después supe que no —rio, sin darle importancia a lo que decía María—. En todo caso, nosotras pudimos vernos después, pero no lo hicimos. Supongo que cada una tendrá sus razones ¿no? Al menos, yo sé las mías.

Ana y María solían juntarse después de clases a jugar, en casa de una u otra, eran vecinas y generalmente estaba Benito, el amigo de Ana, con ellas. Así pasaron dos años, antes del cambio de casa y de colegio de María. Después de eso, no supieron más de la otra, hasta el día en que Ana le envió un mensaje por Facebook, un par de años atrás. Esa vez solo se saludaron.

Un día, décadas después, se encontraron caminando por la calle. Se alegraron de verse, y se pusieron al día contando sus vidas: María se había casado con su novio de la universidad y Ana se había separado hacía cinco años y ahora estaba viviendo con su novio en la casa de sus padres, que ya no estaban vivos. Ninguna tuvo hijos.

—Siento lo de tus padres —le dijo María.

—Gracias.

—¿Cuándo pasó?

—El año pasado. Eran ancianos, mucho más viejos que los tuyos… y estaban enfermos.

—Había olvidado que eran mayores, tienes razón, no se puede vivir para siempre — suspiró—. Oye, ¿y con quién estás de novia? ¿Lo conozco?

—Sí, es Benito.

—Ah, vas a seguir con tus bromas de mal gusto.

—Jaja, sí, perdóname, no lo puedo evitar. Mejor te invito a mi casa mañana, es la misma que conociste, no te costará llegar. ¿Tienes aún la estrella de juguete? Tráela.

María estacionó el auto afuera de la casa de Ana. Esperó unos minutos contemplando los rincones vegetales que solían ser escondites en su infancia. Se le apretó el pecho. "¿Cómo es posible que Ana haya visto a Benito de nuevo?". Respiró hondo y se bajó. Caminó hasta la puerta de entrada y tocó el timbre.

—¡Pasa! —gritó María—. Está abierto.

—¿Adónde estás? ¡Traje la estrella! Me costó encontrarla.

—¡Qué bueno que la trajiste! Estoy acá, arriba.

María subió las escaleras y fue hacia la habitación donde se escuchaban pasos. Había un niño jugando en el piso con una estrella de plástico azul, idéntica a la que había traído María. "¿Será el hijo de su novio?” pensó, mientras buscaba a Ana con la vista.

—¡Hola! Ana me dijo que estaba por acá—. Pero el niño hizo caso omiso al saludo de María, y siguió jugando. Luego se levantó del piso y caminó hacia la ventana.

—¡Mira! —exclamó el niño, apuntando con el dedo.

—¿Que mire qué? A ver —María se acercó a la ventana.

Afuera, su auto estacionado y ella tirada en la vereda, con las llaves en la mano y la cartera desparramada. María se miraba, atónita: "No puede ser". La gente que pasaba por ahí comenzó a rodear el cuerpo sin vida. Al poco rato llegó la policía y la ambulancia. 

—¡Ana! ¡Ven, por favor! — gritó María, despavorida.

—¡Aquí estoy! ¿Acaso ya no sabes jugar a las escondidas? —Salió por debajo de la cama—. Tardaste en llegar, pero hubiera pasado exactamente lo mismo, Benito no miente nunca. Él sabía que ibas a tener un paro cardíaco. Ven, siéntate con nosotros y giremos la estrella. Deja de mirar por la ventana.

María escuchó a Ana, que ahora era una niña, pero no le dijo nada, no le importó. Respiró hondo y se sentó con los niños en el suelo. "Estoy muerta, y ahora qué". Ana comenzó a girar el juguete. Al hacerlo, un destello azul salió expulsado de la estrella.

 Ahora María tenía puestos unos zapatitos de charol negro y unos soquetes blancos con vuelitos. Miró a Ana y a Benito, y sonrió.

—¿Así que este era tu novio, Ana? —dijo arreglándose los chapes. 

—¡No! ¡Cómo se te ocurre! Es feo y tonto —respondió colorada—, te dije eso no sé por qué. 

—¡Te gusta, te gusta! —cantaba María, burlándose de su amiga, olvidando por completo que alguna vez fueron adultas. 

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

EN CASA AJENA (OCHO)