sábado, 1 de febrero de 2025

FRUSTRACIÓN

 Marcela Iglesias

 

Todas las mañanas, Fresia Altozano se levantaba a las cinco de la mañana para preparar el desayuno de Mario, su hijo cuarentón, que había dejado su vida a un lado para quedarse cuidando de ella cuando las hijas mayores se fueron a vivir a otras ciudades, lo más lejos que habían podido. El padre falleció cuando Mario era pequeño, obligando a Fresia a trabajar en la cocina de un hotel porque ella “no sabía hacer más que cocinar”. Cuando Mario obtuvo un trabajo en el archivo del municipio, decidieron que Fresia no trabajaría más.

La rutina era la misma todos los días, preparar un desayuno contundente para que Mario no tuviera hambre en todo el día y “no se gastara la plata comiendo afuera”. Había que pelar las papas y la zanahoria para la sopa y para el guiso. Sofreír la cebolla con el ajo para dar sabor, tostar los fideos en la sartén, escoger buenos trozos de hueso carnudo para el estofado y desmenuzar el queso para la sopa. Ah, y no te olvides de licuar la fruta de temporada para el batido y secar el arroz blanco. Doña Fresia, como le decían todos, menos Mario que la llamaba “madre”, no tenía tiempo de pensar. Llevaba demasiados años haciendo lo mismo, lo hacía como un autómata de línea de fábrica, con gran precisión y sin cometer errores.

Dejaba “parando las ollas” como solía decir y se apresuraba planchando la camisa del día y la corbata a juego para que Mario fuera pulcro a su trabajo y nadie osara decir que no tenía madre que lo cuidara. Le ponía la ropa en la cama mientras Mario se duchaba, ducha de diez minutos para ahorrar agua y gas y no más tiempo para no dar paso a veleidades que pusieran en peligro la moralidad y buenas costumbres.

Lista la comida, doña Fresia corría a la panadería a retirar el pan recién salido del horno, caliente y delicioso, que religiosamente había pagado la noche anterior. Por otra parte, las monjitas del convento vecino le entregaban el café recién molido en agradecimiento a sus penitencias y limosnas.

Todo funcionaba como un relojito en aquella casa.

Mario salía del baño, se ponía su ropa recién planchada, se hacía el nudo de corbata tal como su padre se lo había enseñado muchos años atrás, se peinaba y salía completamente acicalado a tomar su desayuno.

Su madre lo esperaba siempre con la sopa de fideo con queso y papas, humeante y apetitosa. Pero antes, “el jugo primero mijito, el jugo primero” y Mario bebía de un sorbo el jugo espeso y dulce que su mamá le preparaba. Luego la sopa, el segundo plato con el guiso de carne y el arroz blanco, graneado y perfecto “que le había enseñado aquel chef cuando ella trabajaba en la cocina del hotel”. Terminaba siempre la comida con la discusión por la temperatura del café, servido en una taza de peltre que no se enfriaba nunca y la pieza de pan dulce, especialmente comprado para él.

Mario se levantaba de la mesa, agradeciendo a su madre por tan suculentos manjares, se cepillaba los dientes y mientras terminaba ya estaba doña Fresia con la chaqueta, el maletín y el paraguas esperando a Mario en la puerta para que se dirigiera al trabajo y todo esto justo a las siete y treinta y cuatro, para que Mario no perdiera el autobús que pasaba a las siete y cuarenta y uno por la parada que quedaba a dos cuadras de la casa. Un relojito.

Mario regresaba a las diecisiete y cincuenta, trayendo el periódico de su oficina para que su madre hiciera el crucigrama mientras lo veía comer la misma dosis del desayuno, con la diferencia que para la noche había postre, budín de pan, con los panes que quedaban duros del día anterior.

Veían el noticiero y Mario se retiraba a dormir a las veinte y treinta. Fresia se quedaba un rato más, ordenando la cocina para que nada le quitara tiempo en la mañana.

Siempre lo mismo, cada semana, de cada mes, de cada año durante los últimos quince años.

Pero un día sucedió algo diferente.

Mario siguió durmiendo. Cuando abrió los ojos, el sol ya estaba alto. Miró su reloj, las siete. ¡Las siete! Corrió a la ducha, cronometró los diez minutos, salió y su ropa no estaba sobre la cama. Tuvo que decidir él qué ponerse. No lo había hecho hacía muchísimo tiempo y tras varios minutos de reflexión, se puso la combinación de camisa celeste con corbata azul que a su madre le gustaba tanto. “Pero esto está todo arrugado” pensó. Se acomodó lo mejor que pudo y se dirigió a la cocina. La olla de la sopa borboteaba derramando el contenido, la cacerola con el guiso estaba quemada, el arroz tenía olor ahumado y no había jugo, no había café hirviendo en la taza de peltre, no había pan. Nada estaba en su lugar aquella mañana. Mario no sabía qué hacer. “¿Qué hago, qué hago?” repetía mientras daba vueltas por toda la cocina, agarrándose la cabeza. Sonó el timbre. Mario se acercó a la puerta pensando que todo este desastre le iba a provocar un retraso. Iba a perder el bus, tendría que esperar quince minutos hasta que el otro bus pasara. Volvió a sonar el timbre, una vez más, dos veces. “Ya voy, ya voy” comenzó a gritar. Llegó a la puerta, se encontró con el panadero, las monjitas y un policía. Aturdido, les dijo que se apartaran que se iba a atrasar. El panadero lo miró con tristeza, las monjitas lo abrazaron y el policía pronunció las peores palabras que alguien podría decirle “doña Fresia está muerta”; el panadero le comenzó a explicar que saliendo de la panadería se había llevado las manos al corazón y había caído al piso, que habían llamado a los paramédicos, que el sacerdote le había dado la extremaunción, que las monjitas le habían puesto las estampitas, pero que nada había funcionado y que estaban en la obligación de avisarle que se estaban llevando el cuerpo a la morgue del hospital y que él debía…

—¡Basta! —gritó Mario haciendo grandes ademanes—. ¡Basta, no diga más!

Empezó a romper todos los adornos que encontró, la vajilla china con borde dorado que “sólo era para las ocasiones especiales”, todo lo que encontró a su paso. El panadero, el policía y las monjitas lo miraban asustados. Como no pudieron calmarlo, se retiraron diciéndose entre ellos que ya le darían las referencias para que fuera a retirar el cuerpo.

Mario se quitó los zapatos y la corbata, lloraba, gritaba. Fue al cuarto de doña Fresia, se retiró a la esquina que miraba a la parada del bus y viéndolo pasar, se acuclilló desesperado.

—Madre, ¿por qué me hace esto, no ve que me voy a retrasar?


Marcela Iglesias nació en San Salvador el 12 de marzo de 1972. Por causa de la guerra civil desatada en su país emigró a Ecuador, donde reside desde 1988. Profesora de matemáticas desde los 13 años, siempre tuvo el deseo de escribir. Ahora se considera una escritora en construcción.

 

TRAVESÍA

 

Luisa Madariaga Young


 

Muchas personas creen que la fortaleza se encuentra en la musculatura física obtenida en los gimnasios, pero puedo asegurarles que existe una superior, aquella que sale a flote cuando nos enfrentamos a situaciones difíciles o extremas; me refiero a la fortaleza de espíritu para librar batallas que parecen imposibles. Evelyn es mi hija menor; se mudó lejos y pocas veces nos veíamos en un año, aunque siempre nos hemos comunicado a diario, esa es la razón por la cual quedé devastada cuando ya desesperada por no saber de ella, recibí un correo que fielmente transcribo aquí:

 “Madre querida, mientras lees mi carta yo estoy luchando por un sueño. Te conozco y se cuánto vas a llorar, pero te ruego comprendas que no me despedí precisamente para evitar ver toda la angustia reflejada en tu rostro al embarcarme en una incierta travesía donde todo puede pasar.

Comienzo diciéndote que el primero en irse, hace tres meses, fue Carlos (ahora querrás desear que nunca nos hubiéramos casado) con la idea de trabajar duro para ir pagando la deuda, ambos pensamos que si esa afortunada circunstancia llegaba a producirse el niño y yo viajaríamos después para reunirnos en Estados Unidos (no lo hicimos juntos por razones de dinero).

 Llegamos a Nicaragua en la noche y estuvimos viajando por varias horas. Cuando amaneció vi como la luz cálida caía sobre los lejanos volcanes ¡Es increíble admirar esas cúpulas blancas! Y me preguntaba ¿Será la nieve? ¿Es posible que exista el invierno en medio de las montañas aunque estemos finalizando el verano? Mientras marchábamos (hay tramos que tenemos que hacerlos a pie), no dejaba de recordar tus enseñanzas cada vez que teníamos que cruzar un río caminando por un estrecho y elevado puente colgante; algo más complicado que mantenerse de pie luego de una pasada de copas.

En Honduras formamos un grupo mayor con personas de otros países, entre ellos había un niño de cinco años que lloraba asustado, el pobrecillo no encontraba a su padre, me acerque y le ofrecí unas golosinas para consolarlo, casi inmediatamente llegó su papá que con una explosión de triunfo ahogó el dolor de creerlo perdido en medio de tantas gentes. Me dijo que eran venezolanos y que viajaban solos. A lo largo del camino hicimos buena amistad y nos ayudábamos mutuamente. Me había percatado que ellos poseían salvoconductos, pero él me confesó que todos los documentos eran falsos, lo único verdadero eran nuestras identificaciones y pasaportes.

Madre, es cierto el peligro que se corre. En Guatemala un hombre se acercó a nuestro guía que observó al intruso con evidente desconfianza, se notaba claramente que era de las fuerzas policiales. Te confieso que hasta ese momento no había visto un arma en ninguno de ellos, debían de tenerlas ocultas, pero sin yo saber cómo, el guía ya lo tenía encañonado y lo condujo al abismo desde el borde del angosto camino que estábamos cruzando. Todos estábamos paralizados, solo atiné a cubrirle los ojos a Carlitos y susurrarle bajito ¡No es nada más que un juego! No escuchamos disparos, pero tampoco quisimos averiguar qué sucedió…

Antes de llegar a México nos separaron en grupos pequeños y nos volvieron a reagrupar, luego de cinco días de viaje, en un rancho aislado, muy cerca de Tapachula. Ahí volví a reencontrarme con el venezolano (Francisco es su nombre), lo reconocí porque usaba la misma indumentaria que usó cuando nos vimos la primera vez, apenas era una sombra de la persona vivaracha que me había ofrecido amistad unas semanas antes. Le pregunté por su hijo y un rictus de amargura desfiguró su rostro, llorando me dijo que en la selva algún insecto había picado a su niño provocándole fiebres y sudoraciones extremas, que le había rogado al guía hacer una parada cerca de algún pueblo para al menos comprar medicamentos, que el guía vino, observó por unos minutos a su hijito y se volvió diciendo “No hay duda de que está enfermo, pero no podemos parar, la vida de una sola persona no puede poner en riesgo la de los demás ni el dinero que se está pagando, negocios son negocios” ¡Perdió a su niño, madre, y yo quedé angustiada pensando en el mío! Traté de encontrar palabras que lo reconfortaran y no pude ¡No existen palabras de consuelo, los padres nunca deben ver morir a un hijo! Solo atiné a ponerle una mano en su hombro y me susurró que ese horrible momento de sepultarlo en medio de la selva, sin apenas unos minutos de despedida prefirió olvidarlo para no sentir otra vez el vacío de la pérdida. Hasta ese momento yo no tenía total conciencia de los verdaderos peligros a los cuales me estaba exponiendo, pero me sobrepuse a la debilidad momentánea con voluntad de acero.

En México nos quedamos estancados por muchos días; éramos más de doscientas personas amontonadas en una casa con las mínimas condiciones higiénicas, ningún mobiliario y sobre la mesa de madera había varios rollos de nylon para acumular los desechos ya que no podíamos salir al exterior, todos dormíamos en el piso sobre colchas que nos trajeron, eso sí, nunca nos faltó la buena comida (demasiado picante pero hicimos de tripa corazón y ya nos acostumbramos).

Finalmente sacaron al primer grupo y nos dijeron al resto que estuviéramos preparados para salir en la madrugada. Esperamos por horas y nada. Luego vino uno de los guías para informarnos que una de las camionetas del traslado se había volcado y tristemente unas diez personas murieron, por lo que las fuerzas federales estaban en operativos, en otras palabras, suspendidos los traslados hasta nuevo aviso. Un colombiano les recordó el juramento que habían hecho de protegerlos hasta la frontera por una suma de dinero bastante alta. El guía levantó la mano para sujetarse los lentes antes de responder que se reunirían esa noche en algún lugar cerca de Chiapas para coordinar con todos sus contactos un traslado seguro; luego añadió: “Nosotros somos buenos, pero no quieran vernos molestos”. Era evidente la amenaza ante tantos interrogantes que definitivamente no iban a responder.

Madre amada, a partir de este momento ya no podré comunicarme más. Voy a cruzar el puesto fronterizo, pasaré un tiempo detenida en inmigración y luego esperar a que mi hermana venga por nosotros. Por favor, no la culpes, es cierto que ella es la que está financiando gran parte de esta travesía, pero fue nuestra la decisión. Soy fuerte, madre, no te imaginas cuanto, he sobrepasado límites que yo misma desconocía. Sé que estás desgarrada por dentro, que a partir de ahora apenas podrás respirar esperando con angustia noticias mías ¡Ten fe y confianza en mí, estaremos bien! ¡Mi decisión y fortaleza de espíritu es grande! Un beso enorme desde lo más profundo de mi corazón, los amo con locura por siempre y para siempre”.


Luisa Madariaga Young nació en Holguín, Cuba y actualmente vive en Vive en Clearwater, Florida, Estados Unidos. Es geóloga, aunque la literatura ocupa buena parte de su tiempo libre. Es una de las participantes más efectivas y aventajadas del TALLER 9 de escritura creativa. 

 

LAS PATAS EN EL BALDE

Víctor Lowenstein

Despertarse con los ojos tapados y las manos atadas a la espalda no le produjo a Romualdo más que la certeza de haber llegado a la hora justa para pagar por sus errores. Sus piernas estaban libres; podía hasta patalear en el aire sobre la silla donde lo habían sentado, pero de poco servía. El silencio era casi absoluto. Una cadencia hecha de susurros suaves iba y volvía hacia sus oídos como un oleaje sereno. Romualdo soltó un sollozo sin querer. Friccionaba sus muñecas hasta sentir en la piel la aspereza de una inconfundible soga que lo maniataba por detrás del respaldo. Era tarde para llorar. 

Casi un año distrayendo las ganancias fraccionadas de una mesa de juego lo convencieron de que podría seguir haciéndolo indefinidamente. “Somos tontos, los vivos” reflexionó con amargura. Había jugado con fuego ese último mes; Vicenzo venía pesquisando el faltante en su club y tarde o temprano iba a averiguar de los descuidos que pasaban a las manos de su hombre de confianza, el mismo que se retorcía las manos anudadas ahora. De haberse detenido hace unos días, estaría a salvo en algún lanchón del delta planeando un largo viaje… la angurria lo perdió y estaba donde se merecía, en la silla donde iba a morir. 

 

Dónde estarían Montoni, Franco, Luzzeti… siempre estaban cuando pasaba algo. Hubiera o no hubiera orden de Vicenzo ellos sabían estar en el lugar indicado. Parecía no haber nadie allí; no podía ver y solo escuchaba un lejano susurrar en medio de un silencio de aguantadero. Porque tenía que estar en esa cueva que Vicenzo les prestaba para usar de guarida de vez en cuando. No olía como el aguantadero conocido. Olor a cemento y tierra húmeda.

Era raro todo; la silla en la que estaba atado se movía; a un ritmo regular, como si el piso entero se moviera de izquierda a derecha. Era un piso de madera. Lo constataba con solo sentirlo en la suela de los zapatos. A lo mejor el bamboleo venía desde adentro de su cabeza. El golpe que habían tenido que darle para desmayarlo era el causante del mareo que sentía, más allá del dolor consistente y soportable en su cabeza.

Los ojos… no, no estaban vendados. No sentía la presión de ninguna venda alrededor de las orejas. Los abrió despacio. Descubrió que el desmayo, y la fuerte luz de ese lugar le habían obligado a cerrar los párpados y legañas de lágrimas secas le pegoteaban las pestañas.

Ya podía ver. Delante suyo, una pared. No era la pared de ladrillos del aguantadero, con su argamasa despareja y gris que tan bien conocía; olía a cemento, pero era un aroma que se mezclaba con otro olor a malezas y aguas estancadas, olor que parecía ir de la mano con el bamboleo que hacía zarandear la pieza, y no su cabeza fatigada.

Era una pared de madera. Rústica, como el techo y el piso de tablones. El olor a cemento salía de una bolsa abierta y echada junto a la pared. Al lado había una pala y un balde de chapa.

La cabeza dejó de dolerle. Era otra cosa lo que lastimaba los ojos, o algo entre los ojos y la realidad frente a ellos. Ese cuarto de madera solo podía ser una sentina; y el bamboleo, un golpetear de aguas contra el casco de ese barco o barcaza. Estaba en medio de algún río, y esa era una mala noticia.

Oyó pasos a sus espaldas. Unos tipos bajaban alguna escalerita haciendo crujir sus peldaños y pronto los tuvo de frente. Eran Montoni, Franco y Luzzeti, sus amigos, pero se veían raros. Ninguno reía y los tres, al unísono, masticaban las puntas de sus cigarrillos echando el humo por entre los dientes. Romualdo los miró, sin encontrarles los ojos.

No entendía; no entendía porqué Franco, su mejor amigo, le estaba sacando los zapatos y las medias mientras Luzzeti y Montoni, nerviosos, revolvían cemento y agua dentro del balde de chapa. No quería entender porqué no le hablaban y le hacían eso a él; qué era eso de meterle las patas en el balde gruñendo como perros enojados.

¿Una broma, muchachos? No, si ahora entendía demasiado bien. Ni Franco ni Montoni se animaban a mirarlo a la cara. Luzzeti sí; el frío, el metódico Luzzeti le preguntaba con voz de acero si quería algo para el final.

Por sobre el susurro del oleaje manso, Romualdo le pidió un revólver. Luzzeti salió y volvió a bajar con un vasito de caña quemada en la mano. Romualdo no entendió que eso era por piedad y lo bebió, de la mano de Luzzeti, mientras Franco le sostenía la cabeza y Montoni miraba para otro lado, ahogando un sollozo.

Los muchachos dejaron pasar quince minutos, entre gimoteos pueriles y preguntas sin contestar. Es que Romualdo no terminaba de entender; tal vez, tal vez todo tenía que ser así; en una de esas era lo mejor. En cuanto el cemento estuvo seco, entre los tres lo subieron a la rastra por la escalerilla. Puteando y gruñendo lo alzaron por cubierta hasta el borde de la barcaza y, sabiendo que algo había que decir, lanzaron gritos propios de un matasiete borracho, auque estaban más dolorosamente sobrios que nunca y, nerviosos como nunca, dejaron que un inmovilizado Romualdo cayera por la borda.

El chapoteo del cuerpo en el agua sonó como un disparo en el pecho de los tres, que seguían masticando sus colillas. Atardecía en el litoral sombrío. Las aguas continuaban meciendo la barcaza. Los tres permanecieron en cubierta largo rato, sin saber qué hacer y sin animarse a mirar al otro.      


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.     

 

viernes, 31 de enero de 2025

1957

 

Erica Echilley

 

La colisión se hacía inminente. Intenté aferrarme al asiento, pero las llamas no dejaban nada a su paso. Mi cara solo devolvía la expresión del horror. No iba a salir con vida del fuego que se acercaba y devoraba todo a su andar. Voy a morir pensé, mientras mi pecho bombeaba tan rápido que parecía abandonar mi tórax. Y de pronto una explosión, las partículas de escombros se aproximaban hacia mi retina. Grité y me cubrí el rostro. La brusquedad del movimiento me despertó de mi trance. Mi cuerpo se mecía por el breve oleaje del mar en el que estaba nadando. De cara al cielo, observé la quietud abúlica del día despejado y suspiré. Era otra de esas pesadillas. “Hay que dar gracias por lo que tenemos”, me decía mi madre cuando era pequeña. Por eso, siempre agradecía poder escapar de la hiperproductividad de la oficina y entregarme al placer inigualable de nadar en el Caribe.

Las playas paradisíacas de Punta Cana se reflejaban en mis pupilas azules que se confundían con la tonalidad del agua. Me mecía con los brazos extendidos apuntando mi rostro hacia el camino de las aves. La preocupación solo se hacía carne en mí cuando volvía a volar. Odiaba volar. Odiaba las turbulencias sorpresivas de esos baches en el aire, hasta que aterrizaba en el aeropuerto y me olvidaba de mis pensamientos derrotistas. Tenía vértigo de morir. Así se lo definía a mi psicóloga cada vez que nos veíamos y le contaba sobre mis ataques de pánico cuando volaba. Tenés que vencer tus miedos, me decía con obviedad como un podcast de cualquier psicólogo famoso de turno. Por eso, cuando mis pies tocaban las manos de la madre tierra, daba gracias por un día más de vida, o uno menos. Daba gracias, a veces, a Dios. A veces solo agradecía mirando al celeste ficticio de los cielos.

Mi saco de huesos estaba bronceado. Mi abdomen era un himno a lo bello, pero también al deseo de todas aquellas mujeres a las que les había dicho que no. Las miradas no se dirigían a otro lugar que no fuera a mi inmensidad. Solía caminar con la arena entre mis dedos y sonreír como una rockstar, como si hubiera una cámara mirándome todo el tiempo. Mi postureo exagerado me situaba en la categoría de ególatra, de soberbia, nada más alejado de ser una agradecida. Nunca hay mejor defensa que un buen ataque, pensaba mientras caminaba como si estuviera en una pasarela. Tenía que sobrevivir al mundo, a mis complejos más marcados, tenía que sobrevivir a mis inseguridades y, en definitiva, a todos los fantasmas que yo misma alimentaba. Pero no quería que nadie lo supiera. A eso se debía el postureo, por eso la soberbia.

Ese jueves llovía. El camino de las ballenas estaba más agitado que nunca, pero a mí no me importó. Nadé hasta una cueva llena de corales y me quedé contemplando un punto de fuga en la perspectiva oscura e inhóspita que refractaba la profundidad del lugar. No me percaté de que llovía más fuerte. La cueva se iba llenando cada vez más de agua ante mis ojos curiosos y ambiciosos que querían seguir nadando para ver qué había en el fondo. Parecía el final del túnel. Nunca había pensado en la muerte tanto como en este viaje. ¿Qué habrá más allá del túnel? ¿Qué habrá más allá del sueño eterno? Sorpresivamente, un estruendo ensordecedor me despertó de mis cavilaciones. Cuando quise darme cuenta, el agua de la cueva había subido en segundos. La corriente me llevó hacia adentro. A esa profundidad. Intentaba nadar, pero la inercia del oleaje me succionaba hacia ese punto negro donde la cueva empequeñecía. El terror de mis ojos se transfiguraba en mis piernas que intentaban patear sin éxito y en mis brazos que lanzaban manotazos sin sentido. De pronto, vi a mi madre, a mi padre, al perro que se había perdido y nunca más volvió. Y vi a mi abuela, y a mi abuelo y a los limoneros en los que solía colgarme en el patio de la casa de mi infancia. Tuve miedo, pero seguramente era otro sueño. Me iba a despertar, pero solo sentía paz. Una paz profunda. Una levedad en el cuerpo. Un silencio sepulcral.

Dicen que el ave de hierro cayó a la deriva con sus hélices consumidas por el fuego. Con su pico besó el mar transparente de las playas del Atlántico. Fue una cuestión de segundos. Su cuerpo metálico e impávido se volvió partículas luego de chocar abruptamente contra los dominios de Poseidón. Los restos del naufragio se mecían entre las olas del mar inexplorado. No hubo sobrevivientes. Nadie del vuelo 1957 llegó a las costas de Punta Cana aquel jueves. Nadie pudo. Yo tampoco.

DETRÁS DE ASTOLFO

Gerardo Horacio Porcayo


Otro de esos días. Primero es el aroma. Los aromas, debería decir; alegres, impertinentes, danzando vaporosos sobre la olla. Si no me gustara tanto ver las burbujas, la agitación de la superficie, creo que jamás volvería a la cocina. Odio el aceite. Las manchas de aceite, la textura del aceite. Por eso prefiero el agua hirviendo. La prefiero cuando está sola, inmaculada. La prefería antes de ponerle las especies. Ahora todo huele a ajos, cebollas, orégano. Y quiero decir todo. Todo, todo. Mis manos, mi cabello, mi vestido...

Es inútil, pero de todas formas le coloco la tapa.

Ahora hay dos sonidos que me acrecientan las náuseas. La tapa en su indeciso ascenso, la tapa vibrando al impulso de esas burbujas que ya no veo reventar. Y el maldito tic-tac del reloj. No sé por qué no he comprado un cronómetro digital. Uno de esos con alarma. Ellos se saben callar cuando no importa el tiempo. Ahora no importa. Tengo el manojo de espaguetis aún en la mano...

El tiempo no importa. No debería ser importante.

Ahora llega otro sonido. Las breves uñas de Astolfo pidiéndome que lo deje entrar; rasguñando una y otra vez la puerta. No sé qué tanto se imagine. O recuerde. Quizás puede verme en su mente, sentada aquí, con los espaguetis en una mano y la otra devastándome el peinado. Una y otra vez.

Quizá es así.

Por la ventana se filtran apagados los sonidos del tráfico, la lenta marcha que también ocurre allá afuera. No sé por qué aún no le abro. A veces es como si me encantara seguir macerándome en esta soledad. O siempre.

Astolfo no tiene puertas de gato. Siempre ha de pedir ayuda. Siempre tratando de franquear las barreras que le pongo. Ahora es peor. Porque sé. Porque sabe.

Me paro a regañadientes y lo dejo pasar. Se aprieta apenas contra mis pantorrillas en una caricia de formulario. A él le interesan los aromas. A mi cada vez me vuelven más loca.

Destapo la olla, dejo caer el puñado de pasta. Y la sensación es semejante a lo que veo, algo hierve esófago abajo, algo que pugna por salir. Me vuelvo a sentar en el banco y sostengo mi cabeza entre las manos. De mi peinado no queda nada y los mechones aumentan las náuseas al rozar mi nariz, al adherirse a toda mi cara.

Astolfo tira la coladera y suicidamente ronda la olla, camina hasta el fregadero. Y se queda ahí, extasiado en su abstracción de gato. Mirando algo que no son las cortinas.

El latir mecánico me hace acudir a su lado. Quizá solo mira el cristal. A veces es así, con sus cosas de gato parece dispuesto a brindar ayuda. Abro la ventana y el aroma no es mejor; solo más frío.

Astolfo se cuela por debajo de la cortina y pierde los iris amarillos en un punto. Uno que está más allá del encaje, de la manija.

Tic-tac. Tic-tac.

Vuelvo a caer en su hechizo. Otra vez estoy tratando de distinguir lo que sus ojos persiguen. La tela es succionada, por efecto del viento, hasta el marco. Y en ese instante los miro. O creo mirarlos.

Astolfo no hace el intento de perseguirlos. Solo se queda ahí como vigilante de piedra, como efigie egipcia, ajeno al tejido que se restriega en su lomo antes de volver a la inmovilidad. Están en el patio, a lo que llaman tiro de piedra. Y Astolfo no les quita de encima los atentos, desmesurados ojos.

Bajo los párpados y cuando los levanto, me extravío en las rayas grises y paralelas de su pelaje. Después busco en la ventana. Siguen ahí y me pregunto si cada vez que Astolfo se pone en esa actitud, los mira a ellos. Cuando estamos en la recámara, cuando leo en la sala o solo espero frente a la tele a que acabe el día.

Destapo el vino, sin dejar de observarlos. Y no lo uso para el espagueti. No he empezado la salsa. Lo tomo directo de la amplia boca. Es frío, dulce y pésimo. Me siento en el banco y masajeo otra vez mi cuero cabelludo.

Tic-tac. Tic-tac.

Media botella y Astolfo se echa atrás, tira el sartén y los grandes tenedores al fregadero. Están casi en la ventana. Y no sé qué hacer.

Me concentro en los músculos felinos, en toda esa estrategia de caza que no ejercita, excepto cuando se meten las cucarachas.

Tic-tac. Tic-tac.

Me pego la botella en la frente. Es tarde. Apenas alcanzo a llegar al fregadero y vomito las tres tazas de café y las pocas galletas que por la mañana pude obligarme a tragar. El aroma es horrible pero más soportable que el guiso.

Miro el reloj. Y destapo la olla sin prisas. Hace mucho que no hay textura al dente. Hace mucho que ese líquido empezó a parecer gelatina.

Apago la hornilla y Astolfo me maúlla con hambre.

Se fueron como llegaron. En el momento en que yo no veía nada.

Suspiro y arrojo el paquete de carne molida, con todo y charola de unicel, al piso. Los gatos no sonríen. Eso dice la gente, pero siempre, en estos momentos, los ojos amarillos parecen hacerlo.

Vacío la olla y dejo que el desastre crezca en el fregadero.

Camino con cansancio y la botella de vino colgando con la mano izquierda.

Basta una tecla para llamar a las pizzas. El largo sonido de enlace, la grabación de espera.

Astolfo sale corriendo de la cocina, se para frente a la puerta, se sienta sobre sus cuartos traseros y pone otra vez esa mirada.

Los cristales son esmerilados, solo translucidos y tampoco me interesa verlos.

No ahora.

No otra vez.

Cuelgo la bocina, justo cuando una señorita trata de atenderme. Sigo bebiendo el poco vino que resta. De cualquier manera no sé para quién cocinaba. Supongo que solo es un pretexto para darle de comer bien a Astolfo.

Repito, no alcanzo a ver nada. Pero los sé afuera. Interminables, imprevisibles.

Y me sé cansada. Demasiado cansada para hacer nada, para incluso arriesgarme a abrir la puerta para recibir comida que apenas pellizcaré. No hay radios lejanas. Solo Astolfo mirándolos.

Y el tic-tac perenne del reloj.


Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledadCiudad Espejo, Ciudad NieblaSombras sin tiempoSueños sin ventanasEl cuerpo del delirio y Plasma exprés.

jueves, 30 de enero de 2025

¡AARKH! ¡OORGH!

 

Víctor Lowenstein

 

Moab venía atravesando el extensísimo cenagal dejado por la inundación de todo un continente, el ahora desaparecido Mu. Era un amanecer gélido, y Moab caminaba para no morir de frío y para no dormirse. Cada cataclismo, de los muchos que sucedían en la era arcaica, dejaban hordas de supervivientes cada cual más salvajes e inhumanas; rastros de razas extrañas perseguidas por el hambre, condenadas a un perpetuo nomadismo.

Arropado en su desgarrada túnica, aferrando su hacha de mano a modo de talismán, Moab llegó hasta la estribación rocosa que antecedía un valle despejado. Antes de asomarse a la planicie una criatura alada bajó a posarse en la roca justo frente a él. La miró con curiosidad y algo de miedo. La criatura, no mucho más alta que él, lo doblaba en anchura. La cabeza era como la de un insecto, pero gigante, con fuertes apéndices que sostenían unas enormes alas membranosas. Sus ojos, como dos ópalos iridiscentes se extendían hasta los extremos de esa cabeza córnea, rodeando una especie de trompa con la cual emitía una voz grave y nítida. Evidentemente se trataba de un híbrido de alguna raza inteligente del reino perdido bajo las aguas…

—Soy Ageab, señor de Taris —dijo el ser.

—Taris ya no existe —afirmó secamente Moab.

—Bien lo sé, humano. Desde entonces vago por estos cenagales buscando compañeros de viaje, a fin de establecernos y fundar una nueva colonia.

  Moab miró con desconfianza los ojos iridiscentes.

—¿Acaso no has hallado a nadie aún? Llevo veinte lunas recorriendo este erial…

—Solo hordas de caans, bestias semihumanas que andan a cuatro patas y devoran todo lo que se mueva frente a ellos. Intenté hablarles, pero…

—Debiste huir.

Ageab bajó la cabeza varias veces asintiendo. Luego, mostró al anciano algo que guardaba una de sus membranosas manos. Eran dos pájaros muertos, bien conservados. Moab abrió mucho sus ojos; llevaba tres días sin probar bocado.

—Si gustas, los asaremos allí, en el valle. Llevo yesca en mi bolso.

El anciano aceptó la propuesta, no sin recelo. Acompañó al ser a acampar en una parcela bastante seca, donde con habilidad dispuso una fogata y ensartó las aves en estacas clavadas a la tierra. Se sentaron sobre sendas rocas a esperar, como viejos camaradas. Ageab extrajo algo más de su bolso. Era una inconfundible petaca de licor.

—Conservo este poco de fermento de huesos tártaros. ¿Lo compartimos?

Moab asintió, aún lleno de desconfianza, pues su estómago bramaba por algo que le brindara un poco de calor. Ageab emitió algo parecido a una risa humana al contemplar la expresión del anciano al tragar el espeso fermento. Era bueno, fuerte, pero su cabeza empezaba a dar vueltas y su visión se trastornaba. Veía acercarse a una jauría desde el norte. Veía a su compañero inmóvil. Escuchaba el rumor del viento mezclado con ladridos que eran voces humanas degeneradas por la corrupción en su sangre. Pronto los rodearon. Demasiado pronto. Sus cuerpos cuadrúpedos eran deformes y temblorosos, sus cabezas acababan en hocicos abiertos en fauces llenas de colmillos… Moab intentó fijar su atención en Ageab, inmóvil sobre su roca. Quizá tratara de confundirlos haciéndose el muerto. Así y mareado, el anciano sabía que esa estrategia funcionaba con reptiles, con pájaros, nunca con mamíferos. Podía oler el aliento fétido de las bestias, presentir la inminente matanza de la que sería víctima segura. Antes de cerrar sus ojos en un inaudible rezo, oyó a su eventual compañero murmurar unas palabras conocidas…

“Aarkh…oorgh…”

¿Dónde había escuchado Moab esa letanía? ¿Fue en la guerra de Bóreas, durante el equinoccio? ¿O en la revuelta de la frontera de Mu? En cualquier caso era una voz marcial, una voz rememorada entre tambores de batalla… al volver a oírla luego de tanto tiempo, llevó su mano al mango del hacha por pura intuición, por puro miedo de morir… Aarkh oorgh era el grito de guerra de los soldados del reino de Taris. Su canto de triunfo contra el imperio tártaro.

Apenas fue capaz de separar los párpados para ver a Ageab elevarse sobre sus alas craneales desplegando su voluminoso ser por encima de la fogata donde dos aves muertas se incineraban rodeadas por un azorado anciano y una veintena de perros mutantes ladrando enloquecidamente… el espectáculo fascinaba al antiguo señor de Taris, que reía agitando sus membranosas alas, hasta que un dolor inesperado le abrazó la pantorrilla. La pupila del iridiscente ojo izquierdo descendió hasta ver el filo del hacha clavado dentro de la musculatura de su pierna. Ah, pero qué buen lanzador era ese anciano… casi no podía mantener el equilibrio… y el olor de la sangre excitaba las fieras abajo... hacia donde el alado ser se precipitaba sin remedio. El dolor de la caída resultó inferior al del hierro del hacha siendo arrancada de su pierna. Ahora le tocaba a él oler el aliento de la jauría y ver los colmillos cerca de su cara.  

Bastaba una señal. El anciano parecía estar preparándola. Al guardar el hacha en el cinto de su túnica y recoger las aves quemadas y dirigir una última mirada al señor de Taris, derribado sobre la rala hierba y aguardando la sentencia del destino, en la voz de Moab, quien pronunció aquella recordada voz de guerra:

¡AARKH! ¡OORGH!

Los caans supieron recordar, desde los fondos de su antigua memoria, aquella orden militar, olisqueando el aire sobrecargado que les hacía abrir las fauces de un hambre que una raza guerrera nunca olvida, aún corrompida su sangre.

Se lanzaron en manada sobre el cuerpo del antiguo rey guerrero y señor de Taris. Desgarraron su dura carne a dentelladas. Devoraron un festín del irreconocible cadáver y más tarde, royeron sus huesos hasta el cansancio. Luego se dejaron caer dormidos, incapaces de pensar ni sentir otra cosa que la inmediatez de cada momento.

¿Moab? Ya estaba muy lejos, caminando siempre, hacia otro valle, una nueva aldea o quizá un encuentro con seres de alguna raza sobreviviente. Transitando la triste aventura de sobrevivir un nuevo día.


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015. 

 

 

HACE TIEMPO QUE NO VEO A SARA

 

Jorge Etcheverry

 


Hace tiempo que no veo a Sara. Bastante tiempo. El tiempo en todo caso siempre es una impresión subjetiva. Depende más bien del agua que pasa bajo los puentes, si se me permite esa alusión cliché. Mis circunstancias vitales no me dejan la claridad suficiente como para entrar en antecedentes, recuerdos, divagaciones, que tienen que ver con personas y situaciones no siempre de dominio público, pero de gran importancia para uno. Bueno. Hacía tiempo que no veía o no sabía nada tampoco de Fernando. Incluso alguna vez creo haberle comentado a alguien “Fernando anda desaparecido”. Y me lo habían confirmado. Hacía meses que Fernando andaba desaparecido de las pistas. Nadie lo había visto, pero como nos conocemos hace años, no me sorprendió que me llamara para invitarme a esa recepción o fiesta, en esa casa que yo sabía bastante suntuosa y en uno de los mejores barrios, con mucho old money como se dice por aquí. Yo dudé en poco en asistir. Temía mi natural timidez frente a los otros concurrentes, seguramente en su mayoría desconocidos, el no saber de qué hablar con ellos, en qué idioma. Siempre me encuentro con gente de otros países, que hablan otras lenguas, cuando ando con Fernando, que tiene un talento natural para los idiomas, lo que le ha servido mucho aquí. A mitad de camino había entrado en un bar latino. Me había ido a pie, siempre camino mucho, es mi único ejercicio, y me había tomado un par de mojitos, por suerte tenían, un trago que ha ido desplazando lenta pero imperceptiblemente mi afición por los cuba libre, porque son menos fuertes. Pero de todas maneras, el ron se me va demasiado pronto a la cabeza. Cosas de los años, que no lo perdonan ni siquiera a uno.

Tan pronto llegué vi a Sara. “Sara” le dije y me adelanté a abrazarla, cuando en eso apareció Fernando que le puso la mano en la espalda, con gesto levemente posesivo. Ahora entendí. Hace poco que me habían operado de los pólipos y estaba empezando a oler de nuevo. En general es más bien incómodo al principio, después uno se va acostumbrando. La mayoría de los olores son desagradables o molestos. Había un olor como a trementina. Sara pintaba, pero le hacía más al acrílico. Al fondo de un pasillo, más bien un closet, al lado de la cocina, se podían ver una escalera de tijera, unos botes de pintura. Claro, acababan de pintar la casa, por eso ese olor. Casa nueva vida nueva. Entonces eso era lo que estaba celebrando Fernando, o Sara, que estaba casi igual y no había cambiado casi nada en este tiempo. Fernando, claro, siempre igual, cosa de los petisos. Había hasta un mozo y no pude resistir la tentación y tomé un cuba libre de la bandeja. Pero era pura coca cola con hielo. A lo mejor ya no tomaban. A lo mejor hasta se habían puesto vegetarianos. Pero no. En una mesita en un rincón pude ver a un barman, que servía vasitos de tinto y del otro. La cosa iba en serio. Otros visitantes palmoteaban a Fernando en la espalda, le daban abrazos, lo felicitaban en diferentes idiomas, le daban besitos en la mejilla a Sara, que se veía muy bien con su traje negro, bien escotado. Siempre le ha sentado el negro y debía estar a dieta, ya que se veía bien flaquita. Me puse a hablar sin saber cómo con un tipo que decía que era traductor, que me conocía, dijo, aunque de seguro yo no lo conocía a él, agregó. Mentira, pensé. Yo tengo muy buena memoria para las caras.

Pasó el rato. De repente sentí unas voces en alguna parte. Una de mujer, alta, aguda, en español y la de Fernando, baja, asertiva y conminatoria, tratando de explicar algo, pero manteniendo el tono bajo, como para no hacer escándalo, pero no le resultaba porque varios ya estaban atentos a lo que pasaba en ese pequeño vestíbulo, o cuarto, que quizás había sido antes una especie de despensa, entre el comedor y la cocina, no me acordaba, y donde ahora estaba sentado Fernando enfrentando a esa mujer que un comienzo no había reconocido, Amparo, con sus facciones un poco borrosas, su manera de vestir tan discreta. Ella era la de la voz, los gritos casi. No soy muy bueno para las voces, “la niña te echa de menos, me pregunta por ti todos días, ¿cuándo va a venir el papá?, ella es la más chica, ella no entiende”. “Bueno, bueno”, le decía Fernando, “cálmate, voy a pasar el lunes”. Así, para que mantuviera la voz baja, pero Amparo empezó a gritar y de repente se cayó de la silla al suelo y empezó a retorcerse, le vinieron las convulsiones, que parece que hacía años que se le habían pasado y Fernando seguía sentado ahí, inmóvil, sin atinar a hacer nada y yo me empecé a acercar a la puerta de calle, pasé frente a esa reproducción de Francis Bacon, que antes Fernando tenía en su oficina y que a mi nunca me había gustado, a la que enfrentaba al otro lado del pasillo uno de esos cuadros limpitos y de alguna manera rígidos de ese pintor de ascendencia japonesa que nunca pude pasar, sin decir que no sea bueno en lo que hace, y que ahora figuraban profusamente en la casa de Sara, en detrimento de las reproducciones de Van Gogh, especialmente del Moulin de la Galette, que a mi tanto me gustaba. Al salir me di cuenta de que ella me había seguido cuando me puso la mano en el hombro. Me dí vuelta para despedirme. Ahora que me fijaba mejor estaba bastante desmejorada. Por sus ojos me di cuenta de que ella pensaba lo mismo de mí. “Bueno”, le dije, “hasta la próxima”. Y ella volvió al interior de su casa, a su vida de ahora.

miércoles, 29 de enero de 2025

LA TELARAÑA

 

Gabriel Trujillo Muñoz

 

Esto ocurrió hace más de veinte años, cuando comenzaba el siglo.

Estábamos por entrar a una convención de videojuegos e Inteligencia Artificial y un joven permanecía frente a la entrada del centro empresarial, distribuyendo unas hojas de papel.

Tomé una y decía:

“En el futuro cada uno de nosotros será su propia pantalla táctil. Tocarás a los demás y te revelarán sus gustos, sus intereses, sus apetencias. Y ellos harán lo mismo contigo. Podrás establecer redes de persona a persona, de ojo a ojo, de célula a célula. Alguien cantará su júbilo y su júbilo será compartido cuerpo a cuerpo, órgano a órgano. Alguien tendrá miedo y su miedo será compartido, ya no estará solo con él. Para unos, eso será un día de fiesta. Para otros, la peor pesadilla del mundo. Ruido blanco será nuestro pensamiento. Un flujo de información que saturará nuestros sentidos hasta hacerlos estallar. Al final seremos cáscaras vacías, residuos, el eco de una onda de choque, algo que vibra hasta desaparecer. Ese porvenir nos aguarda, viene por todos nosotros. La telaraña que nos captura y al capturarnos no hará centro de atención, su alimento”.

Cuando salimos, el joven era llevado esposado por dos policías rumbo a una patrulla.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Un alborotador —dijo una de las edecanes.

Yo miré la hoja de papel.

Tan anticuada en estos tiempos virtuales.

Tan subversiva en su obsolescencia.

—¿Qué hace con ese papel? —me preguntó un guardia de seguridad.

—No sé —respondí, poniéndome a la defensiva.

—¡Démela!

Se la di. El guardia la leyó con el ceño fruncido.

—Dice puras tonterías.

Si dice puras tonterías, entonces, ¿por qué se ponen tan nerviosos?, pensé.

—Yo me encargo —dijo el guardia y se llevó la hoja de papel bien apretada en su mano.

—¿Por qué tanto escándalo? —quiso saber un joven despistado.

—No lo sé —le respondí.

Y recordé las palabras que traía aquel papel: “Alguien tendrá miedo y su miedo será compartido”.

Por supuesto, me dije.

Pero quedaba en pie una última pregunta.

Si vivimos en la telaraña colectiva, ¿dónde está su dueña, qué espera para devorarnos?

Eso ocurrió hace más de veinte años, cuando comenzaba el siglo.

Cuando aún éramos seres humanos saludándonos unos a otros, platicando cara a cara en la plaza pública.

No estos avatares que hoy llevan nuestros anhelos de un extremo a otro del mundo.

No estos fantasmas en su incesante algarabía.

No estas vibraciones en el tejido que nos sostiene.

Tal vez tú no lo percibas, pero yo estoy seguro de que algo se aproxima, algo viene por nosotros.

No sé qué sea pero ha sentido nuestra presencia. Y tiene hambre. Mucha. Muchísima.

Ya verás.


Gabriel Trujillo Muñoz nació en Mexicali, Baja California, México, el 21 de julio de 1958. Es poeta, narrador y ensayista. Es profesor de tiempo completo de la Facultad de Ciencias Humanas de la UABC-Mexicali y uno de los editores de la Revista Universitaria de la Universidad Autónoma de Baja California. Ha publicado más de ciento treinta libros como autor y compilador. Una apretada síntesis permite citar, entre muchos otros, Miríada (cuentos, 1991), Laberinto (novela, 1995), Mezquite Road (novela, 1995), Conjurados (novela, 1999), Espantapájaros (novela, 1999), Trebejos (cuentos, 2001), Mercaderes (cuentos, 2002), Aires del verano en el parabrisas (cuentos, 2009), Trenes perdidos en la niebla (novela, 2010), Moriremos como soles (novela, 2011), Círculo de fuego (novela, 2014), Música para difuntos (novela, 2014) y Vecindad con el abismo (novela, 2015).

 

EL PUESTO

 Suray Annys

 


—Ya basta con tus risitas… aún no hemos terminado.

—Pero sabes que es tu último juego.

—Lo sé, aunque todavía puedo ganarte.

—No, ya no puedes ganar.

—¡Te gane muchas veces antes!

—En todas ellas te dejé ganar…

—¡Mientes!

—No tengo necesidad.

—Lo haces por gusto.

—Bueno, eso es cierto.

— Tal vez sea yo quien hoy te deje ganar.

—¿Por qué lo harías?

—Quizá porque ya no tengo nada que perder.

—Jajaja, ya sabía yo que tenías en muy poca estima tu vida…

—¡Patrañas! Mi vida es lo único que aún poseo y que me importa pero…

—¿Pero?

—Pero ya no me gusta este juego.

—No puedes escaparte. Cuando accediste a este cuerpo sabías que llegado su tiempo deberías dejarlo… o más bien que él te dejaría.

—Sí. Y aun así me niego a abandonarlo.

—De nada te servirá negarte, ya perdiste tus piezas clave. Es cuestión de un par de jugadas más y te daré jaque mate.

—Ve a decirle a tu jefe que su segadora necesita reemplazo.

—¿A qué te refieres, mortal, grotesca e inconsciente?

—¿No lo sabes todo de tus miserables víctimas?

— Sé que eres insignificante, intrascendente, mezquina, temeraria e irreverente. Que tu soledad te volvió cruel e indiferente y que nadie recuerda tu nombre o tu rostro.

—Pues en hora buena, hermana querida. He sido jardinera y agricultora. He segado maleza toda mi vida.

Sin agregar más la anciana arrojó sobre la parca el gato famélico que vivía sobre su hombro. Luego se abalanzó ágilmente sobre la guadaña y la esgrimió trazando sobre la muerte un signo infinito en espirales multidireccionales. Con el último movimiento arrasó el tablero y atrapó la túnica negra que aún flotaba en el aire. Se la colocó y abrió los brazos.

—Aquí estoy, reclamo este puesto.

Suray Annys usa el apellido materno para escribir y publicar. Es profesora de artes, ecologista arboricultora y jardinera y paisajista autodidacta. Escribe, actúa, y dibuja desde los seis años. Es anarquista, no cree en el mercado, las religiones, la civilización iluminada por la ciencia... Por ende, regala y comparte su producción artística burlándose del valor monetario del arte, el lavado de dinero a través de este, los egos del derecho de autoría y la arrogancia consumista de hacer arte por el arte o pretender vivir de él. Vivir con arte y poner este al servicio de la comunicación y el conocimiento es su interés. Deja siempre inacabada su obra, transfiriendo al interlocutor/consumidor los interrogantes. Le gusta pasearse como en la vida misma por diversos géneros y materias. Aunque destaca que prefiere las ficciones filosóficas y la literatura fantástica porque la realidad es demasiado absurda y bizarra. No publicó nada en ningún lado, a excepción de revistas autogestivas y redes sociales. Utiliza seudónimos múltiples para diferentes producciones y rara vez colabora en creaciones colectivas. Para acceder a su trabajo el único modo es el azar o el contacto directo.

 

 

EN CASA AJENA (OCHO)