martes, 11 de noviembre de 2025

AD INFEROS

                            Cristian Mitelman


Los gritos lo sorprendieron por la tarde, mientras se abotonaba el último botón de la camisa y sentía que el calor en el cuello almidonado tenía algo de vejatorio y ridículo.

Se asomó a través del alféizar. Del otro lado, las casas pintadas en albayalde parecían reverberar bajo un sol inhóspito. ¿Gritos de alegría o de dolor? No podía saberlo. Había llegado a Río dos días atrás, luego de un viaje en barco que le había deparado la humillación de las náuseas, la vergüenza de no poder sostenerse en pie: la absurda corporalidad que nos acomete cuando nos sentimos solos y enfermos.

El profesor Delfino había sido invitado al simposio de estudios clásicos que organizaba una publicación semestral de helenistas cariocas, hecho que le pareció un inesperado contrasentido. Sus compañeros de cátedra lo urgieron para que aceptara. Hasta entonces, Delfino solo había publicado algunas pequeñas monografías sobre distintos pasajes de Horacio y algunas traducciones comentadas de la antigua poesía lírica griega. Sus clases eran prolijas, de escaso vuelo tal vez, pero lo suficientemente pautadas como para que el alumno no se perdiera en la selva de los aoristos y de los verbos atemáticos.

Su voz era nasal; sus modales mostraban una cierta timidez que intentaba disimular mirando un punto vacío del aula cuando iniciaba sus exposiciones. Se sabía imitado por más de un alumno. Aceptaba esas chanzas como algo más del oficio. Dado que sentía una especial aversión por los malos olores, se cuidaba siempre de llevar pastillas de menta o limón antes de iniciar la clase. “El aliento”, pensaba, “una persona es un muerto civil si le perciben mal aliento”. Delfino le tenía terror a esa cuestión. Por fortuna, un kiosco a una cuadra de la calle Viamonte parecía estar siempre abierto. Maquinalmente el hombre le tendía las Halls y Delfino pagaba con el importe exacto. Conservaba los billetes y las monedas en el bolsillo derecho para que la operación se efectuara de un modo simétrico.

En la sala de profesores manifestaba un silencio que para muchos era una forma de hostilidad, hecho que era una injusticia. Delfino era un hombre tímido que vivía junto a su anciana madre en un caserón de Glew. La parra en el patio, las baldosas rotas bajo la luz de abril, las pastillas que tomaba la anciana para dormir (“porque necesito dormir, hijo, sin las pastillas no pego un ojo, aunque después me llevan a una caverna de sueños que me dejan exhausta”); todo eso formaba la parte más íntima de su existencia.

Cuando presentó un trabajo sobre los rituales de Eleusis, sorprendió al consejo académico. A través de citas indirectas reconstruyó la idea de la ceremonia y la asoció con los viejos cultos órficos que ligan los procesos de la vida, la destrucción y la muerte como una realidad indivisible. Se animó a trabajar sobre la cuestión de las drogas que ingerían los participantes, hecho que suscitó un pequeño revuelo universitario. Hasta entonces, ese fue el único acontecimiento más o menos imprevisible de su adultez. No cuenta el territorio de la infancia, poblado de pequeñas crueldades que nunca fueron debidamente tratadas. A Delfino le apasionaba cazar pequeños pájaros y torturarlos con una certera frialdad. Una sola vez la madre lo pescó en semejante regodeo y el intento de castigo fue cancelado por el padre. “Dejalo que se haga hombre; lo vas a convertir en un mariquita llorón”. Su padre había sido un hombre fuerte, un policía de carrera sorprendido por la muerte antes de la jubilación. Respetado por los conservadores, había sabido poner orden en el laberinto de prostíbulos de Avellaneda. Los proxenetas de la zona, seres poco aferrados a la ley, sabían que con el viejo Delfino no se jodía: había que poner el dinero estipulado y la cifra iba religiosamente a las arcas del gobernador, hombre que amaba las delirantes esculturas de estilo fascista en medio de los pueblos espectrales de la pampa.

Más allá de esas truculencias de infancia, el joven Delfino tuvo un alto rendimiento escolar y cuando terminó la escuela secundaria estudió Contaduría, una profesión que tranquilizaba a los padres, aunque estaba lejos de cumplir su vocación. Con el título en la mano y empleado en el estudio de un conocido de la familia, inició sus estudios de Letras. Tenía algún talento para el estudio de las lenguas clásicas. Rápidamente fue nombrado ayudante de cátedra y luego hizo el lento cursus honorum de la vida universitaria.

Ese día, en medio de una calle desconocida del Brasil, sentía que estaba llegando al punto más alto de su laboriosa existencia entre los claustros. Y de pronto la calle parecía enfervorizada por algo que no acaba de entender: alaridos, corridas, lejanos ruidos de sirenas.

Tenía media hora para llegar al Instituto donde se celebrarían las ponencias. Un auto enorme y blanco lo esperaba en la puerta de Recepción. Lo manejaba un hombre que parecía brotado de algún bosque africano. Delfino pudo advertir que las córneas, profundamente blancas, contrastaban con derrames de una sangre amarronada muy cerca del iris. “Signos de alcoholismo”, pensó, “esperemos que este pobre diablo no esté borracho justo ahora”. Le preguntó si sabía qué estaba ocurriendo, pero el chofer le respondió en una jerga incomprensible. Había algo seco en esa voz, una mezcla de odio o de fastidio. Delfino había aprendido el portugués, pero no pudo reconocer un solo vocablo. Pensó entonces que en la conferencia le convenía hablar despacio: no fuera que a él tampoco le entendieran nada.

El negro manejó de un modo endemoniado, como ganado por una especie de fuego interior. Esquivó micros y autos con la pericia de quien se lanza a una ciudad en la que prácticamente no existen las leyes de tránsito. Para darse ánimo, Delfino pensó que en Argentina las cosas no eran mejores.

Llegaron al Instituto: allí lo esperaban los directores de la revista. Lucían serenos y felices.

Después de dos ponencias, Delfino acometió su tesis eleusina. Había leído dos páginas cuando alguien entró corriendo en la sala. Todos miraron al nuevo con más entusiasmo que estupor:

—Está confirmado —gritó—: el monstruo se ha matado. El cobarde se pegó un tiro. ¡Somos libres!

Y de pronto fueron las risas, los abrazos. Alguien estrechó la mano de Delfino, que no acaba de entender. Una señora mayor tuvo la amabilidad de explicarle:

—El inmundo de Getulio Vargas por fin se ha suicidado. Y pronto sucederá con ustedes: ya se librarán de ese coronel infame que oprime vuestra república.

Como hombre de cultura liberal, Delfino detestaba al Coronel. Pero se guardaba de expresar su odio al hombre. La vida universitaria era un laberinto de habladurías y cualquier comentario podía traer consecuencias no deseadas.

Las exposiciones se reanudaron y fue aplaudido de un modo fervoroso. Sabía que tanta efusión era casual: el entusiasmo venía por otras vertientes. Si hubieran puesto a un prestidigitador o a clown, el resultado habría sido el mismo: esa gente odiaba al muerto y de pronto sentían que sus vidas recobraban el sentido extraviado.

Luego hubo un brindis y una invitación para recorrer la ciudad. Se había hecho tarde y la posibilidad de esa pautada aventura le causó a Delfino una sensación placentera. Dos días después estaría de nuevo en Buenos Aires y seguramente recordaría por décadas esa isla de libertad que se le había concedido.

Iba con dos profesores que parecían exaltados, pero luego se sumaron otros hombres que no habían asistido al congreso. “Deben ser amigos”, pensó.

Bebieron largo rato frente a una de las playas y de pronto alguien lanzó una profusión de sonidos ebrios y todos estallaron en gritos y fueron entrando en autos lustrosos que parecían surgir de la sombra.

A Delfino la única caipiriña no le había sentado del todo bien. Se desabotonó la camisa y debió quitarse la corbata. Los demás, en cambio, habían bebido de un modo heroico y parecía que el asunto recién empezaba.

Con timidez le dijo a uno de los organizadores que prefería volver al hotel. Nadie parecía escucharlo. Nadie parecía escuchar nada. Los autos se adentraron en unas callecitas solitarias y después de un camino tortuoso llegaron a una antigua casona que brillaba de un modo siniestro bajo la luna.

Una mujer los recibió con una sonrisa feroz. Era grande, cavernosa y autoritaria… “Esto es un prostíbulo; me han traído a un prostíbulo…”

Delfino tuvo ganas de ir al baño, pero logró contenerse. Pensó que su padre muerto aprobaría semejante incursión.

Dos tipos con gafas oscuras aparecieron de la nada. Llevaban a una mulata que intentaba resistirse. La tenían sujeta por las muñecas y de pronto uno de ellos le dio un empellón que la hizo estrellar contra una pared. La joven dio un grito de dolor.

—Señores, por la libertad —dijo uno de los que la habían traído.

—En este país hasta las putas se creían con derechos. Ahora empieza la restauración —le dijo uno de los organizadores.

Desnudaron a la joven y allí mismo, en uno de los corredores, tres tipos comenzaron a vejarla de un modo brutal. Los demás tomaban whisky y aplaudían; luego se iban repartiendo los turnos frente a lo que parecía la víctima sacrificial.

Delfino comprendió que desde las otras puertas había más mujeres y que todas estarían aterradas.

—¡Tierra liberada! —gritó alguien, y comenzaron a patear las puertas para ganar el terror de las habitaciones. A él mismo lo llevaron a un segundo piso y de pronto se encontró frente a una chica que no tendría más que trece o catorce años. Dos desconocidos que estaban con él la accedieron de un modo brutal y enseguida uno lo invitó a que se les uniera.

—Después —atinó a decir Delfino. Los otros se rieron a carcajadas y comenzaron a sodomizar a la chica con el frenesí de salvajes inocentes. Una hora después los tipos dormían una especie de sueño absoluto. La chica parecía estar en una especie de trance: lloraba quedamente y se quejaba como un animal lastimado.

Delfino había llegado a vomitar en el bañito interno de la habitación. Un vómito espumoso, colmado de nervios y de un alcohol mal asentado. Sentía un gusto horrible en la boca. Se sintió débil, mareado. Miró a la chica por última vez; luego se encaminó hacia la planta baja. La efervescencia había mermado. Solo una mujer estaba siendo violada en ese momento por un tipo que había conseguido vaya a saber dónde un antiguo látigo de plantación.

En la puerta se encontró con uno de los organizadores.

—Tuvo suerte —le dijo con voz rasposa—: hotel, comida y bacanal. Una semana atrás esto hubiera sido impensable.

—Necesito volver al hotel.

—Claro, claro. No se preocupe.

El tipo lo llevó a uno de los autos y le dijo al chofer que inmediatamente condujera al profesor al lugar solicitado.

Al otro día se purificó con agua y café amargo. La inminencia del viaje lo incomodaba, pero la posibilidad de estar ahí un día más le parecía aterradora.

Por fortuna, en Buenos Aires los acontecimientos de aquella jornada memorable no tuvieron trascendencia. A su madre llegó a decirle que su conferencia había sido escuchada con sumo interés y la señora, entre un rosario y otro, pareció satisfecha.

Tres meses después la mujer tuvo un aneurisma y falleció. Por primera vez se sintió solo. Por primera vez Delfino se sintió feliz, como liberado de una responsabilidad que le venía desde el inicio de los tiempos.

Al principio se sentía extrañado en la casona silenciosa y pensaba que su madre iba a aparecer en cualquier momento para reanudar el ritmo isócrono de la anterior vida. El profesor se quedaba hasta el atardecer en el patio, tomando mate y corrigiendo exámenes. Luego, pasadas las ocho, se preparaba un bife a la plancha y un plato de arroz o puré. Era lo único que sabía hacer y no pensaba cambiar. Aunque la soledad comenzó a serle gravosa.    

Pasado un poco más de un año de aquel congreso en el que veía algo liberador y algo infernal, sintió una mañana los ruidos de poderosos motores que tajeaban el aire. Se levantó de la cama, pasó corriendo por el corredor que conducía a la azotea y allí vio dos rayas blancas en el cielo. Comprendió que lo que le habían profetizado en el Brasil ya comenzaba a cumplirse. La caída del régimen no podía demorarse. Se sintió purificado por el aire de septiembre. Se obligó a ir a la Facultad, aunque pasar por el centro fue casi demencial. Miró el fuego y los micros volcados; alguien señaló los agujeros que las ráfagas de metralla habían dejado en un Ministerio. “Hemos estado en guerra y por fin hemos vencido”, pensó mientras enfilaba hacia la facultad. Debía trabajar con sus alumnos de la primera comisión una de las Odas Cívicas de Horacio. Sintió que una mano providencial le había destinado ese texto para ese día.

Solo un profesor se mostró renuente al entusiasmo. Los otros coincidían en viriles gestos de satisfacción.

Esa noche Delfino no pudo dormirse. Estaba en Río y estaba en Buenos Aires. Estaba en el congreso y estaba en su casa. Estaba en el presente y en una cueva de las llanuras atenienses.

No; no podía permanecer en la cama. Por primera vez se animó a tomar el pastillero de su madre. Solo quedaban dos grageas blancas que ingirió rápidamente con agua de la canilla. No le provocaron el sueño que invocaba: apenas una sensación de irrealidad.

Se vistió entonces y salió a caminar por el barrio. Se fue hundiendo en las zonas que siempre había esquivado: un mundo de chapas y de casitas bajas; no todas las calles presentaban la decencia del asfalto. En medio de un silencio que parecía brotar de las entrañas de la tierra, solo algunos perros olisqueaban bolsas de basura. Llegó hasta una casa semiderruida. No sabía por qué, pero en esas paredes sentía la presencia de su padre. Entró. Una mujer que parecía ebria lo miró con displicencia. No era el día de ellas: estaban consternadas, estaban caídas.

—La Rita es la única que trabaja hoy. Las demás están de luto —le dijo.

Le señalaron la puerta; Delfino entró sintiendo que deseaba estar ahí. La Rita estaba desnuda frente a un espejo.

—Che, ¿no te enseñaron educación en casa? Se golpea antes de entrar. Mirá si estaba acompañada.

La mujer se rio y el profesor de pronto comprendió que no sabía exactamente lo que debía hacer. Sentía el impulso, sí, pero carecía de los conocimientos básicos de los rituales, la geometría despreocupada que ejercen los hombres que suelen ir a esos lugares.

—Dale, sacate los pantalones, ¿o me vas a decir que sos friolento?

Fue desvistiéndose como si estuviera en la antesala de la junta médica del servicio militar. Una especie de pudor lo hizo dar vuelta, pero un espejo le devolvió la imagen burlona de la mujer.

Entró en la cama y sintió que aquellas sábanas podían mancharlo. Pero ya era tarde: ahora no podía irse. Y por más que la mujer hiciera lo que estaba acordado, el profesor parecía una cera blanca que se iba derritiendo de un modo inexorable.

—Bueno, che, qué te anda pasando. Mirá que no hay devolución.

Volvió a reírse la chinota y le brotó un aliento a vino que exasperó a Delfino. Un aliento que lo llevó de pronto a la misma raíz de su furia. Solo odiar a esa taimada, pero no por aquella burla circunstancial. Eso tenía que existir de antes, un fermento largo, una acumulación que venía de tiempos pretéritos, incluso antes de su propia vida. De pronto estalló. Quiso darle una bofetada, pero el golpe le salió con el puño cerrado. La mujer no llegó a gritar: un nuevo puñetazo ahora en el estómago la hizo doblar. Definitivamente no. Esa puta no podía reírsele en la cara, porque él no era uno de esos pobres diablos que van a ahí simplemente por lo bestial del deseo. Y la mano llegó hasta la garganta y Delfino comenzó a apretar. Y entonces sintió que por fin encontraba su mano; por fin podía entender qué es lo que tan dignamente habían hecho sus pares cariocas; por fin se había convertido en el hombre con la voz de mando de un comisario, y supo que esta vez podía gozar, porque a medida que la puta jadeaba (o daba los últimos estertores) su miembro se ponía tieso y lanzaba un hondo torrente seminal que lo dejó exhausto. Luego fue el silencio.

Se asomó al pasillo. La que regenteaba estaba ahí abajo, adormecida. El lugar parecía solitario. El profesor se vistió, extrajo un pañuelo que pasó concienzudamente por donde creía haber puesto sus manos, especialmente el picaporte. Luego vio una ventana que daba a un baldío y saltó. La madame, borracha como estaba, apenas recordaría su rostro en caso de que la policía quisiera iniciar algún tipo de investigación. Él sabía que su propio rostro no decía nada: era casi un arquetipo de lo impersonal.

La caída no fue tan peligrosa como había creído. Enseguida se fue internado por la tierra desierta y encontró un camino lateral que bordeaba una zanja. Era mejor no tomar por la avenida. Se obligó a recorrer un laberinto de calles muertas antes de llegar a la casona.

Fue a su dormitorio y tomó ropa limpia. Una ducha tibia lo hizo sentir mejor. Después preparó un té de tilo para calmarse. Ya acostado, repasó la clase que daría al día siguiente.


Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

 



EL ETERNO FEMENINO

Sergio Gaut vel Hartman

 

Los primeros disparos parecieron llegar de la colina, aunque con los globus nunca se sabe, y le dieron a Ibbuby antes de que lograra averiguar con qué nos tiraban.

—¡Chiwas amarillas! —gritó Artis, nuestra jefa de pelotón, veterana de Bremen y Ticrit, tres veces reciclada. Yo no recordaba qué eran las chiwas amarillas, si alguna vez lo supe, pero me imaginé. Los extraterrestres cambian de municiones y armas todo el tiempo, por lo que nuestros tecnos tienen que limitarse a meter nanos y fluidos en los efectivos muertos para poder mandarlos de nuevo al frente. A veces reciclan la mitad de uno y la mitad de otro, o usan brazos y piernas artificiales, o conectan la cabeza de una mujer en el cuerpo de un hombre, según y conforme con qué miembros u órganos cuentan. El asunto es recuperar un soldado y no aflojarles a los hijos de puta, mientras los cerebros de CyT, en el laboratorio de los Urales, tratan de encontrar el punto vulnerable de los globus.

—Atento, Levi. —La voz de Artis suena como un viejo concierto de Pink Floyd—. Esto no es la tridi; la batalla es de verdad, Levi.

Al principio, antes de saber que había sido reciclada tres veces, me preguntaba si Artis era una mujer al cien por ciento, si tenía partes ajenas o artificiales. No es que el asunto fuera especialmente importante en un momento en que las chiwas estallaban contra las corazas de fibra de diamante y pedazos de humanos saltaban por todas partes como ranas epilépticas. Pero empezaba a serlo cuando la batalla remitía, a la noche, cuando nos metíamos en los refugios a esperar el siguiente ataque. Esa era la clase de preguntas que nos hacíamos, la mayoría de las cuales quedaban sin respuesta, o recibían respuestas imprecisas, seguramente falsas. Como siempre dice Burmeister, nuestro terapeuta, hay que poner la cabeza en otra cosa para disipar el horror.

—¡Viene una ola de fukas por la derecha! ¡Cubrirse! —Los barredores neutralizaron la mayoría de las fukas, pero algunas hicieron impacto y quebraron las armaduras como si fueran de cartón. Los brazos y piernas de Funes y Memory, desprendidos del tronco, golpearon contra el blindaje de un tanque y quedaron doblados en posiciones absurdas. No sé por qué reparo en esa clase de cosas cuando ocurren; mis profesores han dicho que tengo una mente “pólipo”, capaz de dispersarse en mil direcciones, pero yo sostengo que se trata de mi herencia judaica y la excesiva práctica del pilpul. ¿Saben qué es el pilpul? No importa. Ya se irán dando cuenta.

—¡Recicladores! —aulló Artis en el micro, aunque en realidad no hacía falta. Todos usábamos pulseras y tobilleras que nos mantenían conectados a un centro de monitoreo y servían para denunciar desmembramientos y defunciones. Los recicladores, unos artefactos eficientes y prolijos, tan compactos que resultaban inmunes a los proyectiles de los globus, hacían su trabajo en el campo de batalla o congelaban los restos útiles para ser usados en las unidades de restauración. No era raro ver a los compañeros “muertos” empuñando de nuevo las armas y disparando con mayor eficiencia que en sus primeras vidas. Todos sospechamos que los recicladores agregan elementos y perfeccionan el material preexistente, por lo que los soldados que vuelven a la acción son un poco menos humanos y un poco mejores soldados. Pero todo esto no deja de ser una conjetura alimentada por el deseo de explicar lo inexplicable.

 

La batalla del 2 de junio de 2039 solo dejó cinco muertos definitivos en los trece pelotones de la VII brigada de choque. De los nuestros, la única que no pudo ser restaurada fue Ferris, una morena bonita poco afecta a los intercambios sexuales. Quedó tan destrozada que no sirvieron ni las muelas. A eso de las veintiuna, y tras ingerir las tabletas proteínicas, estuvimos listos para empezar la sesión de terapia con Burmeister. Cada pelotón tiene su psicólogo porque el Alto Mando supone que las guerras modernas, y en especial la guerra contra unos alienígenas que parecen globos inflados con helio, deben ser libradas por soldados de mente limpia y corazón contento. Pero mentiría si dijera que escuché una sola palabra de las muchas que se pronunciaron. Mi mente estaba en otra parte, en el cuerpo de Artis, para ser preciso, en cómo lograr que Artis, por una vez, se fijara en mí. Sería poco ético decir que las otras mujeres del pelotón no valen nada, aunque debo confesar que mi deseo siempre estuvo enfocado en nuestra jefe; otro ridículo atributo de la herencia judaica: el perfeccionismo. Pasó la hora de juegos y las luces se atenuaron. Las cortinas de estera corrieron por los rieles y cada uno de nosotros dispuso de unos minutos para buscar pareja nocturna o esperar a que alguno de los compañeros lo beneficie (o perjudique) con su elección. Y fue entonces que supe que era mi día de suerte: no había muerto en el campo, o algo peor, y Artis se metió en mi palacio de dos por uno.

—¿Te gusta? —dijo Artis tocándome con suavidad. Tragué en seco un puñado de nueces, sin masticar, y le miré los pechos sin preguntarme si eran los originales o unos implantes sintéticos, producto de la reconstrucción. De cualquier modo eran hermosos, duros, firmes, grandes.

—Claro que me gusta —logré articular—. ¿Por qué me elegiste?

Se encogió de hombros. —Solo azar, y un poco tu olor.

—¿No huelo a muerto?

—Exacto; es el olor que más me gusta. —Me volvió a tocar y yo hice lo mismo. Metí la mano por debajo de la camisa y en la yemas de mis dedos se dibujó la cicatriz de una gran herida.

—Me excita pensar en eso —murmuré.

—Me imagino; a todos les excita mi condición de tres veces reciclada. Tengo un corazón Hartborg, pulmones Brest, páncreas de Meyer & Gambler y una vagina Labbial-Plax que supera en sensibilidad a cualquier aparato genital fabricado por la Madre Naturaleza. —Hizo una pausa para potenciar el cierre—. Jamás penetraste algo así en tu vida, te lo garantizo.

Volví a tragar en seco y dije algo estúpido. —No está mal; podría ser la última noche del mundo. —Pero Artis pensaba más o menos lo mismo. Dejó de tocarme y me miró con dureza.

—No podemos ganarles —dijo—. Los globus van a probar y probar hasta dar con el arma que nos aniquile. Quieren el planeta vacío, no les interesan los esclavos y no comen carne.

—¡Carne! —exclamé—. Como si los nuevos humanos fuéramos de carne. —Artis lanzó una carcajada estruendosa. Por lo visto mis disparates le causaban gracia.

—Aunque sea poca, esta noche es toda tuya —dijo tumbándose boca arriba a la vez que se bajaba el minipant reglamentario; no usaba nada más—. Quiero que comas la poca carne que puedo ofrecerte, bombón.

 

Pero no fue la última noche del mundo y sí, tal vez, la más tranquila en mucho tiempo, una noche casi bucólica. Como si dieran por descontado que nuestras horas estaban contadas, los globus no dispararon las habituales salvas de nictis y tampoco explotaron las minas implantadas en el interior de los muertos que los invasores dejaban en el campo de batalla. A la mañana, muy temprano, antes de que saliera el sol, llegaron los blindados de la CyT y presentaron las nuevas armas, unos prototipos que ni siquiera habían sido probados.

—Son los disruptores Jakubowicz-Renard —explicó un sargento cuya mayor virtud no era la simpatía—. Están basados en un principio recién descubierto y hacen algo en las células de los globus sin afectarnos a nosotros. —No lo entendí y tampoco puedo explicárselo a ustedes, pero funcionaba. Por otra parte, estaba demasiado absorto en los recuerdos de mi encuentro carnal con Artis, aunque no hace falta repetir que había poca carne involucrada en la fiesta. Y de todos modos no habría comprendido la explicación del sargento. Lo mío es el pilpul, como ya dije, mi prioridad era evitar morirme en esa guerra. Por eso prefiero exponer solo aquellos asuntos que tienen que ver con Artis. Y eso sí que está claro como el agua. La jefa se movía con el pulso perfecto de una cyborg, pero entrenada por la mejor geisha de Japón. Lo único lamentable era que si llegaba vivo a la noche siguiente cualquier otro u otra sería el acompañante sexual de Artis, tan azarosamente como yo lo había sido. Hasta Burmeister tenía algunas posibilidades, a pesar de que su estatus profesional no lo aconsejaba. Mientras hacía estas reflexiones, un pensamiento transversal irrumpió con fuerza en mi mente. ¿Acaso la jefa era la única hembra del pelotón? Las otras también eran atractivas, deseables y estaban tan aterradas y aburridas como yo. No había muchas otras posibilidades. El asunto merecía ser profundizado, pero no fue posible hacerlo porque un okus de los globus estalló a mi lado y me arrancó el brazo derecho con prolijidad de cirujano. Contemplé el hombro ensangrentado casi indiferente, y los gritos de Minujin, que también había sido alcanzado, me llegaron envueltos en toneladas de lana oscura.

—¡Ayuda!

—¡Recicladores! —exclamó Robles, que estaba a escasos dos metros del miembro arrancado. Los artefactos no se hicieron esperar y en poco más de media hora estaba reparado y empuñando de nuevo mi AK57. Todo ocurría con suma rapidez en esa guerra de mierda. Los disrups salieron disparados en oleadas y por lo visto estaban surtiendo efecto, ya que los okus dejaron de caer y no volvió a estallar uno solo en el resto de la mañana. Al mediodía habíamos ganado tres colinas. Los técnicos capturaron algunas armas globus, pero por desgracia, como casi siempre, ningún cuerpo intacto. También pudieron atrapar a un globus herido, algo bastante inusual, ya que los cuerpos de los invasores contenían un explosivo que los hacía estallar en cuanto se los tocaba. La importancia de este logro no podía ser medida por nosotros, aunque todos sabíamos que la guerra más dura se libraba en los laboratorios.

 

Para mi sorpresa, la noche siguiente tampoco fue la última. ¿Era posible que, a fin de cuentas, tuviéramos alguna posibilidad de ganar? Y ese no fue el único motivo de asombro. Artis volvió a elegirme; dos noches consecutivas le quitan el aliento a cualquiera, no solo al afortunado que tiene sexo con la jefa del pelotón. Evitaré ser reiterativo y pasaré por alto los detalles de mi segundo encuentro íntimo con Artis. Me limitaré a consignar que el resultado superó con creces el de la primera noche. Recuerden que estábamos disfrutando las delicias de la vagina Labbial-Plax que supera en sensibilidad a cualquier aparato genital fabricado por la Madre Naturaleza. Si tal cosa fuera posible, hubiera querido casarme con Artis en ese mismo momento, ser su par para siempre, compartir la vida y esperar que los genios del reciclaje nos ayuden a burlar la muerte una y otra vez. Pero el soldado propone y los globus disponen...

Como si aquel par de noches de vacaciones hubieran sido los elementos básicos de una estrategia tan efectiva como imposible de entender para los cerebros humanos, tuvimos una semana seguida de ataques con armas nuevas. Sobre nosotros cayó una lluvia de phosphito, una sustancia cien veces más efectiva que el napalm; sufrimos la invasión de unas ondas que se dedicaban a impedir nuestra coordinación para caminar, hablar o disparar y como cereza del postre recibimos la visita de unas grageas neutrónicas que los escudos de antitom solo podían neutralizar en un treinta por ciento. Artis fue una de las víctimas, y quedó tan destrozada que tuve la certeza de que ninguna tecnología podría devolvérmela. Perdonen la rudeza al consignar estos hechos, pero no se me ocurre ningún modo de endulzarlos. En eso, el pilpul juega en contra.

Pero no hay malas sin buenas. Los laboratorios de los Urales produjeron un arma tan lesiva para los globus que el 19 de junio terminó la guerra. Barrimos a los invasores de un modo absoluto, los aniquilamos, los destruimos por completo y les sacamos las ganas de regresar a la Tierra.

Entonces la vida cotidiana recobró su ritmo y todos los que participamos en las acciones bélicas pudimos volver a nuestros trabajos, ver a nuestros hijos y compañeros. En mi caso, encandilado por las luces de la efímera relación con Artis, decidí dejar a Lucila, irme del país y afincarme en un ashram cercano a Lhasa en el que la meditación y la espiritualidad lograran hacerme olvidar lo vivido. El Tíbet no es un lugar confortable, debo admitirlo, pero mi estabilidad emocional, que dejaba muchísimo que desear, no reparaba en esos detalles. Los médicos me habían metido en el amplio casillero de las víctimas de la denominada —no deja de ser un eufemismo— fatiga de combate, y yo, incapaz de rehacer mi vida, con buen dinero en el bolsillo y ningún proyecto, no me consideraba otra cosa que un deshecho, un subproducto de la invasión globus. En eso coincidía con los que estudiaban el fenómeno. Como no podía morir, o por lo menos no era fácil lograrlo por culpa de las nuevas leyes de conservación de la especie y los avances tecnológicos en materia de reciclado de personas, me dediqué a transformarme en un vegetal con patas, algo que no abunda en las inhóspitas cumbres que había elegido como lugar de retiro. No sé si logro expresar con claridad lo que sentía: deambulaba, me movía entre rocas y curioseaba alrededor de los lamas, tal vez esperando que se abriera un tercer ojo en mi frente o que una iluminación íntima me revelara una desconocida condición de mesías, elegido o lo que fuera.

En uno de esos paseos, me detuve ante una estatua de Buda que unas adolescentes ornamentaban con camelias y tulipanes importados de Holanda a veinte solares el ramo. Me detuve, lo que no significa que prestara atención a lo que ocurría a mi alrededor. De pronto, inesperadamente, sonó un grito.

—¡Levi! —La que había gritado era una de las jóvenes y yo, que estaba casi muerto, sentí una estridencia espinal, como si una mano callosa me hubiera arrancado la piel de la espalda para dejar las vértebras al descubierto y pulsarlas una por una, sin compasión ni talento.

—¿Quién? —Supongo que la perplejidad debió haber convertido mi rostro en una especie de máscara de carnaval, rígida y sombría. Pero la chica, lejos de asustarse, reprimió una carcajada tapándose la boca.

—¡Soy Artis, estúpido! —Y sin mediar aviso se lanzó sobre mí, me abrazó y, tras unir sus labios a los míos, me metió en la boca una lengua fría, salada, tan áspera que parecía fabricada con piel de tiburón.

—¿Artis? ¿No...? —murmuré separándola de mí, aunque ella quedó colgada de mi cuello como una marioneta de trapo. No pesaba casi nada.

—¿No morí? Morí, claro que morí, pero los tecnos lograron rescatar mi cerebro y suficiente material genético. Me reconstruyeron, Levi, ¿no es maravilloso?

—¿Te clonaron?

—Más o menos. Vamos, te invito a tomar algo y luego podremos revolcarnos como en los viejos tiempos.

Era demasiado y todo junto. Artis parecía ser la última persona que hubiera esperado encontrar en el techo del mundo.

—Supongo que no te sorprende que esté tan sorprendido —balbuceé.

—Te quería sorprender —dijo ella, burlona—. Rastreé tu anillo de localización gracias a que conservo amigos en la Fuerza. Ellos me dijeron que habías venido a morir aquí, al Tíbet. Pero —palmeó las manos con fuerza— ya no hace falta que mueras. Cuando te elegí dos noches seguidas marqué el destino. ¿No te parece maravilloso?

¿Me parecía maravilloso? Había disfrutado como loco las noches de sexo patrocinadas por la vagina Labbial-Plax, y ser el elegido entre tantos machos excitados ante la posibilidad de morir o ser reciclados luego de que sus partes quedaran desparramadas por el campo de batalla era todo un acontecimiento. Pero me gustaba el dolor producido por la perspectiva de no volver a ver a Artis. Los momentos vividos formaban parte de mi único activo, y esta adolescente reconstruida no estaba para nada en mis planes.

—Marcaste el destino, pero no me diste la posibilidad de elegir. —Soné agrio, repugnante. Artis dio un paso atrás y me contempló extrañada.

—¿No te gusto?

—¡Por supuesto, mi niña! Ni en mis mejores sueños logré conquistar a una belleza así. Imagino que al clonar los tejidos hicieron algunas mejoras, ¿verdad?

Artis recuperó la sonrisa. —¡Claro! Pero ya no hay nada artificial en mí. —Tomó mi mano y la obligó a palpar los pechos, en los que unos pezones como aceitunas parecían dispuestos a perforar la tela—. Te vine a buscar, Levi.

—¿Nada tecnológico, de veras? —Pasé el brazo alrededor de la cintura y la atraje hacia mí—. Ni corazón Hartborg, ni hígado Lever Plus, ni glándulas de Fulcinelli...

—Ni pulmones Brest, nada de nada. Tengo una vagina natural que se humedece, pero solo cuando me excito. ¿No te parece fantástico?

Me parecía fantástico y al mismo tiempo aterrador. ¿Acaso me resultaba más natural aquella mujer casi electrónica que se había acostado conmigo durante la guerra? ¿Qué era lo que agitaba en mí una suerte de vaga e indefinible inquietud? Nunca fui demasiado intuitivo, pero la permanencia en el Tíbet me había abierto, parece, algunos canales perceptivos antes cerrados.

—Bueno, acepto esa invitación.

Artis se detuvo. —No te noto entusiasmado. ¿No te gusto? Nunca me vi tan bonita, femenina, deseable. Vuelvo locos a los hombres, aunque preferí reservarme...

—No es eso, no es eso. —Una marea densa y caliente empezó a formarse en mi estómago. Ya no era una intuición, sino un presagio. ¿Qué tenía que ver esta Artis de cuerpo joven y fresco con la veterana de cien combates que me había elegido dos noches consecutivas?

—Quiero ir a Shanghai —dijo Artis—; estamos cerca. Y después a Tokio. Me gustaría pasar unos días en las playas de Tonga y luego San Francisco. Por lo que sé, el dinero no es problema; ambos tenemos de sobra. Quiero comprarme vestidos, carteras, zapatos; quiero lucir femenina, excitar a los hombres y ser solo tuya. —Emitió una risita infantil y se colgó de mi brazo. Y así marchamos, apretados como sardinas en lata, hasta la residencia de Artis. Ni siquiera volvió la vista atrás para despedirse de sus compañeras, de las camelias, de los tulipanes holandeses y del mismísimo Buda.

 

Tomamos té de Ceylán (Sri Lanka, para los puristas), hicimos el amor, comimos thukpa y momos, dormimos la siesta, volvimos a hacer el amor, paseamos a la luz de la luna y sacamos pasajes para Shanghai, Tokio, Tonga y San Francisco. Maravilloso, bucólico, una caricia para el espíritu y los sentidos. ¿Puedo decir “la perfección”?

 

Los globus regresaron en marzo, como golondrinas; cayeron sobre nosotros con armas nuevas y energía decuplicada. Millones de personas murieron antes de que fuéramos capaces de calzarnos las corazas. El Alto Mando rearmó los equipos de combate en el menor tiempo posible, las fábricas de armas de los Urales se lanzaron a producir a pleno los mejores y más efectivos artefactos de la guerra anterior y se crearon nuevos grupos de diseño y producción en Santa Cruz de la Sierra y Nairobi. La humanidad se abocó, como en la primera invasión, a vencer o cobrarles a los globus un altísimo precio si nos tocaba perder... aunque eso a ellos no parecía importarles demasiado. Victoria y derrota, para esas vejigas inmundas, no implicaba una gran diferencia. Lo que querían era matar, destruir, desmembrarnos y esparcir los pedazos por toda la galaxia. Empezamos a perder personal a lo loco y ni siquiera el “pinchaglobos”, como llamábamos en familia al Crash-out de Kirilenko, que había sido tan efectivo para destruir a los globus y terminar con la invasión anterior, parecían surtir ningún efecto. Por lo visto los científicos de los alienígenas habían encontrado un modo de protegerse de nuestros ataques y a la vez contaban con nuevas armas, más eficaces y destructivas que las anteriores.

Artis, junto con Peña, Vilgdover, Branco y Batalla, murieron en el segundo ataque de pikas de los globus. Las pikas eran esporas que se te metían por todos los orificios del cuerpo y actuaban como nanos, destruyendo órganos y tejidos. Yo morí durante el cuarto ataque, un par de meses antes que en el laboratorio subterráneo de Wichita, Félix Erevián descubriera el antipika de acción inversa, un dispositivo que cambiaba la polaridad de los agentes agresores, o algo así, y los devolvía al punto de partida, causándoles a los globus un daño aún mayor que el que provocaba en los humanos. Pero la guerra siguió durante esos dos meses, y yo fui devuelto a mi unidad, reconstruido y mejorado. No solo eso: cuando regresé, Artis ya estaba allí.

—No puedo decir que me guste vivir y morir como un péndulo —le dije—, pero me hace feliz verte de nuevo. —Ella se encogió de hombros y miró hacia otro lado. A pesar de que seguía pareciendo una adolescente, había recuperado la aspereza que caracterizaba a su primer cuerpo.

  —¡Fender! ¡Jaimovich! ¡Zalazar! ¡Atentos! Esto no es la tridi; es una batalla de verdad. —Tampoco habían cambiado otros rasgos de carácter de nuestra jefa. Ni las muletillas que usaba para azuzar a la tropa—. ¡Levi, conmigo! Vamos a limpiar el terreno. Los de tecno necesitan pellejos frescos.

Esa era nueva. Por lo general mandaban bots para recoger los pellejos. ¿Por qué arriesgar humanos? Artis pareció leer mis pensamientos y contestó sin necesidad de que yo verbalizara.

—Somos lo más barato que existe, soldadito. Es más fácil criar tejido en un biotanque que ensamblar las piezas de un autómata. Es lo que llamo divina perfección.

—¿Volvieron a ponerte una vagina Labbial-Plax? —dije arropándome en un manto de hojas y barro en el momento justo en que una racha de las viejas y predecibles chiwas amarillas soplaba sobre mi cabeza.

—Sí, o no. —respondió de mal modo—. ¿Qué te importa? Esto es una guerra, Levi; no un burdel en Estambul. Los pellejos. Ahí hay dos.

—Estuvimos juntos en Tokio —protesté—, también en San Francisco, y después fuimos a París; hicimos el amor en Le Meurice, cenamos a orillas del Sena... Te compraste toneladas de...

—¡Al suelo, idiota! Viene otra racha de chiwas.

—Praga...

—Eso fue en otra vida, Levi. Ahora hay que liquidar a los globus.

Aquella noche, cuando los invasores se llamaron a sosiego, las cortinas de estera corrieron por los rieles y cada uno de nosotros buscó pareja para jugar al único juego que nos da un poco de paz, supe que mi suerte se había terminado. Artis se metió en el palacio miniatura de Zalazar, una peruana maciza como una roca de los Andes; dos días después nuestra jefa fue capturada por una nueva máquina de los globus, el último intento del enemigo por torcer el rumbo de la guerra, y yo morí por tanto tiempo que, cuando desperté embutido en un cuerpo de cultivo, la invasión había terminado. Nunca devolvieron a Artis ni a ninguno de los capturados. Es posible que la tercera sea la vencida y esta vez los alienígenas regresen con algo que no podamos neutralizar. Pero esa es otra historia. Y no me interesa regresar al Tíbet mientras dure la tregua; Zalazar quiere que nos casemos en Chiclayo. Allí nos esperan su familia, sus amigos y una serie de ritos ancestrales que han de ser bastante divertidos. Por ahora no pienso usar el pilpul; tal vez no lo vuelva a usar nunca. La vida empieza de nuevo y quiero vivirla sin pensar en nada.

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es un escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novela corta Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS.

 

UN LUGAR COMO NUESTRO HOGAR

Ana Cristina Rodrigues

Siguió las instrucciones de la Bruja Buena.

Golpeó tres veces los talones.       apretados en los zapatos duqnq.  Q qqq qqq nqqqqqqñ. Q.   Q.  ros e incómodos, hechos con piedras preciosas. Escuchó, como un mantra, “no hay lugar como nuestro hogar”. Repitió las palabras en un susurro y abrió los ojos. Estaba exactamente en el mismo sitio de antes.

—¿Qué pasó? ¡Todavía no estoy en Kansas!

La única diferencia que logró percibir fue en las expresiones de quienes la rodeaban. Donde antes veía cariño y afecto, ahora había perplejidad y un toque de horror. El León, que se había estado jactando de su valentía, se escondía detrás del Hombre de Hojalata, que permanecía impasible. El Espantapájaros tenía cara de no entender nada.

Y la Bruja Buena la miraba mientras se rascaba la cabeza con la estrella en la punta de la varita.

—¿Por qué me miran así? ¿Qué ocurrió?

La Bruja Buena respiró hondo antes de responder.

—Estás… estás verde, ¡Dorothy!

El León soltó un largo gemido.

—¡No me mates, por favor! Tengo la piel mala y la carne dura...

Cansada y frustrada, Dorothy finalmente perdió la paciencia.

—¡Cállate! ¿Aún no te cansaste de quejarte? ¡Cielos! —Se volvió hacia Glinda, apuntando con un dedo que terminaba en una larga uña negra que no estaba allí antes—. ¿Qué me hiciste?

Glinda empezó a alejarse, caminando hacia atrás.

—Es que había un riesgo, un riesgo muy, pero muy pequeño, de que el hechizo de los zapatitos... bueno, los zapatitos consideraron que tu hogar ahora es... aquí.

Y en medio de una explosión brillante, Glinda simplemente desapareció, dejando a Dorothy aturdida, mirando a sus compañeros de viaje. Respiró hondo.

—Parece que ya no iremos a casa, Totó... —miró el cesto que aún tenía en el regazo—. ¿Totó?

Tiró del pañuelo, aún incómoda con sus largas uñas negras. Cuando el paño cayó al suelo, el contenido del cesto se reveló: era uno de los monos alados. El color del pelaje era el mismo del pequeño perrito, y la miraba con devoción a aquella que había sido Dorothy.

El grito que dio reverberó por toda la tierra de Oz.

Pasaron años, décadas, quizás incluso siglos. Dorothy cazó y mató a todas las brujas, buenas y malas, de todos los puntos cardinales. Ahora era solo la Bruja.

Miró por la ventana del palacio en la cima de la Ciudad Esmeralda y suspiró.

Aún extrañaba mucho su casa, aquel lugar sepia y sin interés. Era tan... desalentador tener que abrir los ojos cada día a aquel exceso de colores chillones. Intentó por todos los medios hacer que la ciudad fuera menos verde, los ladrillos menos amarillos, sin éxito alguno.

—Señora-majestad-su-brujencia... —Una voz la sacó de sus divagaciones.

—Habla, chatarra inmunda —se volvió hacia la figura oxidada y chirriante de su antiguo compañero de viaje. Caminó lentamente hasta su trono, pisando con fuerza la alfombra de piel de león. El idiota había decidido ser valiente justo cuando ella estaba a punto de matar a Glinda, la penúltima bruja. Retrasó el momento en el que se iba a completar su dominio por... muchos años.

—E-el-hombre-de-paja-llamó-encontró-algo-pidió-para-ir-allá.

La Bruja se irguió y golpeó los talones de los malditos zapatos de rubí. Desde que había llegado allí no había podido quitárselos. ¿Lo peor? Odiaba el rojo. Pero al menos eran una buena forma de transporte. Un golpe de talones y estaba en medio del campo de cerebros.

Era una plantación donde antes había un maizal, pero los largos tallos verdes habían sido sustituidos por estructuras metálicas con cerebros en sus cimas, los mejores de aquel extraño lugar. Las máquinas estaban todas conectadas a la cabeza del Espantapájaros.

El antiguo compañero de viaje de la niña de Kansas yacía inmóvil en medio del campo, con su cuerpo prácticamente desprovisto de paja. Los cuervos, muy abundantes en la región por las carnicerías de su gobernante, no le temían a aquella criatura patética.

Pasaba sus días inmóvil, pensando y pensando en una manera de sacarla de Dor, el nuevo nombre de Oz.

—¿Qué fue, inútil?

—La solución puede estar en un punto intermedio, entre viajes por planos diferentes y realidades alternativas. Si creas una realidad en la que tu historia sea influyente y alguien represente tu historia, podrías sustituir a esa persona en el momento exacto, sacándola del flujo temporal y ocupando su lugar.

Ya estaba acostumbrada al nuevo modo de hablar de aquella criatura. Se detuvo y pensó, sosteniendo su barbilla puntiaguda y arrugada.

—Sí, podría funcionar. Solo necesito hacer que alguien cree algo sobre mi historia que se convierta... en una obra de teatro o un espectáculo de circo. Escribe.

—¿Cómo, señora?

—Pon esta historia mía tan rara por escrito. Pero en el momento en que el hechizo de esos malditos zapatos –y golpeó los pies en el suelo, como la buena niña caprichosa que aún era, pese a los años– salga mal, tú serás el que cambie. Di que salió bien y que viví feliz para siempre.

—Señora, no puedo escribir —intentó levantar las mangas de la camisa, sin éxito.

La Bruja puso los ojos en blanco, fastidiada, y vio al Hombre de Hojalata allí, parado a su lado. Ya casi no servía para nada, de tan viejo y oxidado. Podía perfectamente quedarse allí y servir de máquina de escribir. Chasqueó los dedos y así fue. El Hombre de Hojalata quedó junto al Espantapájaros, un hilo de cobre entrando en su cabeza para transmitir los pensamientos de éste.

Pasó un tiempo más, no sabía cuánto, los días habían perdido su significado hacía mucho. Pero finalmente un mono alado vino a llamarla. No era Totó, que había vivido la vida normal de un perro-mono-alado, pero se le parecía; era el más parecido del grupo actual, y por eso su favorito.

Le entregó un cuadrado de papel y se sentó sobre la alfombra de león, ya bastante raída. La Bruja pensó si debía leerlo o no. Encogió los hombros y sacudió la cabeza. Inmediatamente el libro desapareció frente a ella.

Fue casi inmediato. Sintió un escalofrío, un estremecimiento, como si alguien pisara su tumba. Fue hacia el espejo que el Mago farsante había usado y chasqueó los dedos. Allí, frente a ella estaba... su historia. Sí, los escenarios eran falsos, el hombre de hojalata parecía más de cartón. Y máquinas extrañas rodeaban a las personas disfrazadas. Pero era su historia bien representada. Y en la escena exacta, la niña –si alguna vez fue tan joven– se preparaba para cerrar los ojos y golpear los pies.

—No hay mejor lugar que nuestro hogar.

Hacía calor bajo aquellas luces fuertes y su piel picaba. Abrió los ojos y vio que estaba en el escenario que había visto en el espejo. Miró hacia abajo y sus manos ya no estaban verdes... y el perrito estaba en la cesta. Iba a gritar, pero alguien se adelantó.

—¡Corte! Media hora de descanso y volvemos a intentarlo.

Una confusión a su alrededor, voces altas y risas, gente quitándose partes del disfraz mientras otros ajustaban los decorados.

—¿Qué... pero… Kansas?

Una mujer se le acercó, sosteniendo una toalla mojada.

—¿Qué Kansas, niña? La escena de Kansas se filmó al principio de la producción, ¿olvidaste? Ahora cierra los ojos que necesito retocarte el maquillaje, tu frente brilla demasiado con esta luz.

Ella no estaba en casa. Aquello no era Kansas. Todo era falso y vacío.

Sintió mucha, muchísima nostalgia de Oz y golpeó los zapatitos.

Y nada pasó.

Dorothy ya no tenía hogar.


Título original: Lugar como a nossa casa

Traducción: Sergio Gaut vel Hartman


Ana Cristina Rodrígues nació en São Sebastião do Rio de Janeiro, Brasil, en 1978. Es historiadora, una perfecta coartada para pasarse la vida leyendo y escribiendo. Profesionalmente ha publicado dos artículos: "Visões da morte na História dos Francos de Gregório de Tours" (2004) y "Os Votos do Faisão: ideais de cavalaria na corte borgonhesa do século XV" (2004). En materia de narrativa publicó en Sci Pulp, Scriptonauta, Blocos Online, Scarium e Inpempol. En materia de ficción literaria, publicó en Sci Pulp, Scriptonauta y Blocos Online. Dos de sus cuentos se tradujeron al castellano y se publicaron en Axxón.

LA ESPADA

Iván Bojtor

 

Sólo llevaba una armadura de cuero. Era uno de aquellos jefes bárbaros que veneraban a dioses bárbaros.

Había oído ya muchas historias, contradictorias entre sí, acerca de la construcción ciclópea de piedras toscas amontonadas al pie de un acantilado, del tamaño de una colina, a la que acababa de ingresar. Se decían mil cosas sobre ella: que en su interior moraba un dios gigantesco, o un monstruo; que allí se abría el descenso al inframundo; que en su interior se extendía un laberinto del cual jamás salía quien se aventuraba a entrar sin pensar… Y, por último, que al final de sus cámaras entrelazadas, en la última de todas, reposaba una espada maravillosa, capaz de volver invencible en la batalla a quien la poseyera.

El angosto corredor desembocaba en una vasta sala. A la luz de su antorcha distinguió una estatua colosal que llegaba hasta el techo: la figura de una divinidad. Entre las dos piernas de la imagen se abría una puerta, y delante de ella, un altar de piedra lleno de ceniza.

Sin saber qué ofrenda podía granjearle el favor del dios, arrojó sobre el altar un puñado de cebada, unas flores marchitas que había recogido el día anterior y, por si acaso, se pinchó el dedo con la punta del puñal, dejando caer tres gotas de sangre. Encendió el sacrificio con su antorcha, fijó la mirada en la puerta cerrada y esperó.

No vio –no podía verlo– que en un pequeño nicho tallado en la roca, a un lado del corredor por donde había entrado, se alzaba la estatua de un enano grotesco. Tampoco pudo ver cómo, mientras su ofrenda se consumía ante el gran ídolo, la boca del enano se curvaba en una mueca burlona.

Sobre el altar chisporrotearon aún algunos granos de cebada, y entonces la puerta se abrió.
El hedor lo golpeó apenas cruzó el umbral. En el suelo, por todas partes, yacían huesos, jirones de ropa, armas rotas y otras intactas. Avanzó hacia la puerta cerrada que se veía enfrente, pero un sonido irreconocible resonó a su espalda. No pensó, reaccionó: giró sobre sí mismo y blandió su hacha en el aire. Algo –una especie de lagarto escamoso y enorme– se deslizó junto a él y se tendió frente a la puerta. Detrás del monstruo, apoyada contra el muro, se alzaba una espada tan alta como un hombre. Habría jurado que antes no estaba allí.

¿Sería aquella la espada maravillosa de las leyendas, la que había venido a buscar?
Estaba seguro: si vencía al monstruo, el arma sería suya.

Mientras se acercaba, notó que la criatura giraba la cabeza a un lado y otro: comprendió que el brillo de la antorcha hería los ojos de la bestia, acostumbrada a la oscuridad. Con la antorcha en la izquierda y el hacha en la derecha, se abalanzó y descargó el golpe sobre su cráneo. El monstruo se estremeció unas veces y cayó de costado.

Vaciló.

¿Era todo? La victoria le pareció demasiado fácil. Pero no se detuvo a pensarlo.
Extendió la mano hacia la espada… y antes de tocarla, se disolvió en el aire, como una bruma.

Al instante, se abrió otra puerta detrás de él.

La siguiente cámara era más larga que la anterior; al entrar, no alcanzaba a ver su extremo.
Escarmentado por su encuentro con el lagarto, avanzó con más cautela. Llegó sin contratiempos a la puerta siguiente, ante la cual, sentado en un trono de piedra, descansaba un guerrero acorazado. En la hoja de la puerta pendía una espada, aunque no la misma que había visto desaparecer en la sala anterior.

El guerrero se estremeció como quien despierta de un sueño. Se incorporó con estrépito metálico y, empuñando su arma con ambas manos, avanzó hacia él.

Bastaron unos instantes para que el bárbaro comprendiera que, con su armadura ligera, era mucho más veloz.

El caballero descargó golpe tras golpe; él los esquivó todos. Finalmente, se colocó a su espalda y asestó el suyo. El guerrero cayó. Las piezas de la armadura rodaron por el suelo, vacías: no había nadie dentro.

Dudó antes de tocar la espada. Ya no se sorprendió cuando, al extender la mano, el arma se desvaneció ante sus ojos, y tampoco cuando la puerta volvió a abrirse por sí sola.

La cámara siguiente era aún más larga; parecía más bien un pasadizo ancho. A lo lejos titilaba una luz verde, que se fue intensificando mientras avanzaba. Podría haber arrojado su antorcha, ya consumida hasta el mango, pero no se atrevió. ¿Qué lo esperaba?

Lo que lo esperaba era una última puerta, y sobre ella, clavada en cruz, una espada resplandeciente de luz verdosa. De ella emanaba el resplandor que inundaba la sala.
Delante, sobre una alfombra, estaba sentado un niño.

El bárbaro se detuvo. Miró al niño, luego al arma.

¿También debo matar al niño?, pensó.

Durante un rato se miraron en silencio.

Luego el hombre se dio media vuelta y emprendió el camino de regreso.

La sonrisa del enano de piedra se borró, y su cabeza se inclinó levemente, como si hubiera empezado a reflexionar.

Cuando el bárbaro salió de la cámara, una luz cegadora lo envolvió, y cayó al vacío.

Al recobrar el sentido, se encontró tendido en un barranco, al aire libre. El edificio había desaparecido.
Se frotó los ojos, se incorporó, y vio a su lado una espada sobre la hierba.

Parecía una hoja común, sencilla.

La levantó, la probó, la blandió hacia un lado y otro.

Por accidente, pasó demasiado cerca de la roca: pero, en lugar de chocar o sacar chispas, la espada atravesó la piedra como si fuera manteca.

Así lo cuentan.

Quizá ocurrió de verdad, quizá no.

Las tradiciones más antiguas dicen que las armas de los dioses eran forjadas siempre por enanos deformes: Hefesto para Zeus, Ptah –representado a menudo como un pigmeo monstruoso– para Horus, Tvastar para Indra, y Regin, el enano que volvió a forjar la espada rota de Odín, la Gram.

Sí, en aquellos tiempos cada arma extraordinaria tenía su propio nombre.

Las sagas aseguran que también San Olaf, unificador de Noruega y propagador de la fe cristiana, tuvo una espada semejante.

Tal vez sea cierto, tal vez no.

Pero los anales coinciden en algo: Olaf jamás perdió una batalla.


Título original: A kard

Traducción: Sergio Gaut vel Hartman


Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

 

UNA MÁSCARA PARA ROBERTO

Luis Saavedra

 

Un día, al final de la tarde, llegaron los visitantes. Al principio fueron motas en la distancia de los cerros y luego insectos negros que se hacían más grandes hasta que se cruzaban con el primer campesino. Lo único que hacían era recorrer el pueblo y su única calle. Tres años habían pasado desde el primer verano y nadie podía explicárselo.

Vestían de gabardina, con las manos en los bolsillos y pantalones que llegaban hasta zapatos negros de horma angosta. Altos, más bien estilizados, se movían con un pie adelante del otro pero la gente nunca decía que caminaban, no hablaban y no demostraban interés en nada. Lo más inquietante en ellos eran las máscaras: gatos, perros, corderos, solamente animales, que dejaban al descubierto las pálidas orejas que parecían recubiertas de un plástico brillante. Al atardecer, todos se volvían a mirar el cielo, a un punto fijo en el espacio profundo.

Roberto era el hijo menor de los Castro y desde los once vivía en la casa de los abuelos. A las cuatro volvía de la escuela siguiendo el camino rural, se cambiaba de ropa y salía a jugar. La rutina se hacía agradable esos días porque venía la navidad y después las vacaciones de verano. Su abuela preparaba los mejores alfajores y su abuelo contaba las mejores historias. La más terrorífica fue aquella cuando el abuelo vio a su primer visitante, arrodillado sobre una oveja.

Entonces solo eran un rumor, un punto por debajo de las apariciones del cola’e flecha y la novia que llora en las noches de luna llena. Pero el viejo ya lo conocía y la gente como él es cautelosa con los rumores. Se detuvo en el límite del claro donde lo vio y no tuvo miedo porque era mediodía y más allá estaba el camino a Pueblo de las Arañas. Pero al ver la oveja muerta con la mirada opaca y la boca entreabierta de dientes amarillos, supo que estaba en el momento equivocado. Tenía el vellón del estómago negro de su propia sangre y la tierra estaba húmeda. El extraño había dejado los órganos internos alrededor de la oveja y se movía con curiosidad de uno a otro, las manos enguantadas teñidas del carmín intenso. Tomó el intestino pálido y lo observó como leyéndolo, y luego el hígado, acercándolo a su máscara hasta casi tocar el plástico. Luego vino lo más extraño: acercó sus manos a la cabeza ovina y el cadáver se sacudió como los perros cuando tienen sueños de muerte. El aire se llenó de malos humores y la intensidad de la luz se hizo débil. La oveja soltó un balido bajo e intenso que se metió en la nuca del viejo y reverberó en su pecho hasta helarle el corazón. El espacio palpitó, los árboles se contrajeron como garras cerrándose y la hierba que rodeaba al viejo fueron tensas cuerdas de guitarra. Duró solo hasta que el aire en los pulmones del animal se acabó y volvió a la paz de su muerte. Entonces el viejo escuchó al perro y su amo viniendo por el otro lado del claro. El visitante se irguió y luego buscó la mirada del viejo, que por primera vez reparó en la máscara que llevaba. El tigre de caricatura sonreía con una lengua roja y colmillos, donde estaban los ojos alcanzó a divisar algo parecido al brillo de la mirada de los gatos en la oscuridad. El visitante retrocedió y se perdió entre las sombras de la maleza sin siquiera agitarla, y justo después, el amo del perro encontró al viejo pálido y temblando. Era don Matías, también dueño de la oveja, que lo tranquilizó y le explicó que la habían matado por la noche una jauría de perros vagos del basural, al otro lado del pueblo.

Era la mejor historia, la que hacía que Roberto no durmiera en la noche, la que se contaban los chiquillos al final de las pichangas, cuando se sentaban al atardecer y la luz se moría de a poco. Roberto no esperaba que su abuelo le contara una mejor historia y le rogaba al Niño Jesús y la Virgen María jamás cruzarse con un visitante.

Hacía tanto calor que caminaba en forma automática y no se dio cuenta hasta que la insistente sensación en la nuca lo obligó a darse vuelta. No vio nada, pero algo le dijo que la maleza estaba muy quieta y los pájaros no volaban sino que huían. Roberto continuó otro rato por el camino árido que ondeaba en la distancia y se puso a pensar que el día siguiente le tocaba irse con los papás, a Santiago. Un niño en un viaje de dos horas se aburría, pero había encontrado la forma de seguir el ejemplo de su abuelo dibujando historias en un cuaderno con una portada de Ben10. Llevaba cinco cuentos en los que aparecían muertos, caballos del diablo, gente malvada que caía en grietas ígneas y heroínas que terminaban medio desnudas. Un cuento contaba la historia del Berto, que vivía en el campo porque sus papás no podían tener a todos sus hijos en la casa, y que prefería quedarse en Pueblo de las Arañas con los muertos, la gente malvada y las heroínas. Cuando pasó frente a la chacra del Negro Mañaña, lo vio arrancando lechugas y le gritó un saludo. El hombre traía desde chico el paladar escindido y nunca pudo pronunciar bien una frase sin intercalar eñes, por eso el apodo, por eso tampoco esa vez pudo entender lo que dijo ni por qué se puso tan serio. Solo cuando el Mañaña apuntó hacia un espacio detrás suyo y miró, entendió tanta seriedad.

La máscara era de una de las Urracas Parlanchinas y estaba como a veinte metros, vestía una polera de mangas largas que le cubrían las manos y pantalones negros que le cubrían los pies. Inclinó la cabeza hacia un lado, como si le preguntara algo, y luego se comió la distancia de una sola zancada quedando a un metro escaso del niño. Era muy alto y pensó en un arco que se curvaba sobre él hasta casi tapar el sol. Roberto no se movió, no podía, y solo se acordó de rezar mirando dentro de los agujeros negros de la máscara, donde debían estar los ojos. El Mañaña retrocedió un par de pasos, le gritó histéricamente al niño que iba a buscar a sus abuelos e inició una huida rodeando la casa. Podía escuchar la respiración del visitante y ver el cabello negro y liso pegado al cráneo, las orejas eran apéndices irreales de porcelana. La brisa paró por completo y el calor se volvió más intenso y hasta el sonido de la naturaleza hizo una pausa como una inhalación, como si esperara. Intentó un tímido hola que subió como acidez por su garganta y no alcanzó a salir. El visitante entonces fue levantando un brazo, dejando que la manga retrocediera hasta descubrir una mano blanca y esquelética llena de pequeñas arrugas que la cruzaban como una superficie lunar. El niño se puso a sollozar y a mover la cabeza, intentó huir pero el otro fue más rápido y lo aferró de un brazo con esa mano terrible y pétrea. El dolor le impidió zafarse y solo atinó a llorar más fuerte hasta que apareció la otra mano, en el centro de la palma tenía un espolón pequeño y azul que fue a clavarse con violencia en la palma del brazo secuestrado de Roberto. Un horror animal y doloroso sacudió el cuerpo del niño con espasmos y sonidos guturales que iban en intensidad. Las funciones cognitivas dejaron de darle sentido al mundo y vio tres fogonazos de luz intensa que previeron el colapso de la sinapsis. Un muro de ladrillo negro sepultó su cerebro.

Rojo, rojo intenso. Ultravioleta. Verde, amarillo. Una oleada de oscuridad que le lamió el rostro. Blanco violento arañó sus ojos. Colores pulsátiles que transmitían el frío del espacio entre átomos y el calor del centro de una estrella de neutrones. Fue apuñalado por un arco-iris que transmitía exaflops de datos y sobrecargaba su interfaz sensorial. El caos se transformó en un mundo de tonos azules, fríos y eléctricos, y volvió a haber cierta coherencia. Roberto despertó en el fondo del mar, aunque seguía al lado del visitante y reconocía la chacra y el viejo camino. Pero las cosas eran diferentes, como si alguien hubiera reconstruido todo, alguien que no conocía un árbol y seguía las instrucciones de un libro. Los detalles eran precisos: de alguna manera conocía todo a su alrededor en una mirada de 365 grados, de alguna manera podía sentir las fluctuaciones de energía trasponiendo la materia. Sabía que detrás de la casa estaba el Mañaña corriendo a una velocidad increíblemente lenta y que la Abuela estaba detenida con las manos hundidas en la masa del pan y que su Abuelo venía por el otro camino viejo. Y también veía los millones de enlaces entre esas tres personas y el resto y su entorno hasta llegar a la Gestalt planetaria. Luego estaba el visitante y, donde hubo máscara, ahora solo existía una singularidad de información que no soportaba “ver” directamente. Pero seguía atado a él en más de un sentido y su presencia se filtraba hasta su ser. Sin embargo, Roberto no entendía, pero tampoco tenía miedo porque no le importaba. Su experiencia era distante como si estuviera detrás de un cristal grueso, un pez mirando el acuario de enfrente.

La percepción se agitó como si fuera una cortina de agua interrumpida por una piedra y cambió de foco. Se disgregó y Roberto cayó entre los espacios moleculares hasta una planicie hecha de pelotas de ping-pong, bañada en una luz crepuscular. Arriba, el cielo era una bóveda que lo envolvía como en una ilustración medieval. En el horizonte había un evento difuso, que presentía inestable, caótico, y que recombinaba cada tanto las pelotas de ping-pong de la planicie, dejando escapar volutas microscópicamente gigantes de energía que se manifestaban en lenguas fantasmales y radiactivas de colores ultraterrenos, que vivían solo un par de violentos microsegundos. De alguna manera, sabía que acercarse significaba exponerse a una zona en la que las leyes físicas eran inmaduras o no-constantes o limítrofes o caprichosas. No logró fijar el concepto, pero la advertencia la presentía con cada pico de actividad: se erizaba involuntariamente como si su cerebro reptil lograra descifrar la falta de orden natural. Sin prisa, se alejó del evento hacia ninguna parte, pero las oleadas lo alcanzaban con mayor regularidad e intensidad estrellándose en su espalda, hasta que se encontró corriendo justo por delante de la onda recombinatoria que devoraba la planicie. Entonces, divisó los diamantes que irradiaban una luz lechosa y que se encontraban alineados uno al lado del otro como una frontera imaginaria. Apretó la carrera y cayó al otro lado, se dio vuelta y ahí estaban los diamantes conteniendo el caos. Estaba a salvo, la frontera era más bien un cerco que evitaba el avance. Alguien lo había puesto allí, alguien que sabía que existía ese error infinitesimal, potencialmente destructor.

Otra vez el foco saltó las escalas y viajó atravesando nubes cósmicas y soles chillones, dejó atrás la última definición de objeto luminoso hasta alcanzar una roca oscura. Antigua y degradada se había convertido en una ceniza etérea que bailaba en el borde del universo. Se internó por sus bóvedas laberínticas hasta encontrar ángeles con forma de mantarraya que lo acompañaron hasta una cámara central. También ellos eran extranjeros, también llegaron atraídos por una intuición que no sabían explicar. En la cámara, miles de auroras boreales circulares latían superpuestas en forma asíncrona, una luz tan pura pero cansada que solo era la sombra de algo glorioso. El fantasma de un púlsar. Un reflejo en un espejo empañado. Y otra vez su cerebro reptil se erizó, reconociendo el caos aterrador. Los ángeles se abrieron paso a través de los campos pulsátiles hasta comprender el mecanismo de relojería que realmente era y cayeron en la cuenta de que las cenizas pertenecieron a un primer ser: el creador falible cuyo único error yacía en un corazón devorador. Maravillados, descerrajaron la trampa y los pequeños cristales que formaban la frontera se esfumaron en una lluvia de lentejuelas. Roberto gritó una advertencia y luego la gloria del dragón fundió los exploradores y la roca negra.

Se alejó huyendo hasta dar con el espacio civilizado de los ángeles: un planeta hecho de sus cuerpos de mantarraya con una noosfera saturada de ideogramas aterrados. El dragón se acercaba al universo masticando enloquecido su margen y no sabían cómo detenerlo. Bandas de colores violentos recorrieron el planeta hasta alcanzar un acuerdo y millones de esferas ígneas saltaron al aire hacia todas las galaxias conocidas. Se unió a la estela de un grupo y como en una película que se acelera a cada segundo, atravesó el espacio de regreso al Sol, a la Tierra, América, Chile. Bajó por las faldas de los cerros y adquirió forma local y siguió al animal pequeño e incomprensible y se unió a él para preguntarle.

El visitanteroberto rompió su consistencia.

El shock lo atravesó con látigos eléctricos que flagelaron su córtex. Perdió el control total de su cuerpo azotándose contra el suelo, mientras volvía al mundo de origen. Fue acribillado por las imágenes del visitante retirando la mano pétrea-alejándose-perdiéndose. Cuando la abuela lo encontró y miró dentro de sus ojos y encontró un vacío intenso, ella supo, con toda esa carga de vieja crecida entre mito y campo, que no podía seguir en Pueblo de las Arañas. Lo arropó y miró fijamente al Mañaña durante un feroz segundo: “Aquí no pasó ná, ya sabís, o te las vai a ver conmigo si hablai”. El hombre se limitó a mover afirmativamente la cabeza, clavado por el horror religioso. A los papás les dijeron que fue el shock eléctrico de una línea de alta tensión y que el niño podía tener daño colateral más adelante, pero sobrevivió milagrosamente.

Roberto volvió a Santiago e ingresó en un internado. Nadie conoció su historia, nadie quería conocerla de boca de un pendejo hosco y expectante. Sobre todo en los atardeceres, se quedaba mudo y escuchaba, aunque reconocía que no sabía qué. A veces respondía que en sueños veía un dragón que no era un dragón, sino algo mucho más grande y que también había que temer más. O que soñaba que preguntaba a la gente una forma de crear una nueva corona de diamantes y, aunque todos huían de él, sabía que en alguna parte existía la respuesta. Cuando cumplió dieciocho, se compró una máscara del gato Tom y no volvió a la Institución, impulsado por una angustia quemante de no quedarse quieto, siempre hablando de diamantes.

Todos los veranos, los visitantes bajan al Pueblo de las Arañas, merodean dando tumbos en su caminar que no es caminar y, al final del día, se van, convirtiéndose en insectos negros y luego en motas en la distancia de los cerros.

Luis Saavedra Vargas nació en 1971 en Santiago de Chile. Siempre se interesó en lo fantástico por su estética de colores chillones y luminosos y sus monstruos siempre enfurecidos con buen gusto por las mujeres. Se le conoce mejor como editor del fanzine chileno Fobos y los Púlsares, los libros que recogieron los relatos ganadores del concurso del fanzine. Sin embargo tiene su faceta de escribir: su relato “Ol’fairies Bar” quedó finalista del concurso Domingo Santos 2005, en España, mientras que ha sido seleccionado para participar en antologías nacionales y extranjeras, y así también ha sido traducido al francés, italiano, inglés y, sorprendentemente, el árabe. Hoy forma parte del colectivo chileno de escritores fantásticos Poliedro, que lleva cinco colecciones de cuentos a la fecha y se prepara a sacar la sexta. 

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