sábado, 15 de noviembre de 2025

INSOMNIO

Dora Gómez Q.

 

Este hospital es horrible, como todos en los que he estado. El olor a desinfectante es asqueroso, y el ruido metálico de las camillas deslizándose por los pasillos, deprimente.

Las paredes blancas parecen juntarse hasta aplastarme, y tengo la certeza que ningún medicamento logrará hacerme dormir. Las luces en la noche son destellos que me lastiman los ojos a los que siento como carbones encendidos.

 En los divagues del insomnio viene a mi mente la espalda de mi madre, con ese movimiento de hombros delatando que lloraba, temerosa, lejana y antipática, una mujer extraña que me hacía sentir mal, como si mi nacimiento le hubiera fastidiado la vida y mi existencia no le importase, creo que a la única persona a la que le importaba era a mi padre.

Hace cinco días que permanezco en esta sala de hospital. Rita, la enfermera, viene a darme las inyecciones para el dolor de la mano y para que duerma.

—Eso no funcionará.

—Pues tienes que dormir o te pondrás a alucinar —dice Rita mientras llena un cuarto de la jeringa.

—¿Por qué no me inyectas todo el frasco? —le digo.

—Porque podría ponerte a dormir para siempre.

—Hazlo Rita, te doy permiso.

Ella sonríe y se va.

El psiquiatra dice que lo que le pasó a mi dedo fue porque se aproxima el tiempo de abandonar el orfanato, ya que estoy próxima a cumplir dieciocho años. Tendré que irme y conseguir un trabajo, que tal vez por eso comencé también a tener insomnio. Pero eso es imposible, ¡si no veo la hora de irme de ese apestoso lugar!

Y el insomnio lo tengo desde que aprendí a quedarme despierta en el orfanato donde me llevaron cuando murieron mis padres. La noche allí no tenía reglas.

Una vez desperté con una muchacha corpulenta encima, yo entonces era una niña menuda, no tenía fuerza ni capacidad para defenderme. Estaba totalmente inmovilizada, podía sentir su respiración agitada, su olor a sudor, y su cara junto a la mía. En ese momento le mordí la oreja muy fuerte y tiré de ella con mis dientes hasta que la desprendí de su cara, y comencé a comérmela. Sus gritos despertaron a todos y cuando las luces se encendieron, yo seguía acostada boca arriba, masticando, y la boca cubierta de sangre de la corpulenta.

Me tuvieron aislada varias semanas. Solo podía salir al patio, con un bozal de plástico para mofa o terror de las demás, situación que me dejó sin amigas y con un perverso disfrute de causar terror.

 Recién me lo quitaron al comenzar un derrotero por los consultorios de los psiquiatras. Así fue como asistir a consultas y tomar medicinas se convirtió en una tediosa rutina. No ocurría nada significativo en mi vida, todo era un aburrimiento mortal.

Querían saber si comía carne humana en mi casa, ¿cómo saberlo? Comía lo que mi madre servía en la mesa, albóndigas con puré, milanesas de carne con papas fritas, guisos de carne y fideos. ¡Era una niña! ¡Malditos loqueros!

No sé por qué ahora no dejo de pensar en esa mañana en la que volvíamos de un paseo y algo extraño ocurrió. Mi madre abrió la puerta del dormitorio donde suponíamos dormía mi padre.

—¡Ahora no lo hagas, que vengo con la niña! —gritó.

Él cerró la puerta con violencia y se escucharon ruidos dentro de la habitación, como golpes. Ella fue al fregadero y vi sus hombros moviéndose, ¿lloraba?, yo era pequeña, como de seis o siete años. Mi padre salió del cuarto arrastrando a un hombre que sangraba y lo llevó al patio. No sé qué pasó después, pero a partir de ese día siempre vi personas que mi padre arrastraba hacia el patio y que no volvía a ver. Ya no se molestaba en ocultármelo.

También se ponía violento por cualquier inesperado y ridículo motivo, pero por alguna razón yo era objeto de su adoración, eres la niña de mis ojos, me decía. Y cualquier maltrato físico o regaño de mi madre para conmigo, era suficiente motivo para desatar su ira.

 Había comprado una máquina grande de hierro roja para picar carne. Siempre había algo para picar allí, comíamos abundante y variada comida

 Un día por la tarde, cuando yo tenía alrededor de doce años y volvía de la escuela, mi padre en una de las frecuentes palizas que le daba a mi madre azotó su cabeza contra la máquina de picar carne dándole muerte frente a mis ojos, aunque creo que no fue su intención matarla, que solo fue un accidente. Pero luego se suicidó en el patio, el mismo patio de mi infancia, que estaba siempre lleno de sangre, como una gran pileta de agua roja por la cual yo jamás preguntaba. Hay preguntas que no deben hacerse, secretos que una familia guarda y deben quedar así.

 Miré el cadáver de mi adorado papá tendido con una expresión de sorpresa en su rostro, los ojos y la boca bien abiertos, mientras se formaba un gran charco de sangre debajo de su cabeza. Fue el día más triste de mi vida,

Decían que mi papá era un monstruo, y ¿qué sabían ellos?, era mi padre, solamente yo sé lo bueno que fue, él me amaba muchísimo, y descubrí muchos otros monstruos a los que nadie señala, y no hay nadie alrededor que me quiera tanto como él. Siempre pienso en esas cosas que pasaron cuando no puedo dormir.

Me he quedado mirando el techo al retirarse Rita, considerando la posibilidad de dormir para siempre. Esa medicación me deja el cuerpo laxo, pero la mente muy activa, los pensamientos no descansan ni se relajan nunca.

 La mano ya no me duele. Estuve protestando en el orfanato por la comida asquerosa que nos daban. Algunas hacían huelga de hambre para protestar, yo me comí el dedo. ¡Tanto alboroto por eso! Era dedo.

Me trajeron al hospital para ver si podían cosérmelo. Pero el dedo no está doctor, me lo comí, le dije al incrédulo.

—Hola, Rita.

—¿Hola, linda, dormiste anoche?

—Un poco —mentí

—Seguramente mañana te darán de alta. Ojalá consigas pronto un trabajo. Pero antes de irte haz una cita con el psiquiatra, creo que atiende los lunes.

—Rita te agradezco que hayas intercedido para que me quitasen ese bozal plástico. ¿qué creían los médicos, que me los iba a comer?

—Tal vez —dice Rita riéndose.

Cuando estaba por inyectarme sonaron las sirenas de las ambulancias y las puertas fueron embestidas por las camillas. Sin decir más, Rita salió corriendo de la habitación, para asistir en lo que parecía ser una emergencia.

 Esperé alrededor de dos horas el regreso de Rita. No me había puesto la inyección y el frasco estaba lleno, junto a la jeringa, en la mesita. Reflexioné acerca de que tal vez esa fuera la noche en la que por fin podría dormir. El frasco y la jeringa eran muy tentadores, estaban ofreciéndome la oportunidad de terminar con todo de una vez, ¿y por qué no? Al fin y al cabo es mi vida, y el mundo un lugar cruelmente aburrido, lleno de monstruos anónimos y secretos insoportables.

Pero Rita regresó justo cuando había llenado la jeringa para inyectarme. Intentó quitármela, forcejeamos, y de una manera incómoda logré inyectarla a ella. Me sorprendió lo rápido que le hizo efecto. Su cuerpo quedó totalmente relajado, como si se hubiera desmayado, pero estaba despierta. Sus ojos me miraban aterrorizados. La tranquilicé mientras sus párpados se iban cerrando con lentitud.

Aproveché las corridas que hubo con la emergencia para escaparme. Retiraré el dinero del fideicomiso y me iré a otra ciudad, me cambiaré el nombre, aceptaré cualquier trabajo modesto mientras estudio diseño gráfico y tal vez compre una nueva máquina de picar la carne.

Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga  social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

COMPASIÓN

Luciano Lara

 

No sé cómo hice para llegar a casa. Apenas entré me di cuenta de que no recordaba el camino por el que volví. Fue como si la mente se me hubiera quedado clavada en aquella avenida de Buenos Aires. ¿Estoy acá? ¿Cómo puede ser que no esté llorando entonces? Me palpé el cuerpo con las palmas como buscando reconocerme. Sí, soy yo ¿Pero quién soy? Si ni siquiera sé qué es lo que estoy sintiendo.

Subí las escaleras con rapidez. Ver que todo estaba en orden me dio cierta tranquilidad, podía sentarme a mirar el vacío sin preocupaciones. Encendí un cigarrillo, no está bueno fumar, pero me gusta; enseguida la reflexión que no lleva a ningún lado: “tengo que dejarlo antes de que me mate”. O al menos, luchar por controlarlo un poco. ¡Increíble! ¿Puede ser que todo en la vida trate de lo mismo? Bueno, no debería ser así; aunque el mundo no pueda cambiarse. Apenas moderar un poco sus miserias, pero en esencia, siempre será igual. Hay que aceptarlo como es para poder vivir en él.

El maestro aparece cada vez lo necesito. Bueno, debe ser que lo llevo siempre conmigo. ¡Sí, soy afortunado!, pensé, pero de inmediato recordé sus palabras.

—Libérame de toda responsabilidad acerca de tu accionar, si llegaste hasta acá es por mérito propio, yo no tengo nada que ver. —Siempre pienso en eso ¿Será que de verdad me lo gané? Hay veces que uno no puede llegar a la verdad ¿Existe la verdad? ¿Cuál es? ¿Me lo gané? ¿Me eligió porque lo merezco o solo tuve suerte? Qué importa; importa que hoy, por fin, me había llegado la hora de revelar el significado de aquella frase:

—La compasión es un sentimiento horrible. —Recuerdo que me quedé mirándolo. El gesto de incredulidad en mis ojos lo habilitó a seguir—. Es un sentimiento que contiene maldad, como la culpa; son construcciones del cristianismo.

—Sí, claro —respondí con timidez, pero intentando de que creyera que lo entendía. Al menos lo de la culpa se me reveló en aquel instante, pero ¿la compasión, qué tenía de malo?

—La compasión es bajar al otro, despreciarlo —siguió el filósofo como si contara con un poder energético que le permitía saber qué era lo que yo no entendía.

¿Pero por qué hoy y no antes?, me pregunté sin llegar a comprender del todo. Cerré los ojos tratando de recordar el camino que había olvidado. Enseguida me di cuenta de que por un momento me había olvidado de todo. Solo recordaba la compasión de Marisa, la de ella y la mía con ella, mientras se suicidaba delante de mis ojos. Era evidente que ver semejante acto de destrucción me había lanzado por los aires hasta despedazarme contra una pared que tenía escrito el nombre de mi maestro. No me gustó lo que estaba sintiendo. ¡No! Marisa no se lo merece, si ella es igual que yo ¿O no?

No, no, hombre. Fue Julia, la compasión por ella alcanzó para dejar de pensarla como alguien igual a vos. ¿Y Roxana? Recordé enseguida que el día que me sentí así, había dejado de amarla.

—¿Ese es el primer paso para dejar de amar? —grité al aire, pero nadie respondió. Las tres de la mañana no es hora para preguntarle al maestro. Nunca supe si duerme o qué hace por las noches, quizás esté pensando, igual que yo; después de las once de la noche, casi nunca responde.

Tengo que parar un poco, no quiero enloquecer antes de los setenta. La vida es lo que es. Sin embargo, recordé que llevaba todo el día con la compasión en mi cabeza. Esas canciones que llegaron a mi vida sin explicación, me atravesaban el alma. Recordé que me habían puesto a Julia delante de los ojos. ¿Qué habrá querido decir Daffunchio? Siempre me pregunto eso cuando miro a los artistas ¿Habrá pensado lo mismo que yo?

 

“Si quisiste ver, cómo sucede

Si lograste al fin acoplarte en la noche

esas voces que hablan, que nunca muestran nada

Nunca dirán la verdad, nunca la esperes

 

Si quisiste ser como una estrella

Sabés bien que te equivocaste y mucho

Esta vida es más que toda esa basura

Nunca dirán la verdad, nunca la esperes”

 

Pobre Julia, ni con ella misma puede; pero no estaba seguro de si me había ido por compasión o simplemente para evitar que un ser humano que no conoce del amor me asesinara. En cualquier caso, la compasión estaba ahí, poniendo a Julia en un lugar diferente al que había ocupado durante diez años. No era la única canción, por eso la pregunta, ¿Qué sintió Smith?

 

“I've been looking so long at these pictures of you

That I almost believe that they're real

I've been living so long with my pictures of you

That I almost believe that the pictures are all I can feel”

 

Julia no existe, es solo una imagen que construí, al menos ya lo tenía claro, lo que no podía terminar de entender es qué fue lo que me llevó a crear semejante mujer sin poder ver que jamás saldría de la jaula. ¿Es o no es? ¿Cómo se explica? Si no puede salir de ahí es porque no es. ¿Y yo? ¿Acaso tuve que esperar diez años para darme cuenta?

—Alguien se compadecerá de mí… —Una frase al viento y detrás una carcajada absurda ¿Qué estaba pensando? Quizá ese había sido el más grave de mis errores. Llorar delante de sus ojos esperando que se compadeciera de mí ¿Y si lo hizo? Entonces el de las fotos soy yo. ¡Imposible! Otra vez el pedestal. A ella no le da para eso, ni para conocerse le da. Matrix. ¿Por qué será que tienen tanto miedo a quitarse los cables?

 

Detuve la marcha unos minutos para servirme un whisky. Ese no va a matarme, es diferente al cigarrillo, sólo me domina cuando yo lo dejo. ¡Otra vez lo mismo! ¿Siempre es lo mismo en este mundo?, volví a preguntarme con resignación. Es probable que hoy termine borracho, no obstante, me serví el segundo porque no le temo.

—No vas a matarme —le dije mientras observaba como el líquido dorado se fundía en una danza con el hielo—. ¡Es imposible que me mates! Te voy a seguir tomando. —Enseguida dejé que una sonrisa cómplice me relajara el rostro—. ¿Cómo voy a dejarte así, si sos tan rico? Solo es cuestión de controlarte un poco. —El primer sorbo siempre es fuerte, quema la garganta, pero soy consciente que los próximos serán más suaves, disfruto de solo imaginar esa suavidad que está por venir.

 

Volví a Marisa, al final era ella la que me había traído hasta acá, no Julia. Aunque Julia seguía ahí; a veces veo difícil que pueda dejar de amarla. “El desprecio desde el amor”, otra gran frase del maestro. ¡Sí! Al fin me doy cuenta. Por eso la había perdonado, por la compasión, porque al final entendí que ella no puede. Y que si va a salirse de la jaula tiene que hacerlo sola.

El tema es Marisa, ella sí es como yo ¿O no? Bueno al menos está dando batalla, pensé. Pero, ¿y lo de hoy? Tenía que ser honesto conmigo, no me había gustado nada. A esta altura ya veo que sentir compasión por alguien que sufre no sirve, no sirve cuando uno siente que la batalla puede ganarse.

Estábamos ahí, frente a frente, nunca había visto cosa igual. Marisa es como yo: dice que se ven los tajos en mi alma. Parece que no se da cuenta que yo veo los suyos, pero si hasta los puedo tocar, deslizar mi mano por los surcos que la vida le ha dejado. ¿Qué esperaba, que me creyera las palabras? ¿Acaso no me escuchó cuando le dije que hay cosas que suceden en dimensiones que exceden el lenguaje? A veces es mejor callar, dejar que los ojos hagan su apuesta, no importa lo que digas, Marisa.

Por eso no podía sentir compasión ¿Cómo iba a sentirla? No hay jaula cuando el alma sale por los ojos. Lo que tampoco podía hacer era repetir la historia: no más lágrimas buscando su compasión ¡No! Al menos sí tenía cosas que agradecerle a Julia, al fin entendía cuál había sido su misión en mi vida.

Recordé a Marisa, sus ojos tristes, el temblequeo de su pecho y el sabor salado de sus lágrimas. Miré el vaso de whisky; me di cuenta de que estoy un poco mareado

—No podés matarme —le dije mientras me tomaba el último sorbo.

Luciano Lara es un músico que nació en Quilmes en mayo de 1975, que desde hace unos años decidió lanzarse a la literatura con una propuesta provocadora. El contacto con la literatura le llegó casi por casualidad; agobiado por el trabajo en una corporación multinacional y al borde del colapso, en enero de 2013 durante un viaje a la Patagonia, inspirado por la lectura de los libros Crítica del Oficinismo y Cinco cuentos cobardes, del filósofo H.G. Johannes (amigo y maestro de Luciano), escribió su primera ficción "Tránsito hacia la libertad", enseguida la segunda, "Absurdo" y durante los meses siguientes, las cinco historias que integran su primer libro, Apasionadas, editado por Sinergia en 2015 bajo el seudónimo Köller. Desde aquel inicio literario, en 2013, ha participado de varios proyectos. Uno de sus textos apareció en Grageas 3, otro en la antología mexicana Fútbol en breve, otros tres en Cien páginas de amor, uno en la antología mexicana Nocauts, otros tres en Minimalismos y uno en Extremos. Su primera novela, Resistencia, se encuentra en proceso de corrección.

 

LA LUZ DE SUS VIDAS

Boris Glikman 

"Delighted by Light" by the artist Michael Cheval.

Quizás era inevitable que a alguna mente brillante del Departamento de Investigación y Desarrollo de cierta compañía de fama internacional se le ocurriese, durante una sesión de brainstorming, la idea de una bebida compuesta únicamente de luz pura. El concepto esencial que la sustentaba era de una simplicidad extrema. En estos tiempos modernos y acelerados, pasar por el largo y enrevesado proceso de necesitar que la luz del Sol sea fotosintetizada por las plantas en energía química, la cual luego debe convertirse en moléculas de carbohidratos, que nosotros debemos consumir y digerir para finalmente incorporar la energía del Sol a nuestros organismos… ¿Por qué no omitir todas esas etapas intermedias y simplemente capturar, embotellar e ingerir directamente la energía del sol?

A la directiva le encantó la propuesta y apoyó su realización por todos los medios posibles. Así, menos de un año después de poner en marcha el proyecto, el producto apareció en las tiendas: un reconfortante y delicioso elixir de luz solar natural, libre de conservantes, azúcar añadida o sabores artificiales.

La bebida proporcionaba un impulso instantáneo de energía, saciaba el hambre sin necesidad de digestión, apagaba la sed al instante y hacía sentir un agradable calor por todo el cuerpo. Y, por supuesto, era adecuada para todo tipo de dietas, incluidas –pero no limitadas a– kosher, halal, vegetariana, vegana, crudivegana, sin gluten y frutariana. Nadie podía objetar nada, pues se trataba de luz pura proveniente directamente del Sol. Y, de manera fortuita, también resultaba ideal para quienes estaban a dieta, ya que según la famosa ecuación E = mc², incluso una cantidad minúscula de masa libera una enorme cantidad de energía, y así uno podía beber grandes cantidades de esa poción sin prácticamente ganar peso.

Sorprendentemente, además de satisfacer las necesidades físicas más básicas (comida, agua, calor) en la jerarquía de necesidades, esta bebida también permitía al consumidor –y esto fue una consecuencia completamente imprevista– alcanzar al instante la iluminación espiritual una vez ingerida, cumpliendo así la necesidad más elevada en la jerarquía: el anhelo de autorrealización. (Quizás no debería haber sido tan inesperado, pues al ingerir la luz las personas, ipso facto, quedaban iluminadas por dentro, que es exactamente lo que significa la iluminación; además, la estructura morfológica misma de la palabra “enlightenment” revelaba su íntima conexión con la luz).

Este efecto fortuito era perfecto para la sociedad contemporánea, pues dado que el mundo digital proporcionaba información instantánea, comunicación instantánea, entretenimiento instantáneo y gratificación instantánea de necesidades y deseos, era natural que existiera también una gran demanda de autorrealización instantánea. Y con este producto ya no hacía falta pasar incontables horas meditando y repitiendo mantras, ni sentarse a los pies de un gurú, ni trepar las montañas del Himalaya en busca de monasterios. En su lugar, existía la conveniencia de un despertar espiritual inmediato en una botella, accesible para todos.

La campaña publicitaria se construyó alrededor de los eslóganes “¡IluminaCIÓN™ instantánea en una botella!”, “¡Comida rápida para el cuerpo y el alma!” y “¡Deja que la luz te DesLUMBRE!”. Por una vez, la realidad correspondía exactamente a las afirmaciones promocionales, pues era verdaderamente un invento único en su especie, jamás visto.

Y así, como era de esperar, todos corrieron a comprar la nueva bebida, pues, además de su obvia atracción para el público general, resultaba irresistible para una variedad de personas con necesidades específicas, como los deportistas que buscaban un aporte de energía inmediato, los buscadores espirituales que anhelaban la verdad sobre sí mismos y el universo, y los obsesionados con el peso, que la incorporaron de inmediato a sus regímenes meticulosos. Por supuesto, a los niños también les encantaba, por su valor de novedad y sus propiedades casi mágicas.

Este éxito rotundo dio a la empresa la libertad y el impulso para experimentar con nuevas variedades del producto. El sabor de la luz solar original era una mezcla de melón y naranja. Más tarde, se ofrecieron muchos otros sabores, a medida que los investigadores de la compañía capturaban y embotellaban luz de otros objetos celestes y también de fuentes artificiales.

Se descubrió que cada planeta y estrella tenía su propio sabor único: la luz de la Luna era más fresca en el paladar que la luz solar y tenía un elemento indefinible que uno no lograba describir; Marte sabía un poco a jugo de tomate; Venus era bastante ácida y casi avinagrada, por lo que se recomendaba beberla combinada con luz de otras fuentes; Júpiter y Saturno, como correspondía a su naturaleza gaseosa, eran como el mejor champagne burbujeante; y las supernovas tenían un sabor extremadamente picante, explosivo en la boca, que solo los muy valientes o muy insensatos se atrevían a probar. También se descubrió que las iluminaciones de cada ciudad poseían un sabor particular, aunque los amantes de la vida sana preferían únicamente bebidas provenientes de fuentes naturales y despreciaban los sabores artificiales de bombillas, luces fluorescentes o letreros de neón, que invariablemente sabían a vino barato.

Con este producto en el mercado, muchos creían que el mundo se encaminaba hacia una existencia utópica en la que la humanidad finalmente se liberaría de su pesada y aprisionadora dependencia de plantas y animales para su nutrición; y en la que el hombre común, al volverse instantáneamente iluminado, vería más allá de los estrechos límites del interés propio y de la autopreservación, y comprendería que todo está inextricablemente conectado y que todos somos uno.

Sin embargo, quienes eran optimistas y creían que sería por fin posible alcanzar un estado idealista habían olvidado un aspecto profundo y paradójico de la naturaleza humana: cualquier cosa que traiga placer y disfrute está sujeta al abuso, al mal uso y al exceso. Consecuentemente, la misma fuente de gratificación y dicha, como por ejemplo el alcohol, podía convertirse –y lo hacía– en una amenaza mortal para la propia existencia. Así, la obesidad y todas las enfermedades que conllevaba eran comunes en las sociedades con alimentos en abundancia; el alcoholismo asolaba muchos países; y las adicciones a sustancias legales e ilegales destruían incontables vidas.

Dado que esta bebida satisfacía de inmediato –y en un solo producto– tantas necesidades humanas, era inevitable que algunos se volvieran adictos. Como suele ocurrir con los adictos, encontraron maneras de evitar la opción de comprar legalmente una cantidad limitada del producto, y empezaron a consumir cantidades ilimitadas gratuitamente mirando directamente al Sol y dejando que la luz fluyera tanto a través de sus bocas abiertas como de sus ojos. Ingerir luz a través de los ojos era algo que los no adictos jamás harían, y esa experiencia particular se comparaba con inyectarse heroína, pues daba un subidón aún mayor.

A estos adictos se les llamó rápidamente “soladictos” o “sunkies” (un acrónimo de “sun” y “junkie”), y esta palabra coincidía además con la connotación de “hundirse”, lo cual resultaba muy apropiado, pues ningún drogadicto había caído tan bajo como estos sunkies. La mayoría de las personas enganchadas a narcóticos podían rehabilitarse y volver a ser miembros respetados de su comunidad. Los adictos al Sol, sin embargo, renunciaban voluntariamente a su vista y a su movilidad –dos de las facultades más preciosas y vitales que posee un ser humano– y asumían una existencia estática, semejante a la de una planta, permaneciendo arraigados en un mismo lugar. No les importaba nada más que seguir el recorrido diario del Sol por el cielo con sus cabezas giratorias, usando su sentido del calor para localizarlo –pues sus retinas habían quedado quemadas– y beber su luz.

In Sol Veritas –en el Sol reside toda Verdad– era su lema y principio rector, pues creían que el Sol era el portal hacia la realidad última y la única fuente de verdades eternas y absolutas. Su discurso proselitista hacia los no adictos era bastante persuasivo: afirmaban que, una vez que uno comenzaba a mirar al Sol, se daba cuenta rápidamente de lo insignificantes y grises que eran los asuntos de la vida cotidiana, y de lo llenas de significado y magníficas que eran las revelaciones inagotables y la belleza infinita que emanaban del Sol, el lugar donde residían la perfección, la trascendencia y la pureza. También ensalzaban la estabilidad y seguridad de sus vidas actuales, pues el movimiento del Sol, perfectamente predecible por milenios, disipaba las incertidumbres de su antigua existencia.

Uno encontraba sunkies por todas partes: sentados, de pie o tumbados sobre las aceras, las carreteras, la hierba, el barro, los charcos o las cunetas, totalmente ajenos a su entorno. Sus extremidades, atrofiadas por la completa falta de movimiento, se transformaban en algo parecido a ramas de árbol marchitas y grotescas, acentuando aún más su aspecto vegetal. La visión de estos adictos era tanto repugnante como indescriptiblemente triste, especialmente porque muchos eran jóvenes que habían sacrificado todas las promesas que el futuro les ofrecía.

La mayor tragedia era que los sunkies negaban que sus vidas se hubieran convertido en una tragedia. No solo se volvían ciegos físicamente, sino también ciegos a la realidad de su situación, convenciéndose de que eran seres superiores que llevaban vidas superiores, los únicos en posesión de los secretos últimos de la existencia. Se veían a sí mismos como parte de una casta de élite, la vanguardia de una utopía igualitaria por venir, pues ante el Sol todos eran iguales. Estos Hijos del Sol –como preferían llamarse, en referencia a su supuesta filiación con la estrella, pues se sentían renacidos al contemplarla de forma inquebrantable, y también en referencia a la hermandad que creían haber alcanzado– no se sentían perturbados por su pérdida de vista y movilidad, pues no había nada en la Tierra que quisieran o necesitaran ver o hacer. De hecho, consideraban su ceguera e inmovilidad una bendición, pues no solo les impedía distraerse de su devoción total al Sol, sino que, aún más importante, evitaba que sus mentes y almas se contaminaran con las imperfecciones e iniquidades que marcaban y definían la existencia terrenal.

Así, la luz en una botella, antes la mayor bendición para la humanidad, se convirtió en su mayor maldición, provocando una calamidad inimaginable antes de su llegada al mercado, pues ¿quién podría haber imaginado que personas sanas optarían voluntariamente por convertirse en vegetales inmóviles, sacrificando sus vidas solo para poder mirar fijamente al Sol y sentir su cálida sonrisa sobre sus rostros? Los sunkies estaban ya completamente perdidos para la sociedad, tanto física como mentalmente, y ningún tipo de rehabilitación era posible para ellos. En la más amarga de las ironías que tan a menudo se repiten a lo largo de la historia, la humanidad, habiéndose liberado de su dependencia de las plantas y alcanzado la mayor libertad que jamás había poseído, veía ahora cómo una proporción cada vez mayor de su población elegía llevar una existencia semejante a la de una planta.

Pero esta tragedia mundial en desarrollo importaba poco a la compañía que había llevado la bebida al mundo, pues sus técnicos trabajaban afanosamente en una creación aún mayor, que sin duda superaría en popularidad a la luz embotellada. Inspirado en el café y los fideos instantáneos, el nuevo invento en preparación ya tenía un nombre comercial: Insta-Vida, y, una vez completado, permitiría a una persona experimentar toda su vida en un instante. Esta era, razonaba la directiva, la máxima aspiración y meta en una era obsesionada con lo instantáneo: al condensar tu vida entera en un solo momento, ya no tendrías que arrastrarte durante décadas de interminables rutinas repetitivas, ni atravesar las porciones banales y aburridas de la existencia, sino que podrías terminar con todo ¡en un santiamén! Además, obtendrías una ventaja insuperable sobre tus rivales en el ámbito de la vida rápida.

Con el atractivo de los beneficios navideños en mente, la directiva presionaba sin descanso a ingenieros y científicos para que trabajaran cada vez más rápido, de modo que Insta-Vida pudiera aparecer en el mercado para la época navideña. Y así, era solo cuestión de tiempo antes de que este nuevo invento arrasara en el mundo, y la gente comenzara a vivir y morir más rápido que las efímeras mayfilies.


Título original: The light of their lives

Traducción del inglés. Sergio Gaut vel Hartman

 

Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

viernes, 14 de noviembre de 2025

EL COLECCIONISTA DE INSECTOS

Oscar De Los Ríos

 

El conde V caminaba abstraído y muy tranquilo por la amplia sala disfrutando el placer que le proporcionaba su famosa y enorme colección. Hasta donde él sabía, la más completa y prestigiosa del mundo. Le había llevado años reunir tal variedad y calidad de especímenes. Desde la más tierna infancia los había perseguido y atrapado, realizando expediciones por todo el mundo, lo que le permitió llegar a convertirse en un renombrado y respetado entomólogo. De pronto, su secretario ingresó a la sala; un soplo de aire se coló por la puerta, que había quedado abierta de par en par, por lo que las alas de los insectos comenzaron a agitarse, como si estuvieran esperando ese momento para levantar vuelo, sin memoria de que estaban clavados por alfileres a una tabla. El conde se sobresaltó y corrió, él mismo, a cerrarla. La sensación de libertad se desvaneció y el entorno se volvió hostil, opresivo.

—Tiene que oír esto, señor conde, hay una mujer que asegura, que en una de las casas del pueblo, tienen encerrado un insecto de una especie desconocida. ¡Enorme, descomunal! Usted debería hablar con ella.

Un rumor, solo eso. Algo insidioso y potente que viaja en el aire hasta encontrar al huésped indicado y, cuando esto sucede, se mete como una pulga, entre la ropa, o bajo la piel y hay que rascarse.

Sin decir una palabra le indicó a su secretario, con gesto imperativo, que lo llevara hasta donde aguardaba la mujer. Sin embargo, y aunque el asunto no despertó en él demasiadas expectativas, presintió que podía ser la oportunidad que había estado esperando toda la vida: descubrir una especie nueva que llevara su nombre.

 

En la cocina de la mansión, la ex criada de los Samsa bebía una taza de té y aguardaba. Finalmente había accedido a la insistencia de una amiga le había dicho que el conde estaba obsesionado con los bichos.

—Tiene una habitación enorme llena de ellos. Los vio el mayordomo y tuvo pesadillas durante meses. A un muchacho le dio un rublo porque le trajo una rara mariposa.

—No sé… he jurado no decir nada.

—¡Por favor querida! Por culpa de ese Gregor has tenido que rogar que te echaran y no conseguiste ubicarte durante mucho tiempo. Debes encontrarte con el conde.

Esta conversación le volvía a la mente una y otra vez, convenciéndola de que hacía lo correcto.

Al ver a la pobre mujer, el conde se presentó como un empleado más, asegurándole que venía de parte del conde V; no quería apabullarla. Le aseguró que recibiría un pago justo por la información que le brindara, por lo que empezó por hacerle algunas preguntas.

—¿Y usted dice que ha trabajado en la casa de los Samsa durante varios años?

—Aun antes de que Gregor naciera, lo he tenido en mis brazos desde que era un precioso niño y lo he visto crecer hasta que se convirtió en… —no pudo terminar la frase. Dudaba entre decir un apuesto hombre o un monstruoso insecto.

Viendo que no obtendría ninguna otra información, el conde dio por terminada la entrevista, se retiró y, llamando a su secretario, le ordenó que le entregaran a la mujer treinta piezas de plata.

Luego empezó a pensar cómo ejecutar un plan que le permitiera tener… a eso… no le gustaba la idea de catalogarlo antes de saber con qué se encontraría. Era obvio que no podía presentarse en la casa de los Samsa y tratar de comprar a un miembro de la familia alegando que se trataba de un insecto; el orgullo podría más que la cordura, negarían que existiera y, si la situación de Gregor se hacía pública, si los demandara, la sociedad jamás le permitiría apoderarse de él. Debía obrar con cautela y astucia.

Los Samsa, ajenos a estos acontecimientos, trataban de adaptarse a la nueva forma de Gregor, cuando recibieron la visita del conde V. La hermana aún no había llegado, la madre se hallaba en la cocina y el padre recién regresaba de su nuevo empleo. Gregor se hallaba en su habitación, expectante por escuchar, por tener noticias de su familia, pero desde hacía un tiempo la puerta permanecía cerrada y él estaba relegado al exilio.

El conde llegó a casa de los Samsa con toda la información que había podido conseguir sobre la familia. Sabía del apremio económico que estaban atravesando, que los había llevado a poner en alquiler una habitación, la cual tomó, junto a su secretario y un empleado de su confianza, sin pérdida de tiempo, luego de intercambiar algunas palabras con el señor Samsa. Una vez dentro de la casa puso todo su empeño en obtener noticias del insecto que mencionara la criada, sin ningún resultado satisfactorio. La familia vivía de una forma miserable, encerrada en un mutismo que hacía imposible cualquier intento de acercamiento. Pasaron algunos días y el conde ya había notado que una de las habitaciones permanecía cerrada de manera permanente, al menos mientras él y sus hombres estaban en la casa. Esto lo llevó a pegar el oído a la puerta, por las noches, mientras todos dormían. Los ruidos que le llegaban desde adentro le confirmaron que alguien la ocupaba, se escuchaba que empujaban los muebles y hasta llegó a parecerle que caminaban por las paredes y el techo. Estos hechos, además de producirle perplejidad, le daban ciertas esperanzas de que el monstruo se hallaba allí.

Pasaron algunos días, todo siguió en este cauce, y el conde comenzó a desesperar. Hasta que una noche notó que, por un descuido, la puerta de la habitación de Gregor había quedado abierta. Su primer impulso fue correr hacia allí pero, apenas había dado un par de pasos cuando la señora Samsa apareció con la comida. Debía controlarse, calmar la ansiedad, ya tendrían una oportunidad cuando la mujer luego de servir la cena se retirara a la cocina; pero esto no se produjo. Al rato que la madre salió entró el padre, justo en el momento en que se levantaban para ir a la habitación de Gregor. Murmurando una imprecación entre dientes, el conde y sus acompañantes se volvieron a sentar. Leyeron el diario y fumaron en silencio, el cual solo fue roto por la hermana de Gregor en la habitación contigua, que comenzó a tocar una melodía en el violín. El conde V no podía tener tanta mala suerte. Es que esta gente nunca se iría a dormir, pensaba. El padre se retiró de la sala y, a un gesto del conde, los tres se colocaron junto a la puerta esperando el momento oportuno para entrar a la habitación de Gregor. A pesar de casi no haber hecho ruido y de estar en total silencio, el señor Samsa los oyó. Saliendo de la cocina preguntó si les molestaba la música, ofreciéndose a hacerla cesar. Al contrario de lo que el señor Samsa creía, el conde, pidió que la señorita tocara en su presencia. La hermana de Gregor se trasladó a la habitación donde estaban los huéspedes y allí continuó tocando. Al principio el conde y sus empleados mostraron sumo interés, pero luego de un rato se pusieron a mirar por la ventana y a hablar en forma solapada, con el objeto de que la muchacha, al notar que no le prestaban atención, se marchara a su habitación y los demás miembros de la familia a dormir.

Al oír a su hermana tocar el violín, Gregor salió de su cuarto y se dirigió hacia ella, arrastrándose penosamente sucio y patético, con la manzana clavada en el lomo. Necesitaba imperiosamente verla, tenerla a su lado. Su soledad era atroz

El primero en verlo fue el conde, quien eufórico lo señaló con el dedo, sonriendo con satisfacción. El señor Samsa no trató de ocultar a Gregor, sino de sacar a los huéspedes a la sala, mientras el conde, al notar el estado en que estaba su presa, maldijo a la familia escupiendo al suelo y jurando dejar la habitación que alquilaba, sin pagar la estadía.

Al otro día, Gregor amaneció muerto y el señor Samsa echó al conde de su casa. Antes de retirase el secretario habló con la asistenta y esta asintió en silencio. Un rato más tarde el conde, auxiliado por su secretario y el empleado, sacaba por la puerta trasera a Gregor, el cual, aunque se hallaba en estado catatónico, no había muerto.

La asistenta, escondiendo entre la ropa la bolsa con monedas que le entregó el conde, quiso cubrirse con la familia y, entrando a la sala, les informó que ya se había encargado de Gregor. Ninguno de ellos quiso saber de qué forma lo hizo, ya no lo consideraban parte de la familia.

Gregor fue trasladado al castillo. Desde ese día el conde vivió solo para cuidarlo, lo aposentó en una habitación que hizo acondicionar para él y puso todo su arte para retirar la manzana del caparazón, tras lo cual pudo comprobar con alivio que la herida era superficial. Luego de limpiarlo, trató de que comiera, en su afán porque se recuperase, hasta colocó grandes bolas de estiércol y pelos, las cuales empujaba por la habitación, tratando de animarlo a cooperar, llegando al punto de dormir varias noches a su lado. A pesar de esto Gregor no mejoraba y el conde estaba agotando todos sus recursos, cuando se le ocurrió un agudo pensamiento. ¿Y si Gregor aún estaba allí, bajo esa enorme caparazón? Recordó la noche en que lo vio por primera vez y asocio este recuerdo con la hermana tocando el violín. Fue entonces que mencionó el nombre: “Grete”. Al oírlo, Gregor movió las antenas.

Al anochecer, el conde contrató a un violinista para que tocara detrás de una puerta. No tardó en comprobar que la música producía un efecto increíble en Gregor. Gracias a esto y a la promesa de llevarlo a verla, un par de meses más tarde, Gregor estaba completamente recuperado.

El secretario, que notó ciertos cambios preocupantes en la conducta del conde, comenzó a vigilarlo en secreto. Desde que trajeran a Gregor –a pesar de su aspecto, había algo indefinido y casi místico, que lo llevaba a negarse a verlo solo como a un monstruoso insecto–, un extraño presentimiento lo mantenía en vilo. Aún no había podido discernir hasta dónde sería capaz de llegar el conde. Si bien estaba acostumbrado a sus extravagancias –como vestir a sus amantes con trajes de libélula o mariposa, antes de llevarlas a su habitación y hacerlas salir de un capullo, que colgaba de una viga del techo–, la obsesión con Gregor sobrepasaba todos los límites.

Y llegó al clímax al encargar un traje para disfrazarse de escarabajo y le pidió a un  joyero que engarzase un diamante en la empuñadura de un enorme alfiler.

La misma noche en que le entregaron las prendas y el alfiler, el conde las vistió para oficiar de sacerdote en una especie de ceremonia ritual. Con la promesa de que vería a Grete, hizo que Gregor se trasladara al insectario, y se colocara sobre una gran plataforma de corcho.

Ya lo tenía donde quería, ahora debía lograr que Gregor extendiese sus alas, para esto se le acercó lo más que pudo y le dijo emocionado.

—¡Tienes alas Gregor… alas! ¡Extiéndelas! Con ellas volarás hasta Grete.

¡¿Alas?!, pensó Gregor confundido. Jamás se le había ocurrido que podía volar. Levantó tímidamente los élitros y aparecieron… Bellas alas transparentes.

 —¡Son alas! —dijo Gregor, conmovido hasta las lágrimas.

Desplegándolas en toda su hermosa dimensión, aleteó y por primera vez se sintió feliz y anheló la libertad. Buscaría a su hermana y la llevaría lejos, donde pudieran, al fin, estar juntos.

El conde, que ya había tomado las lágrimas como un mal augurio, comenzó a girar alrededor del tálamo, agitando la capa de su traje en una danza macabra y sacudiendo las antenas del gorro como olfateando la presa. El réquiem, ejecutado por el violín entraba en su fase final, y él se apresuró a atravesar a Gregor con el delicado alfiler, clavándolo a la tabla de corcho, sobre la que se hallaba, a punto de alzar vuelo.

En ese mismo instante, el conde levantó el alfiler, dispuesto a consumar su obra maestra. Pero antes de hundirlo en el caparazón, una ráfaga invisible recorrió la sala: Gregor alzó vuelo. Las vitrinas se estremecieron, los insectos empalados vibraron en sus corchos como si despertaran de un largo sueño. El conde, cegado por el reflejo de las alas, dio un paso atrás; el alfiler cayó y rodó hasta perderse entre las sombras.

Gregor giró sobre sí mismo, describiendo un espiral luminoso antes de dirigirse hacia la gran ventana del insectario. El cristal, que jamás se había abierto, se hizo añicos ante el primer golpe de sus alas. Por un instante, el conde creyó ver en su vuelo el rostro de un hombre, y en el eco de aquel batir, el nombre de Grete.

El secretario, paralizado, no supo si huir o arrodillarse. Afuera, la noche absorbió la figura del insecto y, con ella, el alma del castillo. Desde entonces, nadie volvió a ver al conde ni a su colección. Solo algunas noches, cuando el viento sopla desde los bosques, se escucha un leve aleteo, como si alguien buscara regresar a casa.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

SER Y PARECER

Joyce Barker Bucat


Pedro aún tenía la sensación de enajenamiento que lo hizo llegar, sin avisar, a la casa de su amigo Teo, un día cualquiera en la mañana, luego de su terapia con el sicólogo. Teo no se sorprendió con la visita, y hasta tenía la mesa puesta con desayuno para dos. No conversaron tanto, pero se rieron mucho. Dentro de las pocas conversaciones, Teo le contó que había hablado con el Vaticano acerca de un negocio que tenía en mente. Pedro, acostumbrado a las elucubraciones de su amigo, no lo tomó en serio. También le dijo que en su patio trasero había un portal dimensional donde él podía hablar con los animales, porque también era uno. Pedro rio, sorprendido por la imaginación de su amigo escritor.

—¿No me crees? Ven conmigo. —Teo lo llevó al patio trasero y le mostró una puerta en la pandereta divisoria. Pedro le preguntó si no había problemas con los vecinos, invasión de propiedad privada y cosas así. Teo dijo que no, que esa puerta existía solo en su propiedad, y que el resto de las casas del condominio, no la tenía. 

Teo la abrió lentamente. Al otro lado había un bosque.

—¡Qué grande es el patio del vecino! —exclamó Pedro—. ¡Y estos árboles! ¡Son enormes! Deberían verse desde tu casa. Qué raro no haberme fijado antes.

—No es el patio del vecino. Esta es la otra realidad. Y ese bosque solo se ve abriendo esta puerta.

—Sí, claro —dijo Pedro, sin creerle una sola palabra. Pero su amigo ya no estaba a su lado, ni siquiera cerca de él. Dónde se habrá metido, pensó, maravillado por el paisaje.

Decidió recorrer el bosque, por curiosidad y ver, además, si se encontraba con Teo. Caminó por un sendero de gravilla, perfectamente delineando por el pasto. Pero luego de algunos pasos, logró divisar, a lo lejos, a un grupo de animales pequeños golpeando a un toro negro, que estaba amarrado a un enorme árbol, a pleno sol. Eran conejos, gallinas, y otros, que parecían gozar con el dolor ajeno. 

—¡Déjenlo! —gritó Pedro, sin darse cuenta de que les hablaba a unos animales, mientras se acercaba corriendo al lugar donde se encontraban.

—No te metas en nuestros asuntos.

—Si no lo dejan, los atacaré —continuó Pedro, moviendo los brazos como si aleteara. 

—¡Ándate! —gritaban los animales—. ¿Cómo te atreves a decirnos qué hacer, humanoide?

—Me iré si sueltan al toro. Y no soy un humanoide, ¡soy un humano! ¿Que no me ven?

Pedro se acercó, desafiante. Le cedieron el paso, extrañamente. Desató al toro, y este, agradecido, se fue corriendo. Luego, Pedro miró a los animales pequeños, que se acercaban lentamente; se notaba en sus caras las ansias de atacarlo.

—No se acerquen más. No quiero hacerles daño. —Eso fue como un insulto para los animales, que intentaron abalanzarse sobre Pedro, pero alcanzó a elevarse justo cuando un conejo iba a saltar a su cara—. Pero, ¡qué les pasa! —dijo a cinco metros de altura, flotando. Aunque movía los brazos de vez en cuando.

—Ni siquiera así se da cuenta —dijo uno de los animales.

—¡Los escucho! —gritó Pedro.

—Por supuesto que sí, engendro. 

Pedro, extrañado, se alejó del lugar, volando. Teo tenía razón, pensaba, este sí es otro ‘lugar’. Quién lo hubiera creído, los animales hablan y, ¡puedo volar! Esto es más de lo que alguna vez creí posible. ¿Me habré transformado en pájaro? Qué raro es todo esto. Teo… ¿dónde estará? Aquí podríamos hacer muchas cosas. 

—¡Teo! —gritó buscando a su amigo. Sobrevoló esa pradera, y un cerco que la delimitada. Abajo se veía una casa y sembradíos de zanahorias. Bajó rápidamente, aterrizando encima de las plantas. Arrancó un par de zanahorias y se las echó en la boca. Continuó así unos minutos hasta que le dio sueño y se echó a dormir una siesta sobre las zanahorias. Soñó que lo enjaulaba un hombre con vestido largo y negro, que cargaba un libro y tiraba agua con la mano. Despertó cuando lo iba a amarrar en la esquina superior de una iglesia. Abrió los ojos, un hombre lo miraba fijamente:

—Tienes suerte de estar acá, —le dijo el hombre, el dueño de las zanahorias—. ¿Quieres sacar más? Come las que quieras. Vuelvo en un momento. Espérame aquí.

Pedro notó amabilidad en las palabras del campesino. Comió más zanahorias.

El hombre volvió con una pequeña botella de vidrio tallado, que abrió y salpicó sobre Pedro.

—¿Qué haces? —El campesino no respondió y siguió salpicando agua. Pedro, hastiado, se levantó rápidamente, y se elevó dos metros. —¡Gracias por las zanahorias! —dijo desde arriba.

—¡Gracias a ti! Dios te necesita y sabrá recompensarte. 

—¿Qué?

—¡Bendito seas!

—Gracias… —Pedro no supo qué más responder, ese tipo de persona le daba miedo—. Ten cuidado con los animales que están al otro lado de tu cerco —dijo finalmente.

—¿De qué hablas? ¿Animales?

—Sí… son animales pequeños. Atacaron a un toro. ¡A ese! —se dio cuenta que el toro que rescató estaba pastando en ese predio, a lo lejos—, y casi lo hacen conmigo.

—Lo siento —respondió el campesino—, pero eso es imposible. Ya no quedan animales pequeños, fueron depredados hace años por… —el hombre calló súbitamente y esquivó la vista de Pedro, luego continuó—: Solo existe ese toro, Billy. El único animal por estos lados.

—No, debe haber una equivocación. Casi me ataca un conejo.

El campesino saltó de risa. Miró al toro, se despidió de Pedro, y se fue a su casa.

—¡No le hables de esas cosas! —gritó el toro desde un extremo del predio—. Y tienes suerte de que este campesino haya entendido lo que dijiste.

—¿Por qué no me habría de entender? ¿Modulo mal, acaso?

—No, no es por eso —dijo el toro mientras masticaba pasto. Pero Pedro abrió la boca y desenrolló una larguísima lengua, que inmediatamente enrolló de vuelta. El toro, Billy, sin sorprenderse por la escena de Pedro, continuó—: Por otro lado, ¿no me reconoces? ¡Soy Teo! Este campesino me puso ese nombre ridículo, pero está bien. Es tranquilo acá. 

—¿Teo? ¿Y qué hacías amarrado a un árbol? 

—Mmm. Nada en particular. ¿Por? 

—¡Te estaban golpeando esos animales!

—Sí, pero no me dolía. Digamos que era una especie de show para que fueras a verme en mi estado animal. Y ver si te bajaba el instinto depre…

—¿Un show? No te entiendo —interrumpió Pedro.

—No importa —esquivó el tema—, pero cuéntame, ¿me crees ahora lo que te dije en la casa? Nos transformamos en animales. Al menos yo. Porque tú eres siempre el mismo, donde sea.

—¡Por supuesto que acá soy distinto! En este lugar puedo volar. 

—Mmm —el toro no quiso hablar más, se hastiaba fácilmente, sobre todo con alguien que no se daba cuenta de nada— Se está haciendo tarde, ¿nos vamos?

—Sí, movámonos de este lugar. Pero cuéntame algo: ¿qué hacías siendo la mascota de ese campesino? 

—No soy su mascota. Somos socios, algo así.

—Claro… ¿y esos animalitos también?

—En mi casa te cuento.

Teo y Pedro regresaron a la casa. Abrieron la puerta del cerco y entraron. Teo inmediatamente volvió a ser un hombre, y no tardó en contarle a Pedro que esos animales querían poner a prueba la pacífica actitud de Pedro, armando ese show. Porque con las terapias, Pedro había cambiado, y querían saber de qué manera. También le dijo que agradecía el gesto de haberlo rescatado, aunque no haya sido necesario. Luego se disculpó porque tenía que ir a buscar algo a la casa. Al volver, le tiró un lazo a los tobillos, botando a Pedro al suelo. 

—Pero, ¡qué haces! 

—Lo siento, Pedro, te dije que tenía un negocio en mente. Y te aseguro que vivirás bien. Con el tiempo te acostumbrarás.

—¡De qué hablas! ¡Soy un hombre común y corriente! ¿Por qué querrías usarme en tus negocios? ¡Negocios de qué!

—Deja de decir eso, me sorprende que aún no te reconozcas. 

—Si pude volar estando al otro lado del cerco es porque…

—¿Porque es otra realidad? ¿Porque te transformaste en un pájaro? ¿Algo así?

—¡Claro! Así como tú te transformaste en toro —contestó Pedro, enojado.

—Qué ingenuo eres. Solo los humanos se transforman en animales. Y viceversa.

—¿Me estás diciendo que el campesino…?

—Ese es un conejo —interrumpió Teo.

—¡Deja de tomarme el pelo! ¿Estás drogado?

—No. Y deja de mover tus alas, por favor. 

—¡No tengo alas! ¡Soy un hombre! —gritó Pedro, intentando desatarse los tobillos. 

—No, amigo, no lo eres. Nunca lo has sido. Eres el mismo acá que en el otro lado. Y por favor, deja de ir a ese sicólogo. Te ha lavado el cerebro con esa estupidez —dijo Teo, mientras iba a buscar un espejo—. Mírate.

—Qué. ¿Qué tengo de raro?

—¡Eres una gárgola! ¿Que no te das cuenta?

Pedro se miró al espejo, se vio las garras, las alas, su piel oscura, su lengua extraña.

—Sé perfectamente lo que soy. Un humano distinto, ¿qué pretendes? Mi sicólogo me advirtió que siempre iba a haber gente queriendo acomplejarme. ¿Eres de esos? Pensé que eras mi amigo.

—Pedro, debo reconocer que tu sicólogo es muy bueno. No sé cómo te logró convencer. De depredador a depresivo. Y otra cosa: sí soy tu amigo, pero ya te dije, necesito plata. Y el Vaticano paga…

—¿Paga bien? ¿Me venderás, amigo? Eres lo peor que he conocido a lo largo de todas mis vidas.

—Sí. Es verdad —dijo Teo, fingiendo remordimiento—. Soy solo un humano, un defectuoso humano.

—¿Como yo?

—Sí… como tú. —Teo, hastiado, prefirió mentirle, sabía que Pedro se alegraría de escuchar eso, y así, dejaría de aletear. 

En efecto, Pedro calmó su ansiedad por estar sobre el suelo, amarrado con cuerdas; y dejó de aletear. Recordó su antigua vida como cuidador de catedrales, como depredador de animales pequeños, y como todo lo que un humano detestaba, según él. Pero estaba feliz, ingenuamente feliz de poder ayudar económicamente a Teo, un humano despreciable.

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

LAS AVENTURADAS ANDANZAS DE SATURNINO COLAGATUNA. ANÉCDOTAS, SÁTIRAS Y LEYENDAS DE UN MAMÍFERO EXCEPCIONAL

Carmina Shapiro

 

Si alguien quisiera entender qué es el orgullo, debería buscar los medios para acercarse a los engalanados dominios de Colagatuna. Saturnino “Zarpas” Colagatuna era una criatura formidable. Tal era su temple y su presencia que ni aunque lo hubiera querido podría haber convertido ese orgullo en una ofensa para los demás. Su magnificencia no le requería ningún esfuerzo, le era tan natural como lo son las branquias a un pez. No es de extrañar que siempre estuviera rodeado de semejante aura de misticismo, idolatría y leyenda.

El apodo “Zarpas” se había unido a su sombra luego de un violento enfrentamiento con la mastina de doña Susana. Persiguiendo una mariposa, embobado con ese aleteo colorido que tomaba direcciones inesperadas e impredecibles, hipnotizantes para alguien como él, había terminado acorralado en los jardines traseros de aquel dominio aledaño. Osa, la mastina de doña Susana, detectó al instante la presencia extraña y no tardó ni un respiro en arremeter hacia ella. Colagatuna, tomado por sorpresa, quiso esconderse volviéndose un pequeño ovillo, pero la perra no perdió el tiempo; archiconocidas eran sus ínfulas protectoras del territorio.

Quienes andaban por ahí se detuvieron expectantes y alarmados a presenciar los hechos, no pudiendo creer que la existencia de Colagatuna fuera a alcanzar un final tan mundano. Pero la grandeza siempre encuentra un camino y quién podría creer que el orgullo se quede sin recursos. Saturnino Colagatuna tenía espíritu de acero y ese día demostró que sus zarpas eran del mismo temple. Arrinconado entre macetas de romero y lavanda, la perra ya le había tarasconeado un pedazo de oreja y con un manotazo lo había estampado contra el rincón, mientras Colagatuna se escabullía para subir de nivel. Osa se aprestaba a embestir nuevamente con las fauces abiertas en plenitud, cuando, inflando el pecho e irguiéndose en todo su ser, Colagatuna arremetió arañando ojos, lengua, hocico y cabeza. La perra se sacudió al ritmo de aquella danza de espadas, mientras nuestro amigo se apoyaba sobre el cuerpo perruno para saltar fuera de su alcance, lastimándose el pellejo entre las plantas. La cosa no duró más de un minuto, pero este acontecimiento le valió el respeto y la admiración popular.

El hijo de la dueña de Osa había salido rápidamente a ver qué pasaba apenas sintió los gruñidos y el movimiento de los cuerpos. Había llamado a la perra preocupado cuando vio las salpicaduras de sangre en el piso, y clavó una mirada fulminante a Colagatuna cuya figura se empequeñecía en retirada. Osa seguramente recibió una buena dosis de antibióticos y tal vez alguna sutura, pero siguió guardiana y altanera patrullando el perímetro de sus jardines. Sin embargo, la magia del boca en boca magnificó y coloreó profusamente el relato de los hechos. Que Colagatuna y Osa se habían trenzado por largos minutos en un combate cuerpo a cuerpo. Que el loco Saturnino casi había desfallecido y con sus últimas energías había logrado escapar, sin honra y con la dignidad maltrecha. Que por increíble que fuera, Colagatuna había duplicado… ¡no, triplicado! su tamaño, como nadie nunca jamás había hecho antes que él. Que en realidad no había habido enfrentamiento y Colagatuna se había escondido cobardemente a la espera de un momento de distracción de Osa para huir con el rabo entre las patas. Que de verdad verdadera Saturnino había sacado unas zarpas de metal puro, sólido y afilado, ante la vista de las cuales la perra no tuvo nada que hacer y perdió toda esperanza. Que nadie había vuelto a ver a Osa, que el hijo de la dueña había salido a los jardines a pasar revista a la cuadrúpeda ante tanto griterío, y que maldiciendo todo el camino, sin desayunar ni tomar siquiera un café, y apestando a sudor había llorado manchándose las manos de sangre pero sin tocar el cuerpo de la muerta… ¿Muerta? Un sinfín de historias se tejieron alrededor del orgulloso y fuerte Colagatuna. Porque su hazaña no habrá sido más que el único accionar posible en esas circunstancias, pero nadie podía negar que Saturnino era fuerte y no se dejaba amedrentar con facilidad.

Después de eso, “el Gran Zarpas” estuvo cuatro días sin moverse, durmiendo, recomponiendo fisuras y moretones, comiendo apenas lo necesario, tumbado en la tibieza de sus frazadas. Es claro, y se nos presenta como una verdad ciertísima y evidente, que Colagatuna nunca debiera haber abandonado sus dominios, pero ¿qué sería de un caballero sin andanzas extraordinarias? Colagatuna y todos los que son como él saben que no se pueden negar los instintos.

Recuperado, él mismo pensó en el valor histórico y pedagógico que tenían sus aventuras y quiso escribir sus propias memorias. Lo intentó varias veces, incluso con ayuda de editores de mentalidad brillante y una apasionada sensibilidad a los devenires de su existencia. Pero siempre, indefectiblemente siempre, el resultado fue un libro obtuso, un texto sin sentido. Colagatuna tuvo que contentarse con convencer a sus fieles y allegados de que no cesaran nunca de contar su historia y cualquier anécdota compartida que tuvieran, a los más pequeños. Saturnino Colagatuna estaba seguro de que la Historia del Mundo no se olvidaría nunca de él.

Se nos perdonará que avancemos y retrocedamos en el tiempo de una manera tan aleatoria, pero la exactitud cronológica se nos desdibuja en los ecos del tiempo. Se nos ha vuelto imposible recolectar evidencias que ordenen con sentido los asuntos. Incluso por momentos parece que Colgatuna vivió tres vidas y no una… Con dificultades hemos podido colegir razonablemente que Colagatuna murió en un accidente automovilístico mientras perseguía a uno que se había colado intruso en sus dominios. Los comentarios recogidos de sus incansables seguidores vierten opiniones claras y definitivas sobre la necesidad y el significado de las lágrimas derramadas en el emotivo funeral. ¿Qué podríamos alegar? ¿Podría haber tenido una muerte distinta, más clama, más apacible y amorosa, rodeado de sus seres queridos? Seguramente que sí. Pero… ¿cómo cabría esperar un accionar tan alejado de su espíritu y su magnificencia? No hay que olvidar que también podría haber sufrido un final mil veces peor… A fin de cuentas, una muerte ignominiosa y pública es sin duda menos horrible para un condenado a convertirse en leyenda.

Carmina Shapiro nació y vive en la ciudad de Rosario, Santa Fe, Argentina. Estudió (y sigue estudiando) Filosofía, es profesora e investigadora. Parte de su trabajo es dedicarse a la escritura académica. Después de varios años, volvió a la escritura creativa y sin fines predeterminados. En 2019 recibió una mención destacada en la segunda edición del Concurso de Relatos Filosóficos del Club de Escritura Fuentetaja con su relato “Ocupaciones inmundas”. Sueña con escribir cuentos infantiles y hacer algo de periodismo.

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