sábado, 15 de noviembre de 2025

LA LUZ DE SUS VIDAS

Boris Glikman 

"Delighted by Light" by the artist Michael Cheval.

Quizás era inevitable que a alguna mente brillante del Departamento de Investigación y Desarrollo de cierta compañía de fama internacional se le ocurriese, durante una sesión de brainstorming, la idea de una bebida compuesta únicamente de luz pura. El concepto esencial que la sustentaba era de una simplicidad extrema. En estos tiempos modernos y acelerados, pasar por el largo y enrevesado proceso de necesitar que la luz del Sol sea fotosintetizada por las plantas en energía química, la cual luego debe convertirse en moléculas de carbohidratos, que nosotros debemos consumir y digerir para finalmente incorporar la energía del Sol a nuestros organismos… ¿Por qué no omitir todas esas etapas intermedias y simplemente capturar, embotellar e ingerir directamente la energía del sol?

A la directiva le encantó la propuesta y apoyó su realización por todos los medios posibles. Así, menos de un año después de poner en marcha el proyecto, el producto apareció en las tiendas: un reconfortante y delicioso elixir de luz solar natural, libre de conservantes, azúcar añadida o sabores artificiales.

La bebida proporcionaba un impulso instantáneo de energía, saciaba el hambre sin necesidad de digestión, apagaba la sed al instante y hacía sentir un agradable calor por todo el cuerpo. Y, por supuesto, era adecuada para todo tipo de dietas, incluidas –pero no limitadas a– kosher, halal, vegetariana, vegana, crudivegana, sin gluten y frutariana. Nadie podía objetar nada, pues se trataba de luz pura proveniente directamente del Sol. Y, de manera fortuita, también resultaba ideal para quienes estaban a dieta, ya que según la famosa ecuación E = mc², incluso una cantidad minúscula de masa libera una enorme cantidad de energía, y así uno podía beber grandes cantidades de esa poción sin prácticamente ganar peso.

Sorprendentemente, además de satisfacer las necesidades físicas más básicas (comida, agua, calor) en la jerarquía de necesidades, esta bebida también permitía al consumidor –y esto fue una consecuencia completamente imprevista– alcanzar al instante la iluminación espiritual una vez ingerida, cumpliendo así la necesidad más elevada en la jerarquía: el anhelo de autorrealización. (Quizás no debería haber sido tan inesperado, pues al ingerir la luz las personas, ipso facto, quedaban iluminadas por dentro, que es exactamente lo que significa la iluminación; además, la estructura morfológica misma de la palabra “enlightenment” revelaba su íntima conexión con la luz).

Este efecto fortuito era perfecto para la sociedad contemporánea, pues dado que el mundo digital proporcionaba información instantánea, comunicación instantánea, entretenimiento instantáneo y gratificación instantánea de necesidades y deseos, era natural que existiera también una gran demanda de autorrealización instantánea. Y con este producto ya no hacía falta pasar incontables horas meditando y repitiendo mantras, ni sentarse a los pies de un gurú, ni trepar las montañas del Himalaya en busca de monasterios. En su lugar, existía la conveniencia de un despertar espiritual inmediato en una botella, accesible para todos.

La campaña publicitaria se construyó alrededor de los eslóganes “¡IluminaCIÓN™ instantánea en una botella!”, “¡Comida rápida para el cuerpo y el alma!” y “¡Deja que la luz te DesLUMBRE!”. Por una vez, la realidad correspondía exactamente a las afirmaciones promocionales, pues era verdaderamente un invento único en su especie, jamás visto.

Y así, como era de esperar, todos corrieron a comprar la nueva bebida, pues, además de su obvia atracción para el público general, resultaba irresistible para una variedad de personas con necesidades específicas, como los deportistas que buscaban un aporte de energía inmediato, los buscadores espirituales que anhelaban la verdad sobre sí mismos y el universo, y los obsesionados con el peso, que la incorporaron de inmediato a sus regímenes meticulosos. Por supuesto, a los niños también les encantaba, por su valor de novedad y sus propiedades casi mágicas.

Este éxito rotundo dio a la empresa la libertad y el impulso para experimentar con nuevas variedades del producto. El sabor de la luz solar original era una mezcla de melón y naranja. Más tarde, se ofrecieron muchos otros sabores, a medida que los investigadores de la compañía capturaban y embotellaban luz de otros objetos celestes y también de fuentes artificiales.

Se descubrió que cada planeta y estrella tenía su propio sabor único: la luz de la Luna era más fresca en el paladar que la luz solar y tenía un elemento indefinible que uno no lograba describir; Marte sabía un poco a jugo de tomate; Venus era bastante ácida y casi avinagrada, por lo que se recomendaba beberla combinada con luz de otras fuentes; Júpiter y Saturno, como correspondía a su naturaleza gaseosa, eran como el mejor champagne burbujeante; y las supernovas tenían un sabor extremadamente picante, explosivo en la boca, que solo los muy valientes o muy insensatos se atrevían a probar. También se descubrió que las iluminaciones de cada ciudad poseían un sabor particular, aunque los amantes de la vida sana preferían únicamente bebidas provenientes de fuentes naturales y despreciaban los sabores artificiales de bombillas, luces fluorescentes o letreros de neón, que invariablemente sabían a vino barato.

Con este producto en el mercado, muchos creían que el mundo se encaminaba hacia una existencia utópica en la que la humanidad finalmente se liberaría de su pesada y aprisionadora dependencia de plantas y animales para su nutrición; y en la que el hombre común, al volverse instantáneamente iluminado, vería más allá de los estrechos límites del interés propio y de la autopreservación, y comprendería que todo está inextricablemente conectado y que todos somos uno.

Sin embargo, quienes eran optimistas y creían que sería por fin posible alcanzar un estado idealista habían olvidado un aspecto profundo y paradójico de la naturaleza humana: cualquier cosa que traiga placer y disfrute está sujeta al abuso, al mal uso y al exceso. Consecuentemente, la misma fuente de gratificación y dicha, como por ejemplo el alcohol, podía convertirse –y lo hacía– en una amenaza mortal para la propia existencia. Así, la obesidad y todas las enfermedades que conllevaba eran comunes en las sociedades con alimentos en abundancia; el alcoholismo asolaba muchos países; y las adicciones a sustancias legales e ilegales destruían incontables vidas.

Dado que esta bebida satisfacía de inmediato –y en un solo producto– tantas necesidades humanas, era inevitable que algunos se volvieran adictos. Como suele ocurrir con los adictos, encontraron maneras de evitar la opción de comprar legalmente una cantidad limitada del producto, y empezaron a consumir cantidades ilimitadas gratuitamente mirando directamente al Sol y dejando que la luz fluyera tanto a través de sus bocas abiertas como de sus ojos. Ingerir luz a través de los ojos era algo que los no adictos jamás harían, y esa experiencia particular se comparaba con inyectarse heroína, pues daba un subidón aún mayor.

A estos adictos se les llamó rápidamente “soladictos” o “sunkies” (un acrónimo de “sun” y “junkie”), y esta palabra coincidía además con la connotación de “hundirse”, lo cual resultaba muy apropiado, pues ningún drogadicto había caído tan bajo como estos sunkies. La mayoría de las personas enganchadas a narcóticos podían rehabilitarse y volver a ser miembros respetados de su comunidad. Los adictos al Sol, sin embargo, renunciaban voluntariamente a su vista y a su movilidad –dos de las facultades más preciosas y vitales que posee un ser humano– y asumían una existencia estática, semejante a la de una planta, permaneciendo arraigados en un mismo lugar. No les importaba nada más que seguir el recorrido diario del Sol por el cielo con sus cabezas giratorias, usando su sentido del calor para localizarlo –pues sus retinas habían quedado quemadas– y beber su luz.

In Sol Veritas –en el Sol reside toda Verdad– era su lema y principio rector, pues creían que el Sol era el portal hacia la realidad última y la única fuente de verdades eternas y absolutas. Su discurso proselitista hacia los no adictos era bastante persuasivo: afirmaban que, una vez que uno comenzaba a mirar al Sol, se daba cuenta rápidamente de lo insignificantes y grises que eran los asuntos de la vida cotidiana, y de lo llenas de significado y magníficas que eran las revelaciones inagotables y la belleza infinita que emanaban del Sol, el lugar donde residían la perfección, la trascendencia y la pureza. También ensalzaban la estabilidad y seguridad de sus vidas actuales, pues el movimiento del Sol, perfectamente predecible por milenios, disipaba las incertidumbres de su antigua existencia.

Uno encontraba sunkies por todas partes: sentados, de pie o tumbados sobre las aceras, las carreteras, la hierba, el barro, los charcos o las cunetas, totalmente ajenos a su entorno. Sus extremidades, atrofiadas por la completa falta de movimiento, se transformaban en algo parecido a ramas de árbol marchitas y grotescas, acentuando aún más su aspecto vegetal. La visión de estos adictos era tanto repugnante como indescriptiblemente triste, especialmente porque muchos eran jóvenes que habían sacrificado todas las promesas que el futuro les ofrecía.

La mayor tragedia era que los sunkies negaban que sus vidas se hubieran convertido en una tragedia. No solo se volvían ciegos físicamente, sino también ciegos a la realidad de su situación, convenciéndose de que eran seres superiores que llevaban vidas superiores, los únicos en posesión de los secretos últimos de la existencia. Se veían a sí mismos como parte de una casta de élite, la vanguardia de una utopía igualitaria por venir, pues ante el Sol todos eran iguales. Estos Hijos del Sol –como preferían llamarse, en referencia a su supuesta filiación con la estrella, pues se sentían renacidos al contemplarla de forma inquebrantable, y también en referencia a la hermandad que creían haber alcanzado– no se sentían perturbados por su pérdida de vista y movilidad, pues no había nada en la Tierra que quisieran o necesitaran ver o hacer. De hecho, consideraban su ceguera e inmovilidad una bendición, pues no solo les impedía distraerse de su devoción total al Sol, sino que, aún más importante, evitaba que sus mentes y almas se contaminaran con las imperfecciones e iniquidades que marcaban y definían la existencia terrenal.

Así, la luz en una botella, antes la mayor bendición para la humanidad, se convirtió en su mayor maldición, provocando una calamidad inimaginable antes de su llegada al mercado, pues ¿quién podría haber imaginado que personas sanas optarían voluntariamente por convertirse en vegetales inmóviles, sacrificando sus vidas solo para poder mirar fijamente al Sol y sentir su cálida sonrisa sobre sus rostros? Los sunkies estaban ya completamente perdidos para la sociedad, tanto física como mentalmente, y ningún tipo de rehabilitación era posible para ellos. En la más amarga de las ironías que tan a menudo se repiten a lo largo de la historia, la humanidad, habiéndose liberado de su dependencia de las plantas y alcanzado la mayor libertad que jamás había poseído, veía ahora cómo una proporción cada vez mayor de su población elegía llevar una existencia semejante a la de una planta.

Pero esta tragedia mundial en desarrollo importaba poco a la compañía que había llevado la bebida al mundo, pues sus técnicos trabajaban afanosamente en una creación aún mayor, que sin duda superaría en popularidad a la luz embotellada. Inspirado en el café y los fideos instantáneos, el nuevo invento en preparación ya tenía un nombre comercial: Insta-Vida, y, una vez completado, permitiría a una persona experimentar toda su vida en un instante. Esta era, razonaba la directiva, la máxima aspiración y meta en una era obsesionada con lo instantáneo: al condensar tu vida entera en un solo momento, ya no tendrías que arrastrarte durante décadas de interminables rutinas repetitivas, ni atravesar las porciones banales y aburridas de la existencia, sino que podrías terminar con todo ¡en un santiamén! Además, obtendrías una ventaja insuperable sobre tus rivales en el ámbito de la vida rápida.

Con el atractivo de los beneficios navideños en mente, la directiva presionaba sin descanso a ingenieros y científicos para que trabajaran cada vez más rápido, de modo que Insta-Vida pudiera aparecer en el mercado para la época navideña. Y así, era solo cuestión de tiempo antes de que este nuevo invento arrasara en el mundo, y la gente comenzara a vivir y morir más rápido que las efímeras mayfilies.


Título original: The light of their lives

Traducción del inglés. Sergio Gaut vel Hartman

 

Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

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