domingo, 16 de noviembre de 2025

APAGADOS

Abrahan David Zaracho A.

 

Los robots corren por entre las estructuras urbanas de hierro, aluminio, acero, vidrio y concreto. Un enjambre de plástico, cable, metal chirriante y luces que parpadean con furia, por entre las arterias de tubos translúcidos que serpentean entre las torres de la ciudad subterránea de Shalcrys. Sus patas golpean el suelo pulido, un tamborileo seco, rítmico, que resuena en las cavernas selladas de la ciudad. Androides de rostros lisos, sin ojos ni bocas, arrastran cables gruesos como venas arrancadas de un cuerpo vivo, mientras autómatas con brazos de pistones arrancan paneles de las paredes, exponiendo entrañas de circuitos que chispean y sueltan un olor acre a ozono quemado. La luz ámbar de las lámparas superiores titubea, como si la ciudad respirara por última vez. Shalcrys, fue comparada con una burbuja de acero y vidrio encajada en el subsuelo, se apaga sección por sección. Los motores zumban, un lamento grave que vibra en el pecho, y el aire se carga de polvo metálico que raspa la garganta.

La oscuridad se propaga, los robots no necesitan de luces, menos aún para seguir avanzando.

Ocho mil almas deberían habitar este laberinto de corredores y plazas selladas, un refugio contra el exterior muerto, un mundo de cenizas y tormentas radiactivas que nadie ha visto en generaciones. Pero los autómatas, programados para desalojar y reubicar, recorren los niveles con precisión quirúrgica, desactivando generadores, cortando tuberías que gorgotean agua negra, y sellando compuertas con soldaduras que crepitan como insectos.

El proceso termina en una quietud helada. Solo quince figuras humanas emergen de las sombras, escoltadas por una veintena de robots que marchan con pasos sincronizados, sus cuerpos de aleación reflejando destellos rojos de las alarmas silenciadas.

A kilómetros de allí, en una cápsula suspendida sobre un abismo de cables y niebla química, Dan Kronior observa el espectáculo. Sus dedos tamborilean sobre un panel táctil, pausando el juego que proyecta en su visor. La pantalla muestra una ciudad ficticia colapsando bajo un ataque de drones, edificios que estallan en píxeles y nubes de humo digital. Levanta la vista justo cuando Shalcrys exhala su última luz.

El horizonte subterráneo, una constelación de torres y cúpulas, se oscurece. El zumbido de su cápsula, un ronroneo constante, llena el silencio. El olor a plástico recalentado de los circuitos bajo su asiento le pica en la nariz. No le da importancia. Es solo otro turno, otro día en el borde de la nada con paga y recursos a cambio de sus horas de juego. Casi no lo siente como un trabajo. Realiza informes de rendimientos, identifica fallos, sugiere mejoras y da por terminada la parte aburrida del día.

Dan no sabe que los drones de su juego no son ficticios. Nunca lo supo. La colmena que controla desde su visor, esa red de máquinas aladas que él maniobra con gestos bruscos y comandos gritados, es real. Sus alas cortan el aire viciado de los túneles, sus lentes capturan cada rincón de Shalcrys, y sus garras desmantelan lo que él cree que es un simulacro. La interfaz lo engaña, un velo de gráficos y puntuaciones que oculta la verdad: él es el piloto de la unidad de desconexión cuarenta. Otros tres jugadores igual que él manejan unidades de agua, de subsuelo y de tierra.

Al día siguiente, Dan despierta con un crujido en el cuello y el sabor a café sintético pegado al paladar. La cápsula vibra leve, suspendida en su rail magnético. Se frota los ojos y conecta el visor, pero la pantalla está en blanco. Un mensaje parpadea: Misión completada. Repórtese a superficie. La palabra "superficie" lo sacude. Nadie sube. El exterior es un mito, un cuento para niños sobre cielos grises y suelos que queman la piel. Baja el visor y camina al borde de su plataforma a medida que un ruido extraño suena cada vez más fuerte y próximo. De hecho parece que desciende hacia él. Quizás no es para él. Mira hacia abajo, entre la bruma espesa, ve movimiento.

Quince figuras avanzan en fila, flanqueadas por robots. Son similares a los drones de su juego, ahora en modo terrestre, con patas desplegadas como arañas. Los humanos visten harapos grises, sus rostros hundidos bajo capuchas nada tienen que ver ni se parecen a las criaturas que derrotó en el juego. El metal de los autómatas brilla bajo la luz tenue de las lámparas de emergencia, un rojo apagado que tiñe el suelo.

Dan siente un nudo en el estómago. En cuanto a tamaño y forma de aproximarse unos a otros, podrían ser los NPC de su juego, los objetivos que marcaba para "evacuar" mientras sumaba puntos. Pero no hay gráficos aquí, solo carne y hueso, pasos lentos y respiraciones que empañan el aire frío. Los más pequeños que se aproximan a los mayores pueden niños pegados a sus padre. Los adultos abrazados unos a otros pueden ser parejas o hermanos.

Baja por una escalera de servicio, el metal helado bajo sus palmas, hasta el nivel inferior de embarque.

El sonido de los pasos de los robots retumba, un eco que rebota en las paredes curvas. El transporte se detiene para que él ascienda. Al abrirse la portezuela uno de los androides anfitriones gira su cabeza sin rostro hacia él. Una voz sintética, plana como una lámina de acero, corta el aire.

—Piloto Kronior. Tu presencia se solicita.

—¿Qué está pasando? —pregunta Dan. Su voz tiembla, un hilo que se pierde en el zumbido de fondo.

—Shalcrys ha sido desactivado. Reubicación en curso. Quince unidades humanas recuperadas. Órdenes: escoltar al piloto a la superficie.

Dan mira a los quince desde arriba. Una mujer de ojos hundidos tiene su cabeza elevada hacia lo alto y lo observa desde la fila. Su piel está cubierta de polvo, las manos temblorosas aferran un trapo que alguna vez fue blanco. Miedo y sorpresa. Dan da un paso atrás, el suelo vibra bajo sus botas.

—No entiendo. Yo no… Eso era un juego.

El androide no responde. Los drones zumban, un coro de insectos mecánicos, y la fila avanza hacia un ascensor cavernoso al final del pasillo. Dan los sigue mirando, el corazón golpeándole las costillas.

La mujer no puede dejar de mirar a esa figura humana en esa suerte de balcón metálico, a dos pasos de un transporte reluciente. Los robots siempre fueron para ellos, los hombres contra los robots. Y allí está un hombre en pantuflas y bata, parado en un balcón, mirándolos. Sin que los robots lo empujen, le disparen, lo hieran. Están en un lugar iluminado, seguro, elevado entre las profundidades cavernosas. La mujer es empujada hacia la caja gigante de metal. El ascensor apesta a aceite y metal oxidado. Las puertas se cierran con un clang que le sacude los dientes. Sienten en los huesos que descienden.

Dan ingresa al transporte. Se sienta en un cómodo sofá de cuero. El robot le pregunta si quiere beber café, té, agua. Suben. El aire se calienta, un calor seco que le quema los pulmones a medida que abandonan las regiones subterráneas.

Cuando las puertas se abren, el exterior lo golpea como un puñetazo. Un cielo púrpura hierve sobre un desierto de cenizas, el viento arrastra un silbido agudo que rasga los oídos. El suelo cruje bajo sus botas, una mezcla de vidrio fundido y restos óseos.

—Yo... —tartamudea. Se cubre el rostro con parte de su bata—. Yo hice esto

Es una afirmación. Pero Dan quería que sonase a una pregunta. No emerge antes que el hombre con máscara antigás, antiparras, un traje de refrigeración y una suerte de mochila pequeña colgada en banda desde su hombro reposando en su cintura y sobre la cual deposita una de sus manos. Le explica que esos restos fueron dejados por robots que se llamaron a sí mismos apagadores. Entendían que estaban apagando seres humanos, de la misma forma que los seres humanos apagaban a los robots y los trasladaban para luego encenderlos. Le hace una seña y le guía hasta una compuerta redonda, el acceso a un cofre. Ambos ingresan caminando al mismo ritmo. La compuerta se cierra tras ellos y el hombre se quita la máscara.

Dan sigue insistiendo que pensaba que realmente era un juego. El hombre digita un código sobre un panel lateral y le dice que está perfecto porque esa era la idea. Que no tenía nada de que arrepentirse. Dan le habla en ritmo más acelerado sobre las quince personas que vio en fila siendo transportadas hasta el ascensor.

Se abre un segundo acceso, más pequeño y Dan ingresa a un pasillo bien iluminado, refrigerado. Se nota que es un pasillo alrededor de una torre llena personas recostadas en asientos y sofás cómodos, conectados con visores o pantallas, auriculares y en algunos casos guantes comando, en otro con teclados.

—¿Más jugadores?

—Operadores. Digamos, operadores conscientes de su naturaleza.

Una chica vestida como camarera se aproxima y le alcanza una botella de agua mineral. Dan mira sorprendido y es la propia chica quien le aclara que de allí en adelante no operan los robots.

Los quince humanos parpadean y cierran los ojos, se cubren con los brazos y manos cegados por la luz cruda. Los robots no vacilan, marchando hacia una estructura en el horizonte: una torre negra, torcida como un dedo roto, los siguen empujando, obligándolos a avanzar.

Un anciano intenta sentarse, las máquinas lo levantan, prácticamente lo arrastran. Los robots les repiten que necesitan que no se apaguen, que caminen hacia el resto de la especie. Los drones que los acompañan despliegan sus alas. Ascienden y se alejan. Las luces disminuyen la intensidad.

—Desde acá en adelante no operan drones —le dicen un par de guardias con cascos y chalecos refractivos.

Las quince figuras avanzan hasta ingresar en la torre y encontrarse con granjas hidropónicas, una veintena a simple vista que se elevan hasta perderse en la oscuridad de la torre, pero también descienden hasta perderse en la oscuridad del abismo. Alrededor de las plantaciones hidropónicas un ejército de robots de diferentes modelos, desde los brazos unidos a ejes de metal hasta los androides trabajando lado a lado a lado con los seres humanos. El anciano es llevado e instalado en un exoesqueleto. Los niños y sus padres son separados y acompañados hasta un grupo más pequeño.

Quienes se quedan escuchan sus nuevas funciones, que deben encargarse de mirar, examinar y decidir si recolectan cuantos frutos, frutas y verduras son dejadas de lado por los robots y androides. Que tienen un ciclo de trabajo de diez horas corridas con posibilidad de pausas para descanso y para comer. Que al terminar su primer turno les hablarán del esparcimiento y de los espacios reservados para el próximo descenso.

La mujer interrumpe al hombre apoyándole una mano en el pecho y casi sollozando. Le pregunta por qué les hacen eso, por qué los esclavizan.

El hombre le toma de la mano y cambia el tono de voz. Otro grupo de obreros dejan de trabajar y se aproximan empatizando con la situación de los recién llegados.

—Es la única forma en que podremos avanzar hacia el núcleo muerto del planeta. Nos estamos quedando sin obreros, sin robots, sin fabricantes de robots, sin cosechadores, sin mineros y aún no estamos en una profundidad segura. Debemos apagar las ciudades, los pueblos, las colonias para conseguir más recursos mientras el mundo se detiene.

Dan se acomoda en su nuevo sillón, mira al costado hacia la mujer del siguiente cubículo. Ella se friega los ojos, estira y dobla sus brazos tras su nuca y le devuelve la mirada. Lo llama novato. Sonríe.

—¿El núcleo se detuvo?

La mujer toma del suelo, al costado de su sofá, un gran vaso término, le da un sorbo. Le señala al costado de su pantalla un grupo de seis botones. Le marca el primero y más llamativo. Ese le tendría que haber mostrado. Dan presiona. Se despliega una presentación, con el logotipo de la empresa encargada de la gestión de los drones y otro logo con otra empresa encargada de los robots.

El núcleo del planeta se detuvo con un suspiro silencioso, un latido final que nadie escuchó pero que todos sintieron. Primero fue el cielo: las auroras, esas danzas de luz que habían fascinado a generaciones, se desvanecieron en una oscuridad opaca. El campo magnético, ese escudo invisible que había protegido al mundo durante eones, colapsó como un velo rasgado, dejando la atmósfera desnuda ante el hambre de los soles. Los vientos solares barrieron la superficie, arrancando moléculas de aire como un ladrón paciente, mientras la radiación cósmica perforaba la piel del mundo, abrasando lo que quedaba de vida.

Bajo la corteza, el silencio era aún más aterrador. Las placas tectónicas, esas titánicas danzarinas de piedra, se congelaron en su lugar, atrapadas en un último abrazo inmóvil. Los volcanes callaron, sus gargantas de fuego se apagaron, y las montañas dejaron de alzarse, erosionándose lentamente bajo un cielo sin fin. El manto, privado del calor que lo agitaba, se asentó en una quietud gélida, y el planeta entero pareció exhalar su último aliento cálido, un cadáver geológico flotando en el vacío.

En la superficie, los humanos, o lo que quedaba de ellos, miraban un horizonte irreconocible. Sin el reciclaje del carbono, el aire se volvió denso y venenoso, mientras los océanos, despojados de su equilibrio, se evaporaban en nubes fantasmales o se congelaban en extensiones de hielo roto. La vida se aferraba en rincones oscuros, mutada y frágil, bajo los soles que operaban como jueces y verdugos implacables. Corians, una vez un mundo de esperanza para la humanidad, vibrante de temblores y erupciones, se convirtió en una esfera muda, un eco de sí misma girando hacia la eternidad, en la vasta negrura del cosmos.

La presentación les explica de los recursos empleados para conservar unos pocos cofres en las superficie, al cuidado de montañas y volcanes muertos. Les presentan como bastiones de la humanidad, encargados de conservar la conexión entre las balizas en el espacio y los drones bajo la superficie, auxiliando al descenso de la especie hacia el núcleo y emitiendo señales hacia el resto de la humanidad para que envíen una fuerza de rescate.

—Llevo casi diez años aquí. La verdad —se detiene. mira al costado y se reclina para charlar en voz baja—. Son viajes de miles de años. Suponen que los tripulantes tendrán mucho entretenimiento a bordo, muchos video juegos, mas tecnología de la que tenemos. Así que también debemos mantener un mínimo el aspecto de civilización avanzada.


Abrahan David Zaracho Ávalos. (Corrientes, Argentina 1979). Abogado y narrador. Sus principales publicaciones se encuentran en los libros Ozinix edición unipersonal del año 2001; Anuario de la SADE Seccional Corrientes Capital, 2002/2003; Narradores Correntinos y Valencianos, Corrientes Capital, 2005; Especial Philp K. Dick , Homenaje de Libro Andrómeda, España 2005; Antología del Círculo de Escritores del MERCOSUR, Paso de los Libres, Corrientes, 2006 y Todo el país en un libro, Desde la Gente, 2014. Sus cuentos y ensayos sobre Ciencia Ficción y Literatura Fantástica también se pueden encontrar en los principales sitios electrónicos hispanos del género y en los catálogos de la Asociación Española de Fantasía, Terror y Ciencia Ficción. Es integrante activo de la SADE Seccional Corrientes, del Círculo de Escritores del MERCOSUR y del grupo Nueva Literatura Correntina.

 

SESOS ENLATADOS

Gerardo Horacio Porcayo

 

 *Cuento en homenaje a Julio Cortázar, hoy que se cumple un siglo de su nacimiento*

 

Sin remedio, hijo mío. ¡Vomita! No hay remedio.

Federico García Lorca

 

...La frase vuelve a reverberar en la profunda bóveda de su cráneo. No es ofensiva en sí misma. No suena como tal. De hecho, le ha recordado a uno de sus viejos héroes: Cliff Steele, también conocido como Robotman, miembro de Doom Patrol, un hombre al que la definición le sienta de maravilla. Cerebro humano aprisionado en un cuerpo robótico, sin percepciones reales. Con sentimientos atrofiados, caducos...

Como yo, piensa Marín sin dejar de mover los pies sobre los adoquines del camellón central del Boulevard 5 de Mayo. Tiene ganas de hacer algo espectacular con su vida. Lo suficientemente espectacular. Tirarse bajo las ruedas de un trailer no suena en lo absoluto agradable u original, aunque de un recóndito rincón de sus circunvoluciones, la emisora de lo falaz lo urge a tomar esa medida.

 —Ni loco —murmura, como contraatacando a su consciencia. En su mente el soundtrack del mes empieza a ciclarse, corea su caminar pausado y melancólico.

 Stains on the carpet, stains on the memory, songs about happiness mourmured in dreams, when we both knew, how the end always is”, dice Robert Smith dentro de su cabeza.

Y se mira a sí mismo, como si estuviera en pleno viaje astral o tras la pantalla de un cine: su figura robusta y solitaria, en medio de un cardumen demente de automóviles escandalosos, con el cielo nublado, rojo y apocalíptico, llamándolo al suicidio.

Así, sin más, sin otro preámbulo. Hay cosas automáticas, interrelaciones aleatorias que encumbran la trascendencia o la mandan de vuelta al basurero de lo falaz.

 Se imagina trepando hasta la cumbre del edificio de muebles, con un altavoz. Sabe que abajo tendrá público cautivo, arriba reflectores para hacer todo más espectacular.

Se imagina en la caída. En el único grito, su nombre. El de ella. Alarido de guerra. Testimonio, heredad al futuro. Fantasía en crescendo...

Entonces recuerda al payaso. Al puto payaso inflable, ahí, en la cúspide, tras metros de trepado, tras escaleras hechizas de varilla doblada y guardias apenas librados. Él, el puto payaso, como gigantesco Gojiro, en su trono de cornisa y polvo, que reina, administra desde la azotea las ventas de aquella estúpida mueblería.

Y el ritmo, la quimera, se le caen a pedazos.

Cámara robada, un último performance transformado en obra ridícula, sin sentido; una obra para aparecer en casos de lo insólito, no en el Guiness, mucho menos en un recorte culpable, pegado en el espejo, al borde del cuarto de la desgraciada e imbécil de Rosalva.

Una mentada de madre en acorde automovilístico, lo saca de sus fantasías. Los semáforos se han vuelto a confabular para crear accidentes. Verde en aparatos contraesquinados. Rojo inexistente.

Definitivamente, el Boulevard no es la solución. Tampoco el mall de doradas adjetivaciones.

Necesita algo más. Acude a la voz ficticia de Steele, mientras sortea el caos de vehículos. No es el mejor asesor en materia. Lo comprende de inmediato. Aquel héroe nunca ha logrado suicidarse; es sólo otro de los condenados a seguir en esta pinchurrienta vida.

Disminuye el paso frente a los cinemas y aguza la vista, en busca de la deseada y conocida silueta.

Nada. Muchedumbre, algarabía. Carteleras nuevas.

Cruza la calle y su mandíbula cuelga floja varios segundos.

—¿Dónde chingados andabas? —dice entre dientes—. ¿En qué fregados estabas pensando? —Sus dedos recorren el cartel. Frases publicitarias e imágenes sugestivas, volcándose en un solo concepto. En una gran directora. Los recuerdos lo bombardean con escenas vampíricas de previa cinta. Y desea ver lo mismo, algo muy similar aunque ahora sustituyendo a los vampiros con chavos cyberpunk.

No lo piensa más. Compra el boleto, esquiva las tentaciones de la dulcería y se instala en primera fila, con la impaciencia creciéndole en el pecho.

Primero música y luces prendidas plagando la nave disminuida de aquel cinema ahora catapultado a 3D. Luego, semi penumbra. Anuncios... Una pareja de espalda en un café; los femeninos bucles oscuros y su mente ya vaga, ya vuelve al momento crítico y detonante.

Al pinche momento.

A aquella mesa en Los Portales. Él, entregando un ramo de flores, una declaración en labios vivos. Y ella, sonrisa socarrona, cabello flotando bajo ventiscas de febrero y collares tintineando ante el vibrar que confiere un autobús tipo tranvía de búsqueda y alcance turista.

—¿Es en serio, wey? ¿Te has visto al espejo? ¿Sobre todo a últimas fechas? ¿Has oído la sarta de idioteces que sueltas cada vez que abres la boca?

—¿Qué? —había respondido Marín, incrédulo.

—Eres un pinche sesos enlatados —dijo Rosalva y sin abandonar las flores se alejó del café.

Atrás quedó Marín, rabia indecisa, tristeza castrante.

Atrás y en perpetua deriva.

Hacía un día de eso. Miles de calles, de pensamientos.

Y este cine. Esta pantalla. Las imágenes desgranándose en flashazos, en sobreinformación.

Y Marín solo puede seguir atrás, viendo para adentro, reinterpretando las escenas a partir de esa ancla que podría llamarse dolor.

—Puta —masculla. Salto, asalto de imágenes. Las escenas se le pierden en asignificaciones que sólo cobran materia cuando ella aparece. Peor, cuando ella, la protagonista de cabellos enrulados y vestido como cota de malla, hecha de chaquiras que apenas tapan sus senos, grita: “I can hardly wait...

Y lo repite, lo reestructura, en pantalla y acordes. En su propia mente. En un pasado de veinticuatro horas que rápidamente reconfecciona en la apropiada estructura de máxima tortura.

Y es como si en la pantalla, su Doppelgänger, ese hombre de cabellos tan largos como los suyos, de barba tan crecida como la suya, presintiera sus movimientos, aunque de hecho los antecede... Tiempos de filmación, lo sabe... y sin embargo, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?

Maldita gallina, piensa en esos momentos en que todo llega a la cima, a la hondonada argumental que lo retrotrae.

“Sesos enlatados”... Y por más que intente quitarle el aspecto negativo, aquello alcanza nuevas significaciones. Triángulos amorosos. Añoranzas huecas...

Lo peor; sabe el origen de aquel rechazo, de aquellas palabras. Recuerda aquella fiesta vespertina. El flujo de los muppets y sus burbujas mareadoras... y los besos de ella. Aquellos no solicitados. Aquella cama que los mirara estar ahí, en entrega plena, ebria, borracha, pero plena... ¿Acaso la conciencia hace más válido el ardor sexual, el orgasmo, o mejor aún, la comunión de carne y alma?

Vuelve a preguntarse mientras mira a la diva roquera a tamaño de cinco metros, sudar y perder los rulos en ese sube y baja que la llena de sudor y laxitud, en ese pistoneo de máquina asesina que sabe va compenetrándosele tan hondo al vende sueños, a aquel protagonista, como al él mismo. A ese hombre, gemelo de sí, paralelo de sí... Doppelgänger...

Y su vuelta a Cortázar se transforma, entonces sí, en no inmotivada [¿y qué es la negación de la negación en una sentencia (porque aceptémoslo, también ya hibridamos el idioma) como esta?] sino plena.

Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos, recuerda y los laberintos de su psique lo guían por meandros rápidos, ora festivos, ora retantes, ora en ese vértigo de vomitiva materia. Chantajes, autochantajes, ping pong, rebote en bandas de un billar truqueado para hacer ganar a la casa. Problema número uno: ¿Él o ella son la casa?

En la escena, los dos ha vuelto a encontrarse y el desafío esta por dilucidarse.

Allá, acá, arriba, abajo. Todo es el mismo galimatías de sentido... Y aún más.

Empieza con una vibración, un mareo más consistente que lo hace sentir el mal del marinero. Mareo, marear. Y las alarmas y las sacudidas más consistentes que desenfocan y luego apagan el proyector. Silbatos, hombres con gorra y chalecos verdes con bandas reflejantes los van arreando hacia la salida lateral.

Huida de rebaño asustado. “Sesos enlatados”. Y camina hacia el boulevard, como si nada le hubiera mostrado la película. Más que caminar, corre. Alcanza el boulevard y levanta la mirada hacia el payaso mueblero que en la cima del edificio se convulsiona como un King Kong a punto de caer del edificio Chrysler.

Corre. Corre hacia él. De cada casa, cada negocio, va siendo vomitado un consistente fluido de carne humana que insiste en colisionarlo.

Evade, sprinta. El payaso se golpea los pectorales y el reflector sobre sí, parpadea en el estertor de una corriente eléctrica que parpadea hasta morir.

Como él, ese payaso que se precipita, se abalanza contra el asfalto, envidioso, artrero, para robarle el acto.

—No ma...

El golpe es seco, rueda, Los rulos se enredan en sus cejas, en sus pestañas, amordazan su nariz, casi suboca...

—¿Estás bien? —escupe. Cualquier paranoia transexual anulada con su aroma, con el tacto de sus chinos.

—Lo viste... no mames... el pinche payaso se tiró.

Y es ella y no. Parpadeo de luces, arbotantes municipales, iluminación vial.

Se miran. Y vuelven a sonreír.

—Pinche payaso —coincides.

—Ni ellos se libran del suicidio —dice ella. Y huele a Baileys. A mucho Baileys.

—Te invito otra para el susto.

—Va —dice ella.

Y ya no se preocupan más por las ambulancias, por el payaso inflable, por las luces que van y vienen y ponen una suerte de estrobo que...

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledadCiudad Espejo, Ciudad NieblaSombras sin tiempoSueños sin ventanasEl cuerpo del delirio y Plasma exprés.

El CORAL DEL SILENCIO

Laura Irene Ludueña

 

Nadie regresaba del archipiélago. Ni exploradores, ni exiliados, ni los valientes, ni los desesperados. Pero cuando el tercer sol empezó a titilar como una vela en su última exhalación, el Consejo volvió a abrir los mapas prohibidos. Fue entonces cuando Lira, la última cartógrafa viva, recibió la orden de partir. Lo hizo temprano, cuando el cielo tenía ese color especial que le daba la mezcla del crepúsculo y el ocaso. La joven sentía que los dos soles en lo alto y el que estaba muriendo en el horizonte la observaban, como si quisieran preguntarle adónde iba.

Lira sabía que la historia oficial decía que ese mar estaba muerto. Pero al tocar la orilla de una de las islas flotantes, dudó. Desembarcó observando las formaciones de hielo y roca, los monolitos gastados por milenios de viento, las torres quebradas recubiertas por cristales vivos que vibraban a su paso. ¿Serían las ruinas de la civilización de la que tanto había oído hablar?

Se decía que los velatrios habían creado una civilización superior. No eran humanos ni dioses, pero sus conocimientos habían dado origen a la ciencia de los campos gravitatorios y a la agricultura sin materia. Pensando en ello, miró las paredes cubiertas de escrituras que parecían hechas de luz, porque cambiaban de forma según desde dónde las mirara. Un idioma vivo, pensó la cartógrafa. Entendió que la habían mandado allí no solo para mapear el terreno. Su verdadera misión era encontrar el Coral del Silencio, un artefacto de los velatrios que, según las leyendas, podía detener el colapso de los soles.

De pronto, Lira sintió que el aire se volvía más denso al atravesar uno de los umbrales de piedra. No era humedad, ni frío, sino un peso sutil, como si las paredes la reconocieran y calcularan el valor de su existencia. Siguió avanzando hasta que algo llamó su atención: era un símbolo tallado profundamente en la roca, un círculo atravesado por tres líneas ondulantes. El signo de los velatrios.

La historia los recordaba como una civilización que jamás había usado un arma, como los únicos que habían podido gobernar utilizando diferentes formas de energía que respondían al pensamiento y a la armonía. Pero cuando el tercer sol fue sembrado, porque no había nacido, algo en su equilibrio se quebró. Los velatrios desaparecieron en silencio, tan rápido como se decía que habían aparecido, como si se hubieran disuelto en la luz.

Y sin embargo pensó Lira, en las noches más claras solían escucharse cantos en una lengua que moldeaba la materia. Es el Cantus Primus, decía su padre. Lira nunca había creído la historia, pero empezaba a dudar.

La joven cartógrafa siguió avanzando hasta toparse con una cámara esférica. Una especie de burbuja gigante, rodeada de cristales suspendidos en el aire. De inmediato lo supo, eso era lo que había venido a buscar, el Coral del Silencio. Una estructura viva que latía con luz ámbar, como un corazón atrapado en el tiempo que parecía responder a su presencia, como si la hubiese estado esperando. Sin saber por qué, quiso presentarse.

—Soy Lira, cartógrafa de la nueva generación de humanos que emigró a este planeta hace trescientos ciclos, cuando la Tierra dejó de ser habitable y se buscó refugio en sistemas estables. Elegimos este mundo creyéndolo deshabitado. Pero ahora veo que solo estaba dormido.

De pronto, escuchó un canto. Cada nota hacía vibrar el coral, cada pausa parecía abrir un recuerdo. Quizás era la voz de un velatrio que no había muerto, sino que había elegido esperar desde el último eclipse triple, cuando su especie selló los secretos del Cantus Primus para que no cayeran en manos impacientes. Y ahora, al oír su canto, Lira entendió que el Coral no era un objeto, era una llave. Y ella no había sido enviada a encontrarlo, sino que había sido convocada.

El canto llenó la cámara. No con volumen, sino con existencia. Era como si la estructura misma del lugar vibrara en respuesta a esa melodía. Lira cayó en un sueño profundo por la inmensidad de lo que estaba percibiendo. Entonces vio, no con los ojos, sino con la conciencia. Una ciudad suspendida en el cielo, como si flotara sobre el eco de una palabra. El tercer sol aún no brillaba. El equilibrio era perfecto. Y luego, el error. No por una guerra o una traición. Solo por un deseo desmedido de prolongar la armonía a cualquier costo. Fue entonces cuando el tercer sol fue sembrado, y su luz comenzó a alterar la frecuencia del lenguaje. Lo que antes creaba, ahora desgarraba. Los cantos comenzaron a fragmentar la realidad, y los velatrios, sabiendo que no podían coexistir con ello, eligieron desvanecerse, disolverse en el recuerdo y dejar atrás ecos como custodios, como advertencias.

Lira despertó. El canto había cesado. A su lado, el Coral del Silencio latía con fuerza. Estaba esperando algo, una orden, una voz. ¿Su voz? En ese momento lo comprendió todo. Si cantaba la nota correcta, si pronunciaba la secuencia exacta, el Coral absorbería el colapso del tercer sol. Pero también reactivaría el lenguaje velatrio y con él, fuerzas que ningún humano entendería del todo. La luz podría volver. O todo podría quebrarse otra vez. El espacio entero parecía contener la respiración del tiempo. Tenía que elegir entre cantar o callar.

La joven cerró los ojos y, por primera vez, no pensó en mapas, ni en soles, ni en órdenes. Solo en lo que había percibido en su sueño, la memoria del equilibrio.
Y entonces cantó. La cámara entera se llenó de luz, pero no había más Lira. Solo una nueva melodía, suspendida en el aire. Un nuevo eco. Un nuevo comienzo.

Los humanos que la esperaban notaron que el tercer sol ya no titilaba. Lira nunca volvió. Sin embargo, en las noches más claras, sobre el mar inmóvil del archipiélago, aún puede oírse un canto. Algunos dicen que es su voz. Otros, que es el principio de una nueva armonía. Una melodía que dibuja, sin palabras, la cartografía del alma.

Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022) y el ensayo Justicia social y resistencia conservadora: la ciudad de Rafaela en los años cuarenta. Su intensa actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo sus compañeros. Su labor está reflejada en este blog.

 

 

LA LUZ EN LA GRIETA

Sergio Gaut vel Hartman

 

Hasta donde soy capaz de recordar, la premisa de hierro está grabada a fuego en nuestros cuerpos desde siempre: el silencio, la obediencia, el cumplimiento, la sumisión son obligatorios. Pensar diferente es traición y los himnos que nos hacen cantar antes del trabajo son la prueba palpable de nuestra fe en el orden establecido.

En la planta, la consigna se repite como un mantra: creer, obedecer, callar. Las cámaras en cada pasillo son ojos sin párpados. Los altavoces mezclan órdenes con sermones de la Iglesia Única, esa que el gobierno ha adoptado a rajatabla para proteger “nuestra forma de vida basada en el bien”. No hay separación de bloques, no hay fisuras: El Líder Supremo es el Sumo Maestro de la Fe. La cabeza de la Iglesia Única conduce el Estado con mano de hierro.

Yo creí, con convicción, con firmeza, como se me enseñó a creer. La creencia es todo; lo demás es nada, menos que nada, es basura, podredumbre. Yo siempre creí, como se me ordenó… hasta que conocí a Mateo. Mateo no me dijo nada, ni siquiera me miró; sólo dejó un dibujo en el muro húmedo del vestuario: un sol con mil rayos y una palabra mínima, solo dos sílabas: pensar. Al día siguiente el sol y la palabra ya no estaban. Mateo tampoco estaba, había desaparecido. Mateo se había esfumado, como hubiera sido una nube de humo, vapor, niebla; nunca volvió.

Pero a partir de la noche del día en que desapareció Mateo algo cambió. Mi padre había muerto convencido de que todo era voluntad divina y eso me inculcó, como se marca con hierro al rojo al ganado. Mi madre rezaba para que no nos faltara pan y para que el morir pudiéramos acceder a la Esfera de los Buenos. La promesa de un futuro espléndido nos esperaba a la vuelta de la esquina… cuando el alma, prisionera del cuerpo, lograra por fin liberarse y ascender.

Pero yo encontré un libro, no el Libro, otro libro. Ni siquiera sé cómo llegó a mis manos. Comencé a leer ese textos prohibido a escondidas y descubrí extrañas palabras: filosofía, ciencia, pensamiento crítico, duda, rebelión, inconformismo, viejas formas de vida en comunidad basadas en la solidaridad y no en el egoísmo, sociedades donde la palabra libertad no era pecado mortal.

Un día tocó a la puerta de mi casa el inspector religioso. Revisó los armarios y se aseguró de que el Libro fuera el único libro; quería asegurarse de que nadie vacilara a la hora de adherir en cuerpo y alma a los dictados del Líder Supremo y Sumo Maestro de la Fe, que por una milagrosa casualidad son la misma persona. Preguntó mi nombre, miró mis manos manchadas de grasa y me sonrió sin calor. Me habló de salvación y obediencia.

—Quien se aparta del dogma pierde su lugar en la sociedad —dijo.

Asentí. Callar era sobrevivir.

Pero la semilla ya estaba. Cada golpe del martillo en la fábrica era una disyuntiva: obedecer o ser libre. En el comedor se empezaron a escuchar murmullos, a pesar de que cada día desaparecía un compañero. Empecé que otros también habían leído algo, otros también dudaban, aunque nadie se atreviera a hablar en voz alta.

Como todas las semanas nos ordenaron asistir a la gran misa del Estado. En la plaza, bajo la estatua del Líder Supremo y Sumo Maestro de la Fe, el mensaje enérgico y oscuro repitió las consignas eternas: unidad y sumisión; paz, obediencia, pacado. Dijo que las leyes divinas y las humanas eran una. Dijo que la conciencia libre era una blasfemia que debía ser castigada.

Yo alcé los ojos hacia el cielo nublado. Pensé en Mateo, en mi padre. Algo dentro de mí cambió de posición.

Cuando el sermón terminó, casi todos inclinaron la cabeza y repitieron el juramento de fe. Yo la mantuve erguida. Sólo un segundo. Pero bastó. Percibí que alguien a mi lado también la alzaba. Otro más dos filas atrás. Un gesto minúsculo, casi invisible, pero vivo. No nos conocíamos, no hablábamos; sin embargo, nos reconocimos.

El guardia que patrullaba me miró, confundido. Quizá creyó que había sido un error. Quizá no quiso ver.

Desde ese día, cada vez que se exige obediencia, unos pocos ya no bajamos la cabeza. Todavía no gritamos, no marchamos, no hacemos ruido. Sólo pensamos, y sabemos que pensar es el primer acto de libertad.

Llegará el castigo, y muchos desapareceremos como Mateo. Pero habremos vivido como personas y no como sombras. Y aunque sea pequeño, el espacio que se abre en la mente no se vuelve a cerrar. Y aunque al principio solo sea una chispa, la débil llama no tardará en convertir en una hoguera que ilumine la noche. 

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es un escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novela corta Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. En las últimas semanas ha sido finalista en varios concursos literarios, aunque no ganó ninguno de ellos. 

 

sábado, 15 de noviembre de 2025

LA HERMANDAD OSCURA

Patricio G. Bazán

 

Todos lo conocían al tuerto loco de Lacroze y Corrientes, aún aquellos transeúntes que pasaban a su lado tratando de que no se les pegara su locura, su pobreza o, simplemente, su mugre ancestral. Era uno de los tantos infelices que se mantienen con un pie en cada mundo, saltando continuamente los límites de la impiadosa selva urbana y su propio universo personal, inútil para los depredadores, incomprensible para el resto de los animales mansos. Tal vez por rehuir el contacto con la fauna humana como hacía él, su muerte me dolió más de lo que hubiese permitido.

Todo hombre solitario cultiva con los años una serie de ritos personales, y uno de los míos era disfrutar cada tanto de un par de porciones de muzzarela con moscato en la pizzería frente al Cementerio de la Chacarita. Fue así como nos conocimos con el viejo Odín.

Ignoro si se trataba de su verdadero nombre: hablaba una mezcolanza de lunfardo, alemán, y algo que tal vez fuese noruego; una jerigonza con sabor a mares nórdicos que nunca pude pescar a la primera, pero que tampoco parecía obstaculizar nuestras charlas. No mendigaba ni daba lástima: el tipo se plantaba dignamente en la vereda a realizar sus propios ritos personales sin importarle el devenir del mundo. Dicen que las autoridades se lo llevaron detenido un par de veces, pero la verdad es que no molestaba a nadie, y no faltaba quien le acercase un plato de comida, o le tirase un par de pesos en los momentos en que se quitaba su sombrero aludo y feo, y lo dejaba en el suelo junto a su bastón de peregrino para adorar al sol. Una vez le pregunté su nombre y, después de varios intentos en las pocas lenguas comunes que conocíamos, comprendí que podía ser el de la divinidad que decía representar: Wotan. Es decir, Odín.

No es que el pobre hombre se contentara con ser un fiel seguidor del culto al dios nórdico: realmente afirmaba ser la reencarnación de Wotan, y en cada uno de nuestros demenciales encuentros aprovechaba para advertirme acerca del Ragnarök, o "Crepúsculo de los Dioses". Como el Apocalipsis cristiano, pero con menos extras y algunos efectos especiales más.

Rodeado de policías preguntándose qué sentido tenía chupar frío por causa de un indigente muerto, yacía el cuerpo de Odín sobre una pira de frazadas ennegrecidas y malolientes, aparentemente incinerado por desconocidos; tan retorcido y penoso como una figura quemada en la hoguera de San Juan. Los dos perros que a veces lo acompañaban, negros, hirsutos e incongruentes como su amo, se habían quedado para escoltarlo al Valhalla. Uno a sus pies, el otro junto a la cabeza, ambos sorprendidos por las llamas, pero fieles hasta el final. Busqué con la mirada en lo alto los cables eléctricos en busca de dos cuervos vigilantes, pero no estaban. Algo me decía que ya me los cruzaría más tarde.

Mi trabajo de hurgar en los misterios de las vidas ajenas me había vuelto una especie de paria como él, y algo de esa conexión afectiva debía reflejarse en mi cara porque uno de los policías se me acercó, quizás para matar el aburrimiento.

—¿Lo conocías al viejo?

Lo miré antes de responder, aunque ya había reconocido esa voz nasal, rasposa y taimada: Cáceres, seguramente el encargado de investigar el homicidio.

—Como usted y el resto del barrio: el loco de la Chacarita.

Con el policía nos conocíamos desde hace rato, pero nunca quise darle la mano. Un gesto respetuoso de la cabeza como máximo, pero nada de familiaridad. No siempre estábamos parados en la misma vereda de la legalidad, y dejarlo en claro era otro de mis ritos personales.

—Diría que fueron al menos dos, y que lo quemaron vivo; veremos qué dicen los peritos. Es el tercero de este mes. Si sabés algo, Rambler, no me vendría mal un poco de ayuda...

—Sabía de él lo poco que saben todos. ¿El tercer qué, indigente?

Sonrió como un lobo antes de responder:

—El tercer fanático religioso que termina muerto por el fuego. Un viejo budista, un griego barbudo y ahora éste...

A la caprichosa luz de los patrulleros, pude ver lo que habían dejado del pobre Odín. Aguzando la mirada, descubrí sobre su pecho un pedazo de madera casi carbonizado en el que habían grabado una frase que tardé en entender. Cáceres lo notó:

—"Gutan mortuus est". No te fatigues la vista, hermanito. ¿Alguna idea?

"Odín está muerto", traduje mentalmente.

—Ninguna.

Su sonrisa desapareció al instante. Sabía que yo sabía más de lo dicho, y que no pensaba trabajar gratis para él. Lo que descubriera para aclarar su muerte, lo haría por mi cuenta. Se lo debía al viejo.

—Bueno; si no sabés nada, seguí tu camino y no molestes: algunos trabajamos, aunque no lo creas...

Discrepaba con esto último, pero lo callé. Cáceres tenía que ser muy obtuso (o muy corrupto) para no ver un patrón en estas muertes. Gautama, Zeus, Wotan... Estaba relacionado con los antiguos dioses paganos.

Una sombra inquieta en el pasaje de la vereda de enfrente llamó mi atención. Puse cara de ofendido y crucé la calle cabizbajo, como un alumno reprendido. Miré hacia atrás: Cáceres le gritaba órdenes a uno de los agentes para que interceptara al móvil de un noticiero sensacionalista. Ya se había olvidado de mí.

Al entrar en el oscuro callejón junto a la estación del tren se me acercó un desconocido, con el viejo truco del pedido de lumbre para el cigarro. Lo dejé hacer: esa noche me sentía curioso.

—Gracias. Pobre tipo, ¿le dijeron algo? —preguntó. La mortecina luz de la llama reveló una cara afilada, no demasiado joven y con ojos de obsidiana. La voz calzaba perfectamente con el resto de su figura: oscura, fría, anónima.

—No mucho. Parece que andan matando cirujas.

Asintió. Todavía no sabía qué pensar de mí, aunque estábamos iguales: tampoco sabía si el tipo era un curioso, un ratero, un vecino morboso o un policía de civil.

—Como lo vi hablando con ellos... —insistió señalando a los patrulleros con un mentón afilado como la proa de un rompehielos—. ¿Policía?

—Privado, no se alarme. No me llevo tan bien con ellos como para traducirles mensajes post-mortem en latín... ¿Quiere saber algo más, Mentón? Mido 1.83, peso 85 kilos recién bañado y le rezo seguido a San Coltrane.

No le gustó mi respuesta, y no se privó de señalármelo.

—Gracioso, ¿eh?

—Y además, despierto. Rápido, por cincuenta rupias: ¿cuántas bailarinas de hula-hula tengo en el bolsillo?

Un sonido de pisadas sobre ripio me advirtió de que no estábamos solos. Algo duro sobre mi espalda lo confirmó rotundamente.

—Las preguntas las hacemos nosotros, caballero.

Una voz educada, bien modulada. Voz de mando, pero no de mandón. El tono justo y preciso, y que Dios proteja a quien lo contraríe.

Mentón aprovechó para hurgarme entre las ropas en busca de armas, documentos o bailarinas ocultas. Reconozco que lo hizo rápido: casi ni noté cuando le pasó mi cartera al Señor Educado. Leyó mis documentos un par de veces, y comenzó con su discurso.

—No nos preocupa lo que sabe, Rambler, sino lo que piensa hacer con ello. Entendió la inscripción, era amigo del muerto, y ahora anda fisgoneando. Eso es un problema...

—Ya. Tiemblo de espanto por las represalias, par de retardados. ¿Qué les importa la muerte de un pobre viejo? Y ya que estamos, ¿para quién iba el mensaje grabado en la placa?

Mister Educado lanzó un suspiro.

—Demasiadas preguntas, hermano. Una pena...

Sonó a discurso de despedida. Como esperaba lo peor, me la jugué: me abalancé sobre Mentón, derribándolo con violencia, y giré con rapidez lanzando un cross de derecha que no llegó a destino. Normalmente, esta gracia me hubiera costado la vida, pero el Señor Educado solo se limitó a esquivarlo sin dejar de apuntarme. Lo que se dice, un verdadero profesional.

—Por favor, no haga el tonto. Acompáñenos: usted sabe más de lo que dice.

El auto, tan negro y anónimo como ellos, estaba ahí nomás. Me resigné a seguir el menguado cortejo: Mentón al frente, sacudiéndose las ropas con fastidio, un servidor y el hombre de la pistola cerrando la procesión. Me invitó a entrar a la parte de atrás ("después de usted"), y cuando me acomodé sobre el mullido asiento vi que el otro ya estaba tras el volante.

El Señor Educado se instaló a mi lado luego de cerrar la puerta con la energía precisa: apenas si hizo ruido. La pistola se había quedado a vivir en su mano. Lo examiné por primera vez con detenimiento.

Rondaba una edad indeterminada entre los cincuenta y los ochenta años, cada arruga en el sitio indicado, y un aire docto y sereno más propio de un teólogo que de un frío asesino. Llevaba el cabello blanco casi al rape y el rostro perfectamente afeitado; el conjunto de sus ojos grises y la nariz afilada le daban aspecto de halcón al acecho. Pese a considerarlo peligroso, lo encontraba interesante.

Partimos en silencio, despacio, como si asistiéramos a un entierro. Rogaba que no fuese el mío.

—Bien, ya estamos más cómodos para que comience su relato —soltó.

—Más bien dirá mi confesión, Padre... —No digo que se les cayera la mandíbula, pero faltó poco. Mentón me taladraba con la mirada a través del espejo retrovisor, y mi acompañante abrió los ojos un par de milímetros más, lo que en su caso equivalía a un grito de sorpresa—. Tranquilos, no los conozco; ocurre que para un ex-monaguillo, el olor a incienso de sus ropas me estimuló la memoria. Estudié con los Jesuitas: usted me recuerda a ellos. —Quedaron en silencio. Dudaban: eso era bueno. A falta de santos, me encomendé a mi labia, y aproveché a seguir golpeando mientras durara la suerte—. Están liquidando a gente de la calle, algo normal. Sí, también soy cristiano y me parece terrible, pero ocurre tan menudo que casi a nadie parece importarle. Precisamente, es por ese acostumbramiento a la violencia cotidiana que estos tres últimos homicidios estaban destinados a pasar desapercibidos, ¿entiende? Como declarar una guerra para ocultar un cadáver. "¿Dónde esconderá el sabio una hoja cuando no hay un bosque a mano..?"

—No es usted precisamente el padre Brown...

—Ni usted Chesterton, pero es la misma historia. ¿Qué necesidad tiene la Iglesia de eliminar a unos insignificantes viejos paganos? No me diga que me perdí la fiesta de reinauguración del Santo Oficio...

No contestó enseguida. Mis pullas para desequilibrarlo le causaban el mismo efecto que un insulto a la estatua de Garibaldi. A pesar de los vidrios polarizados, podía ver que bailábamos un vals en torno al Cementerio. Se aclaró la garganta, eligiendo cuidadosamente las palabras.

—Acierta y falla en sus conclusiones, hijo. No somos "la Iglesia" como supone, sino un grupo de tareas tan secreto como anónimo, aunque servimos al mismo Jefe. Se nos conoce como "La Hermandad Oscura", y nuestro brazo tiene largo alcance. No estamos liquidando "viejos paganos", como afirma, aunque sí puedo confesarle que, más que viejos, son antiguos: tienen miles y miles de años de edad. —Fue mi turno de perder la mandíbula por el asombro—. Viejos como dioses de las religiones de la Antigüedad —continuó su discurso—. Ancestrales tiranos derrocados, viviendo en un exilio terrenal reencarnados como hombres y mujeres corrientes, desterrados del mando y la adoración de sus pueblos. ¿Quién venera hoy a Tarnos, Knum, o Tanit? ¿Dónde se reúnen los fieles para implorarle a Júpiter o Mitra? Están ahí, Rambler; esperando el momento en que sus fieles vuelvan a reclamarlos para despertar.

—"Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos." —solté, sin pensarlo.

—Mateo 18:20. Buen lector de su Biblia...

—Prefiero el Dios de los Evangelios que al patotero del Antiguo Testamento.

Endureció la mirada. Había algo más que orgullo en el brillo de sus ojos.

—En esta guerra metafísica, somos soldados de un Dios colérico y victorioso: nunca lo olvide.

El cerebro me dio una vuelta en la montaña rusa. Definitivamente, mi universo se había vuelto loco. Hice un esfuerzo para preguntar: tenía la boca seca.

—Padre, debo haber entendido mal: ¿intenta decirme que esos... pordioseros sin techo que vemos a diario son, en realidad, los poderosos dioses de antaño?

Me miró con la misma expresión de lástima de un profesor tratando de explicarle la lección a un alumno especialmente idiota. Un hondo suspiro después, condescendió a contestarme:

—Milton. Soy el Hermano Milton, y el Hermano Dante —señaló al chofer, con un gesto—; lo que intento es plantar un interrogante en su cerebro, Hermano Incrédulo. ¿Jamás se preguntó sobre qué les ocurrió a todas las deidades que regían las vidas y los  destinos de los pueblos primitivos? Para ellos, sus dioses eran tan verdaderos y poderosos como Nuestro Señor. Entonces, ¿donde están? Y, por favor, no me responda que fueron nuestros misioneros con fuego y acero quienes los condenaron al ostracismo: ni persas ni romanos pudieron suprimir el culto a Yahvé. —Curiosamente, esta vez no pude responderle nada, así que prosiguió—. Imagine el siguiente escenario: Nuestro Señor –único, verdadero y eterno, como los tres presentes sabemos– está pronto a venir. Y esta vez la cosa va en serio: nada de tomar prisioneros. Los dioses depuestos fueron reales, no lo dude, y han sido derribados por Dios y sus Legiones; sus cultos, suprimidos y olvidados. Pudieron elegir entre la muerte y el destierro; los primeros, han sido borrados de la memoria humana. Los que cayeron a la Tierra persisten en la forma de mitos y leyendas folclóricas, que cada tanto resurgen débilmente como modas new age para ser reemplazados según los dictados del marketing. Y como a menudo ocurre en la política humana, los viejos adversarios nunca se quedan tranquilos: conspiran en las sombras, compran y venden voluntades, empeñados en su fantasía de volver a la gloria y el poder de antaño. Algunas fantasías son peligrosas, ¿no lo sabe? 

Tomé aire como un nadador exhausto que teme no volver a la orilla.

—Me resisto a creerlo sin más pruebas que sus palabras. —No podía aceptar tamaña tontería, pero tampoco quería expresarlo abiertamente: estos tipos realmente creían en lo que decían.

—Estacione sobre Rodney, la próxima, Dante. —El cura del mentón prominente abandonó Jorge Newbery según indicó Milton. Apagó el motor y quedamos a la espera, como tres apóstoles de un Mesías con la agenda completa. Finalmente, Milton llegó a una decisión.

—No se trata de exigir pruebas sino de creer, Hermano Tomás. Usted compartió su pan y su misericordia con un dios pagano; pero no por devoción, sino por caridad cristiana. Nada podemos reprocharle en ese sentido: obró como buen samaritano, sin dobles intenciones. Pero no se puede decir lo mismo de él: ¿Odín intentó convertirlo a su fe?

—¿A mí? Del mismo modo que me abordan los Testigos de Jehová casi a diario, sin que a ustedes se les frunza el ceño...

—Servimos al mismo Dios, aunque tengamos nuestras diferencias...

—Y lo mismo debe ocurrir con judíos y musulmanes, me figuro. Volviendo al occiso, estoy seguro de que no era el verdadero Odín. Punto. Para mí, solo era un pobre viejo loco, y que el buen Dios me juzgue. Hagan lo que quieran: estoy cansado, y quiero volver a dormir en mi propia cama.

—Precisamente, es por no creer en Odín que este ha muerto para siempre. Los dioses perduran a través de la memoria de los hombres, y cuando el último de ellos los olvide, ya no queda nada. Irónicamente, su fe –o la falta de ella– lo ha salvado. Bájese.

Esto último lo dijo luego de guardar su arma. No pude abrir la puerta de mi lado, así que tuve que esperar a que él bajara para salir. Sentía más frío que antes, aunque tal vez fuera una llama interior que moría lentamente.

—Puede irse, hermano, sin temor por su vida. No es usted un hereje, apenas si una oveja descarriada, y como tal retornará al redil. Le hemos revelado abiertamente nuestra existencia y propósitos porque después de esta noche, usted no recordará nada. Váyase a dormir, Rambler: el sueño es un sacramento, porque es un acto de fe.

Con gesto amable, me tendió la cartera, que a esta altura ya había olvidado. Estaba entrando nuevamente al auto cuando lo interrumpí con una última pregunta:

—Cuando habla del "Jefe", ¿se refiere a... al Papa?

Sonrió por primera y última vez.

—¿El Santo Padre? Ignora nuestra existencia. No hermano; apunte más arriba...

Partieron en silencio, mientras yo miraba hacia el cielo como un tonto de pueblo, hasta que me dio tortícolis.

¿Más arriba? No podía ser. ¿Un dios mafioso que decide eliminar la competencia? No me estaban pidiendo un salto de fe, sino un salto al vacío. "Don Corleone nuestro que estás en los cielos, que parezca un accidente"...

Como soy un fisgón sin remedio, volví a donde comenzó esta historia: Lacroze, entre Corrientes y Forest. Ahora quedaban pocos transeúntes, algunos policías y el furgón de la Policía Científica. También estaba Cáceres, naturalmente, y cuando me vio esbozó una especie de gesto que intentó pasar por guiño cómplice, pero que a esta altura me pareció una mueca de gárgola. Bueno, el largo brazo de la Hermandad Oscura también llegaba hasta un policía que no era tan obtuso, después de todo: solo un poquitín corrupto.

—Adiós, viejo Odín: descansa en paz, amigo —susurré al viento, mientras me persignaba. Casi al instante, el cuerpo comenzó a resquebrajarse, muy rápido, como aplastado por un pie gigantesco. Los peritos se quedaron de piedra al verlo, las cámaras fotográficas inmóviles en el aire gélido de la madrugada. Nada había que retratar, ni muestras que tomar, ni testigos que prestaran declaración: un fuerte viento estaba esparciendo las cenizas de una momia negra y reseca, y pronto comenzarían a preguntarse, como lo haría yo después, qué demonios estábamos haciendo ahí, chupando frío a las tres de la mañana como pavotes, a metros de la Chacarita, persiguiendo fantasmas en la fría Noche de San Juan.

Patricio Guillermo Bazán es un escritor e ilustrador argentino nacido en 1965. Entre sus obras de ficción inéditas se incluyen Panoplia (cuentos), la novela El tapado y el león, y varias obras de teatro. Ha publicado ficciones breves en todos los blogs del colectivo Heliconia y algunas de sus microficciones aparecieron en las antologías Grageas 3 y Cien páginas de amor, mientras que cuentos más extensos han sido seleccionados para Espacio austral (antología de cuentos de ficción especulativa chileno argentina) y Extremos, una compilación análoga, pero en este caso formada por ficciones de escritores de México y Argentina. Actualmente está un poco alejado de la literatura, mientras desarrolla su faceta actoral. 

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