viernes, 21 de noviembre de 2025

PICO DE RATING

Néstor Darío Figueiras

 

Aggarth Lam abrió los ojos con dificultad.

La holomem había finalizado. Fue consciente de ello con dolor, y la pena colmó otra vez sus sentidos embotados, como un regusto amargo. La oscuridad era completa, pero no le hacía falta luz para saber que todo seguía igual dentro de su lujosa habitación, que las cabezas disecadas, los trofeos de caza que adornaban las paredes, seguían clavándole su falsa mirada de cristal, contemplando su agonía. Una irónica revancha.

Aún era fresca la visión de las densas tinieblas donde había yacido, aún podía sentir vagos residuos de la cálida paz que reinaba –lo había comprobado una y otra vez– bajo el fango nauseabundo de Estigia.

Con la punta de la lengua tocó los odontopads 11 y 21, implantados en sus incisivos superiores, y uno de los múltiples brazos de su camastro-robot retiró de su médula espinal el dendrax, ya vacío de experiencias.

Entonces lloró. Lo hizo con la rabia de no poder evitar llorar cada vez que volvía a la realidad. Todavía no había aprendido a dominar la secreción de sus glándulas lagrimales. Duchanonn insistía con frecuencia en ese punto: mientras más autocontrol ejerciera sobre su cuerpo –o sobre lo que quedaba de él– mayor autonomía tendría y más beneficio podría sacar de los trastos millonarios que lo asistían en cada acto mínimo y cotidiano. Él podía ejecutar la mayoría de los comandos que gobernaban su habitación robotizada, aunque ésta, de alguna manera razonable, también podía funcionar en modo automático.

El accidente había ocurrido hacía poco más de diez Años Estándar. Todos, incluso él mismo, aludían al suceso como «el accidente». Pero el término resultaba un pobre eufemismo para describir una verdadera masacre: la múltiple mordida de un pejesapo tricéfalo de unos tres o cuatro metros de altura. Había ocurrido en Tizalonia, en la época en la que los planetólogos solicitaban los servicios de los cazadores; cuando todavía la conquista de un nuevo y salvaje mundo como ése tenía el agridulce sabor de la aventura y dependía del valor de los pioneros, y no de los batallones de cabrones supersoldados.

Durante esos viejos y buenos tiempos él había sido famoso en todas las ciudades viciadas de Madretierra, y muchas mujeres hermosas habían rivalizado por pasar una noche en su cama.

Aunque, en verdad, seguía siendo famoso. Lo era más ahora que entonces.

El tullido más famoso, se dijo.

Pero el accidente no le había deparado la misma suerte en lo tocante al sexo. Sus genitales se habían disuelto en los jugos gástricos del pejesapo, y su lecho actual no admitía compañía de ningún tipo.

Su lengua rozó el odontopad 34 –situado en el primer premolar izquierdo inferior– y las persianas se abrieron, dejando pasar la luz halógena que alumbraba el parque del caserón de estilo colonial. Supo entonces que era de noche.

Cuando presionó el odontopad 18 –último molar derecho superior–, se encendieron las luces del cuarto. Frotó con las papilas linguales el velo del paladar y el brillo cegador disminuyó hasta la intensidad deseada. Parpadeó tres veces y se desplegó el plasmóptico, que onduló sobre su cabeza. Echó una mirada al rating sin prestarle mucha atención. El gráfico de barras seguía coronando a Cazador Cazado, su transmisión multisens, aunque Comunión Sex y Desahuciados la seguían de cerca. De cualquier modo, eso era preocupación de Pavlovsky.

La pantalla bombardeó el cuarto en penumbras con las imágenes paganas de Neura y de las otras redes, misceláneas promiscuas cuyo fulgor lastimó sus ojos. Añoró las tinieblas de los sepulcros que lo envolvían cada vez que se enhebraba. Volvió a pestañear, y el plasmóptico se esfumó.

Por enésima vez, miró a los ojos a los trofeos de caza que atestaban las paredes. Sus presas, perseguidas y finalmente atrapadas en mundos inhóspitos, le miraban con ferocidad, como si continuaran luchando por su vida. Esas cabezas multiformes y policromas de bestias alienígenas vigilaban su eterna convalecencia.

Si alguno de ustedes reviviera, furioso y salvaje, y acabara de una vez con esto…

Ninguna combinación de comandos a su alcance le servía para suicidarse. Pavlovsky y su comitiva de adefesios obsecuentes jamás permitirían tal despropósito. Él era la gallina de los huevos de oro. Su seguridad era la prioridad número uno. Hasta Duchanonn, el técnico que supervisaba el funcionamiento de los delicados mecanismos cibernéticos de la costosa habitación, había tenido que firmar un contrato millonario. Cada semana, el pobre viejo era desnudado e inspeccionado de cabo a rabo por los guardias que custodiaban la casona. Lo examinaban con diferentes tipos de detectores, lo entrevistaban psicólogos y sólo Dios sabía cuántos vejámenes más debía soportar para poder entrar al cuarto.

Pero los cancerberos no habían descubierto el destornillador hueco de Duchanonn. Semana a semana, el técnico le traía un obsequio clandestino: un dendrax repleto de holomemorias, de suculentas vivencias ajenas. Él mismo le clavaba en la espalda la diminuta aguja opalescente que hendía sus nervios para inocularle algunas horas de felicidad.

Al principio eran simples holomems sex. Aggarth extrañaba con intensidad las punzantes sensaciones de su vida licenciosa. Decenas de mujeres fantásticas –más bellas y fogosas que las que había seducido antes del accidente– cabalgaron sobre sus sentidos enhebrados. Aunque no siempre la interfaz era por completo satisfactoria: donde no había un brazo, donde una pierna faltaba, la holomem se desdibujaba, y la ilusión se desvanecía. Duchanonn había tenido que pagar a un especialista –un adolescente brillante, nihilista y bipolar, uno de los tantos tecnocriminales que quitaban el sueño a la Polizei del Directorio de Madretierra– para que sintetizara las sensaciones de erección y eyaculación. Esas primeras holomems le habían costado muy caras. Pero Duchanonn se había apiadado del tullido. La misericordia –y la transferencia de una generosa parte de la fortuna del cazador a su cuenta– bastaron para que se tomara tantas molestias.

Sin embargo los antojos de Aggarth se fueron tornando cada vez más sofisticados; y las posibilidades de satisfacerlos, más remotas. Ya ni siquiera se contentaba con un montón de putas encorvándose sobre él. De la autocompasión había pasado al odio extremo. Había empezado a mostrar severos síntomas de depresión aguda, y los primeros rasgos de su nuevo perfil suicida no tardaron en aparecer. ¿Quién quería ser una especie de héroe, un ejemplo de tenacidad y deseos de vivir? No él. No deseaba seguir vivo. Maldecía cada mañana al reventado pejesapo tizalonio, y a su costumbre perversa de empapar a sus presas con esa saliva cuajada que las mantenía vivas para los tiempos de hambruna. Así lo habían hallado, destrozado y momificado, pero vivo de milagro. Y la noticia había causado sensación. Pavlovsky y su séquito no tardaron en descubrir el negocio fabuloso que representaba. Ser el protagonista de una de las transmisiones multisens favoritas del público ya no lo entusiasmaba tanto como al comienzo.

¿Qué clase de imbéciles quiere experimentar lo que siento? Por Dios. Todos desean saber qué significa ser un pedazo de carne inmóvil, sentirse como un maldito hongo… Es fácil, si luego que te desconectas vuelves a tener tus dos brazos y tus dos piernas, y las bolas te siguen colgando entre ellas…

Aggarth empezó a pedirle a Duchanonn holomems post mortem. Era la única manera de morirse que tenía a su alcance. De a ratos. Jodido, dijo el técnico. Demasiado peligroso. Pero no imposible. La guerra perpetua era una fuente inagotable de cuanto pudiera imaginarse. Bastaba con saber dónde y cómo buscar, y cualquier cosa podía encontrarse. El técnico logró comerciar con traficantes que exhumaban chips holomnemónicos escarbando en el asteroide Estigia, el camposanto universal. Esas holomems eran las que necesitaba; las evocaciones de cadáveres putrefactos que podían recabar las sensaciones de la muerte gracias a sus imperecederas neuroplacas. Ninguno de los cibérfilos, cuyos cuerpos se deshacían bajo el azulino barro fermentado, habría podido imaginar que los chips que se habían hecho empotrar en vida seguirían azuzando sus sentidos en la sepultura, ya débiles y amortiguados, pero avivados con una punzada morosa, eterna y sorda. Esta especie de muerte intermitente estaba salpicada de flashbacks cuya única banda de sonido era el raspar crepitante de los cristales catalizadores de abono que no dejaban de nevar sobre los sepulcros comunales.

Gracias a esos resistentes chips, los enhebrados podían experimentar el crecimiento subterráneo de las uñas y del cabello, que persistían en el vano hábito de lo vivo; o la percepción de gusanos royéndoles el vientre mohoso a los cadáveres…

El asunto podría haber llevado a Duchanonn a la prisión: la Polizei perseguía encarnizadamente ese tipo de contrabando. Pero un ángel guardián parecía velar por los caprichos del tullido. Al parecer, el mismo que evitaba que los guardias de la casona detectaran el compartimiento oculto en el destornillador.

Y así el cazador cazado moría cada semana, para terminar retornando a su miserable existencia luego de unas pocas horas de paz.

El rating estallaba. El desesperado deseo de morir de Aggarth Lam era mucho más irresistible que la experiencia multisens de estar dentro de su cuerpo desmembrado, al que sustentaban máquinas infatigables. Los fieles seguidores de Cazador Cazado comprobaron que conectarse a él para experimentar la ilusión de ser un cadáver y luego resucitar era algo infinitamente más seductor que sentir picazón en un pie que ya no estaba, y no poder rascarse. Saborear su aguda desesperación y su frustración hacía que muchos comenzaran a reírse de sus tragedias personales. Algunos se compadecían del cazador desgraciado, del personaje legendario que había contribuido con tanto valor a la expansión de Madretierra y pedían para él una muerte clemente, el fin de su tortuosa existencia. Cientos de millones se pronunciaron a favor o en contra de esta alternativa, a través de encuestas multitudinarias que bullían en Neura y en las demás redes. Tizalonia, devenido en una atracción turística, se aprestaba a recibir cada año a las numerosas retronaves colmadas de excursionistas que querían contemplar a los monstruosos pejesapos tricéfalos desovando en el lodo.

Ajeno al fenómeno del cual era el epicentro, Aggarth se encerró en sí mismo, donde nadie pudiera darle alcance. Llegaría lo más cerca de la muerte que pudiera, hundiéndose en su propio seno oscuro y solitario. Cuando el dendrax se vaciaba, caía en una especie de trance soporífero. Sólo balbuceaba en presencia de Duchanonn, para suplicarle que lo desenchufara, que lo ahogara con una almohada, que le friera los malditos nervios. Que hiciera algo, por el amor de Dios.

Un día, mientras Aggarth deliraba sin cesar, el técnico decidió no enhebrarlo más.

Y entonces, los fans que se conectaban a la adictiva angustia del héroe descubrieron maravillados el tema recurrente que inundaba los sueños de su conciencia vegetante. Una vez fue la embestida de una manada de paquidermos rojizos cuya trompa era rematada por una garra de filosos espolones. Luego, una pareja de basiliscos tricornios de Morthunah lo destrozó. En otra ocasión, una furiosa mantis alada le quitó la vida sobre una de las interminables mesetas laskonianas.

El cazador soñaba con su muerte una y otra vez. Una muerte violenta, sanguinaria con fruición. Y un clamor de misericordia empezó a escucharse en todas las ciudades de Madretierra, y en las colonias. Pavlovsky y su comparsa tuvieron que aceptar que la gallina estaba empollando el último huevo dorado. Era la hora del fin.

Cierta mañana, Duchanonn despertó a Aggarth.

—Cazador, cazador. Despierta. Hoy es tu día —le palmeó las mejillas con suavidad—. ¡Despierta!

—¿Humm? Ah, Duchanonn, por favor, por favor. Desenchufa toda esta mierda… —El tullido entreabrió los ojos vidriosos, emergiendo del letargo.

—Tengo algo mejor que eso, cazador. Mira.

—¿Qué…? ¿Dónde…?

—Mira al frente. Las bestias —La pared, ataviada de cabezas inhumanas, empezó a crujir.

—Las bestias.

—¡Vienen por ti! —La mampostería empezó a rajarse en torno de los cogotes fibrosos. Las bolitas de cristal empezaron a moverse nerviosas en las cuencas, algunas inyectándose de sangre, otras destellando como faros.

—Sí. Vienen.

Unas alas nervudas se desplegaron, cuernos y colmillos relucieron, las lenguas chasquearon como látigos. Las crines se erizaron, las agallas se dilataron, las escamas se crisparon. El caserón tembló bajo la estampida de las fieras revividas. El terror y la furia llameaban en todas las miradas resucitadas, las monoculares, las múltiples, las facetadas.

Aggarth volvió a los viejos y buenos tiempos. Hasta pudo sentir el olor a pólvora y a ozono de las armas. Se preparó para el golpe final. Gritó.

—¡Sí, malditas! ¡Vengan…!

Y las bestias lo aplastaron, y mordieron y laceraron y desgarraron, y envenenaron y quemaron con el fuego de alientos infernales. Por último, lo decapitaron.

 

Duchanonn retiró el dendrax vacío, mientras los enfermeros abrían la bolsa donde depositarían el cadáver.

—¡Maravilloso, espléndido trabajo el de ese jovencito, Duchanonn! ¿De dónde lo has sacado? —Pavlovsky hablaba sin dejar de mirar su plasmóptico portátil, que revoloteaba en torno de ambos—. ¡Por la Madre! ¡Es un pico de rating, viejo, el más elevado de la historia! ¡Maravilloso y espléndido, querido Duchanonn!

—Sí, ese muchacho es un verdadero descubrimiento. Lástima que sea tan inestable…

—Los de su calaña lo son. Casi siempre padecen de trastornos graves. Pero éste es brillante… —Hizo un gesto a una de sus sumisas damas de compañía—. ¿Tu nombre…?

—Patiño, Luka Patiño, señor Pavlovsky.

—Patiñolukapatiño, contrata a ese jovencito. Jornal mínimo. Sin beneficios extras. Que un médico revise sus nervios, debe ser un enhebrado de los peores. ¡Sintetiza holomems! Pónganlo a perfeccionar las emisiones de Comunión Sex. Si la melindrosa de Klaudia Vorak no quiere hacerlo con un supersoldado, que nuestro muchachito sintetice al engendro. O mejor, que la sintetice a ella. Que le haga tetas más grandes y le mejore las piernas. Y ya que está, que la haga aparecer más atrevida con el supersoldado que una ninfómana dentro de un vestidor masculino. ¡Millones de mujeres están pidiéndolo en las encuestas! Quieren saber cómo es tener sexo con los vástagos de la Madre… Ah, y vigílenlo de cerca: alguien con una habilidad tan grande siempre es peligroso. ¡Vamos, vamos, Patiñolukapatiño! ¿Qué esperas? —Mientras Patiño corría, él volvió a dirigirse a Duchanonn, sin despegar sus ojos del plasmóptico—. Aprende Duchanonn, puesto que ahora estás en el mundo del espectáculo: lo que te hace crecer en este negocio es la diligencia. Los empleaduchos nunca entienden esto.

—¿Y la Polizei? ¿No querrá detener a tu nuevo talento?

—¿La Polizei? ¡Ja! ¡La Polizei! Me harán esa pregunta hasta que me arrojen al limo de Estigia, por la Madre… Querido Duchanonn, aquí va la segunda lección: el gobierno nunca interfiere con las prioridades del espectáculo. De otro modo ya estarías encerrado… Grábate esto: la Polizei sólo está para servir a Neura y las otras redes. ¿No es maravilloso? Sí, lo es. Maravilloso y espléndido.

 

La retronave funeraria se impulsó en el revés del continuo hasta Estigia, el asteroide-necrópolis. Sobrevoló el lodazal que escupía fuegos fatuos y géiseres. Entre cientos de miles de bolsas, Aggarth Lam fue arrojado a sus bienamadas tinieblas.

Como rindiendo honores póstumos, una nave-robot soltó una lluvia de cristales fermentantes, que arreció sobre el fangal infinito.


Néstor Darío Figueiras nació en Buenos Aires, Argentina, en 1973. Es escritor, músico, productor musical e ilustrador. Profesa su fe como cristiano evangélico. Su producción literaria se enmarca principalmente dentro del género de la ciencia ficción, aunque también ha escrito obras de terror y fantasía. Ha publicado cuentos, entre otras, en las antologías Los rostros y las tramas (2005) Historia alternativa (2005), Tricentenario (2102), Umbrales y Crepúsculos (2015), Espacio austral (2016), WhiteStar (2016), Latinoamérica en breve (2016), Extremos (2017) y en las revistas Ópera Galáctica, Sensación, Próxima y Catarsi. Fue traducido al francés, catalán, italiano, húngaro y griego. Sus cuentos pueden leerse en publicaciones digitales tales como Necronomicrón, Axxon, NGC 3660, NM, Aurora Bitzine, Alfa Eridiani, miNatura, Crónicas de la Forja. Ha recibido menciones en numerosos concursos, como en la primera ConSur, organizada por el CACyF, dónde ganó una mención de honor con el relato “Organicasa”. Ha publicado dos antologías de cuentos, El cerrojo del mundo está en Butteler (2016), Capricho #43 (2017), Playlist (2022). Plenaluz/Entreluz (Ayarmanot, 2021) fue su primera novela: un libro doble, espejado, un artefacto que reúne narrativa, poesía, música e ilustraciones.

jueves, 20 de noviembre de 2025

EL BICHO

Lidia Nicolai

 

Cuando el dentista me sacó aquella muela del infierno, yo contaba treinta y cinco años, estaba casado, no tenía hijos, era enfermero y trabajaba en un laboratorio de análisis clínicos. Es decir, era una persona común, con una vida metódica y feliz.

Pero a partir de ese día mi tranquila vida cambió bruscamente. Me vi envuelto en una situación extraordinaria que me provocó no sólo dolor físico sino también un gran desasosiego. Y la padecí en la más estricta soledad: los médicos, y hasta mi propia mujer, nunca aceptaron que lo mío fuera un caso prodigioso, todos prefirieron echarle la culpa a la fantasía o al estrés, cuando no a la locura.  

 

Cierta mañana desperté con un fuerte dolor de muelas. Llamé al doctor Gutiérrez, mi dentista de los últimos diez años, y me hizo un lugarcito en su apretada agenda de ese mismo día.

Justo cuando yo entraba en el consultorio, salía un hombre agarrándose la cara. Tenía la mejilla hinchada, y en su expresión había algo que demoré en descifrar: era un gesto de dolor y, a la vez, de inmensa alegría. Mientras me sentaba en el sillón del consultorio, le comenté al doctor lo del gesto ambiguo de su paciente.

—Es que se fue muy aliviado —me dijo—. ¡Usted no sabe cómo llegó! Hacía tiempo que yo no veía encías tan inflamadas.

Gutiérrez siguió hablando del paciente anterior y, al mismo tiempo, con movimientos precisos me colocó el delantal de plomo sobre el cuerpo, luego la pequeña placa radiográfica en la boca indicándome que la sostuviera con el dedo índice, y finalmente el aparato de rayos casi tocando mi mejilla.

Minutos después, mientras miraba la placa al trasluz, me dijo muy serio: 

―Vamos a tener que extraer esta muela. La raíz se partió. Mire, acá se ve muy bien.

Era lo que yo había temido.

—¿Quiere que hagamos la extracción ahora mismo? —agregó.

Sabía que Gutiérrez no era amigo de sacar piezas dentales a menos que fuese necesario y, aunque sufrí un extraño escalofrío, le contesté que sí.

—¿Sabe, doctor? —le dije, y contuve las náuseas—, por primera vez desde que lo conozco me da un poco de miedo sacarme la muela.

El doctor me palmeó el hombro y se rio de forma tan contagiosa que también me reí, y me relajé. Sin embargo, el miedo no es zonzo, como decía mi madre. Pero eso, claro, lo recordé más tarde.

Gutiérrez me dio la espalda y se puso a preparar el instrumental para la extracción. Mis ojos vagaron por el consultorio y se detuvieron en un punto cercano a mi mano izquierda, sobre la mesita móvil de mármol blanco, esa que soporta la pileta metálica y la cánula aspiradora. Ahí –lo descubrí porque soy muy observador y mi vista es muy buena–, un insecto del tamaño de un piojo movía las alas. Me incorporé en el sillón para verlo de cerca y saltó sobre la lámpara que yo tenía frente a la cara. Los ojos rojos, iridiscentes, se destacaban sobre el magnífico verde esmeralda del resto del cuerpo.

El doctor se volvió –la jeringa lista apuntando al techo– para echarme una mirada interrogativa, y estuve tentado de señalarle el insecto, pero me distraje: los ojos del bicho me miraban fijo. Vi la pinza en la mano del doctor y, casi de inmediato, la muela ensangrentada sujeta por la misma pinza brilló frente a su cara triunfante. Busqué al bicho con la mirada. Ya no estaba sobre la lámpara.

¡Todo había sucedido tan rápido! La boca abierta, la pinza adentro, el bicho que ya no estaba sobre la lámpara… ¿Habría entrado en mi boca montado sobre la pinza?

─¿Quiere llevarlo?

─¿Qué?

—Al molar. —El doctor era todo sonrisa—. Le pregunto si se lo quiere llevar de recuerdo.

La perplejidad me dominaba, no por la pregunta que no era nueva, sino porque no veía al bicho por ninguna parte.

—Muerda. Mantenga la gasa apretada por media hora —me ordenó el doctor, y yo ni cuenta me había dado de la gasa: un dolor suave pero punzante en el lugar de la herida había capturado por completo mi atención.

—Siento un pinchacito —dije.

—Es raro, aún está anestesiado. —El doctor debe de haber percibido mi inquietud, porque enseguida agregó—: No se preocupe, todo está muy bien. A pesar de que la raíz estaba partida pude sacarla de un solo tirón.

Él se rio, y yo me reí sólo para no desentonar: estaba muy lejos de sentirme alegre.

—No coma nada sólido por el día de hoy, por favor. Mañana, comida normal. Si le duele, tome uno de estos comprimidos. Sólo si le duele.

—¿Antibiótico?

—No, no es necesario.

Mientras el doctor me hablaba yo tocaba con la lengua la gasa empapada en sangre, y la leve inquietud inicial iba tomando una fuerza inusitada.

—Creo —dije sin pensar— que un bicho entró en mi boca con la pinza, doctor.

—¿Cómo dice? No lo dirá en serio: usted mismo vio que saqué el instrumental de la autoclave. Todo perfectamente esterilizado.

Me dio vergüenza, pero mi lengua no la tomó en consideración. 

—El bicho primero estaba acá, sobre la mesita de mármol, saltó a la lámpara y después a la pinza. No me animé a decírselo, doctor, pero… ahora lo tengo adentro. Estoy seguro.

Entonces Gutiérrez me echó una mirada que no le conocía: se había dado cuenta de que le hablaba muy en serio. Después se puso a acomodar el instrumental. Y yo, en el sillón, aún con el babero amarillo puesto, seguía tocando con la lengua la gasa ensangrentada. La hubiera escupido de buena gana pero me acobardé. En ese momento el dentista pasó a ser un extraño alto, de pelo canoso, que me daba la espalda. Después, en silencio, me quitó el babero y apretó el pedal que baja el sillón. Las manos ligeramente temblorosas del doctor me alertaron sobre su nerviosismo.

—Usted no me cree —dije.                              

—No —me dijo, y en la dureza helada de su mirada entreví la ofensa que mis palabras le habían infligido—. No entiendo a qué viene lo del bicho sobre la pinza. Todo está bien, no piense en cosas raras. Ahora le voy a dar este antibiótico —y me extendió dos cajitas de muestras gratis—, aunque no es necesario, se lo doy para que se sienta más tranquilo. No quiero que se vaya con la idea de que alguna bacteria y menos un bicho se metió en la herida.

Salí del consultorio y la luz del sol me golpeó los ojos, pero no fue suficiente para iluminar las lóbregas catacumbas mentales en las que me encontraba. En esa atmósfera pegajosa de irrealidad, que transformaba las caras de los transeúntes en las de otro planeta, caminé sin conciencia, obsesionado con el aguijoneo de la mandíbula. Luego de un rato, me sorprendí sentado en el subte de regreso a casa. Otra vez en la calle, entré en el primer bar. Pedí agua mineral, tomé el antibiótico y también el analgésico, por las dudas.  Si el bicho estaba dentro de mí como suponía, tal vez el antibiótico lo matara. Los pinchacitos habían aparecido en el momento en que el doctor me mostró la muela, y ese hecho estaba volviéndome loco. Sólo cabía pensar en dos alternativas: que los pinchazos se debieran a la extracción –opción por la que todo el mundo se inclinaría en los días siguientes– o que fueran producidos por las patas uñosas del insecto dentro de mi mandíbula. Yo me inclinaba por la segunda posibilidad. Desde el vamos –cuando lo vi saltar de la mesita a la lámpara– yo había desconfiado: intuí que era dañino. Claro que, como  observaría más tarde  mi mujer (debo reconocer que no sin falta de sentido común), un insecto tan diminuto bien podría haber volado a cualquier parte del consultorio fuera de mi campo visual, o sea que yo podría estar elucubrando una historia sobre una base muy endeble: no haberlo localizado después de la extracción.  Mientras tomaba agua pensaba todo esto y, transcurrida media hora, me di cuenta de que el antibiótico no surtía efecto alguno y unos aguijonazos espantosos me hacían doler la garganta con cada sorbo.

 

Cuando llegué a casa, abrí bien la boca frente al espejo del baño. No pude ver nada: el dolor venía de más adentro. Le conté lo sucedido a mi esposa.  “Las puntadas son tan urticantes que es como si la punta de un cuchillo golpeteara acompasadamente en lo más profundo de mi garganta”, le dije. Pero ella –a pesar de que me conoce bien y sabe que yo no soy de inventar– se limitó a mirarme con indiferencia y preferí no discutir, porque también la conozco bien: persistir en mi postura sólo hubiera alimentado lo que evidentemente era una muestra más de gozosa maldad femenina.

Al día siguiente consulté con un otorrinolaringólogo. El hombre, que podría haber sido mi abuelo, me habló con amabilidad condescendiente, como se hace con los chicos que no quieren entender: yo no tenía nada en la garganta, era preciso que me quitara de la cabeza la idea de que un insecto hubiera entrado por mi muela, debía tranquilizarme. Me recomendó a un psiquiatra amigo: me recetaría algún medicamento y podría descansar bien.

Con el transcurrir de los días el bicho fue bajando por mi cuello. ¿Y si iba a parar al corazón? ¡Quién sabe qué estropicio podría hacer allí! El miedo a morirme alcanzó tal intensidad que fui al  psiquiatra por propia decisión: me era imposible vivir en ese estado de ansiedad. El psiquiatra me escuchó con viva atención y luego, coincidiendo con el dentista y con el otorrino, opinó que sólo eran ideas mías, sin ningún asidero, posiblemente producto del estrés laboral. Me recetó un ansiolítico para el día y un inductor del sueño para la noche. 

Cuando el bicho llegó al estómago los dolores se hicieron ardientes. El muy perverso parecía divertirse arañando las paredes mucosas. Visité a un gastroenterólogo y, por lo menos en este caso, a diferencia de los demás, este médico me indicó varios estudios: una radiografía seriada, una endoscopía (me pareció lo más importante, tal vez se detectara al insecto) y una tomografía.

Cuando fui a verlo por segunda vez,  los informes con los resultados cubrían el escritorio.

—Amigo, quédese tranquilo, usted está más sano que yo. Lo que le sucede es que concentra sus nervios en el estómago.

Estas fueron sus únicas palabras. Antes que lo mencionara él, le informé yo que el psiquiatra ya me había recetado algo para los nervios.

Le di la mano y me fui.

Mi vida empeoraba de manera insidiosa.  ¡Qué ingenuo había sido al esperar algún tipo de comprensión por parte de mis compañeros de trabajo! Me miraban raro y me seguían la corriente, como se hace con los locos. Se limitaban a repetir lo mismo que yo decía  y a quejarse de la inoperancia de los profesionales que había consultado. Nada más ajeno a sus formas de ser. Intentar explicarles algo más, sólo hubiera servido para aumentar mi ya opresivo sentimiento de soledad.

 

Una mañana desperté sobresaltado. Me dolía mucho el pie izquierdo. Durante la ducha sentí cierto alivio, pero la uña del dedo gordo estaba amoratada. Busqué en vano en mi memoria: en ningún momento me había golpeado el pie. Después de todo, al podólogo aún no había ido: pedí turno. El dolor era tan intenso que a duras penas podía caminar. 

El podólogo trató mi dedo con mucha delicadeza; sin embargo, aunque le puso una pomada analgésica, el dolor no menguó. Me dijo:

—Aquí hay algo poco común.                                                          

Me incliné y vi que la punta del dedo parecía latir.

—Algo se mueve acá.

—Es el bicho —dije sin querer, y se me llenaron los ojos de lágrimas.

El podólogo me dedicó una sonrisa escéptica y siguió con el pie en la mano, tocando la zona que se movía.

—Voy a drenar ese absceso. Le va a aliviar el dolor.

Tomó mi dedo como si fuera un tornillo al que hay que enroscar y lo retorció para un lado y para el otro untándolo con una crema anestésica. Después lo pinchó con una aguja fina que tenía un pequeño catéter. El chorro de sangre salió como un chispazo hacia el ojo del podólogo. 

—¿Qué pasó? —atinó a exclamar masajeándose el párpado.

—No vi nada —mentí.

—Disculpe —dijo con la cara contraída por el dolor—, voy a asearme, algo se me metió en el ojo. Por favor, usted quédese quieto acá, el drenaje no terminó.

El podólogo desapareció por una puerta. De un tirón me desprendí de la cánula y me calcé la media. Aunque el zapato era plomo apretando el dedo, salí corriendo ante la mirada azorada de la secretaria. 

Lidia Nicolai nació en Buenos Aires el 3 de setiembre de 1951. Se formó en las escuelas y la universidad públicas de Argentina, obteniendo las licenciaturas en Física y en Psicología de la UBA. Escribe y pinta. Es autora de artículos científicos y de divulgación en Física y en Psicología. Fue docente de universidades públicas y privadas e investigadora de la CNEA y La UBA. Como escritora publicó cuentos en diversas antologías, recibió menciones y premios en concursos literarios nacionales y de España. Participó y participa en grupos literarios. Reside en Buenos Aires. Este cuento recibió el Primer Premio en el Concurso V Aniversario de la SADE, Delegación Bernal Quilmes, 2010.

 

LUCÍA EN EL BALCÓN

Gabriela Vilardo

 

Sí, es él. Debería acorralarlo contra la ventanilla. Tengo esa inoportuna sensación de que este hombre se me va a escapar. El cuerpo muerto de Lucía, en el balcón del departamento B; y su asesino, aquí. Sí, es él. Estoy segura. Es él. O casi segura. Su forma de pararse, de mirar de soslayo. Ya no hay dudas. Viene hacia donde estoy. Acaba de sentarse delante de mí. Nuca ancha, sanguínea; en su cuello rapado y rollizo la sangre parece amontonarse de forma caprichosa. Y yo, como si nada. No debería estar como si nada. Y estoy. Sí, estoy así, en este asiento del colectivo 105. Sólo ruego que el hombre no se mueva demasiado. Usa perfume barato y me da mucho asco ese olor.

Dos de la tarde. El 105, a las siete de la mañana es un caos: gente apretada, irritable, desconfiada; pero a esta hora una puede acomodarse a gusto y placer. Y un eventual homicida, también. Es siniestra esta soledad junto a él, detrás de él. Me muero por preguntarle por qué lo hizo: si venganza, si confusión… ay, si conociera la posible reacción de este hombre, no dudaría ni un instante más en sacarme esas dudas. ¿Tendrá él, algo más importante que hacer a esta hora y en este lugar, aparte de matar a Lucía y dejarla tirada en un balcón? Al menos, la hubiese arrastrado hacia adentro. Al menos hubiese borrado los rastros. De haberlo visto en el ascensor no hubiese sospechado de él. Sin embargo, acá y a esta hora, sí. Creo que va dormitando. Cabecea. Singular forma de evitar las miradas. Otra vez ese perfume que va y viene. Ahora sube gente que ocupa el pasillo. ¿Adónde van esas personas a las dos de la tarde? Y este pasajero ni se inmuta ante las miradas acusadoras. Como si él no se hubiese manchado las manos con sangre. ¿Qué lo unía a Lucía? ¿Qué extrañas razones lo obligaron a satisfacer esa necesidad interna, tan suya, para dejarla sin vida? Allá quedó Lucía, en el balcón. Un racimo de flores azul violácea le acaricia el rostro. Es el jacarandá que florece en primavera y se roza inevitablemente con la muerte; recuesta sus ramas sobre el cuerpo de la joven, pero no impide que yo la vea desde mi balcón. El suyo no tiene pendiente hacia ningún lado, y entonces, la sangre no chorrea. La sangre, amontonada como para dar credibilidad al hecho. Lucía inmóvil, ya sin sueños. Nefasto cuadro. Nefasto mi comportamiento, sin capacidad de asombro. Y ahora estoy acá, en el asiento de este colectivo encontrando al asesino de Lucía. Sí. Es él. Duda disipada. El pasajero se inclina hacia abajo y levanta su paraguas. El cielo, sin nubes. No hay indicio de próximas lluvias ni de probables tormentas. ¿Adónde va el pasajero? ¿Por cuánto tiempo piensa desaparecer? Lo tengo tan a mano que no sé si voy a poder resistir la tentación de increparlo. ¿Por qué uno tiene que transitar por estos momentos? ¿Hay necesidad? De verdad, ¿hay necesidad? La respuesta es obvia; de otro modo, no estaría ahora pidiendo permiso para bajar del colectivo detrás del hombre que lleva piloto, paraguas negro y un maletín deteriorado. En el maletín… en el maletín ¿qué? No lo sé. Bajamos casi a la par. Avenida Vélez Sarsfield. El colectivo se aleja dejándome con la responsabilidad de demostrar que Lucía va a tener quien la vengue. No ha pasado tanto tiempo desde su deceso. Todavía puedo hacer justicia por ella. Avenida Vélez Sarsfield. Nosotros, acá. Lucía, tirada en el balcón. La muerte ya no es un puñado de letras. Y el hombre ya no es un pasajero. Apura el paso. Se torna casi una certeza la urgencia que tiene para hacer algo distinto. Seguramente entrará a la casa de afinación de pianos. Se me aceleran los latidos del corazón y tengo miedo. No sé si voy a poder caminar entre pianos viejos detrás de quien ha dejado de ser un pasajero del 105. La casa de afinación es un lugar más que original para que un asesino distraiga la atención de quien ose seguir sus pasos.

Todavía no entramos a ese lugar y ya me está faltando el aire. Él apura el paso. Yo también. Tropiezo. No quiero perderlo de vista. El calor… ¿será el calor que me impide respirar bien? El calor o está sensación de claustrofobia por adelantado, de sólo pensar que entraremos a un mundo húmedo y silenciado. Finalmente, el destino del hombre no es la casa de afinación de pianos. Va al encuentro de una anciana. Apoya el maletín en la vereda y la abraza. La abraza largamente.

No, he decidido entonces que este pasajero no es el victimario. Volveré a la parada del 105. Subiré y bajaré del colectivo cuantas veces sea necesario. Y si la situación lo requiere, terminaré el recorrido hasta encontrar al asesino de la pobre Lucía.

Lucía sigue en el balcón. Ignoro todavía quién la mató. Aún no entiendo por qué Lucía no huele las flores del jacarandá o por qué no saluda a alguien que viene a su encuentro. Podría haber llamado la atención de otra forma. Podría haber levantado las manos hacia el cielo y sonreír. No, está muerta en el balcón. Debí haber imaginado de antemano un asesino para Lucía si es que quería escribir un cuento policial. A la vista, el 105. En el 105, seguramente un pasajero. De no encontrar al culpable, esta noche no saldré al balcón.

Gabriela Vilardo es profesora en psicopedagogía, artista plástica y escritora. Nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, en 1964. Ejerció la docencia desde el año 1989 hasta el 2016. Dictó talleres de creatividad y de apoyo a docentes. Obtuvo reconocimientos nacionales e internacionales por sus cuentos y microrrelatos, algunos de los cuales formaron parte de antologías. Publicó tres novelas juveniles: El misterio de Don Anselmo (2005) Rosendo, un esclavo en la Revolución de Mayo (2010) y Del revés (2018) En el año 2015 publicó Ausente de mí, novela que escribió con Alejandra Guallart Becerra. En el año 2018 presentó la novela De entrecasa y en 2023 SISA (novela histórica).

 

DAN GANAS DE MATAR

Sandro Centurión

 

Estoy seguro de que usted es un tipo tranquilo, igual que yo. Es un ser racional y emocionalmente abierto. Le gusta la mayoría de las cosas que le gustan a todo el mundo, bailar, estar con amigos, beber una cerveza, comer un asado, jugar al fútbol. Son pocas las cosas que no le agradan. Sin embargo, al igual que a mí, de vez en cuando le dan ganas de matar, de destruir al prójimo. Ganas de mandar todo al mismísimo demonio, ganas de convertirse por un rato en el Sr. Hyde, ganas de dejarse llevar hasta las últimas consecuencias por la fiera que duerme dentro de su cabeza. Ganas de hacer desaparecer en ácido sulfúrico la humanidad del primero que se cruce en el camino o arrojarlo a un horno de hierro fundido y luego escupir sus cenizas. Ganas que, por el bien de la civilización, han sido reprimidas en lo más hondo de la moral durante generaciones. Sentimientos primigenios, instinto puro, necesidad terrible e incontrolable, ganas de matar. No se trata de sed de venganza o justicia anónima contra la cruel sociedad; tampoco es un trastorno psicológico o un estado de emoción violenta, porque usted, al igual que yo, es un tipo sano y honesto. Sin embargo, usted sabe que cualquier minucia podría encender la mecha de la ira y entonces sentiría esa necesidad asesina que cada tanto se apodera de su alma.

Su control emocional, al igual que el mío, pende de un hilo muy pero muy delgado, por nada en especial, sólo porque así son las cosas, y para qué complicarse con explicaciones que a esta altura del partido no ayudan en nada. Digamos que un día usted quiere encender el auto y éste se niega a arrancar. Es un auto usado, en el que ha gastado no poca plata para ponerlo a punto. Todo parece estar en su lugar pero sin embargo no arranca. Usted y yo sabemos que hay veces en que parece que las cosas están poseídas por el mismísimo demonio. Y es como si se rieran en la cara de uno. Como si le dijeran "Jodéte, me cansé de ser tu esclavo, mamífero inútil". Entonces usted lo deja, paciente y acostumbrado a no hacer nada cuando no hay nada que hacer, se sienta en su sillón favorito en el living o en el patio a pensar mientras espera que todo se arregle, pero nada se arregla. Hurga en sus bolsillos como si no terminara de convencerse de que al igual que yo está en bancarrota, porque usted está sin un peso, y con la tarjeta vencida. Porque es tan buen tipo que le ha prestado plata a medio mundo y nadie se ha acordado de devolverle el favor. Y ahora no tiene un peso. Y piensa, no para de pensar ni un instante. Y le duele la cabeza de tanto pensar y buscarle una solución al problema, que a esa altura del día ya es un problema porque el mediodía se acerca y algo hay que poner en la olla para el almuerzo, porque usted tiene que comer, quisiera no hacerlo pero su estómago, su mujer y alguno que otro hijo le recuerdan a cada instante que tiene que hacerlo. La televisión no lo relaja, la gente repite su hambre a gritos en la pantalla y se agarra a las trompadas con la policía. Y usted quisiera estar ahí y también descargar su bronca no importa si es uno más del montón del bando de descamisados o uno más del montón del bando de uniformados. Usted y yo sabemos que desde hace tiempo todo está patas para arriba. No, no tengo, repite usted de pie en la puerta ante la mirada incrédula de doña Rosa, la encargada de la pensión, que se empecina en llamar a la puerta exactamente cada una hora; la vieja es un reloj en cuenta regresiva. No se preocupe, le voy a pagar, dice usted con su mejor cara de lástima. La vieja solo lo mira con sus enormes ojos negros y se rasca la cabeza. Se queda ahí, parada, estática sin decir nada, sólo mira como sólo ella sabe mirar. Doña Rosa es una especialista en miradas. Luego, da media vuelta y se va. Usted y yo sabemos que es una vieja chusma y que muerta le sería más útil a la humanidad. Entonces usted escapa hacia la calle para no desquitarse con la pobre vieja. En su huida encuentra a Miguel, o a Juan o a José, para el caso da lo mismo, un amigo con quien suele jugar al fútbol los sábados a la tarde. Está comprando cigarrillos en un kiosco, lo saluda con su mejor cara y de buena manera usted le pregunta si tiene algo del dinero que le ha prestado. El otro se enoja, no puede creer que le esté reclamando dinero, a un amigo no se le hace eso, la plata va y viene, los amigos son para siempre, ¡Carajo! Y usted quiere decirle que en su caso la plata sólo va, nunca regresa, pero no lo dice, le pide disculpas por su atrevimiento. Se va casi avergonzado. Sabe, al igual que yo, que hay gente que tiene una extraña capacidad para hacer sentir mal a sus semejantes. De todas maneras anda un rato divagando. Se detiene en un banco de la plaza, busca su teléfono y piensa en llamar a alguien que le dé una mano pero se encuentra con que, primero, no tiene crédito para hacer la llamada y, segundo, no tiene a quién llamar. A quién pedir lo que tanto necesita: dinero. Regresa cabizbajo a su casa luego de un rato. Le duelen los hombros, el cuello, las piernas y el trasero; está exhausto y transpirado. No tolera más. Hace calor, como siempre, porque acá siempre hace calor y usted, como yo, odia el calor. Piensa, no deja de pensar ni un instante, se pasea de un lado a otro por la casa y le duele la cabeza de tanto pensar al pedo. El timbre de la puerta suena y usted lo siente como una alarma de incendio, y ojalá lo fuera y las llamas se devoraran todo de una buena vez. No atiende y deja que el timbre suene bajo el dedo impertérrito de doña Rosa. Porque usted sabe que es ella porque la vieja, como todas las desgracias, es insistente. Más tarde sale a la vereda, mira el horizonte e intuye que otra vez no va a llover. Escupe el suelo caliente tratando de quitarse el mal sabor que persigue su boca. Un auto pasa a toda velocidad y la polvareda ingresa en la casa y se pega a su cuerpo transpirado. No dice nada, ni una mala palabra escapa de su boca, se guarda la bronca e intenta que se diluya en su sangre. Quiere bañarse pero la vieja, esa sádica y fea mujer, le ha cortado el agua y la luz, le ha hecho un piquete a su dignidad en espera de que se le pague lo que le adeudan. Y usted quisiera cortarla en pedacitos y luego ofrecer sus restos a los perros que buscan sobras y desparraman las bolsas de basura. Son las dos de la tarde, y el día que hoy le toca vivir no se termina, pareciera estancado en cada segundo. Su estómago le recuerda que aún no ha almorzado y que es probable que no lo haga. Entonces llega su mujer de la casa de la madre y en el rostro pueden leerse los reproches dibujados por la lengua venenosa de su suegra. Usted y su mujer se sientan, como es costumbre en el verano, a descansar bajo la sombra perenne de una enredadera y usted acepta el tereré tibio que ella le ofrece. La mira, y los ojos de gringa, celestes como el frío cielo patagónico de donde usted la trajo con mil promesas, recorren la fisonomía escuálida, sucia y maloliente del hombre que tiene enfrente. Lo mira pero no dice nada, porque las mujeres nunca dicen nada, odian en silencio. Sin embargo, usted sabe lo que ella está pensando, que es un inútil, un pobre infeliz que no es capaz de conseguir un empleo y pagar sus cuentas. Que no hay remedio, que no va a cambiar más y será un fracasado como su padre. Que lo mejor sería que se fuera con el primero que se le cruce y lo abandone, como se lo ha dicho su madre. Por ejemplo, con ese muchacho joven con quien usted la ha visto charlar animadamente y reírse y sonrojarse. Y que además tiene un auto nuevo y anda en la política.

A usted le duele la cabeza en cada pensamiento. Sorbe el agua tibia que le quema la garganta y la mira con los ojos bien abiertos. Ella esquiva la mirada con desdén, como si se negara a ver en sus ojos su propia bronca reflejada. Los ojos de ella recorren el suelo y se fijan ansiosos en un enorme trozo de ladrillo que se ha desprendido de la pared; los de usted se clavan, extasiados, en un viejo caño de hierro oxidado. En ese momento, usted, que al igual que yo es un tipo tranquilo e incapaz de hacer daño a nadie, siente ganas de matar. Siente que hasta sería placentero hacerlo. Siente que las ganas lo ganan desde adentro y ya no hay cómo detenerlas. Tal vez usted logre controlar esas ansias asesinas, tal vez pueda reprimirlas mejor de lo que yo lo hice, pero es sólo cuestión de tiempo para que su instinto rompa las cadenas. Y créame no es culpa suya, con el instinto no se puede, no se puede, señor juez.

Sandro Walter Centurión. Formosa, Argentina. Magister en Enseñanza de la Lengua y la Literatura (UNR), Diplomado en Escritura Creativa (UNTreF), Maestrando en Escritura Creativa (UNT), profesor en Letras (UNaF), Escritor. Ha publicado libros de microficciones, cuentos y novelas. Su último libro, Una foto con el presidente, fue editado por Macedonia en 2023.

 

 

LA COLONIA

Frank Roger

 

1

 

El champán corre libremente en la sede de la Agencia Espacial Europea mientras se anuncian grandes noticias sobre el mayor proyecto de la agencia hasta la fecha.

Un portavoz declara en una entrevista televisiva en vivo:

—Ulysses ha hecho un aterrizaje seguro en la superficie lunar y ya está transmitiendo datos. La primera misión europea no tripulada a la Luna es un éxito. Ahora queda claro para todos que Europa participa plenamente en la exploración espacial. Estadounidenses, rusos, chinos e indios tienen ahora un contendiente serio con el cual deberán contar. Está de más decir que este es apenas el comienzo de una gran aventura espacial para nuestra Agencia. Puede que algunos se sientan tentados a soñar con nuestra primera misión tripulada, pero enfoquémonos en el presente y comencemos a trabajar con el tesoro de información que está transmitiendo Ulysses.

Ni una palabra se dice sobre los problemas técnicos que la misión enfrentó al principio: mensajes de error, noticias sobre fallas técnicas, predicciones de un fracaso inevitable.

“Bien está lo que bien acaba”, titula un importante periódico, pese a que la misión apenas acaba de comenzar y está lejos de haber terminado.

 

2

 

Ulysses ha aterrizado donde debía, todos sus sistemas técnicos funcionan correctamente y envía datos a la Tierra: hasta aquí las buenas noticias.

Sin embargo, existe cierta incertidumbre respecto a los problemas surgidos justo después del lanzamiento. Ahora que se informa que las primeras imágenes del módulo lunar no pueden –o no deben– mostrarse a una audiencia impaciente, la rumorología empieza a agitarse. El portavoz de la Agencia niega que existan problemas serios y promete que las imágenes se mostrarán “tan pronto como se resuelvan ciertos asuntos”. No puede detallar la naturaleza de dichos asuntos.

Los medios rebosan de especulaciones sobre lo que podría estar ocurriendo.

 

3

 

Imágenes supuestamente tomadas por Ulysses han sido filtradas en internet por un empleado de la Agencia Espacial Europea. Las imágenes son de mala calidad y parecen mostrar signos de actividad. Es imposible determinar si el material es auténtico, editado o simplemente falso.

Unas horas después, las redes sociales hierven de comentarios, y más tarde ese mismo día la ESA hace un anuncio oficial.

—Las imágenes de video transmitidas por Ulysses muestran irregularidades relacionadas con los problemas técnicos que la misión enfrentó tras el lanzamiento. Estamos examinando la naturaleza de estos problemas y tomaremos las medidas adecuadas.

Los rumores, difundidos por fuentes anónimas, de que polizones se han colado a bordo de Ulysses, son rechazados con firmeza por el portavoz:

—Esos rumores son tonterías sensacionalistas. Las medidas de seguridad en el puerto espacial de Corou son muy estrictas. Además, no hay espacio para polizones en el módulo lunar ni en el cohete impulsor. En el improbable caso de que un humano o un animal se hubiese colado para hacer el viaje, habría terminado inexorablemente muerto: la aceleración, la falta de oxígeno y temperaturas muy por debajo de cero no le darían ninguna oportunidad a ningún ser vivo.

 

4

 

La expectación es máxima cuando la ESA anuncia una conferencia de prensa tras la filtración de nuevas imágenes que muestran, sin lugar a duda, figuras humanas en movimiento. El portavoz que da la noticia está claramente incómodo:

—Ahora podemos confirmar que, antes del lanzamiento de Ulysses, personas no autorizadas lograron acceder tanto a la zona restringida como al propio módulo lunar. Aunque todos los científicos y expertos excluyen explícitamente la posibilidad de sobrevivir al viaje de la Tierra a la Luna sin instalaciones adecuadas, estas personas aparentemente desafiaron las probabilidades. No se conoce nada sobre su identidad, sus motivos o sus métodos. Cuando nuestra investigación arroje luz sobre este misterio, proporcionaremos más información. Por último, me complace informar que este problema no parece interferir con las actividades regulares de Ulysses. El módulo lunar sigue transmitiendo datos y ha iniciado su programa de análisis del suelo.

Los medios recuerdan intentos anteriores de refugiados desesperados que, milagrosamente, sobrevivieron ocultos en el tren de aterrizaje de un avión. Sin embargo, todo el mundo comprende que hay un abismo de diferencia entre un vuelo aéreo y un viaje a través del vacío espacial.

 

5

 

La BBC transmite una entrevista con un hombre somalí, que prefiere permanecer en el anonimato, y que afirma ser el hermano de uno de los polizones que viajaron a la Luna con Ulysses.

—Mi hermano y su esposa prepararon su viaje a conciencia —dice—. No llegaron vivos a su destino por casualidad. Entrenaron en cámaras frigoríficas y bajo el agua, desarrollando resistencia al frío extremo y al vacío. Fabricaron trajes térmicos con material aislante descartado, y bolsas plásticas de múltiples capas con suministro de oxígeno. También lograron colar comida y agua a bordo, además de otras cosas útiles. Me alegra ver que mi hermano dejó al mundo científico boquiabierto con su determinación, persistencia y resistencia.

Los expertos y el personal de la ESA se niegan a creer tales afirmaciones audaces, pero tampoco pueden ofrecer una explicación alternativa para la sorprendente hazaña de los polizones.

—Nuestra investigación está avanzando y finalmente nos permitirá desvelar este misterio —concluye el portavoz.

 

6

 

La ESA finalmente publica grabaciones en video que muestran claramente a dos figuras humanas moviéndose torpemente en la superficie lunar, vistiendo trajes espaciales cosidos de manera rudimentaria, pero que parecen funcionar razonablemente bien.

No está claro qué están haciendo, ya que se mantienen principalmente fuera del campo visual de la cámara.

Algunos comentaristas dudan de la autenticidad de las imágenes, pero la ESA la confirma.

—Es un milagro que esta pareja haya llegado viva a la Luna —dice el portavoz—, pero debemos ser realistas: sus posibilidades de supervivencia son prácticamente nulas. Muy pronto se quedarán sin oxígeno, comida y agua, y no hay forma alguna de enviar nuevos suministros. A eso se suman las diferencias extremas de temperatura y la baja gravedad. Tememos que esta historia de éxito se convierta pronto en tragedia.

Las tribulaciones de los somalíes lunares llenan los medios internacionales. Nadie presta ya atención a la misión real de Ulysses.

 

7

 

Las comunidades somalíes de diversos países crean un fondo benéfico para “Nueva Mogadiscio”, como llaman a su “primera colonia extraterrestre”, un puesto avanzado de esperanza para un pueblo abandonado a su suerte.

—Los refugiados de regiones asoladas por la guerra, el caos y el hambre ya no son bienvenidos en ninguna parte, y todos los países anfitriones afirman haber alcanzado o superado su cupo de inmigración. La única opción que queda es traspasar los límites y explorar nuevos horizontes, ir donde uno todavía es bienvenido, donde no pueden devolverlo, donde puede construir un futuro sin ser molestado, incluso si eso parece imposible en teoría. El tiempo lo dirá.

 

8

 

Otro estallido de noticias sensacionales sorprende al mundo: ahora se revela que la mujer somalí que hizo el viaje está embarazada de varios meses. Esto se aprecia claramente en imágenes recientes publicadas por la ESA, y también lo confirma el supuesto hermano del polizón (y presunto padre del niño). Incluso añade que todo forma parte de un gran plan que pronto se revelará ante los ojos de “quienes se quedaron atrás”, es decir, la gente en la Tierra.

Ahora es más fácil ver lo que la pareja está haciendo en la superficie lunar, tras mover el hombre una de las cámaras hacia un nuevo ángulo.

Junto al módulo lunar se levanta una modesta construcción, hecha con material contrabandeado o tomado del propio módulo. Bajo una pieza transparente de plástico o vidrio se distingue una masa verde.

Abundan los rumores en los medios.

¿Están esas dos personas construyendo una pequeña base lunar?

¿Y qué podría ser esa masa verde?

Algunos afirman que son algas u otras plantas que producen oxígeno y pueden comerse.

¿Es este el primer paso hacia un jardín hidropónico que cubra las necesidades básicas de los “colonos”?

¿Se abre realmente un futuro para estas dos personas, en un lugar donde se creía imposible la vida?

 

9

 

La noticia del nacimiento de un niño en la Luna –el primer ser humano de la historia nacido fuera de la Tierra– deja al mundo atónito y provoca todo tipo de reacciones.

Algunos critican a los padres por irresponsables: traer un niño a un entorno hostil, donde –en el improbable caso de sobrevivir– crecerá sin compañeros de su edad, completamente aislado de su mundo, y con una lucha permanente por la supervivencia como único horizonte.

Científicos que sugieren que será interesante observar el efecto de la baja gravedad en el desarrollo del niño son blanco de todo tipo de reproches, por ejemplo, de estar desconectados de la realidad.

Según el hermano del padre (el tío del niño), ahora autoproclamado “embajador de Nueva Mogadiscio en la Tierra”, este nacimiento impulsa la historia hacia adelante:

—Se ha dado el primer paso hacia una colonia viable y próspera, un faro de esperanza para todos los refugiados del mundo.

En los puertos espaciales de Estados Unidos y otros países se refuerzan las medidas de seguridad y vigilancia.

Se teme, con razón, que el éxito somalí se convierta en modelo e incite a otros refugiados a intentar colarse en naves espaciales.

Las comunidades de refugiados celebran: lo imposible ahora parece posible, los sueños pueden hacerse realidad, un nuevo e inesperado horizonte se abre ante ellos.

La imagen del padre sosteniendo orgulloso a su recién nacido (con un adorable traje espacial evidentemente preparado de antemano) frente a la cámara de Ulysses es, sin duda, la imagen más compartida de la historia.

Frank Roger nació en 1957 en Gante, Bélgica. Su primer relato apareció en 1975. Hasta la fecha, cuenta con más de quinientos relatos cortos publicados en unos cincuenta idiomas. Además de ficción, también crea collages y obras de arte visual siguiendo la tradición surrealista y satírica.

MICROFICTIONS IN ENGLISH (ONE)