viernes, 21 de noviembre de 2025

POR EL HONOR

Ivana Milaković

 

Mis Hermanas me encuentran en la biblioteca, donde irrumpen entre risas y codazos, seguidas por las miradas reprobatorias de las Hermanas. Yo también las miro con desaprobación, como corresponde, y cuando intentan levantarme de la silla para llevarme con ellas, me resisto. Como marca la costumbre. Y además, realmente debería quedarme sentada sobre el libro; los exámenes siempre son minuciosos, y los errores no se toleran con indulgencia, no en nuestra Orden, donde una mala evaluación puede costar la vida.

Y entonces cedo, y les permito que me arrastren con ellas, como también marca la costumbre. Las Hermanas nos observan ceñudas, pero sé que esas miradas ocultan una sonrisa.

Ellas también tuvieron sus propias Hermanas alguna vez, hermanas con las que estudiaban, con las que reían a escondidas por la noche después de que llegaba la orden de dormir, con las que esperaban, con las que soñaban… Hermanas a las que despidieron para iniciar una nueva vida, con un marido o en otra Orden, mientras ellas mismas permanecieron dentro de los Muros.

Saben cómo se siente cuando se acerca el día de la despedida, cuando algunas despedidas ya han ocurrido. Lo saben todo, las Hermanas a las que me uniré si los dioses lo permiten.

Y yo sé que ellas lo saben, y que no me reprochan en absoluto que siga a mis Hermanas fuera de los Muros, por las callejuelas estrechas que descienden, bajan y bajan, hasta la Plaza del Honor.

Tras un largo y hambriento invierno, la primavera acaba de empezar, despertando la vida y tentando a la gente a salir de las habitaciones sofocantes, aunque al menos cálidas. Ahora, desacostumbrados al aire frío, nos lanzan comentarios mientras pasamos, viendo sólo a unas muchachas jóvenes con túnicas, sin prestar atención a los colores que llevamos.

Ni a la Orden de la que soy novicia.

Me doy vuelta ante un comentario especialmente grosero dirigido a la Hermana más joven, asustada y confundida, que apenas hace medio año empezó a hablar con nosotras. Veo cómo se le contraen los hombros y cómo me mira con duda, sin saber cómo reaccionar. Me enderezo y miro directamente al insolente y a su amigo. El insolente es obviamente un idiota, pero su amigo por fin reconoce los colores que llevo, quizá entiende también lo que significa mi mano derecha oculta entre los pliegues de la capa, aunque mi rostro aún no esté cubierto por el velo. Pálido de repente, murmura una disculpa apresurada y aparta al estúpido, que todavía no entiende nada.

Pero su amigo sí sabe. Sabe que un día mi mano podría juzgarlo, y ruega que ese día jamás llegue.

Sonrío mientras vuelvo a seguir a mis Hermanas por las callejuelas, y ellas, ya libres del miedo, parlotean cada vez más alto, preguntándose qué escena encontrarán esta vez en la Plaza del Honor. Por la mano de quién lucharán hoy los muchachos en edad de casarse, y quiénes serán esos muchachos.

Porque en cuanto se derriten las nieves, los jóvenes acuden a la plaza a competir por el honor de arrodillarse ante la elegida de su corazón –o, mucho más frecuentemente, ante la doncella de buen linaje que sus padres desean para su familia– y ofrecerle su hogar y su lecho, con la esperanza de que se convierta en madre de sus hijos y aumente su riqueza.

La tradición establece que los combates sean sin armas, y la mayoría, si no han aprendido habilidades especiales, elige los puños o la lucha cuerpo a cuerpo.

Según la tradición, los dioses determinan al vencedor, y la doncella ante la que se arrodilla no debería rechazarlo. Si lo hace, nadie la obligará a un matrimonio que detesta, pero ¿quién se atrevería después a pedir la mano de una joven que desafía a los dioses?

Observo quiénes están esta vez en la plaza y, aunque casi está llena, sólo hay dos combatientes.

Y ninguno me gusta. Sé de quién buscará la mano el vencedor. Echo una mirada a mi Hermana, la de cabello color trigo y piel dorada de Nortensera, de un linaje antiguo, empobrecido, sí, pero eso a nadie le importa. En la sangre antigua aún vive el poder, y no existe familia que no la quiera para sí.

Mi Hermana está pálida, con los labios apretados. A ella tampoco le agrada la elección. El muchacho por quien su corazón suspira no está allí; sin duda su familia le prohibió venir, temiendo que, cojo como es, lo ridiculicen. Y sin embargo es bueno, de una familia no muy influyente, pero sus ojos castaños brillan cada vez que ve a nuestra Hermana, y la cuidaría como a una gota de agua en la palma.

Mientras que estos dos… Uno es hijo de un comerciante que se enriqueció con la desgracia de las recientes guerras y que ahora ansía emparentar con la nobleza, y el otro es de sangre noble, pero de corazón negro.

Ahora devoran a mi hermana con la mirada, burlándose –el comerciante incluso se relame– y yo imagino su sangre en mis manos, pegajosa y viscosa.

Por fin alguien de la multitud les grita, preguntando si van a babear todo el día o si lucharán por el honor; y empieza la lucha.

Son buenos, ambos. Sus familias claramente no escatimaron en los mejores maestros.

Y está claro que disfrutan causando dolor.

Mi Hermana los observa con la espalda recta, rígida, y por enésima vez lamento que los dioses no le hayan otorgado más valor. Porque este no es el único modo en que una doncella puede hallar esposo.

La tradición permite que una joven de buen linaje “accidentalmente” deje caer un pañuelo con el monograma familiar bordado, y que el joven que lo recoja pueda cortejarla. El cortejo no obliga ni a él ni a ella –son las familias quienes deciden al final–, pero es un comienzo.

Y todas pasearíamos encantadas con ella por la ciudad mientras nos acercamos a donde esté su amor.

Pero ella tiene miedo. De no lograrlo. De no encontrarnos con él. De que su familia considere tal acto impropio.

A nuestra Orden envían muchachas no tanto con la esperanza de que se conviertan en Hermanas –ninguna familia desea eso, y en mi caso ayuda que no tengo familia– sino para que aprendan disciplina y obediencia. Y coquetear con un joven de buen linaje, sí, pero cojo y de escasa riqueza, no es ni disciplina ni obediencia.

Por enésima vez, echo de menos a la manca, nuestra Hermana que ansiaba unirse a la Orden de las Hermanas Guerreras. Una noche se escabulló de nuestros Muros, y con su única mano –la otra la había perdido en un accidente de niña– llamó a las puertas de su Orden. Y las desafió a todas a duelo.

Ellas aceptaron su desafío, honrando su valentía. Perdió todos los combates, pero no se rindió. Y la aceptaron, y ahora es una de las más aguerridas. No la mejor, por su juventud y por su brazo faltante, pero incluso una guerrera manca puede luchar muy bien.

Nuestra valiente Hermana. No me sorprendería que venciera fácilmente a estos dos. Sí, son buenos en la lucha, pero los mueve la codicia –y la lujuria–, no el corazón. Desde luego no los guía el amor, ni por mi Hermana, ni por nadie.

La lucha termina. Ha ganado el noble, y por un instante pensé que no se detendría antes de asfixiar al comerciante amoratado. Pero se detiene, al fin, no por misericordia, sino porque matar en un combate por el honor está prohibido.

Y humillaciones como esta, burlas, muecas, también deberían estar prohibidas. Un hombre honorable no se comporta así. Un héroe no se comporta así.

Este joven noble, claramente, no es ninguna de las dos cosas.

Se inclina ante los espectadores, sonriendo y pavoneándose, antes de arrodillarse ante nuestra Hermana. No hay en él ni un ápice de humildad, ni una chispa de gratitud hacia los dioses por haberle otorgado la victoria a alguien tan indigno.

Mi Hermana está pálida, como si la llevaran al cadalso. Ni siquiera oigo qué palabras pronuncia al pedirla en matrimonio, sólo veo su mirada suplicante.

Me coloco detrás de él, le echó la cabeza hacia atrás y le paso el filo por el cuello.

Indigno, repito para mis adentros, y aguardo el juicio de los dioses mientras él cae al suelo.

Un dolor atroz corta mi mano derecha y luego se extiende por todo el cuerpo. Caigo de rodillas, lo único permitido. No sé cómo hago para no gritar. Si estuviéramos dentro de nuestros Muros, gritar sería permitido, pero no aquí, no en una plaza llena de gente. Vomitar no estaría permitido en ninguna parte. No vomitas mientras los dioses te juzgan.

Poco a poco, el dolor retrocede, aunque no dudo que lo sentiré durante días, quizá semanas. Con la mano izquierda aparto los pliegues del manto de mi derecha.

Todos miran. Mis Hermanas, los reunidos en la plaza, el comerciante derrotado. Me pongo de pie, procurando no tambalearme. Levanto la derecha para que todos la vean.

Mi mano y el cuchillo curvo que he llevado siempre desde que me convertí en novicia han quedado fusionados.

Los dioses han juzgado y me han aceptado. Tras la ceremonia dentro de nuestros Muros, me convertiré oficialmente en Hermana Mortalicia, la mano sacrificada para ejecutar justicia. Después de esto –del juicio de los dioses ante una plaza llena, juicio que ha mostrado que mi decisión está de acuerdo con su voluntad, que es justa– la ceremonia será sólo una formalidad.

Lo cual no significa que no me convenga volver a estudiar cuanto antes. A partir de ahora, ningún error me será perdonado. Ninguno debe serlo.

Cuando abandonamos la plaza, nuestra Hermana menor se acerca a la novia que no llegará a serlo y le pone en la mano un pañuelo con monograma. La mira fijamente hasta que todas sonreímos.

La biblioteca tendrá que esperar. Nos vamos a dar un buen paseo.

Ivana Milakovic es una escritora de ficción especulativa de Belgrado, Serbia y autora de tres colecciones de relatos cortos. Escribe en serbio e inglés. Sus obras han sido traducidas al rumano. Trabajó como guionista, escritora independiente, traductora y documentalista. Amante de los gatos. Solía ser amante del café y el té, pero ya no se le permite beber esas infusiones. Solía hacer yoga, luego se convirtió en esgrimista de HEMA, y ya no se le permite hacer ninguna de las dos cosas. Le gustaría ser un gato.

VER NO BASTA

Ciprian Mitoceanu

 

¿Cómo es la luz? No tengo ni idea… De hecho, ni siquiera estoy seguro de saber cómo es la oscuridad. ¿Es oscuridad lo que yo vivo? ¿O se trata de otra cosa? Algo distinto de lo que sienten las personas que pueden ver. O, mejor dicho, que pretenden que pueden ver.

El mundo está hecho a la medida de las necesidades y habilidades de la mayoría. Así fue construido, para ser exactos. Todo lo que se construyó, todo lo que fue modificado, se hizo para las necesidades de los muchos. Solo cuando esas necesidades fueron satisfechas a un nivel razonable, se les ocurrió que no estaría mal brindar un poco de comprensión también a quienes tienen necesidades más particulares. No especiales, sino particulares. Al menos así es para mí y para otros en mi situación. Necesidades particulares, no especiales… Especial significa… significa otra cosa. ¡Es mi opinión! Lo sé, es subjetiva. Sí, mi opinión es subjetiva, pero perdón, no se puede tener una opinión objetiva a menos que puedas analizar la situación desde todos los puntos de vista. Por desgracia, eso es imposible en mi caso. Porque me falta el sentido de la vista…

 

¿Nací ciego? ¿Perdí la vista poco después de nacer? No tengo idea y, sinceramente, no creo que ya importe tanto; desde que puedo recordarlo, vivo en lo que la gente común llama oscuridad. Así le dijeron y así le decimos nosotros. En la escuela para invidentes donde aprendí a desenvolverme en un mundo hecho a la medida de la mayoría tuve compañeros que afirmaban haber visto algo antes de que sus vidas se hundieran para siempre en lo que terminaron aceptando como oscuridad total. Algo como un relámpago… Un relámpago… ¿Qué es eso? Sinceramente, no puedo imaginarme qué es un relámpago. Sé que mi imaginación funciona de manera diferente a la de otros. No podría ser de otra forma. La imaginación es solo una prolongación de la realidad que nos rodea. Dicen que no hay límites cuando se trata de imaginar, que podemos imaginar lo que queramos y en la cantidad que queramos. Un mundo nuevo, una vida nueva, venganza, amor… Podemos imaginar lo que queramos sin trabas, sin miedo a las consecuencias. No hay consecuencias legales cuando se trata de imaginar; los problemas solo aparecen cuando pasas de imaginar a actuar. Eso si lo que imaginas puede ser ilegal. Venganza cruel, tortura, robo y asesinato…

Nada más falso. La imaginación tiene límites. Tiene límites muy estrictos, fronteras de las que la mayoría ni siquiera es consciente; muy pocos saben cuán limitados estamos incluso en un territorio tan vasto como la imaginación. Porque las creaciones de la mente parten de lo que conocemos, lo que pensamos y, sobre todo, de la manera en que hemos sido enseñados. Y sin olvidar cómo hemos elegido usar lo que hemos aprendido a lo largo de la vida. Todo lo que debería ayudarnos a explorar plenamente el territorio de la imaginación es, en realidad, como piedras de molino atadas a los pies del pensamiento; obstáculos que nos mantienen en la puerta de un dominio increíblemente vasto o, para la mayoría, apenas nos dejan mirar por encima de las vallas de la ignorancia, construidas con empeño durante miles y miles de años.

La imaginación tiene límites. Yo, por ejemplo, no puedo imaginar cómo es un relámpago cuando para la mayoría es algo ridículamente banal. Tan banal que ni siquiera son capaces de explicarle qué es un relámpago a un ciego. El relámpago es un arco eléctrico luminoso resultado de un proceso de descarga eléctrica entre nubes, causado por la diferencia de potencial electrostático. Esa es la definición más insolente que he escuchado jamás. Un imbécil con pretensiones intelectuales –decía ser profesor de física en un liceo agrícola, y puede que no mintiera– me dijo que esa era la definición del relámpago. Cuando le señalé que esa definición solo era válida para quienes pueden ver el relámpago, no para quienes lo percibimos de otra manera, se limitó a reír y pidió otro vaso de licor. El licor más ordinario del bar; apesta tanto que te revuelve las tripas, aunque no conozco a nadie que se haya quejado. Sí, también es el más barato, lo cual explica muchas cosas.

No sé cómo se ve un relámpago, pero puedo reconocerlo. Ese ruido de tela rasgada que atraviesa el espacio sobre nosotros. Me dijeron que arriba está el cielo y así debe ser, pero para mí es solo espacio, nada más. Espacio libre, donde no te tropiezas con nada, donde eres verdaderamente libre. Vale, sé que por ahí hay pájaros, pero supongo que están más dotados que yo en ciertos aspectos. Y no me refiero a que puedan volar; yo también quisiera volar, incluso con el riesgo de que me derriben los relámpagos. Ese sonido estridente de tela rasgada, el olor a aire ozonado… Sí, y al final, el trueno… En cuanto al trueno, entendí enseguida cómo va la cosa. El trueno es para el oído, el relámpago es para la vista. Si quiero saber cómo es un objeto, debo tocarlo; la mayor parte de la información almacenada en mi cerebro la he adquirido con los dedos. Luego viene el oído y después el olfato. ¿El gusto? Sí, también el gusto, pero la verdad es que el olor de este mundo es mucho peor que su sabor. Y sin embargo, el olfato me ha ayudado más a descubrir el mundo que el gusto. No puedes probarlo todo, pero oler, hueles incluso más de lo que querrías. Y la mayoría de las veces este mundo apesta, apesta horriblemente… No querrían saber cuán mal huele el mundo.

 

Mi mundo está lleno de formas, olores y sonidos. Mis dedos me ayudaron a descubrirlo, pero también a ganarme el pan. No creo que sea raro que la sociedad oriente a quienes tenemos ciertas limitaciones hacia oficios que requieren un sentido artístico más desarrollado que el de quienes disfrutan de todos los sentidos. Homero, el poeta antiguo, era ciego. Disculpen, se dice que era ciego; las opiniones están divididas y no entiendo tanto alboroto entre los listos. ¿Al final importa si era ciego? ¿No es más importante que fuera Homero, el poeta que cantó la caída de Troya y el regreso a casa del astuto Ulises? Yo creo que era ciego, pero eso no le impidió conocer el mundo más profundamente que muchos otros. Oía hablar de la guerra de Troya, reunía detalles, los juntaba y creó los poemas épicos que han sobrevivido siglos. Pero al principio solo era un pobre músico ciego obligado a ganarse la vida deleitando el oído de quienes tenían menos talento auditivo que él. ¿No es irónico?

Desde la antigüedad, la sociedad se ha encargado de orientar a los ciegos hacia los instrumentos musicales. No existían otras alternativas. El alfabeto accesible para ciegos, los libros como tal y muchas otras cosas no existían, pero sí laúdes y liras, más tarde gaitas y pianos y lo que fuera. En la escuela, además de leer y descubrir el mundo, aprendí también cómo vivir en él sin sentirme inútil o mantenido. Y me va bastante bien. Puedo tocar el acordeón, la trompeta y el saxofón; también me defiendo con la voz, pero mi favorito es el piano.

 

En la taberna de Jerome, en el rincón izquierdo, a treinta y seis pasos de la entrada, está el lugar del piano. Me dijeron que tiene teclas blancas y negras, pero para mí eso no significa nada. No me interesan las teclas, me interesan los sonidos. Y para alguien con un oído muy fino, el piano de Jerome suena lamentablemente desafinado. Sé más o menos afinar pianos, pero Jerome no me deja meter la nariz en el suyo. No puede entender que es necesario “ver” los sonidos, no las cuerdas. Pero por lo demás es un buen tipo. Me deja tocar cuando quiero, lo que quiero, y no se enfada cuando falto al trabajo. A veces simplemente no puedo enfrentar el asalto del mundo a mis sentidos. Y entonces me tomo unos días libres…

 

Sé qué son las manzanas. Estoy seguro de que, si la vista despertara en mí como por milagro, reconocería las manzanas sin tocarlas. Pero solo tocándolas podría decir de qué color son. Puedo reconocer el color de las manzanas sin saber qué es el color. Las verdes son duras y pesadas, las amarillas tienen la piel ligeramente arrugada y las rojas son más livianas. A menudo las verdes y las amarillas tienen pequeños pecas en la piel que solo mis dedos pueden percibir.

Me gustan las manzanas, pero más me gusta el invierno. Porque en invierno los olores son menos agresivos. Y en la taberna de Jerome, situada en una pequeña ciudad en la frontera con Canadá, hay suficiente invierno. Sí, esto es Alaska, hermanos, si no les gusta, mala suerte. A mí me encanta este lugar.

La ciudad goza de cierta fama turística. Paisajes de ensueño, algunas rocas con formas extrañas y un lago perfectamente circular al que le han puesto una leyenda enternecedora. Padres que se entrometen más de la cuenta en el futuro de sus hijos, un amor infeliz y un final bajo el agua. Sí, parece que a la gente le encantan esas historias. Ah, y también está la temporada de esquí. La ciudad tiene pista, telesilla, todo lo necesario, así que la taberna de Jerome casi siempre tiene clientes. Y a mí eso me conviene. Toco, creo ambiente y…

 

Ocurrió un día de enero. La noche anterior había nevado y eso me causó ciertos problemas. Es muy fastidioso estar habituado a una determinada configuración del terreno y que ésta cambie radicalmente durante la noche por los senderos que abre la gente en la nieve. Además es resbaloso. Pero me las arreglé, siempre me las arreglo. No tengo otra opción y tampoco la necesito. Puedo desenvolverme, mírenme. No puedo verlos, pero ustedes sí pueden verme.

—Hola, Kevin…

Jerome me saludó de buen humor. Le percibí la alegría en la voz. No tardé en enterarme por las conversaciones en el local que la tormenta había bloqueado los caminos, estaban activas no sé cuántas alertas de clima extremo, y los turistas que vinieron a esquiar se vieron obligados a prolongar su estancia. No porque quisieran, no como habían imaginado. Aunque en el pueblo aún se podía circular, afuera era un desastre. ¿Y qué pueden hacer los turistas bloqueados en una estación donde no pueden utilizar la pista, aunque tenga más nieve de la necesaria? Se reúnen en la taberna de Jerome y se inyectan fuego líquido en las venas. No sé cuánto les sirve, pero sí sé que a Jerome episodios así le vienen de maravilla. Excepto cuando los turistas quedan bloqueados en sus casas y no en la estación, pero qué le vamos a hacer. No se puede tener todo; sé de lo que hablo.

—Hola, Jerome…

Jerome estaba empapado de sudor. No necesito acercarme demasiado para olerlo; basta con oír su respiración entrecortada. Esfuerzo, nada menos. Y el local no estaba ni a la mitad, pero pronto estaría lleno.

—¿Una cerveza?

Negué con la cabeza, pero me di cuenta de que tal vez Jerome no miraba hacia mí, así que dije:

—No, tal vez más tarde. Y quizá prefiera un trago…

—Como quieras…

Sentí al borracho acercarse, lo sentí antes de que me tocara. El hedor de licor barato y tabaco de pésima calidad, la respiración sibilante… Me encogí, sin saber qué pasaría. Por lo general, cuando se trata de aficionados al aguardiente barato, las cosas terminan con la intervención de la policía.

—Oye, amigo, ¿quieres tocar algo que me llegue al alma?

Tensé mi hombro derecho; ahí cayó el golpe amistoso. Una mano como de oso, que me habría tirado al suelo si no hubiera estado preparado. Pero nada agresivo, solo un individuo animado con ganas de divertirse.

—¿Tiene alguna preferencia? —pregunté.

Sin falsa modestia, puedo tocar cualquier canción; solo necesito oírla una vez. No tengo idea de lo que son las notas musicales y tampoco me interesa; para mí la música está hecha de sonidos y para los sonidos tengo un talento especial.

Olfateé su duda. Su duda olía a eructo. Posiblemente también a algo de culpabilidad.

—Perdona, hermano, me gusta Stevie Wonder, pero no creo que…

—No hay problema —me apuré a asegurarle. No me gusta ver a la gente disculparse cuando ven mi bastón y mis gafas oscuras. Si no prestaste atención a los detalles desde el principio, no intentes arreglarlo, no tiene gracia y no ayuda a nadie.

Me senté al piano, levanté la tapa y…

—El viejo Stevie será…

Y puse manos a la obra.

No duró mucho. La puerta de entrada se abrió. El olor me golpeó y supe enseguida que se trataba de alguien extraño. Extraño de verdad.

Era alto y corpulento. Aunque abrió la puerta, el viento apenas entró al local. Pero fue suficiente para esparcir por todas partes el olor del recién llegado. Mis dedos, normalmente firmes, titubearon. Las teclas desafinaron terriblemente; menos mal que aún no llegaba la parte donde debía lucirme con la voz. Pero algo me dijo que pronto todos allí se enfrentarían a problemas peores que los errores de un pianista de bar.

El recién llegado olía a… No, rechacé la palabra muerte, me pareció demasiado dura e inapropiada para alguien que, al fin y al cabo, respiraba. Respiraba con dificultad y pestilencia, un hedor peor incluso que el del borracho fan de Stevie Wonder. Olía a pus y hospital. Pero no del tipo de hospital del que aún podrías salir caminando.

Hace dos años Terence, el antiguo camarero de Jerome, tuvo una infección horrible. Algo en las glándulas sudoríparas de las axilas. Ya no sudaba, solo supuraba pus. Lo admito, fui yo quien le dijo a Jerome sobre el problema de Terence, y éste acabó en el hospital con un diagnóstico que estuvo a punto de llevar a Jerome a la ruina. Con las bacterias no se juega. Terence se recuperó, pero Jerome no lo volvió a contratar. Le reprochó haber ocultado que estaba enfermo, y además de algo infeccioso. Terence fue egoísta; trató de salvar su empleo ocultando algo que podría haber dejado en la calle a todos. No estuvo bien de mi parte delatarlo, pero por otro lado, mucha gente estuvo a punto de enfermar, incluyéndome.

Cuando Terence se infectó, apestaba. Pero el olor del intruso era mucho peor. El hombre estaba enfermo y aun así se movía con sorprendente salud. El recién llegado empezó a caminar hacia la barra. Me di cuenta de que llevaba botas con tacón. El tacón golpeaba primero el piso de pino, luego la suela. Un sonido duro, sonoro, seguido de uno más apagado. Y algo que solo había oído en las películas. ¿Espuelas?

El tintineo metálico de unas ruedecillas atadas a los tobillos del intruso. Sentí que me volvía loco y agucé el oído, diciéndome que me estaba equivocando, que algo estaba mal en mí, no en el forastero. Forastero, sin duda; puedo reconocer por el olor a todos los del pueblo. Bueno, a todos los que pasan por la taberna de Jerome. Pero eso nunca lo había olido antes. El tipo alto, carcomido por la enfermedad y calzado con botas con espuelas, jamás había puesto un pie en la taberna. Tenía un bulto pesado o voluminoso sobre el hombro izquierdo; su pie izquierdo golpeaba el piso con más fuerza que el derecho. O quizás era cojo, no podía saberlo con solo unos pasos.

Se apoyó en la barra. Era alto, lo sentí. De la puerta a la barra, la mayoría da veintiocho pasos. Es porque tienen altura y zancada medias. Los bajitos necesitan treinta, treinta y algo. El recién llegado necesitó solo veinte. Dije que era alto. Supuse bien.

—¿Qué le servimos?

Jerome, querido…

Su voz normal, es decir, fingida. Servicial hasta la sumisión. Así le gusta comportarse; está convencido de que gracias a eso los clientes consumen más, no porque estén de buen humor, de mal humor o simplemente sedientos. Tiene más que ver con las propinas. Lo sé; yo recibo propinas mucho mejores si toco lo que ellos quieren, no lo que quiero yo.

Sin vacilación, sin irritación o recelo. Por tanto, el intruso no era tan extraño como pensé. ¿Jerome no percibió su olor? ¿No vio sus espuelas? Bueno, tal vez exagero; si alguien quiere llevar espuelas, ¿quién soy yo para pedirle que se las quite? Vivimos en un país libre y hay que aprovecharlo.

—Cerveza con jengibre —dijo el recién llegado.

Tenía una voz metálica, como una sierra oxidada. Una voz enferma, pero llena de autoridad.

Arrojó sobre la barra tres monedas. Dos de plata y una de acero. Puedo distinguir el sonido claro de la plata del filo del acero. La moneda de acero resbaló hasta el borde de teca del bar. Sé cómo es la teca bien pulida. Un borde que Jerome instaló para que las monedas no cayeran al suelo. Las monedas de plata tintinearon en círculos cada vez más pequeños hasta detenerse. ¿Qué moneda era la de acero? Nunca había escuchado ese sonido. No, nunca…

—Que sea cerveza con jengibre —dijo Jerome antes de que la melodía de las monedas terminara.

Me detuve también. Algo estaba pasando.

—¡Eh! —oí al admirador de Stevie Wonder. Decidí no hacerle caso.

El forastero arrojó su bulto sobre la barra, sin ningún respeto por Jerome ni por los clientes. Metal y madera. Más madera que metal, todo metido en una aljaba de cuero mal curtido. Y algo con una cuerda. Una sola cuerda… Sentí su vibración hasta el estómago, como un golpe.

Esperé que Jerome protestara, pero no dijo nada. En algún lugar, detrás, alguien estornudó fuerte y muy líquido, esparciendo saliva y mucosidad.

—Eh, Covid, menos con esparcir virus…

Algunos se rieron, otro bufó con desprecio. El hombre que había estornudado carraspeó como si tuviera la garganta llena de flemas. Así, de repente… No lo había oído antes. ¿Habrá vuelto esa enfermedad traicionera que nos mantuvo alejados unos de otros? En la mesa de al lado alguien tosió ahogado, en el puño. Y carraspeó sonoramente. No, no me gusta esto. Decidí que no me gustaba nada…

Jerome salió de detrás del bar. Es un tipo gordo, muy por encima de lo soportable. Siempre escucho su barriga rozando los muebles o la pared cuando pasa por espacios estrechos. Siempre gime y suspira. Oigo sus rodillas crujir. Oí su jersey de lana rozar la caoba pulida. ¿A dónde va? Si no tenía cerveza de jengibre en la barra, debería haber ido al almacén, no al salón. Pero entró al salón, restregando su panza contra la barra. Siempre le pasa y aún no aprende. Debería adelgazar o reordenar el lugar. Preferiblemente lo primero; cuesta menos y es más sano. Pero Jerome…

Otro turista comenzó a estornudar. Y el aire exhalado, lleno de virus, saliva y moco, apestaba. Apestaba a perro mojado.

—Su cerveza, señor…

Jerome regresó con la cerveza con jengibre. ¿De dónde la sacó? La cerveza está en la parte de atrás, no en el salón. Hay dos refrigeradores en la sala, pero suelen usarse para latas de cola y energéticas. Quienes esquían necesitan mucha energía, siempre necesitan energía extra. Pero la cerveza…

Siento el olor punzante del jengibre. O más bien de químicos que pretenden oler a jengibre. Lo saben incluso los que tienen olfato normal. El forastero murmuró su agradecimiento y sorbió la cerveza. Sorbió ruidosamente, como una bomba, como alguien que quiere ser grosero a propósito. Pero la boca que sorbe parece no tener labios, igual que la cerveza no parece deslizarse por la garganta sino caer en un abismo. Chasquea, pero no es la lengua la que hace el ruido. Me dio escalofríos…

 

La puerta se abrió. De nuevo… Otro extraño, otra pesadilla.

Sentí el olor de hierba aplastada y tierra recién removida. Hierba aplastada. No cortada. Hierba aplastada en pleno invierno. Mi mente voló al cementerio del pueblo, donde a menudo me invitan para honrar a alguien. “Amazing Grace”. Nadie canta como yo. Y en el cementerio hay mucha hierba aplastada, sobre todo en primavera, después de la lluvia.

No fue casual que pensara en el cementerio. No solo olía a hierba fresca aplastada, sino a tierra húmeda. Olía a tumba removida. Todo el frío de afuera entró en mi cuerpo y se deslizó por mi columna vertebral.

Y no me ayudó nada darme cuenta de algo que había ignorado antes.

Aunque la clientela de la Taberna de Jerome está formada sobre todo por turistas aficionados a las delicias invernales, siempre hay lugareños. Su bar de cabecera, según ellos, aunque nadie les pide opinión y la Taberna es más que un simple bar. Conozco a todos los pilares del lugar. Chumlee, el tipo gordo y grasiento, que solo ríe con sus propias bromas. Jackson, que huele siempre a serrín porque tiene un taller de carpintería que funcionaría mejor si pasara más tiempo en él que entre botellas. Norman, camionero, siempre gruñón y experto en teorías conspirativas. Greg, ex shérif, arruinado por el juego; logró dejarlo, pero encontró refugio en el alcohol. Greta, Dominic, Kyle… Alex, Nicholas y Bennett… Los habituales.

Pues estaban todos. Todos los habituales. ¿Dónde iban a estar en un día en el que nadie tenía ganas de nada? Quizá solo de una taza de café y un trago, acompañados por la música del piano. Sí, el piano es mi responsabilidad…

Cada habitual es único a su manera. De hecho, pocas cosas los asemejan y muchas los diferencian. Pero todos comparten un tic: siempre que alguien extraño entra en la taberna, giran en sus sillas. Quieren ver, evaluar, juzgar…

Estaban presentes, pero no los oí girar. No oí sus espaldas crujir suavemente, ni las sillas rechinar. No oí nada. Y eso… Bueno, eso fue muy difícil de soportar.

El recién llegado avanzó hacia la barra. Botas pesadas, con suelas reforzadas con acero. Botas capaces de aplastar incluso el cráneo más duro. Pensé en cabezas caídas al suelo. Cabezas sin vida o de las que la vida se escurría. Y el sonido enloquecedor de las espuelas. ¿Solo los locos usarían algo así? No, era algo mucho peor…

Llegó a la barra y golpeó sobre ella algo metálico, largo y muy afilado. Mi mente se negó a aceptar desde el principio que pudiera tratarse de un arma. Un arma antigua, pero que hizo mucho daño en el Mundo Viejo. Un arma afilada, portadora de muerte, aunque menos aterradora que quien la portaba.

—Hola, Pestilence —dijo el recién llegado. Obviamente, saludaba al tipo que había entrado antes. Mis dedos se congelaron en las teclas. No que importara; ya no tenía fuerzas para dar vida a las notas.

Tenía una voz ronca, como un mecanismo gripado al que alguien insiste en dar cuerda esperando un milagro. Antes de que el tal Pestilence respondiera, el recién llegado levantó la mano derecha hacia la boca. La chaqueta de cuero chirrió inconfundiblemente, igual que el guante al cerrarse en un puño. Tosió ruidosamente y la taberna se llenó de un hedor espantoso a azufre y pólvora. No hace falta disparar para identificar a los cazadores. El olor de su pasión mortal se impregna en la ropa y en el pelo. No se quita con un buen baño y jabón fino.

¿Dije que el olor a azufre y pólvora era insoportable? Solo duró un instante, hasta que descubrí uno aún peor. El extraño tosió de nuevo y el aire, ya viciado, se llenó de la miasma pútrida de la sangre. Sangre coagulada, sangre oxidada…

Nadie parecía molesto por lo que estaba ocurriendo. ¿Acaso los que me rodeaban eran más ciegos que yo? ¿No podían ver a los dos forasteros altos, vestidos de cuero y con espuelas, con sus bagajes y miasmas horribles? Jerome había hablado antes con el tal Pestilence. Éste pidió una cerveza con jengibre y la obtuvo sin protesta. Así que Jerome lo vio, pero ¿vio lo que yo sentí?

—Un agua sin gas —pidió el que olía a sangre. Sí, podría decir perfectamente que olía a muerte, pero prefiero decir otra cosa.

Agua sin gas… Sinceramente me pareció un buen chiste. Muy siniestro, pero buen chiste, dada la situación, pero no reí. Nadie rio.

Cerca de la entrada alguien carraspeó ahogado. La clase de carraspeo por la que se llama al 911, pero nadie llamó. Y a lo lejos, demasiado lejos para saber si era real o fruto de mis nervios, se oyó un ronquido espantoso.

Lo que más me alegró fue que el fan de Stevie Wonder no insistió en que siguiera tocando. Quizás él logró ver lo que otros no. O tal vez fue el ataque de tos que lo tomó por sorpresa. Una tos asquerosa, completamente insoportable.

Pensé que sería bueno irme, pero desistí. ¿Y si con ese gesto atraía la atención? Era absurdo temer que alguien pudiera tener algo contra mí, pero eso valía en un día normal. En un día en que los humanos eran humanos y nada más.

Me quedé en mi rincón, en el taburete del piano, frotándome las manos. ¿Hacer algo? ¿No hacer nada? ¿Esperar o irme? Con la nevada afuera no era prudente volver a casa y de todos modos Jerome no me habría dejado. Lo oía charlando alegremente con Susan, la chica nueva, que juró que solo se quedaría en la taberna el tiempo suficiente para aprender el oficio y luego probaría suerte en el sur, en algún lugar caliente y agradable donde los hombres fueran más guapos, no solo osos malhumorados.

Los dos bebían en silencio en la barra. Chocaron las botellas una sola vez, sin decir nada, como dos viajeros agotados que tienen mucho tiempo por delante para conversar. O más bien como dos amigos que esperan al tercero. No se empieza una conversación sin que estén todos; el tardón podría sentirse mal, aunque realmente es su culpa. Si quieres disfrutar de toda la diversión, eres puntual, carajo…

Y el tardón llegó. La puerta golpeó la pared, emitiendo un sonido hueco. Puerta maciza, de roble. Jerome aprecia mucho esa puerta –es normal– le costó un dineral. Y entró alguien… Otro hombre, pero extremadamente delgado, no corpulento como los dos anteriores. El viento jugueteaba con él, inflándole la ropa demasiado amplia, que sonaba como paños olvidados en una cuerda cuando viene la tormenta. Llegó a la barra en unos pocos pasos, arrastrando algo con cadenas y discos metálicos. A medio camino eructó, y como un puñetazo, el olor de podredumbre y moho me golpeó la nariz. Grano descompuesto, olvidado bajo la lluvia y luego guardado en un rincón sin aire. Cadenas y discos arrastrándose por el suelo…

¡Cielos! Quise gritar, pero las palabras se congelaron en mi lengua. Las tripas de alguien gruñeron sonoramente, pero nadie rio, como solía ocurrir antes.

Ante la puerta, que se cerró sola golpeando con fuerza, relinchó un caballo. Y supe quiénes habían llegado y quién faltaba llegar…

 

No he leído la Biblia. No porque no quisiera, sino porque no es tan fácil para alguien en mi situación. Hace mucho, un amigo me contó sobre una película. Sí, para mí las películas son historias… Me contó sobre El libro de Eli, un filme postapocalíptico en el que un hombre recorre las ruinas de un mundo irrecuperable llevando un libro. La Biblia. Un libro que nadie puede leer porque está escrito para quienes… Y ahí mi amigo dudó, pero yo entendí y no me ofendí. Aunque hice una observación.

—Charlie, amigo, ese libro no podía ser la Biblia. Al menos no esa Biblia de la que iba la película…

Y le expliqué por qué. Un libro para ciegos es mucho, mucho más grueso que uno para quienes no necesitan dedos para descifrar las palabras. El texto en relieve, con caracteres más grandes, ocupa muchísimo más espacio. Charlie, buen amigo, me dio la razón, pero dijo que la película le gustó igual. Y que cuando se trata de películas siempre hay fallos, no hay forma de evitarlos.

No he leído la Biblia, pero la he escuchado; por suerte existe en audio. Y así supe sobre el Apocalipsis y los Cuatro Jinetes… Victoria, Guerra, Hambre y Muerte…

 

No me sorprendió cuando la puerta se abrió por cuarta vez y el cuarto miembro del grupo apocalíptico entró en la taberna. Su llegada fue anunciada por un relincho prolongado, seguido del bufido de un semental cuyo hocico parecía superar en altura al edificio. Sí, sí… No fue una ilusión causada por el viento.

Un esqueleto enorme, envuelto en telas desgastadas, apestando a muerte. ¿Por qué no? Era justamente la Muerte. Entró sobre sus piernas descarnadas, sin botas, pero no sin espuelas. Y alrededor de la Muerte, la atmósfera se heló por completo. Poco a poco la respiración de quienes hasta ese momento daban vida a la taberna se apagó. Jerome dio un hipo y no volví a oírlo. No cayó, solo se sentó en el suelo, pero eso no significa que pasara otra cosa distinta a lo que debía pasar. Se apagó en silencio, como todos los demás; pocos siguieron carraspeando o estornudando después de que apareciera el cuarto jinete.

Me pregunté si… si también terminaría para mí y solo me habían dejado para el final, por capricho de cualquiera de los cuatro.

—Te esperábamos —rio Pestilence, corroborado con entusiasmo por Guerra y Hambre—. ¿Llegas tarde, no crees?

—Yo nunca llego tarde —aclaró la voz sin labios, sin lengua ni laringe, la voz “solo dientes”—. Es solo que después de mí no hace falta que llegue nadie más. No tiene sentido que se moleste ninguno de ustedes.

—¿Quieres algo de beber?

—Solo si es algo muy frío, helado… Una limonada…

—¿Limonada? —bufó Guerra, esparciendo saliva sulfúrica y ensangrentada–. No, yo propongo un brindis. El mejor vino de aquí…

—¿Debo levantar a…? —crujió Muerte, y sin duda señaló hacia Jerome.

—No hace falta —intervino Pestilence—. Aunque podamos, no debemos quebrantar las leyes de la naturaleza… Yo me ocupo de todo…

Y se ocupó…

Puedo decir con la mano en el corazón que las jarras en las que bebieron no existían antes en la taberna de Jerome. De hecho no eran jarras, sino enormes tarros plomizos, con tapas de bisagra. Brindaron.

—Por un mundo más… —dijo Pestilence, pero enseguida se corrigió—. Por otro mundo, ¿verdad?

—Por otro mundo…

Bebieron, tragando ruidosamente, y recogieron sus cosas horribles de la barra.

—¿Y qué hacemos con él? —preguntó Hambre, y sentí en su voz sufrimiento, pero también el placer de decidir el destino de otros.

—Nada —bufó Guerra con indiferencia—. Él vio lo que otros no vieron, aun careciendo de la vista. Vio lo que no debía ver, pero eso no es una culpa, es un don… Y alguien debe sobrevivir al mundo nuevo, para llevar la palabra…

“Para llevar la palabra…” me recordó esa película de criminales que escuché.

 

Ocurrió en enero, pero desde entonces han sucedido muchas cosas, demasiadas… Finalmente los equipos de rescate llegaron al pueblo. No fui yo quien los llamó; alguien se dio cuenta de que algo raro pasaba y envió ayuda. Llegaron a tiempo. No por mí, sino porque si lo dejaban para más tarde, el problema del pueblo habría sido mínimo comparado con todo lo demás. Con tantas calamidades en el mundo desde entonces, ¿qué importa un triste pueblo? Los Cuatro Jinetes partieron por el mundo, haciendo lo que saben hacer: destrucción, enfermedad, guerra y muerte…

—¿Cómo es posible que, de todo el pueblo, tú seas el único que sobrevivió? —me preguntó un tipo regordete, aficionado al tabaco, mientras me envolvía en una manta térmica.

—No sobreviví —le respondí—. Me dejaron con vida…

Hay una diferencia importante en mi respuesta…

Los Cuatro Jinetes recorren el mundo y anuncian el Apocalipsis. Y yo llevo la noticia. Habrá suficientes que sobrevivan y es bueno que escuchen la historia…

Ciprian Mitoceanu escribe terror, fantasía, ciencia ficción y suspense, y es considerado por la crítica internacional como «un autor dotado de gran talento, a menudo descrito como la versión rumana de Stephen King» (Massacre Magazine). Ha publicado relatos cortos en la mayoría de las revistas del género en Rumania y está presente en numerosas antologías junto a escritores como Norman Spinrad, Amdi Silvestri y George R. R. Martin. Su estilo se distingue porque logra crear thrillers cautivadores que provocan una profunda reflexión sobre la condición humana. Entre sus obras merecen destacarse: Colţii, 2008; În sângele tatălui, 2012; În sângele tatălui, 2015; Insula Diavolului, 2016; Faţă în faţă, 2016 y Amendamentul Dawson, 2017.

 

ESPERA EN LA TERMINAL

Gastón Caglia

 

Legué a la terminal de ómnibus más de dos horas antes de lo previsto. Ni bien puse un pie en el hall central pude percibir el ajetreo de la gente. Unos caminaban presurosos y nerviosos y otros fatigados o somnolientos. El lugar parecía bullir de hormigas aturdidas yendo de un lado al otro, como si un gigantesco pie hubiese pisado un hormiguero y el caos reinara en el ambiente.

Sin embargo, al cabo de unos minutos, la sala quedó vacía pues uno tras otro los coches que estaban en los andenes fueron partiendo y prácticamente todo el mundo, desapareció como por arte de magia. Junto con los pasajeros también, pero con un poco más de demora, se evaporaron los despidientes, así me gusta llamar a los que oficiaban de despedidores de quienes viajan en colectivo o en tren. Saludan, corren al lado del colectivo unos metros, lloran o sacan fotos; todo un ritual.

Con todo, el bullicio se transformó en un silencio apabullante, casi abrumador, quizás porque el contraste con el griterío de unos minutos atrás era muy marcado. Esa paz, como un ojo de tormenta, solo era interrumpida ocasionalmente por alguna estática breve y chispeante de los altoparlantes que estaban dispuestos en lo alto de la sala.

 Como los asientos dispuestos en la sala quedaron absolutamente vacíos, quedé solo con mi bolso de mano y una mochila raída, pues inclusive muchas de las boleterías ya habían cerrado sus ventanillas. Elegí un asiento, los típicos de esos lugares, de una sola pieza, base de metal y tres o cuatro unidades pegadas a lo largo del mismo y, con un poco de timidez observando de un lado al otro, comencé a preparar mi mate. El gigantesco reloj de manecillas despintadas, que colgaba del techo de la sala, marcaba las 14.25.

Siempre fui de dormir la siesta, rigurosamente a las dos de la tarde ya estaba en la cama entregado al sueño más profundo y hasta las cuatro no volaba una mosca, pero ahora estaba allí, con el mate en la mano y pensando en cómo matar el tiempo hasta las 16.38 en que arribaría el ómnibus, si es que llegaba. El miedo a que me roben el bolso hizo que no intentara dormir allí, y por otro lado siempre me dominó ese miedo a perder el colectivo, así que echar una cabeceada no estaba en mis planes.

Antes de dar la primera chupada dirigí mi vista hacia la cantina; estaba abierta, aunque absolutamente desierta y con las luces apagadas; sin embargo por el intersticio de una puerta vaivén que comunicaba con la habitación donde se preparaba la comida creí ver a una mujer fumando apoyada sobre una mesa. No vaya a ser que me tome toda el agua acá y después no tenga para el viaje, pensé.

Al bajar los ojos hacia la bombilla juro que perdí el control del entorno y de la realidad. Un intenso mareo me dominó al punto que pensé que me desvanecía sobre el mate cuando una luz cegadora inundó la sala sin pedir permiso. Todo se puso de un blanco intenso encandilándome por completo. Sin embargo, me recompuse al instante, aunque cuando di la primera chupada un miedo irracional me tomó desde la nuca, los vellos de los brazos se me pusieron de punta, y en la nuca sentí que se me erizaba la piel. Algo había sucedido y no acababa de comprenderlo, una especie de temor metafísico me había tomado por asalto, por así decirlo, y para colmo un palito de yerba que pasó por la bombilla me hizo toser y levantar la mirada.

La luz desapareció tan pronto como había surgido y ante mí, inexplicablemente, no había más que pastizales o pajonales y árboles a lo lejos. Es decir, estaba en medio de un campo sentado en el mismo banco de aluminio o el material que fuere junto a mi mate y mis cosas. El sol, por otra parte, se dejaba ver en lo alto.

Con el mate en la mano, y para no perder la cordura, de inmediato me serví otro mate. Bajé y levanté la mirada un par de veces, pero el campo seguía ahí. En ese instante comencé a preocuparme pues de los pastizales apareció un gaucho que, muy solícito, se me sentó a mi lado con las piernas abiertas porque sospecho le molestaban la panza y el cinto que suelen llevar los paisanos, esos de monedas pegadas y el cuchillo al costado. Me pidió un mate.

¾Un verde, un amargo, chamigo ¾dijo con una voz seca a la vez que apremiante.

Con los ojos desorbitados sólo atiné a volcar agua en el mate y alcanzárselo. El hombre chupó mientras no quitaba el ojo del termo e hizo una mueca tensando los músculos del cuello a la par que giraba la cabeza en ciento ochenta grados.

¾La pucha que está gueno, suavecito igual, pero gueno —dijo sin más trámite—. Gracias, don. —Hizo una pausa—. ¿Y es de venir siempre por estos pagos? ¾me interrogó mientras me alcanzaba el mate mirando por entre los pajonales.

¾No, mire, qué voy a venir siempre, es la primera vez que ando por acá ¾respondí un tanto aturdido y sin comprender lo que estaba pasando. Sin embargo, entendí enseguida que a un gaucho con un cuchillo a la cintura, como primera regla, no había que ofenderlo y menos evadir su presencia, así que consideré que debía seguirle la corriente. Esto ya está tomando un tinte bizarro, me dije, al tiempo que me preguntaba si el gaucho también advertía mi inusitada presencia en su, cómo decirlo, universo.

De inmediato le cebé otro y luego otro y luego otro hasta que me quedé sin agua. El gaucho tomaba en silencio mirando al horizonte, como queriendo descubrir algo más allá de los árboles que se asomaban por sobre los pajonales. Tomaba de una sola chupada y me lo devolvía sin siquiera quitar los ojos del frente.

¾Che, don, no tengo más agua ¾le hice saber.

¾No se priocupe, mi amigo. ¾dijo, y de inmediato dio un silbido con los dedos dentro de la boca. Como si un montaje teatral se tratase enseguida, ya no podía esperar más que otra locura en ese universo, por donde había aparecido el gaucho, se levantó un caballo marrón, sin montura ni nada. Llegó caminando con paso cansino y pegó el hocico a su dueño. Éste le dijo algo al oído y, juro por Dios, que la bestia le comprendió. Tal es así que giró sobre sus cuatro patas y desapareció al galope.

Durante los minutos que tomamos mate con el gaucho no tuve oportunidad de estar solo y pensar, los eventos fueron sucediendo sin más. No obstante, mientras mi imprevisto compañero de mateada se había incorporado para aguardar el regreso del caballo, intenté esbozar alguna idea acerca de mi situación sin una respuesta satisfactoria. El caballo volvió con una pava abollada, negra de tan quemada. No sé por qué pensé que tendría cien años; chorreaba agua caliente. El caballo la depositó con cuidado en el piso abriendo lentamente la boca. El gaucho, que se había quedado hablando cosas sin trascendencia relativas a la campaña y las montoneras, de espaldas a mí, me alcanzó la pava. No me quedó otra que sacar el tapón del termo y volcar el contenido. Me cebé uno, agua salada, un asco. Dejé la pava sobre los pastos, a lado del asiento.

¾Bueno, don — dijo el gaucho cuando me disponía a cebarle un nuevo mate—, lo tengo que dejar por un ratito. ¾Montó su caballo a pelo y se marchó, desapareciendo entre los pastizales más altos. En ese instante me decidí a cambiar la yerba, y en el trabajo de arreglar el mate bajé la mirada, cerré los ojos un instante como para reponerme y todo comenzó a dar vueltas. La cabeza me pesaba y el miedo me invadió otra vez pues la luz blanca y potente apareció de nuevo de la nada. Por suerte, al levantar la vista, noté que me encontraba de nuevo en la terminal de ómnibus, tan en solitario como un rato antes. Giré en redondo la mirada y pude apreciar que el reloj marcaba las 14.25. Me encogí de hombros, me cebé un mate pensando que todo aquello había sido una simple alucinación. Y tal vez lo había sido, pero el agua del termo tenía un horrible sabor salado.

Gastón Caglia es abogado, mediador y profesor de ajedrez. Ejerce como funcionario del Poder Judicial de la provincia de Santa Fe. Tiene 48 años, y vive en la localidad de Reconquista, provincia de Santa Fe. Escribe cuentos y relatos de ficción en general y ciencia ficción y terror en particular, bajo el pseudónimo de “Felipe Bochatay”. Ha publicado en algunas antologías de cuentos en formato papel y también en medios electrónicos latinoamericanos como en “Anapoyesis”, o “Narrativa”, entre otras. Asimismo escribe ensayos de sociología, literatura y ciencia ficción en su blog o en medios digitales y  podcast. Formó parte del comité científico de “Iberoamérica Social”.


  

PICO DE RATING

Néstor Darío Figueiras

 

Aggarth Lam abrió los ojos con dificultad.

La holomem había finalizado. Fue consciente de ello con dolor, y la pena colmó otra vez sus sentidos embotados, como un regusto amargo. La oscuridad era completa, pero no le hacía falta luz para saber que todo seguía igual dentro de su lujosa habitación, que las cabezas disecadas, los trofeos de caza que adornaban las paredes, seguían clavándole su falsa mirada de cristal, contemplando su agonía. Una irónica revancha.

Aún era fresca la visión de las densas tinieblas donde había yacido, aún podía sentir vagos residuos de la cálida paz que reinaba –lo había comprobado una y otra vez– bajo el fango nauseabundo de Estigia.

Con la punta de la lengua tocó los odontopads 11 y 21, implantados en sus incisivos superiores, y uno de los múltiples brazos de su camastro-robot retiró de su médula espinal el dendrax, ya vacío de experiencias.

Entonces lloró. Lo hizo con la rabia de no poder evitar llorar cada vez que volvía a la realidad. Todavía no había aprendido a dominar la secreción de sus glándulas lagrimales. Duchanonn insistía con frecuencia en ese punto: mientras más autocontrol ejerciera sobre su cuerpo –o sobre lo que quedaba de él– mayor autonomía tendría y más beneficio podría sacar de los trastos millonarios que lo asistían en cada acto mínimo y cotidiano. Él podía ejecutar la mayoría de los comandos que gobernaban su habitación robotizada, aunque ésta, de alguna manera razonable, también podía funcionar en modo automático.

El accidente había ocurrido hacía poco más de diez Años Estándar. Todos, incluso él mismo, aludían al suceso como «el accidente». Pero el término resultaba un pobre eufemismo para describir una verdadera masacre: la múltiple mordida de un pejesapo tricéfalo de unos tres o cuatro metros de altura. Había ocurrido en Tizalonia, en la época en la que los planetólogos solicitaban los servicios de los cazadores; cuando todavía la conquista de un nuevo y salvaje mundo como ése tenía el agridulce sabor de la aventura y dependía del valor de los pioneros, y no de los batallones de cabrones supersoldados.

Durante esos viejos y buenos tiempos él había sido famoso en todas las ciudades viciadas de Madretierra, y muchas mujeres hermosas habían rivalizado por pasar una noche en su cama.

Aunque, en verdad, seguía siendo famoso. Lo era más ahora que entonces.

El tullido más famoso, se dijo.

Pero el accidente no le había deparado la misma suerte en lo tocante al sexo. Sus genitales se habían disuelto en los jugos gástricos del pejesapo, y su lecho actual no admitía compañía de ningún tipo.

Su lengua rozó el odontopad 34 –situado en el primer premolar izquierdo inferior– y las persianas se abrieron, dejando pasar la luz halógena que alumbraba el parque del caserón de estilo colonial. Supo entonces que era de noche.

Cuando presionó el odontopad 18 –último molar derecho superior–, se encendieron las luces del cuarto. Frotó con las papilas linguales el velo del paladar y el brillo cegador disminuyó hasta la intensidad deseada. Parpadeó tres veces y se desplegó el plasmóptico, que onduló sobre su cabeza. Echó una mirada al rating sin prestarle mucha atención. El gráfico de barras seguía coronando a Cazador Cazado, su transmisión multisens, aunque Comunión Sex y Desahuciados la seguían de cerca. De cualquier modo, eso era preocupación de Pavlovsky.

La pantalla bombardeó el cuarto en penumbras con las imágenes paganas de Neura y de las otras redes, misceláneas promiscuas cuyo fulgor lastimó sus ojos. Añoró las tinieblas de los sepulcros que lo envolvían cada vez que se enhebraba. Volvió a pestañear, y el plasmóptico se esfumó.

Por enésima vez, miró a los ojos a los trofeos de caza que atestaban las paredes. Sus presas, perseguidas y finalmente atrapadas en mundos inhóspitos, le miraban con ferocidad, como si continuaran luchando por su vida. Esas cabezas multiformes y policromas de bestias alienígenas vigilaban su eterna convalecencia.

Si alguno de ustedes reviviera, furioso y salvaje, y acabara de una vez con esto…

Ninguna combinación de comandos a su alcance le servía para suicidarse. Pavlovsky y su comitiva de adefesios obsecuentes jamás permitirían tal despropósito. Él era la gallina de los huevos de oro. Su seguridad era la prioridad número uno. Hasta Duchanonn, el técnico que supervisaba el funcionamiento de los delicados mecanismos cibernéticos de la costosa habitación, había tenido que firmar un contrato millonario. Cada semana, el pobre viejo era desnudado e inspeccionado de cabo a rabo por los guardias que custodiaban la casona. Lo examinaban con diferentes tipos de detectores, lo entrevistaban psicólogos y sólo Dios sabía cuántos vejámenes más debía soportar para poder entrar al cuarto.

Pero los cancerberos no habían descubierto el destornillador hueco de Duchanonn. Semana a semana, el técnico le traía un obsequio clandestino: un dendrax repleto de holomemorias, de suculentas vivencias ajenas. Él mismo le clavaba en la espalda la diminuta aguja opalescente que hendía sus nervios para inocularle algunas horas de felicidad.

Al principio eran simples holomems sex. Aggarth extrañaba con intensidad las punzantes sensaciones de su vida licenciosa. Decenas de mujeres fantásticas –más bellas y fogosas que las que había seducido antes del accidente– cabalgaron sobre sus sentidos enhebrados. Aunque no siempre la interfaz era por completo satisfactoria: donde no había un brazo, donde una pierna faltaba, la holomem se desdibujaba, y la ilusión se desvanecía. Duchanonn había tenido que pagar a un especialista –un adolescente brillante, nihilista y bipolar, uno de los tantos tecnocriminales que quitaban el sueño a la Polizei del Directorio de Madretierra– para que sintetizara las sensaciones de erección y eyaculación. Esas primeras holomems le habían costado muy caras. Pero Duchanonn se había apiadado del tullido. La misericordia –y la transferencia de una generosa parte de la fortuna del cazador a su cuenta– bastaron para que se tomara tantas molestias.

Sin embargo los antojos de Aggarth se fueron tornando cada vez más sofisticados; y las posibilidades de satisfacerlos, más remotas. Ya ni siquiera se contentaba con un montón de putas encorvándose sobre él. De la autocompasión había pasado al odio extremo. Había empezado a mostrar severos síntomas de depresión aguda, y los primeros rasgos de su nuevo perfil suicida no tardaron en aparecer. ¿Quién quería ser una especie de héroe, un ejemplo de tenacidad y deseos de vivir? No él. No deseaba seguir vivo. Maldecía cada mañana al reventado pejesapo tizalonio, y a su costumbre perversa de empapar a sus presas con esa saliva cuajada que las mantenía vivas para los tiempos de hambruna. Así lo habían hallado, destrozado y momificado, pero vivo de milagro. Y la noticia había causado sensación. Pavlovsky y su séquito no tardaron en descubrir el negocio fabuloso que representaba. Ser el protagonista de una de las transmisiones multisens favoritas del público ya no lo entusiasmaba tanto como al comienzo.

¿Qué clase de imbéciles quiere experimentar lo que siento? Por Dios. Todos desean saber qué significa ser un pedazo de carne inmóvil, sentirse como un maldito hongo… Es fácil, si luego que te desconectas vuelves a tener tus dos brazos y tus dos piernas, y las bolas te siguen colgando entre ellas…

Aggarth empezó a pedirle a Duchanonn holomems post mortem. Era la única manera de morirse que tenía a su alcance. De a ratos. Jodido, dijo el técnico. Demasiado peligroso. Pero no imposible. La guerra perpetua era una fuente inagotable de cuanto pudiera imaginarse. Bastaba con saber dónde y cómo buscar, y cualquier cosa podía encontrarse. El técnico logró comerciar con traficantes que exhumaban chips holomnemónicos escarbando en el asteroide Estigia, el camposanto universal. Esas holomems eran las que necesitaba; las evocaciones de cadáveres putrefactos que podían recabar las sensaciones de la muerte gracias a sus imperecederas neuroplacas. Ninguno de los cibérfilos, cuyos cuerpos se deshacían bajo el azulino barro fermentado, habría podido imaginar que los chips que se habían hecho empotrar en vida seguirían azuzando sus sentidos en la sepultura, ya débiles y amortiguados, pero avivados con una punzada morosa, eterna y sorda. Esta especie de muerte intermitente estaba salpicada de flashbacks cuya única banda de sonido era el raspar crepitante de los cristales catalizadores de abono que no dejaban de nevar sobre los sepulcros comunales.

Gracias a esos resistentes chips, los enhebrados podían experimentar el crecimiento subterráneo de las uñas y del cabello, que persistían en el vano hábito de lo vivo; o la percepción de gusanos royéndoles el vientre mohoso a los cadáveres…

El asunto podría haber llevado a Duchanonn a la prisión: la Polizei perseguía encarnizadamente ese tipo de contrabando. Pero un ángel guardián parecía velar por los caprichos del tullido. Al parecer, el mismo que evitaba que los guardias de la casona detectaran el compartimiento oculto en el destornillador.

Y así el cazador cazado moría cada semana, para terminar retornando a su miserable existencia luego de unas pocas horas de paz.

El rating estallaba. El desesperado deseo de morir de Aggarth Lam era mucho más irresistible que la experiencia multisens de estar dentro de su cuerpo desmembrado, al que sustentaban máquinas infatigables. Los fieles seguidores de Cazador Cazado comprobaron que conectarse a él para experimentar la ilusión de ser un cadáver y luego resucitar era algo infinitamente más seductor que sentir picazón en un pie que ya no estaba, y no poder rascarse. Saborear su aguda desesperación y su frustración hacía que muchos comenzaran a reírse de sus tragedias personales. Algunos se compadecían del cazador desgraciado, del personaje legendario que había contribuido con tanto valor a la expansión de Madretierra y pedían para él una muerte clemente, el fin de su tortuosa existencia. Cientos de millones se pronunciaron a favor o en contra de esta alternativa, a través de encuestas multitudinarias que bullían en Neura y en las demás redes. Tizalonia, devenido en una atracción turística, se aprestaba a recibir cada año a las numerosas retronaves colmadas de excursionistas que querían contemplar a los monstruosos pejesapos tricéfalos desovando en el lodo.

Ajeno al fenómeno del cual era el epicentro, Aggarth se encerró en sí mismo, donde nadie pudiera darle alcance. Llegaría lo más cerca de la muerte que pudiera, hundiéndose en su propio seno oscuro y solitario. Cuando el dendrax se vaciaba, caía en una especie de trance soporífero. Sólo balbuceaba en presencia de Duchanonn, para suplicarle que lo desenchufara, que lo ahogara con una almohada, que le friera los malditos nervios. Que hiciera algo, por el amor de Dios.

Un día, mientras Aggarth deliraba sin cesar, el técnico decidió no enhebrarlo más.

Y entonces, los fans que se conectaban a la adictiva angustia del héroe descubrieron maravillados el tema recurrente que inundaba los sueños de su conciencia vegetante. Una vez fue la embestida de una manada de paquidermos rojizos cuya trompa era rematada por una garra de filosos espolones. Luego, una pareja de basiliscos tricornios de Morthunah lo destrozó. En otra ocasión, una furiosa mantis alada le quitó la vida sobre una de las interminables mesetas laskonianas.

El cazador soñaba con su muerte una y otra vez. Una muerte violenta, sanguinaria con fruición. Y un clamor de misericordia empezó a escucharse en todas las ciudades de Madretierra, y en las colonias. Pavlovsky y su comparsa tuvieron que aceptar que la gallina estaba empollando el último huevo dorado. Era la hora del fin.

Cierta mañana, Duchanonn despertó a Aggarth.

—Cazador, cazador. Despierta. Hoy es tu día —le palmeó las mejillas con suavidad—. ¡Despierta!

—¿Humm? Ah, Duchanonn, por favor, por favor. Desenchufa toda esta mierda… —El tullido entreabrió los ojos vidriosos, emergiendo del letargo.

—Tengo algo mejor que eso, cazador. Mira.

—¿Qué…? ¿Dónde…?

—Mira al frente. Las bestias —La pared, ataviada de cabezas inhumanas, empezó a crujir.

—Las bestias.

—¡Vienen por ti! —La mampostería empezó a rajarse en torno de los cogotes fibrosos. Las bolitas de cristal empezaron a moverse nerviosas en las cuencas, algunas inyectándose de sangre, otras destellando como faros.

—Sí. Vienen.

Unas alas nervudas se desplegaron, cuernos y colmillos relucieron, las lenguas chasquearon como látigos. Las crines se erizaron, las agallas se dilataron, las escamas se crisparon. El caserón tembló bajo la estampida de las fieras revividas. El terror y la furia llameaban en todas las miradas resucitadas, las monoculares, las múltiples, las facetadas.

Aggarth volvió a los viejos y buenos tiempos. Hasta pudo sentir el olor a pólvora y a ozono de las armas. Se preparó para el golpe final. Gritó.

—¡Sí, malditas! ¡Vengan…!

Y las bestias lo aplastaron, y mordieron y laceraron y desgarraron, y envenenaron y quemaron con el fuego de alientos infernales. Por último, lo decapitaron.

 

Duchanonn retiró el dendrax vacío, mientras los enfermeros abrían la bolsa donde depositarían el cadáver.

—¡Maravilloso, espléndido trabajo el de ese jovencito, Duchanonn! ¿De dónde lo has sacado? —Pavlovsky hablaba sin dejar de mirar su plasmóptico portátil, que revoloteaba en torno de ambos—. ¡Por la Madre! ¡Es un pico de rating, viejo, el más elevado de la historia! ¡Maravilloso y espléndido, querido Duchanonn!

—Sí, ese muchacho es un verdadero descubrimiento. Lástima que sea tan inestable…

—Los de su calaña lo son. Casi siempre padecen de trastornos graves. Pero éste es brillante… —Hizo un gesto a una de sus sumisas damas de compañía—. ¿Tu nombre…?

—Patiño, Luka Patiño, señor Pavlovsky.

—Patiñolukapatiño, contrata a ese jovencito. Jornal mínimo. Sin beneficios extras. Que un médico revise sus nervios, debe ser un enhebrado de los peores. ¡Sintetiza holomems! Pónganlo a perfeccionar las emisiones de Comunión Sex. Si la melindrosa de Klaudia Vorak no quiere hacerlo con un supersoldado, que nuestro muchachito sintetice al engendro. O mejor, que la sintetice a ella. Que le haga tetas más grandes y le mejore las piernas. Y ya que está, que la haga aparecer más atrevida con el supersoldado que una ninfómana dentro de un vestidor masculino. ¡Millones de mujeres están pidiéndolo en las encuestas! Quieren saber cómo es tener sexo con los vástagos de la Madre… Ah, y vigílenlo de cerca: alguien con una habilidad tan grande siempre es peligroso. ¡Vamos, vamos, Patiñolukapatiño! ¿Qué esperas? —Mientras Patiño corría, él volvió a dirigirse a Duchanonn, sin despegar sus ojos del plasmóptico—. Aprende Duchanonn, puesto que ahora estás en el mundo del espectáculo: lo que te hace crecer en este negocio es la diligencia. Los empleaduchos nunca entienden esto.

—¿Y la Polizei? ¿No querrá detener a tu nuevo talento?

—¿La Polizei? ¡Ja! ¡La Polizei! Me harán esa pregunta hasta que me arrojen al limo de Estigia, por la Madre… Querido Duchanonn, aquí va la segunda lección: el gobierno nunca interfiere con las prioridades del espectáculo. De otro modo ya estarías encerrado… Grábate esto: la Polizei sólo está para servir a Neura y las otras redes. ¿No es maravilloso? Sí, lo es. Maravilloso y espléndido.

 

La retronave funeraria se impulsó en el revés del continuo hasta Estigia, el asteroide-necrópolis. Sobrevoló el lodazal que escupía fuegos fatuos y géiseres. Entre cientos de miles de bolsas, Aggarth Lam fue arrojado a sus bienamadas tinieblas.

Como rindiendo honores póstumos, una nave-robot soltó una lluvia de cristales fermentantes, que arreció sobre el fangal infinito.


Néstor Darío Figueiras nació en Buenos Aires, Argentina, en 1973. Es escritor, músico, productor musical e ilustrador. Profesa su fe como cristiano evangélico. Su producción literaria se enmarca principalmente dentro del género de la ciencia ficción, aunque también ha escrito obras de terror y fantasía. Ha publicado cuentos, entre otras, en las antologías Los rostros y las tramas (2005) Historia alternativa (2005), Tricentenario (2102), Umbrales y Crepúsculos (2015), Espacio austral (2016), WhiteStar (2016), Latinoamérica en breve (2016), Extremos (2017) y en las revistas Ópera Galáctica, Sensación, Próxima y Catarsi. Fue traducido al francés, catalán, italiano, húngaro y griego. Sus cuentos pueden leerse en publicaciones digitales tales como Necronomicrón, Axxon, NGC 3660, NM, Aurora Bitzine, Alfa Eridiani, miNatura, Crónicas de la Forja. Ha recibido menciones en numerosos concursos, como en la primera ConSur, organizada por el CACyF, dónde ganó una mención de honor con el relato “Organicasa”. Ha publicado dos antologías de cuentos, El cerrojo del mundo está en Butteler (2016), Capricho #43 (2017), Playlist (2022). Plenaluz/Entreluz (Ayarmanot, 2021) fue su primera novela: un libro doble, espejado, un artefacto que reúne narrativa, poesía, música e ilustraciones.

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