jueves, 20 de noviembre de 2025

LOS CABALLOS DE NEDUNTHEEVU

Rhys Hughes

 

Tuve que abandonar la India por un breve período debido a las regulaciones del visado. Me habían otorgado un visado de turista por un año, pero estaba obligado a salir del país después de seis meses y regresar una semana más tarde. Decidí ir a Sri Lanka, un destino adecuado, un viaje corto y poco costoso. Aterricé en Colombo y tomé un tren hacia el norte de la isla, donde nunca había estado. Planeaba salirme un poco de los circuitos habituales, disfrutar de algo de paz.

Hay una pequeña isla frente a la costa de Sri Lanka llamada Neduntheevu que consideré admirablemente apropiada para mis propósitos. Era oscura, escasamente poblada, tenía pocos atractivos que pudieran atraer turistas, y sus paisajes eran agradables, aunque no espectaculares. Nada de montañas ni cascadas. Solo una extensión plana cubierta de vegetación rala y árboles pequeños, rodeada por mares poco profundos. Al parecer, había manadas de caballos salvajes que vagaban por la isla y solían nadar en las aguas tibias del estrecho de Palk.

Esto me pareció maravilloso, especialmente cuando supe, gracias a un capítulo pertinente de una guía de viajes, que el gobierno planeaba convertir Neduntheevu en un santuario de vida silvestre protegido. Se prohibiría cualquier desarrollo adicional, y los caballos eran responsables de ello. Solo si abandonaban la isla se permitiría la construcción de viviendas. Pero eso era muy improbable. Los caballos se contaban por miles, una población saludable, ni demasiados ni muy pocos. Estaba ansioso por ver el lugar con mis propios ojos.

Primero tenía que llegar a Jaffna, el destino final del tren en el que iba. Luego viajaría al pequeño puerto de Kurikadduwan para tomar el ferry a Neduntheevu. Parecía sencillo. Pero nada en la vida es realmente fácil. Estaba leyendo mi guía cuando el hombre sentado frente a mí entabló conversación. El vagón estaba casi vacío y faltaban muchas horas para llegar a Jaffna. Vio que el título de mi libro estaba en inglés y me habló en ese idioma. Me preguntó si estaba de vacaciones y le conté mis planes de visitar Neduntheevu. Él asintió.

—Los holandeses tuvieron allí un fuerte hace mucho tiempo. Llamaron a la isla Delft, como la ciudad en los Países Bajos. El fuerte ahora está derrumbado y quizá ni siquiera era de origen holandés, sino portugués. Los holandeses simplemente lo ocuparon. Pero las historias asociadas a él son bastante extrañas.

—¿En qué sentido?

—Oh, fantasmas y espíritus, lo habitual.

—¿Entonces es una ruina encantada?

—Los fantasmas no son exactamente hombres. Hay una leyenda. Los holandeses llevaron caballos con ellos, muchos escaparon y se volvieron salvajes. Un fantasma se apareció al gobernador del fuerte y le dijo que los caballos eran bienvenidos en la isla. Para los espíritus, eran un regalo. Por lo tanto, los fantasmas nunca dañarían a los colonos holandeses mientras los caballos permanecieran allí. Esos espíritus amaban a los caballos. Pero si los caballos se iban, la tregua se rompía.

—Ya veo. Sin embargo, fueron los holandeses quienes abandonaron Sri Lanka.

—La historia tiene sus propias ideas.

—Los caballos han permanecido.

—Correcto.

—Estoy deseando alojarme en Neduntheevu.

—Quizá te encuentres con los fantasmas.

—Seré cortés si lo hago —respondí con una pequeña sonrisa, y luego miré por la ventana el paisaje que pasaba. Aquella tierra me parecía demasiado cálida para que seres sobrenaturales la habitaran. Los fantasmas y espíritus suelen preferir regiones sombrías, lugares sin sol, reinos de sombra, rincones fríos y solitarios. Los trópicos eran, para mí, lo opuesto a lo gótico.

—Los fantasmas no son exactamente hombres —repitió.

—¿Son monstruos?

—No exactamente. Son en parte hombres.

—¿Y la otra parte?

—No monstruosa. Pero inusual en combinación.

Sonrió y, para mi sorpresa, no dijo nada más. En mi experiencia, alguien intensamente interesado en un tema tan arcano querría hablar horas. Volví a leer mi guía. Cuando levanté la vista, apenas cinco minutos después, había desaparecido.

Su asiento estaba vacío y no se lo veía en ningún otro lugar del vagón. No lo había oído levantarse ni había visto nada por el rabillo del ojo. Fue extraño, pero no inquietante. Lo olvidé enseguida.

Llegué a Jaffna, paseé un rato por la ciudad –muy atmosférica– y luego tomé un autobús a Kurikadduwan. Todo fue bien, incluso el viaje en barco, que no estaba tan abarrotado como temía. De hecho, aquella isla de coral y piedra caliza sí parecía el lugar remoto que buscaba. Al acercarnos, pensé que se parecía a una vieja balsa flotando en el mar, demasiado baja y plana para resultar dramática o romántica. Cocos flotantes golpeaban la proa mientras nos acercábamos al muelle.

Pisé la isla con paso firme y corazón ligero, y me dirigí al alojamiento que había reservado. Hay pocos sitios donde hospedarse, pero algunos hoteles pequeños existen. Yo era el único huésped en el mío y eso no me molestó. El gerente era amable, pero me dejaba a mi aire. Era perfecto. Descansé una hora en mi habitación y luego decidí explorar la isla.

Fui a pie pese al calor, con mi sombrero, pantalones de lino y sandalias de suela resistente. Ignoré la oferta poco entusiasta de un conductor de tuk-tuk que quería enseñarme los lugares. Quería llegar a las ruinas por mí mismo y ver a los caballos solo. El clima caluroso no me incomoda. Llevaba suficiente agua y me alegraba estirar las piernas. Me impresionó lo silencioso del lugar y la falta de tráfico. Era polvoroso pero sereno, y mi paso de caminante se convirtió en un paseo relajado. Me sentía en paz.

Muchas casas estaban desiertas, abandonadas; algunas aún en buen estado, otras en ruinas. Me pareció que la isla corría más peligro de perder a todos sus humanos que a sus caballos, y que el proyecto de santuario estaba lejos de verse amenazado. Tenía conmigo un mapa y decidí dirigirme primero al fuerte en ruinas. Cambié de dirección y llegué enseguida; parecía que lo tenía todo para mí. No había lugareños ni turistas. A medida que el sol ascendía, el peso de los siglos pareció caer sobre mí –al menos sobre mi imaginación– y comprimir todo lo que creía saber en una masa densa de imágenes mezcladas.

Vi en mi mente a la gente que había habitado ese fuerte cuando estaba intacto y la isla era un centro comercial próspero. Los centinelas en las almenas, oteando el horizonte. El sol hundiéndose en el cielo y el mar volviéndose de un azul casi negro. Los centinelas esperando. Entonces llegó el redoble de cascos, y vi caballos salvajes galopando hacia las murallas, encabritándose, relinchando y sacudiendo la cabeza. Alguna clase de comunicación pasaba entre hombres y bestias. Aunque aquella imagen existía solo en mi mente, tenía una viveza que resultaba irresistible. Me perdí en la ensoñación, hipnotizado por aquella comunión de almas, humanas y equinas. Ambas especies compartían la isla y se respetaban.

Con un sobresalto, salí del trance. El sol realmente estaba a punto de ponerse. ¿Cuántas horas habían pasado? Me sentía drenado de energía, como si hubiese recorrido un camino larguísimo, pero mis huellas en la arena mostraban que solo había caminado en círculos alrededor de las ruinas. Me senté, apoyándome en un muro roto.

Mientras descansaba y la noche caía con una rapidez inesperada, sentí una carga eléctrica en el aire. ¿Se acercaba una tormenta? No, el vello de mi nuca se erizaba por otra razón, una razón aún insondable, pues no había nada remotamente inquietante en la atmósfera del lugar. Lentamente, el mar se pulió a sí mismo, convirtiéndose en un espejo oscuro para las estrellas. Luego la luna se alzó y tendió una escalera de luz desde el continente hasta la orilla coralina de Neduntheevu, una isla silenciosa cerca de otra mayor.

Tal vez esperaba ver fantasmas, los espíritus de los hombres que habían patrullado aquellas murallas desmoronadas, o los guardianes enigmáticos que me mencionó el pasajero del tren. Pero en cambio escuché un retumbo distante, el martilleo de cascos de caballos. Sonreí: los caballos eran la razón por la que había viajado tan lejos. Ellos mantenían la isla más pura de lo que podría haber sido, frenando el desarrollo excesivo, la verdadera plaga de nuestro mundo moderno. Cerré los ojos y disfruté del sonido del galope como si fuera música espiritual, como si el fuerte fuese un templo consagrado a la ahimsa, sagrado para todos los seres.

Con los ojos cerrados conté el rebaño solo por el oído. Era un cálculo aproximado pero placentero. “Deben ser cien”, concluí. Tendría que haberme conformado, pero cometí el error de abrir los ojos para comparar mi suposición con la realidad. Fue un error, sí, pero glorioso. Vi caballos –quizá treinta–, pero también vi algo más. Una nube pasó por la luna y las sombras se profundizaron, pero la verdad fue revelada sin ambigüedad. Las ruinas estaban rodeadas, y yo con ellas. Al fin sentí que había sido insertado en una historia muy antigua. Frente a mí estaban entidades mitológicas, criaturas híbridas, monstruos.

Pero no eran grotescos ni terribles. Eran mágicos y nobles. Centauros: ésa es la palabra exacta. Unos treinta, parece que uno por cada caballo. Y los centauros sostenían objetos en sus manos. Entrecerré los ojos, la nube se apartó, y pude ver claramente qué eran aquellas semiesferas extrañas. Cáscaras de coco. Cocos cortados por la mitad y golpeados entre sí para imitar el sonido de cascos. Todos jugamos a eso de niños. En Neduntheevu abundan los cocos y, evidentemente, entre los centauros no falta el espíritu juguetón. ¡Qué extraño! ¡Y qué magnífico!

El centauro más cercano volvió lentamente la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. Lo vi fruncir el ceño tratando de decidir en qué idioma dirigirse a mí. Probó con holandés; como yo apenas conozco esa lengua, pasó al portugués, que sí hablo, aunque con torpeza. Creo que no sabía inglés. Fue la conversación más extraña de mi vida, aunque breve y quizá menos notable al ser escrita aquí.

—Somos los guardianes de la isla —dijo— y amamos a los caballos porque son nuestros primos. También amamos a los humanos, que también son nuestros primos, y siempre nos ha entristecido la falta de respeto entre las especies. Sé que los hombres han tratado a los caballos como esclavos muy a menudo, y la culpa está más de vuestro lado que del de ellos, pero nos gusta ser misericordiosos y amables. No deseamos azotarte ni atormentarte de ninguna manera. Deberíamos ser una gran familia feliz. Pero déjame satisfacer tu curiosidad sobre los cocos.

Esperé. Él miró con nostalgia las cáscaras entre sus manos.

—Te escucho —respondí.

—Hay menos caballos en la isla de los que dicen los informes. El estatus de este territorio como santuario depende de mantener una población saludable. Nosotros, los centauros, inflamos ese número. Hacemos mucho ruido con nuestras pezuñas, pero también golpeamos cáscaras de coco mientras galopamos. ¿Ves? Así, cada centauro suena como dos caballos, y combinados con los cascos de los caballos reales, producimos el ruido de una población tres veces mayor. Esta noche hay treinta caballos aquí. Con treinta centauros y treinta cocos, podemos parecer una manada de noventa. Es un truco, pero hecho con las mejores intenciones.

—¿Por qué me cuentas tu secreto? —pregunté.

—Porque estás aquí —respondió.

—¿Puedes confiar en mí?

Asintió y supe que había mirado dentro de mi alma.

—Así parece. Si no puedes guardar esta verdad asombrosa, hay una solución. Puedes escribirla como si fuera un cuento ficticio, una historia ligera en la que la mitología se traslada a la era moderna, a una isla oscura frente a la costa norte de Sri Lanka. Nadie la creerá. Los centauros son griegos, no asiáticos. Dirán que confundiste tus leyendas.

Le di las gracias mientras reanudaba el golpeteo de sus mitades de coco. Se despidió con un leve movimiento de cabeza y trotó hacia el resto. Los caballos comunes y los otros centauros se alejaron mezclados, levantando arena que brillaba a la luz de la luna. Sí, la manada parecía mucho más numerosa de lo que era, una táctica maravillosa. Supongo que los centauros fueron alguna vez globales, presentes en todos los continentes y en todas las islas. Por qué se volvieron escasos es algo que no sé responder. Pero existen en Neduntheevu y, espero, seguirán prosperando allí.

Regresé a mi hotel y dormí en paz en una cama estrecha de una habitación pequeña. A la mañana siguiente volví a Jaffna. Una semana después tomé el tren de regreso a Colombo, pensando en el pasajero que me contó la historia de los espíritus en mi viaje anterior. Él también debía haber conocido a los centauros y sentido el deseo de compartir el secreto. Se contuvo y no reveló demasiado. Debo hacer lo mismo. En el avión de regreso a la India miré por la ventanilla mientras sobrevolábamos el norte de Sri Lanka, deseando ver nuevamente Neduntheevu.

No estoy seguro de haberla visto. Las islas desde arriba suelen parecer otras cosas. El vuelo fue tranquilo, aunque una ligera turbulencia sobre el mar hizo que me sintiera como si montara un caballo brioso, y la idea me hizo sonreír. Aterricé en Bangalore y quizá debería haber intentado olvidar mi aventura, considerarla solo como un sueño extraño. Pero me resultó imposible sacarla de la mente. Una imagen permanecerá grabada en mi memoria para siempre: centauros bañados por la luz de la luna golpeando cáscaras de coco para fingir ser más caballos de los que ya eran.

Rhys Henry Hughes es un escritor de fantasía y ensayista galés nacido en 1966 en Cardiff. Ha cultivado diversas formas de ficción, desde relatos cortos hasta novelas. Entre muchas otras obras, ha publicado las siguientes novelas y colecciones de cuentos: Worming the Harpy and Other Bitter Pills (1995), The Smell of Telescopes (2000), Stories from a Lost Anthology (2002), A New Universal History of Infamy (2004) –Parodia y homenaje a Jorge Luis Borges–, Engelbrecht Again (2008), Twisthorn Bellow (2010), The Brothel Creeper (2011), The Abnormalities of Stringent Strange (2013), The Pilgrim's Regress (2014), Flash in the Pantheon (2014), Brutal Pantomimes (2016), Cloud Farming in Wales (2017), The Honeymoon Gorillas (2018), Crepuscularks and Phantomimes (2020), Weirdly Out West (2021), Utopia in Trouble (2021), Comfy Rascals (2022), The Senile Pagodas (2022), Adventures With Immortality (2023), The Wistful Wanderings of Perceval Pitthelm (2023).

lunes, 17 de noviembre de 2025

MATE AMARGO

Sergio Gaut vel Hartman

 

Gumersindo Salvatierra tomaba mate a la sombra de un ombú. La Pampa, inmensa, dormía la siesta acunada por el canto de las cigarras que, indiferentes a los eventos cósmicos, cumplían con su ritual, como vienen haciendo desde hace millones de años.

Tibicen linnei

Gumersindo, hombre calmo por naturaleza, pareció no darse por enterado de la intempestiva irrupción. Solo cuando completó el ingreso del líquido en la calabaza, aunque aún sin levantar la cabeza, se dignó a refutar la afirmación tan imprudentemente vertida acerca de la cigarra que chicharreaba con fervor a pocos centímetros de su bota.

Cryptotympana mandarina, amigo. La Tibicen linnei es verde; no marrón. ¿No distingue los colores o es simple ignorancia? Porque usted de chicharras sabe menos que el Tape Salinas, bruto si los hay por estos pagos... A menos que yo no lo haya comprendido porque estoy un poco sordo. ¿Es extranjero?

Las cigarras callaron. Gumersindo chupó y luego movió la bombilla para ubicarla en la posición opuesta y así aprovechar las partes de la infusión aún no lavadas por el agua.

—¿Habla mal idioma local? —dijo la voz; sonaba como un pájaro de dibujo animado japonés doblado al castellano por aficionados.

Solo cuando asimiló la referencia implícita en aquel comentario, el paisano alzó la vista y pispó por debajo del ala del chambergo. Lo que vio, ciertamente indescriptible, fue un monstruo de película, de tres metros de estatura, que hablaba haciendo vibrar unos pámpanos azules contra el clípeo amarillo ubicado en una cavidad que, con buena voluntad, podríamos llamar “boca”. Su aspecto general evocaba los más delirantes engendros del surrealismo. Salvador Dalí, no obstante, hubiera quedado pasmado ante tal derroche de formas y estructuras en apariencia inarticuladas: colgajos, protuberancias, hendiduras, jorobas, alforzas, piltrafas, intersticios…

—Habla bastante pasable, considerando las circunstancias —respondió Gumersindo sin inmutarse. Ladeó la cabeza para eludir el reflejo—. Pero insisto: de chicharras sabe poco, tirando a nada. Si confunde a la Cryptotympana mandarina con la Tibicen linnei estamos fritos, mi amigo.

—Yo aprende entomologia con la profesor Karl-Heinz von Lauffer de la Dusselfort jermana.

—Mire, don extraterrestre, porque supongo, aunque no soy hombre leído, que usted proviene del espacio exterior, que es un genuino alienígena llegado a la Tierra en una nave interestelar o algo por el estilo: yo no lo conozco al Lauffer ese que le enseñó semejantes barbaridades, y tampoco conozco a la hermana Dusselfort del sujeto, pero sé algo de chicharras, ya que tengo recorrido el territorio bonaerense de San Nicolás a Carmen de Patagones y del Tuyú al límite con la Pampa, lo que significa que, si se lo enseñaron, no le han enseñado el tema como corresponde.

Desorientado por las palabras del humano, el visitante del espacio cruzó dos extremidades sobre la parte media del cuerpo y alzó otras dos al cielo. No había venido a la Tierra a confrontar con los aborígenes sino a recoger información útil para invadir el planeta y liquidar a la especie humana. Siguiendo las instrucciones impartidas por sus superiores, lo más importante era ganarse la confianza de los habitantes del planeta, entender sus costumbres, en la medida de lo posible, claro. Y como no hay que escatimar sacrificios en pro de obtener el mejor resultado para la misión encomendada…

—Yo entender muchas cosas de cultura local y estar preparado para probar mate, infusión de hojas de ierba, plantas desecadas, cortajadas y molidas que tienen la sabor amargo por las taninas de las hojas. ¿Se dice mate? ¿Así mismo? ¿Convídame?

Al paisano no le hizo gracia el pedido del extraño, ya que implicaba que la bombilla fuera baboseada por flujos y emulsiones de origen impredecible, o predecibles, pero extraterrestres, pero igual tomó la patriótica decisión de aceptar lo pedido. Y a punto estuvo de escanciar el líquido elemento en la calabaza cuando una idea brillante le cruzó por la mente como un relámpago.

—¿Dulce o amargo? —dijo.

El forastero, desconcertado, movió las zilotas, articuló el vértex y retrocedió un paso, por lo que sus extremidades anteriores se enredaron en el fino raboide izquierdo, haciéndolo tambalear. Pero de todos modos logró mantener la estabilidad.

—¿Debo decidir momento mismo o poder consultar superiores galatos de mi mundo hogareño?

—No entiendo la pregunta —dijo Gumersindo. La había entendido a la perfección, pero todo era útil a la hora de ganar tiempo. Así que los alienígenas se llamaban galatos…

—Yo comunicar con planeta origen por instrucciones sobre tomar mate de ierba.

—Ah, sí, puede consultar, claro —dijo Gumersindo con una sonrisa—. Y mientras espera la respuesta, que supongo demorará un rato, yo me sirvo otro.

El exótico alienígena se plegó sobre sí mismo y pareció conectar unos belfos plateados, que sobresalían de un pronoto chato, con los caireles estriados de las ocellas laterales. Gumersindo aguardó respetuosamente a que el ser del espacio terminara la ceremonia de la comunicación antes de formular la siguiente pregunta.

—¿Y qué lo trae por estos pagos, si se puede saber y no lo pongo en un compromiso revelando una información tan importante y tal vez hasta secreta?

El intruso se sintió en falta. Incapaz de mentir porque los galatos carecen de esa virtud, decidió explicar sin rodeos el propósito de su misión.

—Mi especimen propia de nosotros mismos desea invadir la Tierra planeta de ustedes terranos, eliminar a todos los humanos que habitanla y modificar ecosistema drástico con objeto de vecinos nuestros, los polibuts, los durelikos y los afer’inos, puedan visitar sin riesgo para integridad física. Es que ellos respiran acido colorhídrico. Por otra parta, científicos de nosotros llegaron conclusivos a que detruyir el mundo de ustedes por propios manos es cuestiona de tiempo, ¿comprende? ¿Qué importancia si nosotros galatos aceleraramonos el procesos.

—¡Claro que comprendo! —dijo Gumersindo cuando la criatura terminó de exponer los planes de exterminio de sus congéneres—. Y bueno, si hay que extinguirse, que sea con clase y sin chillar como marranos degollados, ¿no le parece? Sería como el anunciado Apocalipsis de Juan, ¿no es cierto?

—¿Juan? No conecer Juan. ¿Clase? ¿Marranos degollados? —El ser del espacio exterior miró a su alrededor, algo que no le ofrecía mayores dificultades habida cuenta de que poseía, además de sus cuatro ojos frontales, dos laterales y uno encima del apéndice vermiforme que le servía para expulsar los deshechos del organismo. Este último era un ojo artificial, injertado por el gran cirujano oftalmólogo Dart’aanaan, un ojo biónico que servía para captar incoherencias radiculares a nivel cuántico, pero no mucho más. Y eso, de todos modos, no viene a cuento y no influye en el desarrollo de la presente narración.

—Veo que es duro de entendederas —comentó Gumersindo—, más que el Tape Salinas y mucho más que don Zoilo, que en paz descanse.

—¿Descansa en paz don Zoilo? ¿Dónde descansamos? —Gumersindo notó que el interés del alienígena era genuino, lo que lo habilitaba a ganar otra porción de tiempo.

—No se confunda, amigo. Usé un eufemismo para referirme a la muerte de un amigo. Somos pudorosos cuando nombramos a la Huesuda.

—¿Ufemismo? ¿Usuda? —Las antenas pedunculadas del extraterrestre se movieron como las aspas de un molino. De pronto, una gran placa córnea se desprendió de la parte central del cuerpo y cayó al suelo produciendo un sonido sordo, pero no por ello menos escandaloso. Gumersindo permaneció imperturbable.

—Me parece que anda perdiendo la pechera —dijo señalando la pieza caída.

—¡Detenerse! Todavía no supo que es usuda y si ufemismo es comestible. —El extraterrestre se inclinó para recuperar la placa, pero el peso de la cabeza lo desmoronó sin piedad. Gumersindo consideró que a la oportunidad la pintan calva.

—La Huesuda es la muerte, don. ¿Ustedes no se mueren? ¿Son inmortales? ¿Cuántos años viven? ¿Envejecen? ¿Se enferman? —Hasta él se sorprendió por la andanada. Hombre parco y conciso, nunca interrogaba a nadie. Pero algo le decía que era importante averiguar más datos acerca del visitante—. ¿Son bisexuales? ¿Trisexuales? ¿Se casan? ¿Procrean mediante sistemas naturales o artificiales?

—Momientito —dijo el forastero moviendo dos extremidades hacia los costados y dos hacia abajo; se apoyó en unos seudópodos retráctiles que casi tocaban el suelo y consiguió quedar en una posición que podría denominarse “suspensión forzada”—. Recibo ahora mismo instrucciones sobre mate y ierba. 

—Ah, eso. ¿Y qué dicen sus jefes?

—¿Jefes? No es comprensible. Ellos…

—Ellos, sus jefes —insistió Gumersindo—. Los superiores de su mundo de origen.

—Ah, jefes. —De ser posible, el eté hubiera sonreído, pero no, no era posible con todos esos belfos, caireles y ocellas entrechocándose—. Entiendo ahora. Superiores a mí. Ellos preguntando si mateierbas contiene sustancias lucinógenas.

—¿Alucinógenas? ¡Para nada, mi amigo! La yerba mate es más inofensiva que un gurí.

—¿Gurí? Esa palabra no tiene en enorme léxico aprendido con la profesor Karl-Heinz von Lauffer de la Dusselfort jermana, pero yo puede probar infusión utoctona, dicen superiores. No hay malo nada en confraternidad con futurosos enemigos y se puede ecsterminar especie otra si ser necersario, pero sin ser necersario odiar a los individuales y particularmentes de la especie. Tampoco es diferente dulce y amargo.

—Buena decisión —dijo Gumersindo, que se había perdido la mitad del discurso del extraterrestre gracias a la oscuridad expositiva del mismo—. Pero le voy a cambiar la yerba porque este mate está lavado.

—Lavado, limpio —confirmó el alienígena—. Bien. Galatos ocsesivos de limpieza. Mejor mateierba limpio que sucio. ¿Dije bien?

—¡Perfecto! —consintió Gumersindo—. Su dicción haría las delicias de más de un antropólogo. ¿Sabía que el hijo de don Belisario Laguna anda estudiando antropología en Buenos Aires? Mozo inteligente el Diego. —Cambió la yerba y puso la pava sobre el brasero. El eté, que luego de las revelaciones apuntadas trataba de caer simpático, dibujó una especie de sonrisa en lo que con buena voluntad podríamos llamar rostro.

—¿Se siente bien? —preguntó Gumersindo.

—¡Optimio! —respondió el visitante.

—Bueno, le doy el primero a usted; así se acostumbra por estos pagos. Ojo que es yerba uruguaya, es decir, brasileña, porque los uruguayos toman el mate con yerba de Río Grande do Sul, pero molida a su manera, muy finita. Es contradictorio, pero qué se le va a hacer.

—Contra edición —repitió el alienígena.

—Y no sople, chupe.

—Entendo. No soplo inflando. Chupo como hembras en vistas de amores. Visto programas ducativos de hembras de especie suya chupeando…

—Eso mismo —lo interrumpió Gumersindo, ya que el comentario del extraterrestre lo había incomodado un poco; hombre de campo, recatado, medido y tímido, no veía con buenos ojos cierta clase de excesos cosmopolitas. Pero se rehízo de inmediato y pudo capear el temporal—. Veo que se vino preparado para lo que raye.

—¿Raye? Tomamos cautelas —dijo el alienígena apoyando la bombilla en una cavidad que oscilaba entre dos palpos—. ¿Hago correcto? Usted guíe en mastranza.

—Perfecto, amigazo. Chupe, chupe con confianza.

El alienígena chupó con energía y casi de inmediato, la mayoría de sus ojos empezaron a girar como ruedas locas, se desmoronaron los frunces pendulares de la cresta y las zilotas se abrieron como flores. A continuación el cuerpo cayó levantando una gran polvareda. Por lo visto debía pesar sus buenos doscientos cincuenta kilos. No se volvió a levantar. Gumersindo lo movió un poco tocándolo con la punta de la bota y nada. Estaba muerto, más duro que la momia de Tutankamón.

—¡La pucha que resultó flojo el bicharraco! Ni un amargo de yerba oriental aguantó, el pobre. Tal vez le tendría que haber ofrecido un jugo de frutas, o una gaseosa. ¡Qué si le va a hacer! No lo hice a propósito, pero si uno es cortés y bien educado y, de paso, salva a la Tierra de una invasión extraterrestre, tiene que darse por bien servido—. Hay que hacerle honor al nombre que uno carga sobre las espaldas.

Clavó la bombilla en uno de los muchos ojos del galato, por las dudas, no fuera cosa que el muerto resucite, y se fue a buscar otra para seguir mateando. La tarde empezaba a dar indicios de que pretendía dejar paso al crepúsculo y la Pampa seguía tan inmensa como siempre.


Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia y dirigió la revista Parsec. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novelas cortas Otro camino, Carne verdadera y Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. En las últimas semanas ha sido finalista en varios concursos literarios, aunque no ganó ninguno de ellos. 

 

LA TRÁGICA EPIFANÍA DEL PROFESOR REBBINGER

Víctor Lowenstein

 

Frente a la mesa de trabajo de su laboratorio, el profesor Elías Rebbinger contemplaba la culminación de su obra con un sentimiento de extasío en todo su ser y con las manos aferradas al bastón que sostenía la débil humanidad, pues Rebbinger era viejo ya; había dedicado toda su vida a sus investigaciones y descubrimientos. El resultado de tantos esfuerzos estaba ante sus ojos: las bobinas transformadoras con el cable a tierra por debajo, y por encima de ellas la cámara de resonancia conectada a un mástil que sobrepasaba el techo, donde se convertía en una sofisticada antena para recolectar energía de la atmósfera.

  Lo que contemplaba eran cincuenta años de denuedos, sudor y lágrimas, sin apoyos académicos ni subvención alguna, desde una comunidad científica que siempre había renegado de su heterodoxia, una virtud que eran incapaces de comprender desde su cerrado dogmatismo. A Rebbinger no le importaba demasiado; era un científico por encima de todo. La ciencia era su credo, sin exagerar. A menudo, en medio de una investigación o más ordinariamente, al finalizarla, sufría una visión o epifanía que venía desde lo alto para iluminarlo sobre alguna cuestión relativa a los aspectos más sutiles de aquello que lo venía desvelando desde el principio de su estudio. Luego de recibir esa divina (así lo entendía el profesor) intelección desde dimensiones inefables, el hombre de ciencia –y de fe– se hincaba apoyado en su bastón y agradecía al creador por otorgarle la gracia de su sabiduría. 

Y es que la razón principal de los afanes del profesor era ante todo humanitaria. Veía una sociedad que sufría los arrebatos de su propia ignorancia, bien manipulada por la eterna codicia de sus gobernantes. Veía un mundo devastado por el uso irracional de los recursos naturales en un camino sin retorno que la humanidad transitaba a prisa y sin conciencia de su irreflexiva autodestrucción. Y se veía a sí mismo como un hombre de ciencia que debía hacer su aporte para frenar tanto caos, contribuir desde su saber a una reinvención de esa sociedad enferma de la que formaba parte. Desde esa posición, había concentrado todos los esfuerzos de una vida, desde que era muy joven, para hallar una forma de energía limpia que reemplazara la quema de combustibles con su correspondiente contaminación. Una energía universal y gratuita que permitiría a todo el mundo liberarse del trabajo esclavo y florecer espiritualmente hacia una civilización que mereciera tal nombre.

Esa energía era la electricidad, pero no de la forma en que se utilizaba. Era cara, insegura y no había podido reemplazar el uso del petróleo y los hidrocarburos. Algo en esa maravillosa energía debía ser transformado para ser llevada a su máxima expresión. Aquella fuente guardaba secretos que debían ser descifrados aún. La desconocida que se ha dejado vencer sin desenmascarar, la fuerza misteriosa y cautiva, la inasequible aprisionada por nuestras manos, el rayo dócil encerrado en una botella y distribuido luego por los innumerables hilos que, formando una red, envuelven la tierra, la electricidad, prestaría su fuerza y su ayuda en todas partes donde haga falta: en las casas, en las habitaciones, en el hogar, donde el padre, la madre y los hijos vivirán sin separarse. No es un sueño. La maquinaria feroz que muele en las fábricas las carnes y las almas, será doméstica, íntima y familiar; pero de nada servirá que las garruchas, los engranajes, las bielas, las manivelas, las excéntricas y los volantes se humanicen si los hombres conservan su corazón de hierro.

En efecto, Rebbinger se sintió compelido desde su temprana juventud a ser quien descifrara los enigmas de esa fuerza indomable, hasta consumar el prodigio de arrebatarle los secretos a la desconocida que se dejaba vencer sin ser desenmascarada, para brindarla a una humanidad embrutecida por el trabajo esclavo.

Era la fuerza inasible del éter, la que sabe ocultarse entre los electrones guardando esa chispa sagrada de luz infinita. Y el sol, el mítico padre de la vida en la tierra emana rayos cósmicos cargados de esas chispas. A Rebbinger le tocó el honor de conocer los secretos que le permitieron recoger esas cargas estáticas de la atmósfera para convertirlas en energía limpia, libre, universal. La electricidad en su genuina forma, el secreto revelado, estaba casi listo para ser obsequiado ¡por sus manos! a sus semejantes, en un acto de filantropía que lo definía como humano.

Se acercó más a la mesa y acarició con dedos trémulos la broncínea cámara de resonancia, los conductores y la base de la poderosa antena externa. Le costaba reconocerse como el hombre que estaba a punto de cambiar el rumbo de la historia. No obstante, sabía el papel que le tocaba jugar en la comedia humana de su tiempo; efectuar el giro hacia la evolución de su misma especie, y era un paso inevitable que la ciencia estaba destinada a dar un día, fuera él u otra mente brillante. Cuántas veces osó declarar a viva voz ¡voglio fare miracoli! replicando al mismo Da Vinci. Ahora le tocaba a él, Elías Rebbinger, ser el nuevo Leonardo, el nuevo Marconi y el nuevo Tesla que podía no sólo ver el milagro ante sus ojos sino accionarlo a fin de rotar el gozne de la realidad conocida hacia otra, inefable y bienaventurada.

Podía conjeturar e imaginar a esa nueva humanidad. Gente feliz, caminando por ciudades iluminadas por energías libres, respirando aire puro y dedicada a aprendizajes espirituales y conquistas más allá de todo lo material. El delirio de un loco o de un visionario.

Pero los sueños del profesor solían adolecer de despertares ingratos. A menudo, observando los danzantes fluidos eléctricos dentro de sus generadores electromagnéticos, le daba por pensar qué pasaría si sus hallazgos llegaban a caer en las manos equivocadas. Procuraba alejar de sí esos pensamientos, enfocado en el futuro y el bien de la ciencia.

Esta vez no pudo hacerlo. Su corazón comenzó a palpitar más deprisa. Miró su mesa de trabajo, pero los objetos se desdibujaban ante sus ojos que apenas vislumbraban formas borrosas. Conocía esos síntomas, nunca tan fuertes, por lo que sus manos soltaron el bastón y buscaron la silla en que se dejó caer pesadamente. A continuación, un zumbido le llenó los oídos y perdió contacto con la realidad circundante.

Estaba sucediendo otra vez. Era una Epifanía, que venía a comunicarle un mensaje desde lo desconocido. Jadeando, Elías Rebbinger presenció un drama que podría ocurrir a partir de todo aquello por lo que había luchado una vida entera.

Vio sus peores conjeturas volverse realidad. A punto de cumplir su sueño dorado, la providencia venía a avisarle que podía estar dando un paso fatídico para la humanidad que amaba. Sus viejos temores no eran sino formas en que su conciencia se anticipaba a una realidad indeseada.

Se vio a sí mismo recibiendo condecoraciones y reverencias de aquellos que lo habían despreciado desde siempre. Y a su invento encumbrarse como el hallazgo científico del siglo. Un logro que podía no tener retorno si avanzaba en la dirección equivocada. Luego estaban los monopolios que ofrecían un precio por las patentes, y tras aplastantes coerciones acababan fijando un monto razonable a sus intereses. Se vio reducido a dar conferencias y escribir artículos que pasaban por censura académica antes de ser publicados. Un Rebbinger exitoso y asustado se enteraba de que las patentes pasaban a dominio de la inteligencia militar deseosa de convertir su energía libre en combustible de barcos y aviones de guerra…

El mundo no cambiaría como imaginaba el profesor. El mundo tenía sus propias reglas y un lugar en las sombras para subversivos del orden secular que mantiene el mundo tal como está y seguirá estando hasta su culminación. Y mejor que lo aceptase, pues el poder no tolera bien a los disidentes.

Emergió del trance con síntomas de ahogo, inhalando con toda su fuerza el aire que sus pulmones parecían necesitar desesperadamente. Entendía a la perfección lo que acababa de vivenciar, por lo que no tardó en recuperarse. Se le había advertido y prevenido que el fruto de sus labores iba a ser envenenado, y que debía salvarse al precio de enterrar su sueño en las cenizas. Consciente del desenlace dramático que los hechos podían tomar, y de la pérdida que estaba por afrontar, Rebbinger buscó a tientas el bastón en el suelo, lo recogió y con firmeza se incorporó y avanzó unos pasos hacia su mesa de trabajo.

Con decisión, elevó el bastón por encima de su cabeza y descargó un golpe brutal sobre la campana que contenía las bobinas. Resonó anunciando una suerte de juicio final, con un juez que continuó una andanada de golpes que destrozaron cámara, bobinas, cables y todo lo que cayó de la mesa, incluyendo la base de la antena, precipitada desde el techo hasta el piso en una nube de polvo y trizas. Incrédulo ante su propio vigor, El profesor finalizó la destrucción pisoteando cada pieza que había armado con sus propias manos, sin lamentarlo. Algún día su sueño se haría realidad, pero no era él el elegido para regalarlo a un mundo gobernado por necios.

Finalmente, Elías Rebbinger dejó caer el bastón al piso, se arrodilló y agradeció al altísimo y todos sus ángeles el privilegio de haber recibido una admonición divina. Largo rato permaneció así, meditando en silencio la tragedia y revelación puesta sobre su vida como un aprendizaje fatal pero necesario. Hasta que el dolor en las rodillas lo sacó del ensimismamiento. Se irguió, respiró profundamente sintiendo un alivio que no esperaba experimentar, la sensación de que lo único importante era lo aprendido, más allá de cualquier sacrificio. Esa noche y las que siguieron durmió muy bien, y vivió con la paz que los sabios conocen por gracia divina.    

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

ED É SUBITO SERÁ (Y ASÍ SERÁ)

Cristina Chiesa

 

Se despertó esa mañana sintiendo sus miembros entumecidos, la boca contraída, y la inmensa tristeza de todos los días. Se levantó y saludó apenas a la mujer que pasó a su lado. ¿Quién era? Cada mañana debía hacer un esfuerzo para volver a ese presente agobiante. Apuró el café y salió precipitadamente, sin mirar atrás.

Caminó hasta el tren a paso largo, el del quiosco de revistas lo saludó pero él solo vio un rostro como el de una hortaliza marchita, un achaparrado repollo a medio cocer. Todo comenzaba nuevamente, sintió arcadas…

Llegó el tren y se metió de cabeza empujando a uno que se le quiso adelantar. El olor del vagón era rancio y sintió nuevamente náuseas. Las caras de los trabajadores se le metían debajo de la piel, lo torturaban, eran caras como de corral, algunas bovinas, otras como de aves desesperadas. Clavó espantado la mirada en el suelo, se sentía mal, descompuesto del estómago y terriblemente violento, con unas ganas de destrozar, de arrebatar esas miradas a la vida, de dejarlos sin boca, sin ojos, nada que pudiera hacer esos ruidos húmedos con los párpados, esos sonidos pegajosos con la garganta.

Sin pensar en lo que hacía se bajó en una estación cualquiera; estaba todavía oscuro. Decidió caminar para ver si se liberaba de la espantosa sensación, pero una bruta arcada lo dobló en dos y vomitó el café que había tomado un rato antes; se sintió más aliviado y luego de descansar en un escalón del andén, se largó a la calle.

La luna aún brillaba entre los árboles y había un intenso olor de pasto fresco. Era consciente de la belleza del momento, del sonido solitario de sus pasos sobre la vereda que costeaba las vías del tren. La noche que iba deshaciéndose lentamente en luz, un perro ladrando en la distancia. Pero, cómo dolía, cómo quemaba eso en su interior, no podía más.

Prendió un cigarrillo buscando atenuar la angustia que lo buscaba en ráfagas de pavor, pero el humo que se quedaba casi impreso en el helado aire mañanero, no hacía más que traerle los recuerdos que él ya no quería reeditar en su cabeza.

Era una extraordinaria sensación de vacío, de soledad inaudita; un haber dejado atrás formas que anhelaba desesperadamente recuperar, su vida, su historia. Pero estaba tan cansado, como si su existencia fuera un eterno caminar en un sueño, en un espejismo, no esta vida, no la otra vida, no él y sin embargo él, y la rueda girando siempre en el mismo lugar.

Encontró un bar abierto, la luz de la ventana iluminaba la calle como una linterna, adentro poca gente, algunos trasnochados, otros, trabajadores que salían de madrugada hacia las fábricas. Se sentó en una mesa sin mirar a nadie, temiendo ver formas espantosas o estrafalarias, y pidió de beber.

La bebida de ellos le hacía bien. Lo cambiaba. Lo llevaba a un estado en el que podía soportar esa melancolía letárgica que lo atormentaba desde la hora de despertar. Ellos habían logrado encontrar un modo de escape. Los suyos no, resistiendo eternamente las visiones y las sensaciones táctiles o sonoras tal cual se manifestaban en la incendiaria realidad de aquella tierra a la que un día había pertenecido y ya no, en donde todo era tan vívido, tan extraordinariamente real, tan lancinante, como exponer la carne a la perpetua quemadura de la verdad. Cada sonido, cada textura, cada color eran como una descarga estremecedora en los ojos y los oídos, como un alma ardiendo dentro de otra alma, con su propia voz y su propia identidad, llevando cada uno un nombre, cada uno enarbolando su propia sombra; aquel su mundo donde cada cosa ocupaba un espacio irreemplazable, donde cada ser hablaba y reía y era inmensamente venturoso.

De allí venía. De allí lo habían expulsado, a este universo de ellos, este curioso mundo que le había tocado por su propio error; opaco, con una niebla navegando sobre todas las cosas que veía y que tocaba, ya sin voz propia sino con una especie de silencio ominoso, como un lamento extendido sobre la faz de esta tierra muerta, en la que nada cantaba, nada resplandecía. Todo parecía una larga retahíla, una queja infinita, un dolor irreparable.

¿Qué había hecho? ¿Cómo podía reparar aquel agravio, aquella grieta abierta, aquel inquietante delito sin redención alguna? El anatema de las Erinias lo salpicaba como una sangre negra e incandescente; Alecto lo había condenado al exilio, extendiendo su uña siniestra lo había maldecido, el zopenco útil, el tonto aquél, que cantaba sobre la hierba tierna y las aguas claras, el que creía en la lealtad irreductible de Endimión, dormido en el claro de su amante al borde la noche ancestral. El los había visto, él los conocía.

Qué hacía entonces allí, en estas tierras inhóspitas habitadas por seres grotescos, gentes horrendas que siempre sonreían y siempre escondían algo detrás del alambrado de sus dientes. Qué hacia allí sintiendo en su carne y en sus sueños el agorero odio de lo que no se soporta ni perdona. Por qué él, justamente él, el ínfimo en los dominios de los olvidados, en la tierra de los perfectos, que lo soportaban por piedad, y con un gentil disgusto; todo por su eterna dolencia, su incurable enfermedad. El ridículo amor por ellos, desde el principio, por qué más…

Por ese mundo insólito, apenas entrevisto de lejos, los no-perfectos, esos que de tanta farsa posiblemente ni siquiera existieran. Y la fascinación por esas miradas, por aquel olor, por una arruga, un gesto con las manos, y la ternura extraña que lo hacía gemir por la noches, espiando las lágrimas de ellos, apenas soportándolas sobre sí mismo, sintiéndolas como la quemadura de una especie de magma viscoso; postrándose en las noches, con los ojos abiertos, escudriñándolos en la oscuridad, amándolos por la maravilla y el milagro de esas existencias que no lograba entender del todo.

Fue por eso que ella lo supo, lo supo y lo odió en el momento de saberlo. Nadie se lo dijo, ni los árboles, ni las hojas. El viento y los azules astros testigos mudos fueron fieles, pero ella lo supo finalmente. Una noche despertó en el medio de la sombra y sintió el amor, y la compasión, y sintió que la quemaba ese peligro.

Y ella dictó sentencia de inmediato. Y el veredicto se cumplió.

—Vivirás la vida de lo que has osado amar. Te acercarás a ellos, los olerás, los tocarás y sabrás lo que sienten, lo que creen en sus internas tierras sin final. Conocerás el dolor y el hastío de las formas, el horror de la igualdad de los días, la estupidez y la fealdad que no puede ser redimida ni siquiera con tu amor.

Y fue así como ahora se había convertido en una historia más en la inmensidad de la ciudad. Lo habían condenado al Tiempo de ellos, los que beben y los que sufren, los que fundan y los que arruinan lo que tocan, los que ocultos en un bar esperan la madrugada o la muerte detrás de las paredes de una caja de cemento. Esos feos esperpentos de la noche, que lloran y se quejan, que claman con terror a un cielo que inexorablemente les parece ciego y que odian lo que no pueden comprender. El también ahora amaba y despreciaba lo que era, porque siendo en el mundo de ellos, aun así no era de allí.

Solo lo seguía uniendo a este universo –y esa era su condena– la clemencia ante esos gestos, sus silencios, sus pérdidas y triunfos, y sobre todo esa finitud doliente, ese enigma que al fin había podido llegar a vislumbrar.

Seres absurdos destinados a perecer, a no dejar tras de sí más que una estela pálida que se disuelve fácilmente, como una mano que mueve el ras del agua de un estanque. Ellos, ellos encendían todo eso dentro suyo, por ellos cada noche daba un paso adelante saliendo la niebla, y cada noche se reconocía en un rostro diferente. Y cada día les brindaba las prendas de ficción que el mundo reclamaba.

Salió del bar, la luz le chocó en los ojos, se acomodó la camisa y el pelo revueltos y decidió de cualquier modo ir a eso que ellos llamaban trabajar. Soy el que no existe, pensó, aquel en el que nadie cree, soy un desterrado y estoy trágicamente solo, igual que ellos.

El sol de aquí me traspasa, me da vida, y es precario y me duele, igual que a ellos. Sé lo que vendrá fatalmente, igual voy hacia ello. Todo es intensamente fugaz… Los poetas de estas gentes no se equivocaron... “ed é subito será”...

Cristina Enriqueta Chiesa, nació en Rosario el 1° de mayo de 1957, es Licencia en Ciencia Política. Le fueron publicados cuentos en Axxón 195, NM 16, 24 y 28, y en las antología Cien Páginas de Amor editada por Sergio Gaut vel Hartman en Ediciones Desde la Gente. Desde el 2013 colabora en la corrección de la Revista NM (La nueva literatura fantástica latinoamericana).

domingo, 16 de noviembre de 2025

EL VIAJE

Armando Azeglio

 

El tren arrancó con un gruñido de esfuerzo, con una trepidación férrea de ruedas que se ponen en lento movimiento, poco a poco. Y este fuerte sonido fue, seguramente, el primer elemento de esa secuencia temporal de sucesos que llevaron a Germán Sánchez a despertar y murmurarse: “Sí, estoy vivo”. El segundo fue el apoyabrazos de un asiento al que miró con un intensidad casi febril, como conjurando el “aquí” y el “ahora” para que se organizaran alrededor de su cuerpo y formaran el presente. Tomó conciencia de sí mismo por partes: piernas, brazos, manos, tórax sudado y frío, cabeza. Ensayó un movimiento que le produjo un calambre y se sintió empujado a esa zona de la existencia donde las cosas son simples y tangibles. Quiso quejarse, pero le salió una especie de graznido sucio e incomprensible que terminó en tos. Se incorporó tambaleante, pero trastabilló en el angosto pasillo: las butacas estaban vacías y el tren avanzaba irregular en la cerrazón de la noche. La impasibilidad de esas butacas, de esos apoyabrazos, de esos portaequipajes, lo llenó de un miedo infantil. Nunca había comprendido la capacidad que tienen los objetos de estar presentes y ausentes al mismo tiempo.

 Se abalanzó sobre una puerta y una onda de aire helado y el momentáneo aumento del rumor de la locomotora lo golpearon en la cara. Atravesó varios vagones en penumbras, sin encontrar señales de vida. Hubiera querido que todo se disolviera como en los sueños y reencontrar, idénticos, su cama, el cuarto que ocupaba, el ropero, el contexto en el que habitualmente se dormía. Pero no, oscilaba, por momentos sentía como si todas las cosas hubieran perdido la seguridad de la mera existencia. Incluso en otros sentía que todo aquello tenía una cualidad de permanencia y una continuidad temporal que a sus fragmentarios e inextricables sueños solían faltarles.

Intentó, una vez más, reclamar esa zona que mantiene al mundo al alcance de la mano, pero eso no fue posible, ya qye en el aire flotaba una sensación extraña y anodina. Un latente sentido, quizá, de lo que no es estrictamente claro.

Entonces vio a una pareja de ancianos sentados, durmiendo profundamente.

El rostro de la mujer no le era ajeno. Tenía un febril y borroso recuerdo de esa cara arrugada y cansina. Una parte de su memoria la relacionaba con una larga y penosa convalecencia. Sí, le pareció increíble, pero minutos o unas horas antes creía haber visto un rostro casi idéntico.

Una mujer así lo había asistido en un episodio confuso. Una mujer así le había secado el sudor, le había hablado con dulzura, le había dado sorbos de horribles brebajes. Había intentado acudir en su auxilio.

Él había tenido un accidente yendo a Misiones, viajando en un tren parecido a este. La locomotora había descarrilado... después... todo era confuso e inconexo... ahora que lo pensaba, sus recuerdos también contenían al anciano sentado junto a la mujer. Ese viejo era un curtido hachero del monte, con las manos tan leñosas como los troncos que cortaba. Era el marido de la vieja, sin duda. Parecía haber trabajado milenios, mecánicamente, brutalmente, sin piedad, sin vocación, sin magia, sin feriados, sin descansos, sin familia, sin ilusión. Daba la impresión de arrastrar consigo un cansancio atávico y ancestral. Cada tanto el hombre había entrado en la habitación donde él convalecía y deliraba, le preguntaba a la mujer por su estado y luego desaparecía por horas. Volvía a trabajar.

Hubiera querido zamarrearlos, despertarlos y preguntarles: “¿Dónde estoy?” “¿Hacia dónde va este tren?” “¿Por qué estoy acá?”. Pero ese sentimiento de rabia e impotencia de pronto se transmutó en otro, de profunda gratitud. Murmuró un “gracias” desde lo más profundo de sí. Pensó que solo a él se le ocurría dar las gracias por cosas de las que no estaba cabalmente seguro si habían sucedido. Dejó que la pareja de ancianos durmiera y continuara su viaje.

Siguió avanzando por el sombrío vagón. Vio un perfil femenino recortado en la penumbra... le resultó familiar. Se acercó. Quiso constatar. Era Adela, su primera novia, su primer amor. Recordaba que el enamoramiento por ella se había producido rápida e inesperadamente. Quizá porque el deseo intenso de amar la había precedido. Quizá porque su llegada no había sido sino la segunda fase de una profunda necesidad de amar a alguien, y su propia hambre de amor entonces se cristalizó en ella. Luego hubo momentos de su vida en los que se preguntó si Adela había existido tal y cómo se la había figurado. Si no había sido una simple alucinación que él había inventado para impedir un inevitable colapso adolescente por falta de amor.

Pensó en aquella frase de Proust, “la esencia misma del amor radica en que el objeto amado no existe sino en la imaginación del amante”. La tocó. Tenía consistencia, una cierta materialidad física que su tacto verificaba. Parecía hecha de crespón, o muselina, aunque movida por un hálito vital... ¿Cómo era posible? ¿Adela así de joven? Un aroma delicadamente indescifrable a tierra, o a tierna y sana vegetación se filtró por las ventanillas. Inhaló.

Más atrás encontró a la que había sido su primera mujer, pero no tal y cual la había dejado, sino tal y cual la había conocido treinta años atrás.

Por mucho tiempo había creído que gozaba de la paz del olvido total, si es que tal cosa existe en alguna parte, pero constataba que ello no era cierto. Sus detalles eran lamentablemente definidos. Volvía a no saber si se trataba de una visión o un espejismo. Aunque hubiera deseado con fervor que se tratara solo de eso. Cuando quiso acariciarla con el dorso de la mano, lo invadió una sensación de pasado muy remoto, vencedor de cualquier recuerdo, más allá incluso del tiempo en que comenzó a poseer su actual cuerpo.

—Ni siquiera estoy seguro de estar aquí —murmuró a manera de pellizco— o de que el que está aquí sea yo. —Fantaseó que su figura (manejada por hilos superiores) había comenzado a deparar formas incomprensibles de conducta y de pasmo. Unos chillidos agudos y golpes fuertes en una dirección que no pudo determinar lo sobresaltaron. La simple curiosidad inicial se había transformado ahora en frenesí. Se movió hiperquinético de un vagón a otro con una fruición casi insana. Buscaba algo.

Lo que siguió en los demás vagones fue un discurrir frenético de personas y personajes que habían pasado por su azarosa vida. Varios rostros le resultaron conocidos, aunque el reconocimiento hubiera sido mejor si no lo hubiese dificultado el trabajo que en ellos había realizado la ensoñación y el vapor del tren. En medio de una muchedumbre increíblemente quieta, él resultaba el más increíble, el más solitario.

Ahí estaban: una italiana gorda y descomunal que –sonámbula– comía golosinas con monerías y gesticulaciones golosas. Su abuelo paterno, mutilado, brutal y morfinómano, la tía Vanna, maestros, profesores, jefes, compañeros de escuela, colegas de múltiples –y olvidables– trabajos. Personas que habían sido extras, utileros o estrellas fugaces en el arco de su existencia. Todos dormían... o al menos eso parecía.

Gritó, zamarreó a uno que otro, trató de interrogarlos. Inútil. Empezó a correr a través de los vagones tratando de ganar la locomotora. Llegó a lo que suponía era un coche comedor.

De pronto, ante sus ojos se presentó algo presentido desde el momento en que se encontró en el tren, aunque de manera no totalmente consciente. Lo saludó un camarero de guantes blancos, con una lustrosa sonrisa, peinado impecable, chaquetilla con doble hilera de botones dorados.

—¡Pase, señor, por favor! —le dijo con un gentil ademán, invitándolo a entrar—. Lo estábamos esperando.

—¿Qué pasa? ¿Por qué duermen todos? ¿Por qué estoy aquí? ¿Hacia dónde vamos? —preguntó desesperado.

—Tranquilícese, señor, y pase —dijo el mozo— que enseguida le explico. ¡Lo estábamos esperando! —insistió con alegría.

El vagón era lujosísimo: terciopelo rojo, cristalería de la más fina, brocados, cuadros antiguos, detalles en oro y marfil. Por un momento se imaginó víctima de un programa de cámaras ocultas, pero ¿quién querría gastarle una broma así? ¿Y por qué? El camarero entró trayéndole un whisky con hielo; era su marca preferida.

—El director del tren le ofrece, en nombre de la compañía, sus más sentidas disculpas —dijo con una obsequiosidad entre servil y reverente—. Me ha dicho que le comunique que puede pedirme lo que quiera. En el transcurso de este viaje la compañía le ofrecerá cualquier cosa, cualquier comida, cualquier tipo de placer o entretenimiento por... ¡ejem! legal o ilegal que fuere. Lo que usted pida se lo ofreceremos en forma gratuita y con agrado.

En un primer momento Sánchez dudó. Pero luego del tercer Jack Daniel’s, la segunda prostituta y la primera línea de cocaína, la cosa empezó a gustarle. Durante días gozó de todo tipo de experiencias y placeres que, a lo largo de los años, y por distintas razones, no se había permitido. Cada vez que el camarero acudía él tenía una nueva petición, y esta no tardaba en ser satisfecha.

Varias veces y durante el tiempo que duró la travesía el convoy fue alcanzado por aviones especiales procedentes de París con cajas repletas de Bordeaux, de Burgundy y langostas vivas para preparar delicias para el nuevo y singular comensal, que se había convertido ahora en un refinado gourmet, un probado cinéfilo y un enmarañado libertino. Y cada vez que un deseo se veía realizado, aparecían en él cien caprichos más, algunos con nimias variaciones, pero que Germán insistía en experimentar como su fueran los únicos, o los últimos de su vida.

Fue sistemáticamente complacido.

El tiempo pasó. Los primeros vagones llegaron a ser un vago recuerdo. Hacía ya tiempo que Sánchez no abandonaba el coche comedor.

Cierta vez, rodeado de una masa informe de ilusoria, humana y voluptuosa compañía, se preguntó que cómo era posible que desde el episodio de los aviones procedentes de París jamás se hubieran detenido. Pero una lúbrica boca lo sacó inmediatamente de sus cavilaciones. El tren continuó impertérrito su marcha.

Un día se observó de frente a un espejo. Esa masa de carne flácida y rosácea en la que se había convertido lo nauseó. Todo le pareció contingente, aleatorio, como si él se encontrara allí por mera casualidad. Como si le hubieran sustraído el suelo bajo los pies y todo el mundo empezara a ondular.

Llamó súbitamente al camarero y le dijo desafiante que estaba aburrido de todo, que ningún tipo de experiencia lo saciaba ya. Quería algún trabajo para hacer, o que se le permitiera volver a los primeros vagones a buscar a su gente, o a despertar a su primera novia.

—Lo siento —dijo gélidamente el camarero con voz distante— eso es lo único que no puedo hacer por usted.

—¡Entonces prefiero irme al infierno! —vociferó el hombre con impulsividad.

El mozo comenzó a sonreír. Atónito, Germán Sánchez empezó a advertir que algo extraño y oscuro en el rostro de su interlocutor, se hacía cada vez más y más siniestro... 


Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en  Planificación Pública del  Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados  en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing  de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño. 

OTRA VERSIÓN DEL GÓLEM

Jorge Etcheverry

 

Athanasius Pernath escapó como en un sueño al nuevo mundo de esa marea sangrienta que asoló a Checoslovaquia y Europa, y como tantos inmigrantes y refugiados se había ido estableciendo poco a poco, en el seno de una comunidad judía trasplantada, en las vastas entrañas de una caleidoscópica ciudad de América del Norte. Las peripecias y temores de las precarias estadías en países europeos, las penurias y los trámites, los había pasado como un sonámbulo, embotado, pero automáticamente infalible, como un meshuga, cuyo corazón está en su cabeza y su cabeza está en el pecho, moviéndose y actuando con una sensación crepuscular, de separación respecto a sí mismo. Las esperas en las grises oficinas que se multiplicaban o a lo mejor eran la misma, repetida en sueños, el largo viaje por barco al nuevo continente, como ir siendo digerido en las entrañas sórdidas, hediondas y abarrotadas de un enorme animal marino, que ruge y digiere sordamente mientras uno dormita.

Ahora se pasa la mayor parte del día reparando relojes en un mall, habita en un sombrío departamentito que da a un patio interior pero cuya ventana principal deja filtrar un sol mortecino que se tiñe de verde con las hojas de un árbol cuyo enramando en invierno es un filigrana sobre fondo gris, como los bordados de Miriam, a medias mujer y esposa a medias una presencia benévola, desvaída, que come poco, gasta poco en ropa y agradece en silencio estas satisfacciones modestas como una dádiva divina, acostumbrada a una niñez y juventud frugales al borde de la necesidad en la minúscula casa de un padre místico y mísero en la remota judería de Praga, ahora un sueño hilvanado de neblina y nostalgia. Pero el arte subsidiario de la relojería que le enseñara su padre basta y sobra para Atanasio y Miriam, ya que Dios no les ha deparado la dicha de tener hijos. Ya decía Spinoza que un hombre inteligente o culto que no tenga un oficio terminaría siendo un bribón. Además, la práctica de la joyería en el nuevo continente no se asemeja a la minuciosa artesanía aprendida en casa de su padre y trasmitida por generaciones. Los días se suceden borrosos, siempre iguales a sí mismos en la urbe abigarrada, poblada de acentos diversos, de ruidos, motores e imágenes. Miriam y él envejecen sin prisa en un barrio habitado por otros judíos de patillas, barbas, gorros de piel y caftanes, que se juntan en cafeterías a tomar té y mojan terrones de azúcar en el líquido para dar nuevo ímpetu a las conversaciones sobre teología, política, la última obra de teatro yiddish, lo más reciente de Singer o las peripecias del diario vivir, en inglés, yiddish o algún otro idioma.

Una mañana como otras, Atanasio camina las cuadras que separan a su departamento del mall en que cambia correas y pilas de relojes y corrige fallas menores y entra a una cafetería para tomarse un café con una falafel o baclava, que hermanan por el estómago el eterno conflicto político que comienza a desangrar al medio oriente, y ahí está ella, brillante, gesticulando y haciendo ademanes, en medio de un corro de varones borrosos. Es Rosina, su pelo rojo reflejando los rayos que atraviesan los empañados cristales, un vestido claro, ceñido, destacando las mismas formas más bien delgadas, imprecisas, pero que no dejan de despertar en él un turbio, antiguo y embotado deseo. Atanasio adquiere la costumbre de pasar cada día por la cafetería, a diversas horas, descuida su trabajo, para que la repetición le haga ver la encarnación de esa ninfa pelirroja que encendiera hace décadas los deseos subterráneos de la judería de Praga. Se convierte en una obsesión. Encarna esa parte de su ser, la que no es espiritual y de la que se siente culpable, pese a que el Zohar celebra la sexualidad de la pareja cósmica. Se recrimina, Rosina se le aparece en sueños, se avergüenza frente a Miriam, que no parece enterarse de nada, siempre dulce y discurriendo por las habitaciones del departamento, por las calles, como una presencia cada vez más angélica. Atanasio duerme mucho, trabaja automáticamente, sus movimientos varados por un sopor que marcan el intervalo entre sus pasadas por la cafetería, donde está o no está Rosina (que no puede ser la misma, quizás una de sus descendientes, además de que ese tipo es corriente entre los askenazí). Pero la voz de la razón es un murmullo casi inaudible que apenas se abre paso por ese sopor que invade su mente, sus reflejos y que se mezcla con su culpa de hombre que de repente, en su edad madura, siente que ya surge otra e inalcanzable fuente de deseo que renuncia a extinguirse, que entrevera la lengua y las palabras de los profetas y doctos que desde su memoria y formación escarnecen y condenan a la concupiscencia que abre las puertas del infierno. Esa figura y esa mujer danzan a toda hora en el cielo de su mente, como aparece en las estampas de ese pintor bielorruso que ahora vive en Francia y cuyos trabajos, entrevistos en variadas publicaciones, solo le ocasionaban antes una gran perplejidad por su parecido a los dibujos más torpes que hacen los niños.

Los vecinos vieron que un negocio pequeño de relojería y confección de llaves anunciaba sus servicios en varios idiomas en un cartel vistoso y desproporcionado respecto a las dimensiones del local. Vieron cómo una mujer pálida se hacía cada vez menos frecuente por las calles de ese vecindario multiétnico. Las señoras comentaban cosas al visitarse unas a otras, hacer las compras o juntarse en su sección de la sinagoga. En un departamento no muy lejos, a unas cuadras, vive ahora una mujer joven, pelirroja, de vestidos estrechos y que se pinta demasiado. Llega a altas horas de la noche hasta en la noche del Shabbat en compañía incluso de gojim, que hacen escándalo, se ríen, pero nunca ascienden con ella la empinada escalera hacia sus dependencias pecaminosas. La conserje dice que solo un hombre flaco, borroso, de edad imprecisa, es quien sube y a veces pasa los días en su departamento, y que es él quien envía flores, delicatesen, botellas de vino, y lo sabe porque ella se siente con el deber de observar la conducta de sus arrendatarios, y ha llegado a familiarizarse con la florida ortografía que ostentan las tarjetas, proclamando promesas de amor y citas del Cantar de los cantares. Atanasius Pernath ya no trabaja reparando relojes en el supermercado. Ahora tiene esa pequeña tienda, escondida en un callejón, pero que cuenta con una vasta clientela por la excelencia del trabajo, la incansable labor de su sobrino, que pareciera no dormir, o que duerme en el mismo negocio. Dicen que Atanasio lo trajo de Praga. Es un muchachón basto, de pocas palabras, que no maneja bien ningún idioma, de ojos singularmente opacos, pero de una pericia casi increíble en lo que respecta a su oficio. Solo el rabino más importante de la comunidad, de una edad incalculable, que evita encontrarse solo en una habitación con mujeres, da un rodeo cuando tiene que pasar frente a alguno de los vértices de ese triángulo de perdición: el mustio departamento de Atanasio, donde Miriam deambula y languidece cada vez más inmaterial sumida en otro mundo a lo mejor con más sustancia que este; el departamento de esa mujer pelirroja, encarnación de Lilith, que augura futuros días terribles, y el callejón en que se anida como un pájaro maligno el taller de relojería y cerrajería The New Prague. Desde los tiempos de Judah Loew ben Bezalel en la lejana y borrosa judería de Praga hace ya siglos, no se veía un hombre así, esa abominación trabajando infatigable, o caminando por las calles de ninguna ciudad, un hombre hecho de barro, con un pedacito de pergamino debajo de la lengua, y que algún día habrá de despertarse y asolará las calles para nuestra desgracia. 


Jorge Etcheverry Arcaya es un poeta, editor, editor y traductor nacido en Chile. Vive en Canadá. En Chile fue miembro de los colectivos de poesía Grupo América y Escuela de Santiago. Sus textos han sido publicados en varios países, incluyendo poesía, crítica, ficción literaria, ensayo y ciencia ficción. Sus últimos libros son Clorodiaxepóxido (Chile 2017), Canadografía: antología de prosa hispanocanadiense (Chile 2017), Los herederos (2018), Samarkanda (Canadá 2019), Outsiders (2020). Recientemente ha contribuido a las antologías Wurlitzer. Cantantes en la memoria de la poesía chilena (Chile 2018), Antología de la poesía chilena de la última década (Chile 2018), Antología mundial: la papa, seguridad alimentaria (Bolivia 2019), y Anthologie de la poésie chilienne, 26 poètes d 'aujourd'hui (Francia 2021). Entre sus últimas publicaciones en revistas se cuentan textos en La Pluma del Ganso (México 2018) y Entre Paréntesis (Chile 2022).

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