martes, 17 de marzo de 2026

LA NIÑA Y LOS FUNERALES

Rafael Martínez Liriano 

 

La primera vez que Mirna vio al extraño, este estaba parado al lado del muchacho que trataba inútilmente de revivir a su hermano menor, que minutos antes había sido empujado por ella al río. La pequeña se quedó paralizada, ignorando los gritos de su madre, con la mirada fija en aquel hombre extraño que la miraba desde lejos. La dejó fascinada con su porte señorial, su seriedad misteriosa y aquel traje púrpura tan llamativo a los ojos de una niña. 

Años después lo vio por segunda vez. El hombre permanecía de pie entre la gente concentrada alrededor del ataúd en el que yacía la madre de Mirna. El sol de primavera brillaba intensamente, desparramando luz por todas partes. Un día perfecto para hacer cosas alegres, no para un funeral, pensó Mirna, fijándose en el contraste entre el cielo brillante y la tierra cubierta de negras figuras cabizbajas y mustias. Mirna recordó de inmediato al hombre que años atrás la había cautivado sin saber por qué. Se dio cuenta de que la fascinación por aquel extraño estaba intacta a pesar de los años. Se preguntaba quién era y por qué parecía estar ligado a ella de alguna manera. Mirna sintió el impulso de acercarse, pero cuando se dio cuenta, el extraño había desaparecido. Se preguntó si alguna vez lo encontraría de nuevo en su camino. 

El tercer encuentro se dio a instancia de Mirna, que creyó haber hallado un patrón recurrente en sus encuentros. Puso a prueba su teoría cerrando el flujo de oxígeno que mantenía con vida a su abuela paralítica. Mirna se paró imperturbable frente a la anciana mientras esta levantaba sus brazos endebles buscando el preciado aire salvador. 

Sus sospechas probaron ser ciertas, y en el funeral de su abuela ahí estaba él, bajo la sombra de un árbol, un poco lejos de la gente, con esa actitud fría y distante. Él la miró por un momento, la saludó moviendo su cabeza y luego desvió su mirada hacia la gente reunida en el funeral. Mirna entendió que entre ella y el extraño se había creado una especie de vínculo. Algo que ella no estaba en posición de entender, al menos por el momento, pero que lograría descifrar sin importar el costo. 

En otro de sus encuentros, Mirna persiguió al extraño hasta el sótano de la funeraria, durante el velatorio de su mejor amiga, a la que vio morir víctima de una sobredosis. Mirna se había quedado inmóvil, en silencio, viendo a su amiga retorcerse de dolor mientras la droga la destruía por dentro, pero esta vez el hombre se desvaneció en el aire al doblar una esquina. Estaba claro que su encuentro solo se daría cuando el extraño lo creyera propicio. Sin embargo, para ella aquellos encuentros adquirieron un significado más profundo, una especie de rito del cual no podía prescindir. Aquel hombre desconocido, parco y silencioso, con su mirada profunda, que solo aparecía cuando la muerte rondaba, estaba unido a ella de una manera que aún no podía comprender. 

Mirna solo podía continuar propiciando sus encuentros sacrificando a sus conocidos, esperando que en uno de esos encuentros el extraño se dignara a dirigirle la palabra y desvelar por fin el misterio que los unía. 

Mirna se vería con el extraño tres veces más antes de su muerte. En una ocasión lo encontró bajo un poste, un poco alejado de la multitud que trataba de rescatar el cadáver de una chica cuyo auto se había estrellado contra la parte trasera de un camión. Había mucha sangre en la calle; a Mirna le pareció increíble la cantidad de sangre contenida en aquel cuerpo tan pequeño. Meses después lo vio en la escena de un incendio que devoraba una antigua casa cuya estructura estaba en ruinas pero era usada como refugio por mendigos y drogadictos. Mirna pasaba por el lugar y se detuvo con la esperanza oculta de encontrarse con su extraño compañero en aquel juego tan peculiar. Y allí estaba él, sereno, tan cerca de las llamas que parecía que su presencia alimentara aquel infierno. Él la miró impávido, como en otras ocasiones. Ambos permanecieron en silencio, dos figuras inmóviles disfrutando del caos y el sufrimiento. 

 Su último encuentro tuvo lugar años después. Habían pasado mucho tiempo. Mirna tenía treinta y cinco años y una vida más o menos organizada. Tres hijos y un esposo nada espectacular pero que decía amarla configuraban una vida tranquila y sin demasiadas complicaciones, lo que cualquiera llamaría un buen pasar. De vez en cuando los deseos de ver al extraño la perturbaban y sentía el impulso de ahogar a uno de sus hijos con una almohada o dejarlo caer en la piscina. Ella, sin embargo, estaba agradecida por haber dejado atrás aquella obsesión. Se había alejado de los cementerios y las funerarias con la excusa de una debilidad nerviosa que le impedía lidiar con la proximidad de un cadáver. De esta manera quería mantenerse lejos de cualquier situación que pudiera despertar en ella aquel deseo de ver al extraño que solo la visitaba en vísperas de una muerte. Se sentía como un alcohólico que evita todo tipo de celebración, consciente de que no sabe si será capaz de resistir la tentación. Sin embargo, como sucede con las personas castigadas por alguna adicción, la pulsión estuvo ahí sin disiparse, latente, permitiéndole creer a Mirna que era dueña de sus deseos o que los había eliminado de su sistema, cuando solo había conseguido desviar su atención con asuntos familiares y una vida carente de emoción. Pero como sucede con el alcohólico, bastó un hecho fortuito, un suceso en apariencia insignificante, para devolverla al final del camino. 

 Una tarde brillante de verano en la que todo parecía estar en su lugar, con el viento que soplaba entre los árboles parecía aliviar un poco el calor omnipresente en toda la montaña, Mirna y su hijo mayor, Marcelo, fueron los primeros en alcanzar la cima. Dejaron atrás a Martín, su esposo, y a los dos hijos menores. Marcelo quedó maravillado por la vista del bosque de pinos y abetos que se extendía como un tórrido mar de verdor contenido solo por las montañas a lo lejos y el azul del mar que le hacía contraste. Mirna se quedó detrás disfrutando de la vista igual que su hijo. De pronto, y sin aviso, un pensamiento la asaltó: pensó en lo fácil que sería empujar a su hijo por el barranco. El chico no sufriría y el riesgo de sobrevivir era nulo. La caída de más de cincuenta metros hasta el fondo aseguraba una muerte instantánea. Mirna caminó despacio, con las manos levantadas listas para empujar al distraído chico que permanecía absorto por el imponente paisaje. Podría ver al extraño de nuevo, y esta vez no lo dejaría escapar; eso fue lo que pensó Mirna cuando estaba a un paso de su hijo. Sin embargo, al último momento se detuvo. 

 —¿No es imponente esta vista? —dijo Marcelo con voz quebrada por la emoción—. Es lo más hermoso que he visto en mi vida y estás aquí conmigo para compartirlo. Gracias, mamá. 

 Mirna se quedó quieta, con la vista perdida. Después sonrió, como si hubiera encontrado la solución a un acertijo. Marcelo sintió las manos de su madre sobre sus hombros y los labios en su mejilla. Mirna le regaló una sonrisa a su hijo antes de saltar al vacío. 

Pero erró en sus cálculos. No murió al tocar el suelo como pensaba. Tampoco sintió dolor; de hecho, no sentía nada. Solo estaba ahí, con su cara reposando en una roca, mientras veía cómo un gran caudal de sangre se esparcía a su alrededor. Sus sentidos se apagaban como el fuego que agoniza sin leña que lo alimente. Con la vista nublada, el bosque se transformó en una mancha verde sin forma. De aquel mar de verdor vio surgir la figura del extraño. Caminaba hacia ella con lentitud y suavidad, ignorando lo abrupto del terreno. El extraño se detuvo ante ella con su rostro carente de emoción y sus ojos profundos mirándola fijamente. 

 —Por fin vienes a mí —musitó Mirna con su último aliento, sintiendo la consciencia de las cosas disiparse más allá del mundo físico. 

 

El extraño permaneció en silencio junto a ella hasta que dejó de respirar. 

 Justo antes de morir, el extraño la miró y negó con la cabeza. Mirna sintió un estallido dentro de sí y fuera de ella al mismo tiempo, como si aquel mensaje retumbara en cada palmo del universo. Sintió que todo su ser se aglomeraba en torno a un lugar en concreto. Por un momento todo fue caos y confusión. Y cuando aquello terminó, estaba de nuevo detrás de su hijo. Tropezó con una roca y perdió el equilibrio. Instintivamente movió sus brazos tratando de no caer y, sin querer, empujó a su hijo por el acantilado. El chico no gritó ni hizo ruido al caer. Quien lo hizo fue su padre. Gritó desesperado al borde del barranco, padre y madre de rodillas, reprimiendo sus impulsos de saltar tras el adolescente. 

 Meses después, Mirna caminaba lentamente por el pasillo de la muerte. El dolor por la pérdida de su hijo la hizo confesar las muertes de su abuela y su amiga años atrás. Su vida terminaría por fin, y con ella sus obsesiones que, siendo ella una niña, habían tomado la forma de un hombre misterioso, mensajero de la muerte. Mientras los guardias ataban sus manos y pies a la mesa, se sorprendió de no experimentar ninguna emoción importante. Estaba tranquila ante la certeza de la muerte. Miraba a las personas detrás del cristal; muchos de ellos parecían estatuas inmóviles y vacías de angustia o entusiasmo. Entre ellos estaba su esposo. Le dolió verlo ahí, sabiendo que estaba para verla morir. Después de escuchar su confesión, su esposo se había convencido de que la muerte de su hijo no había sido un accidente. Ella esperaba sinceramente que su muerte aliviara un poco su dolor. 

Una mujer vestida con un uniforme de enfermera perforó su brazo hasta encontrar la vena. A Mirna le pareció detectar una sonrisa en el rostro de la mujer a pesar de que esta llevaba parte de la cara tapada por una mascarilla, como las que se usan en los hospitales. Un hombre joven con actitud calmada manipuló una consola y un líquido empezó a circular desde tres cilindros pegados a la pared hasta una manguera conectada al brazo de Mirna. Según le dijeron, uno de los líquidos contenía un sedante y los otros dos un potente veneno que lentamente paralizaría su sistema nervioso hasta que su corazón y pulmones dejaran de funcionar. Así la muerte llegaría de forma tranquila y sin dolor. Nunca antes la frase «dormir el sueño eterno» había adquirido tanto sentido, se dijo Mirna al tiempo que su vista y sus facultades se nublaban. 

Mirna recorrió la habitación buscando algo desesperadamente, y lo halló detrás del hombre de la consola. El extraño estaba ahí, mirándola como siempre, pero esta vez, a diferencia de otras ocasiones, caminó hacia ella hasta ponerse a su lado. Mirna lo miró con los ojos llenos de lágrimas. El extraño se inclinó y le susurró algo al oído. 

Todos los presentes vieron cómo la condenada sonreía mientras lloraba y moría apaciblemente.

Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9.

lunes, 16 de marzo de 2026

EL PORTADOR DE LA MUERTE

Niranjan Ghate

 

Alguien llamó a la puerta. Él se estremeció y abrió los ojos. Recordó dónde estaba. Allí la electricidad era un lujo. Vivía en un tugurio. Una casa construida con ladrillos sobrantes de alguna obra. Unas cuantas chapas de hojalata, enderezadas de cajas de embalaje, se habían colocado para formar el techo. Ese barrio miserable tenía la dudosa distinción de ser el más grande del mundo. Era el favorito de los medios occidentales. A las naciones ricas les encantaba ese lugar por su fealdad.

Escuchó de nuevo los golpes. Esta vez toda la choza tembló con el golpeo.

Apoyó las palmas sobre sus rodillas reumáticas e intentó levantarse. Sus rodillas, débiles y doloridas, resistieron el esfuerzo. De algún modo logró ponerse de pie. Se detuvo unos segundos.

Sabía qué lo esperaba afuera.

Su liberación. Una versión más joven de su antiguo yo. El portador de la muerte.

Sí; alguna vez él había pertenecido a esa temida categoría de seres humanos. Y sí, estaba preparado para enfrentar al portador de la muerte con valentía. El portador de la muerte había venido a buscarlo, en ese infierno. Lo correcto era recibirlo. Si quisiera, tenía medios para destruir al portador de la muerte; pero ¿qué lograría con eso? Solo prolongaría su propia agonía.

Por eso había decidido rendirse.

Si era necesario, se arrodillaría y suplicaría la muerte. Pedirle al portador de la muerte que cumpliera con su deber, que pusiera fin a su vida. Seguramente ese era el único propósito de su visita.

Había decidido entregar su vida en lugar de prolongarla para seguir viviendo como una rata de alcantarilla. No había anticipado esta huida constante. Correr y esconderse. Esconderse en agujeros infernales como ese. No, definitivamente esa no era su idea de vivir.

Ahora culpaba al momento en que había tomado la decisión de huir. No debería haber escapado desde el principio. Ahora entendía por qué ningún portador de la muerte huía jamás.

—¿Puedo entrar, señor?

El portador de la muerte era muy educado.

—Pase, por favor.

Abrió la puerta. El anciano hizo pasar al joven. Señaló una silla tambaleante; él mismo se sentó en la vieja cama.

—Está bien, señor. No le quitaré mucho de su valioso tiempo —dijo el joven.

No establezca un vínculo con la persona marcada.

El anciano recordó el manual de instrucciones que él mismo había preparado para la Oficina de Control de Población. Oficina de Control de Población era un eufemismo para los portadores de la muerte.

Esto puede dificultar el cumplimiento de su deber. Si quiere tener éxito, manténgase distante.

Las instrucciones ocupaban más de cuarenta páginas. El anciano había sido entonces instructor, enseñando a quienes serían portadores de la muerte cómo tener éxito llevando la muerte hasta la puerta de la gente.

Sonrió para sí mismo.

El joven se sorprendió con esa sonrisa.

Nunca esperó que yo sonriera, pensó el anciano. Bueno, nos dijeron que esperáramos lo inesperado, ¿no? Pero, por supuesto, sonreír ante la muerte seguramente va más allá de lo inesperado.

Recordó a su propio instructor.

Calvo, de estatura media, un hombre completamente ordinario. Además, tartamudeaba al hablar. Pero siempre acertaba en el blanco al primer intento.

—Escuchen, jóvenes brutos —decía—. Nos llaman portadores de la muerte. Bueno, el término correcto es heraldos de la muerte. Aquellos que no se presentan ante las autoridades correspondientes en el momento adecuado son llamados “marcados” en nuestra jerga; es decir, personas marcadas para morir. Cuando estos “marcados” nos ven, se desesperan. También se deprimen. Algunos pierden la cordura. Hombres y mujeres en el extremo del miedo pueden volverse insanos. Pueden recurrir a cualquier truco e intentar cualquier cosa por pura desesperación.

Después de esa larga charla venía el ejemplo habitual del gato acorralado. Luego un análisis psicológico del miedo.

Ese joven que estaba frente a él seguramente también había escuchado aquello, pensó el anciano.

Así que ese joven estaba preparado para enfrentar cualquier eventualidad, pero aun así no estaba preparado para enfrentarse a una sonrisa.

Cuando el heraldo de la muerte llegaba a llamar a la puerta, todos sabían para qué venía. Nadie recibía jamás al portador de la muerte con una sonrisa; así que aquel joven debía de considerar su sonrisa como una nueva artimaña.

Pero no había ninguna artimaña detrás de esa sonrisa.

El joven se equivocaría al pensar eso.

—¿Cómo piensa acabar conmigo? — preguntó, ya que de todos modos había decidido rendirse—. ¿Ha ideado algún método nuevo para mí?

El joven se echó a reír.

—¿Tiene alguna preferencia? Me han dicho que debo respetar su deseo. Hay muchos métodos para elegir.

Lo dijo con su propia sonrisa. Estaba muy seguro de sí mismo. Completamente falto de humildad, sin temor al que alguna vez había sido un hombre poderoso.

—Bueno… cualquier método, excepto una muerte rápida e indolora.

El anciano nunca había causado dolor a sus víctimas; siempre acababa con ellas antes de que se dieran cuenta de lo que estaba ocurriendo. Sus colegas siempre habían considerado aquello algo extraño.

Decían que todos los portadores de la muerte sufrían un cambio gradual en ese trabajo. La mayoría de ellos empezaban a odiarse a sí mismos. Ese odio se expresaba en sus métodos de ejecución. Torturaban a la víctima; luego presumían de esos métodos cuando charlaban con sus colegas.

Él detestaba esas conversaciones.

Con los años se volvió distante. Se fue apartando de ellos.

“El acto de destrucción”, como lo llamaba el público en general, había surgido porque la población de la Tierra había crecido más allá de proporciones manejables. Cada vez moría menos gente debido a la avanzada tecnología médica. La humanidad se había convertido en una carga para la Madre Tierra. El hombre no había logrado establecer ni una sola colonia en el espacio. Proveer servicios básicos y alimentar a la población se había convertido en un problema enorme. La tasa de criminalidad había aumentado. Algunos políticos habían dado un nuevo eslogan a esa masa humana que se multiplicaba sin control: Es mejor morir que vivir como animales.

En realidad muy pocas personas habían visto animales verdaderos.

Se estableció una edad límite, se votó y se aprobó. Muchos políticos ancianos fueron los primeros en morir. Esto ocurrió porque los ancianos que no eran políticos estaban disgustados con la calidad de vida. Los votantes jóvenes querían más espacio para sí mismos.

Y pronto se alcanzó el crecimiento poblacional cero. Luego llegó el crecimiento poblacional negativo. Hubo algunos murmullos para elevar la edad límite, pero fueron ignorados. El gobierno esperaba que todos acudieran a los centros de terminación médica en cuanto alcanzaran la edad establecida. La primera notificación llegaba con un año de anticipación. La segunda indicaba con precisión la fecha y el lugar del centro. La tercera era la cita con la muerte. Indicaba la hora de llegada de la ambulancia, popularmente conocida como la furgoneta de la muerte. Algunos intentaron evadir esa cita. Buscarlos y sacarlos de sus escondites se volvió una tarea difícil. Así nacieron los portadores de la muerte.

Poco a poco la población de la Tierra se redujo hasta proporciones manejables. Para mantenerla así se crearon cada vez más portadores de la muerte. Una vez reclutado, un portador de la muerte recibía muchas facilidades. Por eso muchos jóvenes querían convertirse en uno de ellos. El problema de decirles que no a los aspirantes lo resolvían las computadoras. De hecho, todo el proceso de selección era manejado por computadoras. El perfil psicológico de cada joven era estudiado por ellas. Luego algunos recibían la llamada.

Esos jóvenes eran separados de sus familias y recibían un entrenamiento especial. Después su único trabajo era buscar, encontrar y eliminar a quienes no se presentaban voluntariamente en los centros del gobierno en el momento adecuado.

Al principio la población no protegía a los fugitivos. Pero cuando la población de la Tierra se estabilizó, el ánimo del público cambió. Ese cambio, aunque muy gradual, afectó el éxito de los portadores de la muerte. La gente quería que el límite de edad se aumentara en diez años. Las estadísticas sugerían que, con las leyes existentes y los métodos de control poblacional, ya se había alcanzado el crecimiento poblacional cero, y ahora el crecimiento era negativo. Con esas cifras circulando, surgió un clamor para eliminar la ley por completo. El apoyo a los fugitivos creció rápidamente.

La noticia de los portadores de la muerte se filtró de algún modo, lo que provocó una gran indignación pública y una serie de negaciones por parte del gobierno.

Todo eso cruzó por la mente del anciano. Había permanecido en silencio durante mucho tiempo, así que el joven portador de la muerte fue quien habló primero.

—No he venido a matarlo.

—Oh, creí que usted era el portador de la muerte.

—¿Dije yo alguna vez que lo fuera?

—Entonces ¿quién es usted?

—He venido a llevarlo de vuelta.

—¿Pero por qué? Ya no quiero vivir. No me resistiré si me mata. Es mejor morir que vivir así. Por eso decidí que ustedes debían encontrarme. Dejé un rastro de una milla de largo. Si hubiera querido, podría haberme ocultado durante otros dos años. Nunca me habrían encontrado por su cuenta.

—¡Por eso lo queremos!

—No entiendo.

—Bueno… no es fácil explicarle lo que quiero decirle. Hasta que usted escapó, muy pocos portadores de la muerte huían. Los que lo hacían normalmente eran capturados en uno o dos meses. Usted fue la excepción. Lleva casi cinco años fuera. Necesitamos saber cómo logró evadirnos durante tanto tiempo. Así podremos encontrar a otros que intenten escapar. Y además podremos convencer a los futuros fugitivos de que huir nunca vale la pena. Al final todos se rinden. ¿Qué mejor ejemplo que usted para disuadirlos?

El anciano se estremeció; casi sollozó.

—Está equivocado. Nadie pensará como yo. Tal vez siempre tuve una tendencia suicida. Tal vez haya algunos que quieran vivir más tiempo y disfrutar de la libertad. Creo que no me rendiré. Será mejor que me mate.

—Discúlpeme, señor, pero nuestro psicólogo opina algo distinto. Según él, antes de morir usted querrá decirle al mundo que ha ganado. Presumirá de haber derrotado a los portadores de la muerte. Cree que dejó esos rastros para que lo encontráramos y así restregarnos su triunfo en la cara.

—Ya veo…

El anciano exhaló lentamente.

—¿Viene con nosotros, señor? —preguntó el joven con extrema cortesía.

El anciano se había ido acercando poco a poco.

Aquellos jóvenes arrogantes y confiados eran muy fáciles de engañar.

Saltó y sujetó al joven antes de que pudiera resistirse. Fue muy fácil, aunque tuvo que admitir que ya no era tan rápido como en sus años de juventud.

Le arrebató la pistola láser, se la llevó a la boca y apretó el gatillo.

El joven había caído al suelo y se levantó sonriendo.

Todo había salido exactamente según el plan. ¡Qué razón había tenido el psiquiatra!

—El ego de un hombre es su peor enemigo —había dicho.

El anciano tenía que morir; de lo contrario se habría convertido en un problema. La vieja ley estaba siendo derogada; sería reemplazada por una nueva. El anciano debía desaparecer antes de que eso ocurriera.

Sabía demasiados secretos.

Si hubiera sobrevivido, podría haber expuesto el sistema.

Por eso consultaron al psiquiatra.

Había estudiado el perfil psicológico del anciano y había sonreído.

—Puedo hacer que se suicide. Solo díganme dónde está.

La pistola láser se había conseguido en un mercado de pulgas. Imposible de rastrear.

El joven portador de la muerte saludó al psiquiatra. Luego miró alrededor. La primera mosca había entrado en la habitación.

Cerró la puerta y se marchó.

Niranjan Ghate es un escritor maratí (de Maharashtra, India), que escribe principalmente relatos de ciencia ficción y artículos informativos sobre hechos científicos. Sus relatos y artículos de ciencia ficción se han traducido a ocho idiomas indios. Ha escrito más de doscientos libros, diez de ellos en coautoría. Algunos de sus relatos se han incluido en más de veinte antologías. Sus libros incluyen diez novelas de ciencia ficción, veinticinco colecciones de relatos cortos de ciencia ficción y unas noventa colecciones de artículos científicos. También ha escrito sobre historia de la guerra y relatos bélicos, principalmente teatro oriental, novelas humorísticas y colecciones de relatos cortos. Empezó a escribir en la universidad, en 1965, y siguió escribiendo hasta 2023, cuando sufrió un accidente.

 

HIELO

Relja Antonić

 

—En el invierno anterior a los bombardeos, en ese bosque se congeló un niño. Todo el pueblo lo buscó. Lo encontraron recién en primavera, cuando el hielo se derritió. El invierno siguiente el pueblo quedó abandonado. Todos se fueron a toda prisa. No sé a dónde. Ninguno de ellos volvió a dar señales de vida. Creo que ningún ser vivo resistiría ya el invierno en estos parajes. Nadie, salvo yo.

Estiró la boca arrugada en una mueca. Los dientes, color arena, brillaban por la saliva de borracho que los empapaba.

El dueño del motel era un hombrecillo canoso y calvo en parte, gordo y grasiento por fuera, no más alto que metro y medio, con bigotes amarillos. La rakia que servía, de una botella tras otra, era una porquería repugnante, más amarilla que aquellos bigotes, pero calentaba como un horno. Con el primer vasito el huésped ya había empezado a marearse. El patrón no tenía ninguna otra bebida, ni siquiera preparaba té; y detrás de la barra, a través de la neblina del alcohol, el huésped solo distinguía una repisa con botellas de aquel licor amarillo, un listón con tres ganchos vacíos para llaves… y nada más. Ni siquiera la puerta de una posible cocina.

—¿Por qué te quedaste tú?

—¡Bah! —Se limpió la boca con la manga de su suéter gris—. Cada invierno alguno queda atrapado en la ventisca y no puede cruzar el puerto hasta que limpian el camino. Me cayó del cielo, porque nadie quiso hacer una carretera que rodeara la montaña. Je, je...

 

El huésped no podía dormirse. Le parecía oír voces humanas en el aullido del viento que descendía de la montaña. El valle resonaba con los alaridos. Se estremeció, pero no de frío. Estaba acostado vestido, y el calor del pino y del carbón quemados en la estufa del pasillo corría por las tuberías. Se quitó la manta y miró por la ventana.

Nadie te está mirando desde afuera, idiota. Nadie puede estar ahí fuera con este temporal.

La habitación número 3 era demasiado pequeña, y tenía la sensación de que dentro de ella no podía estirarse en ninguna dirección… ni siquiera en la vertical. Al menos estaba caliente. Se preguntó quién estaría en las otras dos habitaciones. No había visto ningún automóvil delante del motel, ni siquiera el del dueño.

El dueño seguramente estaba en la uno. ¿Y en la dos?

¿Cómo no me da hipotermia con ese aguardiente? Un oso primero se herviría y después se congelaría, pensó. Hijo, perdóname, le pareció oír. No volveré a golpearte jamás. Por favor, Dios.

Hm, estoy soñando despierto, y no puedo dormirme ni aunque me maten. Las estúpidas historias locales no son para una noche como esta. Maldito mi trabajo en la condenada ciudad del otro lado de la montaña.

El viento golpeaba la ventana, el pequeño motel temblaba, pero la habitación estaba ardiente. Al precipitarse desde la montaña, la ventisca sonaba como una osa agonizante. Tal vez fuera una avalancha, y no el viento.

No sacó la cartera del cajón. Se envolvió con la bufanda, se puso la chaqueta de plumas y tomó la llave.

Hay alguien ahí fuera, lo juro.

No puede ser, idiota.

Mamá no me quiere.

Se estremeció.

Los pinos se balanceaban, y aun desde dentro de la habitación los oía crujir. Y aquello que sonó como un latigazo debía de ser una haya congelada. Cerró la habitación con llave. La oscuridad del pasillo era como un jarabe negro y tibio. Sin embargo, en algún momento le pareció que relampagueaba en blanco. Como si hubiera tragado el sonido de la tormenta exterior, resonaba sordamente solo con los latidos de su corazón. No oía sus pasos sobre la madera, ni al patrón en la habitación vecina.

Dejó la llave de su cuarto bajo el felpudo interior.

Tomó la manija caliente. Le pareció sentir que al mismo tiempo estaba helada del otro lado. Abrió la puerta de entrada y el frío espantoso lo golpeó.

—¡Por Dios, está sin llave!

Los aullidos del viento se tragaron su susurro.

¿Y qué, idiota?

Se preguntó por qué demonios no había sacado del coche la bolsa con ropa.

Necesito guantes.

La ventisca le clavaba agujas en el rostro y los párpados. Los dedos empezaron a entumecerse de inmediato, lo cual no ayudó en absoluto con las llaves que se pegaban a la piel, ni mucho menos con la cerradura congelada del maletero.

Aun así logró abrirlo.

Apretó los dientes. Se quitó una bota, se puso una bolsa de nailon en el pie y luego dos pares de calcetines uno sobre otro, y volvió a ponerse la bota. Repitió lo mismo con la otra pierna. El viento arrojaba torcidamente la nieve fina dentro del maletero. La sacudió de la bolsa.

Le brotaron lágrimas mientras se quitaba la chaqueta y, sobre la sudadera, se ponía un chaleco de lana y luego un suéter grueso. Se quitó el gorro y la bufanda, se cubrió la boca con un pañuelo, la coronilla con otro, se puso la capucha de la sudadera, volvió a colocarse el gorro encima, enrolló la bufanda alrededor del pañuelo, la nariz y la capucha, se puso guantes de lana sin dedos en las manos, se echó rápidamente la chaqueta de plumas y la cerró con cordones, y luego, sobre los guantes de lana, se puso guantes de esquí.

Lamentó no tener más ropa en la bolsa.

Oyó voces de un coro de personas, ladridos de perros, y sobre todo el grito desgarrador de una mujer.

O tal vez solo era el viento.

Con los ojos llorosos por el frío miró las maletas con mercancía y cerró de golpe el maletero. Oyó sollozos.

El viento, idiota.

Sin saber por qué, cruzó el estacionamiento cubierto de nieve hacia el bosque. A la izquierda estaba la ladera por la que había llegado con el coche, y el pueblo abandonado cuyas casas arruinadas habían sido alcanzadas por las primeras ráfagas de la repentina ventisca. A la derecha la montaña, y detrás de ella la maldita ciudad hacia la que se dirigía.

Detrás de él, el motel oscuro se hundía en los montículos de nieve; delante, el bosque negro de pinos que solo la nieve iluminaba.

Dios mío, qué imbécil soy...

La segunda oleada de calor que provocaba el aguardiente lo alcanzó bajo la ropa abrigada. Aunque por fuera parecía una bola de nieve, por dentro hervía. Incluso empezó a sudar.

El bosque descendía y descendía cuesta abajo, y a veces la nieve era más rala y los árboles más densos, y otras veces al revés.

Intentó pensar cómo regresaría, pero algo parecía impedírselo.

Apartó ese pensamiento, y la ventisca se lo tragó junto con sus gemidos.

Siguió adelante, o creía seguir adelante, hacia donde le parecía que había un claro, donde la ventisca teñía la negrura de la noche de un gris violáceo.

No notó que sus huellas en la nieve quedaban cubiertas en cuanto se alejaba cinco pasos de ellas.

El claro estaba realmente delante. Ahora estaba seguro.

A los ojos parecía muy cerca, pero la mente sentía que llevaba horas acercándose. Cuando por fin llegó, vio un montículo de nieve que lo cubría.

¿Por qué vine aquí, por qué?

Sin embargo, lo sabía.

Alguien realmente lo había llamado.

Se preguntó si estaba siguiendo al otro huésped del motel y por qué aquel había ido hacia el bosque. En sus treinta años de vida nunca había visto ventisqueros tan grandes. Uno se elevaba desde la continuación lejana del bosque, justo en la subida a la montaña, y al otro lado del claro, donde los árboles lo detenían, alcanzaba al menos cinco metros de altura. O tal vez diez.

La ventisca que barría entre los árboles del bosque, en cuanto salió de su resguardo, lo atravesó incluso a través de la chaqueta de plumas y de las demás capas de ropa. No creía que fuera posible. Aunque, antes de esa noche, tampoco creía que un ataque de obsesión pudiera obligarlo a vagar por una naturaleza helada.

Frente al pinar cuya seguridad había abandonado, allí donde el ventisquero titánico no bloqueaba la vista, distinguía otro círculo de bosque a través de la noche emborronada por la ventisca.

Lloraba de frío.

Al pie del ventisquero lo esperaba un niño, que también lloraba.

La violencia del shock obligó al vagabundo a avanzar corriendo con la nieve hasta la cintura. En cambio, al niño le llegaba a los tobillos. Quizás llevaba raquetas de nieve.

Pero el niño no tenía chaqueta ni abrigo.

Las lágrimas corrían por su pequeño rostro y se congelaban. El moco en la nariz había formado un diminuto carámbano. Sollozaba en silencio. Los temblores grandes y lentos eran provocados por el llanto; los pequeños y rápidos, por el frío. Sus labios morados en la oscuridad parecían negros.

Tendría unos diez años.

Preguntándose cómo podía ser tan estúpido, el desdichado viajero de treinta años aun así intentó racionalizar lo que veía.

—Tú eres de la habitación dos —concluyó—. ¿Dónde están tus padres?

No volveré a golpearte jamás.

Lo están buscando. Y quizá también ellos se estén congelando.

Idiota, idiota, ¿no ves...?

El niño permaneció mudo, sin dejar de llorar.

El hombre adulto, de pie bajo él, en la nieve hasta la cintura, aterrado y conmocionado, empezó a quitarse su chaqueta, su bufanda y su gorro.

Me voy a mear encima, maldita sea...

Se los puso al niño moribundo.

Le vino a la mente la historia que le había contado el dueño del motel mientras le servía vaso tras vaso de rakia. La olvidó enseguida. La nieve se la tragó, igual que su voz, igual que todo lo demás que intentaba ordenar en su cerebro.

Oyó ladridos y llamados desde todas partes.

Quizá no todos habían abandonado el pueblo.

¡El dueño mintió!

Si no se ponen en marcha, pensó, sufrirán hipotermia, ayudada por aquel aguardiente...

—Vamos —le dijo al niño, y con los dedos agonizantes tomó suavemente el guante de esquí que le había dado, tal vez demasiado grande.

Echó a andar hacia el bosque, incapaz de asombrarse por la desaparición de sus huellas debido al shock que le había causado el niño.

El niño soltó su mano.

La nieve caía a través del pequeño. Comprendió.

Se volvió, temblando, tanto de frío como de horror.

El niño subía por el ventisquero.

No dejaba huellas.

Y se desvanecía.

Seguía temblando mientras se volvía transparente.

—¡NO!

Voy a morir.

Corrió hacia su ropa de invierno.

También ella se desvanecía junto con la aparición, que se alejaba de él y se alejaba del mundo.

Desaparecieron juntos.

En el hombre solo quedaron el suéter –que se iba empapando–, el chaleco, la sudadera y el pañuelo.

Las orejas le latían dolorosamente.

No, no, no, no, no...

—¡NO! ¡Nooo!

No sabía decir nada más.

Corrió en la dirección en que el niño había ido, con la intención de recuperar su ropa. Las lágrimas se congelaban justo debajo de sus ojos. A través del pañuelo sentía que la nariz estaba a punto de desprenderse.

El ventisquero ya estaba por encima de su cabeza.

Cavó en él con dedos muertos. La nieve le caía sobre la capucha y la espalda. La sentía a través de toda la ropa, y estaba mojado. Continuó cavando frenéticamente.

Una hora.

Tal vez dos.

Tres.

O cuatro.

No lo sabía.

En diciembre la noche es eterna.

Cuando penetró en la profundidad del ventisquero empezó a hacer más calor por la blancura que lo cubría desde arriba. El techo de la cueva de nieve se helaba. El viento no entraba.

De verdad ahora es soportable...

O quizá lo diga el congelamiento.

Si me duermo, estoy perdido.

Se preguntó si podría quedarse allí un tiempo, con la esperanza de que, gracias a algún milagro bíblico, alguien lo encontrara.

Todavía temblando, y con los dedos inútiles, palpó los bolsillos.

El móvil.

Probablemente en la cueva no haya señal. Saldré al borde cuando me descongele un poco… solo un poco…

¿Pero a quién llamar?

A tu socio en la ciudad de enfrente, idiota.

El dueño había dicho que ya por la mañana limpiarían el camino, porque esa carretera era importante.

Se quitó los guantes de lana y se frotó las manos con la nieve que tomó bajo los pies.

Es sorprendente cuánto he cavado.

Sabía que sobreviviría.

Y entonces oyó bajo sí un siniestro CRAC.

¿Qué claro, idiota?

¡Un lago!

Un lago recién congelado en el valle, con una corteza lo bastante fuerte para soportar metros de nieve… pero no a un caballo estúpido y pesado…

Algo lo había atraído.

Y lo había matado.

En el segundo de lucidez antes de la muerte, un millón de pensamientos le cruzaron la mente. Se hundió como una piedra y sintió que el corazón se le rompía mucho antes de empezar a ahogarse.

El temporal empezó cuando descendí al valle. La tormenta llegó de repente, demasiado rápido incluso para esa época del año. El ritmo al que caía la nieve cortó todos los caminos…

Los aullidos y llamados en la noche.

El llanto.

Su total incapacidad para pensar con claridad.

¿Y la rakia?

Quizá…

Todo estaba planeado.

El valle maldito lo estaba esperando.

Y está claro dónde están el ocupante, o los ocupantes, que se alojaban en la habitación dos.

Ahora todo se volvió repentinamente claro.

El hielo le invadía los pulmones, pero el corazón ya estaba partido.

Ya estoy completamente muerto.

Pero aun así lo vio.

El lago no era profundo.

Los automóviles yacían en el fondo. En ellos había personas solitarias, parejas y familias. Probablemente llevaban años enterrados allí, aunque permanecían eternamente congelados y por lo tanto conservados.

Sí, enterrados, porque estaban colocados en los asientos, con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos cerrados, aunque en posición sentada.

Mis párpados se congelaron abiertos.

Alguien se los cierra después.

También había gente sin “ataúd”.

Atados para que no flotaran, embalsamados en bloques de hielo, yacían los habitantes del pueblo. Todos, supuso su conciencia fuera del cuerpo. Sus manos estaban cruzadas, los párpados cerrados, las expresiones de sus rostros eran serenas…

Pero estaban congelados.

Y también había perros del pueblo, que colgaban, pero hacia el lado equivocado. Congelados, el lago los tiraba hacia la superficie, mientras las correas los mantenían atados a piedras en el fondo.

El muerto suponía que no todos los cadáveres habían terminado en el lago, y que muchos habían sido arrastrados al fondo desde el bosque.

También estaba allí el cuerpo del niño, con una expresión llorosa en el rostro, un espasmo en la cara. Era lo único que demostraba con cada músculo que algo aún vivo lo había impulsado a saltar al lago y abrazar la roca del fondo. Igual que ese algo que me había impulsado a venir aquí.

 

El dueño del motel se levantó antes del amanecer.

Como el huésped no respondía, buscó la llave. La encontró, entró en la habitación número 3 y recogió la cartera del cajón.

Para sus adentros maldecía a los huéspedes de la habitación dos, un hombre y una mujer, que se habían llevado la llave consigo.

Se echó un trago de rakia, orinó en el baño común del motel y luego sacó la camioneta del pequeño garaje detrás del edificio.

Condujo el automóvil vacío solo hasta el borde del bosque y, maldiciendo entre dientes, lo enterró en la nieve.

Se resolverá antes de que llegue el deshielo.

Mientras aún quede espacio en el laguito…

Seguía nevando.

Hasta que pase la maquinaria que limpia los caminos, desaparecerán las huellas.

Se encerró en el motel y lo dejó a oscuras. Pasarán de largo como si estuviera abandonado.

El motel no parece vacío solo cuando él quiere trabajar y cuando tiene que esperar a algún huésped.

A veces le daba lástima todo aquello. Sentía verdadera compasión por los clientes.

La bebida lo ayudaba a olvidar.

Conocía a todo el pueblo.

Los echaba de menos, sobre todo en invierno.

Pero, en general, quería vivir.

Y cuando llegue el momento de morir, no querrá unirse a ellos ni compartir el destino común del que se salvó aquel primer invierno, rezando.

Habrá más clientes antes de que termine el año… Tres veces más antes de la primavera. El negocio marcha, y él sobrevive invierno tras invierno, solo. A veces hay que darle algo al Invierno para sobrevivir al Invierno. Y cuando no es invierno, la naturaleza salvaje que lo rodea quiere llevarse a alguien. Deja huesos, en la madera o en la tierra. La naturaleza salvaje siempre encuentra la manera. Y a veces, solo a veces, si está de buen humor o saciada, se busca un ayudante.

Le dio otro buen trago a aquel repugnante matarratas.

Relja Antonić nació el 17 de diciembre de 1988. Vive y trabaja en Šabac, Serbia, y escribe e ilustra desde hace más de 10 años. Colabora en al menos tres revistas, ha publicado relatos en varias antologías de países de la antigua Yugoslavia y es probable que se considere a sí mismo un escritor de fantasía.


IMÁGENES ROTAS SUEÑOS DE HERRUMBRE

Gerardo Horacio Porcayo

 

Para un par de Williams: Burroughs y Gibson.

 

—Era la diamantina de los tiempos. El sinsabor, los roces apenas percibidos en cardúmenes de humanos moviéndose entre neones, lásers y comida sintética. Una mierda, te lo juro. Mejor que la de hoy. Y mía, en todos los sentidos. Ciudad Guadalupe era la vía de acceso. Encontrabas de todo en los barrios podridos que nacen al pie del cerro de la silla, entre solares de autos robados y contrabando de bromocriptine, l-dopa, nootropil, diapid, arcalion, vinpocetine, sin dejar atrás la vieja heroína y las nuevas cajas de placer. Te volvías loco, de veras. Había de todo, porque Monterrey lo consumía todo. En esos tiempos los tiras podían olerte, mirarte a los ojos mientras agarrabas un viaje de coca ficticio, con los cables de la caja bien atados a tu cerebro. Y subías, realmente subías, sin que la tira jugara a matar.

El retro me mira con pesadez, casi con ostentación. Sopesa mejor sus sueños de electrones, sus quimeras informáticas; demencia cronometrada y casi siempre rebooteable. Se han vuelto parte de la computadora, como viles ratas de laberinto, adictas a los choques eléctricos, al veneno mismo. Como ella...

—Había huido de Laredo, traía tras de mí cuatro sabuesos de la DEA, tres vendedores con Glock bajo el sobaco y sniftadores inundando sus bolsillos. Buscaba un poco de aire fresco, monedas y material para seguir subsistiendo.

—Te pasas, viejo, siempre fue igual. La misma mierda de siempre, sólo que ahora hay Sueño Eléctrico —dice y se larga del bar, tirando unos cuantos dólares podridos. Sé de que pie cojean. Lo negro no se separa de nuestra esencia. Es el estigma de quienes aborrecemos el mundo tal cual es.

Ahora cazan programas adictivos, laberínticos sueños de crimen y sexo prohibido, blasfemias reiterativas en un planeta en que día a día rige más un Dios cibernético, desde su cielo de silicio más allá de las estrellas. Se pierden en locales que apestan a semen, fluidos vaginales, a media luz, como en atardeceres desgarrados. Al mundo no le quedan rastros de virginidad, es una puta decrépita que circula, tristemente, al extremo de la vía láctea, sin encontrar cliente.

—Dame otro triple —le digo al barman y me mira con hastío. Conoce mi negocio: nulo, la espera, una cacería de consumidores que odían las historias, la cerveza y también su vida.

—Van a acabar por partirte el hocico —me advierte y la conmiseración se le sale por los ojos, le brota como pus añeja.

—¿Te conté de Cora?

El hijo de puta, me hace a un lado, se pierde entre la barra despostillada, los vómitos de marinos y obreros y busca el abrazo cálido de la tele, ahí donde no tiene que pensar. ¿Por qué ya no quedan? Sería más aceptable la antigua paranoia, las amenazas que te envuelven y te hacen abandonar Austin, Florida, el mismo Houston en trenes bala y autostop, pasando por los sangrados campos de Illinois o atravesando desiertos pedregosos más acá de TJ, con traficas de ojos saltones y manos sudorosas o agentes grasientos y nerviosos pisándote los talones.

Exploro el bar, buscando a mi contacto, otro escucha; quizá hasta un gato roñoso con la cola rota en cuatro, trepado en el marco de una pintura fractal o teseracta.

El retro vuelve a entrar en esos momentos. Y trae su carga. Una tipeja con los ojos bañados en tinta de aerógrafo, como un maldito mapache y cuatro bestias peludas que apestan a bencedrina y cables sobrecalentados. Los rizos de sus pelos son naturales; se chamuscan solos, allí arriba del cráneo, cerca de los soquets.

—Largate —me advierte—. No queremos moscas alrededor.

—Incluso conozco mejor que tú tu negocio. Me sé la historia —uno de los peludos se para frente a mí, carga una manopla Táser y sus labios están repletos de afiches postholocaustic.

—Vete a pasear, ruco. Me partiría el alma romperte la madre.

—Hasta tenía una banda como la suya —insisto. La vergüenza se aleja de mí, asqueada.

—Déjalo que hable, a lo mejor así terminas tú —le dice la mapache al retro, con una risita que suena a marmita picada.

—Apesta.

—Cuando llegué a Monterrey, sólo los Juniors le entraban al Sueño Eléctrico. Así, prendiditos y todo, con pantalones de 800 dólares y gabardinas inglesas que olían como el mismísimo Támesis.

—A este le botaron los tornillos a punta de chingadazos —asegura otro de los peludos.

—Conocí al Loquillo. Un bato de lapbody perpetuo y copete rojizo cubriendo su conector. Y él realmente se atascaba, no despreciaba una mierda que fuera alucinógena y apareciera en algún punto de la tierra —la mapache me mira con los ojos desencajados, cada uno para lugares distintos. Mapache bisco de olfato atrofiado.

—Ese era hacker y cableta. No químico —argumenta el retro. Ahora es la gran diferencia, el status no se adquiere más con sustancias neuroactivadoras, sino con tecnología, electricidad y conductores metidos hasta el fondo de tu cerebro. Saben de que les hablo y al menos la mapache arde en deseos de oír.

—80 verdes a que no sabes una chingada —amenaza uno de los peludos.

—Jugaba con la caja negra, al placer cerebral. La coca la movían cortada y a precios que te impedían una mediana adicción, así que tenías que sustituirla con descargas mínimas a los conductos propios y subías, subías realmente. Charly 29 la movía bien. Tenía un Lincoln descapotable, tarjeta internacional sin límite de crédito, a Roger, Isidro y Cora. Y buenos trepanadores, no como los de ahora que piensan que los medibots son lo mejor en cirugía de cerebro.

—A mí se me hace que tu implante hace un resto que valió madre, por eso tienes los sesos oxidados —asegura el retro—. Empezamos a los quince y cenamos software caliente todos los días.

—Charly nos consiguió la primera red. Entonces el Sueño Eléctrico era un complemento; lo mejor eran las calles, la adrenalina corriendo cuando a la tira la presionaban para mantener las apariencias o la PGR tenía que justificar su presupuesto. Cuando preparabas cócteles sin saber a que puerta te iban a arrojar...

—¿Y qué pasó con Loquillo? —aventura la mapache.

—Esa es historia tardía. Hasta ustedes la oyeron. Lo cazaron en la última gran revuelta contra el Dios-silicio —uno de los peludos me mira con los dientes apretados y la mano hundida en su chaleco de spandex—. Era de los míos y sabía que la buena época se moría con la aurora boreal del Cristorrecepcionismo. Y en parte luchaba también por Cora. Ella fue la primera en probar el Sueño de la Gaviota, en bautizarlo así.

—Eso es anticuado, viejo —gruñe el retro—. Ya nadie se fleta con las gaviotas. Ahora los fantasmas te tasajean si no estás a su altura, te sacan las tripas con motosierra en parajes de arboles construidos con defensas de autos, mares de polietileno reseco, montañas de basura plástica y ardillas llenas de chips y servomotores. O te pesca Dios en un recoveco y te refunde en infiernos de vísceras caníbales y pesadillas de dientes romos pero presurosos. Ahora hundirte en la computadora es como correr por tus calles con los sabuesos tras de ti y la paranoia de ser atrapado con material caliente. Ahora desafías a Dios en cada toque, en cada alucinación. A ti nunca te persiguió Dios.

—Yo lo vi por primera vez con Cora. Habíamos corrido a través de fiestas universitarias con el ecstasys hasta la cumbre, recorriendo tu espina dorsal como una corriente galvánica, poniéndote el rabo tan tieso que creías poder inaugurar algún resquicio sexual. Y Charly 29 nos había conseguido la Red. Nos trepamos luego del bajón. No había más droga. El presidente visitaba la ciudad y la limpia había sido exhaustiva. Estábamos colgados. Tú sabes, la abstinencia es mortal. Así que nos metimos a la red. Los dos en un deck. Ya realizábamos orgías para entonces, los cinco juntos. Ese día sólo fuimos ella y yo. Y fue diferente. Sentimos la halitosis nauseabunda de Dios sobre nuestros hombros, su rostro se pintaba en fugaces graffitis en el asfalto y las paredes descarapeladas, la tristeza se nos pegó como plomo a las costillas. Apenas podíamos respirar. Su cuerpo parecía resquebrajarse, se me hundían los dedos en sus carnes como en barro seco. Abandonamos y ella me dijo que quería viajar en barco; tomamos un trasatlántico a la puerta del hotel, con chimeneas que desprendían vapores atómicos y cocteles de MDA, exodiprina, deprenyl, hydergine y deaner. Viajábamos al aire libre y el mar era más puro de lo que ahora son capaces de reproducir las máquinas nanotecnológicas. Las gaviotas nos orbitaban como satélites psicóticos. Tenían hambre. Cora quiso quitarles el ayuno con el pensamiento, luego intentó con sushi. Un sushi milagrosamente multiplicado para mil gaviotas que mantenían un vuelo errático al impulso del viento y chillaban cada vez que un trozo de pescado ascendía a su hábitat. Míralas, me dijo ella, son como los ángeles de la soledad, como la montaña que se mueve a través de valles y océanos, son como la fe y la felicidad. Y tenía razón. Volvimos ocho veces al mismo sueño, después fue sola y no regresó.

—¿Y Loquillo a qué juega en esto?

—La conoció después, cuando trataba de robar información a Laboratorios Mariano. Era material calientísimo. Cora se le metió hasta la médula de los huesos. Ya era un fantasma y seguía siendo especial, podía transferirte su belleza como si de archivos virales se tratara. Cuando pescaron al Loquillo la carnada era ella. No pudo negarse, nadie podía.

—Yo la conozco —dice el peludo de la manopla—. Me visitó en un cruce de exodiprina y un programa de red pirata. Y pude librarme. No es para tanto. Hoy en día cualquier software negro tiene mejores divas. Son vampiresas que te chupan hasta dejarte seco. Primero te roban los recuerdos, luego los ánimos sexuales y hasta las ganas de vivir.

—Esas nunca las han tenido —digo. Sé de que hablo, soy uno de sus pioneros.

La mapache ya no ríe. Sus ojos se han vuelto más obscuros y desorientados, son pozos de negrura, no destella vida en ellos. Va en descenso vertiginoso, cumbre abajo. Necesita cables...

—A Dios lo desafías nada más con vivir —asegura el retro—. El temor siempre ha estado presente, pero en el Sueño Eléctrico es palpable. La tortura viene por paquetes, como huracanes rabiosos; se ciernen sobre ti libélulas demoniacas, tu mismo estomago gruñe, tratando de abrirse paso al exterior y abandonarte a mitad de un callejón inexistente; los laberintos son sórdidos, más que los reales. Una vez encontré una pordiosera, sus ojos nunca habían conocido la luz, estaban marchitos, hundidos en las órbitas, cubiertos por un tejido membranoso semejante al de los reptiles, su mano izquierda era pequeñita, pero le crecían prótesis malsanas que supuraban esperma y cláusulas morales, su gordura era tan fenomenal que se mantenía erguida gracias a un sin fin de pequeñas muletas ancladas a su carrito. Y los cables brotaban de su cráneo, zumbaban imitando la cantaleta de auxilio, con su mano derecha esgrimía una vasija llena de embriones. Era la virgen. Te lo digo, te lo aseguro. Me persiguió a través de pantanos, cementerios de computadoras, buldozzers despanzurrados y cohetes borrachos que se precipitaban en llamas, desde el cielo, como ángeles desterrados. Y no puedes escapar, te persigue hasta cuando sales. Por las noches, a veces aún la sueño. Las calles son más seguras, la Brigada Antipecados es torpe pese a su soporte tech, a sus armas; los pierdes en cauces de ríos muertos, en alcantarillas secas o a través del metro. Y si lo haces bien nunca te descubren. Pero una vez que Dios te ha echado el ojo, siempre aparece, aún en las grabaciones más recientes, en programas estructurados en Tailandia, con graffitis ideogramáticos y zonas de tolerancia a la antigua. Su aliento es peor de lo que cuentas. Es como si nunca antes hubieras olfateado nada; todo queda opacado y el mero recuerdo de su hálito incluye alucinaciones a ojos abiertos. El cielo se cimbra y gotea como glicerina corrompida, bañándote, atascando tus huidas, nublando cualquier posibilidad de horizonte, cualquier chispa de esperanza... No sabes de lo que hablas —dice y hunde la vista en el interior del vaso. Sus manos tiemblan, frenéticas; quisieran salir aullando, alejarse de ese cuerpo.

Miro alrededor. El ángel ha pasado, soltando su peste. La mapache manipula la caja negra y sus ojos ya son nidos de murciélagos cósmicos que gritan blasfemias y maldiciones devastadoras. Los peludos se cobijan unos contra otros. Viven ya el síndrome de realidades, no saben donde están parados. El de la manopla parece creerme un ángel exterminador, me observa detenidamente, con una concentración mántrica: de seguro ve mi rostro carcomido por la estática y deforma mi silueta a base de pixeles que no están allí.

—Por eso digo que mis tiempos eran mejores —concluyo—. Allí no había nada aplastante, excepto el cuelgue, los temblores de la carencia, las vísceras gritando su hambre química.

El barman pastorea a las moscas. Lo siguen como si hubiera proferido un hechizo de sujeción, lo miran en sus malabares de copas y licores adulterados, en su reflejo perpetuamente tatuado en los espejos. Es múltiple como las moscas y está harto de nosotros. Me hace una seña, con resignación. Ya la ha hecho antes y no espera que responda al estímulo. Sigo la dirección. Tres Voces espera, atalayado en una mesa del fondo. El corsario blanco, se está incorporando en esos momentos.

Abandono al grupo sin decir palabra. Los vellos se me han erizado como antenas de cucaracha, se inclinan hacia adelante, urgiendo mi encuentro.

—No es bueno parlotear tanto —dice Tres Voces, maniobrando con su sombrero de fieltro, conduciendo sus movimientos a través de él—. Nunca olvidan, ni siquiera lo viejo.

—Tenía que hacer algo —miento. Sé que no le importa, sólo realiza su trabajo. Los protocolos son estrictos y han de ser respetados. Alargo la mano, en ella viaja un verde. Uno de los grandes. Lo toma, dilatando el contacto. Y sus ojos dicen cosas abismales, terribles en su verdad.

—El resto mañana, en la macroplaza —promete, entregándome el diminuto cilindro plástico. Giro, sin decir palabra, sin querer abandonar el bar.

Uno de los peludos me da la mano. Percibo el billete, su textura raquítica, desastrosa; hojas podridas, excrecencias casi inútiles.

—Son los 80. Te los ganaste viejo. Yo sabía que al Loquillo no lo habían podido joder en la realidad. Sabía que no podía haber caído cuando pusieron la bomba en el establecimiento. Su muerte le pertenecía a la red.

Ya no hay más palabras, compartimos alcohol y soledad. Angustia que se acumula como ácido en el interior. Somos globos que poco a poco se inflan. Algún día reventaremos.

—Creo que ahora te entiendo —dice el retro, jalando a la mapache que nuevamente circula en la frecuencia de lo virtual.

Los veo perderse a través del espejo, de la penumbra interior, de la negrura externa. Y el silencio flota largo rato, como coágulos en gravedad cero. Llena el ambiente y refuerza mi paranoia.

—Van a acabar por partirte el hocico —dice el barman, recogiendo los dólares. Sus ojos están acuosos y opacos, tristes.

—Lo sé —respondo, abandonando la barra, dejando atrás el cobijo.

 

La ciudad se expande ante mí, un organismo hipertrofiado y agonizante. Los edificios se recortan contra la noche sangrienta como picas en un campo de batalla. Multitudes de antenas parabólicas, inclinan sus oídos buscando sintonizar la voz de Dios. Y el gusano del miedo empieza a corroer mis entrañas. Las catedrales son como ojos desorbitados y ciegos en la tiniebla infernal, se suceden cuadra a cuadra; como perros, vagabundos y alguno que otro yonqui de entrañas moviéndose al ritmo de la peristalsis, olvidando ignominias, aburrimiento, aprensión...

Ellos fueron aún mejores que yo. No temen. No a Dios, ni a la Brigada Antipecados. La pasma no existe más...

Camino y a cada paso añoro las viejas costumbres, la sirena gimiendo tu probable captura, agentes corruptos tan llenos de necesidades como uno mismo, mordiéndote los talones. La mierda ha cambiado. Las paranoias también. Ahora, como otras noches, presiento androides, tras de mí, enojados, sedientos de justicia, de una venganza largamente pospuesta, sangrando mientras se libran de clavos y cruz y siguen mis huellas, bañándolas con su crúor sintético. La corona de espinas como vector del recuerdo.

Y temo. Y engullo los comprimidos. La persecución podría no tener fin.

El hambre, al menos, no reconoce ninguno.

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

  

TIERRA 3.8