martes, 17 de marzo de 2026

LA NIÑA Y LOS FUNERALES

Rafael Martínez Liriano 

 

La primera vez que Mirna vio al extraño, este estaba parado al lado del muchacho que trataba inútilmente de revivir a su hermano menor, que minutos antes había sido empujado por ella al río. La pequeña se quedó paralizada, ignorando los gritos de su madre, con la mirada fija en aquel hombre extraño que la miraba desde lejos. La dejó fascinada con su porte señorial, su seriedad misteriosa y aquel traje púrpura tan llamativo a los ojos de una niña. 

Años después lo vio por segunda vez. El hombre permanecía de pie entre la gente concentrada alrededor del ataúd en el que yacía la madre de Mirna. El sol de primavera brillaba intensamente, desparramando luz por todas partes. Un día perfecto para hacer cosas alegres, no para un funeral, pensó Mirna, fijándose en el contraste entre el cielo brillante y la tierra cubierta de negras figuras cabizbajas y mustias. Mirna recordó de inmediato al hombre que años atrás la había cautivado sin saber por qué. Se dio cuenta de que la fascinación por aquel extraño estaba intacta a pesar de los años. Se preguntaba quién era y por qué parecía estar ligado a ella de alguna manera. Mirna sintió el impulso de acercarse, pero cuando se dio cuenta, el extraño había desaparecido. Se preguntó si alguna vez lo encontraría de nuevo en su camino. 

El tercer encuentro se dio a instancia de Mirna, que creyó haber hallado un patrón recurrente en sus encuentros. Puso a prueba su teoría cerrando el flujo de oxígeno que mantenía con vida a su abuela paralítica. Mirna se paró imperturbable frente a la anciana mientras esta levantaba sus brazos endebles buscando el preciado aire salvador. 

Sus sospechas probaron ser ciertas, y en el funeral de su abuela ahí estaba él, bajo la sombra de un árbol, un poco lejos de la gente, con esa actitud fría y distante. Él la miró por un momento, la saludó moviendo su cabeza y luego desvió su mirada hacia la gente reunida en el funeral. Mirna entendió que entre ella y el extraño se había creado una especie de vínculo. Algo que ella no estaba en posición de entender, al menos por el momento, pero que lograría descifrar sin importar el costo. 

En otro de sus encuentros, Mirna persiguió al extraño hasta el sótano de la funeraria, durante el velatorio de su mejor amiga, a la que vio morir víctima de una sobredosis. Mirna se había quedado inmóvil, en silencio, viendo a su amiga retorcerse de dolor mientras la droga la destruía por dentro, pero esta vez el hombre se desvaneció en el aire al doblar una esquina. Estaba claro que su encuentro solo se daría cuando el extraño lo creyera propicio. Sin embargo, para ella aquellos encuentros adquirieron un significado más profundo, una especie de rito del cual no podía prescindir. Aquel hombre desconocido, parco y silencioso, con su mirada profunda, que solo aparecía cuando la muerte rondaba, estaba unido a ella de una manera que aún no podía comprender. 

Mirna solo podía continuar propiciando sus encuentros sacrificando a sus conocidos, esperando que en uno de esos encuentros el extraño se dignara a dirigirle la palabra y desvelar por fin el misterio que los unía. 

Mirna se vería con el extraño tres veces más antes de su muerte. En una ocasión lo encontró bajo un poste, un poco alejado de la multitud que trataba de rescatar el cadáver de una chica cuyo auto se había estrellado contra la parte trasera de un camión. Había mucha sangre en la calle; a Mirna le pareció increíble la cantidad de sangre contenida en aquel cuerpo tan pequeño. Meses después lo vio en la escena de un incendio que devoraba una antigua casa cuya estructura estaba en ruinas pero era usada como refugio por mendigos y drogadictos. Mirna pasaba por el lugar y se detuvo con la esperanza oculta de encontrarse con su extraño compañero en aquel juego tan peculiar. Y allí estaba él, sereno, tan cerca de las llamas que parecía que su presencia alimentara aquel infierno. Él la miró impávido, como en otras ocasiones. Ambos permanecieron en silencio, dos figuras inmóviles disfrutando del caos y el sufrimiento. 

 Su último encuentro tuvo lugar años después. Habían pasado mucho tiempo. Mirna tenía treinta y cinco años y una vida más o menos organizada. Tres hijos y un esposo nada espectacular pero que decía amarla configuraban una vida tranquila y sin demasiadas complicaciones, lo que cualquiera llamaría un buen pasar. De vez en cuando los deseos de ver al extraño la perturbaban y sentía el impulso de ahogar a uno de sus hijos con una almohada o dejarlo caer en la piscina. Ella, sin embargo, estaba agradecida por haber dejado atrás aquella obsesión. Se había alejado de los cementerios y las funerarias con la excusa de una debilidad nerviosa que le impedía lidiar con la proximidad de un cadáver. De esta manera quería mantenerse lejos de cualquier situación que pudiera despertar en ella aquel deseo de ver al extraño que solo la visitaba en vísperas de una muerte. Se sentía como un alcohólico que evita todo tipo de celebración, consciente de que no sabe si será capaz de resistir la tentación. Sin embargo, como sucede con las personas castigadas por alguna adicción, la pulsión estuvo ahí sin disiparse, latente, permitiéndole creer a Mirna que era dueña de sus deseos o que los había eliminado de su sistema, cuando solo había conseguido desviar su atención con asuntos familiares y una vida carente de emoción. Pero como sucede con el alcohólico, bastó un hecho fortuito, un suceso en apariencia insignificante, para devolverla al final del camino. 

 Una tarde brillante de verano en la que todo parecía estar en su lugar, con el viento que soplaba entre los árboles parecía aliviar un poco el calor omnipresente en toda la montaña, Mirna y su hijo mayor, Marcelo, fueron los primeros en alcanzar la cima. Dejaron atrás a Martín, su esposo, y a los dos hijos menores. Marcelo quedó maravillado por la vista del bosque de pinos y abetos que se extendía como un tórrido mar de verdor contenido solo por las montañas a lo lejos y el azul del mar que le hacía contraste. Mirna se quedó detrás disfrutando de la vista igual que su hijo. De pronto, y sin aviso, un pensamiento la asaltó: pensó en lo fácil que sería empujar a su hijo por el barranco. El chico no sufriría y el riesgo de sobrevivir era nulo. La caída de más de cincuenta metros hasta el fondo aseguraba una muerte instantánea. Mirna caminó despacio, con las manos levantadas listas para empujar al distraído chico que permanecía absorto por el imponente paisaje. Podría ver al extraño de nuevo, y esta vez no lo dejaría escapar; eso fue lo que pensó Mirna cuando estaba a un paso de su hijo. Sin embargo, al último momento se detuvo. 

 —¿No es imponente esta vista? —dijo Marcelo con voz quebrada por la emoción—. Es lo más hermoso que he visto en mi vida y estás aquí conmigo para compartirlo. Gracias, mamá. 

 Mirna se quedó quieta, con la vista perdida. Después sonrió, como si hubiera encontrado la solución a un acertijo. Marcelo sintió las manos de su madre sobre sus hombros y los labios en su mejilla. Mirna le regaló una sonrisa a su hijo antes de saltar al vacío. 

Pero erró en sus cálculos. No murió al tocar el suelo como pensaba. Tampoco sintió dolor; de hecho, no sentía nada. Solo estaba ahí, con su cara reposando en una roca, mientras veía cómo un gran caudal de sangre se esparcía a su alrededor. Sus sentidos se apagaban como el fuego que agoniza sin leña que lo alimente. Con la vista nublada, el bosque se transformó en una mancha verde sin forma. De aquel mar de verdor vio surgir la figura del extraño. Caminaba hacia ella con lentitud y suavidad, ignorando lo abrupto del terreno. El extraño se detuvo ante ella con su rostro carente de emoción y sus ojos profundos mirándola fijamente. 

 —Por fin vienes a mí —musitó Mirna con su último aliento, sintiendo la consciencia de las cosas disiparse más allá del mundo físico. 

 

El extraño permaneció en silencio junto a ella hasta que dejó de respirar. 

 Justo antes de morir, el extraño la miró y negó con la cabeza. Mirna sintió un estallido dentro de sí y fuera de ella al mismo tiempo, como si aquel mensaje retumbara en cada palmo del universo. Sintió que todo su ser se aglomeraba en torno a un lugar en concreto. Por un momento todo fue caos y confusión. Y cuando aquello terminó, estaba de nuevo detrás de su hijo. Tropezó con una roca y perdió el equilibrio. Instintivamente movió sus brazos tratando de no caer y, sin querer, empujó a su hijo por el acantilado. El chico no gritó ni hizo ruido al caer. Quien lo hizo fue su padre. Gritó desesperado al borde del barranco, padre y madre de rodillas, reprimiendo sus impulsos de saltar tras el adolescente. 

 Meses después, Mirna caminaba lentamente por el pasillo de la muerte. El dolor por la pérdida de su hijo la hizo confesar las muertes de su abuela y su amiga años atrás. Su vida terminaría por fin, y con ella sus obsesiones que, siendo ella una niña, habían tomado la forma de un hombre misterioso, mensajero de la muerte. Mientras los guardias ataban sus manos y pies a la mesa, se sorprendió de no experimentar ninguna emoción importante. Estaba tranquila ante la certeza de la muerte. Miraba a las personas detrás del cristal; muchos de ellos parecían estatuas inmóviles y vacías de angustia o entusiasmo. Entre ellos estaba su esposo. Le dolió verlo ahí, sabiendo que estaba para verla morir. Después de escuchar su confesión, su esposo se había convencido de que la muerte de su hijo no había sido un accidente. Ella esperaba sinceramente que su muerte aliviara un poco su dolor. 

Una mujer vestida con un uniforme de enfermera perforó su brazo hasta encontrar la vena. A Mirna le pareció detectar una sonrisa en el rostro de la mujer a pesar de que esta llevaba parte de la cara tapada por una mascarilla, como las que se usan en los hospitales. Un hombre joven con actitud calmada manipuló una consola y un líquido empezó a circular desde tres cilindros pegados a la pared hasta una manguera conectada al brazo de Mirna. Según le dijeron, uno de los líquidos contenía un sedante y los otros dos un potente veneno que lentamente paralizaría su sistema nervioso hasta que su corazón y pulmones dejaran de funcionar. Así la muerte llegaría de forma tranquila y sin dolor. Nunca antes la frase «dormir el sueño eterno» había adquirido tanto sentido, se dijo Mirna al tiempo que su vista y sus facultades se nublaban. 

Mirna recorrió la habitación buscando algo desesperadamente, y lo halló detrás del hombre de la consola. El extraño estaba ahí, mirándola como siempre, pero esta vez, a diferencia de otras ocasiones, caminó hacia ella hasta ponerse a su lado. Mirna lo miró con los ojos llenos de lágrimas. El extraño se inclinó y le susurró algo al oído. 

Todos los presentes vieron cómo la condenada sonreía mientras lloraba y moría apaciblemente.

Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9.

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