sábado, 28 de febrero de 2026

ABADÓN

Nataša Milić

 

—«La simbiosis del virus

despojado de falta de propósito

y del hombre liberado de limitaciones

gobernaría la naturaleza

a la que ambos sirven solo como abono».

Prof. Dr. Frederick Lieberman, Rabia

 

La primera muerte se recuerda. La segunda o la séptima ya importan menos.

La primera víctima del contagio es como de nuestra propia sangre. Sabemos su nombre, su edad y su sexo. Estamos seguros de quién fue, de dónde partió y por qué llegó, qué hacía exactamente cuándo enfermó. Su agonía se nos imprime en el alma. La vivimos, la registramos y la transmitimos de generación en generación, para que viva eternamente a través de nuestro miedo.

Anđelija Nedeljković, de Grčka Mala, llevó el bacilo de la peste a los habitantes de Irig en una alfombra. El comerciante Ibrahim Hoti se contagió de viruela durante una peregrinación por Oriente. Un anciano de rostro deformado, sin documentos y sin conciencia, se preparaba para entregar a los belgradenses una nueva dolencia, enigmática y terrible como su portador. Paciente cero. Si es que realmente lo era. Y si esta monstruosidad era de verdad algo nuevo.

La doctora Margita Ras, en diez años de trabajo en el Hospital de Enfermedades Infecciosas, no había visto nada semejante. El haz de mucosidad sanguinolenta y huesos sobre la camilla gemía en silencio, se retorcía y arqueaba, utilizando sus últimas fuerzas para cubrirse los ojos con manos monstruosamente hinchadas. Enloquecido por el dolor, probablemente sordo y ciego a todo lo que lo rodeaba, no podía soportar el único estímulo que le llegaba de este mundo. La luz.

La doctora apagó los tubos fluorescentes centrales, bajó las persianas y dejó solo la pantalla del portátil encendida junto a la lámpara tenue del escritorio.

—Lo correcto —le dijo el camillero Ratko, que había traído al enfermo—. No es cosa para mirar, el pobre, y el resplandor le afecta mucho. ¡Cómo se resistía en el aeropuerto!

—¿Lo trajeron del aeropuerto? ¿En qué avión llegó?

—No tenemos idea. Parece que vino directo del Infierno, aunque en ese caso supongo que no volaría… —Ratko sonrió—. Tal vez usaría el metro… si lo tuviéramos.

—¿Quién sabe, doctora? —intervino el otro camillero, un corpulento hombre de Dorćol con los dientes separados—. Este estuvo horas muriéndose en la Terminal 2. En Belgrado todos caen del cielo.

También él tenía ganas de bromear. El trabajo duro exige buen ánimo. Margita comprendía la necesidad del personal sanitario de buscar motivo de risa en todo. Se había acostumbrado al humor negro y ella misma sabía bromear con rudeza. Aun así, no aprobaba la ligereza ante enfermedades extrañas como la que tenían delante.

—¿Siguieron las medidas? —preguntó con sequedad.

—Claro —respondieron al unísono, con tal seguridad que ella supo que mentían.

Su mirada se detuvo en el guante rasgado de Ratko.

—Lávense bien las manos y… tengan cuidado.

Quiso que se quedaran un poco más en la consulta o al menos cerca, en el recinto hospitalario, pero no tenía derecho ni razón racional para retenerlos. El turno terminaría pronto. No podía impedirles que regresaran a sus casas, a sus familias. Por calles, tranvías y autobuses. Por panaderías y tiendas. Entre vecinos y amigos. Sintió un frío descender por su columna. No podía detenerlos, aunque tenía el impulso de cerrar la puerta con llave y tragarse la llave. Y aun si lo hiciera… ¿qué pasaría con los trabajadores del aeropuerto? ¿Con los demás pasajeros? ¿Quién sabe cuántos habían estado en contacto con aquello?

Eso, fuera lo que fuera… quizá no era contagioso. Sin embargo, el estremecimiento en sus entrañas y el malestar en el borde mismo de la conciencia le decían que tenía razones para temer. La administración del aeropuerto había aislado y remitido correctamente al enfermo. Pero esa misma administración, como los dos camilleros imprudentes, no había hecho nada respecto a la protección personal. Como si las epidemias fueran el argumento de malas películas y la muerte una desgracia que no afecta a los directivos de compañías aéreas.

Ratko y el hombre de Dorćol se marcharon, y la doctora Margita permaneció sentada varios minutos más, con los brazos cruzados sobre el pecho, deliberando qué hacer.

El paciente era aterrador, aunque no débil. El camillero le había dicho que llevaba horas “muriéndose” en el aeropuerto. Enviaría muestras al laboratorio; eso no era difícil. Lo difícil era intentar tratarlo. Multitud de síntomas que podían corresponder a una decena de enfermedades distintas, y ella solo tenía derecho a un intento. Jugaría a la ruleta médica. Rojo o negro, veneno o medicamento, vida o… Al fin y al cabo debía darle algo. No se quedaría con los brazos cruzados.

Escucharía el espasmo bajo sus costillas y haría primero lo más importante.

Llamó al aeropuerto. Tras una conversación breve pero extremadamente agotadora, consiguió que nadie abandonara las terminales hasta que llegara la respuesta del laboratorio.

En su propia clínica tuvo menos suerte. La mayoría de los médicos de guardia ya se habían ido.

Bajo el efecto del sedante el enfermo se relajó un poco. Extendió los brazos a lo largo del cuerpo y parecía dormir. Estaba en el umbral del sueño eterno, probablemente. O, menos probable aún, en camino a la recuperación. El reposo inducido podía resultar valioso… al menos para el observador. El rostro dormido ya no estaba hinchado ni rojo brillante como cuando lo trajeron. Parecía mucho más humano.

—He hecho lo mejor posible —se animó Margita, aunque el cambio inexplicablemente rápido del paciente la inquietaba.

—Hay que esperar, esperar al laboratorio. No tengo otra opción.

La piel del enfermo adquiría gradualmente un tono rosado saludable. Los espasmos dolorosos habían cesado hacía tiempo y tampoco quedaba la rigidez cadavérica inicial.

—Duerme. ¿Quizá sueña? Como dijo Hamlet, ahí está el nudo.

Sonrió, y luego se reprendió por la broma de mal gusto. Apagó la lámpara y el portátil, levantó la persiana y dejó entrar en la consulta el gris día belgradense.

 

Ratko entró en su panadería favorita junto a la estación de tren, aunque no tenía hambre. Pidió burek, siempre fresco y famoso, que esa mañana le pareció apenas más sabroso que cartón grasiento. Se comió un cuarto de la bandeja a la fuerza, regando cada bocado desabrido con abundante yogur. La fuerza entra por la boca, y él se sentía destrozado. Demasiado cansado para irse a dormir, incapaz de hacer otra cosa. Como si fuera su primera guardia nocturna. Y normalmente a esa hora llevaba a su hijo al jardín de infancia. Por suerte el pequeño estaba ahora en el pueblo, con su abuela.

Se tambaleó hasta el parque y casi cayó sobre un banco donde estaban sentadas unas estudiantes de secundaria. Se apartaron al verlo acercarse. Ratko abrió la boca para preguntar de qué tenían miedo, pero en lugar de palabras de su garganta salió un sonido extraño, informe.

El dolor en el abdomen se hacía más fuerte, se extendía hacia el pecho como un incendio. Rápido, demasiado rápido.

¿Nadie oía su grito? Aullaba con todas sus fuerzas, pedía ayuda, y la gente solo pasaba de largo. Sus pasos, conversaciones, sirenas… Todo se fundía en el llamado de una gran carraca que nunca se detiene. Se taparía los oídos, pero el sol venenoso de la mañana lo obligaba a proteger sus párpados con las manos. Y aun así, por más que se cubría, sentía cómo los rayos se filtraban entre sus pestañas, penetraban en las órbitas, abrasaban conciencia e inconsciencia, y su alma se derretía en un océano de lava blanca. Allí, en el corazón del dolor, encontró a un joven hermosísimo de ojos resplandecientes. Este le habló y Ratko, por encima de todo el estruendo, oyó claramente la voz.

—Levántate y sígueme.

Por imposible que pareciera la exigencia, el camillero encontró en sí mismo fuerzas para obedecer. En un instante se halló de rodillas ante el hermoso, que le tendía la mano.

 

El hombre de Dorćol enfermó antes que Ratko. Lo asaltaron punzadas violentas en el vientre y se desplomó aún dentro del recinto hospitalario. Fue retenido para tratamiento pero, antes del ingreso formal y de ser trasladado a una cama, permaneció un momento en la sala del personal médico. Allí, ante las enfermeras que iniciaban el turno matutino, sufrió una transformación espantosa. Sus ojos se hundieron, los rasgos del rostro se disolvieron. Tenía llagas rojas inflamadas en lugar de mejillas, de modo que la doctora Margita solo pudo reconocerlo por su complexión y sus dientes separados.

Nuevos pacientes, una azafata y dos mecánicos de aviación, no estaban en mejor estado cuando los trajeron. Además de ellos, la furgoneta del aeropuerto entregó en urgencias a un hipocondríaco parlanchín sin síntomas claros y a varios enfermos silenciosos pero gravemente debilitados en tránsito.

Se hablaba de un virus transmitido por el aire. Y en efecto, parecía que el simple hecho de respirar cerca de los enfermos suponía un riesgo. El temor se vio reforzado por casos “de la ciudad”, en los que no era posible determinar cómo se habían contagiado.

Gran parte del personal del Hospital de Infecciosas llevaba viseras o mascarillas dobles. Se ponían dos pares de guantes. Precaución digna de elogio, aunque en su mayoría inútil. El paso a la condición de enfermo se producía con velocidad inaudita y entonces seguía una transformación fulminante: erupciones, hinchazones y dolor insoportable, tras el cual llegaban agotamiento extremo o coma.

La doctora Margita probó todo lo que sabía. La bola de su ruleta giró muchas veces hasta la noche, pero no hubo premio. El tratamiento terminó reduciéndose a administrar sedantes y vigilar cuerpos doloridos, sin conciencia y sin forma humana.

Sin embargo, nadie había muerto aún, ni siquiera el primer paciente del aeropuerto. Yacía en la oscuridad, inmóvil como una gran larva. Dormido y estable. Indudablemente vivo. E incomparablemente más hermoso que cuando lo trajeron Dorćolac y Ratko. Su estado dejó un rastro de esperanza en Margita, incluso después del informe del laboratorio.

—Virus —le confirmó su colega—. Desconocido para mí.

Claro. Solo un virus puede devastar así su entorno.

—¿Qué quieres decir con desconocido?

—Prácticamente todos esos pequeños miserables, bajo ciertas circunstancias, desencadenan procesos inflamatorios en el sistema nervioso central. El rompecabezas encaja, solo que…

—¿Solo que qué?

—Su estructura es distinta de todos los del grupo al que, condicionalmente hablando, pertenece.

—¿Mutante?

—Probablemente. Y además… no sé cómo decirlo, Margo, para que me tomes en serio… Es extraño… si es que algo en la naturaleza puede serlo. Tiene forma de letra A mayúscula.

—Mira, nos muestra su inicial.

—Eso parece.

—Nada llevará nuestro nombre —canturreó—. Qué lástima.

—No bromeo. Parece una A que un calígrafo hubiera escrito en algún pergamino. ¿Y el tratamiento?

—No avanza. Nada ayuda. Y se propaga como si no fuera a amanecer mañana.

Amanecerá sin nosotros, pensó Margita. Nos exterminará y luego morirá él mismo, destino de todos los virus. Tampoco este se apartará del camino que le trazó la ironía divina.

—Yo decretaría aislamiento… hasta nuevo aviso. ¿Qué otra cosa podemos?

—Me temo que ya ni siquiera eso…

Al ser humano le cuesta reconocer su ruina en una criatura tan pequeña que no puede verse a simple vista. Y la broma es aún más cruel desde el punto de vista del virus. El ser más activo del universo existe solo mientras siembra muerte; vive para matar y, al quitar la vida, corre hacia su propia autodestrucción. El virus, carente de razón, no puede comprender su destino, mientras que el hombre, capaz de relacionar causas y consecuencias, rehúye comprenderlo y prefiere soluciones irracionales.

El director del hospital pasó buena parte del día redactando declaraciones, mensajes y explicaciones que al anochecer quedó claro que no serían leídos, porque no habría quien los leyera. Todos se referían al contagio y al cierre del aeropuerto de Belgrado. Esfuerzo inútil. Incluso mirar la pantalla del portátil le causaba dolor.

Ignoró las insistentes llamadas de la colega Ras. Esa mañana la había reprendido, aunque hubiera actuado correctamente. Su exigencia de impedir que se abandonara la capital era lo mínimo y probablemente lo único que podía hacerse. Pero ¡explícaselo a los mezquinos políticos y a los apestosos magnates! ¡Ordena a personas acostumbradas a oír solo su propia voz que respeten restricciones! Demuestra a todos los grandes y pequeños egoístas que son irrelevantes para la supervivencia de la especie.

Los enfermos caen en las calles. Y todos los que aún están en pie buscan cómo huir. Si es posible, con alas. ¡Pues no podrán! Abadón, el ángel de la destrucción, sobrevuela la ciudad. El virus A aletea con alas invisibles. Belgrado es ahora suyo y hay que reconocerle el poder.

Tomó el teléfono para confirmar al director ejecutivo del aeropuerto la prohibición de despegues, pero un dolor en las entrañas lo atravesó. En lo profundo, en el núcleo mismo de su ser, en un lugar oculto e inaccesible, ardía desde hacía horas un fuego blanco. Ahora la llama resplandeciente se elevó.

El hombre tropezó. Dejó caer el auricular y no oyó cómo una voz femenina alterada le comunicaba por el altavoz que el director ejecutivo no podía ponerse al teléfono porque se sentía muy mal.

 

Las persianas antiguas no dejaban pasar ni un rayo de conciencia en la consulta de Margita. Las bajó al ver que el día se retiraba. Detrás de las persianas era más fácil creer que el mundo aún existía.

Estaba sola. La única despierta entre los durmientes, la última chispa de conciencia. Los demás se habían rendido, y pronto también a ella le fallarían las fuerzas. Llevaba dos días sin pegar los ojos. La fatiga, la enfermedad o la miseria terminarían ganando.

Aún con la lámpara de escritorio encendida estaba demasiado oscuro. Extendió la mano para encender la luz central, pero unos dedos desconocidos se adelantaron. El interruptor estaba destruido, arrancado de la pared.

—¡Déjalo! —el siseo suave recordaba la voz de Ratko.

Percibió un movimiento en el fondo de la habitación, donde la oscuridad era más densa.

—¿Quién eres? ¡Sal!

—Primero cubre la lámpara.

—¿Y entonces? No veo nada.

La sombra se movió y tomó la forma de un hombre alto, de figura extraordinariamente armoniosa. Margita no le veía el rostro, pero la manera en que inclinó la cabeza sugería algo conocido.

—¿Ratko?

—Así nos llamaban —confirmó la sombra.

—¿Y ahora?

—Los nombres no son necesarios.

La voz, a diferencia de la postura, era repulsiva y ajena. Sonaba como el estertor de un moribundo. Se perdía en el silencio sordo de la consulta, se hundía en la oscuridad, opaca y sin color, de modo que Margita no estaba segura de oír palabras pronunciadas o simplemente de sentir lo que se le comunicaba.

Se levantó y dio un paso hacia la salida, donde había más luz. Quizá desde otro ángulo lograra ver a su interlocutor. Se apoyó en la puerta, incluso la entreabrió un poco, pero la sombra permaneció profunda e impenetrable. Parecía que la figura negra emitía oscuridad, que la generaba y la llevaba consigo. El rostro siguió oculto y el torso resultaba extrañísimo. Por un instante le pareció ver espalda en ambos lados.

—¿Quién eres… qué demonios eres?

El nuevo ángulo no reveló la identidad de la sombra, pero el rayo del pasillo cayó sobre la cama auxiliar, precisamente aquella donde había dejado al primer enfermo. El lecho estaba vacío.

—¿Cómo te levantaste?

—Extiéndeme la mano y tú también te levantarás.

Margita retrocedió con repugnancia, indecisa entre huir de inmediato por la puerta o refugiarse bajo el círculo seguro de la lámpara.

—Te alzarás con fuerza y salud.

—Estoy sana —respondió, solo para ganar tiempo—. Estoy bastante bien así.

—No puedes estar bien —gorgoteó la sombra—. Ustedes fueron creados débiles… mortales, perecederos, en esencia, una mercancía defectuosa. Se engañan creyendo que es consecuencia de un castigo, como si alguien se entretuviera haciendo justicia a un gusano que hoy es y mañana no. ¿Educan acaso a las lombrices? Incluso si fuera posible mejorarla mediante instrucción, no habría tiempo suficiente. La evolución, una mejora esencial del ser humano, ese es el único camino. Transformación o muerte. El desenlace natural contra el que tú, querida doctora, luchas con tanta obstinación… To die, to sleep –to sleep, perchance to dream– ay, there’s the rub, for in this sleep of death what dreams may come… Todo es en vano. ¿Lo sabes, Margo?

¿Cómo lo sabía? ¿Podía leer pensamientos? ¿Sabía que acababa de decidir huir, salir a la incertidumbre de la ciudad devastada, pero solo después de usar la lámpara? La oportunidad estaba ante ella; no tendría otra mejor.

—El dolor pasa, rápido, en un instante. Un parpadeo, inconmensurablemente breve en la eternidad. No temas.

—No temo… ¡nunca lo he hecho!

Con un movimiento brusco, Margita Ras tomó la lámpara, la alzó como una antorcha y la dirigió hacia el lugar de donde provenía la voz. ¡Le mostraría al engendro oscuro!

En el fondo de la habitación no había nadie. Miró alrededor, primero rápida y aterrorizada, luego más despacio y con extremo cuidado. Dejó que la luz iluminara cada rincón de la consulta, pero no vio la figura negra sin rostro, como si se hubiera retirado para siempre a la oscuridad. La voz gorgoteante ya no le hablaba. No le quedó más que, acurrucada junto a la lámpara, esperar el amanecer. Si alguna vez amanecía.

Las viejas persianas estaban dañadas. Los ojos cansados pero aún vigilantes de la doctora Margita vieron cómo por las tablillas carcomidas se filtraba el primer rayo de sol.

La doctora se enderezó y siguió su camino: comprobar si había supervivientes a quienes pudiera servir su ayuda.

De las últimas víctimas de una epidemia rara vez se habla. En general se sabe poco de ellas. No tanto por negligencia hacia los muertos como por la necesidad egoísta de que la vida continúe a través de quienes no han sido arrebatados. A menudo se oye que la última muerte en realidad no existe. No es verdad, pero tampoco es mentira. Las plagas cesan y regresan. En forma conocida o nueva. Mientras haya virus en el mundo perecedero de los mortales. Y alas inaudibles sobre nosotros.

Nataša Milić nació en Belgrado, Serbia, donde vive y trabaja. Es autora del libro de relatos Zaustavljeni sat, publicado en 2021. Ha publicado poemas y relatos, principalmente de fantasía, en numerosas colecciones y revistas. Sus relatos se han traducido al inglés, polaco y rumano.

 

MUELA

Sonia Chocrón

 

No llores por la leche derramada. Lo decía mi madre, que en paz descanse.

Pero no lloro por la leche derramada. Ni por el agua derramada, porque no las hay.

Lloro por el pobre chico.

Lo vi por primera vez una tarde, en Sarría. Me habían pasado el dato de un carretero de camiones cisterna, cumplidor y económico. Pero el hombre no tenía teléfono. Así que fui en persona a rogarle un poco agua para poder limpiar los inodoros de mi casa.

Desde que el suministro de la ciudad colapsó, la vida se había transformado en un ir y venir con recipientes vacíos de aquí para allá, de aquí para allá. Incansablemente, colectando agua para sobrevivir.

Todas las mañanas revisábamos las plumas de cada baño para corroborar que el milagro no había llegado. Y salíamos a resolver de la manera que fuera.

Un día de esos lo vi. Estaba junto con otros en el callejón. Podría decir que en un callejón sin salida. Pero aunque es una metáfora que le viene al dedillo, no quiero hacer metáforas. Quiero ceñirme a la realidad, como si mis palabras fueran una fotografía.

Literales.

Estaba drogándose en el angostillo, junto con otros chicos más, que como él, no pasaban de los quince años. Tal vez siete, una sola niña; y todos mustios como unas plantas jóvenes y marchitas

“No tenemos agua otra vez” me dijo mi hija. Y salimos a buscar al chofer del camión cisterna en su esquina maldita, la calleja de los niños.

Estaban allí, los niños, observándonos, como si fuéramos animales extraños, de otra raza, ajenos a las jaulas de su propio zoológico.

Cataron a mi hija, de la misma edad. La vieron límpida, inocente, con su uniforme de escuela. Y luego se miraron entre sí. Se percataron de que estaban sucios, que no asistían a ninguna escuela, que tampoco habían tenido jamás un uniforme color azul. Y en suma, que eran distintos.

Así que él se me acercó. O se acercó a mi hija, no lo sé.

Supe del miedo.

Sé que temblamos las dos y sin decirlo, quisimos huir sin el agua, sin el camión cisterna. Pero no lo hicimos.

—¿Busca a Fisher? —me preguntó. Y me di cuenta de que su mirada era absoluta. Nos había radiografiado en segundos con los ojos de un anciano vivido.

Asentí.

Fisher se llamaba el chófer del camión. Era un hombre joven, que venía del campo y que había desertado de la vida militar. Me recordaba a mi padre porque usaba una boina de tela y porque tenía los ojos claros, transparentes y nobles.

—Pero Fisher no está. Fue a llenar el tanque de un edificio —remató el niño.

Asentí de nuevo, lista para salir corriendo de regreso a nuestro auto, con mi hija de la mano.

Súbitamente recordé los inodoros. Los platos sucios. La sed y el calor. Porque además era verano, sin agua, y demasiados grados centígrados a la sombra.

—Y ¿cuándo vuelve? —quiso saber mi hija, como si el peligro no fuera su asunto. Como si no estuviéramos solas, en una calle ciega, rodeada de niños de la calle viajando por el espacio sideral.

—Si me regala algo, le mando al alemán a su casa apenas llegue —nos dijo con sus ojos minúsculos y encarnados. Era un ratón famélico.

¿Algo? ¿Qué era algo? ¿Dinero? ¿Droga? ¿Una casa, una escuela, una familia?

—Yo soy Antonio, pero me llaman Muela porque como mucho —nos dijo luego—. Y tengo hambre.

Abrí mi monedero y le di un billete mientras mi hija me veía hacer. Como todos los otros niños sucios que seguían cada movimiento mío como si yo fuera una película.

Regresamos al auto, asustadas.

Antonio guardó el billete en el bolsillo de su pantalón desvencijado y sonrió. Regresó con la pandilla a compartir una inyectadora. Lo vi por el espejo retrovisor del auto, cuando ya íbamos camino a la avenida, sanas y salvas.

Fisher llegó a las seis de la tarde. Nos dijo que el Muela había hecho la encomienda y se había asegurado de que parte de su carga nos alcanzara.

No llenamos el aljibe, pero con el surtido, pudimos lavar las ollas, darnos un baño frugal de agua helada y asear la casa.

No era mucho.

Cuatro días después no quedaba nada. Ni una gota. Cuatro días después tampoco recibimos el milagro del agua en nuestra casa.

La vida se trastoca cuando no hay agua. No hay horarios, no hay rutinas. No hay paz.

Pienso ahora que cuando mi entorno está seco, me parezco un poco a Antonio y su pandilla cuando les falta su dosis. Me exaspero, me vuelvo loca. Soy capaz de mendigar, de suplicar, de regresar a la calle donde el peligro es ley para abandonarme a la limosna de Fisher, a la caridad de Fisher y su camión cisterna.

Y lo hago, lo vuelvo a hacer porque estoy desesperada. No llevo a mi hija, quiero salvarla de lo feo. Voy sola esta vez, como una adicta al borde del colapso.

Y Fisher que no está. Que está dormido. Que se emborrachó el día anterior y hoy no sirve para nada.

Sólo Antonio y los otros niños siguen allí, como si el mundo fuera esa calle. Como si ya no existieran otros rincones para guarecerse, como si ellos y los gatos callejeros no tuvieran el valor de escapar de allí.

—Se lo vuelvo a mandar, a Fisher, en cuanto aparezca. ¿A que el otro día llenó su tanque? ¿A que sí? —dijo Antonio risueño.

—Sí —contesté.

Y luego hicimos silencio los dos. Todos callamos. Los niños, los gatos sin dueño, y yo.

—¿No vas a la escuela? —Le hice esa pregunta estúpida y obvia porque no se me ocurría otra.

—¿Para qué? No sirve de nada

—¿Cómo que no sirve de nada?

—Voy a pelar gajo joven, esto no es de gratis

Y me enseñó su antebrazo lleno de puntos de sangre, de pinchazos. De inyectadoras anónimas.

—Entonces déjalo. Deja esa porquería —Y le hablé como una madre. Como una mamá tonta, tan clase media y aterciopelada.

Me miró fijamente como si quisiera inocularme sus certezas.

Los demás críos se rieron de mí. Y Antonio hizo lo propio.

Entonces volví a darle un billete, esta vez a conciencia, a sabiendas de que lo estaba ayudando a matarse.

Esa tarde, no lo tomó agradecido. Me lo arrebató con rabia y se fue corriendo a su esquina, con los otros chicos.

Fisher no apareció ese día. Ni al día siguiente. Ni los días que siguieron.

Esa semana nos duchamos en la casa de familiares cercanos y lejanos y compadres y amigos.

Nos apañamos comiendo y bebiendo en nuestro comedor de lujo, en platos y vasos plásticos, decorados con figurillas de una Barbie playera; remembranza de las antiguas piñatas de mi hija. Y logramos conseguir cinco botellones de agua potable para bajar la cadena de los excusados.

El calor era inclemente. Era otro enemigo igual o mayor que la sequía. Como el colapso de los embalses y la estulticia oficial.

Cuando ya nos daba vergüenza mendigar más agua de los amigos con suerte, no tuve más remedio que volver al callejón. Mi hija se quedó en casa haciendo deberes con Lana del Rey como fondo musical.

Le pagaría a Fisher buen dinero. Ofrecería más que los demás.

Estaba allí con sus ojos verdes, herencia de un lejanísimo pasado teutón. No estaba dormido, no estaba borracho, no había salido a llevar agua a ningún edificio.

Me prometió un cisterna repleto para aquella misma tarde. Y me sentí aliviada porque iba a rescatar nuestras vidas por cinco o seis días más.

Con ese pacto sellado, no podía marcharme sin ver a Antonio o a Muela o como se llamara. Sin compadecerme de él nuevamente.

Me acerqué a la calle ciega y los gatos realengos huyeron de mí.

El hedor de la inmundicia y del orín me asaltó como un vago recuerdo de mi propia casa. El sol se incrustó con saña en los techos de zinc del pasadizo, y su brillo inclemente perforó mis ojos durante varios segundos.

Caminé encandilada hasta la esquina, divisé la pandilla, las jeringas, y unos perros sarnosos y sus moscas en eterna siesta. Los niños como una madeja entrelazada, sobre la tierra hirviendo, recostados de una pared. Comida vieja y putrefacta regada en la tierra. Granos de arroz verde. Huesos de pollo secos. Envases plásticos llenos de gusanos. El sopor del mediodía sofocándolo todo.

Pero Antonio no estaba allí.

Había sí un chaval nuevo que parecía desnutrido y que imitaba los modos de los otros, era obvio que quería encajar en la cuadrilla.

No fue fácil obtener respuestas. Aquel era el reino de la somnolencia. Era el imperio de los niños dormidos, drogados, sudando.

—¿Y Antonio?

Alguien, no sé bien si chico o chica, irguió la cabeza.

—No está— masculló.

—¿Y cuándo viene?

—Si le va a regalar algo, démelo a mi —dijo otro chiquillo medio dormido

—¿Pero y Antonio?

—No molestes, vieja. El Muela no vuelve más.

Hacía calor. Mucho calor.


Sonia Chocrón nació en Caracas, Venezuela, en 1961. Es licenciada en comunicación social. Poeta, narradora. Guionista. Publicada por editoriales como Alfaguara, Bruguera, Monteávila. 1988 llega por concurso al Taller “El argumento de ficción de Gabriel García Márquez en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba. De allí, viaja a México invitada por el premio Nobel para fundar el “Escritorio Cinematográfico Gabriel García Márquez” donde coescribe guiones para la televisión y el cine. Ha publicado La dama oscura, Sábanas negras, Las mujeres de Houdini, Usted, La virgen del baño turco y otros cuentos falaces y Falsas apariencias.  Su trabajo le ha merecido premios y reconocimientos. Apareció en antologías poéticas, narrativas y críticas. Ha sido publicada y traducida en revistas académicas especializadas en literatura (narrativa y poesía).

 

LAS CAÑAS

Luisa Axpe

 

La decisión coincidió con el último sorbo de café con leche: visitarían la casa abandonada. En realidad ya habían planeado algo antes, en el río, a la hora de la siesta, mientras la frescura del agua marrón les atenuaba la picazón de los párpados. Bañarse bajo el sol de verano era mejor que dormir, mejor todavía que leer las novelas policiales de papá debajo de la casuarina. Los tres pensaron entonces lo mismo: cuando empiece a bajar el sol, nos metemos en el bote sin decir nada y cruzamos hasta la casa de las cañas. "¿Y después qué hacemos?", preguntó Miguel, que siempre esperaba la palabra de Juan Carlos. Juan Carlos no dudó: "Entramos". Tomaron la leche imaginando cómo harían para entrar. Y, antes que eso, cómo atravesarían la maleza que crecía alrededor de la casa, los pastos filosos como sables, la zarzamora, las cañas.

 

La remada no fue fácil, más por la corriente en contra que por la distancia. Podrían haber amarrado el bote después de cruzar el río, y seguir caminando; pero por un acuerdo tácito llegaron remando hasta la misma casa. Apenas consiguieron anudar la soga al primer tronco se cubrieron la piel con repelente de mosquitos. Allí el panorama era decididamente selvático. Juan Carlos miró la parte que se veía de la casa y dijo:

—Está embrujada. —Y bajó de un salto. Al ver que los otros tardaban, agregó—: No tengan miedo. A nosotros no nos va a pasar nada.

Pero la mano del más chico, que ya empezaba a transpirar de nuevo, se cerró con fuerza sobre el mango del machete que traían escondido en el piso del bote.

 

A ver, espere, no, no fue aquel día; era verano, sí, pero aunque hacia un calor del demonio no estaba tan bajo el río como ahora. Es más: habrá ya un poco de sudestada, si no me equivoco. A lo de Avelino también fueron a preguntar, pero dicen que no estaba ese día porque había ido a llevar la fruta al puerto.

 

Esa casa no era como la de ellos, se notaba que allí había vivido gente. No era una casa para vacaciones; se veía por el horno de barro a un costado, y las higueras desordenadas que seguían creciendo entreverados con mosquetes espesas, y el tronco viejo del aromo. En medio de tanta selva se adivinaba una huerta. Ramas de madreselva y de ligustro rodeaban unas hortensias desmesuradamente visibles. Allí todo era robusto y salvaje, pero no silvestre. El ciruelo, por ejemplo, con esas ramas toscas y retorcidas, tenía la antigüedad de largos años de poda.

Cerrando los ojos, podían hasta imaginar un gallinero en la parte de atrás, oír los cloqueos entre los pilares, bajo la galería caída hacia un costado de la casa.

Avanzaron por el malezal, pisando restos de ciruelas agrias. Lo último eran las cañas: formaban un anillo alrededor de la casa, y junto a ésta había una parte libre de vegetación. Sólo tierra polvorienta y como muerta; ni siquiera un trébol. Atravesar las cañas no era fácil. Había pocos lugares donde no estuvieran así, amontonadas, juntas. Algunas eran gruesas como troncos, otras más delgadas pero llenas de ramificaciones punzantes que nacían desde la base. El machete no sirvió para mucho. Cuando estaban por la mitad, Miguel y Luis empezaron a arrepentirse de haber ido; pero Juan Carlos continuaba tan decidido como al principio, así que no tuvieron más remedio que seguirlo. Volver solos hubiera sido más difícil. Miraron para atrás y les pareció mentira haber atravesado esa pared verde: era como si las cañas estuvieran pegadas. O peor aún: como si las cañas se hubiesen pegado ahora. Siguieron adelante, sin darse vuelta.

 

Y, de algunas cosas me acuerdo bien, sí. De otras no tanto. Fue hace unos cuantos años. Yo lo único que les dije fue que había visto el bote, pero que cuando lo quise ir a buscar ya se lo llevaba lejos la corriente, y además no estaba bien seguro de que ese bote fuera el de ellos. Y después dije otra cosa más, pero fue cuando ya no me hacían caso, porque no les interesaba, parece.

 

En el claro se respiraba una frescura distinta, que no provenía sólo de la falta de sol. Salía de las paredes de la casa. Las de abajo, que parecían más viejas, eran de adobe. Al arrimarse creyeron oír el goteo del agua en un filtro de cerámica. Las dos ventanas eran completamente opacas, por el barro salpicado en tantas lluvias y por las telarañas crecidas en la libertad de la sombra. Los vidrios estaban intactos; la piedra arrojada por Juan Carlos produjo la primera rotura en años de quietud, y el ruido los hizo temblar; pero había que seguir rompiendo, si querían entrar. Por los agujeros salió más aire frío. Protegiéndose con una hoja de palmera, Miguel sacó los bordes pegados al marco; ahora podían entrar. Hubieran empezado por la parte alta, de haber confiado en la firmeza de la escalera exterior; por suerte, adentro había otra, al parecer más fuerte. No fue mucho lo que pudieron descubrir en la planta baja. Era un lugar que sin duda había servido de cocina, y también de despensa y galpón de herramientas. Muchas botellas, la mayoría rotas. El olor a humedad era insoportable. De repente, un grito de Luis cortó el silencio: media docena de lombrices le había reptado hasta la rodilla. Luis pateó el suelo inútilmente, sin dejar de chillar. Las lombrices parecían pegadas a la pierna por una pasta pegajosa, mezcla de barro y mucosidad. Con la misma hoja de palmera que habían usado para sacar los vidrios, le limpiaron la pierna. Restablecido el silencio, miraron por la ventana: desde adentro el cañaveral parecía más apretado aún, más cercano que en el momento de entrar a la casa. Juan Carlos recogió algo de un estante: un mazo de cartas, hinchado por el uso y la humedad.

Sin hablar, los tres decidieron investigar la parte de arriba. Hicieron subir primero a Luis, que era el más liviano. Con las rodillas aún temblorosas, Luis esperó a sus hermanos sin animarse a mirar.

Estaba bastante oscuro, pero se podía ver bien la habitación sin tabiques que hacía a la vez de dormitorio y comedor. La mesa y las sillas estaban acribilladas por la carcoma, y a ninguno se le ocurrió sentarse. En el centro de la mesa había un vaso de los que sirven de envases para miel, marcado casi hasta el borde como si el líquido se le hubiera evaporado.

—Seguro que le ponían flores silvestres —dijo Juan Carlos.

De afuera llegaron rumores de tormenta cercana, o de maderas movidas por el viento. Pensaron en un nido de avispas, o algo parecido. El espejo del armario que ocultaba la cabecera de la cama les reflejó tres caras grises, escalonadas.

La cama estaba cubierta por una manta, y al parecer por un colchón que abultaba en varios sitios. Se acercaron juntos, y Juan Carlos levantó la manta. No era un colchón: era un esqueleto que dormía despatarrado, en postura casi cómica. Las tres caras grises del espejo empalidecieron; ninguno se atrevió a taparlo. Los crujidos de afuera insistieron. Sin separarse, fueron hasta la ventana. Viento no había; sin embargo, las hojas largas de las puntas se agitaban como si temblaran las cañas. Desde allí arriba, adonde llegaba la espesura del cañaveral, el claro les pareció aún más estrecho que antes. Era como un collar que rodeaba la casa, ciñéndola de vacío.

Miguel se tocó la garganta.

—Hace calor —dijo Luis—. Va a llover.

La voz se le movía despacio, como las hojas de las cañas.

—Sí, mejor vamos —contestó Juan Carlos, mirando el hueco de la escalera.

 

Enseguida empezaron con la draga, para acá y para allá; no sé si buscaban donde tenían que buscar, pero qué se le va a hacer, éstos de la Prefectura no le hacen caso a uno cualquiera. También buscaban por los fondos de las casas, a ver si no estaban en algún zanjón. Fíjese que fue por esos días que yo empecé a oír cómo crecían las cañas. Usté no se ría, es así nomás, aunque no me lo quieran creer.

 

Abajo parecía más oscuro que antes, y sintieron más cerca el peso del techo. Las tablas estaban pintadas con cal; se desprendieron en silencio algunas cáscaras y les llovieron sobre los hombros. Un ejército de lombrices ocupaba la ventana por la que habían entrado; subían blandamente por los marcos desdentados y se balanceaban desde el dintel. También se habían amontonado sobre el piso, ante la ventana, y allí parecían revolcar su impaciencia anudándose y desanudándose sin parar. La otra ventana estaba clausurada por una pesada mesa de carpintero, llena de mugre y de cajas con clavos oxidados.

La puerta había sido atrancada por dentro, y no les fue difícil abrirla. Al salir, Miguel se lastimó la nariz con una caña. Allí era donde estaban más cerca de la casa, y más apretadas. Se habían adosado a la pared, a los costados de la puerta, delante de la cual sólo había un pequeño hueco.

—Tenemos que entrar —dijo Juan Carlos.

Les llovieron más cáscaras sobre los hombros y la cabeza.

Las lombrices seguían amontonadas en la ventana. Juan Carlos se acercó despacio y asomó la cabeza: allí las cañas se apretaban tanto como delante de la puerta. No miraron hacia la otra ventana; la situación sería la misma. Luis iba a decir algo, pero lo hicieron callar; se oía de nuevo aquel rumor.

Los ojos de Juan Carlos barrieron el piso, buscando una excusa para no mirar a los hermanos. Si encontraran una zona seca podrían sentarse bien juntos y de espaldas a la ventana, para no ver las cañas.

 

Sí señor, las cañas hacían ruido. Eran como unos crujidos de madera, o como cuando se quema la maleza verde, vio esos tallos gordos llenos de agua que parece que explotan todos a la vez.

Bueno, y yo que tengo oído e'tísíco, y otro poco que la historia ésa me había quitado el sueño, a la noche me las veía a las cañas hacerse grandes de repente, y seguir creciendo todo alrededor de la casa abandonada, que ésa es otra historia para el que quiera escucharla pero en otro momento, vaya a saber qué le pasó al hombre que se había quedado solito su alma cuando se le murió la mujer, ni de qué había muerto ella. Y entonces se me hizo que a esa casa ya no la iba a ver nadie más, que estaba condenada, y que algo tenían que ver los ruidos porque aunque mi mujer me dice que qué tiene que ver, yo pienso que fue desde ese día cuando las cañas empezaron a comerse la casa.

Luisa Axpe nació en Buenos Aires, Argentina. Se graduó como licenciada psicología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y durante algunos años se desempeñó como redactora publicitaria. Sus primeros textos aparecieron en las revistas El Péndulo y Minotauro. En 1986 se publicó Retoños (Minotauro), un libro de relatos, y más tarde aparecería su novela La mancha de luz (Sudamericana, 1993). 

 

 

 

viernes, 27 de febrero de 2026

LA SANTA DEL DESIERTO, ADELA Y YO

Armando Azeglio

 

Quedé destrozado cuando Adela anunció que me dejaba.

—Estoy confundida, es mejor dejarnos un tiempo. Te lo juro, no hay otro.

Sentí un dolor desafinado en el pecho, y diez mil timbres disonantes marcando el precoz ritmo de lo irreversible. Ese episodio absurdo me llevó a abjurar de la fe con la que fui marcado en la cuna, lo peor que podía hacerle a mi madre. Ella, enrolada en los Testigos de Jehová, me vio desde entonces como un títere del lado oscuro, el albaceas de Satanás. Pero es comprensible: el fanático solo quiere la conversión o la aniquilación del otro.

Me fui de la casa de mis padres de madrugada. Todo había dejado de tener sentido. Mi futuro junto a Adela ya no existía. Tomé conciencia de que vivimos inmersos en una mentira. Entonces, buscando no sentir dolor, me até a una dura y precisa rutina de actos nimios y repetitivos que me permitían estar fuera de mí mismo.

Solo una cosa me hizo volver a sentir, pero no fue amor sino el más profundo y virulento de los odios. Cierto día, camino a la facultad, vi a Adela de la mano de otro hombre, el que ella había jurado que solo era un compañero de estudios. Cruzamos un instante nuestras miradas: la de ella exhalaba una repulsiva mofa. La de él ostentaba una mueca porcina.

Comencé a preparar mi venganza. Me dirigiría al santuario de Deolinda Correa, “la santa del desierto”. Sé desde siempre que la Difunta es una de las muchas manifestaciones de “Maha Devi”, la “Magna Mater” de los romanos o la Gran Diosa Madre de todo el universo. Dicen los escritos sagrados hindúes que “Maha Devi”, o Parvati, se manifiesta como la diosa Durga, o como Kali, cuando las fuerzas malignas amenazan la existencia misma de dioses y hombres. Lo hace para proteger a los justos, destruir el mal y establecer todo aquello que es bueno y correcto. La Difunta Correa suele observar una conducta semejante, agrego yo.

El promontorio que contiene la tumba de Deolinda es como el de Durgatinashini, “la que elimina los sufrimientos” y se manifiesta como una fuerza destructiva por amor y compasión hacia sus hijos, cuando se propone salvarlos de sus propios demonios internos… como aquellos que me carcomían y de los que decidí librarme.

Cubrí a pie los setenta kilómetros que separan San Juan del santuario, en Vallecito. Lo hice en la soledad de la noche, inmerso en un silencio ensordecedor. Mientras avanzaba sentía una suerte de letanía en mi cabeza, una jaculatoria, una salmodia horrenda y repetitiva: “amor y odio son caras de una misma moneda”. Varias veces estuve a punto de flaquear. A punto de caer vencido por el cansancio, vi a lo lejos la loma del santuario iluminado tenuemente por el resplandor de las velas. Clareaba. Subí las escalinatas que llevan a la capilla, y cuando llegué a ella me sobrecogió una sensación de respeto, de potencia, de abrigo. La imagen de la mujer dormida, con un vestido rojo y amamantando a su bebé me dejó sin palabras. Era una diosa pagana, venerable, durmiente pero viva. Solo le faltaba un punto rojo en el entrecejo.

Abiertas las palmas de las manos, rompí a llorar. Me presenté como un adolescente despechado. Saqué de mi mochila un par de velas negras, una foto de Adela y una argamasa que incluía cenizas, especias, incienso, miel, harina, mirra y un trozo de oro. Improvisé una endeble base donde ubiqué la foto de Adela cabeza abajo. Me desconocía. Drenaba odio, deseos de venganza. Mi voz era áspera, hueca, esponjosa y distante. Pero no pude encender las velas negras. Una brisa fresca me acarició la cara y fue como si en el centro de mi pecho alguien hubiera musitado: “suficiente”. Supe que la Diosa había hablado. Agradecí aturdido.

Desanduve el camino como quien ovilla un hilo que señala la salida de un tortuoso laberinto. Al hacerlo tuve una suerte de revelación: “Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. El equilibrio se logra cuando uno llega a ser indiferente a su propia indiferencia”.

Busque la exacta ubicación de mi morada entre unos pinos y dos cruces: una celta y la otra orlada. La placa que contenía mi nombre empezaba a borrarse. En cierto sentido yo era mucho más viejo.

Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en  Planificación Pública del  Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados  en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing  de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño. 

CUANDO SONRÍO

Joyce Barker

 

Cuando desperté, estaba bajando una escalera oscura, sucia y a medida que retomaba la conciencia, me percataba del entorno que cada vez se ponía más agudo y su intensidad subía, hasta que desperté por completo y pude sentir el ruido, la música, el humo y el vapor de las personas. Estaba en un local de puerto, al menos eso creí. Peligroso y lleno gente sin pudores, pero entretenido. El lugar quedaba en el segundo piso de una casa descuidada, de fachada continua, quizás construida a principios del siglo pasado, antigua, deteriorada y húmeda.

Me di cuenta de que había tomado mucho, quizás toda la noche y era la hora en que cerraban los boliches de mala muerte, sin licencia ni permiso alguno de nada, un lugar clandestino, pero no me acordaba si había ido sola o con alguien; si conocía a alguien o si había estado antes ahí. No reconocía nada, aunque era seguro que lo había elegido por algo y ese algo era el sonido que salía de ahí.

Cuando terminé de bajar las escaleras, me acordé de que había ido en auto e instintivamente metí la mano en la cartera que traía conmigo y encontré las llaves.

Era de noche, llovía y me puse a buscar el vehículo. No traía conmigo un paraguas pero no me importó mucho; confiaba en que lo iba a encontrar enseguida.

La calle era de dos vías angostas y sobre una pendiente aguda, como en Valparaíso, hecha de adoquines de piedra muy resbalosos con el agua. Me puse a pensar en cómo es que me había atrevido a manejar hasta ese lugar, teniendo tanto miedo a manejar en pendientes, sobre todo si el auto era mecánico y la pendiente empinada; ya había tenido pesadillas acerca de eso y uno que otro topón en el auto de mi mamá y de amigos ebrios que me habían pasado las llaves confiando en que otra ebria iba a poder manejar mejor.

Las calles estaban completamente vacías. Di algunas vueltas a la manzana, buscándolo. No paraba de llover. No tenía celular ni plata, sólo el auto que me esperaba en algún lado y que fue el culpable de que yo hubiera llegado hasta ese lugar.

Caminando cerro abajo por la vereda, vi que se empezaba a asomar un cobertizo metálico con luces prendidas, que se mezclaban con las luces de los faroles de la calle. Dentro había gente que, supuse, había estado en el local del que salí y seguramente habían bailado a mi lado o incluso conversado conmigo. Tenía que entrar y quedarme un rato, hasta que parara de llover. Todos estaban en grupos y algunos seguían tomando, otros comentaban cómo les había ido, jactándose o lamentándose, pero se notaba que todos se conocían y que siempre hacían exactamente lo mismo. Miré alrededor buscando a alguien conocido o que hubiera visto antes. Al ver que no conocía a nadie y que iba a tener que acercarme a alguien a preguntar, me detuve y respiré profundamente; estaba a punto de caer en un estado crítico de ansiedad. Me sentía débil y perdida, tenía que relajarme para poder pensar mejor, necesitaba recordar; y en ese proceso de inmovilidad y respiración profunda, me di cuenta de que había tres mujeres jóvenes que me miraban fijo, comentando entre ellas algo acerca de mí, y logré escuchar que una de ellas decía: “Ella es”. “¿Cómo se atreve a volver?”. Al principio las miré y no les di importancia, pero cuando me di cuenta de que esos murmullos no paraban, que me seguían mirando y que sus caras ya no eran de burla sino que de enojo, me asusté y decidí salir para evitar otro problema.

Había parado de llover y me sentía un poco más aliviada, al fin iba a poder salir de ese lugar poco acogedor y eso fue lo que hice. Ya estando afuera, caminando en busca del auto, escuché que alguien venía detrás. Me di vuelta y estaba una de las tres mujeres, la que más habló de mí, la que más me miraba. Paró en cuanto me di vuelta. Tenía la cara seria, quizás enojada y con un objeto brillante en su mano derecha. Pensé en la horrible posibilidad de que era alguien que me conocía bien, pero no de la mejor manera, no de la manera que yo hubiera querido. Era, quizás, alguien que me odiaba, y con justa razón, porque en algún momento de la noche la habría ofendido, como solía pasarme casi siempre en estados alterados, pero que nunca recordaba, tampoco ahora. Pero me lo merecía, porque cuando te ríes a costa de otra persona, debes estar atenta al ataque que el ofendido eventualmente te hará.

Quedamos enfrentadas a unos pocos centímetros de distancia. Ella tenía una mueca desesperada y furiosa, mueca que sólo lograba fortalecerme, como si fuese una llave a mi oculto sadismo; y tratando de hacerla sentir ridícula, le sonreí como si fuese una gran amiga que no veía hace años.

Pasaron algunos segundos, hasta que la inercia se quebró y de un momento a otro, levantó su mano derecha y con un movimiento certero, puso un cuchillo en mi cuello y lentamente comenzó a empujarlo contra mí, logrando, al fin, deslizarlo. Parecía como si estuviese cortando jalea y yo sentía cómo el metal helado entraba en mi cuello, como si fuera un láser de hielo. No sentía dolor ni miedo, era un juego que tenía ganado desde mucho antes, sin trampas ni desgaste alguno. La mujer insistía en deslizar el cuchillo, mientras yo la miraba enternecida. Ella lentamente cambió su mueca de furia a pavor, y antes de llegar al otro extremo del cuello, sacó su cuchillo, aterrorizada. Mientras me miraba con el cuchillo colgando de su mano derecha, yo me mantuve quieta y respirando hondo, técnica que descubrí hace mucho tiempo para que los tejidos se vuelvan a unir, tratando de regenerar el profundo corte que me había hecho esa mujer, un corte que no tenía sangre ni dolor, un intento fallido de volarme la cabeza, un ridículo intento de quitarme la sonrisa.

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.


 

 

 

 

 

EVOLUCIÓN