Joyce Barker
Cuando desperté, estaba bajando una escalera oscura,
sucia y a medida que retomaba la conciencia, me percataba del entorno que cada
vez se ponía más agudo y su intensidad subía, hasta que desperté por completo y
pude sentir el ruido, la música, el humo y el vapor de las personas. Estaba en
un local de puerto, al menos eso creí. Peligroso y lleno gente sin pudores,
pero entretenido. El lugar quedaba en el segundo piso de una casa descuidada, de
fachada continua, quizás construida a principios del siglo pasado, antigua,
deteriorada y húmeda.
Me di cuenta de que había tomado
mucho, quizás toda la noche y era la hora en que cerraban los boliches de mala
muerte, sin licencia ni permiso alguno de nada, un lugar clandestino, pero no
me acordaba si había ido sola o con alguien; si conocía a alguien o si había
estado antes ahí. No reconocía nada, aunque era seguro que lo había elegido por
algo y ese algo era el sonido que salía de ahí.
Cuando terminé de bajar las
escaleras, me acordé de que había ido en auto e instintivamente metí la mano en
la cartera que traía conmigo y encontré las llaves.
Era de noche, llovía y me puse a
buscar el vehículo. No traía conmigo un paraguas pero no me importó mucho;
confiaba en que lo iba a encontrar enseguida.
La calle era de dos vías angostas y
sobre una pendiente aguda, como en Valparaíso, hecha de adoquines de piedra muy
resbalosos con el agua. Me puse a pensar en cómo es que me había atrevido a manejar
hasta ese lugar, teniendo tanto miedo a manejar en pendientes, sobre todo si el
auto era mecánico y la pendiente empinada; ya había tenido pesadillas acerca de
eso y uno que otro topón en el auto de mi mamá y de amigos ebrios que me habían
pasado las llaves confiando en que otra ebria iba a poder manejar mejor.
Las calles estaban completamente
vacías. Di algunas vueltas a la manzana, buscándolo. No paraba de llover. No
tenía celular ni plata, sólo el auto que me esperaba en algún lado y que fue el
culpable de que yo hubiera llegado hasta ese lugar.
Caminando cerro abajo por la vereda,
vi que se empezaba a asomar un cobertizo metálico con luces prendidas, que se
mezclaban con las luces de los faroles de la calle. Dentro había gente que,
supuse, había estado en el local del que salí y seguramente habían bailado a mi
lado o incluso conversado conmigo. Tenía que entrar y quedarme un rato, hasta
que parara de llover. Todos estaban en grupos y algunos seguían tomando, otros
comentaban cómo les había ido, jactándose o lamentándose, pero se notaba que
todos se conocían y que siempre hacían exactamente lo mismo. Miré alrededor
buscando a alguien conocido o que hubiera visto antes. Al ver que no conocía a
nadie y que iba a tener que acercarme a alguien a preguntar, me detuve y
respiré profundamente; estaba a punto de caer en un estado crítico de ansiedad.
Me sentía débil y perdida, tenía que relajarme para poder pensar mejor,
necesitaba recordar; y en ese proceso de inmovilidad y respiración profunda, me
di cuenta de que había tres mujeres jóvenes que me miraban fijo, comentando
entre ellas algo acerca de mí, y logré escuchar que una de ellas decía: “Ella
es”. “¿Cómo se atreve a volver?”. Al principio las miré y no les di importancia,
pero cuando me di cuenta de que esos murmullos no paraban, que me seguían
mirando y que sus caras ya no eran de burla sino que de enojo, me asusté y
decidí salir para evitar otro problema.
Había parado de llover y me sentía un
poco más aliviada, al fin iba a poder salir de ese lugar poco acogedor y eso
fue lo que hice. Ya estando afuera, caminando en busca del auto, escuché que
alguien venía detrás. Me di vuelta y estaba una de las tres mujeres, la que más
habló de mí, la que más me miraba. Paró en cuanto me di vuelta. Tenía la cara
seria, quizás enojada y con un objeto brillante en su mano derecha. Pensé en la
horrible posibilidad de que era alguien que me conocía bien, pero no de la
mejor manera, no de la manera que yo hubiera querido. Era, quizás, alguien que
me odiaba, y con justa razón, porque en algún momento de la noche la habría
ofendido, como solía pasarme casi siempre en estados alterados, pero que nunca
recordaba, tampoco ahora. Pero me lo merecía, porque cuando te ríes a costa de
otra persona, debes estar atenta al ataque que el ofendido eventualmente te
hará.
Quedamos enfrentadas a unos pocos
centímetros de distancia. Ella tenía una mueca desesperada y furiosa, mueca que
sólo lograba fortalecerme, como si fuese una llave a mi oculto sadismo; y
tratando de hacerla sentir ridícula, le sonreí como si fuese una gran amiga que
no veía hace años.
Pasaron algunos segundos, hasta que
la inercia se quebró y de un momento a otro, levantó su mano derecha y con un
movimiento certero, puso un cuchillo en mi cuello y lentamente comenzó a
empujarlo contra mí, logrando, al fin, deslizarlo. Parecía como si estuviese
cortando jalea y yo sentía cómo el metal helado entraba en mi cuello, como si
fuera un láser de hielo. No sentía dolor ni miedo, era un juego que tenía
ganado desde mucho antes, sin trampas ni desgaste alguno. La mujer insistía en
deslizar el cuchillo, mientras yo la miraba enternecida. Ella lentamente cambió
su mueca de furia a pavor, y antes de llegar al otro extremo del cuello, sacó
su cuchillo, aterrorizada. Mientras me miraba con el cuchillo colgando de su
mano derecha, yo me mantuve quieta y respirando hondo, técnica que descubrí
hace mucho tiempo para que los tejidos se vuelvan a unir, tratando de regenerar
el profundo corte que me había hecho esa mujer, un corte que no tenía sangre ni
dolor, un intento fallido de volarme la cabeza, un ridículo intento de quitarme
la sonrisa.
Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

Fascinante. Un desarrollo vigoroso con un final inesperado que nos deja inquietos al borde de las páginas. Víctor.
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