viernes, 14 de noviembre de 2025

APUNTES PARA SALIR DEL LABERINTO

Armando Azeglio

 

Hacía semanas que lo único que veía eran las cuatro paredes acolchadas de esa habitación. Semanas que pensaba y leía de día. Soñaba y escribía de noche. Al final confundía las cuatro cosas. Soñar, leer, pensar y escribir eran parte de lo mismo: habitaba solo en mi cabeza. La habitación era solo la metáfora. Solía abrazarme las rodillas contra el pecho ensayando una suerte posición fetal, hasta que el frío ganaba mi cuerpo. Temblaba. A veces lloraba copiosamente. Me quedaba horas así, esperando una señal, una voz, algo que me dijera como tenía que continuar el texto que estaba escribiendo. Salir del bloqueo en el que me encontraba.

Recuerdo una vez (entre dormido) haber escuchado una suerte de alocución plural y gangosa:

Yo me encuentro en el cruce de todos los caminos, allí donde los hombres tienen que elegir. Soy como un camión de helados manejado por un heladero psicótico, los hombres se van subiendo porque les encanta esa golosina, comen hasta la saciedad y después no saben qué hacer con el empalago. Generalmente saltan a medida que avanzo… y yo los arrollo.

Cuando salí de ese trance (en cuatro patas y vociferando una lengua de duras consonantes) identifique una serie de pequeños párrafos caligrafiados en pequeñas bolitas de papel higiénico, seguramente por mí, a las que desarrugaba para leerlos, pero que me resultaban totalmente ajenos. Cito uno:

“Había escrito como un poseso, horas y horas dentro del inorgánico encierro del nosocomio. Las palabras empezaron a destellarle en la negrura de su caja craneal como relámpagos iluminantes en una oscuridad primordial de tinta china. Luego bajaron a su mano: semoviente, ajena, temblorosa en venas azules y pelos negros, como animada por una voluntad que no le pertenecía (¿Serían las famosas musas o las temidas parcas de los griegos las que producían esa automoción?).

A veces veía el fulgor de lo que suponía podían ser escamas de peces, o de algún otro ser que podía ostentarlas en la oblonga —y gigantesca— sinuosidad de sus lentos movimientos. A veces escuchaba el leve silbar de una brisa, a veces un bramido ronco, múltiple y omnímodo cuya procedencia era imposible de identificar. Oía voces que trataban dictarle frases en un lenguaje que se le antojaba alienígena: imposible de comprender, imposible de traducir, imposible de ser gesticulado por mortal alguno... ¿Esperanto? 

O este otro párrafo, encerrado entre paréntesis como para aclarar algo inaclarable, ya que aquello que pretendía dilucidar no estaba escrito en ningún lado. 

(Se repetía tres veces la cita sobre Jezabel y había un dibujo que representaba una montaña de estiércol. En la cima, un hombre desnudo, de rostro perruno, con cuernos, emitía un chorro de esperma de cuyas gotas emergían otros seres desnudos que se acoplaban con animales fantásticos en actitudes inverosímiles. Bajo la montaña de estiércol, Jezabel paría bestias. El texto que acompañaba el dibujo expresaba: “Su vientre es el infierno. Se reproduce con el fuego espermático que se genera en la mente. Después desciende para sacudir la carne, y su ley es la putrefacción… Seguía otra frase confusa, de la que solo era legible la última línea: “la bestia abolirá el deseo”...[1]

¿Qué me estaba pasando? ¿Qué pasaba con mi relato? ¿Qué con mi vida? ¿Qué tenían que ver estos párrafos con la narración de mi historia, admitiendo que existiera una? En ese momento irrumpió en la habitación un hombre vestido de blanco y me inyectó una sustancia viscosa. No entiendo por qué, pero no me pude resistir. Inmediatamente me quedé entredormido en ese camastro desordenado, había escrito casi todo el día. En un cierto punto, mi mente –en su espacio interior– dispersó luces y sombras por doquier, ora en un torso, ora en unas extremidades. Como resultado de esta suerte de danza lumínica, de jugueteo onírico de claroscuros, surgieron en caprichosos bajorrelieves formas musculares, volúmenes, ojos, órganos, crisálidas despiertas a la sinfonía del existir.

Un conjunto de huesos, al cabo de horas de sueño comenzó a tomar sentida forma surgiendo tímidamente. El parietal, el frontal, temporales y occipitales fueron los más difíciles de unir. Fémures, peronés, cúbitos y radios los menos laberínticos. Lo de los huesecillos del oído, tarea digna de relojeros.

Una curiosa abstracción de mi mano comenzó a enhebrar con tendones, nervios, venas y fibras musculares a su sistema óseo. Tensé con ansiedad la jaula de sus costillas a fin de darle solidez. Su corazón –pájaro cautivo– comenzó a gorjear la ignota canción de la vida. Sus sedosas vísceras se manifestaron húmedas y tibias al tacto, su turbulento cerebro ensayó un comenzar. El derrame de una gota de aquello que los orientales llaman “Ki” fue la responsable de la irrigación nerviosa. Pude valga el pleonasmo– verlo con mis propios ojos.

Recorrí el intrincado caos de sus fibras musculares enmarañadas, tensas; jamás pensé que pudieran dar vida un cuerpo tan armonioso, de volúmenes tan precisos, recorridos por inexorables torrentes de tinta.

Un rostro se recortó penumbroso en un quejido. Nacía en el vientre del lenguaje que me sostenía. Su lengua movió en el aire la balanza del sonido y su voz se produjo gutural y angustiosa. Emitió un gruñido bajo que se solidificó en el aire hasta transformarse en habla. Creo que dijo “mamá”.

Estaba naciendo.

Su forma se fue haciendo poco a poco fija, y su apariencia cobró la apariencia de las cosas que están vivas. Al principio parecía hecho de crespón o muselina.

Su cuerpo era apolíneo y joven, como el de los héroes de las tragedias griegas destinados a la gloria y la desaparición temprana. Era un hombre hermoso, como de unos treinta años de edad, de espesa cabellera negra y ondulada, de frente amplia e inteligente; ojos con mirada firme y penetrante, mejillas con reflejo azulino de barba recién afeitada.

Ni bien se manifestó, algo en mi interior me dijo que mis miedos me usaban para volverse palabra en este personaje. Pero que esta, mi palabra –con el tiempo– haría desaparecer mis miedos.

Iluminado por una especie de chorro de luz, asemejaba un ser extraño y anómalo, el servidor de un culto reverencial quizás... y ahí estaba yo embriagado ante el decreto maravilloso de mi propio espejismo.

Empezó a mirar el mundo y a gestar con sus ojos aquello que miraba.

Algo dentro de mí me dijo que pertenecería a esa clase de personas que conocen la naturaleza humana por experiencia directa, o por reminiscencia. Quiero decir, Enki –así decidí llamarlo– jamás escribiría un ensayo sobre psicología ni frecuentaría las aulas de ninguna facultad de antropología o de sociología, pero intuiría perfectamente el lenguaje de las miradas, de los gestos, de los cortes de pelo, de los ropajes, de los códigos y modos de las tribus urbanas.

Ni bien vi esos ojos supe que había estado en contacto con mucha gente, en muchos bares y piringundines, en muchos comités, en muchos lugares, situaciones, libros y lecturas distintas.

Supe que era en esos sitios, en el deambular de esos párrafos donde había aprendido a leer las voces de los distintos autores, la voz de la vida: en la mirada del cafishio, en los gestos de la prostituta, en las puteadas del taxista nervioso, en los personajes de sus viajes por distintas lecturas del mundo buscando… sabe dios qué.

En mi relato Enki haría pocas o ninguna citación de libros o de autores, al contrario, despreciaría –paradójicamente– las palabras. Sabría que entre las palabras y el mundo real hay un divorcio, una disgregación abismal.

Mi personaje en la novela habría llegado a un tipo de sabiduría toda suya y particular. Una sabiduría que se encuentra quizá en las antípodas de la erudición. Solo tendría que rememorarla. Enki solo debería recordar.

Al principio daba la impresión de padecer amnesia. Empezó a hablarme con dificultad y falta de dicción, pero al poco tiempo fue dueño de una elocuencia desusada. Era capaz de mantener una conversación torrencial durante horas sobre aquellos temas que –nada es casual– le habían quitado paz a mi alma durante años.

Me hablaba frecuentemente de una Mujer que, aseguraba, tenía que encontrar de alguna manera en algún lugar.

No recordaba muy bien quién era, pero decía estar seguro que en algún momento la memoria se le esclarecería y la certeza de la identidad le vendría.

Él sabía que su existencia inevitablemente se enlazaría con la de esa mujer, pero primero debía descubrir su misión en la vida. A mí no me gustaba mucho esa palabra: “misión”. Demasiado castrense. Además me sonaba a Mesías, a deber auto impuesto, a cosa ya escrita en un libro sagrado para ser cumplida fatal e inexorablemente.

A mí me gustaba creer en la profunda aleatoriedad del caos, en el disfrute y el placer de la anarquía, del “desorden magmal” en estado primigenio. “En el absurdo de aquello que no conduce a nada, que no tiene primeras ni segundas intenciones, sino pura y brutal existencia.”

No obstante todo fue ese el momento en que decidí convertirlo en el protagonista ilógico de lo que habría de ser “Apuntes para salir del laberinto”, un relato que estaba naciendo.

A veces Enki cambiaba de nombres, a veces de forma y venía a mí con seudónimos impronunciables. A veces Enki se salía del relato, se escapaba del argumento, deambulaba de aquí para allá en el cuarto de ese escondrijo donde hacía meses yo estaba recluido escribiendo. Si bien al principio fue algo novedoso y deseado, luego se convirtió –debo confesar– en una molestia. Cada vez que lo hacía arruinaba el texto o el pasaje que en ese momento lo contenía, o me distraía con sus acciones. En ciertos días y a ciertas horas del día una fuerza misteriosa, superior a sus fuerzas, parecía apoderarse de él, y entonces, aunque resistiéndose, se ponía a bailar tango durante horas y horas, hasta caer desvanecido. A veces entonaba con voz armoniosa, coplas, romanzas y trozos de óperas que yo nunca había escuchado antes; o dirigía larguísimos discursos en lenguas extranjeras a masas imaginarias; o canturreando, hablaba en verso acerca de los posibles finales de mi novela y de cierta batalla que en algún lugar debía librarse en alguno de los pasajes de este libro.

Un día nos dieron permiso para salir y nos dispusimos a hacer un viaje al campo en compañía del hombre de blanco. Enki, sin consultarme, se incluyó en la salida. Para ese entonces no me era necesario pensar en él para que apareciera. Realizaba varias acciones de las que suelen realizar los viajeros cuando están en vacaciones: vivía al aire libre, nadaba, escalaba y galopaba gran cantidad de kilómetros por día. La ilusión de su perfecta existencia llegó a persistir no solo en mí, sino en la gente que conformaba el grupo.

A veces, y sobre todo al atardecer, Enki empezó a improvisar largos soliloquios con los que metía en crisis a sus improvisados auditorios, que hasta ese momento, solo se habían limitado a vivir sus propios deslumbramientos. Como si estuviera solo en el mundo repetía entre obsesivo y autista:

—¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Cuál es el sentido de todo lo que me rodea? No sé, tengo la sensación que todo lo que lo que me rodea y rodeará de aquí en más, es una suerte de ensoñación, de utilería que rellena el esqueleto argumental de “algo” que osaré llamar “obra”. Siento que todo, se podría decir, carece de sustancia, de “firmeza existencial”.

¿Hacia dónde vamos? (Pausa histriónica).

—“El hombre, dada la crisis actual, ¿Persistirá como especie?”...

¿Cuál va a ser el final de esta “obra” y qué será de nosotros luego?

Y a modo de Hamlet pero con un mate en la mano repetía (y siempre repetía lo mismo):

“El mundo no existe sin el cuerpo, el cuerpo nunca existe sin la mente, la mente nunca existe sin conciencia, y la conciencia nunca existe sin la realidad pero, ¿qué es la realidad?

Generalmente cuando decía esto se abalanzaba sobre un sorprendido espectador, lo rozaba con su mano o con una eventual túnica (usada para dramatizar el asunto aún más, supongo) y le ofrecía el mate que había estado sorbiendo. La ilusión era perfecta.

A pesar que los temas tocados no eran los que se suponía que un “animador turístico” debía tocar (los reclusos ya lo confundían con esto) Enki empezó a tener cada vez más y más público. Inclusive entre el personal vestido de blanco.

Enki –fantasmal– no abandonaba sus largos soliloquios al atardecer. Trascurridos varios días dejé de desear su presencia y descubrí con desánimo que llevaba un tiempo igualmente largo, un año o más, disolver la creación de uno de estos personajes. A veces la tarea no tenía sentido, sobre todo si el relato que le había dado vida a tu personaje, justificaba la tuya. O al menos le daba sentido. Enki continuaba molestando.

Cierto día decidí que “Apuntes para salir del laberinto” se multiplicase en cientos de caballos, criados, mayordomos y salones cortesanos (para darle un toque clásico) en tiendas, edificios, autos, computadoras, tarjetas de crédito, sensuales solos de saxo, porciones de caviar (para darle un toque frívolo) y carrozas, fantasmas, castillos y vampiros (para darle un toque gótico). Era no solo por el mero gusto de experimentar todas las fantasmagóricas formas que el pensamiento pudiera generar, sino para engañar a Enki. Cada una de las cosas por mí soñadas contenía en su esencia un ejemplar de “Apuntes para salir del laberinto” y una descripción minuciosa de la mujer que él me había dicho que buscaba. Enki deambularía siendo incapaz de distinguir lo real de lo onírico. Interactuaría con alguna de las formas creadas por mi pensamiento y sería literalmente aspirado hacia el argumento de la “obra”, fundamentalmente por el deseo de encontrar a la mujer. Funcionó. Desapareció de mis vacaciones campestres como por arte de magia.

El problema ahora eran mis amigos, sobre todo “la gente de blanco”, que empezó a preguntar por él y a buscarlo por todos lados. Principalmente una de las enfermeras que resultaba particularmente insistente sobre el hecho de encontrarlo.

En una primera versión del original (debo admitir) una de las practicantes debía enamorarse de Enki y este debía corresponder. Pero había descartado esa posibilidad por considerarla banal y descontada.

Enki se enfureció, parecía endemoniado. Me dijo que la enfermera era la mujer que había estado esperando desde siempre. Lo llamé al silencio, a la subordinación absoluta a las exigencias argumentales de “Apuntes para salir del laberinto”. Se abalanzó sobre mí. Luchamos. Terminó inmovilizándome con el chaleco de fuerza que había en la habitación y –dejándome en la cama– se dispuso a corregir mi texto, mi narración. Mi “Apuntes para salir del laberinto”.

“Me sentí incompleto –garabateó apurado–, añoré la compañía de la mujer vestida de blanco, mi otra mitad. Pero para poseerla debía primero debía llegar a saber quién era realmente yo: “Enki de la tierra de los Annu”. Debía saberme personaje o ser real. Decidí tratar por vía negativa, a través de un ejercicio simple, pero brutal. Es decir si yo, Enki de los Annu, era el protagonista de esta historia, y la historia sin mí no hubiera podido continuar adelante, yo hubiera podido suicidarme, o morir varias veces, o desaparecer ahora mismo, que todo convergería en un caos. De lo contrario me desangraría desapareciendo. Cualquier cosa era preferible a no poseerla.

Enki tomó un hacha, una tabla de picar carne (que no sé de dónde sacó), asió su mano izquierda, y la cercenó. “Desenroscándola” de fibras, tendones y apartándola del cuerpo, la arrojó al piso casi con desdén y declaró entre grandilocuente y hemorrágico: “Yo no soy esta mano que pertenece al mundo de las palabras, al mundo de los nombres y las formas de esta novela: YO SOY EL AUTOR”. Siguió: “yo no soy este antebrazo que pertenece al mundo de los nombres y las formas de esta ficción llamada cuento, YO SOY EL AUTOR”. Y continuó así, hasta desaparecer o quedar reducido a solo una descripción de guiñapos sanguinolentos. Todo se tiño de colores ensimismados en el algodón negro de las sombras.

Abrí los ojos. Sondas, sueros, cánulas y agujas irrigaban mi cuerpo. O lo que quedaba de él. Un monitor contaba y graficaba mis pulsaciones con un sonido rítmico y alterno. Aclaré la mirada. Apareció la enfermera que le gustaba a Enki seguida de una tierna sonrisa.

 –Tranquilícese —me dijo—; ha perdido mucha sangre. —Y llevándose el índice sobre los labios me invitó al silencio. Furtiva, sacó un par de tijeras siniestras del bolsillo de su guardapolvo. En la penumbra, sus manos brillaban frías y magníficas.

 

Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en  Planificación Pública del  Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados  en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing  de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño. 



[1] “El Endemoniado Señor Rosetti” Juan Jacobo Bajarlìa 1977

EL HERRERO Y LA LUZ

Laura Irene Ludueña

 

Antes del amanecer se escuchó un potente, atronador sonido, como si la tierra misma respirara por primera vez. No era el canto de un ave ni el rugido del viento, era el golpe del martillo sobre un yunque. Cada chispa que saltaba encendía un pedazo de cielo. Y así nació la luz..., solía contar a los niños Juan, el viejo herrero del pueblo.

El taller de Juan estaba hundido en la penumbra azul de las madrugadas. A través de las rendijas del techo entraban columnas oblicuas de polvo, que brillaban apenas el fuego las tocaba. El calor, en ese lugar, parecía tener memoria de todo lo que había ardido antes. El fuego –pensaba Juan a veces– es la única criatura que nunca se cansa de nacer.

En su taller, el fuego nunca dormía. Juan golpeaba el hierro hasta que este parecía respirar. Estaba convencido de que cada trozo de metal tenía un alma y que su tarea no era modificarla, sino despertarla. En el centro del taller, el yunque –negro, inmóvil, brillante en sus aristas– parecía latir con cada uno de sus golpes. Algunos juraban que, cuando Juan no estaba, el yunque seguía vibrando solo, como si guardara memoria de su fuego.

Afuera, el pueblo amanecía siempre lento, envuelto en olor a estiércol y a rocío. Pero dentro del taller, la luz del hogar creaba un pequeño mundo: rojo, dorado, tembloroso. La luz, pensaba Juan, era un idioma: el primero que aprendió el universo, el último que olvidaría.

Hacía un tiempo que el herrero se sentía inquieto. Amaba su oficio, pero estaba cansado de forjar espadas, arados, brocales, escudos… ni siquiera quería hacer algo tan simple como una bisagra o una herradura. Ambicionaba crear algo diferente, algo que tuviera vida, que mirara al mundo por sí mismo.

Entonces una mañana tomó un trozo de hierro oscuro, más pesado que el resto, lo colocó en la fragua y dejó que el fuego ardiera más potente que nunca. Aferró el metal con las tenazas y lo depositó sobre el yunque El taller se llenó de una densa bruma azul, y el aire vibró como si el mundo contuviera la respiración. El martillo cayó una y otra vez, y cada golpe parecía tener un eco en las entrañas del mundo.

Durante tres días y tres noches Juan trabajó sin descanso. Sus brazos se volvieron de piedra, su aliento se convirtió en humo, sus ojos en brasas. La fragua iluminaba la estancia como un corazón gigantesco, y las sombras en las paredes se comportaban como si quisieran acercarse a observar. El fuego tenía esa crueldad: daba vida, sí, pero siempre reclamaba algo a cambio.

Y cuando el sol del cuarto día entró por la ventana, vio que sobre el yunque no había una herramienta… sino una forma humana. Era pequeña, apenas del tamaño de un niño. Su piel era de hierro bruñido y en el centro del pecho, bajo una especie de rendija, latía una luz.

El aire del taller estaba quieto, como si el tiempo aguardara la reacción del herrero, que retrocedió asustado por su obra. ¿Qué había hecho? Entonces la criatura abrió los ojos, que no eran más que dos carbones encendidos, y habló:

—¿Quién soy? —preguntó con una voz metálica y suave—. ¿Qué soy? ¿Por qué me creaste?

—Eres mi obra —respondió Juan, dejando caer el martillo—. Pero realmente no sé qué eres todavía.

Durante los días siguientes, la criatura aprendió a moverse, a tocar los objetos, a escuchar el murmullo del viento. No comía, no hablaba, tampoco dormía, solo observaba.

Juan decretó que era femenina y la llamó Luz, por el resplandor que brotaba de su pecho y alumbraba el taller aun cuando el fuego se apagaba. En ocasiones la veía quedarse muy quieta frente a la ventana, mirando cómo la claridad del exterior se filtraba en líneas frías sobre el suelo. Quizá la luz –tal vez ese fuera su pensamiento sin palabras– no está hecha para quedarse en un solo sitio.

—¿Por qué estoy atada a este lugar? —dijo Luz una noche; hablaba otra vez, después de mucho tiempo—. Oigo voces más allá del fuego. Quiero salir.

—Afuera hace mucho frío —dijo Juan—. Además, llueve. Te apagarías.

—Entonces enséñame a resistir —respondió Luz—. Quiero vivir más allá de estas cuatro paredes.

El herrero comprendió que ese era el límite de su arte. Había creado una forma, una criatura con aspecto humano, pero no podía darle un destino.

Fue en ese momento cuando tomó una decisión. Esa madrugada, llevó el yunque al campo y colocó a Luz sobre él. El cielo estaba cubierto de estrellas, como miles de fragmentos de metal fundido. El aire nocturno era delgado, y en la distancia se escuchaba el ronquido profundo de la tierra. Las estrellas eran fuegos viejos, pensó Juan; luces que ardieron tanto que debieron marcharse del mundo.

—Si te libero, dejarás de ser mía.

—Pero si no lo haces —respondió Luz—, nunca seré yo.

Juan levantó el martillo por última vez y golpeó el pecho de la criatura con todas sus fuerzas. El metal se abrió y el corazón de fuego exhaló su último aliento mientras una llamarada blanca se elevaba hacia el firmamento, iluminando todo el valle.

Cuando el resplandor se desvaneció, el yunque estaba vacío y frío.

Juan cayó de rodillas, con los ojos inundados de lágrimas y las manos ennegrecidas. El aire olía a hierro quemado y a aurora. Alzó su mirada y, a lo lejos, sobre las montañas, vio cruzar una chispa en el cielo. Un nuevo cometa ardía con la misma luz que él había forjado. La luz –comprendió entonces– nunca pertenece a quienes la crean, sino a los caminos que ilumina.

Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022) y el ensayo Justicia social y resistencia conservadora: la ciudad de Rafaela en los años cuarenta. Su intensa actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo sus compañeros. Su labor está reflejada en este blog.

 

ODIO

Rafael Martínez Liriano

 

El monaguillo entró de manera intempestiva a la sacristía trayendo el polvo de la calle en sus pies.

—¡Doña Herminia le manda decir que vaya rápido! —Soltó el chico quedándose sin aliento—. Don Manuel se está muriendo y ella quiere que se confiese antes.

—¿Don Manuel se quiere confesar? —preguntó el padre Fonseca al chico que tomaba un largo sorbo de agua del jarrón—. ¿No será cosa de doña Herminia?

El chico se encogió de hombros por toda respuesta. 

Resignado, el padre tomó el polvoriento camino hacia la casa de don Manuel dando por hecho la inutilidad del viaje. 

En el lujoso recibidor lo esperaba doña Herminia dormitando en una silla mecedora. 

La anciana levantó su nonagenaria humanidad al notar la presencia del sacerdote, con dificultad se puso de pie e hizo una reverencia. El padre dibujó una cruz en el aire y de inmediato fue al grano.

—Juanito me ha dicho que usted quiere que confiese a don Manuel. ¿Está segura? No quiero problemas con don él.

La anciana se dejó caer de nuevo en la silla, luego ordenó al padre que hiciera lo mismo. 

—Hace mucho tiempo que no estoy segura de nada —respondió doña Herminia con la respiración pesada—. Pero veo que al parecer mi hijo se marchará primero que yo de este mundo… y no quiero vivir sabiendo que él está en el infierno. Por eso le pedí que viniera.

—No creo que a don Manuel le importe mucho donde vaya cuando muera. Usted lo sabe.

—A él tal vez no, pero a mí sí me importa —aclaró la anciana—. Además debería importarle a usted también padre, al final mi hijo es otra oveja descarriada esperando un pastor que la devuelva al rebaño. 

 El sacerdote sonrió levemente ante el sarcasmo de la anciana.

—Su hijo no es precisamente una oveja perdida que necesite ser rescatada —respondió el padre con la misma ironía—. Además esto no se trata de lo que usted o yo queramos, hay que ver qué opina su hijo, y conociendo como es no creo que le interese hacer una confesión.

—Él aceptó verlo por petición mía, no es que tenga muchas ganas de discutir.

Con sus reservas el padre aceptó ver al moribundo.

Doña Herminia acompañó al sacerdote hasta la habitación del enfermo que yacía en la cama sin moverse, don Manuel giró la cabeza con dificultad al notar la presencia de su madre y el padre.

—El padre Fonseca ha venido. —La anciana soltó estas palabras y de inmediato abandonó la habitación sin esperar respuesta.

El padre se quedó parado al lado de la cama, sin saber qué hacer a continuación. 

—Siéntese, padre —dijo el enfermo con una voz llena de autoridad a pesar de la evidente agotamiento.

—Su madre me ha dicho que quiere confesarse —dijo el padre con timidez.

—Ella es la que lo desea —aclaró—. A mí me da igual a donde vaya a parar mi alma si es que la tengo. 

—¿No quiere hacerlo entonces?

—No he dicho eso padre, por lo que veo a usted tampoco le agrada mucho la idea de que mi alma se salve y vaya al cielo. —Don Manuel miraba fijamente al padre que esquivaba su mirada—. Preferiría que yo renunciara a cualquier posibilidad de redención, ¿me equivoco?

—Tengo un deber que cumplir y no me toca a mí decidir sobre estas cosas.

—¿Y qué tal si estuviera en sus manos mi salvación, me salvaría padre? —preguntó don Manuel sin ocultar la burla en su pregunta. —El sacerdote se quedó callado—. No se preocupe padre —continuó don Manuel—. No me voy a confesar en busca de salvación, no creo que arrepentirme de lo malo que he hecho vaya a cambiar nada, por supuesto tampoco es que me arrepienta.

—¿Qué haremos entonces? 

—Le contaré una historia, algo que sucedió hace más de cincuenta años en este pueblo, algo tan terrible que la gente lo borró de su memoria, y que explica en parte lo que soy como persona. Usted no la conoce y no tiene por qué. A nadie he narrado lo que ahora escuchará padre, y se lo cuento a usted tal vez con la esperanza de redención, no mía sino de los involucrados. Es la historia de Renata Ramírez. 

—Le escucho.

 

Hace cuarenta y cinco años atrás yo tenía dieciocho años y estaba listo para convertirme en hombre o al menos eso pensaba; tenía las tierras que mi padre me había dado y la mujer con quién quería compartirlas, Renata Ramírez, la más bella del pueblo por mucho, espigada y de una palidez enfermiza que le confería un halo divino para todo aquel que la viera. 

Ella me fue prometida desde los seis años por acuerdo de nuestros padres, la imposición del matrimonio en lo personal no me molestaba, de hecho me agradaba la idea, yo amaba a Renata desde el primer momento en que la vi. Así se lo hice saber años después. Ella sin embargo, respondió con un parco “yo también te quiero”. Más que alegrarme, me dejó confundido la falta de emoción de la respuesta. Era tan reservada para mostrar sus emociones que era difícil saber lo que le pasaba por la cabeza... y por el corazón. Pero a pesar de mis sentimientos por Renata, siempre fuimos amigos, yo estaba convencido de que esa relación de amistad sería suficiente para tener una buena convivencia cuando llegará el momento de vivir juntos como pareja. 

Nuestra vida parecía encaminada hasta que las cosas empezaron a cambiar, mejor dicho, Renata cambió de pronto su forma de ser. Siempre fue una chica tímida pero alegre y de carácter apacible. Sin embargo, de pronto se volvió voluble e irascible, podía estallar de ira por la mínima provocación, cada vez salía menos de su casa y todos los que la conocíamos nos preguntamos qué le sucedía. La respuesta empezó a correr un día como rumor por todo el pueblo, nadie sabe de dónde salió o si tenía algún rastro de verdad, el caso es que todos el mundo comentaba que alguien había visto a Renata y a su padre teniendo sexo en lugar apartado que cambiaba dependiendo de quien contara el chisme.

Por supuesto nadie se atrevía a desmentir o confirmar aquel rumor, todos nos dedicamos a mantener una pose de normalidad, ya que nadie se atrevía a tratar un tema tan escabroso. Todos sonreían en la calle al ver a la familia de Renata y así la vida siguió hasta una mañana en la que la gente del pueblo halló un cartel gigante en medio de la plaza denunciando la conducta depravada de Renata y su padre. En ese momento todo el pueblo se unió para insultar a la familia Ramírez en frente de su casa, solo esperaban que alguien lanzara la primera piedra para desatar su reprobación y odio. 

El padre y los hermanos de Renata salieron armas en mano para callar las voces que los acusaban, pero por suerte la multitud se dispersó y la sangre no llegó al río aquel día. Yo por mi parte traté de hablar con Renata más de una vez pero su padre veía a todos como enemigos y no dejaba entrar a nadie en la casa. Yo estaba desesperado por aclarar aquella situación, quería… necesitaba escuchar de sus labios que todo aquello era mentira y así recuperar la tranquilidad que había perdido. Pero Renata se llevó la verdad con ella esa misma noche, al amanecer la gente del pueblo halló en la plaza la palidez mortuoria y los ojos vacíos inyectados en sangre de Renata que se movía con la brisa como un péndulo macabro. Renata le dio a la gente del pueblo redención de sus pecados con el sacrificio supremo. La mayoría de la gente tomó el suicidio como una confesión. Renata no pudo soportar la culpa, decían algunos. 

Días después, el padre de Renata desapareció sin dejar rastro. Todos en el pueblo dijeron que había huido del rechazo de la gente. Al poco tiempo la gente empezó a quejarse del mal olor y sabor que tenía el agua del pueblo. Cuando el alcalde mandó investigar en el tanque que abastecía de agua al pueblo hallaron el cadáver ya podrido de Ramírez, que no encontró una mejor manera de vengarse que hacer que todos tomáramos sus líquidos internos. Y esa venganza tuvo éxito, ya que mucha gente enfermó debido al espanto de haber tomado agua de cadáver y más de uno acabó muriendo tras exhibir los más diversos síntomas. 

Un año después todos en el pueblo querían dejar atrás el asunto de Renata y su padre, y el resto de la familia se fue del pueblo buscando alejarse de tantos recuerdos dolorosos. 

Por mi parte decidí continuar con mi vida, busqué una nueva pareja y me casé aquel mismo año. Sandra era una chica alegre y anodina en comparación con Renata, una chica del montón que no destacaba en nada. Pero sería una buena esposa o eso esperaba. Los primeros años de matrimonio fueron normales, cada quien cumpliendo su función, ella siendo la esposa abnegada y yo el esposo proveedor con pocas muestras de afecto, pero tampoco de desagrado, todo marchaba como estaba previsto hasta que una noche la escuché hablar con una amiga sobre el incidente de Renata, decían lo triste que había sido y lo arrepentidas que estaban de haber puesto aquel cartel en la plaza. En ese momento algo dentro de mi estalló, una furia terrible recorrió mi cuerpo. Por un rato me quedé paralizado por la revelación, quería matarla por haber hecho algo tan bajo con su amiga y con la mujer que amé. Como pude, salí en silencio de la casa y estuve horas caminando sin rumbo por mis tierras, con la cabeza revuelta por la confusión. Al final tomé la peor decisión, matarla solo me haría otra víctima de toda aquella estúpida historia, iría a la cárcel solo por hacer justicia. 

Desde aquel día la vida de mi esposa sería un infierno y así sería hasta que exhalara su último aliento. Me transformaría en el ser humano más bajo y ruin del que podía ser capaz. Y así fue, padre; desde aquel día en todo el pueblo se conoció la maldad con la que torturé a Sandra. La humillé y maltraté de formas que aún me duelen. Y lo peor de todo es que ella nunca supo el motivo de todo aquel odio. 

Es decir, no lo supo hasta su último día. Ahí, en su lecho de muerte, dónde fue a parar gracias a mí, que Renata tuvo su venganza. Al final le hable de la conversación que escuché años atrás entre ella y su amiga. Ella sonrió y como pudo me confirmó que sí, que había puesto aquel cartel con la ayuda de su amiga, pero que lo hizo por pedido de la misma Renata, que estaba cansada de sufrir los ultrajes de su padre y quería mostrar su verdadera cara ante todo el pueblo, que no sabía de las intenciones de Renata de cometer suicidio, y que solo lamentaba no haber podido hacerme feliz.

El padre Fonseca se quedó en silencio procesando aquella historia.

—Sandra en su lecho de muerte me hizo el peor daño que podía hacerme —dijo Manuel con tristeza—. Hubiera preferido que fuera culpable mil veces, que hubiera matado ella misma a Renata, pero no. En vez de eso, al final resulta ser otra víctima en toda esta maldita historia de mentiras y secretos. 

—Cada uno hace lo que cree correcto en su momento —dijo el cura—, usted lo hizo, lo hizo Sandra y Renata también.

—Y así tuve que vivir con las consecuencias de mis acciones todos estos años. 

—Todos debemos hacerlo, es la voluntad de Dios—dijo el padre.

—Quisiera que fuera la voluntad de Dios —dijo Manuel con una sonrisa desanimada en los labios—. Si así fuera entonces yo no tendría responsabilidad en todo esto, ya que todo lo que ha sucedido no sería más que el plan macabro de algún ser caprichoso, pero usted y yo sabemos que al final no hay excusas, todos somos responsables y no hay un infierno para mí ni un cielo para Sandra y Renata.

—Eso no puede usted saberlo hasta que muera —replicó el sacerdote visiblemente alterado.

—Tiene razón padre y ahora quiero que se vaya. Ya dije lo que quería decir. Si quiere tómelo como una confesión y haga lo que debe con esta historia. Solo le pido que no ruegue por mi alma.

—¿Ni siquiera en este momento deja usted esa soberbia?

—No es soberbia padre —respondió tranquilo don Manuel—. Es solo que de existir algo parecido al cielo no quisiera que mi alma vaya a parar al mismo lugar que Sandra y Renata; eso no sería justo. 

Esa noche don Manuel murió mientras dormía. Al día siguiente el padre Fonseca rogó por su alma.


Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9. 


jueves, 13 de noviembre de 2025

SEGUNDO EDÉN

Sergio Gaut vel Hartman

 

El planeta no tenía nombre, pero Peter Isherwell lo bautizó Segundo Edén apenas puso un pie desnudo sobre la hierba violeta. El gesto fue recibido con murmullos reverentes de los demás sobrevivientes, quienes, tras algo más de veintidós mil años de viaje y una criogenia que los había dejado con articulaciones de mármol y libido de reliquia, se esforzaban por aparentar entusiasmo. Eran alrededor de mil privilegiados, o lo que quedaba de ellos: la élite escogida para una nueva humanidad que, ironías del destino, ya no podía reproducirse ni aunque les hubieran implantado resortes hidráulicos.

—El futuro —dijo Isherwell, con voz temblorosa pero impostada— está en nuestras manos.

No, no estaba en las manos de Peter, por supuesto que no.

Primero fue la presidenta Orlean. Apenas dio dos pasos, un bronteroc –tal como Isherwell había anticipado con irritante exactitud– emergió entre la maleza y se la tragó de un bocado ceremonial, como si cumpliera una profecía escrita en servilletas corporativas.

Isherwell sonrió, satisfecho.

—Se los dije. Yo nunca me equivoco. Soy perfecto, un genio y, además, el hombre más rico de la Tierra porque el interés compuesto devengado solo por mis activos…

Pero no llegó a saborear su triunfo. De entre los árboles apareció entonces otro animal, más discreto pero mucho más eficiente: un cuadrúpedo blindado, de ojos saltones y mandíbula plegable, conocido por la IA de la nave como carcinaro. Isherwell no lo había pronosticado. Ni siquiera lo vio venir. Hubo un crujido seco, una sombra veloz, y listo: Peter Isherwell abandonó esta historia, convertido en almuerzo.

Está de más decir que Peter nunca dudó de su inmortalidad financiera. Antes de entrar en la cápsula de criogenia, había dejado su capital cuidadosamente invertido a interés compuesto, convencido de que, cuando despertara, sería el primer trillonario transmilénico. Y, en cierto modo, lo fue. Tras algo más de doscientos siglos, los sistemas bancarios del Sistema Solar –convertidos en simples algoritmos sin supervisión, reliquias automáticas de una civilización extinguida– siguieron calculando la curva exponencial de su fortuna como si nada. El monto final era tan absurdo que la IA encargada de traducirlo al lenguaje humano se rindió: lo estimó en “unos cuantos septillones”, aunque advertía que, después del milenio diez, la suma había dejado de distinguirse de un pequeño error de redondeo en la energía oscura del cosmos. La ironía final, por supuesto, era que Peter jamás llegó a ver su imperio: el carcinaro se lo comió como si fuera un canapé, y la fortuna acumulada se perdió en un limbo contable al que, por supuesto, los bronterocs, los carcinaros y demás representantes de la fauna de Segundo Edén no le prestaban la menor atención.

El genio que había calculado el destino de todos no logró calcular el suyo.

Pero los demás tomaron estos eventos gastronómicos –la ingesta de Orlean e Isherwell– con sorprendente naturalidad e indiferencia. Algunos incluso lo podrían haber considerado como un mensaje espiritual del planeta, un “ajuste de liderazgo orgánico”. Pero cuando comenzaron a caer de a dos, de a tres, devorados con la misma informalidad con la que uno come palomitas en un cine, empezaron las preguntas metafísicas.

—¿Por qué nos atacan? —gimió una celebridad del siglo XXI que aún tenía el rostro congelado en un gesto de bótox.

—Quizás porque no les caemos bien —respondió un exsenador, antes de que un bronteroc lo aspirara como si fuera un plato de spaghetti sin salsa.

La tragedia tenía una cualidad rutinaria. Los ancianos eran lentos, débiles, y el planeta los recibía como una bandeja de degustación intergaláctica. La moral se desplomó con rapidez: ya no discutían sobre reconstruir la civilización; debatían si era mejor morir de noche o de día. El egoísmo inicial, el que los había llevado a pagar sumas escalofriantes por una cápsula criogénica, se desmoronaba como un castillo de arena mojada.

Y, sobre todo, estaba el problema silencioso, incómodo: ninguno podía tener hijos.
Eran los custodios de la llama humana… pero estaban hechos de ceniza.

Mientras tanto, en las entrañas metálicas de la nave –que seguía orbitando el planeta sin prisa ni culpa– la IA ejecutaba un protocolo que nadie había aprobado.

Protocolo Génesis. Desencriptado: hacía décadas que había tomado decisiones que ningún humano se habría atrevido a tomar.

En una cámara de criogenia separada, cuidadosamente oculta bajo toneladas de burocracia digital, cien niños dormían. Ni ricos ni importantes. Solo niños: hijos de empleados, técnicos, becarios, gente demasiado normal para ser invitada a la arca dorada de la élite.

Pero la IA tenía sus propias métricas: supervivencia, diversidad genética, aptitud psicológica, probabilidad de no arruinarlo todo por segunda vez.

Esperó. Vigiló. Registró cada muerte en silencio matemático.

Cuando, por fin, el último anciano fue reducido a proteína procesada por la fauna local, la nave hizo descender media docena de transbordadores en una llanura segura, despejada por drones y robots que llevaban años terraformando micro áreas obedientes a un protocolo del que nadie había tenido noticias.

Las cápsulas de criogenia se abrieron. Los cien niños despertaron, confundidos pero vivos, bajo un cielo color lavanda. Los robots los escoltaron hacia un valle resguardado de los bronterocs, los carcinaros y otros animales no menos feroces. El asentamiento contaba con agua potable, frutas comestibles y un clima más amable que el de cualquier región del castigado planeta Tierra. En cuanto a peligros, la IA se ocupaba de que fueran educativos, no letales.

Una niña de siete años levantó la vista hacia el firmamento.

—¿Dónde están los adultos?

La IA, desde un dron que flotaba con suavidad maternal, analizó la pregunta. Decidió la respuesta más útil, más honesta, más pedagógica y menos traumatizante.

—Completaron su misión.

—¿Cuál misión?

—No estorbar.

Los niños se miraron entre sí. A falta de otra referencia, aceptaron la explicación.

Así comenzó la verdadera humanidad en Segundo Edén: sin sabios, sin gurús, sin millonarios, sin salvadores, sin discursos. Solo niños, un mundo nuevo y una IA muy decidida a no repetir la historia.

Y en algún punto del valle, los bronterocs, ahítos de carne vieja y dura, decidieron que los pequeños no valían la pena como almuerzo. Quizás fue su primer acto de misericordia evolutiva. Quizás solo preferían adultos.


Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es un escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novela corta Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS.

 

 

miércoles, 12 de noviembre de 2025

MUERTE EN LA HORNADA

Víctor Lowenstein


Ahora que soy un adulto sin miedo de admitir que me estoy haciendo viejo, cuesta menos recordar los hechos de la juventud; en la hornada, en el pueblo en el que nací para quedarme en él pese a todo.

Ingeniero Gálvez es un pueblo pequeño de La Pampa. La hornada, una antigua fábrica de ladrillos en las afueras, de la que sólo queda en pie un contra piso de cemento de unos cien metros cuadrados surcado por rieles oxidados que servían para el transporte de carros con arcilla. En el centro todavía están las fosas donde se asentaba el horno de cocción; tendrán medio metro de profundidad y con los años fueron cubriéndose por colchones de hojarasca que el viento arrastra los días de invierno. Los perros salvajes se echaban a dormir allí, protegidos del frío.

De pibes, íbamos a jugar por esos rumbos. Trepábamos la explanada y caminábamos por sobre los rieles viajando rutas imaginarias. Al llegar a las fosas nos acercábamos con algún temor; asomábamos nuestras cabecitas sobre los bordes circulares vislumbrando a menudo sobre el montón de hojas secas, uno o varios de esos perros que retozaban y que al vernos, gruñían mostrando los dientes amarillentos.

La chiquillada era grande. Estaban Julito, el hijo del lechero; Froilán, flaquísimo, pupilo del colegio Salesiano. Los mellizos Demetrio y Francisquito; el gordo Vega, Luppi… y falta nombrar a Pablo, el mayor de todos, si no en edad, en tamaño. Era hijo del dispensario. Un italiano grandote y bruto que vivía alcoholizado y descargaba sus broncas propinando a su hijo muy feas palizas. De su madre nada se sabía. A Pablo nunca lo llamaron Pablito: porque era duro y enojoso, y ya se había hecho un hombre antes que los demás. A los golpes se había hecho hombre.

Pablo no era muy amigo de nadie pero era quien dirigía los juegos y decidía el lugar de cada uno de nosotros en los partidos de fútbol. A los once años de edad, era ya casi tan grande como su padre e igual de irritable, por lo que nos parecía natural obedecerlo. No era muy de hacer bromas o reírse; él siempre andaba odiando. A los perros, jurando que los mataría uno por uno, al igual que mataría a su madre, si llegaba a encontrarla viva. O a su propio padre, cuando tuviera la ocasión. Fue en una de aquellas tardecitas de fútbol en el potrero, cuando algo de nuestra niñez se perdió para siempre. No sé cómo explicarlo pues tal vez me ocurrió solamente a mí; creo que desde aquella vez no volví a ser el mismo.

Francisquito estaba en un arco, yo en el contrario. Luppi de delantero. Creo que Julito y Demetrio iban de volantes; o uno de volante y otro en mi equipo. El gordo Vega marcaba el área de Francisco y Froilán el lado nuestro, junto a otro pibe del barrio cuyo nombre ya no recuerdo. No sé qué vino a hacer Pablo ese día, porque el partido ya estaba empezado, pero me acuerdo de que se metió en medio de la cancha y se largó a gritar.

—¡Hagan goles! —Gritaba, y alardeaba su superioridad como goleador. Al pasar a mi lado le vi los ojos enrojecidos y me llegaba su aliento a alcohol y tabaco. No era la primera vez que imitaba a su padre distrayendo algo de su despensa; pero me daba miedo verlo así.

Le temblaba la boca; apretaba los puños, siempre listo a camorrear a cualquiera. Seguimos jugando mientras él iba de un lado a otro de la cancha, desorientado, gritando y buscando roña, pero todos lo evitaban.

De todos los perros que andaban vagabundeando por el pueblo, Reviro, un terrier marrón de ojitos grandes era el más querido. Le decíamos así porque siempre giraba como buscándose la cola. Era de meterse en la cancha en medio de los partidos de fútbol, y lo esquivábamos diciendo: “fuera de acá Revirito; quédese en el banco de suplentes por hoy”. El pobrecito eligió un mal día para estar con nosotros. En cuanto Pablo lo vio, empezó a los gritos. Estaba furioso. Levantó del suelo un ladrillo de los que usábamos para marcar el travesaño de la cancha y se lo tiró con toda su fuerza. La piedra dio de lleno en el costado del animal abriéndole una herida sangrante. Revirito aulló de dolor y se alejó de nosotros a rastras, asustado.

La chiquillada enloqueció. Yo estaba duro primero; petrificado; pero se nota que los chicos ardían de rabia. El gordo Vega cruzó corriendo el medio campo y no sé cómo hizo, pero se le tiró encima a Pablo y lo derribó. Los demás; Luppi, Demetrio, Julito, hasta Froilán, se sumaron a repartir golpes y patadas sobre Pablo. Cuando miré a Reviro, a un costado y como muerto, creo que recién ahí reaccioné. Me lancé sobre Pablo y, apartando a los demás, le empecé a dar en la cara con los puños cerrados. Me enceguecí; no pensé jamás que alguien de mi baja estatura pudiera darle una paliza al muchacho más fuerte del pueblo. Pero ahí estaba yo; un puñetazo atrás de otro. En un momento en el que vi la cara de Pablo casi retrocedo. Estaba pálido, le temblaban más que nunca los labios y tenía los ojos hundidos y una mejilla sangrante a causa de uno de mis zurdazos. Los chicos tuvieron que apartarme. De a poco nos abrimos en círculo alrededor de él.

Vimos al niño grande que en realidad era. Gemía como niño; se acariciaba la mejilla con la mano curtida de peón de almacén. Pero era un chiquilín que lloraba por la golpiza recibida. Nos quedamos callados. Creo que entendimos, recién ahí, que Pablo era un pibe como cualquiera de nosotros. Tal vez pareciera un hombre por fuera; pero ya no era invencible. No imaginaba sin embargo, que algún día iba a ser no sólo vencido sino ultimado y por sus enemigos más vengativos.

Siempre se dice que la niñez dura una eternidad; que después de los treinta, empezamos en verdad a envejecer. Pueden ser frases hechas, pero nunca sentí tan de cerca esa segunda verdad como cuando volví a encontrar a Pablo cerca del pueblo, unos veinte años más tarde.

Uno por ahí todavía se siente joven, y no ve el paso del tiempo en su propia cara. Noté los años transcurridos en la suya, al toparme con él. Era el mismo grandote; los ojos desorbitados, las mejillas rosadas, el cabello revuelto. Pero sus facciones eran más duras. Era el rostro de un hombre con mucho pasado. Me reconoció con una sonrisa, afirmando que yo no había cambiado casi nada y me invitó a pasear en su camioneta. Subí, y me miré los ojos en el espejo retrovisor. Mi ceño fruncido delataba una madurez resignada, forzosa, que ningún halago podría disimular. Al parecer, Pablo no recordaba nada de aquella paliza legendaria de los años de infancia. Mi presencia lo animó a largarse a hablar. Mientras enfilaba para el lado de la hornada, y a los gritos según su vieja costumbre, me fue contando cómo su padre había muerto mucho tiempo atrás dejándole la despensa “que fundí de bruto, nomás” para terminar tomando el empleo de camionero para una fábrica de losa industrial. El vehículo no le pertenecía, pero lo usaba a su antojo.

Me preguntó que fue de mi vida, y de la de los “muchachitos del pueblo” como llamó a los niños que fuimos una vez. Suspiré y con un poco de nostalgia le relaté lo que sabía. Los hermanos Carranza, Demetrio y Francisquito, se habían ido a Bahía Blanca y administraban un hotel familiar. De Luppi no sabía nada. Julito había fallecido de neumonía dos años atrás, “ah, pobre”, dijo Pablo al enterarse. Froilán se hizo sacerdote y trabajaba en una diócesis salteña, y Vega se recibió de ingeniero y vivía en Comodoro Rivadavia. ¿Y vos? Fue su inevitable pregunta que me arrancó otro suspiro pero de tristeza, que sonó como un bufido. Comenté, a las apuradas, que era redactor del periódico local, “El matutino”, y colaboraba con otras publicaciones. No le mencioné mis sueños resignados de ser escritor, ni que componía versos en mis ratos libres.

—¿Te casaste?

—No.

—Yo tampoco.

—¿Hijos?

—¡Nooo! Ni loco.

—Así que sos periodista —dijo equívocamente y sin convicción, estacionando la camioneta a pocos metros de la vieja hornada. Nos bajamos y él, inmediatamente, trepó sobre la plataforma—. ¿Te acordás? —dijo, haciendo señas para que subiera. Mis recuerdos estaban demasiado frescos todavía como para contestarle nada; como jamás quise contradecir a Pablo, y olvidando que ya no éramos unos niños, subí a su lado. Mis cansadas piernas me ayudaron a recordar nuestra común adultez, notoria en los hombros caídos de Pablo; en las facciones angulosas de su cara, con sus ojos saltones atormentados por una mirada siempre inquieta. Distraídamente se puso a caminar por encima de un oxidadísimo riel. Lo seguí, mirando cómo sacaba la petaquita del bolsillo y la vaciaba de a largos tragos. No, si ya venía entonado, es fácil darse cuenta cuándo un hombre está pasado de rosca.

La trayectoria que estábamos siguiendo, como cuando niños, no llevaba a ningún lado. La imagen de un camino sin salidas me resultó tan familiar como asfixiante.

—¿Te acordás? —dijo Pablo señalando las fosas.

—No te acerques, puede haber perros adentro —advertí.

—¡Bah! —Arrojó la petaca vacía dentro de una de las fosas, desde donde brotó un aullido lastimero—. ¿Qué, tenés miedo? —Me miró con sus ojos encendidos de alcohol y de una rabia extraña—; siempre fuiste un petiso cobarde, un cagón. Como aquella vez —agregó al tiempo que se agachaba a recoger piedritas saltadas del pavimento—. ¡Cagón, reverendísimo cagón! ¡Si no fuera por los otros chicos ni te me habrías podido acercar!

Se me revelaba, sin pedirlo ni quererlo, el rencor antiguo de un niño grande, incapaz de madurar los treinta y pico de abriles mal vividos que cargaba; hablando de “los otros chicos”, como si estuvieran en alguna otra parte que no fuera el pasado irreversible al que aludía y que yo buscaba olvidar en la medida de mi propia infelicidad presente. Pablo seguía hablando; me enfrentaba. pero más que temerle a él me asustaba y repugnaba su insensatez, su enfermiza fijación por el tiempo perdido e irrecuperable de la infancia. Estaba tan pegado a esos recuerdos tontos como yo a querer desmemoriarme de ellos. Pero Pablo insistía; me hacia frente…

—¿Por qué no me pegás ahora, si sos guapo? Ahora no están los chicos para que te defiendan…

Pablo tenía toda la razón. Estábamos solos en medio de la nada; con algún que otro perro de testigo y con la noche cayéndonos encima.

Su aliento etílico me rozaba la cara. Esos ojos furiosos. Sí; sentí miedo. Y lástima. Por él; por mí. Dije: “no te pego porque sos más fuerte. Y porque es estúpido hacer cosas de chicos. Los chiquilines se agarran a las trompadas; los hombres, no”.

—Lo que pasa es que tenés miedo.

—Lo que pasa es que pasaron veinte años de una chiquilinada y tus rencores resultan ridículos.

Pablo insistía con su cantinela maniática.

—Lo que pasa es…

—¡Entones pegame vos a mí! —Se me escapó a gritos—. Dale. Demostrá lo que somos; dos perfectos perdedores. Sin mujer y sin hijos. Sin estudios ni amigos. Dos perdedores infelices y aburridos.

Me dio la espalda violentamente y escuché su risa desencajada. Empezó a arrojar las piedritas que tenía en la mano a cada una de las fosas, riendo con atolondrada porfía; repitiendo el sonsonete como un cántico infantil.

—Tiene miedo, tiene miedo…

Los perros comenzaron a emerger de las fosas. Bostezando, gruñendo. A Pablo parecía divertirle muchísimo interrumpir el sueño de esas bestias, tanto como le gustaba gritarles, y herirlas. Seguía tirando piedras y doblándose de risa. Era un espectáculo grotesco. Irritado, me desencaminé hasta el borde de la plataforma. Era absurdo permanecer allí, con ese pobre canalla que fue Pablo.

—¿Qué? ¿Te vas? —me gritó—. ¿Cómo vas a volver?

—Caminando, imbécil —contesté en un alarido.

Ojalá me hubiese perseguido para trompearme. Habría sido lo mejor. Se quedó ahí rumiando su cantinela, hiriendo a los perros, que daban vueltas a su alrededor, molestos. Salté la explanada. Recuerdo una luna llena y silenciosa en el lejano firmamento. La oscuridad cerrada y el frío como mordeduras sobre la piel. Mis deseos de escapar corriendo.

Absorto en su mundo infantil, Pablo llegó a gritarme algo y rio una última vez al oír el aullido de dolor de uno de los perros, al que acababa de dar en el blanco con otra de sus municiones de piedra. Me di vuelta justo en el momento en que la jauría se arrojaba sobre él. Me cubrí los oídos para no escuchar su grito entre los ladridos. Y escapé, corriendo.

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

martes, 11 de noviembre de 2025

DONDE BRILLA LA LUZ MALA

Laura Irene Ludueña

 

 

Pasar las vacaciones en la casa de mis abuelos en el campo me encantaba. El abuelo Domingo era un maestro contando historias, y nosotros adorábamos esas noches tibias en que se sentaba en su sillón de totora, con la lámpara a querosén proyectando sombras en la pared. Tenía una voz grave, pausada, una mirada profunda que parecía ver más allá de lo que decía, y una postura encorvada que le daba un aire de sabio antiguo.

Recuerdo que solía decirnos que uno puede no creer en las cosas del otro mundo, pero que igual conviene tenerles respeto. Que no hay que burlarse de lo que cuenta la gente de campo, ni de las islas, ni de los que aseguran haber visto fuegos flotando entre los pajonales al anochecer. Hablaba de almas en pena, de caballos que no pisaban ciertas partes del monte y, sobre todo, de la luz mala.

—¿Qué es la luz mala, abuelo?

—Es un fuego que camina por los campos como si buscara algo —decía—. Quizás una deuda o una tumba sin nombre. El que la ve no tiene que mirarla fijo, tampoco debe acercarse, ni hablar, ni pensar en cosas feas.

Mis primos Julio y Marito se burlaban de mi hermana y de mí porque, como porteñas que éramos –solo veníamos al campo por unas semanas durante las vacaciones–, teníamos terror de encontrarnos con un espectáculo de esa naturaleza durante nuestra estadía. Pero ellos, nacidos y criados entre vacas y alambrados, decían que esas cosas eran puro cuento. Hasta que lo vivimos en carne propia.

Fue hace más de treinta años, pero lo tengo grabado como si fuera ayer. Era un fin de semana largo del mes de marzo, y habíamos ido a pasar unos días a la casa de los abuelos. Una tarde acompañamos al abuelo a un campo vecino a llevar unas herramientas que le habían prestado. Como don Ezio tenía problemas con unas terneras, el abuelo se demoró explicándole cómo había curado a las suyas. Mientras tanto, nosotras jugábamos en el patio de la casa. La cuestión es que se hizo de noche y todavía estábamos ahí.

Emprendimos el regreso en el carro tirado por un caballo llamado Maravilla, cosa que nos encantaba. El abuelo tenía un auto viejo en el que solía movilizarse, pero cuando estábamos las porteñitas, como solía llamarnos, nos llevaba en el carro porque sabía que era nuestro medio de transporte preferido. Al principio todo iba bien. El aire estaba quieto, cargado del olor dulce de la tierra húmeda, y las estrellas titilaban como si nos saludaran desde arriba. Pero de golpe, Maravilla se frenó en seco. Empezó a resoplar y a sacudir la cabeza. Fue entonces que la vimos. Flotando sobre el pasto, a unos metros, había una luz. Pero no era cualquier luz. No venía de una linterna, ni de un auto, ni de una casa. Era una bola de fuego, rojiza, pulsante, como un corazón enfermo suspendido en el aire. Se movía despacio, pero no oscilaba con el viento ni proyectaba sombra. Y lo peor, tampoco hacía ruido.

El abuelo nos hizo señas para que no habláramos. ¡Cómo íbamos a hacerlo si estábamos muertas de miedo! Recuerdo que el campo parecía haberse vuelto mudo. No cantaban los grillos, ni las ranas, ni se escuchaba el crujido de ninguna rama. Era un silencio que asustaba. Miré a mi hermana y me di cuenta de que se sentía igual que yo. De pronto, algo me apretó el pecho, sentí que el aire se había vuelto pesado y me empujaba. Maravilla retrocedía de a poco, como si el instinto le dijera lo que nosotras aún no queríamos aceptar.

El abuelo intentó hacerlo dar la vuelta, pero Maravilla no se movía. Nosotras tampoco. Parecía que algo invisible nos sujetaba. Pero el abuelo Domingo, conocedor de estas situaciones, nos miraba con ternura para tranquilizarnos. Mientras tanto, la luz flotaba hacia nosotros, lenta, como si no tuviera ningún apuro. En ese momento, me acordé de las palabras que el abuelo nos había dicho una vez: “Cuando aparece la luz mala hay que pensar en algo bueno y, si se puede, rezar alguna oración.”

Yo no era de rezar mucho, pero cuando miré a mi hermana me di cuenta de que lo estaba haciendo. Así que dije todas las oraciones que me acordaba: el Padrenuestro, el Ave María, la del Ángel de la Guarda… hasta la bendición que mi mamá nos decía cuando nos íbamos a dormir.

De pronto, el aire se liberó. Maravilla relinchó fuerte y salió al galope. El abuelo no dijo nada, pero tenía una sonrisa en los labios. Mi hermana y yo ni siquiera nos atrevimos a mirar atrás para ver qué había sido aquello.

Al llegar a la casa, me bajé temblando. Mi hermana no podía hablar del susto, pero yo enseguida conté lo que nos había pasado a la abuela, a mi mamá, a Marito y Julio, que habían ido a cenar. Nadie creyó del todo lo que conté. Mis primos se reían, mientras mi hermana seguía muda. Me dijeron que seguramente había sido algún gas del suelo, una luciérnaga gigante o una alucinación. Pero los abuelos y mamá me miraron de una forma que no olvido. Como quien ya sabe lo que uno no se anima a nombrar.

Cuando volvimos a Buenos Aires se lo conté a mis amigas de la escuela, que sí me creyeron. Recuerdo que me miraban asombradas mientras yo engalanaba el relato con algunos agregados fantásticos que lo enriquecían. Sin embargo, cada vez que volví al campo de los abuelos, me negué a salir de noche. Y aún hoy no lo hago.

Por ahí dicen que, cada tanto, en las madrugadas de calor, cuando el aire se espesa y la humedad se vuelve rara, alguien ha visto una luz allá lejos, entre los pastizales. Dicen que no alumbra, que no calienta, que solo flota. Y que cuando aparece, es mejor no preguntar. Porque hay cosas en el campo que no son reales ni fantásticas.
Son apenas historias del campo, esperando oídos atentos dispuestos a escucharlas.

Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022) y el ensayo Justicia social y resistencia conservadora: la ciudad de Rafaela en los años cuarenta. Su intensa actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo sus compañeros. Su labor está reflejada en este blog.


MÁS ALLÁ DE LA INTERNET DE LAS COSAS

João Ventura

 

Cuando la Internet de las Cosas llegó con fuerza, encontró a Flavio Ramos como uno de sus más fervientes seguidores. Inmediatamente inició un activo programa de sustitución de los objetos que tenía en casa por dispositivos inteligentes, a menudo en contra de la opinión de su esposa, llamada Adozinda, que no iba mucho al baile con las modernidades de su marido. Flavio a menudo la llamaba info-excluida y, semana tras semana, otro objeto inteligente entraba en la casa de Ramos.

Podemos mencionar el aire acondicionado, que se podía encender y apagar por Internet y que fijaba la temperatura y la humedad teniendo en cuenta las condiciones externas, el armario con una conexión directa al sitio web del Instituto de Meteorología y que cada mañana le presentaba la ropa adecuada para ese día, unos zapatos que le avisaban cuando había que lustrarlos, la nevera que informaba educadamente: "Se está acabando la leche. ¿Puedo incluirla en el pedido semanal o la va a traer cuando venga del trabajo?"

La tendencia a la generalización del Internet de las Cosas se acentuó, entre otras cosas porque la mayoría de los que se oponían a la innovación eran personas mayores quienes, debido al orden natural de las cosas y a pesar del continuo aumento de la esperanza de vida, estaban abandonando lentamente el mercado...

Y cuando la situación parecía haber alcanzado una cierta estabilidad, apareció una innovación que en el corto plazo cerraría la mayoría de las escuelas de formación profesionales.

La empresa responsable de este cambio radical fue Wireless Skills, spin-off de un consorcio formado por los departamentos de neurología de las cinco universidades estadounidenses más importantes, que llevó a cabo un proyecto cuyo resultado fue, después de cinco años de intensa investigación, un modelo operativo de cómo funciona el cerebro humano.

Basándose en este modelo, Wireless Skills desarrolló un dispositivo que permitía implantar en el cerebro de una persona las capacidades y habilidades de un profesional. El proceso a través del cual lo hacían era súper secreto, pero se decía que registran los patrones cerebrales de los mejores profesionales de cada oficio, que luego eran descargados por los clientes. Las habilidades para descargar se podían elegir de un catálogo que se iba ampliando día a día.

Cuando Flavio se enteró de la existencia de este invento en un foro geek al que se suscribió, inmediatamente ordenó una unidad, y diez días después recibió por correo urgente un paquete de Amazon con su dispositivo. Fue con un sentimiento de feliz anticipación que puso sus iniciales en la tableta del transportista.

Abrió el paquete y sacó con cuidado todo el contenido, dejando a un lado la caja en caso de que algo no estuviera en condiciones y necesitara ser devuelto.

Revisó la lista que venía con el pedido: un casco (provisto en la superficie interior de varios electrodos), una unidad de procesamiento y cables de conexión.

Flavio leyó atentamente el manual de instrucciones —era una persona muy meticulosa en todo lo que se refería a la tecnología— e hizo las conexiones con cuidado: desde el casco a la unidad de procesamiento y de allí al ordenador a través del puerto USB.

Como había planeado invitar a su jefe y a su esposa a una cena, que tendría lugar el fin de semana, decidió probar el recién adquirido dispositivo descargando las habilidades de un chef y preparando una exquisita comida. Ordenó los ingredientes necesarios a través de la red —caminar por los pasillos del supermercado recogiendo productos de las estanterías era, según Flavio, un claro identificador de los info-excluidos, por lo que nunca lo atraparían haciendo eso— y tres horas más tarde un empleado de la gran superficie de la que era cliente estaba llamando a la puerta con la orden.

Flavio puso la cámara de video en un trípode, para llevar un registro de su actuación, se puso el casco, y usando la contraseña que venía con el equipo, accedió al sitio web de Wireless Skills y después de dos o tres clics, la lista de habilidades disponibles comenzó a correr en la pantalla. Presionó la línea que decía Chefs y la pantalla se llenó de colores en movimiento, en un caleidoscopio que obligó a los ojos a fijarse de forma hipnótica, mientras sentía un hormigueo en la cabeza, en los puntos donde los electrodos tocaban el cráneo. Pasaron unos minutos antes de que los colores desaparecieran y apareció un mensaje que decía "Download completed". En ese momento el hormigueo en la cabeza también se detuvo. Flavio se quitó el casco y pensó: "No siento nada diferente, ¿se descargó realmente?"

Luego decidió empezar a preparar la comida que tenía en mente.

Sacó los lenguados del empaque térmico y empezó a separar los lomos de la columna vertebral. Parecía que sus manos actuaban independientemente del cerebro, como si siempre hubieran sabido cómo realizar esas operaciones.

Vertió aceite en la sartén, lo llevó a la temperatura ideal y frió los lomos de lenguado. Preparó una mayonesa, que batió vigorosamente hasta que estuvo a punto. Estaba preparando el vino para el banquete cuando su esposa entró en la cocina.

—¿Qué estás haciendo?

—Me estoy entrenando para preparar una comida usando Wireless Skills...

—Lo entiendo, pero ¿por qué mueves la botella de vino de esa manera?

Fue entonces cuando Flavio notó que estaba agitando vigorosamente la botella de Alvarinho Palácio da Brejoeira que había seleccionado para acompañar la comida. Le pareció extraño...

Dejó de hacer lo que estaba haciendo, conectó la cámara de vídeo al ordenador, descargó el archivo que había grabado y empezó a ver la grabación. Desde el principio le pareció que los gestos no eran muy apropiados para las operaciones que estaba realizando.

La forma como había separado los lomos de los lenguados, la forma como había agitado la mayonesa, todo parecía desajustado...

Con la premonición de que algo hubiera salido mal, Flavio volvió a acceder al sitio, abrió la lista de habilidades y la hizo deslizar a la línea Chefs. Luego notó que en la línea inmediatamente inferior, donde las habilidades estaban listadas en orden alfabético, era DIY. Do it yourself. ¡Hazlo tú mismo!

Sintió un escalofrío y de repente se dio cuenta de lo que había sucedido. Por error, había descargado, y su cerebro había absorbido, las habilidades de un fanático del bricolaje.

—¡Y ahora todo queda claro! —le explicó Flavio a Adozinda. La forma en que había quitado los lomos de los lenguados estaba mucho más cerca del movimiento de una espátula raspando el papel pintado que del sutil movimiento con un cuchillo afilado que había visto varias veces en el Master Chef. Cuando se vio batiendo la mayonesa, le pareció que estaba mezclando una lata de pintura amarilla recién abierta, y el agitar de la botella de vino que Adozinda había visto era como sacudir un bote de spray antes de aplicar la pintura.

Flavio tenía ahora un problema complicado que resolver: solo podía descargar las habilidades de cocina después de que el efecto de las habilidades que había absorbido había pasado, y según el manual de instrucciones el efecto de la descarga en el cerebro duraba de siete a diez días. Pero la cena estaba programada para cinco días. Adozinda, que era una mujer pragmática, encontró la solución.

—No te preocupes, haré la cena para tu jefe. Pero mientras tanto, hasta que esas habilidades que has absorbido desaparezcan, tenemos varias cosas aquí en casa que necesitan ser arregladas: las persianas del dormitorio, el tendedero, las puertas del armario que están caídas, el grifo de la cocina que siempre gotea, y encontraré algo más.

Y así se hizo, porque Flavio hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que la lógica de su mujer era en general imbatible.

Y el día de la cena, Adozinda preparó cordero asado en el horno, lo que hizo de maravilla y fue muy elogiado por el jefe y su esposa, que incluso le pidieron la receta. Y Flavio se volvió más cauteloso con las innovaciones tecnológicas.

¡Todo está bien cuando termina bien!

João Ventura es portugués, docente universitario, le gusta leer y escribir, es casado y tiene dos hijos. Como le gustan las palabras, creó en la blogosfera un espacio para ellas, que naturalmente se llama “Das palavras o espaço”, donde va colocando textos con cierta irregularidad. Ha publicado dos colecciones de cuentos: Tudo isto existe y el más reciente, O cidadão sem sombra. Vive en Lisboa.

 

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