martes, 17 de marzo de 2026

LA ESFERA CAÍDA DEL ESPACIO

Nino Martino

 

Nos sentamos a la mesa y comimos pasta con crema de brócoli.

—Buena —dijo Carlo.

—Pásame el guttiau —le pedí.

—¿Bueno, verdad?

—Mejor que ciertos guttiau que encuentro en los supermercados en Cerdeña.

Nuestra conversación era amable y de lo más cotidiana.

Afuera, amortiguado, se oía el trasiego de una pequeña multitud.

Ya sin pudor se apiñaban en nuestro sendero, delante de la esfera.

—Intolerable —dijo Carlo.

—Escucha —prorrumpió al fin—, pero esto del test y del verificador no lo he entendido bien. ¿Qué clase de prueba representa poner una esfera de dos metros de diámetro en nuestro sendero? NUESTRO, ¿entiendes?

—Yo me habría hecho una idea.

—A ver.

—Es una pura suposición, claro; si eso es alienígena, razona como un alienígena y, por definición, se nos escapa una comprensión verdadera.

—Venga, dispara.

—No sé, una hipótesis como otra cualquiera. Una civilización alienígena quiere entender cómo somos y nos hace caer una esfera reluciente en el sendero, aprovechando una tecnología espaciotemporal completamente desconocida para nosotros, y se queda observando y registrando cómo reacciona la gente, cómo reaccionamos.

—¿Los simios ante el monolito negro de 2001: Odisea del espacio?

—Algo así.

—¿Y luego qué hacen con el test?

—Bueno, si estuviéramos en un relato de ciencia ficción y lo superáramos, nos admitirían en la federación intergaláctica.

—¿Y si no lo superamos?

—Bah, en general nos ignorarían para siempre o quizá durante un tiempo, o bien…

—O bien nos destruirían como se hace con una peste del cosmos —concluyó Carlo.

Eché un vistazo al móvil mientras tomaba otra lámina de guttiau. Siempre lo he considerado una especie de droga, cuando es bueno. Me refiero al móvil, no al guttiau.

—Lo están poniendo todo en la red: Instagram, TikTok, Facebook, etcétera. Mira.

—Ya sabes que las redes sociales me repugnan.

—Anda, solo echa un vistazo, así ves cómo está reaccionando la gente; no puede hacerte demasiado daño, venga.

De mala gana tomó mi móvil y miró.

—Estamos acabados —dijo tras un rato de zapeo entre hilos de asombro, insultos, corazones, TikTok, influencers. Alguien incluso había subido fotos de gatos maravillosos, los verdaderos alienígenas, decían, consiguiendo un centenar de “me gusta”.

—No, Carlo. La fruta ya la hemos terminado.

—Tienes razón. Pero todavía no hay nada en las noticias de los periódicos, menos mal. No me gusta ocupar un lugar en la crónica.

—Piensa en los que harían lo que fuera por estar en nuestro lugar.

—¿Y por qué?

—Llegar, hacerse famosos a cualquier precio. No dejarían pasar una ocasión como esta. Piensa: entrevistas en televisión, mesas redondas de charlatanes profesionales, encuentros con…

—Basta así, espero que no pase nada de eso.

Y sin embargo, llegó una joven reportera, con camarógrafo incluido. ¿Atraída por el gentío? ¿Por las redes donde proliferaban reels, TikTok y selfis, incluso audaces y provocativos?

Lo cierto es que se abrió paso entre la selva de móviles.

El camarógrafo hizo un zoom sobre la esfera y luego giró la cámara para encuadrar los rostros excitados.

La reportera se acercó a una joven elegida al azar, o quizá con el olfato y el arte de una periodista ambiciosa.

—¿Qué está pasando? ¿Nos lo puedes decir? ¿Qué es esta gran esfera brillante?

La joven estaba emocionada.

—Es la esfera caída del espacio, es maravillosa, la vi y me dije: “esto no puede existir”, es demasiado hermosa.

—¿La esfera caída del espacio?

—Sí, es así, me lo han dicho muchos. El primer contacto con un alienígena y yo estoy aquí. Es emocionante, estoy conmocionada.

—¿Cómo vives esta experiencia?

—O sea, ¿entiendes?, es el otro, lo que no eres tú, es una esfera, inmóvil, y es una esfera, ¿entiendes?

—Entiendo.

La reportera deambuló de uno a otro, hizo filmar rostros, movimientos, la gente que se amontonaba, y luego se dirigió a nuestra puerta y llamó.

—Lo sabía —dijo Carlo—, no es nuestro día.

—Vamos, abramos y nos hacemos famosos también nosotros.

Abrí la puerta. La reportera estaba un poco despeinada de manera estudiada, según la moda reciente, con su túnica ligera.

—¿Es suya la esfera?

—No, no es nuestra.

—¿Es cierto que viene del espacio? —preguntó, acercando el micrófono casi a la boca de Carlo.

Carlo estaba cada vez más impaciente.

—¿Cómo voy a saberlo?

—Pero está en su jardín.

—No sé de dónde viene.

La entrevistadora se apartó y se dirigió a la cámara.

—Hay reticencia. No quieren hablar. ¿Qué hay detrás de la esfera caída del espacio?

Nos abandonó para correr hacia una anciana que observaba, atónita, toda la confusión.

—Señora, ¿cómo está viviendo la experiencia con la esfera caída del espacio?

—Yo estaba en el jardín de al lado, soy vecina de estos dos, y de repente temblaron las paredes y salí corriendo. Temía por mis palomas.

—¿Por sus palomas?

—Tengo una jaula con dos palomas. Los huevos de paloma son buenos.

—Claro, son excelentes. ¿Y conoce bien a sus vecinos?

—Son dos hombres simpáticos, muy corteses, cuando me ven me saludan. Personas muy correctas.

—¿No observó nada extraño antes de hoy?

—No, pero siempre me saludan y me preguntan cómo están mis palomas. Gente decente, educada. Pero me asusté, pensé que era un terremoto y salí corriendo.

La reportera volvió a dirigirse a la cámara.

—Creemos que las autoridades competentes deben intervenir. ¿Por qué no han intervenido todavía? Damos paso a la redacción, les mantendremos informados sobre el desarrollo de la situación.

Se alejó mezclándose con la gente.

Ya no oíamos lo que decía.

La señora de las palomas nos miró y nos guiñó un ojo. Luego hizo el gesto de boca cosida.

—Pero en realidad… —empezó Carlo.

La señora volvió a entrar en su casa tras otro gesto que podía interpretarse como un “¡eh, pilluelos!”.

Entramos en casa.

—Aquí hace falta una cerveza amarga —dijo Carlo.

—¿Amarga?

—Con todo el lío que hay en nuestro patio, hace falta amarga. Una Guinness.

—¿Tienes una Guinness?

—Siempre tengo una Guinness de reserva para los momentos difíciles.

—¿Para ustedes son momentos difíciles? —preguntó una voz armoniosa.

Nos volvimos de golpe. En medio de la habitación había un punto luminoso azul, tembloroso, transparente, que distorsionaba lo que había detrás.

—Eres tú, ¿pero no estás afuera? —dijo Carlo, llevándose una mano al cabello gris.

—Registrada una percepción del espacio-tiempo muy somera.

—¿Y qué más has registrado hasta ahora?

—Todo lo que sucede a mi alrededor en un radio de cien metros.

—¿Por qué? ¡Maldita sea, por qué!

—Soy un verificador.

—¿Y entonces?

—Un verificador debe verificar. Estoy ejecutando un test según protocolo. ¿Por qué son momentos difíciles para ustedes?

—Odiamos todo este caos que está ocurriendo a tu alrededor, seas lo que seas.

—No soy lo que sea, soy un verificador.

—No sabes lo que está pasando en las redes —intervine.

—Lo sé perfectamente, estoy registrando. Eso también forma parte del test.

Nos quedamos mirando, embobados, el punto azul tembloroso, que se expandía y contraía como un pequeño corazón.

—¿Pero cómo accedes a las redes?

—Registrada una nueva visión grosera de la realidad.

—No te creo —dije.

—En este momento, en la red social *** hay dos largos hilos de insultos hacia ustedes, acusándolos de exhibicionismo; en otro se defiende el orgullo de ser humanos… En algo que llaman TikTok hay varios videos de danzas que deberían inducir trance, luego…

—Está bien, está bien —corté.

—En otros hilos de discusión, especialmente en ***, se habla de una invasión en curso de alienígenas esféricos y de una posible connivencia con dos sucios seres humanos que…

—De acuerdo, de acuerdo…

Intervino Carlo:

—¿Y tú registras todo?

—Claro, forma parte del test.

—¿Pero qué clase de test de mierda es este?

—Ya se lo he explicado y ahora registro la necesidad de volvérselo a explicar.

—No, no, detente, no queremos que…

Llamaron a la puerta. Carlo me miró imperioso.

—Esta es tu casa, podrías abrir tú de vez en cuando, ¿no? —dije.

Fui a abrir, resignado.

Dos hombres vestidos de gris mostraron rápidamente una credencial incomprensible y entraron casi por la fuerza.

—Pero, digo, ¿quiénes son ustedes?

El más alto, con el pelo al cepillo, mandíbula cuadrada reglamentaria y ojos azules y glaciales, se plantó ante mí.

—¿De dónde han sacado esta esfera? Hemos intentado moverla pero parece inamovible.

—No es nuestra.

—¿Y cómo es que está aquí?

—Explíquennoslo ustedes —añadió el otro—. Una esfera caída del espacio, dicen en las redes.

—¿Pero quiénes son ustedes?

—No les interesa saberlo, seguridad nacional.

—Ayer hubo un pequeño terremoto —intenté explicar—, abrí la puerta y encontré la esfera ocupando el sendero de entrada.

—¿Esa es su versión? —preguntó Mandíbula Cuadrada.

—Es lo que ocurrió —intervino Carlo—, no es una versión.

Mandíbula Cuadrada intercambió una mirada con el otro, que se encogió de hombros.

—Es conocida su simpatía por China —dijo el otro.

—¿Simpatía por China?

—Hemos realizado una investigación de seguridad nacional. Hay un expediente sobre sus actividades políticas en el 68.

—Bueno… —empecé.

—Además, con frecuencia, demasiada frecuencia, reciben paquetes que aparentemente contienen té pu-erh, tanto shu como sheng, traídos directamente de China y no de uno de los muchos proveedores europeos o nacionales.

—Soy yo quien bebe mucho té pu-erh —confesé.

Se miraron de nuevo y sonrieron al unísono.

—¿Y esto les ha parecido un excelente truco? —dijeron.

—El que viene del proveedor chino es el mejor, un poco caro, pero es mejor.

—Ajá.

—¿Ajá?

—Tienen simpatías no acordes con los objetivos nacionales.

—¿Pero qué tiene que ver eso con la esfera?

—Eso deben explicárnoslo ustedes.

—No podemos.

—La esfera no ha sido detectada por la red de vigilancia satelital. No viene del espacio. La esfera caída del espacio es una patraña que han difundido ustedes —afirmó Mandíbula Cuadrada.

—¿Nosotros? —dije, incrédulo.

—O nos dicen qué es o tendremos que pedirles que nos acompañen.

—Es un verificador —intervino bruscamente Carlo.

—¿Qué es un verificador? —preguntó Mandíbula Cuadrada.

—Un objeto que verifica.

Nos miraron en silencio.

—Se lo preguntamos y nos habló y nos dijo eso, que él/ella es un verificador.

—Una esfera que habla… —se burlaron.

—Pregúntenle, y les responderá. Que uno de ustedes vaya a preguntarle.

No se movieron.

—Pregúntenle, vamos, verán que habla.

El compañero de Mandíbula Cuadrada bufó.

—¿Un viejo truco para separarnos? Ven demasiadas películas de espionaje.

—Odiamos las películas de espionaje —interrumpió Carlo.

—Pruébenlo ustedes. Nosotros observamos.

Carlo hizo un gesto de resignación.

—Verificador, habla y diles a qué has venido.

Esperaron en silencio. No había ningún punto azul tembloroso. Desde fuera crecía el murmullo.

—¿Una esfera que habla, eh? ¿O quizá un artefacto nuclear chino?

—¿Un artefacto nuclear chino? —repetimos atónitos.

—Estamos perdiendo el tiempo —dijo el compañero de Mandíbula Cuadrada.

Hablaron brevemente, de manera incomprensible, a un micrófono oculto en la solapa.

—Están bajo arresto domiciliario y actuará la seguridad nacional.

—¡No hemos hecho nada! —se alteró Carlo—. No pueden arrestarnos, además ustedes no son la policía.

—Exacto, somos de seguridad nacional y ustedes quedan bajo arresto domiciliario hasta nueva orden.

—Pero… —intenté decir algo.

Pero ya se habían dado la vuelta al unísono y salieron. Miraron brevemente la esfera, con cautela, tomaron fotografías con un reloj que llevaban en la muñeca –o eso creí– y se alejaron rápidamente, uno junto al otro, saltando ágilmente la valla para evitar la multitud.

—No puedo creerlo —susurró Carlo—, parece una serie de televisión basura.

—Me temo que, aparte de la esfera, vivimos realmente en una realidad que supera con creces la peor basura del mercado —dije.

—Registro sus afirmaciones —dijo el punto azul tembloroso, reaparecido de repente.

—¿Por qué antes no hablaste con los agentes de seguridad nacional?

—Formaba parte del test.

Desde fuera llegaba un coro de consignas. Entornamos de nuevo la puerta.

La esfera brillaba en el sendero. Algunos habían intentado moverla sin éxito.

—¡Esfera espacial libre! ¡Esfera espacial libre! ¡Liberen las esferas espaciales! —gritaba un grupito beligerante.

Otro grupo estaba de rodillas y parecía rezar. No oíamos sus palabras.

Cerramos rápidamente la puerta.

—Así estamos, así estamos… —dije desanimado.

—Test de admisión intergaláctico concluido —anunció el punto azul tembloroso.

—¿Concluido? —dijimos al unísono Carlo y yo.

—Todo ha sido registrado y se adjunta al veredicto del test.

—¿Veredicto? ¿Qué veredicto? —dije.

—¿Hemos superado el test? —preguntó Carlo, apenas ocultando un hilo de ansiedad.

—Pregunta típica de ansiedad de aprobación. También se adjunta como confirmación del veredicto.

—Pero… —empezó Carlo.

Hubo como una sacudida sísmica y el punto azul desapareció.

—Se fue —dije.

—¿Se fue?

—La esfera. Se fue.

Oímos gritos.

Abrimos un resquicio. La gente seguía huyendo por la sacudida.

Y la esfera ya no estaba.

Cerré la puerta. Nos miramos en silencio.

Carlo estaba desanimado.

—Me habría gustado saber el veredicto —dijo al fin.

—¿Por qué? ¿No lo sabes?

—Bueno, yo…

—Eh, no lo sabes, quizás, ¿eh? —lo apremié.

El cielo afuera estaba despejado, sin nubes. El seto de aligustres estaba en flor y perfumaba intensamente, y la gente había desaparecido.

Entonces abrimos otra cerveza y empezamos a beberla directamente de la botella, en silencio y sin mirarnos siquiera. Una Guinness cada uno.

Carlo no tenía una cerveza más amarga que la Guinness.

Nino Martino creció en Génova, donde se licenció en Física. Profesor de matemáticas y física, ha vivido y trabajado en Milán, Lipari y Cagliari. En la década de 1960, publicó relatos de ciencia ficción en las revistas Oltre il cielo, Galaxy y Galassia; posteriormente, cofundó y codirigió dos revistas: Il Gioco della materia e delle idee para el Departamento de Física de Génova y Asterischi di Fisica en Cagliari. Publicó el ensayo «Educazione scientifica e curricolo verticale» (Educación científica y currículo vertical) (2015) y gestiona la web La Natura delle Cose, donde publica sus trabajos junto con un grupo de científicos, filósofos y críticos literarios. Actualmente jubilado, continúa su labor como formador de docentes y ha retomado su gran pasión: la ciencia ficción.

LA DONCELLA, LA LANZA, EL CÍRCULO Y EL CORAZÓN

Jasmina Blažić

 

A causa de los fuertes golpes, la puerta del muro que cercaba la propiedad saltaba y chirriaba. Por fin se abrió una pequeña ventanilla y asomó una anciana cuyo rostro marchito y tostado por el sol apenas alcanzaba el borde de la abertura.

Habían pasado veinte años desde la última vez que la había visto, pero Frane comprendió de inmediato que era Marija, la sirvienta de Elvia.

—Necesito ver a la señora Elvia Donora —le dijo.

Ella no lo reconoció. Ya no se parecía en nada a aquel Frane, el antiguo prometido de Elvia, que tantos veranos atrás, decepcionado y traicionado, había partido de la noche a la mañana hacia el oeste para ponerse al servicio de algún caballero franco, antes que vengar la afrenta recibida.

—La señora desea saber quién es usted —respondió Marija con voz exigua.

Él pensó en su rostro desfigurado por innumerables cicatrices, en la joroba que se había formado en medio de su espalda cuando, tras una batalla, los huesos rotos soldaron torcidamente, en la pierna mutilada que desde entonces arrastraba al caminar, torciendo el cuerpo a cada paso.

—Francesco Perozzi —contestó, de pronto avergonzado, consciente de su aspecto y de su fealdad.

El regreso de la Guerra Santa, la riqueza y las tierras que su señor Raymond le había concedido, en aquel momento no podían compensarle la juventud y la salud perdidas. Además llevaba barba y, vestido con ropas poco comunes en aquellos lugares, parecía casi uno de los infieles contra los que había combatido durante tantos años.

Frane sacó de su pecho la extraña concha de una pequeña caracola azul y se la entregó a Marija. Ella entró en la casa y, al cabo de un rato, volvió para hacerlo pasar.

Al entrar vio un patio desierto, cubierto de hierbas salvajes que habían crecido sin control. La casa, pequeña, estaba silenciosa, y la habitación era sombría y escasamente amueblada. En el pueblo le habían dicho que, desde que su marido había muerto poco después de la boda, nadie había vuelto a ver a la señora Elvia. Se contaba que la muerte del esposo había sido un castigo divino, porque a Elvia, ya prometida a Frane Perica, sus padres la habían vendido a aquel anciano y la habían llevado de noche, sin boda pública, a la residencia de su futuro marido, en la soledad del promontorio donde día y noche se mezclan el viento del oeste y el del sur. Después de aquello, el prometido engañado desapareció sin dejar rastro.

Ahora Frane esperaba ver aparecer ante él a una viuda envejecida y amarga. La joven que entró en la habitación se parecía de forma sorprendente a la Elvia que él recordaba.

—No sabía que la señora Elvia tenía una hija —logró decir al saludarla.

—Yo soy Elvia —respondió ella—. Y no tengo hija.

Miró primero a ella y luego a Marija. El aire parecía no salir de sus pulmones.

—¿Qué ha sido de Frane? —le preguntó.

La concha giraba entre sus dedos. No lo había reconocido a él, pero sí el objeto que le había regalado, en una playa solitaria en una tarde parecida, después de hacer el amor, casi un cuarto de siglo atrás. Solo que entonces ya no se atrevió a decir que él era ese Frane. Ni siquiera podía hablar con soltura en su lengua materna. Todos allí lo consideraban simplemente un extranjero que conducía por tierra una parte del ejército y de la gente que lo acompañaba desde Tierra Santa hacia su hogar, lejos, en el oeste.

Por eso transmitió a Elvia supuestos saludos de Frane, le explicó que este había decidido quedarse en tierras extranjeras y salió cojeando rápidamente de la casa, confundido y desesperado. No podía, así mutilado, lleno de cicatrices, canoso, barbudo, con los dientes en mal estado, confesarle a ella, una mujer hermosísima y prodigiosamente joven, que era su antiguo prometido.

—¿Cómo es posible —preguntó a Marija en el patio— que la señora Elvia haya permanecido tan joven?

Marija miró con temor hacia la casa. Desde arriba ardía el sol de agosto. Todo, incluso el muro de piedra, olía a hierbas. La única ventana de aquel lado de la casa estaba cerrada con un pesado postigo de madera.

Marija no quiso hablar hasta que él sacó de una bolsa de cuero escondida bajo el cinturón una moneda de plata, y luego otra. Ella las apretó en su pequeña mano nervuda y las ocultó bajo el gastado delantal.

—En el pueblo dicen que son cosas del diablo —dijo al fin, mirando hacia la ventana. Señaló el muro cerca de la puerta de entrada. Frane vio un pequeño círculo de tierra desnuda, roja, seca y resquebrajada, sin una sola brizna de hierba—. La señora Elvia se pone cada día dentro de ese círculo. Dice que lo descubrió cuando descansaba allí, a la sombra, en las tardes calurosas, al principio mientras sufría por haber sido obligada a casarse con el señor Donoro, y luego cuando él murió. Cuando se queda allí, el tiempo retrocede para ella y permanece joven, con rostro de doncella y cuerpo virginal, ya que de todos modos la habían entregado a un marido viejo e impotente.

—¿Por qué no sale entre la gente? —preguntó Frane.

En Tierra Santa había visto muchas maravillas. Incluso llevaba una en secreto en este viaje, rumbo a Roma, según el último deseo de Raymond. Pero algo como aquello jamás lo había oído.

—Elvia dice que todos la engañaron. Su padre, Frane, su madre que no la protegió, la gente que guardó silencio ante todo aquello. Espera a que todos los que la conocen mueran. Entonces saldrá y vivirá la vida que desea y se reirá del polvo de los mortales.

Frane había visto mujeres hermosísimas: nobles, bellezas de harén, vírgenes en los mercados de esclavos. Raymond de Saint-Gilles lo recompensaba generosamente después de cada batalla, incluso le entregaba algunas de sus amantes. Y Dios sabía cuántos hijos había sembrado desde Provenza hasta Jerusalén. Pero cada vez, en ese momento final cuando amaba a una mujer, su éxtasis se llenaba también de desesperación, en la que veía el rostro de Elvia.

—¿Menciona Elvia alguna vez a Frane? —le preguntó en voz baja a Marija.

Había esperado que Elvia lo reconociera de algún modo, que ignorara su fealdad y su vejez, que dijera que nunca había dejado de amarlo.

—A veces. Dice que huyó como un cobarde —respondió ella—. Y, señor Francesco —añadió—, la fuerza impura que viene de las entrañas ardientes de la tierra, como desde el infierno, y que la rejuvenece, la vuelve mala. Nunca me permitió ponerme en ese círculo, aunque llevo mucho tiempo enferma. Elvia dice que esa fuerza no cura, que no serviría de nada volver a ser joven. ¡Joven y enferma! Ah, cuánto trabajo tendría conmigo entonces, eso es lo que dice.

Frane soltó el caballo atado al liso tronco de un ciprés y, antes de marcharse, miró una vez más el círculo en la sombra del muro.

El caballo partió al trote ligero por la vieja calzada romana a través del bosque hacia el puerto. Allí el mar borboteaba entre las piedras derrumbadas del rompeolas y, en tres barcas medio hundidas, los cangrejos permanecían inmóviles. Frane regresó hacia el interior del promontorio y, por un sendero entre la maleza baja y densa, se dirigió al campamento situado a mitad de camino de Pole.

En el campamento había algo menos de trescientas almas. Caballeros, escuderos y sirvientes, junto con otros hombres y mujeres, descansaban bajo tiendas y lonas extendidas sobre ramas, en la sombra de arbustos altos y espesos. Los enfermos, los niños y los heridos se habían instalado bajo el pórtico de madera delante de una pequeña iglesia de piedra. Construida en la soledad de una suave ladera cerca del mar, estaba dedicada a Foška, una santa que, siendo aún muchacha, murió decapitada por su amor a la nueva fe. Por eso, además de los hombres de Frane, había allí bastantes peregrinos recién llegados en busca de curaciones milagrosas.

Un sirviente le sirvió carne asada de corzo, cazado por la mañana en el matorral. Frane entró en la tienda. Allí, apoyada junto a las demás armas, yacía la lanza cuyo contacto ya había curado, ante sus propios ojos, a varios heridos o enfermos. Cuando Raymond estaba muriendo, Frane le había jurado que entregaría la lanza al sucesor del papa Urbano II, con cuya bendición, diez años atrás, ansiosos de gloria y llenos de fervor y fe, habían partido hacia Tierra Santa.

Hasta entonces Frane había ocultado durante todo el viaje que llevaba aquella reliquia. Antes ya había sido testigo de saqueos y derramamientos de sangre provocados por el deseo de poseerla. Pronto, cuando la entregara en las manos correctas, él y sus descendientes, si Dios se los concedía en aquel momento tardío de su vida, tendrían aseguradas la riqueza y el poder.

Acarició la vieja lanza romana, humilde al lado de la brillante hoja de su espada. Raymond la había encontrado en las profundidades de Antioquía, siguiendo las indicaciones de un monje vidente. Sin duda había sido clavada en el cuerpo del moribundo Jesús y, consagrada por su sangre, había absorbido el poder divino. Pero el destino había querido que estuviera lejos de Raymond cuando este murió el año anterior, durante el asedio de Trípoli, en un incendio. A pesar de los cuidados de Frane, su señor, sin recuperarse de las quemaduras, afligido y furioso por no lograr penetrar en la ciudad, entregó su alma al Juicio Final. El propio Frane también había resultado herido en aquel combate y, en algún lugar del pecho, adherido a los músculos, llevaba todavía atrapado un fragmento de una flecha de hierro.

Frane Perica, ahora conocido como Francesco Perrozzi, caballero honrado y leal, pensaba en la soledad de su tienda en la santa Foška, en los lisiados cuyo murmullo llegaba hasta él como un zumbido monótono, en la Santa Lanza y en aquel círculo del patio de Elvia.

Por la noche, cuando el frescor descendió sobre la gente calmada por la oración y una niebla se extendió sobre el mar como barro gris, Frane se escabulló del campamento y se dirigió a la propiedad de Elvia Donora. Con la lanza milagrosa apartaba ante el caballo serpientes y lagartos que calmaban su sed con el escaso rocío en las grietas de las rocas poco profundas.

Era casi medianoche cuando entró en el patio. Dejó el caballo en el olivar y saltó el muro por la parte más baja.

Dejó la lanza, se acercó al círculo y se sentó sobre la tierra seca en su centro. Pensaba que volvería a ser joven, y que la lanza lo ayudaría a curar el fuego de sus articulaciones y el dolor de sus huesos. Mientras permanecía así, lo venció el sueño y sus deseos se disolvieron en el sopor.

Lo despertó un dolor terrible. Aterrorizado, comprendió que el sonido que oía provenía de sus huesos al quebrarse, los mismos que, mal soldados, ahora volvían a romperse y a enderezarse. Pasó la mano por su rostro cubierto de sudor frío y volvió a sentir la piel lisa. Pero cuando tocó su cabello, inusualmente abundante y fuerte, el mayor dolor que había experimentado en su vida le atravesó el pecho.

Su grito despertó a Elvia y a Marija, que ya estaban sobre él con velas en la mano, mirando el cuerpo que se retorcía y se sacudía en el suelo como si estuviera poseído. Elvia limpió algo negro de sus labios. Con horror comprendió que era sangre.

Frane vio cómo Marija lo observaba con asombro. Oh, sí, ahora era exactamente como había sido en su juventud, y por fin Marija comprendió quién era. Sus ojos, sin embargo, habían conservado la misma expresión, y por eso él había esperado que Elvia lo reconociera al menos por ellos.

La sangre llenaba cada vez más su boca. Comprendió que aquel fragmento de hierro atrapado en su pecho, desplazado por los cambios de su cuerpo, probablemente había perforado los pulmones, tal vez incluso el corazón. La lanza estaba al alcance de la mano que aún podía mover, pero no por mucho tiempo. Debía tomarla, colocarla sobre sí y pedir a Dios el milagro de la curación.

Pero la mirada de Elvia, cuyo corazón no lo había reconocido porque había dejado de amarlo mucho tiempo atrás, detuvo su movimiento. Las manos insensibles de la mujer, apartadas con repugnancia de su aliento, borraron en un instante la fuerza de la sangre de todas aquellas batallas con las que había comprado la vida eterna y el derecho a la felicidad.

Al amanecer, mientras Elvia dormía un sueño virginal, bañada y despreocupada sobre un almohadón lleno de hierbas aromáticas, Marija comenzó a cavar una tumba en el rincón más apartado del jardín. Las sombras de la mañana se volvían grises como las hojas del olivo y desde el patio empezó a sentirse el aroma del helicriso. La tierra estaba tibia como si la noche no hubiera existido, y en el este la plata del mar se fundía con la del cielo.

Al mediodía, Marija puso una piedra sobre la tumba poco profunda. Llevó la vieja lanza romana a la casa y la colocó junto al hogar.

Era una época de ejércitos y de vagabundos, de hambrientos y violentos hombres que regresaban por la costa desde el sur, y un arma en la casa, por miserable que fuera, podía resultar útil.

Al fin y al cabo, solo eran mujeres: una vieja y enferma, la otra hermosa y joven, pero igualmente condenadas ambas a la soledad.

Jasmina Blažić nació en Zagreb, Croacia, en 1954. Actualmente está jubilada y vive en Zagreb con sus dos hijos. Se graduó en Ingeniería Civil por la Universidad de Zagreb y trabajó como ingeniera de diseño estructural y arquitectónico, además de experta en ingeniería civil, principalmente en estructuras de soporte para servicios de control de tráfico aéreo. Ahora pinta y escribe, sobre todo ficción especulativa y realista. Ha publicado numerosos relatos en antologías y revistas, y ha recibido varios premios por algunos de ellos. Anteriormente publicó una novela titulada «La maldición de Elizabeth», una historia de misterio. El año pasado publicó una novela romántica, «El árbol en el balcón». También se publicó el año pasado una colección de relatos titulada «Lovecraft contra Poe», que contiene catorce historias sobre personajes históricos en momentos posibles pero desconocidos de sus vidas, escritas como ficción especulativa.

  

LA NIÑA Y LOS FUNERALES

Rafael Martínez Liriano 

 

La primera vez que Mirna vio al extraño, este estaba parado al lado del muchacho que trataba inútilmente de revivir a su hermano menor, que minutos antes había sido empujado por ella al río. La pequeña se quedó paralizada, ignorando los gritos de su madre, con la mirada fija en aquel hombre extraño que la miraba desde lejos. La dejó fascinada con su porte señorial, su seriedad misteriosa y aquel traje púrpura tan llamativo a los ojos de una niña. 

Años después lo vio por segunda vez. El hombre permanecía de pie entre la gente concentrada alrededor del ataúd en el que yacía la madre de Mirna. El sol de primavera brillaba intensamente, desparramando luz por todas partes. Un día perfecto para hacer cosas alegres, no para un funeral, pensó Mirna, fijándose en el contraste entre el cielo brillante y la tierra cubierta de negras figuras cabizbajas y mustias. Mirna recordó de inmediato al hombre que años atrás la había cautivado sin saber por qué. Se dio cuenta de que la fascinación por aquel extraño estaba intacta a pesar de los años. Se preguntaba quién era y por qué parecía estar ligado a ella de alguna manera. Mirna sintió el impulso de acercarse, pero cuando se dio cuenta, el extraño había desaparecido. Se preguntó si alguna vez lo encontraría de nuevo en su camino. 

El tercer encuentro se dio a instancia de Mirna, que creyó haber hallado un patrón recurrente en sus encuentros. Puso a prueba su teoría cerrando el flujo de oxígeno que mantenía con vida a su abuela paralítica. Mirna se paró imperturbable frente a la anciana mientras esta levantaba sus brazos endebles buscando el preciado aire salvador. 

Sus sospechas probaron ser ciertas, y en el funeral de su abuela ahí estaba él, bajo la sombra de un árbol, un poco lejos de la gente, con esa actitud fría y distante. Él la miró por un momento, la saludó moviendo su cabeza y luego desvió su mirada hacia la gente reunida en el funeral. Mirna entendió que entre ella y el extraño se había creado una especie de vínculo. Algo que ella no estaba en posición de entender, al menos por el momento, pero que lograría descifrar sin importar el costo. 

En otro de sus encuentros, Mirna persiguió al extraño hasta el sótano de la funeraria, durante el velatorio de su mejor amiga, a la que vio morir víctima de una sobredosis. Mirna se había quedado inmóvil, en silencio, viendo a su amiga retorcerse de dolor mientras la droga la destruía por dentro, pero esta vez el hombre se desvaneció en el aire al doblar una esquina. Estaba claro que su encuentro solo se daría cuando el extraño lo creyera propicio. Sin embargo, para ella aquellos encuentros adquirieron un significado más profundo, una especie de rito del cual no podía prescindir. Aquel hombre desconocido, parco y silencioso, con su mirada profunda, que solo aparecía cuando la muerte rondaba, estaba unido a ella de una manera que aún no podía comprender. 

Mirna solo podía continuar propiciando sus encuentros sacrificando a sus conocidos, esperando que en uno de esos encuentros el extraño se dignara a dirigirle la palabra y desvelar por fin el misterio que los unía. 

Mirna se vería con el extraño tres veces más antes de su muerte. En una ocasión lo encontró bajo un poste, un poco alejado de la multitud que trataba de rescatar el cadáver de una chica cuyo auto se había estrellado contra la parte trasera de un camión. Había mucha sangre en la calle; a Mirna le pareció increíble la cantidad de sangre contenida en aquel cuerpo tan pequeño. Meses después lo vio en la escena de un incendio que devoraba una antigua casa cuya estructura estaba en ruinas pero era usada como refugio por mendigos y drogadictos. Mirna pasaba por el lugar y se detuvo con la esperanza oculta de encontrarse con su extraño compañero en aquel juego tan peculiar. Y allí estaba él, sereno, tan cerca de las llamas que parecía que su presencia alimentara aquel infierno. Él la miró impávido, como en otras ocasiones. Ambos permanecieron en silencio, dos figuras inmóviles disfrutando del caos y el sufrimiento. 

 Su último encuentro tuvo lugar años después. Habían pasado mucho tiempo. Mirna tenía treinta y cinco años y una vida más o menos organizada. Tres hijos y un esposo nada espectacular pero que decía amarla configuraban una vida tranquila y sin demasiadas complicaciones, lo que cualquiera llamaría un buen pasar. De vez en cuando los deseos de ver al extraño la perturbaban y sentía el impulso de ahogar a uno de sus hijos con una almohada o dejarlo caer en la piscina. Ella, sin embargo, estaba agradecida por haber dejado atrás aquella obsesión. Se había alejado de los cementerios y las funerarias con la excusa de una debilidad nerviosa que le impedía lidiar con la proximidad de un cadáver. De esta manera quería mantenerse lejos de cualquier situación que pudiera despertar en ella aquel deseo de ver al extraño que solo la visitaba en vísperas de una muerte. Se sentía como un alcohólico que evita todo tipo de celebración, consciente de que no sabe si será capaz de resistir la tentación. Sin embargo, como sucede con las personas castigadas por alguna adicción, la pulsión estuvo ahí sin disiparse, latente, permitiéndole creer a Mirna que era dueña de sus deseos o que los había eliminado de su sistema, cuando solo había conseguido desviar su atención con asuntos familiares y una vida carente de emoción. Pero como sucede con el alcohólico, bastó un hecho fortuito, un suceso en apariencia insignificante, para devolverla al final del camino. 

 Una tarde brillante de verano en la que todo parecía estar en su lugar, con el viento que soplaba entre los árboles parecía aliviar un poco el calor omnipresente en toda la montaña, Mirna y su hijo mayor, Marcelo, fueron los primeros en alcanzar la cima. Dejaron atrás a Martín, su esposo, y a los dos hijos menores. Marcelo quedó maravillado por la vista del bosque de pinos y abetos que se extendía como un tórrido mar de verdor contenido solo por las montañas a lo lejos y el azul del mar que le hacía contraste. Mirna se quedó detrás disfrutando de la vista igual que su hijo. De pronto, y sin aviso, un pensamiento la asaltó: pensó en lo fácil que sería empujar a su hijo por el barranco. El chico no sufriría y el riesgo de sobrevivir era nulo. La caída de más de cincuenta metros hasta el fondo aseguraba una muerte instantánea. Mirna caminó despacio, con las manos levantadas listas para empujar al distraído chico que permanecía absorto por el imponente paisaje. Podría ver al extraño de nuevo, y esta vez no lo dejaría escapar; eso fue lo que pensó Mirna cuando estaba a un paso de su hijo. Sin embargo, al último momento se detuvo. 

 —¿No es imponente esta vista? —dijo Marcelo con voz quebrada por la emoción—. Es lo más hermoso que he visto en mi vida y estás aquí conmigo para compartirlo. Gracias, mamá. 

 Mirna se quedó quieta, con la vista perdida. Después sonrió, como si hubiera encontrado la solución a un acertijo. Marcelo sintió las manos de su madre sobre sus hombros y los labios en su mejilla. Mirna le regaló una sonrisa a su hijo antes de saltar al vacío. 

Pero erró en sus cálculos. No murió al tocar el suelo como pensaba. Tampoco sintió dolor; de hecho, no sentía nada. Solo estaba ahí, con su cara reposando en una roca, mientras veía cómo un gran caudal de sangre se esparcía a su alrededor. Sus sentidos se apagaban como el fuego que agoniza sin leña que lo alimente. Con la vista nublada, el bosque se transformó en una mancha verde sin forma. De aquel mar de verdor vio surgir la figura del extraño. Caminaba hacia ella con lentitud y suavidad, ignorando lo abrupto del terreno. El extraño se detuvo ante ella con su rostro carente de emoción y sus ojos profundos mirándola fijamente. 

 —Por fin vienes a mí —musitó Mirna con su último aliento, sintiendo la consciencia de las cosas disiparse más allá del mundo físico. 

 

El extraño permaneció en silencio junto a ella hasta que dejó de respirar. 

 Justo antes de morir, el extraño la miró y negó con la cabeza. Mirna sintió un estallido dentro de sí y fuera de ella al mismo tiempo, como si aquel mensaje retumbara en cada palmo del universo. Sintió que todo su ser se aglomeraba en torno a un lugar en concreto. Por un momento todo fue caos y confusión. Y cuando aquello terminó, estaba de nuevo detrás de su hijo. Tropezó con una roca y perdió el equilibrio. Instintivamente movió sus brazos tratando de no caer y, sin querer, empujó a su hijo por el acantilado. El chico no gritó ni hizo ruido al caer. Quien lo hizo fue su padre. Gritó desesperado al borde del barranco, padre y madre de rodillas, reprimiendo sus impulsos de saltar tras el adolescente. 

 Meses después, Mirna caminaba lentamente por el pasillo de la muerte. El dolor por la pérdida de su hijo la hizo confesar las muertes de su abuela y su amiga años atrás. Su vida terminaría por fin, y con ella sus obsesiones que, siendo ella una niña, habían tomado la forma de un hombre misterioso, mensajero de la muerte. Mientras los guardias ataban sus manos y pies a la mesa, se sorprendió de no experimentar ninguna emoción importante. Estaba tranquila ante la certeza de la muerte. Miraba a las personas detrás del cristal; muchos de ellos parecían estatuas inmóviles y vacías de angustia o entusiasmo. Entre ellos estaba su esposo. Le dolió verlo ahí, sabiendo que estaba para verla morir. Después de escuchar su confesión, su esposo se había convencido de que la muerte de su hijo no había sido un accidente. Ella esperaba sinceramente que su muerte aliviara un poco su dolor. 

Una mujer vestida con un uniforme de enfermera perforó su brazo hasta encontrar la vena. A Mirna le pareció detectar una sonrisa en el rostro de la mujer a pesar de que esta llevaba parte de la cara tapada por una mascarilla, como las que se usan en los hospitales. Un hombre joven con actitud calmada manipuló una consola y un líquido empezó a circular desde tres cilindros pegados a la pared hasta una manguera conectada al brazo de Mirna. Según le dijeron, uno de los líquidos contenía un sedante y los otros dos un potente veneno que lentamente paralizaría su sistema nervioso hasta que su corazón y pulmones dejaran de funcionar. Así la muerte llegaría de forma tranquila y sin dolor. Nunca antes la frase «dormir el sueño eterno» había adquirido tanto sentido, se dijo Mirna al tiempo que su vista y sus facultades se nublaban. 

Mirna recorrió la habitación buscando algo desesperadamente, y lo halló detrás del hombre de la consola. El extraño estaba ahí, mirándola como siempre, pero esta vez, a diferencia de otras ocasiones, caminó hacia ella hasta ponerse a su lado. Mirna lo miró con los ojos llenos de lágrimas. El extraño se inclinó y le susurró algo al oído. 

Todos los presentes vieron cómo la condenada sonreía mientras lloraba y moría apaciblemente.

Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9.

lunes, 16 de marzo de 2026

EL PORTADOR DE LA MUERTE

Niranjan Ghate

 

Alguien llamó a la puerta. Él se estremeció y abrió los ojos. Recordó dónde estaba. Allí la electricidad era un lujo. Vivía en un tugurio. Una casa construida con ladrillos sobrantes de alguna obra. Unas cuantas chapas de hojalata, enderezadas de cajas de embalaje, se habían colocado para formar el techo. Ese barrio miserable tenía la dudosa distinción de ser el más grande del mundo. Era el favorito de los medios occidentales. A las naciones ricas les encantaba ese lugar por su fealdad.

Escuchó de nuevo los golpes. Esta vez toda la choza tembló con el golpeo.

Apoyó las palmas sobre sus rodillas reumáticas e intentó levantarse. Sus rodillas, débiles y doloridas, resistieron el esfuerzo. De algún modo logró ponerse de pie. Se detuvo unos segundos.

Sabía qué lo esperaba afuera.

Su liberación. Una versión más joven de su antiguo yo. El portador de la muerte.

Sí; alguna vez él había pertenecido a esa temida categoría de seres humanos. Y sí, estaba preparado para enfrentar al portador de la muerte con valentía. El portador de la muerte había venido a buscarlo, en ese infierno. Lo correcto era recibirlo. Si quisiera, tenía medios para destruir al portador de la muerte; pero ¿qué lograría con eso? Solo prolongaría su propia agonía.

Por eso había decidido rendirse.

Si era necesario, se arrodillaría y suplicaría la muerte. Pedirle al portador de la muerte que cumpliera con su deber, que pusiera fin a su vida. Seguramente ese era el único propósito de su visita.

Había decidido entregar su vida en lugar de prolongarla para seguir viviendo como una rata de alcantarilla. No había anticipado esta huida constante. Correr y esconderse. Esconderse en agujeros infernales como ese. No, definitivamente esa no era su idea de vivir.

Ahora culpaba al momento en que había tomado la decisión de huir. No debería haber escapado desde el principio. Ahora entendía por qué ningún portador de la muerte huía jamás.

—¿Puedo entrar, señor?

El portador de la muerte era muy educado.

—Pase, por favor.

Abrió la puerta. El anciano hizo pasar al joven. Señaló una silla tambaleante; él mismo se sentó en la vieja cama.

—Está bien, señor. No le quitaré mucho de su valioso tiempo —dijo el joven.

No establezca un vínculo con la persona marcada.

El anciano recordó el manual de instrucciones que él mismo había preparado para la Oficina de Control de Población. Oficina de Control de Población era un eufemismo para los portadores de la muerte.

Esto puede dificultar el cumplimiento de su deber. Si quiere tener éxito, manténgase distante.

Las instrucciones ocupaban más de cuarenta páginas. El anciano había sido entonces instructor, enseñando a quienes serían portadores de la muerte cómo tener éxito llevando la muerte hasta la puerta de la gente.

Sonrió para sí mismo.

El joven se sorprendió con esa sonrisa.

Nunca esperó que yo sonriera, pensó el anciano. Bueno, nos dijeron que esperáramos lo inesperado, ¿no? Pero, por supuesto, sonreír ante la muerte seguramente va más allá de lo inesperado.

Recordó a su propio instructor.

Calvo, de estatura media, un hombre completamente ordinario. Además, tartamudeaba al hablar. Pero siempre acertaba en el blanco al primer intento.

—Escuchen, jóvenes brutos —decía—. Nos llaman portadores de la muerte. Bueno, el término correcto es heraldos de la muerte. Aquellos que no se presentan ante las autoridades correspondientes en el momento adecuado son llamados “marcados” en nuestra jerga; es decir, personas marcadas para morir. Cuando estos “marcados” nos ven, se desesperan. También se deprimen. Algunos pierden la cordura. Hombres y mujeres en el extremo del miedo pueden volverse insanos. Pueden recurrir a cualquier truco e intentar cualquier cosa por pura desesperación.

Después de esa larga charla venía el ejemplo habitual del gato acorralado. Luego un análisis psicológico del miedo.

Ese joven que estaba frente a él seguramente también había escuchado aquello, pensó el anciano.

Así que ese joven estaba preparado para enfrentar cualquier eventualidad, pero aun así no estaba preparado para enfrentarse a una sonrisa.

Cuando el heraldo de la muerte llegaba a llamar a la puerta, todos sabían para qué venía. Nadie recibía jamás al portador de la muerte con una sonrisa; así que aquel joven debía de considerar su sonrisa como una nueva artimaña.

Pero no había ninguna artimaña detrás de esa sonrisa.

El joven se equivocaría al pensar eso.

—¿Cómo piensa acabar conmigo? — preguntó, ya que de todos modos había decidido rendirse—. ¿Ha ideado algún método nuevo para mí?

El joven se echó a reír.

—¿Tiene alguna preferencia? Me han dicho que debo respetar su deseo. Hay muchos métodos para elegir.

Lo dijo con su propia sonrisa. Estaba muy seguro de sí mismo. Completamente falto de humildad, sin temor al que alguna vez había sido un hombre poderoso.

—Bueno… cualquier método, excepto una muerte rápida e indolora.

El anciano nunca había causado dolor a sus víctimas; siempre acababa con ellas antes de que se dieran cuenta de lo que estaba ocurriendo. Sus colegas siempre habían considerado aquello algo extraño.

Decían que todos los portadores de la muerte sufrían un cambio gradual en ese trabajo. La mayoría de ellos empezaban a odiarse a sí mismos. Ese odio se expresaba en sus métodos de ejecución. Torturaban a la víctima; luego presumían de esos métodos cuando charlaban con sus colegas.

Él detestaba esas conversaciones.

Con los años se volvió distante. Se fue apartando de ellos.

“El acto de destrucción”, como lo llamaba el público en general, había surgido porque la población de la Tierra había crecido más allá de proporciones manejables. Cada vez moría menos gente debido a la avanzada tecnología médica. La humanidad se había convertido en una carga para la Madre Tierra. El hombre no había logrado establecer ni una sola colonia en el espacio. Proveer servicios básicos y alimentar a la población se había convertido en un problema enorme. La tasa de criminalidad había aumentado. Algunos políticos habían dado un nuevo eslogan a esa masa humana que se multiplicaba sin control: Es mejor morir que vivir como animales.

En realidad muy pocas personas habían visto animales verdaderos.

Se estableció una edad límite, se votó y se aprobó. Muchos políticos ancianos fueron los primeros en morir. Esto ocurrió porque los ancianos que no eran políticos estaban disgustados con la calidad de vida. Los votantes jóvenes querían más espacio para sí mismos.

Y pronto se alcanzó el crecimiento poblacional cero. Luego llegó el crecimiento poblacional negativo. Hubo algunos murmullos para elevar la edad límite, pero fueron ignorados. El gobierno esperaba que todos acudieran a los centros de terminación médica en cuanto alcanzaran la edad establecida. La primera notificación llegaba con un año de anticipación. La segunda indicaba con precisión la fecha y el lugar del centro. La tercera era la cita con la muerte. Indicaba la hora de llegada de la ambulancia, popularmente conocida como la furgoneta de la muerte. Algunos intentaron evadir esa cita. Buscarlos y sacarlos de sus escondites se volvió una tarea difícil. Así nacieron los portadores de la muerte.

Poco a poco la población de la Tierra se redujo hasta proporciones manejables. Para mantenerla así se crearon cada vez más portadores de la muerte. Una vez reclutado, un portador de la muerte recibía muchas facilidades. Por eso muchos jóvenes querían convertirse en uno de ellos. El problema de decirles que no a los aspirantes lo resolvían las computadoras. De hecho, todo el proceso de selección era manejado por computadoras. El perfil psicológico de cada joven era estudiado por ellas. Luego algunos recibían la llamada.

Esos jóvenes eran separados de sus familias y recibían un entrenamiento especial. Después su único trabajo era buscar, encontrar y eliminar a quienes no se presentaban voluntariamente en los centros del gobierno en el momento adecuado.

Al principio la población no protegía a los fugitivos. Pero cuando la población de la Tierra se estabilizó, el ánimo del público cambió. Ese cambio, aunque muy gradual, afectó el éxito de los portadores de la muerte. La gente quería que el límite de edad se aumentara en diez años. Las estadísticas sugerían que, con las leyes existentes y los métodos de control poblacional, ya se había alcanzado el crecimiento poblacional cero, y ahora el crecimiento era negativo. Con esas cifras circulando, surgió un clamor para eliminar la ley por completo. El apoyo a los fugitivos creció rápidamente.

La noticia de los portadores de la muerte se filtró de algún modo, lo que provocó una gran indignación pública y una serie de negaciones por parte del gobierno.

Todo eso cruzó por la mente del anciano. Había permanecido en silencio durante mucho tiempo, así que el joven portador de la muerte fue quien habló primero.

—No he venido a matarlo.

—Oh, creí que usted era el portador de la muerte.

—¿Dije yo alguna vez que lo fuera?

—Entonces ¿quién es usted?

—He venido a llevarlo de vuelta.

—¿Pero por qué? Ya no quiero vivir. No me resistiré si me mata. Es mejor morir que vivir así. Por eso decidí que ustedes debían encontrarme. Dejé un rastro de una milla de largo. Si hubiera querido, podría haberme ocultado durante otros dos años. Nunca me habrían encontrado por su cuenta.

—¡Por eso lo queremos!

—No entiendo.

—Bueno… no es fácil explicarle lo que quiero decirle. Hasta que usted escapó, muy pocos portadores de la muerte huían. Los que lo hacían normalmente eran capturados en uno o dos meses. Usted fue la excepción. Lleva casi cinco años fuera. Necesitamos saber cómo logró evadirnos durante tanto tiempo. Así podremos encontrar a otros que intenten escapar. Y además podremos convencer a los futuros fugitivos de que huir nunca vale la pena. Al final todos se rinden. ¿Qué mejor ejemplo que usted para disuadirlos?

El anciano se estremeció; casi sollozó.

—Está equivocado. Nadie pensará como yo. Tal vez siempre tuve una tendencia suicida. Tal vez haya algunos que quieran vivir más tiempo y disfrutar de la libertad. Creo que no me rendiré. Será mejor que me mate.

—Discúlpeme, señor, pero nuestro psicólogo opina algo distinto. Según él, antes de morir usted querrá decirle al mundo que ha ganado. Presumirá de haber derrotado a los portadores de la muerte. Cree que dejó esos rastros para que lo encontráramos y así restregarnos su triunfo en la cara.

—Ya veo…

El anciano exhaló lentamente.

—¿Viene con nosotros, señor? —preguntó el joven con extrema cortesía.

El anciano se había ido acercando poco a poco.

Aquellos jóvenes arrogantes y confiados eran muy fáciles de engañar.

Saltó y sujetó al joven antes de que pudiera resistirse. Fue muy fácil, aunque tuvo que admitir que ya no era tan rápido como en sus años de juventud.

Le arrebató la pistola láser, se la llevó a la boca y apretó el gatillo.

El joven había caído al suelo y se levantó sonriendo.

Todo había salido exactamente según el plan. ¡Qué razón había tenido el psiquiatra!

—El ego de un hombre es su peor enemigo —había dicho.

El anciano tenía que morir; de lo contrario se habría convertido en un problema. La vieja ley estaba siendo derogada; sería reemplazada por una nueva. El anciano debía desaparecer antes de que eso ocurriera.

Sabía demasiados secretos.

Si hubiera sobrevivido, podría haber expuesto el sistema.

Por eso consultaron al psiquiatra.

Había estudiado el perfil psicológico del anciano y había sonreído.

—Puedo hacer que se suicide. Solo díganme dónde está.

La pistola láser se había conseguido en un mercado de pulgas. Imposible de rastrear.

El joven portador de la muerte saludó al psiquiatra. Luego miró alrededor. La primera mosca había entrado en la habitación.

Cerró la puerta y se marchó.

Niranjan Ghate es un escritor maratí (de Maharashtra, India), que escribe principalmente relatos de ciencia ficción y artículos informativos sobre hechos científicos. Sus relatos y artículos de ciencia ficción se han traducido a ocho idiomas indios. Ha escrito más de doscientos libros, diez de ellos en coautoría. Algunos de sus relatos se han incluido en más de veinte antologías. Sus libros incluyen diez novelas de ciencia ficción, veinticinco colecciones de relatos cortos de ciencia ficción y unas noventa colecciones de artículos científicos. También ha escrito sobre historia de la guerra y relatos bélicos, principalmente teatro oriental, novelas humorísticas y colecciones de relatos cortos. Empezó a escribir en la universidad, en 1965, y siguió escribiendo hasta 2023, cuando sufrió un accidente.

 

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