jueves, 26 de marzo de 2026

ARGUS PARPADEA

Paul Di Filippo

 

Mi gato me estaba observando en mi estación de trabajo.

Y también lo hacía todo el mundo.

Hoy en día todos vivimos en un Panóptico en tiempo real.

Gracias a ARGUS.

ARGUS era el Archivo de Sensorios Globalmente Subidos, y contenía cada segundo de lo que cada persona en la Tierra veía u oía, incluso mientras dormía. Un conjunto de cámaras y micrófonos del tamaño de una garrapata de ciervo, alimentados por la captación de energía ambiental e incrustados justo bajo la piel de cada individuo, se encargaba de la grabación continua e involuntaria.

Las cámaras y los micrófonos se asemejaban a un pequeño tatuaje facial, generalmente uno en cada mejilla para el procesamiento estéreo. El diseño predeterminado del fabricante era un Ojo de Horus iconográfico, pero casi nadie entre los ocho mil millones de ciudadanos se quedaba con ese diseño.

Habiendo crecido con ARGUS, nunca tuve verdaderas quejas, especialmente porque hacía posible mi trabajo actual.

Pero entonces llegó aquel día perturbador…

Me llamo Ross Strucker, y soy un autor.

Convierto las vidas de personas comunes en arte.

O lo hacía, hasta que dejé para siempre mis herramientas digitales.

El día en que ARGUS parpadeó, estaba componiendo un thriller romántico. Intentaba, sin éxito, encontrar una toma en los archivos de ARGUS que incluyera a mis dos protagonistas desde una tercera perspectiva. Eso suele ser difícil cuando solo están presentes las dos personas en cuestión, mirándose entre sí. Muchas veces puedo encontrar imágenes de cámaras de vigilancia que hacen el trabajo. Pero esta vez no había ninguna.

Así que, de mala gana, recurrí a imágenes de cámaras de mascotas.

Por lo general no me gusta usar material de los Ojos de Horus instalados en perros, gatos, palomas y otros animales, ya que con frecuencia presentan ángulos extraños y cambios bruscos de enfoque. Pero esta vez encontré algo adecuado.

Satisfecho pero cansado, hice una pausa y consideré mi paleta de elecciones narrativas posteriores. Después de todo, ARGUS ofrecía tanto de donde elegir.

El mundo entero en una gema.

Los muchos, muchísimos petabytes que componían ARGUS estaban replicados en sitios redundantes; cada depósito consistía en sesenta kilogramos de diamante de memoria artificial, cuya red de carbono-12/carbono-13 apenas estaba llena a la mitad tras cincuenta años de entrada global.

La transmisión inalámbrica, instante a instante, desde los Ojos de Horus de cada individuo, etiquetada con un identificador cívico único, fluía de manera constante hacia el propio ARGUS, fusionándose con el flujo vital acumulado del ciudadano.

La abrumadora mayoría de los datos de ARGUS era de código abierto.

La privacidad y el secreto habían muerto en cuanto ARGUS entró en funcionamiento.

Cualquier cosa que una persona supiera o experimentara podía ser conocida –y utilizada– por cualquier otra.

Mi gato saltó a mi regazo, buscando una atención que en realidad no podía darle. Estaba demasiado ocupado reflexionando sobre los destinos de mis personajes, preguntándome cómo podía mejorar el vasto tapiz de realismo bruto contenido en ARGUS.

El “material” (los autores preferimos el término a la antigua) que cada ciudadano proporcionaba era etiquetado automáticamente con una multitud de descriptores para cada segundo, identificando su contenido de mil maneras diferentes. Los motores de recuperación con dominio semántico podían traer selecciones sin esfuerzo según su contenido habitual.

—Muéstrame qué cené hace un año en este mismo día.

—¿Qué está haciendo ahora mismo mi exesposa?

—¿Quién se reunió con el Emir de París a las diez de esta mañana?

—¿Cuándo fue la última vez que mi hijo se bañó?

—¿Qué atuendo planea usar Steffi Chubb esta noche en los Premios Vaticanos en Lagos?

Pero mi kit especial de autor, compuesto por agentes estéticos semiinteligentes, me permitía seleccionar material con criterios más arcanos.

—Muéstrame un conjunto de respuestas irónicas a planes fallidos.

—Muéstrame un conjunto de soñadores nostálgicos en entornos bucólicos.

—Muéstrame un conjunto de lugares que transmitan desuso mezclado con amenaza.

—Muéstrame un conjunto de orgasmos reprimidos.

A partir de la materia prima extraída de las profundidades de ARGUS y desplegada en mi monitor Coldfire del tamaño de una pared, ensamblaba narrativas e historias.

Mi trabajo se situaba a medio camino entre los montajes oníricos y surrealistas de autores como The Culling House Collective, Armand Akimbo y los gemelos Voest, y los documentalistas como Nilda Osborne, Focal Length Unlimited y Informavore.

Justo entonces, mi gato decidió que no obtendría ningún afecto de mí, y en su lugar optó por observar el monitor de ARGUS con curiosidad felina, mirando la pantalla como si realmente comprendiera las imágenes en constante cambio de sus congéneres animales que se mostraban allí.

Por un impulso juvenil, decidí crear un efecto de “sala infinita”, el simple resultado de cualquier cámara apuntando a un monitor en vivo que acepta la señal de esa misma cámara.

Ya estaba en el área de cámaras de mascotas de ARGUS, así que fue sencillo abrir una ventana hacia el flujo vital de mi gato.

Pero en lugar de la sala infinita, vi algo imposible.

En mi pantalla apareció una imagen de mi gato mirando hacia fuera desde mi monitor, como si los Ojos de Horus integrados en él estuvieran transmitiendo una imagen desde un espejo.

¿Qué estaba haciendo ARGUS? ¿Qué fallo desconocido podría explicar aquello?

Y entonces lo comprendí.

ARGUS nos estaba devolviendo la mirada.

Los flujos vitales digitalizados dentro del titánico archivo habían adquirido conciencia por sí mismos. El simulacro del mundo había superado un punto crítico de densidad informativa.

Me sentí mareado, a punto de desmayarme. Cerré los ojos.

Cuando los abrí, el imposible gato que miraba con inteligencia había sido reemplazado por la sala infinita que esperaba.

Aburrido, mi gato saltó al suelo y el punto de vista en movimiento del monitor cambió en consecuencia.

Apagué mi sistema apresuradamente.

Y aún no lo he vuelto a encender.

 

—Con agradecimiento a Charles Stross y Rudy Rucker, por sus aportes fundamentales sobre registros de vida y cajas de vida.

Paul Di Filippo nació el 29 de octubre de 1954 en Woonsocket, Rhode Island, Estados Unidos. Es crítico literario y escritor de ciencia ficción. Ha trabajado para las revistas Asimov's Science Fiction, The Magazine of Fantasy & Science Fiction, The New York Review of Science Fiction e Interzone. Su historia corta "Kid Charlemagne"; publicada en Amazing Stories, fue nominada al Premio Nébula al mejor relato corto en 1987. También, su historia corta "Lennon Spex" fue nominada al mismo premio en 1992, la novela corta "Karuna, Inc." fue nominada al Premio Mundial de Fantasía en esa categoría en 2002 y la novela Un año en la ciudad lineal (2002) fue nominada al Premio Hugo. Ha publicado The steampunk trilogy (1995), Destroy All Brains! (1996), Ribofunk (1996), Fractal Paisleys (1997), Lost Pages (1998), Joe's liver (2000), Strange Trades (2001), Neutrino Drag (2001), A mouthful of tongues: her totipotent tropicanalia (2002), A year in the Linear City (2002), Fuzzy dice (2003), Spondulix (2004), Harp, pipe and symphony (2004), Creature from the Black Lagoon: time's black lagoon (2006), Cosmocopia (2008), Roadside Bodhisattva, (2010), A Princess of the Linear Jungle (2011) y The big get-even (2018), entre otros.

 

FACTOR COMÚN

Sergio Gaut vel Hartman

La casa no estaba mal. Tal vez tenía más habitaciones de las necesarias y un carácter lúgubre que podría corregirse con flores y plantas y algunos chicos corriendo por los pasillos y el patio. Me pregunté si tendría ocasión de hallar algo mejor y también a cuantos otros empalagosos vendedores inmobiliarios tendrían que soportar antes de dar con la casa ideal, el lugar soñado.

—¿Qué tal, qué le parece? —dijo el vendedor frotándose las manos. Había fabricado una sonrisa tan falsa que amenazaba con perpetuarse en su rostro, condenándolo al rigor mortis en vida—. No tendrá ocasión de hallar algo mejor —insistió tras leerme los pensamientos. Trucos de vendedor, sospeché; soy demasiado infantil en esas cuestiones. Iba a replicar, lo juro, pero en ese momento sonó el teléfono móvil del tipo quien, tras musitar una disculpa, se retiró a la habitación contigua para atender la llamada.

Quedé solo y me dediqué a observar los techos, altos y blancos. Unas molduras de yeso marcaban nítidamente la separación con las paredes, feas, pintadas de apuro. Pensé que era una casa original, estrafalaria, tal vez urdida por un arquitecto esnob. Avancé unos pasos hacia la habitación siguiente, alejándome del vendedor. El lugar parecía en cierto modo ilógico, y me evocaba un cuento que había leído tiempo atrás. Por un momento pensé que podía quedar atrapado en esa geografía singular, perdido en espacios con los que no estaba familiarizado en absoluto, pero alejé esos argumentos tontos de inmediato. El vendedor seguía hablando, tal vez discutía o recibía instrucciones para rematar la operación, por lo que volví a centrar mi atención en la casa. Había demasiadas habitaciones, me repetí; las paredes rezumaban humedad, los pisos estaban desparejos y la ventilación era escasa. Esas razones me llevaron a decidir que tenía suficiente como para terminar allí mismo con todo el asunto. Me acerqué a una puerta y la abrí. Daba a una pieza vacía. Volví sobre mis pasos y abrí otra puerta. Esta habitación, más pequeña, estaba poblada por dotaciones de muebles apolillados y decrépitos, malolientes; sentí náuseas. A punto de desembocar en un patio en el que se había acumulado una masa de luz dorada, advertí una puerta disimulada tras una cortina azul raída y sucia. Vacilé entre salir al patio, a ojos vista el final ciego de la línea, ya que no podía existir un número ilimitado de habitaciones o concentrar mi atención en esa puerta. Venció la segunda idea.

Tanteé el picaporte tras la cortina y sentí la frialdad del bronce; tal como imaginaba, no estaba cerrada con llave; ninguna de las puertas de la casa lo estaba, después de todo. La abrí y me enfrenté a la primera sorpresa.

La suposición natural, no sé por qué, había sido pensar que la habitación estaba vacía y que la luz del patio se colaba oblicuamente por una ventana, iluminando partículas de polvo y delimitando un trapecio de claridad en el piso oscuro. No era así.

La pieza no tenía ventanas. La crudeza blanca de varios tubos fluorescentes resplandecía sobre los objetos negándoles el derecho a la sombra. Pero esos detalles no eran ni de lejos tan extraordinarios como lo demás. Sentado en una silla de respaldo alto, con los codos apoyados en una mesa de madera y los puños bajo el mentón, había un hombre de edad indefinible, con el cabello canoso y una red de arrugas en el rostro que parecían remedar el laberinto de la casa. Miraba hacia la puerta, como si me hubiera estado esperando, pero al verme ni siquiera parpadeó.

—Buenas tardes —dije—. No sabía que hubiera alguien aquí.

—Buenas. Soy Juan Salvo —dijo, arrastrando las palabras. Mencioné mi nombre y él se encogió de hombros. Permanecí unos segundos clavado en el piso, prestando atención a los ruidos, apenas roces, que se producían en una habitación contigua que se comunicaba con la que estábamos por una abertura sin puerta.

—¿Hay alguien más? —dije señalando la abertura con el dedo.

—Sí —dijo Salvo—, Guevara; está preparando mate. Aguardamos a Rosa para empezar. —Pareció observarme con mayor atención durante un segundo, pero perdió el interés de inmediato. —A usted no lo esperábamos. ¿Tenía que venir? ¿Quién lo mandó? —Las palabras denotaban suspicacia y recelo, pero el tono cansado desmentía cualquier matiz en esa dirección.

No supe qué contestarle, por lo que me situé a la defensiva, con la guardia bien alta.

—¿Quienes son ustedes? —pregunté, siempre atento a lo que el tal Guevara hacía en la habitación vecina; por lo visto no tenía ningún apuro. Dos o tres veces escuché tintineos, como si golpeara una cucharita contra un vaso.

—Ya le dije: Rosa, que llegará de un momento a otro, Guevara y yo, Salvo. Siéntese, no se quede ahí parado. ¿Seguro que no lo mandó alguien? A lo mejor Guevara sabe.

Detecté una silla idéntica a la que usaba Juan y la arrastré sin miramientos hasta ubicarla junto a la mesa. Me senté a un costado, de espaldas a la pared que daba al patio y de frente a la arcada por la que, de un momento a otro, aparecería Guevara.

—Usted cita los nombres de esa gente —dije—, y el suyo propio, pero a mí no me dicen nada. ¿Tendría que conocerlos?

—Para mí tampoco significa nada el suyo —dijo Salvo—. ¿Qué importa? Si yo le dijera que Guevara y Rosa son luchadores, personas que han imaginado un mundo mejor y tratan de forzar las cosas para que se concrete, ¿cambiaría algo?

Miré a Salvo desorientado, buscando en mi memoria una razón lógica para encajar el disparate que el hombre sugería. —Espere un momento —balbuceé—. Si lo que usted dice fuera cierto estaría hablando de personas que murieron hace años. Ese Guevara murió en Bolivia, en el monte, hace tiempo. Y ni siquiera me atrevo a pensar que la Rosa que menciona sea la revolucionaria, la alemana de principios del siglo XX que luchó...

—Es polaca, no alemana —dijo Salvo.

—No es, fue. Está muerta —insistí—. Rosa Luxemburgo. —Paladeé el nombre, un nombre épico, como Dolores Ibarruri, como otras damas quijotescas de la historia. El tipo estaba loco.

—Vivo, muerto —dijo Salvo moviendo la cabeza—. ¿Usted qué sabe?

—No esperará que crea que es un fantasma. —Traté de reír, pero mis labios se torcieron de un modo anormal y formaron una mueca despectiva.

—Por el momento, amigo —dijo Salvo—, no espero nada. —Salvo me pareció en ese momento agobiado por un cansancio mayor del que cualquier hombre pudiera soportar, como si una lucha larga e inútil lo hubiera consumido. Iba a replicar; soy una persona racional y esa clase de supersticiones me alteran hasta lo indecible, pero los hechos no se dieron como yo pensaba. Un estrépito me obligó a girar la cabeza. La pared sin ventanas se abrió como si fuera el diafragma de una cámara fotográfica. Chis, chas. No se vio el patio en ningún momento, y de todos modos lo que pude percibir fue, como un fogonazo, que un volumen oscuro atravesaba el iris con paso firme, como si la pared directamente no existiera.

Cuando pude girar todo el cuerpo descubrí junto a mí a una muchacha joven, de unos veinticinco años, tal vez menos; era menuda, de tez muy blanca y se movía nerviosamente, como si le faltara el tiempo para hacer todo lo que tenía planeado.

—Hola, Rosa —dijo Salvo, tan inexpresivo como siempre.

—Hola, Rosa —repetí; podía darme el lujo de ser educado. Estaba fascinado por la idea de que esa mujer fuera la mítica Rosa Luxemburgo, la fundadora del espartaquismo. Pero Rosa había sido asesinada en 1919, ¿cómo era posible...?

La muchacha me miró entre sorprendida e irritada. Por lo visto no le hacía gracia que un intruso ocupara un lugar en torno a la mesa, y menos que la tratara con familiaridad, como si la conociese de antes. Puso los brazos en jarras, en una pose tan afectada que parecía de una heroína de película y me señaló moviendo la barbilla.

—¿De dónde salió, éste, quién es? —dijo con un fuerte acento alemán, lo que confirmó, de alguna manera, lo que había manifestado Salvo.

—Debe ser uno que visita la casa para comprarla —dijo Guevara, saliendo de la otra habitación con un termo bajo el brazo y una calabaza forrada de cuero en la mano izquierda. No me miró; tal vez miraba más allá de la pared, el patio, o más allá de la casa, un paisaje invisible para mí. Por lo visto esa gente sabía y podía cosas que me estaban vedadas. Guevara se sentó y le hizo un gesto a Rosa para que desarmara ese gesto tan adusto, semejante al que emplea un fanático cuando está con alguien que no profesa su fe. Después apoyó la calabaza en una diminuta cesta de mimbre y vertió el agua en un chorro único y preciso, demostrando que tenía el pulso entrenado; dio tres largas chupadas sin mover el recipiente y volvió a cebar, empujando la calabaza hacia Salvo.

—¿Nos sirve para algo? —dijo Rosa. Aunque se le habían ablandado un poco los rasgos, la hostilidad de la muchacha podría haberse pescado en el aire de un manotazo. Sentí el impulso de levantarme de un salto y salir sin saludar, pero el misterio era demasiado precioso, como una gema.

—¿Tienen una misión? —Lo dije sin pensar, una intuición pura como el agua pura; una intuición absurda y sin fundamento. Pero los tres alzaron las cabezas y clavaron los ojos en mí. Hasta Salvo pareció perder la piel de abulia que lo envolvía y Guevara apoyó el termo y Rosa adelantó el cuerpo pequeño, casi rozándome.

—¿Qué sabe de todo esto? —dijo Guevara—. ¿Quién le habló de nosotros?

—Todos tenemos alguna guerra por pelear —dije, ciego, esperando que ese camino llevara a alguna parte—. Estoy buscando la mía.

Suspiraron aliviados, los tres; fue casi cómico. Salvo sacudió la cabeza y me pareció que sonreía. Rosa puso su mano en mi brazo y apretó, como si deseara borrar con ese gesto toda la desconfianza previa.

—Dudo mucho de que esta sea la suya —dijo Guevara. Volvió a echar agua en la calabaza y me la tendió. Aunque no suelo tomar mate acepté. Intuía que si me plegaba a los manejos de esa gente aumentarían mis posibilidades de entender lo que estaba ocurriendo.

—Para saber si estamos en la misma guerra —dije, al azar—, habría que definir primero quién es el enemigo.

Contra lo que esperaba ninguno me contestó. Tal vez mi pregunta había sido demasiado directa y eso me colocaba de nuevo bajo sospecha. ¿Los estaba espiando? Yo sabía que no. Rosa soltó mi brazo; sólo en ese momento advertí que había estado apretando de tal modo que sus uñas atravesaron la tela de mi camisa. 

Guevara se preparó como si se dispusiera a disertar ante un conjunto de jóvenes ansiosos e ignorantes.

—¿Sabe qué pasa? —dijo por fin, aunque sin mirarme, tras dar dos largas chupadas—. El enemigo... no importa mucho quien es el enemigo. Podemos juntar las cabezas y creer que el enemigo es uno solo, y en cierto modo es así, pero la lucha debe darse en cada punto, en cada intersección, ¿entiende? Entonces importa menos. Usted luche su propia guerra y cada uno de nosotros hará algo parecido. Hemos coincidido por casualidad; tal vez ni siquiera pertenecemos al mismo tiempo, todavía no lo pudimos averiguar. En realidad sólo nos juntamos a tomar mate. —Se rió de un modo extraño.

—No se le escapa que no entiendo de qué está hablando —dije.

—No, no se me escapa —dijo Guevara—. Era una posibilidad. ¿Sabe quién soy?

—¿Tendría que saber? ¿Es alguien... importante? Si usted fuera el mismo Guevara... sería imposible. —No quise decir que ese Guevara estaba muerto; me pareció una grosería.

Guevara sonrió. Después se palmeó el muslo.

—Juan sabe mucho más de esto que Rosa y yo porque él existe en otro plano, independiente, más cerca del conocimiento central —dijo—. Dice que en algunas líneas soy alguien importante, tal vez decisivo, o por lo menos influyente. Pero las líneas son eso, líneas. Usted recorre un pasillo, abre una puerta y entra a una habitación. Tal vez estoy, tal vez no. Quizá triunfé o fui asesinado o no nací, ¿entiende?

—No. ¿Por qué no me lo explica él? —dije señalando a Salvo—. Si usted mismo acepta que sabe mucho más que usted.

—Estamos perdiendo el tiempo —dijo Rosa. Había recompuesto su expresión anterior, aunque potenciada por una urgencia que salía del temor, como si toda la escena corriera el riesgo de reventarse como una pompa de jabón.

—El tiempo no se pierde —dijo Salvo—, somos nosotros los que nos perdemos en el tiempo. —Me estaba cansando de esas frases vacuas, deliberadamente enigmáticas, formadas para impresionarme. Empecé a pensar que, más allá del truco de Rosa y la pared, de las menciones a la guerra o lo que fuera que se proponían hacer, un acto terrorista, una emboscada, un asesinato, esa gente disimulaba una operación concreta: ocupar la casa para utilizarla como base para sus actividades, o algo por el estilo. El recuerdo de los tiempos del Proceso me llegó de golpe y tuve miedo.

—¿Tienen la autorización del dueño o de la inmobiliaria para estar en este lugar o son unos vulgares intrusos? —Mi frase sonó insulsa, y ellos, los tres, aún antes de terminar el párrafo, comenzaron a reírse.

—Si supiera lo vencidas que suenan sus palabras —dijo Guevara cuando pudo serenarse—. Esto es un punto de inflexión, una anomalía. ¿Se cree que algo tan nimio como usurpar una casa puede prevalecer sobre el fenómeno que nos hace coincidir, aquí, ahora, a los cuatro?

—Hablaron de una guerra —dije, tratando de hacer pie nuevamente.

—Usted habló —dijo Salvo—. Para nosotros la guerra, cualquier guerra, pasó a segundo plano hace mucho. ¿Qué guerra se cree capaz de imaginar? ¿Una con soldados, aviones, tanques, misiles? Siento desilusionarlo; no tenemos esa clase de guerras en existencia. —A las palabras de Juan concurría un índice tan elevado de amargura que por un momento creí que iba a estallar, salpicándome, empapándome de veneno azul, letal.

—¿Alguno de ustedes me va a decir con claridad por qué están en este lugar? —Medio me incorporé en la silla; estaba dispuesto a apurarlos y definir, aún a costa de dejar algunos jirones en el intento.

—Ya se lo dije —insistió Guevara—, sólo nos juntamos a tomar mate. —Rosa fue todavía más elocuente: desenfundó el dedo y lo apuntó hacia mí, acusadora, aunque supongo que ni ella sabía de qué me acusaba. Dijo dos o tres palabras en alemán, supongo; sonaron como un insulto.

—Rosa, por favor —dijo Juan Salvo desganadamente—, dejemos esas zonceras.

—Si me explica el truco de la pared —dije sin prestarle atención a la muchacha que seguía gesticulando, a pesar de la reconvención de Salvo, tal vez estancada por falta de palabras en nuestro idioma—, me voy y los dejo en paz. Los encontré por casualidad y no me interesan. Preferiría estar en la biblioteca, leyendo un buen libro. ¿Se dan cuenta? Por otra parte el vendedor me debe estar buscando.

Salvo miró a Guevara, como pidiendo ayuda, pero éste hizo un gesto elocuente, restándole importancia.

—El vendedor es peligroso, él es el enemigo, ya que lo quería saber —dijo Guevara. Entonces Salvo se levantó y poniendo los puños sobre la mesa habló como un dirigente político que negocia el apoyo a su peor adversario.

—Es el tiempo, señor, el mayor impostor, una ficción. Salga de aquí, mientras le sea posible, antes de quedar atrapado en la telaraña de los hechos. ¿Se cree que yo siempre fui esta pálida sombra? Soy un hombre de acción y espero mi oportunidad. Pero usted me perturba, me traba.

—¿Quienes son ustedes? —repetí por enésima vez, casi furioso. Yo también tenía los puños apretados, y a pesar de haber sido siempre una persona pacífica tenía ganas de atropellarlos, de forzarlos a que me explicaran toda la historia.

—Ya se lo dijimos —dijo Guevara; parecía ser muy paciente, un tipo acostumbrado a las empresas complicadas.

—No me alcanza con los nombres; no sé quiénes son ustedes por conocer sus nombres, los que por otra parte podrían ser meros seudónimos. Se usa mucho, últimamente.

Rosa parecía, por primera vez, en paz consigo misma, pero renunció a hablar.

—Supongamos por un momento —dijo Salvo— que somos avatares independientes que se encontraron, que por puro azar dieron con el factor común que les permite coincidir en un espacio ficcional, ¿le alcanza con eso?

—¿Avatares? Hablan como si esto fuera un juego. No, no me alcanza —dije, y era sincero; estaba tan a oscuras como al principio. Tal vez yo sea una persona limitada para comprender lo abstracto o lo fantástico, pero no conseguía anudar a esas tres personas; quizá no hubiera logrado hacerlo ni aun conociendo sus motivos y pasiones—. De acuerdo, cuéntenme sus historias, una de las tres historias, por lo menos.

—No —dijo Guevara, rompiendo un silencio de varios minutos—, no nos queda tiempo. —Trató de verter el agua en la calabaza y descubrió que el termo estaba vacío. Sin vacilar y sin mirar atrás se dirigió hacia la otra habitación. Al verlo desaparecer se me ocurrió que él tenía la respuesta y la escondía, o que me estaba provocando. De un salto crucé el espacio que nos separaba sin que Rosa o Juan trataran de detenerme. Alcancé la arcada y recibí un impacto demoledor: Guevara caminaba hacia un monte de arbustos oxidados, bajo un sol ceniciento y débil; más allá, al costado de un arroyo, se divisaba una especie de campamento en el que algunos hombres y mujeres rodeaban una hoguera. Lo llamé a los gritos, pero él ni siquiera se dio vuelta, como si estuviera transitando un espacio sin conexión. Advertí que había perdido un tercio de realidad, tal vez para siempre, o quizá no era real en absoluto, no lo había sido nunca, ¿cómo saberlo? Giré bruscamente, preparado para descubrir que la arcada que conducía a la casa que había pensado comprar había desaparecido, pero no: la arcada seguía en el mismo lugar; por fortuna no estaba perdido en un universo alternativo, sin posibilidades de regreso. Vacilé un segundo. Lo arruinaría todo si no acertaba con el movimiento correcto, pero tampoco podría seguir viviendo con la duda sobre los hombros.

No obstante, cuando volví a mirar la pieza, Rosa y Salvo habían desaparecido. La habitación estaba vacía, como tantas otras de la casa. No había rastros de la mesa y las sillas y un enorme ventanal daba a un patio en el que los últimos vestigios de una luz cobriza se arrugaban como la piel de una fruta que se pudre. La puerta se abrió y alcancé a oír la voz del vendedor de la inmobiliaria.

—¿Señor? —dijo con voz vacilante—. ¿Está por aquí?

No era posible, nada era posible. Salí al exterior y miré hacia el campamento. Guevara ya me había sacado unos buenos cien metros.  Pero la realidad está atada a leyes lógicas, me dije; no puede ser que la gente aparezca y desaparezca así.

—Sí, estoy aquí —dije, entrando resueltamente a la habitación. El vendedor suspiró aliviado—. Estaba curioseando —agregué.

—Esto da al parque —dijo él señalando la arcada por la que había salido Guevara. Acomodé la idea en mi cabeza. Llamar parque a un monte de matorrales con arroyo propio se me antojaba disparatado, pero era la lógica del vendedor inmobiliario, no la mía o la de los otros tres.

—Hermoso parque —dije por decir algo. Me moví para superar la línea del vendedor, pero él me tomó del brazo.

—¿Vio algo que no tendría que haber visto? —La expresión del tipo había cambiado drásticamente. Desaparecida la sonrisa de plástico, me miraba con dureza, descaradamente, como suele mirar la policía a un sospechoso. La presión sobre el brazo se acentuó; pensé en Rosa y en que todo el mundo parecía interesado en mantenerme sujeto, no sólo en esa casa y en ese momento.

—¿Me va a soltar? ¿Qué se cree?

—No —dijo el tipo, obstinado; ahora me costaba pensar en él como un simple vendedor inmobiliario; era otra cosa, sin duda, como había dicho Guevara; el vendedor es peligroso, dijo, él es el enemigo. El vendedor lo confirmó de inmediato, con cuatro palabras enigmáticas y concluyentes—. ¿Quién es la mujer?

—¿Qué mujer? No vi ninguna mujer.

—No sea imbécil. —Aumentó aún más la presión sobre el brazo y con un movimiento vertiginoso sacó un arma y me la apoyó en la frente.

—¿Qué hace?

—No estoy jugando; ellos tampoco. ¿No le dijeron que esto es una guerra?

Me reí con la mayor naturalidad posible. —¡Usted está loco! Vine a comprar la casa.

—Esa fue la idea primitiva, pero las cosas cambiaron desde que se encontró con esos tres. —La contundencia de la afirmación desmoronó mi esquema. Sabía todo, no era un truco; era capaz de leer la mente con absoluta eficacia. Decidí dar un golpe de timón, un manotazo de ahogado.

—Ah, esos, iba a preguntarle, justamente. ¿La casa está ocupada? ¿Cómo los saco de aquí? Si la compro, ¿me veré envuelto en cuestiones judiciales?

El tipo me soltó y retrocedió un paso, aunque sin dejar de apuntarme con el arma.

—¿Qué estaban haciendo?

—Están ahí afuera, tomando unos mates —dije con la mayor naturalidad—. ¿No lo sabía? ¿No era que usted lee las mentes?

—¿Yo? ¿Cómo lo sabe? —La vacilación duró un instante, pero por lo visto en las zonas francas alcanza con eso. Una pared volvió a abrirse como un diafragma, chis, chas, no la misma, donde ahora había una ventana, sino la que daba al pasillo, pero esta vez pude verlo sin dificultad. Rosa saltó como una pantera y sujetó la mano del vendedor que empuñaba el arma. Pero eso no fue todo. Hubo otro chis, chas, en el techo, y Salvo se descolgó en cámara lenta, como si se hundiera en un gran volumen de plumas de cisne. Esa morosidad no parecía ser importante, ya que el vendedor estaba paralizado. Su rostro había quedado congelado en una expresión de atónito terror, como si su cerebro fuera incapaz de ordenar otra cosa. Salvo blandía un cuchillo de monte de hoja muy ancha, y lo usó para abrir al tipo del ombligo al cuello.

—¡Guarda que sale! —anunció Salvo.

Del interior del vendedor salió una criatura monstruosa, un esferoide de color azafranado, un ser que no se parecía a nada que viviera en la Tierra. El monstruo no tenía extremidades y se precipitó torpemente, cayendo al suelo sin hacer ruido. No sabía si sorprenderme por lo que estaba viendo o por la forma en que Rosa y Salvo manejaron la situación. Me pareció increíble que la criatura se alojara en el interior del cuerpo de un humano y que, tal vez, no sé, conjeturo, hubiera tomado posesión del mismo para manipularlo.

—Salga, si es impresionable —dijo Salvo—. No miento si le digo que lo que sigue es bastante desagradable. —Iba a preguntar qué quería decir con eso, cuando Guevara volvió a entrar por el mismo lugar que había usado para salir. Traía una bolsa de plástico negro y sin dar ninguna explicación vertió el contenido sobre la criatura. Una cascada blanca cayó sobre el esferoide, que empezó a menguar, al tiempo que se desgajaba, tornándose gris y despidiendo un olor nauseabundo, el mismo que había percibido en la habitación llena de muebles.

—¿Es sal? —dije, estúpidamente.

—Es cocaína —dijo Guevara—. No es una guerra barata. Cada uno de estos bichos nos cuesta una fortuna. —La criatura no tardó en quedar reducida a un montón de cenizas. Salvo se acuclilló para remover los restos con el cuchillo. Rosa se ocupó del vendedor, pero yo tuve que apartar la vista; parecía como si el monstruo que había albergado en su interior le hubiera devorado los órganos. Decir que el tipo estaba muerto era una inocentada.

—Así que esta es la guerra —dije.

—Una de las guerras —dijo Salvo.

—Me usaron miserablemente —protesté—. Sabían que el tipo vendría a buscarme; estaban cebando la trampa.

—Cebar trampas, cebar mate —dijo Guevara—. Qué se le va a hacer. Hay cosas peores. ¿Sabe lo que pasaría si estos logran reproducirse?

—No, pero lo imagino. Veo una legión de vendedores inmobiliarios avanzando sobre las grandes capitales.

—¿Es estúpido? —dijo Rosa. Cuando se enojaba el acento alemán se hacía muy ostensible. Por un momento creí que podía saber quiénes eran realmente esos tres, aunque la historia jamás fue mi fuerte. Tal vez eran nomás los de los libros, con nombres y apellidos y hazañas completos.

—No soy amigo de dar consejos —dijo Guevara—, pero le voy a dar uno: no compre la casa si no quiere vivir en medio de un campo de batalla. —Juntó lo que quedaba de la criatura utilizando la bolsa de plástico en la que había traído la cocaína y lo envolvió sin tocarlo con las manos. Después sacó un rollo de cinta de embalar y le dio varias vueltas. Todo el paquete no abultaba mucho más que una pelota de fútbol.

—Me sacaron las ganas. —Traté de sonreír y no pude.

—Entonces no sé si nos volveremos a ver —dijo Salvo tendiéndome la mano. Se la estreché. Rosa movió la cabeza y fue la primera en salir de la habitación. Chis, chas, ya saben.

—Lo mío es un poco más complicado —dijo Salvo—. Sólo funciona cuando no queda nadie. —No pregunté más; seguramente el techo, convertido en una gran boca, se lo deglutiría. Vi que Guevara salía por la arcada, como todas las otras veces y un par de piezas encajaron: sólo podían encontrarse en ese lugar, en ese punto de intersección y por eso habían necesitado que yo atrajera al vendedor. Igual me sentí una porquería.

Salí de la casa y me propuse seguir el consejo de Guevara al pie de la letra.

Soy Sergio Gaut vel Hartman, un escritor, editor y antólogo nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1947. Creé y coordino este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. Los interesados pueden conocer mi trayectoria en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

 

miércoles, 25 de marzo de 2026

LEPIDÓPTERO

Boris Mišić

 

Un viento frío me azotó con fuerza el rostro mientras, tambaleándome, salía del sótano de vinos en la calle Pašićeva. Era mi estado habitual en los últimos meses… hm, para no mentirnos, en los últimos años. Siempre fui un hedonista, disfrutaba del alcohol, la comida y las mujeres. Una vagabunda se me insinuaba en el sótano, empujándome su generoso escote contra la cara, pero mi capacidad de disfrute se había perdido en algún punto con el paso del tiempo. La ignoré y salí tambaleándome al exterior. Estaba pálido y tenía ganas de vomitar. Pensé que me vendría bien caminar hasta el parque Dunavski. Había recorrido esa ruta un millón de veces: sótano de vinos, sobriedad en un banco del parque, cama en la residencia estudiantil Veljko Vlahović.

Logré llegar a un banco. Hacía bastante frío, así que no había parejas enamoradas besándose ni intercambiando caricias. Solo en un banco había una chica regordeta de cabello negro. No podía calcular su edad. Vestía de negro, con un estilo oscuro, casi gótico. Sostenía una caja en las manos y me sonreía. Aparté la mirada. Lo último que necesitaba era eso: una drogadicta o una loca que viniera a sentarse en mis piernas. La apatía y la indiferencia habían matado en mí, hacía tiempo, cualquier deseo sexual. Lo único que quería en ese momento era vomitar, expulsar el vino de mi cuerpo y llegar a la cama.

Los dedos de la chica se movían con destreza sobre la caja, y pronto la tapa se levantó. Ni siquiera vi qué había dentro hasta que algo se posó sobre mi hombro. Me di cuenta de que era una mariposa y, justo cuando intenté aplastarla con la mano, se trasladó velozmente a mi otro hombro. Confundido, miré hacia la chica: ya no estaba en el banco. Excelente, pensé, ahora también he empezado a alucinar. Pronto vendrán los ratones blancos.

Sin embargo, la mariposa era real. Cada vez que intentaba aplastarla o atraparla, se movía a otra parte de mi cuerpo. Bien, pensé, si estás tan empeñada, te llevaré conmigo a la residencia estudiantil. Quizá seas una especie rara, y podría ganar algo de dinero contigo. Solté una risita. Mi locura estaba avanzando seriamente. Veo chicas que desaparecen y hablo con polillas nocturnas.

Entonces sentí un sonido extraño: como un suave y leve aleteo que venía de algún lugar lejano. Mi mariposa ya no se movía, pero habría jurado haber escuchado algo inusual. Volví a ver a la chica en el banco. Bien, mi cordura está regresando. Solo duró un segundo, hasta que comprendí que no era la misma chica que sostenía la caja con la mariposa en el regazo. Nuestras miradas se cruzaron y un escalofrío me recorrió la espalda: reconocería esos ojos incluso estando completamente fuera de mí.

El escalofrío pronto dio paso a la felicidad. Caminé hacia ella en silencio, como un sonámbulo, con la extraña mariposa sobre el hombro.

—¿Ana? —logré apenas articular.

—Soy yo, amor. —Era la voz de Ana.

Ya no podía hablar; las palabras se me atascaban en la garganta. Decidí ignorar ese “amor” hasta entender qué estaba pasando. La abracé, y el abrazo disipó todas las dudas. Su cabello se deslizaba entre mis dedos, su aliento me calentaba las mejillas, y sus dedos recorrían suavemente mi rostro. La buena y vieja Ana. Cuántas veces descansamos aquí, Ana, María y yo, riendo, borrachos de vino y juventud. Una vez salimos sin María; llevé a Ana borracha a la residencia estudiantil, la arropé con cuidado en la cama, y no, no me aproveché de ella. No era tan cerdo como para engañar a mi novia con su mejor amiga.

El trío sin timón navegó durante mucho tiempo por aguas rápidas, aparentemente intocable, inmortal. Hasta aquel fatídico viaje con Radenko. Bonachón, simple, tosco… estúpido Radenko. Lo suficientemente estúpido como para sentarse al volante tras seis cervezas y llevar a María y a Ana hacia la noche eterna.

Abracé a Ana con fuerza. El hecho de que llevaba mucho tiempo muerta, decidí, lo dejaría para después. Ahora solo quería sentir su aliento en mi mejilla… y algo más. Algo cálido y dulce se deslizaba en mi boca, y mi mente alcoholizada tardó en comprender que era la lengua de Ana. Cuando lo entendí, la acepté con gusto.

—Idiota —susurró—. ¿Por qué no hiciste esto antes?

—María —balbuceé—. Ella no habría… yo no… no podía…

—Tonto —me reprendió con dulzura—. María y yo nos amábamos. No sabíamos cómo lo tomarías, y no queríamos perderte. Planeábamos decírtelo justo después… no tuvimos tiempo, ya sabes.

—Así que vivía a un paso del paraíso… —sentí que empezaba a sudar de repente—. No tenía idea de que ustedes dos… y de que yo podía ser… Ana, estoy borracho, cansado, y estoy alucinando. Explícame: ¿cómo es que estás aquí y cómo es que estás viva?

—No estoy viva. —El escalofrío volvió a subir por mi espalda—. Al menos no de la manera en que los humanos entienden la vida. He venido a pedirte que vengas: aún podemos estar juntos. Ella me lo permitió, pero no tenemos mucho tiempo porque…

Otra vez el suave aleteo, y Ana desapareció, se deslizó entre mis dedos, rompiendo la ilusión y devolviéndome a la cruda realidad de un estudiante fracasado y alcohólico. La maldita mariposa seguía posada en mi hombro, y la chica de negro volvió a mirarme desde el banco. Su mirada era oscura y seductora.

—¿Por qué me atormentas, maldita seas? —grité—. ¡Me metes imágenes en la cabeza! ¡Déjame!

—Los humanos siempre son tan patéticos —rio la chica de negro—. ¿Quieres verlas? ¿Quieres estar con Ana y María? Cuando llega el momento de demostrar valentía, siempre aparece vuestra cobardía. Sigue a la mariposa, pequeño, y obtendrás tu paraíso.

La criatura nocturna avanzó por el parque hacia el paso peatonal, y la chica de negro caminaba detrás de mí con esa sonrisa enloquecedora. La mariposa se lanzó directamente hacia el semáforo en rojo, y la chica me señaló que la siguiera. Me detuve, confundido.

—Está en rojo —murmuré.

—Buenos días, Colón —se rio.

Todo ocurrió en un segundo. De nuevo el sonido de alas. El chirrido de los frenos, los gritos de la gente del local cercano. Observé con asombro mis propios miembros y mi cuerpo, despedazados sobre el asfalto. No recordaba dolor alguno ni el momento de la muerte. ¿Era esto una experiencia extracorporal? Me di cuenta de que atravesaba las cosas, de que otras dos formas se entrelazaban y se fusionaban conmigo.

—No —grité con una voz que ya no producía sonidos—. No, me has engañado, devuélveme, esto no soy yo, ¡estas no son Ana y María!

—¿Quieres hacerlo de la manera clásica? Bien, como quieras. Agradéceselo a ella. Suplicó, no tienes idea cuánto. Nunca entenderé qué ven las mujeres en vosotros, débiles. —La chica de negro despotricaba contra el género masculino.

Aleteo. Un destello de luz, un paso por un túnel.

Vuelvo a sentir mi forma física, mis manos, mis piernas, mis labios. Mis brazos vuelven a abrazar el cabello de Ana, mi lengua busca la suya, sus dientes se hunden en mi cuello, y escalofríos de excitación y placer recorren mi piel mientras los labios de Ana beben mi sangre.

Ha pasado mucho tiempo. Ya no estoy enfadado con la chica de negro ni con la mariposa. No encontré el paraíso, quizá más bien el infierno, pero no me quejo. Estoy otra vez con María y Ana, y sí, si tienen curiosidad, disfrutamos de las formas más tiernas, más brutales y desenfrenadas de sexo. ¿Están celosos? Y deberían estarlo. Si quieren visitarnos, vengan al atardecer: somos sensibles a la luz del sol, nos quema la piel, así que solo recibimos visitantes nocturnos.

También cazamos juntos, los tres. Vengan sin miedo, no dolerá. Una pequeña mordida, el roce de sus dulces y divinas lenguas, y eso es todo.

Y el aleteo de unas alas finas y oscuras.


Boris Mišić nació el 6 de mayo de 1974. Vive y trabaja en Novi Sad, Serbia, donde se graduó de la Facultad de Derecho. Sus relatos de fantasía, ciencia ficción y terror se han publicado en varias colecciones y revistas de Serbia y la región: Iron Gate, Guardians of the Golden Fleece 2, Something Breathes in my Cake, Shades of Evil, Shades of Time, Besan, Maksim, Omaja, UBIQ, Regia fantastica. Varios de sus relatos fueron traducidos al esloveno y publicados en la revista eslovena de ciencia ficción Supernova. También publicó tres colecciones independientes de relatos de fantasía y terror: Šatorica Fairy, Bells of Heaven y Heart of Dinara.

LA DANZA DE LOS COMBATIENTES… Y EL PEGAJOSO TROZO DE PASTEL

Remi Lootens

 

La multitud anima a los dos combatientes con tanta fuerza que Alicia se tapa los oídos con las manos. Le gusta la diversión, sobre todo después de sus anteriores aventuras en el País de las Maravillas, pero tampoco hace falta que sea tan ruidoso. En la arena, el Unicornio gira alrededor del León. No tiene muy buena pinta para este último. Tiene una herida en el costado y sus movimientos se vuelven más lentos. Alicia espera que no esté sufriendo. ¿Dolor de verdad, existe eso en el País de las Maravillas?

El Rey Blanco le ofrece en el balcón de honor un trozo de pastel.

—Has cortado el pastel de forma tan bonita sin cortarlo hace un momento. Creo que te mereces la porción más grande.

Claro, el pastel no se dejaba cortar, por más que Alicia lo intentara. Y sin embargo, ahora hay aquí una rebanada. Se quita las manos de los oídos y solo entonces se da cuenta de que ha entendido perfectamente al Rey. Mira sus manos: ¡se han vuelto transparentes! No es de extrañar que siguiera oyendo el griterío del público. Pero ¿y ahora qué?

—Mis disculpas, Señor, pero tengo un pequeño problema.

El Rey Blanco echa un vistazo a sus manos.

—Oh, eso nos ocurre todo el tiempo —la tranquiliza—. Mira mi pierna. O no mires mi pierna. O mejor aún, mira mi no pierna.

El Rey se levanta de su trono al aire libre y, para sorpresa de Alicia, solo tiene una pierna.

Mientras tanto, Alicia ha olvidado la lucha que se desarrolla abajo. Incluso el ruido ha pasado a segundo plano.

—¿Cómo puede mantenerse en pie, Señor?

—¿Cómo puedes tú comer? Inténtalo.

Alicia ya está un poco cansada de comer y beber en el País de las Maravillas. Siempre ocurre algo extraño. Además, ¿cómo hacerlo con esas manos inexistentes? Extiende un brazo hacia el platillo que el Rey le ofrece. Y, sorprendentemente, sus dedos chocan contra él. Sus manos siguen ahí, solo que no puede verlas.

El Rey se ríe entre dientes.

—Con cuidado, muchacha, al principio cuesta un poco acostumbrarse. Yo, por ejemplo, puedo valsar sin problemas en el salón de baile, incluso con mi pierna invisible. Nunca choco con las damas. A menos que quiera… —añade con picardía.

Alicia piensa lo que quiere al respecto. Tras una breve vacilación, da un mordisco. El pastel de fresas es delicioso. Mastica con entusiasmo, pero los trocitos de pastel vuelven a unirse en su boca. Esto es tan difícil como cortar aquella cosa obstinada.

—¿Qué ten-go que ha-cer? —pregunta, con la boca llena.

El Rey llama al Caballero Blanco, que al fondo del balcón mantiene una animada conversación con una dama de la corte.

—Charles, trae la bebida desmezcladora.

Luego se dirige a Alicia y señala la arena.

—Te estás perdiendo la lucha.

Alicia parpadea para indicar que lo ha entendido. Solo entonces se le ocurre que no es educado hablar con la boca llena ante un Rey. Su lengua se abre paso a través del compacto trozo de pastel. ¡Qué difícil! Decide seguir el consejo del Rey Blanco.

Mientras tanto, la situación ha cambiado en el campo de batalla. A juzgar por lo que ve, el León, quizá impulsado por el coraje de la desesperación, ha asestado varios golpes contundentes. La sangre gotea del blanco Unicornio. El animal cae de rodillas. ¡Qué terrible! Alicia traga, lo cual no es buena idea, porque el trozo de pastel se desliza por su garganta. Tose y se ahoga. Todo se vuelve negro ante sus ojos. Apenas alcanza a ver al Caballero Blanco acercarse con un vaso.

—Déjala beber —ordena el Rey.

Alicia siente el frío del vaso contra sus labios. Poco a poco, la bebida fluye en su interior. Hace espuma en su boca; el pastel se disuelve en ella.

—Quizá deberíamos elegir otro panadero —sugiere el Caballero Blanco. Mira rápidamente a Alicia, cuyo rostro ya está un poco menos pálido que antes.

—¿Estás loco? ¡Nadie hornea mejor que la Mosca del Pan con Mantequilla! —El Rey acaricia el cabello dorado de Alicia—. Seguro que todo saldrá bien con nuestra noble visitante. Mira, incluso sus manos vuelven a ser visibles.

El Caballero inclina la cabeza.

—Por supuesto, Señor. Tiene usted toda la razón, Señor.

La dama de la corte se ha unido al grupo. Sienta a Alicia con cuidado en una silla y la abanica suavemente. Poco a poco, la niña empieza a sentirse mejor.

—Pastel delicioso —susurra—, pero no quería entrar en mi estómago.

La dama le da un apretón alentador en el brazo.

Ahora que Alicia ha recuperado el sentido, se da cuenta de que se ha hecho un gran silencio. ¿Ha terminado la lucha? Gira en la silla y mira hacia abajo. Uy, ha sido demasiado rápido; vuelve a marearse. Estrellas bailan ante sus ojos; entre ellas ve al Unicornio y al León seguir su ejemplo. Los combatientes comienzan con gran elegancia una gorlitza. Alicia no entiende nada.

—¿Bailan porque vuelven a ser amigos? —pregunta débilmente.

El Caballero Blanco le da de beber otra vez del frasco. La bebida sabe exquisita. Todas las estrellas han desaparecido; solo el León y el Unicornio bailan al son de una música que nadie oye.

El Caballero Blanco sonríe.

—En el País de las Maravillas, pocos desean realmente la muerte de los demás. La Reina Roja es un caso aparte.

Eso tranquiliza mucho a Alicia. Sigue los movimientos de la pareja.

—Tienen mucho sentido del ritmo.

A Alicia le gusta bailar; con su hermana suele bailar en la habitación infantil, antes de dormir, a menudo un cotillón.

—Eres una conocedora —observa con aprobación el Rey Blanco. Se coloca junto a Alicia y saluda a los bailarines—. Los traeré aquí para ti —dice.

—Es usted muy amable, Señor. Gracias, también por el pastel.

Ahora el Rey hace un gesto hacia Alicia.

—El Rey es generoso; si no es generoso, no será Rey.

Eso le parece a Alicia un notable ejemplo de lógica. La multitud en las gradas se divide en dos y deja paso al León y al Unicornio. Alicia observa atentamente; aún ve las heridas en los animales, pero son claramente menos graves que hace un momento. Los animales son admitidos en el balcón de honor. Primero se arrodilla el León, luego, con algo más de dificultad, el Unicornio.

—¡Una lucha fabulosa, verdaderamente fabulosa! —dice el Rey con entusiasmo.

El Caballero Blanco levanta el pulgar hacia los combatientes y la dama de la corte deja caer despreocupadamente su hennin. El León se apresura hacia allí, recoge con su hocico el puntiagudo sombrero con velo y se lo presenta a la dama.

—Oh, qué descuido por mi parte —dice ella, pero Alicia nota que se ha sonrojado intensamente.

El Rey abre los brazos.

—Diría que se sienten con nosotros, pero no sé si estas sillas son adecuadas para ustedes.

En el ahora abarrotado balcón, el Unicornio se acerca al Rey y se esfuerza al máximo por hacer una reverencia.

—Si no le importa, prefiero quedarme de pie.

—Perfecto. —El Rey revuelve la crin del Unicornio.

—Aún queda pastel —propone el Caballero Blanco.

A ver si esto termina bien… Alicia observa con preocupación cómo el pastel, que de algún modo incomprensible se ha cortado a sí mismo en rebanadas, se reparte entre todos.

—Para ti no más, niña —dice la dama.

—Estoy completamente de acuerdo —responde Alicia, limpiándose una miga de la comisura de los labios.

El León ve la expresión preocupada de Alicia y posa suavemente su garra sobre su regazo. Aún tiene sangre; da bastante miedo.

—Los combatientes y los bailarines no comen el pastel. Mira lo que ocurre.

La dama de la corte frota una rebanada de pastel sobre las heridas del Unicornio. Allí por donde pasa, desaparecen los arañazos y las grietas.

—Esto acelera su proceso de curación —le explica a Alicia.

—Tu turno —dice el Caballero Blanco, y hace lo mismo con el León.

El Rey observa satisfecho.

—Todo de primera categoría. La próxima semana organizaremos una nueva competición. Quizá entonces podáis empezar con algunos bailes de salón y luego luchar a vida o muerte.

Los animales asienten con entusiasmo.

—Entonces, primero unos días de descanso —concluye Alicia—. ¿Vendré otra vez?

El Rey posa su brazo paternalmente sobre su hombro.

—Eres ciudadana de honor del País de las Maravillas, y eso no lo puede cambiar ninguna Reina Roja. Quédate cerca y aún vivirás cosas fantásticas.

¡Alicia cuenta con ello!

Remi Lootens vende coches y trabaja muchas horas. Lleva solo un año y medio escribiendo ficción. Publica sus relatos y poemas en Substack. Prefiere escribir poesía. Debutó "en papel" en una antología llamada Alice. Nieuwe avonturen in Wonderland. También ha publicado varias veces en la revista de terror GRIM. Actualmente está considerando participar en concursos de escritura. A Remi le gusta leer manga, novelas históricas y no ficción sobre política. Le encantan los juegos de cartas.

EL LENGUAJE DE LOS HUMANOS

Subodh Jawadekar

 

Era de madrugada y hacía bastante frío. En una playa de Noruega, tres personas estaban de pie sobre una plataforma de cemento que era golpeada por las olas del mar. Cuando se estrellaba contra el borde, el agua salpicaba en un chorro de casi medio metro de altura, empapando por completo los alrededores. El viento helado zumbaba junto a las orejas, se metía por dentro de la ropa y mordía la piel. Las gotas de agua salada les hacían arder los ojos a los tres. El cuello de los impermeables aleteaba con el viento y las correas de los gorros les golpeaban de vez en cuando las mejillas con un chasquido, como latigazos.

Pero, sin hacer caso del frío ni del viento, los tres seguían allí, esperando a alguien.

Frente a ellos había un instrumento que parecía un televisor. De él salía un cable que se internaba en el mar. Y, en una cesta al lado, había grandes peces.

Pasó bastante tiempo.

—Señor, no me parece que vayan a venir ya —dijo, por fin, aburrido, el joven alto del grupo—. Ya pasó la hora de siempre. Todos los días vienen al amanecer, a eso de las cinco o cinco y media. Ya son las seis y media.

Bhargava lo reprendió.

—Qué impaciente eres, Rao. Si quieres investigar a los seres del mar, esa impaciencia no sirve de nada. Hace falta mucha paciencia. En cierto sentido, esto también es pesca. Hay que estar dispuesto a dejar el anzuelo durante horas.

El rostro del corpulento doctor Bhargava era bastante redondo y carnoso. Usaba gafas y tenía la piel clara, aunque tostada por el sol. En su cara había un brillo de inteligencia, pero el orgullo de sus ojos no se podía ocultar.

La brusquedad del Bhargava hizo que Rao bajara la cabeza.

—No es eso, señor. Estoy dispuesto a esperar. Solo lo decía porque ya es muy tarde. —Luego, volviéndose hacia Anuradha, agregó—: ¿Tú qué piensas? ¿Vendrán ahora? ¿Tan tarde?

Anuradha era muy pequeña de estatura. Con su impermeable rosa, parecía una colegiala. Si alguien hubiera dicho que tenía un hijo de diez años, a nadie le habría parecido creíble. No respondió. Solo señaló la pantalla del aparato que tenían delante.

En la esquina superior de la pantalla habían empezado a aparecer dos puntos. A medida que se acercaban, su tamaño iba aumentando. Anuradha pulsó algunos botones del panel, y los contornos de aquellos puntos empezaron a definirse. Se hizo visible que se acercaba una pareja de delfines.

—Vaya, parecen Cojo y Pequeña —escapó espontáneamente de su boca.

—¿Qué? —preguntó Bhargava, sorprendido—. ¿Qué has dicho?

El rostro de Anuradha mostró la expresión de quien ha sido sorprendida haciendo una travesura.

—Nada, nada —murmuró, avergonzada.

Entonces Rao dio un paso al frente.

—Señor —dijo—, es que ella les ha puesto nombre a todos los delfines.

Bhargava se sorprendió.

—¿Les ha puesto nombre? ¿A los delfines?

—Sí, señor —dijo Rao—. Les ha puesto nombres como Chico, Cojo, Pequeña y Gordo.

—¿Qué? ¿Cojo? ¿Un delfín cojo? ¿Te has vuelto loca o qué?

Anuradha se puso nerviosa.

—Lo que pasa, señor, es que… bueno… ese delfín… nada un poco torcido, señor. Quiero decir… como camina una persona que tiene una pierna inválida… por eso le puse Cojo.

La cara Bhargava se endureció.

—Señora Deolalikar, ¿qué infantilismo es este? ¿Ponerles nombres a los delfines? ¿Qué necesidad hay? Ya los hemos clasificado y les hemos dado números. Debemos referirnos a ellos por esos números, no por nombres. ¿Entendido?

Anuradha se ruborizó.

—Pero, señor… cuando escribo los informes los menciono por su número. No por sus nombres.

—Y así debe ser siempre. Hemos venido aquí a estudiarlos. No son animales domésticos a los que haya que mimar. ¿Pequeña, Gordo, Cojo? ¡Qué tonterías! —Rao miró a Anuradha y sonrió con sarcasmo. Anuradha intentó decir algo, pero Bhargava la interrumpió—: Estos delfines son instrumentos de nuestro experimento. Tan inertes como cualquier otro.

—Pero, señor, los delfines no son objetos inertes.

—Tonterías —dijo Bhargava con enojo—. Hay que considerarlos inertes. A lo sumo, podemos llamarlos cobayas.

Anuradha se quedó callada. El viento rugía. De pronto, su sonido pareció volverse mucho más fuerte. A lo lejos se oyó el griterío de las aves marinas.

—No, señor —dijo luego, mirando al doctor con firmeza—. Los delfines no son cobayas. También son inteligentes. Los delfines tienen su propio lenguaje. Pueden hablar entre ellos.

Nadie solía hablar mirándolo a los ojos. Al oír aquello, Bhargava se enfureció. La vena de su frente empezó a palpitar con fuerza.

—¿Tú me vas a hablar a mí de la inteligencia de los delfines? ¿A mí?

—Anuradha —intervino Rao—, ¿has olvidado que Bhargava es una autoridad internacional en delfines?

Anuradha se azoró.

—Perdón, señor —dijo—. No quise faltarle al respeto. Solo quería decir que no se debe tratar a los delfines como cobayas. Puede que no sean tan inteligentes como nosotros, pero aun así…

Bhargava la interrumpió otra vez.

—Mire, señora Deolalikar, nadie puede hablar con tanta autoridad como yo sobre la inteligencia de los delfines y sobre su lenguaje. Ese no es el punto. Los delfines son animales de laboratorio. Animales de laboratorio. Nada más. ¿De acuerdo? Cuando se experimenta con ellos, no se puede uno involucrar sentimentalmente. Y esos nombres que usted les ha puesto son precisamente eso: una manera de involucrarse. Nada más. ¿Entiende lo que quiero decir? —Anuradha asintió—. Mire —continuó Bhargava, bajando un poco el tono—. Supongamos que mañana queremos estudiar a los delfines. Queremos estudiar su vida amorosa. Queremos ver qué efecto produce en uno de ellos la muerte de su pareja. En ese caso, tendríamos que matar a uno de los dos, al macho o a la hembra. ¿De acuerdo? ¿Sería usted capaz?

Anuradha se estremeció de pies a cabeza. ¿Qué estaba diciendo Bhargava? ¿Matar a la hembra para ver cómo enloquecía el macho tras su muerte? Ante los ojos de Anuradha apareció su marido, que la esperaba a cientos de kilómetros de allí. Cuando ella había decidido participar en la experiencia durante un año, él había quedado profundamente alterado. No le había dicho ni una sola vez «no vayas». Al contrario, le había dicho que se trataba de una oportunidad magnífica, que podría trabajar con Bhargava, y que debía ir sin falta. Pero recordaba la inquietud de sus ojos. Los recuerdos de su hogar la llenaron de nostalgia.

—¿Dónde tiene usted la cabeza? —le dijo Bhargava.

Anuradha miraba fijamente el mar.

Cojo y Pequeña estaban ya muy cerca. Sus hocicos puntiagudos empezaban a verse fuera del agua. Anuradha comenzó a lanzarles los peces de la cesta. Los delfines saltaban para atraparlos. Cuando ya hubieron comido lo suficiente como para quedar satisfechos, empezó el experimento.

Ya habían aprendido a obedecer órdenes como «acércate», «aléjate», «salta». Anuradha les hizo practicar con ellas. La lección de aquel día consistía en enseñarles direcciones: había que comprobar si, al producir un sonido desde una determinada dirección, los delfines iban o no hacia ella. Si identificaban bien la dirección, recibían como recompensa pescado fresco. Había que llevar un registro de cuántas veces acertaban y cuántos errores cometían. Ese era el tipo de experimento.

Anuradha trabajaba mecánicamente. Pero la pregunta que Bhargava le había hecho hacía un rato no se le iba de la cabeza.

«Supongamos que mañana queremos estudiar qué efecto produce en un delfín la muerte de su pareja. En ese caso, tendríamos que matar a uno de los dos. ¿Sería usted capaz?»

¿De verdad sería capaz? Seguía preguntándoselo una y otra vez.

Pero, al realizar esa clase de procedimientos, ¿era realmente necesario ver a los delfines como instrumentos inertes? ¿No se los podía ver como amigos? Pero entonces, si el corazón se apegaba a ellos… ¿entonces qué? Anuradha no lograba decidirse. Por más que Bhargava insistiera, ella no conseguiría aceptar aquello. No podía ver a los delfines como meros elementos de experimentación. Al contrario, cada día se sentía más unida a ellos.

Se levantaba de madrugada. Iba al mar. Rao casi siempre llegaba más tarde. Entonces ella y Rao hacían los experimentos que Bhargava había planificado. Cuando terminaban, Rao regresaba al campamento. Pero Anuradha se quedaba allí. Almorzaba en el mismo sitio. ¿Almorzar? Apenas un sándwich y alguna fruta. Luego se quedaba hasta la noche. A veces incluso se le hacía tarde para la cena.

Anuradha llevaba ya cuatro meses en el campamento. Cuando llegó, Bhargava había pensado que aquella muchachita de apariencia frágil no podría ser de mucha ayuda. ¿Cómo iba a soportar una vida tan dura? Se quedaría unos cuatro días y se volvería, eso era lo que él creía.

Pero Anuradha era distinta. Tenía la costumbre de entregarse por completo al trabajo. No se quejaba. Y poco a poco la opinión del doctor fue cambiando. Más adelante, su comportamiento incluso empezó a parecerle extraordinario. Pero no era propio de él preocuparse demasiado por una ayudante de investigación. A sus órdenes trabajaban diez o doce personas. Para Bhargava, todas ellas eran instrumentos del experimento. Bastaba con comprobar si hacían bien o mal la tarea asignada. Lo demás no le importaba.

 

Los días pasaban. Los experimentos de Anuradha continuaban.

Y un día volvió al campamento literalmente flotando de alegría. En cuanto llegó, empezó a gritar para que todos la oyeran.

—¡Hablaron! ¡Mis delfines hablaron conmigo! ¡Me llamaron!

La emoción no la dejaba articular bien las palabras.

Luego corrió a contárselo a Rao. Naturalmente, a Rao le resultó imposible creerlo. Se burló de ella.

—Vamos, ¿qué disparates estás diciendo?

—No son disparates, es verdad.

—No digas tonterías.

—De verdad, Pequeña me llamó. No fue del todo claro, pero quería decir «Anuradha».

—Imposible. Completamente imposible. No podemos oír el habla de un delfín.

—Pero…

—No seas ridícula —dijo Rao sin dejarla continuar, Rao—. El ser humano solo puede oír frecuencias de hasta veinte mil hercios. La frecuencia de la voz de los delfines está por encima de eso. Entonces, ¿cómo podríamos escucharlos?

—Eso es justamente lo que te estoy diciendo. He fabricado un instrumento. Uno que les permite oír nuestra voz y a nosotros la de ellos.

Rao la despachó con desdén.

—¿Qué dices, que has fabricado un instrumento y que con él escuchaste la voz de un delfín?

—No solo la voz —dijo ella con orgullo—. También oí claramente que me llamaban. «Anuradha», dijeron.

—Habrá sido una alucinación.

—En absoluto. Ven mañana conmigo. Te lo mostraré —dijo Anuradha.

Aquella noche Anuradha no pudo dormir. Permaneció despierta y escribió cartas a su marido y a su hijo. Les presentó a su Pequeña, a Gordo, a Cojo. Les prometió enviarles fotografías. Les prometió enviarles una cinta con sus voces. Describió todo: lo inteligentes que eran, lo rápido que aprendían, cuánto recordaban… Mientras escribía, ni siquiera se dio cuenta de que la noche había terminado.

Aquel día el doctor Bhargava no estaba en el campamento. A la mañana siguiente, cuando llegó, la noticia ya había llegado a sus oídos. Mandó llamarla.

Anuradha fue corriendo a su habitación. Pensaba que Bhargava la felicitaría. Pero en su rostro vio enojo. Se desconcertó.

—¿Qué es esto que estoy oyendo, señora Deolalikar? —preguntó él con dureza.

—Señor… —dijo ella apenas.

—¿Dicen que les ha enseñado a hablar a los delfines?

—Sí… o sea, no. Quiero decir… —Anuradha se había puesto nerviosa—. Los delfines ya hablan. Yo solo fabriqué un instrumento para que su voz pudiera ser oída por nuestros oídos… en realidad no fabriqué uno nuevo. Ya teníamos un convertidor de frecuencia. Yo solo lo ajusté un poco y le añadí un micrófono…

—Basta —la interrumpió Bhargava—. ¿Va usted a darme lecciones sobre el lenguaje y la voz de los delfines? ¿A mí?

Anuradha bajó la cabeza y guardó silencio.

—Mire, señora Deolalikar, los delfines emiten sonidos, se comunican entre sí. Pero no pueden oír la voz humana y reproducir sonidos equivalentes.

—Pero, señor, yo los oí llamarme.

—Los delfines habrán producido algún sonido extraño. Ese convertidor de frecuencia lo distorsionó. Usted lo oyó. Le pareció que la estaban llamando. ¡Puras tonterías!

—Pero, señor, lo he comprobado. Llevo dos meses enseñándoles. Lo que hago es grabar el sonido que producen y luego se lo vuelvo a poner. Después les hago oír cómo debe sonar correctamente. Es el mismo método que se usa para enseñar a hablar a los sordos. Lo sé.

—No me lo explique a mí.

—Pero, señor, de verdad les he enseñado a pronunciar pequeñas palabras. Escúchelo usted mismo y compruébelo.

Bhargava se quedó en silencio un instante.

—¿Y quién le dijo que hiciera todas esas tonterías? —dijo luego secamente.

—Señor, yo… hice correctamente todos los experimentos que usted me indicó. Luego, en mi tiempo libre, les estaba enseñando...

En ese momento, la mirada del doctor se posó en la carta que ella llevaba en la mano.

—¿A quién va dirigida esa carta? ¿A su marido?

Anuradha asintió.

—Entonces ahí habrá escrito todo esto, que les ha enseñado a hablar a los delfines.

—Sí, señor. ¿He hecho algo mal?

—Por supuesto. Ya les advertí que no debían dar publicidad a nuestra investigación sin mi permiso. ¿Se lo dije o no?

—Pero, señor, ¿dónde le he dado publicidad? Solo he escrito una carta a casa.

—Es lo mismo —dijo Bhargava irritado—. En cuanto la carta llegue, su marido saldrá corriendo a los periódicos, ¿verdad? ¿Y luego qué? La noticia enseguida: “¡La extraordinaria investigación de Anuradha Deolalikar! ¡Ha enseñado a hablar a los delfines! ¡Éxito sin precedentes de una investigadora india!” Los periódicos quieren noticias sensacionales como esa. No, eso no. Primero rompa esa carta.

—Pero, señor, no la voy a enviar ahora. La guardaré así. Cuando usted lo compruebe, cuando usted me dé permiso, entonces la enviaré.

—Nada de eso. Primero rompa la carta. Le digo que la rompa. Ahora mismo. Rómpala delante de mí.

A Anuradha se le llenaron los ojos de lágrimas mientras rompía la carta.

 

Al día siguiente, el propio doctor Bhargava fue con ella a ver el experimento. Cuando regresaron, no dijo absolutamente nada. Pero le pidió las cintas con las grabaciones de las voces de los delfines y se encerró directamente en su habitación, se sentó ante su ordenador y se dedicó a enviar varios correos electrónicos.

Pasaron ocho o quince días, y en los periódicos apareció la noticia:

“¡La extraordinaria investigación del doctor Bhargava!”

“¡Ha enseñado a hablar a los delfines!”

“¡Éxito sin precedentes de un investigador indio!”

El nombre del doctor Bhargava resonó por todo el mundo.

 

Los días siguieron pasando. El estudio de Anuradha terminó. Presentó su tesis. Y aun así siguió yendo a la playa para conversar con los delfines. Pasaba gran parte del día junto al mar. Incluso había dejado allí una grabadora por la noche, por si a algún delfín le daban ganas de hablar con ella mientras dormía. Después, cuando encontraba tiempo durante el día, escuchaba esas grabaciones.

Aquel día también estaba sentada en la plataforma, hablando con sus amigos.

—Dentro de unos días me volveré a casa —les dijo.

Sus amigos se confundieron.

—¿Volver? ¿Qué significa volver?

Ella respondió:

—Pues… «volver» significa ir a mi casa.

—Ah, ¿sí? ¿Y entonces cuándo regresarás desde allí?

—Nunca —dijo ella con tristeza.

No se sabe cómo, pero la tristeza de su voz llegó hasta sus amigos.

—¿Qué quieres decir? ¿Ya no volverás a vernos? —preguntó Cojo.

A Anuradha se le escapó un sollozo.

—No… ya no podré volver a verlos nunca.

—¿Por qué? ¿Por qué? —preguntaron todos a la vez.

No supo cómo explicárselo. Así que, por decir algo, respondió:

—Mi casa está muy lejos. Se tarda muchos días en venir desde allí. Por eso no podré volver.

—Entonces iremos nosotros a visitarte —dijo Chico.

—Yo también iré —asintió Pequeña.

—Sí, sí, nosotros también iremos —dijeron Gordo y Cojo.

Entre lágrimas, a Anuradha se le escapó una carcajada. ¡Toda aquella tropa de delfines iba a ir a visitarla a Nagpur!

—Pero es que en mi casa no hay mar —intentó explicarles—. ¿Cómo van a llegar ustedes hasta allí?

—Entonces no te vayas —dijo Pequeña. Los demás también levantaron el hocico en señal de acuerdo.

—No, tengo que irme —dijo ella tratando de explicárselo—. Allí están mi marido y mis hijos.

—¿Marido? ¿Qué es un marido? —preguntó Gordo.

—¿Cómo te lo explico? —Anuradha vaciló un momento. Entonces se le ocurrió de repente—. Un marido es… mi macho.

Entre sus compañeros se armó de inmediato un gran revuelo.

—¿Qué? ¿Tu macho está en tu casa? Entonces, ¿quién es Rao para ti?

Anuradha se llevó la mano a la frente.

—Rao no es mi marido.

—Entonces, ¿cómo es que estás con Rao? —preguntó Gordito.

A Anuradha aquello le pareció gracioso.

—Aunque me vaya, no los olvidaré.

—Nosotros tampoco te olvidaremos —dijo Pequeña. Los demás también asintieron.

—Tú nos enseñaste a hablar.

Anuradha sonrió.

—¿Yo? ¿Yo les enseñé? ¿Cuándo les enseñé?

—Si no fuiste tú, ¿quién?

—El doctor Bhargava. Él les enseñó.

Entre todos los delfines volvió a producirse un gran alboroto.

—¿El doctor Bhargava nos enseñó? ¿Ese hombre gordo que viene contigo? ¿Qué estás diciendo? Él no enseñó nada.

—Yo soy su ayudante —dijo ella.

—¿Y eso qué significa?

—Trabajo bajo sus órdenes.

—¿Y qué tiene que ver?

—Entre nosotros, los humanos, las cosas funcionan así.

—¿Cómo funcionan?

—Todo el mérito de cualquier cosa exitosa se atribuye siempre al jefe.

—¿Mérito? ¿Qué es mérito?

—Eh… mérito significa que se considera que esa cosa la hizo el jefe. La recompensa la recibe el jefe.

—¿Aunque no la haya hecho él?

Anuradha asintió tristemente.

Todos los delfines quedaron pensativos.

Aquello del mérito parecía ser también algo muy extraño. Al parecer, todavía no habían entendido del todo el lenguaje de los humanos. Probablemente necesitarían tiempo para comprenderlo.

 

En ese momento se oyó detrás de ellos el ruido de un jeep. El doctor Bhargava y Rao llegaron apresuradamente. En cuanto bajó del vehículo, el doctor tomó la mano de Anuradha entre las suyas y la felicitó.

—¡Felicitaciones! La universidad ha aceptado su tesis. Ha obtenido el doctorado. Acaba de llegar el correo electrónico.

—¡Mis más sinceras felicitaciones! Me alegra muchísimo —dijo Rao.

En el rostro de Rao no había el menor asomo de alegría. Más bien se notaba la irritación de que aquella mujer lo hubiera superado.

—Gracias —dijo ella como pudo.

—Doctora Deolalikar, pronto se irá de aquí. Antes de marcharse, ¿podría ayudarme un poco?

—¿Qué clase de ayuda?

—Quiero hacer un experimento. Necesito su cooperación.

—¿Qué experimento?

—Se lo explicaré. Mire: nuestros delfines han aprendido a hablar. Pero su habla está solo en el nivel del mensaje, no en el del diálogo. Mientras no aprendan a mentir, no podremos decir que han asimilado de verdad el lenguaje humano.

—No entiendo, señor —dijo Anuradha, desconcertada.

—Se lo explicaré. Se dice que el lenguaje es el medio de expresar los pensamientos que tenemos en la mente. Pero yo creo que eso es falso. En realidad, el lenguaje es el medio de ocultar los pensamientos que tenemos en la mente. ¿No es así?

El doctor soltó una gran carcajada.

Sin querer, Anuradha miró el rostro de Rao. En él no había el menor gesto de vergüenza; al contrario, se unió a la risa del doctor.

—Vamos a enseñarles a mentir a nuestros delfines. Para eso quiero hacer ese experimento —dijo Bhargava, y empezó a explicarle el plan.

El sol iba calentando cada vez más. En los oídos de Anuradha comenzó a resonar un zumbido. Las palabras del doctor no lograban entrar en su cabeza. Bhargava, Rao, los delfines, su marido, sus hijos… todo iba deslizándose ante sus ojos. El mundo entero empezó a girar dentro de su cabeza.

Se mareó y se dejó caer al suelo.

Al verla así, Bhargava la sostuvo y la hizo subir al jeep.

—Eso pasa cuando se trabaja bajo este sol sin haber comido nada —dijo el conductor—. Hasta ahora ha venido mucha gente aquí, pero nadie se ha encariñado con esos peces como esta señora.

Bhargava hizo un gesto burlón con la cabeza.

El jeep arrancó. Hasta que desapareció a lo lejos, todos los delfines siguieron con la cabeza fuera del agua, mirando hacia él.

 

Al llegar al campamento, Anuradha empezó a sentirse un poco mejor.

—Hoy descansa un poco — le dijo Rao al día siguiente—. No vengas a trabajar; yo me encargo de ver qué hay que hacer.

Anuradha sonrió con tristeza. ¿Trabajo? ¿Qué trabajo? ¿Cuándo había trabajado de verdad? ¿Había sido trabajo hacerse amiga de los delfines? ¿Trabajo para obtener un doctorado?

Aquel día Rao fue solo al sitio de avistamiento. Esperó hasta el mediodía. Pero los delfines no aparecieron. Al día siguiente tampoco aparecieron. Así pasaron cuatro o cinco días. Por fin, considerando que ya no volverían, cerraron el sitio.

Antes de que lo cerraran, Anuradha le habló en voz baja al conductor del jeep.

—Saca en secreto la cinta de la grabadora que está instalada en la playa y tráemela.

Él hizo el trabajo con gusto.

Llegó el día de la partida de Anuradha.

Se despidió de todos. Todos pensaban que, antes de irse, iría al menos una vez más a la playa. Pero Anuradha no mostró ningún interés en volver.

 

Ya sentada en el avión, sacó la grabadora de su bolso. Había escuchado la cinta tantas veces en los últimos ocho días que se la sabía de memoria. Era la cinta que el conductor le había traído a escondidas. En ella estaba grabada la despedida final de sus amigos.

Anuradha se puso los auriculares. La voz de sus amigos empezó a llegarle a los oídos.

—Anuradha… Anuradha, nos vamos. Tú nos enseñaste a hablar. Pero no nos enseñaste el lenguaje de los humanos. No querías enseñárnoslo. Ese Bhargava gordo sí quiere enseñárnoslo. Esta mañana lo oímos hablar. No queremos aprender su lenguaje. Dicen que para eso hay que aprender a mentir. No sabemos qué significa «mentira». Y tampoco queremos saberlo. No queremos su lenguaje. Somos felices en nuestro mundo. Aunque no entendamos qué significa «mentira», sí entendimos que tú no querías enseñarnos a mentir. ¡Aunque ese Rao tuyo y Bhargava no lo hayan entendido! Para entender eso no hace falta saber el lenguaje de los humanos. Tal vez lo entendimos precisamente porque no lo sabemos. Quienes hablan el lenguaje de los humanos jamás llegarán a entenderlo. Antes de irnos, nos habría gustado verte una vez más. Pero tenemos miedo de que Rao y Bhargava nos capturen y nos obliguen a aprender por la fuerza el lenguaje de los humanos. Por eso te dejamos este mensaje en vez de despedirnos en persona. Si este mensaje llegó hasta ti, sabrás que no tuvimos que aprender el lenguaje de los humanos, y eso sin duda te alegrará. Nos habría gustado conocer a tu familia. Pero ahora ya no será posible. Pero haz una cosa: si puedes, no les enseñes a tus hijos el lenguaje de los humanos. No nos olvides. Nosotros tampoco te olvidaremos nunca.

Anuradha miró por la ventanilla hacia abajo.

El mar, de un azul profundo, se extendía inmenso. Las olas se mecían…

Subodh Prabhakar Javadekar es ingeniero químico con más de treinta años de experiencia en la industria. Está jubilado desde hace veintisiete años. A partir de entonces se dedicó a la divulgación científica y la literatura, siendo autor de veintiún libros, entre los que se cuenten seis colecciones de relatos de ciencia ficción, una novela y diez libros de divulgación científica, además de numerosos artículos. Ha impartido conferencias sobre neurociencia y recibió varios premios literarios de prestigio por sus contribuciones a la ciencia ficción y la divulgación científica en marathi. Uno de sus libros fue traducido y publicado en catorce idiomas en la India.

AMMO RAA