viernes, 27 de marzo de 2026

AMMO RAA

Majda Arhnauer Subašić

 

—Ammo raa, ammo raa, ammo… —el grito inarticulado, surgido de la garganta de una criatura robusta y cubierta de vello, resonó por el desierto.

Las hendiduras de sus ojos, abiertas por el miedo y situadas bajo una frente baja, permanecían fijas en el cielo, de donde provenía una luz cegadora. Era completamente distinta de aquella esfera ardiente que aparecía con regularidad en un extremo del mundo que conocía y desaparecía por el otro. A esa estaba acostumbrado, aunque al verla ponerse en la distancia siempre lo invadía una leve inquietud. Temía el peligro que traía su ausencia. Más que comprenderlo, lo sentía: en la oscuridad era impotente y mucho más vulnerable ante criaturas de formas diferentes. Más rápidas, más ágiles, más fuertes.

Ya cuando la esfera conocida comenzaba a descender y su luz a menguar, él y los de su especie empezaban a buscar refugio en la espesura de los arbustos o bajo los escasos árboles. Por instinto había surgido la conciencia de que juntos eran más fuertes y podían sentirse más seguros. Los murmullos que brotaban de sus gargantas expresando una angustia primitiva, se apagaban poco a poco al sentir la cercanía de los otros.

Pero aquella luz había aparecido de repente. Al principio, un diminuto punto en el cielo creció con rapidez y adquirió contornos más definidos. Danzaba sobre las cabezas de las criaturas, que la contemplaban como hechizadas. La acompañaba un zumbido desconocido para sus oídos. El cerebro de la criatura reconoció al instante la situación como peligrosa y emitió la orden de alerta total. El corazón se desbocó en un ritmo de combate y la sangre se precipitó por las venas. Todas las fibras se tensaron a la espera de la siguiente orden que debía dar el cerebro. Aquel complejo sistema orgánico, oculto bajo los huesos del cráneo, tenía que analizar en un instante una multitud de datos aparentemente inconexos y ofrecer una solución de la que dependía la existencia de la criatura. ¿Luchar o huir?

La mandíbula prominente se descolgó primero por la sorpresa y luego se abrió en una mueca amenazante que dejó al descubierto una hilera de dientes fuertes. El “ordenador” eligió la lucha y la orden fue emitida: asustar al enemigo desconocido. Mostrarle su fuerza. Hacerlo huir. Así había sido enseñado el organismo a lo largo de milenios. El método había demostrado ser eficaz en gran medida y se había transmitido de generación en generación.

El cuerpo tambaleante de la criatura peluda agitó aún los brazos y, un instante después, cayó al suelo como segado. No resistió la presión de su propia fuerza. Lo traicionó el motor que impulsaba la sangre por sus venas y mantenía los procesos biológicos que lo sostenían con vida. Los demás humanoides, buscando refugio en la alta hierba de la sabana, se dispersaron por los alrededores. Con una mezcla de asombro primitivo y miedo en la voz, gritaban:

—Ammo raa, ammo raa…

—Ammo raa, ammo raa —repitió con una sonrisa Signum-1 mientras se preparaba para la fase final de la maniobra de aterrizaje.

Las voces captadas por los sensores llevaron al módulo las primeras impresiones auditivas de la vida en el planeta, destinado a entrar en la órbita de un desarrollo vertiginoso. Miles de años de observación y estudio de la especie que evolucionaba más rápidamente de entre todas las que lo habitaban habían dado resultados favorables en cuanto a sus características biológicas conocidas hasta entonces. Un material adecuado, al que convenía dar la oportunidad de acelerar su progreso mediante algunos impulsos bien dirigidos.

—Interesante denominación para lo desconocido e incomprensible. Apostaría a que esta expresión podría pasar a formar parte de la memoria histórica de estos especímenes. Las generaciones que se sucedan la transmitirán unas a otras, aunque su significado original se pierda. Algún día nos venerarán sin ser conscientes de nuestro verdadero papel. La realidad y la fantasía se entrelazarán en una mezcla de reverencia y admiración que podría incluso transformarse en culto. No me sorprendería que así denominaran a una divinidad creada en su mente como recuerdo de un acontecimiento incomprendido que interrumpió su rutina cotidiana, tal como ya ocurrió en el planeta 3ZAPY10.

—Estoy de acuerdo —asintió Signum-2—. Se trata de un curso de acontecimientos bastante predecible, registrado ya muchas veces en distintas variantes.

Desvió su atención hacia el procedimiento preciso de reducción de la velocidad de aterrizaje y, en consecuencia, la disminución de la potencia de los aceleradores energéticos. La pequeña masa intensamente luminosa, con una tripulación de tres hombres cuya misión transformaría el planeta, se detuvo, con un zumbido cada vez más débil, justo sobre el suelo, quedando suspendida en el aire. Dos figuras, con trajes ceñidos que constituían una versión especial de cámara térmico-vacía, descendieron en silencio hasta la superficie.

El primer contacto con el suelo del planeta despertó en ellos una sensación de respeto y gratitud por poder sembrar allí la semilla de un desarrollo futuro. Y también una leve inquietud nacida de la responsabilidad que bien conocían.

Al descender, Signum-1 comentó pensativo:

—Nuestra intervención en el desarrollo natural de la vida en este planeta puede ser un arma de doble filo. También puede conducir a la destrucción, como ya ha ocurrido. Desde la catástrofe de 2ZAP3.0, siempre albergo ciertas dudas sobre si nuestra injerencia tiene sentido y es éticamente justificable.

—Confiemos en el mejor resultado. Además, volveremos para observarlos y, si es necesario, corregir el rumbo. El primer millón de años es el más difícil. Cuando superan el nivel tecnológico en el que empiezan a ser conscientes de las posibles consecuencias del uso incontrolado de su conocimiento, suelen aprender a dominar la engañosa sensación de superioridad. Entonces los valores morales se arraigan definitivamente en su conciencia colectiva —respondió Signum-2, más optimista.

En silencio, se dirigieron hacia la criatura que yacía indefensa en la hierba, no muy lejos. Todo su ser giraba en torno al miedo, y con terror mortal observaba a las extrañas figuras que se acercaban.

Se acabó. Ya no se movería, no vería, no emitiría sonidos. Como otros que había visto caer ante criaturas diferentes. Pero a esas –grandes, fuertes, rápidas, que clavaban en ti sus dientes afilados– las conocía. A veces podía escapar de ellas, esconderse. A estas blancas, algo parecidas a él y a los suyos, jamás las había visto. Por instinto se quedó rígido. Y esperó. Hasta que, con ayuda de un modulador de ondas cerebrales, se sumergió en un estado de sopor.

El tercer miembro de la tripulación se unió a los dos primeros solo en la fase final de la operación. A él le correspondía realizar el acto crucial que cambiaría el curso de la vida en el planeta.

El bioscáner confirmó, como se esperaba, los datos recopilados previamente. El espécimen era considerado la forma de vida más desarrollada en esa parte del universo. Según las previsiones, poseía bases genéticas susceptibles de ser mejoradas drásticamente mediante la implementación de un genoma más perfeccionado. El análisis in situ, realizado por Signum-3, lo confirmó. Un pequeño pinchazo y la extracción de una gota de líquido rojo ofrecieron más respuestas. El analizador bioespectral necesitó solo unas centésimas de segundo para determinar la combinación óptima de cadenas peptídicas complementarias con la muestra.

Las simulaciones se habían realizado muchas veces, pero esta era la primera en vivo. Los tres sintieron excitación al observar los monitores virtuales donde se desarrollaban los análisis de cada componente.

—En momentos como este, cuando cambiamos el curso de la evolución de un planeta, siempre me pregunto si es correcto jugar a ser creadores. ¿Realmente nos está permitido intervenir en el curso natural de los acontecimientos en nombre de la ciencia y el progreso? —dijo Signum-3, dejando aflorar sus dudas.

Aunque la pregunta sonaba retórica, recibió respuesta.

—Ah, ¿para qué tantas dudas? La superioridad que se nos ha otorgado nos exige abrir camino a otros. Con nuestra ayuda nos seguirán. Y algún día su desarrollo los llevará a un nivel en el que serán capaces de hacer lo mismo que nosotros: crear nuevas formas de vida, contribuir a la biodiversidad del universo. Nuestro papel es simplemente acelerar el proceso.

Asintieron en silencio.

La presión sobre un punto de la pantalla activó el programa. Comenzó la síntesis cuidadosamente planificada de las cadenas peptídicas de ambas muestras. El proceso se puso en marcha. Solo faltaba implantar la nueva estructura en el cuerpo del receptor. Un procedimiento rutinario que conduciría a la criatura primitiva hacia nuevas dimensiones de desarrollo.

Se le otorgaría el poder de superarse a sí misma, de someter a especies menos exitosas y de acercarse a su ideal de creador. Se vería arrastrada por un torbellino de progreso que la impulsaría cada vez más alto. El crecimiento y el florecimiento de la especie se acelerarían. Le llevaría mucho tiempo comprender que el poder y la superioridad también exigen responsabilidad: hacia sí misma, hacia el planeta, incluso hacia el universo, cuando ampliara su perspectiva y comprendiera que no es la cima de la creación, sino solo una parte de un sistema vivo que late en la eternidad.

El segundo pinchazo, algo más profundo, tampoco dejó huella. Solo provocó pequeños espasmos, señales de que el sopor remitía. El pecho comenzó de nuevo a subir y bajar, la vena del cuello a latir con fuerza. De la boca de aquel ser empezaron a brotar sonidos guturales que se transformaron en una secuencia en la que se percibían los primeros indicios de melodía. Quién sabe por qué caminos aquellos sonidos encontraron su lugar en la memoria colectiva y se conservaron durante milenios en los rituales de los chamanes.

Signum-1 miró a la criatura cubierta de vello casi con afecto. Sintió la necesidad de pronunciar algunas palabras.

—Sobre ti recae el destino del planeta que algún día gobernarás con tu razón. Usa toda la sabiduría que ahora se te concede para no volver contra ti mismo el poder que de ella se derive. Tu ruina puede ser la ruina del planeta, y la ruina del planeta será tu ruina segura. Volveremos para observar y registrar tu progreso, guiarte y –si es necesario– borrar tus genes de la faz del planeta.

Sonó como un conjuro. O tal vez como una plegaria. Algo destinado a arraigarse en la conciencia de cada individuo cuya estructura genética naciera de aquella criatura en cuyo interior se había sembrado una nueva hélice peptídica.

Conscientes de haber cumplido otra gran tarea en su misión, los tres se dirigieron hacia el módulo que los llevaría de regreso a la nave nodriza, desde la cual continuarían explorando nuevas regiones del universo.

—¿Se imaginan que a este pobre salvaje, que hace poco aprendió a encender fuego, le hemos puesto en las manos el don con el que algún día dividirá el núcleo del átomo y penetrará en el secreto del bosón? Sobre las alas de la energía de las partículas más pequeñas viajará, como nosotros, por el universo, ampliando los límites de lo conocido con su conciencia. Llegará a comprender su propia estructura hasta la última molécula de la cadena genética que transmitirá de generación en generación. Embriagado por la conciencia de haber alcanzado la cima, también él asumirá el papel de creador —reflexionó Signum-1.

—Ojalá sea consciente de que el poder no solo es una bendición, sino que también puede convertirse en una maldición —añadió Signum-3.

El acelerador cuántico vibró apenas de forma perceptible y el módulo se puso en movimiento. Lentamente, como si quisiera despedirse, la esfera luminosa se elevó hacia el cielo.

—Poco a poco se erguirá y perderá la mayor parte de su vello. En el lóbulo frontal se acumularán neuronas y se formarán miles de millones de conexiones sinápticas. Embriagado por su propia grandeza, se elevará cada vez más alto y, a veces, pondrá en peligro su existencia, hasta que un día descorra el velo del misterio de su origen —pensó en voz alta Signum-2.

—…y tome conciencia de la fuerza siempre presente que guía su desarrollo y orienta a tiempo el curso de los acontecimientos —concluyó Signum-1.

Los humanoides reaparecieron desde sus escondites y, con murmullos de asombro, observaron la esfera luminosa que desaparecía en el horizonte. Con unos pocos sonidos apenas articulados y gestos, contarían a sus crías lo que habían presenciado. Y ellas a las suyas.

A lo largo de milenios, el acontecimiento viajaría en el tiempo y se transformaría en leyenda, donde la realidad se entrelazaría con lo místico.

Con el paso de los siglos, se multiplicaron y buscaron mejores condiciones de vida, migrando hacia las fértiles orillas de un gran río. Cada generación fue más ingeniosa, su lenguaje más rico. El conocimiento adquirido se convirtió en su fuerza y en la base de un progreso cada vez más rápido.

Pero también se transmitió el recuerdo ancestral de la esfera brillante como el sol, de la cual emergieron –al principio invisibles– extrañas criaturas dotadas de poder sobrenatural. Más que saberlo, intuían que a ellas debían mucho de lo que habían recibido.

El grito del humano primitivo, Ammo Raa, se convirtió en la conciencia del pueblo en el nombre de un ser al que comenzaron a venerar como a un dios. Amon Ra: como padre, Todopoderoso, nombrado de distintas formas en todos los idiomas del mundo, que guía con firmeza y amor al hijo y lo protege en todos sus caminos, esperando que algún día alcance la madurez y cumpla su destino.

Majda Arhnauer Subasic es una autora eslovena residente en Liubliana que escribe principalmente relatos. Su obra combina fantasía, misticismo, historia, espiritualidad y temas existenciales. Sus relatos y poemas han aparecido en numerosas revistas literarias, fanzines y antologías eslovenas, incluyendo colecciones de fantasía eslovena contemporánea (Supernova, Jasubeg en Jered, Ventilator besed, Locutio). Ha recibido varios reconocimientos literarios, entre ellos premios en el concurso Koroska v besedi, una nominación a Cuento Esloveno del Año por Sodobnost (2016) y el primer puesto en el concurso de ciencia ficción de Časopis za kritiko znanosti (2019). Su relato "La Ira de la Diosa Ekvorna" apareció en la antología de ciencia ficción y fantasía de Europa del Este The Viral Curtain (2021).

 

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