Majda Arhnauer Subašić
—Ammo raa, ammo
raa, ammo… —el grito inarticulado, surgido de la garganta de una criatura
robusta y cubierta de vello, resonó por el desierto.
Las hendiduras de sus ojos,
abiertas por el miedo y situadas bajo una frente baja, permanecían fijas en el
cielo, de donde provenía una luz cegadora. Era completamente distinta de
aquella esfera ardiente que aparecía con regularidad en un extremo del mundo
que conocía y desaparecía por el otro. A esa estaba acostumbrado, aunque al
verla ponerse en la distancia siempre lo invadía una leve inquietud. Temía el
peligro que traía su ausencia. Más que comprenderlo, lo sentía: en la oscuridad
era impotente y mucho más vulnerable ante criaturas de formas diferentes. Más
rápidas, más ágiles, más fuertes.
Ya cuando la esfera conocida
comenzaba a descender y su luz a menguar, él y los de su especie empezaban a
buscar refugio en la espesura de los arbustos o bajo los escasos árboles. Por
instinto había surgido la conciencia de que juntos eran más fuertes y podían
sentirse más seguros. Los murmullos que brotaban de sus gargantas expresando
una angustia primitiva, se apagaban poco a poco al sentir la cercanía de los
otros.
Pero aquella luz había aparecido de
repente. Al principio, un diminuto punto en el cielo creció con rapidez y
adquirió contornos más definidos. Danzaba sobre las cabezas de las criaturas,
que la contemplaban como hechizadas. La acompañaba un zumbido desconocido para
sus oídos. El cerebro de la criatura reconoció al instante la situación como
peligrosa y emitió la orden de alerta total. El corazón se desbocó en un ritmo
de combate y la sangre se precipitó por las venas. Todas las fibras se tensaron
a la espera de la siguiente orden que debía dar el cerebro. Aquel complejo
sistema orgánico, oculto bajo los huesos del cráneo, tenía que analizar en un
instante una multitud de datos aparentemente inconexos y ofrecer una solución
de la que dependía la existencia de la criatura. ¿Luchar o huir?
La mandíbula prominente se descolgó
primero por la sorpresa y luego se abrió en una mueca amenazante que dejó al
descubierto una hilera de dientes fuertes. El “ordenador” eligió la lucha y la
orden fue emitida: asustar al enemigo desconocido. Mostrarle su fuerza. Hacerlo
huir. Así había sido enseñado el organismo a lo largo de milenios. El método
había demostrado ser eficaz en gran medida y se había transmitido de generación
en generación.
El cuerpo tambaleante de la
criatura peluda agitó aún los brazos y, un instante después, cayó al suelo como
segado. No resistió la presión de su propia fuerza. Lo traicionó el motor que
impulsaba la sangre por sus venas y mantenía los procesos biológicos que lo
sostenían con vida. Los demás humanoides, buscando refugio en la alta hierba de
la sabana, se dispersaron por los alrededores. Con una mezcla de asombro
primitivo y miedo en la voz, gritaban:
—Ammo raa, ammo raa…
—Ammo raa, ammo raa —repitió con
una sonrisa Signum-1 mientras se preparaba para la fase final de la maniobra de
aterrizaje.
Las voces captadas por los sensores
llevaron al módulo las primeras impresiones auditivas de la vida en el planeta,
destinado a entrar en la órbita de un desarrollo vertiginoso. Miles de años de
observación y estudio de la especie que evolucionaba más rápidamente de entre
todas las que lo habitaban habían dado resultados favorables en cuanto a sus
características biológicas conocidas hasta entonces. Un material adecuado, al
que convenía dar la oportunidad de acelerar su progreso mediante algunos
impulsos bien dirigidos.
—Interesante denominación para lo
desconocido e incomprensible. Apostaría a que esta expresión podría pasar a
formar parte de la memoria histórica de estos especímenes. Las generaciones que
se sucedan la transmitirán unas a otras, aunque su significado original se
pierda. Algún día nos venerarán sin ser conscientes de nuestro verdadero papel.
La realidad y la fantasía se entrelazarán en una mezcla de reverencia y
admiración que podría incluso transformarse en culto. No me sorprendería que
así denominaran a una divinidad creada en su mente como recuerdo de un
acontecimiento incomprendido que interrumpió su rutina cotidiana, tal como ya
ocurrió en el planeta 3ZAPY10.
—Estoy de acuerdo —asintió
Signum-2—. Se trata de un curso de acontecimientos bastante predecible,
registrado ya muchas veces en distintas variantes.
Desvió su atención hacia el
procedimiento preciso de reducción de la velocidad de aterrizaje y, en
consecuencia, la disminución de la potencia de los aceleradores energéticos. La
pequeña masa intensamente luminosa, con una tripulación de tres hombres cuya
misión transformaría el planeta, se detuvo, con un zumbido cada vez más débil,
justo sobre el suelo, quedando suspendida en el aire. Dos figuras, con trajes
ceñidos que constituían una versión especial de cámara térmico-vacía,
descendieron en silencio hasta la superficie.
El primer contacto con el suelo del
planeta despertó en ellos una sensación de respeto y gratitud por poder sembrar
allí la semilla de un desarrollo futuro. Y también una leve inquietud nacida de
la responsabilidad que bien conocían.
Al descender, Signum-1 comentó
pensativo:
—Nuestra intervención en el
desarrollo natural de la vida en este planeta puede ser un arma de doble filo.
También puede conducir a la destrucción, como ya ha ocurrido. Desde la
catástrofe de 2ZAP3.0, siempre albergo ciertas dudas sobre si nuestra injerencia
tiene sentido y es éticamente justificable.
—Confiemos en el mejor resultado.
Además, volveremos para observarlos y, si es necesario, corregir el rumbo. El
primer millón de años es el más difícil. Cuando superan el nivel tecnológico en
el que empiezan a ser conscientes de las posibles consecuencias del uso
incontrolado de su conocimiento, suelen aprender a dominar la engañosa
sensación de superioridad. Entonces los valores morales se arraigan
definitivamente en su conciencia colectiva —respondió Signum-2, más optimista.
En silencio, se dirigieron hacia la
criatura que yacía indefensa en la hierba, no muy lejos. Todo su ser giraba en
torno al miedo, y con terror mortal observaba a las extrañas figuras que se
acercaban.
Se acabó. Ya no se movería, no
vería, no emitiría sonidos. Como otros que había visto caer ante criaturas
diferentes. Pero a esas –grandes, fuertes, rápidas, que clavaban en ti sus
dientes afilados– las conocía. A veces podía escapar de ellas, esconderse. A
estas blancas, algo parecidas a él y a los suyos, jamás las había visto. Por
instinto se quedó rígido. Y esperó. Hasta que, con ayuda de un modulador de
ondas cerebrales, se sumergió en un estado de sopor.
El tercer miembro de la tripulación
se unió a los dos primeros solo en la fase final de la operación. A él le
correspondía realizar el acto crucial que cambiaría el curso de la vida en el
planeta.
El bioscáner confirmó, como se
esperaba, los datos recopilados previamente. El espécimen era considerado la
forma de vida más desarrollada en esa parte del universo. Según las
previsiones, poseía bases genéticas susceptibles de ser mejoradas drásticamente
mediante la implementación de un genoma más perfeccionado. El análisis in situ,
realizado por Signum-3, lo confirmó. Un pequeño pinchazo y la extracción de una
gota de líquido rojo ofrecieron más respuestas. El analizador bioespectral
necesitó solo unas centésimas de segundo para determinar la combinación óptima
de cadenas peptídicas complementarias con la muestra.
Las simulaciones se habían
realizado muchas veces, pero esta era la primera en vivo. Los tres sintieron
excitación al observar los monitores virtuales donde se desarrollaban los
análisis de cada componente.
—En momentos como este, cuando
cambiamos el curso de la evolución de un planeta, siempre me pregunto si es
correcto jugar a ser creadores. ¿Realmente nos está permitido intervenir en el
curso natural de los acontecimientos en nombre de la ciencia y el progreso?
—dijo Signum-3, dejando aflorar sus dudas.
Aunque la pregunta sonaba retórica,
recibió respuesta.
—Ah, ¿para qué tantas dudas? La
superioridad que se nos ha otorgado nos exige abrir camino a otros. Con nuestra
ayuda nos seguirán. Y algún día su desarrollo los llevará a un nivel en el que
serán capaces de hacer lo mismo que nosotros: crear nuevas formas de vida,
contribuir a la biodiversidad del universo. Nuestro papel es simplemente
acelerar el proceso.
Asintieron en silencio.
La presión sobre un punto de la
pantalla activó el programa. Comenzó la síntesis cuidadosamente planificada de
las cadenas peptídicas de ambas muestras. El proceso se puso en marcha. Solo
faltaba implantar la nueva estructura en el cuerpo del receptor. Un
procedimiento rutinario que conduciría a la criatura primitiva hacia nuevas
dimensiones de desarrollo.
Se le otorgaría el poder de
superarse a sí misma, de someter a especies menos exitosas y de acercarse a su
ideal de creador. Se vería arrastrada por un torbellino de progreso que la
impulsaría cada vez más alto. El crecimiento y el florecimiento de la especie
se acelerarían. Le llevaría mucho tiempo comprender que el poder y la
superioridad también exigen responsabilidad: hacia sí misma, hacia el planeta,
incluso hacia el universo, cuando ampliara su perspectiva y comprendiera que no
es la cima de la creación, sino solo una parte de un sistema vivo que late en
la eternidad.
El segundo pinchazo, algo más
profundo, tampoco dejó huella. Solo provocó pequeños espasmos, señales de que
el sopor remitía. El pecho comenzó de nuevo a subir y bajar, la vena del cuello
a latir con fuerza. De la boca de aquel ser empezaron a brotar sonidos
guturales que se transformaron en una secuencia en la que se percibían los
primeros indicios de melodía. Quién sabe por qué caminos aquellos sonidos
encontraron su lugar en la memoria colectiva y se conservaron durante milenios
en los rituales de los chamanes.
Signum-1 miró a la criatura
cubierta de vello casi con afecto. Sintió la necesidad de pronunciar algunas palabras.
—Sobre ti recae el destino del
planeta que algún día gobernarás con tu razón. Usa toda la sabiduría que ahora
se te concede para no volver contra ti mismo el poder que de ella se derive. Tu
ruina puede ser la ruina del planeta, y la ruina del planeta será tu ruina
segura. Volveremos para observar y registrar tu progreso, guiarte y –si es
necesario– borrar tus genes de la faz del planeta.
Sonó como un conjuro. O tal vez
como una plegaria. Algo destinado a arraigarse en la conciencia de cada
individuo cuya estructura genética naciera de aquella criatura en cuyo interior
se había sembrado una nueva hélice peptídica.
Conscientes de haber cumplido otra
gran tarea en su misión, los tres se dirigieron hacia el módulo que los
llevaría de regreso a la nave nodriza, desde la cual continuarían explorando
nuevas regiones del universo.
—¿Se imaginan que a este pobre
salvaje, que hace poco aprendió a encender fuego, le hemos puesto en las manos
el don con el que algún día dividirá el núcleo del átomo y penetrará en el
secreto del bosón? Sobre las alas de la energía de las partículas más pequeñas
viajará, como nosotros, por el universo, ampliando los límites de lo conocido
con su conciencia. Llegará a comprender su propia estructura hasta la última
molécula de la cadena genética que transmitirá de generación en generación.
Embriagado por la conciencia de haber alcanzado la cima, también él asumirá el
papel de creador —reflexionó Signum-1.
—Ojalá sea consciente de que el
poder no solo es una bendición, sino que también puede convertirse en una
maldición —añadió Signum-3.
El acelerador cuántico vibró apenas
de forma perceptible y el módulo se puso en movimiento. Lentamente, como si
quisiera despedirse, la esfera luminosa se elevó hacia el cielo.
—Poco a poco se erguirá y perderá
la mayor parte de su vello. En el lóbulo frontal se acumularán neuronas y se
formarán miles de millones de conexiones sinápticas. Embriagado por su propia
grandeza, se elevará cada vez más alto y, a veces, pondrá en peligro su
existencia, hasta que un día descorra el velo del misterio de su origen —pensó
en voz alta Signum-2.
—…y tome conciencia de la fuerza
siempre presente que guía su desarrollo y orienta a tiempo el curso de los
acontecimientos —concluyó Signum-1.
Los humanoides reaparecieron desde
sus escondites y, con murmullos de asombro, observaron la esfera luminosa que
desaparecía en el horizonte. Con unos pocos sonidos apenas articulados y
gestos, contarían a sus crías lo que habían presenciado. Y ellas a las suyas.
A lo largo de milenios, el
acontecimiento viajaría en el tiempo y se transformaría en leyenda, donde la
realidad se entrelazaría con lo místico.
Con el paso de los siglos, se
multiplicaron y buscaron mejores condiciones de vida, migrando hacia las
fértiles orillas de un gran río. Cada generación fue más ingeniosa, su lenguaje
más rico. El conocimiento adquirido se convirtió en su fuerza y en la base de
un progreso cada vez más rápido.
Pero también se transmitió el
recuerdo ancestral de la esfera brillante como el sol, de la cual emergieron –al
principio invisibles– extrañas criaturas dotadas de poder sobrenatural. Más que
saberlo, intuían que a ellas debían mucho de lo que habían recibido.
El grito del humano primitivo, Ammo
Raa, se convirtió en la conciencia del pueblo en el nombre de un ser al que
comenzaron a venerar como a un dios. Amon Ra: como padre, Todopoderoso,
nombrado de distintas formas en todos los idiomas del mundo, que guía con
firmeza y amor al hijo y lo protege en todos sus caminos, esperando que algún
día alcance la madurez y cumpla su destino.

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