Subodh Jawadekar
Era de madrugada y
hacía bastante frío. En una playa de Noruega, tres personas estaban de pie
sobre una plataforma de cemento que era golpeada por las olas del mar. Cuando
se estrellaba contra el borde, el agua salpicaba en un chorro de casi medio
metro de altura, empapando por completo los alrededores. El viento helado
zumbaba junto a las orejas, se metía por dentro de la ropa y mordía la piel.
Las gotas de agua salada les hacían arder los ojos a los tres. El cuello de los
impermeables aleteaba con el viento y las correas de los gorros les golpeaban
de vez en cuando las mejillas con un chasquido, como latigazos.
Pero, sin hacer caso del frío ni
del viento, los tres seguían allí, esperando a alguien.
Frente a ellos había un instrumento
que parecía un televisor. De él salía un cable que se internaba en el mar. Y,
en una cesta al lado, había grandes peces.
Pasó bastante tiempo.
—Señor, no me parece que vayan a
venir ya —dijo, por fin, aburrido, el joven alto del grupo—. Ya pasó la hora de
siempre. Todos los días vienen al amanecer, a eso de las cinco o cinco y media.
Ya son las seis y media.
Bhargava lo reprendió.
—Qué impaciente eres, Rao. Si
quieres investigar a los seres del mar, esa impaciencia no sirve de nada. Hace
falta mucha paciencia. En cierto sentido, esto también es pesca. Hay que estar
dispuesto a dejar el anzuelo durante horas.
El rostro del corpulento doctor
Bhargava era bastante redondo y carnoso. Usaba gafas y tenía la piel clara,
aunque tostada por el sol. En su cara había un brillo de inteligencia, pero el
orgullo de sus ojos no se podía ocultar.
La brusquedad del Bhargava hizo que
Rao bajara la cabeza.
—No es eso, señor. Estoy dispuesto
a esperar. Solo lo decía porque ya es muy tarde. —Luego, volviéndose hacia
Anuradha, agregó—: ¿Tú qué piensas? ¿Vendrán ahora? ¿Tan tarde?
Anuradha era muy pequeña de
estatura. Con su impermeable rosa, parecía una colegiala. Si alguien hubiera
dicho que tenía un hijo de diez años, a nadie le habría parecido creíble. No
respondió. Solo señaló la pantalla del aparato que tenían delante.
En la esquina superior de la
pantalla habían empezado a aparecer dos puntos. A medida que se acercaban, su
tamaño iba aumentando. Anuradha pulsó algunos botones del panel, y los
contornos de aquellos puntos empezaron a definirse. Se hizo visible que se
acercaba una pareja de delfines.
—Vaya, parecen Cojo y Pequeña —escapó
espontáneamente de su boca.
—¿Qué? —preguntó Bhargava,
sorprendido—. ¿Qué has dicho?
El rostro de Anuradha mostró la
expresión de quien ha sido sorprendida haciendo una travesura.
—Nada, nada —murmuró, avergonzada.
Entonces Rao dio un paso al frente.
—Señor —dijo—, es que ella les ha
puesto nombre a todos los delfines.
Bhargava se sorprendió.
—¿Les ha puesto nombre? ¿A los
delfines?
—Sí, señor —dijo Rao—. Les ha
puesto nombres como Chico, Cojo, Pequeña y Gordo.
—¿Qué? ¿Cojo? ¿Un delfín cojo? ¿Te
has vuelto loca o qué?
Anuradha se puso nerviosa.
—Lo que pasa, señor, es que… bueno…
ese delfín… nada un poco torcido, señor. Quiero decir… como camina una persona
que tiene una pierna inválida… por eso le puse Cojo.
La cara Bhargava se endureció.
—Señora Deolalikar, ¿qué
infantilismo es este? ¿Ponerles nombres a los delfines? ¿Qué necesidad hay? Ya
los hemos clasificado y les hemos dado números. Debemos referirnos a ellos por
esos números, no por nombres. ¿Entendido?
Anuradha se ruborizó.
—Pero, señor… cuando escribo los
informes los menciono por su número. No por sus nombres.
—Y así debe ser siempre. Hemos
venido aquí a estudiarlos. No son animales domésticos a los que haya que mimar.
¿Pequeña, Gordo, Cojo? ¡Qué tonterías! —Rao miró a Anuradha y sonrió con
sarcasmo. Anuradha intentó decir algo, pero Bhargava la interrumpió—: Estos
delfines son instrumentos de nuestro experimento. Tan inertes como cualquier
otro.
—Pero, señor, los delfines no son objetos
inertes.
—Tonterías —dijo Bhargava con
enojo—. Hay que considerarlos inertes. A lo sumo, podemos llamarlos cobayas.
Anuradha se quedó callada. El
viento rugía. De pronto, su sonido pareció volverse mucho más fuerte. A lo
lejos se oyó el griterío de las aves marinas.
—No, señor —dijo luego, mirando al
doctor con firmeza—. Los delfines no son cobayas. También son inteligentes. Los
delfines tienen su propio lenguaje. Pueden hablar entre ellos.
Nadie solía hablar mirándolo a los
ojos. Al oír aquello, Bhargava se enfureció. La vena de su frente empezó a
palpitar con fuerza.
—¿Tú me vas a hablar a mí de la
inteligencia de los delfines? ¿A mí?
—Anuradha —intervino Rao—, ¿has
olvidado que Bhargava es una autoridad internacional en delfines?
Anuradha se azoró.
—Perdón, señor —dijo—. No quise
faltarle al respeto. Solo quería decir que no se debe tratar a los delfines
como cobayas. Puede que no sean tan inteligentes como nosotros, pero aun así…
Bhargava la interrumpió otra vez.
—Mire, señora Deolalikar, nadie
puede hablar con tanta autoridad como yo sobre la inteligencia de los delfines
y sobre su lenguaje. Ese no es el punto. Los delfines son animales de
laboratorio. Animales de laboratorio. Nada más. ¿De acuerdo? Cuando se experimenta
con ellos, no se puede uno involucrar sentimentalmente. Y esos nombres que
usted les ha puesto son precisamente eso: una manera de involucrarse. Nada más.
¿Entiende lo que quiero decir? —Anuradha asintió—. Mire —continuó Bhargava,
bajando un poco el tono—. Supongamos que mañana queremos estudiar a los
delfines. Queremos estudiar su vida amorosa. Queremos ver qué efecto produce en
uno de ellos la muerte de su pareja. En ese caso, tendríamos que matar a uno de
los dos, al macho o a la hembra. ¿De acuerdo? ¿Sería usted capaz?
Anuradha se estremeció de pies a
cabeza. ¿Qué estaba diciendo Bhargava? ¿Matar a la hembra para ver cómo
enloquecía el macho tras su muerte? Ante los ojos de Anuradha apareció su
marido, que la esperaba a cientos de kilómetros de allí. Cuando ella había
decidido participar en la experiencia durante un año, él había quedado
profundamente alterado. No le había dicho ni una sola vez «no vayas». Al
contrario, le había dicho que se trataba de una oportunidad magnífica, que
podría trabajar con Bhargava, y que debía ir sin falta. Pero recordaba la
inquietud de sus ojos. Los recuerdos de su hogar la llenaron de nostalgia.
—¿Dónde tiene usted la cabeza? —le
dijo Bhargava.
Anuradha miraba fijamente el mar.
Cojo y Pequeña estaban ya muy
cerca. Sus hocicos puntiagudos empezaban a verse fuera del agua. Anuradha
comenzó a lanzarles los peces de la cesta. Los delfines saltaban para
atraparlos. Cuando ya hubieron comido lo suficiente como para quedar
satisfechos, empezó el experimento.
Ya habían aprendido a obedecer
órdenes como «acércate», «aléjate», «salta». Anuradha les hizo practicar con
ellas. La lección de aquel día consistía en enseñarles direcciones: había que
comprobar si, al producir un sonido desde una determinada dirección, los
delfines iban o no hacia ella. Si identificaban bien la dirección, recibían
como recompensa pescado fresco. Había que llevar un registro de cuántas veces
acertaban y cuántos errores cometían. Ese era el tipo de experimento.
Anuradha trabajaba mecánicamente.
Pero la pregunta que Bhargava le había hecho hacía un rato no se le iba de la
cabeza.
«Supongamos que mañana queremos
estudiar qué efecto produce en un delfín la muerte de su pareja. En ese caso,
tendríamos que matar a uno de los dos. ¿Sería usted capaz?»
¿De verdad sería capaz? Seguía
preguntándoselo una y otra vez.
Pero, al realizar esa clase de procedimientos,
¿era realmente necesario ver a los delfines como instrumentos inertes? ¿No se
los podía ver como amigos? Pero entonces, si el corazón se apegaba a ellos…
¿entonces qué? Anuradha no lograba decidirse. Por más que Bhargava insistiera,
ella no conseguiría aceptar aquello. No podía ver a los delfines como meros
elementos de experimentación. Al contrario, cada día se sentía más unida a
ellos.
Se levantaba de madrugada. Iba al
mar. Rao casi siempre llegaba más tarde. Entonces ella y Rao hacían los
experimentos que Bhargava había planificado. Cuando terminaban, Rao regresaba
al campamento. Pero Anuradha se quedaba allí. Almorzaba en el mismo sitio.
¿Almorzar? Apenas un sándwich y alguna fruta. Luego se quedaba hasta la noche.
A veces incluso se le hacía tarde para la cena.
Anuradha llevaba ya cuatro meses en
el campamento. Cuando llegó, Bhargava había pensado que aquella muchachita de
apariencia frágil no podría ser de mucha ayuda. ¿Cómo iba a soportar una vida
tan dura? Se quedaría unos cuatro días y se volvería, eso era lo que él creía.
Pero Anuradha era distinta. Tenía
la costumbre de entregarse por completo al trabajo. No se quejaba. Y poco a
poco la opinión del doctor fue cambiando. Más adelante, su comportamiento
incluso empezó a parecerle extraordinario. Pero no era propio de él preocuparse
demasiado por una ayudante de investigación. A sus órdenes trabajaban diez o
doce personas. Para Bhargava, todas ellas eran instrumentos del experimento.
Bastaba con comprobar si hacían bien o mal la tarea asignada. Lo demás no le
importaba.
Los días pasaban.
Los experimentos de Anuradha continuaban.
Y un día volvió al campamento
literalmente flotando de alegría. En cuanto llegó, empezó a gritar para que
todos la oyeran.
—¡Hablaron! ¡Mis delfines hablaron
conmigo! ¡Me llamaron!
La emoción no la dejaba articular
bien las palabras.
Luego corrió a contárselo a Rao.
Naturalmente, a Rao le resultó imposible creerlo. Se burló de ella.
—Vamos, ¿qué disparates estás
diciendo?
—No son disparates, es verdad.
—No digas tonterías.
—De verdad, Pequeña me llamó. No
fue del todo claro, pero quería decir «Anuradha».
—Imposible. Completamente
imposible. No podemos oír el habla de un delfín.
—Pero…
—No seas ridícula —dijo Rao sin
dejarla continuar, Rao—. El ser humano solo puede oír frecuencias de hasta
veinte mil hercios. La frecuencia de la voz de los delfines está por encima de
eso. Entonces, ¿cómo podríamos escucharlos?
—Eso es justamente lo que te estoy
diciendo. He fabricado un instrumento. Uno que les permite oír nuestra voz y a
nosotros la de ellos.
Rao la despachó con desdén.
—¿Qué dices, que has fabricado un
instrumento y que con él escuchaste la voz de un delfín?
—No solo la voz —dijo ella con
orgullo—. También oí claramente que me llamaban. «Anuradha», dijeron.
—Habrá sido una alucinación.
—En absoluto. Ven mañana conmigo.
Te lo mostraré —dijo Anuradha.
Aquella noche Anuradha no pudo
dormir. Permaneció despierta y escribió cartas a su marido y a su hijo. Les
presentó a su Pequeña, a Gordo, a Cojo. Les prometió enviarles fotografías. Les
prometió enviarles una cinta con sus voces. Describió todo: lo inteligentes que
eran, lo rápido que aprendían, cuánto recordaban… Mientras escribía, ni
siquiera se dio cuenta de que la noche había terminado.
Aquel día el doctor Bhargava no
estaba en el campamento. A la mañana siguiente, cuando llegó, la noticia ya
había llegado a sus oídos. Mandó llamarla.
Anuradha fue corriendo a su
habitación. Pensaba que Bhargava la felicitaría. Pero en su rostro vio enojo.
Se desconcertó.
—¿Qué es esto que estoy oyendo,
señora Deolalikar? —preguntó él con dureza.
—Señor… —dijo ella apenas.
—¿Dicen que les ha enseñado a
hablar a los delfines?
—Sí… o sea, no. Quiero decir…
—Anuradha se había puesto nerviosa—. Los delfines ya hablan. Yo solo fabriqué
un instrumento para que su voz pudiera ser oída por nuestros oídos… en realidad
no fabriqué uno nuevo. Ya teníamos un convertidor de frecuencia. Yo solo lo
ajusté un poco y le añadí un micrófono…
—Basta —la interrumpió Bhargava—.
¿Va usted a darme lecciones sobre el lenguaje y la voz de los delfines? ¿A mí?
Anuradha bajó la cabeza y guardó
silencio.
—Mire, señora Deolalikar, los
delfines emiten sonidos, se comunican entre sí. Pero no pueden oír la voz
humana y reproducir sonidos equivalentes.
—Pero, señor, yo los oí llamarme.
—Los delfines habrán producido
algún sonido extraño. Ese convertidor de frecuencia lo distorsionó. Usted lo
oyó. Le pareció que la estaban llamando. ¡Puras tonterías!
—Pero, señor, lo he comprobado.
Llevo dos meses enseñándoles. Lo que hago es grabar el sonido que producen y
luego se lo vuelvo a poner. Después les hago oír cómo debe sonar correctamente.
Es el mismo método que se usa para enseñar a hablar a los sordos. Lo sé.
—No me lo explique a mí.
—Pero, señor, de verdad les he
enseñado a pronunciar pequeñas palabras. Escúchelo usted mismo y compruébelo.
Bhargava se quedó en silencio un
instante.
—¿Y quién le dijo que hiciera todas
esas tonterías? —dijo luego secamente.
—Señor, yo… hice correctamente
todos los experimentos que usted me indicó. Luego, en mi tiempo libre, les
estaba enseñando...
En ese momento, la mirada del
doctor se posó en la carta que ella llevaba en la mano.
—¿A quién va dirigida esa carta? ¿A
su marido?
Anuradha asintió.
—Entonces ahí habrá escrito todo
esto, que les ha enseñado a hablar a los delfines.
—Sí, señor. ¿He hecho algo mal?
—Por supuesto. Ya les advertí que
no debían dar publicidad a nuestra investigación sin mi permiso. ¿Se lo dije o
no?
—Pero, señor, ¿dónde le he dado
publicidad? Solo he escrito una carta a casa.
—Es lo mismo —dijo Bhargava
irritado—. En cuanto la carta llegue, su marido saldrá corriendo a los
periódicos, ¿verdad? ¿Y luego qué? La noticia enseguida: “¡La extraordinaria
investigación de Anuradha Deolalikar! ¡Ha enseñado a hablar a los delfines!
¡Éxito sin precedentes de una investigadora india!” Los periódicos quieren
noticias sensacionales como esa. No, eso no. Primero rompa esa carta.
—Pero, señor, no la voy a enviar
ahora. La guardaré así. Cuando usted lo compruebe, cuando usted me dé permiso,
entonces la enviaré.
—Nada de eso. Primero rompa la
carta. Le digo que la rompa. Ahora mismo. Rómpala delante de mí.
A Anuradha se le llenaron los ojos
de lágrimas mientras rompía la carta.
Al día siguiente,
el propio doctor Bhargava fue con ella a ver el experimento. Cuando regresaron,
no dijo absolutamente nada. Pero le pidió las cintas con las grabaciones de las
voces de los delfines y se encerró directamente en su habitación, se sentó ante
su ordenador y se dedicó a enviar varios correos electrónicos.
Pasaron ocho o quince días, y en
los periódicos apareció la noticia:
“¡La extraordinaria investigación
del doctor Bhargava!”
“¡Ha enseñado a hablar a los
delfines!”
“¡Éxito sin precedentes de un
investigador indio!”
El nombre del doctor Bhargava
resonó por todo el mundo.
Los días siguieron
pasando. El estudio de Anuradha terminó. Presentó su tesis. Y aun así siguió
yendo a la playa para conversar con los delfines. Pasaba gran parte del día
junto al mar. Incluso había dejado allí una grabadora por la noche, por si a
algún delfín le daban ganas de hablar con ella mientras dormía. Después, cuando
encontraba tiempo durante el día, escuchaba esas grabaciones.
Aquel día también estaba sentada en
la plataforma, hablando con sus amigos.
—Dentro de unos días me volveré a
casa —les dijo.
Sus amigos se confundieron.
—¿Volver? ¿Qué significa volver?
Ella respondió:
—Pues… «volver» significa ir a mi
casa.
—Ah, ¿sí? ¿Y entonces cuándo
regresarás desde allí?
—Nunca —dijo ella con tristeza.
No se sabe cómo, pero la tristeza
de su voz llegó hasta sus amigos.
—¿Qué quieres decir? ¿Ya no
volverás a vernos? —preguntó Cojo.
A Anuradha se le escapó un sollozo.
—No… ya no podré volver a verlos
nunca.
—¿Por qué? ¿Por qué? —preguntaron
todos a la vez.
No supo cómo explicárselo. Así que,
por decir algo, respondió:
—Mi casa está muy lejos. Se tarda
muchos días en venir desde allí. Por eso no podré volver.
—Entonces iremos nosotros a
visitarte —dijo Chico.
—Yo también iré —asintió Pequeña.
—Sí, sí, nosotros también iremos
—dijeron Gordo y Cojo.
Entre lágrimas, a Anuradha se le
escapó una carcajada. ¡Toda aquella tropa de delfines iba a ir a visitarla a
Nagpur!
—Pero es que en mi casa no hay mar
—intentó explicarles—. ¿Cómo van a llegar ustedes hasta allí?
—Entonces no te vayas —dijo
Pequeña. Los demás también levantaron el hocico en señal de acuerdo.
—No, tengo que irme —dijo ella
tratando de explicárselo—. Allí están mi marido y mis hijos.
—¿Marido? ¿Qué es un marido?
—preguntó Gordo.
—¿Cómo te lo explico? —Anuradha
vaciló un momento. Entonces se le ocurrió de repente—. Un marido es… mi macho.
Entre sus compañeros se armó de
inmediato un gran revuelo.
—¿Qué? ¿Tu macho está en tu casa?
Entonces, ¿quién es Rao para ti?
Anuradha se llevó la mano a la
frente.
—Rao no es mi marido.
—Entonces, ¿cómo es que estás con
Rao? —preguntó Gordito.
A Anuradha aquello le pareció
gracioso.
—Aunque me vaya, no los olvidaré.
—Nosotros tampoco te olvidaremos
—dijo Pequeña. Los demás también asintieron.
—Tú nos enseñaste a hablar.
Anuradha sonrió.
—¿Yo? ¿Yo les enseñé? ¿Cuándo les
enseñé?
—Si no fuiste tú, ¿quién?
—El doctor Bhargava. Él les enseñó.
Entre todos los delfines volvió a
producirse un gran alboroto.
—¿El doctor Bhargava nos enseñó?
¿Ese hombre gordo que viene contigo? ¿Qué estás diciendo? Él no enseñó nada.
—Yo soy su ayudante —dijo ella.
—¿Y eso qué significa?
—Trabajo bajo sus órdenes.
—¿Y qué tiene que ver?
—Entre nosotros, los humanos, las
cosas funcionan así.
—¿Cómo funcionan?
—Todo el mérito de cualquier cosa
exitosa se atribuye siempre al jefe.
—¿Mérito? ¿Qué es mérito?
—Eh… mérito significa que se
considera que esa cosa la hizo el jefe. La recompensa la recibe el jefe.
—¿Aunque no la haya hecho él?
Anuradha asintió tristemente.
Todos los delfines quedaron
pensativos.
Aquello del mérito parecía ser
también algo muy extraño. Al parecer, todavía no habían entendido del todo el
lenguaje de los humanos. Probablemente necesitarían tiempo para comprenderlo.
En ese momento se
oyó detrás de ellos el ruido de un jeep. El doctor Bhargava y Rao llegaron
apresuradamente. En cuanto bajó del vehículo, el doctor tomó la mano de
Anuradha entre las suyas y la felicitó.
—¡Felicitaciones! La universidad ha
aceptado su tesis. Ha obtenido el doctorado. Acaba de llegar el correo
electrónico.
—¡Mis más sinceras felicitaciones!
Me alegra muchísimo —dijo Rao.
En el rostro de Rao no había el
menor asomo de alegría. Más bien se notaba la irritación de que aquella mujer
lo hubiera superado.
—Gracias —dijo ella como pudo.
—Doctora Deolalikar, pronto se irá
de aquí. Antes de marcharse, ¿podría ayudarme un poco?
—¿Qué clase de ayuda?
—Quiero hacer un experimento.
Necesito su cooperación.
—¿Qué experimento?
—Se lo explicaré. Mire: nuestros
delfines han aprendido a hablar. Pero su habla está solo en el nivel del
mensaje, no en el del diálogo. Mientras no aprendan a mentir, no podremos decir
que han asimilado de verdad el lenguaje humano.
—No entiendo, señor —dijo Anuradha,
desconcertada.
—Se lo explicaré. Se dice que el
lenguaje es el medio de expresar los pensamientos que tenemos en la mente. Pero
yo creo que eso es falso. En realidad, el lenguaje es el medio de ocultar los
pensamientos que tenemos en la mente. ¿No es así?
El doctor soltó una gran carcajada.
Sin querer, Anuradha miró el rostro
de Rao. En él no había el menor gesto de vergüenza; al contrario, se unió a la
risa del doctor.
—Vamos a enseñarles a mentir a
nuestros delfines. Para eso quiero hacer ese experimento —dijo Bhargava, y
empezó a explicarle el plan.
El sol iba calentando cada vez más.
En los oídos de Anuradha comenzó a resonar un zumbido. Las palabras del doctor
no lograban entrar en su cabeza. Bhargava, Rao, los delfines, su marido, sus
hijos… todo iba deslizándose ante sus ojos. El mundo entero empezó a girar
dentro de su cabeza.
Se mareó y se dejó caer al suelo.
Al verla así, Bhargava la sostuvo y
la hizo subir al jeep.
—Eso pasa cuando se trabaja bajo
este sol sin haber comido nada —dijo el conductor—. Hasta ahora ha venido mucha
gente aquí, pero nadie se ha encariñado con esos peces como esta señora.
Bhargava hizo un gesto burlón con
la cabeza.
El jeep arrancó. Hasta que
desapareció a lo lejos, todos los delfines siguieron con la cabeza fuera del
agua, mirando hacia él.
Al llegar al
campamento, Anuradha empezó a sentirse un poco mejor.
—Hoy descansa un poco — le dijo Rao
al día siguiente—. No vengas a trabajar; yo me encargo de ver qué hay que hacer.
Anuradha sonrió con tristeza.
¿Trabajo? ¿Qué trabajo? ¿Cuándo había trabajado de verdad? ¿Había sido trabajo
hacerse amiga de los delfines? ¿Trabajo para obtener un doctorado?
Aquel día Rao fue solo al sitio de
avistamiento. Esperó hasta el mediodía. Pero los delfines no aparecieron. Al
día siguiente tampoco aparecieron. Así pasaron cuatro o cinco días. Por fin,
considerando que ya no volverían, cerraron el sitio.
Antes de que lo cerraran, Anuradha
le habló en voz baja al conductor del jeep.
—Saca en secreto la cinta de la
grabadora que está instalada en la playa y tráemela.
Él hizo el trabajo con gusto.
Llegó el día de la partida de
Anuradha.
Se despidió de todos. Todos
pensaban que, antes de irse, iría al menos una vez más a la playa. Pero
Anuradha no mostró ningún interés en volver.
Ya sentada en el
avión, sacó la grabadora de su bolso. Había escuchado la cinta tantas veces en
los últimos ocho días que se la sabía de memoria. Era la cinta que el conductor
le había traído a escondidas. En ella estaba grabada la despedida final de sus
amigos.
Anuradha se puso los auriculares.
La voz de sus amigos empezó a llegarle a los oídos.
—Anuradha… Anuradha, nos vamos. Tú
nos enseñaste a hablar. Pero no nos enseñaste el lenguaje de los humanos. No
querías enseñárnoslo. Ese Bhargava gordo sí quiere enseñárnoslo. Esta mañana lo
oímos hablar. No queremos aprender su lenguaje. Dicen que para eso hay que
aprender a mentir. No sabemos qué significa «mentira». Y tampoco queremos
saberlo. No queremos su lenguaje. Somos felices en nuestro mundo. Aunque no
entendamos qué significa «mentira», sí entendimos que tú no querías enseñarnos
a mentir. ¡Aunque ese Rao tuyo y Bhargava no lo hayan entendido! Para entender
eso no hace falta saber el lenguaje de los humanos. Tal vez lo entendimos
precisamente porque no lo sabemos. Quienes hablan el lenguaje de los humanos
jamás llegarán a entenderlo. Antes de irnos, nos habría gustado verte una vez
más. Pero tenemos miedo de que Rao y Bhargava nos capturen y nos obliguen a
aprender por la fuerza el lenguaje de los humanos. Por eso te dejamos este
mensaje en vez de despedirnos en persona. Si este mensaje llegó hasta ti,
sabrás que no tuvimos que aprender el lenguaje de los humanos, y eso sin duda
te alegrará. Nos habría gustado conocer a tu familia. Pero ahora ya no será
posible. Pero haz una cosa: si puedes, no les enseñes a tus hijos el lenguaje
de los humanos. No nos olvides. Nosotros tampoco te olvidaremos nunca.
Anuradha miró por la ventanilla
hacia abajo.
El mar, de un azul profundo, se
extendía inmenso. Las olas se mecían…

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