Sergio Gaut vel Hartman
La casa no estaba mal. Tal vez tenía más habitaciones de las
necesarias y un carácter lúgubre que podría corregirse con flores y plantas y
algunos chicos corriendo por los pasillos y el patio. Me pregunté si tendría
ocasión de hallar algo mejor y también a cuantos otros empalagosos vendedores
inmobiliarios tendrían que soportar antes de dar con la casa ideal, el lugar
soñado.
—¿Qué tal, qué le parece? —dijo el vendedor
frotándose las manos. Había fabricado una sonrisa tan falsa que amenazaba con
perpetuarse en su rostro, condenándolo al rigor mortis en vida—. No tendrá
ocasión de hallar algo mejor —insistió tras leerme los pensamientos. Trucos de
vendedor, sospeché; soy demasiado infantil en esas cuestiones. Iba a replicar,
lo juro, pero en ese momento sonó el teléfono móvil del tipo quien, tras
musitar una disculpa, se retiró a la habitación contigua para atender la
llamada.
Quedé solo y me dediqué a observar los techos,
altos y blancos. Unas molduras de yeso marcaban nítidamente la separación con
las paredes, feas, pintadas de apuro. Pensé que era una casa original,
estrafalaria, tal vez urdida por un arquitecto esnob. Avancé unos pasos hacia
la habitación siguiente, alejándome del vendedor. El lugar parecía en cierto
modo ilógico, y me evocaba un cuento que había leído tiempo atrás. Por un
momento pensé que podía quedar atrapado en esa geografía singular, perdido en
espacios con los que no estaba familiarizado en absoluto, pero alejé esos
argumentos tontos de inmediato. El vendedor seguía hablando, tal vez discutía o
recibía instrucciones para rematar la operación, por lo que volví a centrar mi
atención en la casa. Había demasiadas habitaciones, me repetí; las paredes
rezumaban humedad, los pisos estaban desparejos y la ventilación era escasa.
Esas razones me llevaron a decidir que tenía suficiente como para terminar allí
mismo con todo el asunto. Me acerqué a una puerta y la abrí. Daba a una pieza
vacía. Volví sobre mis pasos y abrí otra puerta. Esta habitación, más pequeña,
estaba poblada por dotaciones de muebles apolillados y decrépitos, malolientes;
sentí náuseas. A punto de desembocar en un patio en el que se había acumulado
una masa de luz dorada, advertí una puerta disimulada tras una cortina azul
raída y sucia. Vacilé entre salir al patio, a ojos vista el final ciego de la
línea, ya que no podía existir un número ilimitado de habitaciones o concentrar
mi atención en esa puerta. Venció la segunda idea.
Tanteé el picaporte tras la cortina y sentí la
frialdad del bronce; tal como imaginaba, no estaba cerrada con llave; ninguna
de las puertas de la casa lo estaba, después de todo. La abrí y me enfrenté a
la primera sorpresa.
La suposición natural, no sé por qué, había
sido pensar que la habitación estaba vacía y que la luz del patio se colaba
oblicuamente por una ventana, iluminando partículas de polvo y delimitando un
trapecio de claridad en el piso oscuro. No era así.
La pieza no tenía ventanas. La crudeza blanca
de varios tubos fluorescentes resplandecía sobre los objetos negándoles el
derecho a la sombra. Pero esos detalles no eran ni de lejos tan extraordinarios
como lo demás. Sentado en una silla de respaldo alto, con los codos apoyados en
una mesa de madera y los puños bajo el mentón, había un hombre de edad
indefinible, con el cabello canoso y una red de arrugas en el rostro que
parecían remedar el laberinto de la casa. Miraba hacia la puerta, como si me
hubiera estado esperando, pero al verme ni siquiera parpadeó.
—Buenas tardes —dije—. No sabía que hubiera
alguien aquí.
—Buenas. Soy Juan Salvo —dijo, arrastrando las
palabras. Mencioné mi nombre y él se encogió de hombros. Permanecí unos
segundos clavado en el piso, prestando atención a los ruidos, apenas roces, que
se producían en una habitación contigua que se comunicaba con la que estábamos
por una abertura sin puerta.
—¿Hay alguien más? —dije señalando la abertura
con el dedo.
—Sí —dijo Salvo—, Guevara; está preparando
mate. Aguardamos a Rosa para empezar. —Pareció observarme con mayor atención
durante un segundo, pero perdió el interés de inmediato. —A usted no lo
esperábamos. ¿Tenía que venir? ¿Quién lo mandó? —Las palabras denotaban
suspicacia y recelo, pero el tono cansado desmentía cualquier matiz en esa
dirección.
No supe qué contestarle, por lo que me situé a
la defensiva, con la guardia bien alta.
—¿Quienes son ustedes? —pregunté, siempre
atento a lo que el tal Guevara hacía en la habitación vecina; por lo visto no
tenía ningún apuro. Dos o tres veces escuché tintineos, como si golpeara una
cucharita contra un vaso.
—Ya le dije: Rosa, que llegará de un momento a
otro, Guevara y yo, Salvo. Siéntese, no se quede ahí parado. ¿Seguro que no lo
mandó alguien? A lo mejor Guevara sabe.
Detecté una silla idéntica a la que usaba Juan
y la arrastré sin miramientos hasta ubicarla junto a la mesa. Me senté a un
costado, de espaldas a la pared que daba al patio y de frente a la arcada por
la que, de un momento a otro, aparecería Guevara.
—Usted cita los nombres de esa gente —dije—, y
el suyo propio, pero a mí no me dicen nada. ¿Tendría que conocerlos?
—Para mí tampoco significa nada el suyo —dijo
Salvo—. ¿Qué importa? Si yo le dijera que Guevara y Rosa son luchadores,
personas que han imaginado un mundo mejor y tratan de forzar las cosas para que
se concrete, ¿cambiaría algo?
Miré a Salvo desorientado, buscando en mi
memoria una razón lógica para encajar el disparate que el hombre sugería.
—Espere un momento —balbuceé—. Si lo que usted dice fuera cierto estaría
hablando de personas que murieron hace años. Ese Guevara murió en
Bolivia, en el monte, hace tiempo. Y ni siquiera me atrevo a pensar que la Rosa
que menciona sea la revolucionaria, la alemana de principios del siglo XX que
luchó...
—Es polaca, no alemana —dijo Salvo.
—No es, fue. Está muerta —insistí—. Rosa
Luxemburgo. —Paladeé el nombre, un nombre épico, como Dolores Ibarruri, como
otras damas quijotescas de la historia. El tipo estaba loco.
—Vivo, muerto —dijo Salvo moviendo la cabeza—.
¿Usted qué sabe?
—No esperará que crea que es un fantasma.
—Traté de reír, pero mis labios se torcieron de un modo anormal y formaron una
mueca despectiva.
—Por el momento, amigo —dijo Salvo—, no espero
nada. —Salvo me pareció en ese momento agobiado por un cansancio mayor del que
cualquier hombre pudiera soportar, como si una lucha larga e inútil lo hubiera
consumido. Iba a replicar; soy una persona racional y esa clase de
supersticiones me alteran hasta lo indecible, pero los hechos no se dieron como
yo pensaba. Un estrépito me obligó a girar la cabeza. La pared sin ventanas se
abrió como si fuera el diafragma de una cámara fotográfica. Chis, chas. No se
vio el patio en ningún momento, y de todos modos lo que pude percibir fue, como
un fogonazo, que un volumen oscuro atravesaba el iris con paso firme, como si
la pared directamente no existiera.
Cuando pude girar todo el cuerpo descubrí
junto a mí a una muchacha joven, de unos veinticinco años, tal vez menos; era
menuda, de tez muy blanca y se movía nerviosamente, como si le faltara el
tiempo para hacer todo lo que tenía planeado.
—Hola, Rosa —dijo Salvo, tan inexpresivo como
siempre.
—Hola, Rosa —repetí; podía darme el lujo de
ser educado. Estaba fascinado por la idea de que esa mujer fuera la mítica Rosa
Luxemburgo, la fundadora del espartaquismo. Pero Rosa había sido asesinada en
1919, ¿cómo era posible...?
La muchacha me miró entre sorprendida e
irritada. Por lo visto no le hacía gracia que un intruso ocupara un lugar en
torno a la mesa, y menos que la tratara con familiaridad, como si la conociese
de antes. Puso los brazos en jarras, en una pose tan afectada que parecía de
una heroína de película y me señaló moviendo la barbilla.
—¿De dónde salió, éste, quién es? —dijo con un
fuerte acento alemán, lo que confirmó, de alguna manera, lo que había
manifestado Salvo.
—Debe ser uno que visita la casa para
comprarla —dijo Guevara, saliendo de la otra habitación con un termo bajo el
brazo y una calabaza forrada de cuero en la mano izquierda. No me miró; tal vez
miraba más allá de la pared, el patio, o más allá de la casa, un paisaje
invisible para mí. Por lo visto esa gente sabía y podía cosas que me estaban
vedadas. Guevara se sentó y le hizo un gesto a Rosa para que desarmara ese
gesto tan adusto, semejante al que emplea un fanático cuando está con alguien
que no profesa su fe. Después apoyó la calabaza en una diminuta cesta de mimbre
y vertió el agua en un chorro único y preciso, demostrando que tenía el pulso
entrenado; dio tres largas chupadas sin mover el recipiente y volvió a cebar,
empujando la calabaza hacia Salvo.
—¿Nos sirve para algo? —dijo Rosa. Aunque se
le habían ablandado un poco los rasgos, la hostilidad de la muchacha podría
haberse pescado en el aire de un manotazo. Sentí el impulso de levantarme de un
salto y salir sin saludar, pero el misterio era demasiado precioso, como una
gema.
—¿Tienen una misión? —Lo dije sin pensar, una
intuición pura como el agua pura; una intuición absurda y sin fundamento. Pero
los tres alzaron las cabezas y clavaron los ojos en mí. Hasta Salvo pareció
perder la piel de abulia que lo envolvía y Guevara apoyó el termo y Rosa
adelantó el cuerpo pequeño, casi rozándome.
—¿Qué sabe de todo esto? —dijo Guevara—.
¿Quién le habló de nosotros?
—Todos tenemos alguna guerra por pelear —dije,
ciego, esperando que ese camino llevara a alguna parte—. Estoy buscando la mía.
Suspiraron aliviados, los tres; fue casi
cómico. Salvo sacudió la cabeza y me pareció que sonreía. Rosa puso su mano en
mi brazo y apretó, como si deseara borrar con ese gesto toda la desconfianza
previa.
—Dudo mucho de que esta sea la suya —dijo
Guevara. Volvió a echar agua en la calabaza y me la tendió. Aunque no suelo
tomar mate acepté. Intuía que si me plegaba a los manejos de esa gente
aumentarían mis posibilidades de entender lo que estaba ocurriendo.
—Para saber si estamos en la misma guerra
—dije, al azar—, habría que definir primero quién es el enemigo.
Contra lo que esperaba ninguno me contestó.
Tal vez mi pregunta había sido demasiado directa y eso me colocaba de nuevo
bajo sospecha. ¿Los estaba espiando? Yo sabía que no. Rosa soltó mi brazo; sólo
en ese momento advertí que había estado apretando de tal modo que sus uñas
atravesaron la tela de mi camisa.
Guevara se preparó como si se dispusiera a
disertar ante un conjunto de jóvenes ansiosos e ignorantes.
—¿Sabe qué pasa? —dijo por fin, aunque sin
mirarme, tras dar dos largas chupadas—. El enemigo... no importa mucho quien es
el enemigo. Podemos juntar las cabezas y creer que el enemigo es uno solo, y en
cierto modo es así, pero la lucha debe darse en cada punto, en cada
intersección, ¿entiende? Entonces importa menos. Usted luche su propia guerra y
cada uno de nosotros hará algo parecido. Hemos coincidido por casualidad; tal
vez ni siquiera pertenecemos al mismo tiempo, todavía no lo pudimos averiguar. En
realidad sólo nos juntamos a tomar mate. —Se rió de un modo extraño.
—No se le escapa que no entiendo de qué está
hablando —dije.
—No, no se me escapa —dijo Guevara—. Era una
posibilidad. ¿Sabe quién soy?
—¿Tendría que saber? ¿Es alguien...
importante? Si usted fuera el mismo Guevara... sería imposible. —No quise decir
que ese Guevara estaba muerto; me pareció una grosería.
Guevara sonrió. Después se palmeó el muslo.
—Juan sabe mucho más de esto que Rosa y yo
porque él existe en otro plano, independiente, más cerca del conocimiento
central —dijo—. Dice que en algunas líneas soy alguien importante, tal vez
decisivo, o por lo menos influyente. Pero las líneas son eso, líneas. Usted
recorre un pasillo, abre una puerta y entra a una habitación. Tal vez estoy,
tal vez no. Quizá triunfé o fui asesinado o no nací, ¿entiende?
—No. ¿Por qué no me lo explica él? —dije
señalando a Salvo—. Si usted mismo acepta que sabe mucho más que usted.
—Estamos perdiendo el tiempo —dijo Rosa. Había
recompuesto su expresión anterior, aunque potenciada por una urgencia que salía
del temor, como si toda la escena corriera el riesgo de reventarse como una
pompa de jabón.
—El tiempo no se pierde —dijo Salvo—, somos
nosotros los que nos perdemos en el tiempo. —Me estaba cansando de esas frases
vacuas, deliberadamente enigmáticas, formadas para impresionarme. Empecé a
pensar que, más allá del truco de Rosa y la pared, de las menciones a la guerra
o lo que fuera que se proponían hacer, un acto terrorista, una emboscada, un
asesinato, esa gente disimulaba una operación concreta: ocupar la casa para
utilizarla como base para sus actividades, o algo por el estilo. El recuerdo de
los tiempos del Proceso me llegó de golpe y tuve miedo.
—¿Tienen la autorización del dueño o de la
inmobiliaria para estar en este lugar o son unos vulgares intrusos? —Mi frase
sonó insulsa, y ellos, los tres, aún antes de terminar el párrafo, comenzaron a
reírse.
—Si supiera lo vencidas que suenan sus
palabras —dijo Guevara cuando pudo serenarse—. Esto es un punto de inflexión,
una anomalía. ¿Se cree que algo tan nimio como usurpar una casa puede
prevalecer sobre el fenómeno que nos hace coincidir, aquí, ahora, a los cuatro?
—Hablaron de una guerra —dije, tratando de
hacer pie nuevamente.
—Usted habló —dijo Salvo—. Para nosotros la
guerra, cualquier guerra, pasó a segundo plano hace mucho. ¿Qué guerra se cree
capaz de imaginar? ¿Una con soldados, aviones, tanques, misiles? Siento
desilusionarlo; no tenemos esa clase de guerras en existencia. —A las palabras
de Juan concurría un índice tan elevado de amargura que por un momento creí que
iba a estallar, salpicándome, empapándome de veneno azul, letal.
—¿Alguno de ustedes me va a decir con claridad
por qué están en este lugar? —Medio me incorporé en la silla; estaba dispuesto
a apurarlos y definir, aún a costa de dejar algunos jirones en el intento.
—Ya se lo dije —insistió Guevara—, sólo nos
juntamos a tomar mate. —Rosa fue todavía más elocuente: desenfundó el dedo y lo
apuntó hacia mí, acusadora, aunque supongo que ni ella sabía de qué me acusaba.
Dijo dos o tres palabras en alemán, supongo; sonaron como un insulto.
—Rosa, por favor —dijo Juan Salvo
desganadamente—, dejemos esas zonceras.
—Si me explica el truco de la pared —dije sin
prestarle atención a la muchacha que seguía gesticulando, a pesar de la
reconvención de Salvo, tal vez estancada por falta de palabras en nuestro
idioma—, me voy y los dejo en paz. Los encontré por casualidad y no me
interesan. Preferiría estar en la biblioteca, leyendo un buen libro. ¿Se dan
cuenta? Por otra parte el vendedor me debe estar buscando.
Salvo miró a Guevara, como pidiendo ayuda,
pero éste hizo un gesto elocuente, restándole importancia.
—El vendedor es peligroso, él es el enemigo,
ya que lo quería saber —dijo Guevara. Entonces Salvo se levantó y poniendo los
puños sobre la mesa habló como un dirigente político que negocia el apoyo a su
peor adversario.
—Es el tiempo, señor, el mayor impostor, una
ficción. Salga de aquí, mientras le sea posible, antes de quedar atrapado en la
telaraña de los hechos. ¿Se cree que yo siempre fui esta pálida sombra? Soy un
hombre de acción y espero mi oportunidad. Pero usted me perturba, me traba.
—¿Quienes son ustedes? —repetí por enésima
vez, casi furioso. Yo también tenía los puños apretados, y a pesar de haber
sido siempre una persona pacífica tenía ganas de atropellarlos, de forzarlos a
que me explicaran toda la historia.
—Ya se lo dijimos —dijo Guevara; parecía ser
muy paciente, un tipo acostumbrado a las empresas complicadas.
—No me alcanza con los nombres; no sé quiénes
son ustedes por conocer sus nombres, los que por otra parte podrían ser meros
seudónimos. Se usa mucho, últimamente.
Rosa parecía, por primera vez, en paz consigo
misma, pero renunció a hablar.
—Supongamos por un momento —dijo Salvo— que
somos avatares independientes que se encontraron, que por puro azar dieron con
el factor común que les permite coincidir en un espacio ficcional, ¿le alcanza
con eso?
—¿Avatares? Hablan como si esto fuera un
juego. No, no me alcanza —dije, y era sincero; estaba tan a oscuras como al
principio. Tal vez yo sea una persona limitada para comprender lo abstracto o
lo fantástico, pero no conseguía anudar a esas tres personas; quizá no hubiera
logrado hacerlo ni aun conociendo sus motivos y pasiones—. De acuerdo,
cuéntenme sus historias, una de las tres historias, por lo menos.
—No —dijo Guevara, rompiendo un silencio de
varios minutos—, no nos queda tiempo. —Trató de verter el agua en la calabaza y
descubrió que el termo estaba vacío. Sin vacilar y sin mirar atrás se dirigió
hacia la otra habitación. Al verlo desaparecer se me ocurrió que él tenía la
respuesta y la escondía, o que me estaba provocando. De un salto crucé el
espacio que nos separaba sin que Rosa o Juan trataran de detenerme. Alcancé la
arcada y recibí un impacto demoledor: Guevara caminaba hacia un monte de
arbustos oxidados, bajo un sol ceniciento y débil; más allá, al costado de un
arroyo, se divisaba una especie de campamento en el que algunos hombres y
mujeres rodeaban una hoguera. Lo llamé a los gritos, pero él ni siquiera se dio
vuelta, como si estuviera transitando un espacio sin conexión. Advertí que
había perdido un tercio de realidad, tal vez para siempre, o quizá no era real
en absoluto, no lo había sido nunca, ¿cómo saberlo? Giré bruscamente, preparado
para descubrir que la arcada que conducía a la casa que había pensado comprar
había desaparecido, pero no: la arcada seguía en el mismo lugar; por fortuna no
estaba perdido en un universo alternativo, sin posibilidades de regreso. Vacilé
un segundo. Lo arruinaría todo si no acertaba con el movimiento correcto, pero
tampoco podría seguir viviendo con la duda sobre los hombros.
No obstante, cuando volví a mirar la pieza,
Rosa y Salvo habían desaparecido. La habitación estaba vacía, como tantas otras
de la casa. No había rastros de la mesa y las sillas y un enorme ventanal daba
a un patio en el que los últimos vestigios de una luz cobriza se arrugaban como
la piel de una fruta que se pudre. La puerta se abrió y alcancé a oír la voz
del vendedor de la inmobiliaria.
—¿Señor? —dijo con voz vacilante—. ¿Está por
aquí?
No era posible, nada era posible. Salí al
exterior y miré hacia el campamento. Guevara ya me había sacado unos buenos
cien metros. Pero la realidad está atada
a leyes lógicas, me dije; no puede ser que la gente aparezca y desaparezca así.
—Sí, estoy aquí —dije, entrando resueltamente
a la habitación. El vendedor suspiró aliviado—. Estaba curioseando —agregué.
—Esto da al parque —dijo él señalando la
arcada por la que había salido Guevara. Acomodé la idea en mi cabeza. Llamar
parque a un monte de matorrales con arroyo propio se me antojaba disparatado,
pero era la lógica del vendedor inmobiliario, no la mía o la de los otros tres.
—Hermoso parque —dije por decir algo. Me moví
para superar la línea del vendedor, pero él me tomó del brazo.
—¿Vio algo que no tendría que haber visto? —La
expresión del tipo había cambiado drásticamente. Desaparecida la sonrisa de
plástico, me miraba con dureza, descaradamente, como suele mirar la policía a
un sospechoso. La presión sobre el brazo se acentuó; pensé en Rosa y en que
todo el mundo parecía interesado en mantenerme sujeto, no sólo en esa casa y en
ese momento.
—¿Me va a soltar? ¿Qué se cree?
—No —dijo el tipo, obstinado; ahora me costaba
pensar en él como un simple vendedor inmobiliario; era otra cosa, sin duda,
como había dicho Guevara; el vendedor es peligroso, dijo, él es el enemigo. El
vendedor lo confirmó de inmediato, con cuatro palabras enigmáticas y
concluyentes—. ¿Quién es la mujer?
—¿Qué mujer? No vi ninguna mujer.
—No sea imbécil. —Aumentó aún más la presión
sobre el brazo y con un movimiento vertiginoso sacó un arma y me la apoyó en la
frente.
—¿Qué hace?
—No estoy jugando; ellos tampoco. ¿No le
dijeron que esto es una guerra?
Me reí con la mayor naturalidad posible.
—¡Usted está loco! Vine a comprar la casa.
—Esa fue la idea primitiva, pero las cosas
cambiaron desde que se encontró con esos tres. —La contundencia de la
afirmación desmoronó mi esquema. Sabía todo, no era un truco; era capaz de leer
la mente con absoluta eficacia. Decidí dar un golpe de timón, un manotazo de
ahogado.
—Ah, esos, iba a preguntarle, justamente. ¿La
casa está ocupada? ¿Cómo los saco de aquí? Si la compro, ¿me veré envuelto en
cuestiones judiciales?
El tipo me soltó y retrocedió un paso, aunque
sin dejar de apuntarme con el arma.
—¿Qué estaban haciendo?
—Están ahí afuera, tomando unos mates —dije
con la mayor naturalidad—. ¿No lo sabía? ¿No era que usted lee las mentes?
—¿Yo? ¿Cómo lo sabe? —La vacilación duró un
instante, pero por lo visto en las zonas francas alcanza con eso. Una pared
volvió a abrirse como un diafragma, chis, chas, no la misma, donde ahora había
una ventana, sino la que daba al pasillo, pero esta vez pude verlo sin
dificultad. Rosa saltó como una pantera y sujetó la mano del vendedor que
empuñaba el arma. Pero eso no fue todo. Hubo otro chis, chas, en el techo, y
Salvo se descolgó en cámara lenta, como si se hundiera en un gran volumen de
plumas de cisne. Esa morosidad no parecía ser importante, ya que el vendedor
estaba paralizado. Su rostro había quedado congelado en una expresión de
atónito terror, como si su cerebro fuera incapaz de ordenar otra cosa. Salvo
blandía un cuchillo de monte de hoja muy ancha, y lo usó para abrir al tipo del
ombligo al cuello.
—¡Guarda que sale! —anunció Salvo.
Del interior del vendedor salió una criatura
monstruosa, un esferoide de color azafranado, un ser que no se parecía a nada
que viviera en la Tierra. El monstruo no tenía extremidades y se precipitó
torpemente, cayendo al suelo sin hacer ruido. No sabía si sorprenderme por lo
que estaba viendo o por la forma en que Rosa y Salvo manejaron la situación. Me
pareció increíble que la criatura se alojara en el interior del cuerpo de un
humano y que, tal vez, no sé, conjeturo, hubiera tomado posesión del mismo para
manipularlo.
—Salga, si es impresionable —dijo Salvo—. No miento
si le digo que lo que sigue es bastante desagradable. —Iba a preguntar qué
quería decir con eso, cuando Guevara volvió a entrar por el mismo lugar que
había usado para salir. Traía una bolsa de plástico negro y sin dar ninguna
explicación vertió el contenido sobre la criatura. Una cascada blanca cayó
sobre el esferoide, que empezó a menguar, al tiempo que se desgajaba,
tornándose gris y despidiendo un olor nauseabundo, el mismo que había percibido
en la habitación llena de muebles.
—¿Es sal? —dije, estúpidamente.
—Es cocaína —dijo Guevara—. No es una guerra
barata. Cada uno de estos bichos nos cuesta una fortuna. —La criatura no tardó
en quedar reducida a un montón de cenizas. Salvo se acuclilló para remover los
restos con el cuchillo. Rosa se ocupó del vendedor, pero yo tuve que apartar la
vista; parecía como si el monstruo que había albergado en su interior le
hubiera devorado los órganos. Decir que el tipo estaba muerto era una
inocentada.
—Así que esta es la guerra —dije.
—Una de las guerras —dijo Salvo.
—Me usaron miserablemente —protesté—. Sabían
que el tipo vendría a buscarme; estaban cebando la trampa.
—Cebar trampas, cebar mate —dijo Guevara—. Qué
se le va a hacer. Hay cosas peores. ¿Sabe lo que pasaría si estos logran
reproducirse?
—No, pero lo imagino. Veo una legión de
vendedores inmobiliarios avanzando sobre las grandes capitales.
—¿Es estúpido? —dijo Rosa. Cuando se enojaba
el acento alemán se hacía muy ostensible. Por un momento creí que podía saber
quiénes eran realmente esos tres, aunque la historia jamás fue mi fuerte. Tal
vez eran nomás los de los libros, con nombres y apellidos y hazañas completos.
—No soy amigo de dar consejos —dijo Guevara—,
pero le voy a dar uno: no compre la casa si no quiere vivir en medio de un
campo de batalla. —Juntó lo que quedaba de la criatura utilizando la bolsa de
plástico en la que había traído la cocaína y lo envolvió sin tocarlo con las
manos. Después sacó un rollo de cinta de embalar y le dio varias vueltas. Todo
el paquete no abultaba mucho más que una pelota de fútbol.
—Me sacaron las ganas. —Traté de sonreír y no
pude.
—Entonces no sé si nos volveremos a ver —dijo
Salvo tendiéndome la mano. Se la estreché. Rosa movió la cabeza y fue la
primera en salir de la habitación. Chis, chas, ya saben.
—Lo mío es un poco más complicado —dijo
Salvo—. Sólo funciona cuando no queda nadie. —No pregunté más; seguramente el
techo, convertido en una gran boca, se lo deglutiría. Vi que Guevara salía por
la arcada, como todas las otras veces y un par de piezas encajaron: sólo podían
encontrarse en ese lugar, en ese punto de intersección y por eso habían
necesitado que yo atrajera al vendedor. Igual me sentí una porquería.
Salí de la casa y me propuse seguir el consejo
de Guevara al pie de la letra.

No hay comentarios:
Publicar un comentario